Mostrando entradas con la etiqueta Anti-masonería. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anti-masonería. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de febrero de 2011

El Asunto Taxil, por Denys Roman

Capítulo XVII de Réflexions d'un Chrétien sur la Franc-Maçonnerie "L'Arche vivante des Symboles". Éditions Traditionnelles, 1995, Paris.

Los jóvenes lectores de los Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage [1] experimentan sin duda alguna dificultades en comprender, incluso parcialmente, las muy numerosas alusiones hechas en esta obra al asunto Taxil; y como, por otra parte, saben que Guénon no ha escrito nada “por azar” y que su interés hacia cosas aparentemente contingentes debe justificarse desde el punto de vista “central”, que era el suyo y del que no quiso jamás apartarse, su curiosidad es aún más viva. Según nuestra opinión, nada podía responder mejor a sus expectativas que una obra aparecida en 1964, bajo la firma del señor Eugen Weber [2], puesto que se trata de una excelente exposición, basada en los documentos originales, de la famosa mixtificación que, a finales del último siglo (s. XIX), constituyó el episodio más pintoresco, y también el más tenebroso, de la larga historia de la anti-Masonería en Francia. Es sorprendente, por decirlo de pasada, que los historiadores de la Franc-Masonería no hayan prestado más atención a las peripecias en las que lo siniestro disputa con lo burlesco y que, al parecer, hubieran aportado algunos toques de fantasía a estudios ordinariamente austeros. Si el asunto Morgan, que pasó como un ciclón sobre la Masonería americana en los años 1828 y siguientes, no comportaba ningún elemento cómico, no ocurrió lo mismo, en Inglaterra, respecto a la acción de los Gormogones y de los Gregorianos, ¿no sería esto por el papel que parece haber jugado, en esta última organización, el “Bello Brumel”, príncipe del dandismo? Pero en lo referente a provocar la risa, la palma vuelve sin duda a la anti-Masonería francesa, en la cual el asunto Taxil fue la “obra maestra”. Ninguna mixtificación estuvo mejor montada, ninguna lo había logrado tan perfectamente. Los camelos más sabrosos que la siguieron: el busto de Hégésippe Simón el Precursor, el pueblo poldavio gimiente bajo el yugo de los “escuderos”, la conjura internacional dirigida por Crimias, Tarcos y Xullpo, estas amables bromas de escolares duraron algunas semanas, algunos meses todo lo más. El asunto Taxil duró 12 años; y cuando se supo la clave de la historia, ésta dio mucha risa...

Sólo que, cuando la víctima de la broma es la más alta autoridad religiosa del mundo cristiano, por poco respeto que se tenga hacia las cosas santas, hay que reirse con menos fuerza y empezar a reflexionar. Para esta reflexión, digámoslo desde ahora, hay que recurrir a Guénon y no al señor Weber. Este autor, profesor en la Universidad de los Ángeles, es un especialista de la historia de las ideas y de los movimientos políticos, y ha publicado en esta disciplina destacadas obras. No ha visto pues en los acontecimientos que relata únicamente su lado “cómico”. En particular, insiste mucho y en varias ocasiones sobre la “atmósfera” muy particular, y que parece haberse “fabricado” mucho antes, en la que estalló el asunto Taxil. Su resumen de las relaciones de la Santa Sede con la Masonería especulativa (páginas 199 y siguientes) hace hincapié en puntos que pasan muy a menudo desapercibidos. La primera excomunión formal, la de Clemente XII (1738), no reprochaba a la Orden más que su secreto y el hecho de admitir a personas de todas las religiones. Tales fueron las dos únicas quejas articuladas durante 150 años. Pero en 1873, Pío IX, quizás a causa de la colusión de numerosos Masones franceses e italianos con las “ventas” carbonarias, “atribuía por primera vez ex-cathedra la Masonería a Satán”. Cuatro años más tarde (1877), el Gran Oriente de Francia abolía para sus miembros la obligación de la creencia en Dios [3]. En 1884, la encíclica Humanum Genus de León XIII iba a agravar considerablemente la situación, renovando la acusación de satanismo y añadiéndole las peores imputaciones: “Aquellos que estén afiliados deben prometer obediencia ciega y sin discusión a los jefes..., consagrándose primero, en caso contrario, a los tratos más rigurosos e incluso a la muerte. De hecho, no es de extrañar que la pena del último suplicio sea inflingida a aquellos que están convencidos de haber abandonado la disciplina secreta de la sociedad o resistido a las órdenes de los jefes; y esto se practica con una tal destreza que, casi siempre, el ejecutor de estas sentencias de muerte escape a la Justicia establecida”.

Esta encíclica tuvo una inmensa repercusión, y un número increíble de panfletistas se apuntaron a “ilustrarla” y a explotarla. Tras los tímidos intentos de Louis de Estampes (1884) y de dom Benoit (1886), el ex Rabino Paul Rosen, que Guénon decía haber sido, “en el asunto Taxil, uno de los agentes más directos de la contra-iniciación” (É.F.M. I, 263, al final.), publicó Satan et Cie (1888). En 1891, es el turno de Huysmans con Là-bas. Pero desde 1885, solamente un año después de la encíclica, Léo Taxil entró en liza.

Nacido en Marsella en 1854, se había destacado en primer lugar por la publicación de toda una serie de obras abyectas: Les Amours secrètes de Pie IX, Histoire scandaleuse de la famille d’Orléans, Les Maîtresses du Pape, L’Empoisonneur Léon XIII, Les Crimes du clergé, etc, etc [4]. Si se quiere saber hasta donde se puede descender en la ignominia, se encontrará en el Libro del señor Weber (página 207) la mención de otros panfletos, cuyos mismos títulos no podrían figurar aquí.

Pero en 1885, Taxil, expulsado de Suiza por asuntos turbios, condenado por robo, declarado en quiebra, expulsado del periódico La Lanterne, se convirtió con estrépito, y el nuncio apostólico en persona le levantó numerosas censuras eclesiásticas en las que había incurrido. Desde entonces, empieza una nueva serie de obras: Les Mystères de la Franc-Maçonnerie, Y a-t-il des femmes dans la Franc-Maçonnerie?, Les femmes et la Franc-Maçonnerie, Les Soeurs maçonnes, etc [5]. Un zumbante enjambre de autores hasta entonces oscuros se unieron a la nueva “cruzada”. Monseñor Meurin, de quien hablaremos más adelante, publicó: La Franc-Maçonnerie, synagogue de Satán (La Franc-Masonería, sinagoga de Satán); el doctor Bataille añade Le Diable au XIX-ième siècle (El Diablo en el siglo XIX). Italia entra en el movimiento con Domenico Margiota, que Leon XIII elevó a la dignidad de Caballero del Santo Sepulcro. La Revue de la Franc-Maçonnerie démasquée (Revista de la Franc-Masonería desenmascarada), adquirida por los Padres Agustinos de la Asunción, ofreció a sus lectores “detallados reportajes sobre las orgías de las Logias de adopción, sugiriendo que los Masones continuaban practicando los sacrificios humanos, y denunciando el espantoso desarrollo realizado, en estos últimos años, por la Orden satánica de los Odd-Fellows que se autodenominan Re-Teurgistas Nobles...”. Aterrorizado, Leon XIII se apresuró a excomulgar a los Odd-Fellows (“curiosos Compañeros”), simple organización de socorros mutuos que, a la manera americana, gustaba adornar la admisión de sus miembros mediante un ceremonial que imitaba vagamente a los ritos masónicos. Mientras estuvo allí, León XIII excomulgó igualmente, siempre por satanismo, a otras dos sociedades americanas: los “Caballeros de Pythias” y...los “Hijos de la Templanza”. Evidentemente, se estaba en plena aberración.

Hay que decir que, en el romancero infernal de Taxil y consortes, la Masonería americana estaba particularmente satanizada. Los Masones franceses, ignorantes del “Paladismo” (Masonería de las “últimas-Logias”), eran para la mayoría “simples pinches, vulgares friegaplatos“. Pero el general americano Albert Pike, en su calidad de fundador del Rito Paládico Reformado Nuevo, disponía de un “teléfono infernal”, para apuntar cada mañana las consignas de Lucifer. Residía en Charleston, en Georgia, donde, todos los viernes, Satán aparecía en el Sanctum Regnun masónico, ante el Baphomet original. Pike tenía también a su servicio a un “diablillo”, muy diligente, al parecer. El erudito doctor Bataille, que nos enseña estas cosas, conocía también el número de demonios y de “demonias”: hay 44.435.633 exactamente. Otro jefe del Paladismo es Albert Galatin Mackey, autor de una enciclopedia masónica varias veces reeditada, habiéndole hecho visitar el laboratorio masónico americano, lo más simple del mundo, al excelente doctor Bataille. De esta oficina de iniquidad, y de otra situada en Nápoles, surgen el “maná de San Nicolás de Bari” y tantas otras venéficas [6] con las que fueron envenenados “el Papa León XII, así como muchos de sus predecesores”. Envenenados también por la secta fueron Adolphe Thiers y el conde de Cavour, y un número impresionante de otros hombres de Estado caídos en un olvido quizás inmerecido. La bula Humanum Genus no decía, pues, más que demasiada verdad. Por otra parte, “todo el mundo sabe” (el honesto doctor Bataille nos lo afirma y debemos creerle) “todo el mundo sabe que el Presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, fue asesinado por orden de los Franc-Masones, y que los restos de su asesino, el actor John W. Booth, reposan en una Logia de Charleston, bajo el Laberinto Sagrado”.

La gloria luciferina de Charleston palidecía sin embargo ante la de Gibraltar: en los subterráneos de esta ciudad maléfica se deciden las elevaciones a los más altos grados masónicos, según los títulos de cada uno. El buen doctor Bataille, que ha visitado este pandemonio bajo la conducción de Tubalcain en persona, nos enseña especialmente que todo ocurre allí “en la maldita lengua inglesa”, que la expresión masónica “aumento de salario” significa “aumento de la ración de alcohol”, y que los títulos más considerados para los susodichos aumentos son el incendio de la Iglesias, los ataques contra los monjes al entrar en sus Conventos, y el asesinato de niños cristianos (páginas 69 y siguientes).

