domingo, 13 de marzo de 2016

Introducción a los “Yorkshire” Old Charges (1600 – 1806); por Renato Torres.

“Yorkshire” Old Charges (1600 – 1806). Colección El Legado Masónico. A. C. Pardes,Barcelona, 2015.

En un sentido restrictivo, los Old Charges o “Antiguos Deberes”, también llamados “Constituciones” o “Constituciones Góticas”, son un conjunto de documentos masónicos que aparecieron por primera vez en las islas británicas a finales del siglo XIV. Abre la lista el conocido como The Regius Poem fechado en el año 1390. Aunque existen Old Charges fechados en los siglos XV y XVI, la mayor parte de los mismos fueron puestos por escrito a lo largo del siglo XVII y principios del XVIII.

A pesar de lo anterior, cada vez son más los que consideran apropiado incluir también bajo la designación de Old Charges las Constituciones producidas durante la Edad Media por la Masonería europea continental, especialmente las de las cofradías de los países germánicos, que se agruparon bajo la “Federación de Logias del Santo Imperio”, conocida como la Bauhütte, y cuyos centros principales se encontraban en Estrasburgo, Colonia, Ratisbona, Viena y Berna.

Los Old Charges, no obstantes sus precedentes medievales, constituyen uno de los cinco tipos de documentos [1] masónicos más recurrentes durante el denominado “periodo de transición” entre la Masonería Operativa, que requería a sus adherentes la práctica de un oficio, y la Masonería Especulativa que ya no contemplaba este requisito. Dicho periodo de transición, que fue un proceso largo, dese el punto de vista historiográfico se extiende hasta los primeros años del siglo XIX, momento en el que la Masonería contemporánea aparece ya plenamente consolidada.

Atendiendo a su contenido se observa que todos los Old Charges que proceden de la antigua Masonería inglesa y escocesa tiene en común una estructura general que posibilita su clasificación como tales, y  que está determinada, con pocas excepciones, por la presencia de tres elementos: 1º una invocación y plegaria inicial, 2º la historia legendaria del oficio [2] de constructor y de la fraternidad masónica, y 3º los Deberes y Usos, que son un conjunto de reglas y obligaciones que regulaban la conducta de los masones entre sí, en su vida privada, y en relación al oficio y la Fraternidad.

El más antiguo de entre estos últimos Old Charges es, como se indicó, el Manuscrito o Poema Regius, si bien tiene la peculiaridad, señalada por múltiples expertos, de provenir de una fuente única y diferente de la del resto de Old Charges [3]. El segundo en antigüedad es el Manuscrito Cooke [4], fechado entre 1410 y 1420, que es, por el contrario, la fuente de la que derivan más o menos directamente todos los demás, aunque ya existan y se tiene constancia de, al menos, dos documentos fechados con anterioridad: las Constituciones de York del año 926, y para la Masonería continental, los Estatutos de los Canteros de Bolonia de 1248.

Para los documentos de las islas Británicas, en base a su genealogía, se han establecido, diversas “familias” de Old Charges con características peculiares más homogéneas. A modo de ejemplo citaremos la familia Plot, la familia Spencer o la Grand Lodge, si bien el listado es bastante numeroso.

Entre esas familias destaca la importante colección de los antiguos manuscritos conocidos como los Yorkshire Old Charges 1600 – 1818 que constituyen el contenido del presente volumen de la colección “El Legado Masónico”. En la familia Yorkshire Old Charges se incluyen documentos realmente interesantes desde muchos puntos de vista, como por ejemplo el Manuscrito Tew en el que el nombre del arquitecto del templo de Salomón es muy similar al que emplea la Masonería actual, con las implicaciones que ello conlleva, como veremos más adelante, si tenemos en cuenta que está fechado en el año 1680.


Contenido general de los Old Charges.

La mayor parte de los Old Charges comienzan con una invocación o plegaria inicial que está dirigida al Principio divino, normalmente representado por la Trinidad Cristiana: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La colocación de esta invocación en primer lugar, antes que a cuestiones propiamente formales o de protocolo, responde a una concepción de las cosas en las que Dios, al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, tenía en la vida de los hombres un papel verdaderamente central.

Se trata de una invocación mediante la que se solicita a Dios que asista a la Masonería y a sus miembros con su Presencia, un deseo que como fácilmente se percibe durante la lectura, no se limita al encabezado, sino que está presente a lo largo de todo el texto. Refleja con ello una intención que está en las antípodas de situaciones como la acontecida en el año 1877, en el seno del Gran Oriente de Francia, cuando, como es sabido, se suprimió la necesidad de la invocación del Gran Arquitecto del Universo.

Siguiendo con el contenido de los Old Charges, hay que apuntar que debido al ingente simbolismo existente en la historia legendaria del oficio, en el marco de esta introducción no es posible más que considerar unas líneas generales, remitiendo al cuerpo de notas con el que se han dotado los textos del presente volumen para mayores desarrollos.

La historia legendaria en los Old Charges comienza atribuyendo el origen de las siete artes liberales a los hijos de Lamec [5], antes del diluvio de Noé. Mediante esta terminología bíblica, el origen de las ciencias es situado en tiempos muy remotos, que se encuentran fuera del intervalo temporal en que la Historia moderna se maneja con comodidad. Comprender lo que ello significa pasa por rechazar tanto la interpretación literal como el prejuicio universitario que, en ambos casos, pasan por alto una lectura en clave simbólica que hace aparecer con una profundidad insospechada lo que de otra forma parecen relatos triviales.

Igualmente interesante es el simbolismo de conservación presente en el episodio de la construcción de dos columnas, una de ladrillo para resistir las aguas y otra de mármol para resistir el fuego, en las que, según los Old Charges, los hijos de Lamec vertieron las artes que habían descubierto para que sobreviviesen al diluvio. Todo ello es la expresión de una cierta continuidad a pesar del tránsito de un ciclo de la humanidad a otro.  

Según los Old Charges fue Hermes quien, después del diluvio, encontró una de las dos columnas donde estaban grabadas las Ciencias descubiertas por los hijos de Lamec. Hermes, al que los griegos identificaban con el dios egipcio Thoth, es aquí, entre otras cosas, una referencia simbólica a un inmensa labor de conservación de conocimientos primordiales por grupos sociales legitimados para ello, como por ejemplo el sacerdocio egipcio [6].

También en la llegada de Abraham y Sara a Egipto y en el hecho de presentar a Euclides [7] como el mejor discípulo de Abraham, está presente un simbolismo de la más alta importancia, que transciende la imposibilidad histórica de tal encuentro y que nos habla simbólicamente de la reclamación por parte de la Masonería de la paternidad espiritual de Abraham [8]. Y es aquí donde tendrá que acudir todo el que pretenda encontrar el porqué de la importancia que el Nombre divino, invocado por Abraham en la Biblia (El-Shaddai / El Todopoderoso), siempre tuvo en la Masonería operativa [9].

