sábado, 2 de febrero de 2013

La iniciación y los oficios; por René Guénon


Artes del Trivium
Publicado originalmente en Voile d´Isis, París, marzo de 1934. Recuperado por Roger Maridort para Mélanges (Miscelánea), Gallimard, París, 1976.

Hemos dicho frecuentemente que la concepción “profana” de las ciencias y de las artes, tal como discurre hoy en Occidente, es algo muy moderno e implica una degeneración con relación a un estado previo en el que unas y otras tenían un carácter del todo diferente. Lo mismo puede decirse de los oficios; y, por otra parte, la distinción entre las artes y los oficios, o entre el “artista” y el “artesano”, es también específicamente moderna, como si hubiera nacido de esta desviación profana y sólo tuviera sentido con relación a ella. Para los antiguos, el artifex es, indiferentemente, el hombre que ejerce un arte como el que ejerce un oficio; pero, no es, a decir verdad, ni el artista ni el artesano en el sentido que estas palabras tienen hoy; es algo más que uno y otro porque, originalmente al menos, su actividad está vinculada con principios que pertenecen a un orden mucho más profundo.

En toda civilización tradicional, en efecto, toda actividad del hombre, cualquiera que sea, es siempre considerada como derivada esencialmente de los principios; por esta razón, está como “transformada”, podría decirse, y, en lugar de reducirse a lo que ella es desde el punto de vista de la simple manifestación exterior (la cual es en definitiva la concepción profana), está integrada a la tradición y constituye, para quien la cumple, un medio de participar efectivamente en ésta. Es así incluso desde el simple punto de vista exotérico: si se considera, por ejemplo, una civilización como la civilización islámica o la civilización cristiana de la Edad Media, no hay nada tan sencillo como darse cuenta del carácter “religioso” que en ellas revisten los actos más ordinarios de la existencia. Es que la religión, en tales casos, no es algo que ocupa un lugar aparte, sin relación alguna con todo lo demás, como sucede para los occidentales modernos (al menos para aquellos que no consienten aún en admitir una religión); por el contrario, impregna profundamente toda la existencia del ser humano, o mejor dicho, todo lo que constituye esta existencia y, en particular la vida social, se encuentra como englobada en su dominio, si bien en tales condiciones, no puede existir en realidad nada que sea “profano”, salvo para los que, por una razón u otra, están fuera de la tradición, y cuyo caso representa entonces una simple anomalía. Además, donde no existe nada a lo que se aplique propiamente el nombre de “religión”, no dejará de haber una legislación tradicional y “sagrada” que, aunque teniendo caracteres diferentes, desempeñe exactamente la misma función; estas consideraciones pueden entonces aplicarse a toda civilización tradicional sin excepción. Pero hay todavía algo más: si pasamos del exoterismo al esoterismo (utilizamos aquí estas palabras para más comodidad, aunque no convengan con el mismo rigor en todos los casos), comprobamos muy generalmente, la existencia de una iniciación ligada a los oficios y que los toma como base; por tanto, estos oficios son todavía susceptibles de un significado superior y más profundo; y querríamos indicar cómo pueden proporcionar efectivamente una vía de acceso al dominio iniciático.

Lo que permite comprenderlo mejor, es la noción de lo que la doctrina hindú denomina swadharma, es decir, el cumplimiento por parte de cada ser de una actividad conforme a su naturaleza propia; y es también por medio de esta noción, o más bien por su ausencia, como se muestra con más claridad lo defectuoso de la concepción profana. En ésta, en efecto, un hombre puede adoptar una profesión cualquiera, y puede incluso cambiarla a su voluntad, como si esta profesión fuera algo puramente exterior a él, sin ningún vinculo real con lo que él es verdaderamente y con lo que le hace ser él mismo y no otro. En la concepción tradicional, al contrario, cada cual debe normalmente desempeñar la función a la que está destinado por su propia naturaleza; y no puede desempeñar otra sin que deje de ocurrir por ello un grave desorden, que tendrá repercusión sobre toda la organización social de la que forma parte; además, si tal desorden se generalizara, llegará a tener efectos sobre el mismo medio cósmico, ya que todas las cosas están ligadas entre sí según correspondencias rigurosas. Sin insistir más sobre este último punto que, sin embargo, podría aplicarse muy fácilmente a las condiciones de la época actual, haremos notar que la oposición de las dos concepciones puede, por lo menos en cierto aspecto, reducirse a la oposición entre un punto de vista “cualitativo” y un punto de vista “cuantitativo”: en la concepción tradicional son las cualidades esenciales de los seres las que determinan su actividad; en la concepción profana, los individuos no son ya considerados sino como “unidades” intercambiables, como si estuvieran desprovistos en sí mismos, de toda cualidad propia. Esta última concepción que claramente depende de las ideas modernas de “igualdad” y de “uniformidad” (siendo ésta, literalmente, lo contrarío de la unidad verdadera porque implica la multiplicidad pura e “inorgánica” de una especie de “atomismo” social), lógicamente sólo puede desembocar en el ejercicio de una actividad puramente “mecánica”, en la cual ya no subsiste nada propiamente humano; y eso es, en efecto, lo que podemos comprobar en nuestros días. Debe quedar bien entendido que los oficios “mecánicos” de los modernos, siendo sólo un producto de la desviación profana, de ninguna manera podrían ofrecer las posibilidades de las cuales tratamos aquí; en verdad, tampoco pueden, ser considerados como oficios si se quiere conservar el sentido tradicional de esta palabra, el único que nos interesa en este momento.

