sábado, 29 de marzo de 2014

Misterios y Significaciones del Templo Masónico (Introdución); por Patrick Geay

   Introducción de la obra de Patrick Geay, Mystères et signification du temple maçonnique, aparecida en Junio de 2013 en la editorial Dervy.

           1. Elementos históricos de la Franc-Masonería

No nos planteamos en absoluto hacer un repaso histórico, ni siquiera incompleto, del pasado reciente de la institución. En efecto, nos faltan muchos elementos, especialmente en lo que se refiere a la aparición entre los siglos XVI y XVII de una Masonería no profesional. Por otra parte, haría falta aludir al conjunto de teorías que se  enfrentan sobre el difícil problema de los orígenes, complicando cada vez más nuestra comprensión de los hechos. Añadamos que, pese a las pretensiones de “cientificidad” de ciertos historiadores, su manera de interpretar o de presentar las realidades objetivas que estudian está fuertemente influenciada por sus intereses personales y segundas intenciones. La idolatría de la “prueba” documental sirve la mayoría de veces para “destruir los mitos”, para romper conexiones o enmascarar el sentido de las cosas y, con ello, dar consistencia a discutibles hipótesis. Utilizaremos como punto de partida los trabajos de David Stevenson, en la medida que plantean el problema central de la filiación entre Masones “operativos” y “especulativos” [1].

Como tantas veces se ha dicho, se admite que la Masonería moderna tiene su origen inmediato en la fundación en 1717 de una Gran Logia que agrupó en Londres a cuatro Logias preexistentes, y cuyo primer Gran Maestro fue Anthony Sayer [2]. No nos entretendremos en el papel de los pastores Désaguliers y Anderson, que de manera general es suficientemente conocido. Y aunque ese papel fue considerable, y negativo en nuestra opinión, no estamos seguros que permita entender correctamente el sentido de esa mutación de la Masonería llamada “operativa” en Masonería “especulativa”. Como  se sabe, la introducción de personas ajenas al Oficio en las antiguas logias de origen medieval sucedió, especialmente en Escocia, desde mucho antes del siglo XVIII. Si creemos al Manuscrito Regius (1390) hemos incluso de admitir, en la Edad Media, la presencia en la logias de “grandes señores” que habían practicado antiguamente esta geometría, término, por otra parte, asimilado al de Masonería [3]. La aceptación en las logias de dichos miembros, sin olvidar la habitual de un médico y un capellán, no era pues ninguna novedad.

En cambio, es cierto que la decadencia del arte ojival a finales de la Edad Media, agravada por la Reforma iconoclasta, precipitó el declinar del arte sagrado en Occidente y, en consecuencia, de las logias de constructores.

Es precisamente esta amenaza de una desaparición pura y simple de la Masonería lo que hizo necesaria la recepción cada vez más generalizada de individuos extraños a la profesión. Aunque tenemos relativamente pocas pruebas de este fenómeno, se puede constatar en Escocia a lo largo del siglo XVII. Son conocidos algunos ejemplos frecuentemente citados por los historiadores [4], como los de John Boswell d’Auchinleck, Robert Moray, Elidas Ashmole, Henri Mainwaring, etc. Esta fase de transición, como la califican los que defiende la idea de continuidad entre Masones antiguos y aceptados, implica pues el mantenimiento de un corpus iniciático medieval. Por ello, la iniciativa de los fundadores de la Gran Logia de 1717 no es más que un hecho menor, en la medida en que éstos no tenían más que una pequeña parte de la herencia operativa, por otra parte disminuida y expurgada, lo que motivaría la posterior intervención de los Ancients Masons para restablecer los usos ignorados por los “Modernos”. En consecuencia, nos parece muy forzado el atribuir la “concepción misma” de la Franc-Masonería al pastor Désaguliers [5]. Dicho de otra manera, para encontrar el sentido inicial de la aceptación y su institucionalización, hay que buscar río arriba.

Es especialmente significativo que este proceso haya sido puesto en relación con ciertas corrientes hermético-alquimistas de inspiración rosacruciana, a las que no eran extraños varios de los Masones que hemos citado (Moray, Ashmole). Estas corrientes habrían operado, como creía Denys Roman [6], una especie de concentración del esoterismo occidental sobre la base de una Masonería que había acabado su misión de construir y que debía dedicarse hacia una forma exclusivamente espiritual de “construcción”, en total conformidad con la escatología esenia y cristiana. Volveremos más tarde sobre esta cuestión fundamental. Precisemos también que estas relaciones entre Masonería y hermetismo, sin duda, muy antiguas [7], aparecen en varios documentos del siglo XVII, como esos famosos versos publicados en Edimburgo en 1638, en una descripción de la ciudad de Perth:

Ahora bien, no hacemos predicciones vanas,
Pues somos hermanos de la Rosa-Cruz;
Tenemos la palabra de Masón y el don de la segunda visión,
Y podemos predecir exactamente el porvenir [8]

Citemos igualmente la dedicatoria, más tardía, de la obra alquímica titulada Long livers (principios del s. XVIII) en la que se cita a los “Maestros, Vigilantes y Hermanos de la muy antigua y muy respetable Fraternidad de Freemasons de Gran Bretaña e Irlanda”[9]. Si los hermetistas se han podido así introducir en las logias para depositar en ellas ciertos elementos simbólicos o rituales, sin hablar de la herencia templaria [10] probablemente transmitida por ellos a los Masones y reivindicada por los “Anciens”[11], es también en razón de la adecuación existente entre sus doctrinas y la de los constructores. La iconografía alquímica lo muestra claramente en el célebre ejemplo del Rebis, esa pareja andrógina que
Rebis Alquímico
sostienen una escuadra y un compás, y del que encontramos expresiones incluso en China. Estos acercamientos entre Masones y rosacruces, de los que Frances A. Yates no tenía duda alguna [12], son pues de una importancia mucho mayor que el pretendido injerto, defendido por David Stevenson, de “ciertos aspectos del pensamiento del Renacimiento (…) en las leyendas medievales”[13], y que se reducen a poco más que al hecho de que William Schaw (1599) habría llevado a las logias la práctica del “arte de la memoria”[14]. Este último es también quien, según Stevenson, está en el origen de unos nuevos rituales que, en mayor o menor medida, diferían de los de la época medieval, que él mismo reconoce que existían [15]. Ahora bien, no encontramos en este historiador, sin embargo alabado por Roger Dachez, ni un solo documento que pruebe la naturaleza exacta de esas innovaciones  Para él, la aparición en el siglo XVII de rituales escritos de las primeras alusiones a la Palabra de Masón, significarían que estos elementos no existían anteriormente, cuando sabemos perfectamente que siempre, hasta épocas muy recientes, se había recomendado no transcribir los rituales… Señalemos, por ejemplo, que si el Manuscrito Dumfries está datado en 1710, esto no significa que su contenido emerja repentinamente de las conciencias en ese momento. De hecho, veremos más adelante que los operativos que a principios del s. XVIII consideraron conveniente poner por escrito sus tradiciones, expresan concepciones mucho más próximas a las de la Edad Media que no a las del Renacimiento.

Por otra parte, el hecho de que dicho manuscrito venga precedido por la leyenda del Oficio tal como aparecía ya en el Regius o en el Cooke (1400) demuestra que se sitúa en continuidad con sus antecesores [16]. En realidad, Stevenson no comprende lo que es un rito iniciático. Reduce a una vulgar práctica social lo que en todas las tradiciones espirituales está asociado a la idea de transmisión de una influencia divina. La investigación, basada sobretodo en conjeturas, de este historiador, regida por el concepto de transformismo, tuvo como resultado, especialmente entre sus epígonos franceses, la ruptura artificial de la cadena iniciática, con el inconfesado propósito de hacer de la Masonería moderna una entidad “independiente” y autónoma. Así separados de su tradición, los Masones especulativos podrían, según Roger Dachez “transformar en función de sus propias preocupaciones intelectuales” a una Masonería abierta ya a las peores influencias. Tal hipótesis tiene como fundamento la idea de una ausencia total de esoterismo en las logias operativas. Eric Ward, anticipando en varios aspectos los trabajos de Stevenson, ya había expresado esta opinión [17]. Evidentemente no tenía en cuenta un pasaje del Regius en el que, sin embargo, se precisa que el Aprendiz:

No contará a nadie los secretos de la cámara
Ni nada de lo que hacen en la logia [18].

