sábado, 25 de julio de 2015

Templo y Cosmos; por Jean Hani

Cap. III de El Simbolismo del Templo Cristiano, José J. de Olañeta, Editor; 2000; Palma de Mallorca.

Todo edificio sagrado es cósmico, es decir que está hecho a imitación del mundo: «La iglesia, dice San Pedro Damián, es la imagen del mundo.» Porque nuestro cuerpo está vinculado al mundo y debemos rogar a Dios en nuestra propia condición corporal [1]. Esta imagen es, en primer lugar, una imagen «realista», en el sentido de que, en los muros y pilares de la iglesia están representados la tierra y el sol, los animales y las plantas, los trabajos del hombre y las distintas condiciones sociales, la historia natural y la historia sagrada, de forma que ha podido decirse de las catedrales que eran enciclopedias visuales. Pero éste no es más que un aspecto exterior –y propio, sobre todo, de los grandes edificios— de lo que San Pedro Damián quiere decir. El templo no sólo es una imagen «estructural», es decir que reproduce la estructura íntima y matemática del universo. Y en ello reside el origen de su sublime belleza. Pues la belleza de las formas, dice Platón en el Filebo (51 C), «no es lo que entiende el vulgo generalmente por este nombre, como por ejemplo la de los cuerpos vivos o su reproducción, sino que es lo rectilíneo y circular, hecho por medio del compás, el cordel y la escuadra… Y estas formas no son, como las demás, bellas en determinadas condiciones, sino que son siempre bellas en sí mismas».

La forma cuadra de la Jerusalén celeste (Apoc. 21, 12 ss.), de la que hablamos antes, está directamente relacionada con el propio principio de la arquitectura de los templos. Toda arquitectura sagrada se reduce, en realidad, a la operación de la «cuadratura del círculo» o transformación del círculo en cuadrado. La función del edificio comienza por la orientación, que es ya en cierto modo un rito, pues establece una relación entre el orden cósmico y el orden terrestre o, aun, entre el orden divino y el orden humano. El método tradicional y, podemos decir, universal, pues se le encuentra dondequiera que haya una arquitectura sagrada, fue descrito por Vitrubio y fue practicado en Occidente hasta el fin de la Edad Media: los cimientos del edificio se orientan hacia un gnomon que permite localizar los dos ejes (cardo, norte-sur, y decumanus, este-oeste). En el centro del emplazamiento escogido se levanta un palo, alrededor del cual se traza un gran círculo y se observa la sombra que se proyecta sobre este círculo; la separación máxima entre la sombra de la mañana y la de la tarde, inclina el eje este-oeste, y dos círculos centrados sobre los puntos cardinales del primero indican, por su intersección, los ángulos del cuadrado. Este último es la cuadratura del círculo solar [2]. Es importante recordar de forma precisa las tres operaciones de la fundación, a saber: el trazado del círculo, el trazado de los ejes cardinales y la orientación y el trazado del cuadrado de base, pues ellas son las que determinan el simbolismo fundamental del templo, con sus tres elementos correspondientes a las tres operaciones: el círculo, el cuadrado y la cruz, por mediación de la cual se pasa del primero al segundo.

El círculo y el cuadrado son símbolos primordiales. Al nivel más elevado, en el orden metafísico, representan la Perfección divina bajo sus dos aspectos: el círculo o la esfera, en la que todos los puntos están a la misma distancia del centro, que no tiene principio ni fin, representa la Unidad ilimitada de Dios, Su Infinidad, Su Perfección; y el cuadrado o el cubo, forma de todo cimiento estable, es la imagen de Su inmutabilidad, de Su Eternidad [3]. A un nivel inferior, en el orden cosmológico, estos dos símbolos resumen toda la Naturaleza creada, en su ser mismo y su dinamismo: el círculo es la forma del cielo, más en particular de la actividad del cielo, instrumento de la Actividad divina, que rige la vida en la tierra, la representación de la cual es un cuadrado porque, respecto al hombre, la tierra es, en cierta forma, «inmóvil» y pasiva, y «se ofrece» a la actividad del Cielo. Hay aquí un doble simbolismo, cosmológico y ontológico a la vez: el Cielo y la Tierra –orden cosmológico— son las formas exteriores, el último grado si se quiere, de la Manifestación o Creación, los dos polos de la cual los constituyen la Esencia universal y la Substancia universal, representadas en el orden corporal por el Cielo y la Tierra, respectivamente. El hombre es el centro de esta creación, él la sintetiza y establece un vínculo entre lo Alto (Esencia-Cielo) y lo Bajo (Substancia-Tierra); y esta relación viene simbolizada, precisamente, por el signo de la cruz. Veremos en seguida las consecuencias que se pueden sacar de esta comprobación. Si trasponemos este simbolismo «estático» a su forma «dinámica», vemos que el círculo celeste engendra, en su movimiento, el ciclo temporal [4], el cual se extiende a partir de su polo superior (correspondiente al cielo) en dirección a su polo inferior (correspondiente a la tierra), o, si se quiere, de la esfera, la forma menos especificada y la más perfecta, al cubo, la forma más especificada y la más «pesada»; el eje vertical que los une mide la extensión misma del cosmos y del tiempo. A esta función del círculo en el origen de la creación es a la que alude la Escritura cuando hace decir a la Sabiduría: «Yo estaba presente cuando Dios dispuso los cielos y trazó un círculo sobre la faz del abismo» (Prov. 8, 27; cf. Job 26, 10). Esta relación entre el orden cósmico y el orden arquitectural está magníficamente resumida en esta fórmula lapidaria grabada en una de las paredes del templo de Ramsés II: «Este templo es como el cielo en todas sus disposiciones.»

Este punto de vista hace resaltar la superioridad del círculo –el cielo- sobre el cuadrado –la tierra—. Pero desde otro punto de vista, el cuadrado, que metafísicamente simboliza la Inmutabilidad divina, es superior al círculo en cuanto es imagen del movimiento indefinido. Este punto de vista es qle que domina en la arquitectura, cuya cualidad dominante es la «estabilidad», sin excluir, claro está, el otro aspecto del simbolismo, como tendremos ocasión de demostrar. Desde el último punto de vista, que valoriza el «cuadrado», puede decirse que la construcción del templo fija o «cristaliza» en el cuadrado los ciclos temporales, movimiento circulares.

Ambos puntos de vista se aplican perfectamente a la «Jerusalén celeste» del Apocalipsis, prototipo del templo cristiano. El ángel «me mostró, dice San Juan, la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, del lado de Dios» (Apoc. 21, 10), y algo más adelante: «la ciudad es cuadrada» (21, 16). Así, el movimiento de descenso de la ciudad corresponde al primer punto de vista, el cual gobierna el rito de fundación: Jerusalén «desciende del cielo» (circular), «del lado de Dios», a la tierra, en la que ella aparece como un cuadrado que es el reflejo de la actividad del Cielo, del mundo divino. Pero, desde el segundo punto de vista, este cuadrado representa la cristalización de los ciclos, del desarrollo temporal, cosa que prueban ampliamente las doce puertas dispuestas tres a tres a los lados del cuadrado, y que corresponden a los signos del Zodíaco; volveremos a hablar de ello, por otra parte, cuando tratemos de la puerta de la iglesia: se trata de una transformación del círculo zodiacal consecutiva a la detención de la rotación del mundo y a su fijación en un estado final que es la restauración del estado primordial [5]. Por otra parte, podemos notar, a este respecto, la correspondencia que existe, a ambos extremos del ciclo temporal, entre el Paraíso terrenal y la Jerusalén celeste; el Paraíso es circular, en cuanto reflejo directo del cielo, pero está divido por la cruz de los cuatro ríos, con el Árbol de la Vida marcando el centro. Este árbol también está en el centro de la Jerusalén celeste, y también se encuentran en ella los cuatro ríos, pues se dice que fluyen de la montaña que en el Cordero señorea sobre el Libro sellado. El paso del círculo al cuadrado representa la rotación temporal del mundo y su detención, que es al mismo tiempo la transmutación de este «siglo» en «siglo futuro».

