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domingo, 22 de marzo de 2015

El Constructor; por Léon Lieudat


Traducción del artículo Le Constructeur aparecido en la revista francesa Vers la Tradition, nº 139, Marzo-Abril-Mayo 2015.

Sobre la noción de Gran Arquitecto del Universo, lo esencial ya ha sido dicho antes de nosotros y sin nosotros [1]. No es sin embargo inútil volver sobre el sentido de esta expresión, con mayor razón cuando se constata la complacencia con la cual algunos, entre aquellos que son supuestos conocedores, mantienen la vaguedad y la confusión sobre una cuestión que parecen especialmente querer eludir [2]: es como si algunos de los que están llamados a ser constructores no tuvieran otro deseo que el de rechazar la piedra destinada a convertirse en piedra angular, estando bien situados para saber que «si el Señor no construye la casa, en vano trabajan aquellos que la edifican.»[3]

En un primer momento, el Constructor o Arquitecto no es tanto el Principio supremo considerado en él mismo, cuanto un aspecto divino, caracterizado por un tipo determinado de actividad, en correlación con la multitud ordenada de seres particulares, y más precisamente con el hombre (en tanto que «artesano» operando bajo su dirección y según su mandato.)

El recurso a un simbolismo que es en principio el de la construcción del Templo de Salomón, implica que la organización del Universo es en sí misma asimilable a la edificación de un Templo (en la cual el artesano humano es invitado a tomar parte). Esta asimilación apenas tendría sentido fuera de toda referencia a un principio divino, que debe poder ser considerado simultáneamente como transcendente (en tanto que es el Espíritu el que concibe y el que traza el plan del Edificio, el cual se distingue como el artista se distingue de su obra) y como inmanente (en tanto que no construye el Templo sino para hacer su «residencia» en él). Por otro lado, desde el punto de vista microcósmico, el obrero que da forma a la materia bruta según la Voluntad del Arquitecto (o el maestro de obra que participa en la traza del plan) toma parte en la edificación de un Templo espiritual que no puede situarse sino en el centro de su ser, y es en su corazón que debe encontrar lugar la residencia del Arquitecto. Teniendo en cuenta la analogía entre macrocosmos y microcosmos, el Templo al que el Universo se identifica no podría reducirse, como algunos parecen creerlo, al «mundo físico», es decir al mundo corporal [4], coincidiendo con la totalidad del dominio de la manifestación, que comprende los «tres mundos».

En la medida en que la totalidad de la manifestación es ordenada por el Gran Arquitecto, éste se distingue netamente del «demiurgo» entendido como «formador» del Corpus Mundi [5]. Pero, en contrapartida, el Gran Arquitecto no se confunde con el Principio Supremo, y no parece tampoco poder ser inmediatamente identificado a esta primera determinación del Principio supremo que constituye el Ser total, considerado en él mismo. El despliegue de la manifestación supone una «división» (aparente) del Ser en dos principios complementarios, y es primero por relación a este despliegue que el principio divino es designado como «Gran Arquitecto», que, entonces, corresponde más bien al principio activo que ordena el desarrollo de las potencialidades contenidas en el principio pasivo [6]; en términos de la tradición hindú, es un aspecto del Purusha considerado en correlación con Pakriti, «la substancia primordial indiferenciada» [7]: Vishwakarma, «el Espíritu de la construcción universal». [8]

En la antigua Masonería operativa, es el nombre divino El Shaddai el que era invocado como el nombre del Gran Arquitecto del Universo [9]. Si el nombre El Shaddai evoca las ideas de potencia y de elevación (designa al «Dios Todo Poderoso» [10] al mismo tiempo que al Dios de la montaña), no se identifica sin embargo, ni con el aspecto más elevado del Principio supremo, ni con el Ser universal que, en la tradición hebraica, se da a conocer bajo el nombre de YHVH [11] y que dice de él mismo: «Yo soy aquel que soy» o «El Ser es el Ser» [12]; por eso, corresponde con un aspecto divino inferior al que es designado por el nombre El Elión («Dios Altísimo») y que, en el relato del Génesis, es presentado como otro nombre de YHVH [13].

El Gran Arquitecto es también el «Gran Geómetra del Universo». De una parte, la práctica de la arquitectura requiere el conocimiento de la geometría, y el plan del edificio es trazado conforme a las leyes que la geometría permite conocer, a partir de un punto indivisible [14] cuyo desarrollo engendra sucesivamente líneas, superficies, volúmenes, y que contiene virtualmente todas las construcciones [15] que la geometría hace posibles. Por otro lado, la producción de un universo ordenado a partir de la indiferenciación inicial es también la introducción de la medida allí donde todavía no existe sino lo indefinido y lo indeterminado: la geometría, ciencia de la medida, es por eso mismo la de la determinación que sitúa cada cosa en su lugar y en los límites prescritos por su naturaleza y por su función en un conjunto o reino de equilibrio, armonía, acuerdo de las partes en la unidad de todo [16].

El «Gran Geómetra del Universo», cuyo tema se relaciona con los orígenes «pitagóricos» de la Masonería como con sus orígenes «abrahámicos» [17], se identifica con Apolo, el Dios de la medida, una de cuyas máximas (como la famosa «Conócete a ti mismo») es «Nada en exceso» [18], y que, bajo su aspecto de divinidad «solar», asegura el paso de la obscuridad a la luz, de la noche donde todos los gatos son pardos al día donde todas las cosas se vuelven visibles, así como el hombre se vuelve vidente, es decir conocedor, reconoce los límites en su universo ordenado. Por un lado, el Apolo hiperbóreo (polar) es llamado Karneios, nombre que evoca (éste también) las ideas de potencia y de elevación, y en donde se encuentran los atributos de El Shaddai [19].