Resulta igualmente esclarecedor que más adelante se indique que la geometría permite “alcanzar el cielo [19]” a quien se sirva correctamente de ella. Esta expresión, que se sigue utilizando en el Compagnonnage francés, es una forma habitual de designar el Trazado fundamental [20] y basta por sí sola para demostrar que existía en la Edad Media una ciencia oculta relacionada con el arte de construir, constituyendo el núcleo de la iniciación salomónica.


2.      La iniciación masónica y lo sagrado

Es evidente que originalmente la Masonería fue un arte sagrado cuya función era erigir en el espacio una arquitectura que reprodujera las normas divinas de la Creación. Se comprende pues porqué ese arte era solidario de una cosmología, de la que era una especie de aplicación específica. Rechazar a priori, como hace Michel Brodsky, que los talladores de piedra del siglo XIII hayan accedido a “secretos esotéricos”, es pues un absurdo que ningún historiador serio debería divulgar.

Al respecto, resulta curioso comprobar que menos de cinco años después de la aparición del libro de David Stevenson en Gran Bretaña -que insistía, como hemos dicho, en la tardía introducción del arte de la memoria, relacionada con el supuesto desarrollo de la Masonería-,  Roland Bechmann publicaba una importante obra sobre el célebre arquitecto del siglo XIII Villard de Honnecourt, que ponía a la luz la existencia de un “ars memorandi” directamente relacionada con la práctica de una geometría secreta [21].

Fo-hi Niu-kua
No podemos retomar aquí toda la convincente demostración de este autor. Aunque Villard de Honnecourt no escribió nada, dejó su famoso cuaderno de dibujos en el que aparecen una serie de planchas representando distintos animales, siluetas y rostros humanos. Lo característico de tales figuras es la proyección sobre las mismas de pentágonos estrellados o de esvásticas de cuatro u ocho brazos [22], poniendo de manifiesto su estructura geométrica. A partir de informaciones provenientes de medios del Compagnonnage, Roland Bechmann tuvo el indiscutible mérito de demostrar en qué medida determinadas representaciones del bestiario o del florilegio góticos eran en realidad transcripciones de una operación cifrada o de una fórmula pitagórica, asociadas al simbolismo de los números y también, sin duda, al de la alquimia [23]. Tales métodos, que no se revelaron más que parcialmente en el siglo XVI, prueban según Roland Bechmann, que existía una tradición esotérica propia del arte de construir y que las figuras dibujadas por Villard en su cuaderno permitían a la vez memorizar y transmitir. Prueban además que concebía el sentido simbólico de ciertas figuras geométricas que se han conservado en la Masonería hasta nuestros días. Además de las ya citadas, debemos mencionar el triángulo con un ojo en su interior o el rectángulo de oro. Estos ideogramas, que nos hacen pensar en las estructuras ternarias de tantos motivos romanos [24], asumen de esta forma la clásica función de ocultación del sentido y al mismo tiempo de manifestación del mismo, como lo hace cualquier imagen o relato simbólico.

Desde tan antiguo como queramos remontarnos, el conjunto de procedimientos geométricos para la construcción han sido el fruto de una puesta en obra de los principios inteligibles sobre los que reposa el Orden universal. En este sentido, la ciencia de los constructores era puramente intelectual y espiritual. En consecuencia, era el dominio de este conocimiento y su realización efectiva lo que caracteriza la iniciación masónica medieval. En otras palabras, la integración de los secretos divinos de la construcción debía desembocar en una transformación concreta del constructor, todo cuyo ser estaba como identificado a este saber misterioso. La dimensión contemplativa del mismo proporciona al vocablo operativo – con el que se designa la Masonería de oficio -, un sentido que va mucho más lejos que la noción de simple práctica o de actividad artesanal [25], por mucho que ésta sea su resultante. Creer que la antigua Masonería operativa ignoraba la “exégesis simbólica”, como piensa Patrick Négrier [26] y tantos otros, es una aberración e implica querer ignorar los documentos a los que hemos hecho referencia. Y pretender simultáneamente que la Masonería devino iniciática en el momento de su mutación especulativa en el siglo XVII, confirma la incongruencia de este enfoque [27], sobretodo si, al mismo tiempo, se cita a René Guénon afirmando “la auténtica filiación tradicional” entre operativos y especulativos [28]

La disimulada voluntad de eliminar cualquier continuidad entre la Masonería medieval y la Masonería moderna representa pues una nueva tentativa de ignorar la realidad de una tradición ininterrumpida en el seno de la Orden. Hay algunas razones que explican esta tendencia. La reciente publicación y difusión de más Antiguos Deberes ha permitido verificar sin discusión la relación que existía en la época entre el arte constructivo y la Revelación bíblica y evangélica. Al mismo tiempo se comprueba la importancia que para los operativos tenía  la adscripción a la santa Iglesia [29] y a la práctica de los sacramentos [30]. No era difícil  tratar de deducir de estos textos que la Masonería medieval no tenía más que un “estatuto religioso” (Patrick Négrier) ajeno al simbolismo y a la iniciación. Pero esto es olvidar que en toda tradición normal, esoterismo y exoterismo son indisociables en la medida que representan los dos aspectos, oculto y manifiesto, de una misma Revelación. Lo particular en el caso de la Masonería es que, como iniciación, no aparece con el cristianismo ni siquiera con el judaísmo, puesto que los Antiguos Deberes la hacen remontar al mismo Adán (Mns. Cooke), como también lo hace Anderson en sus Constituciones. Digamos de paso, que lo mismo sucede en la Futuwwa o caballería sufí, cuyas relaciones con los oficios son bien conocidas [31].

Sin embargo, pese a su carácter aparentemente supraconfesional, la Masonería se ha visto regularmente beneficiada por diversas revivificaciones proféticas, que marcan las grandes etapas de su historia santa. Es por ello que, pese a su importante fondo hebraico, la Masonería se cristianizó sin dificultad sin que por ello se convirtiera en una institución “religiosa”. La verdad es que en todos los tiempos las cofradías iniciáticas se consideraron de origen divino, ya que vehiculan un aspecto o la totalidad de la esencia del Mensaje revelado, del que la religión representa la parte exterior [32]. Conviene además precisar que si bien la religión puede ignorar al esoterismo, éste debe normalmente integrar a aquella puesto que es lo que constituye su núcleo. En consecuencia, no es sorprendente el carácter sagrado de la Masonería medieval, que se liga así al cristianismo, no sólo en tanto que religión sino en tanto que Revelación completa, comprendiendo una parte secreta y una parte accesible a todos.

El empleo de oraciones en Masonería, que se mantuvo hasta principios del XIX (cf. Guide des Maçons Écossais), no es pues una simple supervivencia de la antigua religiosidad de las logias operativas sino la marca de un anclaje espiritual semejante al del sufismo o de la cábala. Por elementales que sean, las anteriores puntualizaciones resultan indispensables habida cuenta que constantemente se identifica lo sagrado y lo religioso, para marginar así el esoterismo, y viceversa  aun cuando se admite la legitimidad de este último.

En otras palabras, las nociones de tradición y de iniciación no tienen sentido en Masonería más que en un contexto revelado, a menos que se reduzca su alcance al de un vulgar método de autoconstrucción personal, lo que no es infrecuente en nuestros días. Veremos más adelante, a partir únicamente de elementos simbólicos y ritualísticos, cuáles son los fines reales de la iniciación masónica. En este fin de siglo, como hemos dicho, algunos tratan de elaborar una espiritualidad cuya única fuente sería el hombre y que funcionaria necesariamente fuera, e incluso contra las vías divinas de transmisión regular del Conocimiento. Consideramos también necesario mostrar que la Masonería dispone de un contenido doctrinal autosuficiente, incluso faltándonos muchos elementos para comprender toda su significación.


