Mostrando entradas con la etiqueta Deletrear. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deletrear. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de febrero de 2012

Palabra

Las Tres Grandes Luces
Entrada del "Diccionario Masónico. Simbolismo y Aspectos Históricos según la Tradición", Alexis Hatman, Revista Letra y Espíritu, Barcelona, 2007.

El Aprendiz y el Compañero sólo pueden «deletrear» sus palabras sagradas; únicamente el Maestro puede, a partir de sus elementos literales tomados separadamente, reconstruir la Palabra, es decir, «recobrar la Palabra Perdida», que, en su sentido más profundo, es el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·.; dado que el nombre verdadero de un ser es la expresión de su esencia misma, la reconstitución del nombres es, pues, simbólicamente, lo mismo que la de ese ser.

Mientras se permanece en la multiplicidad de la manifestación sólo se puede deletrear el nombre del Principio discerniendo el reflejo de sus atributos en las criaturas, expresándose de modo fragmentario y disperso. [1]

La «palabra sagrada» del grado de Maestro es manifiestamente una «palabra substituída», por otro lado deformada de varios modos, hasta el punto de haber dado lugar a dos palabras supuestamente distintas, una «palabra sagrada» y una «palabra de pase», intercambiables según los distintos ritos, y que en realidad no son más que una. Si se restituye la forma correcta de esta «palabra substituída», se ve que en realidad es una pregunta, y la respuesta a la cuestión planteada sería la verdadera «palabra sagrada» o «palabra sagrada», es decir, el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·. [2]

La «palabra sagrada» es identificada simbólicamente al Tetragrama. [3]

Según la leyenda, la «palabra» de los Maestros estaba en posesión de tres personajes que tenían el poder de comunicarla: Salomón, Hiram, rey de Tiro, e Hiram Abi, como para comunicarla regularmente y en forma ritual, era necesario el concurso de los «tres primeros Grandes Maestros», al morir Hiram-Abi, esta comunicación se hizo imposible. [4]

 La silaba es el elemento realmente indivisible de la palabra pronunciada; es de señalar que hasta la «palabra substituída», siempre está compuesta por tres sílabas, que son enunciadas separadamente en su pronunciación ritual. [5]

El identificar simbólicamente el Tetragrama con la «palabra perdida» apunta a una pronunciación trisilábica del mismo; el estar formado por cuatro letras, se puede decir que es expresión de su aspecto «substancial», mientras que la pronunciación, con la voz mediante tres sílabas hace referencia a su aspecto «esencial». [6]

En la India, la Shakti (=Shejinah: la Presencia divina) está explícitamente identificada con la diosa Vach (la Palabra). [7]

La forma fragmentada en que se transmite la palabra sagrada forma parte de una técnica muy antigua para el aprendizaje de la lectura, que de entrada se hacia letra a letra, después sílaba a sílaba, acabando con la memorización de la palabra entera. Esta técnica permitía anclar la palabra a la memoria como una imagen, o como un grupo de imágenes (letras, sílabas) lo que permitía jugar con ellas y establecer nuevas relaciones de sentidos. [8]

Ciertamente es paradójico constatar que aquello que tiene relación con el mundo de la completitud no puede ser transmitido más que en forma fragmentada. [9]

Un ritual americano propone una variante interesante en la transmisión de la palabra de primera grado, deletreándose ABOZ, aunque se lea B--- [10]

Los Ritos Antiguos (Rito Escocés Antiguo y Aceptado y anglosajones) tienen B--- como palabra sagrada de Aprendiz y J---- como de Compañero, pero la situación se invierte en los Ritos Modernos, que además tienen una palabra de pase para el Grado de Aprendiz. Una palabra de pase es coherente en la lógica de paso de un Grado a otro. En efecto, se comunica muy poco antes de que un candidato a otro Grado sea aceptado para dar el paso. No es el caso del candidato profano que no posee nada en el dominio iniciático [11]

Si se restituye la forma correcta a la «palabra sagrada» del grado de Maestro, uno se da cuenta de que su sentido es completamente distinto de aquellos que le son atribuidos: esta palabra en realidad no es sino una pregunta, y la respuesta a esta pregunta sería la verdadera «palabra sagrada» o la «palabra perdida», es decir, el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·. [12]

Según Guénon, esta «pregunta» se lee mejor aún en árabe que en hebreo; añade Tourniac que está designada por las dos letras hebreas que sellan el mandil del Maestro Masón en algunos ritos, dos letras de valor numérico total 42, es decir, 3 x 4. [13]

Notas:
[1] René Guénon, “Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada”, EUDEBA, 1988, cap. XLVI.
[2] René Guénon, “Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage” vol. II, Editions Traditionnelles, 1995, Paris, pp. 36-37
[3] Idem, p. 38
[4] Idem, p. 45
[5] Idem, p. 46
[6] Idem, p. 48-49.
[7] Patrick Geay, “Mystères et significations du Temple maçonnique”, Éditions Dervy, Paris, 2000, p. 126.
[8] Philippe Langlet, “Des Rits maçonniques” vol. I, Éditions Dervy, Paris, 2004, p 356.
[9] Idem, p. 360.
[10] Idem, p 354.
[11] Idem, pp. 402-403.
[12] René Guénon, “Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage” vol. II, Editions Traditionnelles, 1995, Paris, p 37.
[13] Jean Tourniac, “Les Tracés de Lumière”, Éditions Dervy, 1987, Paris, p. 37.







Watch Cabala.El Lenguaje Secreto de Dios.avi in Travel & Culture  |  View More Free Videos Online at Veoh.com

sábado, 2 de julio de 2011

La palabra creadora en Masonería; por Pere Sánchez Ferré

Artículo publicado en la revista La Puerta. Retorno a las fuentes tradicionales, nº 65, julio 2006, Tarragona, Arola Editors., pp. 99-116.

