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lunes, 3 de octubre de 2016

Las Diosas Tejedoras; por Pere Sánchez Ferré

          Revista La Puerta nº 62, Arola Editors, Tarragona, 2003.  

            I.     Introducción

Las artes y los oficios fueron otorgados por los dioses a los hombres a fin de que éstos sobrevivieran en un mundo ajeno y hostil. Además de esta función, conservaron desde sus inicios otra muy importante, ya que siempre sirvieron como imágenes y símbolos del secreto del hombre y de su regeneración.

El arte de tejer es un ejemplo de ello, pues no enseña que todo el universo es un inmenso tejido, que abarca desde lo más puro y sutil hasta lo más grosero y espeso.

En la mitología clásica abundan las mujeres y diosas tejedoras. Es un oficio consagrado por lo general al sexo femenino porque es la mujer quien, una vez recibida la simiente masculina, teje, es decir, alimenta y hace crecer, de su propia sustancia, la nueva vida que lleva en su seno. Tejedoras de engaños o de cuerpos puros, son ellas quienes tejen los cuerpos en un telar terrestre, desde los más sutiles y traslúcidos, hasta los más opacos y perecederos. Todo está sometido al sabio o bien al nefasto arte de tejer o de corporificar.

La simbología del hilo, del telar y del vestido que tanto usaron los griegos, procede seguramente de Egipto, aunque otras tradiciones, como la hindú o la oriental, se sirvieron de ella para enseñar iguales misterios.

Comenzaremos por abordar sus efectos en este mundo.

II.      Los tejidos que envuelven el alma

Las almas siempre buscan un cuerpo del que revestirse. Cuando descienden a la encarnación humana, en este mundo, esperan ser recibidas en un cuerpo inmortal, en una vestidura de gloria, pero se encuentran atrapadas en un envoltorio de tejido animal y corruptible. Hermes Trismegisto relata con toda su crudeza lo que ha ocurrido a nuestras almas:

Porque la ignorancia maldita inunda toda la tierra y corrompe el al (psique) [2] aprisionada en el cuerpo […] Debes rasgar de parte a parte la túnica que te cubre, el tejido de la ignorancia, el vestido urdido de la corrupción, la cárcel tenebrosa, la muerte viviente, el cadáver invisible, el sepulcro que llevas a todas partes contigo, el ladrón que habita en tu casa […]. Tal es el enemigo que te has puesto por túnica […] a fin de que no tengas oídos, para las cosas que necesitas oír ni mirada para las que necesitas ver. [3]


Empédocles dice, hablando de la fuerza que hace caer al alma en el exilio de la carne: «La reviste con una túnica de carne que le extraña, cambiando el vestido de las almas». [4]

Según Porfirio, «la voluptuosidad encadena las potencias divinas y las hace caer en la generación, y éstas, enervadas, pierden en el placer parte de sus fuerzas. […] la vida del alma perece por la voluptuosidad». [5]

La tradición poética y mitológica griega enseña que la caída del alma en esta túnica fatal, que es el cuerpo humano donde el alma se encuentra prisionera, es obra de diosas como Circe, quien teje la tela del mundo sublunar. Homero cuenta en la Odisea que los compañeros de Ulises no sospechan la trampa que la maga Circe, «la rica en venenos» (x, 726), tiende a los confiados navegantes, ya que los atrapa en la encarnación animal, los convierte en cerdos y les da «licor» que les hace olvidar la «patria».

Explica Emmanuel d’Hooghvorst, el último gran comentador de Homero, que Circe está condenada a tejer perpetuamente la tela de la generación. [6] Su nombre revela lo propio de su actividad, pues Circe (kirqué) es un vocablo asociado a la idea de círculo y proviene del verbo kerquitzô, ‘tejer’. Continúa diciendo el autor de El Hilo de Penélope que sin «peso, esta hembra se agota gastando sin cocer. […] la naturaleza de este mundo, Circe, sin buena quymica se convierte en una mujer malvada, pero unida al oro se vuelve, tal como veremos, una amante fiel y una musa inteligente […] Circe, Arte puro o dolo animal, hace a los elegidos o a los necios, según sea salada o desalada». [7]

Por lo tanto, sin la visita iniciática del héroe salvador, nuestra naturaleza caída (Circe) no puede ser regenerada.

Un antiguo comentador de Homero, Pseudo Plutarco, relata así el cometido de la diosa Circe:

La transformación de los compañeros de Ulises en cerdos y animales semejantes encierra un enigma, que las almas de los hombres insensatos caen en el movimiento circular del Todo, al que llama Circe, y la supone con cierta razón hija del sol, habitante de la isla de Ea (Aiaië) (Odisea x, 135), isla así llamada por los ayes de lamento y quejas de los hombres ante la muerte. Pero el hombre sabio, el propio Ulises, no sufrió semejante transformación. [8]


Así, la tejedora de este mundo arrastra a las almas hacia la generación, encerrándolas en el círculo fatal de las reencarnaciones; sin embargo, al hacerlas bajar al exilio sublunar cumple los designios divinos, como explica El Mensaje Reencontrado: «La caída del hombre tiene una finalidad divinamente elevada, que es la adquisición de un cuerpo bajo y su glorificación en Dios». [9]

Porfirio hizo un comentario del famoso pasaje de la Odisea dedicado a Circe que, entre otras cosas, trata del arte de tejer los cuerpos de este mundo:

¿Qué símbolo convendría mejor que los telares con las almas que bajan a la generación y a la producción de los cuerpos? Por esta razón el poeta osa decir que, en estos telares, las Ninfas ‘tejen telas teñidas de púrpura de visión admirable’. Porque en los huesos y a su alrededor se forma la carne, y los huesos son la piedra y el cuerpo de los animales a causa de su gran parecido con ese elemento. Por eso se dice que los telares son de piedra y no de otra materia. Las telas de púrpura serían la carne tejida a partir de la sangre […] Y el cuerpo es el vestido del alma.

Para estas almas, volverse húmedas no es morir, […] para ellas es una dicha caer en la generación. […] En efecto, estas almas aman la sangre y el semen humano. [10]

Por su parte, Arístides Quintiliano, refiere a ciertos alineamientos luminosos de los que el alma se envuelve progresivamente al bajar a la encarnación, formando «una red ovoide que dibuja el contorno del futuro cuerpo humano. Estos hilos de luz, tejidos en el espacio, se convertirán, en la tierra, después de la encarnación, en redes de venas, de arterias y de nervios».  [11]

Proclo insiste en este mismo misterio cuando escribe que el alma que «se encamina hacia lo inteligible se desviste de las túnicas de las que está revistida». Por el contrario, las almas que descienden a la encarnación, «se añaden varias túnicas, tomadas de los elementos, aéreas, líquidas y terrestres y, finalmente, entran en este volumen espeso». [12] Dichas túnicas están formadas, según creen los órficos y pitagóricos, por un hilo que los círculos planetarios utilizan para tejer la red que las almas atraviesan al bajar a este mundo. Y para encarnarse, se vinculan al elemento generador. Escribe C. de Alejandría que, para los órficos, «el hilo de la urdimbre expresa alegóricamente, el semen». [13]

Así, en el semen se encuentra el fundamento del principio purificador.

