jueves, 18 de abril de 2013

De las Cualificaciones Iniciáticas; por René Guénon


      Capítulo XIV, Consideraciones sobre la Iniciación (1946).

    Debemos volver ahora a las cuestiones que se refieren a la condición primera y previa de la iniciación, es decir, a la que se designa como las «cualificaciones» iniciáticas; a decir verdad, este tema es de aquellos que apenas es posible pretender tratar de una manera completa, pero que al menos podemos aportar algunas aclaraciones. Primeramente, debe entenderse bien que estas cualificaciones son exclusivamente del dominio de la individualidad; en efecto, si no hubiera que considerar más que la personalidad o el «Sí mismo», no habría ninguna diferencia que hacer a este respecto entre los seres, y todos estarían igualmente cualificados, sin que haya lugar a hacer la menor excepción; pero la cuestión se presenta de modo muy diferente debido al hecho de que la individualidad debe ser tomada necesariamente como medio y como soporte de la realización iniciática; por consiguiente, es menester que posea las aptitudes requeridas para jugar este papel, y tal no es siempre el caso. La individualidad no es aquí, si se quiere, más que el instrumento del ser verdadero; pero, si este instrumento presenta algunos defectos, puede ser más o menos completamente inutilizable, o incluso serlo completamente para aquello de lo que se trata. Por lo demás, en eso no hay nada de lo que uno deba sorprenderse, con solo que reflexione que, incluso en el orden de las actividades profanas (o al menos devenidas tales en las condiciones de la época actual), lo que le es posible a uno no le es posible a otro, y que, por ejemplo, el ejercicio de tal o cual oficio exige algunas aptitudes especiales, mentales y corporales a la vez. La diferencia esencial es que, en ese caso, se trata de una actividad que depende toda entera del dominio individual, dominio que no rebasa de ninguna manera ni bajo ninguna relación, mientras que, en lo que concierne a la iniciación, el resultado a alcanzar está al contrario más allá de los límites de la individualidad; pero, todavía una vez más, ésta no debe tomarse menos como punto de partida, y esa es una condición a la cual es imposible sustraerse.



     Se puede decir esto también: el ser que emprende el trabajo de realización iniciática debe partir forzosamente de un cierto estado de manifestación, aquel en el cual está situado actualmente, y que conlleva todo un conjunto de condiciones determinadas: por una parte, las condiciones que son inherentes a ese estado y que le definen de una manera general, y, por otra, aquellas que, en ese mismo estado, son particulares a cada individualidad y que la diferencian de todas las demás. Es evidente que son estas últimas las que deben ser consideradas en lo que concierne a las cualificaciones, puesto que en eso se trata de algo que, por definición misma, no es común a todos los individuos, sino que caracteriza propiamente solo a aquellos que pertenecen, virtualmente al menos, a la «elite» entendida en el sentido en el que ya hemos empleado frecuentemente esta palabra en otras partes, sentido que precisaremos aún más a continuación, a fin de mostrar cómo se vincula directamente a la cuestión misma de la iniciación.



     Ahora, es menester comprender bien que la individualidad debe ser tomada aquí tal como es de hecho, con todos sus elementos constitutivos, y que puede haber cualificaciones que conciernan a cada uno de esos elementos, comprendido ahí el elemento corporal mismo, que, bajo este punto de vista, no debe ser tratado de ninguna manera como algo indiferente o desdeñable. Quizás no habría que insistir tanto en ello si no nos encontráramos en presencia de la concepción groseramente simplificada que los occidentales modernos se hacen del ser humano: no solo la individualidad es para ellos el ser todo entero, sino que, además, esta individualidad misma es reducida a dos partes que se suponen completamente separadas la una de la otra, una de las cuales es el cuerpo, y la otra algo bastante mal definido, que es designado indiferentemente con los nombres más diversos y a veces los menos apropiados. Ahora bien, la realidad es completamente diferente: los elementos múltiples de la individualidad, cualquiera que sea por lo demás la manera en que se los quiera clasificar, no están aislados los unos de los otros, sino que forman un conjunto en el que no podría haber heterogeneidad radical o irreductible; y todos, el cuerpo tanto como los otros, son, al mismo título, manifestaciones o expresiones del ser en las diversas modalidades del dominio individual. Entre estas modalidades hay correspondencias tales que lo que pasa en una tiene normalmente su repercusión en las otras; de ello resulta que, por una parte, el estado del cuerpo puede influenciar de una forma favorable o desfavorable sobre las demás modalidades, y que, por otra, puesto que la inversa no es menos verdadera (e incluso más verdadera aún, ya que la modalidad corporal es aquella cuyas posibilidades son más restringidas), puede proporcionar también signos que traducen sensiblemente el estado mismo de éstas[1]; está claro que estas dos consideraciones complementarias tienen la una y la otra su importancia bajo la relación de las cualificaciones iniciáticas. Todo eso sería perfectamente evidente si la noción específicamente occidental y moderna de la «materia», el dualismo cartesiano y las concepciones más o menos «mecanicistas», no hubieran oscurecido de tal modo estas cosas para la mayoría de nuestros contemporáneos[2]; se trata de circunstancias contingentes que obligan a demorarse en consideraciones tan elementales, que de otro modo bastaría con enunciarlas en pocas palabras, sin tener que agregarles la menor explicación.

     No hay que decir que la cualificación esencial, la que domina a todas las demás, es una cuestión de «horizonte intelectual» más o menos extenso; pero puede ocurrir que las posibilidades de orden intelectual, aún existiendo virtualmente en una individualidad, estén, debido al hecho de los elementos inferiores de ésta (elementos de orden psíquico y de orden corporal a la vez) impedidas de desarrollarse, ya sea pasajeramente, o ya sea incluso definitivamente. Esa es la primera razón de lo que se podría llamar las cualificaciones secundarias; y hay todavía una segunda razón que resulta inmediatamente de lo que acabamos de decir: es que, en esos elementos, que son los más accesibles a la observación, se pueden encontrar marcas de algunas limitaciones intelectuales; en este último caso, las cualificaciones secundarias devienen en cierto modo equivalentes simbólicos de la cualificación fundamental misma. En el primer caso, al contrario, puede ocurrir que no tengan siempre una igual importancia: así, puede haber obstáculos que se oponen a toda iniciación, incluso simplemente virtual, o solo a una iniciación efectiva, o todavía al paso a los grados más o menos elevados, o, en fin, únicamente al ejercicio de algunas funciones en una organización iniciática (ya que se puede ser apto para recibir una influencia espiritual sin ser por eso necesariamente apto para transmitirla); y es menester agregar también que hay impedimentos especiales que pueden no concernir más que a algunas formas de iniciación.

     Sobre este último punto, basta recordar en suma que la diversidad de los modos de iniciación, ya sea de una forma tradicional a otra, ya sea en el interior de una misma forma tradicional, tiene precisamente como meta responder a la de las aptitudes individuales; evidentemente no tendría ninguna razón de ser si un modo único pudiera convenir igualmente a todos aquellos que están, de una manera general, cualificados para recibir la iniciación. Puesto que ello no es así, cada organización iniciática deberá tener su «técnica» particular, y no podrá admitir naturalmente más que a aquellos que sean capaces de conformarse a ella y de sacar de ella un beneficio efectivo, lo que supone, en cuanto a las cualificaciones, la aplicación de todo un conjunto de reglas especiales, válidas solo para la organización considerada, y que no excluyen de ningún modo, para aquellos que sean descartados por eso, la posibilidad de encontrar en otra parte una iniciación equivalente, siempre que posean las cualificaciones generales que son estrictamente indispensables en todos los casos. Uno de los ejemplos más claros que se pueden dar a este respecto, es el hecho de que existen formas de iniciación que son exclusivamente masculinas, mientras que hay otras donde las mujeres pueden ser admitidas igual que los hombres[3]; así pues, se puede decir que en eso hay una cierta cualificación que es exigida en un caso y que no lo es en el otro, y que esta diferencia reside en los modos particulares de la iniciación de que se trate; por lo demás, volveremos de nuevo sobre ello después, ya que hemos podido constatar que este hecho es generalmente muy mal comprendido en nuestra época.

     Allí donde existe una organización social tradicional, incluso en el orden exterior, puesto que cada uno está en el lugar que conviene a su propia naturaleza individual, debe por eso mismo encontrar también más fácilmente, si está cualificado, el modo de iniciación que corresponde a sus posibilidades. Así, si se considera desde este punto de vista la organización de las castas, la iniciación de los kshatriyas no podría ser idéntica a la de los brâhmanes[4], y así sucesivamente; y, de una manera más particular todavía, una cierta forma de iniciación puede estar ligada al ejercicio de un oficio determinado, lo que no puede tener todo su valor efectivo más que si el oficio que ejerce cada individuo es en efecto aquel al que está destinado por las aptitudes inherentes a su naturaleza misma, de tal suerte que esas aptitudes formarán al mismo tiempo parte integrante de las cualificaciones especiales requeridas por la forma de iniciación correspondiente.

