martes, 2 de junio de 2015

Ritual de Masonería Operativa

    Texto publicado en el nº 42, 16 de octubre de 1913, de La France Antimaçonnique. Traducción no firmada. Retomado en Bruno Hapel, René Guénon et le Roi du Monde, Trédaniel, París, 2001, según el cual la traducción es de René Guénon.


     “Damos a continuación la traducción de un interesante documento relacionado con la antigua Masonería Operativa: es el ritual de apertura de la Logia en el primer grado, tal como existía ya en 1620, 1663 y 1686, según manuscritos de fechas diferentes y de los que algunos se encuentran en el British Museum y también como están todavía en uso en las Logias Operativas de Inglaterra. Debemos destacar que hay tres maestros Masones, y que nada puede hacerse sin el consentimiento de los tres. Sólo el tercero es reemplazado cada año; los Maestros y antiguos Maestros constituyen el séptimo y último grado de la Orden. Además, hay un Diputado Maestro Masón, que gobierna la Logia en ausencia de los Maestros. Hay tres Diáconos, en lugar de solamente dos como en las Logias Especulativas anglosajonas. El capellán es designado por el nombre de Jachin. Los lugares ocupados por los Maestros y los Vigilantes son opuestos a los que ocupan en las Logias especulativas: así pueden dar la cara al sol y verlo en los diferentes puntos principales de su carrera. En el Templo, el Rey Salomón, se dice, se sentaba al Occidente, de cara al Oriente; los maestros Operativos hacen aún lo mismo (Bruno Hapel).


Apertura de la Logia en el primer grado

1er Maestro Masón. –Hermano Segundo Maestro Masón, ¿os place que abramos la Logia en el primer grado?

2º Maestro Masón. -Sí

1er Maestro Masón. –Hermano Tercer Maestro Masón, ¿os place que abramos la Logia en el primer grado?

3 er Maestro Masón. -Sí

1er Maestro Masón. –Hermanos, asistidnos para abrir la Logia en el primer grado, -Hermano Guardia Interior [1], ¿cuál es el primer cuidado de todo Francmasón?

Guardia Interior.- Es vigilar que la Logia esté convenientemente a cubierto.

1er Maestro Masón. – Hermano Guardia Interior, ¿la Logia está convenientemente a cubierto?

Guardia Interior.- Lo está, Venerable Maestro

1er Maestro Masón. –Hermano Guardia Interior, ¿cuál es a continuación nuestro cuidado?

Guardia Interior.- Es vigilar que nadie más que Francmasones y Aprendices Comprometidos (Indentured Apprentices) esté presente.

1er Maestro Masón. –Hermano Guardia Interior, ¿queréis hacer entrar al Guardia Exterior [2]? –Hermano Guardia Exterior ¿cuál es vuestro lugar?

Guardia Exterior. –A la puerta de la Logia, en el exterior

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Guardia Exterior. –Es, armado de una espada, descartar a los profanos (cowans) e intrusos en la Francmasonería, y vigilar que los candidatos estén convenientemente preparados

1er Maestro Masón. –Hermano Guardia Interior ¿cuál es vuestro lugar?

Guardia Interior.- A la puerta de la Logia, en el interior

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Guardia Interior. –Es admitir a los Francmasones y a los Aprendices tras haberlos probado, recibir los candidatos según la forma antigua, y ejecutar las órdenes.

1er Maestro Masón. –Hermano Diácono del Segundo Vigilante ¿cuál es vuestro lugar?

Diácono del 2º Vigilante. –A la derecha del Segundo Vigilante

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Diácono del Segundo Vigilante. –Es llevar todos los mensajes y comunicaciones del Segundo Vigilante al Primer Vigilante, y esperar el regreso del Diácono del Primer Vigilante.

1er Maestro Masón. –Hermano Diácono del Primer Vigilante ¿cuál es vuestro lugar?

Diácono del Primer Vigilante. –A la Derecha del Primer Vigilante

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Diácono del Primer Vigilante. –Es llevar todos los mensajes y comunicaciones del Primer Vigilante al Diputado Maestro Masón, y esperar las órdenes de los Maestros Masones.

1er Maestro Masón. –Hermano Diácono de los maestros Masones ¿cuál es vuestro deber?

Diácono de los Maestros Masones. –A la derecha o cerca del Diputado Maestro Masón

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Diácono de los Maestros masones. –Es llevar todas las órdenes de los Maestros Masones del Diputado Maestro Masón al Primer Vigilante, y vigilar que estas órdenes sean puntualmente ejecutadas.

1er Maestro Masón. –Hermano Segundo Vigilante ¿cuál es vuestro lugar?

2º Vigilante. –Al Norte

1er Maestro Masón. -¿Por qué estáis así emplazado?

2º Vigilante. –Para ver el sol en su meridiano, para llamar a los Hermanos del trabajo a la recreación y de la recreación al trabajo a las horas convenientes.

1er Maestro Masón. –Hermano Primer Vigilante ¿cuál es vuestro lugar?

1er Vigilante. –Al Oriente

1er Maestro Masón. -¿Por qué estáis así emplazado?

1er Vigilante.- Para ver el sol poniente, para pagar a los Masones sus salarios, y para vigilar que los planes de trabajo se hagan con garantía.

1er Maestro Masón. –Hermano Diputado Maestro masón ¿cuál es vuestro lugar?

Diputado Maestro Masón. –A vuestros pies

1er Maestro Masón. -¿Cuál es vuestro deber?

Diputado Maestro Masón. –Es establecer proyectos, trazar planos, y vigilar que el trabajo de los Maestros Masones sea convenientemente ejecutado; es también abrir, gobernar y cerrar la Logia cuando es dada la orden por los Venerables Maestros Masones.

1er Maestro Masón. –Hermano Diputado Maestro Masón, ¿cuál es el lugar de los Maestros Masones?

Diputado Maestro Masón. –Sobre el trono al Occidente

1er Maestro Masón. -¿Por qué están así emplazados?

Diputado Maestro Masón. –Para ver el sol levante, para abrir la Logia, y para vigilar que los Hermanos estén ocupados e instruidos en la Francmasonería.

1er Maestro Masón.- Estando la Logia convenientemente formada, antes que la declaremos abierta, Hermano Jachin…

Jachin. –Santísimo y glorioso El Shaddaï (Dios Todopoderoso), Gran Arquitecto del Cielo y de la Tierra, Tú que eres el dispensador de todos los dones y de todas las gracias, y que has prometido que, allá donde dos o tres estén reunidos en Tu Nombre, Tú estarás en medio de ellos; en Tu Nombre juntamos y nos reunimos, SuplicandoTe muy humildemente bendecirnos en todas nuestras empresas, darnos Tu Espíritu Santo, iluminar nuestros espíritus por la sabiduría y el entendimiento de este venerable y digno Arte de los Francmasones que es el nuestro, a fin de que podamos conocerTe y servirTe justamente, que todas nuestras acciones puedan tender a Tu Gloria y a la salvación de nuestras almas. Es lo que humildemente pedimos en Tu Nombre, ¡oh El Shaddaï!

Todos. –¡Así sea (so mote it be), El Shaddaï! –En el Señor está toda nuestra confianza

1er Maestro Masón. – En el nombre del Rey Salomón, declaramos la Logia abierta para el trabajo en el primer grado.”


Notas:
[1] Guardatemplo Interno en la terminología actual.
[2] Guardatemplo Externo

viernes, 1 de mayo de 2015

De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros.

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha; compuesto por don Miguel de Cervantes Saavedra

Parte I, capítulo XI, De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros.

«Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:



-Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra».



miércoles, 29 de abril de 2015

Acacia

Entrada del Diccionario Masónico. Simbolismo y Aspectos Históricos de la Tradición. Asociación Cultural Meru, 2007. Alexis Hatman.


La rama de Acacia es «prenda de resurrección y de inmortalidad», tal como sucede en otras tradiciones con otros vegetales (rama de oro en los Misterios antiguos, los ramos o palmas en la tradición cristiana, etc.). Este símbolo vegetal hace referencia al «Árbol de la Vida» del Paraíso terrestre, que simboliza el Eje del Mundo, y por lo tanto, constituye el punto de contacto entre el centro de nuestro mundo y los estados supracósmicos; ello explica que sea allí donde se puede alcanzar el fruto de inmortalidad [1]

Se encuentra en la «Cámara del Medio», aludiendo así a su carácter central, lo que la pone en relación directa con la «Gran Paz» o Shekinah. Es equivalente al sauce en la tradición china [2]

Es también símbolo de inocencia, según la significación de su nombre en griego [3]

De una acacia planta en el lugar de Sittim, partió Josué a la conquista de la Tierra Prometida (Josué II, 1) [4]

Notas:

[1] René Guénon, Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, cap. LXIII, EUDEBA, 1988; La Gran Triade, Gallimard, 1977.
[2] René Guénon, La Gran Triade, Gallimard, 1977
[3] René Guénon, Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage II, Éditions Traditionnelles, 1995, Paris.
[4] Denys Roman, Réflexions d’un Chrétien sur la Francmaçonnerie, Edition Traditionelles, 1995, Paris.

domingo, 22 de marzo de 2015

El Constructor; por Léon Lieudat


Traducción del artículo Le Constructeur aparecido en la revista francesa Vers la Tradition, nº 139, Marzo-Abril-Mayo 2015.

Sobre la noción de Gran Arquitecto del Universo, lo esencial ya ha sido dicho antes de nosotros y sin nosotros [1]. No es sin embargo inútil volver sobre el sentido de esta expresión, con mayor razón cuando se constata la complacencia con la cual algunos, entre aquellos que son supuestos conocedores, mantienen la vaguedad y la confusión sobre una cuestión que parecen especialmente querer eludir [2]: es como si algunos de los que están llamados a ser constructores no tuvieran otro deseo que el de rechazar la piedra destinada a convertirse en piedra angular, estando bien situados para saber que «si el Señor no construye la casa, en vano trabajan aquellos que la edifican.»[3]

En un primer momento, el Constructor o Arquitecto no es tanto el Principio supremo considerado en él mismo, cuanto un aspecto divino, caracterizado por un tipo determinado de actividad, en correlación con la multitud ordenada de seres particulares, y más precisamente con el hombre (en tanto que «artesano» operando bajo su dirección y según su mandato.)

El recurso a un simbolismo que es en principio el de la construcción del Templo de Salomón, implica que la organización del Universo es en sí misma asimilable a la edificación de un Templo (en la cual el artesano humano es invitado a tomar parte). Esta asimilación apenas tendría sentido fuera de toda referencia a un principio divino, que debe poder ser considerado simultáneamente como transcendente (en tanto que es el Espíritu el que concibe y el que traza el plan del Edificio, el cual se distingue como el artista se distingue de su obra) y como inmanente (en tanto que no construye el Templo sino para hacer su «residencia» en él). Por otro lado, desde el punto de vista microcósmico, el obrero que da forma a la materia bruta según la Voluntad del Arquitecto (o el maestro de obra que participa en la traza del plan) toma parte en la edificación de un Templo espiritual que no puede situarse sino en el centro de su ser, y es en su corazón que debe encontrar lugar la residencia del Arquitecto. Teniendo en cuenta la analogía entre macrocosmos y microcosmos, el Templo al que el Universo se identifica no podría reducirse, como algunos parecen creerlo, al «mundo físico», es decir al mundo corporal [4], coincidiendo con la totalidad del dominio de la manifestación, que comprende los «tres mundos».

En la medida en que la totalidad de la manifestación es ordenada por el Gran Arquitecto, éste se distingue netamente del «demiurgo» entendido como «formador» del Corpus Mundi [5]. Pero, en contrapartida, el Gran Arquitecto no se confunde con el Principio Supremo, y no parece tampoco poder ser inmediatamente identificado a esta primera determinación del Principio supremo que constituye el Ser total, considerado en él mismo. El despliegue de la manifestación supone una «división» (aparente) del Ser en dos principios complementarios, y es primero por relación a este despliegue que el principio divino es designado como «Gran Arquitecto», que, entonces, corresponde más bien al principio activo que ordena el desarrollo de las potencialidades contenidas en el principio pasivo [6]; en términos de la tradición hindú, es un aspecto del Purusha considerado en correlación con Pakriti, «la substancia primordial indiferenciada» [7]: Vishwakarma, «el Espíritu de la construcción universal». [8]

En la antigua Masonería operativa, es el nombre divino El Shaddai el que era invocado como el nombre del Gran Arquitecto del Universo [9]. Si el nombre El Shaddai evoca las ideas de potencia y de elevación (designa al «Dios Todo Poderoso» [10] al mismo tiempo que al Dios de la montaña), no se identifica sin embargo, ni con el aspecto más elevado del Principio supremo, ni con el Ser universal que, en la tradición hebraica, se da a conocer bajo el nombre de YHVH [11] y que dice de él mismo: «Yo soy aquel que soy» o «El Ser es el Ser» [12]; por eso, corresponde con un aspecto divino inferior al que es designado por el nombre El Elión («Dios Altísimo») y que, en el relato del Génesis, es presentado como otro nombre de YHVH [13].

El Gran Arquitecto es también el «Gran Geómetra del Universo». De una parte, la práctica de la arquitectura requiere el conocimiento de la geometría, y el plan del edificio es trazado conforme a las leyes que la geometría permite conocer, a partir de un punto indivisible [14] cuyo desarrollo engendra sucesivamente líneas, superficies, volúmenes, y que contiene virtualmente todas las construcciones [15] que la geometría hace posibles. Por otro lado, la producción de un universo ordenado a partir de la indiferenciación inicial es también la introducción de la medida allí donde todavía no existe sino lo indefinido y lo indeterminado: la geometría, ciencia de la medida, es por eso mismo la de la determinación que sitúa cada cosa en su lugar y en los límites prescritos por su naturaleza y por su función en un conjunto o reino de equilibrio, armonía, acuerdo de las partes en la unidad de todo [16].

El «Gran Geómetra del Universo», cuyo tema se relaciona con los orígenes «pitagóricos» de la Masonería como con sus orígenes «abrahámicos» [17], se identifica con Apolo, el Dios de la medida, una de cuyas máximas (como la famosa «Conócete a ti mismo») es «Nada en exceso» [18], y que, bajo su aspecto de divinidad «solar», asegura el paso de la obscuridad a la luz, de la noche donde todos los gatos son pardos al día donde todas las cosas se vuelven visibles, así como el hombre se vuelve vidente, es decir conocedor, reconoce los límites en su universo ordenado. Por un lado, el Apolo hiperbóreo (polar) es llamado Karneios, nombre que evoca (éste también) las ideas de potencia y de elevación, y en donde se encuentran los atributos de El Shaddai [19].

