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domingo, 4 de septiembre de 2011

La Construcción Ilusoria del Templo de Salomón; por Antonio Bonet Correa


Artículo del Diario "ABC", aparecido el 30 de noviembre de 1991, con motivo de la publicación en facsímil por la Editorial Siruela de la colección de libros El Templo de Salomón según Juan Bautista Villalpando, El Templo de Salomón según Jerónimo de Prado, y Dios Arquitecto VV. AA. 

     A finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, en los años 1596 y 1604, se publicaron en Roma los tres colosales volúmenes que acerca del templo de Salomón, según la visión del profeta Ezequiel, habían escrito los jesuitas españoles Jerónimo de Prado y Juan Bautista Villalpando. Felipe II, monarca que, por su sabiduría y prudencia, era calificado por sus contemporáneos de «nuevo Salomón», fue quien patrocinó tan magnífica y curiosa edición romana. El padre Prado, teólogo y escultor, y, sobre todo, Villalpando, matemático andaluz discípulo de Juan de Herrera, el artífice de El Escorial, llevaron a cabo, tras una labor que duró casi toda su vida, la tarea de reconstrucción hipotética de aquel edificio desaparecido. El Templo de Salomón, por su planta y alzado, tal como lo imaginaron, ofrece gran paralelismo con el monasterio-palacio-panteón construido por Felipe II en la sierra madrileña. El clasicismo herreriano de las ilustraciones diseñadas por Villalpando es la prueba palmaria de la identificación ideal de ambas excelsas construcciones, conceptualmente consideradas como emanaciones de una idea absoluta de lo arquitectónico.

     Las plantas de la ciudad de Jerusalén y del Templo de Salomón tenían la forma cuadrada. De igual figura geométrica es el tomo de estudios que, coordinados por el profesor Juan Antonio Ramírez, acompaña, en volumen aparte, esta nueva impresión del libro de los jesuitas realizada sin escatimar medios y un lujo poco frecuente por Ediciones Siruela. Los especialistas del tema, además de Ramírez, el español Antonio Martínez Ripolí, el inglés René Taylor, el holandés Robert Jan Van Pelt y el suizo André Corboz, analizan, respectivamente, las diversas facetas de un tema de tan variados y complejos aspectos. A sus aportaciones científicas hay que añadir la gran novedad bibliográfica de un «disquete» con el programa informático de términos y conceptos usados en el texto teológico-arquitectónico de los jesuitas. Idea del profesor de la Universidad de Roma Eugenio Battisti, que no pudo realizaría a causa de su fallecimiento, este «disquet» es obra de la profesora de la Universidad de Murcia Cristina Gutiérrez Cortina.

    Verdadero laberinto de espejos, tal como acertadamente lo calificó Juan Antonio Ramírez, a quien se debe la exhumación y recuperación de este importantísimo libro, el tercer tomo, obra exclusiva de Villalpando, resulta difícil de comprender sin el hilo conductor de la erudición. Construcción ilusoria y arquitectura descrita, su genealogía es la de los edificios soñados. No es extraño que interese a los aficionados a las utopías y las fantasías arquitectónicas, los cuales saben unir a la abstracta precisión intelectual la realidad onírica y peregrina de la imaginación. Villalpando, que eludió la reconstrucción del templo de acuerdo con los datos históricos de la Biblia, encontró a causa de ello la oposición de los escrituristas que, como Arias Montano, basaban sus conocimientos en las fuentes fidedignas que describían el templo real, no imaginario, construido por Salomón. La polémica era lógica. Para Villalpando, el tema tenía una única dimensión especulativa. El origen divino de la arquitectura domina su texto. Dios era el artífice máximo, el supremo arquitecto del universo, quien había proporcionado a los constructores los planos del templo. El Arca de la Alianza, primero; los planos del Tabernáculo, después, y, por último, los del Templo, procedían de su imaginación divina. Los hombres sólo fueron los encargados de darles la forma concreta. La arquitectura sagrada se deriva, pues, del modelo diseñado por Dios para el pueblo escogido.

