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martes, 30 de diciembre de 2014

Sobre la Lectura de los Libros Sagrados; por Denys Roman

Capítulo VII de René Guénon y los Destinos de la Francmasonería.

Es bien evidente que, para una comprensión correcta del Cristianismo y también de la Masonería de los países cristianos, una interpretación rigurosamente tradicional de la Biblia, es absolutamente necesaria. Desgraciadamente, los comentadores modernos tienen una fastidiosa tendencia a hacer caso omiso de los trabajos de sus antecesores, para adoptar las vías individuales, que no se apoyan en más justificación, que la “fe” ciega en el “dios” Progreso.

Tales excesos no dejan de provocar reacciones muy raras. Así apareció, a principios de 1973, un libro, publicado por un autor de religión judía, que firmaba como “Emmanuel” [1].

Esta gruesa obra de 400 páginas, “dividida simbólicamente en 613 parágrafos” (para representar el número de obligaciones de la Ley mosaica), está destinado a los Judíos que practican su religión y, en consecuencia, leen las escrituras con piedad y amor. Pero eso no significa que los no-Judíos y, particularmente, los cristianos, no encuentren en esta lectura mucho que aprender.

El autor advierte desde el principio, que su Libro “debe más al midrash [2] que a la ciencia, más a la reflexión que la búsqueda”. Escribe: La ciencia llamada bíblica es de reciente creación. Comenzó con el Renacimiento, cuando algunos hombres de las naciones [es decir, los no-Judíos] aprendieron algo de hebreo... trabajaron mucho y entendieron poco, pues no recibían ayuda ni de la tradición, ni del amor desinteresado por la Escritura... Los biblistas, en cada generación, borraban todo cuanto les precedía y recomenzaban una exégesis inútil y decepcionante... Le daban vueltas al texto sin penetrarlo y profundizarlo nunca, y acudían a una débil ciencia que no podía darles sino lo que ellos aportaban previamente... Más tarde, en el siglo que fue llamado el de las Luces, la Biblia no era considerada más que como un monumento literario. Son los hombres los que la han compuesto, ha llegado a decirse”.

Esta “crítica de los textos” aplicada a la Biblia, de la que la ciencia alemana especialmente debía dar toda la medida de su arrogancia y de su incomprehensión, es el origen de la famosa teoría de las dos “fuentes” del Génesis; fuentes calificadas por los doctos de “jahvista” y de “elohista”. He aquí lo que piensa Emmanuel: (Retorciendo el relato del diluvio a la medida de su muy fecunda imaginación), “un biblista concluyó que dos escritores diferentes habían redactado el mismo relato, en épocas distantes una de la otra. Y que un tercero vino después para fundir las dos versiones en una sola”. Tal fantasía está basada sobre el hecho de que, en el relato en cuestión, la divinidad es designada, tanto por el nombre tetragramático (que se expresa en las traducciones modernas por Jehová o Yahvé) como por el nombre de Elohim... “Pero esta hipótesis de las dos fuentes, más ingeniosa que sólida, estaba destinada al fracaso”. Nuevas teorías fueron levantadas. “Su abundancia, sus divergencias, sus exageraciones y, algunas veces, su extravagancia, prueban mejor que las estériles controversias su fragilidad y, a menudo, su puerilidad... Estas especulaciones fueron llamadas, al principio, hipótesis y teorías, y, más adelante, descubrimientos y certezas [3]. Llenaron vidas enteras, durante las cuales los biblistas que se daban a estas demostraciones, pudieron abstenerse de meditar la Escritura... el conjunto de la construcción de los biblistas, peca por su base. [El error de ellos proviene de su] radical incomprehensión del uso de los nombres divinos”.

El autor sigue: “El biblismo es una rueda que gira sin detenerse sobre sí misma, arrasando a sus celadores en un movimiento circular que no tiene salida.” Pero “si esta búsqueda es estéril, no está cerca de tener un fin. Tal es el vínculo del hombre a lo que llama estudio desinteresado... Son protestantes quienes comenzaron estos trabajos... pero los católicos les siguieron el paso, sobre todo después del segundo concilio del Vaticano. La mayoría de ellos creen firmemente en la divinidad de Jesús de Nazareth, en su milagroso nacimiento y en su resurrección. Y, sin embargo estos mantenedores del milagro, rechazan al milagro más indudable -el mismo que creía Jesús: que los cinco Libros de Moisés, fueron dictados al príncipe de los profetas, por Dios, en el monte Sinaí..., tal como viene dicho por una tradición milenaria” (§ 208).

No nos extenderemos en la demolición implacable que hace Emmanuel de las principales fabulaciones presentadas por los biblistas como sensacionales e irrefutables descubrimientos. Vuelve a situar perfectamente las cosas en su punto. Sus afirmaciones, escribe, “no resisten la simple lectura y todavía menos el estudio del texto” (§114). Todos sus argumentos son “inconsistentes” (§115) Se siente que el autor está justamente indignado viendo a los peores profanos, queremos decir los mantenedores de la famosa “crítica histórica”, meter una mano temeraria en los pasajes más admirables del Libro Sagrado.

Numerosos pasajes de Emmanuel, han debido chocar a los cristianos que han leído su Libro. En efecto, el autor, situándose estrictamente bajo la óptica del Judaísmo, critica con fuerza la interpretación cristiana del Antiguo Testamento, y, especialmente, la noción del pecado original, sobre la que reposa toda la economía de la teología cristiana. Escuchémosle: “La idea del pecado original que, en la conciencia cristiana, está tan íntimamente ligada a la historia de Adán y Eva, no tiene ninguna resonancia en la filosofía religiosa de Israel. Es extraño destacar que el nombre del primer hombre está, por así decirlo, ausente en la Escritura”. Fuera del Génesis, el nombre de Adán, no aparece más que una vez en el Antiguo Testamento, en el 1º Libro de las Crónicas, en cabeza de la lista de Patriarcas. “En cuanto a la historia de Adán y Eva, ninguna otra alusión se hace ni en la Thorá, ni en los Profetas, ni en los Escritos, pues, para el judaísmo, no tiene ningún alcance religioso... Es en la literatura sapiencial post-bíblica, donde aparecen, por primera vez, algunas alusiones a Adán, por otra parte favorables al primer hombre. Jamás se trata la cuestión de su susodicho pecado. Más bien al contrario, en el Libro de Ben Sira, [4] por ejemplo, el conocimiento del bien y del mal, es presentado como un beneficio concedido para el hombre por Dios. Un interés religioso no será conferido a éste episodio más que por el Cristianismo naciente y, más especialmente, por la obra del Apóstol Pablo” (§ 136).

Es bien sabido que la religión judía no admite la concepción del pecado original. Pero la obra de Emmanuel es útil, en cuanto acentúa el hecho de que tal actitud puede reivindicar la autoridad de la “letra” del Antiguo Testamento tomado en su totalidad. Los cristianos no podrían desatender el peso de una argumentación así. No pueden escapar a ella más que afirmando, con sus propias Escrituras (el Nuevo Testamento), que la Biblia debe ser leída según su sentido “espiritual” (es decir, simbólico). Pero los “hijos de la Promesa”, sobre todo éstos que, como Emmanuel, se reclaman del Judaísmo estrictamente exotérico[5], podrán responder siempre: Habláis del oro. Y estaríamos prestos a daros la razón si, en esta Biblia dictada por Dios a nuestro pueblo y en nuestra lengua, en los Profetas inspirados, y en ese Isaías mismo que consideráis un quinto Evangelista, pudierais mostrarnos un solo versículo en el que el libertador de Israel, tan prometido y siempre esperado, venga presentado con relación al pecado de Adán. ¿Querríais hacernos admitir que la Palabra dispensada durante dos milenios por el Esposo de Israel a su Esposa tiernamente amada, encerraba una trampa, como la palabra engañosa consagrada por el Salmista, de flechas aceradas y de carbones que consumen” [6]?

A todo esto, los cristianos pueden responder: En efecto, si Adán y su mujer, en desobediencia al único mandato que Dios les había dado, han cumplido un acto lícito, ¿por qué, después de esta acción, se han cubierto de vestiduras, en lugar de permanecer desnudos como fueron creados? ¿Por qué se ocultaron al oír la voz del Señor, que se paseaba por el jardín del Edén, a la brisa de la tarde? ¿Por qué fueron condenados a muerte? ¿Por qué Dios declaró la tierra maldita y destinada a producir espinas y zarzas, de forma que el hombre no pudiera obtener su pan, más que con el sudor de su frente? ¿Por qué, sobre todo, la pareja original fue expulsada del jardín de las delicias, en cuya puerta se situaron los Querubines armados con la espada flamígera “para guardar el acceso al Árbol de la Vida”? Por otra parte, no es cierto que el Antiguo Testamento no haya nunca presentado al Mesías como destinado a reparar las catástrofes provocadas por la falta de Adán. Isaías, precisamente, en el cuadro que nos da de la era mesiánica, insiste sobre el hecho de que en estos tiempos felices, las mismas bestias feroces se habrán librado de su ferocidad. Y esto ¿no evocaría el estado de perfecta armonía, en el que Adán vivía con los animales y con todas las criaturas?

Hay entonces, como mínimo, dos maneras (la judía y la cristiana) de leer exotéricamente la historia de Adán. Emmanuel no ha querido hablar de la lectura judía esotérica, que es la de la Kábala. En cuanto a los cristianos, pensamos que nadie mejor que Guénon le ha proporcionado de las claves necesarias para la profunda comprensión de los misterios que abundan en la historia de nuestros primeros padres. Las relaciones entre los árboles del paraíso y las tres cruces del Gólgota, el simbolismo de la serpiente enrollada en espiral en torno al Árbol, el significado de los ojos que se abren después de la falta, la naturaleza de las túnicas de piel que sirvieron más delante de “límite” a la pareja desposeída del estado primordial, la necesidad de recurrir a una intervención “no humana” para reencontrar el “Paraíso perdido”, a todo esto Guénon, desde su primer artículo escrito a la edad de 23 años, había dado el sentido superior, y precisaba que sus equivalencias se encuentran en todas las tradiciones auténticas.