Tras una serie detallada de referencias al Templo de Salomón, los Old Charges narran la historia legendaria de la transmisión de la Masonería a Francia e Inglaterra por parte de los obreros que, precisamente, habrían participado en la construcción del Templo de Jerusalén, y que por tanto estaban legitimados para llevar a cabo una labor de transmisión.

Finalmente se llega a personajes como Athelstan, Rey de Inglaterra en el siglo X, de los que los Old Charges guardan un cariñoso recuerdo por su buen hacer político. Athelstan tuvo un hermanastro (en los Old Charges se dice que un hijo) llamado Edwin, que organizó una asamblea de Masones en la ciudad de York en el año 926. El Rey Edwin, según los Old Charges, pidió a todos los masones de su reino que aportaran cualquier texto que tuviesen relación con su oficio, reuniendo de esta forma documentos escritos en francés, inglés y en otras lenguas, si bien se indica que todos tenían “la misma intención”. Basándose en ellos, el Rey dispuso que se compilase un libro con la historia del oficio, así como con los Deberes y Usos de la Masonería, que debía ser conservado para siempre. He aquí la reivindicación simbólica por parte de la incipiente Masonería inglesa medieval, de una conexión con el antiguo tronco que procedía de los hijos de Lamec.

Por último, en las diferentes redacciones de los Usos y Deberes presentes en los Old Charges, encontramos un contenido bastante similar, que exigen en primer lugar la fidelidad a Dios y a la Autoridad espiritual. También la fidelidad al Rey, y la obligatoriedad para los masones de observar una conducta moral y prudente tanto en su vida privada como en su vida profesional.  Junto a lo anterior, aparecen otros deberes que apuntarían más directamente a actividades propias de una organización iniciática, como serían la obligación de guardar los secretos confiados en Logia, y la de no llamar a los hermanos por su nombre profano, así como la obligatoriedad, para los aprendices, de ser hombres libres, capaces de cuerpo y válidos de miembros, cualificaciones que, además de garantizar las condiciones físicas o personales requeridas por el oficio, guardarían relación con los requisitos para la iniciación [10].


Contenido iniciático de los Old Charges

El examen de los documentos disponibles de la antigua Masonería, pone de manifiesto que la enseñanza más profunda y verdaderamente iniciática que de la misma se ha conservado por escrito hay que buscarla principalmente en los rituales que se practican en Logia [11], y en los comentarios e instrucciones que conforman este auténtico tesoro que son los catecismos masónicos. Cronológicamente, los catecismos fueron el tercer tipo de documentos masónicos que se pusieron por escrito (después de los textos normativos y de los Old Charges), si bien recogían una tradición oral de innegable antigüedad que estuvo durante siglos protegida por el secreto. Estos textos fundamentales, mucho más escasos que los Old Charges, después de siglos de dispersión y olvido están hoy a nuestra disposición gracias al impagable trabajo de D. Knoop, G. P. Jones y D. Hamer que los recopilaron, a mediados del siglo XX, en su obra “The Early Masonic Cathechisms[12].

Ahora bien, no tratándose de rituales ni de catecismos, cabe preguntarse si es posible encontrarse algún contenido iniciático en los Old Charges.

Si nos centramos en el contenido literal y aparente de los mismos, en sus historias legendarias del oficio, en sus deberes y en las frecuentes formulaciones en términos propios de la Cristiandad medieval, aunque veremos indicaciones relacionadas con la obligación de guardar “secretos” o con la práctica de férreos “juramentos”, no encontraremos de forma expresa elementos simbólicos similares a los que existen en los catecismos, tales como alegorías, palabras secretas, toques o signos, que en un primer momento permitan atribuir a los Old Charges un carácter iniciático o esotérico.

Este hecho, es decir, la ausencia en los Old Charges de elementos rituales y simbólicos que desde la perspectiva actual pudieran considerar como “propiamente masónicos”, ha sido incluso uno de los argumentos frecuentemente esgrimidos por los defensores de algunos modelos historiográricos como prueba de que no existió ninguna continuidad entre la Masonería Operativa y la Masonería Especulativa. Ésta última, según los partidarios de esta corriente, habría nacido ex novo en el Siglo de las Luces sin ninguna clase de transmisión ni continuidad con los antiguos gremios de constructores, más allá de la mera adopción con nuevas intenciones simbólicos-sociales de algunas herramientas y roles propios del oficio.

Pero una lectura más atenta de los Old Charges permite ver que bajo la expresión un tanto infantil y legendaria de los orígenes históricos del Arte de la Masonería [13], late la intención de dejar perfectamente clara la existencia en el seno de la Orden de una transmisión ininterrumpida de conocimientos que, como de llama en llama, fueron pasando de una época a otra, hasta llegar al mundo moderno. Unos conocimientos que procedían de tiempos prehistóricos y antediluvianos, y que estuvieron presentes en el antiguo Egipto, en la época de Abraham, o durante la construcción del templo de Salomón y que también recibieron los gremios de constructores de la Europa medieval.

Sobre el objeto de esta transmisión, incluso ciñéndose al sentido literal, no hay duda posible; se trata de las Siete ciencias o Artes Liberales, de entre las que en todos los casos, se concede preeminencia a la Geometría, que en los Old Charges es expresamente señalada como sinónimo de Masonería.

 Por lo tanto, difícilmente se podrá negar que en los Old Charges se recoge, por lo pronto, el recuerdo de la transmisión desde tiempos prehistóricos de unos determinados conocimientos técnicos, relacionados con el arte de la construcción, que proceden de una humanidad de la que nos separan miles de años.

Un ejemplo de estos conocimientos técnicos que se conservaron en la Masonería desde tiempo inmemorial, lo tenemos en el método conocido como “de los cinco puntos” [14], que ya se empleó en la construcción de las pirámides de Egipto “cuyo vértice se proyecta sobre el punto de intersección de las diagonales del cuadrado de base, es decir, en el centro mismo de este cuadrado” [15] y que aún se empleaba durante la Edad Media para la construcción de edificios de base cuadrada o rectangular.

Llegados a este punto hay que intentar responder a la cuestión de si ligadas a dichos conocimientos técnicos, estas siete artes liberales a las que los Old Charges atribuyen unos orígenes remotos, pudieron vehicular simultáneamente algo más profundo y más propiamente iniciático.

Y para ello, es muy útil volver al simbolismo que Dante dio a las siete artes liberales en su Divina Comedia. Sabemos que el propio Dante dejó escrito que en el Paraíso de su Comedia, las siete artes liberales se identifican con los “cielos”. También sabemos que René Guénon explicó en múltiples ocasiones que en Dante, los “cielos” se corresponden con “grados de iniciación” [16].

