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domingo, 22 de marzo de 2015

El Constructor; por Léon Lieudat


Traducción del artículo Le Constructeur aparecido en la revista francesa Vers la Tradition, nº 139, Marzo-Abril-Mayo 2015.

Sobre la noción de Gran Arquitecto del Universo, lo esencial ya ha sido dicho antes de nosotros y sin nosotros [1]. No es sin embargo inútil volver sobre el sentido de esta expresión, con mayor razón cuando se constata la complacencia con la cual algunos, entre aquellos que son supuestos conocedores, mantienen la vaguedad y la confusión sobre una cuestión que parecen especialmente querer eludir [2]: es como si algunos de los que están llamados a ser constructores no tuvieran otro deseo que el de rechazar la piedra destinada a convertirse en piedra angular, estando bien situados para saber que «si el Señor no construye la casa, en vano trabajan aquellos que la edifican.»[3]

En un primer momento, el Constructor o Arquitecto no es tanto el Principio supremo considerado en él mismo, cuanto un aspecto divino, caracterizado por un tipo determinado de actividad, en correlación con la multitud ordenada de seres particulares, y más precisamente con el hombre (en tanto que «artesano» operando bajo su dirección y según su mandato.)

El recurso a un simbolismo que es en principio el de la construcción del Templo de Salomón, implica que la organización del Universo es en sí misma asimilable a la edificación de un Templo (en la cual el artesano humano es invitado a tomar parte). Esta asimilación apenas tendría sentido fuera de toda referencia a un principio divino, que debe poder ser considerado simultáneamente como transcendente (en tanto que es el Espíritu el que concibe y el que traza el plan del Edificio, el cual se distingue como el artista se distingue de su obra) y como inmanente (en tanto que no construye el Templo sino para hacer su «residencia» en él). Por otro lado, desde el punto de vista microcósmico, el obrero que da forma a la materia bruta según la Voluntad del Arquitecto (o el maestro de obra que participa en la traza del plan) toma parte en la edificación de un Templo espiritual que no puede situarse sino en el centro de su ser, y es en su corazón que debe encontrar lugar la residencia del Arquitecto. Teniendo en cuenta la analogía entre macrocosmos y microcosmos, el Templo al que el Universo se identifica no podría reducirse, como algunos parecen creerlo, al «mundo físico», es decir al mundo corporal [4], coincidiendo con la totalidad del dominio de la manifestación, que comprende los «tres mundos».

En la medida en que la totalidad de la manifestación es ordenada por el Gran Arquitecto, éste se distingue netamente del «demiurgo» entendido como «formador» del Corpus Mundi [5]. Pero, en contrapartida, el Gran Arquitecto no se confunde con el Principio Supremo, y no parece tampoco poder ser inmediatamente identificado a esta primera determinación del Principio supremo que constituye el Ser total, considerado en él mismo. El despliegue de la manifestación supone una «división» (aparente) del Ser en dos principios complementarios, y es primero por relación a este despliegue que el principio divino es designado como «Gran Arquitecto», que, entonces, corresponde más bien al principio activo que ordena el desarrollo de las potencialidades contenidas en el principio pasivo [6]; en términos de la tradición hindú, es un aspecto del Purusha considerado en correlación con Pakriti, «la substancia primordial indiferenciada» [7]: Vishwakarma, «el Espíritu de la construcción universal». [8]

En la antigua Masonería operativa, es el nombre divino El Shaddai el que era invocado como el nombre del Gran Arquitecto del Universo [9]. Si el nombre El Shaddai evoca las ideas de potencia y de elevación (designa al «Dios Todo Poderoso» [10] al mismo tiempo que al Dios de la montaña), no se identifica sin embargo, ni con el aspecto más elevado del Principio supremo, ni con el Ser universal que, en la tradición hebraica, se da a conocer bajo el nombre de YHVH [11] y que dice de él mismo: «Yo soy aquel que soy» o «El Ser es el Ser» [12]; por eso, corresponde con un aspecto divino inferior al que es designado por el nombre El Elión («Dios Altísimo») y que, en el relato del Génesis, es presentado como otro nombre de YHVH [13].

El Gran Arquitecto es también el «Gran Geómetra del Universo». De una parte, la práctica de la arquitectura requiere el conocimiento de la geometría, y el plan del edificio es trazado conforme a las leyes que la geometría permite conocer, a partir de un punto indivisible [14] cuyo desarrollo engendra sucesivamente líneas, superficies, volúmenes, y que contiene virtualmente todas las construcciones [15] que la geometría hace posibles. Por otro lado, la producción de un universo ordenado a partir de la indiferenciación inicial es también la introducción de la medida allí donde todavía no existe sino lo indefinido y lo indeterminado: la geometría, ciencia de la medida, es por eso mismo la de la determinación que sitúa cada cosa en su lugar y en los límites prescritos por su naturaleza y por su función en un conjunto o reino de equilibrio, armonía, acuerdo de las partes en la unidad de todo [16].

El «Gran Geómetra del Universo», cuyo tema se relaciona con los orígenes «pitagóricos» de la Masonería como con sus orígenes «abrahámicos» [17], se identifica con Apolo, el Dios de la medida, una de cuyas máximas (como la famosa «Conócete a ti mismo») es «Nada en exceso» [18], y que, bajo su aspecto de divinidad «solar», asegura el paso de la obscuridad a la luz, de la noche donde todos los gatos son pardos al día donde todas las cosas se vuelven visibles, así como el hombre se vuelve vidente, es decir conocedor, reconoce los límites en su universo ordenado. Por un lado, el Apolo hiperbóreo (polar) es llamado Karneios, nombre que evoca (éste también) las ideas de potencia y de elevación, y en donde se encuentran los atributos de El Shaddai [19].

Hemos mantenido hasta aquí la distinción que parece imponerse entre el Gran Arquitecto y el Principio del cual no es más que un aspecto. Sin embargo, sabemos que esta distinción es, en ciertos aspectos, ilusoria y que el Gran Arquitecto no es realmente diferente del Principio, así pues la consideración del principio activo en tanto que correlativo a un principio pasivo debe ser un encauzamiento hacia el reconocimiento del Principio supremo.

Sobre la letra G comprendida como la designación del «Gran Geómetra del Universo» y como inicial de la palabra God, Guénon escribe [20] «ésta debería ser en realidad una iod hebraica, la cual fue sustituida, en Inglaterra, como consecuencia de una asimilación fonética de iod con God» [21], y precisa: «La letra iod, primera del Tetragrama, representa el Principio, de manera que es vista como constituyendo por sí sola un nombre divino […]. Hay que añadir que la letra correspondiente I del alfabeto latino es también, tanto por su forma rectilínea como por su valor en las cifras romanas, un símbolo de la Unidad»; recordando que Dante, en la Divina Comedia, hace decir a Adán que el primer nombre de Dios fue I [22], concluye que «este “primer nombre de Dios” […] no es otra cosa, en definitiva, que la expresión misma de la Unidad principial» [23].