Hemos mantenido hasta aquí la distinción que parece imponerse entre el Gran Arquitecto y el Principio del cual no es más que un aspecto. Sin embargo, sabemos que esta distinción es, en ciertos aspectos, ilusoria y que el Gran Arquitecto no es realmente diferente del Principio, así pues la consideración del principio activo en tanto que correlativo a un principio pasivo debe ser un encauzamiento hacia el reconocimiento del Principio supremo.

Sobre la letra G comprendida como la designación del «Gran Geómetra del Universo» y como inicial de la palabra God, Guénon escribe [20] «ésta debería ser en realidad una iod hebraica, la cual fue sustituida, en Inglaterra, como consecuencia de una asimilación fonética de iod con God» [21], y precisa: «La letra iod, primera del Tetragrama, representa el Principio, de manera que es vista como constituyendo por sí sola un nombre divino […]. Hay que añadir que la letra correspondiente I del alfabeto latino es también, tanto por su forma rectilínea como por su valor en las cifras romanas, un símbolo de la Unidad»; recordando que Dante, en la Divina Comedia, hace decir a Adán que el primer nombre de Dios fue I [22], concluye que «este “primer nombre de Dios” […] no es otra cosa, en definitiva, que la expresión misma de la Unidad principial» [23].

En algunos grados masónicos que no dependen de la Square Masonry, la invocación a El Shaddai o a «Dios Todo Poderoso» cede su lugar a la invocación al «Dios Altísimo» [24], que se ha manifestado como idéntico al Ser universal al cual la tradición hebraica le da el nombre de YHVH [25]. Esto es así sobre todo en el grado que Guénon caracteriza como pudiendo, con alguna razón, afirmarse de él que es el nec plus ultra de la iniciación masónica [26]. Este grado comporta la comunicación de una palabra que representa la «palabra reencontrada» (pero que todavía es una «palabra sustituida»), y que debería por consiguiente constituir una respuesta a la pregunta: «¿Quién es el Constructor?» [27]; lo curioso, es que este grado, en el cual la comunicación del nombre misterioso del Altísimo es presentado como un encauzamiento hacia «el Gran YO SOY» [28], no contiene tampoco una referencia explícita al Gran Arquitecto, como si la respuesta debiera conducir a un más allá de lo que trata la pregunta.

La construcción del Templo, o la «reunificación de lo que está disperso», no puede encontrar su acabamiento último sino en la reconstitución o en el redescubrimiento de la Unidad que había sido aparentemente dividida en multitud de fragmentos. Pero, y en tanto tiempo como la búsqueda no esté acabada, esta Unidad no se da a conocer al artesano sino bajo el aspecto del Constructor cuyo nombre debe reecontrar [29].

