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sábado, 23 de agosto de 2014

El Simbolismo Masónico; por Jean Palou

Cap. IX de La Franc-Maçonnerie, Paris, Payot. Trad. castellana de A. Llanos: La Franc-Masonería, Buenos Aires, Ed. Dédalo, 1975.

LAS LOGIAS DE SAN JUAN

En la Francmasonería, los talleres de los tres primeros grados se llaman logias azules o logias de San Juan. Veremos, en efecto, más en detalle la significación histórica y simbólica de esta última expresión. Además, los dos términos están perfectamente ligados entre sí, puesto que el simbolismo conoce tres colores azules, "uno que emana del rojo, otro del blanco y un tercero que se une al negro...", lo que corresponde a las masonerías azul, roja, negra y blanca. Por otra parte, esas tres modalidades del mismo color están a la vez unidas tanto a los tres grados de la iniciación antigua como al triple bautismo cristiano, porque... "San Juan Bautista bautiza en el agua (azul) para inspirar la penitencia: es una preparación a un segundo bautismo que él anuncia y que Jesucristo dará por el Espíritu Santo y por el fuego" [1]. Se ve entonces porqué las logias azules constituyen las primeras marchas, en la humildad y el abandono del mundo profano, hacia la regeneración producida más tarde por el fuego (Fuego-Cordero). Naturalmente a este simbolismo de los colores se agrega el de San Juan.

En la obra bien conocida de Samuel Prichard aparecida en Londres en 1730, Masonry dissected, se pueden leer las preguntas y respuestas siguientes:

P.: ¿De dónde vienes?

R.: De la santa logia de San Juan.

P.: ¿Qué recomendaciones traes?

R.: Las recomendaciones que traigo de los verdaderos y venerables hermanos y compañeros de la verdadera y santa logia de San Juan, de donde vengo, y yo os saludo tres veces de todo corazón [2].

Doce años más tarde se expresa en L'Ordre des Francs- Maçons trahi et leur secret révélé [3] una versión más sucinta que la precedente: "Preguntas que se agregan a algunas de las precedentes cuando un francmasón extraño pide ser admitido en la logia":

P.: ¿De dónde vienes?

R.: De la logia de San Juan.

Paul Naudon, en una obra reciente sobre Les loges de Saint-Jean, se afana en demostrar las relaciones existentes entre la Francmasonería y los dos San Juan. Este interesante estudio es, por otra parte, más histórico y filosófico que propiamente simbólico, y es este último plano el único que nos interesa aquí.

¿A qué San Juan ha querido honrar la Masonería al dar su nombre a sus logias azules, tanto en el pasado para las logias de los compañeros constructores, como en la masonería moderna para los talleres de los tres primeros grados? El hermano E. F. Bazot escribe a este respecto: "...en cuanto al San Juan que los masones han tomado como patrón no puede ser ni Juan Bautista ni Juan Evangelista, que no tienen, ni uno ni el otro, ninguna relación con la institución filantrópica de la Fracmasonería. Se debe pensar, con los hermanos más filósofos y más esclarecidos, que el verdadero patrono de las logias es San Juan el Limosnero, hijo del rey de Chipre, que en tiempos de las Cruzadas dejó su patria y la esperanza del trono para ir a Jerusalén a prodigar los socorros más generosos a los peregrinos y a los caballeros. Juan fundó un hospital e instituyó hermanos para cuidar a los enfermos, a los cristianos heridos, y distribuir ayudas pecuniarias a los viajeros que iban a visitar el Santo Sepulcro. Juan, digno por sus virtudes de convertirse en el patrono de una sociedad cuyo único fin era la beneficencia, expuso miles de veces su vida para hacer el bien. La peste, la guerra, el furor de los infieles, nada pudo detenerlo. La muerte lo abatió en medio de sus trabajos; pero el ejemplo de sus virtudes quedó para sus hermanos que se comprometieron a imitarlo. Roma lo canonizó con el nombre de San Juan el Limosnero, o San Juan de Jerusalén; y los masones cuyos templos destruidos por la barbarie él había erigido de nuevo, lo eligieron de común acuerdo como su protector" [4]. Paul Naudon rechaza con una frase un poco desdeñosa [5] esta opinión de Bazot que, evidentemente, al dar a la orden el único fin de la beneficencia olvida demasiado que la masonería es ante todo una técnica de realización espiritual. Es posible que el origen de la afirmación de Bazot sea -como dice P. Naudon [6] en el discurso de Ramsay-, que: "...nuestra orden (la masonería) se unió íntimamente con los caballeros de Jerusalén. Desde entonces nuestras logias llevan el nombre de logias de San Juan". Se trata, pues, de otra masonería distinta de la de los tres primeros grados, y si Bazot ha cometido un error es el de dar el patronazgo de San Juan de Jerusalén a las logias azules, en tanto que Ramsay quería hablar de otra masonería, es decir, de grados irlandeses o escoceses.

La única relación entre San Juan el Hospitalario o el Limosnero y los masones operativos se basa en un hecho referido por Rohrbacher. Se lee, en efecto, en este autor que San Juan el Limosnero, patriarca de Alejandría, envió inmensos recursos a Modesto, abate de San Teodoro, en Palestina, para reconstruir las iglesias destruidas en 615 por los árabes [7]. En realidad, los santos patronos de la orden masónica son San Juan llamado el Precursor y San Juan el Evangelista, uno y otro en estrecho contacto con Janus, dios de los romanos, "dios de las corporaciones de artesanos o Collegia fabrorum que celebraban en su honor las dos fiestas solsticiales de invierno y verano" [8].

En el primer capítulo del Evangelio según San Lucas, Zacarías insiste mucho para explicar el nombre de su hijo, el futuro Precursor. Él dice que se llamará Juan, lo que anuncia la piedad y la misericordia que serán los caracteres mismos del bautista [9]. Es necesario observar que en hebreo el nombre Juan se dice hanan, que significa a la vez beneficencia y misericordia, mérito, gracia, merced (esta última palabra tiene el sentido de "piedad" y no carece de interés señalar el papel de la orden de los Trinitarios u orden de la Piedad, orden de caballería destinada a rescatar a los cristianos caídos en las manos de los infieles y que constituye el grado 26º de los altos grados del rito escocés). Johanan significa simultáneamente "misericordia de Dios" y "loa de Dios", y esos dos sentidos se aplican, el primero al Bautista, el segundo al Evangelista. René Guénon ha observado justamente sobre el caso "que la misericordia es por cierto descendente y la loa ascendente, lo que nos conduce aún a su relación con las dos mitades del ciclo anual" [10], es decir, con las fiestas solsticiales de San Juan de Invierno y de San Juan de Verano (27 de diciembre y 24 de junio).

San Juan Bautista es representado siempre vestido con un manto de color rojo, que es el símbolo del martirio [11], y en el baptisterio de Constantino, en la iglesia de San Juan de Letrán en Roma, se pueden ver alrededor de su estatua de plata siete siervos del mismo metal, "imagen de los siete dones del Espíritu Santo recibidos con el bautismo" [12]. Se recordará a este respecto que nadie puede ser admitido en una logia de San Juan sin la presencia de siete masones. Un nexo aun más estrecho entre el escocismo y San Juan Bautista se observa en la iglesia de Santa María de las Fuentes de Lieja. Se ve en esta iglesia un fuerte bajo relieve de cobre el cual representa al Precursor bautizando al filósofo Cratón. La fuente bautismal descansa sobre doce bueyes, símbolo de los doce profetas de la antigua ley y de los doce apóstoles de la nueva ley (hay allí también una doble alegoría a la circuncisión y al bautismo). La fuente bautismal se convierte entonces en la imagen del mar de bronce que Salomón había consagrado a la entrada del Templo para purificarse, que es uno de los símbolos de un alto grado escocés [13].

San Juan Evangelista, "la loa de Dios", es representado en los vitrales de la Edad Media y en los Libros de las Horas con un hábito verde. En Bourges, él tiene una túnica verde y un manto rojo nimbado de oro. Se le ve bautizando por aspersión (es decir, vertiendo agua sobre la cabeza de los bautizados) almas representadas por personajes desnudos y asexuados. Por encima del Santo aparece Cristo rodeado de siete candelabros de oro, y el Salvador mantiene en una mano un libro cerrado por siete sellos, y en la otra el globo del mundo [14]; la túnica verde es el símbolo de la caridad, y este color es igualmente el de ciertos números de grados escoceses, en especial el del Príncipe de la Misericordia, del que hablamos más arriba. La esmeralda, piedra preciosa también verde, es la joya atribuida al Evangelista. El número siete es el número propio de ambos santos (por ejemplo, en ciertas pinturas se puede ver al Evangelista rodeado de siete formas de iglesias, pues ese numero simboliza el misterio de que se rodean las verdades encerradas en el Libro Divino) [15]. El águila "que se eleva, desde el primer impulso de su vuelo, hasta el seno de Dios, para expresar en términos consagrados el origen de su Verbo y el principio de la luz divina" [16], como el águila del Tetramorfo que al "planear igual que ésta por encima de todas las generaciones humanas cuando relata el nacimiento eterno del Verbo" [17], son las aves de San Juan, cuyo Evangelio se lee en cierto número de logias al iniciarse los trabajos. Existe una relación todavía más estrecha entre el Evangelio y la francmasonería cuando se observa, en el Apocalipsis, a Juan que recibe de un ángel una vara de una toesa con orden de medir el templo, excepto el espacio alrededor del tabernáculo, que era abandonado a los gentiles por Dios, los que deberían recorrer, en las tinieblas exteriores, ese espacio durante tres años y medio [18]. Es necesario aproximar aquí a Juan, maestro de la iniciación y que preside la dirección del templo esotérico, con la logia que lleva su nombre, en la cual los profanos no pueden ser admitidos sino después de tres años de aprendizaje, cuando son recibidos como compañeros, único grado de la antigua Masonería operativa. Más curiosa aún es esa cita de Dante -que quizá perteneció a los Fieles de Amor o a la Fraternidad de los Rosacruces- que muestra a Juan mártir, quien prueba así su amor a Dios, después de haberlo extraído del pecho del Celestial Pelícano [19]. Nos resultaría fácil desarrollar las numerosas relaciones existentes entre la simbólica cristiana de Juan y las logias de San Juan, pero queremos llegar a los vínculos -y éste es el término iniciático exacto- que existen entre los dos San Juan y Janus.