En algunos grados masónicos que no dependen de la Square Masonry, la invocación a El Shaddai o a «Dios Todo Poderoso» cede su lugar a la invocación al «Dios Altísimo» [24], que se ha manifestado como idéntico al Ser universal al cual la tradición hebraica le da el nombre de YHVH [25]. Esto es así sobre todo en el grado que Guénon caracteriza como pudiendo, con alguna razón, afirmarse de él que es el nec plus ultra de la iniciación masónica [26]. Este grado comporta la comunicación de una palabra que representa la «palabra reencontrada» (pero que todavía es una «palabra sustituida»), y que debería por consiguiente constituir una respuesta a la pregunta: «¿Quién es el Constructor?» [27]; lo curioso, es que este grado, en el cual la comunicación del nombre misterioso del Altísimo es presentado como un encauzamiento hacia «el Gran YO SOY» [28], no contiene tampoco una referencia explícita al Gran Arquitecto, como si la respuesta debiera conducir a un más allá de lo que trata la pregunta.

La construcción del Templo, o la «reunificación de lo que está disperso», no puede encontrar su acabamiento último sino en la reconstitución o en el redescubrimiento de la Unidad que había sido aparentemente dividida en multitud de fragmentos. Pero, y en tanto tiempo como la búsqueda no esté acabada, esta Unidad no se da a conocer al artesano sino bajo el aspecto del Constructor cuyo nombre debe reecontrar [29].