Notas:
[1] Pensamos más particularmente en las líneas que Guénon ha consagrado a este sujeto en algunas de sus obras, por ejemplo: El Hombre y su devenir según el Vedanta, cap. IV («Purusha y Pakriti»), El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III («Medida y Manifestación»), La Gran Tríada, cap. XXV («La ciudad de los sauces»).
[2] Cada cual parece haber agotado el tema y darse por satisfecho una vez dice que el Gran Arquitecto del Universo es, bajo otro nombre, «el Dios creador», o «el Ser supremo» (expresión que evoca la filosofía de las Luces y la Declaración de los derechos del hombre…), o incluso que es un «principio de unidad del mundo físico», cuidando en precisar que todo lo demás es sólo una cuestión de libertad de consciencia individual.
[3] Sal. CXXVII, 1.
[4] Esta reducción parece estar motivada por una estima exagerada respecto a la «filosofía natural» de Newton, que procede enteramente de la ciencia profana, lo mismo que cuando pretende descifrar algunos restos de ciencias tradicionales (con la mentalidad materialista de un «soplador de carbón»). La estructura del mundo corporal no ofrece sino una representación simbólica del Universo identificado con el Templo del Gran Arquitecto.
[5] Su función no se limita tampoco a la del demiurgo, tal como se menciona en el Timeo de Platón, si, por lo menos, como el texto lo sugiere, esta función consiste en organizar el dominio entero de la manifestación individual (mundo corporal y mundo físico), según un «modelo» inteligible sobre el cual el artesano divino concentra su atención, pero del cual no será sin embargo el productor (puede que el demiurgo platónico sea, bajo otro nombre, el Intelecto superior); pero es posible por otro lado que el relato del Timeo, en tanto relato mítico, sea el signo indirecto de verdades situadas sobre un plano más elevado que el de la manifestación formal. Como quiera que sea, el Gran Arquitecto será
[6] Estas potencialidades son en principio indiferenciadas y, en este sentido, tenebrosas, su desarrollo se hace posible por una «iluminación», y ello porque la distinción del principio activo del principio pasivo es también simbolizada por la de la luz y las tinieblas.
[7] Guénon, El Hombre y su devenir según el Vedanta, loc. cit. En los términos de la doctrina de los Pitagóricos y de Platón, corresponde al Uno considerado no en él mismo, sino es su interacción con la Díada indefinida de los Grande y lo Pequeño, es decir con la raíz de la multiplicidad.
[8] Cf. Id., ibid, Vishwakarma es también Prajâpati considerado simultáneamente como Señor, como Sacrificante universal, y también como la única víctima del Sacrificio que constituye el desarrollo de la manifestación, lo mismo que el Uno, en su interacción con la Díada indefinida, se diversifica en la multitud de seres particulares, que sin embargo quedan bajo su dependencia.
[9] Este nombre es invocado en los cuatro primeros grados de la Woshipful Society of Freemasons, que se presenta como una supervivencia de la Masonería operativa.
[10] En la Masonería (especulativa) inglesa, algunos rituales prescriben el empleo de una parte de la jornada a «rogar a Dios Todo-Poderoso».
[11] «Dios habla a Moisés, diciéndole: “Yo soy YHVH.  Yo me manifesté a Abraham, a Isaac y a Jacob como El Shaddai, pero no me di a conocer a ellos bajo mi nombre de YHVH”» (Éxodo, VI, 3)
[12] Exodo, III, 14; cf. Guénon, El simbolismo de la cruz, cap. XVII: «La ontología de la zarza ardiente».
[13] «Abram responde al rey de Sodoma: “He levantado la mano hacia YHVH, el Dios Altísimo (El Elion), que ha creado el cielo y la tierra”» (Génesis, XIV, 22). Abram no llevaba todavía el nombre de Abraham; la referencia al nombre sagrado YHVH, que no era conocido de Abraham, significa que YHVH es restrospectivamente identificado a El Elion, el Dios de Melki-Tsedeq. Sobre todo esto, se puede hacer referencia al cap. VI de El Rey del Mundo: «Melki-Tsedeq», donde los comentarios de Guénon a Génesis, XIV, 18 y ss y de Hebreos, VII, 1-3, son de una remarcable claridad.
[14] Los Elementos de Euclides comienzan por la definición del punto: «lo que no tiene partes».
[15] El edificio es construido sobre el modelo de una figura ella misma «construida» por la geometría. Este doble sentido del verbo «construir» no se encuentra en todas las lenguas (en la lengua griega, por ejemplo, las dos operaciones son expresadas por dos verbos diferentes). Sin embargo, hay que recordar que en la Edad Media la palabra «Geometría» era a la vez tomada como sinónimo de «Masonería», de la cual el nombre de Euclides era por tanto el símbolo, conforme a la práctica consistente en hacer de un hombre ilustre, en razón de su saber, la figura emblemática de la ciencia en la cual era un maestro.
[16] Dicho de otra manera, la Belleza. Sobre la «medida» y el paso de lo indeterminado a lo determinado, cf. Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III.
[17] Todavía, según la historia tradicional de la Masonería tal cual se encuentra en los Old Charges, Abraham fue el instructor de Euclides, lo que aparece desde el primer momento como un «formidable anacronismo». Este tema es abordado en la obra de Denys Roman, René Guénon y los Destinos de la Francmasonería (cap. XII, «Euclides, alumno de Abraham»): la extraña relación así establecida entre Abraham y Euclides puede ser comprendida como la indicación de una adaptación de la Masonería (que existe «desde tiempo inmemorial»), llamada entonces a desarrollarse en el seno de las tradiciones ligadas al nombre de Abraham, y a compartir con ellas un «Destino» escatológico privilegiado. Pero esta relación «mítica» entre la fuente de las tradiciones del Libro y el codificador de la «Geometría» ofrece también otra significación, sobre la que volveremos más adelante.
[18] La «justa medida» es precisamente un límite hacia el cual se tiende en suerte de aproximaciones, tanto por exceso, como por defecto (y en lo que concierne a la regla de acción que debe seguir el hombre individual, la virtud ética es un medio entre un vicio por exceso y un vicio por defecto).
