lunes, 1 de julio de 2013

El Arca Viviente de los Símbolos. Masonería y Fin de Ciclo; por André Bachelet

Artículo aparecido en la revista Symbolos, Nos. 19-20, de 2000, Barcelona.

     La afirmación de que la orden masónica tiene la vocación de ser. para el Occidente de este fin de ciclo, el "Arca viviente de los Símbolos" no ha sido formulada, desde hace ya medio siglo, más que por un solo autor hoy desaparecido; Denys Roman (1901-1986). La brillante síntesis de esta expresión es la conclusión de una profundización, de una manducación -verdadera "alquimia" interior- de las Escrituras, de las doctrinas tradicionales, y de las múltiples consideraciones que René Guénon había dedicado especialmente a la Masonería, y que el autor supo llevar hasta sus últimas implicaciones. Esta noción de "Arca viviente de los Símbolos" subyace de modo permanente en las dos obras que Denys Roman escribiera como homenaje a quien había recibido "las más amplias luces" en el dominio iniciático y al que designaba como "el servidor exclusivo y el intérprete incomparable" de la Tradición "perpetua y unánime".
     
*
*   *

Denys Roman, conversando, nos decía a menudo que lo que le había sorprendido, en los escritos de René Guénon (que iba conociendo según aparecían), era su preocupación con respecto al "fin del mundo", o más exactamente: "de un mundo".

Observaba que la referencia a este acontecimiento esperado desde el origen de los tiempos se iba a hacer más presente en esta obra a medida que se elaboraba; es a partir de 1914, es decir 600 años después de la abolición de la Orden del Temple, cuando aparecería con mayor insistencia, constituyendo, la toma de conciencia de esa decadencia, parte integrante del "mensaje" de R. Guénon y del propósito de su discurso.

Desde esta perspectiva, la integración de las nociones sobre los ciclos en su aplicación conforme con la doctrina es desde luego una característica -podría decirse una "marca"- que autentifica de alguna manera tanta obra tradicional, incluso aunque, en todo rigor, hayan de añadírsele otras nociones no menos esenciales; con mayor razón eso es así en el caso de la obra de René Guénon, que constituye un ejemplo en el más alto grado de la importancia concedida a la suerte de Occidente, a la reunión e integración de sus componentes tradicionales con vistas a su enderezamiento; sin duda alguna, dicho integración constituye el aspecto más fundamental y el objeto esencial de una función que puede calificarse de "providencial" y que no podía interpretarse sino en este fin de ciclo.

De la misma manera, veremos desarrollarse idéntica preocupación en los escritos de D. Roman, de los cuales examinaremos sus aspectos más característicos. Como verdadero hilo conductor, ella orientaría su obra masónica hacia la puesta en envidencia de las "innumerables" posibilidades que contiene el Arco Real, tanto en el dominio microcósmico como en el macrocósmico, y desde su perspectiva escatológica. Para ello, el autor conduciría su reflexión según tres ejes esenciales, poniendo el acento en los puntos destacados por R. Guénon.

1. El proceso del iniciado (tomando este término en el estricto sentido indicado por R. Guénon), el cual todavía dispone, en Occidente, de una organización que permite a miembros cualificados alcanzar lo que habitualmente se designa como "el retorno al origen".

2. El "reconocimiento" y la valoración de las múltiples herencias o depósitos que se han agregado a la Orden masónica, debidos a una elección selectiva, los que hacen de ella y para Occidente en su especialidad iniciática de carácter universal, el Arca para los tiempos futuros.

3. El cuidado, para el occidental, de una vinculación exotérica "posible", es decir, que no esté en contradicción práctica y en cuanto a lo esencial con el proceso masónico. [1]

Para Denys Roman, todo ello se encuentra determinado por la conciencia de la proximidad del "fin de los tiempos", cosa que obliga a una discriminación que debe permitir adoptar una actitud conforme con el plan del Gran Arquitecto:

¿Es necesario insistir sobre este punto, que deja entrever en el dominio de la acción -él nos lo sugiere continuamente, tanto es lo que sus palabras vehiculan la esperanza- un "ajuste" capaz de permitir aprovechar las posibilidades contenidas en este fin de ciclo?

En pocas palabras: hoy día, corresponde a los masones -y tan sólo a ellos- actuar en la medida en que esto sea posible y a tenor de la perspectiva que ofrecen los caracteres formales y sutiles de este fin de Manvántara. Este es el mensaje que les dirige R. Guénon y D. Roman.

Pero el camino masónico solamente puede conducirles a la restauración efectiva de esa última estación para lo humano que es el estado primordial, si el verdadero eje práctico sobre el que él se funda -es decir el ritual- presenta garantías de conformidad doctrinal y simbólica estrechamente relacionadas con el Arte Real [2].

Es aquí donde interviene la necesidad de un examen riguroso de los rituales (habida cuenta del estado actual en que se encuentran los que se utilizan por lo común en el continente, a los cuales limitaremos nuestra presente reflexión), así como su restauración, a fin de permitir, nuevamente, al masón de los últimos tiempos ponerlos en práctica de forma coherente e integral; nosotros sabemos que eso es posible. El ritual (lo recordamos nuevamente, dado que este punto se descuida con frecuencia) ha de vehicular, en su estructura básica, los elementos simbólicos que permitan "actualizar" un método apropiado para el trabajo colectivo específico del Oficio, siendo desde luego este contenido simbólico, luego doctrinal, de origen suprahumano.

Sin embargo, los distintos rituales (esto está suficientemente reconocido hoy, salvo por las instancias oficiales) han sido objeto, tanto en lo que respecta a su contenido simbólico, como a su estructura interna, de ciertas manipulaciones, y a veces mutilaciones que exceden de lejos las simples y legítimas adaptaciones; ya hemos hablado de esto. Ahora bien, R. Guénon y D. Roman sabían que la situación que de ellos ha resultado, si bien perjudicial para un proceso masónico conforme a lo que éste debería ser, no era irremediable [3]; que la constitución de la masonería especulativa y el estado en que ésta se encuentra, aun cuando correspondan efectivamente a una "degeneración en el sentido de una aminoración", no deben  concebirse como inconvenientes mayores: siguen constituyendo una "base" apropiada y suficiente que corresponde a los masones cualificados enriquecer, si es que no restaurar, teniendo en cuenta y aprovechando unas posibilidades cíclicas que están lejos de ser desfavorables [4].

Esta reflexión imperativa, esta exigencia incluso, en relación con las graves lagunas resultantes de las iniciativas de Anderson y sus émulos, la han tenido otros, en otra época, "de los antiguos tiempos", y de aquellos de entre ellos que, surgidos de una filiación operativa preservada en lo esencial, intervinieron para restituir ciertos usos simbólicos y rituales (en el marco de lo que el historiador E. Michelet llamaba "la historia subterránea") y para reparar las brechas abiertas cuando la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717. Fue así como aparecieron elementos simbólicos fundamentales (verdaderos depósitos, algunos de los cuales calificados por D. Roman de "Tierra Santa") de otra naturaleza (caballeresca e incluso sacerdotal) que aquella limitada únicamente al Oficio [5].