Esta relación del círculo con el cuadrado, o de la esfera con el cubo, es realmente el fundamento de la arquitectura sagrada, aquel a partir del cual se concibe y se realiza todo el edificio. En efecto, si pasamos del plano horizontal, que nos ha ocupado hasta este momento, al plano vertical, y, al mismo tiempo, de la geometría plana a la geometría del espacio, comprobamos que todo el edificio se reduce al esquema de la cópula y el cubo. La cúpula, o bóveda, remata el «cubo» de la nave, como el cielo físico «se asienta» sobre la tierra; y ésta es la razón por la cual, antiguamente, la mayoría de las bóveda eran pintadas de azul y consteladas de estrellas. Siguiendo la vertical que asciende del pavimento a la bóveda, en un movimiento inverso a aquel que regía el rito de fundación, se pasa del «cubo» a la «esfera», es decir, del estado terreno al celeste. La mirada del fiel, siguiendo esta dirección, encuentra ahí el símbolo de su ascensión espiritual. Así, el dinamismo interno del templo sirve de sostén y de guía de oración y a la meditación. La línea vertical es la dirección del cielo. Hacia lo alto es hacia donde uno alza los ojos para orar, hacia donde la hostia es elevada en ofrenda; y de lo alto es de donde desciende cual lluvia, la bendición divina. Esta dimensión es aquella según la cual Dios desciende en el hombre, y según la cual éste se eleva hacia Dios. En algunos edificios, un detalle ornamental hace resaltar la alusión a esa ascensión espiritual: la cúpula del crucero está a menudo rematada por una cruz o una aguja esbelta que materializa el eje de la bóveda, lo cual significa la salida del cosmos, a imitación de Cristo, quien, en el momento de la Ascensión, subió «por encima de todos los cielos» [6]. El esquema cúpula-cubo se repite en los campanarios, esté la torre rematada por un luquete, lo cual es raro en Occidente, o lo que esté por una «pirámide» octogonal o hexagonal, cuya forma constituye una fase intermedia del paso de la esfera al cubo.

El elemento esférico y celeste de la cúpula y de la bóveda se refleja, en el plano horizontal, en el semicírculo del ábside, el cual es, en la tierra, el lugar más «celeste», el que corresponde al Santo de los Santos del templo de Jerusalén, al Paraíso y a la Iglesia triunfante. Para acentuar mejor el carácter celeste del ábside, en Issoire, el presbiterio circular tiene esculpidos exteriormente los doce signos del Zodíaco. Al prolongar este semicírculo el rectángulo de la nave, vemos cómo la traza de base de tipo basilical es una proyección plana del volumen vertical del edificio. El eje de la nave, que va de la puerta al santuario, es, pues, la proyección plana del eje vertical, que va del suelo a la bóveda, de la tierra al cielo; por este motivo representa la «Vía de la salvación».

Lo mismo ocurre con el pórtico, que es un rectángulo rematado por una cimbra; y con el ciborio, que corona el altar, y que está constituido por una cúpula que descansa sobre cuatro columnas. En este último caso, se ha percibido realmente que la cúpula representa el cielo, puesto que, a veces, se le ha pintado de azul y constelado de estrellas al igual que la bóveda de la nave; así, por ejemplo, el ciborio levantado sobre la cuba del Baptisterio de Dura Europos (siglo III).

El edificio sagrado aparece, pues, como una variación sinfónica del mismo tema arquitectural, repitiéndose, sumándose indefinidamente a sí mismo, para recordar el simbolismo fundamental del templo: la unión del cielo y la tierra, el «tabernáculo de Dios entre los hombres», como lo ha cantado magníficamente San Máximo el Confesor en su Poema sobre Santa Sofía de Edesa:

«Es algo realmente admirable el que, en su pequeñez, (este templo) sea semejante al ancho mundo…»
»He aquí que su techado se extiende como los cielos: sin columnas, abovedado y cerrado; y, además, (está) adornado con mosaicos de oro, como lo está el firmamento con estrellas brillantes.
»Y su cúpula elevada es comprable a los cielos de los cielos. Y, semejante a un casco, su parte superior descansa sólidamente sobre su parte inferior.
»Sus arcos, amplios y espléndidos, representan los cuatro costados del mundo; y se asemejan, además, por la variedad de sus colores, al arco glorioso, el de las nubes.»

La alusión que hemos hecho al eje vertical de la bóveda nos lleva a volver sobre un aspecto, que hemos descuidado hasta ahora, del rito de fundación. Hemos dicho, en efecto, que la primera operación consistía en trazar sobre el terreno un gran círculo rector, a partir de un centro señalado por un palo. Este último es él mismo un eje y representa el futuro eje vertical del edificio; veremos toda la importancia de esta observación al hablar del altar. Contentémonos, por el momento, con considerar la operación misma. Ella constituye la fijación de un centro, y, en el simbolismo arquitectural, ese centro es considerado el centro del mundo: es un omphalos. Cualquier punto de la superficie terrestre puede, en realidad, ser tomado como el centro del mundo, pues todas las líneas verticales irradian desde todos los puntos dela tierra hacia el cielo, y la distancia a los astros es «infinita». Cuando se ha escogido el centro y se lo ha puesto en relación, por la orientación, con el ritmo celeste, queda realmente asimilado al Centro del mundo, a ese eje inmóvil alrededor del cual gira la «rueda cósmica». Este centro, este eje, simboliza el Principio divino que se actúa en el mundo, Dios «motor inmóvil». Es un punto sagrado, el lugar en el que el hombre entra en contacto con la Divinidad, y ésta es la razón por la cual todas las ciudades santas, así como todos los templos, están situados simbólicamente en el «centro del mundo»: éste es el caso de Jerusalén, que era, también, un reflejo de la Jerusalén celeste. [7]

La determinación de un centro y la orientación dan al edificio todo su sentido. Y esto es lo que nos permite justificar el simbolismo cósmico de la arquitectura, el interés del cual no parece evidente hoy, quizás, a muchos espíritus. La Iglesia, al ser una cruz cardinal orientada y centrada, sacraliza realmente el espacio. Ella es el omphalos de la ciudad sobre la que irradia, como la catedral es el omphalos de la diócesis, la primada, el de la nación, y la basílica papal, el del universo.


