miércoles, 11 de julio de 2012

"René Guénon y el Rito Escocés Rectificado" de Jean-Marc Vivenza; reseñado por André Bachelet

       Sección de reseñas y notas de lectura de la revista Vers la Tradition, nº 114-115,  Diciembre 2008 - Mayo 2009.
 
       René Guénon y el Rito Escocés Rectificado [1]
       Por Jean-Marc Vivenza
       Éditions du Simorgh, 2007

       ¿Una singular cruzada o el retorno de la Inquisición?


       Este pequeño libro de 136 páginas, cuyo título es seguido, en la primera página, por el anuncio de su objeto: “Aclaraciones relativas al desprecio e incomprensión de Guénon y de sus discípulos respecto a la doctrina de los Elegidos Coëns de la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa, y de la teosofía de Louis Claude de Saint-Martin”, merece algunas observaciones en razón de las inexactitudes de fondo que contiene. Para ello, nos limitaremos a mostrar la crítica de fondo que allí se hace de la posición de René Guénon respecto del Régimen Rectificado y los inspiradores de ésta; por lo que concierne a la apologética cristiana, y más precisamente a la pretendida iniciación cristiana, tal cual es concebida y presentada por el autor, es decir, dentro de una total confusión entre exoterismo y esoterismo, aparece ésta desnuda de fundamento doctrinal de orden universal: o sea, una caricatura de lo que es el cristianismo y su esoterismo [2]. Por otra parte, este corto anuncio del autor no resume toda su tesis ya que alarga su condenación a la totalidad de la Masonería, excepto la Masonería cristiana del Régimen Rectificado. Aquellos que hayan consultado su Dictionnarie de René Guénon, publicado en febrero de 2002, y aborden cinco años después el libro que examinamos, no dejarán de interrogarse, si releen la Introducción del Dictionnaire, donde, a pesar de las expresiones recurrentes sobre “el pensamiento” de Guénon, o el “pensador”, reveladoras de una incomprensión sobre la posición real e invariable de aquel, verán que el señor Vivenza expresaba entonces un juicio general favorable a Guénon acompañado de algunas alabanzas. Es así como él habla del «brillo indiscutible del pensamiento de René Guénon, que no ha hecho por otra parte sino acrecentarse, de lo cual nos felicitamos grandemente» (p. 9), añadiendo que «Es igualmente al servicio de esta doctrina perenne a la que nos sometemos a nuestra vez, y fue nuestra única ambición contribuir, con nuestro propio trabajo, a su brillo y su conocimiento; sabiendo […] que el inmenso papel jugado por René Guénon en la puesta en evidencia de la “doctrina eterna” para nuestro tiempo, es incontestablemente único, soberano y sin parangón, lo cual le confiere un lugar incomparable que nosotros le reconocemos a título pleno.[…] » (p. 10); esta “función”, él sólo puede prevalecerse de ello, y esto sin el menor asomo de duda » (p. 11), etc. Esto no debe enmascarar las insuficiencias y las confusiones que contiene este Dictionnaire del cual uno se pregunta a fin de cuentas qué ayuda se considera que aporta al lector que conoce poco o nada la obra de Guénon, hasta el punto de poder perjudicar la comprensión profunda de ésta.

      Pero entremos en el campo de ruinas que constituye el presente libro del autor: desde el comienzo, uno se ve rápidamente invadido por una incorregible logorrea que se traduce por el abusivo y obsesivo uso del adjetivo, incisivo éste, por no decir despectivo contra René Guénon y su obra. Son sacados al paso por su toma de posición favorable a este último, Dennys Roman y Patrick Geay que «caen» así en buena compañía. En cuanto al discurso, que pretende emanar de la iniciación cristiana, vamos a volver sobre él después de una breve digresión.

       De hecho, el señor Vivenza es un caso; y no tanto por su individualidad en sí misma, que podría interesar a nuestros lectores, como por la transformación radical que le afecta hoy. Su colaboración en nuestra revista, especialmente durante el VIII coloquio de Vers la Tradition, que tuvo lugar en Châlons en octubre de 2005, no permitía descubrir una evolución tan súbita, incluso si ciertas premisas podían dejar entrever alguna incompatibilidad con el espíritu tradicional tal como Guénon lo ha devuelto a la luz. ¿Habrá sido el señor Vivenza, después, víctima de un fariseísmo un tanto exaltado, de una suerte de «virus» fundamentalista?

      Es pues otro lenguaje el que el autor nos impone ahora: lenguaje por el cual desparrama sin límites palabras como las que no se encuentran sino en ciertos autores cuyo odio a Guénon es notorio [3]. Para que nuestros lectores se hagan una idea del tono empleado, proponemos algunos ejemplos entre una multitud recogida prácticamente en cada página del libro: así de la «sorprendente capacidad de Guénon para hablar de lo que ignora», de su «trágico desconocimiento de la estructura interior del Régimen Rectificado», de su «enorme y desconsoladora ignorancia», de «su ceguera e incompetencia», de su «total incapacidad a abrirse a las grandes y profundas verdades», de su «considerable carencia teórica», sin omitir que «los conceptos guenonianos […] presentan un vicio redhibitorio, una carencia natural les impide acceder a la plenitud del conocimiento […], carencia que tiene por causa principal la ceguera consecutiva a una sobredeterminación y sobrevaloración de las doctrinas orientales respecto a la Palabra de las Sagradas Escrituras»; de hecho, «[…] la Encarnación, […] rompe los viejos fundamentos de las antiguas religiones humanas […]. El cristianismo, y esto no es negociable [¡¿?!], no obedece a las mismas reglas; excede todos los marcos ancestrales […], y es en esta imposibilidad donde viene a embarrancarse, chocar y romperse, la ciencia de Guénon […]», en su «ignorancia culpable y estupefaciente». Cada cual apreciará el contenido de esta antología marcada por la delicadeza y la clarividencia, así como por la modestia, del autor y su sentido de la medida. Esto nos da ya una rápida ojeada de la posición adoptada por el señor Vivenza al encuentro de la de Guénon, que es por otra parte bien conocida. [4]

       René Guénon, al que el señor Vivenza llama el «maestro del Cairo» (con la minúscula impuesta), o el «inquilino» de villa Duqqi (con cierta burla soterrada), ha cometido sin duda algo irreparable al «despreciar» el Régimen Rectificado y a su fundador J. B. Willermoz, además del alcance de la finalidad iniciática de la doctrina de Martinès de Pasqually, así como de Louis Claude de Saint-Martin en su rechazo del método iniciático masónico. Lo que le amarga manifiestamente es que Guénon no reconozca en Willermoz y en Saint Martin si no una visión puramente exotérica (lo que no ocurre del todo para el caso de Martinès), visión que el señor Vivenza comparte plenamente con ellos pero sin estar a la altura de reconocer su carácter. En él, este equívoco es el producto de una visión puramente teológica y cristocéntrica acompañada de pueriles preocupaciones apologéticas [5]. Esto le induce a ensanchar el cuadro de su crítica concerniente a la posición de Guénon en contra del Régimen Rectificado, para extenderlo a un rechazo radical de todas las religiones pretendidamente «humanas», comprendiendo ahí el judaismo, cuyo «sacerdocio se encuentra abolido y vacío de su sentido para los cristianos después de la venida del Mesías»; en cuanto al Islam, remarcará la negación de su fundamento profético [6].

       He aquí pues a nuestro autor llevado por una lastimosa «pequeña guerra santa» al asalto de René Guénon y de su obra, así como de sus «discípulos», en razón de su posición con respecto al Régimen Escocés Rectificado. La querella, como sabemos, no es nueva pues ya en 1966-1967 (para dispensarnos de ir más allá en la historia) conocidas personalidades se implicaban en la revista Le Symbolisme en defensa de dicho Régimen; se trataba particularmente de contradecir ciertas afirmaciones de Denys Roman opuestas a la adopción por Willermoz, en condiciones dudosas que ponían en duda la regularidad del Régimen, de la referencia al famoso Phaleg en lugar de Tubalcaín mantenido sin embargo en los rituales de toda la Masonería Universal. Por otra parte, las innovaciones de las cuales Willermoz fue responsable no se limitan a la «Rectificación» de la Estricta Observancia Templaria; se notará el rechazo, bajo la presión del punto de vista religioso, léase clerical, de la filiación templaria y de la supresión de las penalidades incluidas en el juramento prestado en el momento de la iniciación (curiosa coincidencia: en Inglaterra, esta supresión se reproducirá después, dos siglos más tarde, en otro Rito –el Rito Inglés— a consecuencia de las maniobras incesantes de un exoterismo fundamentalista dominante). Se entenderá igualmente la adopción, a continuación del Rito Francés, de esta importante innovación que fue la inversión de las «palabras» así como de las columnas del Templo que hemos abordado en un número precedente de la revista [7].

       En su cruzada purificadora, el señor Vivenza viene por tanto, como decíamos, a condenar sin apelación todos los Ritos masónicos, de paso que pega una coz de asno a la Masonería escocesa (lo que no asombrará a nadie) de la cual Willermoz habría emprendido la rectificación «con el fin de devolverle, de conferirle, una nueva filiación purificada que jamás habría debido perder» (curiosa manera de escribir la historia); extraños al Rito Rectificado («única corriente autorizada […] a reivindicar una autenticidad»), todos estos Ritos dependen de «la tradición depravada de Caín», pues «la corriente en la cual se encuentran situadas, después de siglos, las diversas iniciaciones de constructores, presenta una orientación al mal, una vocación negativa y culpable en razón de su carácter prometeico», como consecuencia de «una práctica desviada donde son cultivadas la pretensión y el orgullo». ¡No sabríamos ser más amables y sobretodo estar más… avisados!

Cuando el autor aborda la pretendida confusión –que constituye uno de sus argumentos clave— cometida por Guénon (y Denys Roman que padecería, como todos los «discípulos» de Guénon, de una incurable ecolalia) a propósito del estatuto arbitrariamente separado de la Órden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa y el de la Gran Profesión, se equivoca de nuevo. Su afirmación basada en una lectura literalista, decididamente omnipresente, pierde todo crédito por el hecho de que Guénon, a pesar de la puesta al día de diversos documentos –de los cuales no habría tenido necesidad alguna para su juicio—, no habría consentido nunca en llevar a cabo la rectificación tan esperada por… sus «adversarios»… Verdaderamente hay que dudar, como tan a menudo lo manifiesta el autor en su presunción, de la honestidad intelectual de Guénon –el señor Vivenza le reprocha «su increíble mala fe» — por no reconocer que él se ponía en tela de juicio cuando ello estaba justificado. Evoquemos de paso «la puesta al día» de ciertas cosas: si el contenido de la Profesión ha sido hecho público, eso no va en favor de ciertos «caballeros» que debían guardar secreta esta comunicación; esto por principio. Pero, es precisa y únicamente sobre la justa apreciación de la doctrina vehiculada que la cuestión se plantea: entre los dos Órdenes dependientes uno del otro, el carácter religioso se interpenetra al punto que no pueden ser disociados sino de manera arbitraria en su significación intrínseca, como lo hace el autor: dicho de otro modo, si la Gran Profesión era de naturaleza iniciática, lo que no es el caso, podría –o debería— ser tomada en cuenta en tanto que tal, como dispensando jerárquicamente su contenido doctrinal en modo descendente hasta el 1er grado; pero en este caso, es el carácter exotérico el que se encuentra difundido en el conjunto del Régimen; eso es lo que quería hacer comprender Guénon para quien el aspecto estructural era secundario y devenía asimismo contingente por relación a la importancia del problema planteado. ¿Dónde se encuentra entonces el «completo desconocimiento de las estructuras propias del Régimen Escocés Rectificado, una absoluta ignorancia de su historia y una increíble confusión respecto a las enseñanzas que subyacen secretamente [¡¿?!] en la Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa» que el autor le imputa? Consecuentemente, su interrogación sobre «el carácter inexplicable» de la actitud de Guénon, deviene sin objeto. De hecho, si la posición de Guénon manifiesta un juicio tradicional correcto sobre el Régimen Rectificado, no tienen ninguna razón en reconsiderarla.

