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lunes, 3 de octubre de 2016

Las Diosas Tejedoras; por Pere Sánchez Ferré

          Revista La Puerta nº 62, Arola Editors, Tarragona, 2003.  

            I.     Introducción

Las artes y los oficios fueron otorgados por los dioses a los hombres a fin de que éstos sobrevivieran en un mundo ajeno y hostil. Además de esta función, conservaron desde sus inicios otra muy importante, ya que siempre sirvieron como imágenes y símbolos del secreto del hombre y de su regeneración.

El arte de tejer es un ejemplo de ello, pues no enseña que todo el universo es un inmenso tejido, que abarca desde lo más puro y sutil hasta lo más grosero y espeso.

En la mitología clásica abundan las mujeres y diosas tejedoras. Es un oficio consagrado por lo general al sexo femenino porque es la mujer quien, una vez recibida la simiente masculina, teje, es decir, alimenta y hace crecer, de su propia sustancia, la nueva vida que lleva en su seno. Tejedoras de engaños o de cuerpos puros, son ellas quienes tejen los cuerpos en un telar terrestre, desde los más sutiles y traslúcidos, hasta los más opacos y perecederos. Todo está sometido al sabio o bien al nefasto arte de tejer o de corporificar.

La simbología del hilo, del telar y del vestido que tanto usaron los griegos, procede seguramente de Egipto, aunque otras tradiciones, como la hindú o la oriental, se sirvieron de ella para enseñar iguales misterios.

Comenzaremos por abordar sus efectos en este mundo.

II.      Los tejidos que envuelven el alma

Las almas siempre buscan un cuerpo del que revestirse. Cuando descienden a la encarnación humana, en este mundo, esperan ser recibidas en un cuerpo inmortal, en una vestidura de gloria, pero se encuentran atrapadas en un envoltorio de tejido animal y corruptible. Hermes Trismegisto relata con toda su crudeza lo que ha ocurrido a nuestras almas:

Porque la ignorancia maldita inunda toda la tierra y corrompe el al (psique) [2] aprisionada en el cuerpo […] Debes rasgar de parte a parte la túnica que te cubre, el tejido de la ignorancia, el vestido urdido de la corrupción, la cárcel tenebrosa, la muerte viviente, el cadáver invisible, el sepulcro que llevas a todas partes contigo, el ladrón que habita en tu casa […]. Tal es el enemigo que te has puesto por túnica […] a fin de que no tengas oídos, para las cosas que necesitas oír ni mirada para las que necesitas ver. [3]


Empédocles dice, hablando de la fuerza que hace caer al alma en el exilio de la carne: «La reviste con una túnica de carne que le extraña, cambiando el vestido de las almas». [4]

Según Porfirio, «la voluptuosidad encadena las potencias divinas y las hace caer en la generación, y éstas, enervadas, pierden en el placer parte de sus fuerzas. […] la vida del alma perece por la voluptuosidad». [5]

La tradición poética y mitológica griega enseña que la caída del alma en esta túnica fatal, que es el cuerpo humano donde el alma se encuentra prisionera, es obra de diosas como Circe, quien teje la tela del mundo sublunar. Homero cuenta en la Odisea que los compañeros de Ulises no sospechan la trampa que la maga Circe, «la rica en venenos» (x, 726), tiende a los confiados navegantes, ya que los atrapa en la encarnación animal, los convierte en cerdos y les da «licor» que les hace olvidar la «patria».

Explica Emmanuel d’Hooghvorst, el último gran comentador de Homero, que Circe está condenada a tejer perpetuamente la tela de la generación. [6] Su nombre revela lo propio de su actividad, pues Circe (kirqué) es un vocablo asociado a la idea de círculo y proviene del verbo kerquitzô, ‘tejer’. Continúa diciendo el autor de El Hilo de Penélope que sin «peso, esta hembra se agota gastando sin cocer. […] la naturaleza de este mundo, Circe, sin buena quymica se convierte en una mujer malvada, pero unida al oro se vuelve, tal como veremos, una amante fiel y una musa inteligente […] Circe, Arte puro o dolo animal, hace a los elegidos o a los necios, según sea salada o desalada». [7]

Por lo tanto, sin la visita iniciática del héroe salvador, nuestra naturaleza caída (Circe) no puede ser regenerada.

Un antiguo comentador de Homero, Pseudo Plutarco, relata así el cometido de la diosa Circe:

La transformación de los compañeros de Ulises en cerdos y animales semejantes encierra un enigma, que las almas de los hombres insensatos caen en el movimiento circular del Todo, al que llama Circe, y la supone con cierta razón hija del sol, habitante de la isla de Ea (Aiaië) (Odisea x, 135), isla así llamada por los ayes de lamento y quejas de los hombres ante la muerte. Pero el hombre sabio, el propio Ulises, no sufrió semejante transformación. [8]


Así, la tejedora de este mundo arrastra a las almas hacia la generación, encerrándolas en el círculo fatal de las reencarnaciones; sin embargo, al hacerlas bajar al exilio sublunar cumple los designios divinos, como explica El Mensaje Reencontrado: «La caída del hombre tiene una finalidad divinamente elevada, que es la adquisición de un cuerpo bajo y su glorificación en Dios». [9]

Porfirio hizo un comentario del famoso pasaje de la Odisea dedicado a Circe que, entre otras cosas, trata del arte de tejer los cuerpos de este mundo:

¿Qué símbolo convendría mejor que los telares con las almas que bajan a la generación y a la producción de los cuerpos? Por esta razón el poeta osa decir que, en estos telares, las Ninfas ‘tejen telas teñidas de púrpura de visión admirable’. Porque en los huesos y a su alrededor se forma la carne, y los huesos son la piedra y el cuerpo de los animales a causa de su gran parecido con ese elemento. Por eso se dice que los telares son de piedra y no de otra materia. Las telas de púrpura serían la carne tejida a partir de la sangre […] Y el cuerpo es el vestido del alma.