Notas:
[1] Precisemos: el templo es una imagen del mundo, pero porque el mundo es sagrado en cuanto obra de Dios. El templo hace explícita, pues, la imagen del mundo transcendente, en Dios, el cual es la esencia constructiva del cosmos.
[2] En la mayoría de las iglesias de Occidente, la traza de base no es un cuadrado, sino un rectángulo flanqueado por dos cuadrados, que forman la base del crucero, y por un tercer cuadrado prolongado por una parte redondeada, que forma el coro y el ábside, materializando el todo la cruz de los ejes cardinales. Pero esto no cambia nada del significado profundo del rito de fundación que describimos, porque el rectángulo, en geometría, no es sino una variedad de cuadrado, y se inscribe casi siempre, como veremos más adelante, en un círculo rector. Precisemos igualmente que si los métodos empleados en la época moderna para la fundación y la orientación de las iglesias ya no son exactamente los mismos de antaño, este cambio tampoco modifica esencialmente el simbolismo vinculado con la figura y la posición del edificio, dado que ese simbolismo está en la misma naturaleza de las cosas y no puede escapar a ella por completo, en la medida, por lo menos, en que no se aparta demasiado de las formas tradicionales de arquitectura para adoptar las formas «aberrantes» o aun «subversivas». En la iglesia copta, las cuatro entradas son expresamente identificadas a los cuatro puntos cardinales. Igualmente lo son en la iglesia griega las cuatro partes del edificio.
[3] El círculo es también el símbolo del Amor divino. Véase San Dionisio Areopagita (Nombres divinos, 4, 14; Jerarquía celeste, 1, 1) y Dante (Paraíso, 33).
[4] De ahí la importancia del Zodíaco, del que tendremos que volver a hablar a menudo.
[5] Los 12 signos del Zodíaco son denominados a veces los «doce soles», es decir, estaciones del sol. En la Jerusalén celeste, esos doce soles se convierten en los doce frutos del Árbol de vida (Apoc. 22, 1-2). Esta forma de la Jerusalén celeste es también la del palacio de los emperadores de China, el Ming-Tang. Construido a imagen del Imperio, dividido en 9 provincias dispuestas en cuadrado con una en el centro, el Ming-Tang tenía 9 salas dispuestas paralelamente y 12 aberturas al exterior correspondientes a los 12 meses. Las 4 fachas estaban orientadas siguiendo los puntos cardinales y las estaciones. Era, pues, una proyección terrestre del Zodíaco.
[6] Por esta cúpula, reemplazada a veces por un cimborrio, el conjunto «cobra altura» y se identifica a la Montaña cósmica, que es el prototipo del templo divino. Este aspecto se manifiesta claramente en la iglesia griega, la iglesia románica de Auvernia y, sobre todo, la iglesia rusa.

[7] Todas estas consideraciones serán desarrolladas más ampliamente cuando tratemos del altar. Parece que en la Ecclesia Major de los Santos Lugares, exactamente en el ábside, había habido un omphalos esférico parecido al de Delfos. Véase M. Piganiol, Cahiers archéologiques, 1955. Además, el lugar en que Cristo murió y resucitó es el omphalos del mundo redimido, según san Cirilo de Jerusalén (P. G., 33, 805).

jueves, 16 de julio de 2015

Origen Celeste del Templo; por Jean Hani.

Capítulo II de El Simbolismo del Templo Cristiano, José J. de Olañeta, Editor; 2000; Palma de Mallorca.


Estas observaciones sobre el doble simbolismo de los edificios religiosos nos van a permitir aclarar la cuestión que hay que examinar, creemos, en primer lugar porque condiciona a las demás: se trata del origen celeste del templo. En el pensamiento tradicional, de hecho, la concepción del templo no se abandona a la inspiración personal del arquitecto, sino que viene dada por Dios mismo. Dicho de otro modo, el templo terreno se realiza según arquetipo celeste comunicado a los hombres por mediación de un profeta, lo cual fundamenta la tradición arquitectural legítima [1].

Así, los diferentes santuarios del Antiguo Testamento fueron edificados siguiendo las indicaciones de Dios. Se dice, a propósito de Besalel y Oliab, eligidos como arquitectos del Arca de la Alianza, que Dios «los había llenado de un espíritu de sabiduría, de inteligencia y de ciencia para toda suerte de obas, para proyectar todo lo que puede hacerse» (Éx. 35, 34). Todo lo que atañe al templo mosaico da lugar a prescripciones detalladas por parte del Señor: «Me harán un santuario y Yo habitaré en medio de ellos. Lo harán conforme a todo lo que voy a mostrar como modelo del tabernáculo y de todos sus utensilios…» (Éx. 25, 8-9).

David da a su hijo Salomón las reglas recibidas de Dios que han de regir la construcción del templo:

«David dio a Salomón, su hijo, el modelo del pórtico, de sus dependencias y oficinas, de las salas, de las cámaras y de la casa del propiciatorio, y también del modelo de todas las cosas que le habían sido inspiradas por el Espíritu que estaba con él…» (I Par. 28, 11-12).

«Tú me ordenaste, dijo a Dios Salomón, edificar el Templo en Tu santo monte, y un altar en la ciudad en la que moras, según el modelo del santo tabernáculo que Tú había preparado desde el comienzo…» (Sab. 9, 8).

Por su parte, Ezequiel recibe en una visión la descripción del templo que se ha edificar; percibe un ser sobrenatural que sostiene una caña de medir, el cual le da al profeta, al propio tiempo que su descripción, todas las medidas del templo. Y, finalmente, dice Dios a Ezequiel: «Y tú, hijo de hombre, describe a la casa de Israel este templo… Que midan su traza… Hazles ver la forma de este templo, su disposición, sus salidas y sus entradas, todas sus figuras y todas sus ordenaciones, todas sus formas y todas sus leyes; y ponlo por escrito ante sus ojos para que guarden todas sus disposiciones y todas sus ordenaciones y las pongan por obra» (Ez. 43, 10-11).

Podría citarse todavía el caso del Arca de Noé, cuyas medidas, así como los detalles de su construcción, fueron dadas por Dios (Gén. 6), porque el Arca es considerada una imagen de la Iglesia y, por consiguiente, del templo visible. La forma y las dimensiones del Arca fueron interpretadas por los primeros Padres con un sentimiento claramente eclesial [2].

Pero conocemos la objeción que se nos pondrá. Se nos dirá que está concepción era cierta, quizá, por lo que respecta al templo de Jerusalén pero no por lo que respecta a la iglesia cristiana. Existe en nuestros días una tendencia, entre algunos liturgistas, a negarse a admitir cualquier vínculo entre el templo de Jerusalén, y a fortiori todo templo no cristiano, y a la iglesia cristiana. Esta no tendría otra razón de ser desempeñaría en absoluto la función del templo hebreo, en cuanto morada de la divinidad y, por ello, objeto sagrado en sí mismo y conforme a un modelo celeste. Para los que sostiene esta teoría, el único templo verdadero es el templo espiritual constituido por la comunidad de los fieles [3].