De este modo, estas siete artes liberales, en tanto que ciencias tradicionales, pudieron corresponder a grados de iniciación [17], por supuesto sin menoscabo de sus contenidos y aplicaciones propiamente técnicas. Podría considerarse entonces  que cuanto se dice, de una forma velada, en los Old Charges, acerca de la continuidad entre las diversas épocas y lugares de las artes liberales a cargo de las cofradías de constructores, haría referencia también a la cadena de transmisión de una influencia espiritual a lo largo del presente ciclo de la humanidad. Y la presencia bien conocida en la Masonería de símbolos como el Swastika o el círculo con un punto en el centro, parecen conectar esa cadena con la tradición primordial que “procede de las regiones hiperbóreas” [18].

La dimensión iniciática de las Siete Artes Liberales permite que comprendamos por qué éstas, al contrario que las ciencias modernas, tuvieron la capacidad de operar como vía de acceso a algo que no está directamente relacionado con la arquitectura ni con otros conocimientos técnicos del oficio, sino que es de naturaleza espiritual. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el profundo simbolismo que hay en el hecho de que los siete peldaños que había que subir en las logias operativas para llegar hasta el sitial de los tres Grandes Maestros [19], se hiciera corresponder, sucesivamente, con la Gramática, la Retórica, la Lógica, la Aritmética, la Geometría, la Música y la Astronomía [20]

Del mismo modo, esto explica que para los antiguos masones fuese posible establecer una relación de analogía entre cosas aparentemente tan distintas como las técnicas para construir un edificio y las técnicas propias del dominio de la actividad espiritual. Así ocurre entre el referido método de los cinco puntos que se usaba para levantar las líneas maestras de una construcción, y el levantamiento de un cuerpo humano por medio de cinco puntos, que es uno de los momentos más importantes en el ritual de admisión al grado de Maestro Masón [21]. En este último caso, también se trata de la construcción de un templo, aunque no en la superficie terrestre, sino en el interior del hombre.

En cualquier caso, podemos estar seguros de que ambas técnicas [22] fueron parte integrante de esa ciencia que se custodia por los masones desde “antes del diluvio de Noé” [23], por las que los antiguos constructores, como se percibe fácilmente desde el anagrama [24] que abren algunos Old Charges, sentían un profundo respeto y una auténtica veneración.

Estas indicaciones bastarían por sí mismas para mostrar la importancia que los Old Charges tienen para la Masonería actual, en tanto que orden iniciática, al construir la garantía de la existencia de unas sólidas raíces, sin las cuales estas no serían otra cosa que un club social más, y su rituales no pasarían  de ser ceremonias vacías de todo contenido superior, puesto que “es evidente que sólo es posible apoyarse en lo que existe de forma efectiva, y que, allí donde falta la continuidad, no puede haber más que reconstituciones artificiales y que no podrían ser viables” [25].

No obstante, antes de finalizar, pensamos que no carece de interés hacer algunas últimas observaciones sobre el contenido de los Old Charges y su relación con el grado de Maestro.

Este tercer grado, ya aparecía en los manuscritos masónicos de la época Operativa Sloane, Dumfries y Trinity College [26], pero fue del todo ignorado por la Masonería de los fundadores de la Gran Logia Unida de Inglaterra de 1717.

A pesar de que los referidos manuscritos constituyen la prueba inapelable de esta prexistencia, su ausencia, en el momento del nacimiento de la Masonería Especulativa, llevó a algunos a suponer que el grado de Maestro y el simbolismo esencial del maestro Hiram fue inventado durante el Siglo de las Luces. Esta suposición se vio reforzada por el hecho de que la mayor parte de los Old Charges no citan a Hiram Abif como el arquitecto del Templo de Salomón, sino a un tal “Amon” [27] u otra forma derivada por corrupción de éste, como por ejemplo “Aynon”.

Ahora bien el manuscrito Tew, ya en el año 1680 menciona a “Hymam”, -término tan próximo a “Hiram” como alejado de “Amon”—, como el maestro y jefe de todos los masones que se congregaron durante la construcción del templo de Salomón. Por su parte, el manuscrito Beaumont, fechado en 1690 habla directamente de “Hiram”. Además, a partir de los artículos publicados por Clement Stretton y Thomas Carr a principios del siglo XX, sabemos que la muerte y resurrección ritual del maestro Hiram Abif no sólo era algo ajeno a la Masonería Operativa, sino que constituía uno de sus extremos anuales más importantes [28].

Por tanto, vemos que también en los Old Charges existen indicios de que el rito central de la Masonería actual, la muerte de Hiram y su resurrección en el nuevo Maestro Masón [29], es de filiación operativa. O dicho de otro modo, el grado de Maestro que lo vehicula, no es el resultado “de una elaboración especulativa del siglo XVIII”, sino “una especie de ‘condensación’ del contenido de ciertos grados superiores de la masonería operativa, colmando en la medida de los posible una laguna debida a la ignorancia en que con respecto a aquéllos estaban los fundadores de la Gran Logia de Inglaterra[30].

A la vista de que ya en las Constituciones de 1738 [31] se produjo el restablecimiento del grado de Maestro y se introdujo una referencia a la muerte del maestro Hiram, parece legítimo pensar que la rectificación auspiciada por la tradición operativa que culminó en 1813 con la unión de Moderns y Antiens, fue realmente un proceso que comenzó mucho antes [32]. Un proceso dirigido por auténticos iniciados que durante el conocido como periodo de transición aseguraron la continuidad espiritual de la Masonería e hicieron posible que la parte más importante de aquella “Geometría” que proviene de los hijos de Lamec, haya podido llegar hasta el día de hoy, aún a pesar de la pérdida del oficio que le servía de soporte.