Tienda de la Presencia rodeada por las 12 tribus de Israel
según J. B. Villalpando
    Si la máxima perfección arquitectónica procede de la máxima sabiduría divina, esta premisa es razón suficiente para que la arquitectura clásica de los griegos y romanos sea una derivación de lo sagrado. Para Villalpando, los órdenes clásicos y Vitruvio tienen sus precedentes en el Templo de Salomón, cuyas columnas Yaquin y Boaz, a cada lado de la puerta, ostentaban un capitel que llama «mosaico». El famoso orden salomónico, tan usado en el barroco, tendría también su origen en estas fantásticas reconstrucciones. Villalpando, que en la cuestión de las proporciones sigue la concepción numérica de Pitágoras y que, en lo relativo a la armonía, sabe conciliar Platón con la Biblia, se convierte, gracias a sus especulaciones morfológicas, en el máximo teórico de la arquitectura de la Contrarreforma. Jesuita que ponía en práctica la «composición del lugar» y la «imagen mental» propugnadas por San Ignacio de Loyola en sus «Ejercicios Espirituales», fue también autor de una maqueta, hoy perdida. El estupor y la admiración que Juan de Herrera tuvo ante la visualización del templo llevada a cabo por Villalpando no resulta extraña en un arquitecto, autor del «Discurso del Cubo» y que estaba tan interesado por la filosofía de Raimundo Lulio y conocía tan a fondo la Kábala. De igual manera se justifica el interés de Felipe II, muy enterado de arquitectura y mecenas artístico, por un libro que era como el reflejo de la ideas fundamentales de El Escorial, Octava Maravilla del Mundo y remedo del Divino Templo de Salomón.

    Para Villalpando, en el Templo de Salomón «dejó Dios estampada con maravilloso arte la semejanza de todo cuanto existe bajo la inmensa cubierta del universo». Auténtico microcosmos, el templo encierra en sí mismo, no sólo el sentido simbólico, sino también analógico. La buenaventuranza, la elevación y el enajenamiento del alma que proporciona su contemplación entraña toda una Pansofía, es como un compendio de la sabiduría divina. La dimensión hermética del texto tiene que ver con el significado de un edificio-enigma que refleja la divinidad en su estructura arquitectónica y en la totalidad de su mobiliario y piezas litúrgicas. El oro y la riqueza de su conjunto son paradigmas del papel sagrado que le corresponde. El Templo de Salomón interpretado por Villalpando obsesionó a los arquitectos, teóricos y pensadores del barroco León Judá Hebreo, Fray Juan Rizi, Fischer von Erlach, Christopher Wren, Newton o John Wood, por citar a los más célebres. Su relación con las logias masónicas y las sinagogas holandesas, al igual que con los falansterios decimonónicos, es una muestra del interés que ha despertado tan apasionante y arcana especulación arquitectónica.

    Los cientos de páginas que tiene que leer aquel que quiera tener una idea de lo que fue el Templo de Salomón tiene al final su compensación indudable. Tras haber penetrado en la selva literaria del «delirio objetivo» de los padres jesuitas y haber seguido los textos eruditos de los especialistas, en los cuales, además del análisis del templo, se estudian otros edificios relacionados con su existencia, como el Santo Sepulcro, la cúpula de la Roca y su plataforma, además de los planos y vistas de la Jerusalén Celeste, acabará pensando que sólo el método paranoico crítico de Salvador Dalí podrá proporcionarle las claves para la interpretación del tema. Nadie debe desesperar. No se equivocaba Ramírez al calificar el libro de los jesuitas de un laberinto de espejos. Texto caleidoscópico, en el que se reflejan las mil facetas de sus páginas, tiene la fortuna de encontrarse ante el áureo y deslumbrante umbral de un secreto edificio al que sólo tienen acceso los iniciados. Penetrar en su interior es poseer la luz de la inteligencia, apresar el reflejo de la sabiduría divina.

Alzado del Templo de Salomón según J. B. Villalpando

lunes, 6 de septiembre de 2010

Arquitectura y magia. Consideraciones sobre la idea de El Escorial

Arquitectura y magia. Consideraciones sobre la idea de El Escorial, René Taylor, Ediciones Siruela, Madrid, 1995.

