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viernes, 28 de agosto de 2015

El Templo de Salomón y el Nombre; por Raimon Arola

Capítulo V de Simbolismo del Templo. Una alegoría de la creación. Ed. Obelisco, Barcelona, 2001.


El sabio rey Salomón le dijo a Hiram, rey de Tiro:

«Tú sabes que mi padre David no pudo edificar una Casa al Nombre de IHVH su Dios, a causa de las guerras en que sus enemigos le cercaron, hasta que IHVH los puso bajo las plantas de sus pies. Ahora IHVH mi Dios me ha concedido paz por todos los lados; no hay adversario ni maldad. Ahora me he propuesto edificar una Casa al Nombre de IHVH mi Dios según lo que IHVH dijo a David mi padre: “El hijo tuyo que yo colocaré en tu lugar sobre el trono edificará una Casa en mi Nombre» (I Reyes, V, 17-19).

El templo de Salomón está en Jerusalén, palabra que, etimológicamente, significa «fundación de paz», cuando el pueblo de Israel consigue la paz en su alrededor, el Señor (IHVH) se instala en el centro de su tierra, en Jerusalén; como está dicho: «pues de Sión saldrá la Torah y la palabra de IHVH de Jerusalén» (Is. XI, 3), y también: «En Jerusalén pondré mi Nombre» (II Reyes, XXI, 5). Toda la exégesis hebraica está basada en el Nombre del Señor; esta misma idea la encontramos en un comentario de E. H.:

«Los Antiguos enseñaron que, por la transgresión de nuestros primeros padres, el Nombre Divino fue partido en dos. Las dos primeras letras se separaron de las dos últimas. Desde entonces, estas dos partes que están vivas se buscan eternamente, errando por los mundos. La obra de la cábala es reunirlas, también se la denomina marial o mesiánica. Las dos primeras letras IH forman la palabra Ia. Está en el cielo donde sueña eternamente, siempre insatisfecha. En hebreo son la iod y la he. Las dos últimas letras son V y H. Se pronuncian Hu, lo que significa en hebreo “Él”. Están en este mundo de exilio con el hombre que posee el sentido y la palabra, pero extraviados y reducidos a la dimensión de exilio. Las dos primeras son un ser afeado por la concupiscencia de lo sensible en exilio. Tales son el cielo y la tierra que debemos reunir para formar el reino, los cristianos dicen en sus plegarias: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…” para no hacer de ellos más que una única cosa. Por esta razón encontramos en Deuteronomio (VI, 4): “Escucha, Israel, IHVH nuestro Dios, IHVH es uno”. Esto no significa que esté solo, sino que viene a ser como si dijera: deja a los demás pueblos venerar a un Dios inaccesible en el cielo o posternarse ante un ídolo terrestre impotente. Tu Dios, el tuyo, Israel, es la unión del cielo y la tierra, por ello es uno, porque está reunificado». [1]

Explican los sabios antiguos que la separación en dos partes del Nombre de Dios, se produjo al destuirse el Templo de Jerusalén; cuando el templo existía, el Nombre de Dios, IHVH, era pronunciado una vez al año por el Sumo Sacerdote en el sanctasantorum del templo; al destruirse el templo, el Nombre no se puede pronunciar, ya que para ello necesita el lugar apropiado donde se unen el cielo y la tierra. En el exilio, el Nombre se puede describir, pero no decir, pero no decir, por esto los hebreos leen el Tetragrama, IHVH, como Adonai (que significa «Mi Señor») o como Hashem (que significa «el Nombre»). Así pues, para poder reunificar las dos partes del Nombre necesitamos encontrar el templo, el lugar donde unir el cielo y la tierra.

El templo es la envoltura del Nombre, como se puede ver claramente en las mezquitas, donde sólo hay, en dirección a la Meca, el Corán y las cuatro letras del nombre de Allah; aquello que contiene el templo, su simbolismo, es estrictamente, la presencia del Nombre. Por el conocimiento del Nombre no s ligamos con la perpetua creación de Dios, y esto quiere decir que el Nombre puede reconstruir el templo primero y arquetípico, que su sonido engendra el orden perfecto y sincrónico. Volveremos en más de una ocasión sobre este Nombre. Veamos a este respecto un resumen que hace J. Peradejordi en el prólogo de la edición española de Las enseñanzas de Jesucristo a sus discípulos, dice así:

«En el esoterismo musulmán aparecen infinidad de alusiones al Nombre de Dios. Uno de los más famosos dichos o tradiciones del Profeta dice que “Dios tiene 99 nombres, 100 menos 1; aquel que los conozca entrará en el Paraíso. Estos 99 nombres están escritos, diseminados a lo largo del Corán, pero existe un centeavo nombre, el Nombre de Dios, que otorga a aquel que lo conoce la omnipontencia, y éste no está escrito…” Recordemos también aquí la parábola evangélica de las 99 ovejas que el pastor deja para ir a buscar la centeava (Mt. XVIII, 11 y ss.). Este nombre, esta palabra, este verbo, parece ser el gran secreto que se transmitían los iniciados de boca a oreja, se trataría también de una “cosa” (en hebreo la palabra dabar significa tanto palabra como cosa) que se transmitían los kabalistas de mano a mano y que no aparece en los libros, aunque éstos, se sobreentiende, no hablan más que de ella. Como nos demuestran los ejemplos que siguen: “De todo lo que hay escrito en mis libros, anda hay como esta palabra” y “No descubráis esta cosa a aquellos que no podrían soportarla o guardarla”.» [2]


Notas:
[1] «Introducción al Riquete del Copete según el sentido cabalístico» en La Puerta, num. 13, 1983, pp. 28-29.
[2] Ed. 7 ½, Barcelona 1980, p. 13

domingo, 22 de marzo de 2015

El Constructor; por Léon Lieudat


Traducción del artículo Le Constructeur aparecido en la revista francesa Vers la Tradition, nº 139, Marzo-Abril-Mayo 2015.

Sobre la noción de Gran Arquitecto del Universo, lo esencial ya ha sido dicho antes de nosotros y sin nosotros [1]. No es sin embargo inútil volver sobre el sentido de esta expresión, con mayor razón cuando se constata la complacencia con la cual algunos, entre aquellos que son supuestos conocedores, mantienen la vaguedad y la confusión sobre una cuestión que parecen especialmente querer eludir [2]: es como si algunos de los que están llamados a ser constructores no tuvieran otro deseo que el de rechazar la piedra destinada a convertirse en piedra angular, estando bien situados para saber que «si el Señor no construye la casa, en vano trabajan aquellos que la edifican.»[3]

En un primer momento, el Constructor o Arquitecto no es tanto el Principio supremo considerado en él mismo, cuanto un aspecto divino, caracterizado por un tipo determinado de actividad, en correlación con la multitud ordenada de seres particulares, y más precisamente con el hombre (en tanto que «artesano» operando bajo su dirección y según su mandato.)