Notas:
[1] Los otros cuatro son Textos normativos, Catecismos, Rituales y Divulgaciones, aunque no se pueda establecer una distinción estricta (cf. “Introducción a la Colección El Legado Masónico).
[2] La historia legendaria de la Orden no aparece en los Old Charges de la Masonería continental, como atestiguan los Estatutos de los Canteros de Bolonia de 1248 o las Constituciones de los masones de Estrasburgo de 1459. Interesantes datos sobre el parecido de los rituales de la Bauhütte y los de la Masonería actual, tales como la apertura de los trabajos por tres golpes de mallete, en D. Roman, Réflexions d’un Chrétien sur la Franc-Maçonnrie. L’Arche vivante des Symboles, cap. VIII, Editions Traditionnelles, París, 1995.
[3] De ahí que sea el único escrito en verso (el resto fueron redactado en prosa) y que señale un origen diferente de la Masonería, atribuyendo su fundación a Euclides en tierras de Egipto, entre otras peculiariedades, como la mención a los Cuatro Santos Coronados.
[4] También el conocido como “The Matthew Cooke Manuscript”, en memoria de Matthew Cooke que lo publicó en 1861. Actualmente el documento original del siglo XV se conserva en el Britsh Museum.
[5] Génesis 4, 17-26
[6] Sobre la asimilación del dios egipcio Thoth, patrón de las artes, las ciencias y la escritura, con el sacerdocio egipcio que se encargaba de la conservación y transmisión de la Tradición, cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XLI, Editorial Librería Pardes, Barcelona, 2013. Piénsese, además, en la participación en calidad de arquitecto que el faraón (que era el primero del estamento sacerdotal) desempeñaba personalmente y con un claro carácter ritual, a la hora de construir un templo en el antiguo Egipto. Así en los bajorrelieves de los templos de Edfu y Esna, aparece con una azada en la mano, cavando la zanja de fundación y clavando unas estacas para determinar la orientación del edificio. (cf. Jean Hani La Realeza Sagrada, p. 70, José J. Olañeta, Barcelona, 1998).
[7] Recordemos que precisamente fue Euclides quien recogió en su obra las técnicas geométricas empleadas por la escuela pitagórica.
[8] Cf. D. Roman, René Guénon et les destins de la Franc-maçonnerie, cap. XII, Etitions Traditionelles, Paris, 1995.
[9] No parece casual además que, en la Tradición islámica, Abraham y su hijo Ismael fueran los constructores de la Casa de Dios o Kaabah.
[10] Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XIV, ibíd.
[11] De los que existen algunos ejemplos muy importantes
[12] Los catecismos recopilados en dicha obra, y algunos otros, son los que integran el Volumen II de la colección El Legado Masónico, “Catecismos Masónicos (1696 – 1750).
[13] Es evidente que los anónimos autores de los Old Charges nunca estuvieron preocupados por la exactitud de los que escribieron siguiendo criterios académicos o positivos. De ahí los frecuentes errores en fechas o en nombres que a veces se dan.
[14] «En la Masonería Operativa, el emplazamiento de un edificio estaba determinado, antes de emprender su construcción, por lo que se denomina el “método de los cincos puntos”, consistente en fijar primero los cuatro ángulos, donde debían colocarse las cuatro primeras piedras, y después el centro, es decir, siendo la base normalmente cuadrada o rectangular, el punto de encuentro de sus diagonales; los piquetes que marcaban estos cinco puntos eran llamados landmarks, y está ahí sin duda el sentido primero y original de este término masónico.» (cf. . Guénon, Symboles fundamentaux de la Sciencie sacrée, cap. XLIV, p. 274, Gallimard, 1962, París).
[15] Ibíd.
[16] Cf., por ejemplo, R. Guénon, Symboles fundamentaux de la Sciencie sacrée, cap. LIV, ibíd..
[17] «¿Por qué las expresiones tomadas de las artes liberales no habrían podido desempeñar, en las iniciaciones de la Edad Media, un papel comparable al que desempeña el lenguaje tomado el arte de los constructores en la masonería especulativa?... considerar las cosas de este modo es, en suma, llevarlas de nuevo a su principio.» (Cf. R. Guénon, L’Esotérisme de Dante, cap. II, p. 14, Gallimard, París, 1957).
[18] Cf. R. Guénon, La Crise du Monde Moderne, cap. II. P. 47, Gallimard folio essais, París, 1944.
[19] Qué era el lugar más sagrado de las mismas, en tanto que se asimilaba al Debir o santo de los santos del Templo de Salomón y, por tanto, el lugar de manifestación de la Shekinah o “presencia divina”.
[20] Cf. Pierre Girad Augry “Las supervivencias operativas en Inglaterra y Escocia”, Travaux de la Logia Nationale de recherche Villard de Honnecourt, Gran Logia Nacional Francesa, Vol. 3, 1981.
[21] La referencia más antigua al uso no arquitectónico sino ritual de los cinco puntos de la Masonería, la tenemos en el Ms. The Edinburgh Register House. En el Ms. Graham de 1726 es donde aparecen por primera vez inequívocamente vinculados al grado de Maestro. Teniendo en cuenta que el Ms. Edinburgh Register procede del año 1696, es decir veinte años antes de los acontecimientos de 1717, quienes ponen en duda la continuidad entre la Masonería Operativa y la Masonería Especulativa tendrán ante sí una incómoda labor si pretenden negar el evidente origen operativo de una de las partes más fundamentales de los actuales rituales masónicos. Los dos catecismos señalados, que sin duda se cuentan entre los más importantes que existen, forman parte del volumen II de la Colección El Legado Masónico.
[22] Que en lo que concierne a la actividad espiritual es más apropiado denominar “ritos”.
[23] Cf. el Manuscrito York nº 1, del año 1600.
[24] El anagrama es generalmente “Masonrie”, es decir “Masonería”.
[25] Cf. R. Guénon, La Crise du Monde Moderne, cap. II, Ibíd.
[26] Para los tres manuscritos, cf. Catecismos Masónicos, Volumen II de la colección El Legado Masónico.
[27] Pese a la incuestionable diferencia fonética y gramatical existente entre Amon e Hiram, no conviene olvidar que la palabra “Amon”, «tiene en hebreo el sentido de artesano y arquitecto» y su raíz «expresa, en hebreo como en árabe, las ideas de firmeza, de constancia, de fe, de fidelidad, de sinceridad, de verdad, que concuerdan muy bien con el carácter atribuido por la leyenda masónica al tercer Gran Maestro», es decir, a Hiram Abif (cf. R. Guénon. Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Tomo II, p. 177-178, Éditions Traditionelles, París, 1992).
[28] “El tercer grado especulativo, como ya se ha indicado, está, sin embargo, basado en el Ritual operativo, como una adaptación de la Ceremonia Anual de los Operativos que celebran el 2 de octubre, para conmemorar el asesinato del tercer Maestro, Hiram Abif, un mes antes de la Declaración del Templo, que celebraba el 30 de octubre”. Texto de Thomas Carr en Luis Alejandro Hernández Ríos, El antiguo sistema de Francmasonería Operativa según los registros de la División de York, p. 102, Atsiluth, México D. F., 2010.
[29]En la Masonería la muerte de Hiram ejemplifica, a nivel humano, ese sacrificio primordial, y la búsqueda ritual de su cuerpo por “toda la tierra”, y su hallazgo final, equivale en el fondo a la “reconstrucción” de la “Palabra perdida”, que es el nombre inefable del Gran Arquitecto”, René Guénon, Symboles fondamentaux de la Sciencie sacrée, cap. XLVI, Gallimard, 1962, París.
[30] R. Guénon, Symboles fondamentaux de la Science sacrée, p. 116-117, ibíd.
[31] Las Constituciones de 1738 suponen la primera modificación de las Constituciones de Anderson publicadas en 1723. La segunda modificación de éstas tuvo lugar en 1813 a raíz de la unión de los Antiguos y los Modernos.
[32] Durante esta etapa inicial, se fueron produciendo en las Logias variaciones y alteraciones de los procedimientos establecidos en su creación, que suponían graves incumplimientos respecto de las antiguos Constituciones y los antiguos Deberes y Usos. Estas innovaciones ilegítimas, sirvieron de detonante para que un centenar de masones, fundamentalmente irlandeses, reunidos en seis Logias y con criterios más tradicionales en cuanto al mantenimiento de la pureza de los rituales, se separasen cismáticamente, constituyendo en 1751 una Gran Logia conocida con el nombre de “Gran Comité de la  Más Antigua y Honorable Fraternidad de Masones Libres y Aceptados según las Antiguas Constituciones". Un destacado miembro de ella, su Gran Secretario Lawrance Dermott, recopiló en 1756 una Constitución bajo el título de Ahiman Rezon que fue adoptada por los llamados Antiens.