Notas:
[1] Pensamos más particularmente en las líneas que Guénon ha consagrado a este sujeto en algunas de sus obras, por ejemplo: El Hombre y su devenir según el Vedanta, cap. IV («Purusha y Pakriti»), El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III («Medida y Manifestación»), La Gran Tríada, cap. XXV («La ciudad de los sauces»).
[2] Cada cual parece haber agotado el tema y darse por satisfecho una vez dice que el Gran Arquitecto del Universo es, bajo otro nombre, «el Dios creador», o «el Ser supremo» (expresión que evoca la filosofía de las Luces y la Declaración de los derechos del hombre…), o incluso que es un «principio de unidad del mundo físico», cuidando en precisar que todo lo demás es sólo una cuestión de libertad de consciencia individual.
[3] Sal. CXXVII, 1.
[4] Esta reducción parece estar motivada por una estima exagerada respecto a la «filosofía natural» de Newton, que procede enteramente de la ciencia profana, lo mismo que cuando pretende descifrar algunos restos de ciencias tradicionales (con la mentalidad materialista de un «soplador de carbón»). La estructura del mundo corporal no ofrece sino una representación simbólica del Universo identificado con el Templo del Gran Arquitecto.
[5] Su función no se limita tampoco a la del demiurgo, tal como se menciona en el Timeo de Platón, si, por lo menos, como el texto lo sugiere, esta función consiste en organizar el dominio entero de la manifestación individual (mundo corporal y mundo físico), según un «modelo» inteligible sobre el cual el artesano divino concentra su atención, pero del cual no será sin embargo el productor (puede que el demiurgo platónico sea, bajo otro nombre, el Intelecto superior); pero es posible por otro lado que el relato del Timeo, en tanto relato mítico, sea el signo indirecto de verdades situadas sobre un plano más elevado que el de la manifestación formal. Como quiera que sea, el Gran Arquitecto será
[6] Estas potencialidades son en principio indiferenciadas y, en este sentido, tenebrosas, su desarrollo se hace posible por una «iluminación», y ello porque la distinción del principio activo del principio pasivo es también simbolizada por la de la luz y las tinieblas.
[7] Guénon, El Hombre y su devenir según el Vedanta, loc. cit. En los términos de la doctrina de los Pitagóricos y de Platón, corresponde al Uno considerado no en él mismo, sino es su interacción con la Díada indefinida de los Grande y lo Pequeño, es decir con la raíz de la multiplicidad.
[8] Cf. Id., ibid, Vishwakarma es también Prajâpati considerado simultáneamente como Señor, como Sacrificante universal, y también como la única víctima del Sacrificio que constituye el desarrollo de la manifestación, lo mismo que el Uno, en su interacción con la Díada indefinida, se diversifica en la multitud de seres particulares, que sin embargo quedan bajo su dependencia.
[9] Este nombre es invocado en los cuatro primeros grados de la Woshipful Society of Freemasons, que se presenta como una supervivencia de la Masonería operativa.
[10] En la Masonería (especulativa) inglesa, algunos rituales prescriben el empleo de una parte de la jornada a «rogar a Dios Todo-Poderoso».
[11] «Dios habla a Moisés, diciéndole: “Yo soy YHVH.  Yo me manifesté a Abraham, a Isaac y a Jacob como El Shaddai, pero no me di a conocer a ellos bajo mi nombre de YHVH”» (Éxodo, VI, 3)
[12] Exodo, III, 14; cf. Guénon, El simbolismo de la cruz, cap. XVII: «La ontología de la zarza ardiente».
[13] «Abram responde al rey de Sodoma: “He levantado la mano hacia YHVH, el Dios Altísimo (El Elion), que ha creado el cielo y la tierra”» (Génesis, XIV, 22). Abram no llevaba todavía el nombre de Abraham; la referencia al nombre sagrado YHVH, que no era conocido de Abraham, significa que YHVH es restrospectivamente identificado a El Elion, el Dios de Melki-Tsedeq. Sobre todo esto, se puede hacer referencia al cap. VI de El Rey del Mundo: «Melki-Tsedeq», donde los comentarios de Guénon a Génesis, XIV, 18 y ss y de Hebreos, VII, 1-3, son de una remarcable claridad.
[14] Los Elementos de Euclides comienzan por la definición del punto: «lo que no tiene partes».
[15] El edificio es construido sobre el modelo de una figura ella misma «construida» por la geometría. Este doble sentido del verbo «construir» no se encuentra en todas las lenguas (en la lengua griega, por ejemplo, las dos operaciones son expresadas por dos verbos diferentes). Sin embargo, hay que recordar que en la Edad Media la palabra «Geometría» era a la vez tomada como sinónimo de «Masonería», de la cual el nombre de Euclides era por tanto el símbolo, conforme a la práctica consistente en hacer de un hombre ilustre, en razón de su saber, la figura emblemática de la ciencia en la cual era un maestro.
[16] Dicho de otra manera, la Belleza. Sobre la «medida» y el paso de lo indeterminado a lo determinado, cf. Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III.
[17] Todavía, según la historia tradicional de la Masonería tal cual se encuentra en los Old Charges, Abraham fue el instructor de Euclides, lo que aparece desde el primer momento como un «formidable anacronismo». Este tema es abordado en la obra de Denys Roman, René Guénon y los Destinos de la Francmasonería (cap. XII, «Euclides, alumno de Abraham»): la extraña relación así establecida entre Abraham y Euclides puede ser comprendida como la indicación de una adaptación de la Masonería (que existe «desde tiempo inmemorial»), llamada entonces a desarrollarse en el seno de las tradiciones ligadas al nombre de Abraham, y a compartir con ellas un «Destino» escatológico privilegiado. Pero esta relación «mítica» entre la fuente de las tradiciones del Libro y el codificador de la «Geometría» ofrece también otra significación, sobre la que volveremos más adelante.
[18] La «justa medida» es precisamente un límite hacia el cual se tiende en suerte de aproximaciones, tanto por exceso, como por defecto (y en lo que concierne a la regla de acción que debe seguir el hombre individual, la virtud ética es un medio entre un vicio por exceso y un vicio por defecto).
[19] Cf. Guénon, Símbolos de la Ciencia sagrada, XXVIII: «El simbolismo de los cuernos». Recordemos algunas correspondencias remarcables entre la fuente «pitagórica» y la fuente «abrahámica» de la Masonería. El nombre divino El Shaddai tiene por valor numérico simple el número 345. Ahora bien, el «Gran Geómetra del Universo» es aquel que «designa» la letra G, es decir la letra griega Γ, cuya forma es la de una escuadra de brazos desiguales que puede estar cerca de lo que algunos rituales llaman «la Escuadra de la Palabra divina»; si las longitudes respectivas de estos brazos son medidas por los números 3 y 4, la hipotenusa del triángulo rectángulo con las cuales forman el ángulo recto es de longitud 5, conformando el teorema de Pitágoras, del que la «joya» del «Pasado Maestro» da muestra, mientras la ausencia de esta hipotenusa en la escuadra de brazos desiguales puede ser puesta en correspondencia con la desaparición del tercer «Gran Maestro», pues con la pérdida de los «auténticos secretos», estos se suplen con ciertos «secretos substituidos». (cf. Guénon, «Palabra perdida y nombres sustituidos», Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, 2º volumen).
[20] La Gran Tríada, cap. XXV: «la ciudad de los sauces»
[21] Esta substitución, sobre la cual Denys Roman había dado la razón en Guénon (cf. «René Guénon y la letra G», en Reflexiones de un cristiano sobre la Francmasonería, cap. VII), es confirmada por un ritual donde se dice que lo son «ciertos caracteres hebraicos» que están «representados por la letra G, refiriéndose a Dios [God], el Gran Geómetra del Universo», precisamente aquellos que componen el nombre sagrado YHVH.
[22] Paraíso, XXVI, 133-134.
[23] La fórmula: «Medem agan», «Nada en exceso», significa literalmente «No más de uno», lo que podría ser interpretado como una expresión del más estricto «monoteísmo», y el nombre de Apolo puede así ser comprendido como «sin multiplicidad».
[24] Es bien significativo que el nombre del Altísmo, tanto en los rituales anglosajones como en los rituales continentales, no aparece jamás bajo su forma hebraica, aunque siempre en su «lengua vulgar», «es decir, simbólicamente, [en] la lengua que sirve de vehículo a la tradición y que puede, bajo esta relación, identificarse a la lengua primordial y universal» (Guénon, Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano, cap. VI: «Nuevas apreciaciones sobre el lenguaje secreto de Dante».
[25] Como lo recuerda Guénon en su pasaje de El Rey del Mundo al cual hemos hecho alusión más arriba, el Altísimo es el Dios de Melquisedec, mientras que el El Shaddai es el Dios de Abraham. La bendición de Abraham por Melquisedec constituye «la comunicación de una “influencia espiritual”, de la cual Abraham va a participar en adelante; y podemos observar que la fórmula empleada pone en relación directa a Abraham con el Altísimo, que el mismo Abraham invoca al identificarlo con Jehovah» (El Rey del Mundo, cap. V). El reencuentro entre Abraham y Melquisedec «señala» pues «el punto de unión entre la tradición hebraica y la gran tradición primordial» (ibid). Ahora bien, en la época de la redacción de los Old Charges, Abraham era también (y quizás habría que decir sobre todo) conocido por esta bendición que él había recibido de Melquisedec. Así pues, ¿la relación maestro discípulo entre Abraham y Euclides no expresará la intención de nuestros «ilustres predecesores de los antiguos días» de «señalar» el punto de contacto entre la Masonería y la tradición primordial? Y si es así, uno de los «Destinos de la Francmasonería» bien podría ser el de constituir un «vínculo» entre los primeros y los últimos tiempos, entre el comienzo y el fin del ciclo actual (y por ello también entre el fin y el comienzo del ciclo futuro).
[26] Cf. «Palabra perdida y nombres substitutivos», op. cit.
[27] Como precisa Guénon (loc. cit.), se trata de una palabra compuesta, formada por la reunión de tres nombres divinos pertenecientes a tres tradiciones diferentes, lo que no puede ser comunicado regularmente sino por el concurso de tres personas formando un triángulo. Se podría pensar que el triángulo así constituido es el triángulo de Pitágoras, que había sido hecho incompleto por la muerte del tercer Gran Maestro; además, había en la antigua Masonería operativa una correspondencia entre los tres Grandes Maestros (Salomón, Hirán, Rey de Tiro, y Amon, «el Arquitecto», cuyo nombre ha sido reemplazado en la Masonería especulativa por el de Hiram-Abif) y las tres tradiciones a las cuales pertenecían los tres nombres que componen la «palabra reencontrada», siendo el tercer nombre un nombre egipcio asociado a Amón, el tercer Gran Maestro (cf. Reseña del nº de octubre de 1949 del Speculative Mason en el tomo II de los Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo). Es necesario sin embargo señalar que en el ritual del Royal Arch, como Guénon observa (op. cit.), cada uno de los tres nombres divinos que forma la «palabra reencontrada» es pronunciado por turno por cada uno de los miembros del triángulo, de suerte que la palabra compuesta es reconstituida tres veces. Más que un triángulo rectángulo, el triángulo así formado ¿no será un triángulo equilátero, del cual algunos de los ángulos no corresponderían a aquel que forma la Escuadra, pero del que cada uno se relaciona con la apertura del Compás?  
[28] Sobre el nombre divino egipcio que constituye el tercer componente del nombre, Guénon señala que entra en la composición de uno de los principales nombres de Osiris, y que tiene propiamente el sentido de «ser» (op. cit., p. 178)
[29] Sin duda la «morada eterna» que el hombre debe alcanzar a reencontrar en su corazón puede ser asimilada a un Templo (o a la «ciudad divina» en el seno de la cual está edificada este Templo), pero este simbolismo supone la referencia a un «arte», es decir, a tipo de actividad que, para la humanidad, no ha podido llegar a ser necesaria sino por la consiguiente caída. Señalemos para terminar que una traducción más exacta del Salmo CXXVII, 1, versículo al cual nos hemos referido al comienzo del este texto, sería: «Si YHVH no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen».


martes, 21 de febrero de 2012

Palabra

Las Tres Grandes Luces
Entrada del "Diccionario Masónico. Simbolismo y Aspectos Históricos según la Tradición", Alexis Hatman, Revista Letra y Espíritu, Barcelona, 2007.