A la muerte de Albert Pike (1891), el Paladismo, según las más seguras autoridades taxilianas, nombró como sucesor a Adriano Lemmi, que tuvo la audacia de trasladar su residencia a la misma Roma. Convencido finalmente de que la Masonería italiana no valía más que la americana, León XIII, que había publicado ya en 1890 la encíclica Dall’Alto (reeditada en italiano), puso de nuevo en guardia a los católicos de la península mediante las cartas apostólicas Custodi y Inimica vis, ambas de 1892.

Pero Albert Pike, Mackey, Lemmi, no son más que los jefes aparentes de la Orden, que en realidad está dirigida por Sofía Safo, hija de un ex-pastor, “anabaptista impenitente convertido en Mormón”. Sofía Safo es honrada en todas las Logias, incluso francesas, y desde luego con razón, ya que tiene que alumbrar, por obra del diablo Bitru, a una niña que, tras unirse al demonio Décarabia, dará a luz a la futura madre del Anticristo. (Que si alguien preguntara quien será el padre del Anticristo, demostraría simplemente que no ha leído jamás el Secreto de La Salette).

Sofía Safo tiene una discípula escogida, Diana Vaughan, descendiente del inglés rosacruciano Thomas Vaughan (ordinariamente identificado con Eugenio Filaleteo). Diana, luciferina ejemplar, hubiera deseado con gusto ascender al grado de Maestra Templaria. Rechazo de Sofía Safo, después altercado violento, y Diana, para huir de una muerte segura, se refugió en Francia donde Léo Taxil la ayuda a pasar desapercibida. Anotemos que sigue siendo ferviente luciferina, pero tiene mucho miedo. Tan solo algunos raros privilegiados han tenido el favor de entreverla. Entre estos elegidos, hay que citar al Comendador P. Lautier, presidente general de la Orden de los Abogados de San Pedro. Este último nos relata (páginas 114-116) como fue admitido, en compañía del infatigable doctor Bataille, “en presencia de la Luciferina convencida, de la Hermana masona de elevado rango, de la iniciada en los últimos secretos del satanismo”. Diana, cumplida anfitriona, ofreció a sus visitantes un fino champagne y cartujo (un licor), pero ella bebió un coñac “cuya crema denunciaba (sic) la extrema vejez”. Y el perspicaz decano del Colegio de Abogados señaló: “La hostilidad hacia la Iglesia, llevada hasta la abstención del licor de los Cartujos, he aquí lo típico”.

Una “unión de plegarias a Juana de Arco”, lanzado por un gran periódico católico, fue la razón de un endurecimiento impulsado a tal grado de perfidia. Ignoramos si Diana reemplazó en adelante el coñac por la benedictina para su uso personal. Pero la publicación de las Mémoires d’une ex-Palladiste (Memorias de una ex-Paladista), pronto seguidas por otras dos obras: Le 33º Crispi y La Neuvaine Eucharistique, vienen a testimoniar la seriedad de la conversión. Era, a decir de un teólogo de renombre, “el desafío más espléndido y el más imprevisto lanzado a la cara del positivismo contemporáneo” (cf. páginas 226-232). La que muchos llamaban ahora “Diana la Santa” fundó la “Orden del Lábaro [7] anti-masónico” en tres grados (Legionario de Constantino, Soldado de Cristo, Caballero del Sagrado Corazón) con vestido de Orden, condecoraciones y joyas. La doble profanación era completa.

¿Para qué continuar? ¿Por qué hablar de la obscena “báscula del diablo” usada en Logia de adopción; de la cola del León de San Marcos cortada por los demonios y guardada como trofeo anticipado de la victoria de Lucifer sobre Adonai; de Asmodeo aparecido en una escena espiritista bajo el aspecto de un cocodrilo e instalándose en el piano para tocar danzas lascivas, mientras lanzaba miradas concupiscentes a la señora de la casa? Un desbordamiento tal de estupideces acaba por provocar la risa; y todo esto nos lleva a pensar en una especie de “repetición general” de la Gran Parodia. Es triste que tantos hombres de Iglesia hayan creído en estas pamplinas. Pero hay que tener en cuenta la atmósfera de sugestión que envuelve a toda esta historia (cf. É.F.M., I, 103). Respecto a León XIII, pudo haber quizás otra cosa, y quisiéramos llamar la atención sobre la personalidad de Monseñor Meurin. Este obispo de Port-Louis, en la isla San Mauricio, parece haber residido mucho en Francia, donde ejerció una gran influencia sobre el “Hiéron du Val d’Or” de Paray-le-Monial, institución fundada por el barón de Sarachaga (inventor del famoso “arcano de Aor-Agni”), y que publicaba una revista cuyo título cambiaba cada 7 años. Monseñor Meurin unía al anti-masonismo pretensiones a la erudición de la que Paul Vulliaud, en algunas sabrosas páginas, mostró su ridículo; el doctor Bataille lo llamaba “sabio orientalista”, y Taxil, que lo frecuentó, le dió el nombre de “sabio Cabalista”, lo que es más bien cómico dado el antiseminismo del Hiéron. A este propósito, ¿no es como mínimo curioso que, el mismo año que siguió a la conversión de Taxil (1886) apareciera Le Barón Jéhova de Sydney Vignaux, amigo éste del doctor Henri Favre, autor ocultista conocido por sus Batailles du Ciel? Guénon señaló (Le Théosophisme, páginas 415-416) que la Obra de Vignaux es una de las principales fuentes de los Protocolos de los Sabios de Sión, la célebre falsedad difundida a principios del siglo XX por el Okhrana. Para volver a Hiéron, sus enseñanzas han inspirado no solamente a la señorita Bessonnet-Favre, que escribió bajo el nombre de Francis André (pseudónimo compuesto con los nombres de sus dos hijos) obras de las que Guénon ha revelado el carácter extraño (É.F.M. I, 98-99), sino también al fundador de la revista Atlantis, Paul Le Cour; la última secretaria de Hiéron, la señorita Lepine, poco antes de su muerte accidental, había entregado su anillo a P.L.C. (É.F.M. I, 222, final del 1er párrafo); pero hay que decir que los escritos de este último no tienen ningún “tinte” anti-masónico; había hablado claramente un día de “despertar” al “Gran Occidente”, pero Guénon, habiéndole preguntado irónicamente: “¿Para cuando un nuevo fort Chabrol? [8]”, “Pélékus” no insistió (É.F.M. I, 233, final del 1er párrafo).

Pero volvamos al Hiéron original. Paul Vulliaud ha escrito en La Kabbale Juive: “Parece que León XIII leía las publicaciones del Hiéron; este letrado Pontífice debió pensar, sonriendo, que la imaginación es una facultad verdaderamente admirable”. Pero ¿quién sabe si León XIII se contentaba con sonreír? El hecho de ser letrado no lo pone al abrigo de ciertos “prestigios”. Parece por otra parte que León XIII haya sido un “blanco” particularmente escogido por personajes más o menos sospechosos. En el prefacio de su traducción del Siphra-di-Tzéniutha, el mismo Paul Vulliaud ha relatado la maquinación urdida para hacer creer a los católicos franceses que el Papa estaba retenido prisionero en las “grutas de San pedro” por los cardenales Franc-Masones, la mayoría, digámoslo, ¡en la Curia romana! Un sosias del Pontífice ¡oficiaba y legislaba en su lugar! Es el traductor de Zohar, Jean le Pauly, quien denunció esta historia rocambolesca a León XIII, y André Gide la ha tomado como punto de partida de su novela Les Caves du Vatican (Los Sótanos del Vaticano). Finalmente, Mélanie Calvat, la “vidente” de la Salette, explicaba a su entorno (que no ha dejado de ejercer una cierta influencia sobre toda una “corriente” de la literatura de ayer e incluso de hoy) que León XIII había cesado de reinar el día en que rechazó el reconocimiento de la ortodoxia de la célebre aparición, que algunos decían haber sido organizada con la colaboración, consciente o inconsciente, de la señorita de la Merlière, que persiguió con justicia a sus acusadores con la asistencia de Jules Favre: lo que sorprendió mucho en la época....

... En un congreso anti-masónico que tuvo lugar en Trento, en los últimos meses de 1896, un Jesuita alemán, anteriormente Masón, había señalado las inverosímiles groserías de la trama taxiliana, y emitió dudas sobre la existencia de Diana Vaughan. Entonces Taxil anunció que, en una conferencia pública, presentaría la nueva convertida a los asistentes, y haría proyectar en una pantalla el original del pacto concluido en otro tiempo entre Thomas Vaughan y Lucifer.

El Lunes de Pascua, 19 de Abril de 1897, en la sala de la Sociedad Geográfica, Léo Taxil, ante una asistencia cada vez más agitada, explicó cómo, desde hacía once años, abusaba de la confianza de la opinión católica con las invenciones más descabelladas (páginas 155-183). Ridiculizó a Monseñor Meurin; explicó, con una extraña insistencia, porqué hizo adoptar a “su amigo el doctor” (Doctor Hacks) el nombre de “Doctor Bataille”; pero sobre todo, relató la audiencia particular que León XIII le había concedido. A la pregunta del Papa: “Hijo mío, ¿que es lo que deseáis?”, Taxil respondió: “Morir a vuestros pies, Muy Santo Padre, morir aquí mismo, en este instante”. León XIII le felicitó porque él, un simple Aprendiz en la Masonería, había comprendido no obstante que “el Diablo estaba allí”. Y el siniestro personaje imitaba el acento italiano del Pontífice que repetía con pavor: “¡El Diablo, hijo mío, el Diablo!”. Varios sacerdotes, asqueados por tal alarde de villanía, se habían ido ya al principio de la conferencia. Otros tuvieron el valor de resistir hasta el final, y asistieron, aterrados, al vertido de inmundicias del Infierno sobre la Iglesia de Cristo. Con un tumulto indescriptible terminó la conferencia; católicos y anti-clericales se increpaban hasta el punto de llegar a las manos.

