lunes, 3 de octubre de 2016

Las Diosas Tejedoras; por Pere Sánchez Ferré

          Revista La Puerta nº 62, Arola Editors, Tarragona, 2003.  

            I.     Introducción

Las artes y los oficios fueron otorgados por los dioses a los hombres a fin de que éstos sobrevivieran en un mundo ajeno y hostil. Además de esta función, conservaron desde sus inicios otra muy importante, ya que siempre sirvieron como imágenes y símbolos del secreto del hombre y de su regeneración.

El arte de tejer es un ejemplo de ello, pues no enseña que todo el universo es un inmenso tejido, que abarca desde lo más puro y sutil hasta lo más grosero y espeso.

En la mitología clásica abundan las mujeres y diosas tejedoras. Es un oficio consagrado por lo general al sexo femenino porque es la mujer quien, una vez recibida la simiente masculina, teje, es decir, alimenta y hace crecer, de su propia sustancia, la nueva vida que lleva en su seno. Tejedoras de engaños o de cuerpos puros, son ellas quienes tejen los cuerpos en un telar terrestre, desde los más sutiles y traslúcidos, hasta los más opacos y perecederos. Todo está sometido al sabio o bien al nefasto arte de tejer o de corporificar.

La simbología del hilo, del telar y del vestido que tanto usaron los griegos, procede seguramente de Egipto, aunque otras tradiciones, como la hindú o la oriental, se sirvieron de ella para enseñar iguales misterios.

Comenzaremos por abordar sus efectos en este mundo.

II.      Los tejidos que envuelven el alma

Las almas siempre buscan un cuerpo del que revestirse. Cuando descienden a la encarnación humana, en este mundo, esperan ser recibidas en un cuerpo inmortal, en una vestidura de gloria, pero se encuentran atrapadas en un envoltorio de tejido animal y corruptible. Hermes Trismegisto relata con toda su crudeza lo que ha ocurrido a nuestras almas:

Porque la ignorancia maldita inunda toda la tierra y corrompe el al (psique) [2] aprisionada en el cuerpo […] Debes rasgar de parte a parte la túnica que te cubre, el tejido de la ignorancia, el vestido urdido de la corrupción, la cárcel tenebrosa, la muerte viviente, el cadáver invisible, el sepulcro que llevas a todas partes contigo, el ladrón que habita en tu casa […]. Tal es el enemigo que te has puesto por túnica […] a fin de que no tengas oídos, para las cosas que necesitas oír ni mirada para las que necesitas ver. [3]


Empédocles dice, hablando de la fuerza que hace caer al alma en el exilio de la carne: «La reviste con una túnica de carne que le extraña, cambiando el vestido de las almas». [4]

Según Porfirio, «la voluptuosidad encadena las potencias divinas y las hace caer en la generación, y éstas, enervadas, pierden en el placer parte de sus fuerzas. […] la vida del alma perece por la voluptuosidad». [5]

La tradición poética y mitológica griega enseña que la caída del alma en esta túnica fatal, que es el cuerpo humano donde el alma se encuentra prisionera, es obra de diosas como Circe, quien teje la tela del mundo sublunar. Homero cuenta en la Odisea que los compañeros de Ulises no sospechan la trampa que la maga Circe, «la rica en venenos» (x, 726), tiende a los confiados navegantes, ya que los atrapa en la encarnación animal, los convierte en cerdos y les da «licor» que les hace olvidar la «patria».

Explica Emmanuel d’Hooghvorst, el último gran comentador de Homero, que Circe está condenada a tejer perpetuamente la tela de la generación. [6] Su nombre revela lo propio de su actividad, pues Circe (kirqué) es un vocablo asociado a la idea de círculo y proviene del verbo kerquitzô, ‘tejer’. Continúa diciendo el autor de El Hilo de Penélope que sin «peso, esta hembra se agota gastando sin cocer. […] la naturaleza de este mundo, Circe, sin buena quymica se convierte en una mujer malvada, pero unida al oro se vuelve, tal como veremos, una amante fiel y una musa inteligente […] Circe, Arte puro o dolo animal, hace a los elegidos o a los necios, según sea salada o desalada». [7]

Por lo tanto, sin la visita iniciática del héroe salvador, nuestra naturaleza caída (Circe) no puede ser regenerada.