[19] Cf. Guénon, Símbolos de la Ciencia sagrada, XXVIII: «El simbolismo de los cuernos». Recordemos algunas correspondencias remarcables entre la fuente «pitagórica» y la fuente «abrahámica» de la Masonería. El nombre divino El Shaddai tiene por valor numérico simple el número 345. Ahora bien, el «Gran Geómetra del Universo» es aquel que «designa» la letra G, es decir la letra griega Γ, cuya forma es la de una escuadra de brazos desiguales que puede estar cerca de lo que algunos rituales llaman «la Escuadra de la Palabra divina»; si las longitudes respectivas de estos brazos son medidas por los números 3 y 4, la hipotenusa del triángulo rectángulo con las cuales forman el ángulo recto es de longitud 5, conformando el teorema de Pitágoras, del que la «joya» del «Pasado Maestro» da muestra, mientras la ausencia de esta hipotenusa en la escuadra de brazos desiguales puede ser puesta en correspondencia con la desaparición del tercer «Gran Maestro», pues con la pérdida de los «auténticos secretos», estos se suplen con ciertos «secretos substituidos». (cf. Guénon, «Palabra perdida y nombres sustituidos», Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, 2º volumen).
[20] La Gran Tríada, cap. XXV: «la ciudad de los sauces»
[21] Esta substitución, sobre la cual Denys Roman había dado la razón en Guénon (cf. «René Guénon y la letra G», en Reflexiones de un cristiano sobre la Francmasonería, cap. VII), es confirmada por un ritual donde se dice que lo son «ciertos caracteres hebraicos» que están «representados por la letra G, refiriéndose a Dios [God], el Gran Geómetra del Universo», precisamente aquellos que componen el nombre sagrado YHVH.
[22] Paraíso, XXVI, 133-134.
[23] La fórmula: «Medem agan», «Nada en exceso», significa literalmente «No más de uno», lo que podría ser interpretado como una expresión del más estricto «monoteísmo», y el nombre de Apolo puede así ser comprendido como «sin multiplicidad».
[24] Es bien significativo que el nombre del Altísmo, tanto en los rituales anglosajones como en los rituales continentales, no aparece jamás bajo su forma hebraica, aunque siempre en su «lengua vulgar», «es decir, simbólicamente, [en] la lengua que sirve de vehículo a la tradición y que puede, bajo esta relación, identificarse a la lengua primordial y universal» (Guénon, Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano, cap. VI: «Nuevas apreciaciones sobre el lenguaje secreto de Dante».
[25] Como lo recuerda Guénon en su pasaje de El Rey del Mundo al cual hemos hecho alusión más arriba, el Altísimo es el Dios de Melquisedec, mientras que el El Shaddai es el Dios de Abraham. La bendición de Abraham por Melquisedec constituye «la comunicación de una “influencia espiritual”, de la cual Abraham va a participar en adelante; y podemos observar que la fórmula empleada pone en relación directa a Abraham con el Altísimo, que el mismo Abraham invoca al identificarlo con Jehovah» (El Rey del Mundo, cap. V). El reencuentro entre Abraham y Melquisedec «señala» pues «el punto de unión entre la tradición hebraica y la gran tradición primordial» (ibid). Ahora bien, en la época de la redacción de los Old Charges, Abraham era también (y quizás habría que decir sobre todo) conocido por esta bendición que él había recibido de Melquisedec. Así pues, ¿la relación maestro discípulo entre Abraham y Euclides no expresará la intención de nuestros «ilustres predecesores de los antiguos días» de «señalar» el punto de contacto entre la Masonería y la tradición primordial? Y si es así, uno de los «Destinos de la Francmasonería» bien podría ser el de constituir un «vínculo» entre los primeros y los últimos tiempos, entre el comienzo y el fin del ciclo actual (y por ello también entre el fin y el comienzo del ciclo futuro).
[26] Cf. «Palabra perdida y nombres substitutivos», op. cit.
[27] Como precisa Guénon (loc. cit.), se trata de una palabra compuesta, formada por la reunión de tres nombres divinos pertenecientes a tres tradiciones diferentes, lo que no puede ser comunicado regularmente sino por el concurso de tres personas formando un triángulo. Se podría pensar que el triángulo así constituido es el triángulo de Pitágoras, que había sido hecho incompleto por la muerte del tercer Gran Maestro; además, había en la antigua Masonería operativa una correspondencia entre los tres Grandes Maestros (Salomón, Hirán, Rey de Tiro, y Amon, «el Arquitecto», cuyo nombre ha sido reemplazado en la Masonería especulativa por el de Hiram-Abif) y las tres tradiciones a las cuales pertenecían los tres nombres que componen la «palabra reencontrada», siendo el tercer nombre un nombre egipcio asociado a Amón, el tercer Gran Maestro (cf. Reseña del nº de octubre de 1949 del Speculative Mason en el tomo II de los Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo). Es necesario sin embargo señalar que en el ritual del Royal Arch, como Guénon observa (op. cit.), cada uno de los tres nombres divinos que forma la «palabra reencontrada» es pronunciado por turno por cada uno de los miembros del triángulo, de suerte que la palabra compuesta es reconstituida tres veces. Más que un triángulo rectángulo, el triángulo así formado ¿no será un triángulo equilátero, del cual algunos de los ángulos no corresponderían a aquel que forma la Escuadra, pero del que cada uno se relaciona con la apertura del Compás?  
[28] Sobre el nombre divino egipcio que constituye el tercer componente del nombre, Guénon señala que entra en la composición de uno de los principales nombres de Osiris, y que tiene propiamente el sentido de «ser» (op. cit., p. 178)
[29] Sin duda la «morada eterna» que el hombre debe alcanzar a reencontrar en su corazón puede ser asimilada a un Templo (o a la «ciudad divina» en el seno de la cual está edificada este Templo), pero este simbolismo supone la referencia a un «arte», es decir, a tipo de actividad que, para la humanidad, no ha podido llegar a ser necesaria sino por la consiguiente caída. Señalemos para terminar que una traducción más exacta del Salmo CXXVII, 1, versículo al cual nos hemos referido al comienzo del este texto, sería: «Si YHVH no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen».