Janus es Cluvius (el que lleva las llaves), al mismo tiempo que Patuleius (el obrero) y Clusius o Cluvisius, es decir, el que cierra [20]. Se le denominaba también el Padre, y los sacerdotes salios lo invocaban como dios de los dioses. Janus era sobre todo el maestro de la iniciación, y Ovidio nos dice que nadie entraba en el cielo si él no abría la puerta [21], y Marcial expresa que él también iniciaba la marcha de las estaciones del año y de las revoluciones celestes, y de ahí su nombre Janitor, el portero del cielo [22]. Más tarde, Janus se convirtió entre los romanos en el guía de las almas y el jefe de los Manes (Janus Bifrons) que él hacía remontar tres veces por año desde los infiernos al mundo superior, el 24 de agosto, el 5 de octubre y el 8 de noviembre [23].

Las fiestas solsticiales de Janus se convirtieron en las fiestas de San Juan de Invierno y San Juan de Verano. Dios de los artesanos constructores, es decir, de los hombres del oficio cuya iniciación desemboca en los pequeños misterios, Janus se cristianizó y devino el patrono bajo el nombre de dos santos (Juan) -que en suma no son más que dos modalidades de un solo y mismo ser- de las logias de los constructores de la Edad Media, que celebraban sus fiestas el 27 de diciembre y el 24 de junio. Esto es tan cierto que se puede ver en la iglesia de Saint-Remy en Reims un vitral donde figura "un San Juan que se podría llamar "sintético", que incluye en una sola figura al Precursor y al Evangelista, fusión subrayada por la presencia encima de la cabeza de dos tornasoles dirigidos en sentido opuesto (los dos solsticios), una especie de Janus cristiano en suma" [24]. Nos parece del mismo modo útil mencionar que en el simbolismo masónico operativo que se ha trasmitido a la masonería anglosajona se halla una figuración de dos San Juan representada por un círculo que lleva en su centro un punto, círculo que ostenta dos tangentes paralelas. "Este círculo es considerado como una figura del ciclo anual, mientras que los puntos de contacto de esas dos tangentes, diametralmente opuestas una a la otra, corresponden entonces a los dos puntos solsticiales" [25]. Ya hemos dicho que Janus poseía a menudo dos rostros (bifrons), muy raramente cuatro [26], y mencionaremos ese curioso ejemplo que muestra muy bien la relación de los dos rostros de Janus con los masones operativos. En la catedral de Nantes se puede admirar la tumba del duque de Bretaña, Francisco II, por Michel Colombe. En uno de los ángulos de la tumba se halla una estatua que representa la Prudencia. Se trata de una mujer de doble rostro: el de una joven y el de un anciano (alegoría de Janus). Ese personaje sostiene en una mano un espejo convexo que simboliza el microcosmos (el espejo fue introducido bastante tarde en el rito rectificado en el grado de compañero después de haber sido conocido en la Estricta Observancia, en 1782) y, en la otra, un compás [27]. El escultor del siglo XVI ha sabido, pues, reunir perfectamente todos los símbolos iniciáticos: el de Janus, patrono de los constructores, y el compás, instrumento de los maestros masones. Más asombrosa aún esa madera grabada con el Tratado del Azoth del alquimista Basile Valentín, donde se observa "a los pies de Atlas, que soporta la esfera cósmica, un busto de Janus -Prudencia- y un niño que deletrea el alfabeto -Simplicitas-" [28], que nos presenta a Janus como maestro de la iniciación ante el cosmos, es decir, la logia, y el niño que deletrea, el aprendiz que deberá -por el esfuerzo iniciático- reunir lo que está disperso, esto es, las letras que formarán las palabras sagradas, las palabras claves. Porque no se podría olvidar tampoco que Janus, dios de las puertas celestes y al que es consagrado el mes de enero, tiene entre sus atributos una llave, que simboliza el instrumento que permite abrir las puertas, las barreras, para llegar a un conocimiento más perfecto, más profundo del esoterismo [29]. Esta llave se ha tornado un cetro en ciertas representaciones de Janus, siendo esos dos atributos también los de Cristo: "¡O Clavis David, et sceptrum domus Israel!... Tú eres, ¡oh Cristo esperado! la llave de David y el cetro de la casa de Israel. Tú abres, nadie puede cerrar; y cuando tú cierras nadie podría ya abrir..." [30]. Este santo del oficio romano del 20 de diciembre, al mismo tiempo que el anuncio de la fiesta del Evangelista -el solsticio de invierno cuya puerta se abre con la llave de Janus-, canta la llegada del salvador que será bautizado por el Precursor y que dará a Pedro el poder de las llaves: la de oro y la de plata. Una y otra son las claves de los pequeños misterios y de los grandes misterios; ellas dan la entrada sobre los mundos temporal y espiritual. Pedro posee la llave de la salvación. Juan, después de Janus, lleva la llave de la liberación. Con este título él no puede ser más que el santo patrono de las logias masónicas, donde -al mismo tiempo que se trabaja para la fraternidad, el tiempo ideal- el iniciado tiende por un segundo nacimiento (la condición de maestro) a la realización integral, al retorno al Adán Kadmon primordial...


LA PIEDRA BRUTA Y LA PIEDRA TALLADA

La Francmasonería, al devenir especulativa en 1717, perdió su apoyo técnico de realización operativa y espiritual. Los materiales, los instrumentos del oficio, se convirtieron, ya en imágenes materiales fijadas sobre el tapiz de la logia en los primeros y segundos grados [31], ya en imágenes mentales. De todas maneras, lo que la mano probaba tocar, el espíritu que actúa sobre la mano, participa desde entonces únicamente del dominio de lo mental. Tenemos aquí, sin duda, la consecuencia de una época en que la máquina iba a reemplazar de más en más a la acción humana.

La piedra bruta queda como uno de los símbolos fundamentales de la Francmasonería. De manera general, los autores masónicos han transformado ese símbolo en una alegoría moral, muy a menudo utilitaria. Ellos asimilan el nuevo masón, el aprendiz, a una piedra bruta que le será necesario trabajar a él mismo y sobre sí mismo, mediante una tarea constante, puramente interior. Si nos colocamos sobre el plano metafísico, la piedra bruta (el aprendiz) es una individualidad (el yo) que deberá debastarse para llegar a la personalidad (el sí), es decir, para desembarazarse en fin de todas sus asperezas (la piedra tallada) e integrarse en el edificio global que forma la francmasoneria.

Si regresamos al plano operativo –y como hemos tenido ocasión de subrayarlo muchas veces aquí mismo—, las primeras construcciones se hacen de madera y el tránsito progresivo de ese primer modo de edificación al empleo de la piedra bruta, luego de la piedra tallada, no puede constituir, a los ojos de nuestros modernos contemporáneos, sino un progreso. Se trata también igualmente -puesto que se habla de construcciones, y por tanto de abrigo para los hombres- de una estabilización del modo de vida, o, si se quiere, de la concentración de los hombres espacial y temporalmente, es decir, del pasaje de la vida nómada a la vida sedentaria, lo que implica un cambio de tradiciones, "y además, cuando Israel pasa del primero de esos estados al segundo, la prohibición de elevar edificios de piedra tallada desapareció, porque ésta ya no tenía razón de ser; testimonio, la construcción del Templo de Salomón, que seguramente no fue una empresa profana a la cual se vincula, de modo simbólico por lo menos, el origen mismo de la masonería" [32].

La construcción en piedras brutas, luego en piedras talladas, puede dar al edificio más fuerza y más belleza, pero ella constituye al proyectarse sobre el plano tradicional una solidificación que refleja una especie de decadencia espiritual. No es menos cierto que la talla de la piedra bruta se realiza siempre según un rito, es decir, mediante una sacralización del trabajo que lleva a la glorificación no sólo de ese trabajo propio sino de Aquel que manda e inspira a los Obreros, todo lo cual se opera y se integra en un plan trazado por la divinidad. Se comprende que el trabajo efectuado sobre la piedra bruta para convertirla en piedra tallada no puede hacerse sino en una sociedad tradicional, lo que no es, por desgracia, el caso del mundo moderno contingente. Sólo en tal mundo se puede permitir la francmasonería ese trabajo de realización espiritual, pero únicamente sobre el plano mental, y esto porque la masonería, a pesar de su decadencia "especulativa", ha conservado la transmisión espiritual iniciática, y ritualiza mediante gestos y palabras el trabajo -antiguamente efectivo, y ahora sólo mental-. El Compagnonnage, con la Masonería, siguen siendo igualmente, en nuestros días, los únicos representantes eficaces de esos oficios antiguos que permitían al obrero iniciado realizar los trabajos sobre la piedra, sobre sí mismo y sobre el conjunto del cosmos.

La piedra constituye en sí un "potencial de fuerzas telúricas, y determina todo un ritual de arte sagrado. Para mostrar que el hombre se perfecciona, se le compara a una piedra que de estado bruto llega al estado tallado" [33]. Es así que, en el curso de las edades, se adjudicó una particular importancia no sólo a la talla de la piedra bruta, sino a la colocación de la piedra finalmente debastada, no como se dice por lo general, en la masonería francesa, por el martillo y el cincel, sino por una boucharde, "especie de martillo en punta del que se sirven, en efecto, los talladores de piedra" [34]. Hasta no hace mucho tiempo, por cierto, los masones de la región de Menton decían una plegaria cuando se colocaba la primera piedra; los de Namur la rociaban con una rama de arbusto previamente mojada en agua bendita [35]. No es menos curioso señalar que en el siglo XIX aún, los masones del Bocage normando golpeaban la primera piedra colocada con una cuchara y un martillo; los del Franco Condado la golpeaban tres veces [36]. La colocación de la primera piedra en el edificio se hacía siempre en el ángulo nordeste de la futura construcción acompañada de un ritual particular en cada región [37]. De igual modo, en la francmasonería especulativa, el recién iniciado es colocado –piedra fundamental simbólica del edificio futuro- en el ángulo nordeste de la Logia. La mayor parte de los autores tratan de mostrar que la talla de la piedra bruta, es decir, el trabajo individual realizado por el aprendiz, se vincula a la idea absolutamente profana de libertad, mientras que la noción iniciática de Liberación convendría mucho mejor en este dominio. Aparece aquí el recuerdo de las lecciones masónicas del siglo último y la afirmación bien conocida y tajante: "El masón libre en la logia libre", de Oswald Wirth, que refleja un estado de espíritu individualista y profano, en tanto que la talla de la piedra bruta se efectúa en verdad por el individuo asociado, integrado en la asamblea de la comunidad de iniciados, puesto que -es necesario no olvidarlo- el trabajo de realización espiritual masónica no podría ser más que obra colectiva.