Si el oficio es algo del hombre mismo y, de alguna manera, una manifestación o una expansión de su propia naturaleza, es fácil comprender que pudiese, como decíamos en todo momento, servir de base para una iniciación, e incluso que sea, en la generalidad de los casos, lo más idóneo que exista para este fin. En efecto, si la iniciación tiene esencialmente el objetivo de superar las posibilidades del individuo humano, no es menos cierto que como punto de partida sólo puede tomar a este individuo tal como es; de ahí la diversidad de las vías iniciáticas, es decir, en suma, de los medios utilizados como “soportes”, de acuerdo con las diferencias de las naturalezas individuales; interviniendo estas diferencias tanto menos cuanto que el ser avance más en su camino. Los medios así empleados sólo pueden tener eficacia si corresponden a la naturaleza misma de los seres a los cuales se aplican; y, como es preciso necesariamente proceder desde lo más a lo menos accesible, desde lo exterior a lo interior, es normal adquirirlos de la actividad por medio de la cual esta naturaleza se manifiesta exteriormente. Pero es obvio que esta actividad sólo puede desempeñar semejante papel sino cuando traduce realmente la naturaleza interior. Por lo tanto, hay en ello una verdadera cuestión de “cualificación” en el sentido iniciático de este término; y, en condiciones normales, esta “cualificación” debería ser necesaria para el ejercicio mismo del oficio. Esto expresa al mismo tiempo la diferencia fundamental que separa la enseñanza iniciática de la enseñanza profana: lo que es simplemente “aprendido” desde el exterior no tiene aquí ninguna importancia; aquello de lo que se trata, es de “despertar” las posibilidades latentes que el ser porta en sí mismo(y tal es, en el fondo, la verdadera significación de la “reminiscencia” platónica).

Se puede comprender aún, por medio de estas últimas consideraciones, cómo la iniciación, al tomar el oficio como “soporte”, tendrá al mismo tiempo y a la inversa, por decirlo así, una repercusión en la práctica de este oficio. El ser, en efecto, habiendo realizado plenamente las posibilidades de las cuales su actividad profesional es sólo una expresión exterior, y poseyendo así el conocimiento efectivo de lo que es el principio mismo de esta actividad, cumplirá desde entonces conscientemente lo que al comienzo sólo era una consecuencia muy “instintiva” de su naturaleza; y así, si el conocimiento iniciático es, para él, nacido del oficio, éste último, a su vez, se convertirá en el campo de aplicación de ese conocimiento del cual ya no podrá ser separado. Habrá entonces una correspondencia perfecta entre lo interior y lo exterior, y la obra producida podrá ser, ya no solamente la expresión en un grado cualquiera y de forma más o menos superficial, sino la expresión realmente adecuada de quien la habrá concebido y ejecutado, lo cual constituirá la “obra maestra” en el verdadero sentido de esta palabra.

Artes del Quadrivium
Todo esto, como se ve, está muy lejos de la pretendida “inspiración” inconsciente, o subconsciente si se quiere, en la que los modernos quieren ver el sello del verdadero artista, considerándolo superior al artesano, según la distinción más que criticable que tienen la costumbre de hacer. Artista o artesano, el que actúa bajo tal “ inspiración”, no es en todo caso más que un profano; muestra sin duda por ahí que lleva en sí algunas posibilidades; sin embargo, mientras no haya tomado efectivamente conciencia de ellas, aunque alcance lo que se ha convenido en denominar el “genio”, eso no cambiará nada en él; y, al no poder ejercer un control sobre esas posibilidades, sus logros sólo serán, en cierto modo, accidentales, lo que además se reconoce corrientemente diciendo que la “inspiración” a veces falta. Todo lo que se puede conceder, para comparar el caso que tratamos con aquel donde interviene un conocimiento verdadero, es que la obra que, consciente o inconscientemente, surge de verdad de la naturaleza de quién la ejecuta, no dará jamás la impresión de un esfuerzo más o menos penoso que entraña siempre alguna imperfección, porque es algo anormal; al contrario, obtendrá su misma perfección de su conformidad con la naturaleza, lo que implicará por otra parte, de forma inmediata y por decirlo así necesaria, su exacta adaptación al fin al que está destinada.

Si ahora queremos definir más rigurosamente el dominio de lo que se puede llamar las iniciaciones de oficio, diremos que éstas pertenecen al orden de los “misterios menores”, puesto que están vinculadas con el desarrollo de las posibilidades que le corresponden específicamente al estado humano; lo cual no es el fin último de la iniciación, pero no deja de constituir obligatoriamente su primera fase. En efecto, es necesario que este desarrollo sea primero cumplido en su integridad, para permitir luego superar este estado humano; pero, más allá de éste último, es evidente que las diferencias individuales en las que se apoyan las iniciaciones de oficio, desaparecen por completo y ya no podrían desempeñar ninguna función. Como hemos explicado en otras ocasiones, los “pequeños misterios” conducen a la restauración de lo que las doctrinas tradicionales designan como el “estado primordial”; pero, tan pronto como el ser alcanza este estado, que todavía pertenece al dominio de la individualidad humana (y que es el punto de comunicación de éste con los estados superiores), desaparecen las diferenciaciones que dan origen a las diversas funciones “especializadas”, aunque todas estas funciones tengan igualmente su origen en él o, más bien, por eso mismo; y es a esta fuente común a la que es necesario remontarse para poseer en su plenitud todo lo que supone el ejercicio de una función cualquiera.

Si examinamos la historia de la humanidad tal y como la enseñan las doctrinas tradicionales, de acuerdo con las leyes cíclicas, debemos decir que, en el origen, al tener el hombre la posesión plena de su estado de existencia, tenía naturalmente las posibilidades que corresponden a todas las funciones, antes de cualquier distinción de éstas. La división de las funciones se produjo en un estado posterior, ya inferior al “estado primordial”, pero en el que cada ser humano, a pesar de tener solamente algunas posibilidades determinadas, tenía todavía espontáneamente la conciencia efectiva de esas posibilidades. Es sólo en un periodo de mayor oscurecimiento cuando esta conciencia llegó a perderse; y, desde entonces, la iniciación devino necesaria para permitir al hombre volver a encontrar con esta conciencia el estado original al que es inherente; tal es, en efecto, el primero de sus objetivos, aquel que la iniciación se propone de forma más inmediata. Para que ello sea posible, implica una transmisión que se remonta, a través de una cadena ininterrumpida, hasta el estado que se trata de restaurar, y así, progresivamente, hasta el “estado primordial” mismo; sin embargo, la iniciación no se detiene ahí, y no siendo los “misterios menores” más que la preparación para los “misterios mayores”, es decir, para la toma de posesión de los estados superiores del ser, es necesario remontarse aún más allá de los orígenes de la humanidad. En efecto, no hay iniciación verdadera, incluso en el grado más inferior y más elemental, sin la intervención de un elemento “no humano”, que es, según lo que hemos expuesto con anterioridad en otros artículos, la “influencia espiritual” comunicada regularmente por medio del rito iniciático. Si es así, evidentemente no hay motivos para buscar “históricamente” el origen de la iniciación, cuestión que por lo tanto aparece carente de sentido, ni, por otra parte, el origen de los oficios, de las artes y de las ciencias, considerados en su concepción tradicional y “legítima”, puesto que todos a través de las diferenciaciones y de las adaptaciones múltiples, pero secundarias, derivan igualmente del “estado primordial”, que los contiene todos en principio, y que por él se enlazan con los otros órdenes de existencia, más allá de la humanidad misma, lo que es por otra parte necesario para que puedan, cada uno en su rango y según su medida, contribuir efectivamente a la realización del plan del Gran Arquitecto del Universo.