3.     La interpretación de los símbolos: una ciencia tradicional

Aunque no se trate de nada nuevo, una de las mayores dificultades con que nos encontramos actualmente se refiere al método de interpretación del simbolismo en general. A pesar de los miles de páginas que se han escrito sobre ello, hay ciertos obstáculos que no se han superado debido sobretodo al relativo aislamiento al que es  confinado el símbolo en relación a su matriz cosmológica y metafísica original. Al ignorar esta matriz, el símbolo queda abandonado en la mayoría de casos a la arbitraria hermenéutica de cada uno, lo que para muchos representa la garantía de una libertad creadora del sujeto que decide por sí mismo un determinado sentido. Este enfoque, que es tanto la perspectiva de los ocultistas como la de los agnósticos, supone que el símbolo está desprovisto de substancia significante, o por lo menos, que la estructura formal de aquél no hace más que sugerir un sentido aleatorio. Para los que así opinan, pensar lo contrario es considerado demasiado rigorista y dogmático. En efecto, creer que el símbolo contiene sentido antes incluso de ser interpretado implica la preexistencia de una idea que representa en cierto modo el fundamento ontológico del símbolo tal como aparece ante nosotros, o dicho en otras palabras, la realidad de un Pensamiento divino original que establece una relación necesaria entre esta idea y la forma que la manifiesta. Desde este punto de vista, el sentido del símbolo no puede ser arbitrario o convencional en la medida que los elementos que lo componen son la expresión adecuada de un complejo conjunto de significaciones [33]. El ejemplo más simple que podemos citar es el de la correspondencia entre el significado simbólico de un número y  su cuerpo geométrico. La imagen vehicula en todos los casos un núcleo inteligible, y su vocación es precisamente hacer visible ese núcleo. El símbolo es pues el medio por el cual lo espiritual y lo corporal se encuentran, pero también el soporte sensible gracias al cual la doctrina tradicional se transmite de época en época.

La dificultad reside, no obstante, en que no ésta no es una doctrina explícita sino que permanece en el misterio. La razón de ello es que la penetración del sentido de los símbolos está estrechamente ligada al camino iniciático. Éste, no sólo desvela lo que representan sino que, en un plano más profundo, es el que debe permitir la identificación con la realidad divina que el símbolo nos muestra. El estudio del simbolismo no se limita pues a una simple glosa comparativa o histórica, sirve de medio de acceso a la realización efectiva de un estado espiritual. Por lo tanto esta “definición” no puede ser calificada de dogmática, en la medida en que precisamente va más allá de la esfera religiosa de la creencia y de la fe, por otra parte venerable ya que forma parte de la Revelación. Evoca, más bien, el acceso al corazón del mensaje tradicional.

Además, el símbolo no expresa nunca un sentido único, su alcance no está nunca limitado. Un único sentido sería el invento de tal o cual investigador, en tanto que fruto de una conjetura personal, cuando no una fantasía. El símbolo, al pertenecer a un lenguaje divino y no humano, no puede ser integrado en ningún sistema individual, filosófico o científico. Es un concentrado sintético de inagotables significados, no por ello menos precisos y rigurosos. No es posible pues recuperar el símbolo para alimentar un pensamiento que le sea ajeno. Al contrario, cuando se le comprende en profundidad permite captar, además de su dimensión intrínseca, las relaciones que unen los símbolos entre sí dentro de una combinatoria extremadamente rica y frondosa. Efectivamente, los símbolos no son entidades aisladas sino interdependientes constituyendo de esta manera las fracciones de un discurso coherente y denso, discurso que hace posible el paso de una tradición particular a la Tradición universal.

La democratización sin precedentes de la interpretación - que ilustra en cierto modo la explosión editorial del llamado sector “esotérico”, fenómeno paradójico por otra parte-, ha tenido como resultado dentro del mundo masónico una total relativización de la autoridad tradicional y, podríamos añadir aun a riesgo de parecer radicales, de una ortodoxia hermenéutica. La dificultad proviene del hecho que la escasez si no la ausencia de una maestría efectiva, junto con unos criterios de reclutamiento a menudo aberrantes, han permitido la generalización de puntos de vista relativistas y, lo que es más sorprendente, agnósticos, con un fondo de ignorancia histórica, que explican en parte la amnesia y la ceguera actuales. Conviene además precisar que la iniciación y el simbolismo no pueden enseñarse de manera académica. Según una regla,  de la que algunos se acuerdan, es el Masón el que debe descubrir el sentido, conseguir por su propio esfuerzo que la Verdad descienda en él. El Maestro, por su parte, no hace más que confirmar lo que el Aprendiz descubre. En todo caso, ello es el efecto de una revelación, de un don divino, de una luz, recibida en la contemplación [34]. Si es auténtico, este descubrimiento expresa la esencia de la Orden, su contenido, rigurosamente independiente de las fluctuaciones del mundo profano. Aunque parcialmente incomunicable, la verdadera intuición puede, sin embargo, encontrar un lenguaje adecuado, a veces inspirado, para transmitir una parte del conocimiento adquirido. En estos casos, volveremos a ello más adelante, la palabra fecunda el alma, la despierta dándole acceso a los misterios de la comunidad iniciática. Pues si bien el secreto debe ser protegido no es por ello una propiedad de aquél que lo ha recibido, como puede serlo una elaboración conceptual ordinaria.

Como ciencia tradicional, la interpretación de los símbolos no tiene pues relación alguna con el método filosófico [35] que, repetimos, se basa únicamente en la razón [36]. No porque el simbolismo sea contrario a la razón sino que, sencillamente, la trasciende para poner en acción facultades que se orientan a la extinción del ego [37].

Estas observaciones, hay que decirlo, conciernen tanto a los que niegan el origen sagrado de los símbolos como a aquellos que lo admiten. En efecto, no hay nada peor que paliar la ausencia de real desvelamiento con un analogismo mecánico y forzado [38], fuente de desviación y de herejía.

Conviene pues insistir en la importancia fundamental del discernimiento, para poder controlar, e incluso experimentar, la validez de una interpretación, recurriendo si es preciso al corpus simbólico universal y, naturalmente, a la obra de los maestros. La interpretación, incluso la verídica, debe ser experimentada, no debatida. Y aunque no puede ser reconocida por todos, por falta de cualificación de unos y otros, si que debe siempre mostrar su conformidad a la tradición iniciática y ritual de la Orden, es decir, a la Revelación de la que procede.


4.     Un espacio cualificado

El trabajo masónico se desarrolla en un espacio que el ritual tiene la función de sacralizar; lo cual no significa que el espacio ordinario esté desprovisto de toda cualificación. En una de sus obras maestras, René Guénon indica que desde el punto de vista tradicional, el conjunto del cosmos es una realidad no homogénea puesto que está impregnada de significaciones simbólicas que, en el nivel más elevado, hacen de aquél una teofanía [39]. En este sentido el universo entero es sagrado. Sin embargo, debido a la decadencia cíclica, esta dimensión esencial de nuestro mundo tiende progresivamente a quedar oculta, y de ahí la necesidad que tiene toda civilización de restablecer un espacio privilegiado que, en cierto sentido, restituye el estado paradisíaco original del mundo sensible. La pérdida de este condición primordial suele presentarse como la consecuencia de una “caída” (Gn 3: 19), o como el final de la edad de oro [40] que convierte la naturaleza en hostil para el hombre, alejado ya desde entonces de la divinidad con la que anteriormente podía comunicar directamente. El templo tiene pues la vocación de reconstruir un espacio sagrado, es decir, delimitado y separado del ordinario [41].

La logia masónica que cumple normalmente esta función no es, sin embargo, un lugar consagrado de forma permanente, no es algo inherente a un edificio en el que resida la Presencia divina. No hay en ella ninguna imagen o estatua de divinidad alguna, como las había en Grecia [42] o en Asiria [43]. En efecto, la logia puede formarse en cualquier lugar siempre que haya el suficiente número de Maestros y que el ritual se realice normalmente. Dicho esto, no es menos cierto que la “apertura de los trabajos” opera una verdadera modificación del espacio, que se convierte entonces en espacio sagrado [44], puesto que su papel es, precisamente, religar momentáneamente nuestro mundo con el mundo de Arriba.