jueves, 27 de diciembre de 2012

"Euclides, discípulo de Abraham"; por Denys Roman

Euclides


Capítulo XII, de René Guénon et les Destins de la Franc-Maçonnerie, Éditions Traditionnelles, Paris, 1982. 

“En cuanto a las tres leyes dadas por Dios a los tres pueblos (judío, cristiano y musulmán), para saber cual es la verdadera, la cuestión está pendiente y puede ser que aun lo estará durante mucho tiempo”.
Boccacio, citado por R. Guénon.

     La Tradición, de la que Guénon fue el servidor exclusivo e intérprete incomparable, ha sido calificada por él de “perpetua y unánime”. Podemos decir que la Masonería participa de esta perpetuidad, en tanto que sus Logias se mantienen “en lo más alto de las montañas y en lo más profundo de los valles 1. Por otra parte, la “universalidad” de la que se reclama la Masonería, hace eco, por así decir, al carácter unánime de la Tradición. Esta universalidad es bien conocida, pero po dríamos preguntarnos si la generalidad de los Masones sienten bien todas sus implicaciones. La Masonería es sin duda la única organización iniciática del mundo que no está ligada a un exoterismo particular. Y si, tal como dice Guénon, esto no debe dispensar a los Masones de vincularse a uno de los exoterismos existentes actualmente (pues el hombre tradicional no podría ser un hombre sin religión), esto debería incitarlos a no limitar su interés a su propia tradición, sino, al contrario, a estudiar, gracias a la “clave” del simbolismo universal, todas las tradiciones de las pueden llegar a tener conocimiento 2.

     Algo muy notable en este orden de ideas, es que una Logia masónica constituye el lugar ideal en el que los hombres pertenecientes a distintas religiones pueden encontrarse, en un plano de perfecta igualdad para tratar cuestiones de orden tradicional y doctrinal.

     Si todas las religiones son admitidas en el seno de la Masonería, se debe reconocer, sin embargo, que las formas tradicionales más orientales (Hinduismo, Budismo, Confucionismo, Taoísmo, Shintoismo, etc...), son tan extrañas a ciertos aspectos importantes del simbolismo de la Orden -aspectos ligados a la construcción del Templo- que, los adherentes a estas tradiciones, se encuentran, en cierto modo, desplazados en la atmósfera de los talleres 3. A decir verdad, son las tres religiones monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e Islam) las que han proporcionado a la Masonería el mayor número de sus hijos y los más ilustres de sus iniciados.

     Las tres tradiciones monoteístas derivan de Abraham, y es muy significativo que, el nombre divino El-Shaddaï, del que se sabe su importancia en la Masonería operativa (y que no es desconocido en la especulativa), sea precisamente el nombre del Dios de Abraham 4. Guénon, en una página esencial 5, ha subrayado que, desde el encuentro del Padre de los creyentes, con Melquisedec, el nombre El-Shaddaï fue asociado al de El-Elion 6 y que, este reencuentro, indica el punto de contacto de la tradición abrahámica con la Tradición primordial.

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     Existe en la historia tradicional de la Masonería, tal como es relatada en los antiguos documentos llamados Old Charges, una singular aserción, que no puede dejar de sorprender a los que la conozcan: se trata de la que hace sobre Euclides, discípulo de Abraham 7. Como habíamos hecho alusión a esta “leyenda”, se nos pidieron explicaciones, subrayando el formidable anacronismo que implica que Euclides habiendo vivido en Egipto en el siglo III antes de nuestra era, la estancia de Abraham en este país se sitúe dos milenios antes.

     Es justamente el carácter desmesurado de este anacronismo lo que muestra bien claro que no estamos ante un hecho histórico, en el sentido que los modernos dan a estas palabras 8. Se trata, en realidad, de “historia sagrada” que expresa una relación de carácter totalmente excepcional y que, por su naturaleza, no puede formularse más que en un lenguaje “cubierto” por el velo del simbolismo.

     Si recordamos que en la Edad Media Euclides personificaba la geometría 9 y que, por otra parte, en los antiguos documentos la Masonería es frecuentemente asimilada a la geometría, se comprenderá que hacer a Euclides discípulo de Abraham, es como decir que hay entre el Patriarca y la Orden masónica una relación de Maestro a discípulo rigurosamente equivalente a una “paternidad espiritual”.

     Es evidente que la Masonería es anterior a Abraham, puesto que, tradicionalmente, se remonta al origen mismo de la humanidad. Pero se sabe que toda tradición, a medida que se aleja de su principio, corre el riesgo de debilitarse, incluso de corromperse: y entonces, si se trata de una tradición con “promesas de vida eterna”, debe intervenir una acción divina para enderezarla y contrarrestar la tendencia a seguir “la mala pendiente” 10.    Tal es el caso de la Masonería que, beneficiada del privilegio de la perpetuidad 11, ha debido conocer, durante el transcurso de su larga historia, periodos de oscurecimiento seguidos de espectaculares enderezamientos. De estos enderezamientos, que cada vez le han conferido, por así decirlo, una nueva juventud, la Masonería debe haber conservado ciertas huellas, en particular en su “historia tradicional”, incluso en sus rituales. Es bastante probable que los nombres divinos El-Shaddaï y “Dios Altísimo” 12 estén vinculados a la transformación que debió operarse en la época de la vocación de Abraham. Otro período crucial para el mundo occidental, tanto en el orden iniciático como en el religioso, fue la del nacimiento del Cristianismo, y es evidentemente de esta época de la que data la veneración de la Masonería por los dos San Juan 13.