miércoles, 24 de febrero de 2016

Queridos Hermanos Masones; por Gianfranco Ravassi

         
     S. E. R. Gianfranco Ravassi es Cardenal de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura y de la Pontificia Comisión de Arquelología Sagrada. Miembro de la Congregación para la Educación Católica y los Consejos Pontificios para el Diálogo Interreligioso.

         
   Creemos importante la publicación de la traducción del artículo del Cardenal Ravassi, publicado recientemente en el diario italiano Il Sole 24 Ore, por la significación de su autor, un miembro señalado de la Curia romana. Si bien, como se verá, no pretende contradecir el actual juicio negativo, desde el punto de vista doctrinal, de la jerarquía católica sobre la masonería en su aspecto hermenéutico, ritual y simbólico (dejando claro que éste no es unívoco), al menos hace un llamamiento hacia la superación de enfrentamientos y agravios pasados, y a la colaboración en los valores que puedan ser compartidos por ambas instituciones, dejando a un lado, felizmente, la absurdas injurias e insultos que parten de forma gratuita y obsesiva desde sectores integristas y neoconservadores de la propia Iglesia Católica. Lástima que el Cardenal Ravassi no dé cuenta del indulto que otro miembro de la Curia romana, el Cardenal Seper, Prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1968 hasta 1981, emitió, durante la vigencia del Código de Derecho Canónico de 1917, para aquellos masones católicos de los países escandinavos que formasen parte de Obediencias masónicas que no fuesen contra los dogmas o principios de la Iglesia Católica, en particular los adheridos al Rito Sueco, de filiación cristiana: ver aquí.

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«Leía hace algún tiempo en una revista americana que la bibliografía internacional sobre la masonería supera los cien mil títulos. A este interés contribuye ciertamente el aura de secretismo y de misterio que, con mayor o menor razón, envuelve en una especie de niebla las diversas “obediencias” y los “ritos” masónicos, por no hablar de su misma génesis, que según la historiadora inglesa Frances Yates, “es uno de los problemas más discutidos y discutibles en todo el campo de la investigación histórica” (curiosamente el ensayo de la escritora estaba dedicado al Iluminismo de los Rosa- Cruz, traducido por Einaudi en 1976) No queremos obviamente adentrarnos en ese archipiélago de “logias”, de “orientes”, de “artes”, de “afiliaciones” y de denominaciones, cuya historia con frecuencia se ha entrelazado -para bien y para mal- con la política de muchas naciones (pienso, por ejemplo, en el Uruguay donde he participado recientemente en varios diálogos con exponentes de la sociedad y de la cultura de tradición masónica), así como no es posible trazar líneas de demarcación entre la auténtica, la falsa, la degenerada, o la paramasonería y los varios círculos esotéricos o teosóficos.

Arduo es dibujar un mapa de la ideología que rige un universo tan fragmentario, para el cual se puede quizás hablar de un horizonte y de un método más que de un sistema doctrinal codificado. En el interior de este ámbito fluido se encuentran algunas encrucijadas bastante delineadas, como una antropología basada sobre la libertad de conciencia y de inteligencia y sobre la igualdad de derechos, y un deísmo que reconoce la existencia de Dios dejando sin embargo variables las definiciones de su identidad. Antropocentrismo y espiritualismo son, por lo tanto, dos recorridos bastante desarrollados dentro de un mapa muy variable y movedizo que no estamos en situación de esbozar de modo riguroso.

Nosotros, no obstante, nos contentamos con señalar un interesante librito que tiene una finalidad muy circunscrita, el de definir la relación entre masonería e Iglesia católica. Entendámonos ante todo: no se trata de un análisis histórico de esta relación, ni de las eventuales contaminaciones entre los dos sujetos. Es en efecto evidente que la masonería ha asumido modelos cristianos incluso litúrgicos. No debe olvidarse, por ejemplo, que en el Seiscientos muchas logias inglesas reclutaban miembros y maestros entre el clero anglicano, hasta el punto de que una de las primeras y fundamentales “constituciones” masónicas fue redactada por el pastor presbiteriano.

James Anderson, muerto en 1739. En ella, entre otras cosas, se afirmaba que un adepto “no será nunca un estúpido ateo ni un libertino irreligioso”. Aunque el credo propuesto era finalmente lo más vago posible, “el de una religión sobre la que todos los hombres están de acuerdo”.

Ahora bien, la oscilación de los contactos entre Iglesia católica y masonería tuvo movimientos muy variados, llegando también a una evidente hostilidad, marcada por el anticlericalismo de una parte y las excomuniones de otra. En efecto, el 28 de abril de 1738, el papa Clemente XII, el florentino Lorenzo Corsini, promulgaba el primer documento explícito sobre la masonería, la Carta apostólica In eminenti apostolatus specula en la cual declaraba “deberse condenar y prohibir... la antedicha Sociedad, Uniones, Reuniones, Agregaciones o Conventículos de los Libres Constructores y de los Francmasones o con cualquier otro nombre denominados”. Una condena reiterada por los sucesivos pontífices, desde Benedicto XIV hasta Pío IX y León XIII, que afirmaba la incompatibilidad entre la pertenencia a la Iglesia católica y la obediencia masónica. Lapidario era el Código de Derecho Canónico del 1917 cuyo canon 2335 rezaba: “Quien se inscribe en la secta masónica o en otras asociaciones del mismo género que traman contra la Iglesia y las legítimas autoridades civiles, incurre ipso facto en la excomunión reservada simpliciter a la Santa Sede”.