El recurso a un simbolismo que es en principio el de la construcción del Templo de Salomón, implica que la organización del Universo es en sí misma asimilable a la edificación de un Templo (en la cual el artesano humano es invitado a tomar parte). Esta asimilación apenas tendría sentido fuera de toda referencia a un principio divino, que debe poder ser considerado simultáneamente como transcendente (en tanto que es el Espíritu el que concibe y el que traza el plan del Edificio, el cual se distingue como el artista se distingue de su obra) y como inmanente (en tanto que no construye el Templo sino para hacer su «residencia» en él). Por otro lado, desde el punto de vista microcósmico, el obrero que da forma a la materia bruta según la Voluntad del Arquitecto (o el maestro de obra que participa en la traza del plan) toma parte en la edificación de un Templo espiritual que no puede situarse sino en el centro de su ser, y es en su corazón que debe encontrar lugar la residencia del Arquitecto. Teniendo en cuenta la analogía entre macrocosmos y microcosmos, el Templo al que el Universo se identifica no podría reducirse, como algunos parecen creerlo, al «mundo físico», es decir al mundo corporal [4], coincidiendo con la totalidad del dominio de la manifestación, que comprende los «tres mundos».

En la medida en que la totalidad de la manifestación es ordenada por el Gran Arquitecto, éste se distingue netamente del «demiurgo» entendido como «formador» del Corpus Mundi [5]. Pero, en contrapartida, el Gran Arquitecto no se confunde con el Principio Supremo, y no parece tampoco poder ser inmediatamente identificado a esta primera determinación del Principio supremo que constituye el Ser total, considerado en él mismo. El despliegue de la manifestación supone una «división» (aparente) del Ser en dos principios complementarios, y es primero por relación a este despliegue que el principio divino es designado como «Gran Arquitecto», que, entonces, corresponde más bien al principio activo que ordena el desarrollo de las potencialidades contenidas en el principio pasivo [6]; en términos de la tradición hindú, es un aspecto del Purusha considerado en correlación con Pakriti, «la substancia primordial indiferenciada» [7]: Vishwakarma, «el Espíritu de la construcción universal». [8]

En la antigua Masonería operativa, es el nombre divino El Shaddai el que era invocado como el nombre del Gran Arquitecto del Universo [9]. Si el nombre El Shaddai evoca las ideas de potencia y de elevación (designa al «Dios Todo Poderoso» [10] al mismo tiempo que al Dios de la montaña), no se identifica sin embargo, ni con el aspecto más elevado del Principio supremo, ni con el Ser universal que, en la tradición hebraica, se da a conocer bajo el nombre de YHVH [11] y que dice de él mismo: «Yo soy aquel que soy» o «El Ser es el Ser» [12]; por eso, corresponde con un aspecto divino inferior al que es designado por el nombre El Elión («Dios Altísimo») y que, en el relato del Génesis, es presentado como otro nombre de YHVH [13].

El Gran Arquitecto es también el «Gran Geómetra del Universo». De una parte, la práctica de la arquitectura requiere el conocimiento de la geometría, y el plan del edificio es trazado conforme a las leyes que la geometría permite conocer, a partir de un punto indivisible [14] cuyo desarrollo engendra sucesivamente líneas, superficies, volúmenes, y que contiene virtualmente todas las construcciones [15] que la geometría hace posibles. Por otro lado, la producción de un universo ordenado a partir de la indiferenciación inicial es también la introducción de la medida allí donde todavía no existe sino lo indefinido y lo indeterminado: la geometría, ciencia de la medida, es por eso mismo la de la determinación que sitúa cada cosa en su lugar y en los límites prescritos por su naturaleza y por su función en un conjunto o reino de equilibrio, armonía, acuerdo de las partes en la unidad de todo [16].

El «Gran Geómetra del Universo», cuyo tema se relaciona con los orígenes «pitagóricos» de la Masonería como con sus orígenes «abrahámicos» [17], se identifica con Apolo, el Dios de la medida, una de cuyas máximas (como la famosa «Conócete a ti mismo») es «Nada en exceso» [18], y que, bajo su aspecto de divinidad «solar», asegura el paso de la obscuridad a la luz, de la noche donde todos los gatos son pardos al día donde todas las cosas se vuelven visibles, así como el hombre se vuelve vidente, es decir conocedor, reconoce los límites en su universo ordenado. Por un lado, el Apolo hiperbóreo (polar) es llamado Karneios, nombre que evoca (éste también) las ideas de potencia y de elevación, y en donde se encuentran los atributos de El Shaddai [19].

Hemos mantenido hasta aquí la distinción que parece imponerse entre el Gran Arquitecto y el Principio del cual no es más que un aspecto. Sin embargo, sabemos que esta distinción es, en ciertos aspectos, ilusoria y que el Gran Arquitecto no es realmente diferente del Principio, así pues la consideración del principio activo en tanto que correlativo a un principio pasivo debe ser un encauzamiento hacia el reconocimiento del Principio supremo.

Sobre la letra G comprendida como la designación del «Gran Geómetra del Universo» y como inicial de la palabra God, Guénon escribe [20] «ésta debería ser en realidad una iod hebraica, la cual fue sustituida, en Inglaterra, como consecuencia de una asimilación fonética de iod con God» [21], y precisa: «La letra iod, primera del Tetragrama, representa el Principio, de manera que es vista como constituyendo por sí sola un nombre divino […]. Hay que añadir que la letra correspondiente I del alfabeto latino es también, tanto por su forma rectilínea como por su valor en las cifras romanas, un símbolo de la Unidad»; recordando que Dante, en la Divina Comedia, hace decir a Adán que el primer nombre de Dios fue I [22], concluye que «este “primer nombre de Dios” […] no es otra cosa, en definitiva, que la expresión misma de la Unidad principial» [23].

En algunos grados masónicos que no dependen de la Square Masonry, la invocación a El Shaddai o a «Dios Todo Poderoso» cede su lugar a la invocación al «Dios Altísimo» [24], que se ha manifestado como idéntico al Ser universal al cual la tradición hebraica le da el nombre de YHVH [25]. Esto es así sobre todo en el grado que Guénon caracteriza como pudiendo, con alguna razón, afirmarse de él que es el nec plus ultra de la iniciación masónica [26]. Este grado comporta la comunicación de una palabra que representa la «palabra reencontrada» (pero que todavía es una «palabra sustituida»), y que debería por consiguiente constituir una respuesta a la pregunta: «¿Quién es el Constructor?» [27]; lo curioso, es que este grado, en el cual la comunicación del nombre misterioso del Altísimo es presentado como un encauzamiento hacia «el Gran YO SOY» [28], no contiene tampoco una referencia explícita al Gran Arquitecto, como si la respuesta debiera conducir a un más allá de lo que trata la pregunta.

La construcción del Templo, o la «reunificación de lo que está disperso», no puede encontrar su acabamiento último sino en la reconstitución o en el redescubrimiento de la Unidad que había sido aparentemente dividida en multitud de fragmentos. Pero, y en tanto tiempo como la búsqueda no esté acabada, esta Unidad no se da a conocer al artesano sino bajo el aspecto del Constructor cuyo nombre debe reecontrar [29].