Señalemos, sin embargo, en el autor esa manía por el documento escrito que se encuentra en los historiadores de mentalidad profana; la que le conduce a tomar la comunicación del depósito de los archivos de los Elegidos Cohens por una auténtica transmisión iniciática. Hay que señalar además que la herencia de Martinès fue amputada de autoridad por Willermoz de un componente operativo constituido por la «teurgia» (que conviene poner en su justo lugar); esto reduce esta herencia a pura especulación, incluso si su fundamento doctrinal, que es de orden universal, se reencuentra en el corazón de todas las tradiciones, de las que el autor abomina sin excepción. Es así como confunde continuamente, a propósito de las «herencias» de Martinès y de L. C. de Saint Martin, su componente exotérico con la transmisión de una influencia espiritual de orden iniciático; este error le conduce a tomar «una cuerda por una serpiente» y a otorgar a la exoterización furiosa efectuada por Willermoz un carácter iniciático que no tiene.

De hecho, Willermoz interpreta el simbolismo en modo religioso, lo que es legítimo en su orden, pero no en un medio iniciático, hay que subrayarlo todavía; así su rechazo cuasi supersticioso del hermetismo [8], defecto que se encuentra por otra parte entre los reformadores actuales del Rito Francés, llamado Moderno, que se hinchan como la rana de la fábula; hay que creer que todos esos Masones herederos de los constructores no han observado jamás –ellos que conceden tanta autoridad al Arte de la Memoria— un edificio religioso de la época medieval y hasta posterior… Es fácil comprobar que el punto de vista adoptado por el fundador del Régimen Rectificado vuelve incompresibles múltiples aspectos del paso específico al Oficio (se conoce, por otra parte, su fascinación pueril por… las botas) y notablemente a aquel que concierne a la puesta en obra correspondiente a la rehabilitación de los «metales», sin embargo, esencial para comprender e integrar el sentido verdadero de la «reintegración» en esta vía. Este rechazo de Willermoz parece ligado íntimamente al funesto extravío que evocamos más arriba, episodio que le ha llevado a sustituir la palabra Phaleg, que significa «separado», por Tubalcaín del cual uno de sus significados más misteriosos, «Posesión del mundo», no puede ser aprehendido correctamente sino desde un punto de vista iniciático. Por otra parte, ¿no habla el autor de «la reforma» y de la «doctrina» de Willermoz?

Cuando Guénon dice, a propósito de Martinès de Pasqually, que «ha debido tener también en él, […] una cierta confusión entre el punto de vista “iniciático” y el punto de vista “místico”, pues las doctrinas que expresa tiene siempre una forma religiosa, mientras que sus “operaciones” no tienen de ningún modo ese carácter» [9], es del todo significativo constatar que es precisamente esto último lo que Willermoz va a rechazar formalmente con horror, mientras que se inspirará piadosamente ¡en las primeras! Todo el programa del Régimen esta trazado a partir de esta «elección». Porque, ¿cuál puede ser la posteridad de un misticismo que, por naturaleza y en tanto que persiste, queda privado de la posibilidad de desembocar en alguna efectividad iniciática, sea cual sea ésta? Una palabra al respecto para remarcar que la argumentación del señor Vivenza, que emana desde un punto de vista exotérico exclusivo fuertemente exaltado, es inherente al carácter del Rito y no tiene, por ello mismo, ninguna autoridad doctrinal en el dominio iniciático. Otro punto que está relacionado respecto a la confusión del autor, que persiste en atribuir «discípulos» a René Guénon [10]: aquellos que se adhieren a lo esencial de su obra porque reconocen la inspiración de origen «no humano» no son legión, y D. Roman era uno de ellos, pero nunca se consideró como un discípulo, lo que hubiera sido a la vez insensato y ridículo. Se comprende que eso sea intolerable para el señor Vivenza que no discierne otro origen no humano que no sea la Biblia [11]. Así, D. Román es cuestionado como discípulo de Guénon, pero también por tener la culpa de tomar una posición crítica contra el Régimen Rectificado y su fundador [12]. Finalmente el autor concluye con una lección de catecismo fundamentalista de un exclusivismo dominante y compasivo, imagen de una certeza «que no es negociable». Bajo el influjo de su lógica, llega a rechazar todo lo que hace de la obra de Guénon la expresión de la Unidad y de la universalidad: de hecho, todo lo que constituye la esencia de esta obra se encuentra a sus ojos equivocado y obsoleto; la Tradición tal como es expuesta por Guénon no es aceptable pues es fundamentalmente ajena a la Tradición apostólica, la única ortodoxa… Y hace así con todo lo que no participa del «mensaje» bíblico y más precisamente evangélico interpretado de manera literal. El autor, digno continuador de una santa Inquisición tan esperada para estos tiempos de extravío intelectual y moral, no olvida los deberes pastorales de su cargo: a este efecto, amonesta e incita al arrepentimiento de la oveja perdida –sobretodo las que se encuentran en el redil, es decir en el seno del Rito Rectificado—, y pone en guardia a aquellos que podrían dejarse seducir en su andadura masónica por el pernicioso espejismo que constituye la obra de Guénon; y en su generosidad, prodiga vigorosos consejos fraternales a los «altivos genonianos»…

Regocijémonos sin embargo: sólo, del seno de Abraham, el cristianismo subsiste en estos tiempos de intensa renovación espiritual y en particular en una Masonería «Elegida y Querida»; después de todo, entre los cristianos de hoy, la Edad de Oro no se sitúa al origen, sino ¡al fin de los tiempos! No sería pues asimilable a una Tradición primordial fuertemente problemática (que no es sin embargo otra que el Edén); por otra parte, en las Escrituras, se buscará en vano cualquier rastro de un «alejamiento del Principio», y no están más que Guénon y sus partidarios para pretender lo contrario. Si hemos de creer al señor Vivenza, que ha descubierto eso no sabemos dónde en la Biblia, la Parusía reunira y discriminará una humanidad caída, desde luego, pero cuyo estado ha quedado igual desde la creación, ¡desenlace lógico de un desarrollo cíclico perfectamente lineal!

Incluso si queda excluido que nos alegremos por ello, no podemos dejar de pensar a propósito del señor Vivenza en la situación del «cazador cazado», tanto que los calificativos que dirige a René Guénon podrían serle devueltos fácilmente. Esta proyección sistemática sobre el prójimo de sus propios defectos no podría engañar sino al propio autor. En cuanto a lo que constituye la Doctrina,  tenemos la oportunidad de constatar el equívoco irremediable de las relaciones entre el exoterismo y el esoterismo, confusión que el autor comparte, al parecer, con una cierta franja de quienes hemos denunciado su odio reconocido a Guénon y las extravagancias pseudo-doctrinales.

¿Se habría convertido el autor, con algunas diferencias, en el continuador de un Antoine de Motreff, del difunto Jean Vaquié [*] o de algún otro? Tenemos derecho a pensarlo al tomar conocimiento de sus últimos dardos: « […] debemos imperativamente guardarnos de volver, como si tuvieran valor de referencia, hacia los escritos que el autor de El Simbolismo de la cruz consagra a estos temas, igualmente si conviene conocerlos para mejor refutarlos, pues presentan radicalmente un vicio inicial que les descalifica y les desposee de toda legitimidad desde el punto de vista de la “Tradición espiritual”, encarnada por esas altas figuras que son Martinès de Pasqually, Louis Claude de Saint-Martin y Jean Baptiste Willermoz.»

En suma, a la «excomunión» fulminada por el señor Vivenza en su cruzada pastoral contra la herejía guenoniana y masónica, no le falta sino el exorcista emboscado tras el Delta irradiante para poner fin, de una vez por todas, a la maniobra diabólica de Guénon y sus celosos «discípulos» que no cesan de sembrar los «gérmenes de la corrupción», conduciendo a la «confusión y a las tinieblas» marcados como están, sin duda alguna, por el número de la Bestia

¡No sabríamos dar prueba de un mayor discernimiento! [13]