sábado, 19 de enero de 2013

Edición Bilingüe de las obras de René Guénon: Colección El Anillo de Oro


Con renovada alegría venimos a reseñar en esta ocasión el singular lanzamiento en lengua castellana, por parte de la Editorial Librería Pardes, de la colección "El Anillo de Oro", que irá dando a la imprenta, D.m., trece de las obras escritas por René Guénon, o editadas por sus amigos tras su muerte en 1951, reuniendo varios de sus escritos dispersos, como fuera el caso de Comptes rendus. Lo que hace singular este lanzamiento editorial es que por primera vez la edición de estas obras se llevará a cabo en una cuidada edición bilingüe francés-español, donde, al lado del original en francés, página con página, encontramos una cuidada traducción al español realizada por un equipo especializado de traductores, dirigido por Juan de la Viuda, y compuesto por personas con una sólida formación y una dilatada experiencia en el ámbito iniciático. En efecto, sabiendo de la precisión y el rigor con que René Guénon escribía sus obras, se comprende del todo necesario, moviéndonos en el delicado ámbito del dominio iniciático, extremar la atención y poner el mejor de los cuidados en cada término y contexto empleados, adaptando los giros y peculiaridades de la lengua francesa a los propios de la española, y todo ello sin alterar o corromper ni el sentido ni el significado profundos transmitidos por el autor. Máxime cuando es fácil hacer memoria de las descuidadas, e incluso pésimas e ininteligibles, versiones al castellano que se han realizado de la obra de René Guénon durante las últimas tres o cuatro décadas, traicionando así la auténtica enseñanza tradicional, de la cual el autor se mostró para nuestro lugar y nuestro tiempo como depositario y portavoz inigualable. Así mismo, la presencia del original francés en el mismo ejemplar, favorece el acceso directo a los textos, lo que puede conllevar una mejor apreciación de los matices y verdaderos alcances que contienen.

Por lo demás, cuestión también importante y digna de resaltar, que sabrán considerar como es menester aquellos que sepan a qué atenerse en el ámbito tradicional e iniciático, es señalar que la edición de dicha colección viene avalada con el permiso y autorización directas por parte de la familia Guénon, herederos en cuanto a los derechos de su obra, para su traducción y publicación en lengua española.

En el momento en que se escriben estas líneas ya han aparecido publicados tres de los títulos de la colección, Aperçus sur la Initiation (Consideraciones sobre la Iniciación), y La Métaphysique orientale (La Metafísica oriental) y Saint Bernard (San Bernardo), estas dos últimas obras reunidas en un solo volumen; siendo utilizadas para esta edición bilingüe siempre las últimas ediciones revisadas por el propio René Guénon: 1946 para Aperçus, 1930 para La Métaphysique, y 1929 para Saint Bernard.

Como próximo volumen a aparecer en esta colección está pendiente de salir el título Initiation et réalitation spirituelle.

 El conjunto total de las 13 obras de René Guénon de las que forma parte la colección El Anillo de Oro son:
  • Aperçus sur l'Initiation
  • La Métaphysique orientale
  • Saint Bernard
  • Initiation et réalisation spirituelle
  • L’Homme et son devenir selon le Vêdânta
  • Etudes sur la Franc Maçonnerie et le Compagnonnage tome I
  • Etudes sur la Franc Maçonnerie et le Compagnonnage tome II
  • Aperçus sur l’ésotérisme chrétienen
  • Etudes sur l’Hindouisme
  • L’Erreur spirite
  • Le Théosophisme
  • Comptes rendus
  • Articles et comptes rendus tome I
En esta página dedicada a la colección El Anillo de Oro se puede encontrar más información, así como el modo de compra de cada ejemplar. 

      Finalmente, felicitar tanto al editor como a los miembros del equipo traductor por la excelente labor llevada a cabo, no sólo en cuanto a la parte intelectual del proyecto, sino a la más formal, por la bella, elegante, sobria y cuidada edición de cada ejemplar publicado; ocasión ésta propicia para apuntar que en el cuidado de la forma va la propia consideración y acceso hacia el ser, pudiéndose perder parte de su integridad por descuido o corrupción de la forma, por lo que hay que ver en ello una necesidad, ya que si la forma no se adecua a la esencia, no termina habiendo sino engaño o parodia, siendo sólo en su adecuación cuando se manifiesta la expresión auténtica de la verdad oculta en la esencia.

jueves, 27 de diciembre de 2012

"Euclides, discípulo de Abraham"; por Denys Roman

Euclides


Capítulo XII, de René Guénon et les Destins de la Franc-Maçonnerie, Éditions Traditionnelles, Paris, 1982. 

En cuanto a las tres leyes dadas por Dios a los tres pueblos (judío, cristiano y musulmán), para saber cual es la verdadera, la cuestión está pendiente y puede ser que aun lo estará durante mucho tiempo”.
Boccacio, citado por R. Guénon.

     La Tradición, de la que Guénon fue el servidor exclusivo e intérprete incomparable, ha sido calificada por él de “perpetua y unánime”. Podemos decir que la Masonería participa de esta perpetuidad, en tanto que sus Logias se mantienen “en lo más alto de las montañas y en lo más profundo de los valles 1. Por otra parte, la “universalidad” de la que se reclama la Masonería, hace eco, por así decir, al carácter unánime de la Tradición. Esta universalidad es bien conocida, pero po dríamos preguntarnos si la generalidad de los Masones sienten bien todas sus implicaciones. La Masonería es sin duda la única organización iniciática del mundo que no está ligada a un exoterismo particular. Y si, tal como dice Guénon, esto no debe dispensar a los Masones de vincularse a uno de los exoterismos existentes actualmente (pues el hombre tradicional no podría ser un hombre sin religión), esto debería incitarlos a no limitar su interés a su propia tradición, sino, al contrario, a estudiar, gracias a la “clave” del simbolismo universal, todas las tradiciones de las pueden llegar a tener conocimiento 2.