En Egipto, el hilo y el tejido desempeñan un importante papel en los misterios iniciáticos. Osiris es el dios momificado y sepultado en el ser humano, amortajado por un vendaje que lo oprime y lo deja inerte, como muerto, sometido a los propios deseos y apetitos del cuerpo, que le causan los peores sufrimientos. Pero cuando el alma (Osiris) es iniciada, es despojada de las antiguas vestiduras y la diosa Tait, la «divina tejedora», confecciona la «túnica osiriana» hecha de lino blanco inmaculado, que simboliza el vestido de la luz. Explica Plutarco que la flor del lino es de un color «azul parecido al del éter que rodea el universo» [14] Esta nueva vestidura es llamada «aire tejido» [15] pues está confeccionada por la luz corporificada del sol.

Si el lino era el símbolo del cuerpo inmortal, la lana lo era del cuerpo animal, por lo que su uso estaba prohibido en las ceremonias iniciáticas egipcias y griegas. [16]

En el cristianismo antigua también estaban presentes los tejidos, pues antes de entrar en la piscina bautismal, el candidato se desvestía de sus antiguas ropas y, una vez purificado por el bautismo, recibía vestidos blancos luminosos, llamados «túnica solar del Señor», pues era éste quien le había «envuelto de pureza e incorruptibilidad». [17]

Según Themistios, «en los misterios de Eleusis el sacerdote quitaba las vestiduras de una estatua de Afrodita, después de haberla frotado para devolverle la belleza» [18].


III.   La materia animada

Platón explicó que las almas disminuyen en vigor a medida que se aproximan al mundo de la generación, hasta perder las alas, aunque son ellas las que dan vida a los cuerpos.

Porque todo cuerpo, al que le viene de fuera el movimiento, es inanimado; mientras que al que le viene de dentro, desde sí mismo y para sí mismo, es animado. […] lo que se mueve a sí mismo es el alma […].

Todo lo que es alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta  y alada, surca las alturas y gobierna todo el Cosmos. Pero la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido, donde se asienta y se hace con un cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo en virtud de la fuerza de aquélla. Este compuesto, cristalización de alma y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el sobrenombre de mortal (Fedro 245e  246-c).

La carne, pues, procede del alma y es animada por ésta, cuyo origen es el Alma del Mundo, una fuerza celeste y solar (ígena) que mueve los astros, hace latir nuestros corazones y ha cohesionado y ordenado el mundo de la encarnación, dotando a la materia de vida animada e introduciendo el fuego divino o alma en su interior, aunque este fuego haya quedado oscurecido y congelado en nuestra sepultura carnal. Cuando el cuerpo no puede soportar más la vida y muere, esta vida del alma que lo animaba se libera de sus ataduras y es salvada o vuelve al círculo nefasto de la generación caída, al imperio de Circe.

Todos hemos sido hechos de esta alma universal que tiene siempre ha corporificarse. Ella nos da la vida, nos anima, nos alimenta y finalmente nos mata. Ella es también quien puede regenerar nuestra naturaleza caída si, como hizo Penélope, conseguimos captarla con la ayuda de Dios. E. d’Hooghvorst dirá que esta vida celeste es un «pensamiento inteligente e ígneo […]. Los hombres viven de él sin ofrecerle la morada donde está el alma luminosa, al tomar cuerpo, alimentará la edad de oro.» [19]


IV.    La araña

La araña ocupa un lugar destacado en la mitología hindú y tiene también su espacio en la de Occidente. Por su labor tejedora, puede equipararse al alma, pues de ella misma, de su propia sustancia, fabrica la tela, como el alma se fabrica un cuerpo. La araña también es comparada con el sol, el astro crea de sí mismo sus rayos, que son como los hilos que tejen y vivifican el universo.

A.  K. Coomaraswamy explica que, según la tradición hindú el prana teje las criaturas y todo el universo es una gran red que religa los mundos y los seres, donde el sol tiene un papel esencial:

Este Sol conecta estos mundos mediante un hilo (sutre) y ese hilo es el Viento (Vayu, Spiritus). Nuestros soplos son los ‘hilos’ (tantu, tantri, sutra) con los que la Araña solar, nuestro Sí, teje su tela de siete radios, el ‘tejido’ del Universo; y, en última instancia, ‘el único hilo’ en el que todo este universo está ‘ensartado’ […].

Todas estas ideas forman parte de la conocida doctrina del ‘hilo del espíritu’ (sutratman) y del simbolismo de los actos de tejer y coser […] según la cual el sol conecta todas las cosas consigo mismo por medio de ‘hilos’ pneumáticos que son ‘rayos’ que él extiende. [20]

En la mitología griega, la tejedora Aracne puede simbolizar el alma, pues cuenta la leyenda que esta hija del tintorero Idmón no quería deber su habilidades más que a sí misma. Pretendió aventajar a Atenea en el arte de bordar y la desafió: Aracne bordó representaciones de los amores ilícitos de los dioses, mientras que la diosa representó en su bordado, además de los doce dioses del olimpo en toda su majestad, cuatro episodios que mostraban la derrota de los mortales que osaban desafiar a los dioses. Atenea destruyó la obra de su rival y ésta pretendió ahorcarse, pero la diosa no la quiso y la convirtió en araña. Aracne en griego significa ‘araña’. No es difícil descubrir aquí la historia de la rebelión de los titanes, o de las almas, precipitadas en la región inferior, es decir, sepultadas en los seres humanos.


V.       Las Moiras

Las almas que han caído en la generación y se han humedecido al contacto con el mundo corpóreo quedan sometidas a otras tejedoras muy presentes en la Antigüedad: las Moiras o Parcas, que tejen el destino de los seres humanos. [21] Ellas, dice Hesíodo, «otorgan a los hombres mortales la posesión del bien y del mal»  (Teogonía 901-906).

Aunque hay muchas variantes sobre sus orígenes y número, se acepta que las Moiras son tres: Átropo, Cloto y Láquesis, y regulan la vida de cada uno de nosotros, desde el nacimiento hasta la muerte, con la ayuda de un hilo que la primera hila, la segunda enrolla y la última corta cuando nuestra vida llega a su término. También presiden los alumbramientos, ayudando a las mujeres que van a dar a luz (como Lucina). El color de la Lana que hilan las Parcas determina el destino de los mortales.