Notas:
[1] Sin la publicación de esta obra del señor Vivenza diferentes aspectos relativos al Régimen Rectificado no habrían sido abordados por nosotros.
[2] Precisemos que nuestra crítica de la posición del señor Vivenza no participa de ningún modo de la menor prevención u hostilidad hacia el cristianismo y el catolicismo en particular.
[3] Se hace notar en efecto referencias elogiosas a personajes como R. Amadou y al tristemente célebre R. Ambelain, dos autores de los que Guénon ha condenado la visión desviada en sus reseñas; de paso, resulta que el autor hace suyo un error de orden metafísico contenido en una referencia atribuida a Amadou a propósito de la «Reintegración» : «[…] la materia reintegrada significa la materia aniquilada ya que, siendo su principio la nada, su reintegración no puede hacerse sino en la nada […]»; se trata aquí de la confusión habitual de entre la nada que es una imposibilidad y el caos… Decididamente el señor Vivenza tiene curiosas preferencias literarias.
[4] Sacadas de su contexto, estas expresiones conservan, sin embargo, su significación general. Conviene, para la atribución precisa, trasladarse al texto sabiendo que la argumentación del autor se basa principalmente en la pretendida ignorancia de Guénon sobre el cristianismo y el esoterismo cristiano.
[5] Ésta es una actitud en contraste con la que hace referencia al Espíritu Santo o a la «devoción» marial, ausentes del discurso del señor Vivenza; cuestión de sensibilidad…
[6] Señalemos otro estudio firmado por el señor Maisondieu sacado del libro colectivo Ésotérisme et spiritualité maçonnique (Éditions Dervy, 2002) en el cual han participado los señores Jean L’Homme y Jacob Tomaso (el nombre de este último ¿no será la traducción de otro, francés éste, conocido en el Rito Moderno?). Este estudio, que tiene por título Le Rite Écossaise Rectifié et la doctrine de René Guénon, comporta diversos ataques contra este último dentro de una misma perspectiva anti-oriental. El señor Maisondieu cree ver una contradicción fundamental entre la doctrina universal expuesta por R. Guénon y los contenidos de la Biblia, así como del Rito Escocés Rectificado que, según él, es la expresión iniciática más fiel de aquella.
[7] Cf. Vers la Tradition nº 110.
[8] Rechazar, en Masonería, la vía de Hermes, es despreciar una notable parte de la herencia secular de los constructores, y en particular las referencias a los Old Charges que representan los «Antiguos Deberes» de los «Masones de los antiguos días»; esto es más que una falta…
[9] Cf. R. Guénon, Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnnage, t. I, p. 39.
[10] Cuando se sabe el cuidado que puso Guénon en precisar que el no tenía discípulos y no podía tenerlos (aquellos que se pretendiesen tales falsificarían la realidad), medimos la desenvoltura del autor que puede ignorar eso; a menos que no se trata de una dificultad de compresión de una situación, sin embargo, evidente.
[11] Es necesario precisar que nos guardamos bien de cualquier comparación entre el estatuto de los Textos sagrados, sean cuales sean, y el de la obra de R. Guénon; conviene no confundir Revelación e Inspiración.
[*] Antoine de Motreff y Jean Vaquié son dos autores católicos tradicionalistas franceses que han escrito diversos textos contra René Guénon y su obra. [N. del T.]
[12] Cf. D. Roman, Réflexions d’un chrétien sur la Franc-Maçonnerie – L’Arche vivante des Symboles, Éditions Traditionelles, 1995, ch. XV: «Willermoz ou les dangers des innovations en matière maçonnique». Este capítulo retoma en parte el contenido de un texto que quedó inédito redactado en respuesta al artículo de Jean Tourniac: «Le Choix de Phaleg», aparecido en Le Symbolisme de octubre-diciembre de 1967; resume la posición invariante de D. Roman expresada en sus diversas contribuciones a los Études Traditionnelles.
[13] Para completar nuestro discurso, pensamos que no es inútil dejar constancia de ciertas prácticas emparentadas con las que nos propone el señor Vivenza: la única diferencia, sin embargo –y enorme—, tienen la pretensión de prolongar la obra masónica de René Guénon por la toma en consideración de un componente de filiación secreta; situándose bajo su patronazgo y bajo el de algunas “personalidades guenonianas”, contravienen los usos iniciáticos que excluyen toda referencia individual en un trabajo ritual colectivo; esto, impregnado de una fuerte inspiración Rectificada y con un enfoque que lleva la marca de la confusión entre exoterismo y esoterismo; esta organización tiene un título distintivo resumido por las iniciales F.S. Concebida para una élite, no es de hecho sino una fabricación en modo religioso, incluso místico. En el examen, su ritual, al que se presta gran atención, está constituido ampliamente por citas bíblicas y oraciones que se articulan según una perspectiva próxima al espíritu del Régimen Rectificado. La pretensión a la operatividad ha conducido a sus fundadores a instituir para los miembros una práctica individual fuera del trabajo colectivo, lo que, teniendo en cuenta la «orientación» y las circunstancias en las cuales esta iniciativa fue puesta en práctica (en su origen, pueden evocarse algunas manifestaciones psíquicas propicias a turbar almas sensibles...) no dejan de despertar vivos interrogantes sobre su regularidad.


martes, 10 de julio de 2012

Algunas consideraciones sobre la Aspiración iniciática; por Albano Martín De La Scala


    Fragmento del artículo publicado en el nº 32, Junio de 2012, de la Revista Letra y Espíritu.

   René Guénon, en su obra Le Roi du Monde, escribe en el capítulo VIII:[1] El período actual es por lo tanto un período de oscurecimiento y de confusión; sus condiciones son tales que, mientras persistan, el conocimiento iniciático debe necesariamente permanecer oculto; de ahí el carácter de los ‘Misterios’ de la antigüedad llamada ‘histórica’ (la cual ni siquiera se extiende hasta el inicio de tal período) y de las organizaciones secretas de todos los pueblos: organizaciones que confieren una iniciación efectiva allí donde subsiste todavía una verdadera doctrina tradicional, pero que no ofrecen más que la sombra de aquélla cuando el espíritu de dicha doctrina ha cesado de vivificar sus símbolos, que son solamente su representación exterior, y ello porque, por razones diversas, todo vínculo consciente con el centro espiritual del mundo ha terminado por romperse, lo que es el sentido más particular de la pérdida de la tradición, que concierne especialmente a tal o cual centro secundario, que cesa de estar en relación directa y efectiva con el centro supremo.

     Por lo tanto, debe hablarse pues de algo oculto más que verdaderamente perdido, puesto que no para todos está perdido y que algunos aún lo poseen íntegramente; y, si es así, otros tienen siempre la posibilidad de reencontrarlo, siempre que lo busquen como conviene, es decir, que su intención sea dirigida de tal manera que, por las vibraciones armóni­cas que despierta según la ‘ley de acciones y reacciones concordantes’[2] pueda ponerlos en comunicación espiritual efectiva con el centro supremo[3]. Esta dirección de la intención tiene además, en todas las formas tradicionales, su representación simbólica; nos referimos a la orientación ritual: ésta, en efecto, es propiamente la dirección hacia un centro espiritual, que sea cual fuere, es siempre una imagen del verdadero ‘Centro del Mun­do’[4].

     Puede ocurrir que entre los lectores de estas líneas haya quienes han entrado en contacto con la magistral obra de René Guénon. Quizás alguno, leyendo dichos escritos, ha sentido que en realidad esta exposición no le era verdaderamente extraña sino que no hacía otra cosa que expresar de modo más claro lo que en realidad él ya sentía, aunque de modo todavía un poco confuso, en su proprio fuero interno. Y nos referimos en particular a la doctrina metafísica ahí expuesta, donde se tratan temas como: la no dualidad, la Posibilidad infinita, la Identidad suprema, los estados múltiples del ser y su jerarquía. Principios estos que, para ser intuidos con claridad evidente, implican un horizonte intelectual ciertamente poco común actualmente.

     Otros quizá han sentido la necesidad impetuosa y profunda de consagrar su vida a algo que valiese verdaderamente la pena ser vivido. Éstos pueden haber reconocido que solamente lo que trasciende la existencia puede realmente darle un sentido y haber sentido por lo tanto la necesidad de tomar contacto consciente y efectivo con este grado superior de realidad.

     Puede haber también quien, eventualmente, aunque solo una vez en la vida, haya sentido que en la parte más íntima y profunda del propio ser hay algo que nada tiene que ver con la vida ordinaria caracterizada por sus condicionamientos y limitaciones y que pide poderosamente reunirse con aquello que es de su misma naturaleza. Puede haber tenido la sensación de que esta presencia fuese demasiado grande para ser contenida en un ser individual y tal vez esta fortísima percepción lo ha impulsado a caer en un llanto incontenible.[5]

     Alguno ha advertido, quizá, con gran sufrimiento, la necesidad de gritar la gloria del propio Señor pero de un modo que su condición individual no permitía expresar. En todo lo que antecede hay como la presencia de una “nostalgia” hacia lo que es espiritual y eterno. Éstas y muchas otras pueden ser las modalidades con las cuales se manifiesta la aspiración iniciática.

     El término aspirar tiene origen en el latín y está compuesto de la partícula “ad”, 'dirigido' y “spirare”, 'soplar', 'exhalar el aliento' y también 'espirarlo'. El significado que esta palabra ha tomado en el lenguaje ordinario es también el de: 'inspirar', 'traer hacia sí', 'absorber' o 'bombear'. En sentido figurado la acepción es la de desear vivamente una cosa buscando obtenerla, anhelar, tender hacia. Todos estos conceptos, que aunque en apariencia contrastan bastante, pueden concurrir a ayudarnos a comprender qué valor debe darse a la aspiración entendida en sentido intelectual. Consideramos que aclarar ese punto es esencial para poder vivificar y desarrollar esta actitud fundamental.

   El sentido más inmediato que puede darse al término en cuestión es el del deseo ardiente por el verdadero conocimiento[6], deseo que coincide con una tendencia del ser hacia lo universal. De aquí la cercanía con el término “suspirar” que hace alusión a la nostalgia hacia lo que se ama y de lo que se está separado. La ardiente actitud de la que hablamos, en efecto, no es otra cosa que el amor verdadero. A este respecto, hagamos notar cómo en la lengua italiana los términos “amore” (amor) y “aspirare” (aspirar) son casi sinónimos. Ambos están de hecho compuestos por la partícula “a”, que puede tener valor negativo y respectivamente por “more” o muerte y “spirare” o morir. En los dos casos, por tanto, el sentido puede ser el de “sin muerte”, remitiéndonos a la afinidad de los términos citados con lo que es eterno e inmortal.

     Si consideramos la palabra “aspirar” en el sentido de la respiración, es decir, introducir en los pulmones inspirando a través de la boca o la nariz, podemos hacer notar cómo para realizar esta operación, hace falta primero, al menos en parte, haber espirado, o sea, haber hecho salir el aire que antes había[7]. Queriendo aplicar este principio a la condición individual se puede intuir cómo el recorrido que lleva al desarrollo de la aspiración debe ir parejo con un proceso de vaciamiento interior que corresponde al indispensable abandono de los apegos mundanos. Solamente operando así podrá permitirse al hálito de la respiración divina penetrar en el ser vivificándolo, como simbólicamente acaece a Adán en el Génesis[8].

     Desde un punto de vista principial, por contra, esta aspiración puede ser imaginada simbólicamente como un vórtice que se desarrolla desde el Centro, Principio y origen de toda cosa, y atrae hacia sí a todos aquellos que se han orientado rectamente hacia Él. Los numerosos ritos de circunvalación que se encuentran en las más diversas formas tradicionales, hacen alusión precisamente a este simbolismo.

     Para el ser que sienta la necesidad de huir de la limitada condición individual en que se encuentra y reunirse con aquello que es universal, se plantea el importante problema de concretar el modo de poder hacerlo. La respuesta a esta cuestión, aunque sea en modo sintético, se encuentra en la cita introductoria. No debe hacer otra cosa que orientar de modo coherente y correcto la propia intención. De hecho, este acto, aparentemente sólo propedéutico para un verdadero trabajo iniciático, coincide en realidad con el ponerse en comunicación espiritual efectiva con el centro supremo y contiene por tanto ya en sí mismo, un alcance operativo portentoso. La recta orientación permite en efecto a la acción divina el actuar en su plenitud eliminando los obstáculos y los límites individuales. Ahí está por consiguiente el secreto para progresar en la Vía.