     Al contrario, allí donde ya nada está organizado según las reglas tradicionales y normales, lo que es el caso del mundo occidental moderno, resulta una confusión que se extiende a todos los dominios, y que ocasiona inevitablemente complicaciones y dificultades múltiples, en cuanto a la determinación precisa de las cualificaciones iniciáticas, puesto que el lugar del individuo en la sociedad ya no tiene entonces sino una relación muy lejana con su naturaleza, y puesto que, incluso, muy frecuentemente, son únicamente los lados más exteriores y menos importantes de éste los que se toman en consideración, es decir, aquellos que no tienen realmente ningún valor, ni siquiera secundario, desde el punto de vista iniciático. Otra causa de dificultades que se agrega todavía a esa, y que, por lo demás, le es solidaria en una cierta medida, es el olvido de las ciencias tradicionales: puesto que los datos de algunas de ellas pueden proporcionar el medio de reconocer la verdadera naturaleza de un individuo, cuando faltan estas ciencias, ya no es posible, por otros métodos cualesquiera, suplirlas enteramente y con una perfecta exactitud; y se haga lo que se haga a este respecto, siempre habrá ahí una parte más o menos grande de «empirismo», que podrá dar lugar a muchos errores. Por lo demás, esa es una de las principales razones de la degeneración de algunas organizaciones iniciáticas: la admisión de elementos no cualificados, que, ya sea por ignorancia pura y simple de las reglas que deberían eliminarlos, o por imposibilidad de aplicarlas con exactitud, es en efecto uno de los factores que más contribuyen a esta degeneración, y que puede incluso, si se generaliza, acarrear finalmente la ruina completa a una tal organización.

      Después de estas consideraciones de orden general, sería menester, para precisar más la significación real que conviene atribuir a las cualificaciones secundarias, dar algunos ejemplos bien definidos de las condiciones requeridas para el acceso a tal o a cual forma iniciática, y mostrar en cada caso su sentido y su alcance verdadero; pero una tal exposición, cuando debe dirigirse a los occidentales, se hace muy difícil por el hecho de que éstos, incluso en el caso más favorable, no conocen más que un número extremadamente restringido de estas formas iniciáticas, y porque las referencias a todas las demás correrían el riesgo de permanecer casi enteramente incomprendidas. Más aún, todo lo que subsiste en occidente de las antiguas organizaciones de este orden está muy disminuido a todos los respectos, como ya lo hemos dicho muchas veces, y es fácil darse cuenta de ello más especialmente en lo que concierne a la cuestión misma de la que se trata al presente: si todavía se exigen ahí algunas cualificaciones, es más bien por la fuerza del hábito que por una comprehensión cualquiera de su razón de ser; y, en estas condiciones, no habrá lugar a sorprenderse si ocurre a veces que algunos miembros de estas organizaciones protestan contra el mantenimiento de estas cualificaciones, donde su ignorancia no ve más que una suerte de vestigio histórico, un resto de un estado de cosas desaparecido desde hace mucho tiempo, en una palabra un «anacronismo» puro y simple. No obstante, como uno está obligado a tomar como punto de partida aquello que tiene más inmediatamente a su disposición, eso mismo puede proporcionar la ocasión de algunas indicaciones que, a pesar de todo, no carecen de interés, y que, aunque tienen sobre todo a nuestros ojos el carácter de simples «ilustraciones», por eso no son menos susceptibles de dar lugar a algunas reflexiones de una aplicación más extensa de lo que podría parecer a primera vista.

     Ya no hay apenas en el mundo occidental, como organizaciones iniciáticas que pueden reivindicar una filiación tradicional auténtica (condición fuera de la cual, lo recordaremos todavía una vez más, no podría tratarse más que de «pseudoiniciación»), más que el Compañerazgo y la Masonería, es decir, formas iniciáticas basadas esencialmente sobre el ejercicio de un oficio, en el origen al menos, y, por consiguiente, caracterizadas por métodos particulares, simbólicos y rituales, en relación directa con ese oficio mismo[5]. Solamente, aquí hay que hacer una distinción: en el Compañerazgo, el lazo original con el oficio se ha mantenido siempre, mientras que, en la Masonería, ha desaparecido de hecho; de ahí, en este último caso, el peligro de un desconocimiento más completo de la necesidad de algunas condiciones, no obstante inherentes a la forma iniciática misma de que se trata. En efecto, en el otro caso, es evidente que al menos las condiciones requeridas para que el oficio pueda ser ejercido efectivamente, e incluso para que lo sea de una manera tan adecuada como es posible, no podrán ser perdidas de vista nunca, incluso si no se considera nada más que eso, es decir, si no se toma en consideración más que su razón exterior y si se olvida su razón más profunda y propiamente iniciática. Por el contrario, allí donde esta razón profunda no está menos olvidada y donde la razón exterior misma no existe tampoco, es bastante natural en suma (lo que, bien entendido, no quiere decir legítimo) que se llegue a pensar que el mantenimiento de semejantes condiciones no se impone de ninguna manera, y a no considerarlas sino como restricciones molestas, e incluso injustas (y ésta es una consideración de la que se abusa mucho en nuestra época, consecuencia del «igualitarismo» destructor de la noción de «elite»), aportadas a un reclutamiento que la manía del «proselitismo» y de la superstición democrática del «gran número», rasgos bien característicos del espíritu occidental moderno, querrían hacer tan amplio como fuera posible, lo que es, en efecto, como ya lo hemos dicho, una de las causas más ciertas y más irremediables de degeneración para una organización iniciática.

     En el fondo, lo que se olvida en parecido caso, es simplemente esto: si el ritual iniciático toma como «soporte» el oficio, de tal suerte que, por así decir, es su derivado por una transposición apropiada (y sin duda, en el origen, sería menester considerar las cosas más bien en sentido inverso, ya que el oficio, desde el punto de vista tradicional, no representa verdaderamente más que una aplicación contingente de los principios a los que la iniciación se refiere directamente), el cumplimiento de este ritual, para ser real y plenamente válido, exigirá algunas condiciones, entre las cuales se encontrarán las del ejercicio mismo del oficio, puesto que aquí se aplica igualmente la misma transposición, en virtud de las correspondencias que existen entre las diferentes modalidades del ser; y, debido a eso, aparece claramente que, como lo hemos indicado más atrás, quienquiera que está cualificado para la iniciación, de una manera general, no lo está por eso mismo indiferentemente para toda forma iniciática cualquiera que sea. Debemos agregar que el desconocimiento de este punto fundamental, que acarrea la reducción completamente profana de las cualificaciones a simples reglas corporativas, aparece, al menos en lo que concierne a la Masonería, como ligado bastante estrechamente a una equivocación sobre el verdadero sentido de la palabra «operativo», equivocación sobre la que tendremos que explicarnos después con los desarrollos requeridos, ya que da lugar a consideraciones de un alcance iniciático completamente general.

     Así, si la iniciación masónica excluye concretamente a las mujeres (lo que, ya lo hemos dicho, no significa de ninguna manera que éstas sean inaptas para toda iniciación), y también a los hombres que están afectados de algunas enfermedades, eso no es simplemente porque, antiguamente, aquellos que eran admitidos en ella debían ser capaces de transportar fardos o de subir sobre los andamios, como algunos lo aseguran con una desconcertante ingenuidad; es porque, para aquellos que son así excluidos, la iniciación masónica como tal podría ser válida, aunque sus efectos serían nulos por falta de cualificación. A este respecto, se puede decir primeramente que la conexión con el oficio, si ha dejado de existir en cuanto al ejercicio exterior de éste, no por eso subsiste menos de una manera más esencial, en tanto que permanece necesariamente inscrita en la forma misma de esta iniciación; si llegara a ser eliminada, eso ya no sería la iniciación masónica, sino cualquier otra cosa completamente diferente; y, por lo demás, como sería imposible sustituir legítimamente por otra filiación tradicional la que existe de hecho, ya ni siquiera habría entonces, realmente, ninguna iniciación. Por eso es por lo que, allí donde, a falta de una comprehensión más efectiva, queda todavía al menos una cierta consciencia más o menos obscura del valor propio de las formas rituales, se persiste en considerar las condiciones de las que hablamos aquí como formando parte integrante de los landmarks (el término inglés, en esta acepción «técnica» no tiene equivalente exacto en francés), que no pueden ser modificados en ninguna circunstancia, y cuya supresión o negligencia correría el riesgo de acarrear una verdadera nulidad iniciática[6].