La antigua tradición de las Moiras y otras tejedoras se ha perpetuado en las brujas y las hadas de la época moderna, como ocurre en el folklore catalán, donde ambas a menudo son representadas hilando como Circe. [22]


VI.    El arte del buen tejer

Si bien unas diosas tejen la trampa del cuerpo mortal y del destino astral del hombre, otras más propicias destejen la tela de la generación vulgar que sepulta nuestra alma y la liberan de su prisión. La maestra de este sabio destejer es la homérica Penélope quien, en palabras de E. d’Hooghvorst.

Es la esposa fiel que espera en casa, ‘la-que-ve-la-trama’; dicho nombre es muy apropiado para esta tejedora que desteje. […] La tejedora nos da aquí la clave de su arte: ‘De noche’, dice, ‘deshago el trabajo del día’. ¿Qué representa el día? El tiempo que devora toda savia y agota la vida. En nocturna quymica de Penélope, se descose el sudario fatal del Arte sepultado, reanimando entonces su sol, y he aquí la espera de un dulce que ha vuelto en paz.

La noche dicen los cabalistas es el secreto del Señor. [23]

Las buenas tejedoras como Penélope destejen primero el tejido mortal que ha cubierto el alma, para después tejer el verdadero cuerpo inmortal, glorioso. Han captado el hilo celeste que puede destejer o disolver el grueso tejido que cubre al padre Laertes, es decir, el alma, porque dicho hilo es el Mercurio celeste fijado en la tierra, un hilo azul trenzado y brillante, que disuelve la mortaja que cubre la vida sepultada, por eso E. d’Hooghvorst asegura que «lo esencial es el Hilo de Penélope; lo demás es el comentario» [24] Lo esencial es recibir este don de Dios, y quien puede atraerlo es nuestra tierra pedregosa, [25] una piedra imán que todos los humanos poseemos. Penélope es una virgen terrestre, humana, como María.

El Hilo de Ariadna posee las mismas cualidades y cumple igual función que el de Penélope, pues el héroe Teseo no puede vencer al Minotauro, tan próximo a la naturaleza humana, ni escapar del laberinto que todos contenemos, sin la intervención de la espada y el hilo de Ariadna que, escribe el citado autor, «son un don divino en sí». [26]

Otras mujeres son también buenas tejedoras, a quienes la diosa Atenea otorgó «el saber de labores preciosas y entrañas discretas» [27] La mujeres feacias, muy hospitalarias, con Nausícaa [28] al frente, acogen, lavan y eliminan el aspecto respulsivo del héroe Ulises, quien viene a la tierra humana esperando ser tratado como un huésped excelente.

La Virgen María también desteje como Penélope, «el sudario fatal del Arte sepultado, reanimando entonces su sol» (vid. supra), es decir, a su hijo Jesucristo, llamado Sol invictus.

Uno de los nombres de Cristo es «gusano», pues, nacido de la corrupción o disolución, se reviste de un tejido creado a partir de su propia sustancia, se transforma en crisálida y finalmente en mariposa, imagen del cuerpo de luz. [29]


VII.      Textos tejidos

Los profetas y los santos también son tejedores, pero de palabras, ya que la escritura inspirada es otra forma de corporificar el cielo y de hacerle hablar. Inspirados por las Musas, captan el mismo hilo celeste que Penélope y Ariadna, y con él tejen sus textos; éste vocablo deriva del latín textus, tejido.

Observa F. Buffière que «urdir o tejer las ideas y las palabras es una metáfora corriente en Homero». [30]

El vocablo griego Hymnos (himno) significaba originariamente ‘tejido’, por tanto, los himnos a los dioses y diosas con ‘cantos tejidos’. Además, la palabra rapsoda también tiene connotaciones textiles, pues el rapsodos sería, de acuerdo con su etimología, el ‘zurcidor de cantos’. [31]

La creación poética y prosística requiere ordenar las palabras, y el término orden también nos remite a conceptos próximos al tejido, pues proviene del latín ordo y éste de ordior, que significa tejer, urdir y confeccionar una trama.

Por otra parte, no deja de ser curioso que, en otras lenguas como el sánscrito y el chino, encontremos las mismas relaciones entre la creación literaria y al arte de tejer, lo cual apunta a la fuente primera y única que ha dado origen a las lenguas.

En sánscrito, sutra (texto búdico) significa ‘hilo’ y tantra (tratados sagrados según la tradición hindú) tiene el sentido de ‘tela’ e ‘hilo’. Según René Guénon, la palabra latina sutura, ‘costura’, y la árabe sura (cada uno de los capítulos del Corán), tienen la misma raíz que sutra (‘hilo’). [32]

Las mismas relaciones encontramos en la tradición oriental, pues en chino clásico el término King (o ching) en su origen significaba tejido, trama, y en el uso común, libro o libro consagrado. En el como el siguiente: «Vasta es la red del cielo y su trama holgada. Mas nada se le escapa». [33]

Si los textos de los sabios poetas y profetas son el futuro de un hilo sabiamente tejido, entonces se comprende mejor la recomendación de Louis Cattiaux:

«[…] Así pues, no nos separemos nunca de los libros santos, que hilan el vínculo que nos une al Señor de toda sabiduría.» [34]


