martes, 12 de abril de 2016

El Centro del Mundo; por Mircea A. Tamas

       
     Texto extraído de René Guénon et le Centre du Monde, Rose-Cross Books, 2007.

 El centro del mundo o el centro supremo de la presente humanidad terrestre es llamado Paraíso Terrenal, Agarttha, Salem. Es el Templo de Paz (salem) y la Casa de Justicia (Beith-Din), ya que el centro supremo, como cualesquiera otros centros espirituales que son su imagen, podría describirse como un templo (el aspecto sacerdotal, correspondiendo a la Paz) y como palacio o tribunal (el aspecto real, correspondiendo a la Justicia) [1]. Este Centro es una imagen del Centro Celestial, no como una imagen virtual formada por reflejo especular, sino teniendo completa realidad; además, un centro espiritual es la imagen terrestre y visible (para los sentidos humanos) del verdadero Centro del Mundo y aunque la orientación sagrada se haga hacia el centro espiritual, se hace simbólicamente hacia el Centro supremo.

No hay nada más importante, más fundamental, más esencial y más pleno para una doctrina sagrada que simbolizar el centro, dado que sin el Centro no hay nada. Como ha dicho Guénon, el Centro es el origen, la fuente de todo, tipificado por el centro de un círculo, y representando la imagen del Principio [2], lo que explica por qué todas las tradiciones y los ritos genuinos se interesan tanto en el simbolismo del centro. Dios, a través de Su Palabra, se convierte en el Centro del Mundo.[3]

Meister Eckhart, en su sermón Ez was âbent des tages (Juan 20:19), menciona al patriarca Jacob, quien, “llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol” (Génesis 28:11). Jacob dijo – subraya Eckhart – “cierto lugar”, sin nombrarlo; este lugar es Dios, el Ser divino que da vida y lugar, ser y orden a todas las cosas. En este lugar, el alma descansa en el sitio más elevado y más oculto. Este lugar, como sugirió Meister Eckhart, es el Centro y es Dios al mismo tiempo.

El Centro del Mundo es el “lugar” del Principio y, en un sentido absoluto, no hay diferencia entre el Centro y el Principio. Por ejemplo, el Señor del Mundo, que es, en su significado más alto, un principio, idéntico al Manu de la tradición hindú, personificando la Inteligencia cósmica que refleja la Luz espiritual pura y formula la Ley para un mundo o un ciclo, opera y manifiesta su presencia a través del centro espiritual establecido en el mundo terrestre [4]. El Centro es el-maqâmul-ilâhi, la estación divina donde todos los opuestos se resuelven y se unifican, el “justo medio” de Platón, el chino Zhong Yong donde opera la Actividad del Cielo, el “Ombligo del Mundo”, el motor inmóvil de Aristóteles, y, en su significado último, es verdaderamente el Principio mismo, el antaryâmi hindú que produce el impulso inicial y luego gobierna y regula el mundo.

El Centro es el comienzo, el medio y el fin, siendo el medio un equivalente obvio del “centro” como declara la tradición extremo-oriental (Zhong Yong, “el invariable medio”), pero también describe el punto de equilibrio y armonía, de paz e inmovilidad, obtenidos sólo en el eje de la balanza – la “balanza de jade” que representa la constelación de la Ursa Major en la tradición china y que en sánscrito es llamada Tulâ [5].

Mapamundi. Beato de Liébana.
Es el “Eje de la Norma” (Dao Shu), protegiendo, como en un arca o cofre, los Tres Mundos (el ideograma qu) en el Axis Mundi (el ideograma mu) [6]. Como eje, el Centro es el Polo, pero también la culminación, el punto final a donde retornan todos los seres; es el Alfa y el Omega. Nicolás de Cusa se expresó de la misma manera al hablar de Dios, que para él es idéntico al Centro; “Dios, siendo la maximidad absoluta, en cuanto es el autor y sabedor de todas sus obras, así como su fin, siendo todas las cosas en Él y nada fuera de Él, principio, medio y fin de todas, centro y circunferencia de los universos” [7]; y: “los polos de la esfera coinciden con el centro en cuanto que no es otro el centro que el polo, que es Dios bendito” [8].

El Centro supremo, al igual que el Principio mismo, no tiene nombre, ni límites, elude toda definición y puede ser concebido sólo de manera simbólica, como un punto principial, sin forma ni dimensión, invisible – la imagen del Uno supremo [9], punto que deviene el centro de un círculo o el centro de una cruz tridimensional, o el centro de una swastika – el signo del Polo, o el cubo de la rueda (la rueda de la vida, la rueda de la ley, la rueda del zodíaco), o el centro de una flor (loto, rosa, lirio, el sol dorado en el centro de la flor nomeolvides).

Desde una perspectiva microcósmica, el Paraíso Terrenal es el centro del estado humano, como punto generado por la intersección del Axis Mundi con el dominio de las posibilidades humanas, una imagen reflejada del Centro universal. Este punto, idéntico al Palacio Interior de la Cábala judía, luego de producir o realizar el espacio, se vuelve él mismo el centro de ese espacio, aunque permaneciendo “sin lugar” [10] lo que señala Guénon para refutar la definición de espacio de Pascal, “una esfera con el centro en todas partes y la circunferencia en ninguna” [11]. Puesto que el punto central es esencialmente “sin lugar” (no tiene lugar en la manifestación) el punto principial está, de hecho, en ningún lado, y la circunferencia, o totalidad de los seres manifestados y producidos [12], está en todos lados [13].

Aquí Guénon se refiere al Centro absoluto, no a sus sustitutos; pero respecto a la manifestación, Nicolás de Cusa declara: “la máquina del mundo tendrá el centro en cualquier lugar y la circunferencia en ninguno” [14]. Aplicando los principios metafísicos a nuestro mundo, el Cusano pone de relieve el error del geocentrismo y explica que la Tierra no es el centro del universo, que cada cuerpo celeste es, aparentemente, el centro del mundo para sus habitantes, y por tanto, el mundo manifestado tiene su centro en todas partes, ya que un universo que cambia continuamente no podría tener un centro fijo e inmóvil [15]. De la misma manera cualquier tradición secundaria genuina y ortodoxa, regularmente [16] derivada de la Tradición primordial, considera su centro espiritual como “el centro”.