El nuevo Código de 1983 atemperó la fórmula, evitando la referencia explícita a la masonería, conservando la sustancia de que la pena está destinada también en un sentido más general a “quien da el nombre a una asociación que conspira contra la Iglesia” (canon 1374). Pero el texto eclesial más articulado sobre lo inconciliable entrela adhesión a la Iglesia católica y a la masonería es la Declaratio de associationibus massonicis emanada de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe el 26 de noviembre de 1983, con la firma del Prefecto de entonces, el cardenal Joseph Ratzinger. Ella precisaba precisamente el valor del aserto del nuevo Cógigo de derecho Canónico reafirmando que permanecía “sin cambio el juicio de la Iglesia con respecto a las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia y por ello la inscripción en aquellas sigue prohibida”.

El librito al cual ahora remitimos es interesante porque adjunta -además de una introducción del actual Prefecto de la Congregación cardenal Gerhard Müller -sea dos artículos de comentario a esta Declaratio publicados por entonces en el Osservatore Romano y en la Civiltà Cattolica, sea dos documentos de otros tantos episcopados locales, la Conferencia episcopal alemana (1980) y la de Filipinas (2003). Se trata de textos significativos porque afrontan las razones teóricas y prácticas de la inconciliabilidad entre masonería y catolicismo, como los conceptos de verdad, de religión, de Dios, del hombre y del mundo, la espiritualidad, la ética, la ritualidad, la tolerancia. Es particularmente significativo el método adoptado por los obispos filipinos que articulan su discurso a través de tres trayectorias: la histórica, la más explícitamente doctrinal y la de las orientaciones pastorales. Todo está presentado según el género catequético de preguntas-respuestas: son 47 y permiten entrar también en las particularidades, como la ceremonia de iniciación, los símbolos, el uso de la Biblia, las relaciones con las demás religiones, el juramento de fraternidad, los grados jerárquicos, etc.


Estas diversas declaraciones de incompatibilidad entre las dos pertenencias no impiden, sin embargo, el diálogo como se firma explícitamente en el documento de los obispos alemanes que ya entonces hacían un elenco de ámbitos específicos a comparar como la dimensión comunitaria, la beneficencia, la lucha contra el materialismo, la dignidad humana, el conocimiento recíproco. Se debe, además, superar esa actitud de ciertos ambientes integristas católicos que -para atacar a algunos exponentes también jerárquicos de la Iglesia, que no les agradan- recurrían al arma de la acusación apodíctica de pertenencia masónica. En conclusión, como escribían ya los obispos de Alemania, hay que ir más allá “de la hostilidad, ultrajes, prejuicios” recíprocos, porque “respecto a los siglos pasados hemos mejorado y cambiado el tono, el nivel y el modo de manifestar las diferencias” que también permanecen claramente.»


Para ver el artículo en el original italiano pinchar aquí.



martes, 5 de enero de 2016

La Ciudad de los Sauces; por René Guénon

   
Capítulo XXV de La Gran Tríada, 1946

  Aunque, como hemos dicho desde el comienzo, no tenemos intención de estudiar especialmente aquí el simbolismo rituálico de la Tien ti huei, hay, no obstante, un punto sobre el que queremos llamar la atención, pues se refiere claramente al simbolismo “polar”, que no carece de relación con algunas de las consideraciones que hemos expuesto. El carácter “primordial” de tal simbolismo, cualesquiera que sean las formas particulares que pueda adoptar, se ve especialmente por lo que hemos dicho respecto de la orientación; y eso es fácil comprenderlo, puesto que el centro es el “lugar” que corresponde propiamente al “estado primordial”, y además el centro y el polo son en el fondo una sola y misma cosa, pues en esto se trata siempre del punto único que permanece fijo e invariable en todas las revoluciones de la “rueda del devenir” [1]. El centro del estado humano, pues, puede representarse como polo terrenal, y el Universo total como polo celestial; y puede decirse que el primero es así el “lugar” del “hombre verdadero”, y el segundo el del “hombre trascendente”. Además, el polo terrenal es como el reflejo del polo celestial, puesto que, en cuanto está identificado con el centro, es el punto en que se manifiesta directamente la “Actividad del Cielo”; y estos dos polos están unidos entre sí por el “Eje del Mundo”, según la dirección del cual se ejerce esta “Actividad del Cielo” [2]. Por eso a algunos símbolos estelares, que pertenecen propiamente al polo celestial, se los puede relacionar también con el polo terrenal, en el que se reflejan, si cabe expresarse así, por “proyección” en el ámbito correspondiente. Por consecuencia, salvo en los casos en que los dos polos son señalados expresamente por símbolos distintos, no hay por qué diferenciarlos, teniendo así su aplicación el mismo simbolismo en dos diferentes grados de la universalidad; y esto, que expresa la identidad virtual del centro del estado humano con el del ser total [3], al propio tiempo corresponde también a lo que decíamos más arriba, de que el “hombre verdadero”, desde el punto de vista humano, no se lo puede distinguir de la “huella” del “hombre trascendente”.

     En la iniciación a la Tien-ti-huei, el neófito, después de haber pasado por diferentes etapas preliminares, a la última de las cuales se la designa como el “Círculo del Cielo y de la Tierra (Tien-ti-kiuen), llega finalmente a la “Ciudad de los Sauces” (Mu-tang-cheng), llamada también “casa de la Gran Paz” (Tai-ping-chuang) [4]. El primero de estos dos nombres se explica por el hecho de que, en la China, el sauce es símbolo de inmortalidad; equivale, pues, a la acacia en la Masonería, o al “ramo dorado” en los misterios antiguos [5]; y, a causa de este significado, la “Ciudad de los Sauces” es propiamente la “estancia de los Inmortales” [6]. En cuanto a la segunda denominación, indica, tan claramente como es posible, que se trata de un lugar considerado “central” [7], pues la “Gran Paz” (en árabe Es-Sakînah) [8] es lo mismo que la Shekinah de la Kábbala hebraica, es decir, la “presencia divina”, que es la manifestación misma de la “Actividad del Cielo”, y que, como ya hemos dicho, no puede residir efectivamente sino en tal lugar, o en un “santuario” tradicional que se le asimila. Este centro puede representar además, conforme a lo que acabamos de decir, bien el del mundo humano, bien el del Universo total; el hecho de que está más allá del “Circulo del Cielo y de la Tierra”, expresa, según el primer significado, que aquel que lo ha alcanzado escapa por ello mismo al movimiento de la “rueda cósmica” y a las vicisitudes del yin y el yang, luego a la alternancia de vidas y muertes, que es su consecuencia, de suerte que se le puede llamar verdaderamente “inmortal” [9]; y, según el segundo significado, hay una alusión bastante explícita a la situación “extracósmica” de la “techumbre del Cielo”.