Notas:
[1] Pensamos más particularmente en las líneas que Guénon ha consagrado a este sujeto en algunas de sus obras, por ejemplo: El Hombre y su devenir según el Vedanta, cap. IV («Purusha y Pakriti»), El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III («Medida y Manifestación»), La Gran Tríada, cap. XXV («La ciudad de los sauces»).
[2] Cada cual parece haber agotado el tema y darse por satisfecho una vez dice que el Gran Arquitecto del Universo es, bajo otro nombre, «el Dios creador», o «el Ser supremo» (expresión que evoca la filosofía de las Luces y la Declaración de los derechos del hombre…), o incluso que es un «principio de unidad del mundo físico», cuidando en precisar que todo lo demás es sólo una cuestión de libertad de consciencia individual.
[3] Sal. CXXVII, 1.
[4] Esta reducción parece estar motivada por una estima exagerada respecto a la «filosofía natural» de Newton, que procede enteramente de la ciencia profana, lo mismo que cuando pretende descifrar algunos restos de ciencias tradicionales (con la mentalidad materialista de un «soplador de carbón»). La estructura del mundo corporal no ofrece sino una representación simbólica del Universo identificado con el Templo del Gran Arquitecto.
[5] Su función no se limita tampoco a la del demiurgo, tal como se menciona en el Timeo de Platón, si, por lo menos, como el texto lo sugiere, esta función consiste en organizar el dominio entero de la manifestación individual (mundo corporal y mundo físico), según un «modelo» inteligible sobre el cual el artesano divino concentra su atención, pero del cual no será sin embargo el productor (puede que el demiurgo platónico sea, bajo otro nombre, el Intelecto superior); pero es posible por otro lado que el relato del Timeo, en tanto relato mítico, sea el signo indirecto de verdades situadas sobre un plano más elevado que el de la manifestación formal. Como quiera que sea, el Gran Arquitecto será
[6] Estas potencialidades son en principio indiferenciadas y, en este sentido, tenebrosas, su desarrollo se hace posible por una «iluminación», y ello porque la distinción del principio activo del principio pasivo es también simbolizada por la de la luz y las tinieblas.
[7] Guénon, El Hombre y su devenir según el Vedanta, loc. cit. En los términos de la doctrina de los Pitagóricos y de Platón, corresponde al Uno considerado no en él mismo, sino es su interacción con la Díada indefinida de los Grande y lo Pequeño, es decir con la raíz de la multiplicidad.
[8] Cf. Id., ibid, Vishwakarma es también Prajâpati considerado simultáneamente como Señor, como Sacrificante universal, y también como la única víctima del Sacrificio que constituye el desarrollo de la manifestación, lo mismo que el Uno, en su interacción con la Díada indefinida, se diversifica en la multitud de seres particulares, que sin embargo quedan bajo su dependencia.
[9] Este nombre es invocado en los cuatro primeros grados de la Woshipful Society of Freemasons, que se presenta como una supervivencia de la Masonería operativa.
[10] En la Masonería (especulativa) inglesa, algunos rituales prescriben el empleo de una parte de la jornada a «rogar a Dios Todo-Poderoso».
[11] «Dios habla a Moisés, diciéndole: “Yo soy YHVH.  Yo me manifesté a Abraham, a Isaac y a Jacob como El Shaddai, pero no me di a conocer a ellos bajo mi nombre de YHVH”» (Éxodo, VI, 3)
[12] Exodo, III, 14; cf. Guénon, El simbolismo de la cruz, cap. XVII: «La ontología de la zarza ardiente».
[13] «Abram responde al rey de Sodoma: “He levantado la mano hacia YHVH, el Dios Altísimo (El Elion), que ha creado el cielo y la tierra”» (Génesis, XIV, 22). Abram no llevaba todavía el nombre de Abraham; la referencia al nombre sagrado YHVH, que no era conocido de Abraham, significa que YHVH es restrospectivamente identificado a El Elion, el Dios de Melki-Tsedeq. Sobre todo esto, se puede hacer referencia al cap. VI de El Rey del Mundo: «Melki-Tsedeq», donde los comentarios de Guénon a Génesis, XIV, 18 y ss y de Hebreos, VII, 1-3, son de una remarcable claridad.
[14] Los Elementos de Euclides comienzan por la definición del punto: «lo que no tiene partes».
[15] El edificio es construido sobre el modelo de una figura ella misma «construida» por la geometría. Este doble sentido del verbo «construir» no se encuentra en todas las lenguas (en la lengua griega, por ejemplo, las dos operaciones son expresadas por dos verbos diferentes). Sin embargo, hay que recordar que en la Edad Media la palabra «Geometría» era a la vez tomada como sinónimo de «Masonería», de la cual el nombre de Euclides era por tanto el símbolo, conforme a la práctica consistente en hacer de un hombre ilustre, en razón de su saber, la figura emblemática de la ciencia en la cual era un maestro.
[16] Dicho de otra manera, la Belleza. Sobre la «medida» y el paso de lo indeterminado a lo determinado, cf. Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III.
[17] Todavía, según la historia tradicional de la Masonería tal cual se encuentra en los Old Charges, Abraham fue el instructor de Euclides, lo que aparece desde el primer momento como un «formidable anacronismo». Este tema es abordado en la obra de Denys Roman, René Guénon y los Destinos de la Francmasonería (cap. XII, «Euclides, alumno de Abraham»): la extraña relación así establecida entre Abraham y Euclides puede ser comprendida como la indicación de una adaptación de la Masonería (que existe «desde tiempo inmemorial»), llamada entonces a desarrollarse en el seno de las tradiciones ligadas al nombre de Abraham, y a compartir con ellas un «Destino» escatológico privilegiado. Pero esta relación «mítica» entre la fuente de las tradiciones del Libro y el codificador de la «Geometría» ofrece también otra significación, sobre la que volveremos más adelante.
[18] La «justa medida» es precisamente un límite hacia el cual se tiende en suerte de aproximaciones, tanto por exceso, como por defecto (y en lo que concierne a la regla de acción que debe seguir el hombre individual, la virtud ética es un medio entre un vicio por exceso y un vicio por defecto).
[19] Cf. Guénon, Símbolos de la Ciencia sagrada, XXVIII: «El simbolismo de los cuernos». Recordemos algunas correspondencias remarcables entre la fuente «pitagórica» y la fuente «abrahámica» de la Masonería. El nombre divino El Shaddai tiene por valor numérico simple el número 345. Ahora bien, el «Gran Geómetra del Universo» es aquel que «designa» la letra G, es decir la letra griega Γ, cuya forma es la de una escuadra de brazos desiguales que puede estar cerca de lo que algunos rituales llaman «la Escuadra de la Palabra divina»; si las longitudes respectivas de estos brazos son medidas por los números 3 y 4, la hipotenusa del triángulo rectángulo con las cuales forman el ángulo recto es de longitud 5, conformando el teorema de Pitágoras, del que la «joya» del «Pasado Maestro» da muestra, mientras la ausencia de esta hipotenusa en la escuadra de brazos desiguales puede ser puesta en correspondencia con la desaparición del tercer «Gran Maestro», pues con la pérdida de los «auténticos secretos», estos se suplen con ciertos «secretos substituidos». (cf. Guénon, «Palabra perdida y nombres sustituidos», Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, 2º volumen).
[20] La Gran Tríada, cap. XXV: «la ciudad de los sauces»
[21] Esta substitución, sobre la cual Denys Roman había dado la razón en Guénon (cf. «René Guénon y la letra G», en Reflexiones de un cristiano sobre la Francmasonería, cap. VII), es confirmada por un ritual donde se dice que lo son «ciertos caracteres hebraicos» que están «representados por la letra G, refiriéndose a Dios [God], el Gran Geómetra del Universo», precisamente aquellos que componen el nombre sagrado YHVH.
[22] Paraíso, XXVI, 133-134.
[23] La fórmula: «Medem agan», «Nada en exceso», significa literalmente «No más de uno», lo que podría ser interpretado como una expresión del más estricto «monoteísmo», y el nombre de Apolo puede así ser comprendido como «sin multiplicidad».
[24] Es bien significativo que el nombre del Altísmo, tanto en los rituales anglosajones como en los rituales continentales, no aparece jamás bajo su forma hebraica, aunque siempre en su «lengua vulgar», «es decir, simbólicamente, [en] la lengua que sirve de vehículo a la tradición y que puede, bajo esta relación, identificarse a la lengua primordial y universal» (Guénon, Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano, cap. VI: «Nuevas apreciaciones sobre el lenguaje secreto de Dante».
[25] Como lo recuerda Guénon en su pasaje de El Rey del Mundo al cual hemos hecho alusión más arriba, el Altísimo es el Dios de Melquisedec, mientras que el El Shaddai es el Dios de Abraham. La bendición de Abraham por Melquisedec constituye «la comunicación de una “influencia espiritual”, de la cual Abraham va a participar en adelante; y podemos observar que la fórmula empleada pone en relación directa a Abraham con el Altísimo, que el mismo Abraham invoca al identificarlo con Jehovah» (El Rey del Mundo, cap. V). El reencuentro entre Abraham y Melquisedec «señala» pues «el punto de unión entre la tradición hebraica y la gran tradición primordial» (ibid). Ahora bien, en la época de la redacción de los Old Charges, Abraham era también (y quizás habría que decir sobre todo) conocido por esta bendición que él había recibido de Melquisedec. Así pues, ¿la relación maestro discípulo entre Abraham y Euclides no expresará la intención de nuestros «ilustres predecesores de los antiguos días» de «señalar» el punto de contacto entre la Masonería y la tradición primordial? Y si es así, uno de los «Destinos de la Francmasonería» bien podría ser el de constituir un «vínculo» entre los primeros y los últimos tiempos, entre el comienzo y el fin del ciclo actual (y por ello también entre el fin y el comienzo del ciclo futuro).
[26] Cf. «Palabra perdida y nombres substitutivos», op. cit.
[27] Como precisa Guénon (loc. cit.), se trata de una palabra compuesta, formada por la reunión de tres nombres divinos pertenecientes a tres tradiciones diferentes, lo que no puede ser comunicado regularmente sino por el concurso de tres personas formando un triángulo. Se podría pensar que el triángulo así constituido es el triángulo de Pitágoras, que había sido hecho incompleto por la muerte del tercer Gran Maestro; además, había en la antigua Masonería operativa una correspondencia entre los tres Grandes Maestros (Salomón, Hirán, Rey de Tiro, y Amon, «el Arquitecto», cuyo nombre ha sido reemplazado en la Masonería especulativa por el de Hiram-Abif) y las tres tradiciones a las cuales pertenecían los tres nombres que componen la «palabra reencontrada», siendo el tercer nombre un nombre egipcio asociado a Amón, el tercer Gran Maestro (cf. Reseña del nº de octubre de 1949 del Speculative Mason en el tomo II de los Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo). Es necesario sin embargo señalar que en el ritual del Royal Arch, como Guénon observa (op. cit.), cada uno de los tres nombres divinos que forma la «palabra reencontrada» es pronunciado por turno por cada uno de los miembros del triángulo, de suerte que la palabra compuesta es reconstituida tres veces. Más que un triángulo rectángulo, el triángulo así formado ¿no será un triángulo equilátero, del cual algunos de los ángulos no corresponderían a aquel que forma la Escuadra, pero del que cada uno se relaciona con la apertura del Compás?  
[28] Sobre el nombre divino egipcio que constituye el tercer componente del nombre, Guénon señala que entra en la composición de uno de los principales nombres de Osiris, y que tiene propiamente el sentido de «ser» (op. cit., p. 178)
[29] Sin duda la «morada eterna» que el hombre debe alcanzar a reencontrar en su corazón puede ser asimilada a un Templo (o a la «ciudad divina» en el seno de la cual está edificada este Templo), pero este simbolismo supone la referencia a un «arte», es decir, a tipo de actividad que, para la humanidad, no ha podido llegar a ser necesaria sino por la consiguiente caída. Señalemos para terminar que una traducción más exacta del Salmo CXXVII, 1, versículo al cual nos hemos referido al comienzo del este texto, sería: «Si YHVH no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen».