     Ahora, todavía hay algo más: si se examina de cerca la lista de los defectos corporales que son considerados como impedimentos para la iniciación, se constatará que entre ellos hay algunos que no parecen muy graves exteriormente, y que, en todo caso, no son tales que puedan oponerse a que un hombre ejerza el oficio de constructor[7]. Por consiguiente, eso no es todavía más que una explicación parcial, aunque exacta en toda la medida en la que es aplicable, y, además de las condiciones requeridas por el oficio, la iniciación exige otras que ya no tienen nada que ver con éste, sino que están únicamente en relación con las modalidades del trabajo ritual, considerado, por lo demás, no solo en su «materialidad», si se puede decir así, sino sobre todo como debiendo producir resultados efectivos para el ser que le cumple. Eso aparecerá tanto más claramente si, entre las diversas formulaciones de los landmarks (ya que, aunque no escritos en principio, no obstante, han sido frecuentemente el objeto de enumeraciones más o menos detalladas), uno se remite a las más antiguas, es decir, a una época donde las cosas de las que se trata eran todavía conocidas, e inclusive, por algunos al menos, conocidas de una manera que no era simplemente teórica o «especulativa», sino realmente «operativa», en el verdadero sentido al que hacíamos alusión más atrás. Al hacer este examen, uno podrá apercibirse incluso de una cosa que, ciertamente, hoy día parecería completamente extraordinaria a algunos si fueran capaces de darse cuenta de ella: es que los impedimentos para la iniciación, en la Masonería, coinciden casi enteramente con los que, en la Iglesia católica, son los impedimentos para la ordenación[8].

     Este último punto es todavía de aquellos que, para ser bien comprendido, hacen llamada a algún comentario, ya que, a primera vista, se podría estar tentado de suponer que en eso hay una cierta confusión entre cosas de orden diferente, tanto más cuanto que ya hemos insistido frecuentemente sobre la distinción esencial que existe entre los dos dominios iniciático y religioso, y que, por consecuencia, debe encontrarse también entre los ritos que se refieren respectivamente a uno y al otro. Sin embargo, no hay necesidad de reflexionar largamente para comprender que debe haber leyes generales que condicionan el cumplimiento de los ritos, de cualquier orden que sean, puesto que se trata siempre, en suma, de la puesta en obra de algunas influencias espirituales, aunque su meta sea naturalmente diferentes según los casos. Por otro lado, se podría objetar también que, en el caso de la ordenación, se trata propiamente de la aptitud para desempeñar algunas funciones[9], mientras que, en lo que respecta a la iniciación, las cualificaciones requeridas para recibirla son distintas de las que pueden ser necesarias para ejercer además una función dentro de una organización iniciática (función que concierne principalmente a la transmisión de la influencia espiritual); y es exacto que no es bajo este punto de vista de las funciones donde es menester colocarse para que la similitud sea verdaderamente aplicable. Lo que es menester considerar, es que, en una organización religiosa del tipo del catolicismo, sólo el sacerdote cumple activamente los ritos, mientras que los laicos no participan de ellos más que de un modo «receptivo»; por el contrario, la actividad en el orden ritual constituye siempre, y sin ninguna excepción, un elementos esencial de todo método iniciático, de tal suerte que este método implica necesariamente la posibilidad de ejercer una tal actividad. Es pues, en definitiva, este cumplimiento activo de los ritos el que exige, además de la cualificación propiamente intelectual, algunas cualificaciones secundarias, que varían en parte según el carácter especial que revisten esos ritos en tal o en cual forma iniciática, entre las cuales la ausencia de algunos defectos corporales juega siempre un papel importante, ya sea en tanto que esos defectos obstaculizan directamente el cumplimiento de los ritos, ya sea en tanto que son el signo exterior de defectos correspondientes en los elementos sutiles del ser. Esa es sobre todo la conclusión que queremos sacar de todas estas consideraciones; y, en el fondo, lo que parece referirse aquí más especialmente a un caso particular, el de la iniciación masónica, no ha sido más que el medio más cómodo de exponer estas cosas, que nos queda todavía que hacer más precisas con la ayuda de algunos ejemplos determinados de impedimentos debidos a defectos corporales o a defectos psíquicos manifestados sensiblemente por éstos.

     Si consideramos las enfermedades o los simples defectos corporales, en tanto que signos exteriores de algunas imperfecciones de orden psíquico, convendrá hacer una distinción entre los defectos que el ser presenta desde su nacimiento, o que se desarrollan naturalmente en él, en el curso de su existencia, como consecuencia de una cierta predisposición, y aquellos que son simplemente el resultado de algún accidente. En efecto, es evidente que los primeros traducen algo que puede ser considerado como más estrictamente inherente a la naturaleza misma del ser, y que, por consiguiente, es más grave desde el punto de vista donde nos colocamos, aunque, por lo demás, puesto que a un ser no puede ocurrirle nada que no corresponda realmente a algún elemento más o menos esencial de su naturaleza, las mismas enfermedades de origen aparentemente accidental no pueden ser consideradas como enteramente indiferentes a este respecto. Por otro lado, si se consideran estos mismos defectos como obstáculos directos al cumplimiento de los ritos o a su acción efectiva sobre el ser, ya no tiene que intervenir la distinción que acabamos de indicar; pero debe entenderse bien que algunos defectos que no constituyen tales obstáculos no son por ello menos, por la primera razón, impedimentos para la iniciación, e incluso a veces impedimentos de un carácter más absoluto, ya que expresan una «deficiencia» interior que hace al ser impropio para toda iniciación, mientras que puede haber enfermedades que obstaculizan solo la eficacia de los métodos «técnicos» particulares a tal o a cual forma iniciática.

    Algunos podrán extrañarse de que digamos que las enfermedades accidentales tienen también una correspondencia en la naturaleza misma del ser que es alcanzado por ellas; sin embargo, eso no es, en suma, más que una consecuencia directa de lo que son realmente las relaciones del ser con el ambiente en el que se manifiesta: todas las relaciones entre los seres manifestados en un mismo mundo, o, lo que equivale a lo mismo, todas sus acciones y reacciones recíprocas, no pueden ser reales más que si son la expresión de algo que pertenece a la naturaleza de cada uno de esos seres. En otros términos, puesto que todo lo que un ser sufre, así como todo lo que hace, constituye una «modificación» de sí mismo, debe corresponder necesariamente a algunas de las posibilidades que están en su naturaleza, de tal suerte que no puede haber nada que sea puramente accidental, si se entiende esta palabra en el sentido de «extrínseco» como se hace comúnmente. Así pues, toda la diferencia no es aquí más que una diferencia de grado: hay modificaciones que representan algo más importante o más profundo que otras; por consiguiente, en cierto modo, bajo este aspecto hay valores jerárquicos que observar entre las diversas posibilidades del dominio individual; pero, hablando rigurosamente, nada es indiferente o está desprovisto de significación, porque, en el fondo, un ser no puede recibir desde afuera más que simples «ocasiones» para la realización, en modo manifestado, de las virtualidades que lleva primero en sí mismo.

    Puede parecer extraño también, a aquellos que se quedan en las apariencias, que algunas imperfecciones poco graves desde el punto de vista exterior hayan sido consideradas siempre y por todas partes como un impedimento a la iniciación; un caso típico de ese género es el de la tartamudez. En realidad, basta reflexionar un poco para darse cuenta de que, en este caso, se encuentran precisamente a la vez una y la otra de las dos razones que hemos mencionado; y, en efecto, primeramente, hay el hecho de que la «técnica» ritual implica casi siempre la pronunciación de algunas fórmulas verbales, pronunciación que debe ser naturalmente completamente correcta para ser válida, lo que la tartamudez no permite a aquellos seres que están afligidos por ella. Por otra parte, hay en una semejante enfermedad el signo manifiesto de una cierta «arritmia» del ser, si es permisible el empleo de esta palabra; y, por lo demás, las dos cosas están aquí estrechamente ligadas, ya que el empleo mismo de las fórmulas a las que acabamos de hacer alusión no es propiamente más que una de las aplicaciones de la «ciencia del ritmo» al método iniciático, de suerte que la incapacidad para pronunciarlas correctamente depende en definitiva de la «arritmia» interna del ser.