Estas visiones están, evidentemente, muy lejanas a las de Emmanuel, cuya obra contiene muchas indicaciones interesantes, y que hacen pasar de los dardos frecuentemente lanzados a otras tradiciones, sobre todo al Cristianismo, a la religión greco latina, al Hinduismo. El fervor del autor por el Libro de los libros, le ha inspirado acentos de incontestable grandeza. Citaremos, como ejemplo, el pasaje siguiente (§ 208):

“Para mí, Emmanuel, judío de corazón y de espíritu, la escritura no es únicamente la historia de mis ancestros, de la que tanto place a los extraños ocuparse sin cesar; es también y sobre todo, el pan de mi alma, el sentido de mi vida, la luz de mis ojos, el amor más puro de mi espíritu, el objeto de mi estudio constante y la música litúrgica que acompaña mi evolución hasta mi muerte. Esta ley de Dios, la transmitiré a mis hijos y a mis descendientes, como la he recibido de mis padres y de mis ancianos. Las investigaciones de los biblistas no quitan en nada mi vínculo y no quebrantan en nada mi certeza y mi fidelidad. No recortan jamás las mías, se extravían en una dirección que yo no he escogido y que no seguiré jamás; aunque se prosigan durante siglos no conseguirán cambiar una frase, una palabra, una letra de la inmutable palabra que contiene el universo y que da la única explicación coherente”.

Sería deseable que todas las “gentes del Libro”, testimoniaran a sus Escrituras respectivas, la misma confianza y la misma fidelidad.


Notas:
[1] Emmanuel. Para comentar el Génesis (Payot editor, Paris)
[2] Es decir, al comentario rabínico de la Escritura.
[3] Emmanuel menciona aquí un proceder frecuentemente utilizado por los adversarios de la Tradición. Podrían citarse muchos otros ejemplos recientes e, incluso, actuales Es una “técnica” cuyo “rendimiento” está asegurado.
[4] Se trata del Libro cuyo original no está en hebreo, que los católicos llaman  Eclesiástico.
[5] La obra de la que hablamos, se refiere (tal como lo hemos dicho al principio) exclusivamente al midrash, y no a la Kábala.
[6] Hemos resumido muy libremente la argumentación del autor, esparcida en varios capítulos de su obra.

lunes, 1 de julio de 2013

El Arca Viviente de los Símbolos. Masonería y Fin de Ciclo; por André Bachelet

Artículo aparecido en la revista Symbolos, Nos. 19-20, de 2000, Barcelona.

     La afirmación de que la orden masónica tiene la vocación de ser. para el Occidente de este fin de ciclo, el "Arca viviente de los Símbolos" no ha sido formulada, desde hace ya medio siglo, más que por un solo autor hoy desaparecido; Denys Roman (1901-1986). La brillante síntesis de esta expresión es la conclusión de una profundización, de una manducación -verdadera "alquimia" interior- de las Escrituras, de las doctrinas tradicionales, y de las múltiples consideraciones que René Guénon había dedicado especialmente a la Masonería, y que el autor supo llevar hasta sus últimas implicaciones. Esta noción de "Arca viviente de los Símbolos" subyace de modo permanente en las dos obras que Denys Roman escribiera como homenaje a quien había recibido "las más amplias luces" en el dominio iniciático y al que designaba como "el servidor exclusivo y el intérprete incomparable" de la Tradición "perpetua y unánime".
     
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Denys Roman, conversando, nos decía a menudo que lo que le había sorprendido, en los escritos de René Guénon (que iba conociendo según aparecían), era su preocupación con respecto al "fin del mundo", o más exactamente: "de un mundo".

Observaba que la referencia a este acontecimiento esperado desde el origen de los tiempos se iba a hacer más presente en esta obra a medida que se elaboraba; es a partir de 1914, es decir 600 años después de la abolición de la Orden del Temple, cuando aparecería con mayor insistencia, constituyendo, la toma de conciencia de esa decadencia, parte integrante del "mensaje" de R. Guénon y del propósito de su discurso.

Desde esta perspectiva, la integración de las nociones sobre los ciclos en su aplicación conforme con la doctrina es desde luego una característica -podría decirse una "marca"- que autentifica de alguna manera tanta obra tradicional, incluso aunque, en todo rigor, hayan de añadírsele otras nociones no menos esenciales; con mayor razón eso es así en el caso de la obra de René Guénon, que constituye un ejemplo en el más alto grado de la importancia concedida a la suerte de Occidente, a la reunión e integración de sus componentes tradicionales con vistas a su enderezamiento; sin duda alguna, dicho integración constituye el aspecto más fundamental y el objeto esencial de una función que puede calificarse de "providencial" y que no podía interpretarse sino en este fin de ciclo.

De la misma manera, veremos desarrollarse idéntica preocupación en los escritos de D. Roman, de los cuales examinaremos sus aspectos más característicos. Como verdadero hilo conductor, ella orientaría su obra masónica hacia la puesta en envidencia de las "innumerables" posibilidades que contiene el Arco Real, tanto en el dominio microcósmico como en el macrocósmico, y desde su perspectiva escatológica. Para ello, el autor conduciría su reflexión según tres ejes esenciales, poniendo el acento en los puntos destacados por R. Guénon.

1. El proceso del iniciado (tomando este término en el estricto sentido indicado por R. Guénon), el cual todavía dispone, en Occidente, de una organización que permite a miembros cualificados alcanzar lo que habitualmente se designa como "el retorno al origen".

2. El "reconocimiento" y la valoración de las múltiples herencias o depósitos que se han agregado a la Orden masónica, debidos a una elección selectiva, los que hacen de ella y para Occidente en su especialidad iniciática de carácter universal, el Arca para los tiempos futuros.

3. El cuidado, para el occidental, de una vinculación exotérica "posible", es decir, que no esté en contradicción práctica y en cuanto a lo esencial con el proceso masónico. [1]

Para Denys Roman, todo ello se encuentra determinado por la conciencia de la proximidad del "fin de los tiempos", cosa que obliga a una discriminación que debe permitir adoptar una actitud conforme con el plan del Gran Arquitecto:

¿Es necesario insistir sobre este punto, que deja entrever en el dominio de la acción -él nos lo sugiere continuamente, tanto es lo que sus palabras vehiculan la esperanza- un "ajuste" capaz de permitir aprovechar las posibilidades contenidas en este fin de ciclo?

En pocas palabras: hoy día, corresponde a los masones -y tan sólo a ellos- actuar en la medida en que esto sea posible y a tenor de la perspectiva que ofrecen los caracteres formales y sutiles de este fin de Manvántara. Este es el mensaje que les dirige R. Guénon y D. Roman.

Pero el camino masónico solamente puede conducirles a la restauración efectiva de esa última estación para lo humano que es el estado primordial, si el verdadero eje práctico sobre el que él se funda -es decir el ritual- presenta garantías de conformidad doctrinal y simbólica estrechamente relacionadas con el Arte Real [2].

Es aquí donde interviene la necesidad de un examen riguroso de los rituales (habida cuenta del estado actual en que se encuentran los que se utilizan por lo común en el continente, a los cuales limitaremos nuestra presente reflexión), así como su restauración, a fin de permitir, nuevamente, al masón de los últimos tiempos ponerlos en práctica de forma coherente e integral; nosotros sabemos que eso es posible. El ritual (lo recordamos nuevamente, dado que este punto se descuida con frecuencia) ha de vehicular, en su estructura básica, los elementos simbólicos que permitan "actualizar" un método apropiado para el trabajo colectivo específico del Oficio, siendo desde luego este contenido simbólico, luego doctrinal, de origen suprahumano.

Sin embargo, los distintos rituales (esto está suficientemente reconocido hoy, salvo por las instancias oficiales) han sido objeto, tanto en lo que respecta a su contenido simbólico, como a su estructura interna, de ciertas manipulaciones, y a veces mutilaciones que exceden de lejos las simples y legítimas adaptaciones; ya hemos hablado de esto. Ahora bien, R. Guénon y D. Roman sabían que la situación que de ellos ha resultado, si bien perjudicial para un proceso masónico conforme a lo que éste debería ser, no era irremediable [3]; que la constitución de la masonería especulativa y el estado en que ésta se encuentra, aun cuando correspondan efectivamente a una "degeneración en el sentido de una aminoración", no deben  concebirse como inconvenientes mayores: siguen constituyendo una "base" apropiada y suficiente que corresponde a los masones cualificados enriquecer, si es que no restaurar, teniendo en cuenta y aprovechando unas posibilidades cíclicas que están lejos de ser desfavorables [4].

Esta reflexión imperativa, esta exigencia incluso, en relación con las graves lagunas resultantes de las iniciativas de Anderson y sus émulos, la han tenido otros, en otra época, "de los antiguos tiempos", y de aquellos de entre ellos que, surgidos de una filiación operativa preservada en lo esencial, intervinieron para restituir ciertos usos simbólicos y rituales (en el marco de lo que el historiador E. Michelet llamaba "la historia subterránea") y para reparar las brechas abiertas cuando la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717. Fue así como aparecieron elementos simbólicos fundamentales (verdaderos depósitos, algunos de los cuales calificados por D. Roman de "Tierra Santa") de otra naturaleza (caballeresca e incluso sacerdotal) que aquella limitada únicamente al Oficio [5].