sábado, 2 de julio de 2011

La palabra creadora en Masonería; por Pere Sánchez Ferré

Artículo publicado en la revista La Puerta. Retorno a las fuentes tradicionales, nº 65, julio 2006, Tarragona, Arola Editors., pp. 99-116.

La existencia de la masonería está estrechamente vinculada a la cábala hebrea, cuya presencia se hace evidente en el uso de palabras, de nombres de Dios que figuran en los rituales de los diferentes grados y en todos los Ritos y sistemas masónicos, tanto antiguos como modernos. A cada grado le corresponde una palabra sagrada y una de paso, aunque en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado el primer grado no tiene palabra de paso, de manera que el aprendiz utiliza la única palabra que ha recibido, la sagrada, para acceder al templo.

La mayoría de estas palabras son hebreas y han mantenido su fonética en esta lengua hasta la actualidad, aunque a veces se den alteraciones importantes, en muchos casos debido al desconocimiento del hebreo. Se conservan en su lengua original porque así mantienen su poder; no pueden traducirse sin que pierdan su eficacia, ya que no son de invención humana: pertenecen a una lengua sagrada [1]. Platón escribe que los nombres de los dioses son eternos, y son los correctos «por naturaleza y no por convención». Para el filósofo griego, el creador, el demiurgo universal, es también el «primerísimo onomaturgo[2], creador de los nombres», por es esa razón aquellos que se han encontrado con daimones o ángeles, «han aprendido de ellos nombres más ajustados a las cosas que cuantos vienen impuestos por los hombres»[3].

Court de Gebelin dirá que los nombres de Dios detentan su fuerza y poder en la lengua original que fueron revelados debido a que:

La justa relación entre los nombres y los objetos que designan es lo que confiere la fuerza y la energía a las palabras. […] hay aquí como un retrato que no puede ser arbitrario, sino que debe ser conforme a su modelo. [4]

Estas razones son suficientes para no alterar los nombres sagrados, como ha hecho la masonería.