La existencia de la masonería está estrechamente vinculada a la cábala hebrea, cuya presencia se hace evidente en el uso de palabras, de nombres de Dios que figuran en los rituales de los diferentes grados y en todos los Ritos y sistemas masónicos, tanto antiguos como modernos. A cada grado le corresponde una palabra sagrada y una de paso, aunque en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado el primer grado no tiene palabra de paso, de manera que el aprendiz utiliza la única palabra que ha recibido, la sagrada, para acceder al templo.

La mayoría de estas palabras son hebreas y han mantenido su fonética en esta lengua hasta la actualidad, aunque a veces se den alteraciones importantes, en muchos casos debido al desconocimiento del hebreo. Se conservan en su lengua original porque así mantienen su poder; no pueden traducirse sin que pierdan su eficacia, ya que no son de invención humana: pertenecen a una lengua sagrada [1]. Platón escribe que los nombres de los dioses son eternos, y son los correctos «por naturaleza y no por convención». Para el filósofo griego, el creador, el demiurgo universal, es también el «primerísimo onomaturgo[2], creador de los nombres», por es esa razón aquellos que se han encontrado con daimones o ángeles, «han aprendido de ellos nombres más ajustados a las cosas que cuantos vienen impuestos por los hombres»[3].

Court de Gebelin dirá que los nombres de Dios detentan su fuerza y poder en la lengua original que fueron revelados debido a que:

La justa relación entre los nombres y los objetos que designan es lo que confiere la fuerza y la energía a las palabras. […] hay aquí como un retrato que no puede ser arbitrario, sino que debe ser conforme a su modelo. [4]

Estas razones son suficientes para no alterar los nombres sagrados, como ha hecho la masonería.

En el pensamiento tradicional, las palabras aluden directamente a las cosas que designan. Un buen ejemplo de ello nos lo proporcionan los nombres de Dios que figuran en la Biblia, donde en la mayoría de casos a cada estado y función de la divinidad corresponde un nombre determinado, cuyo significado nos revela su naturaleza. Esta relación íntima sobre el nombre y lo que éste designa no es, evidentemente, patrimonio del judaísmo, sino que es propio de todo el pensamiento antiguo. Nada en la creación es fortuito, sino que todas sus partes y elementos guardan entre sí una relación, un vínculo natural establecido por el Creador, lo cual se manifiesta también el lenguaje.

La realidad era aprehensible porque las palabras y las cosas no estaban separadas [5] y el signo no era arbitrario, como piensa la modernidad, pues en cada cosa y en cada criatura estaba inscrita una señal que la hacía reconocible, identificable. Así, el mundo tenía significado, era inteligible gracias al lenguaje. Así, también el ser humano era y es cognoscible gracias a que también él posee un signo de identificación, que consiste en la partícula divina que contiene, es decir, Dios en el hombre, que es la palabra perdida en masonería; esta es su dignidad, en el sentido que lo afirmo Pico della Mirandola; gracias a esta palabra divina sepultada en la naturaleza humana, el hombre puede ser el rey de la creación y el centro del mundo.

Respecto a la relación verídica entre las palabras y las cosas, la tradición escrituraria hebrea (a la que hemos aludido) nos proporciona un ejemplo paradigmático, pues cada nombre de Dios designa las cualidades, funciones y estados que le son propios. He aquí algunos ejemplos: cuando el nombre alude a la fuerza de la divinidad celeste, se usa el término El (אל), que significa ‘fuerza’. El nombre de Elías representa al profeta que ha encarnado a Dios; en hebreo es Eliahú (אליהו), compuesto por dos nombres de Dios, el celeste, Elí (אלי), ‘mi Dios, mi Fuerza’ y Hu, (הו) el dios sepultado en el hombre, que se unen en el ser humano que ha sido bendecido.

Cuando Dios es el fuego del cielo, lleva el hombre de Uriel (uri, ‘mi fuego’ ‘de El’); cuando cura, Rafael (‘curación de El’); cuando, en el cristianismo, visita y fecunda a la Virgen pura, es llamado Gabriel (el ‘macho’, guever, de ‘Dios’, El).

En las palabras sagradas y de paso que emplea la masonería prevalece este mismo principio, aunque intervienen otros elementos que han modelado su uso con claves complementarias.

Nombrar, crear

La palabra es creadora, contiene una fuerza primigenia que nace del fondo del hombre, de su dios. Gracias a este origen divino, nombrar supone activar la sustancia misma de lo nombrado. Hablar es reanimar, actualizar fuerzas, cualidades y estados de la divinidad, donde ya no existe separación entre el nombre lo nombrado. Conocer el nombre de las cosas es acceder a su sustancia más íntima, a su naturaleza secreta. Pero es imposible conocer la divinidad sin unirnos a ella. Sin embargo, mientras esto no ocurre, podemos acercarnos al secreto de las palabras y de aquello que designan, encaminando nuestro estudio hacia el origen de los nombres, pues dirigirnos al origen es volvernos hacia nuestra simiente, y de ella al germen, donde reside toda su fuerza generadora. Así, por medio de la etimología emulamos el camino que deberemos seguir hacia nuestro propio principio, a fin de descubrir, por revelación, la palabra oculta en nosotros y ser reengendrados por el Espíritu.

Sin embargo, en la perspectiva de la nueva creación, no es el hombre exterior quien lee y escribe, quien construye el templo nuevo, sino el Gran Arquitecto del Universo, abriendo el libro, clarificando el espejo donde el cielo se leerá, se dirá y se reencontrará con su mitad humana. En términos de construcción y geometría equivale a convertir la piedra caótica, oscura y bruta (de latín brutus, ‘animal’) en piedra cúbica, apta para el templo reconstruido en la pureza.

Un antiguo ritual masónico dice que «los hombres pretenden construir, pero es en vano si el Gran Arquitecto del Universo no construye él mismo» [6].