El Aprendiz y el Compañero sólo pueden «deletrear» sus palabras sagradas; únicamente el Maestro puede, a partir de sus elementos literales tomados separadamente, reconstruir la Palabra, es decir, «recobrar la Palabra Perdida», que, en su sentido más profundo, es el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·.; dado que el nombre verdadero de un ser es la expresión de su esencia misma, la reconstitución del nombres es, pues, simbólicamente, lo mismo que la de ese ser.

Mientras se permanece en la multiplicidad de la manifestación sólo se puede deletrear el nombre del Principio discerniendo el reflejo de sus atributos en las criaturas, expresándose de modo fragmentario y disperso. [1]

La «palabra sagrada» del grado de Maestro es manifiestamente una «palabra substituída», por otro lado deformada de varios modos, hasta el punto de haber dado lugar a dos palabras supuestamente distintas, una «palabra sagrada» y una «palabra de pase», intercambiables según los distintos ritos, y que en realidad no son más que una. Si se restituye la forma correcta de esta «palabra substituída», se ve que en realidad es una pregunta, y la respuesta a la cuestión planteada sería la verdadera «palabra sagrada» o «palabra sagrada», es decir, el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·. [2]

La «palabra sagrada» es identificada simbólicamente al Tetragrama. [3]

Según la leyenda, la «palabra» de los Maestros estaba en posesión de tres personajes que tenían el poder de comunicarla: Salomón, Hiram, rey de Tiro, e Hiram Abi, como para comunicarla regularmente y en forma ritual, era necesario el concurso de los «tres primeros Grandes Maestros», al morir Hiram-Abi, esta comunicación se hizo imposible. [4]

 La silaba es el elemento realmente indivisible de la palabra pronunciada; es de señalar que hasta la «palabra substituída», siempre está compuesta por tres sílabas, que son enunciadas separadamente en su pronunciación ritual. [5]

El identificar simbólicamente el Tetragrama con la «palabra perdida» apunta a una pronunciación trisilábica del mismo; el estar formado por cuatro letras, se puede decir que es expresión de su aspecto «substancial», mientras que la pronunciación, con la voz mediante tres sílabas hace referencia a su aspecto «esencial». [6]

En la India, la Shakti (=Shejinah: la Presencia divina) está explícitamente identificada con la diosa Vach (la Palabra). [7]

La forma fragmentada en que se transmite la palabra sagrada forma parte de una técnica muy antigua para el aprendizaje de la lectura, que de entrada se hacia letra a letra, después sílaba a sílaba, acabando con la memorización de la palabra entera. Esta técnica permitía anclar la palabra a la memoria como una imagen, o como un grupo de imágenes (letras, sílabas) lo que permitía jugar con ellas y establecer nuevas relaciones de sentidos. [8]

Ciertamente es paradójico constatar que aquello que tiene relación con el mundo de la completitud no puede ser transmitido más que en forma fragmentada. [9]

Un ritual americano propone una variante interesante en la transmisión de la palabra de primera grado, deletreándose ABOZ, aunque se lea B--- [10]

Los Ritos Antiguos (Rito Escocés Antiguo y Aceptado y anglosajones) tienen B--- como palabra sagrada de Aprendiz y J---- como de Compañero, pero la situación se invierte en los Ritos Modernos, que además tienen una palabra de pase para el Grado de Aprendiz. Una palabra de pase es coherente en la lógica de paso de un Grado a otro. En efecto, se comunica muy poco antes de que un candidato a otro Grado sea aceptado para dar el paso. No es el caso del candidato profano que no posee nada en el dominio iniciático [11]

Si se restituye la forma correcta a la «palabra sagrada» del grado de Maestro, uno se da cuenta de que su sentido es completamente distinto de aquellos que le son atribuidos: esta palabra en realidad no es sino una pregunta, y la respuesta a esta pregunta sería la verdadera «palabra sagrada» o la «palabra perdida», es decir, el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·. [12]

Según Guénon, esta «pregunta» se lee mejor aún en árabe que en hebreo; añade Tourniac que está designada por las dos letras hebreas que sellan el mandil del Maestro Masón en algunos ritos, dos letras de valor numérico total 42, es decir, 3 x 4. [13]

Notas:
[1] René Guénon, “Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada”, EUDEBA, 1988, cap. XLVI.
[2] René Guénon, “Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage” vol. II, Editions Traditionnelles, 1995, Paris, pp. 36-37
[3] Idem, p. 38
[4] Idem, p. 45
[5] Idem, p. 46
[6] Idem, p. 48-49.
[7] Patrick Geay, “Mystères et significations du Temple maçonnique”, Éditions Dervy, Paris, 2000, p. 126.
[8] Philippe Langlet, “Des Rits maçonniques” vol. I, Éditions Dervy, Paris, 2004, p 356.
[9] Idem, p. 360.
[10] Idem, p 354.
[11] Idem, pp. 402-403.
[12] René Guénon, “Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage” vol. II, Editions Traditionnelles, 1995, Paris, p 37.
[13] Jean Tourniac, “Les Tracés de Lumière”, Éditions Dervy, 1987, Paris, p. 37.







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jueves, 21 de abril de 2011

Reunir lo disperso; por René Guénon

Capítulo XLVI de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Publicado originalmente como artículo en la Revista Études Traditionelles, octubre-noviembre de 1946,


En una de nuestras obras [1], con motivo del Ming-tang y el Tien-ti Hui, hemos citado una fórmula masónica según la cual la tarea de los Maestros consiste en “difundir la luz y reunir lo disperso”. En realidad, la vinculación que entonces establecíamos se refería solo a la primera parte de esta fórmula[2]; en cuanto a la segunda parte, que puede parecer más enigmática, como tiene conexiones muy notables en el simbolismo tradicional, nos parece interesante ofrecer a ese respecto algunas indicaciones que no habían tenido lugar en aquella ocasión.

Para comprender del modo más completo posible aquello de que se trata, conviene referirse ante todo a la tradición védica, más particularmente explícita a este respecto: según ella, “lo disperso” son los miembros del Púrusha primordial, que fue dividido en el primer sacrificio realizado por los Deva al comienzo, y del cual nacieron, por esa división misma, todos los seres manifestados[3]. Es evidente que se trata de una descripción simbólica del paso de la unidad a la multiplicidad, sin el cual, efectivamente, no podría haber manifestación alguna; y ya puede advertirse que la “reunión de lo disperso”, o la reconstitución del Púrusha tal como era “antes del comienzo”, si cabe expresarse así, o sea en el estado de no-manifestación, no es otra cosa que el retorno a la unidad principial. Ese Púrusha es idéntico a Prajàpati, el “Señor de los seres producidos”, todos ellos surgidos de él y por consiguiente considerados en cierto sentido, como su “progenitura”[4]; es también Vishvakarma, o sea el “Gran Arquitecto del Universo”, y, en cuanto tal, él mismo realiza el sacrificio del cual es la víctima[5]; y, si se dice que es sacrificado por los Deva esto no constituye en realidad ninguna diferencia, pues los Deva no son en suma sino las “potencias” que porta en sí mismo[6].