     Algo muy notable en este orden de ideas, es que una Logia masónica constituye el lugar ideal en el que los hombres pertenecientes a distintas religiones pueden encontrarse, en un plano de perfecta igualdad para tratar cuestiones de orden tradicional y doctrinal.

     Si todas las religiones son admitidas en el seno de la Masonería, se debe reconocer, sin embargo, que las formas tradicionales más orientales (Hinduismo, Budismo, Confucionismo, Taoísmo, Shintoismo, etc...), son tan extrañas a ciertos aspectos importantes del simbolismo de la Orden -aspectos ligados a la construcción del Templo- que, los adherentes a estas tradiciones, se encuentran, en cierto modo, desplazados en la atmósfera de los talleres 3. A decir verdad, son las tres religiones monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e Islam) las que han proporcionado a la Masonería el mayor número de sus hijos y los más ilustres de sus iniciados.

     Las tres tradiciones monoteístas derivan de Abraham, y es muy significativo que, el nombre divino El-Shaddaï, del que se sabe su importancia en la Masonería operativa (y que no es desconocido en la especulativa), sea precisamente el nombre del Dios de Abraham 4. Guénon, en una página esencial 5, ha subrayado que, desde el encuentro del Padre de los creyentes, con Melquisedec, el nombre El-Shaddaï fue asociado al de El-Elion 6 y que, este reencuentro, indica el punto de contacto de la tradición abrahámica con la Tradición primordial.

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     Existe en la historia tradicional de la Masonería, tal como es relatada en los antiguos documentos llamados Old Charges, una singular aserción, que no puede dejar de sorprender a los que la conozcan: se trata de la que hace sobre Euclides, discípulo de Abraham 7. Como habíamos hecho alusión a esta “leyenda”, se nos pidieron explicaciones, subrayando el formidable anacronismo que implica que Euclides habiendo vivido en Egipto en el siglo III antes de nuestra era, la estancia de Abraham en este país se sitúe dos milenios antes.

     Es justamente el carácter desmesurado de este anacronismo lo que muestra bien claro que no estamos ante un hecho histórico, en el sentido que los modernos dan a estas palabras 8. Se trata, en realidad, de “historia sagrada” que expresa una relación de carácter totalmente excepcional y que, por su naturaleza, no puede formularse más que en un lenguaje “cubierto” por el velo del simbolismo.

     Si recordamos que en la Edad Media Euclides personificaba la geometría 9 y que, por otra parte, en los antiguos documentos la Masonería es frecuentemente asimilada a la geometría, se comprenderá que hacer a Euclides discípulo de Abraham, es como decir que hay entre el Patriarca y la Orden masónica una relación de Maestro a discípulo rigurosamente equivalente a una “paternidad espiritual”.

     Es evidente que la Masonería es anterior a Abraham, puesto que, tradicionalmente, se remonta al origen mismo de la humanidad. Pero se sabe que toda tradición, a medida que se aleja de su principio, corre el riesgo de debilitarse, incluso de corromperse: y entonces, si se trata de una tradición con “promesas de vida eterna”, debe intervenir una acción divina para enderezarla y contrarrestar la tendencia a seguir “la mala pendiente” 10.    Tal es el caso de la Masonería que, beneficiada del privilegio de la perpetuidad 11, ha debido conocer, durante el transcurso de su larga historia, periodos de oscurecimiento seguidos de espectaculares enderezamientos. De estos enderezamientos, que cada vez le han conferido, por así decirlo, una nueva juventud, la Masonería debe haber conservado ciertas huellas, en particular en su “historia tradicional”, incluso en sus rituales. Es bastante probable que los nombres divinos El-Shaddaï y “Dios Altísimo” 12 estén vinculados a la transformación que debió operarse en la época de la vocación de Abraham. Otro período crucial para el mundo occidental, tanto en el orden iniciático como en el religioso, fue la del nacimiento del Cristianismo, y es evidentemente de esta época de la que data la veneración de la Masonería por los dos San Juan 13.

     En el momento de la irrupción del Cristianismo en el mundo greco-romano y, con más razón, en la época de la vocación de Abraham, había en Occidente un gran número de organizaciones iniciáticas ligadas a la práctica de los oficios, siendo las más conocidas las Collegia fabrorum. Sus palabras sagradas, si las tenían, no estaban copiadas del hebreo, y el simbolismo solsticial de Jano, jugaba para ellos el papel de los dos San Juan. Sería temerario querer explicar cómo se efectuó la mutación; pues no podríamos olvidar que, según el Maestro que seguimos y que fue ciertamente el iniciado que más amplias luces haya recibido en el dominio de que se trata, “la transmisión de las doctrinas esotéricas”, se efectúa por una “oscura filiación”, de forma que los vínculos de la Masonería moderna con las organizaciones anteriores son extremadamente complejas14. Es por lo que, más que querer introducirnos en los misterios “cubiertos” por el velo impenetrable del “anonimato tradicional” 15, es sin duda preferible buscar en la Masonería actual las marcas de las influencias respectivas de las tres tradiciones abrahámicas.

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     La señales de la influencia judía, son muy evidentes y muy conocidas para que sea necesario insistir. El uso del hebreo para las palabras sagradas, las continuas referencias a los Templos del Salomón y de Zorobabel, el calendario luni-solar, el trabajar con la cabeza cubierta en el grado 3º, la datación ritual coincidente prácticamente con la datación hebraica, todos estos indicios y algunos otros están ahí para atestiguar la importancia del tesoro simbólico heredado de los hijos de la antigua alianza.

     La influencia cristiana es de un orden muy diferente. Ciertamente, en los altos grados, se hace mención de algunos acontecimientos de la historia del Cristianismo, por ejemplo de la destrucción de los templarios. Pero, sobre todo, hay que señalar que es en mundo cristiano donde la Fraternidad masónica está más desarrollada, hasta el punto de que un mapa geográfico que representase la “densidad cristiana” de las diversas regiones de la tierra, coincidiría casi exactamente, con el que representase su “densidad masónica”. Podríamos casi decir, que la Masonería es una organización que trabaja sobre un material simbólico principalmente judaico, y cuyo reclutamiento es principalmente cristiano.