El “punto oculto” – el Centro inmutable, el motor inmóvil (to prôton kinoun akinêton on), el eje – no pertenece a la manifestación universal, del mismo modo que el principio del universo está “más allá” del universo, y por lo tanto no manifestado. Los “modos” del punto principial son los únicos localizados en la manifestación, siendo estos “modos” los nudos terrestres, los “centros vitales” vibrando como reflejos de la vibración original.

Por otro lado, la circunferencia, como límite del Mundo, no está en ningún lado, considerando cómo la manifestación universal, para nuestra mente humana, se extiende indefinidamente. Esta interpretación falla si se la pretende aplicar más allá de la perspectiva de prakriti [17], pero Nicolás de Cusa, afortunadamente, no se detiene allí. El Cusano, de hecho, revitalizó un adagio hermético del siglo XII, que dice que Dios es un círculo con el centro en todos lados y la circunferencia en ninguno, y Pascal, resumiendo la fórmula cusana, dos siglos después, la condenó al nivel del mundo, lo que, obviamente, complace a la mentalidad moderna. Desde un punto de vista metafísico, como ya mencionamos, Guénon explica de qué manera debería ser reescrita la fórmula de acuerdo con la analogía inversa y basándose en el texto taoísta transmitido por Zhuang Zi [Chuang Tsé]: “El punto que es el Eje de la Norma (Dao Shu), es el centro inmóvil de una circunferencia en la que todas las contingencias, distinciones e individualidades rotan” [18].

Similarmente, un círculo podría simbolizar el sintagma bíblico “El Ser es el Ser” (Eheieh asher Eheieh) [19] en cuyo caso el punto central es el Logos [**] y la circunferencia es el mundo manifestado y el locus geométrico de los “modos” del punto principial – los nudos mundanos. En tal representación, la ubicuidad de la circunferencia designa, obviamente, la Existencia universal (la circunferencia está en todos lados), que aparece como un reflejo mundano de la omnipresencia principial, del punto oculto, del Centro que no pertenece a la manifestación universal (el centro está en ningún lugar), o, en el lenguaje de Nicolás de Cusa, podríamos decir que Dios está en todos lados como explicación y en ninguno como complicación.

Anticipándose a su posible mala interpretación, el Cusano agrega una notable aclaración a la fórmula: “Por lo cual, la máquina del mundo tendrá el centro en cualquier lugar y la circunferencia en ninguno, pues la circunferencia y el centro es Dios, que está en todas y en ninguna parte”[20]. Para ilustrar esta declaración fundamental, Nicolás de Cusa utiliza la teoría matemática de límites, presentando los dos “infinitos” (que Pascal luego tomó y tergiversó), y aplicando el concepto de movimiento – una característica básica del universo, puesto que sólo el Principio es el motor inmóvil – al diagrama geométrico mencionado arriba, marcando los límites o extremos: el movimiento mínimo es el centro inmóvil (lo “infinitamente pequeño”) y el movimiento máximo es la circunferencia (lo “infinitamente grande”), extremos que coinciden “en el infinito”, a saber, “más allá” de la manifestación universal, lo que revela a Dios – el Uno y único “localizado” en el infinito – como máximo y mínimo, centro y circunferencia, ya que sólo en Dios coinciden ambos infinitos.

Notas:
[1] Ver René Guénon, Le Roi du Monde, Gallimard, Paris, 1981, p. 26.
[2] René Guénon, Écrits pour Regnabit, Archè, Milano, 1999, pp.71-79.
[3] Guénon, Écrits, p. 103, René Guénon, Symboles fondamentaux de la Science sacrée,
[4] Guénon, Le Roi, p. 13. Fabre d’Olivet ya dijo que “Manu es la Inteligencia legislativa, la cual preside en la Tierra de un diluvio a otro”. (Histoire philosophique du genre humain, Éditions Traditionelles, Paris, 1991, p.238).
[5] Guénon, Le Roi, p. 83.
[6] León Wieger, Caractères chinois, Kuangchi Cultural Group, 2004, pp. 183, 276, 581.
[7] Nicolas de Cusa, De la docte Ignorance, Guy Trédaniel, Paris, 1979, p. 166. [trad. española, La docta ignorancia, Orbis, Buenos Aires, 1984, Lib. II cap. XIII, p. 139 N. del T.]
[8] Cusa, De la docte Ignorance, p.152 [Cusa, La docta ignorancia, p. 128]
[9] Guénon, Symboles fondamentaux, p. 84.
[10] Guénon, Écrits, pp. 173-9
[11] Guénon, Le symbolisme de la croix, p. 148. Esta definición es usada en el ritual del Holy Royal Arch of Jerusalem (véase W. L. Wilmshurst, The meaning of Masonry, Gramercy Books, New York, 1980, p. 74)
[12] Relacionamos el sustantivo ser [being] con el verbo ser [to be].
[13] Guénon, Le symbolisme de la croix, p. 151.
[14] Cusa, De la docte Ignorance, p. 155 [Cusa, La docta ignorancia, II cap. XIII, p. 130]
[15] “Es imposible que haya alguna [cosa en la] máquina mundana, ya sea la tierra sensible, o el aire o el fuego, o cualquier otra cosa, como centro fijo e inmóvil con relación a los varios movimientos de los orbes. Pues no se llega en el movimiento a un mínimo absoluto, tal como en un centro fijo (…) Y aunque este mundo no es infinito, sin embargo, no puede concebirse como finito, por carecer de términos entre los que esté comprendido. (…) Y así como la tierra no es el centro del mundo, tampoco lo es la esfera de las estrellas fijas u otras cosas de su circunferencia.” (Cusa, De la docte Ignorance, pp. 150-151) [La docta ignorancia, II cap. XI, pp. 126-127]
[16] Es decir, que sigue las reglas o reglamentaciones sagradas.
[17] Véase nuestro trabajo About the Yi Jing, Rose Cross Books, Toronto, 2006, p. 96.
[18] León Wieger, Les pères du système taoïste, Les Belles Lettres, Paris, 1950, p.219. (Tchoang-tzeu, chap. 2, C)
[19] Guénon, Le symbolisme de la croix, p. 102, y relacionado con la declaración de Cusa, “Dios es” (De la docte Ignorance, p.148)
[20] Cusa, De la docte Ignorance, p. 155 [La docta ignorancia, p. 130]

[**] Se puede encontrar en este punto referido al Logos o Verbo (expresión del Nombre sagrado y que se traduce a su vez en el principio lógico de identidad A es A) un significado simbólico para la lectura del Prólogo del Evangelio de San Juan al comienzo de la apertura de los trabajos en el Rito Francés, precisamente cuando se efectúa ritualmente la Iluminación de la Logia. [Nota del Editor]

domingo, 13 de marzo de 2016

Introducción a los “Yorkshire” Old Charges (1600 – 1806); por Renato Torres.