     Esta «arritmia» no es más que un caso particular de desarmonía o de desequilibrio en la constitución del individuo; y se puede decir, de una manera general, de todas las anomalías corporales que son marcas de un desequilibrio más o menos acentuado, que, si no son forzosamente siempre impedimentos absolutos (ya que en eso hay evidentemente muchos grados que observar), son al menos indicios desfavorables en un candidato a la iniciación. Por lo demás, puede ocurrir que tales anomalías, que no son propiamente enfermedades, no sean de tal naturaleza que se opongan al cumplimiento del trabajo ritual, aunque, sin embargo, si alcanzan un grado de gravedad que indica un desequilibrio profundo e irremediable, bastan por sí solas para descualificar al candidato, conformemente a lo que ya hemos explicado más atrás. Tales son, por ejemplo, las asimetrías notables del rostro o de los miembros; pero; bien entendido, si no se trata más que de asimetrías muy leves, no podrían considerarse siquiera verdaderamente como una anomalía, ya que, de hecho, no hay ninguna persona que presente en todo punto una simetría corporal exacta. Por lo demás, esto puede interpretarse como significando que, al menos en el estado actual de la humanidad, ningún individuo está perfectamente equilibrado bajo todos los aspectos; y, efectivamente, puesto que la realización del perfecto equilibrio de la individualidad implica la completa neutralización de todas las tendencias opuestas que actúan en ella, y, por consiguiente, la fijación en su centro mismo, único punto donde estas oposiciones dejan de manifestarse, equivale por eso mismo, pura y simplemente, a la restauración del «estado primordial». Así pues, se ve que es menester no exagerar nada, y que, si hay individuos que están cualificados para la iniciación, lo están a pesar de un cierto estado de desequilibrio relativo que es inevitable, pero que precisamente la iniciación podrá y deberá atenuar si produce un resultado efectivo, e incluso hacer desaparecer si llega a ser llevada hasta el grado que corresponde a la perfección de las posibilidades individuales, es decir, como lo explicaremos todavía más adelante, hasta el término de los «misterios menores»[10].

    Debemos hacer observar todavía que hay algunos defectos que, sin ser tales que se oponen a una iniciación virtual, pueden impedirla devenir efectiva; por lo demás, no hay que decir que es aquí sobre todo donde habrá lugar a tener en cuenta las diferencias de métodos que existen entre las diversas formas iniciáticas; pero, en todos los casos habrá que considerar condiciones de este tipo desde que se entienda pasar de lo «especulativo» a lo «operativo». Uno de los casos más generales, en este orden, será concretamente aquel de los defectos que, como algunas desviaciones de la columna vertebral, perjudican la circulación normal de las corrientes sutiles del organismo; apenas hay necesidad de recordar, en efecto, el papel importante que juegan estas corrientes en la mayor parte de los procesos de realización, a partir de su comienzo mismo, y en tanto que las posibilidades individuales no han sido rebasadas. Conviene agregar, para evitar toda equivocación a este respecto, que si la puesta en acción de estas corrientes se lleva a cabo conscientemente en algunos métodos[11], hay otros donde la cosa no es así, pero donde, no obstante, una tal acción no existe menos efectivamente por eso y no es menos importante en realidad; el examen profundo de algunas particularidades rituales, de algunos «signos de reconocimiento» por ejemplo (que son al mismo tiempo otra cosa cuando se los comprende verdaderamente), podría proporcionar sobre esto indicaciones muy claras, aunque ciertamente inesperadas para quien no está habituado a considerar las cosas desde este punto de vista que es propiamente el de la «técnica» iniciática.

     Como nos es menester limitarnos, nos contentaremos con estos ejemplos, poco numerosos sin duda, pero escogidos expresamente entre aquellos que corresponden a los casos más característicos y más instructivos, para hacer comprender lo mejor posible aquello de lo que se trata verdaderamente; sería en suma poco útil, cuando no completamente fastidioso, multiplicarlos indefinidamente. Si hemos insistido tanto sobre el lado corporal de las cualificaciones iniciáticas, es porque, ciertamente, es el que corre el riesgo de aparecer menos claramente a los ojos de muchos, el que nuestros contemporáneos están generalmente más dispuestos a desconocer, y, por consiguiente, aquel sobre el que hay que atraer su atención tanto más especialmente. También había una ocasión en eso para mostrar aún, con toda la claridad requerida, cuan lejos está lo que concierne a la iniciación de las simples teorías más o menos vagas que querrían ver en ella tantas gentes que, por un efecto muy común de la confusión moderna, tienen la pretensión de hablar de cosas de las que no tienen el menor conocimiento real, pero que por ello no creen menos fácil poder «reconstruirlas» al gusto de su imaginación; y, finalmente, es particularmente fácil darse cuenta, por consideraciones «técnicas» de este tipo, que la iniciación es algo totalmente diferente del misticismo y que, verdaderamente, no podría tener la menor relación con él.


Notas:
[1] De ahí la ciencia que, en la tradición islámica, se designa como ilm-ul-firâsah.
[2] Sobre todas estas cuestiones, ver El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos.
[3] En la antigüedad, hubo incluso formas de iniciación exclusivamente femeninas.
[4] Volveremos de nuevo sobre esto más adelante, a propósito de la cuestión de la iniciación sacerdotal y de la iniciación real.
[5] Hemos expuesto los principios sobre los que reposan las relaciones de la iniciación y del oficio en El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. VIII.
[6] Estos landmarks se consideran como existiendo from time inmemorial, es decir, que es imposible asignarles ningún origen histórico definido.
[7] Así, para dar un ejemplo preciso de este género, no se ve en qué un tartamudo podría ser molestado en el ejercicio de este oficio por su enfermedad.
[8] La cosa es así, en particular, para lo que se llamaba en el siglo XVIII la «regla de la letra B», es decir, para los impedimentos que están constituidos, por una y otra parte igualmente, para una serie de enfermedades y de defectos corporales cuyos nombres en francés, por una coincidencia bastante curiosa, comenzaban todos por esta misma letra B.
[9] Por lo demás, como ya lo hemos hecho observar precedentemente, este caso es el único donde pueden exigirse algunas cualificaciones particulares dentro de una organización tradicional de orden exotérico.
[10] Hemos señalado en otra parte, a propósito de las descripciones del Anticristo, y precisamente en lo que concierne a las asimetrías corporales, que algunas descualificaciones iniciáticas de este género pueden constituir, al contrario, cualificaciones al respecto de la «contrainiciación» (El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. XXXIX).
[11] En particular los métodos «tántricos» a los que ya hemos hecho alusión en una nota precedente.

lunes, 25 de marzo de 2013

A propósito de las relaciones entre la Iglesia y la Masonería; por Denys Roman


    Capítulo VI de René Guénon et les Destines de la Franc-Maçonnerie, París, 1982, 1995.


     Sabemos que, en Francia, en el siglo XVIII, la Logias masónicas contaban con un numero considerable de católicos e, incluso, de eclesiásticos. El clero regular, estaba también abundantemente representado. Según Albert Lantoine, todas las Órdenes religiosas, tenían algunos de sus miembros bajo las columnas de los Templos, a excepción de los Jesuitas, siendo la Orden con más miembros en las Logias la de los Bernardinos, designación que se aplicaba, en el siglo XVIII a los Cistercienses, la Orden de San Bernardo. De este hecho curioso se ha dado la siguiente explicación. En virtud de lo que ha dado en llamarse “las libertades de la Iglesia galicana”, las decisiones del Papado debían, para ser aplicadas en Francia, estar aprobadas por el Parlamento. Ahora bien, el Parlamento rechazó siempre sancionar las bulas de Clemente XII y de Bonifacio XIV que contuvieran condenas a la Masonería. Los católicos franceses podían, entonces, pretender ignorar dichas condenas. Pero ¿las ignoraban, en realidad? Lo dudamos mucho. Numerosos obispos franceses, en efecto, fulminaban contra la Orden en sus mandatos[1]. Por otra parte, los Masones franceses, con ocasión de los viajes y también de las guerras, tuvieron acceso a las Logias extranjeras y podían informarse de las prohibiciones romanas.

   La explicación dada normalmente, en cuanto a la presencia de católicos en las Logias francesas, es, entonces, insuficiente. Además se olvida siempre, con relación a esto, que el más ilustre y el más católico de todos los Masones católicos de esta época, Joseph de Maistre, no era francés, sino piamontés; y, el Piamonte, evidentemente, no se beneficiaba de las libertades de la Iglesia galicana. En torno a Joseph de Maistre, en la Logia “La Sinceridad” de Chambéry y en muchas otras Logias piamontesas, la casi totalidad de miembros eran católicos. Su presencia no puede explicarse por el comportamiento del Parlamento de París.