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Abraham expulsa a Agar e Ismael
     Si el aporte judaico y el aporte cristiano a la Masonería son hechos esenciales y evidentes, no parece, a primera vista, que haya en esta Orden algún aporte islámico. La aserción de Villaume según la cual la aclamación escocesa sería una palabra árabe, es errónea.

  Ciertamente, un Shaij árabe pudo decir que si los Francmasones llegasen a comprender sus símbolos, todos se harían musulmanes; pero un rabino podría decir lo mismo en provecho de su religión y un teólogo cristiano, en provecho de la suya.

  ¿Habría que creer, entonces, que este “tercio” de la posteridad de Abraham -que el iniciado Boccacio, por la vía del judío Melquisedec, declara ser tan “querido” al Padre celestial, como sus dos otros tercios-, no habría aportado ninguna contribución a un Arte situado bajo el patronazgo de “Euclides, discípulo de Abraham”?

     La respuesta que vamos a intentar dar a esta cuestión, sorprenderá, sin duda, a muchos lectores. Pero no sabríamos esquivarla en esta obra relativa a las concepciones de Guénon sobre el papel “escatológico” de la Masonería. Pensamos, en efecto, que la obra de este autor, escrita en la proximidad y con vistas al fin de los tiempos, viene a colmar, de un solo golpe y magistralmente, el vacío dejado hasta entonces por la tradición islámica, de la que Guénon era un representante eminente, en la herencia abrahámica transmitida a la Masonería.

     Se ha escrito a veces, que, antes de Guénon ya se había dicho todo sobre la Masonería, excepto lo esencial. Esto es totalmente exacto y querríamos añadir que nadie tenía una idea de la Fraternidad masónica más alta que este Maestro, que fue ignorado, plagiado y atacado, particularmente, en Francia, por tantos Masones.

Querríamos llamar la atención sobre una particularidad muy importante, que es común a las tres tradiciones: judía, cristiana e islámica, así como a la Francmasonería. Los musulmanes son, en efecto, muy conscientes del carácter “totalizador” de su tradición 16, debido al hecho de que Muhammad es el “Sello de la Profecía”. Lo que olvidamos a veces es que Guénon atribuía un mismo carácter totalizador al Cristianismo, del que decía que “se ha llevado con él toda la herencia de las tradiciones anteriores, que ha conservado viva en tanto se lo permitía el estado de Occidente, y que lleva consigo en sí misma y siempre sus posibilidades latentes” 17. Hay muchas cosas que permiten pensar que la insistencia aportada por él para hacer retomar los Masones conciencia de la pluralidad de sus herencias y conservar su “memoria” en su rituales, se explica por la certidumbre que tenía de que la Masonería tiene ella también un destino “totalizador”.

Totalizar, es “reunir lo disperso”. Abraham, el padre del monoteísmo, es también, según el significado hebraico de su nombre, el “Padre de la multitud”, como la Unidad es el principio de la multiplicidad. Y, al igual que, en el origen, sólo está el Único que crea todas las cosas, en el final, todas las cosas deben reabsorberse en la Unidad. Si ahora pasamos del macrocosmos al microcosmos, encontramos algo rigurosamente equivalente en la doctrina hindú. “Cuando un hombre está cercano a morir, la palabra, seguida del resto de las diez actividades externas [...], es reabsorbida en el sentido interno (manas) [...] que se retira seguidamente, en el aliento vital (prâna), acompañada parecidamente de todas las funciones vitales [...]. El aliento vital, acompañado igualmente de todas las demás funciones y facultades (ya reabsorbidas en él) [...]), es retirado, a su vez, en el alma viviente (jîvâtmâ) [...]) [...] Como los servidores de un rey se reúnen en torno a él cuando está a punto de emprender un viaje, así todas las funciones vitales y todas las facultades del individuo, se reúnen alrededor de su alma viviente (o más bien en sí misma, de donde todas ellas proceden, y en la cual son reabsorbidas) en el último momento (de la vida [...]) [...]) 18.

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     ¿Hemos logrado dejar presentir que la “leyenda” que vincula a Euclides, es decir la geometría, es decir la Masonería, con el Patriarca Abraham, es algo distinto a un fenomenal invento que testimoniaría, simplemente, la imaginación e ignorancia de su “inventor"? No hemos hecho más que señalar la cuestión. Posiblemente se nos hará observar que la Masonería, en su estado actual, parece poco digna del eminente papel que parecemos atribuirle. Pero podemos responder que esta Orden, emplazada bajo el patronazgo de los dos San Juan, del que, uno, es “el amigo del Esposo” y, el otro, “el discípulo que Jesús amaba”, puede, en consecuencia, reivindicar todos los privilegios que confiere la amistad, y que debería ser cierto lo de su “salvación” final. Empleamos aquí la palabra “salvación”, en el sentido que le da René Guénon: se trata, para un hombre, de su permanencia después de la muerte en las “prolongaciones del estado humano”; y se puede transponer legítimamente esta doctrina a una organización tradicional, iniciática o exotérica.

     Al final de un ciclo, la “salvación” de las “especies” destinadas a ser conservadas por el ciclo futuro está asegurada por su “apiñamiento” en el Arca o en otro receptáculo equivalente. Es probable que uno de estos equivalentes sea el “seno de Abraham”, donde, según la parábola del malvado rico y del pobre Lázaro, reposen, después de su muerte, las almas de los justos salvados. Que el Patriarca amigo de Dios 19, bendecido por Melquisedec y venerado por las tres religiones “abrahamicas”, sea, al mismo tiempo, el “preceptor” de la Masonería, define a ésta como a una tradición muy “honorable”, pero que implica tales “obligaciones” que esta Orden no tiene el derecho a desconocerla, ni a olvidarla.

     Según el Melquisedec del cuento de Los Tres Anillos de Boccacio 20, el Padre celestial ha hecho de forma que cada uno de sus tres hijos igualmente amados esté persuadido de haber recibido el único anillo auténtico, anillo original transmitido “desde tiempo inmemorial”. Dos milenios de historia de Occidente están ahí para probarnos que, en efecto, cada uno de los tres hijos está bien seguro de ser el elegido, incluso el único amado, el único que ha recibido el anillo verdadero, el anillo nupcial que sella los esponsales eternos. Hay que respetar tales convicciones queridas por el Padre. Ellas han confortado la “fe” de cada uno, a expensas, sin duda, de la “caridad” fraterna l21. ¿Qué hay de la “esperanza”? Está escrito que al final de los tiempos la fe desaparecerá y la caridad estará languideciente. Puede que entonces sea la ocasión para la Masonería, “centro de unión” y que pertenece  también ella a la “posterioridad espiritual” de Abraham, para acordarse de la divisa que fue, se dice, la de sus antepasados operativos: “En El-Shaddaï está toda nuestra esperanza”.