Después de treinta años, el profesor René Taylor publica su investigación definitiva sobre los misterios conceptuales que encierra El Escorial. Sostiene Taylor que Felipe II y Juan de Herrera eran hombres de su tiempo y, en consecuencia abiertos a ciertas ideas de carácter arcano muy diseminadas entonces entre los individuos más cultos, ideas que posiblemente influyeron en el desarrollo de El Escorial. En las piedras, los frescos y aun en la planta de este templo singula perviven, según Taylor, significados ocultos que sólo cabe descifrar con los criterios de quienes entendían la construcción de un edificio como el producto de una operación mágica. Juan de Herrera, hombre versado en matemáticas, arquitectura, astronomía, mecánica, apasionado estudioso de la cuadratura del círculo, coleccionista de piedras talismánicas, experto lulista y poseedor de una biblioteca que abundaba en obras de escritores herméticos, alquímicos y cabalísticos, fue además maestro y valedor del arquitecto jesuita Juan Bautista Villalpando. Todo ello le sirve a Taylor para adentrarse en la hipótesis de que el templo salomónico hubiera sido una idea dominante en la construcción de El Escorial. El autor complementa este brillante ensayo con varios y curiosos apéndices, entre los que figura cierto documento insólito: el Prognosticon, un detallado horóscopo que el Dr. Matías Haco Sumbergense escribió para Felipe II.
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Índice
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Agradecimientos
Introducción
Arquitectura y Magia
I. El concepto del arquitecto como mago
II. El edificio como producto de una operación mágica
Notas
Apéndice I. Los libros herméticos de Juan de Herrera y de Felipe II
Apéndice II. Felipe II y la Alquimia
Apéndice III. El contenido hermético de algunos frescos de la biblioteca de El Escorial
Apéndice IV. El ecumenismo cristiano durante el siglo XVI
Apéndice V. La interpretación de los horóscopos de El Escorial
Apéndice VI. Pronóstico acerca del Rey Felipe II.
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I. El Concepto del Arquitecto como Mago
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La bóveda que cubre el coro alto de El Escorial ostenta uno de los frescos de más grandes proporciones y menos inspirados detodo el siglo XVI. Obra de Luca Cambiaso o Luqueto, tiene como tema «La Gloria» o Visión del Paraíso, y representa a la Santísma Trinidad presidiendo las legiones de ángeles bienaventurados [1]. Dios Padre y Dios Hijo, envueltos en una aureola de luz, están sentados sobre un arco iris, mientras que el Espíritu Santo vuela sobre ellos. Nada de los dicho merecería comentario si no fuera por el extraño objeto sobre el que descansan los pies de la Primera y la Segunda Personas. Parece un bloque de piedra en forma de cubo que se proyecta diagonalmente desde el plano de la pintura.
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A pesar de lo extraño de la presencia de este objeto en tal lugar, resulta aún más de extrañar el descubrir que tal cuerpo cúbico no se menciona siquiera en ninguna descripción o análisis de la bóveda de Cambiaso [2]. No obstante, en vista de su prominencia, hay que suponer que el pintor no lo introdujo en su fresco por mero capricho. Además, es sabido que Felipe II dirigió la construcción y decoración de El Escorial hasta el más insignificante detalle. Si el cubo está allí, es que fue introducido con la aprobación del rey, o más probablemente bajo su expreso mandato. De ser así, debe tener algún significado.