Un antiguo comentador de Homero, Pseudo Plutarco, relata así el cometido de la diosa Circe:

La transformación de los compañeros de Ulises en cerdos y animales semejantes encierra un enigma, que las almas de los hombres insensatos caen en el movimiento circular del Todo, al que llama Circe, y la supone con cierta razón hija del sol, habitante de la isla de Ea (Aiaië) (Odisea x, 135), isla así llamada por los ayes de lamento y quejas de los hombres ante la muerte. Pero el hombre sabio, el propio Ulises, no sufrió semejante transformación. [8]


Así, la tejedora de este mundo arrastra a las almas hacia la generación, encerrándolas en el círculo fatal de las reencarnaciones; sin embargo, al hacerlas bajar al exilio sublunar cumple los designios divinos, como explica El Mensaje Reencontrado: «La caída del hombre tiene una finalidad divinamente elevada, que es la adquisición de un cuerpo bajo y su glorificación en Dios». [9]

Porfirio hizo un comentario del famoso pasaje de la Odisea dedicado a Circe que, entre otras cosas, trata del arte de tejer los cuerpos de este mundo:

¿Qué símbolo convendría mejor que los telares con las almas que bajan a la generación y a la producción de los cuerpos? Por esta razón el poeta osa decir que, en estos telares, las Ninfas ‘tejen telas teñidas de púrpura de visión admirable’. Porque en los huesos y a su alrededor se forma la carne, y los huesos son la piedra y el cuerpo de los animales a causa de su gran parecido con ese elemento. Por eso se dice que los telares son de piedra y no de otra materia. Las telas de púrpura serían la carne tejida a partir de la sangre […] Y el cuerpo es el vestido del alma.

Para estas almas, volverse húmedas no es morir, […] para ellas es una dicha caer en la generación. […] En efecto, estas almas aman la sangre y el semen humano. [10]

Por su parte, Arístides Quintiliano, refiere a ciertos alineamientos luminosos de los que el alma se envuelve progresivamente al bajar a la encarnación, formando «una red ovoide que dibuja el contorno del futuro cuerpo humano. Estos hilos de luz, tejidos en el espacio, se convertirán, en la tierra, después de la encarnación, en redes de venas, de arterias y de nervios».  [11]

Proclo insiste en este mismo misterio cuando escribe que el alma que «se encamina hacia lo inteligible se desviste de las túnicas de las que está revistida». Por el contrario, las almas que descienden a la encarnación, «se añaden varias túnicas, tomadas de los elementos, aéreas, líquidas y terrestres y, finalmente, entran en este volumen espeso». [12] Dichas túnicas están formadas, según creen los órficos y pitagóricos, por un hilo que los círculos planetarios utilizan para tejer la red que las almas atraviesan al bajar a este mundo. Y para encarnarse, se vinculan al elemento generador. Escribe C. de Alejandría que, para los órficos, «el hilo de la urdimbre expresa alegóricamente, el semen». [13]

Así, en el semen se encuentra el fundamento del principio purificador.

En Egipto, el hilo y el tejido desempeñan un importante papel en los misterios iniciáticos. Osiris es el dios momificado y sepultado en el ser humano, amortajado por un vendaje que lo oprime y lo deja inerte, como muerto, sometido a los propios deseos y apetitos del cuerpo, que le causan los peores sufrimientos. Pero cuando el alma (Osiris) es iniciada, es despojada de las antiguas vestiduras y la diosa Tait, la «divina tejedora», confecciona la «túnica osiriana» hecha de lino blanco inmaculado, que simboliza el vestido de la luz. Explica Plutarco que la flor del lino es de un color «azul parecido al del éter que rodea el universo» [14] Esta nueva vestidura es llamada «aire tejido» [15] pues está confeccionada por la luz corporificada del sol.

Si el lino era el símbolo del cuerpo inmortal, la lana lo era del cuerpo animal, por lo que su uso estaba prohibido en las ceremonias iniciáticas egipcias y griegas. [16]

En el cristianismo antigua también estaban presentes los tejidos, pues antes de entrar en la piscina bautismal, el candidato se desvestía de sus antiguas ropas y, una vez purificado por el bautismo, recibía vestidos blancos luminosos, llamados «túnica solar del Señor», pues era éste quien le había «envuelto de pureza e incorruptibilidad». [17]

Según Themistios, «en los misterios de Eleusis el sacerdote quitaba las vestiduras de una estatua de Afrodita, después de haberla frotado para devolverle la belleza» [18].


III.   La materia animada

Platón explicó que las almas disminuyen en vigor a medida que se aproximan al mundo de la generación, hasta perder las alas, aunque son ellas las que dan vida a los cuerpos.

Porque todo cuerpo, al que le viene de fuera el movimiento, es inanimado; mientras que al que le viene de dentro, desde sí mismo y para sí mismo, es animado. […] lo que se mueve a sí mismo es el alma […].

Todo lo que es alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta  y alada, surca las alturas y gobierna todo el Cosmos. Pero la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido, donde se asienta y se hace con un cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo en virtud de la fuerza de aquélla. Este compuesto, cristalización de alma y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el sobrenombre de mortal (Fedro 245e  246-c).

La carne, pues, procede del alma y es animada por ésta, cuyo origen es el Alma del Mundo, una fuerza celeste y solar (ígena) que mueve los astros, hace latir nuestros corazones y ha cohesionado y ordenado el mundo de la encarnación, dotando a la materia de vida animada e introduciendo el fuego divino o alma en su interior, aunque este fuego haya quedado oscurecido y congelado en nuestra sepultura carnal. Cuando el cuerpo no puede soportar más la vida y muere, esta vida del alma que lo animaba se libera de sus ataduras y es salvada o vuelve al círculo nefasto de la generación caída, al imperio de Circe.