Para estas almas, volverse húmedas no es morir, […] para ellas es una dicha caer en la generación. […] En efecto, estas almas aman la sangre y el semen humano. [10]

Por su parte, Arístides Quintiliano, refiere a ciertos alineamientos luminosos de los que el alma se envuelve progresivamente al bajar a la encarnación, formando «una red ovoide que dibuja el contorno del futuro cuerpo humano. Estos hilos de luz, tejidos en el espacio, se convertirán, en la tierra, después de la encarnación, en redes de venas, de arterias y de nervios».  [11]

Proclo insiste en este mismo misterio cuando escribe que el alma que «se encamina hacia lo inteligible se desviste de las túnicas de las que está revistida». Por el contrario, las almas que descienden a la encarnación, «se añaden varias túnicas, tomadas de los elementos, aéreas, líquidas y terrestres y, finalmente, entran en este volumen espeso». [12] Dichas túnicas están formadas, según creen los órficos y pitagóricos, por un hilo que los círculos planetarios utilizan para tejer la red que las almas atraviesan al bajar a este mundo. Y para encarnarse, se vinculan al elemento generador. Escribe C. de Alejandría que, para los órficos, «el hilo de la urdimbre expresa alegóricamente, el semen». [13]

Así, en el semen se encuentra el fundamento del principio purificador.

En Egipto, el hilo y el tejido desempeñan un importante papel en los misterios iniciáticos. Osiris es el dios momificado y sepultado en el ser humano, amortajado por un vendaje que lo oprime y lo deja inerte, como muerto, sometido a los propios deseos y apetitos del cuerpo, que le causan los peores sufrimientos. Pero cuando el alma (Osiris) es iniciada, es despojada de las antiguas vestiduras y la diosa Tait, la «divina tejedora», confecciona la «túnica osiriana» hecha de lino blanco inmaculado, que simboliza el vestido de la luz. Explica Plutarco que la flor del lino es de un color «azul parecido al del éter que rodea el universo» [14] Esta nueva vestidura es llamada «aire tejido» [15] pues está confeccionada por la luz corporificada del sol.

Si el lino era el símbolo del cuerpo inmortal, la lana lo era del cuerpo animal, por lo que su uso estaba prohibido en las ceremonias iniciáticas egipcias y griegas. [16]

En el cristianismo antigua también estaban presentes los tejidos, pues antes de entrar en la piscina bautismal, el candidato se desvestía de sus antiguas ropas y, una vez purificado por el bautismo, recibía vestidos blancos luminosos, llamados «túnica solar del Señor», pues era éste quien le había «envuelto de pureza e incorruptibilidad». [17]

Según Themistios, «en los misterios de Eleusis el sacerdote quitaba las vestiduras de una estatua de Afrodita, después de haberla frotado para devolverle la belleza» [18].


III.   La materia animada

Platón explicó que las almas disminuyen en vigor a medida que se aproximan al mundo de la generación, hasta perder las alas, aunque son ellas las que dan vida a los cuerpos.

Porque todo cuerpo, al que le viene de fuera el movimiento, es inanimado; mientras que al que le viene de dentro, desde sí mismo y para sí mismo, es animado. […] lo que se mueve a sí mismo es el alma […].

Todo lo que es alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta  y alada, surca las alturas y gobierna todo el Cosmos. Pero la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido, donde se asienta y se hace con un cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo en virtud de la fuerza de aquélla. Este compuesto, cristalización de alma y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el sobrenombre de mortal (Fedro 245e  246-c).

La carne, pues, procede del alma y es animada por ésta, cuyo origen es el Alma del Mundo, una fuerza celeste y solar (ígena) que mueve los astros, hace latir nuestros corazones y ha cohesionado y ordenado el mundo de la encarnación, dotando a la materia de vida animada e introduciendo el fuego divino o alma en su interior, aunque este fuego haya quedado oscurecido y congelado en nuestra sepultura carnal. Cuando el cuerpo no puede soportar más la vida y muere, esta vida del alma que lo animaba se libera de sus ataduras y es salvada o vuelve al círculo nefasto de la generación caída, al imperio de Circe.

Todos hemos sido hechos de esta alma universal que tiene siempre ha corporificarse. Ella nos da la vida, nos anima, nos alimenta y finalmente nos mata. Ella es también quien puede regenerar nuestra naturaleza caída si, como hizo Penélope, conseguimos captarla con la ayuda de Dios. E. d’Hooghvorst dirá que esta vida celeste es un «pensamiento inteligente e ígneo […]. Los hombres viven de él sin ofrecerle la morada donde está el alma luminosa, al tomar cuerpo, alimentará la edad de oro.» [19]


IV.    La araña

La araña ocupa un lugar destacado en la mitología hindú y tiene también su espacio en la de Occidente. Por su labor tejedora, puede equipararse al alma, pues de ella misma, de su propia sustancia, fabrica la tela, como el alma se fabrica un cuerpo. La araña también es comparada con el sol, el astro crea de sí mismo sus rayos, que son como los hilos que tejen y vivifican el universo.

A.  K. Coomaraswamy explica que, según la tradición hindú el prana teje las criaturas y todo el universo es una gran red que religa los mundos y los seres, donde el sol tiene un papel esencial:

Este Sol conecta estos mundos mediante un hilo (sutre) y ese hilo es el Viento (Vayu, Spiritus). Nuestros soplos son los ‘hilos’ (tantu, tantri, sutra) con los que la Araña solar, nuestro Sí, teje su tela de siete radios, el ‘tejido’ del Universo; y, en última instancia, ‘el único hilo’ en el que todo este universo está ‘ensartado’ […].