Notas:
[1] Las notas que se refieren a las citas son del propio René Guénon.
[2] Esta expresión se ha tomado prestada de la doctrina taoísta; por otra parte, tomamos aquí la palabra “intención” en un sentido que es muy exactamente el del término árabe niyah, que se traduce habitualmente así, y este sentido es además conforme a la etimología latina (de in-tendere, tender hacia).
[3] Cuanto hemos dicho permite interpretar en un sentido muy preciso las palabras del Evangelio: “Buscad y encontrareis; pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá”. Será oportuno referirse aquí a las indicaciones que ya hemos dado a propósito de la “recta intención” y de la “buena voluntad”; y se podrá completar sin dificultad por la explicación de esta fórmula Pax in terra hominibus bonae voluntatis.
[4] En el Islam, esta orientación (qiblah) es como la materialización, si así puede decirse, de la intención (niyah). La orientación de las iglesias cristianas es otro caso particular que se refiere esencialmente a la misma idea.
[5] A este propósito, véase la cita profética: “cuando no hay llanto en el corazón, éste está en ruina, como en ruina está la casa deshabitada” citada por el Shaij Tadili en su obra “La vida tradicional es la sinceridad” publicada en el número 29 de esta revista.
[6] Dante, en la Divina Commedia, Purgatorio XXXI, 24 la define como el deseo que impulsa a amar el bien.  
[7] Análogamente, se habla en mecánica de bombas de vacío a propósito de instrumentos que atraen fluidos hacia sí.
[8] “Entonces el señor Dios formó al hombre con polvo de la tierra y sopló en sus narices un hálito de vida y el hombre devino un ser viviente”. Génesis 2, 7. Este simbolismo del hacerse continente vuelve a encontrarse también, por ejemplo, en el Budismo, donde el Buda es gordo precisamente porque se ha vaciado de lo que es individual para acoger en sí lo Universal.

sábado, 2 de junio de 2012

¿Es tradicional el Rito Escocés Rectificado?; por Patrick Geay

Artículo publicado en la revista La Règle d’Abraham, nº 8, Diciembre de 1999.



El estatuto del RER fue en otro tiempo objeto de una larga controversia que opuso, como se sabe, a J. Tourniac con D. Roman. Desearíamos aquí, no repetir lo que ya ha sido dicho, sino profundizar el examen de las fuentes problemáticas de este Rito que emana principalmente, sobre el plano teórico, del “sistema” de Martínez de Pasqually.

Nuestra intención no es, precisémoslo, poner en tela de juicio la regularidad iniciática del RER, ni desde luego lo que comparte con los demás Ritos masónicos, aquello mediante lo cual han conservado la auténtica tradición, sino mostrar en qué las concepciones de Martínez, que estimamos extrañas a ésta, han engendrado una suerte de ilusión en cuanto al valor espiritual real del RER.

No nos entretendremos con las observaciones críticas de D. Román [1] concernientes a las innovaciones de Willermoz que conviene recordar brevemente.

Existía, primeramente, el famoso problema del rechazo de la filiación templaria que, durante el Convento de Wilhelmsbad, fue objeto de comentarios y actitudes tímoratas, por lo menos ligeras [2]. Viene después la evocación de la desastrosa influencia del sonambulismo sobre Willermoz, que seguirá notablemente el consejo del Agente (la Srta. Rochette) de suprimir la referencia a Tubalcaín [3]. Este consejo reposaba curiosamente sobre el hecho de que Tubalcaín había sido “el inventor, el Padre del arte de trabajar los metales” [4], lo que habría debido implicar, en toda lógica, la exclusión del broncista Hiram (I Reyes, 7: 13 y II Crónicas 2: 12) del cual los rituales conservan sin embargo el recuerdo en el RER…

Volveremos más adelante sobre otras dificultades relativas en particular a las Instrucciones secretas por las cuales A. Faivre no disimulaba su admiración [5], dando aquí un bello ejemplo de “la historia laica” que pretendía defender, según R. Dachez (RT, nº 103/104, p. 155)…

El punto sobre el cual juzgamos útil detenernos ahora, concierne a los efectos perversos que tuvieron las concepciones de Martínez de Pasqually sobre la constitución del RER.

Varios autores han visto bien que este último adoptaba en su Tratado de la reintegración [6] una visión muy negativa de la materia [7] más tarde asimilada en el RER “a un lugar de tinieblas [8]”.

Aunque no tengamos que habérnoslas aquí con un encratismo radical dependiente del gnosticismo, reencontramos en las especulaciones, por lo demás muy confusas, de Martínez y cuya proveniencia queda muy incierta, un conjunto de conceptos que explican por qué R. Guénon pensaba que la iniciación que había recibido el autor del Tratado era “limitada”  [9].

Creemos igualmente nuestro deber añadir que desde el punto de vista metafísico algunas ideas de Martínez no son rigurosamente ortodoxas. El hecho de creer a los seres “libres e independientes” (Tratado, p. 113)  por ejemplo, señala una forma de dualismo que puede encerrar en el mecanicismo. Más adelante, el Tratado (p. 117) dice claramente en este sentido como “el Creador no toma parte alguna en las causas segundas espirituales” [10]. Lo que es más, (Tratado, p. 135), Martínez parece incluso limitar la Omnipotencia divina ya que no le es posible al Creador ¡”establecer las causas segundas”!

Esta libertad total de Adán tiene varias curiosas consecuencias, pues a fin de manifestar “su orgullosa potencia” Adán “crea una forma tenebrosa” que en el texto se comprueba que es ¡“una mujer”! (Tratado, p. 141). El nombre de ésta, “Ouva” (Tratado, p.175), parece ser una deformación de Eva, en hebreo (hawah). Sin embargo, esta concepción no aparece por ninguna parte en la Cábala hebraica.

Las expresiones desfavorables respecto de la materia aparecen en numerosos pasajes (Tratado, p. 185, 189, 191, 349, 473), “el cuerpo de materia no tiene ninguna participación en lo que se opera entre el alma y el espíritu divino” (Tratado, p. 431), se aprende igualmente que “sin esta prevaricación primera (aquella de los espíritus perversos) no hubiera habido una creación material temporal, sea terrestre o celeste” (Tratado, p. 505) [11].

Se mide aquí la incompatibilidad que existe de hecho entre tal visión del mundo sensible y una iniciación de oficio por la cual la transformación de la materia, siguiendo las leyes de la armonía, es precisamente el medio de acceso a la vía espiritual. Y lo cierto es que esta visión explica la hostilidad bien conocida del fundador del RER por la alquimia [12] que la Instrucción secreta de los Profesos tiene, por otra parte, tendencia a confundir con una grosera química [13].

Las consecuencias de esta tendencia anticorporal son considerables sobre el plano iniciático, pues neutraliza, al menos para los especulativos, le proceso de transmutación del cuerpo en espíritu y del espíritu en cuerpo, que se revela como una constante universal de las diferentes vías iniciáticas.

Otro problema mayor del Tratado reside en su exclusivismo cristiano que hace de la historia santa, en una perspectiva más teológica que esotérica, una lenta progresión de la revelación culminante en Cristo: “todos los cultos pasados no eran sino símbolos de lo que él ha hecho” (p. 381).

La recuperación de Martínez por Willermoz se hace sobre este punto flagrante. Citamos aquí un largo pasaje de la Instrucción secreta de los Profesos:

En esta época existía sobra la tierra, como existe aún hoy en día, varias especies de iniciaciones gentiles o egipcias, que no son sino un criminal y monstruoso abuso de la ciencia: y al fin la iniciación del Templo, establecida por Moises y perfeccionada por Salomón. La misma que ha pervivido hasta nosotros bajo el nombre de Franc-Masonería. Difiere esencialmente de la iniciación cristiana en que no puede representar sino figuradamente la historia del hombre general y universal así como las relaciones que los unen, mientra que la última, mucho más perfecta, presenta el desenvolvimiento efectivo de las alegorías y el cumplimiento real de los Misterios de la Religión primitiva y universal [14].

Las implicaciones de este texto son temibles. Por una parte parece ignorar, a pesar de una alusión a la religión primitiva, la verdadera doctrina de la unidad de las formas tradicionales; seguidamente, confunde religión cristiana con “iniciación cristiana”; en fin, parece poner a aquella (es decir la religión) al mismo nivel que la Masonería, lo que explicaría bien las derivas que van en sentido de una “exoterización” [15], pero también en el sentido de una voluntad de concebir un “grado” caballeresco (el de CBCS) que se sitúa más allá de la Masonería, en una cuasi-ruptura con ella, a fin de consagrarse “a la defensa de nuestra santa religión cristiana” como lo dijo el Convento de Wilhelmsbad (RT, nº 103/104, p. 167) Hay ahí sin duda un auténtico vuelco del orden normal de las cosas, por no decir más… [16].

El juicio severo de Guénon [17] sobre Willermoz parece pues totalmente justificado, y la admiración [18] de Tourniac por el RER, por el contrario, completamente desproporcionada.

Otras anomalías podrían haber sido contestadas como la inversión de las palabras de Aprendiz y Compañero [19]; el sentido negativo que toma el número cinco [20] en el RER, etc… Otros tantos elementos deberían permitir revisar totalmente la idea de una conciliación entre “la esencia del Rito Escocés y la universalidad de los principios metafísicos expuestos por Guénon” [21].

Precisamente, tal y como hemos visto con el problema del estatuto de la “materia” en Martínez [22] este concordismo es imposible. Aunque las fuentes del Tratado de la reintegración sean todavía mal conocidas, es probable que la influencia de Orígenes, avanzada por J. de Maistre [23] sea real, sin ser la única. Su anti-iconismo (Ch. Schönborn, L’icone du Christ, Cerf, 1986, p- 77-88) coincide, por otra parte, bastante bien con las posiciones martinezistas. Además se recomendaba leer, entre otras, las obras de Orígenes dentro de la Orden de los Elegidos Cohens [24]

Se pone fin a la cuestión del verdadero origen de las prácticas instauradas por Martínez en su grupo [25].

En cualquier caso, las diferentes razones invocadas en este corto artículo deben poner muy gravemente en duda la ortodoxia tradicional del RER, ya que creemos fuertemente, contra lo que dice G. Sandri, que este Rito y sus adherentes no están en modo alguno cualificados para “corregir y enderezar los abusos y los relajos que se han deslizado en la Orden de los Franc-Masones” [26].