Hemos dicho ya, en diversas ocasiones, que todo sacrificio ritual debe considerarse como una imagen de ese primer sacrificio cosmogónico; y, también, en todo sacrificio, según ha señalado A. K. Coomaraswamy, “la víctima, como lo muestran con evidencia los Bràhmana, es una representación del sacrificador, o, como lo expresan los textos, es el sacrificador mismo; de acuerdo con la ley universal según la cual la iniciación (dîkshâ) es una muerte y un renacimiento, es manifiesto que “el iniciado es la oblación” (Tattirîya-Sámhitâ, VI, 1, 4, 5), “la víctima es sustancialmente el sacrificador mismo” (Aitareya-Bràhmana, II, 11)”[7]. Esto nos reconduce directamente al simbolismo masónico del grado de Maestro, en el cual el iniciado se identifica, en efecto, con la víctima; por otra parte, se ha insistido a menudo sobre las relaciones de la leyenda de Hiram con el mito de Osiris, de modo que, cuando se trata de “reunir lo disperso”, puede pensarse inmediatamente en Isis cuando reunía los miembros dispersos de Osiris; pero, precisamente, en el fondo, la dispersión de los miembros de Osiris es lo mismo que la de los miembros de Púrusha o de Prajàpati: no son, podría decirse, sino dos versiones de la descripción del mismo proceso cosmogónico en dos formas tradicionales diferentes. Cierto que, en el caso de Osiris y en el de Hiram, no se trata ya de un sacrificio, al menos explícitamente, sino de un asesinato; pero esto mismo no introduce ningún cambio esencial, pues es realmente una misma cosa encarada así en dos aspectos complementarios: como un sacrificio, en su aspecto “dévico”, y como un asesinato, en su aspecto “asúrico”[8]; nos limitamos a señalar este punto incidentalmente, pues no podríamos insistir en él sin entrar en largos desarrollos, ajenos a nuestro tema actual.

De la misma manera, en la Cábala hebrea, aunque ya no se trate propiamente de sacrificio ni de asesinato, sino más bien de una suerte de “desintegración” —cuyas consecuencias, por lo demás, son las mismas—, de la fragmentación del cuerpo del Adam Qadmòn fue formado el Universo con todos los seres que contiene, de modo que éstos son como parcelas de ese cuerpo, y la “reintegración” de ellos a la unidad aparece como la reconstitución misma del Adam Qadmòn. Éste es el “Hombre Universal”, y Púrusha, según uno de los sentidos del término, es también el “Hombre” por excelencia; se trata en todo eso, pues, exactamente de la misma cosa. Agreguemos, antes de ir más lejos, que, como el grado de Maestro representa, virtualmente por lo menos, el término de los “pequeños misterios”, lo que hay que considerar en este caso es propiamente la reintegración al centro del estado humano; pero sabido es que todo simbolismo es siempre aplicable a distintos niveles, en virtud de las correspondencias que existen entre éstos[9], de modo que puede referírselo sea a un mundo determinado, sea al conjunto de la manifestación universal; y la reintegración al “estado primordial”, que por otra parte es también “adámico”, constituye como una figura de la reintegración total y final, aunque en realidad no sea aún sino una etapa en la vía que conduce a ésta.

En el estudio antes citado, A. Coomaraswamy dice que “lo esencial, en el sacrificio, es en primer lugar dividir, y en segundo lugar reunir”; comporta, pues, dos fases complementarias, de “desintegración” y “reintegración”, que constituyen el conjunto del proceso cósmico: el Púrusha, “siendo uno, se hace muchos, y siendo muchos, torna a ser uno”. La reconstitución del Púrusha se opera simbólicamente, en particular, en la construcción del altar védico, que comprende en sus diversas partes una representación de todos los mundos[10]; y el sacrificio, para realizarse correctamente, exige una cooperación de todas las artes, lo que asimila al sacrificador al mismo Vishvakarma[11]. Por otra parte, como toda acción ritual, es decir, en suma, toda acción verdaderamente normal y conforme al orden (rta), puede considerarse como dotada en cierto modo de un carácter “sacrificial”, según el sentido etimológico de este término (sacrum facere), lo que es válido para el altar védico lo es también, de alguna manera y en algún grado, para toda construcción edificada, conforme a las reglas tradicionales, las cuales proceden siempre, en realidad, de un mismo “modelo cósmico”, según lo hemos explicado en otras ocasiones[12]. Se ve que esto se encuentra en relación directa con un simbolismo “constructivo” como el de la masonería; y, por otra parte, inclusive en el sentido más inmediato, el constructor efectivamente reúne los materiales dispersos para formar un edificio que, si es verdaderamente lo que debe ser, tendrá una unidad “orgánica”’ comparable a la de un ser viviente, si se adopta el punto de vista “microcósmico”, o a la de un mundo, si se adopta el punto de vista “macrocósmico”.
Virgen de la Granada de S. Botticelli, 1487 (detalle)

Nos falta aún decir unas palabras, para terminar, acerca de un simbolismo de otro género, que puede parecer muy diferente en cuanto a las apariencias exteriores, pero que sin embargo no deja de tener, en el fondo, un significado equivalente: se trata de la reconstitución de una palabra a partir de sus elementos literales tomados separadamente[13]. Para comprenderlo, hay que recordar que el verdadero nombre de un ser no es otra cosa, desde el punto de vista tradicional, que la expresión de su esencia misma; la reconstitución del nombre es, pues, simbólicamente, lo mismo que la de ese ser. Sabido es también el papel que desempeñan las letras, en simbolismos como el de la Cábala, en lo que concierne a la creación o la manifestación universal; podría decirse que ésta está formada por las letras separadas, que corresponden a la multiplicidad de los elementos, y que reuniendo esas letras se la reduce por eso mismo a su Principio, con tal que esa reunión se opere de modo de reconstituir el nombre del Principio efectivamente[14]. Desde este punto de vista, “reunir lo disperso” es lo mismo que “recobrar la Palabra perdida”, pues en realidad, y en su sentido más profundo, esa “Palabra perdida” no es sino el verdadero nombre del “Gran Arquitecto del Universo”.