Todas estas ideas forman parte de la conocida doctrina del ‘hilo del espíritu’ (sutratman) y del simbolismo de los actos de tejer y coser […] según la cual el sol conecta todas las cosas consigo mismo por medio de ‘hilos’ pneumáticos que son ‘rayos’ que él extiende. [20]

En la mitología griega, la tejedora Aracne puede simbolizar el alma, pues cuenta la leyenda que esta hija del tintorero Idmón no quería deber su habilidades más que a sí misma. Pretendió aventajar a Atenea en el arte de bordar y la desafió: Aracne bordó representaciones de los amores ilícitos de los dioses, mientras que la diosa representó en su bordado, además de los doce dioses del olimpo en toda su majestad, cuatro episodios que mostraban la derrota de los mortales que osaban desafiar a los dioses. Atenea destruyó la obra de su rival y ésta pretendió ahorcarse, pero la diosa no la quiso y la convirtió en araña. Aracne en griego significa ‘araña’. No es difícil descubrir aquí la historia de la rebelión de los titanes, o de las almas, precipitadas en la región inferior, es decir, sepultadas en los seres humanos.


V.       Las Moiras

Las almas que han caído en la generación y se han humedecido al contacto con el mundo corpóreo quedan sometidas a otras tejedoras muy presentes en la Antigüedad: las Moiras o Parcas, que tejen el destino de los seres humanos. [21] Ellas, dice Hesíodo, «otorgan a los hombres mortales la posesión del bien y del mal»  (Teogonía 901-906).

Aunque hay muchas variantes sobre sus orígenes y número, se acepta que las Moiras son tres: Átropo, Cloto y Láquesis, y regulan la vida de cada uno de nosotros, desde el nacimiento hasta la muerte, con la ayuda de un hilo que la primera hila, la segunda enrolla y la última corta cuando nuestra vida llega a su término. También presiden los alumbramientos, ayudando a las mujeres que van a dar a luz (como Lucina). El color de la Lana que hilan las Parcas determina el destino de los mortales.

La antigua tradición de las Moiras y otras tejedoras se ha perpetuado en las brujas y las hadas de la época moderna, como ocurre en el folklore catalán, donde ambas a menudo son representadas hilando como Circe. [22]


VI.    El arte del buen tejer

Si bien unas diosas tejen la trampa del cuerpo mortal y del destino astral del hombre, otras más propicias destejen la tela de la generación vulgar que sepulta nuestra alma y la liberan de su prisión. La maestra de este sabio destejer es la homérica Penélope quien, en palabras de E. d’Hooghvorst.

Es la esposa fiel que espera en casa, ‘la-que-ve-la-trama’; dicho nombre es muy apropiado para esta tejedora que desteje. […] La tejedora nos da aquí la clave de su arte: ‘De noche’, dice, ‘deshago el trabajo del día’. ¿Qué representa el día? El tiempo que devora toda savia y agota la vida. En nocturna quymica de Penélope, se descose el sudario fatal del Arte sepultado, reanimando entonces su sol, y he aquí la espera de un dulce que ha vuelto en paz.

La noche dicen los cabalistas es el secreto del Señor. [23]

Las buenas tejedoras como Penélope destejen primero el tejido mortal que ha cubierto el alma, para después tejer el verdadero cuerpo inmortal, glorioso. Han captado el hilo celeste que puede destejer o disolver el grueso tejido que cubre al padre Laertes, es decir, el alma, porque dicho hilo es el Mercurio celeste fijado en la tierra, un hilo azul trenzado y brillante, que disuelve la mortaja que cubre la vida sepultada, por eso E. d’Hooghvorst asegura que «lo esencial es el Hilo de Penélope; lo demás es el comentario» [24] Lo esencial es recibir este don de Dios, y quien puede atraerlo es nuestra tierra pedregosa, [25] una piedra imán que todos los humanos poseemos. Penélope es una virgen terrestre, humana, como María.

El Hilo de Ariadna posee las mismas cualidades y cumple igual función que el de Penélope, pues el héroe Teseo no puede vencer al Minotauro, tan próximo a la naturaleza humana, ni escapar del laberinto que todos contenemos, sin la intervención de la espada y el hilo de Ariadna que, escribe el citado autor, «son un don divino en sí». [26]

Otras mujeres son también buenas tejedoras, a quienes la diosa Atenea otorgó «el saber de labores preciosas y entrañas discretas» [27] La mujeres feacias, muy hospitalarias, con Nausícaa [28] al frente, acogen, lavan y eliminan el aspecto respulsivo del héroe Ulises, quien viene a la tierra humana esperando ser tratado como un huésped excelente.

La Virgen María también desteje como Penélope, «el sudario fatal del Arte sepultado, reanimando entonces su sol» (vid. supra), es decir, a su hijo Jesucristo, llamado Sol invictus.

Uno de los nombres de Cristo es «gusano», pues, nacido de la corrupción o disolución, se reviste de un tejido creado a partir de su propia sustancia, se transforma en crisálida y finalmente en mariposa, imagen del cuerpo de luz. [29]


VII.      Textos tejidos

Los profetas y los santos también son tejedores, pero de palabras, ya que la escritura inspirada es otra forma de corporificar el cielo y de hacerle hablar. Inspirados por las Musas, captan el mismo hilo celeste que Penélope y Ariadna, y con él tejen sus textos; éste vocablo deriva del latín textus, tejido.

Observa F. Buffière que «urdir o tejer las ideas y las palabras es una metáfora corriente en Homero». [30]

El vocablo griego Hymnos (himno) significaba originariamente ‘tejido’, por tanto, los himnos a los dioses y diosas con ‘cantos tejidos’. Además, la palabra rapsoda también tiene connotaciones textiles, pues el rapsodos sería, de acuerdo con su etimología, el ‘zurcidor de cantos’. [31]

La creación poética y prosística requiere ordenar las palabras, y el término orden también nos remite a conceptos próximos al tejido, pues proviene del latín ordo y éste de ordior, que significa tejer, urdir y confeccionar una trama.

Por otra parte, no deja de ser curioso que, en otras lenguas como el sánscrito y el chino, encontremos las mismas relaciones entre la creación literaria y al arte de tejer, lo cual apunta a la fuente primera y única que ha dado origen a las lenguas.