Dejemos ahora a Léo Taxil, vuelto a su primer vómito, reeditar: Le Pape femelle, Le Fils du Jésuite, Les Livres secrets des Confesseurs, Calotte et Calotins, etc [9]. Pero, ¿qué se hizo de los demás anti-Masones? Tuvieron destinos muy diversos. Clarin de la Rive, autor de La Femme et l’Enfant dans la Franc-Maçonerie Universelle (La Mujer y el Niño en la Franc-Masonería Universal), adoptó un anti-Masonismo “razonable”; y cuando el ocultista Téder, a lo largo de su campaña contra el Gran Oriente de Francia (É.F.M. II, 265, hacia el final), hubo lanzado contra René Guénon los más venenosos ataques (É.F.M. II, 125), Clarín de la Rive, a raíz de una carta rectificativa de Guénon, entró en contacto con este último, de quien tuvo el mérito de presentir el “valor”, y le pidió incluso algunos estudios para su revista; tal es el origen de los artículos firmados como “Le Sphinx” en La France anti-maçonique [10]. Otro anti-Masón, Pierre Colmet (alias Roger Duguet), tras haber intentado resucitar el taxilismo con L’Élue du Dragon (El Elegido del Dragón) (É.F.M. I, 91-93), novela en la que exponía el plano de la Gran Logia de Francia indicando las habitaciones donde se hacían las evocaciones diabólicas, adoptó después el “anti-masonismo razonable” publicando La Cravate blanche (La Corbata Blanca) (É.F.M. I, 97); luego, tras graves contrariedades, dió, en términos a veces emotivos, un “supremo testimonio” sobre el “engaño de las profecías” [11].

Finalmente, Charles Nicoullaud (que por lo demás era Masón y había firmado como “Fomalhaut” una novela, Zoé la Théosophe à Lourdes (Zoé la Teósofa de Lourdes), panfleto violento y a menudo licencioso contra la Compañía de Jesús) devino secretario de Monseñor Jouin, en la Revue Internationale des Societés Secrètes, donde publicó particularmente las “Conversaciones de Edipo” dirigidas con efectos retardados contra “Le Sphinx” (René Guénon). Nicoullaud fue incontestablemente un agente de la contra-iniciación (É.F.M. I, 213-214), así como al menos otro de los colaboradores de la R.I.S.S. [12]: Henri de Guillebert des Essarts (É.F.M. I, 171, bajo la página).

... ¿Qué es lo que queda, hoy en día, del asunto Taxil? Las acusaciones de satanismo dirigidas contra la Masonería han sido, desde hace largo tiempo, abandonadas por la Iglesia, que volvió en suma a la actitud de Clemente XII, quien reprochaba a la Orden su secreto y su carácter multi-confesional. Esta última queja casi es concebible en la atmósfera actual. No queda más, pues, que el secreto. Considerable “escollo”, es cierto... y duro como un “diamante”... Sin embargo, no pensamos que los esfuerzos de las “potencias” que suscitaron a Taxil hayan sido vanos. Tras haber visto al diablo en todas partes, los católicos han pasado a no sospecharlo en ninguna. ¡Y en qué momento! El doctor Bataille (que se nos perdone la insistencia en ello) escribía que, ya en sus tiempos, Satán juzgaba “el momento propicio para poner él mismo la mano en la masa” (página 22). Basta leer los Evangelios para saber que Satán alcanza alguna vez a decir la verdad.


NOTA ADICIONAL

Si el Taxilismo fue decididamente anti-masónico, no podríamos decir lo mismo de la sociedad secreta Sodalitium Pianum (apodada “El Abetal”), incluso si los anti-Masones buscaron de buena gana infiltrarse en ella.

Fundada en 1903, bajo la inspiración de Pío X, por Monseñor Benigni, esta asociación se proponía luchar en el mismo seno de la Iglesia contra los progresos del modernismo.

El señor Émile Poulat, en una obra [13] de una gran erudición, se interesó particularmente por esta sociedad, cuyos archivos fueron descubiertos durante la Primera Guerra Mundial por los servicios secretos alemanes en el trancurso de un registro en casa del Abogado Jonckx, de Gand, uno de los colaboradores de Benigni. Este registro se realizó a instancias de eclesiásticos alemanes que habían tenido queja de las actuaciones del Abetal. Dichos archivos, conservados mucho tiempo en el gran seminario de Ruremonde, fueron utilizados en 1924 por una “memoria” anónima que circuló clandestinamente en los medios eclesiásticos parisinos. Al año siguiente, el asunto se divulgaba en el mundo laico: Jean-Jacques Brousson (que fue secretario de Anatole France) consagró un artículo en el periódico Excelsior. Publicaciones holandesas tomaron el relevo y causaron tal sensación que, habiendo muerto entre tanto Benedicto XV, algunos pretendieron que la elección de su sucesor Pío XI había estado influenciada por dichas publicaciones. Una nueva revista, Le Mouvement des faits et des idées (El Movimiento de los hechos y de las ideas), entró en acción, y acusó a L’Action française. “El 29 de Diciembre de 1926, L’Action française y ciertas obras de Charles Maurras eran puestas en el Índice [14]. Una conmoción considerable y apasionadas controversias iban a desencadenarse en el catolicismo francés”. En 1928, L’Année politique française et étrangère (El Año político francés y extranjero) publicaba un largo estudio: “Santa Sede, Acción francesa y Católicos integristas”, firmado por “Nicolas Fontaine”, pseudónimo de un amigo del teólogo modernista Loisy. No vamos a detallar aquí los acontecimientos que siguieron y las tentativas hechas por los anti-modernistas para frenar una corriente que se les había vuelto contraria. El autor da algunas precisiones sobre los procesos de beatificación y de canonización de Pío X, donde fue evocado el patrocinio otorgado por este Pontífice al Sodalitium Pianum. Relata también la inverosímil odisea de los textos originales de El Abetal, que nos ha recordado las tribulaciones de ciertas bibliotecas masónicas. Reproduce igualmente el código roich, es decir el vocabulario secreto de 720 palabras empleadas por los “primos” (los miembros de El Abetal) para entenderse entre ellos. Este vocabulario no estaba carente de humor. Un seminarista devenía allí un “académico”. “Comprar” significaba “elegir”. El Cristianismo oriental no-romano era llamado “la caballeriza”, el Protestantismo “la vaquería”, el Judaísmo “la charcutería”. Los Franc-Masones debían contentarse con una palabra de código mucho menos poético: “los verdes”.

El Abetal, en efecto, contrariamente a una opinión bastante extendida, no era fundamentalmente una organización anti-masónica. Al final de una carta de Benigni a Jonckx fechada el 3 de Febrero de 1913, podemos leer este consejo: “Prudencia en la relaciones con un grupo anti-masónico de París, y en general con todos los grupos parisinos análogos, cuyas disensiones favorecen al adversario”. Sobre estas disensiones entre los anti-Masones, la obra del señor Émile Poulat da algunas informaciones, reconociendo que su historia es “espantosamente complicada”. Tan solo consagra en ella, por otra parte, un muy pequeño número de páginas, y se contenta con esbozar algunos perfiles de personajes enigmáticos o pintorescos, de los cuales se hace mención aquí y allá en los Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage: Jean Bidegain, antiguo secretario adjunto del Gran Oriente, que hizo estallar el “asunto de las Filiaciones”, y que se suicidaría en 1926; Copin Ablancelli, antiguo Masón del grado 18 y fundador de La Bastille; Flavien Brenier, “mezclado en inimaginables aventuras”, y que, bajo el pseudónimo de “Eugène Gâtebois”, conducirá más tarde el asalto del Amigo del Pueblo contra la Revue Internationale des Sociétés Secrètes; Pierre Colmet (alias Roger Duguet), autor de novelas con claves pobladas de personajes heterogéneos tales como este general de Bierne, amalgama de Monseñor Jouin y de su irreconciliable enemigo Flavien Brenier (siendo por otra parte “Bierne” el anagrama de la palabra “Brenier” privada de la “r” final); el coronel Driant, yerno del general Boulanger y autor (bajo el pseudónimo de “capitán Danrit”) de novelas político-militares, y al que mataron en Verdun, en 1916; el abad Joseph (que firmaba como “abad Tourmentin”); Monseñor Jouin, con su rica biblioteca de 30.000 volúmenes, pero a quien Pierre Colmet reprochaba de “acoger regularmente en su mesa con demasiada indulgencia a un pequeño grupo de probados modernistas y militantes”.

Esta última exposición sería suficiente para hacer comprender porqué los dirigentes de El Abetal no estaban muy tranquilos viendo a los anti-Masones interesarse tan de cerca por sus actividades. Como escribió el señor Poulat: “Benigni estaba demasiado advertido como para confundir su causa con la de hombres como Copin y Brenier, el uno cruzado sin la fe, y el otro demasiado inquieto y discutido”.

Por supuesto, ciertas corrientes de la anti-Masonería han sido, desde el asunto Taxil, penetradas por agentes de la contra-iniciación, como el ex-rabino Paul Rosen, especialista demostrado en la constitución rápida de bibliotecas masónicas. Con la anti-Masonería, era pues la contra-iniciación la que intentaba introducirse en El Abetal. No hubiera tenido tiempo para hacer mucho daño en ella, pues El Abetal, obra de Pío X, no iba a sobrevivir mucho tiempo a su protector. Hoy en día, que las tendencias que ella había combatido por medios a veces infantiles y a menudo condenables parecen haber triunfado, no está quizás carente de interés releer las advertencias lanzadas por Guénon en cuanto a los “signos temibles” que constituyen las infiltraciones del “Adversario” en las instituciones de carácter tradicional [15].

Esta misma táctica del “caballo de Troya” utilizada por los adversarios de la Iglesia es igualmente usada, según Guénon, por los adversarios de la Masonería. Es sin embargo posible que aquí las “infiltraciones” más nefastas no sean las de las personas, sino las de las ideas y de las tendencias. El peligro es particularmente grave en Francia, donde los rituales masónicos no están “fijados”. Esta particularidad podría por otra parte ser utilizada por los Masones de espíritu tradicional, como lo fue Guénon en tiempos de la Logia “Thébah”. Pero de hecho son los neo-espiritualistas los que sacan partido de ello. A favor de incesantes revisiones y “modernizaciones” de los rituales, deslizan allí más o menos hábilmente tal fórmula ocultista o tal expresión teilhardiana. Los Masones guénonianos no tienen razón por no preocuparse de estas cosas. La indiferencia podría aquí convertirse en complicidad. Se ha dicho que los Troyanos practicaron con sus manos una “brecha” en sus murallas para introducir en la “Ciudad santa” el caballo portador de muerte y de destrucción. Casi sola, Casandra intentó disuadirles, y blandió un hacha contra el artefacto fatal. Pero se sabe bien el caso que hicieron los Troyanos de las advertencias de Casandra.