1 Esta expresión, tan conocida en los rituales de lengua inglesa, es explícita en algunos antiguos documentos, según los cuales la Logia de San Juan se tiene “en el valle de Josafat”, lo que quiere decir que la Masonería debe mantenerse hasta el Juicio final que marcará el fin del ciclo. Según el mismo simbolismo, “las más altas montañas” deben significar el comienzo del ciclo; y de hecho, el Paraíso terrestre, según La Divina Comedia, está situado en la cima de la más alta de las montañas terrestres, puesto que toca a la esfera de la Luna. Lo mismo, cuando Cristo expresa su voluntad de ver a San Juan “permanecer” hasta su vuelta, es evidente (y el Evangelio lo precisa) que no se trata, en primer lugar, de la individualidad del discípulo bienamado; se trata, ante todo, del esoterismo cristiano; esoterismo “personificado” por San Juan y que es reabsorbido por la Masonería. Podemos decir que, las palabras de Cristo sobre San Juan confieren a esta Orden las “promesas de la vida eterna”, al igual que las dirigidas a San Pedro son la prenda que el Papado se impondrá finalmente sobre los prestigios de las “puertas del Infierno”.

2 Es por lo que Guénon, insistiendo en la necesidad, para cada Logia, de tener la Biblia abierta en el altar del Venerable, precisaba bien que este libro “simboliza el conjunto de los textos sagrados de todas las religiones”.

3 No deberíamos caer en el espíritu de sistema tomando esta aserción rigurosamente al pie de la letra, pues sufre muy notables excepciones. Todo el mundo sabe que la Masonería, introducida en la India por los ingleses, conoció un vivo éxito. Kipling, en sus noticias masónicas, explicó como los hindúes ortodoxos iniciados en la Masonería se comportaban durante los ágapes fraternales, de manera que no infringieran las reglas prohibitivas de comer con hombres de castas diferentes.

4 El valor numérico de este nombre es 345; las cifras 3, 4 y 5, que sirven para escribir este nombre, expresan también la longitud de los lados del triángulo rectángulo de Pitágoras, figurado sobre la joya del Pasado Maestro.

5 Le Roi du Monde, p. 50.

6 El Dios que invocaba Abraham es El-Shaddaï (el Todopoderoso); y Melquisedec era sacerdote de El-Elion (el Altísimo). Es importante recordar que los Masones de lengua inglesa trabajan en grado 3º, “en el nombre del Altísimo”.

7 Mackey, en su Enciclopedia, precisa que “todos los viejos manuscritos de las constituciones” contienen la leyenda de Euclides, generalmente llamada “El digno sabio Euclides”. He aquí en qué términos esta leyenda está relatada en el Dowland Manuscript, texto que remonta a 1550: Cuando Abraham y Sara acudieron a Egipto, Abraham enseñó a los Egipcios, las siete ciencias. Entre sus discípulos se encontraba Euclides, que estaba particularmente dotado”. La leyenda cuenta que, más tarde, Euclides se encargó de la educación de los hijos el rey; les enseñó geometría y sus aplicaciones, la manera de construir los Templos y los palacios. El texto concluye: “Así engrandeció esa ciencia llamada geometría, pero que, más adelante, en nuestras regiones se llama Masonería”.

8 Es por otra parte evidente que los Masones operativos siempre han contado en sus rangos con gran número de gente instruida y bastante familiarizados con las Escrituras como para saber que Abraham se había comportado en Egipto, bastante más como un pastor de rebaños que como un maestro de escuela.

9 Lo mismo que Aristóteles con la dialéctica, Sócrates con la moral, Cicerón por elocuencia, etc...

10 Cf. Guénon, La Crise du Monde moderne, cap. I

11 Es lo expresado por las palabras de Cristo, atestiguando su voluntad de ver a Juan (es decir: al esoterismo cristiano), “permanecer” hasta que él vuelva.

12 Es curioso que el nombre del Altísimo, que es el Dios de Melquisedec, sea utilizado, en Masonería, en lengua vulgar y no en hebreo; esto podría ponerse en relación con el hecho de que Melquisedec pertenece a la Tradición primordial y no a la tradición judía. Igualmente, la Masonería del Arco Real apela, en el rito que le es esencial, a la lengua hebraica, a las dos lenguas sagradas desaparecidas (el caldeo y el egipcio) y, en fin, a la lengua vulgar. Según Guénon, comentado el tratado De vulgari eloquio de Dante, la lengua ordinaria, que todo hombre recibe por vía oral, simboliza, en un sentido superior, la lengua primordial que no fue jamás escrita.

13 La leyenda que hace de Juan Bautista un Gran Maestre de la Masonería operativa que, después de muchos años de su martirio, hubiera sido sustituido por Juan Evangelista, no tiene, evidentemente, más que un sentido simbólico.

14 Guénon, L´ésotérisme de Dante, cap. IV, in fine.

15 Al igual que cada obra tradicional está más próxima a la verdadera “obra-maestra”, cuanto más el artesano haya “sublimado” a su “yo” individual para transformarlo en el “Sí-mismo” (cf. Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. IX), se puede decir que las transformaciones a las que hacemos alusión son obras maestras tanto más perfectas cuanto más desconocidos sean sus artesanos. El caso más reciente de tales mutaciones, parece ser el del paso de la noción tradicional del “Sacro Imperio” a la Masonería escocesa.

16 Creemos que es inútil precisar que, lo que estamos tratando, nada tiene que ver con las concepciones políticas cualificadas de “totalitarias”. Sabemos, por otra parte, cómo los regímenes que se jactan de tales concepciones tienen la costumbre de comportarse con la Masonería cuando acceden a poder.

17 La Crise du Monde moderne, cap. VII.

18 Brama-Sûtras, traducidos y comentados por Guénon, en el capítulo XVIII de L´Homme et son Devenir selon le Vêdânta.

19 El cambio del nombre de Abram (“padre elevado”), por el de Abraham (“padre de multitudes”), se basa en la victoria del patriarca sobre los adversarios de los reyes de la Pentápolis y la destrucción por el fuego de esta misma Pentápolis. Esta destrucción es naturalmente una “figura” de la destrucción final del mundo, y el papel de intercesor desempeñado por Abraham para obtener de Dios una “limitación” de la destrucción, merecería llamar la atención.