     En el momento de la irrupción del Cristianismo en el mundo greco-romano y, con más razón, en la época de la vocación de Abraham, había en Occidente un gran número de organizaciones iniciáticas ligadas a la práctica de los oficios, siendo las más conocidas las Collegia fabrorum. Sus palabras sagradas, si las tenían, no estaban copiadas del hebreo, y el simbolismo solsticial de Jano, jugaba para ellos el papel de los dos San Juan. Sería temerario querer explicar cómo se efectuó la mutación; pues no podríamos olvidar que, según el Maestro que seguimos y que fue ciertamente el iniciado que más amplias luces haya recibido en el dominio de que se trata, “la transmisión de las doctrinas esotéricas”, se efectúa por una “oscura filiación”, de forma que los vínculos de la Masonería moderna con las organizaciones anteriores son extremadamente complejas14. Es por lo que, más que querer introducirnos en los misterios “cubiertos” por el velo impenetrable del “anonimato tradicional” 15, es sin duda preferible buscar en la Masonería actual las marcas de las influencias respectivas de las tres tradiciones abrahámicas.

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     La señales de la influencia judía, son muy evidentes y muy conocidas para que sea necesario insistir. El uso del hebreo para las palabras sagradas, las continuas referencias a los Templos del Salomón y de Zorobabel, el calendario luni-solar, el trabajar con la cabeza cubierta en el grado 3º, la datación ritual coincidente prácticamente con la datación hebraica, todos estos indicios y algunos otros están ahí para atestiguar la importancia del tesoro simbólico heredado de los hijos de la antigua alianza.

     La influencia cristiana es de un orden muy diferente. Ciertamente, en los altos grados, se hace mención de algunos acontecimientos de la historia del Cristianismo, por ejemplo de la destrucción de los templarios. Pero, sobre todo, hay que señalar que es en mundo cristiano donde la Fraternidad masónica está más desarrollada, hasta el punto de que un mapa geográfico que representase la “densidad cristiana” de las diversas regiones de la tierra, coincidiría casi exactamente, con el que representase su “densidad masónica”. Podríamos casi decir, que la Masonería es una organización que trabaja sobre un material simbólico principalmente judaico, y cuyo reclutamiento es principalmente cristiano.

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Abraham expulsa a Agar e Ismael
     Si el aporte judaico y el aporte cristiano a la Masonería son hechos esenciales y evidentes, no parece, a primera vista, que haya en esta Orden algún aporte islámico. La aserción de Villaume según la cual la aclamación escocesa sería una palabra árabe, es errónea.

  Ciertamente, un Shaij árabe pudo decir que si los Francmasones llegasen a comprender sus símbolos, todos se harían musulmanes; pero un rabino podría decir lo mismo en provecho de su religión y un teólogo cristiano, en provecho de la suya.

  ¿Habría que creer, entonces, que este “tercio” de la posteridad de Abraham -que el iniciado Boccacio, por la vía del judío Melquisedec, declara ser tan “querido” al Padre celestial, como sus dos otros tercios-, no habría aportado ninguna contribución a un Arte situado bajo el patronazgo de “Euclides, discípulo de Abraham”?

     La respuesta que vamos a intentar dar a esta cuestión, sorprenderá, sin duda, a muchos lectores. Pero no sabríamos esquivarla en esta obra relativa a las concepciones de Guénon sobre el papel “escatológico” de la Masonería. Pensamos, en efecto, que la obra de este autor, escrita en la proximidad y con vistas al fin de los tiempos, viene a colmar, de un solo golpe y magistralmente, el vacío dejado hasta entonces por la tradición islámica, de la que Guénon era un representante eminente, en la herencia abrahámica transmitida a la Masonería.

     Se ha escrito a veces, que, antes de Guénon ya se había dicho todo sobre la Masonería, excepto lo esencial. Esto es totalmente exacto y querríamos añadir que nadie tenía una idea de la Fraternidad masónica más alta que este Maestro, que fue ignorado, plagiado y atacado, particularmente, en Francia, por tantos Masones.

Querríamos llamar la atención sobre una particularidad muy importante, que es común a las tres tradiciones: judía, cristiana e islámica, así como a la Francmasonería. Los musulmanes son, en efecto, muy conscientes del carácter “totalizador” de su tradición 16, debido al hecho de que Muhammad es el “Sello de la Profecía”. Lo que olvidamos a veces es que Guénon atribuía un mismo carácter totalizador al Cristianismo, del que decía que “se ha llevado con él toda la herencia de las tradiciones anteriores, que ha conservado viva en tanto se lo permitía el estado de Occidente, y que lleva consigo en sí misma y siempre sus posibilidades latentes” 17. Hay muchas cosas que permiten pensar que la insistencia aportada por él para hacer retomar los Masones conciencia de la pluralidad de sus herencias y conservar su “memoria” en su rituales, se explica por la certidumbre que tenía de que la Masonería tiene ella también un destino “totalizador”.

Totalizar, es “reunir lo disperso”. Abraham, el padre del monoteísmo, es también, según el significado hebraico de su nombre, el “Padre de la multitud”, como la Unidad es el principio de la multiplicidad. Y, al igual que, en el origen, sólo está el Único que crea todas las cosas, en el final, todas las cosas deben reabsorberse en la Unidad. Si ahora pasamos del macrocosmos al microcosmos, encontramos algo rigurosamente equivalente en la doctrina hindú. “Cuando un hombre está cercano a morir, la palabra, seguida del resto de las diez actividades externas [...], es reabsorbida en el sentido interno (manas) [...] que se retira seguidamente, en el aliento vital (prâna), acompañada parecidamente de todas las funciones vitales [...]. El aliento vital, acompañado igualmente de todas las demás funciones y facultades (ya reabsorbidas en él) [...]), es retirado, a su vez, en el alma viviente (jîvâtmâ) [...]) [...] Como los servidores de un rey se reúnen en torno a él cuando está a punto de emprender un viaje, así todas las funciones vitales y todas las facultades del individuo, se reúnen alrededor de su alma viviente (o más bien en sí misma, de donde todas ellas proceden, y en la cual son reabsorbidas) en el último momento (de la vida [...]) [...]) 18.