Notas:

[1] En el curso del presente capítulo, esta obra será designada por las iniciales É.F.M., seguidas de la indicación del tomo y de la página.
[2] Eugen Weber, Satán Franc-Masón (colección “Archives”, Julliard, Paris).
[3] Cf. el capítulo XVI de la presente obra.
[4] Los Amores secretos de Pío IX, Historia escandalosa de la familia de Orleans, Las Amantes del Papa, El Envenenador Leon XIII, Los crímenes del clero, respectivamente (Nota del Traductor).
[5] Los Misterios de la Franc-Masonería, ¿Hay mujeres en la Franc-Masonería?, Las mujeres y la Franc-Masonería, Las Hermanas masonas, respectivamente (Nota del Traductor).
[6] Término del Antiguo derecho, que los practicantes habían tomado del derecho romano. Gaffiot definió el “veneficium” como la confección de un brebaje mortal, un envenenamiento, un filtro mágico, un sortilegio, un maleficio (Nota del Traductor).
[7] El Lábaro era un estandarte que usaban los emperadores romanos. Al convertirse Constantino al cristianismo, decidió usar como enseña la cruz y el monograma de Cristo, compuesto de las dos primeras letras (Ji y Ro) de este nombre en griego (χριστóς). El Lábaro más utilizado era el crismón (Nota del Traductor).
[8] Se conoce como Fort Chabrol un episodio rocambolesco que se desarrolló en el verano de 1899, cuando el gobierno Waldeck-Rousseau (que era entonces presidente del Consejo de Ministros) tuvo que frustrar un motín ultranacionalista con motivo de la revisión del proceso a Alfred Dreyfus en Rennes (Nota del Traductor).
[9] El Papa hembra, El Hijo del Jesuita, Los Libros secretos de los Confesores, Bonetes y Beatos, respectivamente (Nota del Traductor).
[10] La mayor parte de los artículos firmados “Le Sphinx” (“La Esfinge”) han sido reimprimidos en el apéndice del tomo II de los Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage.
[11] Cf. René Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, capítulo XXXVII.
[12] Revue Internationale des Sociétés Secrètes (Nota del Traductor).
[13] Intégrisme et Catholicisme intégral (Casterman, Paris). Este grueso libro, que contiene un considerable número de documentos, no aspira sin embargo a reconstituir la historia del movimiento integrista en su totalidad.
[14] Con este nombre se conoce la lista de libros que las autoridades eclesiásticas prohibían a los católicos leer o retener sin autorización. El Índice fue publicado por el Santo Oficio para dar a conocer que ciertos libros eran juzgados por autoridades competentes de la Iglesia como dañinos a la fe por ser contrarios a las enseñanzas de fe o moral, porque desacreditan a la Iglesia o podían confundir la fe de los creyentes (Nota del Traductor).
[15] El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, capítulo XXVII.

martes, 27 de octubre de 2009

Un místico católico y francmasón: Joseph de Maistre por Maurice Colinon

(Capítulo VIII de Maurice Colinon, La Iglesia frente a la Masonería, Huemul, Buenos Aires, 1963, según la edición francesa de Librairie Fayard, París, de fecha desconocida).


En el debate que los opone a los católicos, los masones podrían, si quisieran, llamar a deponer a un testigo de importancia capital: Joseph de Maistre. Es notable el hecho de que la historia de las “sociedades secretas" ponga a nuestra disposición ejemplo tan perfecto como éste.

Porque he aquí ante nosotros un hombre que, aristócrata, se ve acusado de haber querido derribar el orden privilegiado; emigrado, de haber contribuido a preparar la Revolución; católico, de haber conspirado contra el altar; monárquico, de haber urdido un complot contra los reyes; y todo eso simplemente porque era, indiscutiblemente, irrefutablemente, francmasón.

A través del ejemplo de de Maistre tenemos entonces una probabilidad para comprender el estado de espíritu y las intenciones de esos católicos que, hasta el Concordato de 1804, creyeron poder frecuentar las logias pese a las condenas de Roma. Pues de Maistre era, no hay necesidad de repetirlo, un católico de gran raza, profundo y sincero. Alumno de los jesuitas, se inscribió muy joven en la congregación de la Asunción; después, a los quince años, en la cofradía de los "Penitentes negros". En Ginebra, y luego en Lausanne, fue el incomparable animador de los grupos de saboyanos exilados, que extraían de una fe inquebrantable la fuerza para dominar las desgracias de la época. En San Petersburgo diseminó las verdades del catolicismo entre los nobles, obtuvo la conversión espectacular de madame Sweichine y, de esta conversa, el título de "gran sembrador del catolicismo en Rusia.

A este catolicismo conquistador, de Maistre unía un profundo conocimiento de todas las doctrinas llamadas esotéricas y, en particular, de las ideas de Saint-Martin. El "Filósofo desconocido" ejerció siempre sobre él una influencia profunda. Es de Saint-Martin que extrajo el germen de una reacción contra los "Filósofos", contra el materialismo de su tiempo, y contra ese tiempo mismo. En las Veladas de San Petersburgo, le hace decir al senador lo que el mismo de Maistre no ha dejado de pensar del "virtuoso discipulo de Saint-Martin que no sólo profesa el Cristianismo, sino que también trabaja para elevarse a las alturas más sublimes de esta ley divina".

En una obra capital para la comprensión del pensamiento de de Maistre (1), Emile Dermenghem da la idea, muy verosímil, de que nuestro hombre resolvió tomar la pluma, no para exponer a su modo las teorías martinistas, "sino para transformarlas en cierta medida". Porque es indudablemente cierto que de Maistre no aprobaba en todos a puntos las ideas del "Filósofo desconocido". Le reprocha sobre todo, al igual que a sus discípulos, cierta antipatía hacia la jerarquía y la autoridad de la Iglesia, y también, en alguna medida, una mezcla difícilmente admisible de cabalismo y ortodoxia.

Joseph de Maistre confía en el clero. El mismo, en cierto momento, ha pensado entrar en una orden. Pero guardará hasta el fin por Saint-Martin una especie de veneración que demuestra cuán durable y profunda es la influencia que se sufre a los veinte años.

Se ha escrito a veces que de Maistre fue también "Cohen Elegido", vale decir, discípulo activo de Martinès de Pasqually. Si bien es cierto que conoció a este último, no existe prueba decisiva de que haya sido miembro del rito martinista propiamente dicho. Y su historia masónica es conocida hoy en todos sus detalles.

Se sabe que andaba por los veinte años cuando se adhirió, probablemente en 1773, a la logia de los Tres Morteros, en Chambéry. Más tarde confesó que "se trataba puramente de una sociedad de placer y no tenía en consecuencia nada para satisfacerlo. Convertido rápidamente en Gran Orador, se interesa poco por esa Masonería "mundana", y al tener conocimiento del Rito Escocés Rectificado, pasó con 15 de sus "Hermanos" a la logia La Sinceridad, que dependía ya de la provincia de Lyon, cuyos destinos presidía Willermoz. Sus críticas posteriores contra la Masonería, tan a menudo citadas, alcanzan únicamente a su primera experiencia; y, por el contrario, respetó siempre el espíritu que habían encontrado en el Rito nuevo y la seriedad de los trabajos a los cuales estuvo asociado desde 1778.

Bajo el nombre masónico de Josephus a Floribus, el joven conde de Maistre subió rápidamente los escalones. Según Dermenghem, "formaba parte de un grupo muy secreto de iniciados superiores que dicen haber tenido conocimientos más profundos y una actuación más importante que los masones ordinariamente conducidos por ellos más o menos misteriosamente". De hecho, fue Caballero Gran Profeso (clase que Willermoz mismo definía como "el último grado en Francia del Régimen rectificado") y el verdadero jefe de la Orden en la región de Chambéry.

En el libro de Dermenghem se encontrarán importantes extractos de la correspondencia intercambiada con Willermoz, y que nos muestra un Joseph de Maistre ardiente y celoso, pero siempre impaciente por saber más, ávido de nueva información, cuidadoso en rechazar las últimas dudas, a veces reacio y siempre lleno de espíritu crítico. Vimos antes que de Maistre especialmente rechazó con energía la leyenda templaría y se insurreccionó contra la pretensión de la Masonería de forjarse antepasados. Más aún, declaró que rehusaba obediencia a los sedicentes "Superiores desconocidos".

Toda esta discusión fue el tema de una larga Memoria al duque de Brunswick que redactó en ocasión del Convento de Wilhelmsbad. Pero no parece que haya sido discutida ni tampoco que su destinatario la haya seriamente leído.

La actividad masónica de de Maistre se extiende a través de diecisiete años. Durante todo este tiempo, no parece haber dudado nunca ni por instante del valor de esta Institución, ni de la utilidad, para un católico, de militar activamente ella. La Revolución de 1789 vino a interrumpir estos trabajos. De Maistre se exiló, y después viajó durante largo tiempo. Se desligó cada vez más de la Masonería, pero conservó una correspondencia seguida con un determinado número de iniciados, y no cesó, hasta su muerte, de estudiar las ciencias y las doctrinas esotéricas. Sólo que hacía distinciones fundamentales entre las diferentes "sociedades secretas" de su tiempo, y no dejaba de enfurecerse cuando los profanos las confundían entre si. "No hay ninguna relación -escribía- entre un francmasón ordinario, un martinista y un iluminado de Baviera". Si despreciaba sin esfuerzo al primero y consideraba dañino al último, defendía hasta el fin a los discípulos de Pasqually y de Saint-Martin.