La palabra sagrada

Ignoramos muchos de los nombres que se empleaban en la masonería medieval inglesa, pero sí sabemos que existían palabras de reconocimiento a fin de evitar que los albañiles y picapedreros no iniciados accedieran a las logias o templos en los que se celebraban las ceremonias masónicas. Sin embargo, gracias a los rituales de los siglos XVI y XVII que se han conservado, conocemos las diferentes palabras sagradas y de paso que utilizaban, y todos ellos concuerdan en que para acceder a la logia, al lugar en que se realizan los trabajos de la construcción sagrada, es necesario conocer o poseer una palabra de paso. Dichos rituales constituyen el testimonio de una tradición más antigua, básicamente oral, que sobrevivió hasta la época moderna.

Como indica su nombre, es una palabra de paso porque su posesión permite al iniciado pasar de lo profano a lo sagrado, simbolizado por la gloria. Se accede así el lugar de la nueva creación [7]. El aprendiz representa al verdadero iniciado que comienza la andadura hacia su propia regeneración, pero sólo está en los inicios de la Obra, ya que posee la palabra sagrada, pero –como dice el ritual— aún no sabe «leer ni escribir» dicha palabra, sólo puede deletrearla.

René Guénon observa que la «sílaba es el elemento indivisible de la palabra pronunciada» [8]. Por lo tanto, si relacionamos la letra, elemento primero de la escritura, con la silaba, primer elemento del lenguaje oral, ambas equivaldrían a la primera materia con la que se construye el templo.

El aprendiz sólo sabe deletrear, por lo tanto, no habla, es decir, el verbo interior aún no se ha manifestado en él. Por esa razón saluda con un signo llamado «gutural». Conoce los elementos básicos que componen la palabra, las letras, conoce la primera materia de la creación, pero aún no la ha llevado a su perfección.

Así el aprendiz ha de aprender a leerse y a decirse, puesto que es en su propia tierra donde la palabra está sepultada. Es su propio Dios, su Señor, quien está abandonado en los fundamentos del edificio en ruinas, también llamado piedra bruta [9].

Nuestra piedra bruta es un caos que debe ser ordenado o leído. También es el libro de la naturaleza que debe ser abierto, lo que corresponde al hombre regenerado, según decía Emmanuel d’Hooghvorst.

La hermenéutica tradicional enseña que leer y escribir aluden a fijar, a poner límites a lo ilimitado. El aprendiz ha recibido el don del cielo y este don se ha de realizar en él, pues es un proceso por el cual –dice la tradición hermética— el don inicial toma cuerpo y se solidifica hasta su completa pureza, para asumir después la fuerza verbal y gloriosa.

Misterios corporales.

Los misterios de la regeneración son corporales, puesto que son la sustancia y la esencia divinas en el hombre las que deben ser regeneradas, lo cual es enseñado en los antiguos textos de la masonería, donde la cábala hebrea no sólo está presente en las palabras sagradas y de paso, sino también, como ya hemos dicho, en los toques y signos masónicos, todos referidos al cuerpo humano.

En el manuscrito Dumphries se pregunta:

¿Dónde reposa la llave de vuestra logia?

Y se responde:

En una caja de hueso recubierta de pelo erizado. [10]

Aquí resultan obvias las referencias al sexo. Es un pelo «erizado» porque se trata de la naturaleza humana (el pelo animal) que aún no ha sido bendecida o suavizada. Enmanuel d’Hooghvorst cita al respecto un comentario de san Jerónimo sobre el pasaje del Cantar de los Cantares 1, 2:

[…] Si quieres buscar, busca y ven a vivir a mi lado en el bosque. En el mismo sitio, la Iglesia en llantos recibe la orden de gritar desde Seir, puesto que Seir se traduce por ‘velludo’ o ‘erizado’. Se trata de expresar el antiguo erizamiento de los gentiles.

Además de ser un topónimo, Seir (שעיר) significa ‘habitante del bosque’ y también ‘satiro’, ‘macho cabrio’, términos éstos de evidentes connotaciones sexuales. Como escribe el autor de El Hilo de Penélope, «los misterios del verbo son sexuales» [11].

El mismo manuscrito insiste más adelante en la cuestión:

¿Cuál es la longitud de vuestra cuerda?

Y se responde:

Es tan larga como la distancia que existe entre el lugar de mi ombligo y mis cabellos más cortos. [12]

En el manuscrito inglés del Trinity College (de finales del siglo XVII) se indica que los maestros se saludaban presionando la columna vertebral y colocando la rodilla entre las del otro hermano [13].

Otro texto de la masonería antigua explica que se daba la Palabra de Maestro de manera que dos hermanos se estrechaban mutuamente la mano derecha, mientras los dedos respectivos de la mano izquierda presionaban fuertemente las vértebras cervicales. [14].


En el toque del grado de aprendiz se relaciona la mano con nombres de Dios, de manera que a cada falange le corresponde una letra (véase figura), lo cual está tomado de la cábala hebrea. Dicho toque se realiza de manera que un hermano presiona con su pulgar derecho la primera falange del dedo índice de la mano derecha del aprendiz. Las letras que corresponden a estas dos falanges (del pulgar y del índice) son la pe (פ) y la he (ה), cuyos valores respectivos son 80 y 5. La suma, 85, es el valor numérico de la palabra sagrada del aprendiz, Boaz (בעז), siempre que se incluya la letra vav (ו), que está oculta, como observó Jaime González [Santiago de Vilanova] es un trabajo inédito sobre los nombres sagrados en la masonería [15].

En la cábala judaica, las manos unidas son una imagen del Tetragrama, pues a la mano derecha se le asigna las letras YH (יה), y a la izquierda, VH (וה), de manera que uniéndolas tenemos el Nombre de Dios reunificado: יהוה

La unión de la manos también es una alusión a la unificación del Nombre, pues las dos se convierten en una sola; la izquierda simboliza Elohim, el Rigor o Juicio (Din), y a la derecha, la Clemencia (Guedulah) o el Tetragrama. [16]

En los textos antiguos de la cábala se hacen otras alusiones al cuerpo humano en el Sefer ha-Bahir, donde se explica acerca de la séptima sefirá [17].