Notas:
[1] La Grande Triade, cap. XVI.
[2] La divisa de la Tien-ti Hui de que allí se trataba, es en efecto ésta:”Destruir la oscuridad” (tsing), restituir la luz (ming)”.
[3] Véase Rig-Veda, X, 90.
[4] La palabra sánscrita prâya es idéntica a la latina progenies.
[5] En la concepción cristiana del sacrificio, Cristo es también a la vez la víctima y el sacerdote por excelencia.
[6] Comentando el pasaje del himno del Rig-Veda que hemos mencionado, en el cual se dice que “por el sacrificio ofrecieron el sacrificio los Deva”. Sàyana señala que los Deva son las formas del hálito (prâna-rûpa) de Prajàpati [el ‘Señor de los seres producidos’, o sea el “Hombre universal”, determinación del Principio en cuanto formador del universo manifestado]. Véase lo que hemos dicho acerca de los ángeles en “Monothéisme et Angélologie” [E. T., octubre-noviembre de 1946. Estos son. en las tradiciones judaica, cristiana e islámica, el exacto equivalente de los Deva en la tradición hindú]. Es claro que, en todo esto, se trata siempre de aspectos del Verbo Divino, con el cual en última instancia se identifica el “Hombre universal”.
[7] "Atmâyajña: Self-sacrifice”, en el Harvard Journal of Asiatic Studies, número de febrero de 1942.
[8] Véase también, en los misterios griegos, la muerte y desmembramiento de Zagréus por los Titanes; sabido es que éstos constituyen el equivalente de los Ásura en la tradición hindú. Quizá no sea inútil señalar que, por otra parte, inclusive el lenguaje corriente aplica el término “víctima” tanto en los casos de sacrificio como en los de homicidio.
[9] De la misma manera, en el simbolismo alquímico hay correspondencia entre el proceso de la “obra al blanco” y el de la “obra al rojo”, de modo que el segundo reproduce en cierto modo al primero en un nivel superior.
[10] Ver “Ianua caeli”.
[11] Véase A. K. Coomaraswamy, Hinduism and Buddhism, p. 26.
[12] Los ritos de fundación de un edificio incluyen generalmente, por lo demás, un sacrificio o una oblación en el sentido estricto de estos términos. Inclusive en Occidente. cierta forma de oblación se ha mantenido hasta nuestros días en los casos en que la colocación de la primera piedra se cumple según los ritos masónicos.
[13] En el ritual masónico esto corresponde al modo de comunicación de las “palabras sagradas”.
[14] Mientras se permanece en la multiplicidad de la manifestación, no es posible sino “deletrear” el nombre del Principio discerniendo el reflejo de sus atributos en las criaturas, donde no se expresan sino de modo fragmentario y disperso. El masón que no ha llegado al grado de Maestro es aún incapaz de “reunir lo disperso”, y por eso “solo sabe deletrear”.

viernes, 24 de julio de 2009

Hijos del Trueno por Jean Tourniac


 Cap. VI de "Symbolisme maçonnique et tradition chrétienne", París, Dervy-Livres, 1965, 1982.


  Parece que la Masonería se refiere principalmente a veintiún Nombres divinos hebreos [1], y que, si bien algunos de sus ritos se sitúan bajo la invocación de "Hoschae" o de "Emmanuel", la mayoría de ellos mencionan clara o alusivamente el Nombre del Dios Omnipotente, "El Schadday" o "Schadday", cuyo valor numérico es 345 ó 314.


   Se conoce además el interés de René Guénon acerca del secreto "operativo" del triángulo rectángulo de lados 3, 4, 5; y ello tanto a propósito de los misterios de la escuadra del "Venerable Maestro" y de la "Palabra perdida" en la Masonería como a propósito de la doctrina pitagórica del equilibrio entre la Voluntad y la Providencia, por un lado, y el Destino por otro [2].



   De modo que nos parece necesario insistir sobre una cita de este Nombre, particularmente sugestiva, y que se refiere a las visiones -o "audiciones"- del profeta Ezequiel: "Era un viento huracanado… una gran nube con fuego fulgurante y resplandores en torno [3]… entre los seres había algo como brasas incandescentes… y del fuego salían rayos [4]… Y oí el ruido de sus alas, como un ruido de muchas aguas, como la voz de Schadday… un ruido de batalla [5]… El espíritu me levantó y oí detrás de mí el ruido de una gran trepidación: "Bendita sea la gloria de YHWH, en el lugar donde está", el ruido que hacían las alas de los seres [6]… La gloria de YHWH se elevó de encima de los querubines hacia el umbral de la Casa, y la Casa se llenó de la nube, mientras el atrio estaba lleno del resplandor de la gloria de YHWH. Y el ruido de las alas de los querubines llegaba hasta el atrio exterior, semejante a la voz del Dios Schadday cuando habla…" [7]Se observa inmediatamente que este pasaje del Antiguo Testamento asocia de forma evidente la "Voz de El Schadday" a los conocidos símbolos de la "Gloria del Eterno", del "Sonido", del "Relámpago" y del "Viento", así como del "ruido de las Aguas", pero sería fácil hacer el paralelismo con algunos textos del Nuevo Testamento en los que se hallan relacionados símbolos análogos.



   Así, antes de que aparezca el Gran Signo esperado para el fin de los tiempos, "una mujer vestida del Sol, con la Luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza" [8], he aquí que, en el cielo, se descubre el Arca de la Alianza en el Templo, y se produjeron, nos dice el Apocalipsis, "relámpagos, y fragor, y truenos" [9]



   Igualmente, el retorno de Cristo es anunciado como debiendo efectuarse "entre las nubes con gran poder y gloria" [10], y Jesús da esta advertencia: "como el relámpago sale por Oriente y brilla hasta Occidente, así será la venida del Hijo del hombre" [11]. Puesto que el fragor del trueno y el fuego del relámpago pueden ser considerados como acompañando a la manifestación del "Dios Omnipotente", podríamos preguntarnos si no existe un misterioso vínculo entre la "razón principial" de este Nombre -su "quiddidad", su ritmo y su resonancia cósmica- y el conjunto de los acontecimientos que acabamos de recordar.



    ¿Y no fue ante "los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante" donde Moisés recibió del Eterno el Decálogo de los Mandamientos? [12] El triunfo del profeta Elías sobre los sacerdotes de Baal también aconteció cuando cayó el fuego de YHWH [13]En cualquier caso, es lícito pensar, después de estos ejemplos, que la "Omnipotencia" es el aspecto divino que preside a esta "estrecha conexión que, desde el punto de vista cosmogónico, existe entre el sonido y la luz" [14]. Evidentemente, es en su función creadora de Arquitecto divino y de Ordenador del Universo que Dios dice: "Haya luz" [15]. El mismo arquetipo divino se aplica al Cristo-Verbo, ya que, según el Prólogo del Evangelio de Juan: "En el principio era el Verbo… En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron… El Verbo era la luz verdadera… Y el Verbo se hizo carne…" [16].


   La "Iluminación del Caos" [17], es decir, el Orden o el rito, en el sentido original de la palabra, ya que exige que todo sea dispuesto por la geometría del "Altísimo", en "número, peso y medida", debe ser relacionada con esta Palabra que está "en el principio" o, mejor dicho, puesto que se trata de algo esencialmente intemporal, "en el principio de toda manifestación" [18]. Ella brota de la eterna y silenciosa sabiduría divina, y desencadena la vibración sonora y la onda luminosa, productoras de los mundos; ella aclara a todo los seres, y se actualiza en quienes saben recibirla con humildad y amor, como la gracia suprema; en fin, es ella, prueba de elección, lo que debe ser guardado en el corazón para que germine y crezca y muera dando el fruto de la vida eterna. ¿Es sorprendente que uno de los aspectos de esta Palabra haya podido ser identificado, en el seno de las tradiciones de los constructores surgidas de los Templos de Israel, con el nombre de El Schadday [19]? Ciertamente, no, y no sólo en razón de lo que acabamos de exponer, sino también porque este Nombre, "cuerpo del Tetragrama", contiene la idea de "medida", y porque corresponde a los lados del triángulo del "Past Master" [20].