Es muy importante destacar que de Maistre prosiguió sus actividades masónicas con una conciencia perfectamente pura, pese a las excomuniones romanas. La última condena, la de 1751, había sido sin embargo severa. Pero de Maistre estaba entonces influído por el galicanismo de Willermoz, y se hallaba lejos de constituirse en el defensor de la autoridad romana en que había de convertirse después. Además, tenía sinceramente por lícito el secreto exigido a los francmasones y tan enérgicamente reprochado por la Iglesia. "No se puede disputar -decía- a un ser inteligente y razonable el derecho de certificar mediante juramento una determinación interior de su libre arbitrio". Todo estaba en la orden, ya que los masones juraban solamente hacer el bien. "Desde que estamos seguros, en nuestra conciencia, de que el secreto masónico no contiene nada de contrario a la religión y a la patria, no concierne más que al derecho natural". Se ve bien el problema. Lo que de Maistre, miembro de los grupos martinistas, creía saber del secreto, tenía poco en común con lo que el Papa, que tenía informes de otras fuentes, descubría en él. Y Josephus a Floribus, cuando más tarde conozca la conspiración de los "Iluminados de Baviera", condenará su secreto con un vigor que no tendrá nada que envidiar a los más rudos juicios pontificios.

Muy cómodo en el seno de las logias martinistas (esas mismas de las que en el capítulo precedente han podido leerse algunas reglas próximas a las de una Tercera Orden religiosa), Joseph de Maistre defenderá siempre dos argumentos fundamentales para el estudio que nos ocupa:

-la ciencia oculta y la iniciación masónica son de esencia cristiana;

-la Masonería se opone a la incredulidad general; ella conduce a los místicos hacia el Catolicismo.

Ya en la Memoria al duque de Brunswick, de Maistre defenderá esta idea de que la verdadera fuente de la iniciación y de la Orden masónica era el Cristianismo primitivo. Pero ese Cristianismo no ha entregado todos sus secretos, y las Escrituras tienen un sentido oculto que corresponda a los "iniciados" volver a encontrar a fuerza de estudios:

"Todo es misterio en ambos Testamentos, y los elegidos de una y otra ley no eran sino verdaderos iniciados". Admite pues completamente los dogmas revelados, pero no se considera impedido de buscar el modo de profundizarlos, a la luz de las tradiciones esotéricas.

Por otra parte, junto con Saint-Martin, de Maistre considerará que el mayor azote de su tiempo es la incredulidad casi general. Propalar entre lo hombres de buena voluntad y de inteligencia probada una doctrina mística, era apartarlos del materialismo y prepararlos para aceptar, más tarde, los dogmas del Catolicismo. Nada más claro al respecto que esta frase, citada por Dermenghem: "Los espíritus religiosos, insatisfechos de lo que ven, buscan algo más sustancial y se inclinan hacia estas ideas místicas. Es el camino hacia el Catolicismo.

De Maistre tenía sesenta años cuando escribió esto. Había abandonado desde hacia tiempo las' logias y tuvo todo el tiempo necesario para juzgar los efectos de la revolución francesa. Su testimonio adquiere más valor aún.

Sostenía, entonces como en el pasado, que si las logias podían representar algún peligro en los países católicos, ocurría todo lo contrarío en los países protestantes. Sus doctrinas metafísicas diferían radicalmente del espíritu calvinista, y aun del luterano. El espíritu de la Masonería "acostumbra a los hombres a los dogmas y a las ideas espirituales; los preserva de una especie de materialismo muy notorio en la época en que vivimos, y del hielo protestante, que no tiende a nada menos que a helar el corazón humano".

Así, al aplicarse a desarrollar el misticismo masónico, Joseph de Maistre estaba convencido que trabajaba por la reunión de las Iglesias cristianas.

Y por eso asigna a los Caballeros Benefactores de la Ciudad Santa, una primera tarea: llevar a cabo la aproximación entre los católicos y los luteranos de Augsbourg, "cuyos símbolos no difieren entre sí muy notablemente". Y en 1815 todavía, en una carta al conde de Bray (citada por Priouret), repetía: "Vuelvo a las sociedades secretas. Dejémoslas hacer, señor Conde; todo eso nos ayuda".

No hubo, en consecuencia, en el pensamiento de Maistre, una ruptura brusca, sino únicamente una evolución natural y lógica, en la que el católico romano de 1815 explica y prolonga sin altibajos bruscos al masón de 1780.

Y, sin embargo, entre esas dos fechas se había producido un acontecimiento terrible: la Revolución, el Terror. La Francmasonería estaba ya cargada con el peso de todos los crímenes cometidos a partir de 1789, y los católicos, en su mayor parte, la consideraban responsable. Esto, de Maistre no lo creyó. Tenía buenas razones para ello. Nadie conocía mejor que él el mecanismo de esos grupos de iniciados, al que se atribuía haber montado el complot. Nadie sabía mejor que él que la "patria del Iluminismo" era Alemania. La Revolución, entonces, se había preparado en otra parte. Nadie, en fin, ha refutado con más paciencia y vigor (en una época en la que ya no era masón) el panfleto de Barruel, sobre el cual debía fundarse toda la historia futura de la Masonería "satánica".

Si terminó por admitir la realidad de un "complot revolucionario", fue en el cuadro de otro grupo, el de los Iluminados de Baviera (que volveremos a encontrar más adelante). Pero tendía a defender la inocencia de la Masonería que había conocido y de la que era uno de sus dignatarios. Es en 1793, en pleno Terror, que escribió para el barón Vignet des Etoles una Memoria sobre la Francmasonería "que data de siglos y no tiene ciertamente nada en común, en su principio, con la Revolución francesa".

¿Realismo o ilusión generosa? Eso es lo que vamos a ver.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El supuesto complot contra el trono y el altar por Maurice Colinon

Capítulo IX de L'Église en face de la Franc-Maçonnerie, Fayard, París. Traducción española: Huemul, Buenos Aires, 1963.


Henos aquí en el momento decisivo de la historia de la Masonería francesa. La época revolucionaria dará a las logias una orientación definitiva y determinará, de manera quizá más durable todavía, la actitud de los católicos respecto de ella.

Es habitual desde 1796, el admitir la existencia de un complot masónico "contra el trono y el altar", preparado de larga data, fríamente ejecutado, al amparo de los altos grados cuya existencia algo fabulosa y actividad más o menos imaginaria no pueden dejar de excitar la desconfianza. Así comienza, según la feliz expresión de Roger Priouret "la falsificación del balance", falsificación que orientará en adelante la forma en que se va a escribir la historia de las logias.

La imagen que se hace de las logias del siglo XVIII es la proyección en el pasado de la batalla que opone a la Iglesia con la Masonería en los siglos XIX y XX". Los historiadores masones, apresurémonos a decirlo, la difundieron con tanta complacencia como sus adversarios. Y tan bien que, por una vez, todo el mundo parece estar de acuerdo en atribuir a la Masonería -y casi exclusivamente a ella- la responsabilidad de la Revolución.

Algunas obras recientes y la utilización de los archivos masónicos conservados en la Biblioteca Nacional para todo cuanto sea anterior al año 1851, debían permitir de algún modo la rectificación de este juicio. Ya desde la tormenta revolucionaria, por otra parte, existían personas perfectamente al tanto de la actividad masónica e idóneas para restablecer la verdad tan controvertida, cuando apareció la obra -única, pero destinada a una extraña gloria-, sobre la cual se apoya toda la argumentación de los sostenedores de la "Revolución masónica". Se trata de las -Mémoires pour servir a l´histoire du Jacobinisme, en la cual el abate Barruel logra sostener a lo largo de dos mil páginas "un tono de dolorida indignación", que será imitado durante un siglo y más todavía.

Contra Barruel se levantarán hombres como Joseph de Maistre, a quien es necesario volver siempre, y J. J. Mounié, el hombre de Vizille que no era masón pero que publicó, en 1801, un libro muy poco citado en el cual se esforzaba en establecer el alcance de la influencia atribuida a los Filósofos, a los Francmasones y a los Iluminados sobre la Revolución Francesa. Es en estas fuentes donde beberemos para tratar de comprender cómo los testigos de los acontecimientos juzgaron el asunto.

Ubiquémonos, por un momento, en 1773. Nadie imagina que Francia y Europa van a ser las víctimas de tempestades tan violentas que las instituciones más sólidas se derrumbarían, que las guerras devastarían las naciones y que nada en el futuro iba a ser ya como "antes". Porque en 1773 la Masonería está en su apogeo, no sólo en Francia sino también allende los mares. En ese año es iniciado De Maistre, y es también el año en que el duque de Chartres, (el futuro Felipe Igualdad) es entronizado como Gran Maestro; es el año en que se funda en París el Gran Oriente, y, en fin, y sobre todo, el año en que un hermoso día de diciembre, los "Hermanos" de la logia San Andrés, de Boston, asaltan a tres navíos ingleses cargados de té y desatan la guerra de la independencia americana. Parece bien probado hoy día que la Masonería jugó, en esa lucha histórica, un papel de primer plano.

No solamente los principales generales americanos eran masones, como Washington y también Franklin, sino que se encuentran, indiscutiblemente, en la Declaración de la Independencia, los mismos principios de la Masonería del siglo XVIII. Jorge Washington utilizó directamente los cuadros masónicos para formar el primer gobierno de los Estados Unidos, y es en gran parte merced a sus relaciones masónicas que obtuvo el apoyo de Francia. La Fayette mismo recibió su iniciación en América, probablemente en 1777. Ha podido decirse, con algún fundamento, que los Estados Unidos constituían "una verdadera nación masónica".

En Francia, mientras los masones se exaltan con la narración de los éxitos de sus "Hermanos" de América. Benjamín FrankIin es recibido en la famosa logia de las "Nueve Hermanas", en la que encuentra, al lado de un Sèze, que será el abogado de Luis XVI, a cierto doctor Guillotin, "que curaba a los enfermos mientras esperaba inventar con qué ejecutar a las personas en buen estado de salud". Futuros convencionales figuran en las logias mezclados con los representantes de las familias mas importantes de Francia: los Rohan y los La Rochefoucauld, y la princesa de Lamballe es Gran Maestra de las nuevas logias femeninas, llamadas "de adopción", que hacen furor en la Corte y en la ciudad.