Es éste un punto de vista totalmente inexacto, que hace poco caso de la tradición y, como veremos más adelante, de la naturaleza misma de las cosas [4]. ¿Se les objeta a los defensores de esta tesis el ritual mismo de la consagración de las iglesias, que establece continuamente un paralelismo entre el templo cristiano y el de Salomón? Bien, ello no les causa ningún apuro: ese ritual, dicen, está «recargado», «atestado» de elementos y de «adornos» que no representan la «pura concepción cristiana primitiva». No vamos a entablar aquí la polémica con esos señores, pues creemos que la exposición que vamos a hacer de las realidades propias del simbolismo del templo los confundirá por sí misma, y hará ver que la ciencia tradicional de los hombres de Iglesia y, en particular, de los santos fundadores de la liturgia y de los rituales, tiene otro valor que no la ciencia «historicista» de algunos modernos, que infunde respeto a veces al vulgo pero que, afortunadamente, no hace vacilar lo más mínimo a los que poseen verdaderamente el sentido espiritual.

Piensen lo que piensen, pues, esos «puristas», el templo cristiano es perfectamente una continuación, con algunas diferencias por supuesto, del templo de los judíos, y esto es lo que afirma la tradición desde antiguo. Un documento capital a este respecto es de San Clemente de Roma, quien, tratando de los oficios divinos, dice esto: «Dios mismo ha indicado, en virtud de Su suprema Voluntad, el lugar en que estos oficios han de celebrarse, y aquellos que deben celebrarlos» (Ad Cor. 1, 40). Comentando este pasaje, Mede dice muy atinadamente que si el Señor ha dicho esto, es en el Antiguo Testamento, y que allí se encuentra lo que San Clemente quiso decir.

Este parece haber sido también el pensamiento de San Paulino, obispo de Tiro y constructor de la iglesia de esa ciudad. En su Historia de la Iglesia, Eusebio nos ha conservado el panegírico de este santo, en el que se nos dice que alzó el templo según los principios de una inspiración divina: con el ojo del espíritu clavado en el maestro supremo y tomando como arquetipo todo lo que le vio hacer, reprodujo la imagen con la mayor exactitud posible, como Besalel, quien, llenó del espíritu de Dios, del espíritu de sabiduría y de luz, fue escogido por Él para reproducir en el símbolo del templo la expresión material del tipo celeste. Igual Paulino, quien forjándose en su espíritu una imagen exacta de Cristo, el Verbo, la Sabiduría, la Luz, construyó un templo magnífico al Altísimo, sobre el modelo de un templo más perfecto, como emblema invisible del templo invisible (X, 4, 21). El edificio fue levantado «siguiendo las descripciones facilitadas por los santos oráculos» (X, 43); y también: «Más allá de todas las maravillas están los arquetipos, los prototipos y modelos significativos y divinos (de la arquitectura de los templos), quiero decir la renovación del edificio razonable y divino en el alma» (X, 54). Toda la disposición de la iglesia es presentada con gran ordenador de todas las cosas, se ha hecho Él mismo en la tierra una copia del tipo celeste que es la Iglesia de los «primogénitos inscritos en el cielo», la Jerusalén celeste, Sión, la Montaña de Dios y la Ciudad del Dios vivo (X, 65).

Este documento es interesante, pues nos muestra que, entre los primeros Padres, la concepción cristiana del templo, con su originalidad propia, se sitúa no obstante en la misma perspectiva que la del Antiguo Testamento: el templo cristiano es el reflejo en la tierra de un arquetipo celeste, la Jerusalén del Apocalipsis, que San Juan nos presenta de forma análoga a la de Ezequiel. Como el profeta, San Juan nos ha transmitido las dimensiones-prototipo de esta nueva Jerusalén, dimensiones calculadas por un ángel arquitecto gracias a una caña de oro (Apoc. 21). Esta Jerusalén celeste es el símbolo capital para el estudio que emprendemos. Él es el que está en el centro de la liturgia de la Dedicación, y de él extrae el templo todo su significado fundamental. Ahora bien –y esto es lo que querríamos decir aquí para terminar con el problema del arquetipo constructivo y de sus referencias la judaísmo—, la Jerusalén celeste sintetiza la idea cristiana de «comunidad de los elegidos» y «cuerpo místico» y la idea judía del templo como residencia del Altísimo, y asegura la continuidad de un Testamento a otro y, por consiguiente, de un templo a otro.

Pero ello aparece con mayor claridad aún con el estudio del simbolismo cosmológico de esta Jerusalén celeste.


Notas:
[1] Comprobamos la existencia de este arquetipo celeste de otros campos. Así, por ejemplo, el Libro del Apocalipsis fue redactado siguiendo el dictado de un ángel, y el plano del Castillo interior fue el presentado a Santa Teresa de Ávila en forma de una visión resplandeciente; los santos iconos de Cristo y la Virgen han sido pintados tradicionalmente a partir de imágenes «aquiropoetas» («no hechas por mano de hombre»), en particular el famoso Mandilion, desaparecido, pero del que se conserva una copia en la catedral de Laon.
[2] Véase a este respecto J. Daniélou, Sacramentum Futuri, pp. 86 ss. En este estudio, nosotros nos limitaremos a estudiar el simbolismo arquitectural del templo, no su simbolismo náutico, menos esencial y que sólo ha dejado algunas huellas, en particular la palabra nave aplicada al cuerpo del edificio.
[3] Para clarificar esta cuestión, habría que estudiar las sucesivas denominaciones oficiales del templo (naos): basilica, kyriakon (de donde procede Kerk, Kirche) y ecclesia. Cf. Ch. Mohrmann, en Rev. Des sciences relig., 1962, pp. 155-174. A propósito de la denominación medieval de Casa de Dios, es de notar que es exactamente la del templo egipcio: hat-neter o per-neter.

[4] En un plano muy general, quien no ve más que a fuerza de «interiorizar» así la religión, acaba necesariamente por descuidar lo que es «exterior» y abandonarlo completamente al punto de vista profano. Nunca se exagerará el riesgo que esta actitud comporta. El mundo exterior se desacraliza (¡hoy hay quienes afirman que esto es un «progreso»!), con lo que por toda la sociedad se practica una brecha a través de la cual se precipita el espíritu laico. Este espíritu, aplicado primero a lo exterior, acaba por refluir hacia el interior, o sea el alma, donde trastorna todas las nociones espirituales. Así, el deseo siempre insatisfecho de una «pureza» exagerada desemboca en el resultado diametralmente opuesto, dando la razón una vez más a Pascal: «Quien quiere hacer de ángel, hace de bestia». En cualquier caso, es esta forma de ver la responsable en gran parte de la decadencia de nuestro arte llamado «sagrado», y que ya no es sagrado en absoluto, a menudo apenas «religioso», por ser fruto de la pura inspiración individual. 

martes, 2 de junio de 2015

Ritual de Masonería Operativa

    Texto publicado en el nº 42, 16 de octubre de 1913, de La France Antimaçonnique. Traducción no firmada. Retomado en Bruno Hapel, René Guénon et le Roi du Monde, Trédaniel, París, 2001, según el cual la traducción es de René Guénon.