   Por lo demás, los símbolos del trueno y del rayo han sido, en todo tiempo y lugar, concebidos como los atributos de la Divinidad. En la cumbre del panteón germánico, encontramos, en efecto, a Wotan-Odín, quien, de su unión con Hertha, la tierra, a la vez su mujer, su madre y su hija, engendra a Donar, o Donner, o Thor, maestro del rayo que posee el martillo sagrado, análogo al mallete del Venerable de la Logia [21]De modo semejante, en la mitología escandinava, Thor, hijo de Odín y de Jord [22], es el dios del trueno y de los relámpagos. Vierte los aguaceros que purifican el aire y comunican a la tierra elemental los principios nutritivos. Persigue y fulmina a los gigantes y los trolls y dispone de tres cosas preciosas: el mazo "Mjoelne", equivalente simbólico del martillo o del mallete, el cinturón de valentía y los guantes de hierro. La pérdida de "Mjoelne", su búsqueda y su descubrimiento forman además el más bello canto de los antiguos Eddas, y esta leyenda ofrece algunas semejanzas con la "pérdida de la Palabra", su búsqueda y su restitución. También entre los eslavos encontramos a "Perun", dios del trueno [23], y entre los galos "Taranis" o "Tarann" desempeña el supremo oficio de maestro del rayo. Finalmente, en la mitología griega, ¿no es el trueno el atributo de Zeus-Júpiter, al ser calificada el "águila de Júpiter" de ave "porta truenos"? Ahora bien, precisamente el águila de Jupiter llevó a Ganímedes a los cielos, permitiendo así al pastor elegido alimentarse de "néctar y ambrosía" y obtener el privilegio de la eterna juventud. Y he aquí que el viaje de Ganímedes nos va a ofrecer la ocasión de volver a encontrar el tema de nuestro estudio, a saber, la Masonería y el Cristianismo.



   En efecto, si la Masonería se sitúa bajo la invocación del Verbo-Arquitecto, fulgurante y estruendoso en su Nombre de El-Schadday, conviene recordar que Juan el Evangelista es, junto con Juan el Bautista, el Patrón de los Masones, "hijos de la Luz" [24], y la escena de la elevación de Ganímedes fue generalmente interpretada, en la Edad Media, como significando "la asunción de san Juan" [25].



   Si el Masón recibe la "Luz" al son del "trueno", si el mallete del Venerable confiere el relámpago iluminador del caos, y si la espada flamígera simboliza en sí misma la huella del rayo, ¿no es llamado san Juan por el propio Cristo "Hijo del Trueno"? De hecho, el Evangelio retoma en dos ocasiones esta cualidad, de un orden eminente, atribuida a los hijos de Zebedeo.



   Primero es en el "cambio de nombres" de los dos hermanos, de los cuales uno será el "Patrón de los Masones" y el otro el "Patrón del Compagnonnage" [26], a los que Cristo "puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno" [27]. Este pasaje merece una atención particular, ya que, por un lado, el término "Boanerges" significa "Acción del Sonido, de la Tempestad, del estruendo, del canto de los pájaros", e inmediatamente hace pensar en la voz tronante de El Schadday, o también en la invocación rítmica, y, por otro lado, la expresión "Hijo del Trueno" es la designación del iniciado.



   Más tarde, el poder vinculado a la cualidad de "Hijo del Trueno" es puesto en evidencia en un episodio bastante curioso de la predicación de Cristo. Queremos hablar de la petición de los "Boanerges" a Cristo: "Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo…?" [28], petición a la cual, por lo demás, responde Cristo con una reprimenda [29].



   Hay entonces en todo esto significativas relaciones, que podrían dar lugar a interesantes estudios, lo cual deseamos vivamente. Quien busque en esta vía no debe olvidar, sin embargo, que el estado virtual de "Hijo del Trueno" no es un fin en sí mismo, y que hay un cumplimiento efectivo que realizar, cumplimiento integral del ser total y no sólo de las esferas mentales. Cumplimiento que encuentra su confirmación electiva en la "filiación virginal", tal como expresan las santas palabras de Jesús crucificado: "Mujer, ahí tienes a tu hijo"; "Juan, ahí tienes a tu madre" [30].



   No podría concluirse mejor que citando el himno de san Sofronio:

"Yo proclamaré entonces como un Dios
A ese bienaventurado Hijo del Trueno,
Puesto que se hizo
El Hijo de la Madre de Dios" [31].