LA PIEDRA ANGULAR

La tradición cristiana, de la que la Francmasonería es una de las formas (esotéricas) más esenciales, adjudica mucha importancia a la piedra angular y a su simbolismo. Lo esencial de esta tradición reposa en la frase siguiente: "La piedra rechazada por aquellos que construían se ha convertido en la piedra principal del ángulo" [38]. San Bernardo [39], hablando de la construcción del templo cristiano y de la sacralización [construcción y sacralización realmente efectuadas por los francmasones constructores de iglesias, depositarios del secreto técnico y el secreto iniciático exclamaba: "Es necesario que se cumplan en nosotros en forma espiritual los ritos de que materialmente han sido objeto esas murallas. Lo que los obispos han hecho en este edificio visible, es lo que Jesucristo, el pontífice de los bienes futuros, realiza cada día en nosotros de manera invisible... Nosotros entraremos en la morada que la mano del hombre no ha elevado, en la eterna morada de los cielos. Ella se construye con piedras vivientes, que son los ángeles y los hombres... Las piedras de este edificio están adheridas y unidas por cemento doble, el conocimiento perfecto y el amor perfecto" [40] [41]. El simbolismo de la piedra angular es uno de los más difíciles para estudiar porque, voluntariamente o no, los autores lo confunden con el de la piedra fundamental, a causa del célebre Evangelio según San Mateo: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra yo edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" [42]. Se sigue de esto, sobre el plano cristiano, una confusión bastante molesta entre Pedro y Cristo, que es la piedra angular y no la piedra de la fundación del edificio.

Jean Hani, en su interesante pero apresurado libro sobre Le Symbolisme du Temple Chrétien, ha caído en esta confusión como muchos otros autores. Escribe en efecto: "Todo el ciclo cristiano se desarrolla en tres actos. Primer acto: Cristo viene a la tierra a colocar la "primera piedra" [43] o piedra de fundación que, en resumen, es Él mismo. Segundo acto: el edificio será terminado por la colocación de la verdadera piedra angular o clave de bóveda. Entonces todo el edificio sufrirá la transmutación gloriosa: las piedras se tornarán preciosas y resplandecientes, penetradas por la irradiación del oro divino que es su sustancia interior, y la ciudad celeste aparecerá en todo su esplendor...". Jean Hani [44], en su lirismo un tanto "sentimental", simplemente ha olvidado el texto tan importante de San Pablo: "Sois un edificio construido sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Jesucristo mismo la principal piedra del ángulo (sumo angulari lapide) en que todo edificio construido y ligado en todas sus partes se eleva como un templo consagrado al Señor, por quien vosotros habéis entrado en su estructura para ser la morada de Dios en el Espíritu" [45]. Se tendrá una excelente representación figurativa de lo que es realmente la "piedra angular" refiriéndose al manuscrito de Munich titulado "Speculum humanae Salvationis" [46], donde se puede advertir a "dos masones que sostienen una cuchara en una mano y en la otra levantan la piedra que ellos se aprestan a colocar en la cima de un edificio (aparentemente la torre de una iglesia que esta piedra debe completar). Hay que observar, a propósito de esta figura, que la piedra de que se trata, en tanto que clave de bóveda, o en toda otra función similar según la estructura del edificio que ella está destinada a "coronar", no puede, por su forma misma, ser colocada sino en lo alto (sin lo cual, por lo demás, es evidente que ella podría caer en el interior del edificio); así pues, ella representa de alguna manera la "piedra descendida del cielo", [47] expresión que se aplica exactamente al escrito, y que recuerda también la piedra del Grial (Lapsit exillis de Wolfram d'Eschenbach, que puede interpretarse como Lapis ex caelis)... esta misma ilustración muestra la piedra bajo el aspecto de un objeto en forma de diamante, lo que la aproxima aún a la piedra del Grial, puesto que ésta es igualmente descrita como tallada en facetas" [48] [49]. René Guénon ha observado con justicia que la "piedra angular", "tomada en su verdadero sentido de piedra "de la cima", es designada, a la vez, en inglés como keystone, como capstone (que se halla también escrita capestone) y como copestone (o copingstone)" [50]. Capstone deriva, en efecto, del latín capuz (cabeza), "lo que nos lleva a la designación de esta piedra como la "cabeza del ángulo"; es la piedra que "remata" o "corona" un edificio; es también un capitel, que es asimismo el "coronamiento" de una columna" [51]. Terminamos de hablar de "acabamiento", y las dos palabras cap y chef son, en verdad, etimológicamente idénticas; capstone es, pues, la cabeza (chef) de un edificio o de la "obra", y en razón de su forma especial que requiere para tallarla conocimientos o aptitudes particulares, ella es también, al mismo tiempo, un chef d'oeuvre (obra maestra) en el sentido que la expresión tenía para los compañeros; "es la pieza por la cual el edificio queda completamente terminado, o, en otros términos, es llevado por fin a su perfección" [52]. A la luz de lo que acabamos de informar, nos parece oportuno colocar ante los ojos de nuestros lectores lo que escribió en 1723 Anderson: "Finalmente, vosotros deberéis observar todas estas obligaciones, y también aquellas que os serán comunicadas de otra manera; cultivar el amor fraternal, el fundamento y la clave de arco, la base y la gloria de esta antigua confraternidad..." [53], lo que denota en él un conocimiento más profundo del esoterismo masónico que el que a menudo se pretende atribuirle. La clave de bóveda, la piedra angular, se adorna, en Notre-Dame del Fuerte en Etampes (Seine-et- Oise), con la imagen de los Cuatro Coronados, lo que subraya aún los vínculos existentes entre los francmasones iniciados y la tradición cristiana [54]. A veces, la piedra angular no existe. Entonces, por encima del crucero se halla el occulum (el ojo de Dios), el orificio por donde la iglesia recibe la luz y cuya equivalencia se encuentra en la atalaya de los barcos, en la construcción de la cual se exigían ritos de consagración semejantes a los utilizados para la consagración de las iglesias.

En las logias masónicas, el occulum, clave de bóveda del templo a construir, está simbolizado por la plomada, instrumento de los hombres de oficio, que pende del techo y en medio del taller. Es decir, que la piedra angular es uno de los símbolos más interesantes tanto de la masonería operativa como de la masonería especulativa; aun sería necesario establecer la distinción primordial existente entre el "carré long" (cuadrado largo), representación de la logia, y la clave de bóveda o el occulum, circular, que simboliza la tierra y el cielo, lo que corresponde a dos estados iniciáticos diferentes: los de la Square Masonry (masonería del cuadrado) y la Arch Masonry (masonería de la bóveda) "que por sus relaciones respectivas con la tierra y el cielo o con las partes del edificio que las representan (la forma cuadrada, parte inferior del templo, y la bóveda o semiesfera) aparecen aquí en relación con los "pequeños misterios" y los "grandes misterios" [55]. Ella prueba con evidencia que la masonería azul (o de los tres primeros grados) equivale a la iniciación basada sobre el oficio de constructor, mientras que la masonería llamada de los altos grados, prolongación obligatoria de aquella, desemboca en una iniciación de orden diferente y más profundo, pero que no podría realizarse sin la pertenencia a los tres primeros grados masónicos.

LA CADENA DE UNIÓN

Los francmasones llaman houppe dentelée a una cuerda de nudos que rodea el "Cuadro de aprendiz" y el "Cuadro de compañero". Esta "expresión parece impropia, afirma J. Boucher, pero ella está sin embargo consagrada por el uso. Se trata de una cuerda que forma nudos llamados lazos de amor y terminada por un nudo en cada extremidad" [56]. Esos nudos están entrelazados, y sin interrumpirse forman la cuerda anudada de nuestros templos; son la imagen de la unión fraternal que liga mediante una cadena indisoluble a todos los masones del globo, sin distinción de sectas ni de condición. Su entrelazamiento simboliza también el secreto que debe rodear nuestros misterios. Su extensión circular y sin interrupción indica que el Imperio de la masonería, o el reino de la virtud, comprende el universo en cada logia. La cuerda anudada recuerda las bandas amarillas, verdes, azules y blancas de los templos egipcios, y las bandas blancas, rojas y azules de las antiguas iglesias de Francia, sobre las cuales los señores representantes de la justicia aplicaban sus escudos, y que en esos monumentos sagrados, destinados a un culto solar, representaban el zodíaco" [57]. Se reconoce aquí toda la redundancia sentimental de J. M. Ragon, sin olvidar, como en la mayor parte de los masones de su tiempo, la proximidad abusiva a la simbólica egipcia, entonces por completo nueva para los occidentales, y se recordará con provecho que Ragon fue uno de los más altos dignatarios de la Orden de Misraim antes de separarse de ella con estrépito [58]. También es sentimental la interpretación de Plantagenet: "La cuerda anudada simboliza la fraternidad que une a todos los masones, y en este sentido es una reproducción permanente y material de la cadena de Unión" [59]. Más precisa, pero sin gran valor iniciático, es la opinión de Wirth: "Un lambrequín orleado forma un friso y lleva una cuerda terminada por cuerdas que se unen cerca de las columnas J. y B. Este ornamento ha sido impropiamente llamado cuerda anudada. La cuerda se anuda en intervalos designados lazos de amor, y representa así la Cadena de Unión que vincula a todos los masones. Los nudos pueden ser hasta doce para corresponder a los signos del Zodíaco" [60]. Más simplista aún, E. F. Bazot define la cuerda anudada como "un cordón que ostenta un nudo en cada uno de sus extremos. Vínculo de fraternidad que une a todos los masones" [61], sosteniendo que la Cadena de Unión "no se forma ordinariamente sino en dos casos, cuando la comunicación de las palabras semestrales [62] y en ocasión de los banquetes. Es el momento de reunirse en círculo tomados de la mano" [63].

Por otra parte, los compañeros proceden igualmente en la ceremonia llamada por ellos cadena de alianza. R. Vergez, llamado el bearnés, el amigo de la Tour de France, nos informa en un artículo reciente que en 1861, a raíz de un accidente mortal acontecido en Notre Dame de Paris, "...más de quinientos compañeros fueron a formar la cadena de la alianza alrededor de la catedral, y el canónigo de Notre Dame de París dijo para ellos la misa de difuntos" [64]. Esta observación muy interesante parece confirmar la opinión de quienes consideran la cadena de unión como una representación del "cordón del cual los masones operativos se servían para trazar y delimitar el contorno de un edificio" [65], y René Guénon, al mostrar que la logia masónica es una representación simbólica del cosmos, ha tenido cuidado de indicar que todo emplazamiento de un edificio tradicional debía estar encuadrado y que "el rastro "materializado" por el cordón representaba propiamente hablando una proyección terrestre" [66]. Así, la cadena de unión sería la proyección celeste del cordón terrestre, que formaría sobre el muro de la logia un encuadramiento situado sobre un plano que, con toda evidencia, no pertenecería a las tres dimensiones conocidas. La cadena de unión, cordón proyectado al infinito, está materializada sobre el muro de la logia por la imagen de una cuerda que se cruza y vuelve a cruzarse en doce nudos (por lo menos teóricamente si se juzga por las representaciones en cierto modo fantasiosas del tapiz de la logia) llamados Lazos de amor. René Guénon se pregunta si ese nombre bastante curioso no es el fruto de la civilización del siglo dieciocho, subrayando que hay quizá en esta denominación poética "un vestigio de algo que se remonta mucho más lejos, y que podría aun vincularse casi directamente con el simbolismo de los Fieles de Amor" [67].