Desde esta perspectiva, la constitución de los "altos grados" escoceses y site degrees anglosajones representa una forma de arreglo y restitución cuya importancia ciertamente no se valora lo suficiente. Y sin duda conviene recordar, en esta oportunidad, que las bases simbólicas del Oficio que participa del Arte Real, y que son estrictamente asimilables a una vía de constructor, se completan (en función de la existencia de depósitos caballerescos en el seno de la Orden) mediante la vía del kshatriya, para utilizar la terminología del hinduismo. Decimos esto porque parece que, en el medio tradicional y en el masónico en particular, se descuide esta vía legítima, e incluso se la desprecie o subvierta como voluntad de poder, en provecho -si puede decirse- de una problemática vía de brahman que parece ejercer una verdadera fascinación sobre ciertas mentes y que revela una singular falta de sentido de las proporciones y no puede conducir sino a las más graves desilusiones. ¿Se habrá olvidado hasta este punto lo que R. Guénon ha llegado a decir de la eminente dignidad y nobleza de la vía kshatriya cumplida en su integridad?

En relación con este dominio particular de las herencias que evocamos, depósitos simbólicos de antiguas organizaciones occidentales que "vinieron a injertarse en la Masonería o a 'cristalizarse' en cierto modo a su alrededor" [6], se ha afirmado -con objeto de minimizar su importancia- que R. Guénon no había empleado de buena gana el término "herencias", sino solamente la de "vestigios" o "recuerdos"; esto es cierto; pero la interpretación que se hace de ello deriva generalmente de una lectura restrictiva difícilmente sostenible cuando se aprehende la totalidad del "corpus" masónico de su obra. Es por eso por lo que D. Roman ha podido decir que: "[...] a quienquiera que, según el ejemplo de R. Guénon, sigue las reglas rigurosas de esta ciencia exacta que es el simbolismo universal, no le queda ninguna duda de que esas palabras a veces alteradas, esas fórmulas enigmáticas y leyendas lo más a menudo inverosímiles son los vestigios, debilitados pero todavía vivos, de una doctrina sublime y un método eficaz inspirados por una Sabiduría no humana [...] su olvido definitivo sería un acto de excepcional gravedad. Conviene por el contrario volver a darles 'fuerza y vigor', pues esta 'reunión' (esta reintegración) de los elementos 'dispersos' del lenguaje, es decir del 'verbo' masónico, constituye una condición necesaria para el redescubrimiento de la 'Palabra perdida'". (René Guénon et les Destins de la Franc-Maçonnerie, 1982, p 189). Y, respecto a esto, la siguiente cita de R. Guénon, que él tomaría como referencia y desarrollaría en su legítima interpretación, resume en cierto modo lo esencial de la obra de D. Román: "Habría ciertamente mucho que decir sobre el papel 'conservador' de la Masonería y sobre la posibilidad de que éste le da de suplir en cierta medida la ausencia de iniciaciones de otro orden en el mundo occidental actual." (Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Tomo 2, p. 40). Porque, aunque expresadas con prudencia y alguna reserva, se puede concebir qué contienen justamente, en sus repercusiones, expresiones tales como las de "papel conservador", y "posibilidad que éste le da". Observemos accesoriamente, que el texto de R. Guénon del cual se extrae esta cita, contiene en su desarrollo, entre otras consideraciones de importancia para los masones, una indicación sobre un elemento simbólico masónico de carácter universal que no es ajena a una intervención de D. Roman[7].

Para añadir algunas palabras a estas pocas consideraciones: podrá comprenderse que pongamos el acento sobre el hecho de que el autor de René Guénon et les Destins de la Franc-Maçonnerie nos parezca el único en traducir tan perfectamente su fidelidad a las concepciones expuestas por R. Guénon, pues sus escritos constituyen, para nosotros, una auténtica prolongación de los puntos esenciales que interesan a la Orden en la época actual:

*
*   *

Conforme con las nociones capitales abordadas a veces alusivamente por R. Guénon, D. Roman, al tratar los puntos históricos que ahora vamos a examinar sucintamente, tampoco se situó en el punto de vista del historiador, cuyo método, en el dominio que nos ocupa que es el de la iniciación, resulta bastante inadecuado, por no decir irrisorio. De hecho, para dar cuenta de casos de transmisión como los que representa la traslación de ciertas herencias como la del Santo Imperio, por ejemplo, sería vano, en la medida en que se reconoce su realidad, esperar descubrir huellas documentales de los mismos, pues: "los medios por los
cuales se han efectuados [esas transmisiones] no son de aquellos que pueden ser accesibles [a los] métodos de investigación" [de la historia ordinaria], (R. Guénon, Formes traditionelles et Cycles cosmiques, p. 73). Tan sólo la aprehensión simbólica (recordemos que, según R. Guénon, el simbolismo es una ciencia exacta) es efectivamente susceptible de permitir obtener una respuesta satisfactoria. Por ejemplo, cuando nos dice que en Occidente "no hay más que dos [organizaciones] que [...] pueden reivindicar un auténtico origen tradicional y una transmisión iniciática real", y que "estas dos organizaciones, que por otra parte, a decir verdad, no fueron primitivamente más que una sola, aunque con múltiples ramas, son el Compagnonnage y la Masonería" (Aperçus sur l'initation. Ed. Traditionelles, 1953, p. 41, nota 1), ¿en qué se basa para afirmarlo? ¿Se trata por eso de una opinión en vista de su común espíritu? La carencia de pruebas formales ¿anula la certeza basada en la coherencia y la lógica inducidas por la ciencia y el lenguaje simbólicos inaccesibles a la mentalidad profana? Y además, ¿qué alcance puede tener realmente el método "crítico" de los historiadores en relación con una Revelación (en el sentido general del término) a propósito de la cual las "pruebas formales" todavía están por ser presentadas, y manifiestamente no están cerca de serlo? [8].

Así, en los capítulos que componen la segunda parte de la obra póstuma de D. Roman (Reflexions d'un chrétien sur la Franc-Maçonnerie - L'Arche vivante des Symboles, Ed. Traditionelles, 1995), se señalan muchos acontecimientos relacionados con la realización del "plan" de subversión del príncipe del disimulo y la separación con respecto a la Masonería. ¿Es sorprendente pues que, en relación con los acontecimientos en cuestión, el autor discierna indicios que permitan concluir en unas intervenciones compensatorias de carácter tradicional, las cuales no podrían sacarse a la luz pública por evidentes razones de prudencia, para no considerar más que este aspecto contingente de las cosas? Y ellas se refieren, en relación con lo que ahora nos importa, a la transferencia de unos depósitos de los que la Masonería se ha beneficiado en el curso del tiempo, especialmente en los siglos XVII, XVIII y XIX, a favor de situaciones y acontecimientos a menudo turbulentos que fueron utilizados con provecho. Podrá observarse que no se trata de épocas indiferentes, pues se sitúan en el transcurso de la larga mutación especulativa de la Masonería. Así es como se explican dos cosas: de un lado la restitución de una parte de lo que se había perdido o comenzaba a perderse, de manera que se asegurase una base lo suficientemente fuerte y estable capaz de perpetuarse en el tiempo, y de otro el aporte simultáneo de unos depósitos simbólicos, caballerescos o de otra naturaleza, procedentes de organizaciones iniciáticas a punto de extinguirse, y que encontraban refugio en su seno. La Orden masónica, escribe D. Roman, "ha sido 'elegida' constantemente para convertirse en el 'Arca' en el que se produce el 'amontonamiento' de todo lo que ha habido de verdaderamente iniciático en el mundo occidental" (R. Guénon et les Destines de la Franc-Maçonnerie, prefacio). Observermos que la "elección" de la Orden para este "Destino" excepcional, no podría ser fortuita, si se considera su constitución de base específicamente artesanal -de la cual el hermetismo no es el menor de los componentes-, y que debe asegurar la protección y transmisión de los depósitos considerados. El autor da las razones de esta posición privilegiada de la Orden en Occidente, posición que René Guénon ha revelado y reforzado, y que justifica esa elección. Recordemos, dado que esto parece perdido de vista, si es que no incomprendido o rechazado, que la Masonería es propiamente una iniciación occidental, que el Oficio, que es su soporte fundamental de carácter universal, puede al mismo tiempo servir de base a todos los depósitos simbólicos posibles, y que esta iniciación está por naturaleza adaptada y destinada especialmente a los occidentales, pero no exclusivamente. Precisemos en esta ocasión, pues se trata de un tema que no deja de plantear interrogantes, cuando no vivas controversias habida cuenta su importancia, que el componente hermético, cuya presencia en el seno de la Orden es difícilmente discutible (y que no concierne exclusivamente al "método"), no debe entenderse como perteneciente a estos depósitos tardíos; a falta de los documentos escritos, ahí está el "testimonio de las piedras" para atestiguar su presencia en la misma constitución fundamental del Oficio; además, este "testimonio" permite constatar que el simbolismo no ha sido sobreañadido a un camino más o menos exotérico, en época de la mutación especulativa, ni siquiera precoz, contrariamente a lo que afirman ciertas tesis básicamente antitradicionales; pero este es otro tema.