    Ciertos adversarios de la Francmasonería calificaron como malos padres y malos religiosos, a aquellos que frecuentaban así las Logias[2]. A veces incluso, se ha insinuado que aportaban ideas subversivas, que extendían luego por la Iglesia y por el mundo. Tales calumnias no merecen ser refutadas. Los padres y los religiosos Franc­masones, no eran menos fervientes que aquellos de sus cofrades que permanecían ajenos a la Orden. Nada impedía incluso que las Logias hayan abrigado, con más frecuencia de la que se piensa, a católicos y sacerdotes llegados al grado más alto de santidad.

*
*   *

Hacia finales de los sesenta, esta cuestión de las relaciones entre la Iglesia y la Masonería, fue objeto de una obra titulada Les Franc-Maçons[3], escrita por Jean Baylot y Michel Riquet. El primero, era un alto dignatario de la Gran Logia Nacional Francesa y, el segundo, un reputado predicador de la Compañía de Jesús. Bajo forma de diálogo, su libro intenta refutar algunos de los perjuicios contra la Masonería que son corrientes en Francia, sobre todo en los medios católicos. Numerosos hechos menores muestran que, incluso bajo el Segundo Imperio, las condenas pontificias permanecían con frecuencia como letra muerta[4]. Se ha visto también hasta qué punto es errónea, la aserción según la cual, la Masonería -sobre todo en Francia- ha sido siempre considerada como solidaria con las ideas llamadas “de izquierdas”[5]. Entendiéndolo desde el punto de vista estrictamente tradicional, sería preferible siempre que un Masón, como todo iniciado, se abstuviera de la acción política, sea de “derechas” o de “izquierdas”. Pero es bueno recordar que, la Masonería, bien lejos de haber fomentado la Revolución, fue, al contrario, “su primera víctima”[6].

     Pero volvamos a la cuestión religiosa. Un caso privilegiado, entre todos, será suficiente para ilustrar las altas virtudes de fe y de coraje que supieron manifestar, a veces, en la prueba de la tormenta revolucionaria, estos sacerdotes Francmasones del siglo XVIII. “La Logia de Laval contaba, en 1786, en vísperas de la Revolución, con cinco sacerdotes entre veintidós miembros. Y, de estos cinco padres, todos han sido refractarios a la Constitución civil del clero; cuatro fueron deportados, el quinto, Jean-Marie Gallot, fue guillotinado en Laval, el 21 de Enero de 1794” (p. 21).

     El R. P. Riquet ha omitido añadir[7] que Jean-Marie Gallot fue beatificado en 1955 por el Soberano Pontífice, Pío XII. A lo largo del proceso de beatificación, el “promotor de la fe” (ese dignatario eclesiástico, familiarmente conocido como “el abogado del diablo”, cuyo papel es buscar y someter a juicio de valor, todo aquello que, en la causa a instruir, no lleve el sello de la santidad) ¿tenía conocimiento de la cualidad masónica de Jean-Marie Gallot? Es probable que no[8]. Sea lo que fuere, “Roma locuta est, causa audita es”. Pío XII ha situado en los altares, como mártir de la fe, a un sacerdote Francmasón[9].

¡Como nos gustaría conocer, para cada Logia de Francia en esta época terrible, la actitud de los clérigos que formaban parte de ellas con respecto a la Constitución civil del clero! Esta Constitución, recordémoslo, apuntaba esencialmente a sustraer al clero francés de la autoridad del Papa, considerado como un soberano extranjero[10]. Obsérvese bien. Los cinco sacerdotes masones de Laval y todos aquellos que, en las demás diócesis, debieron actuar como ellos, no obedecieron al Papa cuando les prohibía pertenecer a la Masonería; y estaban dispuestos a morir por él cuando un poder temporal, más o menos legítimo, imponía su mano sobre las prerrogativas de la autoridad espiritual.

*
*   *

Respecto a la actitud actual de la Iglesia Católica, frente a la Masonería, el R. P. Riquet expone que está regida por el canon 2335[*] del Código de Derecho Canónico, que se expresa en estos términos:

“Aquellos que den su nombre a una secta masónica, u otras asociaciones del mismo género, que se dediquen a maquinar contra la Iglesia o sus poderes civiles legítimos, incurren ipso facto en la excomunión simplemente reservada a la Sede apostólica”.

El P. Riquet interpreta este canon de la siguiente forma: “El delito está esencialmente constituido por el hecho de adherirse a un grupo ‘que maquine contra la Iglesia o sus poderes civiles legítimos’. Como la Masonería inglesa y todas las Masonerías que están en correspondencia con ella, se abstienen siempre de conspirar contra la Iglesia y contra sus poderes establecidos, se deduce, según el R. P. Riquet, que estas Masonerías no se encuentran bajo las condenas pontificias”.

Una declaración así, viniendo de un eminente miembro de una Compañía renombrada por su absoluta devoción a las directrices de la Santa Sede, es evidentemente de gran peso. Desgraciadamente otras autoridades católicas, también muy bien situadas, dan a las prescripciones canónicas una muy distinta interpretación. El libro de Baylot y Riquet, ha sido acabado de imprimir en septiembre de 1968. Ahora bien, el 18 de Marzo de 1968, Le Figaro (diario en el que el R. P. Riquet ha ofrecido numerosos artículos sobre la Masonería “espiritualista”), publicaba la información siguiente:

“Città del Vaticano, 17 de Marzo. -La Iglesia no considera modificar las disposiciones canónicas en vigor referentes a la Francmasonería. Un comunicado del servicio de prensa de la Santa-Sede, se dice, en efecto, autorizado por el dicasterio competente, en este caso la Congregación para la doctrina de la fe, para declarar que son sin fundamento las informaciones aparecidas, tanto en Italia como en el extranjero, según las cuales estaría permitido a personas convertidas al catolicismo, en algunos países, permanecer en el seno de la Francmasonería, y que la Santa Sede se propondría modificar profundamente las disposiciones canónicas en vigor, referentes a esta última. Se sabe que de estas disposiciones prevén la excomunión de los católicos que formaran parte de la Francmasonería”.

Para apreciar en su justo valor esta información, conviene dar la precisión siguiente: Los “algunos países” de los que se trata son los escandinavos y, en particular, Suecia; ahora bien, tal como lo recuerda el R. P. Riquet, “es bien conocido que, en Suecia, el Gran Maestro de la Gran Logia es el mismo rey” (p. 47), y que, en consecuencia, la Masonería sueca no conspira contra la autoridad política de su país[11]. Vemos entonces, que, a ojos de un dicasterio romano cuyo Prefecto, recordémoslo, es el Soberano Pontífice[2*] en persona, los miembros de esta Masonería son excomulgados igual que los miembros de Obediencias latinas que han caído en los trágicos errores de la politización y del anticlericalismo.

     Los Masones de los países latinos, al menos aquellos que querrían ardientemente practicar en toda su plenitud el exoterismo religioso normal en su país, es decir, el catolicismo, tienen motivos para encontrarse confusos. ¿Qué deben creer? Su desconcierto es comprensible. Se puede decir que, en esta materia, las autoridades católicas, carecen de una doctrina verdaderamente “universal”. Entre las que pretenden que los Masones de tipo inglés no son alcanzados por las condenas, y aquellas que pretenden que todo Masón está excomulgado, ¿quién tiene razón?

*
*   *

   Si volvemos ahora a la Masonería francesa del siglo XVIII, podemos decir que sus miembros se comportaban como si tuvieran el “sentimiento” de que la autoridad romana, condenando su Orden, había salido de los límites asignados a su jurisdicción y se había aventurado en un dominio que sobrepasa su competencia[12]. En todo caso, esto explicaría la presencia en las Logias de señalados católicos, que parecen no haber puesto jamás en duda la legitimidad de su manera de obrar[13].

     Tras la Revolución y a lo largo del siglo XIX, los católicos fueron cada vez menos numerosos en los Templos masónicos. Los fervientes se abstenían. Correlativamente, como la Iglesia prohibía a los Masones la recepción de los sacramentos, éstos empezaron a abandonar todo rito religioso, incluido el más elemental y más indispensable de todos: la oración, que ninguna decisión pontifical podía prohibirles la práctica y los beneficios. También, en los países latinos y, sobre todo, en Francia, en Bélgica y en Italia, ciertas organizaciones masónicas, a finales del siglo XIX y a principios del XX, acabaron por tomar una actitud anticlerical y, a veces, antirreligiosa.

     Hoy en día, se han intentado esfuerzos desde diversos sectores, para remediar un estado de hecho tanto o más difícil de modificar cuanto que, en realidad, el “divorcio” entre Catolicismo y esoterismo, que remonta mucho más allá que la condena de 1738[14]. No se puede ciertamente decir que la Iglesia romana practique el “odio por el secreto”. Pero, en todo caso, aquellos que hablan en su nombre tienen el temor del secreto, y esto porque suponen que el secreto ha de ser hostil a la fe y un peligro para el dogma[15]. Para hablar simbólicamente, diríamos de buena gana que Pedro y Juan, que ambos sin embargo “siguen a Cristo”, no podrán verosímilmente verdaderamente encontrarse y mirarse cara a cara más que “en el más profundo de los valles, que es el valle de Josafat”[16].