Sin ir tan lejos, recordaremos que en los siglos XII y XIII las cartas amistosas o amorosas llevan los sellos particulares de los autores, y que tales sellos -a menudo muy numerosos- son agregados al documento por ornamentos de seda verde llamados "lazos de amor". Si se quiere por cierto admitir el simbolismo del color verde y su noción de esperanza, se puede quizá ver en los lazos de amor de la cadena de unión la esperanza alentada por los masones de comprobar en el curso del tiempo la llegada de futuros hermanos iniciados que ocuparían su lugar en esta cadena universal; el lugar de tales recién llegados estará obligatoriamente entre las columnas del templo, hacia el oeste, allá donde penden justo en el infinito las dos cuerdas anudadas. Pero R. Guénon subraya con razón que la cadena de unión, al formar un cuadro en el templo masónico, imagen del cosmos, tiene "por función principal la de mantener en su lugar los diversos elementos que contiene o encierra en su interior, de modo de formar un todo ordenado, lo que por lo demás es, como se sabe, la significación etimológica misma de la palabra cosmos" [68].

Habría lugar para terminar con este tema diciendo algunas palabras sobre los laberintos que adornan aún cierto número de iglesias o de catedrales. Esos rastros de piedras de colores diferentes de los del pavimento y que se pueden ver aún en Chartres "ofrecen evidentemente una similitud extraña con la cadena de unión masónica" [69]. R. Guénon se engaña, sin embargo, cuando escribe que los laberintos medievales "son igualmente considerados como constituyendo una "firma colectiva" de las corporaciones de constructores" [70], porque se conoce la mayor parte de los nombres de aquellos que edificaron o hicieron edificar esos laberintos, y a veces -como en Chartres- la efigie del maestro de obra se halla colocada en el centro del trazado.

El problema tan interesante de los laberintos ha suscitado estudios muy numerosos [71], por desgracia muy a menudo escritos de manera por completo profana. Para nosotros, el trazado del laberinto sobre el suelo del edificio consagrado, en ocasiones llamado "camino de Jerusalén" y cuyo recorrido (se hacía de rodillas), reemplazaba el peregrinaje a Tierra Santa (Guénon ha observado que en Saint Omer "'el centro [del laberinto] contenía una representación del templo de Jerusalén") [72] y se proyectaba sobre el muro de la iglesia (a veces, corno lo hemos dicho en nuestras notas, en el exterior de éste) y en consecuencia sobre el muro de la logia. La cadena de unión sería entonces la proyección de la obra colectiva de los masones, el encuadramiento tradicional de la logia y también el símbolo de la edificación futura del templo de Salomón.

Se ve, pues, que en ese símbolo, como en muchos otros, no hay necesidad de hallar una explicación moral o sentimental, ya que el simbolismo no tiene en verdad nada que ver con esta clase de cosas, puesto que él se basta a sí mismo por su naturaleza trascendente, pero también inmanente para todos aquellos que poseen alguna noción tradicional que no esté velada por ninguna especulación humana "inventada" a partir del siglo XVIII [73].