Notas:
[1] El Mensaje Reencontrado, XXII, 12’.
[2] En general, cuando los antiguos griegos se refieren al alma, en tanto que parte inmortal del ser humano, la denominan psique. Cf. C. del Tilo, «Sobre el sentido de las palabras alma y espíritu», en El Libro de Adán, Arola ed., Tarragona, 2002, pp. 134-136.
[3] Poimandres VII, 2-3.
[4] Los filósofos presocráticos, ed. Gredos, Madrid, 1979, vol. II, p. 242.
[5] Porfirio, El antro de las Ninfas, 16 y 18. Existe versión española en La Puerta nº 27, 1987, pp. 33-52 y en ed. Gredos, Madrid, 1989, pp. 220-247.
[6] Véase el Hilo de Penélope, Arola ed., Tarragona, 2000, t. I, p. 72.
[7] Idem, pp. 72, 76 y 77.
[8] Sobre la vida y la poesía de Homero, II, 126. Existe versión española en ed. Gredos, Madrid, 1989.
[9] L. Cattiaux, op. cit., XXV, 49.
[10] Porfirio, op. cit., 14 y 10 respectivamente.
[11] Citado por F. Buffière, Les Mythes d’Homère et la pensèe grecque, ed. Les Belles Letres, París, 1956, p. 465. Son las llamadas «ligaduras del alma».
[12] Citado por S. Mayassis, Le livre des morts de l’Egypte Ancienne est un Livre d’Initiation, B.A.O.A., Atenas, 1955, p. 189.
[13] Citado por G. Colli, La sabiduría griega, ed. Trotta, Madrid, 1995, p. 215.
[14] Sobre Isis y Osiris, 4. Tait es llamada «nube que envuelve al desfalleciente.»
[15] S. Mayassis, Le Livre des morts de l’Égypte Ancienne…, p. 220.
[16] Véase a Herodoto, Historias, II, 81.
[17] S. Mayassis, Le Livre des morts…, p. 271.
[18] S. Mayassis, ídem, p. 302.
[19] El Hilo de Penélope, cit., p. 99.
[20] A. K. Coomaraswamy, El Vedanta y la tradición occidental, ed. Siruela, Madrid, 2001, pp. 217-218 y 329-330.
[21] Véase el himno dedicado a las Moiras en Himnos órficos, ed. Gredos, Madrid, 1987, pp. 216-217.
[22] J. Amades, Bruixes i bruixots, Biblioteca de tradicions populars, Barcelona, 1934, p. 35.
[23] El Hilo de Penélope, cit., p. 20.
[24] Idem, p. 40. El alma sometida a los males humanos, escribe Platón, realiza una labor opuesta a la de Penélope, ya que ésta manipula «el telar en sentido contrario» (Fedón 84a).
[25] Pedregosa Ítaca, la denomina E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 80.
[26] «El hilo de Ariadna», en Mitología oculta. Colección La Puerta, nº 58, Arola ed. Tarragona, 2000, p. 12.
[27] Odisea VII, 110-111.
[28] Nausícaa significa ‘la-que-prende-fuego-al-vaso’: E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 19.
[29] Véase Isaías 41, 14 y El Mensaje Reencontrado XV, 40. En hebreo, tila’ (הצל ) significa, ‘agusanado’, pero también ‘revestirse de púrpura’, ‘germinar’ y ‘crecer’.
[30] F. Buffière, Les Mythes d’Homère et la pensèe grecque, cit., p. 390.
[31] A. Bernabé Pajares, Himnos Homéricos / La «batracomiomaquia», ed. Gredos, Madrid, 1988, pp. 10 y 22.
[32] R. Guénon, El Simbolismo de la Cruz, ed. Obelisco, Barcelona, 1987, p. 104. Leamos el siguiente versículo del Corán (Sura 7, 26): «¡Hijos de Adán! Hemos hecho bajar para vosotros una vestidura para cubrir vuestra desnudez y para ornato. Pero la vestidura del temor de Dios es mejor. Éste es uno de los signos de Dios».
[33] Véase el Prólogo de J. Fernández Oviedo al Tao Te Ching, Offsetgrama, Buenos Aires, s. a., p. 8.
[34] El Mensaje Reencontrado VII, 63’.


sábado, 2 de julio de 2011

La palabra creadora en Masonería; por Pere Sánchez Ferré

Artículo publicado en la revista La Puerta. Retorno a las fuentes tradicionales, nº 65, julio 2006, Tarragona, Arola Editors., pp. 99-116.

La existencia de la masonería está estrechamente vinculada a la cábala hebrea, cuya presencia se hace evidente en el uso de palabras, de nombres de Dios que figuran en los rituales de los diferentes grados y en todos los Ritos y sistemas masónicos, tanto antiguos como modernos. A cada grado le corresponde una palabra sagrada y una de paso, aunque en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado el primer grado no tiene palabra de paso, de manera que el aprendiz utiliza la única palabra que ha recibido, la sagrada, para acceder al templo.

La mayoría de estas palabras son hebreas y han mantenido su fonética en esta lengua hasta la actualidad, aunque a veces se den alteraciones importantes, en muchos casos debido al desconocimiento del hebreo. Se conservan en su lengua original porque así mantienen su poder; no pueden traducirse sin que pierdan su eficacia, ya que no son de invención humana: pertenecen a una lengua sagrada [1]. Platón escribe que los nombres de los dioses son eternos, y son los correctos «por naturaleza y no por convención». Para el filósofo griego, el creador, el demiurgo universal, es también el «primerísimo onomaturgo[2], creador de los nombres», por es esa razón aquellos que se han encontrado con daimones o ángeles, «han aprendido de ellos nombres más ajustados a las cosas que cuantos vienen impuestos por los hombres»[3].

Court de Gebelin dirá que los nombres de Dios detentan su fuerza y poder en la lengua original que fueron revelados debido a que:

La justa relación entre los nombres y los objetos que designan es lo que confiere la fuerza y la energía a las palabras. […] hay aquí como un retrato que no puede ser arbitrario, sino que debe ser conforme a su modelo. [4]

Estas razones son suficientes para no alterar los nombres sagrados, como ha hecho la masonería.

En el pensamiento tradicional, las palabras aluden directamente a las cosas que designan. Un buen ejemplo de ello nos lo proporcionan los nombres de Dios que figuran en la Biblia, donde en la mayoría de casos a cada estado y función de la divinidad corresponde un nombre determinado, cuyo significado nos revela su naturaleza. Esta relación íntima sobre el nombre y lo que éste designa no es, evidentemente, patrimonio del judaísmo, sino que es propio de todo el pensamiento antiguo. Nada en la creación es fortuito, sino que todas sus partes y elementos guardan entre sí una relación, un vínculo natural establecido por el Creador, lo cual se manifiesta también el lenguaje.

La realidad era aprehensible porque las palabras y las cosas no estaban separadas [5] y el signo no era arbitrario, como piensa la modernidad, pues en cada cosa y en cada criatura estaba inscrita una señal que la hacía reconocible, identificable. Así, el mundo tenía significado, era inteligible gracias al lenguaje. Así, también el ser humano era y es cognoscible gracias a que también él posee un signo de identificación, que consiste en la partícula divina que contiene, es decir, Dios en el hombre, que es la palabra perdida en masonería; esta es su dignidad, en el sentido que lo afirmo Pico della Mirandola; gracias a esta palabra divina sepultada en la naturaleza humana, el hombre puede ser el rey de la creación y el centro del mundo.

Respecto a la relación verídica entre las palabras y las cosas, la tradición escrituraria hebrea (a la que hemos aludido) nos proporciona un ejemplo paradigmático, pues cada nombre de Dios designa las cualidades, funciones y estados que le son propios. He aquí algunos ejemplos: cuando el nombre alude a la fuerza de la divinidad celeste, se usa el término El (אל), que significa ‘fuerza’. El nombre de Elías representa al profeta que ha encarnado a Dios; en hebreo es Eliahú (אליהו), compuesto por dos nombres de Dios, el celeste, Elí (אלי), ‘mi Dios, mi Fuerza’ y Hu, (הו) el dios sepultado en el hombre, que se unen en el ser humano que ha sido bendecido.