Desde esta perspectiva, la constitución de los "altos grados" escoceses y site degrees anglosajones representa una forma de arreglo y restitución cuya importancia ciertamente no se valora lo suficiente. Y sin duda conviene recordar, en esta oportunidad, que las bases simbólicas del Oficio que participa del Arte Real, y que son estrictamente asimilables a una vía de constructor, se completan (en función de la existencia de depósitos caballerescos en el seno de la Orden) mediante la vía del kshatriya, para utilizar la terminología del hinduismo. Decimos esto porque parece que, en el medio tradicional y en el masónico en particular, se descuide esta vía legítima, e incluso se la desprecie o subvierta como voluntad de poder, en provecho -si puede decirse- de una problemática vía de brahman que parece ejercer una verdadera fascinación sobre ciertas mentes y que revela una singular falta de sentido de las proporciones y no puede conducir sino a las más graves desilusiones. ¿Se habrá olvidado hasta este punto lo que R. Guénon ha llegado a decir de la eminente dignidad y nobleza de la vía kshatriya cumplida en su integridad?

En relación con este dominio particular de las herencias que evocamos, depósitos simbólicos de antiguas organizaciones occidentales que "vinieron a injertarse en la Masonería o a 'cristalizarse' en cierto modo a su alrededor" [6], se ha afirmado -con objeto de minimizar su importancia- que R. Guénon no había empleado de buena gana el término "herencias", sino solamente la de "vestigios" o "recuerdos"; esto es cierto; pero la interpretación que se hace de ello deriva generalmente de una lectura restrictiva difícilmente sostenible cuando se aprehende la totalidad del "corpus" masónico de su obra. Es por eso por lo que D. Roman ha podido decir que: "[...] a quienquiera que, según el ejemplo de R. Guénon, sigue las reglas rigurosas de esta ciencia exacta que es el simbolismo universal, no le queda ninguna duda de que esas palabras a veces alteradas, esas fórmulas enigmáticas y leyendas lo más a menudo inverosímiles son los vestigios, debilitados pero todavía vivos, de una doctrina sublime y un método eficaz inspirados por una Sabiduría no humana [...] su olvido definitivo sería un acto de excepcional gravedad. Conviene por el contrario volver a darles 'fuerza y vigor', pues esta 'reunión' (esta reintegración) de los elementos 'dispersos' del lenguaje, es decir del 'verbo' masónico, constituye una condición necesaria para el redescubrimiento de la 'Palabra perdida'". (René Guénon et les Destins de la Franc-Maçonnerie, 1982, p 189). Y, respecto a esto, la siguiente cita de R. Guénon, que él tomaría como referencia y desarrollaría en su legítima interpretación, resume en cierto modo lo esencial de la obra de D. Román: "Habría ciertamente mucho que decir sobre el papel 'conservador' de la Masonería y sobre la posibilidad de que éste le da de suplir en cierta medida la ausencia de iniciaciones de otro orden en el mundo occidental actual." (Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Tomo 2, p. 40). Porque, aunque expresadas con prudencia y alguna reserva, se puede concebir qué contienen justamente, en sus repercusiones, expresiones tales como las de "papel conservador", y "posibilidad que éste le da". Observemos accesoriamente, que el texto de R. Guénon del cual se extrae esta cita, contiene en su desarrollo, entre otras consideraciones de importancia para los masones, una indicación sobre un elemento simbólico masónico de carácter universal que no es ajena a una intervención de D. Roman[7].

Para añadir algunas palabras a estas pocas consideraciones: podrá comprenderse que pongamos el acento sobre el hecho de que el autor de René Guénon et les Destins de la Franc-Maçonnerie nos parezca el único en traducir tan perfectamente su fidelidad a las concepciones expuestas por R. Guénon, pues sus escritos constituyen, para nosotros, una auténtica prolongación de los puntos esenciales que interesan a la Orden en la época actual:

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Conforme con las nociones capitales abordadas a veces alusivamente por R. Guénon, D. Roman, al tratar los puntos históricos que ahora vamos a examinar sucintamente, tampoco se situó en el punto de vista del historiador, cuyo método, en el dominio que nos ocupa que es el de la iniciación, resulta bastante inadecuado, por no decir irrisorio. De hecho, para dar cuenta de casos de transmisión como los que representa la traslación de ciertas herencias como la del Santo Imperio, por ejemplo, sería vano, en la medida en que se reconoce su realidad, esperar descubrir huellas documentales de los mismos, pues: "los medios por los
cuales se han efectuados [esas transmisiones] no son de aquellos que pueden ser accesibles [a los] métodos de investigación" [de la historia ordinaria], (R. Guénon, Formes traditionelles et Cycles cosmiques, p. 73). Tan sólo la aprehensión simbólica (recordemos que, según R. Guénon, el simbolismo es una ciencia exacta) es efectivamente susceptible de permitir obtener una respuesta satisfactoria. Por ejemplo, cuando nos dice que en Occidente "no hay más que dos [organizaciones] que [...] pueden reivindicar un auténtico origen tradicional y una transmisión iniciática real", y que "estas dos organizaciones, que por otra parte, a decir verdad, no fueron primitivamente más que una sola, aunque con múltiples ramas, son el Compagnonnage y la Masonería" (Aperçus sur l'initation. Ed. Traditionelles, 1953, p. 41, nota 1), ¿en qué se basa para afirmarlo? ¿Se trata por eso de una opinión en vista de su común espíritu? La carencia de pruebas formales ¿anula la certeza basada en la coherencia y la lógica inducidas por la ciencia y el lenguaje simbólicos inaccesibles a la mentalidad profana? Y además, ¿qué alcance puede tener realmente el método "crítico" de los historiadores en relación con una Revelación (en el sentido general del término) a propósito de la cual las "pruebas formales" todavía están por ser presentadas, y manifiestamente no están cerca de serlo? [8].

Así, en los capítulos que componen la segunda parte de la obra póstuma de D. Roman (Reflexions d'un chrétien sur la Franc-Maçonnerie - L'Arche vivante des Symboles, Ed. Traditionelles, 1995), se señalan muchos acontecimientos relacionados con la realización del "plan" de subversión del príncipe del disimulo y la separación con respecto a la Masonería. ¿Es sorprendente pues que, en relación con los acontecimientos en cuestión, el autor discierna indicios que permitan concluir en unas intervenciones compensatorias de carácter tradicional, las cuales no podrían sacarse a la luz pública por evidentes razones de prudencia, para no considerar más que este aspecto contingente de las cosas? Y ellas se refieren, en relación con lo que ahora nos importa, a la transferencia de unos depósitos de los que la Masonería se ha beneficiado en el curso del tiempo, especialmente en los siglos XVII, XVIII y XIX, a favor de situaciones y acontecimientos a menudo turbulentos que fueron utilizados con provecho. Podrá observarse que no se trata de épocas indiferentes, pues se sitúan en el transcurso de la larga mutación especulativa de la Masonería. Así es como se explican dos cosas: de un lado la restitución de una parte de lo que se había perdido o comenzaba a perderse, de manera que se asegurase una base lo suficientemente fuerte y estable capaz de perpetuarse en el tiempo, y de otro el aporte simultáneo de unos depósitos simbólicos, caballerescos o de otra naturaleza, procedentes de organizaciones iniciáticas a punto de extinguirse, y que encontraban refugio en su seno. La Orden masónica, escribe D. Roman, "ha sido 'elegida' constantemente para convertirse en el 'Arca' en el que se produce el 'amontonamiento' de todo lo que ha habido de verdaderamente iniciático en el mundo occidental" (R. Guénon et les Destines de la Franc-Maçonnerie, prefacio). Observermos que la "elección" de la Orden para este "Destino" excepcional, no podría ser fortuita, si se considera su constitución de base específicamente artesanal -de la cual el hermetismo no es el menor de los componentes-, y que debe asegurar la protección y transmisión de los depósitos considerados. El autor da las razones de esta posición privilegiada de la Orden en Occidente, posición que René Guénon ha revelado y reforzado, y que justifica esa elección. Recordemos, dado que esto parece perdido de vista, si es que no incomprendido o rechazado, que la Masonería es propiamente una iniciación occidental, que el Oficio, que es su soporte fundamental de carácter universal, puede al mismo tiempo servir de base a todos los depósitos simbólicos posibles, y que esta iniciación está por naturaleza adaptada y destinada especialmente a los occidentales, pero no exclusivamente. Precisemos en esta ocasión, pues se trata de un tema que no deja de plantear interrogantes, cuando no vivas controversias habida cuenta su importancia, que el componente hermético, cuya presencia en el seno de la Orden es difícilmente discutible (y que no concierne exclusivamente al "método"), no debe entenderse como perteneciente a estos depósitos tardíos; a falta de los documentos escritos, ahí está el "testimonio de las piedras" para atestiguar su presencia en la misma constitución fundamental del Oficio; además, este "testimonio" permite constatar que el simbolismo no ha sido sobreañadido a un camino más o menos exotérico, en época de la mutación especulativa, ni siquiera precoz, contrariamente a lo que afirman ciertas tesis básicamente antitradicionales; pero este es otro tema.