[…] suele decirse que es el Levante del mundo. Es de allí que viene la simiente de Israel, pues la columna vertebral se prolonga desde el cerebro hasta su miembro viril, por eso la simiente viene de arriba, tal como lo establece Isaías 43, 5: Del Levante traeré tu generación. [18]

De hecho, las alusiones a la anatomía sagrada del cuerpo humano se encuentran en todas las tradiciones; el hinduismo es prolífico al respecto. Véase también la carta número 19 del Tarot de Marsella (El Sol).

Los tres puntos

Además de los distintos nombres y palabras sagradas, la masonería utiliza con profusión un nombre de Dios de apariencia extremadamente simple, pero con un contenido muy rico y profundo.

Se trata de un símbolo omnipresente en los textos masónicos, tanto doctrinales como administrativos, que consiste en tres puntos ordenados en forma de triángulo.

Esta forma sucinta y geométrica de representar a Dios tal vez tenga su origen en los jeroglíficos egipcios. Según Reuchlin, para escribir el nombre de Dios sin profanarlo, los caldeos «usaron una figura de tres puntos unidos en forma de semicírculo o de triángulo» [19].

Los tres puntos son también una manera de representar la letra delta griega, que es una imagen geométrica de Dios. La letra delta o triángulo es también el símbolo del fuego y revestía gran importancia entre los pitagóricos, para quienes el tres era el número perfecto, asignado al Todo (Pan), lo cual recoge Aristóteles en su obra Sobre el Cielo (I, 1, 268 a):

«El número tres define al Todo y todas las cosas, pues es aquello que constituye la Tríada: fin, medio y comienzo, que también constituyen el Todo».

La triple voz

En la Orden francmasónica, lo triple reviste otros aspectos. Uno de ellos es la triple voz del grado de maestro, usando en épocas pretéritas.

En el manuscrito Graham, de 1726, se dice que no es posible enseñar la «noble manera de construir» sin que se pronuncie la «triple voz» [20]. En otros textos medievales se explica que una logia sólo podía ser abierta para llevar a cabo los trabajos de ritual con el concurso de tres maestros masones, cada uno de los cuales disponía de una varita; juntándolas, se obtenía un triángula rectángulo pitagórico. De igual modo, la palabra sagrada del maestro constaba de tres silabas, y cada uno de ellos pronunciaba una de las tres; entonces la palabra perdida era recuperada.

En algunos textos alquímicos medievales como Aurora consurgens, se habla de «tres palabras preciosas [Tria verba [21] pretiosa] en las que se halla oculta toda la ciencia que debe ser daba a los hombres piadosas».

También en el Liber trium verborum, atribuido al rey Calid, se encuentran dichas «tres preciosas palabras secretas y descubiertas, que no son dadas a los malvados, impíos e infieles, sino a los fieles y a los pobres, desde el primer día hasta el último» [22]

El Chadai y el Tetragrama

Uno de los nombres sagrados en la antigua masonería era el de Chadai (שרי). Estaba presente en las ceremonias de apertura y clausura de los trabajos en la logia, en los juramentos y en las obligaciones. Los trabajos de apertura en el grado de Aprendiz (del año 1663) comenzaban con Estas palabras: «Muy Santo y Glorioso El Chadai, Gran Arquitecto del cielo y de la tierra» [23].

Por lo tanto, el Gran Arquitecto del Universo no sólo era el equivalente al Tetragrama, sino también a El Chadai, lo cual tiene su razón de ser, puesto que en la cábala hebrea es él quien comienza la Obra [24].

Chadai o El Chadai es un nombre de Dios que, en el Antiguo Testamento, siempre está vinculado a la experiencia iniciática, si se lee el texto en clave cabalística; véase, por ejemplo, Génesis 17, 1.

Era Abram de noventa y nueve años de edad, cuando le apareció YHVH y le dijo: Yo soy El Chadai, anda delante de mí y sé perfecto. [25]

En la cábala, el nombre de El Chadai corresponde al Dios que bendice, como en el texto citado.

En Francia, antiguamente, el Nombre del grado de Maestro era el Tetragrama (יהוה ) [26], la Palabra completa.

En la masonería del siglos XVIII, cuando el masón recibía la Palabra de Maestro, Hiram era enderezado, resucitaba [27]. Este aspecto ritual procedía de la Edad Media e indica que hemos de ser erguidos o reconstruidos gracias al Nombre de Dios reunificado. Aquí Hiram puede asimilarse a Osiris y también a Cristo resucitado en el hombre.

Cuando en los antiguos rituales masónicos del tercer grado se dice que «un cadáver espera la resurrección» [28], se alude a esta palabra, a este Hiram u Osiris-Cristo en su tumba, que resucita para completar la creación verdadera, la obra de Dios, cuyos misterios se dramatizan magistralmente en los diferentes Ritos de la masonería.

En el manuscrito Dumphries, de c. 1710, leemos que Cristo muerto  y resucitado equivale al templo destruido y reconstruido. [29]

La piedra cúbica

La piedra cúbica, como la piedra bruta, siempre están presentes en la logia y simbolizan la obra de regeneración humana a la que aspira el masón. La piedra bruta debe ser extraída de nuestro caos y convertida en una piedra perfectamente cúbica. Después debe ser afinada o sutilizada a fin de que se vuelva piramidal. Quien da la medida de todo –enseñaba Emmanuel d’Hooghvorst— es la piedra angular, Cristo, de quien san Pablo escribió que era la piedra de ángulo (en Efesios 2, 19-20).