En el contexto masónico, el empleo de la palabra sagrado no deriva pues en ningún caso de una simple valoración psicológica y afectiva de la logia. Al contrario, este término no tiene aquí sentido más que en referencia a la eficacia técnica de un ritual, a su vez de origen divino, única razón por la que realiza una cualificación efectiva, concreta, del espacio. Recordemos de nuevo que por su regularidad tradicional la Masonería es, según Guénon, una de las pocas organizaciones iniciáticas, junto con los Compagnonnages francés y germano, que pueden reivindicar una tal filiación, que demuestra en parte su origen inmemorial. Por otra parte, nunca insistiremos bastante en el carácter ilegítimo e ilusorio de las múltiples parodias sectarias que ser relacionan artificialmente con el Graal, los Templarios, los Rosa-Cruz, la gnosis, con Egipto o con Oriente.

Efectivamente, todos esto movimientos sincretistas y pseudos-iniciáticos no ofrecen a la población actual, descentrada y en muchos casos des-culturizada, más que una espiritualidad falsificada, que la mayoría no puede ya distinguir de las auténticas tradiciones. Pese a que Mircea Eliade se haya preocupado de diferenciar entre la Francmasonería y las “organizaciones con pretensiones iniciáticas que son mayoritariamente improvisaciones recientes e híbridas [45]”, los historiadores de las religiones no han hecho nada para poner de relieve lo que relaciona de manera exclusiva a la iniciación occidental masónica y al Compagnonnage con las formas iniciáticas antiguas [46].

Las abundantes raíces judeocristianas de la Masonería hacen que ésta manifieste un esoterismo de origen netamente hebraico ligado al arte de la construcción y, más fundamentalmente, a los principios divinos de la Creación. Es por ello que las relaciones de la Masonería con la Cábala (Laurence Dermott), a la que nos hemos ya referido, están lejos de ser resultado de una glosa tardía. Desde un punto de vista tradicional, la organización del espacio, su construcción, depende de reglas trascendentes que deben ser reproducidas en el nivel humano. En este sentido, la obra arquitectónica es una creación en la Creación, y es por ello que la apertura ritual de la logia es un recuerdo de la cosmogénesis. Dicho en otras palabras, el saber del Masón y del constructor depende de la ciencia de las teofanías, a la que la mística judía se refiere ampliamente, especialmente en el Zohar.

Dicha relación no es el producto de una “contaminación” mezcla de todo lo que se parezca poco o mucho. Ciertos aspectos del ritual masónico sólo pueden ser comprendidos si se relacionan con esta ciencia para la que geometría esotérica, aritmetología, alquimia y simbolismo de las letras, son indisociables [47].

Sin pretender por el momento profundizar en la cuestión, es evidente que el paso del aprendizaje a la maestría masónica no tiene apenas sentido si se ignora la referencia cosmológica a la doctrina de los tres mundos (Cuerpo, Alma, Espíritu), cuya importancia en la teología y, naturalmente, en el hermetismo, es bien sabida.

Debemos finalmente señalar que aunque se inscriba en un espacio concreto, la logia masónica adquiere sentido por el encuentro de las individualidades que la componen y que forman lo que Henry Corbin denomina, a propósito de los Esenios, una comunidad-templo [48]. Como veremos, y pese a que en general se entiende en un sentido muy vago, el concepto masónico de “templo espiritual” es, en muchos aspectos, muy cercano a la idea evangélica y qumrámica de espiritualización del templo. La sacralización del lugar se traslada a la de los cuerpos santificados, o en vías de serlo. No obstante, para devenir efectiva, esta transformación supone el descenso de la Shekinah [49] en la corporeidad de los iniciados.

Su presencia no puede ser pues más que el resultado de una realización espiritual, teóricamente posible aunque particularmente difícil en el actual estado de cosas. Pero no es menos cierto que, de acuerdo con su propia tradición, esta es la finalidad que corresponde a la vocación real y última de la Francmasonería.