Para apreciar la seguridad de discernimiento del autor, cualquiera que pueda referirse igualmente al capítulo V de su primera obra, capítulo que lleva por título: "Masonería Templaria, Masonería Jacobita y Masonería Escocesa". Aunque sea totalmente significativo con respecto a lo que acabamos de decir, no podríamos manifiestamente resumir este texto que evidencia la posible filiación espiritual entre la Orden del Temple y la Masonería, la cual conducirá a la creación del Rito Escocés y a su Supremo Consejo del Santo Imperio. Las razones del lugar privilegiado que concede R. Guénon a la Orden del Temple son demasiado conocidas como para que insistamos en ellas; ahora, uno de los puntos sobre los que D. Roman funda su obra masónica, es el de la persistencia, en el seno de la Orden, de la herencia templaria -herencia espiritual, desde luego-, revelada por la presencia de símbolos contenidos sobre todo en ciertos altos grados escoceses, y cuyo carácter "rosacruciano" es evidente. Pero la razón esencial de esta certeza, como en el caso de otros depósitos, proviene del contenido legendario vehiculado por los textos y rituales. Pasemos por encima del hecho de que con frecuencia se deja de lado esta contenido, por no decir que se lo ridiculiza y desprecia, para advertir, en esta ocasión, sobre los límites de las investigaciones de carácter profano, lo más a menudo propuestas por masones, cuyo resultado conduce inevitablemente a la fácil teoría de los plagios, teoría esencialmente antitradicional.

D. Roman ve, en el Rito Escocés, en función de la presencia del depósito imperial que constituye el coronamiento indispensable de la Orden, la última restauración de la integridad de la vía de los pequeños misterios, y la perfecta plasmación del arquetipo que representa la Orden del Templo en su finalidad. No entraremos, a este respecto, en las implicaciones "históricas" que permiten entrever el recorrido de una elección excepcionalmente fecunda en las posibilidades que ella contiene, si no es para dar cuenta de la clarividencia del autor sobre este tema particular muy a menudo sugerido por el propio R. Guénon. Es por esto por lo que su preferencia, aun sin ser exclusiva, lejos de ello, le conducía, como a René Guénon, a privilegiar este Rito.

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Un tema difícil que no podemos eludir en un texto referido a este fin de ciclo que corresponde al final de un Manvántara (el 7º y último de la primera de las dos series septenarias del Kalpa), es el de las relaciones entre el exoterismo y el esoterismo o la iniciación, así como la presencia, en el seno de la Orden, de un esoterismo cristiano. Precisamos esto, porque es bien conocido que el término esoterismo, tal como lo concebía R. Guénon, ha sido desviado de su sentido según una perspectiva limitativa, y se reduce hoy en día, en ciertos medios con pretensiones iniciáticas, a significar una profundización doctrinal (que no es negligible en sí), limitada al punto de vista ontológico y, preferentemente, fuera de toda organización iniciática auténtica a la que se juzga como perfectamente inútil y hasta parasitaria. Asimismo, como no pensamos tener una competencia de especialista para tratar este tema, arriesgaremos solamente algunas observaciones dando por conocidas las tesis en cuestión. Para nosotros, la aproximación que algunos desean entre la Iglesia católica y la Masonería, no podría realizarse verdaderamente más que si la Iglesia consintiera reconocer en la Orden, otra cosa que una Pseudo-Iglesia, o que una reconstitución arqueológica con formas más o menos extrañas a la expresión de su fe. Querer evacuar todo lo que caracteriza a la Masonería en tanto que organización iniciática que perdura por transmisión ininterrumpida "from time immemorial" (lo que significa "que no tiene punto de partida históricamente asignable"), como algunos proponen, imaginándose de ese modo facilitar un acercamiento, constituye un comportamiento despreciativo hacia la Orden; y, por añadidura, no hace más que confirmar su ignorancia acerca de la naturaleza de la iniciación y de las formas que esta revista según la economía providencial.

Es por eso por lo que, tomando en cuenta los caracteres específicos de nuestro tiempo, no podemos más que desear una Masonería cristiana que trabaje pacífica y fructiferamente junto a una Masonería de carácter universal, cualesquiera que sean las formas que puedan tomar la una y la otra, pero los representantes de esa Masonería cristiana habría de asumir en todo rigor su finalidad iniciática, es decir -aunque debamos herir a algunos masones de buena voluntad-, que ella tendría que ser otra cosa que un sucedáneo de exoterismo, que es lo que desde luego parece representar hoy en vista de lo que propone. Para la realización de todo esto, ponemos nuestra esperanza en el Todopoderoso en quien reside la voluntad de Lo Alto, recordando lo que el Cristo afirmó con respecto a Juan Evangelista, el representante más eminente del esoterismo cristiano y garante, como santo patrón de la Orden, de la autenticidad y perennidad de la transmisión iniciática: "Si quiero que permanezca hasta que yo venga, ¿qué te importa?".

Ciertos rituales masónicos sitúan a la Logia, en su "desarrollo" espacial, entre las tres montañas sagradas del Sinaí, el Moriah y el Thabor, correspondiendo éstas a tres "revelaciones" sucesivas: la de Moisés, la de David y Salomón, y la de Cristo (cf. Etudes sur la F. M. et le Compagnonnage, T. II, cap.: "Heredom"). La ubicación de la Logia puede asimilarse entonces a un "valle" situado entre estas tres montañas, cuyos respectivos lugares están ocupados por los tres oficiales principales. "La Tradición, de la que Guénon fue el servidor exclusivo y el intérprete incomparable, ha sido calificada por él de 'perpetua y unánime'. Puede decirse que la Masonería participa de esta perpetuidad, en tanto que sus Logia se reúnen 'sobre las más altas montañas y en los más profundos valles'. [...] Esta expresión, bien conocida en los rituales de lengua inglesa, está explicitada en ciertos antiguos documentos según los cuales la Logia de San Juan se reúne 'en el valle de Josaphat', lo que quiere decir que la Masonería debe mantenerse hasta el Juicio final que señalará el fin del ciclo. [...]. Asimismo, cuando el Cristo expresa su voluntad de ver a San Juan 'permanecer' hasta su retorno [...] se trata ante todo del esoterismo cristiano, esoterismo 'personificado' por San Juan, y que se ha reabsorbido en la Masonería. Puede decir que las palabras de Cristo sobre San Juan confieren a esta Orden 'las promesas de vida eterna', igual que las dirigidas a San Pedro son la prenda de que el Papado prevalecerá finalmente sobre los prestigios de las 'puertas del Infierno'". (R. Guénon et les Destins de la F.M.,p. 199).

Así, se ve claro que la Orden masónica tendrá su lugar en ese Valle de Josaphat, en el que será reunido e integrado todo lo que, participando de la herencia del Cielo y de la "armonía de las esferas", ha de concurrir al mundo futuro, en calidad de único digno "testimonio", pensamos, de nuestra presente humanidad, conducido a establecer "nuevas todas las cosas".





Notas:
[1] Para evitar cualquier equivocación, precisemos que no podría haber incompatibilidad de principio entre la pertenencia a la Masonería y cualquier esoterismo, pero que, en Occidente y en el periodo en el que vivimos, conviene tener en cuenta una incompatibilidad de hecho con la Iglesia romana que constituye, en principio, la base religiosa de aquél.
[2] Hay diferentes aspectos de esa "estrecha relación" que exigirían ser desarrollados, dada su importancia; hemos ofrecido algunas apreciaciones de los mismos en nuestro artículo: "Operatividad y Masonería especulativa" apareciendo en Ver la Tradition, nos. 66 y 68.
[3] La primera labor confiada a Denys Roman fue la redacción de unos rituales de espíritu tradicional; la cumpliría, como se sabe, con la ayuda de R. Guénon entonces en El Cairo. D. Roman ha aludido a lo que las instancias masónicas reservaron a esta iniciativa. Probablemente fue esa, una vez más, una "ocasión fallida", de aquellas a las que la Masonería obediencial está acostumbrada. Tras la desaparición de R. Guénon, se le confió otra responsabilidad en varias oportunidades en el seno de la revista Etudes Traditionnelles: la de asegurar la redacción de artículos y reseñas relativos al ámbito masónico, sin que por ello su contribución quedara exclusivamente reservada a este tema.
[4] Algunos pretenden, después de la lectura de la obrad e R. Guénon, la cual es una de las expresiones más verdaderas de la virtud de la Esperanza, que este fin de ciclo es desfavorable para cualquier andadura positiva en ese sentido; pensamos que se trata de una conclusión errónea. En efecto, nada de lo que contiene esta obra, y eso sin tomar en cuenta su razón misma de ser, que en este caso sería totalmente determinante, permite pensar que el fin de un ciclo, por el hecho de estar constituido por un agotamiento de las posibilidades más inferiores, no deja campo a otras posibilidades compensatorias de orden superior, de carácter providencial, y a la expansión de las mismas.
[5] El término "limitado" no es peyorativo en este caso, pues, el Oficio que es la base indispensable del camino masónico, está forzosamente limitado en algunas de sus posibilidades por su misma naturaleza. Lo que queremos decir en este caso, es que la completitud del Oficio -por lo alto- constituye una transformación de la Masonería, la cual, por ese hecho, ya no es hoy, strictu sensu, una organización únicamente artesanal. En efecto, algunas de la herencias cuyo beneficio ha recibido, por un favor electivo sobre el que conviene interrogarse, permiten a sus miembros cualificados acceder -independientemente de aquella que permite el Oficio-, a una plenitud iniciática, sin que por ello haya en eso ninguna "mezcla de formas". En cuando a la Orden misma, ¿es necesario insistir sobre las posibilidades últimas que le confieren tales depósitos -verdaderas "Tierras santas" equivalentes a la "Tierra de los Vivos"-, que abren una perspectiva sobre los "Grandes misterios" y hacen de ella un Arca para los tiempos futuros?
[6] Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Tome 2, p 39.
[7] Nos referimos a las interpretaciones que da R. Guénon de la palabra sagrada del Arco Real. Con motivo de su intercambio epistolar, D. Roman le hizo observar que el comentario que había hecho de dicha palabra sagrada -que en este "grado" representa la "palabra reecontrada" -en su reseña del Gran Lodge Bulletin of Iowa de octubre de 1933 (Cf: Etudes sur la Fran-Maçonnerie et le Compagnonnage, Tome I, p. 212), subestimaba la interpretación que daba Mackey. R. Guénon aportó una rectificación bajo la forma de un desarrollo en su artículo: "Parole perdue et Mots substitués". Ya se conoce la importancia concedida en este texto (convertido en uno de los capítulos de Cf: idem, Tome 2, págs 41-42, y 179) al pasaje iniciático "from square to arch", equivalente a lo que en Masonería continental es la expresión: "Del Triángulo al Círculo". Con respecto al Arco Real, complemento de la Maestría masónica que R. Guénon califica de nec plus ultra de la iniciación masónica, este último habla de una "perspectiva sobre los 'grandes misterios'" que representa el estricto equivalente de dicha fórmula.
[8] Igualmente, cómo "esperar" que la exégesis puntillosa de algunos Old Charges medievales (recordemos que el más antiguo se encuentra en Inglaterra y los especialistas lo datan de 1290) pudiera revelar la existencia de una "operatividad" iniciática e incluso simplemente la de una iniciación, dado que ésta, por naturaleza, no puede aparecer en un escrito, semipúblico por añadidura.
Utilizar el pretexto de una exégesis liberalista de los Old Charge (cuyo contenido legendario habitualmente se ridiculiza), tal como lo hacen los sostenedores de la "escuela histórica", para afirmar que los constructores de la Edad Mediano practicaban otra cosa que un exoterismo puro y simple, es decir limitado a unas componentes morales y devocionales, representa un "método" que por lo menos carece de rigor. Un ejemplo de esta tendencia abusiva se encuentra ilustrado en los "Cahiers de l'Herne: la franc-Maçonnerie - documents fondateurs", edición 1992.
El análisis "crítico" utilizado corrientemente por los adversarios de la iniciación, según la concebimos siguiendo a R. Guénon, no podría dar cuenta de la integridad del camino masónico, cuya finalidad esperamos haber hecho admitir.