Todos hemos sido hechos de esta alma universal que tiene siempre ha corporificarse. Ella nos da la vida, nos anima, nos alimenta y finalmente nos mata. Ella es también quien puede regenerar nuestra naturaleza caída si, como hizo Penélope, conseguimos captarla con la ayuda de Dios. E. d’Hooghvorst dirá que esta vida celeste es un «pensamiento inteligente e ígneo […]. Los hombres viven de él sin ofrecerle la morada donde está el alma luminosa, al tomar cuerpo, alimentará la edad de oro.» [19]


IV.    La araña

La araña ocupa un lugar destacado en la mitología hindú y tiene también su espacio en la de Occidente. Por su labor tejedora, puede equipararse al alma, pues de ella misma, de su propia sustancia, fabrica la tela, como el alma se fabrica un cuerpo. La araña también es comparada con el sol, el astro crea de sí mismo sus rayos, que son como los hilos que tejen y vivifican el universo.

A.  K. Coomaraswamy explica que, según la tradición hindú el prana teje las criaturas y todo el universo es una gran red que religa los mundos y los seres, donde el sol tiene un papel esencial:

Este Sol conecta estos mundos mediante un hilo (sutre) y ese hilo es el Viento (Vayu, Spiritus). Nuestros soplos son los ‘hilos’ (tantu, tantri, sutra) con los que la Araña solar, nuestro Sí, teje su tela de siete radios, el ‘tejido’ del Universo; y, en última instancia, ‘el único hilo’ en el que todo este universo está ‘ensartado’ […].

Todas estas ideas forman parte de la conocida doctrina del ‘hilo del espíritu’ (sutratman) y del simbolismo de los actos de tejer y coser […] según la cual el sol conecta todas las cosas consigo mismo por medio de ‘hilos’ pneumáticos que son ‘rayos’ que él extiende. [20]

En la mitología griega, la tejedora Aracne puede simbolizar el alma, pues cuenta la leyenda que esta hija del tintorero Idmón no quería deber su habilidades más que a sí misma. Pretendió aventajar a Atenea en el arte de bordar y la desafió: Aracne bordó representaciones de los amores ilícitos de los dioses, mientras que la diosa representó en su bordado, además de los doce dioses del olimpo en toda su majestad, cuatro episodios que mostraban la derrota de los mortales que osaban desafiar a los dioses. Atenea destruyó la obra de su rival y ésta pretendió ahorcarse, pero la diosa no la quiso y la convirtió en araña. Aracne en griego significa ‘araña’. No es difícil descubrir aquí la historia de la rebelión de los titanes, o de las almas, precipitadas en la región inferior, es decir, sepultadas en los seres humanos.


V.       Las Moiras

Las almas que han caído en la generación y se han humedecido al contacto con el mundo corpóreo quedan sometidas a otras tejedoras muy presentes en la Antigüedad: las Moiras o Parcas, que tejen el destino de los seres humanos. [21] Ellas, dice Hesíodo, «otorgan a los hombres mortales la posesión del bien y del mal»  (Teogonía 901-906).

Aunque hay muchas variantes sobre sus orígenes y número, se acepta que las Moiras son tres: Átropo, Cloto y Láquesis, y regulan la vida de cada uno de nosotros, desde el nacimiento hasta la muerte, con la ayuda de un hilo que la primera hila, la segunda enrolla y la última corta cuando nuestra vida llega a su término. También presiden los alumbramientos, ayudando a las mujeres que van a dar a luz (como Lucina). El color de la Lana que hilan las Parcas determina el destino de los mortales.

La antigua tradición de las Moiras y otras tejedoras se ha perpetuado en las brujas y las hadas de la época moderna, como ocurre en el folklore catalán, donde ambas a menudo son representadas hilando como Circe. [22]


VI.    El arte del buen tejer

Si bien unas diosas tejen la trampa del cuerpo mortal y del destino astral del hombre, otras más propicias destejen la tela de la generación vulgar que sepulta nuestra alma y la liberan de su prisión. La maestra de este sabio destejer es la homérica Penélope quien, en palabras de E. d’Hooghvorst.

Es la esposa fiel que espera en casa, ‘la-que-ve-la-trama’; dicho nombre es muy apropiado para esta tejedora que desteje. […] La tejedora nos da aquí la clave de su arte: ‘De noche’, dice, ‘deshago el trabajo del día’. ¿Qué representa el día? El tiempo que devora toda savia y agota la vida. En nocturna quymica de Penélope, se descose el sudario fatal del Arte sepultado, reanimando entonces su sol, y he aquí la espera de un dulce que ha vuelto en paz.