Para apreciar la seguridad de discernimiento del autor, cualquiera que pueda referirse igualmente al capítulo V de su primera obra, capítulo que lleva por título: "Masonería Templaria, Masonería Jacobita y Masonería Escocesa". Aunque sea totalmente significativo con respecto a lo que acabamos de decir, no podríamos manifiestamente resumir este texto que evidencia la posible filiación espiritual entre la Orden del Temple y la Masonería, la cual conducirá a la creación del Rito Escocés y a su Supremo Consejo del Santo Imperio. Las razones del lugar privilegiado que concede R. Guénon a la Orden del Temple son demasiado conocidas como para que insistamos en ellas; ahora, uno de los puntos sobre los que D. Roman funda su obra masónica, es el de la persistencia, en el seno de la Orden, de la herencia templaria -herencia espiritual, desde luego-, revelada por la presencia de símbolos contenidos sobre todo en ciertos altos grados escoceses, y cuyo carácter "rosacruciano" es evidente. Pero la razón esencial de esta certeza, como en el caso de otros depósitos, proviene del contenido legendario vehiculado por los textos y rituales. Pasemos por encima del hecho de que con frecuencia se deja de lado esta contenido, por no decir que se lo ridiculiza y desprecia, para advertir, en esta ocasión, sobre los límites de las investigaciones de carácter profano, lo más a menudo propuestas por masones, cuyo resultado conduce inevitablemente a la fácil teoría de los plagios, teoría esencialmente antitradicional.

D. Roman ve, en el Rito Escocés, en función de la presencia del depósito imperial que constituye el coronamiento indispensable de la Orden, la última restauración de la integridad de la vía de los pequeños misterios, y la perfecta plasmación del arquetipo que representa la Orden del Templo en su finalidad. No entraremos, a este respecto, en las implicaciones "históricas" que permiten entrever el recorrido de una elección excepcionalmente fecunda en las posibilidades que ella contiene, si no es para dar cuenta de la clarividencia del autor sobre este tema particular muy a menudo sugerido por el propio R. Guénon. Es por esto por lo que su preferencia, aun sin ser exclusiva, lejos de ello, le conducía, como a René Guénon, a privilegiar este Rito.

*
*   *

Un tema difícil que no podemos eludir en un texto referido a este fin de ciclo que corresponde al final de un Manvántara (el 7º y último de la primera de las dos series septenarias del Kalpa), es el de las relaciones entre el exoterismo y el esoterismo o la iniciación, así como la presencia, en el seno de la Orden, de un esoterismo cristiano. Precisamos esto, porque es bien conocido que el término esoterismo, tal como lo concebía R. Guénon, ha sido desviado de su sentido según una perspectiva limitativa, y se reduce hoy en día, en ciertos medios con pretensiones iniciáticas, a significar una profundización doctrinal (que no es negligible en sí), limitada al punto de vista ontológico y, preferentemente, fuera de toda organización iniciática auténtica a la que se juzga como perfectamente inútil y hasta parasitaria. Asimismo, como no pensamos tener una competencia de especialista para tratar este tema, arriesgaremos solamente algunas observaciones dando por conocidas las tesis en cuestión. Para nosotros, la aproximación que algunos desean entre la Iglesia católica y la Masonería, no podría realizarse verdaderamente más que si la Iglesia consintiera reconocer en la Orden, otra cosa que una Pseudo-Iglesia, o que una reconstitución arqueológica con formas más o menos extrañas a la expresión de su fe. Querer evacuar todo lo que caracteriza a la Masonería en tanto que organización iniciática que perdura por transmisión ininterrumpida "from time immemorial" (lo que significa "que no tiene punto de partida históricamente asignable"), como algunos proponen, imaginándose de ese modo facilitar un acercamiento, constituye un comportamiento despreciativo hacia la Orden; y, por añadidura, no hace más que confirmar su ignorancia acerca de la naturaleza de la iniciación y de las formas que esta revista según la economía providencial.

Es por eso por lo que, tomando en cuenta los caracteres específicos de nuestro tiempo, no podemos más que desear una Masonería cristiana que trabaje pacífica y fructiferamente junto a una Masonería de carácter universal, cualesquiera que sean las formas que puedan tomar la una y la otra, pero los representantes de esa Masonería cristiana habría de asumir en todo rigor su finalidad iniciática, es decir -aunque debamos herir a algunos masones de buena voluntad-, que ella tendría que ser otra cosa que un sucedáneo de exoterismo, que es lo que desde luego parece representar hoy en vista de lo que propone. Para la realización de todo esto, ponemos nuestra esperanza en el Todopoderoso en quien reside la voluntad de Lo Alto, recordando lo que el Cristo afirmó con respecto a Juan Evangelista, el representante más eminente del esoterismo cristiano y garante, como santo patrón de la Orden, de la autenticidad y perennidad de la transmisión iniciática: "Si quiero que permanezca hasta que yo venga, ¿qué te importa?".

Ciertos rituales masónicos sitúan a la Logia, en su "desarrollo" espacial, entre las tres montañas sagradas del Sinaí, el Moriah y el Thabor, correspondiendo éstas a tres "revelaciones" sucesivas: la de Moisés, la de David y Salomón, y la de Cristo (cf. Etudes sur la F. M. et le Compagnonnage, T. II, cap.: "Heredom"). La ubicación de la Logia puede asimilarse entonces a un "valle" situado entre estas tres montañas, cuyos respectivos lugares están ocupados por los tres oficiales principales. "La Tradición, de la que Guénon fue el servidor exclusivo y el intérprete incomparable, ha sido calificada por él de 'perpetua y unánime'. Puede decirse que la Masonería participa de esta perpetuidad, en tanto que sus Logia se reúnen 'sobre las más altas montañas y en los más profundos valles'. [...] Esta expresión, bien conocida en los rituales de lengua inglesa, está explicitada en ciertos antiguos documentos según los cuales la Logia de San Juan se reúne 'en el valle de Josaphat', lo que quiere decir que la Masonería debe mantenerse hasta el Juicio final que señalará el fin del ciclo. [...]. Asimismo, cuando el Cristo expresa su voluntad de ver a San Juan 'permanecer' hasta su retorno [...] se trata ante todo del esoterismo cristiano, esoterismo 'personificado' por San Juan, y que se ha reabsorbido en la Masonería. Puede decir que las palabras de Cristo sobre San Juan confieren a esta Orden 'las promesas de vida eterna', igual que las dirigidas a San Pedro son la prenda de que el Papado prevalecerá finalmente sobre los prestigios de las 'puertas del Infierno'". (R. Guénon et les Destins de la F.M.,p. 199).