En sánscrito, sutra (texto búdico) significa ‘hilo’ y tantra (tratados sagrados según la tradición hindú) tiene el sentido de ‘tela’ e ‘hilo’. Según René Guénon, la palabra latina sutura, ‘costura’, y la árabe sura (cada uno de los capítulos del Corán), tienen la misma raíz que sutra (‘hilo’). [32]

Las mismas relaciones encontramos en la tradición oriental, pues en chino clásico el término King (o ching) en su origen significaba tejido, trama, y en el uso común, libro o libro consagrado. En el como el siguiente: «Vasta es la red del cielo y su trama holgada. Mas nada se le escapa». [33]

Si los textos de los sabios poetas y profetas son el futuro de un hilo sabiamente tejido, entonces se comprende mejor la recomendación de Louis Cattiaux:

«[…] Así pues, no nos separemos nunca de los libros santos, que hilan el vínculo que nos une al Señor de toda sabiduría.» [34]


Notas:
[1] El Mensaje Reencontrado, XXII, 12’.
[2] En general, cuando los antiguos griegos se refieren al alma, en tanto que parte inmortal del ser humano, la denominan psique. Cf. C. del Tilo, «Sobre el sentido de las palabras alma y espíritu», en El Libro de Adán, Arola ed., Tarragona, 2002, pp. 134-136.
[3] Poimandres VII, 2-3.
[4] Los filósofos presocráticos, ed. Gredos, Madrid, 1979, vol. II, p. 242.
[5] Porfirio, El antro de las Ninfas, 16 y 18. Existe versión española en La Puerta nº 27, 1987, pp. 33-52 y en ed. Gredos, Madrid, 1989, pp. 220-247.
[6] Véase el Hilo de Penélope, Arola ed., Tarragona, 2000, t. I, p. 72.
[7] Idem, pp. 72, 76 y 77.
[8] Sobre la vida y la poesía de Homero, II, 126. Existe versión española en ed. Gredos, Madrid, 1989.
[9] L. Cattiaux, op. cit., XXV, 49.
[10] Porfirio, op. cit., 14 y 10 respectivamente.
[11] Citado por F. Buffière, Les Mythes d’Homère et la pensèe grecque, ed. Les Belles Letres, París, 1956, p. 465. Son las llamadas «ligaduras del alma».
[12] Citado por S. Mayassis, Le livre des morts de l’Egypte Ancienne est un Livre d’Initiation, B.A.O.A., Atenas, 1955, p. 189.
[13] Citado por G. Colli, La sabiduría griega, ed. Trotta, Madrid, 1995, p. 215.
[14] Sobre Isis y Osiris, 4. Tait es llamada «nube que envuelve al desfalleciente.»
[15] S. Mayassis, Le Livre des morts de l’Égypte Ancienne…, p. 220.
[16] Véase a Herodoto, Historias, II, 81.
[17] S. Mayassis, Le Livre des morts…, p. 271.
[18] S. Mayassis, ídem, p. 302.
[19] El Hilo de Penélope, cit., p. 99.
[20] A. K. Coomaraswamy, El Vedanta y la tradición occidental, ed. Siruela, Madrid, 2001, pp. 217-218 y 329-330.
[21] Véase el himno dedicado a las Moiras en Himnos órficos, ed. Gredos, Madrid, 1987, pp. 216-217.
[22] J. Amades, Bruixes i bruixots, Biblioteca de tradicions populars, Barcelona, 1934, p. 35.
[23] El Hilo de Penélope, cit., p. 20.
[24] Idem, p. 40. El alma sometida a los males humanos, escribe Platón, realiza una labor opuesta a la de Penélope, ya que ésta manipula «el telar en sentido contrario» (Fedón 84a).
[25] Pedregosa Ítaca, la denomina E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 80.
[26] «El hilo de Ariadna», en Mitología oculta. Colección La Puerta, nº 58, Arola ed. Tarragona, 2000, p. 12.
[27] Odisea VII, 110-111.
[28] Nausícaa significa ‘la-que-prende-fuego-al-vaso’: E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 19.
[29] Véase Isaías 41, 14 y El Mensaje Reencontrado XV, 40. En hebreo, tila’ (הצל ) significa, ‘agusanado’, pero también ‘revestirse de púrpura’, ‘germinar’ y ‘crecer’.
[30] F. Buffière, Les Mythes d’Homère et la pensèe grecque, cit., p. 390.
[31] A. Bernabé Pajares, Himnos Homéricos / La «batracomiomaquia», ed. Gredos, Madrid, 1988, pp. 10 y 22.
[32] R. Guénon, El Simbolismo de la Cruz, ed. Obelisco, Barcelona, 1987, p. 104. Leamos el siguiente versículo del Corán (Sura 7, 26): «¡Hijos de Adán! Hemos hecho bajar para vosotros una vestidura para cubrir vuestra desnudez y para ornato. Pero la vestidura del temor de Dios es mejor. Éste es uno de los signos de Dios».
[33] Véase el Prólogo de J. Fernández Oviedo al Tao Te Ching, Offsetgrama, Buenos Aires, s. a., p. 8.
[34] El Mensaje Reencontrado VII, 63’.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

La Masonería y el Arte del Bordado; por María Ángeles Díaz


I

La Masonería es una vía iniciática cuya realidad emana del Gran Arquitecto del Universo, principio a cuya Gloria los masones realizan todos sus trabajos. Y es apoyándose en la simbólica del oficio de constructor como el masón cumple su labor interna de autoconocimiento. Tomándose a sí mismo como un pequeño todo, llega a descubrir en sí mismo las leyes que rigen el cosmos.

Siendo simbólicos todos los oficios tradicionales, estos permiten la apertura a espacios internos de uno mismo, lo que sucede de forma simultánea al propio desarrollo de la función del oficio, por constituir su estructura un código ordenado que imita el modelo cósmico, siendo esta cualidad la que les confiere a dichos oficios su papel de soportes para la transmutación de la conciencia.