Notas:
[1] En nuestro artículo “Histoire maçonnique et crise de l’interprétation de David Stevenson », La Règle d’Abraham, nº 2, 1996, ya hicimos una sucinta crítica de su escuela, cuya influencia parece ir creciendo.
[2] Daniel Ligou, Histoire des Francs-Maçons en France, Bibliothèque historique Privat, Paris, 1981, p. 18.
[3] Ms. Regius, 1144-146, La Franc-Maçonnerie: documents fondateurs, L’Herne, nº 68, 1992 (ab. FMDF).
[4] D. Ligou, op. cit., p. 16.
[5] Florence de Lussy, “Un peu de lumière sur les origines anglaises de la Fran-Maçonnerie », Revue de la Bibliothèque nationale, nº 12, 1984, p. 22. Digamos de paso que, según algunos, habrían habido operativos en el seno de la Gran Logia de Londres, talladores de piedra e, incluso, carpinteros, cf. D. Ligou, Dictionnaire de la Franc-Maçonnerie, PUF, Paris, 1987, p. 48.
[6] René Guénon et les destins de la Franc´Maçonnerie, Ed. de l’œuvre, Paris, 1982, p. 64 (réed. Éd. Traditionnelles, 1995).
[7] R. Guénon, “À propos des signes corporatifs et de leer sens originel”, en Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Éd. Traditionnelles, Paris, 1981, t. II, pp. 73-74.
[8] FMDF, P. 236. El anuncio de 1676 evocando una cena entre representantes de la Cábala, de los Rosa-Cruz, del hermetismo  y de la Compañía de Masones aceptados, puede que sea menos extravagante que lo creen la mayoría de historiadores, ibid. P. 238.
[9] René le Forestier, La Franc-Maçonnerie templiière et occultiste, Aubier/Nauwelaerts, Paris, Louvain, 1970, p. 32. Ver también Robert-Freke Gould, Histoire abrégée de la Franc-Maçonnerie, Éd. Trédaniel, Paris, 1989, pp. 86-87.
[10] Ibid., p. 77. Sobre el mismo, cf. H. Corbin, Temple et contemplation, pp. 371-385, Flammarion, Paris, 1981.
[11] B.E. Jones, art. cit, p. 65.
[12] La Lumière des Rose-Croix, Retz, Paris, 1985, p. 248.
[13] Op. cit., p. 17. Precisemos que contrariamente a lo que parece creer este autor, el hermetismo no es fruto del Renacimiento. Esta época contribuyó incluso a corromper sus principios, por ejemplo con Giordano Bruno, que lo convierte en una magia pan-egipcia, cf. F.A. Yates, Giordano Bruno et la tradition hermétique, Dervy, Paris, 1988.
[14] Op. cit., pp. 75-76.
[15] Op. cit., p. 59, Con todo, no duda en afirmar que “simples picapedreros no podían haber desarrollado rituales interesantes comparables a los de la Franc-Masonería posterior”, ibid., p. 24.
[16] FMDF, PP. 179-224. Sobre la conexión entre Masones medievales y Masones aceptados, ver también Cyril N. Batham, “ La compagnie des maçons de Londres”, ibid., pp. 111-117.
[17] “The Birth of Freemasonry”, Ars Quatuor Cronatorum, 91, 1978.
[18] FMDF, P. 57, 1, 279-280.
[19] Ibid., p. 71, l. 576.
[20] F. Rziha, Études sur les marques de tailleurs de Pierre, Trédaniel/La Nef de Salomon, Paris-Dieulefit, 1993, n. 21 de M. Rosamondi.
[21] Villard de Honnecourt, la pensée technique au XIII siècle et sa communication, Picard, Paris, 1991, chap. VIII.
[22] Carnet de Villad de Honnecourt, Stock, Paris, 1986, pl. 36 y 37.
[23] Aunque R. Bechmann no lo cite, señalemos que mucho antes de la dudosa obra de Fulcanelli, diversos autores del siglo XVII hicieron interpretaciones alquimistas de la arquitectura gótica, como por ejemplo Esprit Gobineau de Montluisant en sus Énigmes et Figures de Notre-Dame de Paris, cf. Trois anciens traités d’alchimie, Jean-Jacques Pauvert, Paris, 1975. Sobre las relaciones entre la iconografía alquimista y el cristianismo medieval, ver Barbara Obrist, Les débuts de l’imagerie alchimique (siglos XIV-XV), Le Sycomore, Paris, 1982.
[24] J. Baltrusaitis, Art sumérien, art roman, retomado por Jean-François Chevrier, Portrait de Jurgis Baltrusaitis, Flammarion, 1989 ; ver también nuestra obra Hermès trahi, cap. 8.
[25] R. Guénon. Aperçus sur l’initiation, Éd. Traditionnelles, Paris, 1980, cap. XXIV. Ver también Marc Bilis, « Géométrie, tracés régulateurs et Franc-Maçonnerie », Ordo ab Chao, nº 27, 1993.
[26] Textes fondateurs…, p- 359.
[27] Citado por P. Négrier, ibid., p. 371.
[28] Citado por P. Négrier, ibid., p. 371.
[29] FMDF P. 55, L. 264.
[30] Jacques Thomas, “Les loges opératives aux XIV, XV y XVI siècles dans la région de Strasbourg », Villard de Honnecourt, nº 3, 1981, p. 75.
[31] Ver la presentación de Denis Gris a su traducción de “Écrits sur la Futuwwa” de Ibn ‘Arabî, en La Règle d’Abraham, nº 2, 1996, p. 4, n. 7. Ver también al respecto, Futuwwa, traité de chevalerie soufi, Albin Michel, Paris, 1989.
[32] Este carácter revelado de la Masonería se afirma claramente en el Manuscrito gram., cf. FMDF, P. 264.
[33] Sorprendentemente, encontramos en Charbonneau-Lassay un concepto totalmente antitradicional del simbolismo, cuando afirma: “nada es más arbitrario que las jerarquía de dignidades que los hombres han establecido entre los animales”, cf: Le Bestiaire du Christ, Archè, Milan, 1980, cap. 28. Sobre el problema de la interpretación, ver nuestra obra Hermès trahi, cap. 2.
[34] R. Guénon, Aperçus sur l’initiation, cap. XVII, p. 126.
[35] Contrariamente a lo que piensa P. Négrier en Les Symboles Maçonniques, Télètes, Paris, 1991.
[36] R. Guénon, Aperçus sur l’initiation, cap. XVIII.
[37] Los anticuados trabajos de E.E. Plantagenêt que proponía el “libre pensamiento” para el estudio de los símbolos son un buen ejemplo de esta tendencia laicizante que criticamos, cf. Causeries initiatiques pour le travail en loge d’apprentis, Dervy, Paris, 1982, p. 19.
[38] A título de ejemplo, P. Négrier afirma: “Identificado simbólicamente a la Mujer, el Maestro Masón luce en su mandil el color rojo característico de la menstruación”, Les Symboles maçonniques, p. 85.
[39] R. Guénon, El Reino de la Cantidad, cap. IV.
[40] Ovidio, Les Métamorphoses, Garnier-Flammarion, Paris, 1966, I, 60-161.
[41] Ver al respecto el ya clásico trabajo de M. Eliade, Le sacré et le profane, Gallimard, Paris, 1983, cap. I, basado en gran parte en Guénon, pese a que no lo cite.
[42] F. Frontisi-Ducroux, Dédale, mythologie de l’artisan en Grèce ancienne, Maspero, Paris, 1975, cap. 2.
[43] S. Lackenbacher, Le roi bâtisseur. Les récits de construction assyriens des origines à Teglaphalasar III, Editions Recherche sur les civilisations, Paris, 1982, cap. IV.
[44] Al final de la apertura, el Venerable afirma “ya no estamos en el mundo profano”.
[45] Initiation, rites, sociétés secrètes, Gallimard, Paris, 1976, p. 279.
[46] Incluso sabios como H. Corbin, no obstante miembro de la Orden, apenas han escrito sobre Masonería, cf. G. Durand, “La pensée d’Henry Corbin et le temple maçonnique”, Villard d’Honnecourt, nº 3, 1981.
[47] Ver el decisivo artículo de N. Séd: “L’alchimie et la science sacrée des lettres: notes sur l’alchimie juive à propos de l’Esh mesareph » (bajo dirección de D. Kahn y S. Matton), SEHA/Arché, Paris-Milan, 1995.
[48] H. Corbin, Temple et contemplation, p. 413.
[49] René Guénon, Initiation et réalisation spirituelle, Éd. Traditionnelles, Paris, 1980, cap. XXIII. Recordemos que dicho término designa la Presencia divina.


viernes, 28 de febrero de 2014

Nuevo Número de la Revista Letra y Espíritu

Acaba de salir publicado el número 35 de la revista Letra y Espíritu, editado por la Editorial Librería Pardes, del cual transcribimos su editorial. Se puede adquirir yendo a  este enlace.


Después de abordar la Vocación y la Aspiración del ser, dedicamos el presente número de la revista a la Voluntad, facultad clave en el camino iniciático.

Como viene siendo habitual, abrimos la publicación con un nuevo trabajo de Albano Martín de la Scala, en el que señala con gran claridad las relaciones entre la voluntad individual y la Universal.

Le sigue un extraordinario texto de René Guénon, El ser y el medio, acerca de la naturaleza de la individualidad y el destino, y el papel que en ellos tienen el medio y el aspecto esencial del ser.

Presentamos varios extractos de la obra Le livre des Haltes del Emir 'Abd al-Qâdir concernientes a la relación entre la Voluntad divina y la predisposición de los seres, traducidas del árabe y anotadas por Max Giraud en base a las obras de Ibn 'Arabi, René Guénon y Michel Vâlsan.

A continuación, breves ejemplos recogidos de la tradición islámica por Ibn 'Ata 'Allâh acerca de la orientación de la voluntad, y desde una óptica cristiana una breve selección de los tratados del Maestro Eckhart acerca de la misma cuestión, mateniendo siempre la perspectiva metafísica.

Le sigue el comentario que Dante hace sobre esta facultad y su importancia en El Convite, conjugando la doctrina cristiana con los clásicos greco-latinos.

La perspectiva extremo oriental queda representada por los comentarios de los Padres Taoístas sobre la voluntad.


Completamos el número con una muestra del reflejo que de este tema ha quedado en la tradición popular europea, representada por un cuento de los Hermanos Grimm, precedido por un estudio de René Guénon acerca del valor de este tipo de tradiciones.


jueves, 23 de enero de 2014

Nueva Colección El Hilo de Ariadna. Editorial Librería Pardes.

Editorial Librería Pardes nos anuncia que acaba de sacar una nueva colección bajo el título El Hilo de Ariadna, donde aparecerán publicadas obras en edición de bolsillo de autores tradicionales y en idioma castellano. La primera obra que inaugura dicha colección es Consideraciones sobre la Iniciación de René Guénon. En la descripción que la propia editorial facilita de la obra encontramos estas palabras:

“La primera exposición pública de las cuestiones esenciales relativas a la iniciación: naturaleza de la iniciación, condiciones de la iniciación, transmisión y regularidad iniciáticas, cualificaciones iniciáticas; las formas iniciáticas occidentales”; con estas palabras Les Éditions Traditionnelles anunciaba la publicación de la primera edición del Aperçus sur l’Initiation, aparecida en el año 1946.

Libro de importancia capital, se ha convertido en referencia de obligado conocimiento para cualquier occidental que se plantee ingresar o progresar en una vía iniciática, y haría falta contar con el testimonio vivo de las personas que han visto sus vidas radicalmente cambiadas para dar una idea real del alcance de este texto.

Su traducción, realizada por un equipo de personas con amplia experiencia en el ámbito iniciático dirigidas por Juan de la Viuda, se ha efectuado con la autorización de la familia Guénon, circunstancia que sabrá valorar todo aquel a quien, consciente del dominio en el que se desarrollan este tipo de acciones, no se le escape la importancia de las cosas hechas “en buena y debida forma”.