Así, se ve claro que la Orden masónica tendrá su lugar en ese Valle de Josaphat, en el que será reunido e integrado todo lo que, participando de la herencia del Cielo y de la "armonía de las esferas", ha de concurrir al mundo futuro, en calidad de único digno "testimonio", pensamos, de nuestra presente humanidad, conducido a establecer "nuevas todas las cosas".





Notas:
[1] Para evitar cualquier equivocación, precisemos que no podría haber incompatibilidad de principio entre la pertenencia a la Masonería y cualquier esoterismo, pero que, en Occidente y en el periodo en el que vivimos, conviene tener en cuenta una incompatibilidad de hecho con la Iglesia romana que constituye, en principio, la base religiosa de aquél.
[2] Hay diferentes aspectos de esa "estrecha relación" que exigirían ser desarrollados, dada su importancia; hemos ofrecido algunas apreciaciones de los mismos en nuestro artículo: "Operatividad y Masonería especulativa" apareciendo en Ver la Tradition, nos. 66 y 68.
[3] La primera labor confiada a Denys Roman fue la redacción de unos rituales de espíritu tradicional; la cumpliría, como se sabe, con la ayuda de R. Guénon entonces en El Cairo. D. Roman ha aludido a lo que las instancias masónicas reservaron a esta iniciativa. Probablemente fue esa, una vez más, una "ocasión fallida", de aquellas a las que la Masonería obediencial está acostumbrada. Tras la desaparición de R. Guénon, se le confió otra responsabilidad en varias oportunidades en el seno de la revista Etudes Traditionnelles: la de asegurar la redacción de artículos y reseñas relativos al ámbito masónico, sin que por ello su contribución quedara exclusivamente reservada a este tema.
[4] Algunos pretenden, después de la lectura de la obrad e R. Guénon, la cual es una de las expresiones más verdaderas de la virtud de la Esperanza, que este fin de ciclo es desfavorable para cualquier andadura positiva en ese sentido; pensamos que se trata de una conclusión errónea. En efecto, nada de lo que contiene esta obra, y eso sin tomar en cuenta su razón misma de ser, que en este caso sería totalmente determinante, permite pensar que el fin de un ciclo, por el hecho de estar constituido por un agotamiento de las posibilidades más inferiores, no deja campo a otras posibilidades compensatorias de orden superior, de carácter providencial, y a la expansión de las mismas.
[5] El término "limitado" no es peyorativo en este caso, pues, el Oficio que es la base indispensable del camino masónico, está forzosamente limitado en algunas de sus posibilidades por su misma naturaleza. Lo que queremos decir en este caso, es que la completitud del Oficio -por lo alto- constituye una transformación de la Masonería, la cual, por ese hecho, ya no es hoy, strictu sensu, una organización únicamente artesanal. En efecto, algunas de la herencias cuyo beneficio ha recibido, por un favor electivo sobre el que conviene interrogarse, permiten a sus miembros cualificados acceder -independientemente de aquella que permite el Oficio-, a una plenitud iniciática, sin que por ello haya en eso ninguna "mezcla de formas". En cuando a la Orden misma, ¿es necesario insistir sobre las posibilidades últimas que le confieren tales depósitos -verdaderas "Tierras santas" equivalentes a la "Tierra de los Vivos"-, que abren una perspectiva sobre los "Grandes misterios" y hacen de ella un Arca para los tiempos futuros?
[6] Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Tome 2, p 39.
[7] Nos referimos a las interpretaciones que da R. Guénon de la palabra sagrada del Arco Real. Con motivo de su intercambio epistolar, D. Roman le hizo observar que el comentario que había hecho de dicha palabra sagrada -que en este "grado" representa la "palabra reecontrada" -en su reseña del Gran Lodge Bulletin of Iowa de octubre de 1933 (Cf: Etudes sur la Fran-Maçonnerie et le Compagnonnage, Tome I, p. 212), subestimaba la interpretación que daba Mackey. R. Guénon aportó una rectificación bajo la forma de un desarrollo en su artículo: "Parole perdue et Mots substitués". Ya se conoce la importancia concedida en este texto (convertido en uno de los capítulos de Cf: idem, Tome 2, págs 41-42, y 179) al pasaje iniciático "from square to arch", equivalente a lo que en Masonería continental es la expresión: "Del Triángulo al Círculo". Con respecto al Arco Real, complemento de la Maestría masónica que R. Guénon califica de nec plus ultra de la iniciación masónica, este último habla de una "perspectiva sobre los 'grandes misterios'" que representa el estricto equivalente de dicha fórmula.
[8] Igualmente, cómo "esperar" que la exégesis puntillosa de algunos Old Charges medievales (recordemos que el más antiguo se encuentra en Inglaterra y los especialistas lo datan de 1290) pudiera revelar la existencia de una "operatividad" iniciática e incluso simplemente la de una iniciación, dado que ésta, por naturaleza, no puede aparecer en un escrito, semipúblico por añadidura.
Utilizar el pretexto de una exégesis liberalista de los Old Charge (cuyo contenido legendario habitualmente se ridiculiza), tal como lo hacen los sostenedores de la "escuela histórica", para afirmar que los constructores de la Edad Mediano practicaban otra cosa que un exoterismo puro y simple, es decir limitado a unas componentes morales y devocionales, representa un "método" que por lo menos carece de rigor. Un ejemplo de esta tendencia abusiva se encuentra ilustrado en los "Cahiers de l'Herne: la franc-Maçonnerie - documents fondateurs", edición 1992.
El análisis "crítico" utilizado corrientemente por los adversarios de la iniciación, según la concebimos siguiendo a R. Guénon, no podría dar cuenta de la integridad del camino masónico, cuya finalidad esperamos haber hecho admitir.

martes, 4 de junio de 2013

La vocación; por Albano Martín de la Scala

Artículo publicado en la revista Letra y Espíritu, nº 34, Junio de 2013.

René Guénon en su obra "El Rey del Mundo" en el Capítulo VIII, escribe [1]: "El período actual es, pues, un período de oscurecimiento y confusión; sus condiciones son tales que mientras persistan, el conocimiento iniciático debe permanecer necesariamente oculto, de ahí el carácter de los "Misterios" de la antigüedad llamada "histórica" (que no remonta siquiera al principio de este período) y de las organizaciones secretas de todos los pueblos: organizaciones que dan una iniciación efectiva allí donde todavía subsiste una verdadera doctrina tradicional, pero no ofrecen más que una sombra de ella cuando el espíritu de esta doctrina ha dejado de vivificar los símbolos que no son más que su representación exterior, y ello porque, por diversas razones, todo vínculo consciente con el centro espiritual del mundo ha terminado por romperse, lo cual es el sentido más particular de la pérdida de la tradición, aquel que concierne más especialmente a tal o cual centro secundario, que deja de estar en relación directa y efectiva con el centro supremo.