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra de ángulo Jesucristo mismo […]

Si trasladamos la doctrina masónica al lenguaje teológico y al alquímico, veremos que la piedra cúbica de fundación es llamada María, no porque sea necesariamente una mujer, sino porque es la primera parte de la obra alquímica de regeneración, el misterio femenino. Su culminación es Cristo, el estado masculino, el Verbo, la piedra piramidal.

Decir que la virgen María es la piedra cúbica no es un despropósito, pues si bien la iconografía cristiana no abunda en imágenes de vírgenes cúbicas, si lo hace la tradición griega con la diosa Cibeles.

Esta divinidad es llamada en los Himnos homéricos «madre de todos los dioses y de todos los hombres» [30]. Su nombre, Kybele (κυβέλη), procede de kybos laos (κύβος λαας), ‘cubo’ o ‘dado de piedra’, y el verbo kybitzô (κυβιζω) significa ‘formar un cubo’ [31].

La piedra bruta masónica, que es la propia del aprendiz, es lo que nos queda de Dios, y debe ser purgada, fecundada [32] y convertida en un cubo, trabajo que corresponde al grado de compañero. El hijo de esta virgen cúbica es el Verbo, la palabra perdida y reencontrada, o la piedra piramidal del maestro. Así, los tres grados masónicos contienen todo el misterio del cristianismo y de la regeneración alquímica. Tal vez sin saberlo, los masones han perpetuado hasta hoy día la tradición mariana del catolicismo.

Encontrar La Palabra, construir el templo

¿Cuál es el objetivo primordial, iniciático de la masonería? Todos los Ritos y sistemas afirman, bajo aspectos diferentes, que es la construcción o reconstrucción del Templo.

Veremos a continuación que dicho edificio se fundamenta en nombres de Dios, o en el Nombre de Dios. Más aún, pues podría decirse que es el propio Nombre de Dios el que debe ser reconstruido o reunificado, por esa razón la palabra perdida es uno de los temas esenciales y más rico en símbolos y alusiones herméticas que conserva aún la masonería.

¿Y cuál es el lugar donde se construye? En el edificio en ruinas de la humanidad. Hay que bajar a esas ruinas abandonadas para edificar de nuevo el templo, hay que visitar estos yacimientos para hallar la palabra abandonada. Esta palabra de Dios posee una fuerza particular que edifica cuerpos o templos nuevos, y es también un fuego que reconstruye. [33]

La lengua latina expresa claramente esta relación entre el nombre y la fuerza, pues nomen significa ‘nombre’, y numen ‘poder, voluntad divina, inspiración divina, providencia’. Nomen procede de nosco, ‘conocer, aprender’.

Louis Cattiaux escribió a un amigo que quien dispone de la luz concentrada puede «crear con Dios». «De otro modo –continúa— y en menor grado, es posible modelar la luz esparcida por resonancia, lo que se hace con los nombres secretos […]» [34]

En su Mensaje Reencontrado nos habla de los nombres creadores:

Estos Nombres divinos se escriben, se deletrean, se nombran y se cantan para dar las formas y para deshacerlas; es un secreto que Dios sólo confía a los renunciados que prefieren morir antes que matar. [35]

El sentido puro

Para construir un templo inmortal es preciso tener los sentidos purificados, por eso los masones trabajan con guantes blancos. La mano es el jeroglífico de los sentidos, o, para ser precisos, del sentido interior que se encuentra oculto y envilecido en el ser humano. Es el hombre viejo de San Pablo, y debe sufrir un proceso regenerador gracias a la bendición de Dios, que corresponde a la iniciación.

En la tradición egipcia, una de las ceremonias más secretas de los misterios iniciáticos era la llamada «ceremonia de obertura de la boca», por la cual el muerto Osiris recuperaba (en el secreto interior del iniciado) el uso de sus miembros, dándole una nueva vida a fin de poder gozarla y ser divinizado. [36]

En el Antiguo Testamento, esta apertura del verdadero sentido interior es representada por la boca, que alude a la capacidad de hablar del verbo regenerado, y que en definitiva es la verdadera circuncisión que abre la puerta a la palabra profética y creadora: véase lo escrito en Éxodo 4, 10-12.

Entonces dijo Moisés a YHVH: […] soy tardo en el habla y torpe de lengua. […] Y YHVH le respondió: […] yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que hayas de hablar.

San Pablo se refiere al significado secreto de este misterio al escribir que lo importante no es el ritual que nos recuerda una circuncisión que desconocemos, sino la verdadera circuncisión, que es la del corazón: «Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; […] y la circuncisión es la del corazón» [37]

Este corazón es la carne de nuestro fundamento divino (el sentido) que debe ser circuncidada, lo cual corresponde a la segunda parte de la obra de regeneración, según la enseñanza de Emmanuel d’Hooghvorst.

En hebreo, ‘circuncidar’, mul (מול) tiene la misma raiz que hablar: malal (מלל) [38], lo cual nos indica que la circuncisión permite recuperar la palabra perdida. Es la lengua de los pájaros o de los ángeles, el verbo profético, pues el cielo se ha encarnado, se ha hecho Verbo y Dios habla en un hombre.

Escribe san Pablo en Gálatas 6, 11-18: «[…] porque yo traigo impresas en mi cuerpo las señales del Señor». Tal vez éstas correspondan a la elocuente herida de la que habla el autor de El Hilo de Penélope. [39]

Así, el masón que ha sido sometido a la purificación de su sentido interior conocerá el misterio del Verbo encarnado actuando en su secreto.

El Verbo es el Dios de los vivos. Los muertos no hablan, por eso en los rituales fúnebres de la masonería se escuchan sonidos mate.

Como hemos visto, el misterio de la palabra es corpóreo, pues Dios sólo puede ser conocido en el ser humano, y quien posee su palabra se conoce a sí mismo en el sentido platónico; ha resuelto el enigma y vivirá.

Todo ello es dramatizado en los rituales masónicos y sus elementos esenciales han sobrevivido a lo largo de los siglos como memento y enseñanza, como exhortación a la sabiduría y como acto mágico encaminado a actualizar el misterio de la palabra creadora en el masón.