Notas:
[1] Cf. Le Tuilleur de Vuillaume, 1830 (Dervy-Livres, 1976). Debemos precisar, para evitar volver sobre ello, que los Nombres divinos empleados en nuestras citas de las Escrituras provienen de la Biblia de Jerusalén. Sin embargo, nos creemos en la necesidad de señalar que utilizamos indiferentemente las Biblias de Crapon, de Jerusalén, de Segond, de Darby o la del Rabinato, dependiendo del libro y el pasaje de la Escritura.
[2] Cf. La Grande Triade, caps. XV y XXI, y Les Tracés de Lumière, caps. I, II y III.
[3] Ezequiel, I, 4.
[4] Ezequiel, I, 13.
[5] Ezequiel, I, 24.
[6] Ezequiel, III, 12-13.
[7] Ezequiel, X, 4-5. La "gloria" es también la "Schekinah" o presencia divina.
[8] Apocalipsis, XII, 1.
[9] Apocalipsis, XI, 19. Nótese que la predicación apostólica y doctrinal a veces ha sido considerada como el "caballo blanco del Apocalipsis" (Apingius) o como el "Trueno de Dios" (san Gregorio).
[10] Marcos, XIII, 26.
[11] Mateo, XXIV, 27.
[12] Éxodo, XX, 18.
[13] "Invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía… Llegado el mediodía, Elías se burlaba de ellos y decía: "¡Gritad más alto, porque es un dios; tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará en camino; tal vez esté dormido y se despertará"… Tomó Elías doce piedras según el número de las tribus de los hijos de Jacob… Se acercó el profeta Elías y dijo: "YHWH, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel"… Cayó el fuego de YHWH…" (I, Reyes, XVIII, 26-38).
[14] René Guénon, Aperçus sur l’Initiation, cap. XLVII ("Verbum, Lux et Vita").
[15] Génesis, I, 3.
[16] Prólogo del Evangelio de san Juan. Cf. también René Guénon, Aperçus sur l’Initiation, cap. XLVII ("Verbum, Lux et Vita").
[17] Recordemos la divisa escocesa "Ordo ab Chao", y lo que René Guénon ha escrito a propósito de ello en los Aperçus sur l’Initiation, cap. XLVI.
[18] Aperçus sur l’Initiation, cap. XLVII.
[19] Señalemos, a este respecto, que la potencia o la fuerza es "doble" por naturaleza; debe ser referida a Dios -"El"- para "desvelarse". También las raíces de "Schadday" son dobles; pueden designar la fecundidad y la destrucción. Por último, la referencia al plano cosmológico implica igualmente una dualidad, un aspecto luminoso, el del Arquitecto divino, y un aspecto sombrío, el del demiurgo. Del mismo modo, el simbolismo cosmológico es, a la vez, un "trampolín" cuando permite acceder a Dios, y una "pantalla" cuando seduce por su riqueza y se "diviniza"; desemboca entonces en la forma más sutil de idolatría, que pone en acción el orgullo luciferino. Seduciendo al alma, a la que encarcela sin que se percate, deviene entonces "la red del cazador", de la que no se libra más que aquel que "mora en el secreto de Elyón" y "pasa la noche a la sombra de Schadday" (Salmo 91). En efecto, no debe olvidarse que el paredro de la "Shekinah" tiene por nombre "Metatron", equivalente numérico de "Schadday", y que si "Metatron", "el ángel de la Faz", tiene por reflejo a "Mikael", también tiene por "faz sombría" e invertida a "Samael", el "Príncipe de este Mundo" del que habla el Evangelio (Cf., sobre esto, Le Roi du Monde, cap. III). El Nombre de Emmanuel, o del Señor Jesucristo, es "superior" a Schadday, en el orden espiritual, así como Josué (que es el nombre de Jesús) es superior a Moisés (cuyo número es el de El-Schadday) en el orden de la "realización de la promesa", ya que sólo Josué, sucesor de Moisés, penetra en Tierra Santa, al frente de la columna de las tribus, y reencuentra la tierra de los orígenes. Sería por lo demás oportuno un estudio sobre la misión de Josué, el significado de la circuncisión espiritual y la naturaleza de la "Buena Nueva" anunciada por Cristo. Se retendrá, finalmente, para terminar con este largo análisis, que es tan sólo en el infierno donde Dante da a Cristo el calificativo de "Poderoso". "Un Poderoso coronado con signos de Victoria" (Infierno, IV, 53-54). Por lo demás, si el Schadday contiene a Jesucristo en su manifestación humana e "in principio", también podría ser un atributo divino y un nombre del Cristo glorioso en la Jerusalén celeste, en la que "el Omipotente es el Templo" y "el Cordero la Lámpara" -o la Antorcha-" (Apoc., XXI, 22-24, e Isaías, LX, 19). Cf., igualmente, Les Tracés de Lumière, pp. 67 y 68.
[20] La reconstitución de la Palabra Viva, o más bien "Vivificante", encuentra un eco en los ritos del antiguo Egipto: "Y Horus dijo a Osiris: he venido para darte la vida, para reunir tus huesos, para juntar tus miembros".
[21] Cf. La Grande Triade, cap. VI: "Solve et coagula".
[22] Jord, Hertha y Erde designan a la "Sustancia primordial", a la "Materia prima", al igual que el "Aretz" hebreo.
[23] Es curioso observar que en la época de la penetración del Cristianismo en el mundo eslavo se hacía jurar a los cristianos "en nombre de Dios Omnipotente", con el fin de adaptar los juramentos de fidelidad a la fe de la minoría convertida. Este aspecto divino, que permite un reencuentro sin necesidad de renegar de los respectivos fundamentos religiosos, se halla también en los rituales masónicos, de donde su carácter "teísta" o "deísta" que ha podido hacer creer en un relativismo religioso y en una relativización de la Verdad… mientras que el Dios de Abraham es a la vez el Dios de los judíos, el de los musulmanes y el de los cristianos, según la propia afirmación del Papa.
[24] Este doble patronazgo, coincidente con las fiestas solsticiales, pone en evidencia el carácter de "cosmología sagrada" propio de la Masonería azul de los tres primeros grados y la "forma solar" de esta tradición. Se observará que, en el antiguo Egipto, "Râ", dios solar, tenía en sus manos los cetros de Oriente y de Occidente. Esta representación es análoga a la figura de las dos tangentes al círculo en la Masonería inglesa, y al "Janus" de la tradición latina. Hace pensar en los dos san Juan rodeando al Cristo, "Sol de Justicia".
[25] Les plus beaux textes sur saint Jean l’Evangéliste, presentados por S. E. Mons. Villepelet, Obispo de Nantes, Edit. "La Colombe", París.
[26] Habría mucho que decir, para aclarar la naturaleza del Cristianismo, sobre las relaciones de los dos "Boanerges" con Cristo y con san Pedro; igualmente, habría interesantes observaciones que hacer acerca de la disposición geométrica de sus lugares de sepultura o de peregrinaje.
[27] Marcos, III, 17. Debe señalarse que el Arca de la Alianza a veces es puesta en relación con Dios, concebido como "Maestro del Trueno". Así, la deliciosa capilla carolingia de Germigny-des-Près, entre Châteauneuf-sur-Loire y Saint-Benoist-sur-Loire, posee un mosaico, intacto en todo su esplendor, que adorna el ábside y que representa el Arca de la Alianza. Se sabe que Teodulfo, Abad de Saint-Benoit, amigo de Carlomagno y apodado "Gloria de la Galia", hizo construir Germigny-des-Près con ayuda del arquitecto de Aix, Odon le Messin, y quizá también de un arquitecto armenio. Ahora bien, Teodulfo ha dejado esta inscripción, relativa al Arca, compuesta por los célebres artesanos de Ravenna: "Mira el Santo Oráculo y los Querubines, contempla el esplendor del Arca de Dios, y, con esta visión, piensa en tocar con tus plegarias al Maestro del Trueno, y asocia, te lo ruego, el nombre de Teodulfo a tus oraciones".
[28] Lucas, IX, 54.
[29] Existe una correspondencia entre esta reprimenda y el rechazo de Cristo a la petición de la mujer de Zebedeo (cf. Mateo, XX, 20-24). Pensamos que se trata de episodios "clave" que dan acceso a la comprensión "por el interior" de los caracteres particulares, y en ciertos aspectos esenciales, de la "Buena Nueva".
[30] Juan, XIX, 26-27.
[31] Anacreóntica, nº 11. Migne, P. G., t. LXXXVII, Col. 3783-90. Citemos también las palabras de Mons. Gay, en sus Conférences aux mères chrétiennes: "La Iglesia fue la diócesis de Pedro, María fue la diócesis de Juan". Orígenes retoma la expresión "Niños del Trueno" en Contra Celsum, 1, VI, c. 77, a propósito de la Palabra de Dios: "…puesto que ha tomado un nuevo nacimiento, por medio de la Palabra, que tenga una vida llena de virtudes, y que en nada ceda a aquellos que han merecido el nombre de niños del Trueno".