La noche dicen los cabalistas es el secreto del Señor. [23]

Las buenas tejedoras como Penélope destejen primero el tejido mortal que ha cubierto el alma, para después tejer el verdadero cuerpo inmortal, glorioso. Han captado el hilo celeste que puede destejer o disolver el grueso tejido que cubre al padre Laertes, es decir, el alma, porque dicho hilo es el Mercurio celeste fijado en la tierra, un hilo azul trenzado y brillante, que disuelve la mortaja que cubre la vida sepultada, por eso E. d’Hooghvorst asegura que «lo esencial es el Hilo de Penélope; lo demás es el comentario» [24] Lo esencial es recibir este don de Dios, y quien puede atraerlo es nuestra tierra pedregosa, [25] una piedra imán que todos los humanos poseemos. Penélope es una virgen terrestre, humana, como María.

El Hilo de Ariadna posee las mismas cualidades y cumple igual función que el de Penélope, pues el héroe Teseo no puede vencer al Minotauro, tan próximo a la naturaleza humana, ni escapar del laberinto que todos contenemos, sin la intervención de la espada y el hilo de Ariadna que, escribe el citado autor, «son un don divino en sí». [26]

Otras mujeres son también buenas tejedoras, a quienes la diosa Atenea otorgó «el saber de labores preciosas y entrañas discretas» [27] La mujeres feacias, muy hospitalarias, con Nausícaa [28] al frente, acogen, lavan y eliminan el aspecto respulsivo del héroe Ulises, quien viene a la tierra humana esperando ser tratado como un huésped excelente.

La Virgen María también desteje como Penélope, «el sudario fatal del Arte sepultado, reanimando entonces su sol» (vid. supra), es decir, a su hijo Jesucristo, llamado Sol invictus.

Uno de los nombres de Cristo es «gusano», pues, nacido de la corrupción o disolución, se reviste de un tejido creado a partir de su propia sustancia, se transforma en crisálida y finalmente en mariposa, imagen del cuerpo de luz. [29]


VII.      Textos tejidos

Los profetas y los santos también son tejedores, pero de palabras, ya que la escritura inspirada es otra forma de corporificar el cielo y de hacerle hablar. Inspirados por las Musas, captan el mismo hilo celeste que Penélope y Ariadna, y con él tejen sus textos; éste vocablo deriva del latín textus, tejido.

Observa F. Buffière que «urdir o tejer las ideas y las palabras es una metáfora corriente en Homero». [30]

El vocablo griego Hymnos (himno) significaba originariamente ‘tejido’, por tanto, los himnos a los dioses y diosas con ‘cantos tejidos’. Además, la palabra rapsoda también tiene connotaciones textiles, pues el rapsodos sería, de acuerdo con su etimología, el ‘zurcidor de cantos’. [31]

La creación poética y prosística requiere ordenar las palabras, y el término orden también nos remite a conceptos próximos al tejido, pues proviene del latín ordo y éste de ordior, que significa tejer, urdir y confeccionar una trama.

Por otra parte, no deja de ser curioso que, en otras lenguas como el sánscrito y el chino, encontremos las mismas relaciones entre la creación literaria y al arte de tejer, lo cual apunta a la fuente primera y única que ha dado origen a las lenguas.

En sánscrito, sutra (texto búdico) significa ‘hilo’ y tantra (tratados sagrados según la tradición hindú) tiene el sentido de ‘tela’ e ‘hilo’. Según René Guénon, la palabra latina sutura, ‘costura’, y la árabe sura (cada uno de los capítulos del Corán), tienen la misma raíz que sutra (‘hilo’). [32]

Las mismas relaciones encontramos en la tradición oriental, pues en chino clásico el término King (o ching) en su origen significaba tejido, trama, y en el uso común, libro o libro consagrado. En el como el siguiente: «Vasta es la red del cielo y su trama holgada. Mas nada se le escapa». [33]

Si los textos de los sabios poetas y profetas son el futuro de un hilo sabiamente tejido, entonces se comprende mejor la recomendación de Louis Cattiaux:

«[…] Así pues, no nos separemos nunca de los libros santos, que hilan el vínculo que nos une al Señor de toda sabiduría.» [34]