     Ahora, lo que es notabilísimo, es que a la “Ciudad de los Sauces” se la representa ritualmente por un celemín lleno de arroz, y en el cual están plantados diversos estandartes simbólicos [10]; esta representación puede parecer más bien extraña, pero se explica sin dificultad tan pronto como se sabe que “celemín” (Teu) es en la China el nombre de la Osa Mayor [11]. Pues bien, se sabe qué importancia se le da tradicionalmente a esta constelación; y, particularmente en la tradición hindú, a la Osa Mayor (sapta-riksha) se la considera simbólicamente morada de los siete Rishis, lo que la hace en verdad equivalente de la “estancia de los inmortales”. Además, como los siete Rishis representan la sabiduría “suprahumana” de los ciclos anteriores al nuestro, es también como una especie de “arca” en la que está contenido el depósito del conocimiento tradicional, a fin de asegurar su conservación y su transmisión de edad en edad [12]; por ello, además, es una imagen de los centros espirituales que tienen en efecto esta función y, ante todo, del centro supremo que guarda el depósito de la Tradición primordial.

     A este respecto, mencionaremos otro simbolismo “polar” no menos interesante, que se encuentra en los antiguos rituales de la Masonería operativa: con arreglo a alguno de estos rituales, la letra G está representada en el centro de la bóveda, en el punto mismo que corresponde a la Estrella polar [13]; una plomada, suspendida de esta letra G, cae directamente al centro de una esvástica trazada en el pavimento, y que representa así el polo terrestre [14]: es la “plomada del Gran Arquitecto del Universo”, que, suspendida en el punto geométrico de la “Gran Unidad” [15], desciende del polo celestial al terrenal, y es así la figura del “Eje del Mundo”. Puesto que nos hemos visto conducidos a hablar de la letra G, diremos que en realidad debió de ser en realidad un iod hebraico, al que sustituyó, en Inglaterra, a consecuencia de una asimilación fonética de iod con God, cosa que, en el fondo, no cambia su sentido [16]; las interpretaciones diversas que de ello se han dado de ordinario (de las que la más importante es la que se refiere a la “Geometría”), como en su mayor parte sólo son posibles en las lenguas occidentales modernas, no representan, por más que digan algunos [17], sino acepciones secundarias que accesoriamente se han agrupado en torno a este significado esencial [18]. La letra iod, primera del Tetragrama, representa el Principio, de suerte que se considera que constituye por sí sola un nombre divino; además, en sí misma, es por su forma el elemento principial del que derivan todas las demás letras del alfabeto hebraico [19]. Hay que agregar que "I", la letra correspondiente del alfabeto latino, es también, tanto por su forma rectilínea como por su valor en las cifras romanas, símbolo de la Unidad [20]; y lo que al menos es curioso es que el sonido de esta letra es el mismo que el de la palabra china "i", que, como hemos visto, también significa la unidad, bien en su sentido aritmético, bien en su transposición metafísica [21].Lo que tal vez es aún más curioso es que Dante, en la Divina Comedia, ponga en boca de Adán que el primer nombre de Dios fue I [22] (lo que corresponde además, conforme a lo que acabamos de explicar, a la “primordialidad” del simbolismo “polar”) viniendo a continuación el nombre El y que Francesco da Barberino, en su Tractatus Amoris, se hiciese representar a sí mismo en actitud de adoración ante la letra I [23]. Ahora es fácil comprender lo que ello significa: ya se trate del iod hebraico o del i chino, ese “primer nombre de Dios”, que con toda probabilidad era también su nombre secreto entre los Fedeli d’Amore, no es otra cosa, en definitiva, que la expresión misma de la Unidad principial [24].