“Yorkshire” Old Charges (1600 – 1806). Colección El Legado Masónico. A. C. Pardes,Barcelona, 2015.

En un sentido restrictivo, los Old Charges o “Antiguos Deberes”, también llamados “Constituciones” o “Constituciones Góticas”, son un conjunto de documentos masónicos que aparecieron por primera vez en las islas británicas a finales del siglo XIV. Abre la lista el conocido como The Regius Poem fechado en el año 1390. Aunque existen Old Charges fechados en los siglos XV y XVI, la mayor parte de los mismos fueron puestos por escrito a lo largo del siglo XVII y principios del XVIII.

A pesar de lo anterior, cada vez son más los que consideran apropiado incluir también bajo la designación de Old Charges las Constituciones producidas durante la Edad Media por la Masonería europea continental, especialmente las de las cofradías de los países germánicos, que se agruparon bajo la “Federación de Logias del Santo Imperio”, conocida como la Bauhütte, y cuyos centros principales se encontraban en Estrasburgo, Colonia, Ratisbona, Viena y Berna.

Los Old Charges, no obstantes sus precedentes medievales, constituyen uno de los cinco tipos de documentos [1] masónicos más recurrentes durante el denominado “periodo de transición” entre la Masonería Operativa, que requería a sus adherentes la práctica de un oficio, y la Masonería Especulativa que ya no contemplaba este requisito. Dicho periodo de transición, que fue un proceso largo, dese el punto de vista historiográfico se extiende hasta los primeros años del siglo XIX, momento en el que la Masonería contemporánea aparece ya plenamente consolidada.

Atendiendo a su contenido se observa que todos los Old Charges que proceden de la antigua Masonería inglesa y escocesa tiene en común una estructura general que posibilita su clasificación como tales, y  que está determinada, con pocas excepciones, por la presencia de tres elementos: 1º una invocación y plegaria inicial, 2º la historia legendaria del oficio [2] de constructor y de la fraternidad masónica, y 3º los Deberes y Usos, que son un conjunto de reglas y obligaciones que regulaban la conducta de los masones entre sí, en su vida privada, y en relación al oficio y la Fraternidad.

El más antiguo de entre estos últimos Old Charges es, como se indicó, el Manuscrito o Poema Regius, si bien tiene la peculiaridad, señalada por múltiples expertos, de provenir de una fuente única y diferente de la del resto de Old Charges [3]. El segundo en antigüedad es el Manuscrito Cooke [4], fechado entre 1410 y 1420, que es, por el contrario, la fuente de la que derivan más o menos directamente todos los demás, aunque ya existan y se tiene constancia de, al menos, dos documentos fechados con anterioridad: las Constituciones de York del año 926, y para la Masonería continental, los Estatutos de los Canteros de Bolonia de 1248.

Para los documentos de las islas Británicas, en base a su genealogía, se han establecido, diversas “familias” de Old Charges con características peculiares más homogéneas. A modo de ejemplo citaremos la familia Plot, la familia Spencer o la Grand Lodge, si bien el listado es bastante numeroso.

Entre esas familias destaca la importante colección de los antiguos manuscritos conocidos como los Yorkshire Old Charges 1600 – 1818 que constituyen el contenido del presente volumen de la colección “El Legado Masónico”. En la familia Yorkshire Old Charges se incluyen documentos realmente interesantes desde muchos puntos de vista, como por ejemplo el Manuscrito Tew en el que el nombre del arquitecto del templo de Salomón es muy similar al que emplea la Masonería actual, con las implicaciones que ello conlleva, como veremos más adelante, si tenemos en cuenta que está fechado en el año 1680.


Contenido general de los Old Charges.

La mayor parte de los Old Charges comienzan con una invocación o plegaria inicial que está dirigida al Principio divino, normalmente representado por la Trinidad Cristiana: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La colocación de esta invocación en primer lugar, antes que a cuestiones propiamente formales o de protocolo, responde a una concepción de las cosas en las que Dios, al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, tenía en la vida de los hombres un papel verdaderamente central.

Se trata de una invocación mediante la que se solicita a Dios que asista a la Masonería y a sus miembros con su Presencia, un deseo que como fácilmente se percibe durante la lectura, no se limita al encabezado, sino que está presente a lo largo de todo el texto. Refleja con ello una intención que está en las antípodas de situaciones como la acontecida en el año 1877, en el seno del Gran Oriente de Francia, cuando, como es sabido, se suprimió la necesidad de la invocación del Gran Arquitecto del Universo.

Siguiendo con el contenido de los Old Charges, hay que apuntar que debido al ingente simbolismo existente en la historia legendaria del oficio, en el marco de esta introducción no es posible más que considerar unas líneas generales, remitiendo al cuerpo de notas con el que se han dotado los textos del presente volumen para mayores desarrollos.

La historia legendaria en los Old Charges comienza atribuyendo el origen de las siete artes liberales a los hijos de Lamec [5], antes del diluvio de Noé. Mediante esta terminología bíblica, el origen de las ciencias es situado en tiempos muy remotos, que se encuentran fuera del intervalo temporal en que la Historia moderna se maneja con comodidad. Comprender lo que ello significa pasa por rechazar tanto la interpretación literal como el prejuicio universitario que, en ambos casos, pasan por alto una lectura en clave simbólica que hace aparecer con una profundidad insospechada lo que de otra forma parecen relatos triviales.

