domingo, 9 de septiembre de 2012

La Fundación del Monasterio de El Escorial; por Fray José de Sigüenza


Discurso III.
Comiénzase a fundar la casa de San Lorenzo el Real; vienen los primeros religiosos fundadores y otros ministros y oficiales; asiéntase las dos primeras piedras de la casa y de la iglesia.



Luego, el año siguiente, de 1562, se determino el Rey a dar principio a la gran fábrica, y para que desde luego los religiosos de la Orden de San Jerónimo comenzasen a servir en ella y las cosas se fuesen haciendo a su modo y él pudiese gozar de su conversación y manera de vivir, recogida, devota y honesta, acordó que viniesen luego algunos al lugar de El Escorial, y desde Madrid escribió esta carta al Vicario de Guisando:

«El Rey. Devoto padre Vicario: Entendido he que el padre General de vuestra Orden os ha proveído del cargo de Vicario del monasterio de San Lorenzo, de que habemos holgado, por el contentamiento y satisfacción que tenemos de vuestra persona y porque ya habemos proveído del oficio de contador y veedor de las obras del dicho monasterio a Andrés de Almaguer; y tenemos acordado de vos y él vais al lugar de El Escorial y entendáis en comprar y prevenir algunas cosas, para que se pueda dar principio a la fábrica, de que se os dará memoria; os encargamos os desembaracéis y desocupéis de lo que en esa casa de Guisando tuviéredes que hacer, con la misma brevedad que buenamente podáis, para que, cuando os mandare avisar, os partáis al dicho lugar de El Escorial, y tendréis prevenido un fraile que vaya y ande en vuestra compañía, que sea hombre de buena edad y hábil y diligente, que os pueda ayudar y descansar en algo, y avisarnos heis para cuándo pensáis estar desocupado de ahí, que en ello seremos servido. De Madrid, a 6 de marzo, 1562 años. Yo, el Rey.»

Respondió el Vicario con humildad estaba siempre aparejado para lo que su Majestad fuese servido. Llegóse luego la Semana Santa; fuese el Rey a tenerla al mismo monasterio, acompañado del Duque de Alba y el Prior de San Juan, don Antonio de Toledo; el Marqués de Cortes, don Francisco de Benavides, Marqués de las Navas y el de Chinchón y otros caballeros; llevó consigo a Juan Bautista de Toledo, Arquitecto mayor, que ya a este tiempo iba haciendo la idea y el diseño de esta fábrica; hombre de muchas partes, escultor y que entendía bien el dibujo; sabía lengua latina y griega, tenía mucha buena noticia de Filosofía y Matemáticas; hallábanse, al fin, en él muchas de las partes que Vitrubio, príncipe de los arquitectos, quiere que tengan los que han de ejercitar la arquitectura y llamarse maestros de ella.

Estuvo el piadoso Príncipe recogido aquellos días santos, hasta el segundo día de Pascua de Resurrección, en mucha oración y meditación, rogando a Dios conservarse sus estados en su santa fe y obediencia de la Iglesia y no permitiese que en sus días se viese en ellos, principalmente en España, lo que pasaba en el reino de Francia, lastimado y diviso en bandos, sectas, guerras, sangre, y que las cosas del Concilio que a la sazón se estaba celebrando en Trento tuviesen aquel fin que toda la Iglesia Católica deseaba; todo parece que se lo otorgó Nuestro Señor, hablándose muchas veces sólo en aquellas cuevas y ermitas donde sabía que tantos siervos de Dios habían habitado, y recibía con aquella memoria mucho consuelo, porque de su natural era inclinado a las cosas de piedad y religión.

Con estas buenas prevenciones partió de allí y vino a este sitio de El Escorial; mandó que viniese con él el Vicario fray Juan del Colmenar, acompañándole dos religiosos de la misma casa: llamábase el uno fray Juan de San Jeronimo, fraile humilde, devoto, aplicado a las cosas del dibujo y de trazas, y tuvo el libro de la razón, junto con el contador Almaguer; el otro se llamaba fray Miguel de la Cruz, para que fuese como procurador y atendiese a las cosas temporales y provisión de lo que fuese menester; entrambos, sacerdotes y de mucho ejemplo.

Tornó Su Majestad a mirar el sitio. Estuvo un día en El Escorial, y paseó las dehesas del contorno. Volvióse a Madrid, y los tres religiosos quedaron aposentados en la casilla de un aldeano, estrecha y pobre, que, aunque se escogió por buena, el pueblo era tan miserable, que la mejor no valía nada, fuera de la casa del Cura, que sirvió muchas veces de Palacio al Rey don Felipe.

No había en toda esta aldea casa con ventana ni chimenea: la luz, el humo, las bestias y los hombres, todos tenían una puerta, donde se verificaba bien los del poeta [1] cuando pinta el tiempo que moraban en la tierra honestidad y vergüenza, que llama Reino de Saturno, y los hombres y las bestias tenían un común aposento en las cuevas y en las chozas, y las mujeres componían las camas de hojas de árboles, ramos y pieles de sus ganados: tal era esta aldea, que, con no estar lejos de Segovia, apenas sabían los Escribanos y Alguaciles, gente que anda a descubrir cuestiones para sus intereses ilícitos, el nombre de El Escorial, y cuando vinieron a conocerla, la hallaron hecha villa, exenta de jurisdicción y aun hecha aposento real.

Principio del mes de abril del mismo año, comenzaron a desmontar y quitar la jara de todo aquel contorno, donde había de señalarse y elegir la planta, que estaba grande y crecida, abrigo en invierno de los ganados de la pobre gente de aquella aldehuela, y donde en verano pasaban la siesta y tenían sus abrevaderos.

Había dos fuentes caudalosas, sin otras que jamás, por estéril que fuese del año, las vieron agotadas: la una, que está ahora junto al estanque y alberca de la fuente de la huerta, se llama la fuente de Blasco Sancho; la otra, más apartada hacia el Poniente, se llamaba Matalasfuentes; pusiéronle este nombre los pastores de la sierra porque los ganados bebían allí de mejor gana que en las otras, no por ser más delgada ni mejor agua, sino por tener alguna más sal; llámase ahora la fuente de la Reina.

De allí a pocos días tornó Su Majestad, acompañado con los mismos que arriba dijimos, trayendo consigo a su Arquitecto, Juan Bautista de Toledo, que tenía ya hecha la planta de los principales miembros del edificio, aunque se fue siempre puliendo y mejorando, procurando se pusiesen lo más acomodado a los usos y menesteres, que es dificultoso acertar de la primera vez tantas cosas.

Mandó Su Majestad que se acordelase el sitio y se pusiesen estacas por donde habían de abrirse los cimientos y lo que hasta allí habían sido majadas de pastores pobres, mudó el estado y el nombre y se llamó sitio del Monasterio de San Lorenzo el Real.

Quiso y parecióle así también al Arquitecto que la casa no mirase tan puntualmente al Mediodía que no tuviese un grado poco más de declinación al Oriente, porque el paño y perfil de Mediodía, donde había de ser la principal habitación de los religiosos y el aposento real, gozase más presto del sol en invierno, que era lo que más entonces se temía en este sitio. Tiraron la línea de Levante a Poniente, que llaman los cosmógrafos de longitud, por espacio de quinientos  ochenta pies, que tienen dieciséis dedos, partidos en cuatro palmos (palmo se llama hablando propiamente, los cuatro dedos de la mano por las conjunturas más altas); es este pie lo que responde a una tercia de la vara castellana, y con esta medida se irá siempre hablando en lo que tocare a las de este edificio.

De los extremos de esta línea de quinientos y ochenta pies sacaron otros dos perpendiculares de Norte a Sur, de setecientos y treinta y cinco pies. Cerraron desde los dos extremos de estas líneas, con la cuarta, de otros quinientos y ochenta pies, y así quedó hecha una plaza cuadrángula, que por la parte de Oriente y de Poniente tenía ciento y cincuenta y cinco pies más de Oriente a Poniente, y por aquí se fueron abriendo los cimientos.

No estaba todo esta área llana, sino con los altos y bajos, que, aunque la vista no hacía mucho exceso, cuando echaron los niveles no fue pequeña la diferencia. Comenzáronse luego a hacer hornos de cal y balsas, o, como ellos, dicen, vascas adonde matarla. Vinieron peones y oficiales, canteros, albañiles, carpinteros; por juez, veedor y contador de toda la fábrica vino, como dije, Andrés de Almaguer, natural de Almorox, hombre de buen entendimiento y de verdad. Por esto y por haber sido el primer ministro de esta fábrica, le hizo el Rey mercedes, diole privilegio de hidalgo y que pusiese en sus armas una parrilla.

Han abusado también de esto los Príncipes: antiguamente daban a los nuevos soldados un escudo blanco, y hasta que hacía con él y con la espada algún hecho señalado, no pintaban nada con él, y así se entiende lo del poeta [2], hablando de la muerte del mozo Helenor, armado de una limpia, luciente y sola espada, y de un escudo blanco que aún no había obrado empresa con que le adornase, y el otro satírico [3]. Cuando deje la copa juvenil y embrace el escudo blanco; ahora más escudos y divisas se ganan con la pluma y el dinero que antiguamente con las armas y la sangre.

Merece, es verdad, el valeroso mártir Lorenzo que cuantos hicieron algo en su servicio sean ennoblecidos con las insignias de sus victorias; aunque otros muchos pudieran con más justo título gozar de esto que Almaguer, la dicha fue ser primero. Vino por pagador Juan de Paz; el primer aparejador o maestro de cantería, Pedro de Tolosa, traído desde Guisando por fray Juan del Colmenar (aparejador se llama el que, después que el arquitecto ha dispuesto toda la fábrica, apareja la materia, hace los cortes y divide las piezas para que traben bien, con igualdad y hermosura, en toda la fábrica, y por él se trazan los modelos particulares por donde se gobiernan los destajeros, que en la lengua latina se llaman redemptores).