Se debe hablar pues, como ya dijimos anteriormente, de algo que está oculto más que verdaderamente perdido, puesto que no está perdido para todos y que algunos lo poseen todavía íntegramente; y, de ser así, otros siempre tienen la posibilidad de volver a encontrarlo, siempre que lo busquen como conviene, es decir, que su intención esté dirigida de tal manera que, por las vibraciones harmónicas que despierta bajo la ley de "acciones y reacciones concordantes" [2] puede ponerlos en comunicación espiritual efectiva con el centro supremo. [3] Esta dirección de la intención tiene, además, su representación simbólica en todas las formas tradicionales; nos referimos a la orientación ritual: en efecto, ésta es propiamente la dirección hacia un centro espiritual, que, sea cual sea, es siempre una imagen del verdadero "Centro del Mundo"[4].

La palabra "vocación" deriva del vocablo latino "vocatus" y tiene la misma raíz que el término "vox": voz; su significado etimológico es el de "llamada". Llamada que, entendida en su sentido superior, procede directamente del centro supremo del que habla Guénon en la cita introductoria, centro que, a nivel microcósmico, corresponde simbólicamente al corazón. Tal llamada parte desde el centro de cada ser y se dirige a cada uno de ellos con el nombre esencial y profundo que le caracteriza, el cual es diferente del de todos los demás y propiamente único. Este nombre esencial, no obstante, combinándose con el ambiente que encuentra en su recorrido que desde el centro se difunde simbólicamente en el espacio, se vela y se revela al mismo tiempo en modalidades cada vez más exteriores.[5] La gradual alteración y como enmascaramiento del nombre, tiene entre otros efectos el de permitir, incluso a aquellos que tienen un horizonte intelectual más limitado, poder percibir también, a su nivel, esta llamada central.

Esta pluralidad de nombres puede ayudar a comprender cómo la misma palabra "vocación" se puede entender con significados y grados muy diferentes. Por ejemplo, puede referirse al dominio de la espiritualidad pura, o al psíquico, entendido como origen relativo de la individualidad. De ello se desprende que, aun cuando se habla de vocación, se puede entender legítimamente la llamada del hombre a lo espiritual, o bien la predisposición del ser para ejercer un oficio o una función particular y no otras. Está claro que los puntos de vista en cuestión, refiriéndose a diferentes planos de la realidad, no se oponen de hecho, al contrario, es en la ejecución de las actividades más exteriores que el ser puede encontrar un soporte adecuado para abrirse a aquellas más profundas.

En nuestro trabajo anterior[6] señalamos cómo en la parte más profunda e íntima de los seres humanos hay una presencia que no es de naturaleza individual sino universal. Esta presencia está siempre viva, y ésta es la razón por la cual los seres existen, pero, hoy en día, los sentidos internos que permiten percibirla al individuo, a menudo están como adormecidos o narcotizados. A pesar de ello, su vitalidad, a veces, se puede manifestar a través de las vibraciones internas que resuenan como una llamada interior a lo trascendente. Esto se debe al hecho de que los iguales se atraen, tendiendo de forma natural hacia la reunificación de aquello que se ha dispersado. [7]

Como hemos tenido ocasión de señalar, desde el punto de vista iniciático, la unión que es necesario buscar es la del soplo divino, presente en el fuero interno de cada ser humano, con el origen espiritual del que nace. Es en esto donde está contenido el sentido profundo del amor. [8]

Igual que un pájaro enjaulado no puede sino aspirar a volar libremente en el cielo, ya que esta es su verdadera naturaleza, de la misma manera, la parte más profunda del ser no aceptará permanecer confinada dentro de los límites individuales y pedirá con fuerza por regresar allí donde reside su verdadero origen. Ésta es la razón por la que, aquellos que perciben esta presencia vital en su corazón, hasta que no hayan recorrido un camino de conocimiento, sólo podrán encontrarse incómodos, en sufrimiento y como sintiendo una carencia, quizás aún no bien definida, en su vida. Son ellos los que están espiritualmente vivos y es a este tipo de personas a los que pretendemos dirigirnos con nuestro escritos.

La llamada que nace en el centro se difunde por el espacio a través de vibraciones caracterizadas por círculos concéntricos, por tanto puede intuirse que seguir esta llamada corresponde a un camino que, procediendo en sentido inverso, tome su punto de partida en el círculo exterior, que corresponde al actual estado de percepción de la realidad en la que se encuentra el ser y lo lleve, a través de las etapas sucesivas [9] correspondientes a la asunción de círculos cada vez más pequeños, a regresar a su propia esencia profunda. [10]

El paso desde un círculo exterior a otro más interior implica la actualización de todas las posibilidades comprendidas en el espacio existente entre los dos y, por consiguiente, la asunción del centro, en el caso específico del estado humano, implica el desarrollo armónico y total de las potencialidades en él contenidas. [11]

Cada círculo representado aquí corresponde a una determinada realidad ambiental, realidad a la que el ser se encuentra estrecha y solidariamente ligado por su naturaleza. El paso de un círculo más exterior a otro más interior implica por tanto la completa renuncia a los apegos que se vinculan al primero y, en consecuencia, la asunción del centro presupone necesariamente el total sacrificio del correspondiente estado de manifestación. El secreto está contenido en los contrarios y es sólo mediante la renuncia que el ser puede obtenerlo verdaderamente, es decir, en definitiva, actualizar plenamente sus propias posibilidades. [12]

Esta renuncia, sin embargo, no será ni fácil ni indolora. Apegos, físicos y sobre todo psicológicos, podrán manifestarse por ejemplo a través de los vínculos familiares, profesionales, de los propios hábitos o el propio mental que retendrán al ser, incluso de la manera más imprevista, que quiere liberarse de ellos.

No sólo eso, hay además condicionamientos tanto hereditarios como ancestrales que en un cierto momento, si se quiere avanzar en la Vía, deberán ser superados. [13] La parte esencial del ser no podrá retornar armónicamente [14] a su origen en tanto que no sea liberada del lastre que la arrastra hacia abajo; de ahí la necesidad de aligerarla mediante un profundo trabajo de purificación.

Pondremos un ejemplo para hacernos entender mejor. Un ser que viva en la profanidad total y que por tanto se encuentre en una condición extremadamente exterior y quiera pasar a una más interior, se encontrará en la necesidad de abrazar una forma tradicional, aceptando todas las prescripciones exotéricas que ésta impone y renunciando a todo aquello que está prohibido. El campo de acción de su individualidad en este caso se verá reducido, habrá después posibles pasos a dar como el del vínculo iniciático que podrá desarrollarse de modo gradual llevando al ser poco a poco a abandonar sus propias inclinaciones individuales para seguir su vocación. [15]

Quien realmente asimile este plano de realidad, cumplirá los actos prescritos y se abstendrá de aquellos prohibidos con gozo y espontaneidad y sentirá como opuesta a su propia naturaleza toda acción contraria a la ley. Llegado a ese punto, habiendo realizado este aspecto de su vocación, al actuar en este ámbito será realmente libre. [16] Estos conceptos de gozo, espontaneidad y libertad, que en la concepción corriente acompañan a la idea de vocación, son por tanto un resultado mucho más que un punto de partida y, evidentemente, pueden ser traspuestos a realidades progresivamente más profundas.