NOTAS: 
[1] Abate Auber, Histoire et théorie du Symbolisme avant et après le Christianisme, París y Poitiers, 1870, t. I.
[2] La Maçonnerie disséqué, por S. Prichard (1730), trad. del inglés y publicado por la logia de la Perfecta inteligencia y la Estrella reunidas, Lieja, 1930.
[3] L'Ordre des Francs-Maçons trahi et leur secret révelé, 1ª ed., 1742 (libro atribuido al abate Perau). La referencia de P. Naudon ("Les loges de Saint Jean et la philosophie ésotérique de la connaissance", París, Dervy, 1957) es extraída de una edición muy posterior.
[4] E. F. Bazot, Manuel du Franc-Maçon, París, 1812.
[5] P. Naudon, ob. cit., "esta leyenda es quizá emocionante. Su valor histórico es nulo y esotéricamente no vale más".
[6] P. Naudon, ob. cit.
[7] Rohrbacher, Histoire universelle de l'Eglise catholique, libro 48, año 615. Es además a lo que hace alusión Bazot cuando habla de los masones cuyos templos "había erigido" San Juan de Jerusalén.
[8] R. Guénon, "Quelques aspects du symbolisme de Janus", en "Voile d'Isis", julio de 1929, reimpreso en Symboles de la science sacrée, París, 1962.
[9] Cf. San Isidoro Hispal, Etymologiarum, libro VII, cap VI, citado por Migne, Patrologie, t. III.
[10] René Guénon, "A propos des deux Saint Jean", en "Études Traditionnelles", junio de 1949, y en Symboles de la Science Sacrée. Guénon observa no sin fineza que las figuras populares de "Juan que llora" y "Juan que ríe" equivalen (al mismo tiempo que las dos figuras de Janus), la primera "a quien implora la misericordia de Dios, es decir, Juan Bautista", y la segunda a "la de quien le dirige elogios, es decir, Juan Evangelista".
[11] En el rito escocés el delantal de los maestros está bordado de rojo, color del martirio de San Juan (?) o de Hiram (?) o de otro personaje (?). Podría realizarse sobre esto un estudio muy sugestivo sobre el cual quizá volveremos un día cercano.
[12] Abate Auber, Histoire et théorie du svmbolisme religieux avant et aprés le christianisme, París y Poitiers, 1870.
[13] 14º grado del escocismo: Gran escocés de la bóveda sagrada de Jacques II, "hacia el oeste un gran vaso o recipiente de bronce, lleno de agua" (J. M. Ragon, Tuileur général ou Manuel de l'lnitié). Se halla en la Leyenda Dorada (degüello de San Juan Bautista) una historia bien curiosa relativa a la cabeza del santo y a una gruta que podría tener cierta relación con los grados de "venganza salomónica", cuyo origen significaría algo mucho más profundo que la interpretación habitual de los rituales practicados desde el siglo XVIII.
[14] R. P. Cahier, Monographie des vitraux de Bourges, VII.
[15] Cf. Apocalipsis, cap. V.
[16] Abate Auber, ob. cit., t. II.
[17] Idem, ob. cit., t. III.
[18] Apocalipsis, cap. XI.
[19] Dante, Paraíso, 28, 58.
[20] Ovidio, Fastos, I, vers. 99 y ss.
[21] Ovidio, Fastos, I, vers. 102 y ss.
[22] Marcial, Epigramas, 1.
[23] Cf. G. Lanoé-Villenes, Le Livre des Symboles, París, 1930.
[24] J Hani, Le symbolisme du temple chrétien, París, La Colombe, 1962.
[25] R. Guénon, "Le Symbolisme solsticial de Janus", en Symboles fondamentaux.
[26] Creuzer, Symbolisme religieux de l'Italie, t. III.
[27] Se puede ver una buena reproducción de esta estatua en Fulcanelli, Les demeures philosophales, París, 1960, t. II.
[28] Fulcanelli, ob. cit.
[29] En la época de los reyes, la llave era el atributo de los chambelanes. Muchas llaves figuran en la heráldica, y por ejemplo en el blasón de los condes de Clermont-Tonerre, de los cuales uno fue el sucesor del duque de Antin en la gran maestría de la orden masónica del siglo XVIII.
[30] Breviario romano, oficio del 20 de diciembre.
[31] Cf. cap 1, nota 57.
[32] R. Guénon, "Pierre bruta et pierre taillé", en "Études Trad.", sept. de 1949.
[33] J. P. Bayard, Le Monde Souterrain, París, Flammarion, 1961.
[34] Cf. Plantagenet, Causeries en chambre de Compagnons, y J. Boucher, La Symbolique maçonnique.
[35] P. Sébillot, Le FolkIore de France, t. IV, París, Guilmoto, 1907. 
[36] P. Sébillot, Légendes et Curiosités des Métiers, París, Flammarion, s/f. Ver también: "Folk-Iore, littérature orate et ethnographique traditionelle", Paris, 1913.
[37] Cf. P. Sébillot, Id. Es interesante observar "que las hachas de piedra pulida son colocadas bajo los cimientos en diversas regiones de Francia" (ob. cit.), sobre todo si se sabe que en masonería la piedra cúbica en punta que representa al compañero es a menudo compuesta de un hacha, ésta, por lo demás, instrumento propio de la masonería forestal, que simboliza el fuego purificador que es uno de los atributos de San Juan, bajo cuyo patronato se colocan las logias masónicas (cf. J. Boucher, ob. cit.). Sobre la piedra cúbica, ver R. Guénon, "Pierre noire et pierre cubique", en "Études Trad.", diciembre de 1947. R. Guénon advierte con mucha fineza que "la piedra cúbica es esencialmente una piedra fundamental; ella es, pues, terrestre, como lo indica, además, su forma y, asimismo, la idea de estabilidad expresada por esta forma se adecua a la función de Cibeles en tanto que Tierra-Madre, es decir, como representante del principio sustancial de la manifestación universal. Por esta causa, desde el punto de vista simbólico, la relación de Cibeles con el "cubo" no debe rechazarse enteramente, en tanto que convergencia fonética; pero, por cierto, no es una razón para querer extraer de ella una etimología ni para identificar con la piedra cúbica una piedra negra que era cónica en realidad. Hay sólo un caso particular en el cual existe cierta relación entre la piedra negra y la piedra cúbica; aquel en que esta última es, no una de las piedras fundamentales colocadas en los cuatro ángulos de un edificio, sino la piedra sheliyah que ocupa el centro de la base de éste, correspondiente al punto de caída de la piedra negra, como sobre el mismo eje vertical; pero en su extremidad opuesta, la piedra angular o piedra del sueño, que, por el contrario, no es una forma cúbica, corresponde a la situación "celeste" inicial y final de esta misma piedra negra (ob. cit.).
[38] Salmos, CXVIII, 22; San Mateo, XXI, 42; San Marcos, XII, 10; San Lucas, XX, 17.
[39] Sobre San Bernardo y el gran papel representado por ese santo en la iglesia de Pedro y sobre todo en la iglesia de Juan, ver R. Guénon, "Saint Bernard", París, 1929, 1951 y 1959.
[40] La definición de San Bernardo se aplica perfectamente también a la obra de la francmasonería que dirige los trabajos de sus miembros en función de su realización espiritual por la mediación de símbolos tomados al oficio de constructor y que tiende a darles por los conocimientos esotéricos el amor que es al mismo tiempo fraternidad y conocimiento. No se debe olvidar que ciertos talleres superiores de la masonería escocesa se llaman talleres de perfección, lo que no tiene el sentido puramente moral que quieren darle ciertos masones. No se trata, en esos talleres, de estudiar la filosofía moderna - que no puede ser sino profana y por tanto destituida de todo interés iniciático-, sino de meditar sobre la sofía tradicional.
[41] Citado por J. Hani, Le Symbolisme du temple chrétien, Paris, 1962.
[42] San Mateo, XVI, 18.
[43] Subrayado en el texto.
[44] J. Hani, ob. cit.
[45] Epístola a los Efesios, II, 20-22.
[46] Clm. 146, folio 35 (Lutz et Perdrizet, t. II). Erwin Panofski ha reproducido ese dibujo en "Art. Bulletin", t. XVII. También en Symboles de la Science Sacrée, París, 1962.
[47] Nos parece muy sugestivo aproximar ese texto de la decoración de la logia real de perfección del 13º grado escocés (Royal Arche, cuyo nombre mismo es muy significativo). Cf. Memento des Grades de Pefection, París, 1927, y el ritual del Mark-Mason (maestro). El perfecto maestro se dirige al postulante y le declara: "¿Por qué, hermano, habéis tenido la intención de engañarnos? ¿o más bien seríais un obrero que, sin reflexión, vendría a presentarnos una de las creaciones más informes de la naturaleza en lugar de una obra acabada... una obra maestra, en una palabra? Este taller no puede estar sino indignado por vuestra conducta culpable y no debe pensar con razón que habéis pretendido atraer su atención sobre un objeto cualquiera a fin de ocultarle vuestro poco celo y ciencia: si experimentáis aquí la recepción que tanta insolencia merece, seréis al instante expulsado del templo y declarado indigno de poseer jamás el sublime grado de Mark-Mason. Esta piedra informe que llamáis una obra maestra es una producción imperfecta y vasta de las manos de la naturaleza, semejante al hombre que no ha sido aún modelado por el trabajo y la educación -que es desdeñado- hasta que sus facultades se desarrollen. Esta piedra, que no ha recibido ningún mejoramiento que el cincel del artista puede darle y de donde puede nacer quizá una obra maestra, producida por su trabajo y su talento, debe ser arrojada a un lado. Entonces el perfecto maestro agrega estas palabras: "Eve over..., y lanza esta piedra detrás de si..." (citado por P. Mariel, Rituels des sociétés secrets, París, 1961). Por otra parte, las letras I.V.I.O.L. bordadas sobre el cordón del gran tesorero del grado 13º escocés (cf. Ragon, ob. cit.) están en estrecha relación con la clave de bóveda que representa a Cristo y al león, símbolo igualmente del Salvador (cf. Abate Auber, ob, cit., t. III).
[48] Se advierte que la idea del Grial y de su simbolismo está en todas partes presente en los altos grados del escocismo y aun en los talleres de perfección. A las facetas de la clave de bóveda se adhiere la designación de piedra de arista que significa el mismo objeto, y sobre la cual existen leyendas bastante curiosas, tales como la de la iglesia de Châtel-Montagne en Bourbonnais, que fue, se dice, construida por seres fantásticos (fées). En 1793, los montañeses locales abatieron la mayor parte del campanario de esta iglesia; pero cuando uno de ellos quiso arrancar la piedra de arista, de muy pequeña dimensión, ella resistió como si hubiera estado sellada (P. Pérot, Légendes du Bourbonnais, Moulins, 1890).
[49] R. Guénon, Symboles de la Science Sacrée. Cf. canónigo Macé, La Cathédrale de Saint Jean à Lyon, Lyon, 1953.
[50] R. Guénon, ob. cit.
[51] "...Hay que observar también a este respecto que el juramento del grado de Royal Arch contiene una alusión a la "corona del cráneo" que sugiere una relación entre la operación de éste (como en los ritos de trepanación póstuma) y el retiro de la clave de bóveda; por lo demás, de manera general, las sedicentes "penalidades" expresadas en los juramentos de los diferentes grados masónicos, así como los signos que le corresponden, se refieren en realidad a los diversos centros sutiles del ser humano" (R. Guénon, Symboles de la Science Sacrée). No se puede menos que sonreír cuando se observa a un polígrafo actual escribir fríamente: "La Gran Logia de Inglaterra se atreve a interpretar las Sagradas Escrituras. Su grado de Royal Arch, en particular, es a este respecto intolerable" (Alec Mellor, Nos freres séparés: les Francmaçons, París, 1961), lo que prueba que el autor de Tríos affaires de chantage tiene sólo un conocimiento muy superficial tanto de la Masonería como de los textos bíblicos.
[52] R. Guénon, ob. cit.
[53] Trad. por M. Paillard.
[54] Cf. P. Sébillot, Le Folk-lore, Littérature orale et Ethnographie traditionnelle, París, 1913.
[55] R. Guénon, ob. cit.
[56] J. Boucher, La Symbolique Maçonnique, París, Dervy, 1953.
[57] J. M. Ragon, Rituel du grade de Compagnon, cit. por J. Boucher.
[58] Cf. Ragon, Tuileur général.
[59] Citado por J. Boucher.
[60] O. Wirth, Le Livre de l'Apprenti. J. Boucber, a propósito de este texto, observa justamente que "Wirth dice aquí que el número de nudos puede ser de doce, en tanto que en la página siguiente el dibujo que da sólo hace figurar tres".
[61] E. F. Bazot, Manuel de Franc-Maçon, París, 1812.
[62] Las palabras de semestre en la francmasonería son dadas cada seis meses. Han sido instituidas el 28 de octubre de 1773 por el duque de Orléans, entonces gran maestro del Gran Oriente de Francia. Las palabras de semestre no son nunca escritas, y se comunican verbalmente. "Sólo el venerable tiene autoridad para transmitirlas a aquellos que no estuvieron presentes cuando se produjo la comunicación en la logia" (J. Boucher, ob. cit.).
[63] E. F. Bazot, ob. cit.
[64] R. Vergez, "Le coq de Notre-Dame", en "Atlantis", nº 209, noviembre-diciembre de 1961.
[65] R. Guénon, "La Chaine d'Union", en "Études Trad.", sept. de 1947.
[66] René Guénon, Id. En el mismo artículo, R. Guénon indica que el símbolo de la cadena de unión "lleva otra denominación, la de "cuerda anudada", que parece más bien designar el contorno de un baldaquín; sin embargo, se sabe que el baldaquín es un símbolo del cielo (por ejemplo, el baldaquín del carro en la tradición extremo oriental); mas, como lo veremos, no hay aquí ninguna contradicción". Parece, en efecto, que Guénon comete una confusión, pues la cuerda anudada es sólo la terminación de la cadena de unión. Dos cuerdas anudadas terminan a cada costado de las columnas J. y B., hacia Occidente, la cadena de unión que extiende sus entrelazamientos sobre el muro de la logia.
[67] R. Guénon, art. cit.
[68] R. Guénon agrega: "Se puede decir que nuestro mundo está ordenado por el conjunto de determinaciones temporales y espaciales que se hallan ligadas al zodíaco, por una parte, mediante la relación directa de éste con el ciclo anual, por la otra, por su correspondencia con las direcciones del espacio (este último punto de vista, se entiende, se halla en estrecha relación también con el problema de la orientación tradicional de los edificios)". A este respecto señalaremos que una cadena de unión de piedra y en relieve existe en el exterior de un gran número de iglesias, particularmente de estilo románico, por ejemplo, en San Nicolás de Caen, en Nouzerines (Creuse), Crévoux y Embrun (Altos Alpes). El hecho de que un zodíaco adorne la fachada oeste de las iglesias no hace sino confirmar la unión existente entre el cuadro de esas iglesias construidas por los masones operativos y el de la logia de los masones especulativos, probando hasta qué punto la francmasonería surgida de los primeros ha sabido guardar las representaciones tradicionales más antiguas.
[69] R. Guénon, "Encuadramientos y laberintos", en "Études Trad.", octubre-noviembre de 1947.
[70] R. Guénon, art. cit.
[71] Sobre los laberintos ver: E. Amé, "Les carreIages émaillés", Paris, 1859; Ch. Auber, "Compte rendu de l'Academie des Inscriptions et Belles-Lettres", 30 de abril de 1943; J. P. Bayard, Le Monde Souterrain, París, 1961, y del mismo "Le labyrinthe", en "L'Age nouveau", nº 104, nov.-dic. de 1958; M. Berthelot, "Labyrinthe", en La Grande Enciclopédie, t. XXI; D. de Boisthibault, "Notice sur le Labyrinthe de Chartres", en Revue archéologique; M. Brion, "Le theme de l'entrelacs et du labyrinthe dans l'oeuvre de Léonard de Vinci", en Revue d'Esthetique, V, enero-marzo de 1952, y del mismo, "Les noeuds de L. de Vinci et leur signification", en "Études d'Art", nº 8, 9 y 10; M. Brion, Léonard de Vinci, A. Michel, 1952; L. Demaison, La Cathédrale de Reims, París, 1910; L. Deschamps de Pas, "Essai sur le pavage des églises", Annales Archéologiques, t. XII; Mircea Eliade, Images et symboles, París, 1952, y Traité d'Histoire des Religions, París, Payot, 1953; Fulcanelli, Le Mystère des Cathédrales, París, 1957; J. Gailhabaud, Ouvrages d'Architecture et des Arts; R. Guénon, Le symbolisme de la Croix, Vega, 1950; "La caverne et le labyrinthe", en Symboles de la science Sacrée; "Encadrements et Labyrinthes", en Symboles de la Science Sacrée; E. Lambert, "Le labyrinthe de la cathédral de Reims", en "Gazette des Beaux-Arts", mayo-junio de 1958; R. de Lasteyrie, "L'Architecture religieuse en France a l'époque gotique", París, 1927, t. II; H. Leclercq, Dictionnaire de Archéologie chrétien et de Liturgie; E. Male, L'Art religieuse en France, 1928-1932; M. O V. de Milosz, Les Arcanes, París, 1948; E. Soyer, "Les Labyrinthes d'Eglises", Amiens, 1896; V. le Duc, Dictionnaire raisoné de l'architecture française, t. VI; "Voile d'Isis", número especial sobre el Compagnonnage, noviembre de 1925, nº 171. La mayor parte de los laberintos conocidos, tal como el de Saint Ouen (2.041 cuadrados), Chartres (608 pies), denominado "la travesía", pues se empleaba una hora en recorrerlo de rodillas, el del Sena (30 pies de diámetro), el de Bayeux (4 metros de diámetro), son de gran talla, salvo los de la abadía de Toussaint en la isla de Chalons-sur-Marne (0,25 de lado) y el de Grandville (14 m. de desarrollo, esto es, 28 metros de recorrido ida y vuelta). Ver Tournet de Vigier, "Decouverte d'un labyrinthe a Genainville", en Mémoires de la société historique et archéologique de l'arrondissement de Pontoise et du Vexin, t. LVI, Pontoise, 1957.
[72] R. Guénon, "Encadrements et Labyrinthes", en Symboles de la Science Sacrée.
[73] Existe una relación evidente entre el desarrollo del trazado de los laberintos sobre el pavimento de las iglesias y la marcha del sol. El laberinto participa del simbolismo solar. Se observa entonces que si el laberinto es -como lo pensamos- otra forma de la cadena de unión, decorado obligado de las logias, éstas están situadas en estrecha correlación con la marcha aparente del sol, lo que implica un sentido obligatorio de la marcha de los francmasones en sus logias (ver a este respecto R. Guénon, La Grande Triade).