Hemos mantenido hasta aquí la distinción que parece imponerse entre el Gran Arquitecto y el Principio del cual no es más que un aspecto. Sin embargo, sabemos que esta distinción es, en ciertos aspectos, ilusoria y que el Gran Arquitecto no es realmente diferente del Principio, así pues la consideración del principio activo en tanto que correlativo a un principio pasivo debe ser un encauzamiento hacia el reconocimiento del Principio supremo.

Sobre la letra G comprendida como la designación del «Gran Geómetra del Universo» y como inicial de la palabra God, Guénon escribe [20] «ésta debería ser en realidad una iod hebraica, la cual fue sustituida, en Inglaterra, como consecuencia de una asimilación fonética de iod con God» [21], y precisa: «La letra iod, primera del Tetragrama, representa el Principio, de manera que es vista como constituyendo por sí sola un nombre divino […]. Hay que añadir que la letra correspondiente I del alfabeto latino es también, tanto por su forma rectilínea como por su valor en las cifras romanas, un símbolo de la Unidad»; recordando que Dante, en la Divina Comedia, hace decir a Adán que el primer nombre de Dios fue I [22], concluye que «este “primer nombre de Dios” […] no es otra cosa, en definitiva, que la expresión misma de la Unidad principial» [23].

En algunos grados masónicos que no dependen de la Square Masonry, la invocación a El Shaddai o a «Dios Todo Poderoso» cede su lugar a la invocación al «Dios Altísimo» [24], que se ha manifestado como idéntico al Ser universal al cual la tradición hebraica le da el nombre de YHVH [25]. Esto es así sobre todo en el grado que Guénon caracteriza como pudiendo, con alguna razón, afirmarse de él que es el nec plus ultra de la iniciación masónica [26]. Este grado comporta la comunicación de una palabra que representa la «palabra reencontrada» (pero que todavía es una «palabra sustituida»), y que debería por consiguiente constituir una respuesta a la pregunta: «¿Quién es el Constructor?» [27]; lo curioso, es que este grado, en el cual la comunicación del nombre misterioso del Altísimo es presentado como un encauzamiento hacia «el Gran YO SOY» [28], no contiene tampoco una referencia explícita al Gran Arquitecto, como si la respuesta debiera conducir a un más allá de lo que trata la pregunta.

La construcción del Templo, o la «reunificación de lo que está disperso», no puede encontrar su acabamiento último sino en la reconstitución o en el redescubrimiento de la Unidad que había sido aparentemente dividida en multitud de fragmentos. Pero, y en tanto tiempo como la búsqueda no esté acabada, esta Unidad no se da a conocer al artesano sino bajo el aspecto del Constructor cuyo nombre debe reecontrar [29].