Tras estos vinieron otros muchos oficiales menores, como sobrestantes y ministros de justicia. Por obrero general, debajo de cuyo gobierno se había de ejecutar todo, vino o trújole Dios fray Antonio de Villacastín, religioso Corista, que es en esta Orden un estado medio entre sacerdotes y hermanos legos, profeso de la Sisla de Toledo, de quien hice memoria cuando traté del aposento que se hizo en el monasterio de Yuste, cuando se retiró allí del Emperador Carlos V, fue también en aquella fábrica el obrero; teníase ya alguna noticia de su entereza y valor, aunque nunca se pudiera imaginar que a un hombre, al parecer de todos basto, sin letras y de pocas palabras, se encerraran tantas virtudes juntas.

No quiero hacerle agravio en atropellar aquí lo que espero decir de sus cosas, que no haré poco si acierto a decirlas, aunque he sido testigo de ellas muchos años. Vino luego fray Marcos de Cardona, profeso de la Murta de Barcelona, que también había estado en Yuste haciendo oficio de jardinero.

Pretendió, desde luego, el Rey que el lugar de la Fresneda y la dehesa junto a ella comprada de diversos herederos y personas de Segovia, se plantase de arboleda y jardines, para que cuando la casa estuviese en perfección, las personas reales y los religiosos tuviesen donde recrearse honestamente. Tenía este religioso habilidad para esto: desembarazó el suelo, comenzó a disponerlo por sus calles y plantó el primer jardín que allí hubo. El postrero de todos vino el padre Prior fray Juan de Huete: llegó a El Escorial el 1 de marzo de 1563; no pudo venir antes por sus indisposiciones; hombre anciano, de experiencia y virtud, aunque cargado de ayer adquiridos de la penitencia continua. Trajo en su compañía otros dos religiosos de su casa: fray Diego de Oviedo, sacerdote, y fray Bartolomé de Madrigal, lego. Cuando llegó el Prior, los cinco frailes que acá estaban habían mejorádose algo de aposento: dejaron aquella primera casilla o tugurio, compróles otra poco mejor el Rey, aunque, por tener más ancho sitio, pudieron hacer en ellas unos aposentillos a modo de celdas; aliñáronlo, hicieron un huertecillo, pusieron en él verduras y naranjos que había traído fray Marcos de la Vera de Plasencia, aunque la tierra les hizo mal hospedaje.

En la fábrica no se hizo en la resta de este año otra hacienda más de abrir cimientos, y no era poco, por ser tan hondos y tan grandes; aparejar cal, cortar piedras y proveer otros materiales.

A 23 días de abril de este mismo año de 63, en que se celebró la fiesta de San Jorge, le pareció a Juan Bautista de Toledo que era ya tiempo de comenzar la fábrica y asentar la primera piedra, fundamento de todo el cuadro y planta; juntó los aparejadores y oficiales, llamó a los religiosos para que se hallasen presentes (no pudo subir el Prior al sitio, porque estaba fatigado); el Vicario y los demás que hemos nombrado llegaron al medio de la Zanja que estaba abierta en la línea y perfil que mira al Mediodía, que es ahora debajo del asiento del Prior en el refectorio, en la mitad de aquel lienzo o fachada. Hincáronse todos los religiosos y todos los circunstantes de rodillas, dijeron muchos himnos y oraciones invocando el favor y gracia divina; levantáronse y tomaron una piedra cuadrada que tenían ya aparejada para el efecto, y asentáronla con mucha devoción y aun lágrimas, suplicando a Nuestro Señor fuese servido prosperar aquella fábrica y levantarla para su gloria y servicio. Tenía la piedra escrita a sus lados el nombre del Fundador y del Arquitecto, el día y el año en que se asentaba, con estas letras.

En la superficie alta:

DEVS O. M. OPERI ASPICIAT

En el otro lado:

FILIPVS II. HISPANIARUM REX,
A FUDAMENTIS EREXIT.
M. D. LXIII.

En el otro lado:

IOAN. BAPTISTA ARCHITECVS.
IX. KAL. MAII.

Hecha esta hacienda, se volvieron al pueblo todos con grande alegría, y sucedió que, al tiempo de sentar la piedra, el Vicario y el Arquitecto y Andrés de Almaguer, y otros, llamaron al obrero mayor fray Antonio de Villacastín para que les ayudase a ponerla, y dijo con aquella entereza que hasta hoy día ha guardado: «Asienten ellos la primera piedra, que yo la postrera me guardo», y así se lo concedió Nuestro Señor, pues ha ya treinta y nueve años que la asentó y le ha conservado Dios entre mil peligros con admirable fortaleza y vigor hasta este año de 1602.

Hicieron luego relación de esto al Rey don Felipe; holgóse mucho; determinó que luego aquel verano se asentase la primera y fundamental piedra del templo con la solemnidad y ceremonias santas que la Iglesia tiene determinadas.

Partió de Madrid, acompañado con los caballeros y criados de su casa que hemos dicho, trayendo también consigo a don fray Bernardo de Fresneda, su confesor, Obispo ya a esta sazón de la iglesia de Cuenca, religioso de San Francisco, y a fray Francisco de Villalba, su predicador, profeso de san Jerónimo de Zamora. Llegó a El Escorial, y determinó que el día de San Bernardo, 20 de agosto del mismo año 1563, se asentase la primera piedra.

Subió al sitio este día a las tres de la tarde, acompañado del Prior fray Juan de Huete, del Vicario y todos los demás religiosos, oficiales y maestros de la fábrica. Estaban aderezados tres altares en la parte señalada, donde se había de edificar la iglesia: el uno, con una cruz grande en el mismo lugar donde había de ser altar mayor; el otro, al lado del Evangelio con un Crucifijo que había sido del Emperador Carlos V, y el otro, de Nuestra Señora, junto al lugar donde se había de asentar la piedra fundamental, que es al lado de la Epístola, junto al altar de las reliquias de nuestro padre San Jerónimo, arrimada algún tanto a la reja por donde se sale de la sacristía de la iglesia. Hízose también un sitial donde estaba sentado el Rey en tanto que se hacia el oficio.

Vestido el Obispo de pontifical, comenzó aquellas santas y divinas ceremonias que sería bien no la ignorásemos tanto los cristianos, a lo menos los que nos preciamos, como dicen, muy del asa y de la casa de Dios, pues están tan llenos de misterios. Por lo menos, será bien advertir que no lo ha Dios por las piedras, pues es esta materia tan propia nuestra, y no hay de ella escrito cosa alguna que no haya visto en la lengua castellana, no será fuera de propósito, tratando de una fábrica santa, advertir siquiera de paso algún misterio de sus santificaciones, pues tiene todas las que puede tener. La piedra fundamental, que se llama en lengua latina Primarius lapis, que sólo la bendice el Obispo, ha de ser cuadrada y angular, y de ordinario pequeña, que puede traerla en la mano el dueño y señor de la fábrica, y así lo era esta. Estaba encima de un altar raso, cubierta con unas toballas y pintada encima una cruz colorada; bendice el Obispo el agua que ha de echar en ella, y después de haber cantado algunas Antífonas y Salmos que encierran en sí el misterio que la piedra significa, llega el Obispo y con un cuchillo hace en ella cuatro cruces, por todas las cuatro esquinas o ángulos, y dichas otras Antífonas y Salmos, la manda asentar a los Arquitectos y oficiales.

Después camina por los cimientos que están abiertos, echando agua bendita, cantando el clero que se halla presente Himnos y Salmos, y por sus tercios dice ciertas oraciones, hasta que da la vuelta y torna al mismo lugar donde partió, y allí de la bendición al pueblo y le despide.

Esta es la suma de la bendición y asiento de la piedra fundamental de los templos, figura expresa de Jesucristo, a quien llama San Pablo fundamento cuando dijo que como prudente Arquitecto había puesto este fundamento, advirtiéndonos luego mirase cada uno lo que sobra él edificaba, y el mismo Señor se llamó piedra puesta en la cabeza, o en el principio del ángulo, y en otros cien lugares, y así nos llaman los dos Príncipes de la Iglesia San Pedro y San Pablo casa y templos espirituales, y piedras vivas, y otros nombres de esta manera, que declaran el misterio divino, y queda entendido lo que dice el profeta Zacarías [4], que sobre esta piedra estarían puesto siete ojos, significando el cuidado y vigilancia continua que tiene Dios de estos templos espirituales, que se edificaban sobre la piedra fundamental, que es Cristo, y así habíamos de despertar siempre que entremos en estos templos y miramos sus fundamentos, la consideración de lo que en nosotros pasa, porque, si no nos dormimos, promete el Señor luego allí por su Profeta de polir, hermosear y llenar de riquezas y joyas de virtudes y dones este edificio; que aunque se entienda de toda la Iglesia en común, también se entiende, y con igual propiedad, de cualquier cristianismo en particular. Y es bien advertir que este mismo año y casi en el mismo mes que se puso la primera piedra de este templo que dijimos ser propio símbolo la postrera del sacro Concilio de Trento, que parece a la que vio el mismo Profeta [5] en las manos de Zorobabel después de edificado el templo, que allí se llama estaño, y mirada la propiedad del original hebreo, quiere decir de apartamiento o reprobación, que cuadra con lo del Salmo: La piedra que reprobaron los que edificaron, se puso por cabeza y remate del ángulo o de la cúpula. Cuarenta y seis años se tardó en edificar el templo de Jerusalén la segunda vez por Zorobabel, y se tardó otro tanto en el Concilio Tridentino, si lo miramos desde su origen, que fue de la herejía de Martín Lutero, año 1517, en tiempo de León X, y se acabó en el 63, en tiempo de Pío IV. Reprobáronle los protestantes de Alemania, reprobóle Enrique VIII en Inglaterra y Isabela, su hija; resistióle también en muchas cosas Enrique Rey de Francia; abrazóle con suma reverencia Felipe II, Rey de España, y para confirmación y guarda de sus santos estatutos y dogmas, puso la primera piedra de un alcázar y templo de San Lorenzo, donde se habían de eternizar y obedecer para siempre.

La ocasión de los cimientos y primera piedra nos ha hecho decir todo esto. Quiso también el prudentísimo Príncipe que se hiciese luego un hospital donde se curasen los peones y otra gente pobre que trabajaba en esta fábrica, y primero los proveyó a ellos de este socorro y abrigo que asimismo de aposento. Alquilóse una casilla, la que pareció más a propósito para esto, donde se pusieron diez u once camas, y como fue creciendo el número de la gente, se fue aumentando, hasta que después creció tanto, que vino tiempo que llegó a tener más de sesenta, donde eran tan bien servidos, que muchos, con solo el regalo y limpieza, sin más medicinas sanaban.