     “Damos a continuación la traducción de un interesante documento relacionado con la antigua Masonería Operativa: es el ritual de apertura de la Logia en el primer grado, tal como existía ya en 1620, 1663 y 1686, según manuscritos de fechas diferentes y de los que algunos se encuentran en el British Museum y también como están todavía en uso en las Logias Operativas de Inglaterra. Debemos destacar que hay tres maestros Masones, y que nada puede hacerse sin el consentimiento de los tres. Sólo el tercero es reemplazado cada año; los Maestros y antiguos Maestros constituyen el séptimo y último grado de la Orden. Además, hay un Diputado Maestro Masón, que gobierna la Logia en ausencia de los Maestros. Hay tres Diáconos, en lugar de solamente dos como en las Logias Especulativas anglosajonas. El capellán es designado por el nombre de Jachin. Los lugares ocupados por los Maestros y los Vigilantes son opuestos a los que ocupan en las Logias especulativas: así pueden dar la cara al sol y verlo en los diferentes puntos principales de su carrera. En el Templo, el Rey Salomón, se dice, se sentaba al Occidente, de cara al Oriente; los maestros Operativos hacen aún lo mismo (Bruno Hapel).


Apertura de la Logia en el primer grado

1er Maestro Masón. –Hermano Segundo Maestro Masón, ¿os place que abramos la Logia en el primer grado?

2º Maestro Masón. -Sí

1er Maestro Masón. –Hermano Tercer Maestro Masón, ¿os place que abramos la Logia en el primer grado?

3 er Maestro Masón. -Sí

1er Maestro Masón. –Hermanos, asistidnos para abrir la Logia en el primer grado, -Hermano Guardia Interior [1], ¿cuál es el primer cuidado de todo Francmasón?

Guardia Interior.- Es vigilar que la Logia esté convenientemente a cubierto.

1er Maestro Masón. – Hermano Guardia Interior, ¿la Logia está convenientemente a cubierto?

Guardia Interior.- Lo está, Venerable Maestro

1er Maestro Masón. –Hermano Guardia Interior, ¿cuál es a continuación nuestro cuidado?

Guardia Interior.- Es vigilar que nadie más que Francmasones y Aprendices Comprometidos (Indentured Apprentices) esté presente.

1er Maestro Masón. –Hermano Guardia Interior, ¿queréis hacer entrar al Guardia Exterior [2]? –Hermano Guardia Exterior ¿cuál es vuestro lugar?

Guardia Exterior. –A la puerta de la Logia, en el exterior

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Guardia Exterior. –Es, armado de una espada, descartar a los profanos (cowans) e intrusos en la Francmasonería, y vigilar que los candidatos estén convenientemente preparados

1er Maestro Masón. –Hermano Guardia Interior ¿cuál es vuestro lugar?

Guardia Interior.- A la puerta de la Logia, en el interior

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Guardia Interior. –Es admitir a los Francmasones y a los Aprendices tras haberlos probado, recibir los candidatos según la forma antigua, y ejecutar las órdenes.

1er Maestro Masón. –Hermano Diácono del Segundo Vigilante ¿cuál es vuestro lugar?

Diácono del 2º Vigilante. –A la derecha del Segundo Vigilante

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Diácono del Segundo Vigilante. –Es llevar todos los mensajes y comunicaciones del Segundo Vigilante al Primer Vigilante, y esperar el regreso del Diácono del Primer Vigilante.

1er Maestro Masón. –Hermano Diácono del Primer Vigilante ¿cuál es vuestro lugar?

Diácono del Primer Vigilante. –A la Derecha del Primer Vigilante

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Diácono del Primer Vigilante. –Es llevar todos los mensajes y comunicaciones del Primer Vigilante al Diputado Maestro Masón, y esperar las órdenes de los Maestros Masones.

1er Maestro Masón. –Hermano Diácono de los maestros Masones ¿cuál es vuestro deber?

Diácono de los Maestros Masones. –A la derecha o cerca del Diputado Maestro Masón

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Diácono de los Maestros masones. –Es llevar todas las órdenes de los Maestros Masones del Diputado Maestro Masón al Primer Vigilante, y vigilar que estas órdenes sean puntualmente ejecutadas.

1er Maestro Masón. –Hermano Segundo Vigilante ¿cuál es vuestro lugar?

2º Vigilante. –Al Norte

1er Maestro Masón. -¿Por qué estáis así emplazado?

2º Vigilante. –Para ver el sol en su meridiano, para llamar a los Hermanos del trabajo a la recreación y de la recreación al trabajo a las horas convenientes.

1er Maestro Masón. –Hermano Primer Vigilante ¿cuál es vuestro lugar?

1er Vigilante. –Al Oriente

1er Maestro Masón. -¿Por qué estáis así emplazado?

1er Vigilante.- Para ver el sol poniente, para pagar a los Masones sus salarios, y para vigilar que los planes de trabajo se hagan con garantía.

1er Maestro Masón. –Hermano Diputado Maestro masón ¿cuál es vuestro lugar?

Diputado Maestro Masón. –A vuestros pies

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Diputado Maestro Masón. –Es establecer proyectos, trazar planos, y vigilar que el trabajo de los Maestros Masones sea convenientemente ejecutado; es también abrir, gobernar y cerrar la Logia cuando es dada la orden por los Venerables Maestros Masones.

1er Maestro Masón. –Hermano Diputado Maestro Masón, ¿cuál es el lugar de los Maestros Masones?

Diputado Maestro Masón. –Sobre el trono al Occidente

1er Maestro Masón. -¿Por qué están así emplazados?

Diputado Maestro Masón. –Para ver el sol levante, para abrir la Logia, y para vigilar que los Hermanos estén ocupados e instruidos en la Francmasonería.

1er Maestro Masón.- Estando la Logia convenientemente formada, antes que la declaremos abierta, Hermano Jachin…

Jachin. –Santísimo y glorioso El Shaddaï (Dios Todopoderoso), Gran Arquitecto del Cielo y de la Tierra, Tú que eres el dispensador de todos los dones y de todas las gracias, y que has prometido que, allá donde dos o tres estén reunidos en Tu Nombre, Tú estarás en medio de ellos; en Tu Nombre juntamos y nos reunimos, SuplicandoTe muy humildemente bendecirnos en todas nuestras empresas, darnos Tu Espíritu Santo, iluminar nuestros espíritus por la sabiduría y el entendimiento de este venerable y digno Arte de los Francmasones que es el nuestro, a fin de que podamos conocerTe y servirTe justamente, que todas nuestras acciones puedan tender a Tu Gloria y a la salvación de nuestras almas. Es lo que humildemente pedimos en Tu Nombre, ¡oh El Shaddaï!

Todos. –¡Así sea (so mote it be), El Shaddaï! –En el Señor está toda nuestra confianza

1er Maestro Masón. – En el nombre del Rey Salomón, declaramos la Logia abierta para el trabajo en el primer grado.”


Notas:
[1] Guardatemplo Interno en la terminología actual.
[2] Guardatemplo Externo

viernes, 1 de mayo de 2015

De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros.

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha; compuesto por don Miguel de Cervantes Saavedra

Parte I, capítulo XI, De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros.

«Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:



-Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra».



miércoles, 29 de abril de 2015

Acacia

Entrada del Diccionario Masónico. Simbolismo y Aspectos Históricos de la Tradición. Asociación Cultural Meru, 2007. Alexis Hatman.