Hablamos de cómo los sentidos internos que permiten al individuo advertir la presencia de lo trascendente en su propio fuero interno, están a menudo como adormecidos o narcotizados. Una consecuencia de este estado de cosas puede llevar al ser a ignorar totalmente la existencia y esta es la situación dramática en la que se encuentran la gran mayoría de nuestros contemporáneos. Pero puede darse el caso de que alguien, tal vez por atravesar un momento particular en su propia vida, perciba de algún modo esta existencia vital en el interior de su corazón sin poder encontrar la manera de hacerla activa en su propia existencia. La vocación se manifiesta como una llamada, si bien aquél que la ha escuchado de algún modo, a causa del caos general que lo rodea, no siempre se encuentra en condiciones de identificar el verdadero origen de la misma y por tanto puede tener dificultades para seguirla. [17]

En definitiva seguir la vocación, significa encontrar un centro para la propia vida, tender a él y adherirse a él. Con esta afirmación estamos hablando de cosas extremadamente concretas. El ser por tanto debe poder encontrar al nivel de su actual estado de percepción de la realidad, soportes tangibles que le permitan interactuar con lo espiritual. [18]

En un mundo tradicional estos soportes, siendo seres humanos, organizaciones o de otro tipo, son fácilmente identificables. En este contexto queda por tanto a responsabilidad de cada uno decidir comprometerse o no en el avance en el camino que le es propio.

Desafortunadamente, a día de hoy, tal como se indica en la nota introductoria, las realidades auténticamente espirituales se están retirando cada vez más. La consecuencia de este hecho es que el espacio exterior que han dejado libre ha sido ocupado por otro tipo de realidades, realidades a menudo inquietantes, las cuales componen un panorama particularmente intrincado y pavimentado por trampas de todo tipo.

Esta consideración, no obstante, no debe hacer caer en el desaliento y la resignación. Hay un hecho extremadamente importante que es necesario tener en cuenta: cada acto, ya sea interior o exterior, nunca pasará completamente desapercibido. La Divinidad lo observa todo [19] y si hay buena voluntad y la actitud del ser es sincera, pura y desinteresada, [20] las puertas que permiten llegar al centro acabarán por abrirse una tras otra ante él [21] manteniéndosele apartado de los engaños. [22] Todo ser dispone de medios y estructuras tradicionales en los que poder apoyarse y es en el ejercicio de las propias funciones, aunque fueran aparentemente banales y de poca importancia, utilizadas del mejor modo posible, que reside el secreto para avanzar en la vía. [23] Es utilizando del mejor modo posible los instrumentos de los que se dispone que se obtendrán otros más perfeccionados. Sólo actuando de este modo podrá abandonarse la propia condición periférica para pasar a una más interior, siendo en cierto modo cooptado; es necesario recordar que se está siempre en la presencia del Principio que, según el comportamiento adoptado, utilizando como soporte de su acción también seres humanos, puede hacer avanzar en mayor o menor medida en la vía que conduce a Él. Observando las cosas bajo esta perspectiva, por ejemplo, no puede subestimarse la importancia de una práctica exotérica consciente o de una seria actividad iniciática aún incluso en el interior de organizaciones que actualmente puedan estar gravemente degeneradas. Pero vayamos un poco más allá, retomando lo que afirmábamos al inicio de este artículo, cuando decíamos que el ser que oye su propia llamada no podrá eximirse de afrontar cuestiones que impliquen dar la vuelta completamente a su propia vida. En realidad cada acto, empezando por el más normal y básico como el de encontrar un trabajo, formar una familia y procrear, si es vivido en función de un acercamiento al centro, viene como sublimado y sacralizado y puede contribuir a llevar al ser "al orden" y al equilibrio. Esta consideración final nos conduce a tocar el tema fundamental del cambio de mentalidad, tema que merece un estudio aparte y que nos reservamos poder abordarlo eventualmente en el futuro.