Es así que, en el origen de la Masonería, el trabajo operativo de construcción se hallaba perfectamente unido al propio proceso interno del masón, por lo que el rito y el símbolo se cumplían al mismo tiempo que el edificio externo se iba levantando. El aprendiz masón, asesorado por su maestro de obras, aprendía a descubrir las aristas de la piedra bruta, de la que él mismo era símbolo vivo. Ayudándose con las herramientas propias del oficio, es decir con la escarpa, o cincel, y el mazo, desbastaba y pulía la piedra al mismo tiempo que pulía sus propias imperfecciones y condicionamientos psicológicos, que son el impedimento principal para que la piedra llegue a ser cúbica y tallada a escuadra, convirtiéndose en la parte sólida y estable que requiere todo edificio bien construido. El desarrollo de las facultades intelectuales del masón operativo se producía al aplicar a la propia construcción efectiva del edificio, la transposición simbólica de la idea trascendente. Pues la regeneración psíquica, el ordenamiento de lo mental, nace de la comprensión del Orden Superior a que el símbolo permanentemente alude, por medio de la sugerencia y la evocación que afloran al meditar sobre él. De este modo el masón descubría facultades en sí mismo, antes incluso insospechadas, y que de no ser por la propia purificación psicológica y la aplicación al rito de la memoria, nunca tendrían la oportunidad de desarrollarse.

Hemos de destacar el hecho de que este oficio de constructor era desempeñado exclusivamente por hombres. Esto es debido a que la mujer tenía sus propios ritos iniciáticos, adaptados a oficios más particularmente femeninos, y a través de los cuales llevaba a cabo su trabajo de realización interna. Estos oficios están relacionados sobre todo con el tejido, como fue el caso de las "hiladoras de seda". Desafortunadamente ningún ritual que se refiera a este tipo de iniciaciones femeninas parece haberse conservado hasta hoy, al menos en cuanto a Occidente se refiere, aunque se sabe, eso sí, que dichos oficios estaban vinculados al Compañerazgo, organización iniciática artesanal muy cercana a la Masonería. Se da la circunstancia de que aunque los oficios relacionados con el tejido están más vinculados a la mujer, algunos de entre ellos eran desempeñados por hombres y por mujeres conjuntamente. Esto sucedió, por ejemplo, en el arte de la tapicería durante la Edad Media occidental. Con frecuencia esos tapices, de una sugestiva y gran belleza, además de una laboriosa composición artesanal, se confeccionaban para adornar las catedrales construidas precisamente por los masones y los compañeros. Lo que hace suponer que existían talleres durante la construcción de estos edificios dedicados exclusivamente a estos trabajos y por consiguiente en estrecha relación con la propia tarea de los constructores y arquitectos. Sin embargo, los tapiceros y tapiceras, eran dirigidos en su labor por maestras tejedoras y bordadoras, que al mismo tiempo que enseñaban la técnica del oficio, también transmitían su código simbólico. Que una mujer, en este caso concreto, fuera la que dirigiera también a los hombres, nos indica claramente la preeminencia del elemento femenino en el arte del tejido. Actualmente, entre los indios guatemaltecos, todavía se sigue conservando el arte de la tejeduría, como patrimonio de su cultura, y cuyos brocados [1] repiten los modelos geométricos, florales, de animales o pájaros, que desde siempre han constituido los motivos de sus ornamentos. Constituyendo dichos brocados el reflejo de una simbólica mediante la que este pueblo, descendiente de los antiguos mayas, expresa y transmite su mensaje. Precisamente son los brocados realizados por "mano de mujer" los de mayor prestigio por la belleza de su composición, confirmándose con ello lo que anteriormente decíamos acerca de la preeminencia femenina en un arte que le es propio. De todos modos hay que señalar que todo oficio desempeñado conjuntamente por hombres y por mujeres, es siempre algo excepcional, ya que en una sociedad tradicional siempre existió una clara distinción entre oficios masculinos y femeninos, los cuales están adaptados a las condiciones particulares de las naturalezas del hombre y de la mujer, que aunque una en esencia, es doble y se manifiesta como dual, y en aparente oposición, en el plano de las formas.

Los ritmos de las estaciones, los ciclos y los períodos de la luna y de las cosechas..., están tan unidos al propio organismo de la mujer, que ésta los vive de forma espontánea y natural. Ese es un rito del que participa por imperativo divino, y al cual no es menester añadirse porque ya es en ella. Esta realidad señala el modo distinto que la mujer tiene de desvelar los secretos de las cosas y de reflejar el orden del universo. De esa visión particular del mundo nacen sus oficios, caracterizados por el empleo de materiales sensibles y acordes con su naturaleza receptiva (yin). Dicha receptividad está simbólicamente en correlación con la de la Tierra; ésta, en su quietud activa, acoge en sus entrañas la semilla, a la que fertiliza por la acción captadora de las energías del cielo, y de cuya unión nace el fruto de la cosecha. Naturalmente esta relación cielo-tierra se mantiene entre el hombre y la mujer. Esto es como decir que es a través de la unión de los complementarios como se llega a la visión sintética del Orden Universal, siendo que de esta unión, surge la vida en todos sus órdenes de realidad.

Ahora bien, dejando de lado los caminos religiosos, ya que es la Masonería una vía iniciática que en Occidente mantiene vivos sus ritos y su código simbólico, es a ella a la que la mujer hoy en día puede incorporarse en el camino del Conocimiento, sin que los símbolos masónicos que se refieren al oficio de la construcción suponga un condicionante a su realización, sino un modo nuevo de adaptación a la realidad de los tiempos. Pero sin dejar al margen el estudio y la investigación de los símbolos y ritos propios de los oficios femeninos, sabiendo de antemano que estos se reúnen en la unidad de un mismo mensaje. El interés por hallar la analogía entre la simbólica del oficio de constructor y la simbólica de los oficios de mujer, constituiría, pues, el trabajo colectivo de una Logia femenina, rescatando así una herencia que es conforme a su naturaleza. Decimos logias femeninas, no logias mixtas, pues éstas, como advierte René Guénon, suponen una desviación de todo proceso iniciático auténtico. [2]

Teniendo, pues, la Masonería un origen artesanal, su simbólica está de una u otra manera vinculada a cualquier oficio tradicional, y particularmente, como hemos visto, a los relacionados con el tejido. Así lo demuestran, además, algunas leyendas masónicas relativas a los orígenes míticos de esta Orden iniciática, como más adelante veremos.