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El cubo o hexaedro es una de las figuras básicas de la geometría. Como derivado del cuadrado, ingrediente vital de las matemáticas pitagóricas, fue tratado por Platón en el Timeo, en donde lo consideraba geométrica, numérica y simbólicamente equiparándolo a la Tierra, el más pesado e inerte de los cuatros elementos [3]. Durante el Renacimiento, el cubo pitagórico-platónico cobró inigualada prominencia. Fray Lucas Paccioli trató de él en su Divina Proportione como una de las cinco figuras regulares, cuyas ilustraciones fueron realizadas por Leonardo da Vinci, que lo representó como sólido y como cuerpo transparente [4]. Para Alberti, Los Diez Libros de Architectura, el primer cubo es el fundamento de toda buena proporción [5]. Ficino, el filósofo, sobre todo en su comentario al Timeo, se preocupó por los volúmenes cúbicos todavía más que Alberti, el arquitecto. Para él la arquitectura era la más excelsa de las ciencias después de las matemáticas, puesto que el arquitecto, al imponer formas matemáticas y proporciones racionales a la materia, que en su estado natural carece de forma, emula la labor creadora de Dios. La tierra es a la vez cúbica y esférica [6]. Como planeta es una esfera visible, pero al mismo tiempo como elemento es un cubo invisible. Ambas formas son perfectas, si bien simbolizan distintos atributos de la divinidad. Si la esfera, visible, móvil y femenina, simboliza en las palabras de Palladio «la unidad, esencia infinita, uniformidad y justicia de Dios» [7], el cubo, invisible, inmóvil y masculino, no sólo encarna esa misma unidad, sino además su estabilidad, fortaleza y poder creador.
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Desarrollando conceptos corrientes en aquella época, Piero Valeriano en su Hieroglyphica dotó al cubo de un sentido hermético. Para él, además de ser uno de los cinco sólidos regulares y símbolo del elemento tierra, el cubo es un jeroglífico del SUPREMUM NUMEN [8]. Como esta figura es el resultado de una triple operación [9], su presencia al pie de la Trinidad no estaría fuera de lugar. Sin embargo, hay que considerar todavía otra fuente más. Se trata de un manuscrito sobre el cubo del que se conservan dos copias en la biblioteca de El Escorial [10]. Se lo conoce generalmente bajo el nombre de Discruso de la Figura Cúbica, según los principios y opiniones del Arte de Ramón Llull [11]. Su autor fue nada menos que Juan de Herrera, el arquitecto de Felipe II [12]. No sería aventurado pensar que fuera el cubo luliano de Herrera el que se representa en la bóveda más que cualquier otro [13].
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Notas:
[1] Fray Julián Zarco Cuevas, Pintores Italianos en San Lorenzo el Real de El Escorial, Madrid 1932, págs. 18 y ss.
[2] Ninguno de los cronistas de El Escorial lo menciona, ni siquiera fray José de Sigüenza, que debió de ser muy consciente de su existencia y su sentido esotérico. Autores modernos, como Zarco Cuevas (op. cit.) o Bertina Suida Manning y William Suida (Luca Cambiaso, Milán 1958, pág. 127) también mantienen silencio sobre este extraño rasgo del fresco. A partir de la publicación por primera vez de este trabajo en 1967 en el festschrift de Rudolf Wittokower se ha mencionado varias veces, notablemente en Maria Calí (Da Michelangelo all'Escorial, Einaudi, Turín 1980, págs. 232-236).
[3] Timeo (Burnet), 55 D. y E.
[4] Divina Proportione (La Divina Proporción), Losada, Buenos Aires 1946, pág. 130.
[5] León Baptista Alberti, Los diez libros de Architectura, Francisco Lozano (ed.), Madrid 1582, pág. 288.
[6] Marsilio Ficino, Opera omnia, Basilea 1576, pág, 1.418. George Hersey, Pythagorean Palaces, Cornell University Press, Ithaca y Londres 1976, págs. 35-37.
[7] Palladio en realidad se refiere con estas palabras al círculo, pero son tan aplicables a más a la esfera. I Quattro Libri, Venecia 1570, Libro IV.
[8] Piero Valeriano, Hieroglyphica, Lyon 1594, XXXIX, pág. 383, «De Trino, Cubus». La edición de 1556 de la Hieroglyphica, impresa en Basilea, aparece con el nº 940 en la lista de libros de Felipe II dio a El Escorial en 1576 (cfr. Apéndice 1, pág. 137).
[9] Platón no se detiene en este punto, mientras que es importantísimo para Valeriano.
[10] Manuscritos nos. G-IV-39 y D-III-25.