En el pensamiento tradicional, las palabras aluden directamente a las cosas que designan. Un buen ejemplo de ello nos lo proporcionan los nombres de Dios que figuran en la Biblia, donde en la mayoría de casos a cada estado y función de la divinidad corresponde un nombre determinado, cuyo significado nos revela su naturaleza. Esta relación íntima sobre el nombre y lo que éste designa no es, evidentemente, patrimonio del judaísmo, sino que es propio de todo el pensamiento antiguo. Nada en la creación es fortuito, sino que todas sus partes y elementos guardan entre sí una relación, un vínculo natural establecido por el Creador, lo cual se manifiesta también el lenguaje.

La realidad era aprehensible porque las palabras y las cosas no estaban separadas [5] y el signo no era arbitrario, como piensa la modernidad, pues en cada cosa y en cada criatura estaba inscrita una señal que la hacía reconocible, identificable. Así, el mundo tenía significado, era inteligible gracias al lenguaje. Así, también el ser humano era y es cognoscible gracias a que también él posee un signo de identificación, que consiste en la partícula divina que contiene, es decir, Dios en el hombre, que es la palabra perdida en masonería; esta es su dignidad, en el sentido que lo afirmo Pico della Mirandola; gracias a esta palabra divina sepultada en la naturaleza humana, el hombre puede ser el rey de la creación y el centro del mundo.

Respecto a la relación verídica entre las palabras y las cosas, la tradición escrituraria hebrea (a la que hemos aludido) nos proporciona un ejemplo paradigmático, pues cada nombre de Dios designa las cualidades, funciones y estados que le son propios. He aquí algunos ejemplos: cuando el nombre alude a la fuerza de la divinidad celeste, se usa el término El (אל), que significa ‘fuerza’. El nombre de Elías representa al profeta que ha encarnado a Dios; en hebreo es Eliahú (אליהו), compuesto por dos nombres de Dios, el celeste, Elí (אלי), ‘mi Dios, mi Fuerza’ y Hu, (הו) el dios sepultado en el hombre, que se unen en el ser humano que ha sido bendecido.

Cuando Dios es el fuego del cielo, lleva el hombre de Uriel (uri, ‘mi fuego’ ‘de El’); cuando cura, Rafael (‘curación de El’); cuando, en el cristianismo, visita y fecunda a la Virgen pura, es llamado Gabriel (el ‘macho’, guever, de ‘Dios’, El).

En las palabras sagradas y de paso que emplea la masonería prevalece este mismo principio, aunque intervienen otros elementos que han modelado su uso con claves complementarias.

Nombrar, crear

La palabra es creadora, contiene una fuerza primigenia que nace del fondo del hombre, de su dios. Gracias a este origen divino, nombrar supone activar la sustancia misma de lo nombrado. Hablar es reanimar, actualizar fuerzas, cualidades y estados de la divinidad, donde ya no existe separación entre el nombre lo nombrado. Conocer el nombre de las cosas es acceder a su sustancia más íntima, a su naturaleza secreta. Pero es imposible conocer la divinidad sin unirnos a ella. Sin embargo, mientras esto no ocurre, podemos acercarnos al secreto de las palabras y de aquello que designan, encaminando nuestro estudio hacia el origen de los nombres, pues dirigirnos al origen es volvernos hacia nuestra simiente, y de ella al germen, donde reside toda su fuerza generadora. Así, por medio de la etimología emulamos el camino que deberemos seguir hacia nuestro propio principio, a fin de descubrir, por revelación, la palabra oculta en nosotros y ser reengendrados por el Espíritu.

Sin embargo, en la perspectiva de la nueva creación, no es el hombre exterior quien lee y escribe, quien construye el templo nuevo, sino el Gran Arquitecto del Universo, abriendo el libro, clarificando el espejo donde el cielo se leerá, se dirá y se reencontrará con su mitad humana. En términos de construcción y geometría equivale a convertir la piedra caótica, oscura y bruta (de latín brutus, ‘animal’) en piedra cúbica, apta para el templo reconstruido en la pureza.

Un antiguo ritual masónico dice que «los hombres pretenden construir, pero es en vano si el Gran Arquitecto del Universo no construye él mismo» [6].

La palabra sagrada

Ignoramos muchos de los nombres que se empleaban en la masonería medieval inglesa, pero sí sabemos que existían palabras de reconocimiento a fin de evitar que los albañiles y picapedreros no iniciados accedieran a las logias o templos en los que se celebraban las ceremonias masónicas. Sin embargo, gracias a los rituales de los siglos XVI y XVII que se han conservado, conocemos las diferentes palabras sagradas y de paso que utilizaban, y todos ellos concuerdan en que para acceder a la logia, al lugar en que se realizan los trabajos de la construcción sagrada, es necesario conocer o poseer una palabra de paso. Dichos rituales constituyen el testimonio de una tradición más antigua, básicamente oral, que sobrevivió hasta la época moderna.

Como indica su nombre, es una palabra de paso porque su posesión permite al iniciado pasar de lo profano a lo sagrado, simbolizado por la gloria. Se accede así el lugar de la nueva creación [7]. El aprendiz representa al verdadero iniciado que comienza la andadura hacia su propia regeneración, pero sólo está en los inicios de la Obra, ya que posee la palabra sagrada, pero –como dice el ritual— aún no sabe «leer ni escribir» dicha palabra, sólo puede deletrearla.

René Guénon observa que la «sílaba es el elemento indivisible de la palabra pronunciada» [8]. Por lo tanto, si relacionamos la letra, elemento primero de la escritura, con la silaba, primer elemento del lenguaje oral, ambas equivaldrían a la primera materia con la que se construye el templo.

El aprendiz sólo sabe deletrear, por lo tanto, no habla, es decir, el verbo interior aún no se ha manifestado en él. Por esa razón saluda con un signo llamado «gutural». Conoce los elementos básicos que componen la palabra, las letras, conoce la primera materia de la creación, pero aún no la ha llevado a su perfección.

Así el aprendiz ha de aprender a leerse y a decirse, puesto que es en su propia tierra donde la palabra está sepultada. Es su propio Dios, su Señor, quien está abandonado en los fundamentos del edificio en ruinas, también llamado piedra bruta [9].

Nuestra piedra bruta es un caos que debe ser ordenado o leído. También es el libro de la naturaleza que debe ser abierto, lo que corresponde al hombre regenerado, según decía Emmanuel d’Hooghvorst.

La hermenéutica tradicional enseña que leer y escribir aluden a fijar, a poner límites a lo ilimitado. El aprendiz ha recibido el don del cielo y este don se ha de realizar en él, pues es un proceso por el cual –dice la tradición hermética— el don inicial toma cuerpo y se solidifica hasta su completa pureza, para asumir después la fuerza verbal y gloriosa.

Misterios corporales.

Los misterios de la regeneración son corporales, puesto que son la sustancia y la esencia divinas en el hombre las que deben ser regeneradas, lo cual es enseñado en los antiguos textos de la masonería, donde la cábala hebrea no sólo está presente en las palabras sagradas y de paso, sino también, como ya hemos dicho, en los toques y signos masónicos, todos referidos al cuerpo humano.