Igualmente interesante es el simbolismo de conservación presente en el episodio de la construcción de dos columnas, una de ladrillo para resistir las aguas y otra de mármol para resistir el fuego, en las que, según los Old Charges, los hijos de Lamec vertieron las artes que habían descubierto para que sobreviviesen al diluvio. Todo ello es la expresión de una cierta continuidad a pesar del tránsito de un ciclo de la humanidad a otro.  

Según los Old Charges fue Hermes quien, después del diluvio, encontró una de las dos columnas donde estaban grabadas las Ciencias descubiertas por los hijos de Lamec. Hermes, al que los griegos identificaban con el dios egipcio Thoth, es aquí, entre otras cosas, una referencia simbólica a un inmensa labor de conservación de conocimientos primordiales por grupos sociales legitimados para ello, como por ejemplo el sacerdocio egipcio [6].

También en la llegada de Abraham y Sara a Egipto y en el hecho de presentar a Euclides [7] como el mejor discípulo de Abraham, está presente un simbolismo de la más alta importancia, que transciende la imposibilidad histórica de tal encuentro y que nos habla simbólicamente de la reclamación por parte de la Masonería de la paternidad espiritual de Abraham [8]. Y es aquí donde tendrá que acudir todo el que pretenda encontrar el porqué de la importancia que el Nombre divino, invocado por Abraham en la Biblia (El-Shaddai / El Todopoderoso), siempre tuvo en la Masonería operativa [9].

Tras una serie detallada de referencias al Templo de Salomón, los Old Charges narran la historia legendaria de la transmisión de la Masonería a Francia e Inglaterra por parte de los obreros que, precisamente, habrían participado en la construcción del Templo de Jerusalén, y que por tanto estaban legitimados para llevar a cabo una labor de transmisión.

Finalmente se llega a personajes como Athelstan, Rey de Inglaterra en el siglo X, de los que los Old Charges guardan un cariñoso recuerdo por su buen hacer político. Athelstan tuvo un hermanastro (en los Old Charges se dice que un hijo) llamado Edwin, que organizó una asamblea de Masones en la ciudad de York en el año 926. El Rey Edwin, según los Old Charges, pidió a todos los masones de su reino que aportaran cualquier texto que tuviesen relación con su oficio, reuniendo de esta forma documentos escritos en francés, inglés y en otras lenguas, si bien se indica que todos tenían “la misma intención”. Basándose en ellos, el Rey dispuso que se compilase un libro con la historia del oficio, así como con los Deberes y Usos de la Masonería, que debía ser conservado para siempre. He aquí la reivindicación simbólica por parte de la incipiente Masonería inglesa medieval, de una conexión con el antiguo tronco que procedía de los hijos de Lamec.

Por último, en las diferentes redacciones de los Usos y Deberes presentes en los Old Charges, encontramos un contenido bastante similar, que exigen en primer lugar la fidelidad a Dios y a la Autoridad espiritual. También la fidelidad al Rey, y la obligatoriedad para los masones de observar una conducta moral y prudente tanto en su vida privada como en su vida profesional.  Junto a lo anterior, aparecen otros deberes que apuntarían más directamente a actividades propias de una organización iniciática, como serían la obligación de guardar los secretos confiados en Logia, y la de no llamar a los hermanos por su nombre profano, así como la obligatoriedad, para los aprendices, de ser hombres libres, capaces de cuerpo y válidos de miembros, cualificaciones que, además de garantizar las condiciones físicas o personales requeridas por el oficio, guardarían relación con los requisitos para la iniciación [10].


Contenido iniciático de los Old Charges

El examen de los documentos disponibles de la antigua Masonería, pone de manifiesto que la enseñanza más profunda y verdaderamente iniciática que de la misma se ha conservado por escrito hay que buscarla principalmente en los rituales que se practican en Logia [11], y en los comentarios e instrucciones que conforman este auténtico tesoro que son los catecismos masónicos. Cronológicamente, los catecismos fueron el tercer tipo de documentos masónicos que se pusieron por escrito (después de los textos normativos y de los Old Charges), si bien recogían una tradición oral de innegable antigüedad que estuvo durante siglos protegida por el secreto. Estos textos fundamentales, mucho más escasos que los Old Charges, después de siglos de dispersión y olvido están hoy a nuestra disposición gracias al impagable trabajo de D. Knoop, G. P. Jones y D. Hamer que los recopilaron, a mediados del siglo XX, en su obra “The Early Masonic Cathechisms[12].

Ahora bien, no tratándose de rituales ni de catecismos, cabe preguntarse si es posible encontrarse algún contenido iniciático en los Old Charges.

Si nos centramos en el contenido literal y aparente de los mismos, en sus historias legendarias del oficio, en sus deberes y en las frecuentes formulaciones en términos propios de la Cristiandad medieval, aunque veremos indicaciones relacionadas con la obligación de guardar “secretos” o con la práctica de férreos “juramentos”, no encontraremos de forma expresa elementos simbólicos similares a los que existen en los catecismos, tales como alegorías, palabras secretas, toques o signos, que en un primer momento permitan atribuir a los Old Charges un carácter iniciático o esotérico.

Este hecho, es decir, la ausencia en los Old Charges de elementos rituales y simbólicos que desde la perspectiva actual pudieran considerar como “propiamente masónicos”, ha sido incluso uno de los argumentos frecuentemente esgrimidos por los defensores de algunos modelos historiográricos como prueba de que no existió ninguna continuidad entre la Masonería Operativa y la Masonería Especulativa. Ésta última, según los partidarios de esta corriente, habría nacido ex novo en el Siglo de las Luces sin ninguna clase de transmisión ni continuidad con los antiguos gremios de constructores, más allá de la mera adopción con nuevas intenciones simbólicos-sociales de algunas herramientas y roles propios del oficio.

Pero una lectura más atenta de los Old Charges permite ver que bajo la expresión un tanto infantil y legendaria de los orígenes históricos del Arte de la Masonería [13], late la intención de dejar perfectamente clara la existencia en el seno de la Orden de una transmisión ininterrumpida de conocimientos que, como de llama en llama, fueron pasando de una época a otra, hasta llegar al mundo moderno. Unos conocimientos que procedían de tiempos prehistóricos y antediluvianos, y que estuvieron presentes en el antiguo Egipto, en la época de Abraham, o durante la construcción del templo de Salomón y que también recibieron los gremios de constructores de la Europa medieval.