20 Decamerón, 1º día, cuento II. Se ve que el “Fiel de Amor”, Boccacio, para situar, entre sus cuentos de una galantería a veces algo subida, aquellos que tenían un sentido doctrinal y que, ciertamente, eran para él los más importantes, sabía utilizar el simbolismo de los números.

21 La “fábula” simbólica utilizada por Boccacio, es -como todo lo simbólico- susceptible de una pluralidad de interpretaciones. He aquí una que, situándose bajo un punto de vista más elevado y propiamente iniciático, responde, sin duda más a las intenciones del iniciado que fue Boccacio. Si seguramente debemos respetar las convicciones de cada una de las tradiciones, en tanto que pretendan tener un estatuto privilegiado unas respecto a las otras, desde un punto de vista superior no hay que ilusionarse por tales pretensiones. Efectivamente, esta pretensión a la elección revela una necesidad inherente a la perspectiva exotérica y Boccacio quiere decir de hecho que la verdadera fe está oculta bajo los aspectos externos de diversas creencias, verdadera fe que es la Tradición única, de la que Melquisedec es el representante. Esta verdadera fe, es la “santa fe”, la fede santa de la que Boccacio, como Dante, era, en Occidente, uno de los fieles.

domingo, 11 de noviembre de 2012

El Legado Masónico; Textos Divulgativos Franceses; La Franc-Masona

Portada del volumen publicado
      Con gran alegría venimos a reseñar la singular novedad que nos ofrece en estos días La Editorial Librería Pardes a todos aquellos interesados en la Masonería, con referencia al lanzamiento en el ámbito de habla española de la colección enciclopédica "El Legado Masónico". Colección que según el proyecto fijado por el editor consta de 6 volúmenes que recogerán los textos divulgativos, catecismos, rituales, Old Charges y normativas más señaladas de la tradición masónica, todos ellos publicados en edición bilingüe, tanto en su idioma original como en castellano, y correspondientemente anotados.

     Para este primer lanzamiento, y como primer volumen de la colección, se han escogido estos Textos Divulgativos Franceses (1736 - 1748), donde se reúnen ocho escritos dirigidos al público en general y que datan de la primera mitad del siglo XVIII. Se trata de una cuidada edición donde, como bien nos avisa la introducción facilitada por el editor, el tono de dichos escritos oscila entre la anécdota y el humor, dentro del aparente tema ligero y hasta banal escogido, y con un estilo y un lenguaje alejados de las consideraciones técnicas propias de Catecismos y Rituales, lo que posiblemente tiene como intención transmitir ciertos elementos simbólicos asimilados al carácter popular de los temas con que buscan envolverse, con el fin de preservarlos al abrigo del olvido y la corrupción; estrategia o recurso inveterado ya comentado por René Guénon en el capítulo IV de Symboles de la sciencie sacrée, así como en el capítulo XXVIII de Initiation et Réalisation Spirituelle.

    El índice de los documentos recogidos en este primer volumen es el siguiente:
  • Constituciones, Historias, Leyes, Obligaciones, Reglamentos y Usos de la Muy Venerable Cofradía de los Aceptados Francmasones      
  • Apología por la Orden de los Francmasones                                               
  • La Francmasona                                                                                           
  • El Perfecto Masón                                                                                        
  • El Secreto de los Francmasones al descubierto                                           
  • El Sello Roto                                                                                               
  • La Escuela de los Francmasones                                                                 
  • El Secreto de los Francmasones enteramente revelado                              
      Para ejemplo de lo reseñado se nos ofrece en la página web del editor el comienzo de La Francmasona, donde el lector advertirá el tono humorístico de sus párrafos, sin restar un ápice a la consideración de los elementos expuestos, que en este caso giran en torno al secreto masónico y la mujer.

      Como oportunamente señala el editor en su presentación la documentación aportada, así como la que queda por publicarse en la colección de El Legado Masónico, nos va a ofrecer una interesante información acerca del modo de trabajar en Masonería en la primera mitad del siglo XVIII, con referencias a los lugares de celebración de las tenidas, los Cuadros de Logia, la decoración de las Logias, el número de grados masónicos o la presencia de grados superiores, todo lo cuál habrá de redundar en una mejor comprensión, aun hoy, del sentido tradicional y vivo de la Masonería, tan escaso por regla general, así como del proceso de adaptación que tuvo lugar durante el paso de una Masonería de oficio a otra de tipo aceptado o especulativo, sabiendo que sus posibilidades operativas como vía de realización, aunque aminoradas, permanecen aún vivas, pues le diable porte pierre!

     Para terminar no se puede ignorar que dada la escasez de estudios de este tipo en lengua española, dicha contribución supone un hecho singularmente notable y de particular interés para todos aquellos que estén  interesados en la Masonería, ya sea público en general, estudiosos o miembros de la Orden.


    Datos bibliográficos:

      Título:                   Textos Divulgativos Franceses
      ISBN:                    9788461593323
      Editorial:              Editorial Librería Pardes
      Año edición:      2012
      Nº págs.:             380
      P. V. P.:                22 €


jueves, 8 de noviembre de 2012

Conmemoración de los Cuatro Santos Coronados.

Misal Romano. Niccolo di Giacomo, s. XIV
Oremus.- Praesta, quaesumus, omnipotens Deus: ut, qui gloriosos Martyres fortes in sua confessione cognovimus, pios apud te in nostra intercessione sentiamus. Per Dominum nostrum Iesum Christum.

Oremos.- Concédenos te rogamos, oh Dios omnipotente, que cuantos reconocemos a los gloriosos Mártires esforzados en su confesión de la fe, los sintamos piadosos en interceder por nosotros delante de ti. Por N. S. J. C.

Secreta.- Benedictio tua, Domine, larga descendat: quae et munera nostra, de precantibus sanctis Martyribus tuis, tibi reddat accepta, et nobis sacramentum redemptionis efficiat. Per Dominum.

Secreta.- Descienda, Señor, copiosa tu bendición: la cual, por intercesión de tus santos Mártires, te haga aceptos nuestros presentes, y nos los convierta en sacramento de redención. Por N. S. J. C.