     ¿Qué será de las tentativas hechas actualmente, tanto por los Masones, como los no-Masones? ¿Obtendrán que la Iglesia acabe con sus condenas? Algunos ya han dejado de esperar. Yves Marsaudon, tras una acción proseguida durante largos años, y que había esperado mucho del concilio “Vaticano II”[17], ha terminado por desanimarse y ha abrazado la ortodoxia bizantina[18]. Sin embargo, la Iglesia sufre actualmente tal mutación, que todos los “giros” son posibles[19]. Algunos Masones de espíritu tradicional (en el sentido que damos aquí a estas palabras), se inquietan, a veces, ante la perspectiva de que los católicos del aggiornamento, puedan muy pronto solicitar, en masa, su iniciación en las Logias[20]. Nosotros pensamos que estos Masones no tienen quizás suficiente confianza en la “robustez” de su institución, que, “fundada sobre la Fuerza”[21], ha conocido a lo largo de los tiempos muy distintas peripecias. La Masonería tiene en Occidente una función “providencial”. De origen precristiano[22], ha “recogido, desde la Edad Media, la herencia de múltiples organizaciones”. ¿Qué hay que decir, sino que ha recogido una notable parte del esoterismo cristiano? Ante un “brebaje” tan precioso, hace falta una copa tallada en la más dura de las piedras preciosas. Sin duda no es sin motivo por lo que, en el Evangelio joánico, la misma fórmula, por así decir ritual subraya los dos episodios del corazón atravesado, de donde brotan la sangre y el agua, y de la promesa de “perpetuidad” hecha a la "herencia" de San Juan[23].

*
*    *

     Volvamos sobre un punto bastante curioso de la tesis de los Sres. Baylot y Riquet: según ellos, los Masones de obediencia anglosajona o emparentadas, escaparían desde ahora a las excomuniones lanzadas por Roma. Es muy difícil seguirlos. Si Roma no ha pretendido más que condenar a las Obediencias “que se libran a maquinaciones contra la Iglesia” (según la fórmula del derecho canónico[3*], reproducida anteriormente), entonces ninguna Obediencia actual está condenada, incluido el Gran Oriente de Francia. Pero, por otra parte, es bien evidente, cuando se leen los textos oficiales de la Iglesia, que jamás ninguna distinción ha sido hecha entre Masones deístas y Masones más o menos increyentes[24].

     Hay Masones para los cuales, como prueba de “tradicionalidad” auténtica, sólo cuenta una cosa: la creencia en Dios. Estos Masones se escandalizan cuando perciben que René Guénon, hablando del Gran Oriente de Francia, no abrumaba a esta Obediencia e, incluso, en ocasiones, la defendía[25]. Esta actitud de Guénon es fácil de explicar. Su “función” estaba en relación con los caracteres particulares de su época, que era aquella en que la “segunda etapa” de la acción anti-tradicional, comenzaba a sustituir a la primera. Desde entonces, ya no eran el ateísmo, el materialismo o el racionalismo, los grandes enemigos de la iniciación en Occidente. Sino que otros temibles iban a revelarse como nuevas “perversiones” del espíritu moderno, aparentemente compatibles con el “espiritualismo”, y que, de este hecho, comenzarían ya a “investir” a ciertas fracciones del exoterismo occidental. Como, por otra parte, las tendencias “racionalizantes” de la Masonería francesa, no habían alterado la validez de sus rituales, la actitud de Guénon y su rechazo a pronunciamientos exclusivos en uno u otro sentido, se explica perfectamente[26].
*
*   *

     Una cosa bastante sorprendente, es que, leyendo la obra precitada, se podría creer que los dos interlocutores no ven en la Masonería más que un medio de entablar relaciones, y la asemejan, en consecuencia, a los Rotary-clubs, a los Leones y a los Kiwanis. Estas organizaciones totalmente recientes y estrechamente limitadas a lo se llama “mundo de los negocios”, carecen de ritual, todavía menos simbolismo y, evidentemente, no tienen secreto alguno. Compararlas al Arte Real, es absolutamente inadmisible[27]. Pero, por otra parte, ¿qué es pues la Masonería? ¿De dónde viene y a dónde va? Nadie, antes de René Guénon, había dado a estas preguntas, por otra parte muy naturales, una respuesta satisfactoria. Los dos autores del Libro que acabamos de analizar, no parecen tener mucha simpatía hacia Guénon. ¿Han hecho algún esfuerzo para comprenderlo? Podemos dudarlo, al leer un determinado pasaje del libro[28]. No importa. La obra de Jean Baylot y Michel Riquet constituye, a su manera, un homenaje a René Guénon, pues acaba con una bibliografía masónica muy sucinta. Sobre dieciséis autores citados, destacamos nombres que, sin ser en absoluto guénonianos, han dedicado a veces alguna de sus obras “A la memoria de René Guénon” o incluso han considerado como una promesa de porvenir la penetración de las ideas guenonianas en los medios masónicos de Francia y de Italia. Demos gracias a Jean Baylot y Michel Riquet por haber dejado sitio a tales autores en su bibliografía: han mostrado de esta forma que, en adelante, no es ya posible en Francia tratar seriamente la Masonería pasando bajo silencio la obra de René Guénon.

*
*   *

     No podríamos terminar este capítulo sin recordar que, para Guénon, “cuanto menos el exoterismo se ocupe del esoterismo, mucho mejor” Ahora bien, hay algo que siempre nos ha chocado. De Clemente XII a León XIII, todos los Papas han renovado, por encíclica, la condenación dirigida contra la Masonería en 1738. Pero el sucesor de León XIII, San Pío X, no renovó las condenas anteriores y, los pontífices que le siguieron, le imitaron. Ciertamente, el artículo 2335 del derecho canónico, sigue existiendo[4*], pero hemos visto que su texto deja el campo libre a una interpretación “laxista”, y los religiosos que han sostenido esta interpretación no han sido censurados por la jerarquía. ¿Es realmente deseable que la Iglesia vaya aún más lejos? Y la situación actual, con los sinsabores pero también las ventajas que comporta toda ambigüedad, ¿no corresponde, en suma, al deseo expresado por Guénon?