lunes, 25 de marzo de 2013

A propósito de las relaciones entre la Iglesia y la Masonería; por Denys Roman


    Capítulo VI de René Guénon et les Destines de la Franc-Maçonnerie, París, 1982, 1995.


     Sabemos que, en Francia, en el siglo XVIII, la Logias masónicas contaban con un numero considerable de católicos e, incluso, de eclesiásticos. El clero regular, estaba también abundantemente representado. Según Albert Lantoine, todas las Órdenes religiosas, tenían algunos de sus miembros bajo las columnas de los Templos, a excepción de los Jesuitas, siendo la Orden con más miembros en las Logias la de los Bernardinos, designación que se aplicaba, en el siglo XVIII a los Cistercienses, la Orden de San Bernardo. De este hecho curioso se ha dado la siguiente explicación. En virtud de lo que ha dado en llamarse “las libertades de la Iglesia galicana”, las decisiones del Papado debían, para ser aplicadas en Francia, estar aprobadas por el Parlamento. Ahora bien, el Parlamento rechazó siempre sancionar las bulas de Clemente XII y de Bonifacio XIV que contuvieran condenas a la Masonería. Los católicos franceses podían, entonces, pretender ignorar dichas condenas. Pero ¿las ignoraban, en realidad? Lo dudamos mucho. Numerosos obispos franceses, en efecto, fulminaban contra la Orden en sus mandatos[1]. Por otra parte, los Masones franceses, con ocasión de los viajes y también de las guerras, tuvieron acceso a las Logias extranjeras y podían informarse de las prohibiciones romanas.

   La explicación dada normalmente, en cuanto a la presencia de católicos en las Logias francesas, es, entonces, insuficiente. Además se olvida siempre, con relación a esto, que el más ilustre y el más católico de todos los Masones católicos de esta época, Joseph de Maistre, no era francés, sino piamontés; y, el Piamonte, evidentemente, no se beneficiaba de las libertades de la Iglesia galicana. En torno a Joseph de Maistre, en la Logia “La Sinceridad” de Chambéry y en muchas otras Logias piamontesas, la casi totalidad de miembros eran católicos. Su presencia no puede explicarse por el comportamiento del Parlamento de París.

    Ciertos adversarios de la Francmasonería calificaron como malos padres y malos religiosos, a aquellos que frecuentaban así las Logias[2]. A veces incluso, se ha insinuado que aportaban ideas subversivas, que extendían luego por la Iglesia y por el mundo. Tales calumnias no merecen ser refutadas. Los padres y los religiosos Franc­masones, no eran menos fervientes que aquellos de sus cofrades que permanecían ajenos a la Orden. Nada impedía incluso que las Logias hayan abrigado, con más frecuencia de la que se piensa, a católicos y sacerdotes llegados al grado más alto de santidad.

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Hacia finales de los sesenta, esta cuestión de las relaciones entre la Iglesia y la Masonería, fue objeto de una obra titulada Les Franc-Maçons[3], escrita por Jean Baylot y Michel Riquet. El primero, era un alto dignatario de la Gran Logia Nacional Francesa y, el segundo, un reputado predicador de la Compañía de Jesús. Bajo forma de diálogo, su libro intenta refutar algunos de los perjuicios contra la Masonería que son corrientes en Francia, sobre todo en los medios católicos. Numerosos hechos menores muestran que, incluso bajo el Segundo Imperio, las condenas pontificias permanecían con frecuencia como letra muerta[4]. Se ha visto también hasta qué punto es errónea, la aserción según la cual, la Masonería -sobre todo en Francia- ha sido siempre considerada como solidaria con las ideas llamadas “de izquierdas”[5]. Entendiéndolo desde el punto de vista estrictamente tradicional, sería preferible siempre que un Masón, como todo iniciado, se abstuviera de la acción política, sea de “derechas” o de “izquierdas”. Pero es bueno recordar que, la Masonería, bien lejos de haber fomentado la Revolución, fue, al contrario, “su primera víctima”[6].

     Pero volvamos a la cuestión religiosa. Un caso privilegiado, entre todos, será suficiente para ilustrar las altas virtudes de fe y de coraje que supieron manifestar, a veces, en la prueba de la tormenta revolucionaria, estos sacerdotes Francmasones del siglo XVIII. “La Logia de Laval contaba, en 1786, en vísperas de la Revolución, con cinco sacerdotes entre veintidós miembros. Y, de estos cinco padres, todos han sido refractarios a la Constitución civil del clero; cuatro fueron deportados, el quinto, Jean-Marie Gallot, fue guillotinado en Laval, el 21 de Enero de 1794” (p. 21).

     El R. P. Riquet ha omitido añadir[7] que Jean-Marie Gallot fue beatificado en 1955 por el Soberano Pontífice, Pío XII. A lo largo del proceso de beatificación, el “promotor de la fe” (ese dignatario eclesiástico, familiarmente conocido como “el abogado del diablo”, cuyo papel es buscar y someter a juicio de valor, todo aquello que, en la causa a instruir, no lleve el sello de la santidad) ¿tenía conocimiento de la cualidad masónica de Jean-Marie Gallot? Es probable que no[8]. Sea lo que fuere, “Roma locuta est, causa audita es”. Pío XII ha situado en los altares, como mártir de la fe, a un sacerdote Francmasón[9].

¡Como nos gustaría conocer, para cada Logia de Francia en esta época terrible, la actitud de los clérigos que formaban parte de ellas con respecto a la Constitución civil del clero! Esta Constitución, recordémoslo, apuntaba esencialmente a sustraer al clero francés de la autoridad del Papa, considerado como un soberano extranjero[10]. Obsérvese bien. Los cinco sacerdotes masones de Laval y todos aquellos que, en las demás diócesis, debieron actuar como ellos, no obedecieron al Papa cuando les prohibía pertenecer a la Masonería; y estaban dispuestos a morir por él cuando un poder temporal, más o menos legítimo, imponía su mano sobre las prerrogativas de la autoridad espiritual.

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Respecto a la actitud actual de la Iglesia Católica, frente a la Masonería, el R. P. Riquet expone que está regida por el canon 2335[*] del Código de Derecho Canónico, que se expresa en estos términos:

“Aquellos que den su nombre a una secta masónica, u otras asociaciones del mismo género, que se dediquen a maquinar contra la Iglesia o sus poderes civiles legítimos, incurren ipso facto en la excomunión simplemente reservada a la Sede apostólica”.

El P. Riquet interpreta este canon de la siguiente forma: “El delito está esencialmente constituido por el hecho de adherirse a un grupo ‘que maquine contra la Iglesia o sus poderes civiles legítimos’. Como la Masonería inglesa y todas las Masonerías que están en correspondencia con ella, se abstienen siempre de conspirar contra la Iglesia y contra sus poderes establecidos, se deduce, según el R. P. Riquet, que estas Masonerías no se encuentran bajo las condenas pontificias”.

Una declaración así, viniendo de un eminente miembro de una Compañía renombrada por su absoluta devoción a las directrices de la Santa Sede, es evidentemente de gran peso. Desgraciadamente otras autoridades católicas, también muy bien situadas, dan a las prescripciones canónicas una muy distinta interpretación. El libro de Baylot y Riquet, ha sido acabado de imprimir en septiembre de 1968. Ahora bien, el 18 de Marzo de 1968, Le Figaro (diario en el que el R. P. Riquet ha ofrecido numerosos artículos sobre la Masonería “espiritualista”), publicaba la información siguiente:

“Città del Vaticano, 17 de Marzo. -La Iglesia no considera modificar las disposiciones canónicas en vigor referentes a la Francmasonería. Un comunicado del servicio de prensa de la Santa-Sede, se dice, en efecto, autorizado por el dicasterio competente, en este caso la Congregación para la doctrina de la fe, para declarar que son sin fundamento las informaciones aparecidas, tanto en Italia como en el extranjero, según las cuales estaría permitido a personas convertidas al catolicismo, en algunos países, permanecer en el seno de la Francmasonería, y que la Santa Sede se propondría modificar profundamente las disposiciones canónicas en vigor, referentes a esta última. Se sabe que de estas disposiciones prevén la excomunión de los católicos que formaran parte de la Francmasonería”.