sábado, 2 de julio de 2011

La palabra creadora en Masonería; por Pere Sánchez Ferré

Artículo publicado en la revista La Puerta. Retorno a las fuentes tradicionales, nº 65, julio 2006, Tarragona, Arola Editors., pp. 99-116.

La existencia de la masonería está estrechamente vinculada a la cábala hebrea, cuya presencia se hace evidente en el uso de palabras, de nombres de Dios que figuran en los rituales de los diferentes grados y en todos los Ritos y sistemas masónicos, tanto antiguos como modernos. A cada grado le corresponde una palabra sagrada y una de paso, aunque en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado el primer grado no tiene palabra de paso, de manera que el aprendiz utiliza la única palabra que ha recibido, la sagrada, para acceder al templo.

La mayoría de estas palabras son hebreas y han mantenido su fonética en esta lengua hasta la actualidad, aunque a veces se den alteraciones importantes, en muchos casos debido al desconocimiento del hebreo. Se conservan en su lengua original porque así mantienen su poder; no pueden traducirse sin que pierdan su eficacia, ya que no son de invención humana: pertenecen a una lengua sagrada [1]. Platón escribe que los nombres de los dioses son eternos, y son los correctos «por naturaleza y no por convención». Para el filósofo griego, el creador, el demiurgo universal, es también el «primerísimo onomaturgo[2], creador de los nombres», por es esa razón aquellos que se han encontrado con daimones o ángeles, «han aprendido de ellos nombres más ajustados a las cosas que cuantos vienen impuestos por los hombres»[3].

Court de Gebelin dirá que los nombres de Dios detentan su fuerza y poder en la lengua original que fueron revelados debido a que:

La justa relación entre los nombres y los objetos que designan es lo que confiere la fuerza y la energía a las palabras. […] hay aquí como un retrato que no puede ser arbitrario, sino que debe ser conforme a su modelo. [4]

Estas razones son suficientes para no alterar los nombres sagrados, como ha hecho la masonería.

En el pensamiento tradicional, las palabras aluden directamente a las cosas que designan. Un buen ejemplo de ello nos lo proporcionan los nombres de Dios que figuran en la Biblia, donde en la mayoría de casos a cada estado y función de la divinidad corresponde un nombre determinado, cuyo significado nos revela su naturaleza. Esta relación íntima sobre el nombre y lo que éste designa no es, evidentemente, patrimonio del judaísmo, sino que es propio de todo el pensamiento antiguo. Nada en la creación es fortuito, sino que todas sus partes y elementos guardan entre sí una relación, un vínculo natural establecido por el Creador, lo cual se manifiesta también el lenguaje.

La realidad era aprehensible porque las palabras y las cosas no estaban separadas [5] y el signo no era arbitrario, como piensa la modernidad, pues en cada cosa y en cada criatura estaba inscrita una señal que la hacía reconocible, identificable. Así, el mundo tenía significado, era inteligible gracias al lenguaje. Así, también el ser humano era y es cognoscible gracias a que también él posee un signo de identificación, que consiste en la partícula divina que contiene, es decir, Dios en el hombre, que es la palabra perdida en masonería; esta es su dignidad, en el sentido que lo afirmo Pico della Mirandola; gracias a esta palabra divina sepultada en la naturaleza humana, el hombre puede ser el rey de la creación y el centro del mundo.

Respecto a la relación verídica entre las palabras y las cosas, la tradición escrituraria hebrea (a la que hemos aludido) nos proporciona un ejemplo paradigmático, pues cada nombre de Dios designa las cualidades, funciones y estados que le son propios. He aquí algunos ejemplos: cuando el nombre alude a la fuerza de la divinidad celeste, se usa el término El (אל), que significa ‘fuerza’. El nombre de Elías representa al profeta que ha encarnado a Dios; en hebreo es Eliahú (אליהו), compuesto por dos nombres de Dios, el celeste, Elí (אלי), ‘mi Dios, mi Fuerza’ y Hu, (הו) el dios sepultado en el hombre, que se unen en el ser humano que ha sido bendecido.

Cuando Dios es el fuego del cielo, lleva el hombre de Uriel (uri, ‘mi fuego’ ‘de El’); cuando cura, Rafael (‘curación de El’); cuando, en el cristianismo, visita y fecunda a la Virgen pura, es llamado Gabriel (el ‘macho’, guever, de ‘Dios’, El).

En las palabras sagradas y de paso que emplea la masonería prevalece este mismo principio, aunque intervienen otros elementos que han modelado su uso con claves complementarias.

Nombrar, crear

La palabra es creadora, contiene una fuerza primigenia que nace del fondo del hombre, de su dios. Gracias a este origen divino, nombrar supone activar la sustancia misma de lo nombrado. Hablar es reanimar, actualizar fuerzas, cualidades y estados de la divinidad, donde ya no existe separación entre el nombre lo nombrado. Conocer el nombre de las cosas es acceder a su sustancia más íntima, a su naturaleza secreta. Pero es imposible conocer la divinidad sin unirnos a ella. Sin embargo, mientras esto no ocurre, podemos acercarnos al secreto de las palabras y de aquello que designan, encaminando nuestro estudio hacia el origen de los nombres, pues dirigirnos al origen es volvernos hacia nuestra simiente, y de ella al germen, donde reside toda su fuerza generadora. Así, por medio de la etimología emulamos el camino que deberemos seguir hacia nuestro propio principio, a fin de descubrir, por revelación, la palabra oculta en nosotros y ser reengendrados por el Espíritu.

Sin embargo, en la perspectiva de la nueva creación, no es el hombre exterior quien lee y escribe, quien construye el templo nuevo, sino el Gran Arquitecto del Universo, abriendo el libro, clarificando el espejo donde el cielo se leerá, se dirá y se reencontrará con su mitad humana. En términos de construcción y geometría equivale a convertir la piedra caótica, oscura y bruta (de latín brutus, ‘animal’) en piedra cúbica, apta para el templo reconstruido en la pureza.

Un antiguo ritual masónico dice que «los hombres pretenden construir, pero es en vano si el Gran Arquitecto del Universo no construye él mismo» [6].

La palabra sagrada

Ignoramos muchos de los nombres que se empleaban en la masonería medieval inglesa, pero sí sabemos que existían palabras de reconocimiento a fin de evitar que los albañiles y picapedreros no iniciados accedieran a las logias o templos en los que se celebraban las ceremonias masónicas. Sin embargo, gracias a los rituales de los siglos XVI y XVII que se han conservado, conocemos las diferentes palabras sagradas y de paso que utilizaban, y todos ellos concuerdan en que para acceder a la logia, al lugar en que se realizan los trabajos de la construcción sagrada, es necesario conocer o poseer una palabra de paso. Dichos rituales constituyen el testimonio de una tradición más antigua, básicamente oral, que sobrevivió hasta la época moderna.

Como indica su nombre, es una palabra de paso porque su posesión permite al iniciado pasar de lo profano a lo sagrado, simbolizado por la gloria. Se accede así el lugar de la nueva creación [7]. El aprendiz representa al verdadero iniciado que comienza la andadura hacia su propia regeneración, pero sólo está en los inicios de la Obra, ya que posee la palabra sagrada, pero –como dice el ritual— aún no sabe «leer ni escribir» dicha palabra, sólo puede deletrearla.

René Guénon observa que la «sílaba es el elemento indivisible de la palabra pronunciada» [8]. Por lo tanto, si relacionamos la letra, elemento primero de la escritura, con la silaba, primer elemento del lenguaje oral, ambas equivaldrían a la primera materia con la que se construye el templo.

El aprendiz sólo sabe deletrear, por lo tanto, no habla, es decir, el verbo interior aún no se ha manifestado en él. Por esa razón saluda con un signo llamado «gutural». Conoce los elementos básicos que componen la palabra, las letras, conoce la primera materia de la creación, pero aún no la ha llevado a su perfección.

Así el aprendiz ha de aprender a leerse y a decirse, puesto que es en su propia tierra donde la palabra está sepultada. Es su propio Dios, su Señor, quien está abandonado en los fundamentos del edificio en ruinas, también llamado piedra bruta [9].

Nuestra piedra bruta es un caos que debe ser ordenado o leído. También es el libro de la naturaleza que debe ser abierto, lo que corresponde al hombre regenerado, según decía Emmanuel d’Hooghvorst.

La hermenéutica tradicional enseña que leer y escribir aluden a fijar, a poner límites a lo ilimitado. El aprendiz ha recibido el don del cielo y este don se ha de realizar en él, pues es un proceso por el cual –dice la tradición hermética— el don inicial toma cuerpo y se solidifica hasta su completa pureza, para asumir después la fuerza verbal y gloriosa.

Misterios corporales.

Los misterios de la regeneración son corporales, puesto que son la sustancia y la esencia divinas en el hombre las que deben ser regeneradas, lo cual es enseñado en los antiguos textos de la masonería, donde la cábala hebrea no sólo está presente en las palabras sagradas y de paso, sino también, como ya hemos dicho, en los toques y signos masónicos, todos referidos al cuerpo humano.