No podemos dejar de felicitarnos por este nuevo proyecto que, con la mejor calidad y fiabilidad de traducción y edición, viene a afianzar y reforzar en lengua castellana el legado de autores y textos tradicionales.


jueves, 9 de enero de 2014

Sobre dos Divisas iniciáticas y «Verbum, Lux et Vita»; por René Guénon

Capítulo XLVI de Consideraciones sobre la Iniciación, (1946).

En los altos grados de la Masonería escocesa, hay dos divisas cuyo sentido se refiere a algunas de las consideraciones que hemos expuesto precedentemente: una es Post Tenebras Lux, y la otra es Ordo ab Chao; y, a decir verdad, su significación es tan estrechamente conexa que es casi idéntica, aunque la segunda sea quizás susceptible de una aplicación más extensa[1]. En efecto, una y otra se refieren a la «iluminación» iniciática, la primera directamente y la segunda por vía de consecuencia, puesto que es la vibración original del Fiat Lux la que determina el comienzo del proceso cosmogónico por el que el «caos» será ordenado para devenir el «cosmos»[2]. Las tinieblas representan siempre, en el simbolismo tradicional, el estado de las potencialidades no desarrolladas que constituyen el «caos»[3]; y, correlativamente, la luz se pone en relación con el mundo manifestado, en el que estas potencialidades serán actualizadas, es decir, el «cosmos»[4], siendo esta actualización determinada o «medida» a cada momento del proceso de manifestación, por la extensión de los «rayos solares» salidos del punto central donde ha sido proferido el Fiat Lux inicial.

Así pues, la luz es en efecto «después de las tinieblas», y eso no sólo desde el punto de vista «macrocósmico», sino igualmente desde el punto de vista «microcósmico» que es el de la iniciación, puesto que, a este respecto, las tinieblas representan el mundo profano, de donde viene el recipiendario, o el estado profano en el que éste se encuentra primero, hasta el momento preciso en que devendrá iniciado al «recibir la luz». Así pues, por la iniciación, el ser pasa de «las tinieblas a la luz», como el mundo, en su origen mismo (y el simbolismo del «nacimiento» es igualmente aplicable en los dos casos), ha pasado por ahí por el acto del Verbo creador y ordenador[5]; y así la iniciación es verdaderamente, según un carácter por lo demás muy general de los ritos tradicionales, una imagen de «lo que se hizo en el comienzo».

Por otra parte, el «cosmos», en tanto que «orden» o conjunto ordenado de posibilidades, no sólo es sacado del «caos» en tanto que estado «no ordenado», sino que es producido propiamente también a partir de éste (ab Chao), donde estas mismas posibilidades están contenidas en el estado potencial e «indistinguido», y que es así la materia prima (en un sentido relativo, es decir, más exactamente y en relación a la verdadera materia prima o substancia universal, la materia secunda de un mundo particular)[6] o el punto de partida «substancial» de la manifestación de este mundo, del mismo modo que el Fiat Lux es, por su lado, su punto de partida «esencial». De una manera análoga, el estado del ser anteriormente a la iniciación constituye la substancia «indistinguida» de todo lo que él podrá devenir efectivamente a continuación[7], puesto que, así como ya lo hemos dicho precedentemente, la iniciación no puede tener como efecto introducir en él posibilidades que no hubieran estado latentes en él (y, por lo demás, esa es la razón de ser de las cualificaciones requeridas como condición previa), de la misma manera que el Fiat Lux cosmogónico no agrega «substancialmente» nada a las posibilidades del mundo para el que se profiere; pero estas posibilidades aún no se encuentran en él más que en el estado «caótico y tenebroso»[8], y es menester la «iluminación» para que puedan comenzar a ordenarse y, por eso mismo, a pasar de la potencia al acto. En efecto, debe comprenderse bien que este paso no se efectúa instantáneamente, sino que se prosigue en el curso de todo el trabajo iniciático, del mismo modo que, desde el punto de vista «macrocósmico», este paso se prosigue durante todo el curso del ciclo de manifestación del mundo considerado; el «cosmos» o el «orden» no existe todavía más que virtualmente por el hecho del Fiat Lux inicial (que, en sí mismo, debe ser considerado como teniendo un carácter propiamente «intemporal», puesto que precede al desarrollo del ciclo de manifestación y, por consiguiente, no puede situarse en el interior de éste), y, del mismo modo, la iniciación no está cumplida más que virtualmente por la comunicación de la influencia espiritual cuya luz es en cierto modo su «soporte» ritual.

Las demás consideraciones que se pueden deducir aún de la divisa Ordo ab Chao se refieren más bien al papel de las organizaciones iniciáticas con respecto al mundo exterior: puesto que, como acabamos de decirlo, la realización del «orden», en tanto que no constituye más que uno con la manifestación misma en el dominio de un estado de existencia tal como nuestro mundo, se prosigue de una manera continua hasta el agotamiento de las posibilidades que están implicadas en ella (agotamiento por el que se alcanza el extremo límite hasta donde puede extenderse la «medida» de este mundo), todos los seres que son capaces de tomar consciencia de ello deben, cada uno en su sitio y según sus posibilidades propias, concurrir efectivamente a esta realización, que se designa también, en el orden general y exterior, como la realización del «plan del Gran Arquitecto del Universo», al mismo tiempo que cada uno de ellos, por el trabajo iniciático propiamente dicho, realiza en sí mismo, interiormente y en particular, el plan que corresponde a éste desde el punto de vista «microcósmico». Se puede comprender fácilmente que esto sea susceptible, en todos los dominios, de aplicaciones diversas y múltiples; así, en lo que concierne más especialmente al orden social, aquello de lo que se trata podrá traducirse por la constitución de una organización tradicional completa, bajo la inspiración de las organizaciones iniciáticas que, al constituir su parte esotérica, serán como el «espíritu» mismo de todo el conjunto de esta organización social[9]; y esto representa bien, en efecto, incluso bajo el aspecto exotérico, un «orden» verdadero, por oposición al «caos» representado por el estado puramente profano al cual corresponde la ausencia de una tal organización.

Mencionaremos también, sin insistir más en ello, otra significación de un carácter más particular, que, por lo demás, se relaciona bastante directamente con la que acabamos de indicar en último lugar, ya que se refiere en suma al mismo dominio: esta significación se refiere a la utilización, para hacerlas concurrir a la realización del mismo plan de conjunto, de organizaciones exteriores, inconscientes de este plan como tales, y aparentemente opuestas las unas a las otras, bajo una dirección «invisible» única, que está ella misma más allá de todas las oposiciones; ya hemos hecho alusión a ello precedentemente, al señalar que esto había encontrado su aplicación, de una manera particularmente clara, en la tradición extremo oriental. En sí mismas, las oposiciones, por la acción desordenada que producen, constituyen en efecto una suerte de «caos» al menos aparente; pero se trata precisamente de hacer servir a este «caos» mismo (tomándolo en cierto modo como la «materia» sobre la cual se ejerce la acción del «espíritu» representado por las organizaciones iniciáticas del orden más elevado y más «interior») a la realización del «orden» general, del mismo modo que, en el conjunto del «cosmos», todas las cosas que parecen oponerse entre sí por eso no son menos realmente, en definitiva, elementos del orden total. Para que sea efectivamente así, es menester que lo que preside el «orden» desempeñe, en relación al mundo exterior, la función del «motor inmóvil»: éste, al estar en el punto fijo que es el centro de la «rueda cósmica», es por eso mismo como el quicio alrededor del cual gira esta rueda, la norma sobre la que se regula su movimiento; no puede serlo sino porque él mismo no participa en ese movimiento, y lo es sin tener que intervenir en él expresamente, y, por consiguiente, sin mezclarse de ninguna manera con la acción exterior, que pertenece toda entera a la circunferencia de la rueda[10]. Todo lo que es arrastrado en las revoluciones de ésta no son más que modificaciones contingentes que cambian y pasan; únicamente permanece lo que, estando unido al principio, está invariablemente en el centro, inmutable como el Principio mismo; y el centro, al que nada puede afectar en su unidad indiferenciada, es el punto de partida de la multitud indefinida de estas modificaciones que constituyen la manifestación universal; y es también, al mismo tiempo, su punto de conclusión, ya que es en relación a él como se ordenan todas finalmente, del mismo modo que las potencias de todo ser se ordenan necesariamente en vista de su reintegración final a la inmutabilidad principial.