¿Qué hace el duque de Chartres? Las opiniones están ya divididas a su respecto. Clavel nos lo muestra presidiendo "muy gustosamente" simples reuniones provinciales, mientras Priouret no ve en él más que "un figurante que no se resuelve a figurar". De hecho había abandonado todos sus poderes al duque de Montmorency-Luxemburgo, el cual fue, hasta la Revolución, el verdadero jefe de la Masonería francesa. Es él, y casi solo, quien construyó el Gran Oriente. Generoso e idealista, cuidadoso en mantener a la Orden masónica al margen de los problemas políticos que, ya entonces, amenazaban con desgarrarla, era lo opuesto al conspirador que, en algunas oportunidades, se ha querido ver en él. Bajo su dirección la Masonería progresa en forma impresionante. En 1787 existen en Francia más de 700 logias, con, por lo menos, 70.000 iniciados en todos los grados. Entre ellos, casi todo lo que prácticamente significa algo en el país.

¿Qué buscaban estos masones en las logias? Mounié nos lo dice sin ambages: "Qué precioso recurso para los charlatanes estas sociedades en las que tantos hombres atormentan su imaginación para descubrir un fin a sus ceremonias misteriosas, aun cuando ellas no tengan ninguno desde hace mucho tiempo... Aun cuando la mayor parte de las sociedades masónicas hayan adoptado devaneos supersticiosos, en algunas logias de Francia se cultivaban sin embargo las ciencias y la literatura... Pero las logias en las cuales, no obstante algunos funestos errores, se trataba por lo menos de ejercitar la razón, eran muy poco numerosas en comparación con aquellas otras en las que se trataban ideas místicas, y, sobre todo, de aquellas cuyo único propósito era el de formar una sociedad agradable, y en donde la ceremonia más importante consistía en beber por tres veces tres". Y agrega cierto sentimiento "El principal peligro que percibo en las sociedades de francmasones es más el imperio de los juglares que el de las intrigas políticas".

Estos sueños ocultistas, estos banquetes "fraternales", no preparaban casi a los masones para el papel que les va a tocar, y a imponérseles, a partir de 1787. Calonne reúne la asamblea de notables. Muchos de entre ellos (probablemente la mayoría), son masones. Uno al lado del otro se encuentran el Gran Maestro, Felipe de Orleáns, y su sustituto, el duque de Luxemburgo ¿Habremos de asistir a una acción concertada de la Masonería y de sus jefes indiscutidos? Todo lo contrario. Mientras el duque de Chartres combate violentamente el plan de Calonne, el duque de Luxemburgo le aporta su apoyo, pese al peligro que para sus bienes representa el proyecto de reforma fiscal. Los masones, siguiendo el ejemplo de sus jefes, están divididos. Finalmente obtienen el rechazo de Calonne. El Gran Maestro ha ganado la primera mano.

El Parlamento, a su turno, entra en el juego. El duque de Chartres y el duque de Luxemburgo ocupan también en él su escaño el uno al lado del otro. Si Luxemburgo ofrece generosamente su mediación para evitar lo peor, el duque de Chartres pasa abiertamente a la oposición. El 17 de noviembre de 1787 pronuncia la célebre frase: "Sire, es lo ilegal", lo que le valdrá ser enviado al exilio... a Villers-Cotterêts. ¿Qué hacen las logias? Nada. La "rebelión de los privilegiados" no tiene necesidad de ellas: se apoya sobre instrumentos de otra eficacia: la solidaridad de clase, el parlamento de fronda. Mounié, que fue el alma del célebre "momento histórico" de Vizille, lo proclama orgullosamente: los masones no tienen nada que hacer ahí dentro.

Por otra parte, esta efervescencia política que se supone debía poner a la Masonería francesa en pie de guerra, coincide, por el contrario, con el principio de su decadencia. Es a partir de 1787 que las logias se vacían y que inclusive algunas, y no las menores, desaparecen totalmente. La policía real, que bate sistemáticamente todos los lugares de agitación verdadera o supuesta, no se preocupa de las sociedades masónicas. Reserva sus rigores para los "clubs", con los cuales no se la puede confundir. ¿Quién ataca violentamente a la Masonería? Es Mirabeau, en su Histoire de la Monarchie prussienne... ¿Y de qué acusa este hombre político a los "Hermanos"? De no ser "otra cosa que una filial de la orden de los Jesuitas". Y concluye este filósofo, este revolucionario: "Destruyamos las sociedades secretas; la peste ha penetrado en ellas demasiado profundamente". He ahí lo que piensa de los hombres que volverá a encontrar, muy próximamente, tan numerosos, en los próximos Estados Generales.

Es aquí que comienzan, entre los historiadores de la Masonería, "los feroces combates de pluma". ¿"Dirigió" la Orden la redacción de los Cahiers de 1789 y "dominó" la Constituyente? ¿O bien no hizo sino trasladar al recinto de los Estados Generales el espectáculo de sus propias divisiones? ¿Originó la Revolución o fue muerta por ella?

Investigadores concienzudos, como Augustin Cochin, han establecido convincentemente la influencia de las "sociedades de pensamiento" sobre los primeros acontecimientos de 1789. No es nuestra intención volver sobre esta materia que ha suscitado ya numerosos volúmenes y que no es nuestro objetivo. Creemos simplemente que los masones, a veces en el seno mismo de las logias, otras fuera de ellas, figuran en gran número entre los redactores de los Cahiers, de los que se sabe perfectamente hoy día que no eran en modo alguno espontáneos, sino lo más a menudo copiados de modelos que circulaban más o menos abiertamente. Y esto se explica fácilmente.

Ya dijimos (y todo el mundo lo ha dicho), que la Masonería se reclutaba entre la burguesía, el ejército, la magistratura, la pequeña nobleza y aun entre el bajo clero provinciano. Es lógico pensar que si numerosos masones desertaron de las logias a partir de 1787, es porque estaban demasiado ocupados en otras cosas ajenas al ocultismo y a los banquetes. Se ha verificado asimismo con bastante certeza que una fracción no desdeñable dejó las logias por los "clubes". Es que las logias -dicen algunos-, no llenaban para nada las condiciones de una acción política "reformadora". Sin duda -replican los otros-, pero esa es también quizá la prueba de que ellas eran la antecámara de esa reforma.

De hecho, y sin pretender zanjar la cuestión de manera definitiva, puede decirse que una fracción de los masones franceses (especialmente aquellos pertenecientes a las logias "filosóficas"), acogió con fervor la idea de reformas profundas y se arrojó a la lucha, en el seno de los "clubes" que se crearon a partir de 1787. Esta fracción era minoritaria, y no obraba en nada por instigación de la Orden, sino más exactamente bajo la influencia de un movimiento intelectual, a la vez anterior y exterior a su actividad masónica. El resto de los masones (casi todos los "ocultistas" y los "mundanos"), siguió los acontecimientos con sentimientos diversos, en los que dominaba a veces el temor.

Pierre Gaxotte, a quien no podría sospecharse simpatizante de la Revolución ni tampoco de la Francmasonería, plantea muy bien el problema en prefacio que escribió para La Franc-Maçonnerie sous les Lys: "Esta sociedad (la Masonería) está creada a contrapelo de la sociedad existente; funciona regularmente, con sus leyes, que son las de la democracia organizada, en el seno de un Estado que es lo opuesto a la democracia... Este régimen de iniciados es un régimen de asambleas y de elecciones... Ella habría formado un personal... habituado al manejo de una Cámara o de un club... Los masones tomaron parte, particularmente, en toda la agitación que precedió a la convocatoria de los Estados, en la redacción de los Cahiers, y muchos fueron electos... La logia no es un club; pero puede participar en el nacimiento de un club".

Se cita siempre como ejemplo la logia de La perfecta Unión, de Rénnes, que desempeñó un papel preponderante en los desórdenes en Bretaña. Pero se trataba de una logia de parlamentarios, y contaba entre sus miembros a cierto Le Chapelier, que debía fundar, en Versailles, el "Club Bretón", al cual correspondería una pesada responsabilidad en la Revolución naciente. Agreguemos a esta La Enciclopedia, de Toulouse. Pero esta logia, cuyo nombre destaca bastante bien su espíritu, no se fundó sino en 1787 ¿Cuál otra? Ninguna conocida ni que haya llegado hasta nosotros. El balance es escaso.

Un hecho permanece: numerosos francmasones fueron elegidos para los Estados Generales, sea que debieran este honor a su posición social o que haya encontrado en las logias un apoyo que les faltó otros. Pero ambas hipótesis no se excluyen entre sí, por el contrario. Pero, y otra vez aquí ¿a quién creer? Marqués-Rivière, siguiendo a Pouget de Saint-André, lanza la cifra de 477 diputados masones (¡sobre un total de 605!). Roger Priouret, que parece haber extraído sus informaciones de mejor fuente, es infinitamente más moderado. "Puede decirse -concluye-, que de la mitad de los elegidos del tercer estado, por lo menos un 30 % de la nobleza y apenas un diez por ciento del clero pertenecían a las Logias. La proporción para el conjunto es de los dos quintos".

Aun llevada a esta cifra, probablemente exacta, la proporción sigue siendo impresionante. ¡La Masonería, única fuerza organizada en una asamblea que busca su camino, va a poder desempeñar un papel decisivo! Pero tampoco hay nada de eso. Para empezar, los diputados pertenecen a su orden (clero, nobleza, tercer estado), antes de pertenecer a la Masonería. Luego, la fraternidad de las logias ha sido olvidada. Y tanto, que los masones electos para los Estados Generales no se reúnen ni una sola vez entre ellos. La logia La Beneficencia, de París, propone organizar una reunión así en Versalles. Nadie escucha. Los acontecimientos que se avecinan dominan todo, y las logias se vacían a un ritmo acelerado. La imagen misma del desacuerdo entre los masones la proporciona, una vez más, la lucha que opone al Gran Maestro contra su sustituto. Felipe de Orleans socava el prestigio de la monarquía; tiene la agitación en la calle, multiplica los guiños de ojo a la multitud. Y, al mismo tiempo, es quien arrastra a la nobleza a "unirse" al estado llano, gesto que dará origen, casi inmediatamente, a la Constituyente. ¿Y el duque de Luxemburgo? Defiende con todas sus fuerzas la autoridad del rey y la preeminencia de su clase. El 12 de junio de 1789 es elegido presidente de la nobleza. El 19 conjura a mostrarse firme y a impedir la unión de los tres órdenes. El 27 todavía se presenta al palacio y ofrece su vida para defender al trono. Después de la toma de la Bastilla, abandona Versalles y se embarca para Inglaterra. Será, con su familia, uno de los primeros emigrados.