En el manuscrito Dumphries se pregunta:

¿Dónde reposa la llave de vuestra logia?

Y se responde:

En una caja de hueso recubierta de pelo erizado. [10]

Aquí resultan obvias las referencias al sexo. Es un pelo «erizado» porque se trata de la naturaleza humana (el pelo animal) que aún no ha sido bendecida o suavizada. Enmanuel d’Hooghvorst cita al respecto un comentario de san Jerónimo sobre el pasaje del Cantar de los Cantares 1, 2:

[…] Si quieres buscar, busca y ven a vivir a mi lado en el bosque. En el mismo sitio, la Iglesia en llantos recibe la orden de gritar desde Seir, puesto que Seir se traduce por ‘velludo’ o ‘erizado’. Se trata de expresar el antiguo erizamiento de los gentiles.

Además de ser un topónimo, Seir (שעיר) significa ‘habitante del bosque’ y también ‘satiro’, ‘macho cabrio’, términos éstos de evidentes connotaciones sexuales. Como escribe el autor de El Hilo de Penélope, «los misterios del verbo son sexuales» [11].

El mismo manuscrito insiste más adelante en la cuestión:

¿Cuál es la longitud de vuestra cuerda?

Y se responde:

Es tan larga como la distancia que existe entre el lugar de mi ombligo y mis cabellos más cortos. [12]

En el manuscrito inglés del Trinity College (de finales del siglo XVII) se indica que los maestros se saludaban presionando la columna vertebral y colocando la rodilla entre las del otro hermano [13].

Otro texto de la masonería antigua explica que se daba la Palabra de Maestro de manera que dos hermanos se estrechaban mutuamente la mano derecha, mientras los dedos respectivos de la mano izquierda presionaban fuertemente las vértebras cervicales. [14].


En el toque del grado de aprendiz se relaciona la mano con nombres de Dios, de manera que a cada falange le corresponde una letra (véase figura), lo cual está tomado de la cábala hebrea. Dicho toque se realiza de manera que un hermano presiona con su pulgar derecho la primera falange del dedo índice de la mano derecha del aprendiz. Las letras que corresponden a estas dos falanges (del pulgar y del índice) son la pe (פ) y la he (ה), cuyos valores respectivos son 80 y 5. La suma, 85, es el valor numérico de la palabra sagrada del aprendiz, Boaz (בעז), siempre que se incluya la letra vav (ו), que está oculta, como observó Jaime González [Santiago de Vilanova] es un trabajo inédito sobre los nombres sagrados en la masonería [15].

En la cábala judaica, las manos unidas son una imagen del Tetragrama, pues a la mano derecha se le asigna las letras YH (יה), y a la izquierda, VH (וה), de manera que uniéndolas tenemos el Nombre de Dios reunificado: יהוה

La unión de la manos también es una alusión a la unificación del Nombre, pues las dos se convierten en una sola; la izquierda simboliza Elohim, el Rigor o Juicio (Din), y a la derecha, la Clemencia (Guedulah) o el Tetragrama. [16]

En los textos antiguos de la cábala se hacen otras alusiones al cuerpo humano en el Sefer ha-Bahir, donde se explica acerca de la séptima sefirá [17].

[…] suele decirse que es el Levante del mundo. Es de allí que viene la simiente de Israel, pues la columna vertebral se prolonga desde el cerebro hasta su miembro viril, por eso la simiente viene de arriba, tal como lo establece Isaías 43, 5: Del Levante traeré tu generación. [18]

De hecho, las alusiones a la anatomía sagrada del cuerpo humano se encuentran en todas las tradiciones; el hinduismo es prolífico al respecto. Véase también la carta número 19 del Tarot de Marsella (El Sol).

Los tres puntos

Además de los distintos nombres y palabras sagradas, la masonería utiliza con profusión un nombre de Dios de apariencia extremadamente simple, pero con un contenido muy rico y profundo.

Se trata de un símbolo omnipresente en los textos masónicos, tanto doctrinales como administrativos, que consiste en tres puntos ordenados en forma de triángulo.

Esta forma sucinta y geométrica de representar a Dios tal vez tenga su origen en los jeroglíficos egipcios. Según Reuchlin, para escribir el nombre de Dios sin profanarlo, los caldeos «usaron una figura de tres puntos unidos en forma de semicírculo o de triángulo» [19].

Los tres puntos son también una manera de representar la letra delta griega, que es una imagen geométrica de Dios. La letra delta o triángulo es también el símbolo del fuego y revestía gran importancia entre los pitagóricos, para quienes el tres era el número perfecto, asignado al Todo (Pan), lo cual recoge Aristóteles en su obra Sobre el Cielo (I, 1, 268 a):

«El número tres define al Todo y todas las cosas, pues es aquello que constituye la Tríada: fin, medio y comienzo, que también constituyen el Todo».

La triple voz

En la Orden francmasónica, lo triple reviste otros aspectos. Uno de ellos es la triple voz del grado de maestro, usando en épocas pretéritas.

En el manuscrito Graham, de 1726, se dice que no es posible enseñar la «noble manera de construir» sin que se pronuncie la «triple voz» [20]. En otros textos medievales se explica que una logia sólo podía ser abierta para llevar a cabo los trabajos de ritual con el concurso de tres maestros masones, cada uno de los cuales disponía de una varita; juntándolas, se obtenía un triángula rectángulo pitagórico. De igual modo, la palabra sagrada del maestro constaba de tres silabas, y cada uno de ellos pronunciaba una de las tres; entonces la palabra perdida era recuperada.

En algunos textos alquímicos medievales como Aurora consurgens, se habla de «tres palabras preciosas [Tria verba [21] pretiosa] en las que se halla oculta toda la ciencia que debe ser daba a los hombres piadosas».

También en el Liber trium verborum, atribuido al rey Calid, se encuentran dichas «tres preciosas palabras secretas y descubiertas, que no son dadas a los malvados, impíos e infieles, sino a los fieles y a los pobres, desde el primer día hasta el último» [22]

El Chadai y el Tetragrama

Uno de los nombres sagrados en la antigua masonería era el de Chadai (שרי). Estaba presente en las ceremonias de apertura y clausura de los trabajos en la logia, en los juramentos y en las obligaciones. Los trabajos de apertura en el grado de Aprendiz (del año 1663) comenzaban con Estas palabras: «Muy Santo y Glorioso El Chadai, Gran Arquitecto del cielo y de la tierra» [23].

Por lo tanto, el Gran Arquitecto del Universo no sólo era el equivalente al Tetragrama, sino también a El Chadai, lo cual tiene su razón de ser, puesto que en la cábala hebrea es él quien comienza la Obra [24].

Chadai o El Chadai es un nombre de Dios que, en el Antiguo Testamento, siempre está vinculado a la experiencia iniciática, si se lee el texto en clave cabalística; véase, por ejemplo, Génesis 17, 1.

Era Abram de noventa y nueve años de edad, cuando le apareció YHVH y le dijo: Yo soy El Chadai, anda delante de mí y sé perfecto. [25]

En la cábala, el nombre de El Chadai corresponde al Dios que bendice, como en el texto citado.

En Francia, antiguamente, el Nombre del grado de Maestro era el Tetragrama (יהוה ) [26], la Palabra completa.

En la masonería del siglos XVIII, cuando el masón recibía la Palabra de Maestro, Hiram era enderezado, resucitaba [27]. Este aspecto ritual procedía de la Edad Media e indica que hemos de ser erguidos o reconstruidos gracias al Nombre de Dios reunificado. Aquí Hiram puede asimilarse a Osiris y también a Cristo resucitado en el hombre.

Cuando en los antiguos rituales masónicos del tercer grado se dice que «un cadáver espera la resurrección» [28], se alude a esta palabra, a este Hiram u Osiris-Cristo en su tumba, que resucita para completar la creación verdadera, la obra de Dios, cuyos misterios se dramatizan magistralmente en los diferentes Ritos de la masonería.

En el manuscrito Dumphries, de c. 1710, leemos que Cristo muerto  y resucitado equivale al templo destruido y reconstruido. [29]

La piedra cúbica

La piedra cúbica, como la piedra bruta, siempre están presentes en la logia y simbolizan la obra de regeneración humana a la que aspira el masón. La piedra bruta debe ser extraída de nuestro caos y convertida en una piedra perfectamente cúbica. Después debe ser afinada o sutilizada a fin de que se vuelva piramidal. Quien da la medida de todo –enseñaba Emmanuel d’Hooghvorst— es la piedra angular, Cristo, de quien san Pablo escribió que era la piedra de ángulo (en Efesios 2, 19-20).

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra de ángulo Jesucristo mismo […]

Si trasladamos la doctrina masónica al lenguaje teológico y al alquímico, veremos que la piedra cúbica de fundación es llamada María, no porque sea necesariamente una mujer, sino porque es la primera parte de la obra alquímica de regeneración, el misterio femenino. Su culminación es Cristo, el estado masculino, el Verbo, la piedra piramidal.

Decir que la virgen María es la piedra cúbica no es un despropósito, pues si bien la iconografía cristiana no abunda en imágenes de vírgenes cúbicas, si lo hace la tradición griega con la diosa Cibeles.

Esta divinidad es llamada en los Himnos homéricos «madre de todos los dioses y de todos los hombres» [30]. Su nombre, Kybele (κυβέλη), procede de kybos laos (κύβος λαας), ‘cubo’ o ‘dado de piedra’, y el verbo kybitzô (κυβιζω) significa ‘formar un cubo’ [31].

La piedra bruta masónica, que es la propia del aprendiz, es lo que nos queda de Dios, y debe ser purgada, fecundada [32] y convertida en un cubo, trabajo que corresponde al grado de compañero. El hijo de esta virgen cúbica es el Verbo, la palabra perdida y reencontrada, o la piedra piramidal del maestro. Así, los tres grados masónicos contienen todo el misterio del cristianismo y de la regeneración alquímica. Tal vez sin saberlo, los masones han perpetuado hasta hoy día la tradición mariana del catolicismo.

Encontrar La Palabra, construir el templo

¿Cuál es el objetivo primordial, iniciático de la masonería? Todos los Ritos y sistemas afirman, bajo aspectos diferentes, que es la construcción o reconstrucción del Templo.

Veremos a continuación que dicho edificio se fundamenta en nombres de Dios, o en el Nombre de Dios. Más aún, pues podría decirse que es el propio Nombre de Dios el que debe ser reconstruido o reunificado, por esa razón la palabra perdida es uno de los temas esenciales y más rico en símbolos y alusiones herméticas que conserva aún la masonería.