Para concluir, se puede uno interrogar legítimamente sobre la fidelidad del RER al Escocismo jacobita primitivo, el cual nació via la Estricta Observancia, y que reivindicaba principalmente una “lejana filiación con los antiguos Templarios” [27]

Notas:
[1] Reflexions d’un Chretien sur la Franc-Maçonerie, Ed Traditionnelles,1995, chap. XIII et XV.
[2] Hay que resaltar en efecto del texto del célebre Convento (1782) que era peligroso: “querer restaurar una Orden prohibida por el concurso de dos potencias”, cf., R. Dachez, “Le Convent de Wilhelmsbad (1782) – Genèse d’un mythe”, Renaissance Traditionnelle, nº 103/104, 1995
[3] Sobre este punto cf. Ch. Guigne, “Phaleg”, Villard de Honnecourt, nº 17, 1988, p. 295; aussi, J. –p. Schnerzler, “L’agent inconnu et le rite rectifié”, Villard de Honnecourt, t. 12, 1976. A propósito de las relaciones entre el mesmerismo y Willermoz, cf., R. Darton, La fin des lumières, Perrin, 1984, p. 69-70. Remarquemos finalmente que en la Cábala Tubalcaín está lejos de ser siempre percibido de manera negativa, véase J. de Hamadan, Fragment d’un commentaire sur la Genèse, Verdier, 1998, p. 96.
[4] Extrait du Protocole du Directoire provincial d’Augergne séant à Lyon, B. M. de Lyon, Ms. 5868. Agradecemos particularmente a F. Tessier que nos a enviado una copia de este texto y de una manera general para los documentos que ha puesto a nuestra disposición.
[5] Accès de l’ésotérisme occidental, Gallimard, 1986, p. 179.
[6] Utilizamos la edición de R. Amadou, Robert Dumas Editeur, 1974.
[7] G. Reynaud, “Les sources chrétiennes du Régime Ecossais Rectifié”. Villard de Honnecourt, nº 17, 1988, p. 274. A este respecto, el artículo de E. Mazet “La conception de la matière chez Martinez de Pasqually et dans le Régime Ecossais Rectifié”, RT, nº 28, 1976, nº 29, 1977, nº 31, 1977, no nos parece pertinente.
[8] J. Lhomme, E. Maisondieu, J Tomaso, Dictionnaire thématique illustré de la Franc-Maçonnerie, Editions du Rocher, 1993, p. 294.
[9] Etude sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage Ed. Traditionnelles, 1985, t. I, p. 78.
[10] Tendremos la ocasión de mostrar en un obra en preparación (Le Plan divin. Métaphysique de l’histoire et prédestination) que el mundo manifestado no posee autonomía ontológica. Para una formulación ejemplar de la doctrina no-dualista véase Abd al Kader, Le Livre des haltes, Alif éditions, 1996.
[11] Martínez sostiene sin embargo en ocasiones que “el principio de la materia del cuerpo general no es otra cosa en el Creador, que una pintura espiritual concebida en su imaginación” (Tratado, p. 257 y 335). Teniendo en cuenta la relación que hemos evocado en Hèrmes trahi entre el Imaginal y el Elemento Aire, asombrará aquí que aquel sea deshechado por Martínez por motivos bastante oscuros, cf. La magie des Elus coëns (catéchisme des commandeurs d’Orient), Cariscript, 1989, p. 65-66.
[12] Dictionaire thématique…, p. 293.
[13] Publicado en p. Stable, Tradition iniciatique et Franc-Maçonnerie chrétienne, Trédaniel, 1993, p. 57-58.
[14] Ibid, p. 56.
[15] J. Tourniac, La Franc-Maçonnerie chrétienne templiére des Prieurés Ecossais Rectifiés, 1986, p. 42.
[16] Añadamos que en una perspectiva de complementariedad entre esoterismo y exoterismo, que no es la misma que la de Willermoz, la Masonería, en tanto no procede de la Revelación cristiana, no tiene relación orgánica con ésta, aunque ella comprende elementos relativos al esoterismo cristiano.
[17] Afirma simplemente que no es ejemplo a seguir, Etudes sur la Franc-Maçonnerie, Ed. Traditionnelles, 1981, t.II, p. 120.
[18] “René Guénon y el rito escocés rectificado”, Villard de Honnecourt, nº 16, 1988, p. 182.
[19] R. Désaguliers, Les deux Grandes Colonnes de la Franc-Maçonnerie, Dervy, 1997, p. 35, n. 10.
[20] A. Viatte, Les Sources ocultes du romantisme, Champion, 1928, t.1, p. 57.
[21] J. Tourniac, Paradoxes énigmes et curiosités maçonniques, Dervy, 1993, p. 194.
[22] Recordemos que Guénon ha escrito en El Reino de la Cantidad que, por una parte, es una “resacralización” del plano corporal. Añadamos que se reencuentra en Louis Claude de Saint Martin un error de este último como lo ha señalado A. Viatte, op. cit., t. 1, p. 275-276.
[23] Citado por A. Viatte, op. cit., t. 1 p. 140
[24] R. Dachez “ Les Elus Cohen à Saint-Domingue en 1767-1768. Textes d’instructions sur les deux premiers grades bleus”, RT, nº 79, 1989, p. 201.
[25] R. Trintzius, Jacques Cazotte ou le XVIIIéme siècles inconnu, ed., Athena, 1944, p. 99-103 en donde da uma descripción.
[26] G. Sandri, “Los orígenes del símbolo y de la divisa del segundo grado en el Régimen Escocés Rectificado”, RT, nº 106, 1996, p. 108. Se notará que en este artículo el autor interpreta estos orígenes como exteriores a la Masonería. Cuando las fuentes invocadas, a saber las miniaturas de J. Bailly (XVIIeme) realizadas para Louis XIV, podrían muy bien tener, al menos aquellas que representaban una escuadra puesta sobre un muro acompañada de la divisa dirigit obliqua, un origen operativos. En cuyo caso se trataría de un topos del oficio que asocia de buen grado el arte de edificar a la función real, cf., Devises pour les Tapisseries du Roi, Hercher, 1988. Se notará por lo demás que la expresión “ella corrige lo oblicuo” ligada a la escuadra prueba que era conferido un sentido simbólico a este instrumento de arquitectura antes del siglo XVIII.
[27] A. Kervella / Ph. Lestienne, “Un haute-grade templier dans le milieux jacobites en 1750: l’Orden sublime des Chevaliers Elus aux sources de la Stricte Observance”, RT, nº 112, 1997, p. 231.

jueves, 31 de mayo de 2012

Willermoz, o los peligros de las innovaciones en materia masónica; por Denys Roman

Jean-Baptiste Willermoz
Capítulo XV de Réflexions d'un Chretien sur la Franc-Maçonnerie. "L'Arche vivante des Symboles", 1995, Éditions Traditionnelles, París.



El personaje Willermoz, es célebre en la historia de la Masonería en el siglo XVIII. Fundó un Rito, el Rito Escocés Rectificado, muy expandido en Suiza y en Francia.

Este Rito se vanagloria de ser heredero de los “Elegidos Cohen del Universo” y también, en cierta forma, un heredero privilegiado de la Orden del Temple. Contra estas dos pretensiones, René Guénon se ha alzado en varias ocasiones, y éste es el motivo por el que vamos a entrar en ciertos detalles a este respecto.

En lo referente a la “posteridad de los Elegidos Cohen”, no se plantea ningún problema; en efecto, los Elegidos Cohen mueren sin dejar posteridad alguna. Su último “Gran Soberano”, Sebastián de las Casas, “abdicó” en 1780 sin designar sucesor. Y si hubiera designado alguno, ciertamente no se hubiera tratado de Willermoz o uno de sus amigos. Escuchemos al excelente historiador de los Elegidos Cohen, René Le Forestier:

“Un solo punto de las últimas instrucciones del Gran Soberano antes de abdicar, el nombre del sistema para convertirse en fidei -comisario de la Orden expirante-, traicionaba el rencor que había inspirado a los Elegidos Cohen, la victoriosa concurrencia hecha a su asociación, por los Caballeros Bienhechores. Savalette de Langes, entre las manos de quien, Las Casas, invitaba a sus subordinados a depositar los paquetes sellados que contenían sus papeles, era Presidente y Conservador de los Archivos del Régimen de los Filaletas, asociación masónica (...) entroncada en 1733 sobre la Logia parisina “Los Amigos Reunidos”, que acababa de dirigir contra la Reforma de Lyon[1] una violenta campaña. Las negociaciones de Willermoz con la Estricta Observancia alemana, habían suscitado un vivo movimiento de protesta por parte de muchos Masones franceses (...). Los Filaletas (...) se convirtieron en ardorosos intérpretes[2] de esta oposición (...), para hacerse con un arma contra los Caballeros Bienhechores, que les disputaban la supremacía en los diversos Consejos del Gran Oriente (...). Confiándoles los archivos de la Orden, los Elegidos Cohen infringieron a sus antiguos Hermanos la afrenta más hiriente[3].

Las instrucciones de Las Casas, fueron ejecutas a lo largo de 1781. Savalette de Langes, recibió (...) la correspondencia, los planes mensuales, los catecismos y ceremonias de los diversos grados, los planes anuales, los cuadros con sus invocaciones, las explicaciones generales y secretas (...). La Orden de los Elegidos Cohen dejaba de existir[4]”.

Creemos que la causa se ha entendido. Lo que Las Casas ha transmitido a los Filaletas -puede que no muy “cualificados”, para recibir un depósito así-, no es más que una documentación inutilizable; y, de hecho, después de esta época, ningún Masón ha practicado jamás los especiales ritos de los Elegidos Cohen: la invocación diaria, la invocación de los tres días en Luna Nueva, las Operaciones de equinoccios precedidas de una rigurosa “cuarentena”. Así, la tentativa, tan interesante en varios aspectos, de volver de nuevo a la Masonería “operativa”, injertando, en el viejo tronco masónico, las enseñanzas y ritos de origen, probablemente, sefardita, esta tentativa se ha extinguido; y podemos decir, con René Guénon: el Régimen Escocés Rectificado, no procede, en ningún aspecto, de la Orden de los Elegidos Cohen. Tal es, en efecto, la conclusión del largo artículo, titulado: “El Enigma de Martinès de Pasqually[5].

¿Y la herencia templaría? Aquí, René Guénon, es también muy claro: “El Régimen Rectificado no es en absoluto ‘Masonería  Templaría’,... porque, muy al contrario, uno de los puntos principales de la ‘rectificación’, consistía, precisamente, en repudiar el origen templario de la Masonería”[6].

Si es grave tenerse por lo que no se es, pretendiéndose heredero de los Elegidos Cohen, y si es lamentable renunciar, por parte de los Masones regulares, a una herencia reivindicada por la Masonería al completo, todo eso no es más una parte de los reproches que pueden dirigirse a Willermoz. No queriendo hacer creer que profesamos respecto al fundador del Rito Rectificado una animosidad particular, tomaremos las informaciones de autores muy diversos entre sí, y que antaño se encontraban entre los colaboradores de la revista Le Symbolisme, en la época en que estaba bajo la inspiración de J. Corneloup y Marius Lepage.

En el número de octubre-diciembre de 1968, Jean Chardons, ha tratado sobre “La Regla moral del Régimen Rectificado”. Promulgada en el Convento de Wilhelmsbad, ha sido compuesta por el barón de Türckheim, gran amigo de Willlermoz. ¿Qué decir de esta Regla? Los extractos que da Chardons no sobrepasan el nivel exotérico. Y, sin embrago, la moral, como los demás elementos de la religión, podría y debería ser transpuesta a una perspectiva verdaderamente esotérica. Chardons destaca justamente el estilo grandilocuente e incluso ampuloso (y teñido a menudo con una especie de sentimentalismo rousseauniano). Por nuestra parte, pensamos que, si una Regla moral debería ser comunicada durante la iniciación de un Aprendiz Masón, sería preferible haber acudido a uno de esos Códigos masónicos, que Camile Savoire -ilustre Masón del Rito Rectificado- ha insertado en sus Regards sur les Temples de la Franc-Maçonnerie. Esos dos códigos tienen al menos la ventaja de ser de una brevedad que recuerda la del Decálogo.