Notas:
[1] El Mensaje Reencontrado, XXII, 12’.
[2] En general, cuando los antiguos griegos se refieren al alma, en tanto que parte inmortal del ser humano, la denominan psique. Cf. C. del Tilo, «Sobre el sentido de las palabras alma y espíritu», en El Libro de Adán, Arola ed., Tarragona, 2002, pp. 134-136.
[3] Poimandres VII, 2-3.
[4] Los filósofos presocráticos, ed. Gredos, Madrid, 1979, vol. II, p. 242.
[5] Porfirio, El antro de las Ninfas, 16 y 18. Existe versión española en La Puerta nº 27, 1987, pp. 33-52 y en ed. Gredos, Madrid, 1989, pp. 220-247.
[6] Véase el Hilo de Penélope, Arola ed., Tarragona, 2000, t. I, p. 72.
[7] Idem, pp. 72, 76 y 77.
[8] Sobre la vida y la poesía de Homero, II, 126. Existe versión española en ed. Gredos, Madrid, 1989.
[9] L. Cattiaux, op. cit., XXV, 49.
[10] Porfirio, op. cit., 14 y 10 respectivamente.
[11] Citado por F. Buffière, Les Mythes d’Homère et la pensèe grecque, ed. Les Belles Letres, París, 1956, p. 465. Son las llamadas «ligaduras del alma».
[12] Citado por S. Mayassis, Le livre des morts de l’Egypte Ancienne est un Livre d’Initiation, B.A.O.A., Atenas, 1955, p. 189.
[13] Citado por G. Colli, La sabiduría griega, ed. Trotta, Madrid, 1995, p. 215.
[14] Sobre Isis y Osiris, 4. Tait es llamada «nube que envuelve al desfalleciente.»
[15] S. Mayassis, Le Livre des morts de l’Égypte Ancienne…, p. 220.
[16] Véase a Herodoto, Historias, II, 81.
[17] S. Mayassis, Le Livre des morts…, p. 271.
[18] S. Mayassis, ídem, p. 302.
[19] El Hilo de Penélope, cit., p. 99.
[20] A. K. Coomaraswamy, El Vedanta y la tradición occidental, ed. Siruela, Madrid, 2001, pp. 217-218 y 329-330.
[21] Véase el himno dedicado a las Moiras en Himnos órficos, ed. Gredos, Madrid, 1987, pp. 216-217.
[22] J. Amades, Bruixes i bruixots, Biblioteca de tradicions populars, Barcelona, 1934, p. 35.
[23] El Hilo de Penélope, cit., p. 20.
[24] Idem, p. 40. El alma sometida a los males humanos, escribe Platón, realiza una labor opuesta a la de Penélope, ya que ésta manipula «el telar en sentido contrario» (Fedón 84a).
[25] Pedregosa Ítaca, la denomina E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 80.
[26] «El hilo de Ariadna», en Mitología oculta. Colección La Puerta, nº 58, Arola ed. Tarragona, 2000, p. 12.
[27] Odisea VII, 110-111.
[28] Nausícaa significa ‘la-que-prende-fuego-al-vaso’: E. d’Hooghvorst, op. cit., p. 19.
[29] Véase Isaías 41, 14 y El Mensaje Reencontrado XV, 40. En hebreo, tila’ (הצל ) significa, ‘agusanado’, pero también ‘revestirse de púrpura’, ‘germinar’ y ‘crecer’.
[30] F. Buffière, Les Mythes d’Homère et la pensèe grecque, cit., p. 390.
[31] A. Bernabé Pajares, Himnos Homéricos / La «batracomiomaquia», ed. Gredos, Madrid, 1988, pp. 10 y 22.
[32] R. Guénon, El Simbolismo de la Cruz, ed. Obelisco, Barcelona, 1987, p. 104. Leamos el siguiente versículo del Corán (Sura 7, 26): «¡Hijos de Adán! Hemos hecho bajar para vosotros una vestidura para cubrir vuestra desnudez y para ornato. Pero la vestidura del temor de Dios es mejor. Éste es uno de los signos de Dios».
[33] Véase el Prólogo de J. Fernández Oviedo al Tao Te Ching, Offsetgrama, Buenos Aires, s. a., p. 8.
[34] El Mensaje Reencontrado VII, 63’.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Rituales Franceses (1740 - 1825); por Renato Torres.

    A. C. Pardes acaba de publicar una nueva entrega de su colección El Legado Masónico, titulada Rituales Franceses (1740 - 1825). La obra está especialmente dedicada a la ritualidad de la Institución en un periodo y lugar que resultaron ser determinantes para la configuración final de lo que acabaría siendo el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, la referencia más importante entre los Rituales Escoceses. El libro consta de 12 rituales franceses (ver índice al final), presentados en edición bilingüe (texto enfrentado) y anotada, donde figuran, entre otros, El Regulador del Masón, base del ritual practicado por los “Moderns” y La Guía de los Masones Escoceses, primer ritual impreso del REAA y considerado de manera general como la herencia de los “Anciens” a la Masonería Escocesa.

    Los trabajos de recopilación, selección, traducción y anotación, han sido llevados a cabo por un equipo de experimentados miembros de la Orden Masónica dirigidos por Renato Torres, con el objeto de poner estos textos, particularmente, a disposición de los Hermanos. La obra, que puede calificarse de enciclopédica, es resultado de largos años de trabajo serio y constante, y sus características hacen de ella una publicación única en el panorama editorial de habla hispana.
 
  • Recopilación bilingüe francés - español de 12 rituales franceses en 468 páginas.
  • Encuadernación rústica cosida.
  • Edición ampliamente anotada para facilitar la comprensión del texto
  • Pequeño estudio introductorio para cada documento


ÍNDICE
Introducción a los Rituales Franceses (1740-1825)

Rituales de Berna
Ritual de la Logia Escocesa “La Fidelidad”
Un Ritual de Compañero del siglo XVIII
Rituales del Marqués de Gages
Ritual “El Brignon”
Grado de Aprendiz de las Logias de Lyon
Ritual de la Logia Madre Escocesa al Oriente de Aviñón
Rituales del Duque de Chartres
El Regulador del Masón
Ritual de la Gran Logia General Escocesa de Francia
Guía de los Masones Escoceses
Instrucciones de los siete Grados del Rito Francés

   Enlace a la Editorial Libería Pardes.