Notas:
[1] Citaremos como ejemplo al obispo de Marsella, M. De Belzuce, el mismo que destacó por sus desvelos cuando la peste asoló su sede episcopal.
[2] Citaremos por ejemplo a un redactor de la Revue Internationale des Sociètes Secrétés que, bajo el nombre de Hiram, publicó una obra sobre Willermoz y el Rito Templario al Oriente de Lyon. Los canónigos del noble cabildo de la catedral de Saint-Jean y el mismo Willermoz, han sido tratados de falsos católicos e, incluso, ¡acusados de satanismo!
[3] Béauchesne, París.
[4] El Gran Maestro del Gran Oriente de Francia, el mariscal Magnan, tuvo en la Madeleine, en 1862, unas solemnes exequias, celebradas con la dignidad correspondiente a su cargo. Sobre el catafalco, figuraban, junto a su bastón y condecoraciones, sus insignias de Gran Maestro de la Orden (pg. 20).
[5] Citemos simplemente dos hechos recordados por los autores. El principal artesano de la fundación del Gran Oriente de Francia en 1773, fue el duque de Luxemburgo, Masón, devoto a su Orden más allá de toda expresión. “Ahora bien, el duque de Luxemburgo ha sido el presidente de la nobleza de los Estados Generales; ha sido el único noble en rechazar toda reunión de las Ordenes y, cuando fracasó, fue el primero de los emigrados” (pg. 36). -Se ignora generalmente que el duque de Berry, hijo de Carlos X, y padre del último pretendiente legalista, Enrique V (el conde de Chambord, llamado, “el niño del milagro”), era Masón y hubiera sido Gran Maestro del Gran Oriente si no hubiera sido asesinado en 1820.
[6] Cf. Études sur la Franc-Maçonnerie et le  Compagnonnage, t. I, p. 110.
[7] Esta omisión ha sido reparada en una conferencia radiofónica el 26 de Febrero de 1969, en la que participaban igualmente, Jean Baylot, Alec Mellor y Pierre Mariel.
[8] El relato de la actividad masónica y del martirio de Jean-Marie Gallot, ha sido reflejado en La Historia de la Francmasonería en la Mayenne, por A. Bouton y M. Lepage.
[9] La situación es más picante aún. Él único miembro de la Masonería (especulativa) que puede ser invocado litúrgicamente ¡es un Francmasón del Gran Oriente de Francia!
[10] Era una de las manifestaciones de ese nacionalismo exacerbado de los revolucionarios, que recordó Guénon. Se sabe que, lo que conllevó a la caída definitiva de Luis XVI, fue el veto que opuso hasta el final a las medidas tomadas contra los sacerdotes refractarios. Sus enemigos, aprovecharon para acusarlo de no ser patriota....
[*] Nota del T.: Al publicarse este libro en primera edición, estaba vigente el Código de 1917. En el Código promulgado en 1983, el canon relacionado con el asunto es el nº 1374, que dice así: "Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho".
[11] La Masonería sueca practica un Rito particular que no carece de analogía con el de la Estricta Observancia. El último grado de este Rito, “Vicario de Salomón”, no puede tener más que un solo titular: el Rey.
[2*] Nota del T.:  El autor sufre aquí un lapsus, pues el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no era el Papa en aquel momento, ni tampoco desde entonces lo ha sido.
[12] Tal forma de ver, podría estar justificada por la falta de seriedad de ciertas decisiones pontificias anti­masónicas. El caso más extraordinario, es el de León XIII que, en el momento del asunto Taxil, condenó, sin más ni menos, a la Masonería y a asociaciones bastante inofensivas como los Old-Fellows, los “Chevaliers de Pythias” y los “Hijos de la Templanza”.
[13] Otro caso que sería interesante examinar, es el de Irlanda. La “Isla de los Santos” tenía una Masonería operativa muy próspera, que parece haber estado en relación con los "Culdeos". Poco después de 1717 se efectuó la transformación especulativa, y se sabe que los Masones irlandeses promovieron en Inglaterra la fundación de la Gran Logia de los Antiguos en 1751. Los católicos y, en particular, los numerosos animadores de los movimientos de Independencia, como los Sinn-fein, continuaron frecuentando las Logias hasta la bula Humanum genus de León XIII.
[14] Es bastante curioso que el reciente recuerdo de las condenas pontificias, a que hemos hecho referencia, estén datadas en 17 de Marzo de 1968. Y el 17 de Marzo es dado frecuentemente como la fecha del suplicio de Jaques de Molay. ¿La coincidencia ha sido querida o hay que mirarla sólo simbólicamente, como la fecha del arresto de Cagliostro, el 27 de Septiembre de 1768? —A este respecto, hagamos otra indicación que no tiene relación con la Masonería, pero que, sin duda, sí la tiene con los Templarios. La carta de Gargantúa a su hijo (Pantagruel, cap. VIII), considerada por los críticos profanos, como prueba que la novela de Rabelais (como Le Roman de la Rose) “es una obra profunda con apariencias triviales”, está fechada  “De Utopía, este décimo-séptimo día del mes de Marzo”.
[15] Es cierto que, si la Masonería renunciara al secreto o, incluso, declarara que su secreto no cubre ninguna realidad profunda, la Iglesia no vería ningún inconveniente en revocar las condenas. Pero una organización masónica que tomara una iniciativa así, se excluiría, por sí misma, del seno de la Masonería universal, el secreto, siendo el más “intangible” de todos los Landmarks, e identificándose, en cierto modo, con el “vínculo” iniciático y la misma Masonería, tal como podemos verlo especialmente en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en el que la apertura de los trabajos comienza diciendo: “Hermano Primer Vigilante, ¿cual es el lazo que nos une? — Un secreto. -¿Cuál es este secreto? -La Francmasonería”. Para dar a estas expresiones el alcance que verdaderamente tienen y que no sospechan la mayoría de quienes las repiten, es bueno referirse a una de las notas de La Grande Triade (cap. II) de Guénon, relativa a las relaciones del cable tow con el “vínculo iniciático”. Recordemos igualmente un hecho mencionado por Luigi Valli: entre los “Fieles de Amor”, ciertos símbolos designaban, a la vez, el rito iniciático, la doctrina esotérica y la organización depositaria. Esta triple equivalencia corresponde rigurosamente a la equivalencia (atestiguada por las fórmulas “escocesas” a que hemos hecho referencia anteriormente) entre el “lazo”, el “secreto” y la “Francmasonería”.
[16] Todo lo que los Evangelios aportan respecto del Apóstol Juan, es susceptible de interpretaciones esotéricas, a menudo muy interesantes. Uno de los episodios más enigmáticos es el que se denomina “la demanda de la madre de los hijos de Zebedeo” (Mateo, XX, 20-28); demanda que, por su carácter de exageración, levanta indignas protestas por parte de los otros diez Apóstoles. Es necesario remarcar que la exorbitante solicitud de María-Salomé no fue rechazada formalmente por Cristo, que responde evasivamente y se limita a emitir algunas dudas sobre la conciencia que, los dos hermanos y su madre, podían tener sobre el verdadero alcance de semejante asunto. En cuanto a la copa que Santiago y Juan pretendían poder beber como Cristo, declaración que éste, por lo demás, confirma, es muy difícil admitir la explicación que se da habitualmente, a saber que los dos Boanerges debían, como Cristo, beber, en la “copa de la amargura”, los sufrimientos de la Pasión. En efecto, de todos los Apóstoles, son Santiago y Juan quienes tuvieron el final menos doloroso. Mientras que Pedro y Andrés fueron crucificados y que otros fueron desollados vivos, lapidados o atravesados por flechas, Santiago fue “simplemente” decapitado; en cuanto a Juan, murió apaciblemente, a una edad muy avanzada, en Éfeso. Había sido, según la tradición, sumergido en Roma en una cuba de aceite hirviendo, pero no llegó a sentir ningún daño. La copa prometida por Cristo, debía, pues, significar algo muy distinto a los tormentos. Pensamos que se trata, en realidad, de la copa del perfecto Conocimiento, y se sabe que las representaciones tradicionales de San Juan, lo muestran con una copa en la mano. Pues es Juan y no Santiago, quien fue favorecido plenamente por la promesa hecha por su Maestro, piénsese en el comportamiento del discípulo bienamado durante la Cena y también al pie de la Cruz con María. En suma, si la demanda de la madre de los hijos de Zebedeo no fue aceptada en su integridad, es que Cristo, cuando vuelva, en su gloria, en su segunda venida, no podría estar rodeado por Santiago y Juan, sino más bien por Pedro y Juan, representantes respectivos del exoterismo y el esoterismo cristianos.
[17] En el “Vaticano II”, uno de los Padres se levantó un día en el aula conciliar, para sugerir que la Iglesia revocara las bulas de excomunión. Era el obispo de Cuernavaca, en México. (Esta misma ciudad de Cuernavaca debía, poco después de la clausura del concilio, convertirse en el teatro de una extraño asunto: el monasterio benedictino del lugar añadía, a los ejercicios prescritos por su Regla, otros ejercicios tomados... del psicoanálisis. Era San Benito “mejorado” ¡por Sigmund Freud! El escándalo fue mayúsculo y el obispo fue convocado a Roma. Finalmente el Abad de este monasterio, verdaderamente “en la punta del progreso”, fue “reducido al estado laical” ). -Pues bien, el obispo de Cuernavaca había dicho a sus hermanos: “La Francmasonería espera un gesto de vosotros”. Tal manera de ver las cosas es defectuosa. La Masonería, Orden iniciática, no espera nada de la Iglesia, que es una organización puramente exotérica. A su respecto no está ni “arrepentida, ni, incluso, “demandante”. Todo cuanto puede decirse es que muchos Masones de países latinos desean que la Iglesia les permita vivir integralmente su “fe”.
[18] Existe publicada una obra titulada: De la Iniciación Masónica a la Ortodoxia Cristiana (Dervy, París), que reproduce en apéndice algunas cartas intercambiadas entre el autor y Alec Mellor.
[19] El cuatro de Abril de 1969, día de Viernes Santo, un teólogo eminente de la Compañía de Jesús, creado, algunos días más tarde, cardenal, respondía, radiofónicamente, a las preguntas que los oyentes le planteaban por teléfono. La última pregunta fue; “¿Qué espera la Iglesia para modificar su actitud hacia los Francmasones?” El interpelado respondió que no podía hablar de la Masonería como de un bloque y que existían católicos Francmasones. Parece entonces que algunos de los más altos dignatarios de la Iglesia sean favorables a la tesis del R. P. Riquet. Pero, evidentemente, no pueden hablar más que a título personal y no en nombre de la Iglesia, como lo ha hecho la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.
[20] Fue este, quizás, el caso de uno de los más notables colaboradores de Le Symbolisme, François Ménard. En uno de sus últimos escritos, reseñaba la obra de un Masón belga, L. J. Piérol, obra titulada Le Cowan, y dirigida contra Alec Mellor (Editions Vitiano, París). Ménard ha señalado excelentemente las insuficiencias flagrantes de esta obra. Nosotros añadiremos esto: el término masónico inglés cowan, designa, hoy en día, a un profano que escucha a las puestas de una Logia, y que, en consecuencia, intenta conocer ilegítimamente el “secreto”. Esto no podría aplicarse a Alec Mellor del que pueden no compartirse las ideas, pero del que hay que convenir que su información sobre la Orden (que era grande, incluso, cuando no era Masón), no fue obtenida por fraude y se encuentra a la disposición de todo profano que se tome el trabajo de adquirirla.
[21] Hacemos aquí alusión a un aspecto del significado conjunto de las “palabras sagradas” de los dos primeros grados.
[22] Esta verdad, a veces contestada, es fácil de establecer tanto por las pruebas de orden ritual, como por pruebas resultantes del atento examen de los OId Charges.
[23] La incorporación del esoterismo cristiano a la Masonería se ha hecho, entiéndase bien, en modo simbólico, y, sobre todo, en los altos grados. La presencia de estos altos grados dificulta considerablemente la aproximación con la Iglesia; Albert  Lantoine ya lo había comprobado.
[3*] Anterior a 1983. Nota del T.
[24] Nunca se repetirá lo bastante: en tiempos de Clemente XII, de Benito XIV y de otros Pontífices que fulminaron excomuniones contra la Masonería, todas las Obediencias eran “deístas”. La primera en tomar una actitud “no-deísta” (no decimos atea) fue el Gran Oriente de Francia (cf. El capítulo titulado: “1877”, que aparecerá en nuestra próxima obra): pero la Masonería estaba excomulgada desde mucho antes. No discutiremos por el momento otra tesis de uno de los autores, Jean Baylot, que identifica, pura y simplemente, la “regularidad” de una Obediencia, con su reconocimiento por la Gran Logia Unida de Inglaterra. La regularidad, en el sentido en que la entendía René Guénon, depende esencialmente del mantenimiento de los ritos tradicionales.
[25] Cuando fue publicado el segundo tomo de Estudios sobre la Franc-Masonería y el Compañerazgo, un crítico, por otra parte, muy bien informado y competente, emitió ciertas reservas sobre la oportunidad de haber reproducido artículos masónicos ofrecidos por Palingenius a La Gnose; artículos, donde se hablaba del Gran Oriente con simpatía. No compartimos los puntos de vista de esta crítica, y desearíamos incluso, que, con ocasión de una reedición ulterior de la obra en cuestión, se hicieran también figurar otros artículos escritos por “Le Sphinx” en La France Antimaçonnique. 
[26] Esta actitud, ha tenido, por otra parte, un doble resultado práctico. Los Masones deístas no han perdonado a Guénon lo que ellos llaman su “debilidad” por las Obediencias “no-deístas”; y estos últimos no le han perdonado su evidente simpatía por ciertos aspectos de la Masonería anglosajona. Guénon, por otra parte, parece bastante poco afectado por la incomprensión que le testimoniaron la gran mayoría de los altos dignatarios de la Orden. No amaba las Obediencias, que consideraba como un “mal necesario”. La Obediencias se lo han devuelto....
[27] Reproduzcamos, a titulo de curiosidad, el siguiente pasaje. Jean Baylot: “He aquí, creo, lo que podemos decir de la Masonería. Es en apariencia, si así lo queréis, una especie de club, como el resto de clubes que existen en el mundo...” — R. P. Riquet: "El Rotary, el Lions’Club...” — Jean Baylot: “Que conocéis bien por haber hablado con frecuencia, e, incluso creo para ser .... miembro de honor”. -Jean Baylot: “...Hay una nueva cadena de clubes funcionando, que se llaman los “Kiwanis”; es un término tomado del vocabulario indio. Y estos clubes internacionales, universales, se desarrollan a una velocidad tal, que me parece que respondan a una necesidad...” (pp. 65 y 66).
[28] He aquí este pasaje bastante enigmático (p. 60). Habla Jean Baylot: “Nuestra época pulula de imágenes, a buen seguro frágiles, pues está tentada por las modas. La Masonería ha evitado este escollo, ha evitado el escollo de querer, como lo ha hecho, en un momento de su vida, René Guénon, vincularse, incorporarse a una tradición particular, adoptar su estilo... El R. P. Riquet dice entonces: "como Oswald Wirth”. Y Jean Baylot responde: “Oswald Wirth, no se ha desvinculado de nuestras tradiciones, pero fue ocultista a comienzos de su vida”.
[4*] Hasta 1983. Nota del Traductor