Consideraba el santo Rey que esta no era gente forzada ni pagana, no gebuseos ajenos de la casa de Israel, como lo fueron muchos millares de hombres que trabajaron en el antiguo templo de Salomón, sino cristianos que aquí con el sudor de su rostro ganaban el sustento de sus vidas; mirábalos como a sus propios hermanos, no permitiendo que los importunos sobrestantes los sacasen de su paso, sino que fuese lo que ganaban más limosna que jornal, como en la verdad ha sido siempre, y aun es la causa de que la obra como tan acepta a Dios haya tenido tal fin. Por esto no estimo en mucho las fábricas que hicieron los romanos y otra gente pagana y bárbara, porque las levantaron, como tiranos, a costa de la miserable gente cautiva, sujeta, forzada, sin darles otra paga ni satisfacción que palos y muerte; y como la sangre de los inocentes llama siempre con incesables voces a Dios y pide venganza, no es maravilla que tan miserablemente hayan perecido y que apenas se descubran las cenizas de aquella vanidad soberbia y tiranía.

Notas:
[1] Juvenal: Satiras, 6.
[2] Virgilio: La Eneida.
[3] Petronio: El Satiricón.
[4] Zacarías, capítulo IV.
[5] Zacarías, capítulo V.

sábado, 25 de agosto de 2012

El Carácter Especulativo de la Masonería de Oficio. El Ritual. La leyenda de Hiram y el Mito Iniciático; por Paul Naudon

Extracto del cap. V de Les origines de la Franc-Maçonnerie. Le sacré et le métier (nueva edición aumentada y corregida de Origines religieuses et corporatives de la Franc-Maçonnerie), París, Dervy-Livres, 1991.



El Carácter Especulativo de la Masonería de Oficio.




Suele oponerse a la Masonería especulativa moderna la antigua Masonería operativa. En realidad, las organizaciones masónicas que hemos estudiado -colegios, asociaciones monásticas, cofradías, comunidades de oficio, compagnonnages- jamás han tenido un carácter estrictamente profesional. Todas estas asociaciones perseguían tanto fines religiosos, caritativos y sociales como objetivos de defensa de los intereses del oficio.

No insistiremos de nuevo sobre el carácter iniciático, religioso y cultural de las cofradías y comunidades de oficio, en particular de las de los masones. El obrero no puede pretender a la cualidad y la perfección de su trabajo más que integrando éste en la obra creadora de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, el único dispensador del Bien y de lo Bello. El hombre, por su conducta y por su esfuerzo, se hace merecedor de la Gracia indispensable de esa ayuda de lo Alto. Solamente añadiremos que todos los antiguos estatutos mencionan expresamente los deberes religiosos, morales y sociales que se imponen a los hermanos. Se exigía que el iniciado fuese libre de nacimiento (es decir, que no fuese de condición servil), hijo legítimo, de buenas costumbres, religioso, honesto y tranquilo. Aquellos que no cumplían con sus deberes, que llevaban una vida libertina o poco cristiana, o que eran reconocidos como infieles a sus esposas, no podían ser admitidos en la sociedad o debían ser excluidos.




El Manuscrito Regius contiene un verdadero tratado de urbanidad. Prescribe velar por la propia educación y por la de los suyos, por la cortesía, por las maneras distinguidas, por las buenas costumbres, por el dominio de sí mismo.

El Manuscrito Cooke da fe de la perseverante voluntad de la Masonería por exigir de sus adeptos un gran espíritu de rectitud. Prohibe conservar a un aprendiz "noctámbulo", pues no podría efectuar debidamente su trabajo durante el día, y sus compañeros podrían quejarse. Ningún maestro debe intentar suplantar a otro. Si un masón mantiene alguna diferencia con sus compañeros, debe someterse a la decisión del maestro o del vigilante que le reemplaza y reconciliarse con sus compañeros en el primer día festivo. Un maestro o un compañero que haya infringido algún artículo debe ser juzgado ante una asamblea general de la logia. Si no reconoce sus errores, es expulsado, y entregado al shériff o al alcalde para ser encarcelado.

Philibert Delorme, en su Traité d'Architecture, recomienda, con la ciencia requerida para el ejercicio del oficio, la probidad, la franqueza, la delicadeza "que deben distinguir al masón; no debe ser ni exagerado, ni fanfarrón, ni orgulloso, ni presuntuoso".



Recordemos finalmente que las cofradías y oficios perseguían fines sociales. Éstos no se limitaban a las ayudas caritativas a los hermanos que tuvieran necesidades. Todas las comunidades de oficio miraban más allá. A menudo desempeñaron un verdadero papel político. Estuvieron siempre en el origen de las franquicias comunales. Las "maestrías" siguieron siendo, particularmente en Italia, en el Norte y en Inglaterra, los órganos de la administración municipal, participaban en la policía, en los cargos financieros y urbanísticos, e incluso en la defensa de la ciudad, encargándose de reclutar las tropas. Es superfluo, en consecuencia, citar todas las cuestiones de orden político y social que debían ser discutidas. No indagaremos, por lo demás, las razones que a veces suscitaron -especialmente en Francia- la desconfianza del poder real, tanto más cuanto que a menudo albergaban a hombres eminentes, y por ello peligrosos.

En suma, a las preocupaciones "operativas" de los oficios se mezclaban siempre preocupaciones de orden especulativo. Tales cosas eran estrechamente solidarias e inseparables, al menos en su estadio original, de modo que era difícil establecer una demarcación entre lo temporal y lo espiritual, entre el oficio y lo sagrado. La cuestión es de gran importancia para el oficio de los constructores en razón de los conocimientos y de las cualidades que se les exigía, y también de su objeto, que atañe primordialmente a la vida y al destino humanos.

Esta enseñanza profunda y verdaderamente iniciática de la Masonería de oficio aparece en el ritual, que era practicado en logia en los trabajos y las ceremonias, y en los comentarios de los ritos y de los símbolos que se daban a título de instrucción.


El Ritual




Durante mucho tiempo se ha dispuesto de pocos elementos a este respecto. La razón de ello es fácil de comprender. Rituales y catecismos de instrucción no fueron hechos para ser escritos; su práctica y su transmisión eran puramente orales. Estaba rigurosamente prohibido poner estos rituales por escrito, ni siquiera como recordatorios. Por fortuna, las investigaciones realizadas desde principios de siglo por los Francmasones ingleses han podido dar lugar a inestimables descubrimientos. Douglas Knoop. G. P. Jones y Douglas Hamer han reunido los documentos así hallados en su libro The Early Masonic Catechism, aparecido en 1943 y reeditado y completado en 1963. Estos textos, aunque poco numerosos y a veces incompletos, especialmente en cuanto a los ritos ceremoniales, bastan sin embargo para mostrar cuáles eran los elementos esenciales del ritual seguido por los Masones operativos. Hablamos del ritual, empleando a propósito el singular, pues estos documentos, a pesar de la diversidad de sus fuentes, presentan todos idénticos elementos, lo que revela en el conjunto un simbolismo y un esoterismo comunes.



Se escalonan entre 1696 y 1730. Pero parece evidente que no hacen sino transmitir un ritual "tradicional", cuyo origen se remonta mucho más allá en el pasado, sin que sea posible, en el actual estado de las cosas, precisar este origen.

La antigüedad del ritual operativo puede demostrarse por las similitudes entre los contenidos de los Estatutos y los Old Charges, cuyas versiones son bastante más numerosas y se remontan hasta el siglo XIV, y también por las existentes entre aquellos y los rituales en uso en otras organizaciones, diferentes de la Francmasonería pero surgidas del mismo tronco común. Así ocurre con el Compagnonnage francés y con la Bruderschaft alemana, donde los temas simbólicos son análogos.

Pensamos además que una de las mejores pruebas de la antigüedad del rito operativo ha sido menospreciada hasta el presente. Es la naturaleza de su simbolismo, clave de su contenido esotérico e iniciático, que no se explica, como valor de conjunto, más que en su aplicación cristiana, tal como era profesada en la Edad Media. Fuimos el primero en desarrollar este tema en 1970 en nuestra obra La Franc-Maçonnerie Chrétienne. Retomaremos aquí lo esencial de la argumentación.

Las analogías que pueden establecerse, y que se imponen a la investigación, entre los símbolos del ritual y aquellos que expresaban el pensamiento religioso cristiano de los siglos XIII y XIV permiten a la vez comprender el gran alcance de este ritual y situar, con suficiente aproximación, su época de gestación. Es en efecto significativo constatar que, a partir de finales del siglo XIV, todo el simbolismo utilizado en los siglos pasados para formular las verdades cristianas, y que conoció su apoteosis en el siglo XIII, dejará poco a poco de ser utilizado y comprendido. Sin renegar de él, el primer Renacimiento, en el siglo XIV en Italia, a principios del XVI en Francia, los Países Bajos y Gran Bretaña, lo sustituirá por un simbolismo renovado de la Antigüedad, que no obstante afirma los mismos valores tradicionales. A partir de alrededor de 1530, esa tradición acaba por desaparecer. En la religión, en el arte, en la filosofía, la expresión simbólica utilizada se le hace incluso ajena. Sobre todo, ya no vivió en la sensibilidad popular. Ya no tenía raíces profundas. ¿Cómo podía interesarse el pueblo en Júpiter, en Marte y en Apolo, en Ceres y en Proserpina, en los héroes griegos y romanos, en los Césares, que ocupan el lugar de los apóstoles y de los santos? Incluso aunque este arte, hecho sobre todo de forma y de plasticidad, recuerde todavía a la tradición, ya no traduce al mismo tiempo la civilización y la vida. Ya no es la catedral lo que hace las veces de todos los libros. No es ya el símbolo de la fe, el símbolo del amor, el símbolo de todos. La cumbre de la evolución será Versalles. Su concepción simbólica, profundamente notable, convergerá hacia la unidad de la Majestad solar, imagen del Rey, que encarna él mismo y en su sola persona la grandeza y la perennidad del reino. Estamos en otro mundo.