En el manuscrito Dumphries se pregunta:

¿Dónde reposa la llave de vuestra logia?

Y se responde:

En una caja de hueso recubierta de pelo erizado. [10]

Aquí resultan obvias las referencias al sexo. Es un pelo «erizado» porque se trata de la naturaleza humana (el pelo animal) que aún no ha sido bendecida o suavizada. Enmanuel d’Hooghvorst cita al respecto un comentario de san Jerónimo sobre el pasaje del Cantar de los Cantares 1, 2:

[…] Si quieres buscar, busca y ven a vivir a mi lado en el bosque. En el mismo sitio, la Iglesia en llantos recibe la orden de gritar desde Seir, puesto que Seir se traduce por ‘velludo’ o ‘erizado’. Se trata de expresar el antiguo erizamiento de los gentiles.

Además de ser un topónimo, Seir (שעיר) significa ‘habitante del bosque’ y también ‘satiro’, ‘macho cabrio’, términos éstos de evidentes connotaciones sexuales. Como escribe el autor de El Hilo de Penélope, «los misterios del verbo son sexuales» [11].

El mismo manuscrito insiste más adelante en la cuestión:

¿Cuál es la longitud de vuestra cuerda?

Y se responde:

Es tan larga como la distancia que existe entre el lugar de mi ombligo y mis cabellos más cortos. [12]

En el manuscrito inglés del Trinity College (de finales del siglo XVII) se indica que los maestros se saludaban presionando la columna vertebral y colocando la rodilla entre las del otro hermano [13].

Otro texto de la masonería antigua explica que se daba la Palabra de Maestro de manera que dos hermanos se estrechaban mutuamente la mano derecha, mientras los dedos respectivos de la mano izquierda presionaban fuertemente las vértebras cervicales. [14].


En el toque del grado de aprendiz se relaciona la mano con nombres de Dios, de manera que a cada falange le corresponde una letra (véase figura), lo cual está tomado de la cábala hebrea. Dicho toque se realiza de manera que un hermano presiona con su pulgar derecho la primera falange del dedo índice de la mano derecha del aprendiz. Las letras que corresponden a estas dos falanges (del pulgar y del índice) son la pe (פ) y la he (ה), cuyos valores respectivos son 80 y 5. La suma, 85, es el valor numérico de la palabra sagrada del aprendiz, Boaz (בעז), siempre que se incluya la letra vav (ו), que está oculta, como observó Jaime González [Santiago de Vilanova] es un trabajo inédito sobre los nombres sagrados en la masonería [15].

En la cábala judaica, las manos unidas son una imagen del Tetragrama, pues a la mano derecha se le asigna las letras YH (יה), y a la izquierda, VH (וה), de manera que uniéndolas tenemos el Nombre de Dios reunificado: יהוה

La unión de la manos también es una alusión a la unificación del Nombre, pues las dos se convierten en una sola; la izquierda simboliza Elohim, el Rigor o Juicio (Din), y a la derecha, la Clemencia (Guedulah) o el Tetragrama. [16]

En los textos antiguos de la cábala se hacen otras alusiones al cuerpo humano en el Sefer ha-Bahir, donde se explica acerca de la séptima sefirá [17].

[…] suele decirse que es el Levante del mundo. Es de allí que viene la simiente de Israel, pues la columna vertebral se prolonga desde el cerebro hasta su miembro viril, por eso la simiente viene de arriba, tal como lo establece Isaías 43, 5: Del Levante traeré tu generación. [18]

De hecho, las alusiones a la anatomía sagrada del cuerpo humano se encuentran en todas las tradiciones; el hinduismo es prolífico al respecto. Véase también la carta número 19 del Tarot de Marsella (El Sol).

Los tres puntos

Además de los distintos nombres y palabras sagradas, la masonería utiliza con profusión un nombre de Dios de apariencia extremadamente simple, pero con un contenido muy rico y profundo.

Se trata de un símbolo omnipresente en los textos masónicos, tanto doctrinales como administrativos, que consiste en tres puntos ordenados en forma de triángulo.

Esta forma sucinta y geométrica de representar a Dios tal vez tenga su origen en los jeroglíficos egipcios. Según Reuchlin, para escribir el nombre de Dios sin profanarlo, los caldeos «usaron una figura de tres puntos unidos en forma de semicírculo o de triángulo» [19].

Los tres puntos son también una manera de representar la letra delta griega, que es una imagen geométrica de Dios. La letra delta o triángulo es también el símbolo del fuego y revestía gran importancia entre los pitagóricos, para quienes el tres era el número perfecto, asignado al Todo (Pan), lo cual recoge Aristóteles en su obra Sobre el Cielo (I, 1, 268 a):

«El número tres define al Todo y todas las cosas, pues es aquello que constituye la Tríada: fin, medio y comienzo, que también constituyen el Todo».

La triple voz

En la Orden francmasónica, lo triple reviste otros aspectos. Uno de ellos es la triple voz del grado de maestro, usando en épocas pretéritas.

En el manuscrito Graham, de 1726, se dice que no es posible enseñar la «noble manera de construir» sin que se pronuncie la «triple voz» [20]. En otros textos medievales se explica que una logia sólo podía ser abierta para llevar a cabo los trabajos de ritual con el concurso de tres maestros masones, cada uno de los cuales disponía de una varita; juntándolas, se obtenía un triángula rectángulo pitagórico. De igual modo, la palabra sagrada del maestro constaba de tres silabas, y cada uno de ellos pronunciaba una de las tres; entonces la palabra perdida era recuperada.

En algunos textos alquímicos medievales como Aurora consurgens, se habla de «tres palabras preciosas [Tria verba [21] pretiosa] en las que se halla oculta toda la ciencia que debe ser daba a los hombres piadosas».

También en el Liber trium verborum, atribuido al rey Calid, se encuentran dichas «tres preciosas palabras secretas y descubiertas, que no son dadas a los malvados, impíos e infieles, sino a los fieles y a los pobres, desde el primer día hasta el último» [22]

El Chadai y el Tetragrama

Uno de los nombres sagrados en la antigua masonería era el de Chadai (שרי). Estaba presente en las ceremonias de apertura y clausura de los trabajos en la logia, en los juramentos y en las obligaciones. Los trabajos de apertura en el grado de Aprendiz (del año 1663) comenzaban con Estas palabras: «Muy Santo y Glorioso El Chadai, Gran Arquitecto del cielo y de la tierra» [23].

Por lo tanto, el Gran Arquitecto del Universo no sólo era el equivalente al Tetragrama, sino también a El Chadai, lo cual tiene su razón de ser, puesto que en la cábala hebrea es él quien comienza la Obra [24].

Chadai o El Chadai es un nombre de Dios que, en el Antiguo Testamento, siempre está vinculado a la experiencia iniciática, si se lee el texto en clave cabalística; véase, por ejemplo, Génesis 17, 1.

Era Abram de noventa y nueve años de edad, cuando le apareció YHVH y le dijo: Yo soy El Chadai, anda delante de mí y sé perfecto. [25]

En la cábala, el nombre de El Chadai corresponde al Dios que bendice, como en el texto citado.