Notas:
[1] Pensamos más particularmente en las líneas que Guénon ha consagrado a este sujeto en algunas de sus obras, por ejemplo: El Hombre y su devenir según el Vedanta, cap. IV («Purusha y Pakriti»), El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III («Medida y Manifestación»), La Gran Tríada, cap. XXV («La ciudad de los sauces»).
[2] Cada cual parece haber agotado el tema y darse por satisfecho una vez dice que el Gran Arquitecto del Universo es, bajo otro nombre, «el Dios creador», o «el Ser supremo» (expresión que evoca la filosofía de las Luces y la Declaración de los derechos del hombre…), o incluso que es un «principio de unidad del mundo físico», cuidando en precisar que todo lo demás es sólo una cuestión de libertad de consciencia individual.
[3] Sal. CXXVII, 1.
[4] Esta reducción parece estar motivada por una estima exagerada respecto a la «filosofía natural» de Newton, que procede enteramente de la ciencia profana, lo mismo que cuando pretende descifrar algunos restos de ciencias tradicionales (con la mentalidad materialista de un «soplador de carbón»). La estructura del mundo corporal no ofrece sino una representación simbólica del Universo identificado con el Templo del Gran Arquitecto.
[5] Su función no se limita tampoco a la del demiurgo, tal como se menciona en el Timeo de Platón, si, por lo menos, como el texto lo sugiere, esta función consiste en organizar el dominio entero de la manifestación individual (mundo corporal y mundo físico), según un «modelo» inteligible sobre el cual el artesano divino concentra su atención, pero del cual no será sin embargo el productor (puede que el demiurgo platónico sea, bajo otro nombre, el Intelecto superior); pero es posible por otro lado que el relato del Timeo, en tanto relato mítico, sea el signo indirecto de verdades situadas sobre un plano más elevado que el de la manifestación formal. Como quiera que sea, el Gran Arquitecto será
[6] Estas potencialidades son en principio indiferenciadas y, en este sentido, tenebrosas, su desarrollo se hace posible por una «iluminación», y ello porque la distinción del principio activo del principio pasivo es también simbolizada por la de la luz y las tinieblas.
[7] Guénon, El Hombre y su devenir según el Vedanta, loc. cit. En los términos de la doctrina de los Pitagóricos y de Platón, corresponde al Uno considerado no en él mismo, sino es su interacción con la Díada indefinida de los Grande y lo Pequeño, es decir con la raíz de la multiplicidad.
[8] Cf. Id., ibid, Vishwakarma es también Prajâpati considerado simultáneamente como Señor, como Sacrificante universal, y también como la única víctima del Sacrificio que constituye el desarrollo de la manifestación, lo mismo que el Uno, en su interacción con la Díada indefinida, se diversifica en la multitud de seres particulares, que sin embargo quedan bajo su dependencia.
[9] Este nombre es invocado en los cuatro primeros grados de la Woshipful Society of Freemasons, que se presenta como una supervivencia de la Masonería operativa.
[10] En la Masonería (especulativa) inglesa, algunos rituales prescriben el empleo de una parte de la jornada a «rogar a Dios Todo-Poderoso».
[11] «Dios habla a Moisés, diciéndole: “Yo soy YHVH.  Yo me manifesté a Abraham, a Isaac y a Jacob como El Shaddai, pero no me di a conocer a ellos bajo mi nombre de YHVH”» (Éxodo, VI, 3)
[12] Exodo, III, 14; cf. Guénon, El simbolismo de la cruz, cap. XVII: «La ontología de la zarza ardiente».
[13] «Abram responde al rey de Sodoma: “He levantado la mano hacia YHVH, el Dios Altísimo (El Elion), que ha creado el cielo y la tierra”» (Génesis, XIV, 22). Abram no llevaba todavía el nombre de Abraham; la referencia al nombre sagrado YHVH, que no era conocido de Abraham, significa que YHVH es restrospectivamente identificado a El Elion, el Dios de Melki-Tsedeq. Sobre todo esto, se puede hacer referencia al cap. VI de El Rey del Mundo: «Melki-Tsedeq», donde los comentarios de Guénon a Génesis, XIV, 18 y ss y de Hebreos, VII, 1-3, son de una remarcable claridad.
[14] Los Elementos de Euclides comienzan por la definición del punto: «lo que no tiene partes».
[15] El edificio es construido sobre el modelo de una figura ella misma «construida» por la geometría. Este doble sentido del verbo «construir» no se encuentra en todas las lenguas (en la lengua griega, por ejemplo, las dos operaciones son expresadas por dos verbos diferentes). Sin embargo, hay que recordar que en la Edad Media la palabra «Geometría» era a la vez tomada como sinónimo de «Masonería», de la cual el nombre de Euclides era por tanto el símbolo, conforme a la práctica consistente en hacer de un hombre ilustre, en razón de su saber, la figura emblemática de la ciencia en la cual era un maestro.
[16] Dicho de otra manera, la Belleza. Sobre la «medida» y el paso de lo indeterminado a lo determinado, cf. Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III.
[17] Todavía, según la historia tradicional de la Masonería tal cual se encuentra en los Old Charges, Abraham fue el instructor de Euclides, lo que aparece desde el primer momento como un «formidable anacronismo». Este tema es abordado en la obra de Denys Roman, René Guénon y los Destinos de la Francmasonería (cap. XII, «Euclides, alumno de Abraham»): la extraña relación así establecida entre Abraham y Euclides puede ser comprendida como la indicación de una adaptación de la Masonería (que existe «desde tiempo inmemorial»), llamada entonces a desarrollarse en el seno de las tradiciones ligadas al nombre de Abraham, y a compartir con ellas un «Destino» escatológico privilegiado. Pero esta relación «mítica» entre la fuente de las tradiciones del Libro y el codificador de la «Geometría» ofrece también otra significación, sobre la que volveremos más adelante.
[18] La «justa medida» es precisamente un límite hacia el cual se tiende en suerte de aproximaciones, tanto por exceso, como por defecto (y en lo que concierne a la regla de acción que debe seguir el hombre individual, la virtud ética es un medio entre un vicio por exceso y un vicio por defecto).
[19] Cf. Guénon, Símbolos de la Ciencia sagrada, XXVIII: «El simbolismo de los cuernos». Recordemos algunas correspondencias remarcables entre la fuente «pitagórica» y la fuente «abrahámica» de la Masonería. El nombre divino El Shaddai tiene por valor numérico simple el número 345. Ahora bien, el «Gran Geómetra del Universo» es aquel que «designa» la letra G, es decir la letra griega Γ, cuya forma es la de una escuadra de brazos desiguales que puede estar cerca de lo que algunos rituales llaman «la Escuadra de la Palabra divina»; si las longitudes respectivas de estos brazos son medidas por los números 3 y 4, la hipotenusa del triángulo rectángulo con las cuales forman el ángulo recto es de longitud 5, conformando el teorema de Pitágoras, del que la «joya» del «Pasado Maestro» da muestra, mientras la ausencia de esta hipotenusa en la escuadra de brazos desiguales puede ser puesta en correspondencia con la desaparición del tercer «Gran Maestro», pues con la pérdida de los «auténticos secretos», estos se suplen con ciertos «secretos substituidos». (cf. Guénon, «Palabra perdida y nombres sustituidos», Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, 2º volumen).
[20] La Gran Tríada, cap. XXV: «la ciudad de los sauces»
[21] Esta substitución, sobre la cual Denys Roman había dado la razón en Guénon (cf. «René Guénon y la letra G», en Reflexiones de un cristiano sobre la Francmasonería, cap. VII), es confirmada por un ritual donde se dice que lo son «ciertos caracteres hebraicos» que están «representados por la letra G, refiriéndose a Dios [God], el Gran Geómetra del Universo», precisamente aquellos que componen el nombre sagrado YHVH.
[22] Paraíso, XXVI, 133-134.
[23] La fórmula: «Medem agan», «Nada en exceso», significa literalmente «No más de uno», lo que podría ser interpretado como una expresión del más estricto «monoteísmo», y el nombre de Apolo puede así ser comprendido como «sin multiplicidad».
[24] Es bien significativo que el nombre del Altísmo, tanto en los rituales anglosajones como en los rituales continentales, no aparece jamás bajo su forma hebraica, aunque siempre en su «lengua vulgar», «es decir, simbólicamente, [en] la lengua que sirve de vehículo a la tradición y que puede, bajo esta relación, identificarse a la lengua primordial y universal» (Guénon, Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano, cap. VI: «Nuevas apreciaciones sobre el lenguaje secreto de Dante».
[25] Como lo recuerda Guénon en su pasaje de El Rey del Mundo al cual hemos hecho alusión más arriba, el Altísimo es el Dios de Melquisedec, mientras que el El Shaddai es el Dios de Abraham. La bendición de Abraham por Melquisedec constituye «la comunicación de una “influencia espiritual”, de la cual Abraham va a participar en adelante; y podemos observar que la fórmula empleada pone en relación directa a Abraham con el Altísimo, que el mismo Abraham invoca al identificarlo con Jehovah» (El Rey del Mundo, cap. V). El reencuentro entre Abraham y Melquisedec «señala» pues «el punto de unión entre la tradición hebraica y la gran tradición primordial» (ibid). Ahora bien, en la época de la redacción de los Old Charges, Abraham era también (y quizás habría que decir sobre todo) conocido por esta bendición que él había recibido de Melquisedec. Así pues, ¿la relación maestro discípulo entre Abraham y Euclides no expresará la intención de nuestros «ilustres predecesores de los antiguos días» de «señalar» el punto de contacto entre la Masonería y la tradición primordial? Y si es así, uno de los «Destinos de la Francmasonería» bien podría ser el de constituir un «vínculo» entre los primeros y los últimos tiempos, entre el comienzo y el fin del ciclo actual (y por ello también entre el fin y el comienzo del ciclo futuro).
[26] Cf. «Palabra perdida y nombres substitutivos», op. cit.
[27] Como precisa Guénon (loc. cit.), se trata de una palabra compuesta, formada por la reunión de tres nombres divinos pertenecientes a tres tradiciones diferentes, lo que no puede ser comunicado regularmente sino por el concurso de tres personas formando un triángulo. Se podría pensar que el triángulo así constituido es el triángulo de Pitágoras, que había sido hecho incompleto por la muerte del tercer Gran Maestro; además, había en la antigua Masonería operativa una correspondencia entre los tres Grandes Maestros (Salomón, Hirán, Rey de Tiro, y Amon, «el Arquitecto», cuyo nombre ha sido reemplazado en la Masonería especulativa por el de Hiram-Abif) y las tres tradiciones a las cuales pertenecían los tres nombres que componen la «palabra reencontrada», siendo el tercer nombre un nombre egipcio asociado a Amón, el tercer Gran Maestro (cf. Reseña del nº de octubre de 1949 del Speculative Mason en el tomo II de los Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo). Es necesario sin embargo señalar que en el ritual del Royal Arch, como Guénon observa (op. cit.), cada uno de los tres nombres divinos que forma la «palabra reencontrada» es pronunciado por turno por cada uno de los miembros del triángulo, de suerte que la palabra compuesta es reconstituida tres veces. Más que un triángulo rectángulo, el triángulo así formado ¿no será un triángulo equilátero, del cual algunos de los ángulos no corresponderían a aquel que forma la Escuadra, pero del que cada uno se relaciona con la apertura del Compás?  
[28] Sobre el nombre divino egipcio que constituye el tercer componente del nombre, Guénon señala que entra en la composición de uno de los principales nombres de Osiris, y que tiene propiamente el sentido de «ser» (op. cit., p. 178)
[29] Sin duda la «morada eterna» que el hombre debe alcanzar a reencontrar en su corazón puede ser asimilada a un Templo (o a la «ciudad divina» en el seno de la cual está edificada este Templo), pero este simbolismo supone la referencia a un «arte», es decir, a tipo de actividad que, para la humanidad, no ha podido llegar a ser necesaria sino por la consiguiente caída. Señalemos para terminar que una traducción más exacta del Salmo CXXVII, 1, versículo al cual nos hemos referido al comienzo del este texto, sería: «Si YHVH no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen».


sábado, 28 de febrero de 2015

El Espacio Sagrado y la Sacralización del Mundo (Fragmentos); por Mircea Eliade.

   
Capítulo I de Lo Profano y Lo Sagrado, Paidós, Barcelona, 1998 [Le sacré et le profane, Gallimard, Paris, 1983], basado, como señala Patrick Geay en Misterios y Significaciones del Templo Masónico (Introducción, nota 41), en la obra de René Guénon, aunque no lo cite.