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     ¿Hemos logrado dejar presentir que la “leyenda” que vincula a Euclides, es decir la geometría, es decir la Masonería, con el Patriarca Abraham, es algo distinto a un fenomenal invento que testimoniaría, simplemente, la imaginación e ignorancia de su “inventor"? No hemos hecho más que señalar la cuestión. Posiblemente se nos hará observar que la Masonería, en su estado actual, parece poco digna del eminente papel que parecemos atribuirle. Pero podemos responder que esta Orden, emplazada bajo el patronazgo de los dos San Juan, del que, uno, es “el amigo del Esposo” y, el otro, “el discípulo que Jesús amaba”, puede, en consecuencia, reivindicar todos los privilegios que confiere la amistad, y que debería ser cierto lo de su “salvación” final. Empleamos aquí la palabra “salvación”, en el sentido que le da René Guénon: se trata, para un hombre, de su permanencia después de la muerte en las “prolongaciones del estado humano”; y se puede transponer legítimamente esta doctrina a una organización tradicional, iniciática o exotérica.

     Al final de un ciclo, la “salvación” de las “especies” destinadas a ser conservadas por el ciclo futuro está asegurada por su “apiñamiento” en el Arca o en otro receptáculo equivalente. Es probable que uno de estos equivalentes sea el “seno de Abraham”, donde, según la parábola del malvado rico y del pobre Lázaro, reposen, después de su muerte, las almas de los justos salvados. Que el Patriarca amigo de Dios 19, bendecido por Melquisedec y venerado por las tres religiones “abrahamicas”, sea, al mismo tiempo, el “preceptor” de la Masonería, define a ésta como a una tradición muy “honorable”, pero que implica tales “obligaciones” que esta Orden no tiene el derecho a desconocerla, ni a olvidarla.

     Según el Melquisedec del cuento de Los Tres Anillos de Boccacio 20, el Padre celestial ha hecho de forma que cada uno de sus tres hijos igualmente amados esté persuadido de haber recibido el único anillo auténtico, anillo original transmitido “desde tiempo inmemorial”. Dos milenios de historia de Occidente están ahí para probarnos que, en efecto, cada uno de los tres hijos está bien seguro de ser el elegido, incluso el único amado, el único que ha recibido el anillo verdadero, el anillo nupcial que sella los esponsales eternos. Hay que respetar tales convicciones queridas por el Padre. Ellas han confortado la “fe” de cada uno, a expensas, sin duda, de la “caridad” fraterna l21. ¿Qué hay de la “esperanza”? Está escrito que al final de los tiempos la fe desaparecerá y la caridad estará languideciente. Puede que entonces sea la ocasión para la Masonería, “centro de unión” y que pertenece  también ella a la “posterioridad espiritual” de Abraham, para acordarse de la divisa que fue, se dice, la de sus antepasados operativos: “En El-Shaddaï está toda nuestra esperanza”.




1 Esta expresión, tan conocida en los rituales de lengua inglesa, es explícita en algunos antiguos documentos, según los cuales la Logia de San Juan se tiene “en el valle de Josafat”, lo que quiere decir que la Masonería debe mantenerse hasta el Juicio final que marcará el fin del ciclo. Según el mismo simbolismo, “las más altas montañas” deben significar el comienzo del ciclo; y de hecho, el Paraíso terrestre, según La Divina Comedia, está situado en la cima de la más alta de las montañas terrestres, puesto que toca a la esfera de la Luna. Lo mismo, cuando Cristo expresa su voluntad de ver a San Juan “permanecer” hasta su vuelta, es evidente (y el Evangelio lo precisa) que no se trata, en primer lugar, de la individualidad del discípulo bienamado; se trata, ante todo, del esoterismo cristiano; esoterismo “personificado” por San Juan y que es reabsorbido por la Masonería. Podemos decir que, las palabras de Cristo sobre San Juan confieren a esta Orden las “promesas de la vida eterna”, al igual que las dirigidas a San Pedro son la prenda que el Papado se impondrá finalmente sobre los prestigios de las “puertas del Infierno”.

2 Es por lo que Guénon, insistiendo en la necesidad, para cada Logia, de tener la Biblia abierta en el altar del Venerable, precisaba bien que este libro “simboliza el conjunto de los textos sagrados de todas las religiones”.

3 No deberíamos caer en el espíritu de sistema tomando esta aserción rigurosamente al pie de la letra, pues sufre muy notables excepciones. Todo el mundo sabe que la Masonería, introducida en la India por los ingleses, conoció un vivo éxito. Kipling, en sus noticias masónicas, explicó como los hindúes ortodoxos iniciados en la Masonería se comportaban durante los ágapes fraternales, de manera que no infringieran las reglas prohibitivas de comer con hombres de castas diferentes.

4 El valor numérico de este nombre es 345; las cifras 3, 4 y 5, que sirven para escribir este nombre, expresan también la longitud de los lados del triángulo rectángulo de Pitágoras, figurado sobre la joya del Pasado Maestro.