La rama de Acacia es «prenda de resurrección y de inmortalidad», tal como sucede en otras tradiciones con otros vegetales (rama de oro en los Misterios antiguos, los ramos o palmas en la tradición cristiana, etc.). Este símbolo vegetal hace referencia al «Árbol de la Vida» del Paraíso terrestre, que simboliza el Eje del Mundo, y por lo tanto, constituye el punto de contacto entre el centro de nuestro mundo y los estados supracósmicos; ello explica que sea allí donde se puede alcanzar el fruto de inmortalidad [1]

Se encuentra en la «Cámara del Medio», aludiendo así a su carácter central, lo que la pone en relación directa con la «Gran Paz» o Shekinah. Es equivalente al sauce en la tradición china [2]

Es también símbolo de inocencia, según la significación de su nombre en griego [3]

De una acacia planta en el lugar de Sittim, partió Josué a la conquista de la Tierra Prometida (Josué II, 1) [4]

Notas:

[1] René Guénon, Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, cap. LXIII, EUDEBA, 1988; La Gran Triade, Gallimard, 1977.
[2] René Guénon, La Gran Triade, Gallimard, 1977
[3] René Guénon, Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage II, Éditions Traditionnelles, 1995, Paris.
[4] Denys Roman, Réflexions d’un Chrétien sur la Francmaçonnerie, Edition Traditionelles, 1995, Paris.

domingo, 22 de marzo de 2015

El Constructor; por Léon Lieudat


Traducción del artículo Le Constructeur aparecido en la revista francesa Vers la Tradition, nº 139, Marzo-Abril-Mayo 2015.

Sobre la noción de Gran Arquitecto del Universo, lo esencial ya ha sido dicho antes de nosotros y sin nosotros [1]. No es sin embargo inútil volver sobre el sentido de esta expresión, con mayor razón cuando se constata la complacencia con la cual algunos, entre aquellos que son supuestos conocedores, mantienen la vaguedad y la confusión sobre una cuestión que parecen especialmente querer eludir [2]: es como si algunos de los que están llamados a ser constructores no tuvieran otro deseo que el de rechazar la piedra destinada a convertirse en piedra angular, estando bien situados para saber que «si el Señor no construye la casa, en vano trabajan aquellos que la edifican.»[3]

En un primer momento, el Constructor o Arquitecto no es tanto el Principio supremo considerado en él mismo, cuanto un aspecto divino, caracterizado por un tipo determinado de actividad, en correlación con la multitud ordenada de seres particulares, y más precisamente con el hombre (en tanto que «artesano» operando bajo su dirección y según su mandato.)

El recurso a un simbolismo que es en principio el de la construcción del Templo de Salomón, implica que la organización del Universo es en sí misma asimilable a la edificación de un Templo (en la cual el artesano humano es invitado a tomar parte). Esta asimilación apenas tendría sentido fuera de toda referencia a un principio divino, que debe poder ser considerado simultáneamente como transcendente (en tanto que es el Espíritu el que concibe y el que traza el plan del Edificio, el cual se distingue como el artista se distingue de su obra) y como inmanente (en tanto que no construye el Templo sino para hacer su «residencia» en él). Por otro lado, desde el punto de vista microcósmico, el obrero que da forma a la materia bruta según la Voluntad del Arquitecto (o el maestro de obra que participa en la traza del plan) toma parte en la edificación de un Templo espiritual que no puede situarse sino en el centro de su ser, y es en su corazón que debe encontrar lugar la residencia del Arquitecto. Teniendo en cuenta la analogía entre macrocosmos y microcosmos, el Templo al que el Universo se identifica no podría reducirse, como algunos parecen creerlo, al «mundo físico», es decir al mundo corporal [4], coincidiendo con la totalidad del dominio de la manifestación, que comprende los «tres mundos».

En la medida en que la totalidad de la manifestación es ordenada por el Gran Arquitecto, éste se distingue netamente del «demiurgo» entendido como «formador» del Corpus Mundi [5]. Pero, en contrapartida, el Gran Arquitecto no se confunde con el Principio Supremo, y no parece tampoco poder ser inmediatamente identificado a esta primera determinación del Principio supremo que constituye el Ser total, considerado en él mismo. El despliegue de la manifestación supone una «división» (aparente) del Ser en dos principios complementarios, y es primero por relación a este despliegue que el principio divino es designado como «Gran Arquitecto», que, entonces, corresponde más bien al principio activo que ordena el desarrollo de las potencialidades contenidas en el principio pasivo [6]; en términos de la tradición hindú, es un aspecto del Purusha considerado en correlación con Pakriti, «la substancia primordial indiferenciada» [7]: Vishwakarma, «el Espíritu de la construcción universal». [8]

En la antigua Masonería operativa, es el nombre divino El Shaddai el que era invocado como el nombre del Gran Arquitecto del Universo [9]. Si el nombre El Shaddai evoca las ideas de potencia y de elevación (designa al «Dios Todo Poderoso» [10] al mismo tiempo que al Dios de la montaña), no se identifica sin embargo, ni con el aspecto más elevado del Principio supremo, ni con el Ser universal que, en la tradición hebraica, se da a conocer bajo el nombre de YHVH [11] y que dice de él mismo: «Yo soy aquel que soy» o «El Ser es el Ser» [12]; por eso, corresponde con un aspecto divino inferior al que es designado por el nombre El Elión («Dios Altísimo») y que, en el relato del Génesis, es presentado como otro nombre de YHVH [13].

El Gran Arquitecto es también el «Gran Geómetra del Universo». De una parte, la práctica de la arquitectura requiere el conocimiento de la geometría, y el plan del edificio es trazado conforme a las leyes que la geometría permite conocer, a partir de un punto indivisible [14] cuyo desarrollo engendra sucesivamente líneas, superficies, volúmenes, y que contiene virtualmente todas las construcciones [15] que la geometría hace posibles. Por otro lado, la producción de un universo ordenado a partir de la indiferenciación inicial es también la introducción de la medida allí donde todavía no existe sino lo indefinido y lo indeterminado: la geometría, ciencia de la medida, es por eso mismo la de la determinación que sitúa cada cosa en su lugar y en los límites prescritos por su naturaleza y por su función en un conjunto o reino de equilibrio, armonía, acuerdo de las partes en la unidad de todo [16].

El «Gran Geómetra del Universo», cuyo tema se relaciona con los orígenes «pitagóricos» de la Masonería como con sus orígenes «abrahámicos» [17], se identifica con Apolo, el Dios de la medida, una de cuyas máximas (como la famosa «Conócete a ti mismo») es «Nada en exceso» [18], y que, bajo su aspecto de divinidad «solar», asegura el paso de la obscuridad a la luz, de la noche donde todos los gatos son pardos al día donde todas las cosas se vuelven visibles, así como el hombre se vuelve vidente, es decir conocedor, reconoce los límites en su universo ordenado. Por un lado, el Apolo hiperbóreo (polar) es llamado Karneios, nombre que evoca (éste también) las ideas de potencia y de elevación, y en donde se encuentran los atributos de El Shaddai [19].

Hemos mantenido hasta aquí la distinción que parece imponerse entre el Gran Arquitecto y el Principio del cual no es más que un aspecto. Sin embargo, sabemos que esta distinción es, en ciertos aspectos, ilusoria y que el Gran Arquitecto no es realmente diferente del Principio, así pues la consideración del principio activo en tanto que correlativo a un principio pasivo debe ser un encauzamiento hacia el reconocimiento del Principio supremo.