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Introducción.  Renato Torres.

No puede eludirse, en una colección dedicada al patrimonio tradicional de la Orden Masónica, prestar una muy especial atención a la ritualidad de la Institución.

En efecto, el Ritual es el responsable de dar a la organización en que se incardina, el ritmo que la ordena y vivifica, desempeñando un papel análogo al que juega el corazón en el ser humano, y este ritmo no anima solamente a la Orden sino que, lógicamente, ha de impregnar previamente a los miembros que la componen. Es por tanto imprescindible un conocimiento, mejor cuanto más profundo, de este elemento constitutivo para captar la esencia de aquello que nos hemos propuesto estudiar en la presente colección, y que sin duda constituye una herramienta muy útil que nos permitirá asentarnos en el sentido de actuar conforme al orden, pues ese es precisamente el primer significado de la palabra “rito” atendiendo a su etimología según la acepción del término sánscrito rita [1]; de modo que, desde esta óptica, en una civilización estrictamente tradicional todo acto tiene verdaderamente un carácter ritual, incluidas las propias acciones de la vida cotidiana, lo que ya de por sí resulta, en el caso concreto de la Masonería, una aplicación práctica de una de las afirmaciones que figuran en nuestros Rituales: el trabajo de un Masón no se detiene jamás.

Por otra parte, no hay que olvidar además que los ritos constituyen el elemento esencial para la transmisión dela influencia espiritual y la vinculación a la “cadena iniciática”, de modo que podemos afirmar que «sin los ritos, no podría haber iniciación en modo alguno» [2], siendo los ritos por lo demás una característica común a todas las instituciones tradicionales, tanto exotéricas como esotéricas, dado que «los ritos tiene siempre como objetivo poner al ser en relación, directa o indirectamente, con algo que sobrepasa su individualidad y que pertenece a otros estados de existencia» [3]. Este elemento “no humano” o supra-individual es el que diferencia clara y netamente un rito de una ceremonia [4].

En síntesis, podemos definir al ritual (o al rito más generalmente) como un conjunto de símbolos armonizados “orgánicamente”. Pero así como el símbolo presenta un carácter marcadamente atemporal (los símbolos se mantienen invariables más allá de las condiciones de tiempo y lugar), el rito ha de cumplirse forzosamente en el tiempo y, por lo tanto, se adapta a la cualidad del tiempo en que se manifiesta [5]; pero en cualquier caso, no hay que olvidar que, dado su carácter de símbolo “actuado” y conforme al orden surgido de la Voluntad del Gran Arquitecto del Universo, el rito lleva siempre su eficacia en sí mismo, con la única condición de que se cumpla según las reglas tradicionales correspondientes, las cuales aseguran su validez y que fuera de ellas sólo sería algo vacía y sin valor, constituyendo de este modo una estricta fórmula exacta que obedece fielmente a las leyes universales que surgen del Principio Inmutable, bajo las cuales actúan las influencias espirituales  que vivifican nuestra Orden [6].

Es lógico pensar, por lo demás, que empleando siempre un conjunto de símbolos más o menos amplio, la “ordenación” de algunos de éstos en un ritual pueda variar según la época para adaptarse mejor a la “mentalidad” de la sociedad que le corresponde. De ahí que el estudio de los rituales sea un medio privilegiado para “pulsar” el “espíritu” que animaba a los Hermanos masones de un tiempo y, en consecuencia, a la propia Orden. Sólo discerniendo los aspectos que puedan ser más o menos contingentes y fruto de las particularidades de cada época, será posible identificar aquello que permanece invariable con el paso del tiempo para, de este modo, comprender las ideas directrices de la Institución que la han presidido from inmemorial time.

Lamentablemente, a lo largo de los siglos se han ido superponiendo, en los diferentes ritos masónicos, diversos estratos de incrustaciones o añadidos, ocultando cada vez más estas ideas directrices; sin embargo, «no hay que olvidar que, si la iniciación simbólica, que no es más que la base y el soporte de la iniciación efectiva, es necesariamente la única que puede ser dada exteriormente, puede al menos ser conservada y transmitida incluso por aquellos que no comprenden ni su sentido ni su alcance; basta que los símbolos se mantengan intactos para que siempre sean susceptibles de despertar, en aquel que es capaz de ello, todas las concepciones cuya síntesis representan» [7]. En consecuencia, hay aún un aspecto en el estudio de los antiguos rituales que alberga una gran importancia, pues precisamente es su valor simbólico lo que nos permitirá crear un verdadero vínculo con la realidad universal [8].