En esta lucha el Gran Oriente permanece neutral. Ni Orleans ni Luxemburgo han utilizado las logias. El Gran Oriente resuelve adoptar todas las medidas necesarias para que ninguna confusión sea posible entre las "logias" y los "clubes". Prohibe a los talleres reunirse en los locales utilizados por otras sociedades, y anuncia que radiará a las logias que acepten prestar su local a una sociedad "profana". Ya entonces la Orden clama miseria: las cajas están vacías. En 1791 los nueve décimos de las logias están cerradas.

La Gran Logia se ha convertido en esquelética. ¡En la Asamblea general de 6 de abril de 1789, se cuentan, por todo concepto, 31 presentes! El Gran Oriente subsiste. Inclusive, con el deseo de reanimar el ardor desfalleciente de las logias de su obediencia, multiplica los llamamientos y las circulares. Una de ellas, fechada el 30 de junio de 1791, pregunta: "¿Es entonces imposible conciliar los deberes de masón con los de ciudadano?" Casi todos los masones han respondido ya, dejando de reunirse. Algunas logias provinciales mantienen una apariencia de actividad. Las únicas de las cuales se habla se han transformado en "clubes" y ya no mantienen vinculación orgánica ni con París ni con las demás logias "ortodoxas", que rehusan a su vez el tener relaciones con las logias "emancipadas"

Un poco por doquier se reparten los archivos y los instrumentos rituales. El resto es vendido en pública subasta a fin de pagar las deudas acumuladas. En diciembre de 1792 el Gran Oriente realiza su última asamblea general. Crea una especie de comité oficioso destinado, al parecer, a mantener cierta ayuda entre los masones, en un tiempo en que había grandes los peligros para la libertad y la vida de muchos de ellos. La única circular remitida por el Gran Oriente en 1793 se hace eco de esta preocupación. Solicitando a los masones celosos de conservar los ritos, los documentos y conocimientos masónicos de los cuales lo han hecho depositario, e insiste en la necesidad de poner en lugar seguro los archivos, a la espera de tiempos mejores.

La persecución ya había comenzado. A partir de enero de 1792, la Orden había solicitado de los "Hermanos" el ayudar por todos los medios a los masones en peligro, procurarles un asilo, defenderlos ante los tribunales. Numerosas logias fueron atacadas y pilladas; muchos dignatarios arrestados y arrojados a la prisión. La cólera popular se volvía gustosa contra estas "sociedades secretas" cuyo misterio inquietaba. Si la monarquía en peligro las había dejado en paz, la revolución triunfante las acusaba ahora de conspirar en su contra. Nadie se preocupó, entre estos revolucionarios que pretendieron más actuar sobre el orden de las logias, de proteger a la Masonería agonizante. El último golpe vino del Gran Maestre mismo.

En el Journal de Paris, de 22 de febrero de 1793, que se había convertido en el ciudadano Igualdad, rompió bruscamente con la Orden. Escribió:

"He aquí mi historia masónica. En tiempos en que seguramente nada preveía nuestra revolución, me adhería a la Francmasonería que ofrecía una especie imagen de la igualdad, como más tarde me adherí al Parlamento que ofrecía una especie de imagen de la libertad. Después, abandoné al fantasma por la realidad".

"En el mes de diciembre último, el secretario del Gran Oriente se dirigió a la persona del Gran Maestre, para hacerme llegar un pedido relativo a los trabajos de esta sociedad. Le contesté a éste, con fecha 5 de enero: Como no conozco el modo como el Gran Oriente está compuesto, y que, por otra parte, pienso que no debe haber ningún misterio en ello, ni tampoco ninguna asamblea secreta en una República, sobre todo en sus comienzos, no quiero saber más nada del Gran Oriente ni de las asambleas de francmasones".

El 13 de mayo, lo que quedaba de la comisión de la Orden se reunió, dándose lectura a este texto, en medio de un silencio total. Después fueron aprobadas las conclusiones del hermano orador, en el sentido de que el ciudadano Igualdad fuera declarado renunciante, no sólo de su título de Gran Maestro, sino también del de diputado de logia. El presidente tomó entonces la espada simbólica de la Orden, la quebró sobre su rodilla, y arrojó los fragmentos en mitad de la sala. Después de haber efectuado una batería de duelo, los últimos hermanos fieles se separaron.

El 6 de noviembre, el ex duque de Orleans al cadalso y perecía merced a la eficiencia de máquina que debía a su "hermano" en logia, el doctor Guillotin. Algunos meses más tarde, la Convención encomendaba a Barrère realizar una investigación sobre: la Francmasonería. Las conclusiones o resultados, si alguna vez fueron conocidos, no han llegado hasta nosotros.

He aquí, resumida en algunas páginas, lo que se sabe de la historia masónica entre 1773 y 1793. La Revolución triunfa. Algunos masones están en el poder; la inmensa mayoría, en prisión o en el exilio. La Masonería ha muerto en Francia. Algunas continúan reuniéndose: la Buena Amistad, en Marsella, constituida apenas en 1792; los Amigos de la Libertad y la Martinica de los Hermanos Reunidos, en París, en la puerta de Saint-Martin, y, también, el Centro de Amigos. Son clubes revolucionarios, y no tienen de masones más que el nombre. Un hermano Hue, orador en la logia La Martinica, se preocupa de todos modos por saber si el Gran Oriente sigue existiendo. Escribe sin recibir respuesta, y su conclusión es que ya no tiene ninguna actividad. Piensa en "volver a hacer algo" de su propia cosecha, y luego renuncia a ello.

La Masonería, sociedad burguesa y aristocrática, ha sido muerta por esta Revolución cuya paternidad se le adjudica: ¿Es esta una prueba formal de su inocencia? No forzosamente. Como dice Pierre Gaxotte: "Los que inician las revoluciones son raramente quienes las conducen a buen fin". Los ejemplos abundan, desde la Antigüedad a nuestros días. La acogida dada por algunas logias a la Enciclopedia, la difusión merced a sus cuidados de las ideas "filosóficas", han jugado un papel no desdeñable en la preparación de los espíritus para una evolución social y política de envergadura. Por añadidura, las logias han ciertamente "iniciado virtualmente en la vida política, mediante las enseñanzas recibidas", a hombres que "entraban en la vida nacional con una real ventaja sobre los demás ciudadanos".

Pierre Gaxotte, en el estudio crítico que hace en prefacio a La Franc-maçonnerie sous les Lys, resume así este aspecto de las responsabilidades de la Masonería: "Es posible que ella haya contribuido a orientar los espíritus en un sentido que, debido a resistencias encontradas, a las ocasiones ofrecidas, a las dificultades inopinadamente surgidas, conducir a la revolución democrática". Es una conclusión de historiador. Los hombres que "abrieron la brecha" se mostraron menos cuidadosos de los matices y más imaginativos.

La seductora idea de un complot masónico, elaborado desde 1789 en Italia y en Alemania, fue lanzada en Francia por una obra del abate Barruel, editada en Londres en 1797. Obra de combate si las hubo, se resume perfectamente en esta frase: "Todo en la Revolución Francesa, hasta sus crímenes más espantosos, todo fue previsto, meditado, constituido, resuelto, estatuido: todo fue el efecto de la más profunda maldad, porque todo fue preparado, conducido por hombres que tenían, solos, el hilo de las conspiraciones largamente urdidas en las sociedades secretas".

¿Quiénes son estos hombres? Diderot, D'Alembert, Voltaire; para Francia; Federico II y el emperador José II para Alemania; Cristián IV de Dinamarca, Gustavo III de Suecia, Poniatowski, rey de Polonia, y el duque de Brunswick. Entre los "cómplices" franceses: d'Argenson, Choiseul, Malesherbes, Turgot, y, sobre todo, Necker. Y, para terminar, algunos miembros del clero, encabezando los cuales está el abate Raynal, "cuyo nombre equivale al de veinte energúmenos de la secta". La conjuración. tiende, ante todo, a destruir al cristianismo. La caída de los tronos no es más que un medio, un medio necesario.

Según Barruel, el principio de los altos grados masónicos puede formularse así: Guerra a Cristo y a su culto; guerra a los Reyes y a sus tronos. El Gran Oriente habría amenazado con el Áqua Trophana (un terrible veneno), a todo aquel que rehusara ejecutar sus consignas vengadoras. Y el Gran Maestre, Felipe de Orleans, se habría colocado a la cabeza del movimiento para vengarse de Luis XV que lo había exilado a Villers-Cotterêts. El vínculo entre los conjurados de Europa no habría sido otro que Mirabeau, y el inspirador del movimiento el conde de Cagliostro...

Nadie puede hoy día leer a Barruel sin pensar de inmediato en la palabra "folletín". Y es inútil señalar los errores que en el libro abundan. Dos hombres lo hicieron ya cuando apareció en Francia: J. J. Mounié y Joseph de Maistre.

Mounié, que no era masón, destaca el hecho curioso de que Barruel absuelva en bloque a todos los masones ingleses, excelentes ciudadanos "que no se distinguen de los otros sino por los lazos que parecen estrecharlos alrededor de la beneficencia y de la caridad fraternales". ¡Y así, por haber recibido asilo en Inglaterra, Barruel concluirá que la cuna de las logias seria la única en no haber comprendido sus fines verdaderos! Del mismo modo, reservando el "complot" a los altos grados, supone un poder enorme en algunos hombres que la Orden, en su conjunto no apoyaba. ¿Con qué derecho entonces condenar a toda la Institución por el uso criminal que de ella hubieran hecho algunos? Para Mounié, la conclusión es evidente: Las causas muy complejas han sido sustituidas por causas simples al alcance de los espíritus más perezosos y superficiales..." Conclusión que anuncia la de Pierre Gaxotte, un siglo y medio más tarde: "No ha existido complot masónico urdido de larga data para derribar a la monarquía. Eso sería, si se me permite decirlo, demasiado simple y demasiado hermoso.”