"Nuestro Mundo" se sitúa siempre en el centro.

De todo cuanto precede resulta que el "verdadero mundo" se encuentra siempre en el "medio", en el "centro", pues allí se da una ruptura de nivel, una comunicación entre las dos zonas cósmicas. Siempre se trata de un cosmos perfecto, cualquiera que sea su extensión. Un país entero (por ejemplo, Palestina), una ciudad (Jerusalén), un santuario (el Templo de Jerusalén) representan indiferentemente una imago mundi. Flavio Josefo escribía, a propósito del simbolismo del Templo, que el atrio representaba el "mar" (es decir, las regiones inferiores); el santuario, la Tierra, y el Santo de los Santos, el cielo (Ant. Iud., III, VII, 7). Se comprueba, pues, que tanto la imago mundi como el "centro" se repiten en el interior del mundo habitado. Palestina, Jerusalén y el Templo de Jerusalén representan cada uno de ellos de por sí, y simultáneamente, la imagen del universo y del Centro del Mundo. Esta multiplicidad de "centros" y esta reiteración de la imagen del mundo a escalas cada vez más modestas constituyen una de las notas específicas de las sociedades tradicionales.

Nos parece que se impone una conclusión: el hombre de las sociedades premodernas aspira a vivir lo más cerca posible del Centro del mundo. Sabe que supaís se encuentra efectivamente en medio de la Tierra; que su ciudad constituye el ombligo del universo, y, sobre todo, que el templo o el palacio son verdaderos centros del mundo: pero quiere también que su propia casa se sitúen el centro y sea una imago mundi. Y, como vamos a ver, se piensa que las habitaciones se encuentran en el Centro del mundo, el hombre de las sociedades tradicionales no podía vivir más que en un espacio "abierto" hacia lo "transcendente", era posible ritualmente. Bien entendido, el santuario, el "centro" por excelencia, estaba ahí, al alcance de su mano en su ciudad, y para comunicar con el mundo de los dioses le bastaba con penetrar en el templo. Pero el homo religiosus sentía la necesidad de vivir siempre en el centro, al igual que los achipla, los cuales, como hemos visto, llevaban siempre con ellos el poste sagrado, el axis mundi, para no alejarse del centro y permanecer en comunicación con el centro del mundo supraterrestre. En una palabra: cualerquiera que sean las dimensiones de su espacio familiar -su país, su ciudad, su pueblo, su casa-, el hombre de las sociedades tradicionales experimenta la necesidad de existir contantemente en un mundo total y organizado, en un cosmos.

Un universo toma su origen de su centro, se extiende desde un punto central que le es como el "ombligo". Así es, según el Rig Veda (X, 149), como nace y se desarrolla el universo: a partir de un núcleo, de un punto central. La tradición judía es todavía más explícita: "El Santísimo ha creado el mundo como un embrión. Así como el embrión crece a partir del ombligo, Dios ha empezado a crear el mundo por el ombligo, y de ahí se ha extendido en todas las direcciones." Y, habida cuenta de que el "ombligo de la Tierra", el Centro del mundo, es la Tierra Santa, Yoma afirma: "El mundo ha sido crado por Sión. [14] El rabino ben Gorión decía a propósito de la roca de Jerusalén: "Se llama la piedra de la base de la Tierra, es decir, el ombligo de la Tierra, porque a partir de ella se ha desplegado la Tierra entera" [15]. Por otra parte, puesto que la creación del hombre es una réplica de la cosmogonía, el primer hombre fue formado en el "ombligo de la Tierra" (tradición mestopotámica), en el Centro del mundo (tradición irania), en el paraíso situado en el "ombligo de la Tierra" o en Jerusalén (tradiciones judeocristianas). Y no podía ser de otro modo, puesto que el centro es precisamente el lugar enel que se efectúa una ruptura de nivel, donde el espacio se hace sagrado, real, por excelencia. Una creación implica superabundancia de realidad; dicho de otro modo: la irrupción de lo sagrado en el mundo.

Síguese de ello que toda construcción o fabricación tiene como modelo ejemplar la cosmogonía. La creación del mundo se convierte en el arquetipo de todo gesto humano creador cualquiera que sea su plano de referencia. Hemos visto que la instalación en un territorio reitera su cosmogonía. Después de haber colegido el valor del centro y se extiende hacia los cuatro puntos cardinales, la ciudad se constituye a partir de una encrucijada. En Bali, al igual que en ciertas regiones de Asia, cuando se preparan las gentes a construir un pueblo nuevo, buscan una encrucijada natural en la que se corten perpendicularmente dos caminos. El cuadrado construido a partir del punto central es una imago mundi. La división del pueblo en cuatro sectores, que implica por lo demás una partición paralela de la comunidad, correspondiente a la división del universo en cuatro horizontes. En medio del pueblo se deja con frecuencia un espacio vacío: allí se elevará más tarde una casa cultual, cuyo techo representa simbólicamente el cielo (a veces indicado por la cima de un árbol o por la imagen de una montaña). Sobre el mismo eje perpendicular se encuentra, en el otro extremo, el mundo de los muertos, simbolizado por cierto animales (serpiente, cocodrilo, etc.,) o por los ideogramas de la tinieblas [16].

El simbolismo cósmico del pueblo lo recoge la estructura del santuario o de la casa cultual. En Waropen, Guinea, la "casa de los hombres" se encuentra en medio del pueblo: su techo representa la bóveda celeste, las cuatro paredes corresponden a las cuatro direcciones del espacio. En Ceram, la piedra sagrada del pueblo simboliza el cielo, y las cuatro columnas de piedra que la sostienen encarnan los cuatro pilares que sostienen el cielo [17]. Reencuéntrase concepciones análogas en las tribus algonquinas y sioux: la cabaña sagrada donde tienen lugar las iniciaciones representa el universo. Su techo simboliza la bóveda celeste, el suelo representa la Tierra, las cuatro paredes las cuatro direcciones del espacio cósmico. La construcción ritual del espacio queda subrayada por un triple simbolismo: las cuatro puertas, las cuatro ventanas y los cuatro colores significan los cuatro puntos cardinales. La construcción de la cabaña sagrada repite, pues, la cosmogonía [18].

No causa asombre reencontrar una concepción semejante en la Italia antigua y entre los antiguos germanos. Se trata, en suma, de una idea arcaica y muy difundida: a partir de un centro se proyectan los cuatro horizontes en las cuatro direcciones cardinales. El mundus romano era una fosa circular dividida en cuatro: era a la vez imagen del cosmos y el modelo ejemplar del habitat humano. Se ha sugerido con razón que la Roma quadrata debe ser entendida no en el sentido de que hubiera la forma de un cuadrado, sino en el de que estaba dividida en cuatro partes [19]. El mundus se asimila evidentemente al omphalos, al ombligo de la Tierra: la ciudad (urbs) se situaba en medio del orbis terrarum. Se ha podido mostrar que ideas similares explican la estructura de los pueblos y las ciudades germánicas [20] En contextos culturales muy diversos volvemos a encontrar siempre el mismo esquema cosmológico y el mismo escenario ritual: la instalación en un territorio equivale a la fundación de un mundo.


Ciudad-Cosmos

Si es verdad que "nuestro mundo" es un cosmos, todo ataque exterior amenaza con transformarlo en "caos". Y puesto que "nuestro mundo" se ha fundado a imitación de la obra ejemplar de los dioses, la cosmogonía, los adversarios que lo atacan se asimilan a los enemigos de los dioses, a los demonios y sobre todo al archidemonio, al dragón primordial vencido por los dioses al comienzo de los tiempos. El ataque contra "nuestro mundo" es la revancha del dragón mítico que se rebela contra la obra de los dioses, el cosmos, y trata de reducirla a la nada. Los enemigos se alinean entre las potencias del caos. Toda destrucción de una ciudad equivale a una regresión al caos. Toda victoria contra el atacante reitera la victoria ejemplar del dios contra el dragón (contra el "caos").

Por esta razón el faraón era asimilado al dios Râ, vencedor del dragón Apofis, en tanto que sus enemigos se identificaban con ese dragón mítico. Darío se tenía por un nuevo Thraetaona, héroe mítico iranio que había matado un dragón de tres cabezas. En la tradición judaica, los reyes paganos eran presentados bajo los rasgos del dragón: así, Nabucodonosor descrito por Jeremías (51,34) o Pompeyo en los Salmos de Salomón (9, 29).

Como tendremos ocasión de volver a decir, el dragón es la figura ejemplar del monstruo marino, del la serpiente primordial, símbolo de las aguas cósmicas, de las tinieblas, de la noche  de la muerte; en una palabra: de lo amorfo y de lo virtual, de todo lo que no tiene aún una "forma". El dragón ha tenido que ser vencido y despedazado por el dios para que el cosmos pudiera crearse. Así, del cuerpo del mostruo marino, Tiamat, Marduk, creó el mundo. Yahvé creó el universo después de su victoria contra el monstruo primordial Rahab. Pero, como se ha de ver, esta victoria del dios sobre el dragón debe repetirse simbólicamente cada año, pues cada año el mundo ha de ser creado de nuevo. Igualmente, la victoria de los dioses contra las fuerzas de las tinieblas, de la muerte y del caos se repite en cada victoria de la ciudad contra sus invasores.

Es muy probable que las defensas de los lugares habitados y de las ciudades fueran en su origen defensas mágicas; estas defensas -fosos, laberintos, murallas, etc.- estaban destinadas más bien para impedir la invasión de los demonios y de las almas de los muertos que para rechazar el ataque de los humanos. En el norte de la India, en tiempos de la epidemia, se describe alrededor del pueblo un círculo para impedir a los demonios de la enfermedad puedan penetrar en el recinto [21]. En el Occidente medieval, los muros de las ciudades se consagran ritualmente como una defensa contra el demonio, la enfermedad y la muerte. Por otra parte, el pensamiento simbólico no halla dificultad alguna en asimilar el enemigo humano al demonio y a la muerte. A fin de cuentas, el resultado de sus ataques, sean estos demoníacos o militares, es siempre el mismo: la ruina, la desintegración, la muerte.

Las mismas imágenes se siguen utilizando en nuestros días cuando se trata de formular los peligros que amenazan a un cierto tipo de civilización: se habla especialmente de "caos", de "desorden", de "tinieblas", en las que se hundirá "nuestro mundo". Todas esas expresiones significan la abolición de un orden, de un cosmos, de una estructura orgánica y la reinmersión de un estado fluido, amorfo; en una palabra: caótico. Prueba esto, a nuestro parecer, que las imágenes ejemplares perviven todavía en el lenguaje y en los tópicos del hombre moderno. Algo de la concepción tradicional del mundo perdura aún en su comportamiento, aunque no siempre se tenga conciencia de esta herencia inmemorial.

Asumir la Creación del Mundo

De momento, subrayemos la diferencia radical que se percibe en los dos comportamientos -"tradicional" y "moderno"- con respecto a la morada humana. Superfluo es insistir en el valor y en la función de la habitación en las sociedades preindustriales; son de sobra conocidos. Según la fórmula de un célebre arquitecto contemporáneo. Le Corbusier, la casa es una "máquina de residir". Se alinea, pues, entre las innumerables máquinas producidas en serie en las sociedades industriales. La casa ideal del mundo moderno debe ser, ante todo, funcional, es decir, debe permitir a los hombres trabajar y descansar para asegurar su trabajo. Se puede cambiar de "máquina de residir" con tanta frecuencia como se cambia de bicicleta, de nevera o de automóvil. Asimismo, se puede abandonar el pueblo o la provincia natal sin otro inconveniente que el derivado del cambio de clima.

No entra en nuestro tema escribe la historia de la lenta desacralización de la morada humana. Este proceso forma parte integrante de la gigantesca transformación del mundo que se ha verificado en las sociedades preindustriales y que ha sido posible gracias a la desacralización del cosmos bajo la acción del pensamiento científico y, sobre todo, de los sensacionales descubrimientos de la física y la química. Tendremos más adelante ocasión de preguntarnos si esta secularización de la naturaleza es realmente definitiva y si el hombre moderno no tiene posibilidad ninguna de reencontrar la dimensión sagrada de la existencia en el mundo. Como acabamos de ver, y como habremos de ver mejor aún en lo que sigue, ciertas imágenes tradicionales, ciertos vestigios de la conducta del hombre perduran aún en estado de "superviviencias" incluso en las sociedades más industrializadas. Pero lo que nos interesa de momento es mostrar en su estado puro el comportamiento tradicional con respecto a la morada e inferir la Weltanschauung (cosmovisión) que implica.

Instalarse en un territorio, edificar una morada exige, lo hemos visto, una decisión vital, tanto para la comunicación entera como para el individuo, ya que se trata de asumir la creación del "mundo" que se ha escogido para habitar. Es preciso, por tanto, imitar la obra de los dioses, la cosmogonía. Esto no es fácil, pues existen también cosmogonías trágicas, sangrientas: imitador de los actos divinos, el hombre debe reiterarlos. Si los dioses han tenido que abatir y despedazar un monstruo marino o un ser primordial para poder sacar de él el mundo, el hombre, a su vez, ha de imitarlos cuando se construye su mundo, si ciudad o su casa. De ahí la necesidad de sacrificios sangrientos o simbólicos con motivo de las construcciones, sobre los cuales habremos de decir algunas palabras.

Cualquiera que se la estructura de una sociedad tradicional -ya sea una sociedad de cazadores, pastores o agricultores o una que esté ya en el estadio de la civilización urbana-, la morada se santifica siempre por el hecho de construir una imago mundi y de ser el mundo una creación divina. Pero existen varias formas de equiparar la morada al cosmos, precisamente porque existen varios tipos de cosmogonías. Para nuestro propósito nos basta con distinguir dos medios de transformar ritualmente la morada (tanto el territorio como la casa) en cosmos, de conferir el valor de imago mundi.

a) asimilándola al cosmos por la proyección de los cuatro horizontes a partir de un punto central, cuando se trata de un pueblo, o por la instalación simbólica del axis mundi, cuando se trata de la habitación familiar.

b) repitiendo por un ritual de construcción el acto ejemplar de los dioses, gracias al cual el mundo ha nacido del cuerpo de un dragón marino o del de un gigante primordial.

No tenemos que insistir aquí sobre la radical diferencia de Weltanshauungen implícitamente en esos dos medios de santificar la morada ni sobre sus presupuestos histórico-culturales. Digamos tan sólo que el primer medio -"cosmizar" un espacio por la proyección de los horizontes o por la instalación del axis mundi- está atestiguado ya en los estadios más arcaicos de cultura (véase el poste kauwa-auwa de los achilipa australianos), en tanto que el segundo medio parece haberse instaurado con la cultura de los cultivadores arcaicos. Lo que interesa a nuestra investigación es el hecho de que, en todas las culturas tradicionales, la habitación comporta un aspecto sagrado y que por esto mismo refleja el mundo. En efecto, la morada de los pueblos primitivos árticos, norteamericanos y norteasiáticos, presenta un poste central que se asimila al axis mundi, al pilar cósmico o árbol del mundo, que, como hemos visto, unen la Tierra al Cielo.

En otros términos: ser percibe en la estructura misma de la habitación el simbolismo cósmico. La casa es una imago mundi. El cielo se concibe como una inmensa tienda sostenida por un pilar central; la estaca de la tienda o el poste central de la casa se asimilan a los pilares del mundo y se designan por este nombre. Al pie del poste central tienen lugar los sacrificios en honor del ser supremo celeste; esto da una idea de la importancia de su función ritual. El mismo simbolismo se conserva entre los pastores ganadores del Asia Central, pero la habitación de techo cónico de pilar central está sustituida aquí por la yurta, la función mítico-ritual del pilar se ha transferido a la apertura superior de evacuación del humo. Lo mismo que el poste (=axis mundi), el árbol desramado cuya punta sale por la apertura superior de la yurta (y que simboliza el árbol cósmico) se concibe como una escalera que lleva al cielo: los chamanes trepan por él en su viaje celestial, y es por la abertura superior por donde salen volando [22]. Encuéntrase también el pilar sagrado erigido en medio de la habitación en África, entre los pueblos pastores hamitas y hamitoides [23].

En resumen, toda morada se sitúa cerca del axis mundi, pues el hombre religioso desea vivir sólo en el "Centro del mundo"; dicho de otro modo: en la realidad absoluta, en lo real.

Cosmogonía y Sacrificio en la Construcción

Una cosmogonía similar reaparece en una cultura tan altamente desarrollada como la de la India, pero aquí se manifiesta también el otro modo de equiparar la casa al cosmos, del que hemos dicho algunas palabras anteriormente. Antes que los alañiles coloquen la primera piedra, el astrólogo les indica el punto de los cimientos, que se encuentra encima de la serpiente que sostiene el mundo. El maestro albañil clava una estaca y la clava en el suelo, exactamente en el punto designado, el objeto de fijar bien la cabeza de la serpiente. Acto seguido, se coloca una piedra de base encima del pivote. La piedra angular se encuentra así exactamente en el "Centro del mundo". [24] Pero, por otra parte, el acto de la fundación repite el acto cosmogónicos: clavar la estaca en la cabeza de la serpiente y "fijarla" es imitar el gesto primordial de Soma o de Indra, que, de acuerdo con el Rig Veda, "golpeo a la serpiente en su guarida" (VI, XVII, 9) y le "cortó la cabeza con su relámpago (I, LII, 10). Como hemos dicho ya, la serpiente simboliza el caos, lo amorfo, lo no manifiesto. Decapitarla equivale a un acto de creación, al tránsito de lo virtual y lo amorfo a lo formal. Recuérdese que fue del cuerpo de un monstruo marino primordial. Tiamat, de lo que el dios Marduk formó el mundo. Esta renovaba el mundo. Pero el acto ejemplar de la victoria divina se repetía igualmente con motivo de toda construcción, pues toda nueva construcción reproducía la creación del mundo.

Este segundo tipo de cosmogonía es mucho más completo, y no haremos sino describirlo someramente aquí. Pero no se podría pasar sin mencionarlo, puesto que, en última instancia, de una cosmogonía semejante son solidarias las innumerables formas del sacrificio de construcción, que en suma, no es sino una imitación, a menudo simbólica, la del sacrificio primordial, que ha dado origen al mundo. En efecto, a partir de un cierto tipo de cultura, el mito cosmogónico explica la creación por la muerte de un Gigante (Ymir en la mitología germánica. Purusha en la mitología india. P'an-ku en China): sus órganos dan origen a las diferentes regiones cósmicas. Según otros grupos de mitos, no sólo es el cosmos el que nace a continuación de la inmolación de un ser primordial y de su propia sustancia, sino también las plantas alimenticias, las razas humanas o las diferentes clases sociales. Es de este tipo de mitos cosmogónicos de los que dependen los sacrificios de la construcción. Para que dure una construcción (casa, templo, obra técnica, etc.) ha de estar animada, debe recibir a la vez una vida y un alma. La "transferencia" del alma sólo es posible por medio de un sacrificio sangriento. La historia de las religiones, la etnología, el folklore, conocen innumerables formas de sacrificios de construcción, de sacrificios sangrientos o simbólicos en beneficio de una construcción [25]. En el sudeste de Europa, estos ritos y creencias han dado origen a admirables baladas populares que escenifican al sacrificio de la esposa del maestro albañil, a fin de que una construcción pueda terminarse (por ejemplo, las baladas del puente de Arte en Grecia, del monasterio de Argesh en Rumania, de la ciudad de Scutari en Yugoslavia, etc.).

Hemos dicho ya los suficiente sobre la significación religiosa de la morada humana para que ciertas conclusiones se impongan por si mismas: como la ciudad o el santuario, la casa está santificada, en parte o en su totalidad, por un simbolismo o un ritual cosmogónico. Por esta razón, instalarse, en cualquier parte, construir un pueblo o simplemente una casa, representa una grave decisión, pues la existencia misma del hombre se compromete con ello: se trata, en suma, de crearse su propio "mundo" y de asumir la responsabilidad de mantenerlo y renovarlo. No se cambia la morada con ligeraza, porque no es fácil abandonar el propio "mundo". La habitación no es un objeto, un "maquina de residir": es el universo que el hombre se construye imitando la creación ejemplar de los dioses, la cosmogonía. Toda construcción y toda inauguración de una nueva morada equivale en cierto modo a un nuevo comienzo, a nueva vida. Y todo comienzo repite ese comienza primordial en que el universo vio la luz por primera vez. Incluso en las sociedades modernas tan grandemente desacralizadas, las fiestas y regocijos que acompañan a la instalación de una nueva morada conservan todavía la reminiscencia de las ruidosas festividades que señalaban antaño el incipit vita nova. Puesto que la morada constituye una imago mundi, se sitúa simbólicamente en el "Centro del mundo".

La multiplicidad, o infinidad, de centros del mundo no causa ninguna dificultad al pensamiento religioso. Pues no se trata del espacio geométrico, sino del espacio existencial y sagrado que presenta una estructura radicalmente distinta, que es susceptible de una infinidad de rupturas y, por tanto, de comunicaciones con lo transcendente. Se ha visto la significación cosmológica y el papel ritual de culturas esas significaciones cosmológicas y estas funciones rituales se han transferido a la chimenea (orificio de salida del humo) y a la parte del techo que se encuentra encima del "ángulo sagrado" y que se arranca o incluso se rompe en caso de agonía prolongada. A propósito de la equiparación comos-casa-cuerpo humano, tendremos ocasión de señalar la profunda significación de esta "ruptura de techo". De momento recordemos que los santuarios más antiguo eran hipetros o presentaban una abertura en el techo: se trataba del "ojo de la cúpula" que simbolizaba la ruptura de niveles en la comunicación con lo transcedente.

La arquitectura sagrado no ha hecho sino recoger y desarrollar el simbolismo cosmológico presente ya en la estructura de las habitaciones primitivas. A su vez, la habitación humana había sido precedida cronólogicamente por el "lugar santo" provisional, por el espacio consagrado cosmizado provisionalmente (por ejemplo, en el caso de los achilpa australiano). Dicho de otro modo, todos los símbolos y los rituales concernientes a los templos, las ciudades y las casas derivan, en última instancia, de la experiencia primaria del espacio sagrado.


Templo, Basílica, Catedral

En la grandes civilizaciones orientales -desde Mesopotamia y Egipto hasta China y a la India-, el templo ha conocido una nueva e importante valoración: no es solo una imago mundi, es asimismo la reproducción terrestre de un modelo transcendente. El judaísmo ha heredado esta concepción paleoriental del templo como copia de un arquetipo celeste. Esta idea es probablemente una de las últimas interpretaciones que el hombre religioso ha dado a la experiencia primaria del espacio sagrado por oposición al espacio profano. Hemos de insistir algo sobre las perspectivas abiertas por estas nueva concepción religiosa.

Recordemos lo esencial del problema: si el templo constituye una imago mundi es porque el mundo, en tanto que es obra de los dioses, es sagrado. Pero la estructura cosmológica del templo trae consigo una nueva valoración religiosa: lugar santo por excelencia casa de los dioses, el templo resantifica continuamente el mundo porque lo representa y al mismo tiempo lo contiene. En definitiva, gracias al templo, el mundo se resantifica en su totalidad. Cualquiera que sea su grado de impureza, el mundo está siendo continuamente purificado por la santidad de los santuarios.

Otra idea se deja ver a partir de esta diferencia ontológica que se impone cada vez más en el cosmos y su imagen santificada, el templo: la de que la santidad del templo está al socaire de toda corrupción terrestre, y esto por el hecho de que el plano arquitectónico del templo es obra de los dioses y, por consiguiente, se encuentra muy próximo a los dioses, al cielo. Los modelos transcendentes de los templos gozan de una existencia espiritual, incorruptible, celeste. Por la gracia de los dioses, el hombre accede a la visión fulgurante de esos modelos y se esfuerza, acto seguido, por reproducirlos en la Tierra. El rey babilonio Gudea vio en sueños a la diosa Nidaba mostrándole una tabla en la que se mencionaban las estrellas benéficas y un dios le reveló el plano del templo. Senaquerib construyó en Nínive según "el proyecto establecido desde tiempos muy antiguos en la configuración del cielo." [26] Esto no quiere decir que la "geometría celeste" haya hecho posible las primeras construcciones, sino ante todo que los modelos arquitectónicos, por encontrarse en el cielo, participan de la sacralidad urania.

Para el pueblo de Israel, los modelos del tabernáculo, de todos los utensilios sagrados del Templo fueron creados por Yavhé desde la eternidad, y fue Yavhé quien los reveló a sus elegidos para que fueran reproducidos en la Tierra. Se dirige a Moisés en estos términos: "Construiréis el tabernáculo con todos los utensilios, exactamente según el modelo que te voy a enseñar" (Éxodo, 25, 8-9); "Mira y fabrica todos estos objetos según el modelo que se te ha enseñado en la montaña" (Éxodo, 25, 40). Cuando David dio a su hijo Salomón el plano de las edificaciones del templo, del tabernáculo y de todos los utensilios, le asegura que "todo esto... se encuentra expuesto en un escrito de mano del Eterno que me ha dado la inteligencia" (1 Crónicas 28, 19). Ha visto, pues, el modelo celeste creado por Yahvé al comienzo de los tiempos. Es esto lo que proclama Salomón.

Tú me has ordenado construir el Templo en tu santísimo nombre,
así como un altar en la ciudad donde tú habitas,
según el modelo de la muy santa tienda.
que habría preparado desde el principio (Sabiduría 9, 8).

La Jerusalén celestial ha sido creada por Dios al mismo tiempo que el paraíso; por tanto, in aeternum. La ciudad de Jerusalén no era sino la reproducción aproximada del modelo transcedente: podía ser mancillado por el hombre, por su modelo era incorruptible, no estaba implicado en el tiempo. "La construcción que se encuentra actualmente en medio de vosotros no es la que ha sido revelada por mí, la que estaba dispuesta desde el tiempo en que me decidí a crear el paraíso y que he mostrado a Adán antes de su pecado" (Apocalipsis de Baruc II, IV, 3-7).

La basilica cristiana y después la catedral recogen y continúan todos estos simbolismos. Por una parte, la iglesia es concebida como imitación de la Jerusalén celestial, y esto ya desde la antigüedad cristiana; por otra, reproduce el paraíso o el mundo celestial. Pero la estructura cosmológica del edificio sagrado perdura todavía en la conciencia de la cristiandad: es evidente, por ejemplo, en la iglesia bizantina. "Las cuatro partes del interior de la iglesia simbolizan las cuatro direcciones cardinales. El interior de la iglesia es el universo. El altar es el paraíso, que se encuentra al Este. La puerta imperial del santuario propiamente dicho se llama también la "Puerta del paraíso". Durante la semana pascual, esta puerta permanece abierta durante todo el servicio; el sentido de esta costumbre se explica claramente en el canon pascual; Cristo ha resucitado de la tumba y nos ha abierto las puertas del paraíso. El Oeste, al contrario, es la región de las tinieblas, de la aflicción, de la muerte, de las moradas eternas de los muertos que esperan la resurrección de los muertos y el juicio final. La parte de en medio del edificio es la Tierra. Según las concepciones de Kosmas Indicopleustes, la Tierra es rectangular y está limitada por cuatro paredes que están recubiertas por una cúpula. Las cuatro partes del interior de una iglesia simbolizan las cuatro direcciones cardinales" [27] En cuanto que es imagen del cosmos, la iglesia bizantina encarna y a la vez el mundo.


Notas:

[14] Véanse las referencias en ibíd., pág. 36.
[15] W. H. Roscher, Neue Omphalosstudien (Abh. d. Königl. Sächs. Ges. d. Wiss., Phil. Klasse), XXXI, I, 1995, pág. 16.
[16] Véase C. T. Bertling, Vierzahl, Kreuz und Mandala in Asien, Amsterdam, 1954, págs. 8 y sigs.
[17] Véanse las referencias en Bertling, op. cit., págs. 4-5
[18] Véanse los materiales agrupados e interpretados por Werner Müller, Die blaue Hütte, Wiesbaden, 1954, págs. 60 y sigs.
[19] F. Altheim, enWerner Müller, Kreis und Kreuz, Berlin,1938, págs. 60 y sigs.
[20] Ibid., págs. 65 y sigs. Véase también W. Müller, Die heilige Stadt, Stuttgart, 1961. Volvemos sobre este problema en una obra en preparación: Cosmos, templo, casa.
[21] M. Eliade, Traité d'histoire des religions, pág. 318.
[22] M. Eliade, Le chamanisme et les téchniques archaïques de l'extase, París, 1951, págs. 238 y sigs.
[23] Wilhelm Schmidt. "Der heilige Mittelpfahl des Hauses", Anthropos XXXV-XXXVI, 1940-1941, pág. 967.
[24] S. Stevenson, The Rites of the Twice-Born. Oxford, 1920, pág. 354
[25] Véase Paul Sartori. "Über das Bauopfer", Zeitschrifh für Ethnologie, XXX, 1989, págs. 1-54; M. Eliade, "Manole et le Monastère d'Argesh", Revue des Études roumaines, III-IV, París, 1955-1956, págs. 7-28.
[26] Véase Le mythe de l'éternel retour, pág. 23.
[27] Hans Sedlmayr, Die Entstehung der Kathedrale, Zurich, 1950, pág. 119; W. Wolska, La topographie chrétienne de Cosmos Indicopleustes, París, 1962, pág 131 y passim.