El presente volumen está formado por una recopilación de doce rituales franceses, la mayoría de ellos pertenecientes a lo que se conoce como Rito Francés, datados en un periodo que va desde 1740 a 1825. Por varias razones, su interés no admite discusión; por un lado forman parte esencial de la herencia simbólica de la Orden, tal como acabamos de señalar; por el otro, el cubrir un periodo de casi un siglo permite rastrear la adaptación del ritual al medio en el que se desenvolvía; finalmente, cubren una época y un lugar cruciales para entender la configuración final de lo que acabaría siendo el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, el cual sigue siendo la referencia más importante entre los Rituales Escoceses constituyendo como una síntesis y una estabilización [9], y además una de las modalidades rituales más extendidas de la Masonería actual. Queremos hacer una mención especial a dos de los textos más importantes recopilados para este volumen: el Regulador de Masón y la Guía Escocesa, pues uno y otro tomaron como base los rituales representativos de los Moderns y los Antiens respectivamente, lo que ya de por sí es suficiente como para suscitar el más profundo interés para nuestra Venerable Orden.

Ciertamente habrá quienes critiquen el hecho de poner indistintamente a disposición del público rituales que por su naturaleza deberían permanecer secretos a los no masones, sin embargo tales objeciones pierden su sentido si reflexionamos sobre lo que escribió R. Guénon a propósito del verdadero secreto iniciático: «En esto, recordémoslo de nuevo, es donde reside el verdadero secreto iniciático, que es inviolable por su naturaleza y que se defiende por sí mismo contra la curiosidad de los profanos, y del que el secreto relativo de ciertos signos exteriores no es más que una figuración simbólica; este secreto relativo de ciertos signos exteriores no es más que una figuración simbólica; este secreto, cadauno podrá penetrarlo más o menos según la amplitud de su horizonte intelectual, pero, incluso aunque lo hubiera penetrado íntegramente, nunca podrá comunicar efectivamente a otro lo que él mismo haya comprendido de él; como mucho, podrá ayudar a alcanzar esta comprensión sólo a aquellos que san actualmente aptos para ello» [10].

No nos queda más que desear al lector el mismo placer en su lectura que el experimentado por el redactor en su preparación.


Notas:
[1] «La palabra sánscrita rita está emparentada, por su raíz misma, al latín ordo, y apenas hay necesidad de señalar que lo está más estrechamente todavía a la palabra “rito” es, etimológicamente, lo que se cumple conforme al “orden”, y que, por consiguiente, imita o reproduce a su nivel el proceso mismo de la manifestación» (Cf. R. Guénon, Le Règne de la Quantité et les Signes des Temps, cap. III, Gallimard, Paris, 1945).
[2] Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XV, Pardes, Barcelona, 2012.
[3] Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XV, ibíd.
[4] Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XIX, ibíd.
[5] «Todo rito está constituido por una conjunto de símbolos: estos, en efecto, no incluyen solamente los objetos empleados o las figuras representadas […], sino también los gestos efectuados y las palabras pronunciadas […], en una palabra todos los elementos del rito sin excepción; y estos elementos tiene así valor de símbolos por su naturaleza misma, y no en virtud de un significado sobreañadido que les vendría dado por circunstancias exteriores y que no le sería verdaderamente inherente. Se podría decir aún que los ritos son símbolos “puestos en acción”, que todo gesto ritual es un símbolo “actuado”; no es en suma sino otra manera de expresar lo mismo, sólo que poniendo en evidencia más especialmente el carácter que presenta el rito de ser, como toda acción, de ser algo que se cumple necesariamente en el tiempo, mientras que el símbolo como tal puede ser considerado desde un punto de vista “intemporal”. En este sentido, se podría hablar de cierta preeminencia del símbolo en relación al rito; pero rito y símbolo no son en el fondo sino dos aspectos de una misma realidad» (cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XVI, ibíd..
[6] «Esta eficacia es enteramente independiente de lo que vale en sí mismo el individuo que cumple el rito; sólo la función cuenta aquí, y no el individuo como tal; en otros términos, la condición necesaria y suficiente es que éste  haya recibido regularmente el poder de cumplir este rito; poco importa que no comprenda verdaderamente su significado, e incluso que no crea en su eficacia, pues ello no podría impedir que el rito fuera válido si todas las reglas han sido convenientemente observadas» (Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XV, ibíd.)
[7] Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XXXI, ibíd..
[8] «La presencia del símbolo doctrinal en la mente del hombre puede constituir, precisamente, la condición preliminar para hacerse cargo eficazmente de los “símbolos actuados” en los que consiste toda la vida ritual, es decir, toda la vida tradicional» (cf. G. Ponte, “El primer trabajo a cumplir”, Revista de Estudios Tradicionales, número 3, (enero-junio, 2003).
[9] Un claro ejemplo de esta síntesis se encuentra en el ritual Lapis Reprobatum Secretum Custoditum, verdadera summa del patrimonio masónico (A. C. Pardes, Barcelona, 2014).
[10] Cf. R. Guénon, Consideraciones sobre la Iniciación, cap. XXXI, ibíd.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

La Espada

       Voz Espada, Diccionario Masónico. Simbolismo y Aspectos Históricos según la Tradición. Alexis Hatman. Revista Letra y Espíritu, 2007, Barcelona.