Cuando Dios es el fuego del cielo, lleva el hombre de Uriel (uri, ‘mi fuego’ ‘de El’); cuando cura, Rafael (‘curación de El’); cuando, en el cristianismo, visita y fecunda a la Virgen pura, es llamado Gabriel (el ‘macho’, guever, de ‘Dios’, El).

En las palabras sagradas y de paso que emplea la masonería prevalece este mismo principio, aunque intervienen otros elementos que han modelado su uso con claves complementarias.

Nombrar, crear

La palabra es creadora, contiene una fuerza primigenia que nace del fondo del hombre, de su dios. Gracias a este origen divino, nombrar supone activar la sustancia misma de lo nombrado. Hablar es reanimar, actualizar fuerzas, cualidades y estados de la divinidad, donde ya no existe separación entre el nombre lo nombrado. Conocer el nombre de las cosas es acceder a su sustancia más íntima, a su naturaleza secreta. Pero es imposible conocer la divinidad sin unirnos a ella. Sin embargo, mientras esto no ocurre, podemos acercarnos al secreto de las palabras y de aquello que designan, encaminando nuestro estudio hacia el origen de los nombres, pues dirigirnos al origen es volvernos hacia nuestra simiente, y de ella al germen, donde reside toda su fuerza generadora. Así, por medio de la etimología emulamos el camino que deberemos seguir hacia nuestro propio principio, a fin de descubrir, por revelación, la palabra oculta en nosotros y ser reengendrados por el Espíritu.

Sin embargo, en la perspectiva de la nueva creación, no es el hombre exterior quien lee y escribe, quien construye el templo nuevo, sino el Gran Arquitecto del Universo, abriendo el libro, clarificando el espejo donde el cielo se leerá, se dirá y se reencontrará con su mitad humana. En términos de construcción y geometría equivale a convertir la piedra caótica, oscura y bruta (de latín brutus, ‘animal’) en piedra cúbica, apta para el templo reconstruido en la pureza.

Un antiguo ritual masónico dice que «los hombres pretenden construir, pero es en vano si el Gran Arquitecto del Universo no construye él mismo» [6].

La palabra sagrada

Ignoramos muchos de los nombres que se empleaban en la masonería medieval inglesa, pero sí sabemos que existían palabras de reconocimiento a fin de evitar que los albañiles y picapedreros no iniciados accedieran a las logias o templos en los que se celebraban las ceremonias masónicas. Sin embargo, gracias a los rituales de los siglos XVI y XVII que se han conservado, conocemos las diferentes palabras sagradas y de paso que utilizaban, y todos ellos concuerdan en que para acceder a la logia, al lugar en que se realizan los trabajos de la construcción sagrada, es necesario conocer o poseer una palabra de paso. Dichos rituales constituyen el testimonio de una tradición más antigua, básicamente oral, que sobrevivió hasta la época moderna.

Como indica su nombre, es una palabra de paso porque su posesión permite al iniciado pasar de lo profano a lo sagrado, simbolizado por la gloria. Se accede así el lugar de la nueva creación [7]. El aprendiz representa al verdadero iniciado que comienza la andadura hacia su propia regeneración, pero sólo está en los inicios de la Obra, ya que posee la palabra sagrada, pero –como dice el ritual— aún no sabe «leer ni escribir» dicha palabra, sólo puede deletrearla.

René Guénon observa que la «sílaba es el elemento indivisible de la palabra pronunciada» [8]. Por lo tanto, si relacionamos la letra, elemento primero de la escritura, con la silaba, primer elemento del lenguaje oral, ambas equivaldrían a la primera materia con la que se construye el templo.

El aprendiz sólo sabe deletrear, por lo tanto, no habla, es decir, el verbo interior aún no se ha manifestado en él. Por esa razón saluda con un signo llamado «gutural». Conoce los elementos básicos que componen la palabra, las letras, conoce la primera materia de la creación, pero aún no la ha llevado a su perfección.

Así el aprendiz ha de aprender a leerse y a decirse, puesto que es en su propia tierra donde la palabra está sepultada. Es su propio Dios, su Señor, quien está abandonado en los fundamentos del edificio en ruinas, también llamado piedra bruta [9].

Nuestra piedra bruta es un caos que debe ser ordenado o leído. También es el libro de la naturaleza que debe ser abierto, lo que corresponde al hombre regenerado, según decía Emmanuel d’Hooghvorst.

La hermenéutica tradicional enseña que leer y escribir aluden a fijar, a poner límites a lo ilimitado. El aprendiz ha recibido el don del cielo y este don se ha de realizar en él, pues es un proceso por el cual –dice la tradición hermética— el don inicial toma cuerpo y se solidifica hasta su completa pureza, para asumir después la fuerza verbal y gloriosa.

Misterios corporales.

Los misterios de la regeneración son corporales, puesto que son la sustancia y la esencia divinas en el hombre las que deben ser regeneradas, lo cual es enseñado en los antiguos textos de la masonería, donde la cábala hebrea no sólo está presente en las palabras sagradas y de paso, sino también, como ya hemos dicho, en los toques y signos masónicos, todos referidos al cuerpo humano.

En el manuscrito Dumphries se pregunta:

¿Dónde reposa la llave de vuestra logia?

Y se responde:

En una caja de hueso recubierta de pelo erizado. [10]

Aquí resultan obvias las referencias al sexo. Es un pelo «erizado» porque se trata de la naturaleza humana (el pelo animal) que aún no ha sido bendecida o suavizada. Enmanuel d’Hooghvorst cita al respecto un comentario de san Jerónimo sobre el pasaje del Cantar de los Cantares 1, 2:

[…] Si quieres buscar, busca y ven a vivir a mi lado en el bosque. En el mismo sitio, la Iglesia en llantos recibe la orden de gritar desde Seir, puesto que Seir se traduce por ‘velludo’ o ‘erizado’. Se trata de expresar el antiguo erizamiento de los gentiles.

Además de ser un topónimo, Seir (שעיר) significa ‘habitante del bosque’ y también ‘satiro’, ‘macho cabrio’, términos éstos de evidentes connotaciones sexuales. Como escribe el autor de El Hilo de Penélope, «los misterios del verbo son sexuales» [11].

El mismo manuscrito insiste más adelante en la cuestión:

¿Cuál es la longitud de vuestra cuerda?