Sobre el objeto de esta transmisión, incluso ciñéndose al sentido literal, no hay duda posible; se trata de las Siete ciencias o Artes Liberales, de entre las que en todos los casos, se concede preeminencia a la Geometría, que en los Old Charges es expresamente señalada como sinónimo de Masonería.

 Por lo tanto, difícilmente se podrá negar que en los Old Charges se recoge, por lo pronto, el recuerdo de la transmisión desde tiempos prehistóricos de unos determinados conocimientos técnicos, relacionados con el arte de la construcción, que proceden de una humanidad de la que nos separan miles de años.

Un ejemplo de estos conocimientos técnicos que se conservaron en la Masonería desde tiempo inmemorial, lo tenemos en el método conocido como “de los cinco puntos” [14], que ya se empleó en la construcción de las pirámides de Egipto “cuyo vértice se proyecta sobre el punto de intersección de las diagonales del cuadrado de base, es decir, en el centro mismo de este cuadrado” [15] y que aún se empleaba durante la Edad Media para la construcción de edificios de base cuadrada o rectangular.

Llegados a este punto hay que intentar responder a la cuestión de si ligadas a dichos conocimientos técnicos, estas siete artes liberales a las que los Old Charges atribuyen unos orígenes remotos, pudieron vehicular simultáneamente algo más profundo y más propiamente iniciático.

Y para ello, es muy útil volver al simbolismo que Dante dio a las siete artes liberales en su Divina Comedia. Sabemos que el propio Dante dejó escrito que en el Paraíso de su Comedia, las siete artes liberales se identifican con los “cielos”. También sabemos que René Guénon explicó en múltiples ocasiones que en Dante, los “cielos” se corresponden con “grados de iniciación” [16].

De este modo, estas siete artes liberales, en tanto que ciencias tradicionales, pudieron corresponder a grados de iniciación [17], por supuesto sin menoscabo de sus contenidos y aplicaciones propiamente técnicas. Podría considerarse entonces  que cuanto se dice, de una forma velada, en los Old Charges, acerca de la continuidad entre las diversas épocas y lugares de las artes liberales a cargo de las cofradías de constructores, haría referencia también a la cadena de transmisión de una influencia espiritual a lo largo del presente ciclo de la humanidad. Y la presencia bien conocida en la Masonería de símbolos como el Swastika o el círculo con un punto en el centro, parecen conectar esa cadena con la tradición primordial que “procede de las regiones hiperbóreas” [18].

La dimensión iniciática de las Siete Artes Liberales permite que comprendamos por qué éstas, al contrario que las ciencias modernas, tuvieron la capacidad de operar como vía de acceso a algo que no está directamente relacionado con la arquitectura ni con otros conocimientos técnicos del oficio, sino que es de naturaleza espiritual. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el profundo simbolismo que hay en el hecho de que los siete peldaños que había que subir en las logias operativas para llegar hasta el sitial de los tres Grandes Maestros [19], se hiciera corresponder, sucesivamente, con la Gramática, la Retórica, la Lógica, la Aritmética, la Geometría, la Música y la Astronomía [20]

Del mismo modo, esto explica que para los antiguos masones fuese posible establecer una relación de analogía entre cosas aparentemente tan distintas como las técnicas para construir un edificio y las técnicas propias del dominio de la actividad espiritual. Así ocurre entre el referido método de los cinco puntos que se usaba para levantar las líneas maestras de una construcción, y el levantamiento de un cuerpo humano por medio de cinco puntos, que es uno de los momentos más importantes en el ritual de admisión al grado de Maestro Masón [21]. En este último caso, también se trata de la construcción de un templo, aunque no en la superficie terrestre, sino en el interior del hombre.

En cualquier caso, podemos estar seguros de que ambas técnicas [22] fueron parte integrante de esa ciencia que se custodia por los masones desde “antes del diluvio de Noé” [23], por las que los antiguos constructores, como se percibe fácilmente desde el anagrama [24] que abren algunos Old Charges, sentían un profundo respeto y una auténtica veneración.

Estas indicaciones bastarían por sí mismas para mostrar la importancia que los Old Charges tienen para la Masonería actual, en tanto que orden iniciática, al construir la garantía de la existencia de unas sólidas raíces, sin las cuales estas no serían otra cosa que un club social más, y su rituales no pasarían  de ser ceremonias vacías de todo contenido superior, puesto que “es evidente que sólo es posible apoyarse en lo que existe de forma efectiva, y que, allí donde falta la continuidad, no puede haber más que reconstituciones artificiales y que no podrían ser viables” [25].

No obstante, antes de finalizar, pensamos que no carece de interés hacer algunas últimas observaciones sobre el contenido de los Old Charges y su relación con el grado de Maestro.

Este tercer grado, ya aparecía en los manuscritos masónicos de la época Operativa Sloane, Dumfries y Trinity College [26], pero fue del todo ignorado por la Masonería de los fundadores de la Gran Logia Unida de Inglaterra de 1717.

A pesar de que los referidos manuscritos constituyen la prueba inapelable de esta prexistencia, su ausencia, en el momento del nacimiento de la Masonería Especulativa, llevó a algunos a suponer que el grado de Maestro y el simbolismo esencial del maestro Hiram fue inventado durante el Siglo de las Luces. Esta suposición se vio reforzada por el hecho de que la mayor parte de los Old Charges no citan a Hiram Abif como el arquitecto del Templo de Salomón, sino a un tal “Amon” [27] u otra forma derivada por corrupción de éste, como por ejemplo “Aynon”.

Ahora bien el manuscrito Tew, ya en el año 1680 menciona a “Hymam”, -término tan próximo a “Hiram” como alejado de “Amon”—, como el maestro y jefe de todos los masones que se congregaron durante la construcción del templo de Salomón. Por su parte, el manuscrito Beaumont, fechado en 1690 habla directamente de “Hiram”. Además, a partir de los artículos publicados por Clement Stretton y Thomas Carr a principios del siglo XX, sabemos que la muerte y resurrección ritual del maestro Hiram Abif no sólo era algo ajeno a la Masonería Operativa, sino que constituía uno de sus extremos anuales más importantes [28].