Sobre la letra G comprendida como la designación del «Gran Geómetra del Universo» y como inicial de la palabra God, Guénon escribe [20] «ésta debería ser en realidad una iod hebraica, la cual fue sustituida, en Inglaterra, como consecuencia de una asimilación fonética de iod con God» [21], y precisa: «La letra iod, primera del Tetragrama, representa el Principio, de manera que es vista como constituyendo por sí sola un nombre divino […]. Hay que añadir que la letra correspondiente I del alfabeto latino es también, tanto por su forma rectilínea como por su valor en las cifras romanas, un símbolo de la Unidad»; recordando que Dante, en la Divina Comedia, hace decir a Adán que el primer nombre de Dios fue I [22], concluye que «este “primer nombre de Dios” […] no es otra cosa, en definitiva, que la expresión misma de la Unidad principial» [23].

En algunos grados masónicos que no dependen de la Square Masonry, la invocación a El Shaddai o a «Dios Todo Poderoso» cede su lugar a la invocación al «Dios Altísimo» [24], que se ha manifestado como idéntico al Ser universal al cual la tradición hebraica le da el nombre de YHVH [25]. Esto es así sobre todo en el grado que Guénon caracteriza como pudiendo, con alguna razón, afirmarse de él que es el nec plus ultra de la iniciación masónica [26]. Este grado comporta la comunicación de una palabra que representa la «palabra reencontrada» (pero que todavía es una «palabra sustituida»), y que debería por consiguiente constituir una respuesta a la pregunta: «¿Quién es el Constructor?» [27]; lo curioso, es que este grado, en el cual la comunicación del nombre misterioso del Altísimo es presentado como un encauzamiento hacia «el Gran YO SOY» [28], no contiene tampoco una referencia explícita al Gran Arquitecto, como si la respuesta debiera conducir a un más allá de lo que trata la pregunta.

La construcción del Templo, o la «reunificación de lo que está disperso», no puede encontrar su acabamiento último sino en la reconstitución o en el redescubrimiento de la Unidad que había sido aparentemente dividida en multitud de fragmentos. Pero, y en tanto tiempo como la búsqueda no esté acabada, esta Unidad no se da a conocer al artesano sino bajo el aspecto del Constructor cuyo nombre debe reecontrar [29].