Notas:
[1] Las notas que se refieren a la cita son del propio René Guénon
[2] Esta expresión se toma de la doctrina taoísta, por otra parte, se entiende aquí la palabra "intención" en un sentido que es muy exactamente el del árabe niyah, que se traduce habitualmente de esta manera, y este sentido es, por otra parte, conforme a la etimología latina (de in-tendere, tender hacia).
[3] Lo que acabamos de decir permite interpretar en un sentido muy preciso estas palabras del Evangelio: "Buscad y encontrareis, pedid y se os dará, llamad y se os abrirá." -De forma natural uno deberá remitirse aquí a las indicaciones que ya hemos dado a propósito de la "recta intención" y de la "buena voluntad"; y sin esfuerzo podrá completarse con ello la explicación de la fórmula: Pax in terra hominibus bonæ voluntatis.
[4] En el Islam, esta orientación (qiblah) es como la materialización, si se puede expresar así, de la intención (niyah). La orientación de las iglesias cristianas es otro caso particular, que se remite esencialmente a la misma idea.
[5] Para desarrollos más amplios sobre el tema remitimos al lector a lo que escribe René Guénon en Consideraciones sobre la Iniciación, Editorial Librería Pardes, Barcelona, 2012, Cap. XXVII, Nombres profanos y nombres iniciáticos, texto que publicamos en este mismo número de la revista .
[6] Letra y Espíritu nº 32, Algunas consideraciones sobre la aspiración iniciática.
[7] Dios creó al "hombre a su imagen y semejanza" (Génesis 1, 2 6) y es en base a esta afinidad que el ser humano está llamado a la trascendencia. No sólo es llevado, por "vocación", a imitar la operación divina. Teniendo en cuenta esta imitación de lo divino, podemos ver cómo, a la vocación, "llamada" que irradiándose desde el Principio llega a todos los seres humanos, cuando se da una correspondencia activa por parte del ser que es llamado, corresponde, como en un eco, la actividad de in-vocación que, partiendo de cada invocador, regresa al centro; de ahí el prefijo "in", es decir interior, que precede a la palabra vocación. En este sentido, la invocación, en su sentido más elevado, se identifica la actividad de encantación de la que hablamos en nuestro anterior trabajo. Actividad que debe ser considerada como comprendiendo cualquier acto que manifieste la aspiración del ser hacia la unión con lo espiritual. Por tanto, pueden ser legítimamente incluidas en esta definición, todas las acciones, tanto las artísticas como las artesanales, que se desarrollan en el ámbito de un marco auténticamente iniciático. Las vibraciones armónicas que de esta manera se provoquen, pueden llevar, de acuerdo a la ley de "acciones y reacciones concordantes", a la toma de consciencia del contacto con el Centro supremo.
[8] El amor entre un hombre y una mujer y el deseo ardiente que sienten por estar juntos puede tomarse como una representación simbólica de esta realidad. Entre los innumerables casos en que es utilizado este simbolismo, nos bastará considerar el de los "Fedeli d'amore". A este respecto señalaremos que la capacidad de enamorarse de una persona del sexo opuesto, en ciertos ámbitos, es considerada como una importante cualificación iniciática.
[9] Etapas que, en determinados casos, pueden ser también simultáneas.
[10] El vínculo con el significado simbólico de hacer diana se hace evidente.
[11] En este caso, nos estamos limitando al plano bidimensional cuyo centro corresponde al de nuestro mundo y que supone el fin de los pequeños misterios. Obviamente, con las adaptaciones necesarias, podrá transponerse este discurso a la realidad universal y los grandes misterios.
[12] Precisemos que en lo que precede no intentamos afirmar que el paso de un círculo a otro implique un agotamiento de las posibilidades contenidas entre los dos, al contrario; este proceso implica el completo ordenamiento de estas potencialidades que, desde ese momento en adelante, se encontrarán correctamente orientadas y por tanto vividas sólo en función de un acercamiento y una participación del centro. Por otra parte señalamos que la descripción esquemática que hemos dado es útil para comprender el funcionamiento de este proceso de acercamiento al centro, aunque la realidad puede ser mucho más compleja. Por ejemplo, puede suceder que un ser se encuentre efectuando este trabajo de desapego simultáneamente en varios círculos de diferente tamaño, o puede que deba, como en el juego de la oca, volver atrás para afrontar vínculos de los que pensaba estar ya liberado. En todo caso, el concepto de la necesidad de desapegarse a fin de obtener y actualizar permanece siempre válido.
[13] Se piensa en el ejemplo simbólico del pecado original.
[14] Hay situaciones en las que este retorno adviene de un modo inarmónico; este es el caso de los que en la tradición islámica reciben el nombre de majdhûb: ser sobre el que se ejerce, «por el lado espiritual, una atracciónˮ (jadhb, de donde el nombre de  majdhûb), que, a falta de una preparación adecuada y de una actitud suficientemente activaˮ, ha provocado un desequilibrio y como una escisiónˮ, se podría decir, entre los diferentes elementos de su ser. La parte superior, en lugar de arrastrar con ella a la parte inferior y de hacerla participar en la medida de lo posible en su propio desarrollo, se despega de ella por el contrario y la deja atrás por así decir; y de esto no puede resultar más que una realización fragmentaria y más o menos desordenada. En efecto, desde el punto de vista de una realización completa y normal, ninguno de los elementos del ser es verdaderamente desdeñable» (René Guénon, Iniciación y Realización Espiritual, Editorial Librería Pardes, Barcelona, 2013, cap. XXVII, Locura aparente y sabiduría ocultaˮ).
[15] En la Masonería este crecimiento en responsabilidades y obligaciones está caracterizado, también formalmente, por sucesivos juramentos.
[16] En este sentido, cabe recordar la conocida frase de Dante Alighieri: "A maggior forza e a miglior natura, liberi, soggiacete" (A mayor fuerza y a mejor naturaleza estáis sujetos, aunque libres) concepto obviamente aplicable también a niveles más profundos que el exotérico (Divina Comedia, XVI canto del "Purgatorio").
[17] En particular, hoy más que nunca, vivimos en un mundo lleno de ruidos y reclamos que se superponen y a veces se mezclan de manera inextricable y esto es cierto para el ámbito físico, pero aún lo es más para el psíquico. La tendencia hacia el silencio interior es por tanto un paso indispensable para poder escuchar de manera siempre más clara la propia llamada. No por casualidad, la disciplina del silencio, aún simplemente exterior, encuentra amplio espacio en las más diversas formas tradicionales. Baste pensar en el silencio del aprendiz en Masonería o en el que se practica en diversas órdenes monásticas.
[18] Y esta es exactamente la función de la tradición.
[19] Citaremos a este respecto el ojo que todo lo ve masónico o el concepto islámico de Ihsan que "consiste en servir a Allah como si tú Lo vieras; porque si tú no Lo ves, Él te ve".
[20] Téngase en cuenta que en absoluto hablamos de capacidades mentales o psíquicas extraordinarias, capacidades que en efecto, a menudo, pueden transformarse en obstáculo para seguir su propia vía.
[21] Si bien no se dice que tengan que abrirse según los tiempos que espera el individuo; de ahí uno de los motivos que llevan a todas las tradiciones a atribuir una enorme importancia a la paciencia.
[22] Precisamos, para evitar equívocos, que esta afirmación no debe en modo alguno inducir a sentirse dispensado de un esfuerzo de profundización doctrinal y de discernimiento, sino que es precisamente sobre la base de una actitud correcta que este esfuerzo podrá dar sus frutos.
[23] Este es también el modo que permite al ser contribuir activamente a la actualización del plan divino, modo que encuentra su aplicación simbólica en el teatro; en este ámbito el actor es llamado a interpretar "su" parte, parte que ya existe antes de la representación. Él tiene que desempeñar el papel que le ha sido atribuido, no ya dejándose llevar por su propia iniciativa individual, sino siguiendo lo mejor posible las indicaciones del "Director", aunque tal vez, a causa de su ignorancia del guión, le pueda parecer extraño. Los actores deben buscar un vínculo constante y consciente con aquel que los dirige y de ese modo convertirse como en su prolongación. Lo que ha sido dicho hasta ahora debe hacer comprender que la realización de la propia función, en definitiva, no es otra cosa que la participación activa en el plan de aquel que en la tradición de los constructores es llamado el Gran Arquitecto del Universo.

Para adquirir el ejemplar de dicha revista ir a este enlace: Letra y Espíritu.

jueves, 30 de mayo de 2013

El Dalai-Lama; por René Guénon

Artículo publicado en la revista La Gnose en marzo de 1910, y firmado Tau Palingénius

Desde hace algún tiempo, fuentes de información inglesas, evidentemente interesadas, nos dan una imagen del Tibet invadido por el ejército chino, y al Dalai Lama huyendo ante esta invasión al tiempo que pide socorro al gobierno de India para restablecer su autoridad amenazada. Es muy comprensible que los ingleses pretendan relacionar el Tibet con la India, cuando ambos están separados sin embargo por obstáculos naturales difícilmente franqueables, buscando así un pretexto para penetrar en Asia Central, donde nadie piensa en reclamar su intervención. La verdad es que Tibet es una provincia china, que desde hace siglos depende administrativamente de China, y que por consiguiente no tiene que conquistarla. En cuanto al Dalai Lama, no es y no ha sido nunca un soberano temporal, estando su poder espiritual fuera del alcance de los invasores, cualesquiera sean quienes pudieran introducirse en la región tibetana. Las actuales noticias que se están tratando de difundir, están pues desprovistas de todo fundamento; de hecho, lo que ha ocurrido son algunos actos de pillaje cometidos por una banda de saqueadores, pero, como este hecho sucede con bastante frecuencia, nadie piensa siquiera en preocuparse.

Aprovecharemos pues esta oportunidad para responder a algunas cuestiones que nos han sido planteadas acerca del Dalai-Lama, mas, para que no se nos pueda acusar de emitir afirmaciones dudosas, y que no reposen en ninguna autoridad, nos limitaremos a reproducir los principales pasajes de una Correspodance d'Extrême-Orient publicada en La Voie (Nos. 8 y 9). Esta correspondencia apareció en 1904, en el momento en que una expedición inglesa, comandada por el coronel Younghusband, regresaba de Lhassa con un pretendido tratado en el cual no figuraba ninguna firma tibetana. «Los ingleses informaron desde la Meseta tibetana de un tratado que había sido firmado únicamente por su jefe, y que no era pues para los tibetanos ni un compromiso ni una obligación. La intrusión inglesa en Lhassa no podía tener ninguna influencia sobre el gobierno tibetano, y menos todavía sobre la religión tibetana, que hay que considerar como el ancestro de todos los dogmas, y menos aún sobre el símbolo vivo de la Tradición.»

He aquí algunos detalles sobre el palacio del Dalai-Lama, donde ningún extranjero ha penetrado jamás: «Este palacio no está en la ciudad de Lhassa, sino sobre la cima de una colina aislada en mitad de la llanura, y situado alrededor de un cuarto de hora al norte de la ciudad. Se halla rodeado y encerrado entre un gran número de templos construidos como dinh (pagodas confucianas), donde habitan los Lamas que están al servicio del Dalai-Lama; los peregrinos no franquean nunca la entrada de estos dihn. El espacio que está en el centro de estos templos dispuestos en círculo unos al lado de los otros, es un gran patio casi siempre vacío, en medio del cual se encuentran cuatro templos, de formas diferentes, pero dispuestos regularmente en cuadrado; en el centro de este cuadrado se encuentra la residencia personal del Dalai-Lama.»