Y se responde:

Es tan larga como la distancia que existe entre el lugar de mi ombligo y mis cabellos más cortos. [12]

En el manuscrito inglés del Trinity College (de finales del siglo XVII) se indica que los maestros se saludaban presionando la columna vertebral y colocando la rodilla entre las del otro hermano [13].

Otro texto de la masonería antigua explica que se daba la Palabra de Maestro de manera que dos hermanos se estrechaban mutuamente la mano derecha, mientras los dedos respectivos de la mano izquierda presionaban fuertemente las vértebras cervicales. [14].


En el toque del grado de aprendiz se relaciona la mano con nombres de Dios, de manera que a cada falange le corresponde una letra (véase figura), lo cual está tomado de la cábala hebrea. Dicho toque se realiza de manera que un hermano presiona con su pulgar derecho la primera falange del dedo índice de la mano derecha del aprendiz. Las letras que corresponden a estas dos falanges (del pulgar y del índice) son la pe (פ) y la he (ה), cuyos valores respectivos son 80 y 5. La suma, 85, es el valor numérico de la palabra sagrada del aprendiz, Boaz (בעז), siempre que se incluya la letra vav (ו), que está oculta, como observó Jaime González [Santiago de Vilanova] es un trabajo inédito sobre los nombres sagrados en la masonería [15].

En la cábala judaica, las manos unidas son una imagen del Tetragrama, pues a la mano derecha se le asigna las letras YH (יה), y a la izquierda, VH (וה), de manera que uniéndolas tenemos el Nombre de Dios reunificado: יהוה

La unión de la manos también es una alusión a la unificación del Nombre, pues las dos se convierten en una sola; la izquierda simboliza Elohim, el Rigor o Juicio (Din), y a la derecha, la Clemencia (Guedulah) o el Tetragrama. [16]

En los textos antiguos de la cábala se hacen otras alusiones al cuerpo humano en el Sefer ha-Bahir, donde se explica acerca de la séptima sefirá [17].

[…] suele decirse que es el Levante del mundo. Es de allí que viene la simiente de Israel, pues la columna vertebral se prolonga desde el cerebro hasta su miembro viril, por eso la simiente viene de arriba, tal como lo establece Isaías 43, 5: Del Levante traeré tu generación. [18]

De hecho, las alusiones a la anatomía sagrada del cuerpo humano se encuentran en todas las tradiciones; el hinduismo es prolífico al respecto. Véase también la carta número 19 del Tarot de Marsella (El Sol).

Los tres puntos

Además de los distintos nombres y palabras sagradas, la masonería utiliza con profusión un nombre de Dios de apariencia extremadamente simple, pero con un contenido muy rico y profundo.

Se trata de un símbolo omnipresente en los textos masónicos, tanto doctrinales como administrativos, que consiste en tres puntos ordenados en forma de triángulo.

Esta forma sucinta y geométrica de representar a Dios tal vez tenga su origen en los jeroglíficos egipcios. Según Reuchlin, para escribir el nombre de Dios sin profanarlo, los caldeos «usaron una figura de tres puntos unidos en forma de semicírculo o de triángulo» [19].

Los tres puntos son también una manera de representar la letra delta griega, que es una imagen geométrica de Dios. La letra delta o triángulo es también el símbolo del fuego y revestía gran importancia entre los pitagóricos, para quienes el tres era el número perfecto, asignado al Todo (Pan), lo cual recoge Aristóteles en su obra Sobre el Cielo (I, 1, 268 a):

«El número tres define al Todo y todas las cosas, pues es aquello que constituye la Tríada: fin, medio y comienzo, que también constituyen el Todo».

La triple voz

En la Orden francmasónica, lo triple reviste otros aspectos. Uno de ellos es la triple voz del grado de maestro, usando en épocas pretéritas.

En el manuscrito Graham, de 1726, se dice que no es posible enseñar la «noble manera de construir» sin que se pronuncie la «triple voz» [20]. En otros textos medievales se explica que una logia sólo podía ser abierta para llevar a cabo los trabajos de ritual con el concurso de tres maestros masones, cada uno de los cuales disponía de una varita; juntándolas, se obtenía un triángula rectángulo pitagórico. De igual modo, la palabra sagrada del maestro constaba de tres silabas, y cada uno de ellos pronunciaba una de las tres; entonces la palabra perdida era recuperada.

En algunos textos alquímicos medievales como Aurora consurgens, se habla de «tres palabras preciosas [Tria verba [21] pretiosa] en las que se halla oculta toda la ciencia que debe ser daba a los hombres piadosas».

También en el Liber trium verborum, atribuido al rey Calid, se encuentran dichas «tres preciosas palabras secretas y descubiertas, que no son dadas a los malvados, impíos e infieles, sino a los fieles y a los pobres, desde el primer día hasta el último» [22]

El Chadai y el Tetragrama

Uno de los nombres sagrados en la antigua masonería era el de Chadai (שרי). Estaba presente en las ceremonias de apertura y clausura de los trabajos en la logia, en los juramentos y en las obligaciones. Los trabajos de apertura en el grado de Aprendiz (del año 1663) comenzaban con Estas palabras: «Muy Santo y Glorioso El Chadai, Gran Arquitecto del cielo y de la tierra» [23].

Por lo tanto, el Gran Arquitecto del Universo no sólo era el equivalente al Tetragrama, sino también a El Chadai, lo cual tiene su razón de ser, puesto que en la cábala hebrea es él quien comienza la Obra [24].

Chadai o El Chadai es un nombre de Dios que, en el Antiguo Testamento, siempre está vinculado a la experiencia iniciática, si se lee el texto en clave cabalística; véase, por ejemplo, Génesis 17, 1.

Era Abram de noventa y nueve años de edad, cuando le apareció YHVH y le dijo: Yo soy El Chadai, anda delante de mí y sé perfecto. [25]

En la cábala, el nombre de El Chadai corresponde al Dios que bendice, como en el texto citado.

En Francia, antiguamente, el Nombre del grado de Maestro era el Tetragrama (יהוה ) [26], la Palabra completa.

En la masonería del siglos XVIII, cuando el masón recibía la Palabra de Maestro, Hiram era enderezado, resucitaba [27]. Este aspecto ritual procedía de la Edad Media e indica que hemos de ser erguidos o reconstruidos gracias al Nombre de Dios reunificado. Aquí Hiram puede asimilarse a Osiris y también a Cristo resucitado en el hombre.

Cuando en los antiguos rituales masónicos del tercer grado se dice que «un cadáver espera la resurrección» [28], se alude a esta palabra, a este Hiram u Osiris-Cristo en su tumba, que resucita para completar la creación verdadera, la obra de Dios, cuyos misterios se dramatizan magistralmente en los diferentes Ritos de la masonería.