La iniciación masónica verdadera (dramatizada en los rituales) da a conocer esta palabra que permite acceder al trabajo de reconstrucción del templo, o de recuperación de la palabra extraviada en la carne del mundo. Esta experiencia secreta conducirá al masón a reunificar la palabra de Dios y dar testimonio del misterio supremo de la regeneración humana, el misterio de la Unidad.

Notas:

[1] Jámblico advierte que si se traducen los nombres de Dios «no conservan por completo el mismo sentido, pues en cada pueblo hay características lingúísticas imposibles de ser expresadas en la lengua de otro pueblo; no obstante, incluso si se pueden traducir nombres, ya no conservan el mismo poder», Misterios de Egipto, 7, 4-5, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1997, pp. 199-200.
[2] Palabra compuesta de onoma, ‘nombre’ y theos –érgon, ‘obra de Dios’.
[3] Proclo, Lecturas del Crátilo de Platón, ed. Akal, Madrid, 1999, pp. 82 y 88.
[4] Court de Gebelin, Histoire naturelle de la Parole, París, 1776, pp. 7-8 y 15.
[5] Véase la obra de Michel Foucault, las palabras y las cosas, ed. Siglo XXI, Madrid, pp. 49-52, passim.
[6] Le Regulator du Maçon (obra de 1783), Les Éditions du Prieuré (F), 1994, pp. 243-244.
[7] En la obra masónica inglesa Ahiman Rezon, de 1778, ejemplo de una masonería aún muy cristiana, leemos que San Pedro es quien da: «la palabra de paso, el toque y el signo, / San Pedro nos abre, y así entramos / A un lugar preparado para los libres de pecado; A aquella logia celestial que está bien a cubierto / un lugar preparado para todo masón puro», N. Barker Cryer, «La descristianización de los grados de oficio», Libro de Trabajos, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 99.
[8] Études sur la Francmaçonerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, París, 1978, vol. II, pp. 45.46.
[9] El texto en que se funda la masonería moderna de 1717, comienza con estas palabras: «Adán, nuestro primer padre, creado a imagen de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, debió de tener escritas en su corazón las Ciencias Liberales, particularmente la Geometría, porque aún después de la Caída, hallamos los Principios de ella en el corazón de su prole», La Constitución de 1723, ed. Alta Fulla, Barcelona, 1998, p. 31.
[10] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 54.
[11] Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola editors, Tarragona, 2000, t. I, pp. 146 y 91, respectivamente.
[12] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 60.
[13] Op. cit., p. 146.
[14] Op. cit., p. 142.
[15] Jaime González, fenecido hace dos años, debía publicar este trabajo como la segunda parte de «Palabras Sagradas y Qabbalah en la Masonería (I)», en la revista Letra y Espíritu (nº 19, abril de 2004, pp. 46-56), que fundó y dirigió.
[16] Véase Paul Villaud, La Kabbale juive, ed. d’aujourd’hui, Paris, s.a., vol. II, pp. 12-13.
[17] En el Sefer ha-Bahir corresponde a Yesod, ‘Fundamento’.
[18] El Libro de la Claridad, ed. Obelisco, Barcelona, 1985, CLV.
[19] De Verbo Mirifico, en Cristianismo y filosofía oculta, Colección La Puerta, nº 53, 1998, p. 28.
[20] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 149.
[21] En latin, verbum significa ‘palabra’ y también ‘voz’.
[22] Aurora consurgens, edición de Maria-Louise von Franz, ed. La Fontaine de Pierre, París, 1982, p. 155 y n. 79.
[23] Pierre Girad-Augry, «La Tradition du Nom chez les opératifs», en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 13, 1986, p. 69.
[24] El nombre de Chaday (שרי) se compone en ש , ‘que’ y  רי , ‘suficiente’, es decir, que con este nombre basta, es suficiente.
[25] Se suele traducir el término hebreo Chadday por «Dios Todopoderoso», siguiendo a San Jerónimo, que se sirvió de la expresión Deus omnipotens, lo cual no se ajusta a su sentido hebreo. Como hemos dicho, los nombres de Dios no son traducibles, deben conservarse en su lengua original, como ha hecho la masonería.
[26] Raoul Bertaux, La symbolique au grade de Maitre, Ed. EDIMAF, París, 1990, p. 84.
[27] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1984, p. 46.
[28] Arturo Reghini, Les Mots Sacrés et de Passe, ed. Arché, Milán, 1985, p. 104.
[29] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 57.
[30] Himnos homéricos, ed. Gredos, Madrid, 1988, p. 234.
[31] Probablemente existe un origen común entre kybitzô y el vocablo hebreo qaba (קבע), la raíz hebraica de la Kabah de La Meca, cuyo significado es ‘dado, dar forma cúbica’, ‘joven púbera’ y ‘llenar un vaso’. En árabe, la kibbela es la dirección hacia La Meca, hacia donde se dirigen los musulmanes.
[32] Colección La Puerta, nº 64, p. 96-97.
[33] Así lo expresa El Mensaje Reencontrado (VIII, 54’): «El fuego de Dios edifica la vida. El de los hombres la consume. No obstante, la suavidad del segundo puede manifestarse la virtud del primero».
[34] Florilegio epistolar, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 22. Es un comentario del versículo x, 63’ de El Mensaje Reencontrado.
[35] El Mensaje Reencontrado XXX, 41’. Por su parte, Proclo escribe que los dioses indican las cosas a los hombres «sin necesidad de instrumentos corporales, configurando el aire según su propia voluntad. Pues siendo más fácil de modelar que la cera (Platón. Rep. IX 588d1-2), el aire recibe de las más intelecciones divinas marcas que proceden de los dioses móviles, y que llegan hasta nosotros a través de ruido, sonido y modulación. Así, en efecto, decimos que se transmiten los oráculos de parte de los dioses».
[36] S. Mayassis, Mystères et Initiations de l’Égypte Ancienne, B.A.O.A., Atenas, 1957, p. 68.
[37] Véase también Colosenses, 2, 11 y Hechos 7, 51: «Duros de cerviz e incircuncisos de corazón»
[38] Malal, ‘hablar’, tiene en guematría el valor de 100, por eso Abraham tuvo un hijo a los cien años. Naturalmente, se trata de la generación mesiánica. En el ritual llama «Crata Repoa» se dice que en el séptimo y último grado se le circuncida la lengua, Michel Monereau, Les secrets hermétiques de la Franc-maçonnerie et les Rites de Misraim et Memphis, ed. Axis Mundi, Paris.
[39] Emmanuel d’Hooghvorst, op. cit. p. 19.