«Los cuatro templos son de grandes dimensiones, pero no muy elevados, y están construidos poco más o menos sobre el modelo de las habitaciones de los virreyes o gobernadores de las grandes provincias chinas; están ocupados por los doce Lamas llamados Lamas-Namshans, que forman el consejo circular del Dalai-Lama. Los apartamentos interiores están ricamente decorados, pero sólo se ven colores lamaístas, amarillo y rojo; están divididos en varias piezas de las cuales las más grandes son las salas de oraciones. Sin embargo, salvo muy raras excepciones, los doce Lamas-Namshans no pueden recibir a nadie en los apartamentos interiores; sus servidores igualmente residen en los apartamentos llamados exteriores, ya que, desde estos apartamentos, no se puede ver el palacio central. Aquel ocupa la mitad del segundo cuadrado, y está aislado por todos lados de los apartamentos de los doce Lamas-Namshans; se necesita una llamada especial y personal del Dalai-Lama para franquear este último espacio interior.

«El palacio del Dalai-Lama no se revela a los ojos de los habitantes de los apartamentos interiores sino por un gran peristilo que lo circunda, como en todos los edificios del sur de Asia; este peristilo está sostenido por cuatro filas de columnas, que están, de arriba a abajo, recubiertas de oro. Nadie habita en la planta baja del palacio, que se compone solamente de vestíbulos, de salas de oraciones y de escaleras gigantescas. Delante del cuádruple peristilo, el palacio de eleva sobre tres pisos, el primer piso es color de piedra, el segundo es rojo, y el tercero amarillo. Por encima del tercer piso, y a modo de techumbre, se eleva una cúpula redonda y recubierta de láminas de oro; este domo se ve desde Lhassa, y aun desde muy lejos en el valle; pero los templos interiores y exteriores ocultan la vista de los pisos. Sólo los doce Lamas-Namshans saben la distribución de los pisos del palacio central, y lo que allí ocurre; en el piso rojo, en su centro, es donde se da lugar a las sesiones del consejo circular. El conjunto de estas construcciones es enormemente grandiosa y majestuosa; aquellos que tienen la autorización de atravesarlas están obligados a guardar silencio» (Nguyèn V. Cang, Le Palais du Dalaï-Lama, nº 8, 15 de noviembre de 1904).

En lo que concierne al mismo Dalai-Lama: «En cuanto a la persona del Dalai-Lama, a la cual se le cree ver violentada y mancillada por miradas extranjeras, hay que decir que este temor es ingenuo, y ni ahora, ni más tarde, habría de ser admitido. La persona del Dalai-Lama no se manifiesta sino en el piso rojo del gran palacio sagrado, cuando los doce Lamas Namshans están allí reunidos según ciertas condiciones, y mediante el orden mismo de aquel que les gobierna. Bastaría la presencia de otro hombre, cualquiera que sea, para que el Dalai-Lama no apareciese, por lo que hay más que una imposibilidad material de profanar su presencia, pues él no puede estar ahí donde están sus enemigos o solamente extraños. El Papa del Oriente, como dicen (muy impropiamente) los fieles del Papa de Occidente, no es de los que se les despoja o se les violenta, pues no está bajo el poder ni bajo el control humano; es siempre el mismo, hoy como en los lejanos días donde se revelará en ese Lama profético, que los tibetanos llaman Issa, y que los cristianos llaman Jesús». (Nguyen V. Cang, Le Dalaï-Lama, nº 9, 15 decembre 1904).
                             

Esto muestra suficientemente que el Dalai-Lama no puede estar huido, no más ahora que en el momento en que estas líneas han sido escritas, además de que no cabe ninguna cuestión sobre destituirle o elegir un sucesor; se ve igualmente con ello lo que valen las afirmaciones de ciertos viajeros que, habiendo más o menos explorado el Tibet, pretenden haber visto al Dalai-Lama, por lo que no ha lugar a atribuir la menor importancia a historias parecidas. No añadiremos nada a las palabras que acabamos de citar, palabras que emanan de una fuente muy autorizada; se comprenderá por lo demás que esta cuestión no es de las que conviene tratar públicamente sin reservas, si bien hemos pensado que no era ni inútil ni inoportuno decir aquí algunas palabras.

Estandarte del Polo sobre el trigrama del Trueno (Japón)


jueves, 2 de mayo de 2013

Edición Bilingüe de "Iniciación y Realización Espiritual" de René Guénon: Colección El Anillo de Oro.


Acaba de salir publicado el tercer volumen de la colección El Anillo de Oro, de  la Editorial Pardés, dedicado a la obra de René Guénon Iniciación y Realización Espiritual. Obra en realidad póstuma, se publicó un año después de su muerte, constituye un recopilatorio de treinta y dos artículos, tantos como capítulos, que tal y como explica Jean Reyor en el prólogo cumple la voluntad expresada por el propio Guénon, mediante carta de 24 de septiembre de 1950, de reunir en un volumen o dos los artículos dispersos ya publicados que por su temática pudieran ser considerados una continuación de Consideraciones sobre la Iniciación. De esta manera, aspectos fundamentales para todos aquellos aspirantes a unavía iniciática, que podrían haberse pasado por alto, quedan singularmente destacados y explicados con el habitual estilo nítido y preciso del autor. La necesidad del exoterismo como base del trabajo iniciático, las condiciones que rodean toda "conversión" legítima, la noción de upaguru, o la realización ascendente y la realización descendente son algunos de los inestimables temas desarrollados.

Precisamente, es el propio Reyor quien en el prólogo divide el conjunto de los capítulos que componen la obra en cuatro partes diferenciadas, y que debe tener presente todo buscador:

1. Capítulos I al IV. Los obstáculos mentales a la comprensión del punto de vista iniciático.
2. Capítulos V al XVI. Desarrollos acerca de la naturaleza de la iniciación.
3. Capítulos XVII al XXV. Método y vías de realización espiritual.
4. Capítulos XXVI al XXXII. Algunos grados de realización y base metafísica para la comprensión intelectual de la posibilidad de la realización espiritual total.

Es de destacar además como esta edición, al igual que la original en francés, nos ofrece en apéndice dos textos de Abdul Hadi sobre los Afrâd y los Malamatiyah para una mejor comprensión de los capítulos V y XXVIII, textos a los que el propio René Guénon remite; cosa que ha sido ignorada por anteriores ediciones españolas. 

De nuevo es de justicia destacar la cuidada edición de cada ejemplar, tanto en lo que constituye la calidad del papel empleado, sus dimensiones y la elegante sobriedad de su estilo; como la calidad de la traducción, y la oportunidad que nos ofrecen estas ediciones bilingües francés-español, de poder cotejar al mismo tiempo el texto en español con su versión original tal y como fue revisada por el propio autor. Asimismo, debemos señalar que dicha edición cuenta con el permiso expreso de la familia de Guénon, poseedora de los derechos de autor de la obra, lo que sabrán apreciar aquellos que son conscientes del significado de dicha acción.

Tenemos pues que felicitarnos, como lectores, y felicitar al propio editor y al equipo de expertos traductores por el excelente trabajo desempeñado que sin duda propiciará nuevos y abundantes frutos.

Para cualquier pedido se recomienda visitar la página de la editorial Pardés.