En el manuscrito Dumphries, de c. 1710, leemos que Cristo muerto  y resucitado equivale al templo destruido y reconstruido. [29]

La piedra cúbica

La piedra cúbica, como la piedra bruta, siempre están presentes en la logia y simbolizan la obra de regeneración humana a la que aspira el masón. La piedra bruta debe ser extraída de nuestro caos y convertida en una piedra perfectamente cúbica. Después debe ser afinada o sutilizada a fin de que se vuelva piramidal. Quien da la medida de todo –enseñaba Emmanuel d’Hooghvorst— es la piedra angular, Cristo, de quien san Pablo escribió que era la piedra de ángulo (en Efesios 2, 19-20).

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra de ángulo Jesucristo mismo […]

Si trasladamos la doctrina masónica al lenguaje teológico y al alquímico, veremos que la piedra cúbica de fundación es llamada María, no porque sea necesariamente una mujer, sino porque es la primera parte de la obra alquímica de regeneración, el misterio femenino. Su culminación es Cristo, el estado masculino, el Verbo, la piedra piramidal.

Decir que la virgen María es la piedra cúbica no es un despropósito, pues si bien la iconografía cristiana no abunda en imágenes de vírgenes cúbicas, si lo hace la tradición griega con la diosa Cibeles.

Esta divinidad es llamada en los Himnos homéricos «madre de todos los dioses y de todos los hombres» [30]. Su nombre, Kybele (κυβέλη), procede de kybos laos (κύβος λαας), ‘cubo’ o ‘dado de piedra’, y el verbo kybitzô (κυβιζω) significa ‘formar un cubo’ [31].

La piedra bruta masónica, que es la propia del aprendiz, es lo que nos queda de Dios, y debe ser purgada, fecundada [32] y convertida en un cubo, trabajo que corresponde al grado de compañero. El hijo de esta virgen cúbica es el Verbo, la palabra perdida y reencontrada, o la piedra piramidal del maestro. Así, los tres grados masónicos contienen todo el misterio del cristianismo y de la regeneración alquímica. Tal vez sin saberlo, los masones han perpetuado hasta hoy día la tradición mariana del catolicismo.

Encontrar La Palabra, construir el templo

¿Cuál es el objetivo primordial, iniciático de la masonería? Todos los Ritos y sistemas afirman, bajo aspectos diferentes, que es la construcción o reconstrucción del Templo.

Veremos a continuación que dicho edificio se fundamenta en nombres de Dios, o en el Nombre de Dios. Más aún, pues podría decirse que es el propio Nombre de Dios el que debe ser reconstruido o reunificado, por esa razón la palabra perdida es uno de los temas esenciales y más rico en símbolos y alusiones herméticas que conserva aún la masonería.

¿Y cuál es el lugar donde se construye? En el edificio en ruinas de la humanidad. Hay que bajar a esas ruinas abandonadas para edificar de nuevo el templo, hay que visitar estos yacimientos para hallar la palabra abandonada. Esta palabra de Dios posee una fuerza particular que edifica cuerpos o templos nuevos, y es también un fuego que reconstruye. [33]

La lengua latina expresa claramente esta relación entre el nombre y la fuerza, pues nomen significa ‘nombre’, y numen ‘poder, voluntad divina, inspiración divina, providencia’. Nomen procede de nosco, ‘conocer, aprender’.

Louis Cattiaux escribió a un amigo que quien dispone de la luz concentrada puede «crear con Dios». «De otro modo –continúa— y en menor grado, es posible modelar la luz esparcida por resonancia, lo que se hace con los nombres secretos […]» [34]

En su Mensaje Reencontrado nos habla de los nombres creadores:

Estos Nombres divinos se escriben, se deletrean, se nombran y se cantan para dar las formas y para deshacerlas; es un secreto que Dios sólo confía a los renunciados que prefieren morir antes que matar. [35]

El sentido puro

Para construir un templo inmortal es preciso tener los sentidos purificados, por eso los masones trabajan con guantes blancos. La mano es el jeroglífico de los sentidos, o, para ser precisos, del sentido interior que se encuentra oculto y envilecido en el ser humano. Es el hombre viejo de San Pablo, y debe sufrir un proceso regenerador gracias a la bendición de Dios, que corresponde a la iniciación.

En la tradición egipcia, una de las ceremonias más secretas de los misterios iniciáticos era la llamada «ceremonia de obertura de la boca», por la cual el muerto Osiris recuperaba (en el secreto interior del iniciado) el uso de sus miembros, dándole una nueva vida a fin de poder gozarla y ser divinizado. [36]

En el Antiguo Testamento, esta apertura del verdadero sentido interior es representada por la boca, que alude a la capacidad de hablar del verbo regenerado, y que en definitiva es la verdadera circuncisión que abre la puerta a la palabra profética y creadora: véase lo escrito en Éxodo 4, 10-12.

Entonces dijo Moisés a YHVH: […] soy tardo en el habla y torpe de lengua. […] Y YHVH le respondió: […] yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que hayas de hablar.

San Pablo se refiere al significado secreto de este misterio al escribir que lo importante no es el ritual que nos recuerda una circuncisión que desconocemos, sino la verdadera circuncisión, que es la del corazón: «Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; […] y la circuncisión es la del corazón» [37]

Este corazón es la carne de nuestro fundamento divino (el sentido) que debe ser circuncidada, lo cual corresponde a la segunda parte de la obra de regeneración, según la enseñanza de Emmanuel d’Hooghvorst.

En hebreo, ‘circuncidar’, mul (מול) tiene la misma raiz que hablar: malal (מלל) [38], lo cual nos indica que la circuncisión permite recuperar la palabra perdida. Es la lengua de los pájaros o de los ángeles, el verbo profético, pues el cielo se ha encarnado, se ha hecho Verbo y Dios habla en un hombre.

Escribe san Pablo en Gálatas 6, 11-18: «[…] porque yo traigo impresas en mi cuerpo las señales del Señor». Tal vez éstas correspondan a la elocuente herida de la que habla el autor de El Hilo de Penélope. [39]

Así, el masón que ha sido sometido a la purificación de su sentido interior conocerá el misterio del Verbo encarnado actuando en su secreto.

El Verbo es el Dios de los vivos. Los muertos no hablan, por eso en los rituales fúnebres de la masonería se escuchan sonidos mate.

Como hemos visto, el misterio de la palabra es corpóreo, pues Dios sólo puede ser conocido en el ser humano, y quien posee su palabra se conoce a sí mismo en el sentido platónico; ha resuelto el enigma y vivirá.

Todo ello es dramatizado en los rituales masónicos y sus elementos esenciales han sobrevivido a lo largo de los siglos como memento y enseñanza, como exhortación a la sabiduría y como acto mágico encaminado a actualizar el misterio de la palabra creadora en el masón.