jueves, 21 de abril de 2011

Reunir lo disperso; por René Guénon

Capítulo XLVI de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Publicado originalmente como artículo en la Revista Études Traditionelles, octubre-noviembre de 1946,


En una de nuestras obras [1], con motivo del Ming-tang y el Tien-ti Hui, hemos citado una fórmula masónica según la cual la tarea de los Maestros consiste en “difundir la luz y reunir lo disperso”. En realidad, la vinculación que entonces establecíamos se refería solo a la primera parte de esta fórmula[2]; en cuanto a la segunda parte, que puede parecer más enigmática, como tiene conexiones muy notables en el simbolismo tradicional, nos parece interesante ofrecer a ese respecto algunas indicaciones que no habían tenido lugar en aquella ocasión.

Para comprender del modo más completo posible aquello de que se trata, conviene referirse ante todo a la tradición védica, más particularmente explícita a este respecto: según ella, “lo disperso” son los miembros del Púrusha primordial, que fue dividido en el primer sacrificio realizado por los Deva al comienzo, y del cual nacieron, por esa división misma, todos los seres manifestados[3]. Es evidente que se trata de una descripción simbólica del paso de la unidad a la multiplicidad, sin el cual, efectivamente, no podría haber manifestación alguna; y ya puede advertirse que la “reunión de lo disperso”, o la reconstitución del Púrusha tal como era “antes del comienzo”, si cabe expresarse así, o sea en el estado de no-manifestación, no es otra cosa que el retorno a la unidad principial. Ese Púrusha es idéntico a Prajàpati, el “Señor de los seres producidos”, todos ellos surgidos de él y por consiguiente considerados en cierto sentido, como su “progenitura”[4]; es también Vishvakarma, o sea el “Gran Arquitecto del Universo”, y, en cuanto tal, él mismo realiza el sacrificio del cual es la víctima[5]; y, si se dice que es sacrificado por los Deva esto no constituye en realidad ninguna diferencia, pues los Deva no son en suma sino las “potencias” que porta en sí mismo[6].

Hemos dicho ya, en diversas ocasiones, que todo sacrificio ritual debe considerarse como una imagen de ese primer sacrificio cosmogónico; y, también, en todo sacrificio, según ha señalado A. K. Coomaraswamy, “la víctima, como lo muestran con evidencia los Bràhmana, es una representación del sacrificador, o, como lo expresan los textos, es el sacrificador mismo; de acuerdo con la ley universal según la cual la iniciación (dîkshâ) es una muerte y un renacimiento, es manifiesto que “el iniciado es la oblación” (Tattirîya-Sámhitâ, VI, 1, 4, 5), “la víctima es sustancialmente el sacrificador mismo” (Aitareya-Bràhmana, II, 11)”[7]. Esto nos reconduce directamente al simbolismo masónico del grado de Maestro, en el cual el iniciado se identifica, en efecto, con la víctima; por otra parte, se ha insistido a menudo sobre las relaciones de la leyenda de Hiram con el mito de Osiris, de modo que, cuando se trata de “reunir lo disperso”, puede pensarse inmediatamente en Isis cuando reunía los miembros dispersos de Osiris; pero, precisamente, en el fondo, la dispersión de los miembros de Osiris es lo mismo que la de los miembros de Púrusha o de Prajàpati: no son, podría decirse, sino dos versiones de la descripción del mismo proceso cosmogónico en dos formas tradicionales diferentes. Cierto que, en el caso de Osiris y en el de Hiram, no se trata ya de un sacrificio, al menos explícitamente, sino de un asesinato; pero esto mismo no introduce ningún cambio esencial, pues es realmente una misma cosa encarada así en dos aspectos complementarios: como un sacrificio, en su aspecto “dévico”, y como un asesinato, en su aspecto “asúrico”[8]; nos limitamos a señalar este punto incidentalmente, pues no podríamos insistir en él sin entrar en largos desarrollos, ajenos a nuestro tema actual.

De la misma manera, en la Cábala hebrea, aunque ya no se trate propiamente de sacrificio ni de asesinato, sino más bien de una suerte de “desintegración” —cuyas consecuencias, por lo demás, son las mismas—, de la fragmentación del cuerpo del Adam Qadmòn fue formado el Universo con todos los seres que contiene, de modo que éstos son como parcelas de ese cuerpo, y la “reintegración” de ellos a la unidad aparece como la reconstitución misma del Adam Qadmòn. Éste es el “Hombre Universal”, y Púrusha, según uno de los sentidos del término, es también el “Hombre” por excelencia; se trata en todo eso, pues, exactamente de la misma cosa. Agreguemos, antes de ir más lejos, que, como el grado de Maestro representa, virtualmente por lo menos, el término de los “pequeños misterios”, lo que hay que considerar en este caso es propiamente la reintegración al centro del estado humano; pero sabido es que todo simbolismo es siempre aplicable a distintos niveles, en virtud de las correspondencias que existen entre éstos[9], de modo que puede referírselo sea a un mundo determinado, sea al conjunto de la manifestación universal; y la reintegración al “estado primordial”, que por otra parte es también “adámico”, constituye como una figura de la reintegración total y final, aunque en realidad no sea aún sino una etapa en la vía que conduce a ésta.