Pero la más grave de todas las innovaciones de Willlermoz -no solamente porque testimonia una increíble incomprensión del simbolismo masónico y hasta de la simple doctrina cristiana, sino, sobre todo, pensamos, porque se operó bajo influencias psíquicas por lo menos... inquietantes- es, evidentemente, la substitución, en el ritual, de la palabra “Tubalcaín” por la de “Phaleg”. En Le Symbolisme de octubre-diciembre de 1966, se puede leer a este respecto, un interesante artículo firmado por “Ostabat”. El autor, nos dice la presentación, es un joven Masón del Rito Escocés Rectificado. Él explica cómo, en 1785, el Directorio Escocés Rectificado de la provincia de Auvernia (residente en Lyón), a propuesta de Willermoz, decidió esta modificación, con los considerandos más severos. “Habéis tomado como palabra de reunión el nombre de un agente diabólico, aquel mismo que os conduce a todos los vicios carnales. Vuestra ignorancia procede de lo que era ese nombre en la iniciación egipcia, etc...”. Willermoz obró a instigación de un “Agente Desconocido”, que hoy en día se sabe que fue Marie-Louise de Valière, canonesa de Remiremont, y hermana del comendador de Monspey. Esta crisíaca[7], como decían por entonces, enviaba a la “Logia Elegida y Querida” (“La Bienfaisance –Beneficencia-” de Lyón) y a Willermoz, abundantes cuadernos, obtenidos por “escritura automática”. Willermoz comunicaba las decisiones de Lyón a la Logias alemanas de la “correspondencia” rectificada, pero éstas rechazaron aplicar la innovación. Al cabo de unos meses, Willermoz dejó por lo demás al Agente y sus pretensiones de operar “la reforma de todas las sociedades masónicas y de todas la religiones humanas”. Los miembros más serios de “La Bienfaisance” se separaron. En vísperas de la Revolución, el crédito de la ambiciosa sonámbula estaba arruinado. Pero “ocurre, dice Ostabat, que la alteración del ritual rectificado no fue abolida, aunque su fuente se reputaba como carente de autoridad, y que todavía subsiste hoy en día, testimonio de los tiempos de ilusiones en los que algunos de los Hermanos más ilustres se abandonaron, cuando tenían a su puerta la tormenta que iba a arruinar a la Orden, a los prestigios que el Salmista denomina ‘fantasmas de la noche’”. El autor siente que, detrás de este “funesto extravío”, debía haber algo que no era accesible a la simple erudición, y piensa que no sería inútil “reexaminar la historia bajo esta perspectiva”.

Willermoz, en efecto, fue constantemente objeto de tentativas muy sospechosas por parte de sonámbulas de las que la más importante es Gilberte Rochette, pero cuya autoridad fue arruinada por la intervención del “Agente Desconocido”, la canonesa de Valiere. Hay que leer en la obra de Alice Joly, que expone toda la historia de Willermoz[8], las inverosímiles peripecias que marcan las relaciones del fundador del Rito Rectificado con sus pretendidas intérpretes de las voluntades del Cielo. Y, por otra parte, basta con abrir el Livre des Initiés (Libro de los Iniciados), donde Willermoz consignaba, al uso de los Nodo Raabs[9] de la “Logia Elegida y Querida”, los vaticinios de la canonesa inspirada para conocer las verdaderas razones de la sustitución. ¡Y las hay buenas! “Tubalcaín es el padre de todas las abominaciones..., culpable de las más vergonzosas prevaricaciones en vía carnal”. Esto ya es bastante grave. Pero hay algo peor. “Él habría podido, por su arrepentimiento, detener el curso de estos males; pero arrastrado por su propia concupiscencia, él évia los ángeles malvados en mujeres. Tal es el crimen que corrompe toda carne. ¡Oh abismo de horror!” ¡He aquí por qué todo va tan mal por el mundo! La familia Tubalcaín era además atroz. “Tubalcaín voulia los metales, y, su hermana, Noéma, voulia los animales”. Parece, pues, que en el espíritu de la buena canonesa, un poco... atormentado por la sexualidad, los crímenes de Tubalcaín y de Noéma, se han confundido, a veces, con la “falta” de Adán y Eva, pues expresiones similares son empleadas para la caída del primer hombre: “Osó, este ser salido del ser mismo, atribuirse la producción. Voulia sus puros ornos, que tenía en su séos, etc...”. Huyamos rápidamente de estas tristezas hacia horizontes más consoladores. ¿Queremos conocer las verdaderas razones de “la elección de Phaleg”? “Willermoz imponía a las Logias rectificadas que seguían su dirección, el adoptar la palabra “Phaleg”, porque el Agente enseñaba que, el hijo de Héber (Phaleg) fue el primer instructor de la Masonería, siendo el segundo Salomón y el tercero, él mismo”, es decir, la Agente-canonesa. Y no olvidemos que escribiendo esas altas revelaciones, el Agente Desconocido veía su pluma “enrojecer con la sangre de Jesucristo”. Alice Joly, de quien se han tomado estas citas, piensa que el Agente se tomaba verdaderamente por una “nueva encarnación” de María, la nueva encarnación de Cristo debiendo producirse entre los Nodo Raabs. Sigamos prestando atención al oráculo canonesco: “Igual que los profetas fueron dados a al nación elegida para ser su luz, son hoy en día los verdaderos Masones Rectificados quienes son llamados a formar el nuevo Templo escogido. Es una Gran Obra, que acaba de eclosionar y que parece que nunca deberá acabar. ¿Cómo los canónigos-Condes de la primacial Saint-Jean, que se presentaban prietas las filas en las columnas de la Logia Elegida o Querida (es así como el Agente llamaba a “La Beneficencia” de Lyón) acogían la audaz exégesis y la teología sensacionalista, de su colega en canonicato? Bien parece que esos personajes triplemente venerables se hayan quedado en la circunstancia, como dicen las Escrituras, como “perros mudos”. En cuanto a Willermoz, pensando en los espléndidos destinos prometidos a su Logia, se sentía ganado por el santo delirio de la canonesa, y, poseído por una especie de furor sagrado, proponía, simplemente, “quemar todos los libros y todas las historias de concilios (sic)”, que, evidentemente, ya no tenían objeto alguno. No estamos inventando nada. Es el barón de Türkheim quien relata la cosa al duque de Brunswick, en una carta de 1787. Ostabat no se equivocó al hablar de “funesto extravío” y de evocar ciertos “prestigios”. Sería rendir buen servicio al Rito Rectificado y también a la memoria de Willermoz el trabajar en colmar las “fisuras”, empezando por la de última fecha, la relacionada con “Tubalcaín”.

Otro artículo de Le Symbolisme asegura que las excentricidades de Willermoz han hecho al Rito Rectificado más sospechoso para las autoridades religiosas católicas que los demás ritos masónicos. Así lo creemos sin dificultad ninguna. Pero debemos añadir que, desde hace algún tiempo, este Rito ha hecho loables esfuerzos para acercarse a otros herederos de la Estricta Observancia, es decir al Rito Sueco y lo que puede subsistir en Alemania del Rito de Zinnendorf, así como los grados de Knight Templar de Inglaterra y de Estados Unidos. En suma, el Rectificado querría “recuperar” la herencia templaria. Ello no es imposible, pero hace falta un auténtico “trabajo de Hércules”. Habría, en efecto, que empezar por eliminar las innovaciones debidas a la desbordada imaginación de una religiosa sin vocación, víctima totalmente designada para los “fantasmas de la noche”. Hecho eso, es evidente que, de la obra personal de Willermoz y de los famosos ritos escritos por su mano, no quedaría nada, o, al menos, no gran cosa.

Notas:
[1] Es decir, la “rectificación” operada por Willermoz en el Convento de las Galias en 1778.
[2] El “especialista”, por así decirlo, de esta oposición a Willermoz, era el marqués de Chefdebien, Comisario de los archivos de los Filaletas, y que pertenecía también a la Estricta Observancia, donde tenía el nombre de Franciscus, Eques a Capite Galeato.
[3] Para entender bien esta frase, hay que saber que, los Filaletas, en su mayoría, eran totalmente extraños a los Elegidos Cohen, mientras que los Caballeros Bienhechores contaban con un gran número de estos Elegidos, habiendo sido Willermoz uno de los discípulos predilectos de Martinès de Pasqually.
[4] La Franc-Maçonnerie occultiste dans le XVIIIe siècle et l´Ordre des Élus Coëns, págs. 517 y 518.
[5] Este texto, ha sido insertado en los Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, tomo I.
[6] Ibid, pág. 141
[7] Dentro de la jerga especial del magnetismo animal, sonambulismo artificial o mesmerismo del siglo XVIII, y del posterior espiritismo, se denomina «crisíaca», en francés «crisiaque», a aquella persona que se halla bajo un estado de crisis producida por la acción magnética. Dicho estado es espontáneo y de sobreexcitación nerviosa, presumiendo los adherentes a estas doctrinas que tales personas poseen en dicho estado cierta lucidez sonambúlica (N. del T.)
[8] Un Mystique Lyonnais et les secrets de la Franc-Maçonnerie (1730-1824).
[9] En este pasaje, hemos puesto en cursiva los términos propios del vocabulario, como mínimo inepto, de la canonesa. Al principio, Willermoz pasaba las noches, preguntándose lo que podían significar estas palabras tan descabelladas. Acabó por solicitar la ayuda de su Egeria de pacotilla, que no lograba más que parcialmente la elucidación del sentido de lo que escribía bajo “influencias psíquicas” un poco malsanas. (N. del T.: Como es obvio, tales palabras carecen de traducción al español).

domingo, 29 de abril de 2012

La Masonería según las Escrituras (1737); por John Tillotson

No muchas son las referencias que se conservan de John Tillotson; Montesquieu lo menciona, así como el caballero de Ramsay en una de sus cartas. Según la Encyclopaedia Britannica,Tillotson (1630-1694) fue deán de la catedral de Saint-Paul en Londres, antes de convertirse en 1691 en arzobispo de Cantorbéry. En 1675 editó los Principios de la religión natural, de Wilkins. Han quedado bastantes compilaciones de sus sermones, como Cincuenta sermones y la regla de fe (1691), Cuatro sermones referentes a la divinidad y a la encarnación de nuestro bienaventurado salvador (1693) y los Sermones póstumos (1694). Una curiosa recopilación de algunos de ellos, titulada Selección de discursos sobre diversos temas (Select orations on various subjects), impresa a título póstumo en 1737, contiene el texto que presentamos a continuación. En él, el autor intenta demostrar que la Franc-Masonería se enmarca en el ámbito de una hermenéutica tradicional de la Biblia, con la peculiaridad de poseer un simbolismo tomado de la arquitectura. Hemos prescindido de ofrecer anotaciones con las referencias bíblicas del texto, pues son demasiado numerosas y apenas aclararían el sentido del documento. Parece claro que, para Tillotson, la Iglesia cristiana es una verdadera masonería espiritual. Más que un tratado de apologética, la Masonería según las Escrituras constituye una defensa cristiana de la Masonería. On Scripture masonry fue publicado posteriormente en el vol. 74, pp. 89-98, de "Ars Quatuor Coronatorum", Londres, 1961, y Patrick Négrier realizó la traducción francesa (Textes fondateurs de la Tradition maçonnique, 1390-1760, París, Grasset, 1995).