En Francia, antiguamente, el Nombre del grado de Maestro era el Tetragrama (יהוה ) [26], la Palabra completa.

En la masonería del siglos XVIII, cuando el masón recibía la Palabra de Maestro, Hiram era enderezado, resucitaba [27]. Este aspecto ritual procedía de la Edad Media e indica que hemos de ser erguidos o reconstruidos gracias al Nombre de Dios reunificado. Aquí Hiram puede asimilarse a Osiris y también a Cristo resucitado en el hombre.

Cuando en los antiguos rituales masónicos del tercer grado se dice que «un cadáver espera la resurrección» [28], se alude a esta palabra, a este Hiram u Osiris-Cristo en su tumba, que resucita para completar la creación verdadera, la obra de Dios, cuyos misterios se dramatizan magistralmente en los diferentes Ritos de la masonería.

En el manuscrito Dumphries, de c. 1710, leemos que Cristo muerto  y resucitado equivale al templo destruido y reconstruido. [29]

La piedra cúbica

La piedra cúbica, como la piedra bruta, siempre están presentes en la logia y simbolizan la obra de regeneración humana a la que aspira el masón. La piedra bruta debe ser extraída de nuestro caos y convertida en una piedra perfectamente cúbica. Después debe ser afinada o sutilizada a fin de que se vuelva piramidal. Quien da la medida de todo –enseñaba Emmanuel d’Hooghvorst— es la piedra angular, Cristo, de quien san Pablo escribió que era la piedra de ángulo (en Efesios 2, 19-20).

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra de ángulo Jesucristo mismo […]

Si trasladamos la doctrina masónica al lenguaje teológico y al alquímico, veremos que la piedra cúbica de fundación es llamada María, no porque sea necesariamente una mujer, sino porque es la primera parte de la obra alquímica de regeneración, el misterio femenino. Su culminación es Cristo, el estado masculino, el Verbo, la piedra piramidal.

Decir que la virgen María es la piedra cúbica no es un despropósito, pues si bien la iconografía cristiana no abunda en imágenes de vírgenes cúbicas, si lo hace la tradición griega con la diosa Cibeles.

Esta divinidad es llamada en los Himnos homéricos «madre de todos los dioses y de todos los hombres» [30]. Su nombre, Kybele (κυβέλη), procede de kybos laos (κύβος λαας), ‘cubo’ o ‘dado de piedra’, y el verbo kybitzô (κυβιζω) significa ‘formar un cubo’ [31].

La piedra bruta masónica, que es la propia del aprendiz, es lo que nos queda de Dios, y debe ser purgada, fecundada [32] y convertida en un cubo, trabajo que corresponde al grado de compañero. El hijo de esta virgen cúbica es el Verbo, la palabra perdida y reencontrada, o la piedra piramidal del maestro. Así, los tres grados masónicos contienen todo el misterio del cristianismo y de la regeneración alquímica. Tal vez sin saberlo, los masones han perpetuado hasta hoy día la tradición mariana del catolicismo.

Encontrar La Palabra, construir el templo

¿Cuál es el objetivo primordial, iniciático de la masonería? Todos los Ritos y sistemas afirman, bajo aspectos diferentes, que es la construcción o reconstrucción del Templo.

Veremos a continuación que dicho edificio se fundamenta en nombres de Dios, o en el Nombre de Dios. Más aún, pues podría decirse que es el propio Nombre de Dios el que debe ser reconstruido o reunificado, por esa razón la palabra perdida es uno de los temas esenciales y más rico en símbolos y alusiones herméticas que conserva aún la masonería.

¿Y cuál es el lugar donde se construye? En el edificio en ruinas de la humanidad. Hay que bajar a esas ruinas abandonadas para edificar de nuevo el templo, hay que visitar estos yacimientos para hallar la palabra abandonada. Esta palabra de Dios posee una fuerza particular que edifica cuerpos o templos nuevos, y es también un fuego que reconstruye. [33]

La lengua latina expresa claramente esta relación entre el nombre y la fuerza, pues nomen significa ‘nombre’, y numen ‘poder, voluntad divina, inspiración divina, providencia’. Nomen procede de nosco, ‘conocer, aprender’.

Louis Cattiaux escribió a un amigo que quien dispone de la luz concentrada puede «crear con Dios». «De otro modo –continúa— y en menor grado, es posible modelar la luz esparcida por resonancia, lo que se hace con los nombres secretos […]» [34]

En su Mensaje Reencontrado nos habla de los nombres creadores:

Estos Nombres divinos se escriben, se deletrean, se nombran y se cantan para dar las formas y para deshacerlas; es un secreto que Dios sólo confía a los renunciados que prefieren morir antes que matar. [35]

El sentido puro

Para construir un templo inmortal es preciso tener los sentidos purificados, por eso los masones trabajan con guantes blancos. La mano es el jeroglífico de los sentidos, o, para ser precisos, del sentido interior que se encuentra oculto y envilecido en el ser humano. Es el hombre viejo de San Pablo, y debe sufrir un proceso regenerador gracias a la bendición de Dios, que corresponde a la iniciación.

En la tradición egipcia, una de las ceremonias más secretas de los misterios iniciáticos era la llamada «ceremonia de obertura de la boca», por la cual el muerto Osiris recuperaba (en el secreto interior del iniciado) el uso de sus miembros, dándole una nueva vida a fin de poder gozarla y ser divinizado. [36]

En el Antiguo Testamento, esta apertura del verdadero sentido interior es representada por la boca, que alude a la capacidad de hablar del verbo regenerado, y que en definitiva es la verdadera circuncisión que abre la puerta a la palabra profética y creadora: véase lo escrito en Éxodo 4, 10-12.

Entonces dijo Moisés a YHVH: […] soy tardo en el habla y torpe de lengua. […] Y YHVH le respondió: […] yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que hayas de hablar.

San Pablo se refiere al significado secreto de este misterio al escribir que lo importante no es el ritual que nos recuerda una circuncisión que desconocemos, sino la verdadera circuncisión, que es la del corazón: «Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; […] y la circuncisión es la del corazón» [37]

Este corazón es la carne de nuestro fundamento divino (el sentido) que debe ser circuncidada, lo cual corresponde a la segunda parte de la obra de regeneración, según la enseñanza de Emmanuel d’Hooghvorst.

En hebreo, ‘circuncidar’, mul (מול) tiene la misma raiz que hablar: malal (מלל) [38], lo cual nos indica que la circuncisión permite recuperar la palabra perdida. Es la lengua de los pájaros o de los ángeles, el verbo profético, pues el cielo se ha encarnado, se ha hecho Verbo y Dios habla en un hombre.

Escribe san Pablo en Gálatas 6, 11-18: «[…] porque yo traigo impresas en mi cuerpo las señales del Señor». Tal vez éstas correspondan a la elocuente herida de la que habla el autor de El Hilo de Penélope. [39]

Así, el masón que ha sido sometido a la purificación de su sentido interior conocerá el misterio del Verbo encarnado actuando en su secreto.

El Verbo es el Dios de los vivos. Los muertos no hablan, por eso en los rituales fúnebres de la masonería se escuchan sonidos mate.