[11] Jovellanos fue el primero en llamar la atención sobre esta singular obra. Dio un manuscrito de ella en el monasterio de Santa María de la orden del Císter cerca de Palma de Mallorca en el curso de su destierro a aquella isla entre 1801 y 1808 y la copió entera. La primera hoja llevaba el título Discurso del señor Juan de Herrera, aposentador mayor de su majestad, sobre la figura cúbica. No se sabe el paradero ni del manuscrito ni de la copia hecha por Jovellanos. El manuscrito escurialense D-III-25 carece de título, pero dentro tiene la inscripción siguiente: Declaración del cuerpo cúbico con algunas figuras al principio que es necesario penetrar y entender para la introducción del dicho cubo; no tiene este tratado nombre de autor pero parece y lo es de Juan de Herrera, architecto y aposentador del Rey don Phelippe nuestro señor. La primera edición impresa apareció en 1935, publicada por la editorial Plutarco de Madrid, bajo el título Discurso de la Figura Cúbica, con un prólogo de Julio Rey Pastor. Otra edición más reciente, que conserva la ortografía original, se publicó en 1976, bajo el título de Discurso del Señor Juan de Herrera, aposentador Mayor de S.M., sobre la figura cúbica, por Editora Nacional (Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados), Madrid. El Discurso está engastado en toda una serie de miscelánea de documentos y escritos relacionados con Juan de Herrera, y está editado por Edison Simons y Roberto Godoy.
[12] Se ha querido desautorizar la paternidad literaria de Herrera, notablemente por Amancio Portabales Pichel en Los verdaderos artífices de El Escorial, Madrid 1945, págs 155 y ss. Atribuye el Discurso a Juan Bautista de Toledo basándose en una inscripción del manuscrito G-IV-39, que es del siglo XVII. Que se sepa, Juan Bautista de Toledo no era lulista y Herrera sí que lo fue. Además consta que figuraba una copia en su propia biblioteca con el título Discurso de el cubo, hecho por el mismo Joan de Herrera. No dice de mano de o escripto por, que se podría interpretar en el sentido de que Herrera fue meramente el copista, sino que afirma que lo hizo. Luis Cervera Vera, Inventario de los bienes de Juan de Herrera, Albatros, Valencia 1977, pág. 166, nº 1096.
[13] Herrera se ocupó directamente de este fresco. Cfr. Zarco Cuevas, op. cit., texto, pág. 2 y nota nº 2.
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Comentario de Keystone: Otra hipótesis que creemos más factible o principal que la presentada por René Taylor para dar explicación a la presencia de la piedra cúbica a los pies de la Stma. Trinidad, en el freco de Luca Cambiaso, sería la que interpreta esa piedra o figura cúbica como imagen de la Jerusalén celeste, tal y como es descrita en el capítulo XXI de libro del Apocalipsis de San Juan. Esta interpretación no contradice necesariamente la que ofrece el propio historiador estadounidense, ya que desde un punto de vista simbólico, cuyo carácter es aquí multívoco, ambas puede darse de manera complementaria, con la única característica a señalar de que al ser la significación global del fresco una visión del "Paraíso" o "Gloria celestial", la interpretación dada por Taylor quedaría en un segundo nivel o vendría a ser subsidiaria de la que nosotros ofrecemos.
En efecto, la descripción de la Jerusalén celeste hecha por San Juan como figura cúbica, asonciándola con un simbolismo mineral, imagen de estabilidad, fijeza y solidez, viene a ser una alusión al término y conclusión del ciclo de la presente humanidad, donde se inicia de manera instantánea el nuevo Paraíso terrenal del nuevo ciclo futuro, es decir del próximo Manvatara, tal y como es descrito por la cosmología hindú: "Y vi un cielo nuevo y una nueva tierra" Apoc. XXI, 1. La linea argumental de este razonamiento se puede serguir en el capítulo XX de la obra de René Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, titulado "De la Esfera al Cubo", donde se nos habla del cubo como representación de lo términal y final en el ciclo de una manifestación, es decir, el punto de detención del movimiento cíclico, simbolizado por la estabilidad y solidez del cubo; siendo que la esfera representa el inicio del mismo ciclo, al ser el polo esencial de la manifestación, mientras el cubo es el polo substancial de ésta.