¿Y cuál es el lugar donde se construye? En el edificio en ruinas de la humanidad. Hay que bajar a esas ruinas abandonadas para edificar de nuevo el templo, hay que visitar estos yacimientos para hallar la palabra abandonada. Esta palabra de Dios posee una fuerza particular que edifica cuerpos o templos nuevos, y es también un fuego que reconstruye. [33]

La lengua latina expresa claramente esta relación entre el nombre y la fuerza, pues nomen significa ‘nombre’, y numen ‘poder, voluntad divina, inspiración divina, providencia’. Nomen procede de nosco, ‘conocer, aprender’.

Louis Cattiaux escribió a un amigo que quien dispone de la luz concentrada puede «crear con Dios». «De otro modo –continúa— y en menor grado, es posible modelar la luz esparcida por resonancia, lo que se hace con los nombres secretos […]» [34]

En su Mensaje Reencontrado nos habla de los nombres creadores:

Estos Nombres divinos se escriben, se deletrean, se nombran y se cantan para dar las formas y para deshacerlas; es un secreto que Dios sólo confía a los renunciados que prefieren morir antes que matar. [35]

El sentido puro

Para construir un templo inmortal es preciso tener los sentidos purificados, por eso los masones trabajan con guantes blancos. La mano es el jeroglífico de los sentidos, o, para ser precisos, del sentido interior que se encuentra oculto y envilecido en el ser humano. Es el hombre viejo de San Pablo, y debe sufrir un proceso regenerador gracias a la bendición de Dios, que corresponde a la iniciación.

En la tradición egipcia, una de las ceremonias más secretas de los misterios iniciáticos era la llamada «ceremonia de obertura de la boca», por la cual el muerto Osiris recuperaba (en el secreto interior del iniciado) el uso de sus miembros, dándole una nueva vida a fin de poder gozarla y ser divinizado. [36]

En el Antiguo Testamento, esta apertura del verdadero sentido interior es representada por la boca, que alude a la capacidad de hablar del verbo regenerado, y que en definitiva es la verdadera circuncisión que abre la puerta a la palabra profética y creadora: véase lo escrito en Éxodo 4, 10-12.

Entonces dijo Moisés a YHVH: […] soy tardo en el habla y torpe de lengua. […] Y YHVH le respondió: […] yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que hayas de hablar.

San Pablo se refiere al significado secreto de este misterio al escribir que lo importante no es el ritual que nos recuerda una circuncisión que desconocemos, sino la verdadera circuncisión, que es la del corazón: «Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; […] y la circuncisión es la del corazón» [37]

Este corazón es la carne de nuestro fundamento divino (el sentido) que debe ser circuncidada, lo cual corresponde a la segunda parte de la obra de regeneración, según la enseñanza de Emmanuel d’Hooghvorst.

En hebreo, ‘circuncidar’, mul (מול) tiene la misma raiz que hablar: malal (מלל) [38], lo cual nos indica que la circuncisión permite recuperar la palabra perdida. Es la lengua de los pájaros o de los ángeles, el verbo profético, pues el cielo se ha encarnado, se ha hecho Verbo y Dios habla en un hombre.

Escribe san Pablo en Gálatas 6, 11-18: «[…] porque yo traigo impresas en mi cuerpo las señales del Señor». Tal vez éstas correspondan a la elocuente herida de la que habla el autor de El Hilo de Penélope. [39]

Así, el masón que ha sido sometido a la purificación de su sentido interior conocerá el misterio del Verbo encarnado actuando en su secreto.

El Verbo es el Dios de los vivos. Los muertos no hablan, por eso en los rituales fúnebres de la masonería se escuchan sonidos mate.

Como hemos visto, el misterio de la palabra es corpóreo, pues Dios sólo puede ser conocido en el ser humano, y quien posee su palabra se conoce a sí mismo en el sentido platónico; ha resuelto el enigma y vivirá.

Todo ello es dramatizado en los rituales masónicos y sus elementos esenciales han sobrevivido a lo largo de los siglos como memento y enseñanza, como exhortación a la sabiduría y como acto mágico encaminado a actualizar el misterio de la palabra creadora en el masón.

La iniciación masónica verdadera (dramatizada en los rituales) da a conocer esta palabra que permite acceder al trabajo de reconstrucción del templo, o de recuperación de la palabra extraviada en la carne del mundo. Esta experiencia secreta conducirá al masón a reunificar la palabra de Dios y dar testimonio del misterio supremo de la regeneración humana, el misterio de la Unidad.

Notas:

[1] Jámblico advierte que si se traducen los nombres de Dios «no conservan por completo el mismo sentido, pues en cada pueblo hay características lingúísticas imposibles de ser expresadas en la lengua de otro pueblo; no obstante, incluso si se pueden traducir nombres, ya no conservan el mismo poder», Misterios de Egipto, 7, 4-5, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1997, pp. 199-200.
[2] Palabra compuesta de onoma, ‘nombre’ y theos –érgon, ‘obra de Dios’.
[3] Proclo, Lecturas del Crátilo de Platón, ed. Akal, Madrid, 1999, pp. 82 y 88.
[4] Court de Gebelin, Histoire naturelle de la Parole, París, 1776, pp. 7-8 y 15.
[5] Véase la obra de Michel Foucault, las palabras y las cosas, ed. Siglo XXI, Madrid, pp. 49-52, passim.
[6] Le Regulator du Maçon (obra de 1783), Les Éditions du Prieuré (F), 1994, pp. 243-244.
[7] En la obra masónica inglesa Ahiman Rezon, de 1778, ejemplo de una masonería aún muy cristiana, leemos que San Pedro es quien da: «la palabra de paso, el toque y el signo, / San Pedro nos abre, y así entramos / A un lugar preparado para los libres de pecado; A aquella logia celestial que está bien a cubierto / un lugar preparado para todo masón puro», N. Barker Cryer, «La descristianización de los grados de oficio», Libro de Trabajos, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 99.
[8] Études sur la Francmaçonerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, París, 1978, vol. II, pp. 45.46.
[9] El texto en que se funda la masonería moderna de 1717, comienza con estas palabras: «Adán, nuestro primer padre, creado a imagen de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, debió de tener escritas en su corazón las Ciencias Liberales, particularmente la Geometría, porque aún después de la Caída, hallamos los Principios de ella en el corazón de su prole», La Constitución de 1723, ed. Alta Fulla, Barcelona, 1998, p. 31.
[10] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 54.
[11] Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola editors, Tarragona, 2000, t. I, pp. 146 y 91, respectivamente.
[12] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 60.
[13] Op. cit., p. 146.
[14] Op. cit., p. 142.
[15] Jaime González, fenecido hace dos años, debía publicar este trabajo como la segunda parte de «Palabras Sagradas y Qabbalah en la Masonería (I)», en la revista Letra y Espíritu (nº 19, abril de 2004, pp. 46-56), que fundó y dirigió.
[16] Véase Paul Villaud, La Kabbale juive, ed. d’aujourd’hui, Paris, s.a., vol. II, pp. 12-13.
[17] En el Sefer ha-Bahir corresponde a Yesod, ‘Fundamento’.
[18] El Libro de la Claridad, ed. Obelisco, Barcelona, 1985, CLV.
[19] De Verbo Mirifico, en Cristianismo y filosofía oculta, Colección La Puerta, nº 53, 1998, p. 28.
[20] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 149.
[21] En latin, verbum significa ‘palabra’ y también ‘voz’.
[22] Aurora consurgens, edición de Maria-Louise von Franz, ed. La Fontaine de Pierre, París, 1982, p. 155 y n. 79.
[23] Pierre Girad-Augry, «La Tradition du Nom chez les opératifs», en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 13, 1986, p. 69.
[24] El nombre de Chaday (שרי) se compone en ש , ‘que’ y  רי , ‘suficiente’, es decir, que con este nombre basta, es suficiente.
[25] Se suele traducir el término hebreo Chadday por «Dios Todopoderoso», siguiendo a San Jerónimo, que se sirvió de la expresión Deus omnipotens, lo cual no se ajusta a su sentido hebreo. Como hemos dicho, los nombres de Dios no son traducibles, deben conservarse en su lengua original, como ha hecho la masonería.
[26] Raoul Bertaux, La symbolique au grade de Maitre, Ed. EDIMAF, París, 1990, p. 84.
[27] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1984, p. 46.
[28] Arturo Reghini, Les Mots Sacrés et de Passe, ed. Arché, Milán, 1985, p. 104.
[29] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 57.
[30] Himnos homéricos, ed. Gredos, Madrid, 1988, p. 234.
[31] Probablemente existe un origen común entre kybitzô y el vocablo hebreo qaba (קבע), la raíz hebraica de la Kabah de La Meca, cuyo significado es ‘dado, dar forma cúbica’, ‘joven púbera’ y ‘llenar un vaso’. En árabe, la kibbela es la dirección hacia La Meca, hacia donde se dirigen los musulmanes.
[32] Colección La Puerta, nº 64, p. 96-97.
[33] Así lo expresa El Mensaje Reencontrado (VIII, 54’): «El fuego de Dios edifica la vida. El de los hombres la consume. No obstante, la suavidad del segundo puede manifestarse la virtud del primero».
[34] Florilegio epistolar, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 22. Es un comentario del versículo x, 63’ de El Mensaje Reencontrado.
[35] El Mensaje Reencontrado XXX, 41’. Por su parte, Proclo escribe que los dioses indican las cosas a los hombres «sin necesidad de instrumentos corporales, configurando el aire según su propia voluntad. Pues siendo más fácil de modelar que la cera (Platón. Rep. IX 588d1-2), el aire recibe de las más intelecciones divinas marcas que proceden de los dioses móviles, y que llegan hasta nosotros a través de ruido, sonido y modulación. Así, en efecto, decimos que se transmiten los oráculos de parte de los dioses».
[36] S. Mayassis, Mystères et Initiations de l’Égypte Ancienne, B.A.O.A., Atenas, 1957, p. 68.
[37] Véase también Colosenses, 2, 11 y Hechos 7, 51: «Duros de cerviz e incircuncisos de corazón»
[38] Malal, ‘hablar’, tiene en guematría el valor de 100, por eso Abraham tuvo un hijo a los cien años. Naturalmente, se trata de la generación mesiánica. En el ritual llama «Crata Repoa» se dice que en el séptimo y último grado se le circuncida la lengua, Michel Monereau, Les secrets hermétiques de la Franc-maçonnerie et les Rites de Misraim et Memphis, ed. Axis Mundi, Paris.
[39] Emmanuel d’Hooghvorst, op. cit. p. 19.