Notas:
[1] Si se pretende que, históricamente, esta divisa Ordo ab Chao ha expresado simplemente primero la intención de poner el orden en el «caos» de los grados y de los «sistemas» múltiples que habían visto la luz durante la segunda mitad del siglo XVIII, eso no constituye en modo alguno una objeción válida contra lo que decimos aquí, ya que, en todo caso, en eso no se trata más que de una aplicación muy especial, que no impide la existencia de otras significaciones más importantes.
     [2] Cf. El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. III. Ver en esta entrada de Keystone.
     [3] Hay también otro sentido superior del simbolismo de las tinieblas, que se refiere al estado de no manifestación principial; pero aquí no vamos a considerar más que su sentido inferior y propiamente cosmogónico.
     [4] La palabra sánscrita Loka, «mundo», derivada de la raíz Lok que significa «ver», tiene una relación directa con la luz, como lo muestra por lo demás la aproximación con el latín lux; por otra parte, la vinculación de la palabra «Logia» a loka, verosímilmente posible por la intermediación del latín locus que es idéntica a ésta, está lejos de estar desprovista de sentido, puesto que la Logia se considera como un símbolo del mundo o del «cosmos»: es propiamente, por oposición a las «tinieblas exteriores» que corresponden al mundo profano, «el lugar iluminado y regular», donde todo se hace según el rito, es decir, conformemente al «orden» (rita).
[5] El doble sentido de la palabra «orden» tiene aquí un valor particularmente significativo: en efecto, el sentido de «mandato» que se vincula a él igualmente se expresa formalmente por la palabra hebraica yomar, que traduce la operación del Verbo divino en el primer capítulo del Génesis; por lo demás, volveremos de nuevo sobre esto un poco más adelante.
[6] Cf. El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. II.
[7] Es propiamente la «piedra bruta» (rough ashlar) del simbolismo masónico.
[8] O «informe y vacío», según otra traducción, por lo demás casi equivalente en el fondo, del thohû va-bohû del Génesis, que Fabre de Olivet traduce por «potencia contingente de ser en una potencia de ser», lo que, en efecto, expresa bastante bien el conjunto de las posibilidades particulares contenidas y como enrolladas, en el estado potencial, en la propia potencialidad misma de este mundo (o estado de existencia) considerado en su integralidad.
     [9] Es lo que, en conexión con la divisa de la que hablamos al presente, se designa en la Masonería escocesa como el «reino del Sacro Imperio», por un recuerdo evidente de la constitución de la antigua «Cristiandad», considerada como una aplicación del «arte real» en una forma tradicional particular.
[10] Es la definición misma de la «actividad no actuante» de la tradición taoísta, y es también lo que hemos llamado precedentemente una «acción de presencia».



«VERBUM, LUX ET VITA»


Capítulo XLVII de Consideraciones sobre la Iniciación, (1946).

Hemos hecho alusión hace un momento al acto del Verbo que produce la «iluminación» que está en el origen de toda manifestación, y que se encuentra analógicamente en el punto de partida del proceso iniciático; esto, aunque esta cuestión pueda parecer un poco fuera del tema principal de nuestro estudio (pero, en razón de la correspondencia de los puntos de vista «macrocósmico» y «microcósmico», eso no es más que una apariencia), nos lleva a señalar la estrecha conexión que existe, desde el punto de vista cosmogónico, entre el sonido y la luz, y que se expresa muy claramente por la asociación e incluso la identificación establecida en el comienzo del Evangelio de San Juan, entre los términos Verbum, Lux et Vita [1]. Se sabe que la tradición hindú, que considera la «luminosidad» (taijasa) como caracterizando propiamente al estado sutil (y veremos enseguida la relación de ésta con el último de los tres términos que acabamos de recordar), afirma por otra parte la primordialidad del sonido (shabda) entre las cualidades sensibles, como correspondiendo al éter (âkâsha) entre los elementos; así enunciada, esta afirmación se refiere inmediatamente al mundo corporal, pero, al mismo tiempo, es susceptible también de transposición a otros dominios [2], ya que, en realidad, no hace más que traducir, al respecto de este mundo corporal que no representa en suma más que un simple caso particular, el proceso mismo de la manifestación universal. Si se considera ésta en su integridad, esta misma afirmación deviene la de la producción de todas las cosas en cualquier estado que sea, por el Verbo o la Palabra Divina, que está así en el comienzo o, para decirlo mejor (puesto que en eso se trata de algo esencialmente «intemporal»), en el principio de toda manifestación [3], lo que se encuentra también indicado expresamente en el comienzo del Génesis hebraico, donde se ve, así como ya lo hemos dicho, que la primera palabra proferida, como punto de partida de la manifestación, es el Fiat Lux por el que es iluminado y organizado el caos de las posibilidades; esto establece precisamente la relación directa que existe, en el orden principial, entre lo que puede designarse analógicamente como el sonido y la luz, es decir, en suma, aquello de lo que el sonido y la luz, en el sentido ordinario de estas palabras, son las expresiones respectivas en nuestro mundo.

Aquí, hay lugar a hacer una precisión importante: el verbo amar, que se emplea en el texto bíblico, y que se traduce habitualmente por «decir», tiene en realidad como sentido principal, tanto en hebreo como en árabe, el de «mandar» u «ordenar»; la Palabra divina es la «orden» (amr) por la que se efectúa la creación, es decir, la producción de la manifestación universal, ya sea en su conjunto, ya sea en una cualquiera de sus modalidades [4]. Según la tradición islámica igualmente, la primera creación es la de la Luz (En-Nûr), que se dice min amri´Llah, es decir, que procede inmediatamente de la orden o del mandato divino; y, si puede decirse, esta creación se sitúa en el «mundo», es decir, en el estado o en el grado de existencia, que, por esta razón, se designa como âlamul-amr, y que, hablando propiamente, constituye el mundo espiritual puro. En efecto, la Luz inteligible es la esencia (dhât) del «Espíritu» (Er-Rûh), y éste, cuando se considera en el sentido universal, se identifica a la Luz misma; por eso es por lo que las expresiones En-Nûr el-muhammadî y Er-Rûh el-muhammadî son equivalentes, designando una y otra la forma principial y total del «Hombre Universal» [5], que es awwalu khalqi´Llah, «el primero de la creación Divina». Ese es el verdadero «Corazón del Mundo», cuya expansión produce la manifestación de todos los seres, mientras que su contracción los conduce finalmente a su Principio [6]; y así es a la vez «el primero y el último» (el-awwal wa el-akher) en relación a la creación, como Allâh mismo es «el Primero y el Último» en el sentido absoluto [7]. «Corazón de los corazones y Espíritu de los espíritus» (Qalbul-qulûbi wa Rûhul-arwâh), es en su seno donde se diferencian los «espíritus» particulares, los ángeles (el-malâikah) y los «espíritus separados» (el-arwâh el mujarradah), que son así formados de la Luz primordial como de su única esencia, sin mezcla de los elementos que representan las condiciones determinantes de los grados inferiores de la existencia [8].