La divinidad y lo sublime de la masonería tal como aparece en los oráculos sagrados...

Al muy respetable gran maestro de la antigua y honorable sociedad de los masones libres y aceptados, este texto está a él dedicado por el más humilde y obediente servidor de su señor. El autor.

La masonería según la Escritura

"Por lo tanto, el Señor, el Ser eterno, dice así: He aquí que yo fundo en Sión una piedra, piedra de fortaleza, piedra angular, escogida, sólidamente cimentada... Haré del derecho un cordel, y de la justicia un nivel" (Is. 28, 16-17).

Habiendo ordenado el edificio del universo en número, peso y medida, y habiendo echado los cimientos del mundo, Dios nuestro muy sabio maestro desplegó el cordel sobre sí, y, como dice Job, lo suspendió en el vacío por (medio) de una misteriosa geometría. Se convirtió así en la imagen sensible de la masonería divina, cuyo eterno plan, cuyo modelo arquetípico, era el objeto de su sabiduría y de su inmenso conocimiento antes de que el mundo fuera. Todo lo hizo gracias a su Hijo, que le era fiel en todos los asuntos de su Casa, y distribuyó a sus obreros y servidores sus tareas y sus pagas. Nada cumplió Dios sin trazado, sin modelo en su decreto oculto, que secretamente guarda al abrigo de las miradas humanas. Pues sus caminos son insondables; sus pasos son ignorados; ¿quién ha comprendido al Espíritu del Señor, o quién ha sido su consejero? Las huellas de su omnipotente providencia subsisten en el jardín de la noche; él mismo habita en una luz inaccesible; pasa a nuestro lado y no le vemos. El masón celestial es un excelente obrero; pero, ¿quién puede dar cuenta de la manera como engendra, de su nombre o del nombre de su Hijo? Él, cuyas primeras actuaciones tuvieron lugar hace tanto tiempo, es invisible como el camino de un águila en el aire, como la aguja de un reloj de sol (a mediodía), o como la revolución silenciosa de la gran rueda del mundo, hasta que él alcance el punto final en que el edificio deberá ser derribado, y su materia dispersada en la región del infinito.

En Heb., 11, 10, Dios es llamado el constructor de la ciudad y de sus fundaciones.

Se le describe ciñéndose él mismo de fuerza, apoyando un compás sobre la superficie del abismo, desplegando los cielos como un pabellón, y afirmando la tierra sobre sus pilares; fijando el número de las estrellas, llamándolas a todas por sus nombres; construyendo las cámaras del sur bajo la bóveda del firmamento; pesando las colinas y las montañas en los platillos de una balanza. Además, dice David, su secreto no es sino para aquellos que le temen; a ellos mostrará su pacto. Si obráis con rectitud, ¿no seréis aceptados? dice Dios. En cada nación, aquel que teme a Dios y obra rectamente es admitido por él. Pero, ¿puede un hombre hacer salir lo limpio de lo que está sucio? Nadie llega al ungido, al constructor de la Casa, si el Padre no le conduce hasta su enviado. Debe ser fiel a la obligación cristiana que ha prometido; debe observar las reglas particulares de la compañía y de la santa comunión, (vivir) en el amor fraterno, separado del mundo y sin conformarse a él. Debe edificarse a sí mismo y edificar a los demás como piedras vivientes, según el mandamiento de su maestro, en todo lo que es digno de elogio, y debe esperar a la Jerusalén de lo alto, cuyos muros son de piedras preciosas, y su pavimento de oro puro.

El Libro de Dios, su voluntad y sus obras son los modelos de la masonería sagrada. Está llena de sublimes misterios, no comunicados a todos. No todos toman parte en el Espíritu de Dios, sólo son hermanos de la santa liga aquellos que han (recibido) la adopción para poder decir Abba, Padre. No tengas miedo, pequeño rebaño, dice el ungido, yo te he escogido y (retirado) del mundo, que no me conoce a mí ni conoce al Padre; pero yo le conozco, y te lo he mostrado. ¿Puede darse a una compañía decreto más elevado y venerable que los emblemas y las imágenes de la comunión, que están colocados tan comprimidos en el volumen del Espíritu santo como las estrellas que centellean alegremente en la bóveda del cielo? Somos llamados el edificio de Dios, su obra, su templo, su morada, a la que ha prometido volver, y ha fijado su domicilio entre nosotros.

Caín no fue aceptado porque abatió a su hermano. Una lección para todos los hombres fieles y benévolos: construyó una ciudad que, al no estar hecha con justicia y virtud, no fue masonería; la moralidad y la piedad son tan esenciales a la ciudad como la arquitectura. Los constructores de Babel fueron dispersados, ya que no poseían ni los signos de la verdadera masonería ni el espíritu que la caracteriza. Nuestros padres antes del diluvio vivían en tiendas, imagen del tabernáculo de la ley y del deseo de nuestro Señor de erigir su tienda con nosotros en el Evangelio, y de conducirnos a su Casa sobre el monte Sión, construida en la roca eterna. La estructura de estas tiendas fue el primer punto exterior de la masonería sagrada en ser inventado. San Pablo, el gran doctor de las naciones, y de esta isla, como insinúa Clemente, era un fabricante de tiendas, tal como leemos en el libro de los Hechos. Dios es el Padre de las luces, el autor de todo bien y de todo don perfecto, y entre otros dones el de la masonería es un talento divino. Moisés dice de Betsael en Ex. 25 que Dios el Dios lo llenó de su Espíritu de sabiduría, de inteligencia, de conocimiento en toda clase de obras. Noé construyó el arca siguiendo las instrucciones del maestro celestial. Moisés hizo todo el exterior del edificio (guardando) la Ley según el modelo (mostrado) en la montaña. Y nosotros asentamos los mejores cimientos, lo más profundamente, en la humildad, ofreciendo nuestra habilidad a Dios y a su gloria; así, el alma construye con la mirada puesta en el cielo, sin (correr el riesgo) de la confusión de una segunda Babel.

¿Qué decir de los pilares de Seth, de la construcción de Babilonia por Nemrod, del templo, del trono, de la flota y de los palacios de Salomón, del complejo de Tamar en el desierto, cuyas asombrosas ruinas todavía subsisten, del templo de Diana en Éfeso, de las estatuas y las imágenes de Nabucodonosor y otros, de la reconstrucción del templo por Ciro y Herodes, de las galerías y los patios del palacio de Assuerus, que (el libro) de Esther describe ornado de columnas de mármol, y dotado de capas de oro y de láminas de alabastro incrustadas de esmeraldas? Todos estos ejemplos de esta sublime ciencia, y otros que (igualmente) se encuentran en los escritos inspirados, son una (fuente) continua de elogios para ella, y citarlos todos se convertiría en una fastidiosa repetición.

Permitidme más bien ilustrar y afinar el proyecto (de esta ciencia) profundizando en los ejemplos que ofrece la Escritura. Señaladas sociedades, formadas según los principios de la sabiduría, de la virtud y de la bondad, que no comunican enteramente su medio de unión, su misterio específico a nadie más que a sus miembros, son y han sido siempre una práctica de todos los tiempos y naciones. Dice Dios: he amado a Jacob, y a Esaú le he odiado, es decir: He aceptado y preferido a uno antes que a otro. De hecho, Dios hizo de la raza de Abraham una sociedad elegida, un pueblo particular que debería ser la regla de la masonería. David comprendió que no había actuado así con ningún otro pueblo, y que los paganos no tenían conocimiento de sus leyes. Estas últimas eran el secreto de la comunidad judía, y estaban asociadas en el culto judío a símbolos y a signos sensibles. Además, nadie, excepto el sumo sacerdote una vez al año, podía penetrar en el Santo de los santos; nadie más que él podía pronunciar el nombre de Dios, estatuir sobre los leprosos, probar las aguas de los celos, responder por los Urîm y los Toumîm, y cumplir otras funciones propias. Éstos son secretos (ignorados) por las naciones. ¿Hubo entre las naciones reyes que poseyeran estas leyes y esta inteligencia? Y la ley, el culto, el arca, eran signos exteriores del modo de unirse.

La primera comunicación de Dios al hombre fue una regla particular, asociada al signo del árbol del conocimiento del bien y del mal. Adán fue expulsado del jardín por haber roto su obligación; el arco iris fue para Noé y su posteridad un signo del nuevo pacto de Dios. La Ley y el Evangelio son pactos que incluyen obligaciones. Los signos (dados) a Abraham eran la circuncisión y la aparición de los mensajeros. Los patriarcas y sus familias formaban una sociedad separada del mundo y agradable a Dios, que poseía los signos de su palabra y un sacrificio no comunicado a los paganos, aunque imitado por ellos. La perfección de la Ley y la obra de santificación fueron hasta entonces en gran medida exactas.

Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios, y en particular en el dominio de la masonería. Él, Jacob y los demás tenían visiones y revelaciones, no acordadas al mundo, y sus prosélitos debían jurar su obligación antes de poder ser aceptados. Buscaban una ciudad permanente no hecha por mano de hombre, aunque el velo sobre el rostro de Moisés probaba que existían misterios que todavía no habían sido revelados. De esta tradición recibieron los paganos sus propia doctrina, reservada sólo a los iniciados. El Credo era antiguamente una palabra, una prueba entre dos cristianos destinada a permitir que se reconocieran en todo lugar. Se le llamó después un símbolo, un signo; otros signos eran las ceremonias exteriores.

Desde la antigüedad hasta este día no se permite a los catecúmenos penetrar enseguida en todo lo que concierne al cristianismo; hay todavía una doctrina oculta en las revelaciones, los profetas y otros libros, y la primera noción de los escritos apocalípticos no estaba, como tampoco está, indiferentemente abierta a todos.

En sus instrucciones, san Pablo establece una distinción entre la leche y el alimento sólido, así como hace una distinción entre los principios y la perfección. El ungido enseñaba mediante parábolas a un pequeño número (de discípulos). La Iglesia del ungido es una sociedad de masonería espiritual, escogida en el mundo, que se comunica con signos exteriores y que asiste a misterios. Ella tiene efectos discernibles con el ojo espiritual, no por el hombre natural. Se le llama casa, construcción; el ungido es la piedra angular, y los apóstoles los cimientos. Subsiste gracias a la edificación (de sus miembros), es el único edificio bien concebido, y éste es todo el trabajo de la vida cristiana que expresa el término de masonería. El ungido tenía muchas cosas que decir a sus discípulos, pero en su tiempo no podían entenderlas, y nosotros todavía miramos a través de un cristal opaco. Hay misterios en la Iglesia del ungido, el maestro masón que negó a los fariseos el signo que otorgó a los apóstoles. Sus instrucciones son excelentes, tanto en el plano de la moral como en el de la inteligencia de esta última. De muchos círculos trazados uno dentro de otro, el último es el más cercano al centro. Igualmente, la grandeza y la vida pública no son pruebas de beatitud, y el último puede ser el mayor en el reino de Dios. La firmeza del símbolo de la escuadra nos enseña que la verdadera sabiduría no debe ser quebrantada; y el nivel (nos enseña) que el corazón sigue siempre sus inclinaciones sin alcanzar un enderezamiento, que jamás es igual, y por ello no encontramos aquí abajo ni reposo completo ni satisfacción.