Por tanto, vemos que también en los Old Charges existen indicios de que el rito central de la Masonería actual, la muerte de Hiram y su resurrección en el nuevo Maestro Masón [29], es de filiación operativa. O dicho de otro modo, el grado de Maestro que lo vehicula, no es el resultado “de una elaboración especulativa del siglo XVIII”, sino “una especie de ‘condensación’ del contenido de ciertos grados superiores de la masonería operativa, colmando en la medida de los posible una laguna debida a la ignorancia en que con respecto a aquéllos estaban los fundadores de la Gran Logia de Inglaterra[30].

A la vista de que ya en las Constituciones de 1738 [31] se produjo el restablecimiento del grado de Maestro y se introdujo una referencia a la muerte del maestro Hiram, parece legítimo pensar que la rectificación auspiciada por la tradición operativa que culminó en 1813 con la unión de Moderns y Antiens, fue realmente un proceso que comenzó mucho antes [32]. Un proceso dirigido por auténticos iniciados que durante el conocido como periodo de transición aseguraron la continuidad espiritual de la Masonería e hicieron posible que la parte más importante de aquella “Geometría” que proviene de los hijos de Lamec, haya podido llegar hasta el día de hoy, aún a pesar de la pérdida del oficio que le servía de soporte.


Notas:
[1] Los otros cuatro son Textos normativos, Catecismos, Rituales y Divulgaciones, aunque no se pueda establecer una distinción estricta (cf. “Introducción a la Colección El Legado Masónico).
[2] La historia legendaria de la Orden no aparece en los Old Charges de la Masonería continental, como atestiguan los Estatutos de los Canteros de Bolonia de 1248 o las Constituciones de los masones de Estrasburgo de 1459. Interesantes datos sobre el parecido de los rituales de la Bauhütte y los de la Masonería actual, tales como la apertura de los trabajos por tres golpes de mallete, en D. Roman, Réflexions d’un Chrétien sur la Franc-Maçonnrie. L’Arche vivante des Symboles, cap. VIII, Editions Traditionnelles, París, 1995.
[3] De ahí que sea el único escrito en verso (el resto fueron redactado en prosa) y que señale un origen diferente de la Masonería, atribuyendo su fundación a Euclides en tierras de Egipto, entre otras peculiariedades, como la mención a los Cuatro Santos Coronados.
[4] También el conocido como “The Matthew Cooke Manuscript”, en memoria de Matthew Cooke que lo publicó en 1861. Actualmente el documento original del siglo XV se conserva en el Britsh Museum.
[5] Génesis 4, 17-26
[6] Sobre la asimilación del dios egipcio Thoth, patrón de las artes, las ciencias y la escritura, con el sacerdocio egipcio que se encargaba de la conservación y transmisión de la Tradición, cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XLI, Editorial Librería Pardes, Barcelona, 2013. Piénsese, además, en la participación en calidad de arquitecto que el faraón (que era el primero del estamento sacerdotal) desempeñaba personalmente y con un claro carácter ritual, a la hora de construir un templo en el antiguo Egipto. Así en los bajorrelieves de los templos de Edfu y Esna, aparece con una azada en la mano, cavando la zanja de fundación y clavando unas estacas para determinar la orientación del edificio. (cf. Jean Hani La Realeza Sagrada, p. 70, José J. Olañeta, Barcelona, 1998).
[7] Recordemos que precisamente fue Euclides quien recogió en su obra las técnicas geométricas empleadas por la escuela pitagórica.
[8] Cf. D. Roman, René Guénon et les destins de la Franc-maçonnerie, cap. XII, Etitions Traditionelles, Paris, 1995.
[9] No parece casual además que, en la Tradición islámica, Abraham y su hijo Ismael fueran los constructores de la Casa de Dios o Kaabah.
[10] Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XIV, ibíd.
[11] De los que existen algunos ejemplos muy importantes
[12] Los catecismos recopilados en dicha obra, y algunos otros, son los que integran el Volumen II de la colección El Legado Masónico, “Catecismos Masónicos (1696 – 1750).
[13] Es evidente que los anónimos autores de los Old Charges nunca estuvieron preocupados por la exactitud de los que escribieron siguiendo criterios académicos o positivos. De ahí los frecuentes errores en fechas o en nombres que a veces se dan.
[14] «En la Masonería Operativa, el emplazamiento de un edificio estaba determinado, antes de emprender su construcción, por lo que se denomina el “método de los cincos puntos”, consistente en fijar primero los cuatro ángulos, donde debían colocarse las cuatro primeras piedras, y después el centro, es decir, siendo la base normalmente cuadrada o rectangular, el punto de encuentro de sus diagonales; los piquetes que marcaban estos cinco puntos eran llamados landmarks, y está ahí sin duda el sentido primero y original de este término masónico.» (cf. . Guénon, Symboles fundamentaux de la Sciencie sacrée, cap. XLIV, p. 274, Gallimard, 1962, París).
[15] Ibíd.
[16] Cf., por ejemplo, R. Guénon, Symboles fundamentaux de la Sciencie sacrée, cap. LIV, ibíd..
[17] «¿Por qué las expresiones tomadas de las artes liberales no habrían podido desempeñar, en las iniciaciones de la Edad Media, un papel comparable al que desempeña el lenguaje tomado el arte de los constructores en la masonería especulativa?... considerar las cosas de este modo es, en suma, llevarlas de nuevo a su principio.» (Cf. R. Guénon, L’Esotérisme de Dante, cap. II, p. 14, Gallimard, París, 1957).
[18] Cf. R. Guénon, La Crise du Monde Moderne, cap. II. P. 47, Gallimard folio essais, París, 1944.
[19] Qué era el lugar más sagrado de las mismas, en tanto que se asimilaba al Debir o santo de los santos del Templo de Salomón y, por tanto, el lugar de manifestación de la Shekinah o “presencia divina”.
[20] Cf. Pierre Girad Augry “Las supervivencias operativas en Inglaterra y Escocia”, Travaux de la Logia Nationale de recherche Villard de Honnecourt, Gran Logia Nacional Francesa, Vol. 3, 1981.
[21] La referencia más antigua al uso no arquitectónico sino ritual de los cinco puntos de la Masonería, la tenemos en el Ms. The Edinburgh Register House. En el Ms. Graham de 1726 es donde aparecen por primera vez inequívocamente vinculados al grado de Maestro. Teniendo en cuenta que el Ms. Edinburgh Register procede del año 1696, es decir veinte años antes de los acontecimientos de 1717, quienes ponen en duda la continuidad entre la Masonería Operativa y la Masonería Especulativa tendrán ante sí una incómoda labor si pretenden negar el evidente origen operativo de una de las partes más fundamentales de los actuales rituales masónicos. Los dos catecismos señalados, que sin duda se cuentan entre los más importantes que existen, forman parte del volumen II de la Colección El Legado Masónico.
[22] Que en lo que concierne a la actividad espiritual es más apropiado denominar “ritos”.
[23] Cf. el Manuscrito York nº 1, del año 1600.
[24] El anagrama es generalmente “Masonrie”, es decir “Masonería”.
[25] Cf. R. Guénon, La Crise du Monde Moderne, cap. II, Ibíd.
[26] Para los tres manuscritos, cf. Catecismos Masónicos, Volumen II de la colección El Legado Masónico.
[27] Pese a la incuestionable diferencia fonética y gramatical existente entre Amon e Hiram, no conviene olvidar que la palabra “Amon”, «tiene en hebreo el sentido de artesano y arquitecto» y su raíz «expresa, en hebreo como en árabe, las ideas de firmeza, de constancia, de fe, de fidelidad, de sinceridad, de verdad, que concuerdan muy bien con el carácter atribuido por la leyenda masónica al tercer Gran Maestro», es decir, a Hiram Abif (cf. R. Guénon. Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Tomo II, p. 177-178, Éditions Traditionelles, París, 1992).
[28] “El tercer grado especulativo, como ya se ha indicado, está, sin embargo, basado en el Ritual operativo, como una adaptación de la Ceremonia Anual de los Operativos que celebran el 2 de octubre, para conmemorar el asesinato del tercer Maestro, Hiram Abif, un mes antes de la Declaración del Templo, que celebraba el 30 de octubre”. Texto de Thomas Carr en Luis Alejandro Hernández Ríos, El antiguo sistema de Francmasonería Operativa según los registros de la División de York, p. 102, Atsiluth, México D. F., 2010.
[29]En la Masonería la muerte de Hiram ejemplifica, a nivel humano, ese sacrificio primordial, y la búsqueda ritual de su cuerpo por “toda la tierra”, y su hallazgo final, equivale en el fondo a la “reconstrucción” de la “Palabra perdida”, que es el nombre inefable del Gran Arquitecto”, René Guénon, Symboles fondamentaux de la Sciencie sacrée, cap. XLVI, Gallimard, 1962, París.
[30] R. Guénon, Symboles fondamentaux de la Science sacrée, p. 116-117, ibíd.
[31] Las Constituciones de 1738 suponen la primera modificación de las Constituciones de Anderson publicadas en 1723. La segunda modificación de éstas tuvo lugar en 1813 a raíz de la unión de los Antiguos y los Modernos.
[32] Durante esta etapa inicial, se fueron produciendo en las Logias variaciones y alteraciones de los procedimientos establecidos en su creación, que suponían graves incumplimientos respecto de las antiguos Constituciones y los antiguos Deberes y Usos. Estas innovaciones ilegítimas, sirvieron de detonante para que un centenar de masones, fundamentalmente irlandeses, reunidos en seis Logias y con criterios más tradicionales en cuanto al mantenimiento de la pureza de los rituales, se separasen cismáticamente, constituyendo en 1751 una Gran Logia conocida con el nombre de “Gran Comité de la  Más Antigua y Honorable Fraternidad de Masones Libres y Aceptados según las Antiguas Constituciones". Un destacado miembro de ella, su Gran Secretario Lawrance Dermott, recopiló en 1756 una Constitución bajo el título de Ahiman Rezon que fue adoptada por los llamados Antiens.