Para apreciar en su justo valor esta información, conviene dar la precisión siguiente: Los “algunos países” de los que se trata son los escandinavos y, en particular, Suecia; ahora bien, tal como lo recuerda el R. P. Riquet, “es bien conocido que, en Suecia, el Gran Maestro de la Gran Logia es el mismo rey” (p. 47), y que, en consecuencia, la Masonería sueca no conspira contra la autoridad política de su país[11]. Vemos entonces, que, a ojos de un dicasterio romano cuyo Prefecto, recordémoslo, es el Soberano Pontífice[2*] en persona, los miembros de esta Masonería son excomulgados igual que los miembros de Obediencias latinas que han caído en los trágicos errores de la politización y del anticlericalismo.

     Los Masones de los países latinos, al menos aquellos que querrían ardientemente practicar en toda su plenitud el exoterismo religioso normal en su país, es decir, el catolicismo, tienen motivos para encontrarse confusos. ¿Qué deben creer? Su desconcierto es comprensible. Se puede decir que, en esta materia, las autoridades católicas, carecen de una doctrina verdaderamente “universal”. Entre las que pretenden que los Masones de tipo inglés no son alcanzados por las condenas, y aquellas que pretenden que todo Masón está excomulgado, ¿quién tiene razón?

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   Si volvemos ahora a la Masonería francesa del siglo XVIII, podemos decir que sus miembros se comportaban como si tuvieran el “sentimiento” de que la autoridad romana, condenando su Orden, había salido de los límites asignados a su jurisdicción y se había aventurado en un dominio que sobrepasa su competencia[12]. En todo caso, esto explicaría la presencia en las Logias de señalados católicos, que parecen no haber puesto jamás en duda la legitimidad de su manera de obrar[13].

     Tras la Revolución y a lo largo del siglo XIX, los católicos fueron cada vez menos numerosos en los Templos masónicos. Los fervientes se abstenían. Correlativamente, como la Iglesia prohibía a los Masones la recepción de los sacramentos, éstos empezaron a abandonar todo rito religioso, incluido el más elemental y más indispensable de todos: la oración, que ninguna decisión pontifical podía prohibirles la práctica y los beneficios. También, en los países latinos y, sobre todo, en Francia, en Bélgica y en Italia, ciertas organizaciones masónicas, a finales del siglo XIX y a principios del XX, acabaron por tomar una actitud anticlerical y, a veces, antirreligiosa.

     Hoy en día, se han intentado esfuerzos desde diversos sectores, para remediar un estado de hecho tanto o más difícil de modificar cuanto que, en realidad, el “divorcio” entre Catolicismo y esoterismo, que remonta mucho más allá que la condena de 1738[14]. No se puede ciertamente decir que la Iglesia romana practique el “odio por el secreto”. Pero, en todo caso, aquellos que hablan en su nombre tienen el temor del secreto, y esto porque suponen que el secreto ha de ser hostil a la fe y un peligro para el dogma[15]. Para hablar simbólicamente, diríamos de buena gana que Pedro y Juan, que ambos sin embargo “siguen a Cristo”, no podrán verosímilmente verdaderamente encontrarse y mirarse cara a cara más que “en el más profundo de los valles, que es el valle de Josafat”[16].

     ¿Qué será de las tentativas hechas actualmente, tanto por los Masones, como los no-Masones? ¿Obtendrán que la Iglesia acabe con sus condenas? Algunos ya han dejado de esperar. Yves Marsaudon, tras una acción proseguida durante largos años, y que había esperado mucho del concilio “Vaticano II”[17], ha terminado por desanimarse y ha abrazado la ortodoxia bizantina[18]. Sin embargo, la Iglesia sufre actualmente tal mutación, que todos los “giros” son posibles[19]. Algunos Masones de espíritu tradicional (en el sentido que damos aquí a estas palabras), se inquietan, a veces, ante la perspectiva de que los católicos del aggiornamento, puedan muy pronto solicitar, en masa, su iniciación en las Logias[20]. Nosotros pensamos que estos Masones no tienen quizás suficiente confianza en la “robustez” de su institución, que, “fundada sobre la Fuerza”[21], ha conocido a lo largo de los tiempos muy distintas peripecias. La Masonería tiene en Occidente una función “providencial”. De origen precristiano[22], ha “recogido, desde la Edad Media, la herencia de múltiples organizaciones”. ¿Qué hay que decir, sino que ha recogido una notable parte del esoterismo cristiano? Ante un “brebaje” tan precioso, hace falta una copa tallada en la más dura de las piedras preciosas. Sin duda no es sin motivo por lo que, en el Evangelio joánico, la misma fórmula, por así decir ritual subraya los dos episodios del corazón atravesado, de donde brotan la sangre y el agua, y de la promesa de “perpetuidad” hecha a la "herencia" de San Juan[23].

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     Volvamos sobre un punto bastante curioso de la tesis de los Sres. Baylot y Riquet: según ellos, los Masones de obediencia anglosajona o emparentadas, escaparían desde ahora a las excomuniones lanzadas por Roma. Es muy difícil seguirlos. Si Roma no ha pretendido más que condenar a las Obediencias “que se libran a maquinaciones contra la Iglesia” (según la fórmula del derecho canónico[3*], reproducida anteriormente), entonces ninguna Obediencia actual está condenada, incluido el Gran Oriente de Francia. Pero, por otra parte, es bien evidente, cuando se leen los textos oficiales de la Iglesia, que jamás ninguna distinción ha sido hecha entre Masones deístas y Masones más o menos increyentes[24].

     Hay Masones para los cuales, como prueba de “tradicionalidad” auténtica, sólo cuenta una cosa: la creencia en Dios. Estos Masones se escandalizan cuando perciben que René Guénon, hablando del Gran Oriente de Francia, no abrumaba a esta Obediencia e, incluso, en ocasiones, la defendía[25]. Esta actitud de Guénon es fácil de explicar. Su “función” estaba en relación con los caracteres particulares de su época, que era aquella en que la “segunda etapa” de la acción anti-tradicional, comenzaba a sustituir a la primera. Desde entonces, ya no eran el ateísmo, el materialismo o el racionalismo, los grandes enemigos de la iniciación en Occidente. Sino que otros temibles iban a revelarse como nuevas “perversiones” del espíritu moderno, aparentemente compatibles con el “espiritualismo”, y que, de este hecho, comenzarían ya a “investir” a ciertas fracciones del exoterismo occidental. Como, por otra parte, las tendencias “racionalizantes” de la Masonería francesa, no habían alterado la validez de sus rituales, la actitud de Guénon y su rechazo a pronunciamientos exclusivos en uno u otro sentido, se explica perfectamente[26].
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     Una cosa bastante sorprendente, es que, leyendo la obra precitada, se podría creer que los dos interlocutores no ven en la Masonería más que un medio de entablar relaciones, y la asemejan, en consecuencia, a los Rotary-clubs, a los Leones y a los Kiwanis. Estas organizaciones totalmente recientes y estrechamente limitadas a lo se llama “mundo de los negocios”, carecen de ritual, todavía menos simbolismo y, evidentemente, no tienen secreto alguno. Compararlas al Arte Real, es absolutamente inadmisible[27]. Pero, por otra parte, ¿qué es pues la Masonería? ¿De dónde viene y a dónde va? Nadie, antes de René Guénon, había dado a estas preguntas, por otra parte muy naturales, una respuesta satisfactoria. Los dos autores del Libro que acabamos de analizar, no parecen tener mucha simpatía hacia Guénon. ¿Han hecho algún esfuerzo para comprenderlo? Podemos dudarlo, al leer un determinado pasaje del libro[28]. No importa. La obra de Jean Baylot y Michel Riquet constituye, a su manera, un homenaje a René Guénon, pues acaba con una bibliografía masónica muy sucinta. Sobre dieciséis autores citados, destacamos nombres que, sin ser en absoluto guénonianos, han dedicado a veces alguna de sus obras “A la memoria de René Guénon” o incluso han considerado como una promesa de porvenir la penetración de las ideas guenonianas en los medios masónicos de Francia y de Italia. Demos gracias a Jean Baylot y Michel Riquet por haber dejado sitio a tales autores en su bibliografía: han mostrado de esta forma que, en adelante, no es ya posible en Francia tratar seriamente la Masonería pasando bajo silencio la obra de René Guénon.

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     No podríamos terminar este capítulo sin recordar que, para Guénon, “cuanto menos el exoterismo se ocupe del esoterismo, mucho mejor” Ahora bien, hay algo que siempre nos ha chocado. De Clemente XII a León XIII, todos los Papas han renovado, por encíclica, la condenación dirigida contra la Masonería en 1738. Pero el sucesor de León XIII, San Pío X, no renovó las condenas anteriores y, los pontífices que le siguieron, le imitaron. Ciertamente, el artículo 2335 del derecho canónico, sigue existiendo[4*], pero hemos visto que su texto deja el campo libre a una interpretación “laxista”, y los religiosos que han sostenido esta interpretación no han sido censurados por la jerarquía. ¿Es realmente deseable que la Iglesia vaya aún más lejos? Y la situación actual, con los sinsabores pero también las ventajas que comporta toda ambigüedad, ¿no corresponde, en suma, al deseo expresado por Guénon?