Todo ello nos lleva a pensar que es en el arte de tejer, y más particularmente en el de bordar, donde mejor puedan hacerse estas correspondencias simbólicas entre distintos oficios, basándonos en el "don de lenguas" a que se refiere la Tradición. Pues la palabra se ilumina cuando expresa la armonía del mundo, que es también su Verdad. El bordado es una representación de ello, y su locución se expresa por medio del color, de la textura del tejido y del brillo de las sedas, que son los elementos con los que el bordado configura su código y su mensaje tradicional.


II

Señalaremos que en antiguos manuscritos masónicos se habla de Noemá [3] como la primera tejedora. Concretamente se dice que ésta inventó el arte de tejer que hasta entonces no se conocía. Por ello –dicen los manuscritos– es que a este oficio se le llama "arte de mujer". Por otro lado, René Guénon se refiere al arte del bordado como un ejemplo de oficio exclusivamente femenino, resaltando el hecho de que estos oficios son perfectamente susceptibles de servir de soporte a una iniciación [4]. Todo ello nos lleva a la conclusión de que es a través del bordado, tomado como una parcela en el orden de los oficios femeninos, como pueda lograrse la síntesis que haga posible la transposición simbólica con el propio simbolismo de la Masonería.

Diremos que la Logia es un lugar protegido y "encuadrado" simbólica y ritualmente, donde se fijan los signos que hacen reconocible ese espacio sagrado. Asimismo, una tela dispuesta para su ornamentación, es el enmarque inicial y protector al abrigo del cual se despliegan todas las formas manifestadas de la creación del bordado. Esto es, un espacio yin (receptivo o femenino), dispuesto para atraer la energía yang (activa, masculina).

Este encuadre que circunscribe el tejido es ya un espacio cualificado por la medición y la elección de la textura de la tela, en donde la bordadora traza el orden que antes ha sido diseñado en el plano de las ideas. Esta acción que lleva a cabo la bordadora es idéntica a la del maestro arquitecto, cuyos planos y diseños geométricos son la traducción simbólica de las ideas y principios universales que se plasmarán en la construcción del edificio. La tela, que en el simbolismo geométrico se corresponde con la horizontal, representa el plano donde se describen y multiplican todas las formas indefinidas de la creación. La vertical vendría dada por la aguja, símbolo del eje que comunica entre sí los distintos planos de la manifestación. De la acción de la aguja sobre la tela (yang sobre yin, la vertical sobre la horizontal) surge el relieve del bordado, es decir el resultado final de esa unión entre complementarios.

A su vez, este encuadre que circunscribe el tejido dispuesto para el bordado, guarda una perfecta analogía con el cuadro de Logia masónico, donde se trazan los signos más significativos del grado a que este cuadro corresponda. Dicho cuadro, medido a escuadra, es decir con justa proporción, simboliza el plano en donde se hará manifiesta la inteligencia creadora. El representa una síntesis de la Logia, que es asimismo una imagen del cosmos. Los cuatro lados del rectángulo del cuadro, o análogamente del tejido, están orientados según las cuatro direcciones del espacio: Este-Oeste y Norte-Sur. Es, por consiguiente, un espacio ordenado y delimitado, y este orden es además consagrado por el rito de su trazado y de su diseño, tal y como los antiguos masones operativos lo realizaban. Aquí podemos ver una correspondencia entre el trazado del cuadro de la Logia, efectuado con una tiza sobre el pavimento, y la propia aplicación de la aguja y la hebra sobre el tejido, igualmente enmarcado como hemos dicho. En ambos casos el gesto ritual es el mismo. El masón y la bordadora cumpliendo su oficio se hacen copartícipes del "gesto" del Gran Arquitecto. Esto es, las leyes del macrocosmos adaptadas al microcosmos, que no es sino la misma cosa

De igual modo, la parte de un bordado en nada difiere del conjunto íntegro de la obra, sino que cada una de sus divisiones la contiene por entero. "La parte contiene al Todo", nos dice la Tradición. Así, en el camino hacia el conocimiento de uno mismo y del mundo, también es menester parcelar el terreno’ o campo’ de la conciencia, es decir "limitarlo" y "medirlo", plasmando en él una estructura geométrica análoga a la estructura del cosmos, lo cual se lleva a cabo a través de diferentes etapas para concluir en lo que está más allá de esos mismos límites, esto es lo supra-cósmico y lo metafísico.

La fragmentación del tejido a la que está sujeta la técnica del bordado en el bastidor, define la situación concreta en el plano o dibujo, es decir, y por analogía, la propia realidad espacio- temporal de uno mismo, evitando así la dispersión de las ideas. Es por la acción reiterada de las herramientas del oficio, el hilo y la aguja sobre la tela, como el bordado va tomando relieve. O sea, que la reiteración de aquello comprendido por el símbolo, su ritualización, conduce la mente al reconocimiento de la Idea, que configura al símbolo y al rito.

Este reconocimiento inicial que efectúa la aguja y el hilo dentro del tejido enmarcado, representa el recorrido por el laberinto de la psique, al cual el iniciado intenta poner orden. Este orden, que es también armonía, comienza a definirse a medida que la bordadora rellena los espacios de la tela. De esto se desprende que sólo aquello que uno puede nombrar (definir) es en definitiva lo que comprende, y eso es porque en el nombre de las cosas está su propia esencia, lo que en verdad ellas son. De esta manera el bordado es bello porque en él se recrea la Belleza, el Orden y la Armonía que comprendió la bordadora, siendo por eso mismo que la obra es simbólica, pues con ella transmite esa comprensión.