miércoles, 24 de febrero de 2016

Queridos Hermanos Masones; por Gianfranco Ravassi

         
     S. E. R. Gianfranco Ravassi es Cardenal de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura y de la Pontificia Comisión de Arquelología Sagrada. Miembro de la Congregación para la Educación Católica y los Consejos Pontificios para el Diálogo Interreligioso.

         
   Creemos importante la publicación de la traducción del artículo del Cardenal Ravassi, publicado recientemente en el diario italiano Il Sole 24 Ore, por la significación de su autor, un miembro señalado de la Curia romana. Si bien, como se verá, no pretende contradecir el actual juicio negativo, desde el punto de vista doctrinal, de la jerarquía católica sobre la masonería en su aspecto hermenéutico, ritual y simbólico (dejando claro que éste no es unívoco), al menos hace un llamamiento hacia la superación de enfrentamientos y agravios pasados, y a la colaboración en los valores que puedan ser compartidos por ambas instituciones, dejando a un lado, felizmente, la absurdas injurias e insultos que parten de forma gratuita y obsesiva desde sectores integristas y neoconservadores de la propia Iglesia Católica. Lástima que el Cardenal Ravassi no dé cuenta del indulto que otro miembro de la Curia romana, el Cardenal Seper, Prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1968 hasta 1981, emitió, durante la vigencia del Código de Derecho Canónico de 1917, para aquellos masones católicos de los países escandinavos que formasen parte de Obediencias masónicas que no fuesen contra los dogmas o principios de la Iglesia Católica, en particular los adheridos al Rito Sueco, de filiación cristiana: ver aquí.