Mucho más importante a nuestro entender, por provenir de un hombre que perteneció durante veinte años a esos altos grados tan sospechosos, y cuya fe católica no podría ser puesta en duda, es la respuesta de Joseph de Maistre, hallada por Paul Dermenghem.

Es lo que el mismo Augustin Cochin llamará "una conspiración de melodrama que se extiende desde Voltaire hasta Baboeuf". De Maistre no lo admitirá nunca. Ello contradice todo cuanto ha visto en esta sociedad de la que fue, repetimos, uno de los más altos dignatarios. Escribió un opúsculo enteramente consagrado a refutar la tesis de Barruel, y se deja llevar en él por una violencia que a veces iguala la de su adversario. Sin embargo, estamos en 1800. La Revolución ha terminado y de Maistre ya no es masón desde hace diez años. No se considera por eso menos obligado en conciencia a defender a las logias, a las que considera buenas en su esencia, y "bastante inocentes".

¿Se acusa a las logias de haber practicado la igualdad? Es falso. "Comúnmente se decía: Hermano conde, Hermano marqués, etc.". Por otra parte, "el mismo reproche puede, en rigor, hacerse a los monjes". ¿Reconoce Barruel que la Francmasonería inglesa, limitada a los tres grados, no presenta ningún peligro? Pues es exactamente lo mismo que en Francia, contesta de Maistre, que sabe de qué habla. ¿El Iluminismo? Pero "la patria del iluminismo es Alemania; sin embargo, la explosión revolucionaria se produce en otra parte".

Joseph de Maistre concluye entonces: "La asociación es pues bastante inocente; pero, había entre el número inmenso de asociados, uno, muy pequeño, de malvados. Sería lo mismo que decir que el clero de Francia era un cuerpo detestable, cuyo verdadero secreto no conocían más que el cardenal de Brienn y el obispo de Autun" (Talleyrand). Ya en 1793, dijimos, de Maistre dirigió a su amigo Vignet des Etoles una Mémoire sur la Franc-Maçonnerie, en la cual sostenía el mismo razonamiento. Destaquemos estas palabras: "En las más sospechosas logias de Saboya no existe el menor signo que anuncie un fin político en sus principios. Y en cuanto a la logia de la Reforma, os lo puedo asegurar por lo que hay de más sagrado".

No niega sin embargo de Maistre, de ningún modo, que los masones, en gran número, hayan aceptado la revolución y seguido el movimiento de reforma, ni el que las logias francesas se hayan transformado en clubes Pero recuerda Dermenghem no es como iniciados sino en su condición de hombres del siglo XVIII, sometidos como muchos otros a la influencia de la Enciclopedia, que esos masones habrían preparado la Revolución. E inclusive, con de Maistre, débese con toda justicia excluir esta hipótesis en lo que concierne a las logias martinistas, opuestas al espíritu "filosófico" en nombre de principios absolutamente opuestos

¿Está con ello cerrado el proceso? Esto sería, aún así, demasiado simple. Y De Maistre no queda satisfecho del certificado de buena conducta que, espontáneamente, otorga a sus "Hermanos". Por otra parte, su pensamiento evolucionará algo, y apaciguada la cólera suscitada por Barruel se preguntará honradamente si estas acusaciones no tienen, después de todo, un fundamento de verdad. Pero hay una Obediencia, o, mas exactamente, una secta, con la que se niega a sentirse solidario: la de los Iluminados de Baviera. En verdad, "ellos no pueden, ni con mucho, haber hecho todo el mal que se les atribuye", pero no por eso deja De Maistre de motejarlos como infinitamente condenables". Es mediante el argumento de los Iluminados de Baviera que Barruel, finalmente, ha desafiado a la crítica.

El primer eslabón de la cadena es el proceso de Cagliostro. Acusado de brujería, el Gran Copto cree de gran habilidad contar a sus jueces una historia extraordinaria. Se habría encontrado, de acuerdo con ella, en Francfort, con dos jefes de una secta misteriosa, que lo llevaron a subterráneos en los cuales le revelaron que lo habían escogido para dirigir un espantoso complot "contra todos los déspotas". Descubrió que el movimiento contaba con 20.000 logias, que agrupaban a 180.000 iniciados. En 1791 la historia fue publicada en Italia, y después en Alemania.

Para Francia, su inverosimilitud es demasiado evidente. Cagliostro abandonó Paris en 1785; su Rito Egipcio nunca fue tomado en serio por las otras Obediencias, y menos todavía en las logias "filosóficas", sospechosas de haber preparado la Revolución. Es entonces cuando Barruel descubre otro eslabón: Mirabeau. Éste ha estado en Berlín en 1786 y en 1787; un Iluminado, de nombre Mauvillon, lo ayudó en la redacción de su Historia de la monarquía prusiana. Barruel concluye entonces que Mirabeau fue puesto al corriente del plan "demoníaco" y, una vez de regreso a Francia, se apresuró a instruir del mismo al duque de Orleans, el cual lo aplicó escrupulosamente. Más todavía: Mauvillon vino a Francia en 1787, para asistir al Convento de una Orden poco numerosa, la de los Filaletes, o Amigos de la Verdad, entregados a las ciencias ocultas y muy influidos por las ideas de Pasqually y de Swedenborg. Y entre los Filaletes figuraban algunos personajes que debían desempeñar un papel en la Revolución: Pétion, La Fayette, Condorcet, Bailly...

Todo conduce según Barruel, de acuerdo con el proceso de Cagliostro, a este grupo misterioso conocido bajo el nombre de los Iluminados de Baviera ¿Qué sabemos al respecto? Que fue fundado, el 1 de mayo de 1776, por un joven profesor de derecho canónico, Weishaupt. En 1783, la Orden habría alcanzado a alrededor de 600 miembros, cifra que no cedería nunca. A medida que el iniciado franqueaba las etapas de la jerarquía, aprendía secretos cada vez más graves. En el primer grado, prestaba un juramento de obediencia absoluta; en el segundo, juraba luchar contra la superstición, la maledicencia y el despotismo"; en el tercero, descubría que el propósito real de la Orden era el de "apoderarse de todos los poderes del Estado", exterminando príncipes y sacerdotes en el último escalón se le revelaba, por fin, que todas las religiones carecen igualmente de fundamento.

Los Iluminados reclutaron, al principio, un determinado número de adeptos en la Francmasonería, pero sus excesos, conocidos prontamente por las logias, detuvieron repentinamente este impulso. En 1783, la Logia Madre de Berlín advertía, mediante circular, "que excluiría a todas las logias que degradaran a la Francmasonería introduciendo en ella los principios del Iluminismo". Cuatro adeptos, alarmados, se presentaron al Elector de Baviera para revelarle el verdadero carácter de la asociación. En 1785 la misma fue disuelta, y Weishaupt relevado de sus funciones y expatriado con otros tres dignatarios.

Tal es la historia, en resumidas cuentas bastante breve, de esta secta que, manifiestamente, intentó utilizar a la Masonería para fines políticos y encontró entre los masones complicidades verdaderas, aun siendo muy poco numerosas. ¿Estuvo Mirabeau realmente afiliado a ella? Nada permite afirmarlo. Pero cierto es que con una perfecta buena fe, Barruel y otros autores atribuyeron a la Masonería en su conjunto el complot del que eran culpables los Iluminados de Baviera. Tienen por evidente que esta logia, no contenta con reclutar adeptos en las logias, ejerció sobre ellas una influencia oculta y determinante.

Joseph de Maistre, tan ardiente en la defensa de la Masonería contra Barruel, coincide con éste cuando se trata de condenar a los Iluminados: "Su jefe es conocido", escribe respecto de esta sociedad en 1811, "sus crímenes, sus proyectos, sus cómplices y sus primeros éxitos, lo son también; los reglamentos de la secta han sido requisados y publicados por el gobierno, traducidos al francés y publicados de nuevo por el abate Barruel en su interesante Histoire du Jacobinisme".

Sin embargo de Maistre sostiene que no pueden confundirse "estos hombres culpables" con "los discípulos virtuosos de Saint-Martin". Hasta el da de su muerte afirmará no haber encontrado entre estos últimos "otra cosa que bondad, dulzura y aun piedad a su manera". El De Maistre de 1816 no reniega del iniciado de 1781. Si ha evolucionado ha sido sin romper nunca consigo mismo ni con aquellos que fueron sus primeros maestros. Y, veinte años después de la Revolución, reiterará su convicción de que la Masonería martinista "cristiana en todas sus raíces" pudo haber tenido, en circunstancias distintas, el medio para convertir, según la expresión de Ramsay, "al ateo en deísta, al deísta en cristiano, y al cristiano en católico".

Sin embargo, es Barruel quien gana la batalla. No hay casi autor antimasónico que no haya abrevado en su obra y tenido por verdadera una tesis que, por lo menos, es discutible. Las relaciones entre católicos y masones se dividen, en Francia, en dos períodos: antes y después de Barruel, Roger Priouret escribe sin dudar: "Para generaciones, Masonería y masones serán agentes del diablo. Y llegarán a serlo". Después de haber intentado refutar a Barruel, los masones cambiarán de táctica y aparentarán adoptar su tesis. Charles Blanc proclamará: "el odio de un escriba edifica sin saberlo el más indiscutible monumento a la gloria de la Orden masónica..." En adelante, será de sus adversarios que los historiadores masónicos extraerán los elementos de su prestigio pasablemente legendario. Reivindicarán para sí la responsabilidad de esa Revolución de la que no fueron, en el mejor de los casos, sino un factor. Justificarán su ateísmo por el reproche que se hizo de serlo a sus gloriosos antepasados", que no lo merecían todavía.

Un último acontecimiento va a completar la ruptura. Bonaparte, convertido en emperador de los franceses, firmara con el papa Pío VII un Concordato. Y es la firma de este general revolucionario la que creará para el futuro, a los católicos franceses, la obligación absoluta de apartarse de las logias condenadas por la Iglesia.