Parece entonces patente que la subsistencia de un ritual que continúa expresando los valores tradicionales bajo la forma cristiana del siglo XIII, y ello en personas del oficio, no puede deberse más que a una transmisión.

El esoterismo del ritual operativo se reduce al simbolismo general de la construcción del templo de Salomón, que fue uno de los más populares de la Edad Media cristiana. Se trataba entonces de algo muy distinto a un magnífico templo comenzado por David y terminado por Salomón a fin de adorar dignamente al Eterno y de conservar en el Santo de los Santos el Arca de la Alianza que contenía las Tablas de la Ley. Este templo de Salomón era la figura del Verdadero Templo de Dios, y éste debía ser concebido en dos planos: el del Universo, el de la Creación divina, y el del hombre, universo reducido, al que la Encarnación de Cristo confiere una escala, si no de grandeza, al menos de valor semejante y perceptible. El templo era a la vez el símbolo del macrocosmos universal y del microcosmos humano.

La Iglesia cristiana es su imagen. Ningún edificio religioso ha expresado tan simple y elocuentemente el simbolismo cósmico inmemorial del templo consagrado a la divinidad. La perfección es la iglesia románica con el trazado de su plano en cuadrados y cúpulas, asociación clásica en la arquitectura sagrada que simboliza la unión de la tierra y del cielo, de lo creado y de lo increado. Es fácil comprender que los instrumentos de figuración del círculo y del cuadrado, el compás y la escuadra, revistan un significado simbólico idéntico.

Es en este sentido amplio como se pretendía reconstruir el templo de Salomón. Además, cuando se hablaba de Jerusalén, no se trataba tan sólo de la ciudad de Palestina en la que peleaban los Cruzados. Éste era su sentido geográfico e histórico. Como en toda interpretación de la Escritura, debían también, según el método de los doctores de la Iglesia, percibirse los otros tres sentidos ocultos en el texto, el alegórico, el tropológico y el anagógico. En el sentido alegórico, Jerusalén era la Iglesia militante; en el sentido tropológico, era el alma cristiana; en el sentido anagógico, era la Jerusalén celestial, la patria de lo alto, que san Juan anuncia en su Apocalipsis.

En cuanto a los reyes David y Salomón, muy populares también, eran entonces, por curioso que esto pueda parecer en la actualidad, imágenes o anuncios de Jesucristo.

Lo mismo ocurría con Hiram, el fundidor de las columnas del Templo, y con Adoniram, gran oficial de Salomón, encargado de las levas. "Hic est Christus", él es el Cristo, que conduce a los obreros del Templo y les da las medidas de la obra, dice Beda el Venerable en el siglo VIII, y lo confirma la Glosa ordinaria de Walafried Strabo, que, de los siglos IX al XVI, acompaña todos los manuscritos y todas las ediciones de la Biblia. Es, nos dice Emile Mâle, uno de los libros más preciosos que nos haya transmitido la Edad Media.



Esta manera de ver a los personajes del Antiguo Testamento, como figuras anunciadoras de Cristo, era tradicional en los Padres de la Iglesia. Así ocurría con Adán y Noé, con los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob y José, con Melquisedec, el rey pontífice, con los profetas Moisés, Esdrás, Ageo y Zorobabel. Por extraño que esto pueda parecer a nuestra lógica moderna, los hombres de la Edad Media jamás comprendieron el Antiguo Testamento en un sentido únicamente literal, estrecho y precristiano, como un proceso histórico y cronológico. Para ellos, la Verdad, que era intemporal y no solamente un dato histórico, se expresaba ante todo y claramente en la Nueva Ley enseñada por Cristo, el Verbo Encarnado, la persona divina.

Para los Padres de la Iglesia, el sentido literal del Antiguo Testamento es también de carácter sagrado. No debe quitarse, según la exégesis simbólica, su fundamento histórico a la Escritura. Abraham, David, Salomón y todos los personajes bíblicos realmente han existido. Pero Dios ha hecho de estos hombres como los heraldos de su Hijo, que debía venir. Así, en todo lo que han hecho, en todo lo que han dicho, hay que buscar y se halla el Cristo. "El Antiguo Testamento, dice san Agustín, no es sino el Nuevo Testamento cubierto por un velo, y el Nuevo no es sino el Antiguo desvelado".

El plan divino fijado en la figura sensible de Cristo nos ayuda a pasar del simbolismo macrocósmico del templo a su simbolismo microcósmico. Es sobre todo en este punto que la religión cristiana ha renovado un simbolismo milenario, otorgándole toda su resonancia.

La iglesia románica, inspirada en el templo de Salomón e imagen del Cosmos, está construida sobre las medidas del hombre, tal como son dadas especialmente por santa Hildegarda de Bingen en su Liber divinorum operum simplicis hominis. Ciertamente, el trazado del templo en forma de cruz, a imagen del hombre, reflejaba un simbolismo antiguo, cuyo ejemplo más grandioso es quizá el templo de Luxor, en Egipto. Pero la correspondencia armónica Universo-Templo-Hombre jamás revestirá tan excelso significado como en el Cristianismo, pues si la iglesia románica representa la imagen del hombre, también ofrece, y ante todo, por la perfección de sus medidas, el símbolo del hombre perfecto, es decir, de Cristo, Encarnación de Dios.



Y llegamos así al fondo de la enseñanza cristiana. El hombre es el verdadero templo de Dios, del cual el templo de Salomón no es más que un símbolo. "¿No sabéis, dice san Pablo, que sois el templo de Dios?" (I Cor., III, 16). Y el apóstol añade: "¿Ignoráis que vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo que está en vosotros?" (I Cor, VI, 19). Esta misma verdad, afirmación también de la inmanencia de Dios, es la que proclamará san Bernardo en su IIº Sermón dedicado a la consagración de la iglesia. Alude al templo visible construido para acoger a los hombres, pero en el que Dios no habita, pues Él mora en su imagen, es decir, en el hombre.

La más antigua mención conocida del templo de Salomón como origen y contenido del arte de la Masonería se encuentra en el Manuscrito Cooke, de los Old Charges, copiado de un original que se remonta al siglo XIV. La mayor parte de las versiones posteriores de los Old Charges retoman y desarrollan este tema. Hecho notable, el mismo simbolismo se halla en el Compagnonnage francés, y también en la Bauhütte alemana, en la que igualmente se hace mención de las dos columnas Jachin y Boaz, elementos importantes del simbolismo masónico. ¿En qué sentido los Masones operativos se vinculaban a este simbolismo del Templo de Salomón? Nos parece evidente, dada la interpretación cristiana de este simbolismo fijada y profesada en la Edad Media, que las analogías con sus preocupaciones profesionales y con el modelo ofrecido a sus trabajos no podían, en el seno de sus cofradías, controladas por la Iglesia, ser vistas bajo otra óptica ni contener una enseñanza esotérica diferente.

La prueba elocuente está en el ritual. Son los textos a los que aludíamos. El mejor de ellos es el Manuscrito Dumfries nº 4. Data de alrededor de 1710 y perteneció a la Antigua Logia de Dumfries (ahora Dumfries Kilwinning nº 53). Muestra, de una forma bastante completa, el conjunto del ritual que se seguía en la época de la transición antes de la constitución de la Gran Logia de Londres. Por las razones que hemos indicado, no pensamos que pueda recusarse su fecha tardía y, en consecuencia, su valor probatorio en cuanto al ritual operativo. Todo hace suponer, por el contrario, una "tradición" antigua.

Este manuscrito ofrece indicaciones características sobre el simbolismo del Templo de Salomón. Revisten la forma de un catecismo con preguntas y respuestas:

Q. -How high is your lodge?
A. -Inche & spans Inumberable.

Q. -How Inumberable?
A. -The material heavens & stary firmament.

Q. -How many pillers is in your lodge?
A. -Three.

Q. -What are these?
A. -Ye square, the compass & ye bible.

(P. -¿Qué altura tiene vuestra logia? - R. -Innumerables pulgadas y palmos. - P. ¿Cómo innumerables? - R. -El cielo sensible y el firmamento estrellado. - P. ¿Cuántas columnas hay en vuestra logia? - R. Tres - P. ¿Cuáles son? - R. -La escuadra, el compás y la Biblia).

Se trata de la afirmación del sentido cósmico y sagrado de la Logia. Y he aquí el significado cristiano del templo:

Q. -What ladder had they ... building of ye ...
A. -Jacobs ... between ye heaven ye earth.

Q. -How many steps was in Jacobs ladder?
A. -3.
   
Q. -What was ye 3?
A. -Father, Son & Holy Spirit.

(P. ¿Qué escala tenían ... construcción de ... - R. -... de Jacob ... entre el cielo y la tierra (5). - P. ¿Cuántos peldaños tenía la escala de Jacob? - R. -Tres. - P. -¿Qué eran estos tres? - R. -El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo).

Q. -What meant ye golden dore of ye temple, Qr (where) the went in to sanctum sactorum?
A. -It was another type of Christ who is ye door ye way an the truth & ye life by whome § in whom all ye elect entreth into heaven.

(P. -¿Qué significaba la puerta de oro del templo por donde se entraba al Santo de los Santos? - R. Era otro tipo de Cristo, que es la puerta, el camino, la verdad y la vida, por quien y en quien todo ser entra en el cielo).

Q. -What was ye greatest wonder Yt seen or heard about the temple?
A. -God was man and was God. Mary was a mother and yet a maid.

(P. ¿Cuál fue la mayor maravilla que se vio u oyó con respecto al Templo? - R. -Dios fue hombre y el hombre fue Dios. María fue madre y sin embargo una virgen).

Q. What signifies the temple?
A. -Ye Son of God & partly of the church ye Son soffered his body to be destroyed & rose again ye 3 d. day & raised up to us ye christian church we (which) in ye true spiritwal church.

(P. ¿Qué significa el templo? - R. -El Hijo de Dios y en parte la Iglesia. El Hijo ofreció su cuerpo para ser destruido y resucitó al tercer día y edificó por nosotros su iglesia cristiana que es la verdadera iglesia espiritual).