Notas:
[1] Citaremos como ejemplo al obispo de Marsella, M. De Belzuce, el mismo que destacó por sus desvelos cuando la peste asoló su sede episcopal.
[2] Citaremos por ejemplo a un redactor de la Revue Internationale des Sociètes Secrétés que, bajo el nombre de Hiram, publicó una obra sobre Willermoz y el Rito Templario al Oriente de Lyon. Los canónigos del noble cabildo de la catedral de Saint-Jean y el mismo Willermoz, han sido tratados de falsos católicos e, incluso, ¡acusados de satanismo!
[3] Béauchesne, París.
[4] El Gran Maestro del Gran Oriente de Francia, el mariscal Magnan, tuvo en la Madeleine, en 1862, unas solemnes exequias, celebradas con la dignidad correspondiente a su cargo. Sobre el catafalco, figuraban, junto a su bastón y condecoraciones, sus insignias de Gran Maestro de la Orden (pg. 20).
[5] Citemos simplemente dos hechos recordados por los autores. El principal artesano de la fundación del Gran Oriente de Francia en 1773, fue el duque de Luxemburgo, Masón, devoto a su Orden más allá de toda expresión. “Ahora bien, el duque de Luxemburgo ha sido el presidente de la nobleza de los Estados Generales; ha sido el único noble en rechazar toda reunión de las Ordenes y, cuando fracasó, fue el primero de los emigrados” (pg. 36). -Se ignora generalmente que el duque de Berry, hijo de Carlos X, y padre del último pretendiente legalista, Enrique V (el conde de Chambord, llamado, “el niño del milagro”), era Masón y hubiera sido Gran Maestro del Gran Oriente si no hubiera sido asesinado en 1820.
[6] Cf. Études sur la Franc-Maçonnerie et le  Compagnonnage, t. I, p. 110.
[7] Esta omisión ha sido reparada en una conferencia radiofónica el 26 de Febrero de 1969, en la que participaban igualmente, Jean Baylot, Alec Mellor y Pierre Mariel.
[8] El relato de la actividad masónica y del martirio de Jean-Marie Gallot, ha sido reflejado en La Historia de la Francmasonería en la Mayenne, por A. Bouton y M. Lepage.
[9] La situación es más picante aún. Él único miembro de la Masonería (especulativa) que puede ser invocado litúrgicamente ¡es un Francmasón del Gran Oriente de Francia!
[10] Era una de las manifestaciones de ese nacionalismo exacerbado de los revolucionarios, que recordó Guénon. Se sabe que, lo que conllevó a la caída definitiva de Luis XVI, fue el veto que opuso hasta el final a las medidas tomadas contra los sacerdotes refractarios. Sus enemigos, aprovecharon para acusarlo de no ser patriota....
[*] Nota del T.: Al publicarse este libro en primera edición, estaba vigente el Código de 1917. En el Código promulgado en 1983, el canon relacionado con el asunto es el nº 1374, que dice así: "Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho".
[11] La Masonería sueca practica un Rito particular que no carece de analogía con el de la Estricta Observancia. El último grado de este Rito, “Vicario de Salomón”, no puede tener más que un solo titular: el Rey.
[2*] Nota del T.:  El autor sufre aquí un lapsus, pues el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no era el Papa en aquel momento, ni tampoco desde entonces lo ha sido.
[12] Tal forma de ver, podría estar justificada por la falta de seriedad de ciertas decisiones pontificias anti­masónicas. El caso más extraordinario, es el de León XIII que, en el momento del asunto Taxil, condenó, sin más ni menos, a la Masonería y a asociaciones bastante inofensivas como los Old-Fellows, los “Chevaliers de Pythias” y los “Hijos de la Templanza”.
[13] Otro caso que sería interesante examinar, es el de Irlanda. La “Isla de los Santos” tenía una Masonería operativa muy próspera, que parece haber estado en relación con los "Culdeos". Poco después de 1717 se efectuó la transformación especulativa, y se sabe que los Masones irlandeses promovieron en Inglaterra la fundación de la Gran Logia de los Antiguos en 1751. Los católicos y, en particular, los numerosos animadores de los movimientos de Independencia, como los Sinn-fein, continuaron frecuentando las Logias hasta la bula Humanum genus de León XIII.
[14] Es bastante curioso que el reciente recuerdo de las condenas pontificias, a que hemos hecho referencia, estén datadas en 17 de Marzo de 1968. Y el 17 de Marzo es dado frecuentemente como la fecha del suplicio de Jaques de Molay. ¿La coincidencia ha sido querida o hay que mirarla sólo simbólicamente, como la fecha del arresto de Cagliostro, el 27 de Septiembre de 1768? —A este respecto, hagamos otra indicación que no tiene relación con la Masonería, pero que, sin duda, sí la tiene con los Templarios. La carta de Gargantúa a su hijo (Pantagruel, cap. VIII), considerada por los críticos profanos, como prueba que la novela de Rabelais (como Le Roman de la Rose) “es una obra profunda con apariencias triviales”, está fechada  “De Utopía, este décimo-séptimo día del mes de Marzo”.
[15] Es cierto que, si la Masonería renunciara al secreto o, incluso, declarara que su secreto no cubre ninguna realidad profunda, la Iglesia no vería ningún inconveniente en revocar las condenas. Pero una organización masónica que tomara una iniciativa así, se excluiría, por sí misma, del seno de la Masonería universal, el secreto, siendo el más “intangible” de todos los Landmarks, e identificándose, en cierto modo, con el “vínculo” iniciático y la misma Masonería, tal como podemos verlo especialmente en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en el que la apertura de los trabajos comienza diciendo: “Hermano Primer Vigilante, ¿cual es el lazo que nos une? — Un secreto. -¿Cuál es este secreto? -La Francmasonería”. Para dar a estas expresiones el alcance que verdaderamente tienen y que no sospechan la mayoría de quienes las repiten, es bueno referirse a una de las notas de La Grande Triade (cap. II) de Guénon, relativa a las relaciones del cable tow con el “vínculo iniciático”. Recordemos igualmente un hecho mencionado por Luigi Valli: entre los “Fieles de Amor”, ciertos símbolos designaban, a la vez, el rito iniciático, la doctrina esotérica y la organización depositaria. Esta triple equivalencia corresponde rigurosamente a la equivalencia (atestiguada por las fórmulas “escocesas” a que hemos hecho referencia anteriormente) entre el “lazo”, el “secreto” y la “Francmasonería”.
[16] Todo lo que los Evangelios aportan respecto del Apóstol Juan, es susceptible de interpretaciones esotéricas, a menudo muy interesantes. Uno de los episodios más enigmáticos es el que se denomina “la demanda de la madre de los hijos de Zebedeo” (Mateo, XX, 20-28); demanda que, por su carácter de exageración, levanta indignas protestas por parte de los otros diez Apóstoles. Es necesario remarcar que la exorbitante solicitud de María-Salomé no fue rechazada formalmente por Cristo, que responde evasivamente y se limita a emitir algunas dudas sobre la conciencia que, los dos hermanos y su madre, podían tener sobre el verdadero alcance de semejante asunto. En cuanto a la copa que Santiago y Juan pretendían poder beber como Cristo, declaración que éste, por lo demás, confirma, es muy difícil admitir la explicación que se da habitualmente, a saber que los dos Boanerges debían, como Cristo, beber, en la “copa de la amargura”, los sufrimientos de la Pasión. En efecto, de todos los Apóstoles, son Santiago y Juan quienes tuvieron el final menos doloroso. Mientras que Pedro y Andrés fueron crucificados y que otros fueron desollados vivos, lapidados o atravesados por flechas, Santiago fue “simplemente” decapitado; en cuanto a Juan, murió apaciblemente, a una edad muy avanzada, en Éfeso. Había sido, según la tradición, sumergido en Roma en una cuba de aceite hirviendo, pero no llegó a sentir ningún daño. La copa prometida por Cristo, debía, pues, significar algo muy distinto a los tormentos. Pensamos que se trata, en realidad, de la copa del perfecto Conocimiento, y se sabe que las representaciones tradicionales de San Juan, lo muestran con una copa en la mano. Pues es Juan y no Santiago, quien fue favorecido plenamente por la promesa hecha por su Maestro, piénsese en el comportamiento del discípulo bienamado durante la Cena y también al pie de la Cruz con María. En suma, si la demanda de la madre de los hijos de Zebedeo no fue aceptada en su integridad, es que Cristo, cuando vuelva, en su gloria, en su segunda venida, no podría estar rodeado por Santiago y Juan, sino más bien por Pedro y Juan, representantes respectivos del exoterismo y el esoterismo cristianos.
[17] En el “Vaticano II”, uno de los Padres se levantó un día en el aula conciliar, para sugerir que la Iglesia revocara las bulas de excomunión. Era el obispo de Cuernavaca, en México. (Esta misma ciudad de Cuernavaca debía, poco después de la clausura del concilio, convertirse en el teatro de una extraño asunto: el monasterio benedictino del lugar añadía, a los ejercicios prescritos por su Regla, otros ejercicios tomados... del psicoanálisis. Era San Benito “mejorado” ¡por Sigmund Freud! El escándalo fue mayúsculo y el obispo fue convocado a Roma. Finalmente el Abad de este monasterio, verdaderamente “en la punta del progreso”, fue “reducido al estado laical” ). -Pues bien, el obispo de Cuernavaca había dicho a sus hermanos: “La Francmasonería espera un gesto de vosotros”. Tal manera de ver las cosas es defectuosa. La Masonería, Orden iniciática, no espera nada de la Iglesia, que es una organización puramente exotérica. A su respecto no está ni “arrepentida, ni, incluso, “demandante”. Todo cuanto puede decirse es que muchos Masones de países latinos desean que la Iglesia les permita vivir integralmente su “fe”.
[18] Existe publicada una obra titulada: De la Iniciación Masónica a la Ortodoxia Cristiana (Dervy, París), que reproduce en apéndice algunas cartas intercambiadas entre el autor y Alec Mellor.
[19] El cuatro de Abril de 1969, día de Viernes Santo, un teólogo eminente de la Compañía de Jesús, creado, algunos días más tarde, cardenal, respondía, radiofónicamente, a las preguntas que los oyentes le planteaban por teléfono. La última pregunta fue; “¿Qué espera la Iglesia para modificar su actitud hacia los Francmasones?” El interpelado respondió que no podía hablar de la Masonería como de un bloque y que existían católicos Francmasones. Parece entonces que algunos de los más altos dignatarios de la Iglesia sean favorables a la tesis del R. P. Riquet. Pero, evidentemente, no pueden hablar más que a título personal y no en nombre de la Iglesia, como lo ha hecho la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.
[20] Fue este, quizás, el caso de uno de los más notables colaboradores de Le Symbolisme, François Ménard. En uno de sus últimos escritos, reseñaba la obra de un Masón belga, L. J. Piérol, obra titulada Le Cowan, y dirigida contra Alec Mellor (Editions Vitiano, París). Ménard ha señalado excelentemente las insuficiencias flagrantes de esta obra. Nosotros añadiremos esto: el término masónico inglés cowan, designa, hoy en día, a un profano que escucha a las puestas de una Logia, y que, en consecuencia, intenta conocer ilegítimamente el “secreto”. Esto no podría aplicarse a Alec Mellor del que pueden no compartirse las ideas, pero del que hay que convenir que su información sobre la Orden (que era grande, incluso, cuando no era Masón), no fue obtenida por fraude y se encuentra a la disposición de todo profano que se tome el trabajo de adquirirla.
[21] Hacemos aquí alusión a un aspecto del significado conjunto de las “palabras sagradas” de los dos primeros grados.
[22] Esta verdad, a veces contestada, es fácil de establecer tanto por las pruebas de orden ritual, como por pruebas resultantes del atento examen de los OId Charges.
[23] La incorporación del esoterismo cristiano a la Masonería se ha hecho, entiéndase bien, en modo simbólico, y, sobre todo, en los altos grados. La presencia de estos altos grados dificulta considerablemente la aproximación con la Iglesia; Albert  Lantoine ya lo había comprobado.
[3*] Anterior a 1983. Nota del T.
[24] Nunca se repetirá lo bastante: en tiempos de Clemente XII, de Benito XIV y de otros Pontífices que fulminaron excomuniones contra la Masonería, todas las Obediencias eran “deístas”. La primera en tomar una actitud “no-deísta” (no decimos atea) fue el Gran Oriente de Francia (cf. El capítulo titulado: “1877”, que aparecerá en nuestra próxima obra): pero la Masonería estaba excomulgada desde mucho antes. No discutiremos por el momento otra tesis de uno de los autores, Jean Baylot, que identifica, pura y simplemente, la “regularidad” de una Obediencia, con su reconocimiento por la Gran Logia Unida de Inglaterra. La regularidad, en el sentido en que la entendía René Guénon, depende esencialmente del mantenimiento de los ritos tradicionales.
[25] Cuando fue publicado el segundo tomo de Estudios sobre la Franc-Masonería y el Compañerazgo, un crítico, por otra parte, muy bien informado y competente, emitió ciertas reservas sobre la oportunidad de haber reproducido artículos masónicos ofrecidos por Palingenius a La Gnose; artículos, donde se hablaba del Gran Oriente con simpatía. No compartimos los puntos de vista de esta crítica, y desearíamos incluso, que, con ocasión de una reedición ulterior de la obra en cuestión, se hicieran también figurar otros artículos escritos por “Le Sphinx” en La France Antimaçonnique. 
[26] Esta actitud, ha tenido, por otra parte, un doble resultado práctico. Los Masones deístas no han perdonado a Guénon lo que ellos llaman su “debilidad” por las Obediencias “no-deístas”; y estos últimos no le han perdonado su evidente simpatía por ciertos aspectos de la Masonería anglosajona. Guénon, por otra parte, parece bastante poco afectado por la incomprensión que le testimoniaron la gran mayoría de los altos dignatarios de la Orden. No amaba las Obediencias, que consideraba como un “mal necesario”. La Obediencias se lo han devuelto....
[27] Reproduzcamos, a titulo de curiosidad, el siguiente pasaje. Jean Baylot: “He aquí, creo, lo que podemos decir de la Masonería. Es en apariencia, si así lo queréis, una especie de club, como el resto de clubes que existen en el mundo...” — R. P. Riquet: "El Rotary, el Lions’Club...” — Jean Baylot: “Que conocéis bien por haber hablado con frecuencia, e, incluso creo para ser .... miembro de honor”. -Jean Baylot: “...Hay una nueva cadena de clubes funcionando, que se llaman los “Kiwanis”; es un término tomado del vocabulario indio. Y estos clubes internacionales, universales, se desarrollan a una velocidad tal, que me parece que respondan a una necesidad...” (pp. 65 y 66).
[28] He aquí este pasaje bastante enigmático (p. 60). Habla Jean Baylot: “Nuestra época pulula de imágenes, a buen seguro frágiles, pues está tentada por las modas. La Masonería ha evitado este escollo, ha evitado el escollo de querer, como lo ha hecho, en un momento de su vida, René Guénon, vincularse, incorporarse a una tradición particular, adoptar su estilo... El R. P. Riquet dice entonces: "como Oswald Wirth”. Y Jean Baylot responde: “Oswald Wirth, no se ha desvinculado de nuestras tradiciones, pero fue ocultista a comienzos de su vida”.
[4*] Hasta 1983. Nota del Traductor