*
*   *






José Antonio Ferrer Benimeli, S.J. (video 4/4 minuto 7 y ss): En 1972, el Cardenal Seper, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antecesor en el cargo al Cardenal Ratzinger), eximió de la pena de excomunión que figuraba en aquel momento en el Código de Derecho Canónico, a los masones católicos de los países escandinavos que formasen parte de Obediencias masónicas que no fuesen contra los principios o dogmas de la Iglesia Católica.



*
*   *



El Rito Sueco es un rito masónico practicado principalmente en los países escandinavos: Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia. La práctica de este rito exige que el francmasón se declare cristiano. De manera matizada, se trabaja también en Alemania y en algunas logias fuera de Escandinavia.

La historia de este rito está fuertemente vinculada a la implantación de la Estricta Observancia en la Francmasonería de la Europa del norte. Fue fundado sobre una base cristiana y templaria, instalada en Suecia en 1759 por Carl Friedrich Eckleff.

La Francmasonería fue introducida en Suecia por el conde Wrede-Spare, oficial de caballería que había sido recibido Aprendiz en París el 4 de mayo de 1731, Compañero el 16 de noviembre de 1731 y Maestro el 6 de mayo de 1733. La primera reunión de una logia con nombre propio tuvo lugar en casa del barón Gabriel Sack el 17 de marzo de 1735. El rey Federico I prohibió la Francmasonería por decreto el 21 de octubre de 1738, decreto anulado algunos años más tarde.

El 13 de enero de 1752, el conde Knut Carlsonn Posse fundó la logia “San Juan auxiliar”, que se declara Logia Madre de Suecia y, con este título, se autoriza a crear otras logias en el reino de Suecia. El año siguiente, el barón Charles-Frederic Scheffer, que había sido iniciado el 14 de mayo de 1737 en París en la logia Coustos-Villeroy, fue elegido su Gran Maestro. Obraba en posesión suya un documento fechado en 1737, que le fue enviado por el conde de Darwentwater y que se conserva actualmente en Estocolmo. Este documento parafrasea las Constituciones de 1723, pero afirmando que la Francmasonería tendría un carácter exclusivamente cristiano.

Los rituales franceses utilizados en los comienzos son revisados en 1756. En 1761, se funda la Gran Logia de Suecia. Es su primer Gran Maestro el barón Scheffer, y Carl Friedrich Eckleff asistente del Gran Maestro. El duque Carl Von Södermanland, miembro de la Estricta Observancia y futuro rey Carlos XIII de Suecia, se convertirá en Gran Maestro en 1774 y emprenderá la organización del Rito Sueco retomando las bases de un capítulo de altos grados masónicos fundado en Estocolmo por Eckleff el 25 de diciembre de 1759. Llevará a cabo revisiones del rito en 1780 y en 1800, fecha en que fue establecida la constitución fundamental de la Orden.

El Rito Sueco se declara fundamentalmente cristiano. Está impregnado de rosacrucismo, de cábala y de teosofía, y en algunos aspectos recuerda la doctrina de Swedenborg. Tras un informe de 1828, se asigna como objetivo el conocimiento de Dios por el reconocimiento del espíritu divino que lleva cada uno en sí, por la acogida de la dimensión trinitaria y por la fe en Jesucristo.

Se organiza en diez grados, distribuidos en una estructura de tríptico:

Grados de San Juan:

Aprendiz
Compañero
Maestro Masón.

Grados de San Andrés Escocés:

Aprendiz
Compañero
Maestro de San Andrés.

Grados de Capítulo:

Alto Ilustre Hermano (o Caballero del Este)
Muy Alto Ilustre Hermano (o Caballero del Oeste)
Hermano Iluminado
Alto Hermano Iluminado.

Tiene, además, grados administrativos:

Hermano Muy Alto Iluminado
Caballero Comendador de la Cruz Roja.

Hay aproximadamente 60 masones que tienen este grado actualmente.

En 1811 el Rey Karl estableció la orden real de King Karl XIII. Es una orden civil otorgada por el Rey, solamente a francmasones del grado XI con un número limitado a 33. No es, sin embargo, un grado masónico.