En el estudio antes citado, A. Coomaraswamy dice que “lo esencial, en el sacrificio, es en primer lugar dividir, y en segundo lugar reunir”; comporta, pues, dos fases complementarias, de “desintegración” y “reintegración”, que constituyen el conjunto del proceso cósmico: el Púrusha, “siendo uno, se hace muchos, y siendo muchos, torna a ser uno”. La reconstitución del Púrusha se opera simbólicamente, en particular, en la construcción del altar védico, que comprende en sus diversas partes una representación de todos los mundos[10]; y el sacrificio, para realizarse correctamente, exige una cooperación de todas las artes, lo que asimila al sacrificador al mismo Vishvakarma[11]. Por otra parte, como toda acción ritual, es decir, en suma, toda acción verdaderamente normal y conforme al orden (rta), puede considerarse como dotada en cierto modo de un carácter “sacrificial”, según el sentido etimológico de este término (sacrum facere), lo que es válido para el altar védico lo es también, de alguna manera y en algún grado, para toda construcción edificada, conforme a las reglas tradicionales, las cuales proceden siempre, en realidad, de un mismo “modelo cósmico”, según lo hemos explicado en otras ocasiones[12]. Se ve que esto se encuentra en relación directa con un simbolismo “constructivo” como el de la masonería; y, por otra parte, inclusive en el sentido más inmediato, el constructor efectivamente reúne los materiales dispersos para formar un edificio que, si es verdaderamente lo que debe ser, tendrá una unidad “orgánica”’ comparable a la de un ser viviente, si se adopta el punto de vista “microcósmico”, o a la de un mundo, si se adopta el punto de vista “macrocósmico”.
Virgen de la Granada de S. Botticelli, 1487 (detalle)

Nos falta aún decir unas palabras, para terminar, acerca de un simbolismo de otro género, que puede parecer muy diferente en cuanto a las apariencias exteriores, pero que sin embargo no deja de tener, en el fondo, un significado equivalente: se trata de la reconstitución de una palabra a partir de sus elementos literales tomados separadamente[13]. Para comprenderlo, hay que recordar que el verdadero nombre de un ser no es otra cosa, desde el punto de vista tradicional, que la expresión de su esencia misma; la reconstitución del nombre es, pues, simbólicamente, lo mismo que la de ese ser. Sabido es también el papel que desempeñan las letras, en simbolismos como el de la Cábala, en lo que concierne a la creación o la manifestación universal; podría decirse que ésta está formada por las letras separadas, que corresponden a la multiplicidad de los elementos, y que reuniendo esas letras se la reduce por eso mismo a su Principio, con tal que esa reunión se opere de modo de reconstituir el nombre del Principio efectivamente[14]. Desde este punto de vista, “reunir lo disperso” es lo mismo que “recobrar la Palabra perdida”, pues en realidad, y en su sentido más profundo, esa “Palabra perdida” no es sino el verdadero nombre del “Gran Arquitecto del Universo”.

Notas:
[1] La Grande Triade, cap. XVI.
[2] La divisa de la Tien-ti Hui de que allí se trataba, es en efecto ésta:”Destruir la oscuridad” (tsing), restituir la luz (ming)”.
[3] Véase Rig-Veda, X, 90.
[4] La palabra sánscrita prâya es idéntica a la latina progenies.
[5] En la concepción cristiana del sacrificio, Cristo es también a la vez la víctima y el sacerdote por excelencia.
[6] Comentando el pasaje del himno del Rig-Veda que hemos mencionado, en el cual se dice que “por el sacrificio ofrecieron el sacrificio los Deva”. Sàyana señala que los Deva son las formas del hálito (prâna-rûpa) de Prajàpati [el ‘Señor de los seres producidos’, o sea el “Hombre universal”, determinación del Principio en cuanto formador del universo manifestado]. Véase lo que hemos dicho acerca de los ángeles en “Monothéisme et Angélologie” [E. T., octubre-noviembre de 1946. Estos son. en las tradiciones judaica, cristiana e islámica, el exacto equivalente de los Deva en la tradición hindú]. Es claro que, en todo esto, se trata siempre de aspectos del Verbo Divino, con el cual en última instancia se identifica el “Hombre universal”.
[7] "Atmâyajña: Self-sacrifice”, en el Harvard Journal of Asiatic Studies, número de febrero de 1942.
[8] Véase también, en los misterios griegos, la muerte y desmembramiento de Zagréus por los Titanes; sabido es que éstos constituyen el equivalente de los Ásura en la tradición hindú. Quizá no sea inútil señalar que, por otra parte, inclusive el lenguaje corriente aplica el término “víctima” tanto en los casos de sacrificio como en los de homicidio.
[9] De la misma manera, en el simbolismo alquímico hay correspondencia entre el proceso de la “obra al blanco” y el de la “obra al rojo”, de modo que el segundo reproduce en cierto modo al primero en un nivel superior.
[10] Ver “Ianua caeli”.
[11] Véase A. K. Coomaraswamy, Hinduism and Buddhism, p. 26.
[12] Los ritos de fundación de un edificio incluyen generalmente, por lo demás, un sacrificio o una oblación en el sentido estricto de estos términos. Inclusive en Occidente. cierta forma de oblación se ha mantenido hasta nuestros días en los casos en que la colocación de la primera piedra se cumple según los ritos masónicos.
[13] En el ritual masónico esto corresponde al modo de comunicación de las “palabras sagradas”.
[14] Mientras se permanece en la multiplicidad de la manifestación, no es posible sino “deletrear” el nombre del Principio discerniendo el reflejo de sus atributos en las criaturas, donde no se expresan sino de modo fragmentario y disperso. El masón que no ha llegado al grado de Maestro es aún incapaz de “reunir lo disperso”, y por eso “solo sabe deletrear”.