Q. (What signifies) the ark of the covenant?
A. It represents as weel our saviour Christ as ye hearts of ye faithfull for in Christs breast was ye doctrine both of law & gosple so is it in ye faithfull though not in ye measure he was ye true manna yt descended to give life to ye world ye table of ye law move us to love § obdedience Aarons rod flowrishing wt blossoms signifies ye swetnes of ye gosple & ye glory of our High preist Jesus Christ of whome Aaron was a figure.

(P. ¿Qué significa el arca de la alianza? - R. Representa tanto a nuestro salvador Cristo como a los corazones de los fieles, pues en el pecho de Cristo estaba a la vez la doctrina de la Ley y del Evangelio, y así ocurre con los fieles, aunque no en la medida en que Él era el verdadero maná que descendió para dar la vida al mundo. La tabla de la Ley nos incita al amor y a la obediencia. La vara florecida de Aaron significa la dulzura del Evangelio y la gloria de nuestro Gran sacerdote Jesucristo, de quien Aaron fue una figura).

Toda la doctrina cristiana está aquí: la inmanencia de Dios en el hombre, la realización de la ley por la Encarnación de Cristo, la construcción en el hombre del verdadero templo de Dios por la obediencia a la Ley y por el Amor, la figura simbólica del Antiguo Testamento como imagen del Evangelio. Se trata de la interpretación familiar a la Edad Media. Desarrollada ya en el siglo VIII por Beda el Venerable en su obra De Templo Salomonis, se la encontrará siempre e incansablemente en el margen de la Biblia en la Glosa ordinaria de Walafried Strabo.

El término del ritual hace una larga alusión a las dos columnas del templo, Jackin y Boaz, "where (was) the noble art or science found when it was lost" ("donde fue hallado el noble arte o la ciencia cuando se perdió"). He aquí el significado que se les da: "For ye present ye sons of God have received strength inwardly, for ye time to come God will stablisch so with his spirit of grace yt they shall never wholy depart from him" ("En el tiempo presente, los hijos de Dios han recibido la fuerza interiormente; para el tiempo por venir, Dios se establecerá así con su espíritu de gracia a fin de que ellos jamás se separen totalmente de Él".


La Leyenda de Hiram y el Mito Iniciático.




Particularmente significativa del alcance sagrado del ritual masónico es la leyenda de Hiram.

El personaje mítico, Hiram, genial constructor del Templo según los Masones, que han hecho de él su Maestro y modelo, es la síntesis aureolada de gloria y de talento de dos personajes bíblicos: Hiram o Hiram Abi y Adoram, Adonhiram o Adoniram.

Según el Primer libro de los Reyes (VII, 13-15 y 21), "el rey Salomón envió a buscar a Hiram de Tiro, hijo de una viuda de la tribu de Neftalí; su padre era de Tiro; trabajaba en bronce y estaba lleno de ciencia, pericia y experiencia para realizar todo trabajo en bronce; fue donde el rey Salomón y ejecutó todos sus trabajos. Fundió las dos columnas de bronce... erigió la columna de la derecha y la llamó Jakin; erigió la columna de la izquierda y la llamó Boaz".

De acuerdo con el 2º libro de las Crónicas (II, 13, y IV, 11-12), Hiram-Abi fue enviado por el rey Hiram de Tiro a Salomón: "Es hijo de una danita, y su padre es de Tiro. Sabe trabajar el oro, la plata, el bronce, el hierro, la piedra y la madera, la púrpura escarlata, la púrpura violeta, el lino fino y el carmesí. Sabe también hacer toda clase de grabados y ejecutar cualquier obra que se le proponga"... "hizo también los ceniceros, las paletas y los acetres. Así concluyó Hiram la obra que le había encargado el rey Salomón en la Casa de Dios: las dos columnas, las molduras de los capiteles que coronaban las columnas..."

Adoniram, Adonhiram o Adoram, hijo de Abdá, era uno de los grandes oficiales de Salomón, el encargado de las levas (I Reyes, IV, 6). Es él quien dirigió los trabajos del templo.

En realidad, sabemos que el verdadero arquitecto del Templo fue el propio Dios. Cuando el rey David entregó a su hijo Salomón los planos de las obras del Templo y los modelos del tabernáculo y de todos los utensilios, declaró: "Todo esto conforme a lo que el Eterno había escrito de su mano para hacer comprender todos los detalles del diseño" (I Crónicas, XXVIII, 19). Salomón e Hiram no hicieron más que ejecutar, a la perfección, la voluntad de Dios.

En la confusión entre ambos personajes, Hiram y Adoniram, los Masones han seguido la costumbre de todos los comentarios e interpretaciones medievales de la Biblia. Pero la leyenda masónica, principal tema de la iniciación al grado de Maestro, ha inventado la muerte trágica de Hiram, asesinado por tres malos compañeros a quienes rehusó dar la "palabra" de maestro, y después transfigurado y resucitado en la persona del nuevo maestro iniciado.

Los Francmasones han adornado a la Biblia en esta leyenda. Vamos a ver, sin embargo, que Adoniram fue asesinado en circunstancias que no carecen de analogías con la muerte de Hiram por su significado espiritual y sagrado.

Se menciona a Hiram en los Old Charges (ms. Tew, circa 1680, que hace de él el hijo del rey Hiram; m. Iñigo Jones, de la misma época). Pero la leyenda de su muerte, parte iniciática y por naturaleza secreta, no aparece documentada más que en la Franc-Masonería moderna, precisamente en la divulgación Masonry Dissected de Pritchard (1730). Sin embargo, creemos en la antigüedad de esta leyenda, cuya inspiración no adquiere su origen -y su sentido no obtiene su pleno valor— sino en la lectura que se hacía de la Biblia en la Edad Media, espíritu éste que se perdió completamente con la Reforma y la Contrarreforma.

En favor de dicha antigüedad pueden invocarse además otros argumentos. La creación de leyendas inspiradas en temas bíblicos era un hecho general en la época medieval. Era alentada por el fervor popular y por el gusto por lo maravilloso. La misma Iglesia, lejos de condenar estas glosas, en cierto modo las estimulaba. Basta con recordar cuántas leyendas similares han sido incluidas en los textos apócrifos y representadas en la piedra de las esculturas y en las imágenes de los vitrales. Algunas consistían en la cristianización de creencias y relatos antiguos, figuraciones de mitos eternos portadores de lo Trascendente. Según la imagen de Isidoro de Sevilla, la Escritura Santa era una lira cuyas cuerdas tenían una resonancia infinita.

Todos los santos patrones y los personajes maravillosos protectores de los oficios tuvieron así su leyenda… 

miércoles, 11 de julio de 2012

"René Guénon y el Rito Escocés Rectificado" de Jean-Marc Vivenza; reseñado por André Bachelet

       Sección de reseñas y notas de lectura de la revista Vers la Tradition, nº 114-115,  Diciembre 2008 - Mayo 2009.
 
       René Guénon y el Rito Escocés Rectificado [1]
       Por Jean-Marc Vivenza
       Éditions du Simorgh, 2007

       ¿Una singular cruzada o el retorno de la Inquisición?


       Este pequeño libro de 136 páginas, cuyo título es seguido, en la primera página, por el anuncio de su objeto: “Aclaraciones relativas al desprecio e incomprensión de Guénon y de sus discípulos respecto a la doctrina de los Elegidos Coëns de la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa, y de la teosofía de Louis Claude de Saint-Martin”, merece algunas observaciones en razón de las inexactitudes de fondo que contiene. Para ello, nos limitaremos a mostrar la crítica de fondo que allí se hace de la posición de René Guénon respecto del Régimen Rectificado y los inspiradores de ésta; por lo que concierne a la apologética cristiana, y más precisamente a la pretendida iniciación cristiana, tal cual es concebida y presentada por el autor, es decir, dentro de una total confusión entre exoterismo y esoterismo, aparece ésta desnuda de fundamento doctrinal de orden universal: o sea, una caricatura de lo que es el cristianismo y su esoterismo [2]. Por otra parte, este corto anuncio del autor no resume toda su tesis ya que alarga su condenación a la totalidad de la Masonería, excepto la Masonería cristiana del Régimen Rectificado. Aquellos que hayan consultado su Dictionnarie de René Guénon, publicado en febrero de 2002, y aborden cinco años después el libro que examinamos, no dejarán de interrogarse, si releen la Introducción del Dictionnaire, donde, a pesar de las expresiones recurrentes sobre “el pensamiento” de Guénon, o el “pensador”, reveladoras de una incomprensión sobre la posición real e invariable de aquel, verán que el señor Vivenza expresaba entonces un juicio general favorable a Guénon acompañado de algunas alabanzas. Es así como él habla del «brillo indiscutible del pensamiento de René Guénon, que no ha hecho por otra parte sino acrecentarse, de lo cual nos felicitamos grandemente» (p. 9), añadiendo que «Es igualmente al servicio de esta doctrina perenne a la que nos sometemos a nuestra vez, y fue nuestra única ambición contribuir, con nuestro propio trabajo, a su brillo y su conocimiento; sabiendo […] que el inmenso papel jugado por René Guénon en la puesta en evidencia de la “doctrina eterna” para nuestro tiempo, es incontestablemente único, soberano y sin parangón, lo cual le confiere un lugar incomparable que nosotros le reconocemos a título pleno.[…] » (p. 10); esta “función”, él sólo puede prevalecerse de ello, y esto sin el menor asomo de duda » (p. 11), etc. Esto no debe enmascarar las insuficiencias y las confusiones que contiene este Dictionnaire del cual uno se pregunta a fin de cuentas qué ayuda se considera que aporta al lector que conoce poco o nada la obra de Guénon, hasta el punto de poder perjudicar la comprensión profunda de ésta.

      Pero entremos en el campo de ruinas que constituye el presente libro del autor: desde el comienzo, uno se ve rápidamente invadido por una incorregible logorrea que se traduce por el abusivo y obsesivo uso del adjetivo, incisivo éste, por no decir despectivo contra René Guénon y su obra. Son sacados al paso por su toma de posición favorable a este último, Dennys Roman y Patrick Geay que «caen» así en buena compañía. En cuanto al discurso, que pretende emanar de la iniciación cristiana, vamos a volver sobre él después de una breve digresión.

       De hecho, el señor Vivenza es un caso; y no tanto por su individualidad en sí misma, que podría interesar a nuestros lectores, como por la transformación radical que le afecta hoy. Su colaboración en nuestra revista, especialmente durante el VIII coloquio de Vers la Tradition, que tuvo lugar en Châlons en octubre de 2005, no permitía descubrir una evolución tan súbita, incluso si ciertas premisas podían dejar entrever alguna incompatibilidad con el espíritu tradicional tal como Guénon lo ha devuelto a la luz. ¿Habrá sido el señor Vivenza, después, víctima de un fariseísmo un tanto exaltado, de una suerte de «virus» fundamentalista?

      Es pues otro lenguaje el que el autor nos impone ahora: lenguaje por el cual desparrama sin límites palabras como las que no se encuentran sino en ciertos autores cuyo odio a Guénon es notorio [3]. Para que nuestros lectores se hagan una idea del tono empleado, proponemos algunos ejemplos entre una multitud recogida prácticamente en cada página del libro: así de la «sorprendente capacidad de Guénon para hablar de lo que ignora», de su «trágico desconocimiento de la estructura interior del Régimen Rectificado», de su «enorme y desconsoladora ignorancia», de «su ceguera e incompetencia», de su «total incapacidad a abrirse a las grandes y profundas verdades», de su «considerable carencia teórica», sin omitir que «los conceptos guenonianos […] presentan un vicio redhibitorio, una carencia natural les impide acceder a la plenitud del conocimiento […], carencia que tiene por causa principal la ceguera consecutiva a una sobredeterminación y sobrevaloración de las doctrinas orientales respecto a la Palabra de las Sagradas Escrituras»; de hecho, «[…] la Encarnación, […] rompe los viejos fundamentos de las antiguas religiones humanas […]. El cristianismo, y esto no es negociable [¡¿?!], no obedece a las mismas reglas; excede todos los marcos ancestrales […], y es en esta imposibilidad donde viene a embarrancarse, chocar y romperse, la ciencia de Guénon […]», en su «ignorancia culpable y estupefaciente». Cada cual apreciará el contenido de esta antología marcada por la delicadeza y la clarividencia, así como por la modestia, del autor y su sentido de la medida. Esto nos da ya una rápida ojeada de la posición adoptada por el señor Vivenza al encuentro de la de Guénon, que es por otra parte bien conocida. [4]

       René Guénon, al que el señor Vivenza llama el «maestro del Cairo» (con la minúscula impuesta), o el «inquilino» de villa Duqqi (con cierta burla soterrada), ha cometido sin duda algo irreparable al «despreciar» el Régimen Rectificado y a su fundador J. B. Willermoz, además del alcance de la finalidad iniciática de la doctrina de Martinès de Pasqually, así como de Louis Claude de Saint-Martin en su rechazo del método iniciático masónico. Lo que le amarga manifiestamente es que Guénon no reconozca en Willermoz y en Saint Martin si no una visión puramente exotérica (lo que no ocurre del todo para el caso de Martinès), visión que el señor Vivenza comparte plenamente con ellos pero sin estar a la altura de reconocer su carácter. En él, este equívoco es el producto de una visión puramente teológica y cristocéntrica acompañada de pueriles preocupaciones apologéticas [5]. Esto le induce a ensanchar el cuadro de su crítica concerniente a la posición de Guénon en contra del Régimen Rectificado, para extenderlo a un rechazo radical de todas las religiones pretendidamente «humanas», comprendiendo ahí el judaismo, cuyo «sacerdocio se encuentra abolido y vacío de su sentido para los cristianos después de la venida del Mesías»; en cuanto al Islam, remarcará la negación de su fundamento profético [6].

       He aquí pues a nuestro autor llevado por una lastimosa «pequeña guerra santa» al asalto de René Guénon y de su obra, así como de sus «discípulos», en razón de su posición con respecto al Régimen Escocés Rectificado. La querella, como sabemos, no es nueva pues ya en 1966-1967 (para dispensarnos de ir más allá en la historia) conocidas personalidades se implicaban en la revista Le Symbolisme en defensa de dicho Régimen; se trataba particularmente de contradecir ciertas afirmaciones de Denys Roman opuestas a la adopción por Willermoz, en condiciones dudosas que ponían en duda la regularidad del Régimen, de la referencia al famoso Phaleg en lugar de Tubalcaín mantenido sin embargo en los rituales de toda la Masonería Universal. Por otra parte, las innovaciones de las cuales Willermoz fue responsable no se limitan a la «Rectificación» de la Estricta Observancia Templaria; se notará el rechazo, bajo la presión del punto de vista religioso, léase clerical, de la filiación templaria y de la supresión de las penalidades incluidas en el juramento prestado en el momento de la iniciación (curiosa coincidencia: en Inglaterra, esta supresión se reproducirá después, dos siglos más tarde, en otro Rito –el Rito Inglés— a consecuencia de las maniobras incesantes de un exoterismo fundamentalista dominante). Se entenderá igualmente la adopción, a continuación del Rito Francés, de esta importante innovación que fue la inversión de las «palabras» así como de las columnas del Templo que hemos abordado en un número precedente de la revista [7].

       En su cruzada purificadora, el señor Vivenza viene por tanto, como decíamos, a condenar sin apelación todos los Ritos masónicos, de paso que pega una coz de asno a la Masonería escocesa (lo que no asombrará a nadie) de la cual Willermoz habría emprendido la rectificación «con el fin de devolverle, de conferirle, una nueva filiación purificada que jamás habría debido perder» (curiosa manera de escribir la historia); extraños al Rito Rectificado («única corriente autorizada […] a reivindicar una autenticidad»), todos estos Ritos dependen de «la tradición depravada de Caín», pues «la corriente en la cual se encuentran situadas, después de siglos, las diversas iniciaciones de constructores, presenta una orientación al mal, una vocación negativa y culpable en razón de su carácter prometeico», como consecuencia de «una práctica desviada donde son cultivadas la pretensión y el orgullo». ¡No sabríamos ser más amables y sobretodo estar más… avisados!

Cuando el autor aborda la pretendida confusión –que constituye uno de sus argumentos clave— cometida por Guénon (y Denys Roman que padecería, como todos los «discípulos» de Guénon, de una incurable ecolalia) a propósito del estatuto arbitrariamente separado de la Órden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa y el de la Gran Profesión, se equivoca de nuevo. Su afirmación basada en una lectura literalista, decididamente omnipresente, pierde todo crédito por el hecho de que Guénon, a pesar de la puesta al día de diversos documentos –de los cuales no habría tenido necesidad alguna para su juicio—, no habría consentido nunca en llevar a cabo la rectificación tan esperada por… sus «adversarios»… Verdaderamente hay que dudar, como tan a menudo lo manifiesta el autor en su presunción, de la honestidad intelectual de Guénon –el señor Vivenza le reprocha «su increíble mala fe» — por no reconocer que él se ponía en tela de juicio cuando ello estaba justificado. Evoquemos de paso «la puesta al día» de ciertas cosas: si el contenido de la Profesión ha sido hecho público, eso no va en favor de ciertos «caballeros» que debían guardar secreta esta comunicación; esto por principio. Pero, es precisa y únicamente sobre la justa apreciación de la doctrina vehiculada que la cuestión se plantea: entre los dos Órdenes dependientes uno del otro, el carácter religioso se interpenetra al punto que no pueden ser disociados sino de manera arbitraria en su significación intrínseca, como lo hace el autor: dicho de otro modo, si la Gran Profesión era de naturaleza iniciática, lo que no es el caso, podría –o debería— ser tomada en cuenta en tanto que tal, como dispensando jerárquicamente su contenido doctrinal en modo descendente hasta el 1er grado; pero en este caso, es el carácter exotérico el que se encuentra difundido en el conjunto del Régimen; eso es lo que quería hacer comprender Guénon para quien el aspecto estructural era secundario y devenía asimismo contingente por relación a la importancia del problema planteado. ¿Dónde se encuentra entonces el «completo desconocimiento de las estructuras propias del Régimen Escocés Rectificado, una absoluta ignorancia de su historia y una increíble confusión respecto a las enseñanzas que subyacen secretamente [¡¿?!] en la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa» que el autor le imputa? Consecuentemente, su interrogación sobre «el carácter inexplicable» de la actitud de Guénon, deviene sin objeto. De hecho, si la posición de Guénon manifiesta un juicio tradicional correcto sobre el Régimen Rectificado, no tienen ninguna razón en reconsiderarla.

Señalemos, sin embargo, en el autor esa manía por el documento escrito que se encuentra en los historiadores de mentalidad profana; la que le conduce a tomar la comunicación del depósito de los archivos de los Elegidos Cohens por una auténtica transmisión iniciática. Hay que señalar además que la herencia de Martinès fue amputada de autoridad por Willermoz de un componente operativo constituido por la «teurgia» (que conviene poner en su justo lugar); esto reduce esta herencia a pura especulación, incluso si su fundamento doctrinal, que es de orden universal, se reencuentra en el corazón de todas las tradiciones, de las que el autor abomina sin excepción. Es así como confunde continuamente, a propósito de las «herencias» de Martinès y de L. C. de Saint Martin, su componente exotérico con la transmisión de una influencia espiritual de orden iniciático; este error le conduce a tomar «una cuerda por una serpiente» y a otorgar a la exoterización furiosa efectuada por Willermoz un carácter iniciático que no tiene.

De hecho, Willermoz interpreta el simbolismo en modo religioso, lo que es legítimo en su orden, pero no en un medio iniciático, hay que subrayarlo todavía; así su rechazo cuasi supersticioso del hermetismo [8], defecto que se encuentra por otra parte entre los reformadores actuales del Rito Francés, llamado Moderno, que se hinchan como la rana de la fábula; hay que creer que todos esos Masones herederos de los constructores no han observado jamás –ellos que conceden tanta autoridad al Arte de la Memoria— un edificio religioso de la época medieval y hasta posterior… Es fácil comprobar que el punto de vista adoptado por el fundador del Régimen Rectificado vuelve incompresibles múltiples aspectos del paso específico al Oficio (se conoce, por otra parte, su fascinación pueril por… las botas) y notablemente a aquel que concierne a la puesta en obra correspondiente a la rehabilitación de los «metales», sin embargo, esencial para comprender e integrar el sentido verdadero de la «reintegración» en esta vía. Este rechazo de Willermoz parece ligado íntimamente al funesto extravío que evocamos más arriba, episodio que le ha llevado a sustituir la palabra Phaleg, que significa «separado», por Tubalcaín del cual uno de sus significados más misteriosos, «Posesión del mundo», no puede ser aprehendido correctamente sino desde un punto de vista iniciático. Por otra parte, ¿no habla el autor de «la reforma» y de la «doctrina» de Willermoz?

Cuando Guénon dice, a propósito de Martinès de Pasqually, que «ha debido tener también en él, […] una cierta confusión entre el punto de vista “iniciático” y el punto de vista “místico”, pues las doctrinas que expresa tiene siempre una forma religiosa, mientras que sus “operaciones” no tienen de ningún modo ese carácter» [9], es del todo significativo constatar que es precisamente esto último lo que Willermoz va a rechazar formalmente con horror, mientras que se inspirará piadosamente ¡en las primeras! Todo el programa del Régimen esta trazado a partir de esta «elección». Porque, ¿cuál puede ser la posteridad de un misticismo que, por naturaleza y en tanto que persiste, queda privado de la posibilidad de desembocar en alguna efectividad iniciática, sea cual sea ésta? Una palabra al respecto para remarcar que la argumentación del señor Vivenza, que emana desde un punto de vista exotérico exclusivo fuertemente exaltado, es inherente al carácter del Rito y no tiene, por ello mismo, ninguna autoridad doctrinal en el dominio iniciático. Otro punto que está relacionado respecto a la confusión del autor, que persiste en atribuir «discípulos» a René Guénon [10]: aquellos que se adhieren a lo esencial de su obra porque reconocen la inspiración de origen «no humano» no son legión, y D. Roman era uno de ellos, pero nunca se consideró como un discípulo, lo que hubiera sido a la vez insensato y ridículo. Se comprende que eso sea intolerable para el señor Vivenza que no discierne otro origen no humano que no sea la Biblia [11]. Así, D. Román es cuestionado como discípulo de Guénon, pero también por tener la culpa de tomar una posición crítica contra el Régimen Rectificado y su fundador [12]. Finalmente el autor concluye con una lección de catecismo fundamentalista de un exclusivismo dominante y compasivo, imagen de una certeza «que no es negociable». Bajo el influjo de su lógica, llega a rechazar todo lo que hace de la obra de Guénon la expresión de la Unidad y de la universalidad: de hecho, todo lo que constituye la esencia de esta obra se encuentra a sus ojos equivocado y obsoleto; la Tradición tal como es expuesta por Guénon no es aceptable pues es fundamentalmente ajena a la Tradición apostólica, la única ortodoxa… Y hace así con todo lo que no participa del «mensaje» bíblico y más precisamente evangélico interpretado de manera literal. El autor, digno continuador de una santa Inquisición tan esperada para estos tiempos de extravío intelectual y moral, no olvida los deberes pastorales de su cargo: a este efecto, amonesta e incita al arrepentimiento de la oveja perdida –sobretodo las que se encuentran en el redil, es decir en el seno del Rito Rectificado—, y pone en guardia a aquellos que podrían dejarse seducir en su andadura masónica por el pernicioso espejismo que constituye la obra de Guénon; y en su generosidad, prodiga vigorosos consejos fraternales a los «altivos genonianos»…

Regocijémonos sin embargo: sólo, del seno de Abraham, el cristianismo subsiste en estos tiempos de intensa renovación espiritual y en particular en una Masonería «Elegida y Querida»; después de todo, entre los cristianos de hoy, la Edad de Oro no se sitúa al origen, sino ¡al fin de los tiempos! No sería pues asimilable a una Tradición primordial fuertemente problemática (que no es sin embargo otra que el Edén); por otra parte, en las Escrituras, se buscará en vano cualquier rastro de un «alejamiento del Principio», y no están más que Guénon y sus partidarios para pretender lo contrario. Si hemos de creer al señor Vivenza, que ha descubierto eso no sabemos dónde en la Biblia, la Parusía reunira y discriminará una humanidad caída, desde luego, pero cuyo estado ha quedado igual desde la creación, ¡desenlace lógico de un desarrollo cíclico perfectamente lineal!

Incluso si queda excluido que nos alegremos por ello, no podemos dejar de pensar a propósito del señor Vivenza en la situación del «cazador cazado», tanto que los calificativos que dirige a René Guénon podrían serle devueltos fácilmente. Esta proyección sistemática sobre el prójimo de sus propios defectos no podría engañar sino al propio autor. En cuanto a lo que constituye la Doctrina,  tenemos la oportunidad de constatar el equívoco irremediable de las relaciones entre el exoterismo y el esoterismo, confusión que el autor comparte, al parecer, con una cierta franja de quienes hemos denunciado su odio reconocido a Guénon y las extravagancias pseudo-doctrinales.

¿Se habría convertido el autor, con algunas diferencias, en el continuador de un Antoine de Motreff, del difunto Jean Vaquié [*] o de algún otro? Tenemos derecho a pensarlo al tomar conocimiento de sus últimos dardos: « […] debemos imperativamente guardarnos de volver, como si tuvieran valor de referencia, hacia los escritos que el autor de El Simbolismo de la cruz consagra a estos temas, igualmente si conviene conocerlos para mejor refutarlos, pues presentan radicalmente un vicio inicial que les descalifica y les desposee de toda legitimidad desde el punto de vista de la “Tradición espiritual”, encarnada por esas altas figuras que son Martinès de Pasqually, Louis Claude de Saint-Martin y Jean Baptiste Willermoz.»

En suma, a la «excomunión» fulminada por el señor Vivenza en su cruzada pastoral contra la herejía guenoniana y masónica, no le falta sino el exorcista emboscado tras el Delta irradiante para poner fin, de una vez por todas, a la maniobra diabólica de Guénon y sus celosos «discípulos» que no cesan de sembrar los «gérmenes de la corrupción», conduciendo a la «confusión y a las tinieblas» marcados como están, sin duda alguna, por el número de la Bestia…

¡No sabríamos dar prueba de un mayor discernimiento! [13]

Notas:
[1] Sin la publicación de esta obra del señor Vivenza diferentes aspectos relativos al Régimen Rectificado no habrían sido abordados por nosotros.
[2] Precisemos que nuestra crítica de la posición del señor Vivenza no participa de ningún modo de la menor prevención u hostilidad hacia el cristianismo y el catolicismo en particular.
[3] Se hace notar en efecto referencias elogiosas a personajes como R. Amadou y al tristemente célebre R. Ambelain, dos autores de los que Guénon ha condenado la visión desviada en sus reseñas; de paso, resulta que el autor hace suyo un error de orden metafísico contenido en una referencia atribuida a Amadou a propósito de la «Reintegración» : «[…] la materia reintegrada significa la materia aniquilada ya que, siendo su principio la nada, su reintegración no puede hacerse sino en la nada […]»; se trata aquí de la confusión habitual de entre la nada que es una imposibilidad y el caos… Decididamente el señor Vivenza tiene curiosas preferencias literarias.
[4] Sacadas de su contexto, estas expresiones conservan, sin embargo, su significación general. Conviene, para la atribución precisa, trasladarse al texto sabiendo que la argumentación del autor se basa principalmente en la pretendida ignorancia de Guénon sobre el cristianismo y el esoterismo cristiano.
[5] Ésta es una actitud en contraste con la que hace referencia al Espíritu Santo o a la «devoción» marial, ausentes del discurso del señor Vivenza; cuestión de sensibilidad…
[6] Señalemos otro estudio firmado por el señor Maisondieu sacado del libro colectivo Ésotérisme et spiritualité maçonnique (Éditions Dervy, 2002) en el cual han participado los señores Jean L’Homme y Jacob Tomaso (el nombre de este último ¿no será la traducción de otro, francés éste, conocido en el Rito Moderno?). Este estudio, que tiene por título Le Rite Écossaise Rectifié et la doctrine de René Guénon, comporta diversos ataques contra este último dentro de una misma perspectiva anti-oriental. El señor Maisondieu cree ver una contradicción fundamental entre la doctrina universal expuesta por R. Guénon y los contenidos de la Biblia, así como del Rito Escocés Rectificado que, según él, es la expresión iniciática más fiel de aquella.
[7] Cf. Vers la Tradition nº 110.
[8] Rechazar, en Masonería, la vía de Hermes, es despreciar una notable parte de la herencia secular de los constructores, y en particular las referencias a los Old Charges que representan los «Antiguos Deberes» de los «Masones de los antiguos días»; esto es más que una falta…
[9] Cf. R. Guénon, Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnnage, t. I, p. 39.
[10] Cuando se sabe el cuidado que puso Guénon en precisar que el no tenía discípulos y no podía tenerlos (aquellos que se pretendiesen tales falsificarían la realidad), medimos la desenvoltura del autor que puede ignorar eso; a menos que no se trata de una dificultad de compresión de una situación, sin embargo, evidente.
[11] Es necesario precisar que nos guardamos bien de cualquier comparación entre el estatuto de los Textos sagrados, sean cuales sean, y el de la obra de R. Guénon; conviene no confundir Revelación e Inspiración.
[*] Antoine de Motreff y Jean Vaquié son dos autores católicos tradicionalistas franceses que han escrito diversos textos contra René Guénon y su obra. [N. del T.]
[12] Cf. D. Roman, Réflexions d’un chrétien sur la Franc-Maçonnerie – L’Arche vivante des Symboles, Éditions Traditionelles, 1995, ch. XV: «Willermoz ou les dangers des innovations en matière maçonnique». Este capítulo retoma en parte el contenido de un texto que quedó inédito redactado en respuesta al artículo de Jean Tourniac: «Le Choix de Phaleg», aparecido en Le Symbolisme de octubre-diciembre de 1967; resume la posición invariante de D. Roman expresada en sus diversas contribuciones a los Études Traditionnelles.
[13] Para completar nuestro discurso, pensamos que no es inútil dejar constancia de ciertas prácticas emparentadas con las que nos propone el señor Vivenza: la única diferencia, sin embargo –y enorme—, tienen la pretensión de prolongar la obra masónica de René Guénon por la toma en consideración de un componente de filiación secreta; situándose bajo su patronazgo y bajo el de algunas “personalidades guenonianas”, contravienen los usos iniciáticos que excluyen toda referencia individual en un trabajo ritual colectivo; esto, impregnado de una fuerte inspiración Rectificada y con un enfoque que lleva la marca de la confusión entre exoterismo y esoterismo; esta organización tiene un título distintivo resumido por las iniciales F.S. Concebida para una élite, no es de hecho sino una fabricación en modo religioso, incluso místico. En el examen, su ritual, al que se presta gran atención, está constituido ampliamente por citas bíblicas y oraciones que se articulan según una perspectiva próxima al espíritu del Régimen Rectificado. La pretensión a la operatividad ha conducido a sus fundadores a instituir para los miembros una práctica individual fuera del trabajo colectivo, lo que, teniendo en cuenta la «orientación» y las circunstancias en las cuales esta iniciativa fue puesta en práctica (en su origen, pueden evocarse algunas manifestaciones psíquicas propicias a turbar almas sensibles...) no dejan de despertar vivos interrogantes sobre su regularidad.


martes, 10 de julio de 2012

Algunas consideraciones sobre la Aspiración iniciática; por Albano Martín De La Scala


    Fragmento del artículo publicado en el nº 32, Junio de 2012, de la Revista Letra y Espíritu.

   René Guénon, en su obra Le Roi du Monde, escribe en el capítulo VIII:[1] “El período actual es por lo tanto un período de oscurecimiento y de confusión; sus condiciones son tales que, mientras persistan, el conocimiento iniciático debe necesariamente permanecer oculto; de ahí el carácter de los ‘Misterios’ de la antigüedad llamada ‘histórica’ (la cual ni siquiera se extiende hasta el inicio de tal período) y de las organizaciones secretas de todos los pueblos: organizaciones que confieren una iniciación efectiva allí donde subsiste todavía una verdadera doctrina tradicional, pero que no ofrecen más que la sombra de aquélla cuando el espíritu de dicha doctrina ha cesado de vivificar sus símbolos, que son solamente su representación exterior, y ello porque, por razones diversas, todo vínculo consciente con el centro espiritual del mundo ha terminado por romperse, lo que es el sentido más particular de la pérdida de la tradición, que concierne especialmente a tal o cual centro secundario, que cesa de estar en relación directa y efectiva con el centro supremo.

     Por lo tanto, debe hablarse pues de algo oculto más que verdaderamente perdido, puesto que no para todos está perdido y que algunos aún lo poseen íntegramente; y, si es así, otros tienen siempre la posibilidad de reencontrarlo, siempre que lo busquen como conviene, es decir, que su intención sea dirigida de tal manera que, por las vibraciones armóni­cas que despierta según la ‘ley de acciones y reacciones concordantes’[2] pueda ponerlos en comunicación espiritual efectiva con el centro supremo[3]. Esta dirección de la intención tiene además, en todas las formas tradicionales, su representación simbólica; nos referimos a la orientación ritual: ésta, en efecto, es propiamente la dirección hacia un centro espiritual, que sea cual fuere, es siempre una imagen del verdadero ‘Centro del Mun­do’”[4].

     Puede ocurrir que entre los lectores de estas líneas haya quienes han entrado en contacto con la magistral obra de René Guénon. Quizás alguno, leyendo dichos escritos, ha sentido que en realidad esta exposición no le era verdaderamente extraña sino que no hacía otra cosa que expresar de modo más claro lo que en realidad él ya sentía, aunque de modo todavía un poco confuso, en su proprio fuero interno. Y nos referimos en particular a la doctrina metafísica ahí expuesta, donde se tratan temas como: la no dualidad, la Posibilidad infinita, la Identidad suprema, los estados múltiples del ser y su jerarquía. Principios estos que, para ser intuidos con claridad evidente, implican un horizonte intelectual ciertamente poco común actualmente.

     Otros quizá han sentido la necesidad impetuosa y profunda de consagrar su vida a algo que valiese verdaderamente la pena ser vivido. Éstos pueden haber reconocido que solamente lo que trasciende la existencia puede realmente darle un sentido y haber sentido por lo tanto la necesidad de tomar contacto consciente y efectivo con este grado superior de realidad.

     Puede haber también quien, eventualmente, aunque solo una vez en la vida, haya sentido que en la parte más íntima y profunda del propio ser hay algo que nada tiene que ver con la vida ordinaria caracterizada por sus condicionamientos y limitaciones y que pide poderosamente reunirse con aquello que es de su misma naturaleza. Puede haber tenido la sensación de que esta presencia fuese demasiado grande para ser contenida en un ser individual y tal vez esta fortísima percepción lo ha impulsado a caer en un llanto incontenible.[5]

     Alguno ha advertido, quizá, con gran sufrimiento, la necesidad de gritar la gloria del propio Señor pero de un modo que su condición individual no permitía expresar. En todo lo que antecede hay como la presencia de una “nostalgia” hacia lo que es espiritual y eterno. Éstas y muchas otras pueden ser las modalidades con las cuales se manifiesta la aspiración iniciática.

     El término aspirar tiene origen en el latín y está compuesto de la partícula “ad”, 'dirigido' y “spirare”, 'soplar', 'exhalar el aliento' y también 'espirarlo'. El significado que esta palabra ha tomado en el lenguaje ordinario es también el de: 'inspirar', 'traer hacia sí', 'absorber' o 'bombear'. En sentido figurado la acepción es la de desear vivamente una cosa buscando obtenerla, anhelar, tender hacia. Todos estos conceptos, que aunque en apariencia contrastan bastante, pueden concurrir a ayudarnos a comprender qué valor debe darse a la aspiración entendida en sentido intelectual. Consideramos que aclarar ese punto es esencial para poder vivificar y desarrollar esta actitud fundamental.

   El sentido más inmediato que puede darse al término en cuestión es el del deseo ardiente por el verdadero conocimiento[6], deseo que coincide con una tendencia del ser hacia lo universal. De aquí la cercanía con el término “suspirar” que hace alusión a la nostalgia hacia lo que se ama y de lo que se está separado. La ardiente actitud de la que hablamos, en efecto, no es otra cosa que el amor verdadero. A este respecto, hagamos notar cómo en la lengua italiana los términos “amore” (amor) y “aspirare” (aspirar) son casi sinónimos. Ambos están de hecho compuestos por la partícula “a”, que puede tener valor negativo y respectivamente por “more” o muerte y “spirare” o morir. En los dos casos, por tanto, el sentido puede ser el de “sin muerte”, remitiéndonos a la afinidad de los términos citados con lo que es eterno e inmortal.

     Si consideramos la palabra “aspirar” en el sentido de la respiración, es decir, introducir en los pulmones inspirando a través de la boca o la nariz, podemos hacer notar cómo para realizar esta operación, hace falta primero, al menos en parte, haber espirado, o sea, haber hecho salir el aire que antes había[7]. Queriendo aplicar este principio a la condición individual se puede intuir cómo el recorrido que lleva al desarrollo de la aspiración debe ir parejo con un proceso de vaciamiento interior que corresponde al indispensable abandono de los apegos mundanos. Solamente operando así podrá permitirse al hálito de la respiración divina penetrar en el ser vivificándolo, como simbólicamente acaece a Adán en el Génesis[8].

     Desde un punto de vista principial, por contra, esta aspiración puede ser imaginada simbólicamente como un vórtice que se desarrolla desde el Centro, Principio y origen de toda cosa, y atrae hacia sí a todos aquellos que se han orientado rectamente hacia Él. Los numerosos ritos de circunvalación que se encuentran en las más diversas formas tradicionales, hacen alusión precisamente a este simbolismo.

     Para el ser que sienta la necesidad de huir de la limitada condición individual en que se encuentra y reunirse con aquello que es universal, se plantea el importante problema de concretar el modo de poder hacerlo. La respuesta a esta cuestión, aunque sea en modo sintético, se encuentra en la cita introductoria. No debe hacer otra cosa que orientar de modo coherente y correcto la propia intención. De hecho, este acto, aparentemente sólo propedéutico para un verdadero trabajo iniciático, coincide en realidad con el ponerse en comunicación espiritual efectiva con el centro supremo y contiene por tanto ya en sí mismo, un alcance operativo portentoso. La recta orientación permite en efecto a la acción divina el actuar en su plenitud eliminando los obstáculos y los límites individuales. Ahí está por consiguiente el secreto para progresar en la Vía.


Notas:
[1] Las notas que se refieren a las citas son del propio René Guénon.
[2] Esta expresión se ha tomado prestada de la doctrina taoísta; por otra parte, tomamos aquí la palabra “intención” en un sentido que es muy exactamente el del término árabe niyah, que se traduce habitualmente así, y este sentido es además conforme a la etimología latina (de in-tendere, tender hacia).
[3] Cuanto hemos dicho permite interpretar en un sentido muy preciso las palabras del Evangelio: “Buscad y encontrareis; pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá”. Será oportuno referirse aquí a las indicaciones que ya hemos dado a propósito de la “recta intención” y de la “buena voluntad”; y se podrá completar sin dificultad por la explicación de esta fórmula Pax in terra hominibus bonae voluntatis.
[4] En el Islam, esta orientación (qiblah) es como la materialización, si así puede decirse, de la intención (niyah). La orientación de las iglesias cristianas es otro caso particular que se refiere esencialmente a la misma idea.
[5] A este propósito, véase la cita profética: “cuando no hay llanto en el corazón, éste está en ruina, como en ruina está la casa deshabitada” citada por el Shaij Tadili en su obra “La vida tradicional es la sinceridad” publicada en el número 29 de esta revista.
[6] Dante, en la Divina Commedia, Purgatorio XXXI, 24 la define como el deseo que impulsa a amar el bien.  
[7] Análogamente, se habla en mecánica de bombas de vacío a propósito de instrumentos que atraen fluidos hacia sí.
[8] “Entonces el señor Dios formó al hombre con polvo de la tierra y sopló en sus narices un hálito de vida y el hombre devino un ser viviente”. Génesis 2, 7. Este simbolismo del hacerse continente vuelve a encontrarse también, por ejemplo, en el Budismo, donde el Buda es gordo precisamente porque se ha vaciado de lo que es individual para acoger en sí lo Universal.