Una regla que intenta ser justa nos prohibe abandonar nuestra razón por nuestras pasiones, y (nos obliga) a conservar la regulación (ejercida) por el juicio. El corte de las rocas con el cincel nos enseña que el arte y la industria superarán las dificultades. Un ingenio hidráulico nos enseña que el pecado nos obliga a compensar nuestra labor con nuestras lágrimas. Una rueda que no mueve a ninguna otra a menos de ser ella misma movida nos muestra que nuestro propio corazón debería estar preparado ante los sentimientos que queremos inspirar, y que deberíamos amar a Dios para poder ser amados. Una pirámide nos muestra que deberíamos, aunque aparentemente fijados en el suelo, aspirar al cielo. Una columna nos muestra que los inferiores son el soporte de los superiores, un templo que estamos dedicados a la virtud y al honor. Un compás que traza un círculo de un solo trazo muestra que una acción puede tener consecuencias sin fin, tanto en el bien como en el mal. Y el hecho de que una columna invertida parezca más grande en su parte inferior nos enseña que el Espíritu (también reside) en la adversidad y en la muerte, que las aflicciones deberían animarnos, y que la pérdida de la vida (debería) recordarnos una gozosa resurrección.

Hay un principio vital emanado de Dios en esas piedras y esos minerales que son la materia primera de la masonería. Dios es todo en todos. Pero así como los ojos de los apóstoles estaban constreñidos a no poder reconocer a nuestro Señor en su cuerpo espiritual, sólo un pequeño número es capaz de discernir el fuego interior de la tierra cuando madura los frutos de este elemento, así como los minerales utilizados en la construcción y en la vida cotidiana, y que exhala constantemente un vapor que san Juan comparaba con la hoguera y el humo del infierno. Oremos para que la voluntad de Dios pueda realizarse sobre la tierra como en el cielo, que la energía y las potencias de la naturaleza puedan subsistir gracias a su presencia, con respecto a la cual David declara que nada podría disimularla. La sal de la tierra nutre a las piedras, como el maná alimentó a los israelitas en el desierto. De ahí viene que los adeptos nos enseñen que esta sal es llamada con el nombre de Dios, ‘eheyeh, Yo soy, que es el autor y la vida de esta sal, así como ésta lo es de otros seres. San Juan, cuya Revelación es el programa de la masonería espiritual, conocía la piedra blanca, y vio al Hijo de Dios ceñir alrededor de su pecho un cinturón de oro.

El número 3 aparece de manera señalada en el Libro de Dios para ilustrar la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; (está) el cuerpo, el alma y el espíritu; el hebreo, el griego y el latín puestos encima de la cruz; Santo, santo, santo, dicen los serafines; (está) el día en que (Jesús) trabaja, aquel en que descansa y aquel en que volverá a trabajar; Job, Daniel y Noé, los tres profetas que se habrían salvado juntos; Eliphaz, Sophar y Bildad; Ananías, Azarías y Misaël, Shem, Ham y Japhet. También los tres hijos de Adán más conocidos, que eran Abel, Caín y Seth; están además los de Terah, de quienes hemos recibido las promesas, Haran, Nahor y Abram. En fin, tres ángeles aparecieron; tres joyas (adornadas) de piedras preciosas se hallaban sobre el pecho de Aarón; tres letras componen la raíz de cada palabra hebrea; tres veces al año los judíos debían acercarse a Jerusalén; tres días durante los cuales Jonás estuvo en la ballena, y el ungido en la tumba. Hay tres Juanes: el Bautista, el Evangelista, y Marcos, sin contar con que hay otros Marcos distintos a éste.

Por su parte, el número 7 era el del (día del) sabbat, cuando el Creador descansó de sus obras; 7 es el número del jubileo, del año de gracia; los siete ojos de Dios son mencionados, así como los siete brazos del candelabro del templo; está el libro de los siete sellos, y siete ángeles, los siete meses (de la construcción) del tabernáculo. El templo fue construido en siete años. La sabiduría séptuple y la providencia de Dios se muestran en sus acciones. La Pascua se celebra siete veces siete días antes (del don de) la Ley. Éste es un ejemplo de la presencia de los números más perfectos en la Biblia.

Jeremías recibió la orden de construir y de demoler. Fue para disuadir la impiedad, (el signo) del riesgo de que se construya para ver a otro habitar, o de que el Señor abandone el edificio a la desolación. Las piedras del muro gritaron contra la opresión y la injusticia. Es un estímulo al deber, y (el signo) de que la palabra de Dios es capaz de construirnos en derechura, y también (el signo) de que probará la obra de cada hombre mediante el fuego, para demostrar que no se puede poner cimiento distinto de aquel del cual él mismo es el fundamento, el ungido salvador. Es un aliento a la caridad, a que seamos edificados juntos para (convertirnos) en una morada de Dios en el Espíritu, y a que mantengamos firme la profesión de nuestra fe hasta que la piedra rechazada por los constructores se haya convertido en cabeza de ángulo. Es un estimulante para la obediencia (saber) que aquel que ha construido todas las cosas es Dios.

La palabra masón, que es una de las últimas palabras exotéricas (el nombre trascendente, el nombre sagrado, es menos conocido y no puede ser verdaderamente pronunciado más que por los iluminados) viene del francés maison, que significa casa. Somos la morada del ungido, dice el apóstol en Heb. 3, 6. El Señor construyó Jerusalén, dice David en el salmo 147, 2. Ha trazado un camino hacia ella. El ungido es el camino en Jn. 14, 6. Abre la puerta que introduce; el ungido es la puerta en Mt. 7, 13; y nos regala en su morada con su cuerpo y su sangre los frutos de la rectitud. No os enorgullezcáis, dice el ungido, de tener a Abram por Padre, pues Dios es capaz de hacer brotar hijos de Abram de estas piedras. El ungido es llamado por el apóstol el peñasco espiritual, y la conversión de nuestros corazones de piedra en corazones de carne es (el efecto) de su redención, que nos aporta para nuestro arrepentimiento. (Dice en) Jn. 14, 2: En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Morada viene de maneo, morar, que sugiere un objetivo a alcanzar cuando se es miembro de la logia celestial. Muchas iglesias y condiciones particulares son etapas en el camino que conduce a la casa que ningún terremoto puede destruir y que ninguna tempestad puede sumergir. Lo que era de su Padre también era suyo. Todo lo que posee el Padre me pertenece, dice el ungido; y es como si nuestros bienes también fueran suyos. En la esperanza de ello, los elegidos, aquellos que son aceptados, siempre se han lamentado: ¡Desgracia a mí, por residir en Mechek y habitar entre las tiendas de Kedar!

Por su parte, una temible representación de la logia celestial (Gen. 28, 16) arrancó a Jacob esta exclamación: Esto no es sino una casa de Dios, y es la puerta del cielo. ¡Álzate! dijo Dios, he puesto ante ti una puerta abierta que nadie puede cerrar (Ap. 3, 8). La Iglesia es la Casa de Dios, y está en todas partes. Job la encontró en la tierra, Ezequías en su lecho de muerte, Jeremías en su celda, Jonás en el mar, Daniel en la fosa, los tres niños en la hoguera ardiente, Pedro y Pablo en la prisión, el ladrón en la cruz. El cuerpo, llamado templo del Espíritu Santo, debe ser reconstruido en la resurrección en vistas a la adoración durante el reposo eterno. La Iglesia, la Casa de Dios, era antaño llamada, dice el Doctor Donne, el famoso deán de Saint-Paul, oratorio (porque se) pedían a la providencia divina las cosas necesarias. Pues vanos son nuestros esfuerzos sin su asistencia. A menos que el Señor construya la Casa, los obreros trabajarán en vano, dice David.

Y Mt. 21, 44: Aquel que caiga sobre esta piedra fracasará, y aquel sobre el cual caiga, ella le triturará. Aquel que ofenda al ungido, la piedra sobre la que se apoyó Jacob, será confundido. Y si en el juicio ella cae sobre el delincuente, su peso le aplastará más fuertemente a como la piedra de David (aplastó) la frente de Goliath, y le destruirá incluso más que la tumba.

Así como los lugares santos del templo de Diana fueron preservados, así nosotros somos un modelo de lo divino. Aunque los cielos de los cielos no puedan contenerle, se aloja en un corazón contrito. David rezó para tener un frenillo sobre el umbral de sus labios. El hombre interior es el lugar santo, el coro, y las bellas cualidades son sus tesoros y sus ornamentos. El santo de los santos es la conciencia arrepentida, en la que la fe y la caridad son dos querubines que recubren la misericordia de las sillas. Aquí está el oráculo divino, el Dios de quien dan testimonio nuestros espíritus que son sus hijos. Sólo el gran sacerdote, el salvador, puede entrar aquí y contentarnos.

Aquí se encuentra el arca de la Ley, el maná del perdón y de la consolación, el candelabro dorado del entendimiento iluminado, los panes de la rememoración, el velo de la rectitud, con el que el salvador oculta nuestros defectos; las columnas, los utensilios, las decoraciones, son la verdad y la justicia, ornamentos de un espíritu bien dispuesto, que son de gran valor ante los ojos de Dios.

Las elevaciones de este género a partir de la Escritura son infinitas. No hay un aspecto de la masonería, desde el porche hasta las murallas, del umbral y del dintel asperjado contra el mal mensajero, hasta la cámara elevada donde los apóstoles se reúnen; no hay un instrumento, desde el hacha que Eliseo ordenó recuperar hasta la plomada del profeta, ni una figura, desde la línea hasta el círculo de los cielos, que no estén santificados por una mención expresada en la lengua de Canaan. Y la referencia a la totalidad de este sistema, en cualquier sociedad, está autorizada por los muchos paralelos (que se encuentran) en la tribuna sagrada de la Escritura.

Pero en el momento de la consumación de todas las cosas, la ciudad de nuestro Dios tiene doce puertas para que los elegidos penetren por el este, por el oeste, por el norte y por el sur, a fin de residir en el reino de Dios. La puerta estrecha es el pasaje a lo que se llama belleza, por el cual entraremos en el corazón (al son de) la alabanza.

Es así que David prefería ser guardián del umbral antes que habitar en las tiendas de la perversidad. La condición para poder pasar esta puerta es creer en el salvador; los dos (senderos ascendentes) laterales son la paciencia y la inocencia; el techo es la caridad. Permaneced firmes en la fe, dice san Pablo. De aquí viene que la Iglesia tienda a que la fe sea llamada pilar y fundamento de la verdad. La entrada de este jardín está guardada por la espada flamígera de la justicia divina. El muro (del recinto) no puede ser medido más que por la caña del ángel. Es un secreto para la razón humana. Por siempre está en la cumbre de las colinas eternas. Aquellos que las frecuentan son justos y perfectos.

Ser, en virtud de la obligación cristiana, miembros libres de esta ciudad consiste, como Agustín decía de Roma, en exaltar la arcilla como si fuera mármol, y en revestirnos de nuestra Casa de lo alto, que en los cielos es eterna.