La iniciación masónica verdadera (dramatizada en los rituales) da a conocer esta palabra que permite acceder al trabajo de reconstrucción del templo, o de recuperación de la palabra extraviada en la carne del mundo. Esta experiencia secreta conducirá al masón a reunificar la palabra de Dios y dar testimonio del misterio supremo de la regeneración humana, el misterio de la Unidad.

Notas:

[1] Jámblico advierte que si se traducen los nombres de Dios «no conservan por completo el mismo sentido, pues en cada pueblo hay características lingúísticas imposibles de ser expresadas en la lengua de otro pueblo; no obstante, incluso si se pueden traducir nombres, ya no conservan el mismo poder», Misterios de Egipto, 7, 4-5, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1997, pp. 199-200.
[2] Palabra compuesta de onoma, ‘nombre’ y theos –érgon, ‘obra de Dios’.
[3] Proclo, Lecturas del Crátilo de Platón, ed. Akal, Madrid, 1999, pp. 82 y 88.
[4] Court de Gebelin, Histoire naturelle de la Parole, París, 1776, pp. 7-8 y 15.
[5] Véase la obra de Michel Foucault, las palabras y las cosas, ed. Siglo XXI, Madrid, pp. 49-52, passim.
[6] Le Regulator du Maçon (obra de 1783), Les Éditions du Prieuré (F), 1994, pp. 243-244.
[7] En la obra masónica inglesa Ahiman Rezon, de 1778, ejemplo de una masonería aún muy cristiana, leemos que San Pedro es quien da: «la palabra de paso, el toque y el signo, / San Pedro nos abre, y así entramos / A un lugar preparado para los libres de pecado; A aquella logia celestial que está bien a cubierto / un lugar preparado para todo masón puro», N. Barker Cryer, «La descristianización de los grados de oficio», Libro de Trabajos, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 99.
[8] Études sur la Francmaçonerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, París, 1978, vol. II, pp. 45.46.
[9] El texto en que se funda la masonería moderna de 1717, comienza con estas palabras: «Adán, nuestro primer padre, creado a imagen de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, debió de tener escritas en su corazón las Ciencias Liberales, particularmente la Geometría, porque aún después de la Caída, hallamos los Principios de ella en el corazón de su prole», La Constitución de 1723, ed. Alta Fulla, Barcelona, 1998, p. 31.
[10] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 54.
[11] Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola editors, Tarragona, 2000, t. I, pp. 146 y 91, respectivamente.
[12] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 60.
[13] Op. cit., p. 146.
[14] Op. cit., p. 142.
[15] Jaime González, fenecido hace dos años, debía publicar este trabajo como la segunda parte de «Palabras Sagradas y Qabbalah en la Masonería (I)», en la revista Letra y Espíritu (nº 19, abril de 2004, pp. 46-56), que fundó y dirigió.
[16] Véase Paul Villaud, La Kabbale juive, ed. d’aujourd’hui, Paris, s.a., vol. II, pp. 12-13.
[17] En el Sefer ha-Bahir corresponde a Yesod, ‘Fundamento’.
[18] El Libro de la Claridad, ed. Obelisco, Barcelona, 1985, CLV.
[19] De Verbo Mirifico, en Cristianismo y filosofía oculta, Colección La Puerta, nº 53, 1998, p. 28.
[20] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 149.
[21] En latin, verbum significa ‘palabra’ y también ‘voz’.
[22] Aurora consurgens, edición de Maria-Louise von Franz, ed. La Fontaine de Pierre, París, 1982, p. 155 y n. 79.
[23] Pierre Girad-Augry, «La Tradition du Nom chez les opératifs», en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 13, 1986, p. 69.
[24] El nombre de Chaday (שרי) se compone en ש , ‘que’ y  רי , ‘suficiente’, es decir, que con este nombre basta, es suficiente.
[25] Se suele traducir el término hebreo Chadday por «Dios Todopoderoso», siguiendo a San Jerónimo, que se sirvió de la expresión Deus omnipotens, lo cual no se ajusta a su sentido hebreo. Como hemos dicho, los nombres de Dios no son traducibles, deben conservarse en su lengua original, como ha hecho la masonería.
[26] Raoul Bertaux, La symbolique au grade de Maitre, Ed. EDIMAF, París, 1990, p. 84.
[27] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1984, p. 46.
[28] Arturo Reghini, Les Mots Sacrés et de Passe, ed. Arché, Milán, 1985, p. 104.
[29] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 57.
[30] Himnos homéricos, ed. Gredos, Madrid, 1988, p. 234.
[31] Probablemente existe un origen común entre kybitzô y el vocablo hebreo qaba (קבע), la raíz hebraica de la Kabah de La Meca, cuyo significado es ‘dado, dar forma cúbica’, ‘joven púbera’ y ‘llenar un vaso’. En árabe, la kibbela es la dirección hacia La Meca, hacia donde se dirigen los musulmanes.
[32] Colección La Puerta, nº 64, p. 96-97.
[33] Así lo expresa El Mensaje Reencontrado (VIII, 54’): «El fuego de Dios edifica la vida. El de los hombres la consume. No obstante, la suavidad del segundo puede manifestarse la virtud del primero».
[34] Florilegio epistolar, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 22. Es un comentario del versículo x, 63’ de El Mensaje Reencontrado.
[35] El Mensaje Reencontrado XXX, 41’. Por su parte, Proclo escribe que los dioses indican las cosas a los hombres «sin necesidad de instrumentos corporales, configurando el aire según su propia voluntad. Pues siendo más fácil de modelar que la cera (Platón. Rep. IX 588d1-2), el aire recibe de las más intelecciones divinas marcas que proceden de los dioses móviles, y que llegan hasta nosotros a través de ruido, sonido y modulación. Así, en efecto, decimos que se transmiten los oráculos de parte de los dioses».
[36] S. Mayassis, Mystères et Initiations de l’Égypte Ancienne, B.A.O.A., Atenas, 1957, p. 68.
[37] Véase también Colosenses, 2, 11 y Hechos 7, 51: «Duros de cerviz e incircuncisos de corazón»
[38] Malal, ‘hablar’, tiene en guematría el valor de 100, por eso Abraham tuvo un hijo a los cien años. Naturalmente, se trata de la generación mesiánica. En el ritual llama «Crata Repoa» se dice que en el séptimo y último grado se le circuncida la lengua, Michel Monereau, Les secrets hermétiques de la Franc-maçonnerie et les Rites de Misraim et Memphis, ed. Axis Mundi, Paris.
[39] Emmanuel d’Hooghvorst, op. cit. p. 19.