Notas:
[1] Pensamos más particularmente en las líneas que Guénon ha consagrado a este sujeto en algunas de sus obras, por ejemplo: El Hombre y su devenir según el Vedanta, cap. IV («Purusha y Pakriti»), El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III («Medida y Manifestación»), La Gran Tríada, cap. XXV («La ciudad de los sauces»).
[2] Cada cual parece haber agotado el tema y darse por satisfecho una vez dice que el Gran Arquitecto del Universo es, bajo otro nombre, «el Dios creador», o «el Ser supremo» (expresión que evoca la filosofía de las Luces y la Declaración de los derechos del hombre…), o incluso que es un «principio de unidad del mundo físico», cuidando en precisar que todo lo demás es sólo una cuestión de libertad de consciencia individual.
[3] Sal. CXXVII, 1.
[4] Esta reducción parece estar motivada por una estima exagerada respecto a la «filosofía natural» de Newton, que procede enteramente de la ciencia profana, lo mismo que cuando pretende descifrar algunos restos de ciencias tradicionales (con la mentalidad materialista de un «soplador de carbón»). La estructura del mundo corporal no ofrece sino una representación simbólica del Universo identificado con el Templo del Gran Arquitecto.
[5] Su función no se limita tampoco a la del demiurgo, tal como se menciona en el Timeo de Platón, si, por lo menos, como el texto lo sugiere, esta función consiste en organizar el dominio entero de la manifestación individual (mundo corporal y mundo físico), según un «modelo» inteligible sobre el cual el artesano divino concentra su atención, pero del cual no será sin embargo el productor (puede que el demiurgo platónico sea, bajo otro nombre, el Intelecto superior); pero es posible por otro lado que el relato del Timeo, en tanto relato mítico, sea el signo indirecto de verdades situadas sobre un plano más elevado que el de la manifestación formal. Como quiera que sea, el Gran Arquitecto será
[6] Estas potencialidades son en principio indiferenciadas y, en este sentido, tenebrosas, su desarrollo se hace posible por una «iluminación», y ello porque la distinción del principio activo del principio pasivo es también simbolizada por la de la luz y las tinieblas.
[7] Guénon, El Hombre y su devenir según el Vedanta, loc. cit. En los términos de la doctrina de los Pitagóricos y de Platón, corresponde al Uno considerado no en él mismo, sino es su interacción con la Díada indefinida de los Grande y lo Pequeño, es decir con la raíz de la multiplicidad.
[8] Cf. Id., ibid, Vishwakarma es también Prajâpati considerado simultáneamente como Señor, como Sacrificante universal, y también como la única víctima del Sacrificio que constituye el desarrollo de la manifestación, lo mismo que el Uno, en su interacción con la Díada indefinida, se diversifica en la multitud de seres particulares, que sin embargo quedan bajo su dependencia.
[9] Este nombre es invocado en los cuatro primeros grados de la Woshipful Society of Freemasons, que se presenta como una supervivencia de la Masonería operativa.
[10] En la Masonería (especulativa) inglesa, algunos rituales prescriben el empleo de una parte de la jornada a «rogar a Dios Todo-Poderoso».
[11] «Dios habla a Moisés, diciéndole: “Yo soy YHVH.  Yo me manifesté a Abraham, a Isaac y a Jacob como El Shaddai, pero no me di a conocer a ellos bajo mi nombre de YHVH”» (Éxodo, VI, 3)
[12] Exodo, III, 14; cf. Guénon, El simbolismo de la cruz, cap. XVII: «La ontología de la zarza ardiente».
[13] «Abram responde al rey de Sodoma: “He levantado la mano hacia YHVH, el Dios Altísimo (El Elion), que ha creado el cielo y la tierra”» (Génesis, XIV, 22). Abram no llevaba todavía el nombre de Abraham; la referencia al nombre sagrado YHVH, que no era conocido de Abraham, significa que YHVH es restrospectivamente identificado a El Elion, el Dios de Melki-Tsedeq. Sobre todo esto, se puede hacer referencia al cap. VI de El Rey del Mundo: «Melki-Tsedeq», donde los comentarios de Guénon a Génesis, XIV, 18 y ss y de Hebreos, VII, 1-3, son de una remarcable claridad.
[14] Los Elementos de Euclides comienzan por la definición del punto: «lo que no tiene partes».
[15] El edificio es construido sobre el modelo de una figura ella misma «construida» por la geometría. Este doble sentido del verbo «construir» no se encuentra en todas las lenguas (en la lengua griega, por ejemplo, las dos operaciones son expresadas por dos verbos diferentes). Sin embargo, hay que recordar que en la Edad Media la palabra «Geometría» era a la vez tomada como sinónimo de «Masonería», de la cual el nombre de Euclides era por tanto el símbolo, conforme a la práctica consistente en hacer de un hombre ilustre, en razón de su saber, la figura emblemática de la ciencia en la cual era un maestro.
[16] Dicho de otra manera, la Belleza. Sobre la «medida» y el paso de lo indeterminado a lo determinado, cf. Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III.
[17] Todavía, según la historia tradicional de la Masonería tal cual se encuentra en los Old Charges, Abraham fue el instructor de Euclides, lo que aparece desde el primer momento como un «formidable anacronismo». Este tema es abordado en la obra de Denys Roman, René Guénon y los Destinos de la Francmasonería (cap. XII, «Euclides, alumno de Abraham»): la extraña relación así establecida entre Abraham y Euclides puede ser comprendida como la indicación de una adaptación de la Masonería (que existe «desde tiempo inmemorial»), llamada entonces a desarrollarse en el seno de las tradiciones ligadas al nombre de Abraham, y a compartir con ellas un «Destino» escatológico privilegiado. Pero esta relación «mítica» entre la fuente de las tradiciones del Libro y el codificador de la «Geometría» ofrece también otra significación, sobre la que volveremos más adelante.
[18] La «justa medida» es precisamente un límite hacia el cual se tiende en suerte de aproximaciones, tanto por exceso, como por defecto (y en lo que concierne a la regla de acción que debe seguir el hombre individual, la virtud ética es un medio entre un vicio por exceso y un vicio por defecto).
[19] Cf. Guénon, Símbolos de la Ciencia sagrada, XXVIII: «El simbolismo de los cuernos». Recordemos algunas correspondencias remarcables entre la fuente «pitagórica» y la fuente «abrahámica» de la Masonería. El nombre divino El Shaddai tiene por valor numérico simple el número 345. Ahora bien, el «Gran Geómetra del Universo» es aquel que «designa» la letra G, es decir la letra griega Γ, cuya forma es la de una escuadra de brazos desiguales que puede estar cerca de lo que algunos rituales llaman «la Escuadra de la Palabra divina»; si las longitudes respectivas de estos brazos son medidas por los números 3 y 4, la hipotenusa del triángulo rectángulo con las cuales forman el ángulo recto es de longitud 5, conformando el teorema de Pitágoras, del que la «joya» del «Pasado Maestro» da muestra, mientras la ausencia de esta hipotenusa en la escuadra de brazos desiguales puede ser puesta en correspondencia con la desaparición del tercer «Gran Maestro», pues con la pérdida de los «auténticos secretos», estos se suplen con ciertos «secretos substituidos». (cf. Guénon, «Palabra perdida y nombres sustituidos», Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, 2º volumen).
[20] La Gran Tríada, cap. XXV: «la ciudad de los sauces»
[21] Esta substitución, sobre la cual Denys Roman había dado la razón en Guénon (cf. «René Guénon y la letra G», en Reflexiones de un cristiano sobre la Francmasonería, cap. VII), es confirmada por un ritual donde se dice que lo son «ciertos caracteres hebraicos» que están «representados por la letra G, refiriéndose a Dios [God], el Gran Geómetra del Universo», precisamente aquellos que componen el nombre sagrado YHVH.
[22] Paraíso, XXVI, 133-134.
[23] La fórmula: «Medem agan», «Nada en exceso», significa literalmente «No más de uno», lo que podría ser interpretado como una expresión del más estricto «monoteísmo», y el nombre de Apolo puede así ser comprendido como «sin multiplicidad».
[24] Es bien significativo que el nombre del Altísmo, tanto en los rituales anglosajones como en los rituales continentales, no aparece jamás bajo su forma hebraica, aunque siempre en su «lengua vulgar», «es decir, simbólicamente, [en] la lengua que sirve de vehículo a la tradición y que puede, bajo esta relación, identificarse a la lengua primordial y universal» (Guénon, Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano, cap. VI: «Nuevas apreciaciones sobre el lenguaje secreto de Dante».
[25] Como lo recuerda Guénon en su pasaje de El Rey del Mundo al cual hemos hecho alusión más arriba, el Altísimo es el Dios de Melquisedec, mientras que el El Shaddai es el Dios de Abraham. La bendición de Abraham por Melquisedec constituye «la comunicación de una “influencia espiritual”, de la cual Abraham va a participar en adelante; y podemos observar que la fórmula empleada pone en relación directa a Abraham con el Altísimo, que el mismo Abraham invoca al identificarlo con Jehovah» (El Rey del Mundo, cap. V). El reencuentro entre Abraham y Melquisedec «señala» pues «el punto de unión entre la tradición hebraica y la gran tradición primordial» (ibid). Ahora bien, en la época de la redacción de los Old Charges, Abraham era también (y quizás habría que decir sobre todo) conocido por esta bendición que él había recibido de Melquisedec. Así pues, ¿la relación maestro discípulo entre Abraham y Euclides no expresará la intención de nuestros «ilustres predecesores de los antiguos días» de «señalar» el punto de contacto entre la Masonería y la tradición primordial? Y si es así, uno de los «Destinos de la Francmasonería» bien podría ser el de constituir un «vínculo» entre los primeros y los últimos tiempos, entre el comienzo y el fin del ciclo actual (y por ello también entre el fin y el comienzo del ciclo futuro).
[26] Cf. «Palabra perdida y nombres substitutivos», op. cit.
[27] Como precisa Guénon (loc. cit.), se trata de una palabra compuesta, formada por la reunión de tres nombres divinos pertenecientes a tres tradiciones diferentes, lo que no puede ser comunicado regularmente sino por el concurso de tres personas formando un triángulo. Se podría pensar que el triángulo así constituido es el triángulo de Pitágoras, que había sido hecho incompleto por la muerte del tercer Gran Maestro; además, había en la antigua Masonería operativa una correspondencia entre los tres Grandes Maestros (Salomón, Hirán, Rey de Tiro, y Amon, «el Arquitecto», cuyo nombre ha sido reemplazado en la Masonería especulativa por el de Hiram-Abif) y las tres tradiciones a las cuales pertenecían los tres nombres que componen la «palabra reencontrada», siendo el tercer nombre un nombre egipcio asociado a Amón, el tercer Gran Maestro (cf. Reseña del nº de octubre de 1949 del Speculative Mason en el tomo II de los Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo). Es necesario sin embargo señalar que en el ritual del Royal Arch, como Guénon observa (op. cit.), cada uno de los tres nombres divinos que forma la «palabra reencontrada» es pronunciado por turno por cada uno de los miembros del triángulo, de suerte que la palabra compuesta es reconstituida tres veces. Más que un triángulo rectángulo, el triángulo así formado ¿no será un triángulo equilátero, del cual algunos de los ángulos no corresponderían a aquel que forma la Escuadra, pero del que cada uno se relaciona con la apertura del Compás?  
[28] Sobre el nombre divino egipcio que constituye el tercer componente del nombre, Guénon señala que entra en la composición de uno de los principales nombres de Osiris, y que tiene propiamente el sentido de «ser» (op. cit., p. 178)
[29] Sin duda la «morada eterna» que el hombre debe alcanzar a reencontrar en su corazón puede ser asimilada a un Templo (o a la «ciudad divina» en el seno de la cual está edificada este Templo), pero este simbolismo supone la referencia a un «arte», es decir, a tipo de actividad que, para la humanidad, no ha podido llegar a ser necesaria sino por la consiguiente caída. Señalemos para terminar que una traducción más exacta del Salmo CXXVII, 1, versículo al cual nos hemos referido al comienzo del este texto, sería: «Si YHVH no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen».