sábado, 30 de noviembre de 2013

La Consagración de la Catedral de Colonia


Planta de la Catedral de Colonia
La catedral de Colonia fue comenzada el 14 de agosto de 1248. Los trabajos estuvieron dirigidos por el maestro Gérard, tallador de piedra. La consagración de la catedral estuvo a cargo del arzobispo, y los asistentes a la ceremonia fueron los obispos de Colonia, Munster, Osnabrück, Minden, Liege y Utrech, los abades, los responsables de la diócesis y buena parte del clero de Colonia. Como laicos, tan sólo el maestro de la obra y una pareja de obreros. La carta se conserva en los archivos de Darmstadt, libro de los archivos del Gran Capítulo de Colonia, p. 92 (siglo XIV). El historiador alemán Sulpice Boisserée la reproduce en su libro Description de la Cathédrale de Cologne, Stuttgart, París, Firmin Didot, 1823. Louis Lachat incluye el siguiente extracto en La Franc-Maçonnerie Operative, París, Guy Trédaniel-La Maisnie, 1990, p. 126.


"...Se expanden las cenizas sobre el suelo de la iglesia; y para indicar que se trata de una casa consagrada a esta doctrina de la que Jesucristo es el comienzo y el fin, el Alfa y el Omega, el arzobispo, con el extremo de su cruz, traza sobre la ceniza extendida todas las letras del alfabeto, desde la primera hasta la última; del ángulo Sud-Este al ángulo Nor-Oeste, y escribe el alfabeto griego, y del ángulo Nor-Este al ángulo Sud-Oeste, el alfabeto latino, de manera que los caracteres formen una cruz cuyas líneas se cortan diagonalmente; después se asperja el altar y se invoca al creador omnipotente, al GRAN ARQUITECTO DEL UNIVERSO, y se le suplica que otorgue duración y solidez a esta casa, que aleje a los malos genios y que haga descender a los ángeles de la paz; luego, tras haber dado tres veces la vuelta a la iglesia, con frecuentes aspersiones, el arzobispo se sitúa en medio del edificio y, volviéndose hacia los cuatro puntos cardinales, esparce el agua bendita en forma de cruz, invocando al Espíritu Santo e invitándole a descender sobre esta habitación sagrada y a cubrirla de esplendor".


viernes, 29 de noviembre de 2013

Edición Bilingüe de "El Hombre y su devenir según el Vêdânta" de René Guénon; Colección el Anillo de Oro

Hace algo más de un mes que salió publicado el cuarto volumen de la Colección el Anillo de Oro, de la Editorial Pardes, dedicado a la obra de René Guénon El Hombre y su devenir según el Vedanta. Este título, publicado por primera vez en París en 1925 constituye el  primero de una serie de tres, junto a El Simbolismo de la Cruz y Los Estados Múltiples del Ser, destinada a servir de materia doctrinal imprescindible y propicia para aquellos capaces de asimilarla, de tal manera que se haga posible y a resultas de ello la formación de una "élite intelectual verdadera".

En esta obra la doctrina hindú, en particular los textos del Vêdânta, sirve de soporte doctrinal a René Guénon para abordar desde un punto de vista estrictamente metafísico la constitución del ser humano en sus tres órdenes de existencia: el dominio corporal, el dominio psíquico, y el dominio espiritual, enumerando posteriormente los distintos estados de consciencia, y finalizar con la exposición de las diferentes posibilidades que se abren al destino póstumo de cada individuo humano en función del estado alcanzado durante su existencia. Estamos pues ante una obra singular y única por cuanto expone en un lenguaje asequible para el hombre nacido y educado en Occidente, la doctrina tradicional acerca de la constitución del ser humano y su destino póstumo, siguiendo la rama más puramente metafísica de las doctrinas de la tradición hindú, como es el Vêdânta.

La obra presente se muestra pues compuesta lejos de un carácter meramente histórico o filosófico, y mucho menos del ocultista o de divulgación, como se acostumbra. El Hombre y su devenir según el Vedanta tiene la intención ante todo de proporcionar los elementos doctrinales orientales esenciales para, con el debido estudio "real y profundo" como indica el propio René Guénon, preparar la "formación de una élite intelectual occidental".

Destacamos, finalmente, una vez más la calidad de la edición, tanto en la bella y sobria elaboración formal de cada ejemplar, como en la presentación bilingüe de los textos y su cuidada traducción, que cuenta por primera vez con la autorización de la propia familia Guénon, habiéndose tomado como base la tercera edición de 1947, que fue la última revisada por el propio autor. Digno es también de reseñar el índice de términos sanscritos con que acaba el volumen, cosa inédita en ninguna edición anterior en lengua española y que ayudará sin duda en la comprensión y lectura de la obra.


Para cualquier pedido se ruega visitar la página de la Editorial Pardes.

En el siguiente enlace la Editorial Pardes pone a disposición de los lectores interesados el capítulo XX de la obra.


sábado, 23 de noviembre de 2013

La Tetraktys y el "Cuadrado de Cuatro"; por René Guénon

Artículo publicado originalmente en la revista Etudes Traditionelles, en abril de 1937, y recopilado tras la muerte de su autor como capítulo de Symboles de la Science Sacrée.

En diversas oportunidades, nos vimos llevados en el curso de nuestros estudios a aludir a la Tetraktys pitagórica, y hemos indicado entonces la fórmula numérica: 1+2+3+4=10, por la cual se muestra la relación que une directamente el denario al cuaternario. Por lo demás, sabida es la particularísima importancia que le atribuían los pitagóricos, y que se manifestaba notablemente en el hecho de prestar juramento “por la sagrada Tetraktys; quizá no ha sido tan observado el que los pitagóricos tenían también otra fórmula de juramento: “por el cuadrado de cuatro”; y hay entre ambos una relación evidente, ya que el número cuatro es, podría decirse, su base común. Podría deducirse de aquí, entre otras consecuencias, que la doctrina pitagórica debía presentarse con un carácter más “cosmológico” que puramente metafísico, lo que, por otra parte, no es ningún caso excepcional cuando se trata de las tradiciones occidentales, pues ya hemos tenido ocasión de formular una observación análoga en lo referente al hermetismo. La razón de esta inferencia, que puede parecer extraña a primera vista a quien no está habituado al uso del simbolismo numérico, es que el cuaternario se ha considerado siempre y en todas partes como el número propio de la manifestación universal; señala, pues, a este respecto, el punto de partida mismo de la “cosmología”, mientras que los números antecedentes, o sea la unidad, el binario y el ternario, se refieren estrictamente a la “ontología”; así, la importancia particular otorgada al cuaternario se corresponde perfectamente con la otorgada al punto de vista “cosmológico”, mismo.

Al comienzo de las Rasài-l-Ijwàn es-safà [1], los cuatro términos del cuaternario fundamental se enumeran así:

1. El Principio designado como el-Bâri, “el Creador” (lo cual indica que no se trata del Principio supremo, sino solo del Ser, en tanto que principio primero de la manifestación, que, por lo demás, es, en efecto, la Unidad metafísica).
2. El Espíritu universal.
3. El Alma universal.
4. La Hylé [‘materia’] primordial.

No desarrollaremos por ahora los diversos puntos de vista según los cuales podrían considerarse esos términos; especialmente, podría hacérselos corresponder respectivamente a los cuatro “mundos” de la Cábala hebrea, que tienen también su exacto equivalente en el esoterismo islámico. Lo que interesa por el momento es que el cuaternario así constituido se ve como presupuesto por la manifestación, en el sentido de que la presencia de todos sus términos es necesaria para el desarrollo completo de las posibilidades que ella comporta; y por eso —se agrega— en el orden de las cosas manifestadas se encuentra siempre particularmente la señal (podría decirse, en cierto modo, la “signatura”) del cuaternario: de ahí, por ejemplo, los cuatro elementos (descontando aquí el Éter, pues no se trata sino de los elementos “diferenciados”), los cuatro puntos cardinales (o las cuatro regiones del espacio que les corresponden, con los cuatro “pilares” del mundo), las cuatro fases en que todo ciclo se divide naturalmente (las edades de la vida humana, las estaciones en el ciclo anual, las fases lunares en el ciclo mensual, etc.), y así sucesivamente; se podría establecer de esta suerte una multitud indefinida de aplicaciones del cuaternario, todas vinculadas entre sí por correspondencias analógicas rigurosas, pues no son, en el fondo, sino otros tantos aspectos más o menos especiales de un mismo “esquema” general de la manifestación.

Este “esquema”, en su forma geométrica, es uno de los símbolos más difundidos, uno de aquellos que son verdaderamente comunes a todas las tradiciones: el círculo dividido en cuatro partes iguales por una cruz formada de dos diámetros perpendiculares; y cabe observar inmediatamente que esta figura expresa justamente la relación entre el cuaternario y el denario, tal como la expresa, en forma numérica, la fórmula a que nos referíamos al comienzo. En efecto, el cuaternario está representado geométricamente por el cuadrado, si se lo encara en su aspecto “estático”; pero, en su aspecto “dinámico”, como es el caso aquí, lo está por la cruz; ésta, cuando gira en torno de su centro, engendra la circunferencia, que, con el centro, representa el denario, el cual, según antes hemos dicho, es el ciclo numérico completo. A esto se llama la “circulatura del cuadrante”, representación geométrica de lo que expresa aritméticamente la fórmula 1+2+3+4=10; inversamente, el problema hermético de la “cuadratura del círculo” (expresión por lo general mal comprendida) no es sino lo representado por la división cuaternaria del círculo, supuesto como dado previamente, por dos diámetros perpendiculares, y se expresará numéricamente con la misma fórmula, pero escrita en sentido inverso: 10=1+2+3+4, para mostrar que todo el desarrollo de la manifestación queda así reducido al cuaternario fundamental.

Sentado esto, volvamos a la relación entre la Tetraktys el cuadrado de cuatro: los números 10 y 16 ocupan la misma fila, la cuarta, respectivamente en la serie de los números triangulares y en la de los números cuadrados. Sabido es que los números triangulares son los obtenidos sumando los enteros consecutivos desde la unidad hasta cada uno de los términos sucesivos de la serie; la unidad misma es el primer número triangular, como es también el primer número cuadrado, pues, siendo el principio y origen de la serie de los números enteros, debe serlo igualmente de todas las demás series así derivadas. El segundo número triangular es 1+2=3, lo que, por lo demás, muestra que, en cuanto la unidad ha producido por su propia polarización el binario, por eso mismo se tiene ya inmediatamente el ternario; y la representación geométrica es evidente: 1 corresponde al vértice del triángulo, 2 a los extremos de su base, y el triángulo mismo en conjunto es, naturalmente, la figura del número 3. Si se consideran ahora los tres términos del ternario como dotados de existencia independiente, su suma da el tercer número triangular: 1+2+3=6; este número senario, siendo el doble del ternario, implica, puede decirse, un nuevo ternario que es reflejo del primero, como en el conocido símbolo del “sello de Salomón”; pero esto podría dar lugar a otras consideraciones que excederían nuestro tema. Siguiendo la serie, se tiene, para el cuarto número triangular, 1+2+3+4=10, es decir, la Tetraktys; y así se ve, como lo habíamos explicado, que el cuaternario contiene en cierto modo todos los números, puesto que contiene al denario, de donde la fórmula del Tao-te King que hemos citado en una oportunidad anterior: “uno produjo dos, dos produjo tres, tres produjo todos los números”, lo que, equivale además a decir que toda la manifestación está como involucrada en el cuaternario o, inversamente, que éste constituye la base completa del desarrollo integral de aquélla.

La Tetraktys, en cuanto número triangular, se representaba naturalmente con un símbolo que en conjunto era de forma ternaria, y cada uno de cuyos lados exteriores comprendía cuatro elementos; este símbolo se componía en total de diez elementos, figurados por otros tantos puntos, nueve de los cuales se encontraban entonces en el perímetro del triángulo y uno en el centro. Se notará que en esta disposición, pese a la diferencia de forma geométrica, se encuentra el equivalente de lo que hemos indicado acerca de la representación del denario por el círculo, puesto que también en este caso 1 corresponde al centro y 9 a la circunferencia. A este respecto, notemos también, de paso, que precisamente porque el número de la circunferencia es 9, y no 10, la división de ella se efectúa normalmente según múltiplos de 9 (90 grados para el cuadrante, y por consiguiente 360 para la circunferencia conjunta), lo que, por lo demás, está en relación directa con toda la cuestión de los “números cíclicos”.


El cuadrado de cuatro es, geométricamente, un cuadrado cuyos lados comprenden cuatro elementos, como los del triángulo de que acabamos de hablar; si se consideran los lados mismos como medidos por el número de sus elementos, resulta que los lados del triángulo y los del cuadrado serán iguales. Se podrá entonces reunir ambas figuras haciendo coincidir la base del triángulo con el lado superior del cuadrado, como en el trazado siguiente (donde, para mayor claridad, no hemos marcado los puntos sobre los lados mismos sino en el interior de las figuras, lo que permite contar diferenciadamente los que pertenecen al triángulo y los que al cuadrado); y el conjunto así obtenido da lugar aún a diversas observaciones importantes. En primer lugar, si se considera solamente al triángulo y cuadrado como tales, el conjunto es una representación geométrica del septenario, en cuanto éste es la suma del ternario y él cuaternario: 3+4=7; más precisamente, puede decirse, según la disposición misma de la figura, que el septenario está formado por la unión de un ternario superior y un cuaternario inferior, lo cual admite aplicaciones diversas. Para atenernos a lo que aquí nos concierne más en particular, bastará decir que, en la correspondencia de los números triangulares y los cuadrados, los primeros deben ser referidos a un dominio más elevado que los segundos, de donde cabe inferir que, en el simbolismo pitagórico, la Tetraktys debía tener un papel superior al del cuadrado de cuatro; y, en efecto, todo cuanto de esa escuela se conoce parece indicar que era realmente así.

Ahora bien; hay algo más singular aún, lo cual, bien que se refiere a una forma tradicional diferente, no puede por cierto considerarse como simple “coincidencia”: los números 10 y 16, contenidos respectivamente en el triángulo y en el cuadrado, tienen por suma 26; y 26 es el valor numérico total de las letras que forman el tetragrama hebreo: yod he vav he. Además, 10 es el valor de la primera letra, yod, y 16 es el del conjunto de las otras tres letras, he-vav-he; esta división del tetragrama es enteramente normal, y la correspondencia de sus dos partes es también muy significativa: la Tetraktys se identifica así con el yod en el triángulo, mientras que el resto del tetragrama se inscribe en el cuadrado situado debajo de aquél.

Por otra parte, el triángulo y el cuadrado contienen ambos cuatro líneas de puntos; es de notar, aunque esto no tenga en suma sino importancia secundaria, y únicamente para destacar mejor las concordancias de diferentes ciencias tradicionales, que las cuatro líneas de puntos se encuentran también en las figuras de la geomancia, las cuales, además, por las combinaciones cuaternarias de 1 y 2, son en número de 16=42; y la geomancia, como su nombre lo indica, está en relación especial con la tierra, que, según la tradición extremo-oriental, tiene por símbolo la forma cuadrada.

Por último, si se consideran las formas sólidas correspondientes en la geometría tridimensional a las figuras planas de que se trata, al cuadrado corresponde un cubo y al triángulo una pirámide cuadrangular cuya base es la cara superior de ese cubo; el conjunto forma lo que el simbolismo masónico designa como la “piedra cúbica en punta” y que, en la interpretación hermética, es visto como una figura de la “piedra filosofal”. Sobre este último símbolo habría aún otras consideraciones que hacer; pero, como ya no tienen relación con el tema de la Tetraktys, será preferible tratarlas por separado.


Nota:

[1] “Epístolas de los Hermanos Sinceros”: los Hermanos Sinceros (o “Hermanos de la Pureza”) eran una organización esotérica del siglo X, a la cual se asocian en parte los orígenes de la filosofía islámica. (N. del T.).


jueves, 31 de octubre de 2013

El Ojo que todo lo ve; por René Guénon

El Ojo que todo lo ve en la cúpula de la Catedral de Santiago de Compostela
  Publicado en Études Traditionelles, abril-mayo 1948. Recopilado tras el fallecimiento del autor como capítulo LXXII de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.

    Uno de los símbolos comunes al cristianismo y a la masonería es el triángulo en el cual está inscripto el Tetragrama hebreo[1], o a veces solamente un yod, primera letra del Tetragrama, que puede considerarse en este caso como una abreviatura de él [2], que por lo demás, en virtud de su significación principial [3], constituye de por sí un nombre divino, e incluso el primero de todos según ciertas tradiciones [4]. A veces, también el yod mismo está reemplazado por un ojo, generalmente designado como “el Ojo que lo ve todo” (The All-Seeing Eye); la semejanza de forma entre el yod y el ojo puede, en efecto, prestarse a una asimilación, que por otra parte tiene numerosos significados, sobre los cuales, sin pretender desarrollarlos enteramente aquí, puede resultar interesante dar por lo menos algunas indicaciones.

    En primer lugar, cabe advertir que el triángulo de que se trata ocupa siempre una posición central [5] y que además, en la masonería, está situado expresamente entre el sol y la luna. Resulta de aquí que el ojo contenido en el triángulo no debería estar representado en forma de un ojo ordinario, derecho o izquierdo, puesto que en realidad el sol y la luna corresponden respectivamente al ojo derecho e izquierdo del “Hombre Universal” en cuanto éste es idéntico al “macrocosmo” [6]. Para que el simbolismo sea enteramente correcto, ese ojo debe ser un ojo “frontal” o “central”, es decir, un “tercer ojo”, cuya semejanza con el yod es más notable todavía; y, en efecto, ese “tercer ojo” es el que “lo ve todo” en la perfecta simultaneidad del eterno presente [7]. A este respecto, hay, pues, en las figuraciones ordinarias una inexactitud, que introduce una asimetría injustificable, debida sin duda a que la representación del “tercer ojo” parece más bien inusitada en la iconografía occidental; pero quienquiera comprende bien ese simbolismo, puede fácilmente rectificarla.

    El triángulo recto [o sea, con un vértice superior] se refiere propiamente al Principio; pero, cuando está invertido por reflejo en la manifestación, la mirada del ojo contenido en él aparece en cierto modo como dirigida “hacia abajo” [8], es decir, del Principio de la manifestación misma, y, además de su sentido general de “omnipresencia”, toma entonces más netamente el significado especial de “Providencia”. Por otra parte, si se considera ese reflejo, más particularmente, en el ser humano, debe notarse que la forma del triángulo invertido no es sino el esquema geométrico del corazón [9]; el ojo que está en su centro es entonces, propiamente, el “ojo del corazón” (‘aynu-l-qa1b en el esoterismo islámico), con todas las significaciones que implica. Además, conviene agregar que por eso, según otra conocida expresión, se trata del corazón “abierto” (el-qalbu-l-maftùh); esta abertura, ojo o yod, puede ser figurada simbólicamente como una “herida”, y recordaremos a este respecto el corazón irradiante de Saint-Denis d’Orques, sobre el cual ya hemos hablado anteriormente [10], y una de cuyas particularidades más notables es precisamente que la herida, o lo que exteriormente presenta esa apariencia, tiene visiblemente la forma de un yod.

     Más aún: a la vez que figura el “ojo del corazón”, como acabamos de decir, el yod, según otra de sus significaciones jeroglíficas, representa también un “germen” contenido en el corazón asimilado simbólicamente a un fruto; y esto, por lo demás, puede entenderse tanto en sentido “macrocósmico” como “microcósmico” [11]. En su aplicación al ser humano, esta última observación debe ser vinculada con las relaciones entre el “tercer ojo” y el lûz [12], del cual el “ojo frontal” y el “ojo del corazón” representan, en suma, dos localizaciones diversas, y que es además el “núcleo” o “germen de inmortalidad” [13]. Es también muy significativo a este respecto que la expresión árabe ‘aynu-l-juld presente el doble sentido de ‘ojo de inmortalidad’ y ‘fuente de inmortalidad’; y esto nos reconduce a la idea de “herida”, que señalábamos antes, pues, en el simbolismo cristiano, está también referido a la “fuente de inmortalidad” el doble chorro de sangre y agua que mana de la abertura del corazón de Cristo [14]. Es éste el “licor de inmortalidad” que, según la leyenda, fue recogido en el Graal por José de Arimatea; y recordaremos a este respecto, por último, que la copa misma es un equivalente simbólico del corazón [15], y que, como éste, constituye también uno de los símbolos tradicionalmente esquematizados con la forma de un triángulo invertido.



Corazón irradiante de Saint-Denis d'Orques



Notas:
[1] En la masonería, este triángulo se designa a menudo con el nombre de delta, porque la letra griega así llamada tiene, efectivamente, forma triangular; pero no creemos que haya de verse en ello una indicación acerca de los orígenes del símbolo de que se trata; por otra parte, es evidente que la significación de éste es esencialmente ternaria, mientras que el delta griego, no obstante su forma, corresponde a 4 por su lugar alfabético y su valor numérico.
[2] En hebreo, a veces el tetragrama se representa también abreviadamente por tres yod, que tienen manifiesta relación con el triángulo mismo; cuando se los dispone triangularmente, corresponden de modo neto a los tres puntos del Compagnonnage y la Masonería.
[3] El yod es considerado como el elemento primero a partir del cual se forman todas las letras del alfabeto hebreo.
[4] Ver a este respecto La Grande Triade, cap. XXV.
[5] En las iglesias cristianas donde figura, este triángulo está situado normalmente encima del altar; como éste se encuentra además presidido por la cruz, el conjunto de la cruz y del triángulo reproduce, de modo harto curioso, el símbolo alquímico del azufre.
[6] Ver L’Homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XII. A este respecto, y mas especialmente en conexión con el simbolismo masónico, conviene destacar que los ojos son propiamente las “luces” que iluminan el microcosmo.
[7] Desde el punto de vista del “triple tiempo”, la luna y el ojo izquierdo corresponden al pasado; el sol y el ojo derecho, al porvenir; y el “tercer ojo”, al presente, es decir, al “instante” indivisible que, entre el pasado y el porvenir, es como un reflejo de la eternidad en el tiempo.
[8] Se puede establecer una vinculación entre esto y el significado del nombre de Avalokitèçvara [el Bodhisattva mahayánico a veces llamado “Señor de Compasión”], que se interpreta habitualmente como ‘el Señor que mira hacia abajo’.
[9] En árabe, “corazón” se dice qalb, e “invertido” se dice maqlûb, palabra derivada de la misma raíz.
[10] Ver “Le Coeur rayonnant et le Coeur enflammé” [aquí, cap. LXIX: “El Corazón irradiante y el Corazón en llamas”].
[11] Ver Aperçus sur l’Initiation, cap. XLVIII. Desde el punto de vista macrocósmico, la asimilación de que se trata es equivalente a la del corazón y el “Huevo del Mundo”; en la tradición hindú, el “germen” contenido en éste es el Hiranyagarbha.
[12] Le Roi du Monde, cap. VII.
[13] Acerca de los símbolos relacionados con el lûz, haremos notar que la forma de la mandorla (‘almendra’, ‘pepita’, que es también el significado de la palabra lûz) o vesica piscis [‘vejiga del pez’] de la Edad Media (cf. La Grande Triade, cap. II) evoca también la forma del “tercer ojo”; la figura de Cristo glorioso, en su interior, aparece así como identificable al “Púrusha en el ojo” de la tradición hindú; la expresión insânu-l-‘ayn [‘el hombre del ojo’] con que en árabe se designa la “niña de los ojos”, se refiere igualmente a ese simbolismo.
[14] La sangre y el agua son aquí dos complementarios; podría decirse, empleando el lenguaje de la tradición extremo-oriental, que la sangre es yang y el agua yin, en su mutua relación (sobre la naturaleza ígnea de la sangre, cf. L’Homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XIII).
[15] Además, la leyenda de la esmeralda caída de la frente de Lucifer pone también al Graal en relación directa con el “tercer ojo” (cf. Le Roi du Monde, cap. V). Sobre la “piedra caída de los cielos”, ver también “Lapsit exillis”, [aquí, cap. XLIV].


sábado, 21 de septiembre de 2013

Catecismos Masónicos (1696 - 1750); Colección El Legado Masónico.

Nos hacemos eco en esta ocasión de otra magnífica noticia para el ámbito masónico de publicaciones en castellano, como es la reciente aparición del segundo volumen de la colección El Legado Masónico, con el título de "Catecismos Masónicos (1696-1750)", y editado por la Editorial Librería Pardés. Sin embargo, como podrán adivinar los lectores avisados, dicha novedad no sólo atañe a la noticia de una publicación, sino a la labor emprendida de investigación y recuperación de un corpus doctrinal, tan indispensable como necesario, de cara a afrontar el objetivo primero y último de todo masón: su propia realización espiritual; ligado indefectiblemente a la recuperación de la verdadera naturaleza operativa de la Masonería. Frente a tantas falsificaciones y tantos abusos, frente a equivocados intentos de reconstrucciones agotados, extraños maridajes, profanaciones, injertos de tradiciones ajenas, reinterpretaciones modernistas e innovaciones imposibles y estériles, es sólo esta labor paciente y segura hacia el estudio y asimilación de las propias fuentes de la Masonería, dentro del encuadre teórico y doctrinal tradicional adecuado, el que tarde o temprano deberá ofrecer sus frutos en orden a concurrir efectivamente, cada cual en su rango y medida, a la realización del «plan del Gran Arquitecto del Universo».


Dejamos a continuación la introducción que da comienzo a este segundo volumen.


       
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Introducción a los Catecismos Masónicos (1696-1750)
Los manuscritos y documentos masónicos más antiguos, por tanto aquellos que pueden presumir de una mayor autoridad, son conocidos como las Constituciones de la Masonería[1] o, más familiarmente, Old Charges. Todas ellas tienen en común la presencia de invocaciones al Gran Arquitecto del Universo, fragmentos de historia tradicional y legendaria de la Corporación y un cuerpo normativo para el gobierno de la Institución y de sus miembros. Estos deberes se inspiran, aunque no pueden iden­tificarse con ellos, en los llamados landmarks, reglas que nunca fueron escritas y a las que no se puede asignar ningún origen histórico definido.

Junto a las Old Charges existen otros textos que presentan una estructura de cate­cismo, es decir, propiamente de preguntas y respuestas. Los catecismos masónicos, ma­nuscritos o impresos, son decididamente menos numerosos y antiguos que las Old Charges[2]. Algunos de los manuscritos presentados en este volumen, como el Edinburgh Register House Ms. o el Wilkinson Ms., se muestran sin lugar a dudas como elementos de apoyo utilizados en Logia, para compensar una disminución de la capacidad de reten­ción de la memoria para la enseñanza simbólica y oral, aunque también los textos de im­prenta que les acompañan en el presente trabajo, han tenido sin duda el mismo objetivo.

Es importante señalar que, aunque actualmente abandonados u olvidados, los catecismos masónicos pueden vehicular un conocimiento simbólico de un modo más eficaz que otras modalidades de enseñanza, con vistas a una realización iniciática.

Si para la iniciación masónica, así como para toda otra forma iniciática, el objetivo es la realización espiritualˮ, que no es otra cosa que el conocimiento efectivo de los principios cosmológicos y metafísicos, la enseñanza que le corresponda deberá utilizar una modalidad adecuada a este fin. Visto su objeto y su finalidad, precisa transmitir algo que en su esencia es incomunicableˮ e inexpresableˮ; se trata de los estadosˮ realizados interiormente cuya naturaleza, conviene remarcarlo, supera muy amplia­mente al estado humano, y por consiguiente las facultades de éste resultarán ser incom­pletas e inadaptadas para expresarlo.

Con objeto de recuperar la verdadera naturaleza operativa de la Masonería como organización tradicional e iniciática, parece lógico emprender el estudio de las doc­trinas tradicionales y del patrimonio simbólico de la misma[3]. La traducción y el estudio de sus catecismos, en la medida de lo posible, contribuirán a la recuperación de este patrimonio, que podemos definir propiamente como una verdadera ciencia tradi­cionalˮ.

En la base de este trabajo está la convicción de que el simbolismo es un lenguaje mucho menos limitado y más universal que el lenguaje común, y ello porque refleja las leyes naturales que, a su vez, no son otra cosa que la manifestación y la expresión de los principios metafísicos cuya naturaleza es esencialmente no-humanaˮ. Así puede decirse que estas leyesˮ son la expresión misma de la Voluntad divina y del Verbo divinoˮ. La operación de este Verboˮ produce la manifestación universal y se refleja ante todo en la Tradición primordialˮ, de la que derivan todas las formas secundarias, incorporándose en los símbolos que transmiten en su interior, y que han conformado las formas tradicionales de todas las edades de este ciclo de manifestación.

La correspondencia existente entre los diversos planos de la realidad es por tanto el fundamento mismo del simbolismo[4]. Ésta permite representar la realidad, por elevada que sea, mediante algo que pertenece al mundo sensibleˮ del hombre, y por tanto, capaz de elevar su mentalidad. “La forma del lenguaje es, por definición, discursivaˮ como la razón humana de la que es el instrumento propio y a la que sigue o reproduce su marcha lo más exactamente posible; por el contrario, el simbolismo propiamente dicho es verdaderamente intuitivoˮ, lo que, naturalmente, le hace incomparablemente más apto que el lenguaje para servir como punto de apoyo a la intuición intelectual y supra-racional, y es por esto precisamente por lo que éste constituye el modo de expresión por excelencia de toda enseñanza iniciáticaˮ [5].

En toda organización tradicional regular y completa, el simbolismo es la modalidad principal de la enseñanza iniciática. Esto explica la eficacia operativa de la restitución y comprensión de los símbolos masónicos, como preparación al trabajo puramente interior, gracias al cual la iniciación, de virtual que era en el momento en que se confirió, podrá devenir efectiva. De hecho, toda enseñanza iniciática no puede ser otra cosa que una ayuda exterior aportada al trabajo interior de realización, a fin de apoyarlo y guiarlo tanto como sea posibleˮ[6].

La naturaleza auténticamente tradicional e iniciática de la Masonería permite afirmar la existencia de catecismos realmente antiguos porque, en el origen de este tipo de organizaciones, la instrucción se transmitía sobre todo de forma oral, y sólo tardíamente se comienza a advertir la necesidad de fijar con la escritura tal forma de enseñanza, que es la más exterior; esto sucedió también incluso con los rituales masónicos, siguiendo así la Orden el mismo camino que el resto de organizaciones iniciáticas.

La etimología de la palabra -catecismoˮ (κατηχισμοσ) deriva de hecho del verbo grie­go κατεχεω instruir a viva vozˮ- constituye una confirmación ulterior de que en origen la enseñanza, aun estando estructurada en preguntas y respuestas, se daba oral­mente; por lo demás hubiera sido difícil impartir en una cantera una instrucción de un modo diferente; el H\ R. Guénon escribe que en los antiguos catecismosˮ masónicos, la lengua se presenta como la llave del corazónˮ. Ahora bien, la relación entre el corazón y la lengua simboliza lo que existe entre el Pensamientoˮ y la Palabraˮ, es decir, … la que existe entre los dos aspectos, interior y exterior, del Verboˮ[7]. En la enseñanza oral, la palabra pronunciada por la lengua debe ser enviada a la memoria, es decir, debe llegar directamente al corazón (en francés y en inglés se alude al corazón para indicar la memoria, con las expresiones par coeurˮ y by heartˮ). La memoria tenía pues una función activa en relación a la exteriorizaciónˮ de aquello que se había aprendido y podía ser considerado junto con la concentración como dos caras de una única moneda, y esto da respuesta a las insinuaciones de pasividad lanzadas contra la enseñanza tradicional.

Concluyendo, a pesar de que la importancia del simbolismo como forma de instruc­ción para conducir al iniciado a asentir verdades de orden supra-humano es general­mente desconocida entre muchos Masones actuales o incluso combatida, dado que se encuentra tan lejos como se pueda imaginar de la mentalidad del hombre moderno, nos parece haber hecho entrever las perspectivas iniciáticas que se pueden abrir con la recu­peración de esta forma de enseñanza en todas sus modalidades, no siendo la menos importante la catequética de preguntas y respuestas, que constituye la característica común de los textos presentados en este volumen[8].


Barcelona, 21 de Septiembre de 2013
Renato Torres






Notas:
[1] No confundir con las Constituciones de 1723 «cuyos autores se aplicaron precisamente, tanto como pudieron, en hacer desaparecer las antiguas Old Charges, es decir, los documentos de la antigua Masonería Operativa» (R. Guénon, Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, t. I, p. 193, Éditions Traditionnelles, Paris, 1964).
[2] La Carta di Bologna data del año 1248, The Regius Poem del 1390 ca., etc., mientras que el catecismo manuscrito más antiguo, el Edinburgh Register House Ms., remonta solamente hasta el 1696.
[3] Encontramos una ritualidad similar a la masónica en tradiciones tan alejadas como el Taoismo (cf. Pierre Grison, La lumière et le boisseau, Éditions Traditionnelles, Paris, 1986; Le Hong-fan, traducido por Pierre Grison, Éditions Traditionnelles, Paris, 1981).
[4] Esta “ciencia tradicional”, verdadera Ciencia Sagrada, permite comprender que la naturaleza del símbolo es susceptible de múltiples interpretaciones al derivar de diferentes puntos de vista correspondientes a los diferentes grados de la manifestación universal; pero sobre todo explica cómo estos múltiples significados no entran en conflicto entre ellos sino que, por el contrario, se complementan entre sí en virtud de la corres­pondencia mencionada. Cf. R. Guénon, Le Symbolisme de la Croix, Prefacio, Guy Trédaniel, Paris, 1984.
[5] R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XVIII, Editorial Librería Pardes, Barcelona, 2012.
[6] R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XXX, ibid.
[7] R. Guénon, Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, t. II, pp. 46-47, nota del artículo “Parole perdue et mots substitués”, ibid.
[8] Incluimos también en apéndice algunos textos, no exentos de humor, que constituyen una respuesta a la publicación, y por tanto divulgación, de aquellos que pueden aparecer como la revelación de secretos masónicos.


martes, 13 de agosto de 2013

La Iniciación Masónica en el Mundo Moderno; por Giovanni Ponte


   Artículo publicado en la Rivista di Studi Tradizionali, nº 26-27, Turín, enero-junio de 1968, y reimpreso en el nº 77, julio-diciembre de 1993

En esta época nuestra hay que admitir que no puede sorprender si la confusión intelectual, hasta expresiones de verdadera y propia subversión, penetra en el interior de las mismas instituciones tradicionales: esto es fácilmente explicable si se piensa que los miembros y los representantes actuales de estas últimas, son con bastante frecuencia, al mismo tiempo, hombres más o menos ampliamente contaminados por la mentalidad profana o moderna, más o menos seguidores de las directivas antitradicionales que están llevando adelante el curso de la fase presente de las vicisitudes humanas.

Hemos visto en varias ocasiones, cómo estas consideraciones de orden general, ya aludidas otras veces [1], encuentran desgraciadamente amplias aplicaciones en el caso de la forma religiosa católica, que por diversos siglos ha representado el fundamento tradicional del área geográfica en que vivimos, al menos por lo concerniente al dominio religioso y como base normal exotérica y punto de partida para una vía de realización espiritual y esotérica, mediando el acceso a una forma de iniciación. Las consecuencias de la creciente invasión por corrientes típicamente modernas se hacen cada vez más evidentes, y, por otro lado, puede ser útil recordar el juicio nítido que expresó René Guénon, a finales de 1935, según el cual el catolicismo, que por su naturaleza tiene un carácter religioso y no iniciático, en las condiciones actuales no puede " ni siquiera servir como base o como punto de partida" sobre el cual una iniciación pueda apoyarse para una realización precisamente de orden iniciático [2].

Pensamos que es ahora oportuno tomar mejor en consideración otra institución, la de la "Libre Albañilería" o Masonería, que es prácticamente la única organización tradicional occidental accesible o sobreviviente en nuestro país, además de la Iglesia católica.

Se trata de una organización iniciática cuyos miembros tuvieron, en otras épocas, una base propia y exotérica normal en el catolicismo, aun cuando no exista un engarce necesario con dicha forma religiosa, como es evidente si se piensa que la iniciación masónica, que pasó a través de diversas adaptaciones, tiene un origen anterior al mismo cristianismo, en virtud de su relación con la edificación salomónica del Templo de Jerusalén [3], como también a una corriente espiritual surgida de la iniciación pitagórica y de los "Collegia" artesanales de la antigua Roma [4].

En realidad, para entender la situación normal de la Masonería hay que referirse a su inserción en una sociedad tradicional, como una de las iniciaciones  de oficio [5], en relación con formas iniciáticas paralelas (como las otras iniciaciones artesanales) y superiores (como las iniciaciones a los "grandes misterios" o "sacerdotales"), y en relación con un exoterismo apropiado: y son bastante evidentes las relaciones de la iniciación masónica medieval y postmedieval, sea con otras formas iniciáticas, como el hermetismo [6], sea con la Iglesia católica romana.

Es un hecho que, seguidamente, el hundimiento de la organización social tradicional, la desaparición de otras formas de iniciación, la decadencia de los oficios tradicionales hasta que prevalecieron los "Masones aceptados" que no los ejercitaban, determinaron para la iniciación masónica una situación profundamente anormal, allá donde ella subsistía aún, como en la Gran Bretaña  del siglo XVIII.

Es en tal contexto donde debe situarse la reorganización de la Masonería, comenzada en 1717 [7] con la constitución de la Gran Logia de Inglaterra, obra de miembros de cuatro logias londinenses de reciente formación existentes anteriormente: era el principio de la moderna Masonería "especulativa", contrapuesta a la antigua Masonería "operativa".

Hay que tener presente que no se trató de una adaptación normal a condiciones nuevas, fundada sobre principios tradicionales, sino más bien de una desviación que no ponía remedio a la aminoración de la iniciación masónica. Ciertamente, los pastores protestantes Anderson y Desaguliers, y los otros que colaboraron entonces en la organización de una "Masonería moderna", muy lejos de poseer aunque sólo fuera una concepción teórica adecuada de la realización iniciática, no se plantearon en absoluto cuestiones que también habrían sido fundamentales: como la de reordenar un método operativo de realización, la de fundarse sobre una base exotérica correspondiente a un orden tradicional en sentido verdaderamente profundo, y la de reencontrar el engarce con la iniciación efectiva capaz de vivificar la influencia espiritual suprahumana, presente a pesar de todo en los ritos y en los símbolos masónicos. Las preocupaciones fueron muy otras [8], si, como ya lo señalábamos en otro lugar, se recurre entonces también a los fraudes, destruyendo los documentos y los archivos que habrían proporcionado las pruebas de las alteraciones queridas y falsificando después la historia de los acontecimientos de aquel período.

Ciertamente, debió darse una situación previa que favorecía ya ciertas concepciones incompatibles con un punto de vista tradicional; pero la nueva organización masónica aportó la afirmación explícita y la consolidación de desviaciones del género. Esto aparece claramente, por ejemplo, en el célebre primer artículo de las Constituciones de Anderson de 1723, sustitutas de las antiguas "Old Charges". En tal artículo se lee textualmente: "...bien que en los tiempos antiguos los Masones fueron impulsados en cada País a ser de la religión de aquel País... sin embargo, se considera ahora más oportuno comprometerlos solamente en aquella Religión sobre la cual todos los Hombres están de acuerdo,... dejando a cada uno sus opiniones, esto es, ser Hombres de bien y leales, u Hombres de Honor y honrados...". Encontramos, en este caso, en primer lugar el recuerdo de la regla tradicional que implica la participación del Masón en la religión del propio país, que constituía de hecho la base normal exotérica de su iniciación; esta regla podía levantar sin duda problemas en el siglo XVIII, siendo necesario preguntarse, tras la crisis religiosa de Occidente, si en cada país subsistiese aún una religión tradicionalmente válida y adaptada para constituir la base normal exotérica para la iniciación constructiva (y en los casos en que se llegase a una conclusión negativa habría sido normal la búsqueda de una forma religiosa existente en otra parte).  La solución que manifiesta Anderson consiste sin embargo en considerar "superada" la antigua obligación, en el sentido de que sería suficiente la cualificación de "Hombre de bien", sustitutiva de la pertenencia a una religión. Al contrario, el hecho de atribuir a tal cualificación el nombre de "Religión" es aún más gravemente significativo: ello muestra, en efecto, que hasta la noción misma de religión con todo lo que ella implica en el aspecto de relación efectiva con una influencia tradicional suprahumana, en función de una ordenación ritual de la propia vida y con vistas a la salvación, está ya perdida. Sin duda, como se ha señalado, se vislumbra aquí la influencia de una mentalidad que se hizo posible con el protestantismo; pero debemos añadir que, también con referencia al protestantismo,  se tiene la impresión de encontrarse con un grado de rebajamiento extremadamente acentuado, como se había producido además en la filosofía inglesa con el denominado "deísmo". En realidad, hay que pensar que el ideal del "Hombre de bien" correspondería bastante exactamente a un punto de vista que debía de haberse ya difundido en el mundo "profano" británico"(sobre todo en la mediocridad de la burguesía rica y de la nobleza aburguesada), expresión de un apego sentimental y complacido al conformismo hacia el ordenamiento social establecido. Apenas hace falta decir que todo ello, mientras no alcanza de ninguna manera el nivel del exoterismo religioso, no tiene propiamente nada que ver con una realización iniciática, y muestra qué profundo puede ser el abismo entre el "tradicionalismo" y la espiritualidad tradicional auténtica.

    Consideraciones bastante semejantes pueden hacerse, mucho más generalmente, sobre las interpretaciones meramente "moralistas" y sociales de los ritos y de los símbolos masónicos, convertidas en comunes en la Masonería especulativa. A este respecto, es importante evitar fáciles equívocos [9]. Ciertamente, un trabajo iniciático comporta o presupone una ordenación de las propias facultades y de las propias acciones, y está bien justificado, por ejemplo, una referencia a la victoria sobre las pasiones y a la sumisión de la propia voluntad individual; pero ello tiene un sentido válido en cuanto esta sumisión represente una aplicación de la conformidad a un principio suprahumano, en función de la participación en él; y por esta conformidad, salvo un conocimiento directo de lo trascendente, es necesaria la indicación de una dirección por parte de una autoridad tradicional (iniciática o exotérica) competente al respecto. En el caso de hombres modernos en un ambiente moderno, la superación de las pasiones más estrechamente "egoístas" conduce sin embargo, por el contrario, a conformarse a determinados "ideales" que pueden ser el residuo de normas tradicionales ya no reconducidas a su principio (y este es en cierto modo el caso más favorable), pero pueden ser también simplemente el fruto de las sugestiones del momento en la sociedad en la que se vive. Aquellos que tienen las mejores intenciones aparentes pueden así devenir, al mismo tiempo, los más insignes modelos de "moralidad" y los peores celadores servidores de estas sugestiones, incluso arrastrando así a muchos otros, hasta a las formas más tristemente injustificadas de dedicación y de "sacrificio" de sí mismos. En efecto, muy comúnmente ideales profanos y de origen antitradicional han podido ser insinuados en ambientes masónicos, viniendo después reforzados poderosamente consecuentemente a una especie de carácter sacro a ellos atribuidos, casi en sustitución de una referencia consciente a elementos verdaderamente sacros devenidos incomprensibles.

Estas consideraciones, bien entendido, no alcanzan en absoluto a la validez de los ritos y de los símbolos masónicos, ni a la presencia de la influencia espiritual iniciática en ellos, antes y después de 1717; en el fondo, la formación y organización de la Gran Logia de Inglaterra fue antes que nada un hecho "administrativo", mientras es importante denotar que el aspecto ritual no sufrió, en cuanto a su esencia, ninguna alteración o amputación verdaderamente fundamental. Esto deja pensar que, no obstante todo, el espíritu permaneció en gran parte incomprendido y en estado  latente en la iniciación constructiva era aún bastante fuerte para impedir que la interferencia profana alcanzase a matar el corazón mismo de la Masonería.

Ello fue debido probablemente en notable medida a la presencia de las Logias británicas de la Masonería "antigua", las cuales se opusieron nítidamente a las innovaciones aportadas por la Gran Logia de Inglaterra, o de todos modos ejercitaron después de 1717 cierta influencia rectificadora sobre las estructuras de la Masonería "moderna" de la Gran Logia, sin colmar por otro lado las deficiencias, hasta que gran parte de la Masonería "antigua" inglesa, indudablemente ya un poco debilitada, terminó con alcanzar un acuerdo de fusión con la Masonería "moderna" en el 1813.

La interferencia de una influencia extraña a la iniciación, verificable en la formación de la Masonería especulativa moderna, fue en todo caso un fenómeno de tal alcance y condujo a tales desarrollos que no podemos, desde luego, considerarlo como casual o ligado solamente a la actuación arbitraria de pocos individuos. Sobre todo, es más que sabido que hubo al respecto también razones políticas, en favor de la dinastía "orangista" reinante en Gran Bretaña; alguien, verosímilmente con alguna razón, ha hecho notar también un clima favorable a la difusión, en la Inglaterra del Setecientos, de una organización que presentaba, entre sus caracteres más exteriores, analogías con los "clubes" puramente profanos que se formaron y tuvieron amplia fortuna en aquel tiempo [10]. Más allá de semejantes factores más bien superficiales y ocasionales, pensamos sin embargo que subsistieron razones mucho más profundas, y para señalarlas nos parece necesario algunas breves consideraciones de carácter general.

Las organizaciones tradicionales, además de ostentar una influencia espiritual y suprahumana, son también el vehículo de una potencia en el plano humano, y de contenidos de orden "sutil" o psíquico, que son ordenados normalmente por la influencia espiritual. Al debilitarse la eficacia de la influencia espiritual, es posible que intervengan influencias de orden inferior, tendentes a utilizar según sus propias directivas las potencias de orden psíquico antes señaladas. Es este también un modo de acción de lo que se ha denominado "contra-iniciación", que se desarrolla en cierto modo como parásita de las organizaciones tradicionales y, en particular, de las organizaciones iniciáticas [11]. Se puede decir además que las fuerzas antitradicionales, y la "contra-iniciación" que las dirige, dada su misma naturaleza negativa, no pueden sustraer su potencia más que de aquello a lo que tienden ilusoriamente a oponerse, y ello es, en el mundo humano, la iniciación, aprovechando contenidos de origen propiamente iniciático, arrancados de su principio espiritual y desviados; y tales desviaciones son precisamente posibles en el ámbito de las iniciaciones a los "pequeños misterios", los cuales atañen al dominio individual humano y no comportan la realización de lo universal (propia de los "grandes misterios") que está por naturaleza más allá de toda posible desviación [12].

Habida cuenta de ello, no es extraño que influencias del género de las que estaban plasmando el mundo occidental moderno, insertas decididamente en el interior de una organización iniciática occidental correspondiente precisamente a los "pequeños misterios" que había conservado cierta vitalidad, pero que estaba al mismo tiempo ya demasiado disminuida para impedirlo. Esto no significa que los fundadores de la Gran Logia de Inglaterra fueran ellos mismos "contra-iniciados", como alguno podría demasiado apresuradamente concluir, en cuanto ellos, ya como portadores de la mentalidad simplemente "profana" de su ambiente, actuaban de hecho como instrumentos indirectos, y verosímilmente bastante poco conscientes, de una tendencia antitradicional más profunda y de proporciones cada vez más vastas.

Se puede observar que la Gran Bretaña era por diversas razones el lugar de elección de una "interferencia" como aquella de la que hablamos, en cuanto, sede ya de antiquísimos centros tradicionales, se encontraba entonces por muchos aspectos en la vanguardia del movimiento antitradicional moderno, también por factores exteriores fáciles de ver: piénsese en la influencia ejercida después en todo el mudo por la denominada "revolución industrial" desarrollada precisamente en Inglaterra, y piénsese en la época de supremacía política del Imperio Británico [13], determinante para el porvenir de todos los continentes.

En semejante situación, en particular, las aludidas interpretaciones "moralistas" de contenidos iniciáticos, en cuanto se traducían en adhesión y entrega en los planos social, político y económico a las directrices de desarrollo de la sociedad británica de la época, podían muy bien ser un modo de dirigir en un sentido no sólo extraño al de la vía iniciática, sino también claramente antitradicional. Y algo análogo se podría decir naturalmente de la utilización en función de directrices subversivas, además del "moralismo", de otras concepciones ahora ya separadas de todo orden tradicional, sobre las cuales no nos detenemos.

No pensamos que la Masonería llamada "moderna" dirigida por la Gran Logia de Inglaterra se redujese a ser solamente un instrumento de las influencias que conducían a aquella expansión antitradicional para la cual la Gran Bretaña había devenido uno de los países más activos, pero no nos parece dudoso que la organización masónica haya sido y sea en muchos casos utilizada también en este sentido [14]: y ello ha vuelto todavía más arduas y complejas las cuestiones que se planteaban y se plantean queriendo reencontrar en la Masonería especulativa una base para una realización iniciática, como existió indudablemente en la Masonería operativa.

    La Masonería especulativa, trasplantada al continente europeo y América, tuvo un prodigioso desarrollo en el Setecientos y en el Ochocientos. La tendencia a la "modernización" se acentuó, particularmente en la Masonería francesa. Se introduce el "trinomio" Libertad-Igualdad-Fraternidad, totalmente extraño a la tradición constructiva, dando de él interpretaciones [15] que presuponían una mentalidad ya incapaz de la concepción misma de un orden tradicional normal. La incapacidad de superar el plano racional y sentimental, de vislumbrar alguna cosa más allá del dominio puramente humano, individual y colectivo, se iba demostrando como algo casi general, con las correlativas consecuencias en la dispersión en corrientes culturales y sociales típicamente modernas. La acusación falsa [16] hecha por los tradicionalistas a la Masonería francesa de haber organizado los movimientos revolucionarios del siglo XVIII, se convierte enseguida en un título de gloria a  los ojos de gran parte de los mismos masones. Ahora bien, lo que parece más significativo en esta aceptación por numerosos masones de corrientes revolucionarias o "progresistas" no está tanto en el ensañamiento contra determinadas estructuras sociales (comprensible sobre todo en los casos en los cuales se trataba de luchar contra poderes constituidos que consideraban la supresión de la misma Masonería), cuanto en la pavorosa ausencia de todo principio ordenador profundo en aquello que quería sustituirlos. Esto, por parte de iniciados, aparece como verdaderamente paradójico, y puede explicarse solamente con la consideración de que se trata para ellos de una iniciación puramente virtual y que resta en estado latente, aplastada bajo el peso de una "descualificación" antes que nada intelectual a la cual no hay remedio para quien la sufra.

Hablando ya de la Masonería moderna británica, hemos aludido al insinuarse de "ideales" que han buscado ocupar el puesto dejado vacío por la incomprensión de auténticos principios tradicionales. Y sería interesante un estudio de los "ideales", quizás poco diferenciados, insinuados en las organizaciones masónicas del continente. Contrariamente a cuanto acontece en Gran Bretaña, donde el conformismo podía ser ya de por sí suficiente para comprometer en una orientación claramente antitradicional, los "ideales" introducidos en la Masonería europea han sido frecuentemente más bien "anticonformistas". En ellos ha intervenido mucho el alimentar un sentimiento de hostilidad contra lo que restaba de un orden tradicional pasado, y que había sin duda perdido en gran parte su razón de ser degenerando de forma diversa. Sin embargo, esto no es en absoluto suficiente para explicar el poder asumido de modo totalmente irracional por ciertos "ideales", por ejemplo, el sedicente principio de "nacionalidad", exaltado hasta atribuir idolátricamente un carácter sacro a entidades políticas existentes o anheladas, cuya dramática contraposición estaba destinada a favorecer especialmente el progreso de las tendencias más "avanzadas" del mundo moderno.

Otro ejemplo típico de "ideal" introducido entre los masones modernos ha sido el de la entrega al trabajo profano [17]. Y es singularmente irónico que el iniciado en una iniciación artesanal, privado de la base operativa y ritual, del oficio, llegue a exaltar precisamente un género de actividad profana y profanadora diametralmente opuesta. No sólo eso, sino el ponerse al servicio de los factores de orden económico, como acontece en el trabajo profano moderno, sea en posición subordinada o en posición directiva, significa propiamente impulsar adelante activamente la corriente general que va plasmando, de desorden en desorden, el mundo antitradicional actual. Que eso se haga por necesidad es bien comprensible, buscando sin embargo reservar energías para otros fines así como no contradecir completamente  la condición iniciática de ser "libre y de buenas costumbres"; pero que se glorifique la servidumbre a la invasión de una actividad que se opone cualquier orden ritual, ello es totalmente injustificable: pero ¿cómo hacer comprender este evidente engaño a aquellos iniciados que no disponen de otras consolaciones para justificar su propia existencia?

 Siempre a título de ejemplo, observamos que mucho habría que decir sobre aquel ideal "científico" que presupone, en realidad, la incomprensión de lo que sería una verdadera ciencia tradicional, no ya la ignorancia de la verdadera naturaleza de la ciencia moderna, la cual de por sí, no sólo está desprovista de cualquier contenido que tenga algo en común con el conocimiento iniciático, sino que también es capaz de poder dar lugar a una grave deformación de la propia mentalidad; ello sin tener en cuenta las falsificaciones inherentes a las obras de divulgación y en las de instrucción escolar obligatoria, siempre extrañamente coordinadas en una dirección opuesta a la de la búsqueda iniciática [18]; mientras señalamos apenas de pasada las notables conexiones de una pretendida orientación científica con ideologías que no tienen propiamente nada de científico, como la creencia en el "evolucionismo" y en el progreso general.

Más cercano al terreno de las luchas del mundo profano, queremos citar aún la "democracia" [19] y el "laicismo" que, con toda coherencia, implicarían la negación misma de la autoridad tradicional y diremos también de cualquier organización iniciática. Es por lo tanto contradictorio en el fondo que unos iniciados hayan tomado eso como "ideales"; sin por ello querer excluir en absoluto que, en unas condiciones dadas, aquello a lo que dichas palabras corresponden, represente en la práctica la posibilidad menos desfavorable ofrecida por una sociedad de todos modos alejadísima de la participación en un principio ordenador profundo.

Creemos que levantar acta de la indebida interferencia y utilización más que sospechosa de estos y de otros "ideales" profanos semejantes [20], que prosperan en la Masonería moderna, es un supuesto indispensable para reencontrar su esencia iniciática [21]; mientras para aquellos masones que están bajo la sugestión de alguno de esos "ideales" [22] no creemos que se pueda ni siquiera hablar de una iniciación que, en tanto permanezcan tales condiciones, esté destinada a permanecer puramente virtual.

NOTAS:
[1]. Cfr. El artículo "En los umbrales de la fantateología", en el n. 17 de esta  revista (octubre-diciembre de 1965), pág. 175.
[2] Cfr. El artículo "Realización espiritual y práctica de la religión católica", en el n. 23 de esta revista (abril-junio de 1967), pág. 95-96, donde hemos citado más  ampliamente las afirmaciones de René Guénon al respecto.
[3] Una referencia interesante al respecto se encuentra en el volumen II de "Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, pp. 166-167 (cfr. El fragmento reproducido en el nº 14 de esta revista, de enero-marzo de 1965, p. 47), donde René Guénon, yendo más allá de Salomón, afirma también la existencia de una conexión de la iniciación masónica con Abraham y con la edificación de la Ka'abah.
[4]. En una carta del 10 de noviembre de 1946, tras haber recordado la derivación salomónica de la Masonería, René Guénon observa precisamente: "Hay también una vertiente pitagórica que, siendo menos aparente, no es quizás menos importante, sobre todo en el aspecto de la filiación iniciática".
[5]. Así, por ejemplo, en el "Livre des Métiers" hecho redactar hacia el 1268 por el Preboste de los Mercaderes de París, Etienne Boileau, pueden encontrarse los Estatutos de numerosos oficios, y el cuadragésimo se refiere precisamente a los masones operativos; este habría sido instituido por Guillaume de Saint-Patou, Maestro Masón del rey Luis IX.
[6]. Cfr. René Guénon, "Etudes sur la Franc-Maçonnerie", vol. II, pág. 73-74,  donde puede leerse entre otras cosas: "A pesar de lo que pretenden numerosos historiadores, la unión del hermetismo con la Masonería se remonta mucho más lejos que la afiliación de Elías Ashmole a esta última (1646); pensamos incluso que se buscó solamente, en el siglo XVIII, reconstituir a este respecto una tradición de la cual una gran parte se había perdido... Señalamos también que existió, hacia el siglo XIV, si no antes, una "Massenie du Saint Graal", por la cual las cofradías de constructores estaban ligadas a sus inspiradores herméticos".
[7]. Ello no significa en absoluto que después de aquella época no hayan continuado subsistiendo Logias de la antigua Masonería operativa, sea en Gran Bretaña o en otras partes.
[8]. Sobre este asunto, cfr. los fragmentos y referencias citados en los números 14 y 17 de esta revista, pág. 45-46 y 74-76, concernientes a los dod volúmenes de "Etudes sur la Franc-Maçonnerie". Un autor masónico recientemente pasado al "Oriente eterno", Jean Palou, en un libro muy apreciable en otors aspectos y que también ha dedicado a la memoria de René Guénon ("La Franc-Maçonnerie", Payot, 1ª ed. 1964, 2ª ed. 1966, trad. Españ.: Dédalo, Buenos Aires) ha creído bueno desmentirlo en este punto, justificando su crítica con la observación de que "se encuentran en Anderson huellas de conocimientos esotéricos bastante profundos", los se comprobarían por el uso, por parte de Anderson, de ciertas expresiones tradicionales como "Utima Thule" y "Clave de Bóveda" ("Cope-Stone"), por ejemplo en la frase "...estas obligaciones serán observadas por vosotros... cultivando el Fraterno amor, Fundamento y Clave de Bóveda, Cemento y gloria de esta antigua Confraternidad". En realidad nos parece obvio que deban encontrarse en los escritos de Anderson también expresiones sacadas del vocabulario tradicional y masónico, usadas, por lo demás, más o menos a  propósito, ni se puede ciertamente pensar que su ignorancia de la Masonería fuese total. La afirmación crítica de Palou, antes que ser convincente, nos parece sobre todo una expresión típica de aquellos "guenonianos" (conocemos otros) que  pretenden mucho "saber aún más", quizás también para compensar la incapacidad para un más serio empeño efectivo en un sentido tradicional.
[9] Sobre este tema nos parece oportuno recordar el importante artículo de René   Guénon sobre "Punto de vista ritual y punto de vista moral", publicado en el nº 14 (enero-marzo de 1965) de la presente revista, e incluído en el volumen "Initiation et Réalisation Spirituelle".
[10]. En su "Manual", Gaston-Martin llega a afirmar que los banquetes de las "Logias de Mesa" "habían terminado por absorber todo el celo de los Masones ingleses, mientras igualmente Bushing hace notar en  1783 el "carácter bajo y material de los masones ingleses" (citado por B. Fäy en "La Franc-Maçonnerie et la révolution intellectuelle du XVIII siècle", p. 138).
[11]. Cfr. el cap. XXVII ("Residuos psíquicos") de la obra de René Guénon "Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps", (trad. Cast.: Ediciones Paidós, Barcelona, 1996).
[12]. Sobre este asunto, fundamental para comprender las razones profundas de aquello de lo que estamos hablando, remitimos a los lectores a los capítulos XXXIX y XL de "Aperçus sur l´Initiation": "Grandes misterios y pequeños misterios" e "Iniciación sacerdotal e iniciación real" (trad. Cast.(muy deficiente): "Apreciaciones sobre la Iniciación", CS, Buenos Aires, 1993.
[13]. Es curioso observar que tal época de supremacía del Imperio Británico había sido predicha por Nostradamus, precisamente en la centésima cuarteta de la décima Centuria ("Le Grand Empire sera par Angleterre..."), que dio incluso una indicación de su duración ("ans plus de trois cens"): un signo más de que todas estas vicisitudes no escapan a su destino o, por mejor decir, a un orden bien establecido, concurriendo en realidad al cumplimiento del "plan del Gran Arquitecto del Universo", en el cual también los desequilibrios parciales tienen  su  puesto para la realización del equilibrio universal.
[14]. Un ejemplo que sería quizás interesante profundizar es el de la acción desarrollada a través de la Masonería en la India, acción en la cual participó notoriamente el célebre Rudyard Kipling; tampoco la colosal mistificación de la "Sociedad Teosófica" carece de relación con la utilización de ambientes masónicos, como René Guénon ha documentado en "Le Théosophisme", (cfr. sobre todo el cap. XXV) (trad. Españ.: "El Teosofismo", Obelisco, Barcelona, 1989).
[15]. Insistimos sobre la intepretación y sobre la mentalidad con la cual el trinomio en cuestión ha sido concebido, en cuanto se pueden encontrar en él significados del todo legítimos y útiles pra la reflexion, también desde un punto de vista iniciático. A este asunto nos referimos ya en el nº 15 de esta revista, pág. 77.
[16]. Cfr. Albert Lantoine, Histoire de la Franc-Maçonnerie française dans l'Etat; cfr. también René Guénon, Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, vol. 1, pág. 107 y pág. 114, así como vol. II, pág. 100. Citamos aún a este respecto un episodio significativo del cual se tiene conocimiento preciso: cuando, el 7 de julio de 1789, un miembro de la Logia «L'Union» de Laval, durante la celebración de la fiesta de S. Juan de verano, tuvo el atrevimiento de dirigir un augurio a la obra de los Estados Generales ("Puissent les Etats-Géneraux imiter les Enfants de la Veuve..."), esto provocó una viva oposición y después la intervención de la Obediencia masónica, la cual estableció que «tal discurso no puede ser considerado masónico porque trata de argumentos extraños a la Masonería, lo que es contrario a los reglamentos» (cfr. André Bouton y Marius Lepage, "Histoire de la Franc-Maçonnerie dans la Mayenne (1756-1951"), Le Mans, 1951).
[17]. Cfr. al respecto el artículo de R.Guénon "Sobre la glorificación del trabajo", incluído en "Initiation et Réalisation Spirituelle" (cap. X).
[18]. Cfr. la obra ya citada "El Reino de la Cantidad", especialmente la introducción y el capítulo XVIII: "Mitología científica y vulgarización", y el cap. IV de "La Crisis del Mundo moderno" de R. Guénon. Cfr. también la reciente obra de Titus Burckhardt, "Scienza moderna e Sagezza tradizionale", (Borla, 1967). (Trad. Cast.: Ed. Taurus, Madrid, 1982).
[19]. Para una crítica profunda de la ideología democrática, remitimos al lector al capítulo VI ("El caos social") de la obra de Guénon, "La Crisi del mundo moderno" (trad. Españ.: Ed. Obelisco, 1988).
[20]. Sobre otras "interferencias" deletéreas bastante fáciles de atisbar, como las de ambiciones e intereses personales, no hemos pensado siquiera que fuese la ocasión de señalar que, dado su carácter demasiado evidentemente negativo, son  además no ciertamente exclusivas de la organización masónica.
[21]. Sobre otros aspectos de una investigación en tal sentido, pensamos volver próximamente, mientras observamos además que nos podría interesar conocer el pensamiento y los problemas de aquellos que han llegado a plantarse la misma cuestión.
[22]. Por otro lado, bien entendido, no pretendemos en absoluto poner en duda la posibilidad de que ésos, en los casos más favorables, apoyándose en la iniciación constructiva, hayan conseguido un mejoramiento de sus cualidades individuales, lo que en otras condiciones podría tener un valor preparatorio en función de la "Gran Obra"; ni pretendemos contestar el mérito consistente, a veces entre dificultades y persecuciones de todo género, en el mantenimiento y en la transmisión de la influencia espiritual iniciática, si bien en su mayor parte incomprendida.