Si pasamos ahora a la consideración más particular de nuestro mundo, es decir, del grado de existencia al que pertenece el estado humano (considerado aquí íntegramente, y no restringido únicamente a su modalidad corporal), debemos encontrar en él, como «centro», un principio correspondiente a éste «Corazón universal» y que no sea en cierto modo más que su especificación en relación al estado de que se trata. Es este principio el que la doctrina hindú designa como Hiranyagarbha: es un aspecto de Brahmâ, es decir, del Verbo productor de la manifestación [9], y, al mismo tiempo, es también «Luz», como lo indica la designación de Taijasa dada al estado sutil que constituye su propio «mundo», y del que contiene esencialmente en sí mismo todas las posibilidades [10]. Es aquí donde encontramos el tercero de los términos que hemos mencionado primeramente: esta Luz cósmica, para los seres manifestados en este dominio, y en conformidad con sus condiciones particulares de existencia, aparece como «Vida»; Et Vita erat Lux hominun, dice, exactamente en este sentido, el Evangelio de San Juan. Así pues, bajo este aspecto, Hiranyagarbha es como el «principio vital» de este mundo todo entero, y es por eso por lo que es llamado jîva-ghana, puesto que toda vida está sintetizada principialmente en él; la palabra ghana indica que aquí nos encontramos de nuevo con esta forma «global» de la que hablábamos más atrás a propósito de la Luz primordial, de suerte que la «Vida» aparece en ella como una imagen o una reflexión del «Espíritu» en un cierto nivel de manifestación [11]; y esta misma forma es también la del «Huevo del Mundo» (Brahmânda), del que, según la significación de su nombre, Hiranyagarbha es el «germen» vivificante [12].

En un cierto estado, que corresponde a esta primera modalidad sutil del orden humano que constituye propiamente el mundo de Hiranyagarbha (pero, bien entendido, sin que haya todavía identificación con el «centro» mismo) [13], el ser se siente como una ola del «Océano primordial» [14], sin que sea posible decir si esta ola es una vibración sonora o una onda luminosa; en realidad, es a la vez la una y la otra, indisolublemente unidas en principio, más allá de toda diferenciación que no se produce más que en una etapa ulterior del desarrollo de la manifestación. No hay que decir que aquí hablamos analógicamente, ya que es evidente que, en el estado sutil, no podría tratarse del sonido y de la Luz en el sentido ordinario, es decir, en tanto que cualidades sensibles, sino sólo de aquello de lo que proceden respectivamente; y, por otra parte, la vibración o la ondulación, en su acepción literal, no es más que un movimiento que, como tal, implica necesariamente las condiciones de espacio y de tiempo que son propias al dominio de la existencia corporal; pero la analogía no es por eso menos exacta, y, por lo demás, aquí es el único modo de expresión posible. Así pues, el estado de que se trata está en relación directa con el principio mismo de la Vida, en el sentido más universal en que pueda considerársele [15]; se encuentra como una imagen suya en las principales manifestaciones de la vida orgánica misma, aquellas que son propiamente indispensables para su conservación, tanto en las pulsaciones del corazón como en los movimientos alternados de la respiración; y ese es el verdadero fundamento de las múltiples aplicaciones de la «ciencia del ritmo», cuyo papel es extremadamente importante en la mayor parte de los métodos de realización iniciática. Esta Ciencia comprende naturalmente la mantra-vidyâ, que corresponde aquí al aspecto «sónico» [16]; y, por otra parte, puesto que el aspecto «luminoso» aparece más particularmente en las nadîs de la «forma sutil» (sûkshma-sharîra) [17], se puede ver sin dificultad la relación de todo esto con la doble naturaleza luminosa (jyotirmayî) y sonora (shabdamayî o mantramayî) que la tradición hindú atribuye a Kundalinî, la fuerza cósmica que, en tanto que reside especialmente en el ser humano, actúa en él propiamente como «fuerza vital» [18]. Así, encontramos siempre los tres términos Verbum, Lux et Vita, inseparables entre ellos en el principio mismo del estado humano; y, sobre este punto como sobre tantos otros, podemos constatar el perfecto acuerdo de las diferentes doctrinas tradicionales, que no son en realidad más que las expresiones diversas de la Verdad una.

Notas:
[1] No carece de interés notar a este propósito que, en las organizaciones masónicas que han conservado más completamente las antiguas formas rituales, la Biblia colocada sobre el altar debe estar abierta precisamente en la primera página del Evangelio de San Juan.
[2] Por lo demás, esto resulta evidentemente por el hecho de que la teoría sobre la que reposa la ciencia de los mantras (mantra-vidyâ) distingue diferentes modalidades del sonido: parâ o no manifestado, pashyantî y vaikharî, que es la palabra articulada; únicamente esta última se refiere propiamente al sonido como cualidad sensible, perteneciente al orden corporal.
[3] Son las primeras palabras mismas del Evangelio de San Juan: In principio erat Verbum.
[4] Debemos recordar aquí la conexión que existe entre los dos sentidos diferentes de la palabra «orden», que ya hemos mencionado en una nota precedente.
[5] Ver El Simbolismo de la Cruz, p. 58, ed. francesa.
[6] El simbolismo del doble movimiento del corazón debe considerarse aquí como equivalente al movimiento bien conocido, concretamente en la tradición hindú, de las dos fases inversas y complementarias de la respiración; en los dos casos, se trata siempre de una expansión y de una contracción alternadas, que corresponden también a los dos términos coagula y solve del hermetismo, pero a condición de tener cuidado de observar que las dos fases deben tomarse en sentido inverso según que las cosas se consideren en relación al Principio o en relación a la manifestación, de tal suerte que es la expansión principial la que determina la «coagulación» de lo manifestado, y es la contracción principial la que determina su «solución».
[7] Todo esto tiene igualmente una relación con el papel de Metatron en la Kabbala hebraica.
[8] Es fácil ver que esto de lo que se trata aquí puede ser identificado al dominio de la manifestación supraindividual.
[9] Es «productor» en relación a nuestro mundo, pero, al mismo tiempo, es «producido» en relación al Principio supremo, y por eso es por lo que también es llamado Kârya-Brahma.
[10] Ver El hombre y su devenir según el Vêdânta, cap. XIV. — Esta naturaleza luminosa está claramente indicada en el nombre mismo de Hiranyagarbha, ya que la luz es simbolizada por el oro (hiranya), que es, el mismo, la «luz mineral», y que corresponde, entre los metales, al sol entre los planetas; y se sabe que el sol es también, en el simbolismo de todas las tradiciones, una de las figuras del «Corazón del Mundo».
[11] Esta precisión puede ayudar a definir las relaciones del «espíritu» (er-ruh) y del «alma» (en-nefs), siendo ésta propiamente el «principio vital» de cada ser particular.
[12] Ver El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XX.
[13] El estado de que se trata es lo que la terminología del esoterismo islámico designa como un hâl, mientras que el estado que corresponde a la identificación con el centro es propiamente un maqâm.
[14] Conformemente al simbolismo general de las Aguas, el «Océano» (en sánscrito samudra) representa el conjunto de las posibilidades contenidas en un cierto estado de existencia; cada ola corresponde entonces, en ese conjunto, a la determinación de una posibilidad particular.
[15] En la tradición islámica, esto se refiere más especialmente al aspecto o atributo expresado por el nombre divino El-Hayy, que se traduce ordinariamente por «El Viviente», pero que se podría traducir mucho más exactamente por «El Vivificador».
[16] No hay que decir que esto no se aplica exclusivamente a los mantras de la tradición hindú, sino también a aquello que se les corresponde en otras partes, por ejemplo al dhikr en la tradición islámica; de una manera enteramente general, se trata de los símbolos sonoros que se toman ritualmente como «soportes» sensibles del «encantamiento» entendido en el sentido que hemos explicado precedentemente.
[17] Ver El Hombre y su devenir según el Vêdânta, cap. XIV y XXI.
[18] Puesto que Kundalinî se representa como una serpiente enrollada sobre sí misma en forma de anillo (kundala), se podría recordar aquí la relación estrecha que existe frecuentemente, en el simbolismo tradicional, entre la serpiente y el «Huevo del Mundo», al que hemos hecho alusión hace un momento a propósito de Hiranyagarbha: así, en los antiguos Egipcios, kneph, bajo la forma de una serpiente, produce el «Huevo del Mundo» por su boca (lo que implica una alusión al papel esencial del Verbo como productor de la manifestación); y mencionaremos también el símbolo equivalente del «huevo de serpiente» de los Druidas, que era figurado por el erizo fósil.