Postcomunion.- Caelestibus refecti sacramentis et gaudiis: supplices te, Domine, deprecamur; ut quorum gloriamur triumphis, protegaur auxilis. Per Dominum.

Poscomunión.- Alimentados con los sacramentos y delicias celestiales, te rogamos humildemente, Señor, que seamos protegidos por el auxilio de los Santos, de cuyo triunfo nos gloriamos. Por N. S. J. C.


«Oremos a Dios omnipotente y su madre María, a fin de que podamos seguir estos artículos y los puntos, todos juntos, como hicieron los cuatro santos mártires, que en este oficio tuvieron gran estima. Fueron ellos tan buenos masones como pueda hallarse sobre la tierra, escultores e imagineros también eran, por ser de los obreros los mejores, y en gran estima el emperador los tenía; deseó éste que hicieran una estatua que en su honor se venerara; tales monumentos en su tiempo poseía para desviar al pueblo de la ley de Cristo.

Pero ellos firmes permanecieron en la ley de Cristo, y sin compromisos en su oficio; amaban bien a Dios y a su enseñanza, y se habían volcado a su servicio para siempre. En aquel tiempo fueron hombres de verdad, y rectamente vivieron en la ley de Dios; ídolos se negaron a erigir, y por muchos beneficios que pudieran reunir; no tomaron a este ídolo por su Dios y rechazaron su construcción, pese a su cólera; por no renegar de su verdadera fe y creer en su falsa ley, sin demora el emperador los hizo detener, y en una profunda cárcel los encerró; cuanto más cruelmente los castigaba, más en la gracia de Dios se regocijaban.

Viendo entonces que nada podía les dejo ir a la muerte; quien lo desee, en el libro puede leer de la leyenda de los santos, los nombres de los Cuatro Coronados. Su fiesta es bien conocida por todos, el octavo día tras Todos los Santos.» Leyenda Dorada, Jacobo de la Vorágine.



       «En el nombre de Dios, Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y Santa María, madre de Dios, de sus bienaventurados santos servidores, los cuatro santos coronados de eterna memoria, consideramos que para conservar la amistad unión y obediencia, fundamento de todo bien, de toda utilidad y provecho para todos, príncipes, condes, señores, localidades y conventos, en el presente y en el futuro, Iglesias, edificios de piedra o construcciones, debemos constituir una comunidad fraternal». Estatutos de la Asociación de Talladores de Piedras y Albañiles de la ciudad de Ratisbona, de 1459. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Fragmentos de los Stromata; por San Clemente de Alejandría

     Los pozos de los que se saca el agua con frecuencia, la tienen más limpia; en cambio, de los que no se saca nada, se pudre. También el hierro conserva el brillo con el uso; sin embargo, la herrumbre es producida por el desuso. En términos generales, pues, el ejercicio engendra la buena disposición tanto de las almas como de los cuerpos. Nadie enciende una lámpara y la coloca debajo de un celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a los que han sido dignos de participar del banquete común. ¿Para qué sirve, pues, una sabiduría que no hace sabio a quien es capaz de entenderla? El Salvador salva y continuamente actúa, como ve que hace el Padre. Cuando uno enseña es cuando más aprende, y al hablar uno se convierte muchas veces en oyente de su propio auditorio. En efecto, uno sólo es el Maestro, tanto del que habla como del que escucha; y uno solo es también el que hace brotar tanto la inteligencia como la palabra.

     De ahí que el Señor no prohibiera hacer el bien en sábado, sino que permitió participar de los misterios divino y de aquella luz santa a quienes pudieron comprender. Y tampoco el Señor reveló a la mayoría lo que no estaba al alcance de todos, sino a unos pocos, a aquellos a quienes Él sabía que convenía, ya que podían entender y configurarse con aquellas cosas. Por eso los misterios, como Dios mismo, se confían a la palabra y no a los escritos. Si alguno dijere que está escrito nada hay oculto que no llegue a descubrirse, ni secreto que no venga a conocerse, nosotros le diremos que el Logos ha profetizado con esa sentencia que lo secreto será revelado a quien los escucha secretamente, y que le serán manifestadas las cosas ocultas a quien sea capaz de recibir la tradición veladamente, y que lo que está oculto para la mayoría será manifiesto para unos pocos. ¿Por qué no todos conocen la verdad? ¿Por qué no es amada la justicia, si es patrimonio común de todos? No obstante, los misterios se transmiten misteriosamente, para que estén en la boca del que habla y en la del que escucha; o mejor aún, no en la facultad de hablar sino en la inteligencia. Dios mismo concedió a la Iglesia apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros para el perfeccionamiento de los santos, en orden a la realización del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo. (Stromata I, 12.2-13.4)

    Ahora bien, la verdad es una (y la mentira posee un sinnúmero de caras); al igual que las Bacantes que devoraron los miembros de Penteo, así también las escuelas filosóficas, la bárbara como la griega recibieron una parte de cada una, aunque se gloríen de poseer toda la verdad. Y es que, me parece a mí, todo se ilumina con la salida de la Luz. En efecto, se puede demostrar que todos juntos, griegos y bárbaros, en cuanto que aspiran a la verdad, han participado del Logos verdadero, unos en no pequeña medida, otros en cambio parcialmente, según el caso. La eternidad contiene en sí misma y en un instante el pasado, el presente y el futuro; sin embargo, la verdad es más capaz de reunir sus propias semillas que la eternidad, aunque estén sembradas en tierra extranjera. [...] También en el universo las partes todas, aunque difieran unas de otras, conservan entre sí una relación respecto del todo. Así también, tanto la filosofía bárbara como la griega constituyen un fragmento de la verdad eterna, no la del mito de Dionisio, sino de la teología del eterno Logos. Mas quien reúne de nuevo lo que se ha diseminado y reconstruye la unidad para contemplar con seguridad al Logos, a la Verdad. (Stromata I, 57.2.6)

    Una primer cambio provechoso de la gentilidad a la fe, y un segundo [cambio provechoso] de la fe al conocimiento; este [...] une [...] el amigo al Amigo, quien conoce a lo que conoce [...] y el conocimiento es transmitido a un reducido número a partir de los Apóstoles por medio de la sucesión de los Maestros y sin escritura. (Stromata VIII, 10 y Stromata VII, 61)