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«Leía hace algún tiempo en una revista americana que la bibliografía internacional sobre la masonería supera los cien mil títulos. A este interés contribuye ciertamente el aura de secretismo y de misterio que, con mayor o menor razón, envuelve en una especie de niebla las diversas “obediencias” y los “ritos” masónicos, por no hablar de su misma génesis, que según la historiadora inglesa Frances Yates, “es uno de los problemas más discutidos y discutibles en todo el campo de la investigación histórica” (curiosamente el ensayo de la escritora estaba dedicado al Iluminismo de los Rosa- Cruz, traducido por Einaudi en 1976) No queremos obviamente adentrarnos en ese archipiélago de “logias”, de “orientes”, de “artes”, de “afiliaciones” y de denominaciones, cuya historia con frecuencia se ha entrelazado -para bien y para mal- con la política de muchas naciones (pienso, por ejemplo, en el Uruguay donde he participado recientemente en varios diálogos con exponentes de la sociedad y de la cultura de tradición masónica), así como no es posible trazar líneas de demarcación entre la auténtica, la falsa, la degenerada, o la paramasonería y los varios círculos esotéricos o teosóficos.

Arduo es dibujar un mapa de la ideología que rige un universo tan fragmentario, para el cual se puede quizás hablar de un horizonte y de un método más que de un sistema doctrinal codificado. En el interior de este ámbito fluido se encuentran algunas encrucijadas bastante delineadas, como una antropología basada sobre la libertad de conciencia y de inteligencia y sobre la igualdad de derechos, y un deísmo que reconoce la existencia de Dios dejando sin embargo variables las definiciones de su identidad. Antropocentrismo y espiritualismo son, por lo tanto, dos recorridos bastante desarrollados dentro de un mapa muy variable y movedizo que no estamos en situación de esbozar de modo riguroso.

Nosotros, no obstante, nos contentamos con señalar un interesante librito que tiene una finalidad muy circunscrita, el de definir la relación entre masonería e Iglesia católica. Entendámonos ante todo: no se trata de un análisis histórico de esta relación, ni de las eventuales contaminaciones entre los dos sujetos. Es en efecto evidente que la masonería ha asumido modelos cristianos incluso litúrgicos. No debe olvidarse, por ejemplo, que en el Seiscientos muchas logias inglesas reclutaban miembros y maestros entre el clero anglicano, hasta el punto de que una de las primeras y fundamentales “constituciones” masónicas fue redactada por el pastor presbiteriano.

James Anderson, muerto en 1739. En ella, entre otras cosas, se afirmaba que un adepto “no será nunca un estúpido ateo ni un libertino irreligioso”. Aunque el credo propuesto era finalmente lo más vago posible, “el de una religión sobre la que todos los hombres están de acuerdo”.

Ahora bien, la oscilación de los contactos entre Iglesia católica y masonería tuvo movimientos muy variados, llegando también a una evidente hostilidad, marcada por el anticlericalismo de una parte y las excomuniones de otra. En efecto, el 28 de abril de 1738, el papa Clemente XII, el florentino Lorenzo Corsini, promulgaba el primer documento explícito sobre la masonería, la Carta apostólica In eminenti apostolatus specula en la cual declaraba “deberse condenar y prohibir... la antedicha Sociedad, Uniones, Reuniones, Agregaciones o Conventículos de los Libres Constructores y de los Francmasones o con cualquier otro nombre denominados”. Una condena reiterada por los sucesivos pontífices, desde Benedicto XIV hasta Pío IX y León XIII, que afirmaba la incompatibilidad entre la pertenencia a la Iglesia católica y la obediencia masónica. Lapidario era el Código de Derecho Canónico del 1917 cuyo canon 2335 rezaba: “Quien se inscribe en la secta masónica o en otras asociaciones del mismo género que traman contra la Iglesia y las legítimas autoridades civiles, incurre ipso facto en la excomunión reservada simpliciter a la Santa Sede”.

El nuevo Código de 1983 atemperó la fórmula, evitando la referencia explícita a la masonería, conservando la sustancia de que la pena está destinada también en un sentido más general a “quien da el nombre a una asociación que conspira contra la Iglesia” (canon 1374). Pero el texto eclesial más articulado sobre lo inconciliable entrela adhesión a la Iglesia católica y a la masonería es la Declaratio de associationibus massonicis emanada de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe el 26 de noviembre de 1983, con la firma del Prefecto de entonces, el cardenal Joseph Ratzinger. Ella precisaba precisamente el valor del aserto del nuevo Cógigo de derecho Canónico reafirmando que permanecía “sin cambio el juicio de la Iglesia con respecto a las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia y por ello la inscripción en aquellas sigue prohibida”.

El librito al cual ahora remitimos es interesante porque adjunta -además de una introducción del actual Prefecto de la Congregación cardenal Gerhard Müller -sea dos artículos de comentario a esta Declaratio publicados por entonces en el Osservatore Romano y en la Civiltà Cattolica, sea dos documentos de otros tantos episcopados locales, la Conferencia episcopal alemana (1980) y la de Filipinas (2003). Se trata de textos significativos porque afrontan las razones teóricas y prácticas de la inconciliabilidad entre masonería y catolicismo, como los conceptos de verdad, de religión, de Dios, del hombre y del mundo, la espiritualidad, la ética, la ritualidad, la tolerancia. Es particularmente significativo el método adoptado por los obispos filipinos que articulan su discurso a través de tres trayectorias: la histórica, la más explícitamente doctrinal y la de las orientaciones pastorales. Todo está presentado según el género catequético de preguntas-respuestas: son 47 y permiten entrar también en las particularidades, como la ceremonia de iniciación, los símbolos, el uso de la Biblia, las relaciones con las demás religiones, el juramento de fraternidad, los grados jerárquicos, etc.


Estas diversas declaraciones de incompatibilidad entre las dos pertenencias no impiden, sin embargo, el diálogo como se firma explícitamente en el documento de los obispos alemanes que ya entonces hacían un elenco de ámbitos específicos a comparar como la dimensión comunitaria, la beneficencia, la lucha contra el materialismo, la dignidad humana, el conocimiento recíproco. Se debe, además, superar esa actitud de ciertos ambientes integristas católicos que -para atacar a algunos exponentes también jerárquicos de la Iglesia, que no les agradan- recurrían al arma de la acusación apodíctica de pertenencia masónica. En conclusión, como escribían ya los obispos de Alemania, hay que ir más allá “de la hostilidad, ultrajes, prejuicios” recíprocos, porque “respecto a los siglos pasados hemos mejorado y cambiado el tono, el nivel y el modo de manifestar las diferencias” que también permanecen claramente.»


Para ver el artículo en el original italiano pinchar aquí.