5 Le Roi du Monde, p. 50.

6 El Dios que invocaba Abraham es El-Shaddaï (el Todopoderoso); y Melquisedec era sacerdote de El-Elion (el Altísimo). Es importante recordar que los Masones de lengua inglesa trabajan en grado 3º, “en el nombre del Altísimo”.

7 Mackey, en su Enciclopedia, precisa que “todos los viejos manuscritos de las constituciones” contienen la leyenda de Euclides, generalmente llamada “El digno sabio Euclides”. He aquí en qué términos esta leyenda está relatada en el Dowland Manuscript, texto que remonta a 1550: Cuando Abraham y Sara acudieron a Egipto, Abraham enseñó a los Egipcios, las siete ciencias. Entre sus discípulos se encontraba Euclides, que estaba particularmente dotado”. La leyenda cuenta que, más tarde, Euclides se encargó de la educación de los hijos el rey; les enseñó geometría y sus aplicaciones, la manera de construir los Templos y los palacios. El texto concluye: “Así engrandeció esa ciencia llamada geometría, pero que, más adelante, en nuestras regiones se llama Masonería”.

8 Es por otra parte evidente que los Masones operativos siempre han contado en sus rangos con gran número de gente instruida y bastante familiarizados con las Escrituras como para saber que Abraham se había comportado en Egipto, bastante más como un pastor de rebaños que como un maestro de escuela.

9 Lo mismo que Aristóteles con la dialéctica, Sócrates con la moral, Cicerón por elocuencia, etc...

10 Cf. Guénon, La Crise du Monde moderne, cap. I

11 Es lo expresado por las palabras de Cristo, atestiguando su voluntad de ver a Juan (es decir: al esoterismo cristiano), “permanecer” hasta que él vuelva.

12 Es curioso que el nombre del Altísimo, que es el Dios de Melquisedec, sea utilizado, en Masonería, en lengua vulgar y no en hebreo; esto podría ponerse en relación con el hecho de que Melquisedec pertenece a la Tradición primordial y no a la tradición judía. Igualmente, la Masonería del Arco Real apela, en el rito que le es esencial, a la lengua hebraica, a las dos lenguas sagradas desaparecidas (el caldeo y el egipcio) y, en fin, a la lengua vulgar. Según Guénon, comentado el tratado De vulgari eloquio de Dante, la lengua ordinaria, que todo hombre recibe por vía oral, simboliza, en un sentido superior, la lengua primordial que no fue jamás escrita.

13 La leyenda que hace de Juan Bautista un Gran Maestre de la Masonería operativa que, después de muchos años de su martirio, hubiera sido sustituido por Juan Evangelista, no tiene, evidentemente, más que un sentido simbólico.

14 Guénon, L´ésotérisme de Dante, cap. IV, in fine.

15 Al igual que cada obra tradicional está más próxima a la verdadera “obra-maestra”, cuanto más el artesano haya “sublimado” a su “yo” individual para transformarlo en el “Sí-mismo” (cf. Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. IX), se puede decir que las transformaciones a las que hacemos alusión son obras maestras tanto más perfectas cuanto más desconocidos sean sus artesanos. El caso más reciente de tales mutaciones, parece ser el del paso de la noción tradicional del “Sacro Imperio” a la Masonería escocesa.

16 Creemos que es inútil precisar que, lo que estamos tratando, nada tiene que ver con las concepciones políticas cualificadas de “totalitarias”. Sabemos, por otra parte, cómo los regímenes que se jactan de tales concepciones tienen la costumbre de comportarse con la Masonería cuando acceden a poder.

17 La Crise du Monde moderne, cap. VII.

18 Brama-Sûtras, traducidos y comentados por Guénon, en el capítulo XVIII de L´Homme et son Devenir selon le Vêdânta.

19 El cambio del nombre de Abram (“padre elevado”), por el de Abraham (“padre de multitudes”), se basa en la victoria del patriarca sobre los adversarios de los reyes de la Pentápolis y la destrucción por el fuego de esta misma Pentápolis. Esta destrucción es naturalmente una “figura” de la destrucción final del mundo, y el papel de intercesor desempeñado por Abraham para obtener de Dios una “limitación” de la destrucción, merecería llamar la atención.

20 Decamerón, 1º día, cuento II. Se ve que el “Fiel de Amor”, Boccacio, para situar, entre sus cuentos de una galantería a veces algo subida, aquellos que tenían un sentido doctrinal y que, ciertamente, eran para él los más importantes, sabía utilizar el simbolismo de los números.

21 La “fábula” simbólica utilizada por Boccacio, es -como todo lo simbólico- susceptible de una pluralidad de interpretaciones. He aquí una que, situándose bajo un punto de vista más elevado y propiamente iniciático, responde, sin duda más a las intenciones del iniciado que fue Boccacio. Si seguramente debemos respetar las convicciones de cada una de las tradiciones, en tanto que pretendan tener un estatuto privilegiado unas respecto a las otras, desde un punto de vista superior no hay que ilusionarse por tales pretensiones. Efectivamente, esta pretensión a la elección revela una necesidad inherente a la perspectiva exotérica y Boccacio quiere decir de hecho que la verdadera fe está oculta bajo los aspectos externos de diversas creencias, verdadera fe que es la Tradición única, de la que Melquisedec es el representante. Esta verdadera fe, es la “santa fe”, la fede santa de la que Boccacio, como Dante, era, en Occidente, uno de los fieles.