Hemos anotado ya que los útiles principales del oficio de la bordadora son la aguja y el hilo. La primera tiene su manejo ascendiendo desde la tela, por el eje invisible que conecta los mundos, conexión que confirma en su descenso donde traba en un punto del relieve la unión entre el plano superior y el inferior, el cielo y la tierra. Esto es, la Idea fijada en el plano concreto de las formas. Lo que equivale a decir que la comprensión de lo supra-individual, repercute inmediatamente en lo individual. La aguja, símbolo axial, cuya función es semejante también a la de la plomada, ubica la hebra conductora en la horizontal (equivalente al nivel) configurando la cruz. De arriba (del plano de las ideas arquetípicas), descienden las energías superiores que fecundan la materia, convirtiendo en acto lo que estaba en potencia, que no habrá sino de reflejar una energía en esencia inmutable.

Nos estamos refiriendo aquí al simbolismo propio del bordado efectuado sobre bastidor, en el cual, como decimos, la aguja asciende verticalmente y desciende de igual modo. Este doble recorrido que hace la aguja, tiene su inicio en la parte inferior e interior de la tela, donde fija la hebra por medio de un nudo. Esto significa que todo proceso iniciático parte del lugar más oculto del ser. De su propio corazón. De no ser así el intelecto creador no podría renacer a la luz de su realidad. El nudo representa el enganche con la tradición y la fe intrépida, sin la cual el camino se convierte en un viaje hacia otra parte de las tinieblas, quizá mucho más oscuras y lúgubres del ser humano; son las tinieblas sin retorno a que conduce la mente desposeída del sentido sagrado de la existencia. Este primer nudo con que da inicio toda labor de bordado, equivaldría a la "piedra de fundamento" en el simbolismo constructivo. Es decir la primera piedra con que se da inicio a la obra.

La hebra queda así sujeta desde lo invisible, o sea por debajo de la tela, hasta lo visible, por encima de ella. Al descender, la aguja atraviesa el tejido, quedando nuevamente oculta, pero no así el relieve creado. En verdad, los útiles o los símbolos de toda vía iniciática son únicamente mediadores, pero nunca un fin en sí mismos, y estos dejan de ser necesarios cuando se llega a encarnar la idea que están representando, dando nacimiento a la verdadera libertad del ser, integrado conscientemente en la trama del universo. Esto sucede al ritualizar todas las acciones, es decir al participar del orden del mundo, análogo al de la Gran Obra, lo que en la simbólica del bordado está representado por el ritmo (rito) de ascenso y descenso de la aguja, recreando, por la sucesión cíclica de los puntos, la manifestación del bordado.

En la ornamentación, trabajada sin bastidor, la acción de las herramientas del oficio permiten la descripción de otros símbolos geométricos, tales como el círculo [5], la espiral [6], la cruz [7], el triángulo [8], y tantas otras como sugiera el tipo de punto con que se efectúe la labor. Esto puede ser así debido a la ductilidad de la tela no tensada por el aro o marco del bastidor. Como vemos cada tipo de punto o técnica aplicado a este oficio tiene una sugerencia particular. El arte de la bordadora consiste en tornarse hebra, revestir su alma de brillo y de color, y penetrando con la aguja la trama y la urdimbre del tejido universal ir reconociendo su propio ensamblaje con el resto de la creación. Siendo que todos los seres conforman el rico y majestuoso bordado de la existencia.

Lo que decimos no necesita mayor exposición para comprobar que este oficio es un soporte totalmente válido para la meditación. O lo que es lo mismo, una auténtica vía simbólica de acceso al Conocimiento, ya que su estructura es un perfecto diseño de la realidad del Orden Universal al que por analogía está representando.

Hemos dicho que el hilo es el conductor de la obra, lo que la encadena y al mismo tiempo la une. Significa que para que se produzca una auténtica regeneración de la mente, uno debe comprometerse firmemente con la Tradición, aplicando su capacidad intelectual en descifrar los códigos simbólicos que la representan. Estando firmemente convencido que existe un mensaje revelador de la Verdad, de la Unidad que da la vida y la ordena. Una vez admitido que este mensaje está contenido en cada símbolo, inmediatamente uno debe sentir la imperiosa necesidad de descifrarlo. Lo que exige un estado permanente de vigilia.

Este primer nivel de reconocimiento de uno mismo, se corresponde con el primer trazado de la hebra sobre la tela, ya que el bordado sin bastidor no se trabaja por partes conclusas, sino que su desarrollo se efectúa a través de diferentes etapas [9] es decir, que por el plano del dibujo deben hacerse varios recorridos, tantos como colores y tipos de punto vaya a contener la obra, pasando así de la multiplicidad de todas sus formas a la unidad del conjunto del bordado. Decimos que este primer trazado encuentra su correspondencia simbólica con la iniciación masónica, durante la cual el recipiendario entra por primera vez en la Logia, y antes de recibir la Luz solicitada, efectúa un primer recorrido por el plano del Templo, tomando noción de sus proporciones y medidas que son análogas a las del cosmos. Por ello, al cruzar la "puerta estrecha" que separa el mundo profano del sagrado, el recipiendario penetra en el orden de su propio universo, el que recorre como neófito, es decir como nuevo nacido. 

La segunda etapa del bordado consiste en el relleno de otros espacios del tejido, ya cualificados por el primer recorrido del hilo sobre él. La semilla que ya fue plantada ha brotado y comienza su crecimiento. El viaje hacia el centro de uno mismo aparece ya definido en su estado individual y humano, y es tiempo de ver resultados. Estos no se logran sino hay una realización efectiva, esto es, entregándose abiertamente y sin reservas a la obra. La multicolor belleza con que se expresa la manifestación, nacida de su realidad invisible, muestra su exuberancia sólo cuando se la recrea. No es sino la libre elección que uno hace a través de su inteligencia, la que permitirá que la venda caiga de sus ojos, y goce con ella.