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José Antonio Ferrer Benimeli, S.J. (video 4/4 minuto 7 y ss): En 1972, el Cardenal Seper, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antecesor en el cargo al Cardenal Ratzinger), eximió de la pena de excomunión que figuraba en aquel momento en el Código de Derecho Canónico, a los masones católicos de los países escandinavos que formasen parte de Obediencias masónicas que no fuesen contra los principios o dogmas de la Iglesia Católica.



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El Rito Sueco es un rito masónico practicado principalmente en los países escandinavos: Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia. La práctica de este rito exige que el francmasón se declare cristiano. De manera matizada, se trabaja también en Alemania y en algunas logias fuera de Escandinavia.

La historia de este rito está fuertemente vinculada a la implantación de la Estricta Observancia en la Francmasonería de la Europa del norte. Fue fundado sobre una base cristiana y templaria, instalada en Suecia en 1759 por Carl Friedrich Eckleff.

La Francmasonería fue introducida en Suecia por el conde Wrede-Spare, oficial de caballería que había sido recibido Aprendiz en París el 4 de mayo de 1731, Compañero el 16 de noviembre de 1731 y Maestro el 6 de mayo de 1733. La primera reunión de una logia con nombre propio tuvo lugar en casa del barón Gabriel Sack el 17 de marzo de 1735. El rey Federico I prohibió la Francmasonería por decreto el 21 de octubre de 1738, decreto anulado algunos años más tarde.

El 13 de enero de 1752, el conde Knut Carlsonn Posse fundó la logia “San Juan auxiliar”, que se declara Logia Madre de Suecia y, con este título, se autoriza a crear otras logias en el reino de Suecia. El año siguiente, el barón Charles-Frederic Scheffer, que había sido iniciado el 14 de mayo de 1737 en París en la logia Coustos-Villeroy, fue elegido su Gran Maestro. Obraba en posesión suya un documento fechado en 1737, que le fue enviado por el conde de Darwentwater y que se conserva actualmente en Estocolmo. Este documento parafrasea las Constituciones de 1723, pero afirmando que la Francmasonería tendría un carácter exclusivamente cristiano.

Los rituales franceses utilizados en los comienzos son revisados en 1756. En 1761, se funda la Gran Logia de Suecia. Es su primer Gran Maestro el barón Scheffer, y Carl Friedrich Eckleff asistente del Gran Maestro. El duque Carl Von Södermanland, miembro de la Estricta Observancia y futuro rey Carlos XIII de Suecia, se convertirá en Gran Maestro en 1774 y emprenderá la organización del Rito Sueco retomando las bases de un capítulo de altos grados masónicos fundado en Estocolmo por Eckleff el 25 de diciembre de 1759. Llevará a cabo revisiones del rito en 1780 y en 1800, fecha en que fue establecida la constitución fundamental de la Orden.

El Rito Sueco se declara fundamentalmente cristiano. Está impregnado de rosacrucismo, de cábala y de teosofía, y en algunos aspectos recuerda la doctrina de Swedenborg. Tras un informe de 1828, se asigna como objetivo el conocimiento de Dios por el reconocimiento del espíritu divino que lleva cada uno en sí, por la acogida de la dimensión trinitaria y por la fe en Jesucristo.

Se organiza en diez grados, distribuidos en una estructura de tríptico:

Grados de San Juan:

Aprendiz
Compañero
Maestro Masón.

Grados de San Andrés Escocés:

Aprendiz
Compañero
Maestro de San Andrés.

Grados de Capítulo:

Alto Ilustre Hermano (o Caballero del Este)
Muy Alto Ilustre Hermano (o Caballero del Oeste)
Hermano Iluminado
Alto Hermano Iluminado.

Tiene, además, grados administrativos:

Hermano Muy Alto Iluminado
Caballero Comendador de la Cruz Roja.

Hay aproximadamente 60 masones que tienen este grado actualmente.

En 1811 el Rey Karl estableció la orden real de King Karl XIII. Es una orden civil otorgada por el Rey, solamente a francmasones del grado XI con un número limitado a 33. No es, sin embargo, un grado masónico.