Notas:
[1] Para lo que concierne más particularmente al simbolismo del polo, enviaremos a nuestro estudio sobre Le Roi du Monde.
[2] Son las dos extremidades del eje del "carro cósmico", cuando las dos ruedas de este representan el Cielo y la Tierra, con el significado que tienen estos dos términos del Tribhuvana.
[3] Véanse las consideraciones que hemos expuesto a este respecto en Le Symbolisme de la Croix.
[4] Véase B. Favre, Les Societés secrètes en Chine, cap. VIII.
[5] Cf. L´Ésotérisme de Dante, cap. V.
[6] Sobre la "morada de inmortalidad", cf. Le Roi du Monde, cap. VII y Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. XXIII.
[7] En el simbolismo masónico, la acacia se encuentra también en la "Cámara del Medio".
[8] Cf. Le Roi du Monde, cap. III, y Le Symbolisme de la Croix, caps. VII y VIII. Es también la Pax Profunda de los Rosa-Cruz, y se recordará, por otra parte, que el nombre de la "Gran Paz" (Tai-Ping) fue adoptado en el siglo XIX para una organización emanada de la Pe-lien-huei.
[9] Cf. Le Roi du Monde, cap. III, y Le Symbolisme de la Croix, caps. VII y VIII. Es también la Pax Profunda de los Rosa-Cruz, y se recordará, por otra parte, que el nombre de la "Gran Paz" (Tai-Ping) fue adoptado en el siglo XIX para una organización emanada de la Pe-lien-huei.
[10] Podría hacerse aquí un parangón con los estandartes del "Campo de los Príncipes" en el "Cuadro" del grado 32º de la Masonería escocesa, donde, por una coincidencia todavía más extraordinaria, se encuentra además, entre varias palabras extrañas y difíciles de interpretar, la palabra Salix que significa precisamente "sauce" en latín; no queremos, por lo demás, sacar ninguna consecuencia de este último hecho, que indicamos solamente a título de curiosidad. En cuanto a la presencia del arroz en el celemín, evoca los "vasos de abundancia" de las diversas tradiciones, de los cuales el ejemplo más conocido en Occidente es el Grial, y que tienen también un significado "central" (V. Le Roi du Monde, cap. V); el arroz representa aquí el "alimento de inmortalidad" que además tiene por equivalente la "bebida de inmortalidad".
[11] No hay ahí ningún "juego de palabras", contrariamente a lo que dice B. Favre; el celemín es realmente aquí el símbolo mismo de la Osa Mayor, como la balanza lo fue en una época anterior, pues, según la tradición extremo-oriental, la Osa Mayor era llamada "Balanza de jade", es decir, según el significado simbólico del jade, Balanza perfecta (como además la Osa Mayor y la Osa Menor fueron asimiladas a los dos platillos de una balanza), antes que este nombre de la Balanza fuera transferido a una constelación zodiacal (cf. Le Roi du Monde,  cap. X).
[12] El arroz (que equivale naturalmente al trigo en otras tradiciones) tiene un significado en relación con ese punto de vista, pues la nutrición simboliza el conocimiento, siendo la primera asimilada corporalmente por el ser como la segunda lo es intelectualmente (cf. L´Homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. IX). Esta significación se vincula además inmediatamente a la que ya hemos indicado: en efecto, es el conocimiento tradicional (entendido en el sentido de conocimiento efectivo y no simplemente teórico) el verdadero "alimento de inmortalidad" o, según la expresión evangélica, el "pan bajado del Cielo" (San Juan, VI), pues "no sólo de pan (terrestre) vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (San Mateo, IV, 4; San Lucas, IV, 4), es decir, de manera general, la que emana de un origen "supra-humano". Señalemos a este propósito que la expresión ton arton ton epiousion, en el texto griego del Pater, no significa de ningún modo el "pan de cada día", como se traduce habitualmente, sino muy literalmente "el pan supraesencial" (y no "suprasustancial" como dicen algunos, confundiendo el sentido del término ousia como hemos indicado en Le Règne de la Quantité, cap. I), o "supracelestial" si se entiende el Cielo en el sentido extremo-oriental, es decir, procedente del Principio mismo y dando por consiguiente al hombre el medio de ponerse en comunicación con éste.
[13] La Osa Mayor está también, por otra parte, actualmente todavía en el cielo raso de muchas Logias masónicas, incluso "especulativas" .
[14] Señalamos esto muy particularmente a la atención de los que pretenden que "hacemos de la esvástica el signo del polo", mientras que sólo decimos que tal es en realidad su sentido tradicional; ¡quizás podrán incluso hasta suponer que nosotros hemos "hecho" también los rituales de la Masonería operativa!
[15] Este mismo punto es también, en la Kábala hebrea, aquel donde está suspendida la balanza de la que se trata en el Siphra di-Tseniutha, pues sobre el polo reposa el equilibrio del mundo; y este punto es designado como "un lugar que no existe", es decir, como lo "no-manifestado", lo que corresponde, en la tradición extremo-oriental, a la asimilación de la Estrella polar, en tanto que "hecha de Cielo", al lugar del Principio mismo; esto está igualmente en relación con lo que hemos dicho antes de la balanza a propósito de la Osa Mayor. Los dos platillos de la balanza, con su movimiento alternativo de subida y de bajada, se refieren naturalmente a las vicisitudes del yin y del yang; la correspondencia con el yin de un lado y el yang del otro vale además, de manera general para todos los símbolos dobles que presentan una simetría axial.
[16] La sustitución de la iod por la G, es indicada especialmente, pero sin explicar la razón, en la Récapitulation de toute la Maçonnerie ou description et explication de l´Hiéroglyphe universel du Maître des Maîtres, obra anónima atribuida a Delaulnaye.
[17] Hay incluso quienes parecen creer que no es sino después cuando la letra G habrá sido considerada como la inicial de God; ellos ignoran evidentemente el hecho de su sustitución al iod, que es la que le da toda su verdadera significación desde el punto de vista esotérico e iniciático.
[18] Los rituales recientes del grado de Compañero, para encontrar cinco interpretaciones de la letra G, le dan frecuentemente unos sentidos que son más bien forzados e insignificantes; este grado ha sido, por otro lado, particularmente maltratado, si así puede decirse, tras los esfuerzos que se han hecho para modernizarlo. En el centro de la Estrella flamígera, la letra G representa el principio divino que reside en el corazón del hombre "dos veces nacido" (cf. Aperçus sur l´Initiation, cap. XLVIII).
[19] Se sabe que el valor numérico de esta letra es 10, y remitiremos al respecto a lo que se dijo antes sobre el simbolismo del punto en el centro del círculo. 
[20] Quizá tendremos algún día la ocasión de estudiar el simbolismo geométrico de ciertas letras del alfabeto latino y el uso que de él se ha hecho en las iniciaciones occidentales.
[21] El carácter i es también un rasgo rectilíneo; no difiere de la letra latina I más que en estar colocado horizontalmente en lugar de estarlo verticalmente. En el alfabeto árabe, es la primera letra, alif, que vale numéricamente la unidad, la que tiene forma de un rasgo rectilíneo vertical.
[22] Paradiso, XXVI, 133-134. En un epigrama atribuido a Dante, la letra I es denominada "la novena figura", según su rango en el alfabeto latino, aunque el iod al cual ella corresponde, sea la décima letra del alfabeto hebreo; se sabe además que el número 9 tenía para Dante una importancia simbólica muy particular, como se ve especialmente en la Vita Nuova (cf. L´Ésotérisme de Dante, capítulos II y VI).
[23] Véase Luigi Valli, Il Linguaggio segreto di Dante e dei "Fedeli d´Amore", vol. II, páginas 120-121, donde se encuentra la reproducción de esta figura.
[24] Estas observaciones habrían podido utilizarse por los que han buscado establecer similitudes entre la Tien-ti-huei y las iniciaciones occidentales; pero es probable que las hayan ignorado, pues no tenían sin duda apenas datos precisos sobre la Masonería operativa, y todavía menos sobre los Fedeli d´Amore.



N. del T.: El Campamento de los Príncipes del Grado 32 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, citado en la nota 10 de este capítulo (no aparece en el original francés):



martes, 22 de diciembre de 2015

Número 39 de la Revista Letra y Espíritu.

Acaba de salir el número 39 de Diciembre de 2015 de la revista de estudios tradicionales Letra y Espíritu. Dejamos a continuación el editorial de este número:

El presente número de la revista, continuando el anterior, está dedicado a profundizar en el papel de la discriminación durante el recorrido iniciático, con particular atención a su relación con el horizonte intelectual. El artículo de fondo de nuestro colaborador Albano Martín de la Scala, con abundantes claves para el lector, introduce el tema y evidencia cómo el horizonte intelectual señala el punto de encuentro entre lo terrestre y lo celeste, allí donde lo racional "empujado a sus límites superiores, viene a encontrar el puro intelecto".  

El argumento de la importancia del conocimiento de sí mismo viene examinado en los tres textos siguientes, los artículos Conócete a ti mismo de René Guénon, donde se indica cómo el hombre puede encontrar el verdadero conocimiento únicamente en sí mismo ya que "todo conocimiento no puede ser adquirido más que mediante una comprensión personal", y La "E " en Delfos de Ananda K. Coomaraswamy, distinto del célebre tratado de Plutarco La E de Delfos.

Sigue la segunda parte del Tratado Ill del Convivio, donde Dante Alighieri explica cómo la filosofia es la perfección de la razón y cómo no puede darse la verdadera felicidad sin sabiduría.

Los extractos de la Ética Nicomáquea de Aristóteles que publicamos tratan de la diferencia entre conocimiento y sabiduría y de las relaciones que la comprensión y la indulgencia tienen con el intelecto.

En este número presentamos un segundo artículo de René Guénon, Corazón y cerebro, que trata magistralmente los aspectos simbólicos en relación a estos dos elementos constitutivos del ser humano y de sus retaiones recíprocas.


El discernimiento en el Cristianismo es un trabajo propuesto por nuestro colaborador Jacopo Ammi en el cual, después de una breve introducción, se presentan extractos de las obras de Diadoco de Foticé, San Juan Clírnaco, y San Bernardo de Claraval.