Asimismo, este segundo viaje que realiza la aguja, reafirmada en la hebra, guarda estrecha relación con el segundo grado masónico, el de compañero. Este, que ya ha sido instruido en su etapa de aprendiz, descubierta y desbastada su piedra bruta, se encuentra ahora capacitado para efectuar su tallaje, para lo cual tiene el apoyo de las herramientas propias del oficio, diseñadas especialmente para hacer más fácil su trabajo. Este segundo nivel en el bordado se hace al amparo del primero, es decir que es gracias a una primera toma de conciencia, a un compromiso adquirido con uno mismo y con la Tradición, como se hace posible que la conciencia ascienda a otros niveles de comprensión. Simbólicamente, esto podría describirse mediante una espiral de movimiento centrípeto que encuentra su centro en el corazón mismo del ser humano, donde reside la verdadera intuición intelectual.

La plancha de trazar, la tela, que aparecía "blanca" al principio, es decir virgen, toma las formas que la artesana borda sobre ella, formas que han sido realizadas siguiendo los planos del Gran Arquitecto del Universo. La bordadora no hace sino imitar esos planos, siendo ese trabajo un viaje por la trama y la urdimbre del tejido universal. Contando y midiendo (numerando y geometrizando) en un pequeño espacio (el del bordado, en este caso), las medidas y proporciones del cosmos, el resultado habrá de ser una obra hecha conforme al Plan Divino, en la que la bordadora también está incluida.

La culminación de la obra artesanal se produce tras el último recorrido que la aguja y el hilo efectúa por la tela. Esta fase corresponde al relleno de los espacios más pequeños, aquellos más internos del "mandala" del bordado y de la existencia. Son los puntos que concluyen la obra, dándole su verdadera unidad por la complementariedad de todas sus partes, a las que el hilo, conducido por la aguja encadena y conecta con su principio; es decir, la idea de donde surgieron, la no forma. Dicho de otra manera: que todas las partes del ser individual coexisten y quedan resueltas en el Ser Universal, Principio y Fin de todas las cosas.

Es así, como ocurre en la elaboración del propio bordado, que toda vía iniciática consta de diversas etapas de realización, las cuales van señalando la paulatina integración de todos los estados del ser, ligándolos a su unidad. Esa Unidad es como el ornamento del bordado al que nada se le puede restar o añadir, y que no guarda diferencia con ninguno de sus puntos, de los cuales no es posible prescindir una vez terminada la obra, compuesta por todos los colores y matices, todas las formas y sus relieves. Por tanto, el acabado del bordado es la expresión máxima dentro de este arte, por tratarse de la recreación de la Gran Obra, la del Supremo Hacedor, en la que todos los seres están insertados como lo están los hilos del bordado.

Pero el trabajo de la bordadora no concluye al término de su obra, como tampoco la creación está acabada, sino que ésta continúa haciéndose a cada instante. El hilo, conductor de su viaje por los diferentes planos de la existencia, es el símbolo de su propia alma, y esta no puede quedar sujeta a ninguna forma o imagen determinada. Significa que la bordadora no debe identificarse con su obra, ya que de ser así coartaría su libertad y en consecuencia su propia realización, pues lo que hace a la obra "perfecta" es aquello que no está incluido en ella, ni forma parte de ningún elemento de los que la componen, pero que sin embargo es lo que le da toda su realidad. "El principio de una cosa no es ni una de sus partes entre las otras ni la totalidad de sus partes, sino aquello en que todas las partes se reducen a una unidad sin composición" [10]. La belleza del bordado es solamente una envoltura de la verdadera Belleza y ésta no está encadenada a la existencia relativa, sino que es la Existencia misma que trasciende toda dualidad, que es también toda ilusión y toda forma. El bordado representa uno de los velos de Maya la diosa hindú, hacedora de las formas, que es también el Arte con el que el Gran Arquitecto realiza la obra de la creación. Detrás de esos velos se halla el misterio de la vida. Por ello el verdadero trabajo de la bordadora no debe tener otra finalidad que la de ir descorriendo esos velos, con la esperanza de hallar el Conocimiento, e identificarse con la realidad que emana de él.

Notas:

[1] El brocado es la técnica de aplicar hilos de colores durante la propia elaboración del tejido, de modo que estos hilos formen diseños sobre él.
[2] Oswald Wirth a propósito de la iniciación femenina dice: Hace falta mujeres con coraje capaces de rescatar el simbolismo de la aguja.
[3] Noemá, hermana de Tubalcaín, ambos hijos de Sela y de Lamec, de la descendencia de Caín (Génesis IV). Es de destacar, en este sentido, la imagen de Eva con una rueca, tal y como se ve en uno de los capiteles del claustro del monasterio de San Juan de la Peña.
[4] Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage (tomo II, cap. "Initiatión fémenine et initiations de métier").
[5] En el punto llamado de "cadeneta" "vainica" "creta" y otros.
[6] En el punto de "nudos" en el que la hebra se enrosca a la aguja como una serpiente, que es también la imagen del Arbol de la Vida, eje del mundo con la serpiente enroscándose a su alrededor. Esta geometría nos lleva de nuevo a la correspondencia con el trazado del cuadro de la Logia.
[7] En el punto llamado "de marcar" o "de cruz".
[8] En el punto "rumanía".
[9] Conviene aclarar, que cuando el bordado es unicolor y trabajado a un sólo punto, las fragmentaciones de la tela ya sean en bastidor o fuera de él, son acabadas en cuanto a su porción se refiere. Esto no es así cuando la tonalidad del bordado es variada. En este caso cada color implicado en el diseño de la labor, se hace por separado.
[10] Ananda Coomaraswamy, citado por René Guénon en Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, cap. XLIII: "La piedra angular".