Como hemos visto, el misterio de la palabra es corpóreo, pues Dios sólo puede ser conocido en el ser humano, y quien posee su palabra se conoce a sí mismo en el sentido platónico; ha resuelto el enigma y vivirá.

Todo ello es dramatizado en los rituales masónicos y sus elementos esenciales han sobrevivido a lo largo de los siglos como memento y enseñanza, como exhortación a la sabiduría y como acto mágico encaminado a actualizar el misterio de la palabra creadora en el masón.

La iniciación masónica verdadera (dramatizada en los rituales) da a conocer esta palabra que permite acceder al trabajo de reconstrucción del templo, o de recuperación de la palabra extraviada en la carne del mundo. Esta experiencia secreta conducirá al masón a reunificar la palabra de Dios y dar testimonio del misterio supremo de la regeneración humana, el misterio de la Unidad.

Notas:

[1] Jámblico advierte que si se traducen los nombres de Dios «no conservan por completo el mismo sentido, pues en cada pueblo hay características lingúísticas imposibles de ser expresadas en la lengua de otro pueblo; no obstante, incluso si se pueden traducir nombres, ya no conservan el mismo poder», Misterios de Egipto, 7, 4-5, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1997, pp. 199-200.
[2] Palabra compuesta de onoma, ‘nombre’ y theos –érgon, ‘obra de Dios’.
[3] Proclo, Lecturas del Crátilo de Platón, ed. Akal, Madrid, 1999, pp. 82 y 88.
[4] Court de Gebelin, Histoire naturelle de la Parole, París, 1776, pp. 7-8 y 15.
[5] Véase la obra de Michel Foucault, las palabras y las cosas, ed. Siglo XXI, Madrid, pp. 49-52, passim.
[6] Le Regulator du Maçon (obra de 1783), Les Éditions du Prieuré (F), 1994, pp. 243-244.
[7] En la obra masónica inglesa Ahiman Rezon, de 1778, ejemplo de una masonería aún muy cristiana, leemos que San Pedro es quien da: «la palabra de paso, el toque y el signo, / San Pedro nos abre, y así entramos / A un lugar preparado para los libres de pecado; A aquella logia celestial que está bien a cubierto / un lugar preparado para todo masón puro», N. Barker Cryer, «La descristianización de los grados de oficio», Libro de Trabajos, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 99.
[8] Études sur la Francmaçonerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, París, 1978, vol. II, pp. 45.46.
[9] El texto en que se funda la masonería moderna de 1717, comienza con estas palabras: «Adán, nuestro primer padre, creado a imagen de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, debió de tener escritas en su corazón las Ciencias Liberales, particularmente la Geometría, porque aún después de la Caída, hallamos los Principios de ella en el corazón de su prole», La Constitución de 1723, ed. Alta Fulla, Barcelona, 1998, p. 31.
[10] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 54.
[11] Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola editors, Tarragona, 2000, t. I, pp. 146 y 91, respectivamente.
[12] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 60.
[13] Op. cit., p. 146.
[14] Op. cit., p. 142.
[15] Jaime González, fenecido hace dos años, debía publicar este trabajo como la segunda parte de «Palabras Sagradas y Qabbalah en la Masonería (I)», en la revista Letra y Espíritu (nº 19, abril de 2004, pp. 46-56), que fundó y dirigió.
[16] Véase Paul Villaud, La Kabbale juive, ed. d’aujourd’hui, Paris, s.a., vol. II, pp. 12-13.
[17] En el Sefer ha-Bahir corresponde a Yesod, ‘Fundamento’.
[18] El Libro de la Claridad, ed. Obelisco, Barcelona, 1985, CLV.
[19] De Verbo Mirifico, en Cristianismo y filosofía oculta, Colección La Puerta, nº 53, 1998, p. 28.
[20] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 149.
[21] En latin, verbum significa ‘palabra’ y también ‘voz’.
[22] Aurora consurgens, edición de Maria-Louise von Franz, ed. La Fontaine de Pierre, París, 1982, p. 155 y n. 79.
[23] Pierre Girad-Augry, «La Tradition du Nom chez les opératifs», en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 13, 1986, p. 69.
[24] El nombre de Chaday (שרי) se compone en ש , ‘que’ y  רי , ‘suficiente’, es decir, que con este nombre basta, es suficiente.
[25] Se suele traducir el término hebreo Chadday por «Dios Todopoderoso», siguiendo a San Jerónimo, que se sirvió de la expresión Deus omnipotens, lo cual no se ajusta a su sentido hebreo. Como hemos dicho, los nombres de Dios no son traducibles, deben conservarse en su lengua original, como ha hecho la masonería.
[26] Raoul Bertaux, La symbolique au grade de Maitre, Ed. EDIMAF, París, 1990, p. 84.
[27] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1984, p. 46.
[28] Arturo Reghini, Les Mots Sacrés et de Passe, ed. Arché, Milán, 1985, p. 104.
[29] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 57.
[30] Himnos homéricos, ed. Gredos, Madrid, 1988, p. 234.
[31] Probablemente existe un origen común entre kybitzô y el vocablo hebreo qaba (קבע), la raíz hebraica de la Kabah de La Meca, cuyo significado es ‘dado, dar forma cúbica’, ‘joven púbera’ y ‘llenar un vaso’. En árabe, la kibbela es la dirección hacia La Meca, hacia donde se dirigen los musulmanes.
[32] Colección La Puerta, nº 64, p. 96-97.
[33] Así lo expresa El Mensaje Reencontrado (VIII, 54’): «El fuego de Dios edifica la vida. El de los hombres la consume. No obstante, la suavidad del segundo puede manifestarse la virtud del primero».
[34] Florilegio epistolar, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 22. Es un comentario del versículo x, 63’ de El Mensaje Reencontrado.
[35] El Mensaje Reencontrado XXX, 41’. Por su parte, Proclo escribe que los dioses indican las cosas a los hombres «sin necesidad de instrumentos corporales, configurando el aire según su propia voluntad. Pues siendo más fácil de modelar que la cera (Platón. Rep. IX 588d1-2), el aire recibe de las más intelecciones divinas marcas que proceden de los dioses móviles, y que llegan hasta nosotros a través de ruido, sonido y modulación. Así, en efecto, decimos que se transmiten los oráculos de parte de los dioses».
[36] S. Mayassis, Mystères et Initiations de l’Égypte Ancienne, B.A.O.A., Atenas, 1957, p. 68.
[37] Véase también Colosenses, 2, 11 y Hechos 7, 51: «Duros de cerviz e incircuncisos de corazón»
[38] Malal, ‘hablar’, tiene en guematría el valor de 100, por eso Abraham tuvo un hijo a los cien años. Naturalmente, se trata de la generación mesiánica. En el ritual llama «Crata Repoa» se dice que en el séptimo y último grado se le circuncida la lengua, Michel Monereau, Les secrets hermétiques de la Franc-maçonnerie et les Rites de Misraim et Memphis, ed. Axis Mundi, Paris.
[39] Emmanuel d’Hooghvorst, op. cit. p. 19.