Solo el que tenga una fe inquebrantable puede blandir la espada, forjada en el centro supremo, contra el gigante sin que se rompa. Sólo puede empuñarla legítimamente aquél capaz de caminar sobre las aguas. [1]

Casi siempre está en relación con el golpe doloroso. [2]

El poder de soldar la espada rota es prueba de haber alcanzado el estado primordial. [3]

El motivo de la doble espada muestra la insuficiencia de la mera fuerza heroica: la primera espada, la que Parsifal suele llevar consigo, o ha conquistado en las aventuras preliminares, corresponde a las virtudes puramente guerreras probadas debidamente. La segunda, en Wolfram, Parsifal la obtiene sólo en el castillo del Grial, siendo aquel de quien todos esperaban que «hiciese la pregunta»: se asimila al propio Grial. [4]

De esta segunda espada dice Sigune a Parsifal: «Si conoces sus virtudes secretas, puedes afrontar sin miedo cualquier combate». Puede romperse y entonces, para soldarla, es necesario recurrir a las aguas de la «Fuente» (punto en el que la fuerza vivificante brota de su estado elemental). El objetivo último de la búsqueda, la «alta gloria» y la suprema dignidad, son alcanzadas cuando al empuñar la espada o al soldarla la conducen inmediatamente «a hacer la pregunta». Aquél que obtiene o suelda la espada está cualificado para resucitar al «rey», para restaurar el reino devastado y desierto. [5]

Ritualmente, la espada del masón puede jugar el mismo papel que la de Alejandro cuando corta el «nudo gordiano», en relación con el «nudo vital» o punto de unión de los elementos constitutivos de todo compuesto. Esto está en relación con el doble poder del rayo. [6] (ver Mallete)

La espada del jatib (predicador) musulmán, habitualmente de madera, simboliza el doble poder creador y destructor de la palabra.

En la India se considera nacida del vajra (rayo), aunque también se asimila al rayo solar. [7]

Su simbolismo axial lleva a la idea de armonización; así la espada no representa sólo el medio instrumental, sino también el fin mismo que se persigue. [8]

La punta de la espada toca el pecho a la altura del corazón cuando el candidato acaba de franquear recinto exterior de la Logia; la espada, prolongación física de la Luz que encarna el iniciado que la sostiene, toca de lleno el corazón del candidato. De algún modo se empieza a «activar» este centro, tras una primera purificación. [9]

Los Masones presentes en el rito de iniciación se armarán con sus espadas justo antes de la entrada del candidato, pero especialmente antes del «toque del corazón» por el Experto. También lo harán cuando el candidato preste sus dos juramentos con la punta del compás señalando el corazón. [10]

Los Masones están justificados por las Escrituras para llevar espada: según El Perfecto Masón (1744), los Maestros Escoceses del cuarto grado llevan espada por la cita de Nehemías IV, 12: «en cuanto a aquellos que construían, cada uno construía con una espada ceñida a sus riñones». [11]

En la India (A. K. Coomaraswamy) se considera que la espada deriva del relámpago, del rayo (vajra) del Dios Indra. Puede tener también un simbolismo axial, al igual que el vajra ritual que utilizan los lamas tibetanos, y se puede recordar que en el budismo el trono de diamente (vajra significa tanto diamante como rayo) del Buda está situado en el mismo centro de la rueda del mundo, único punto inmóvil en el que se concilian los contrarios, el Invariable Medio chino, lugar del éter que origina los cuatro elementos. En este punto, la cámara del Medio, donde ha de residir todo Maestro Masón, lugar en el que toda errancia ha desaparecido.

En al Apocalipsis (I, 16; XIX, 15) se identifica al Verbo divino, recogiendo con su doble filo el simbolismo del doble poder creador y destructor de la palabra.

Así pues, la espada es símbolo del Verbo, vehiculado por el éter, y del fuego (Dom Pernéty señala que la espada es el fuego de los filósofos). Reunión de los simbolismos de la luz (rayo) y el sonido (Verbo). [12]

Su presencia en los rituales masónicos franceses (especialmente en la consagración) contrasta con la ausencia en los ingleses. Es éste un elementos que remonta directamente a una fuente operativa muy anterior a 1717. [13]


Notas:
[1] Julius Evola, El Misterio del Grial, José J. Olañeta, Editor, 1997, Palma de Mallorca, p. 106-107.
[2] Idem, p. 107.
[3] Idem, p. 108-109.
[4] Idem, p. 133.
[5] René Guénon, Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, EUDEBA, 1988, pp. 134-136.
[6] Idem, caps. XXV y XXVI; René Guénon, Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage I, Éditions Traditionnelles, 1995, Paris, cap. I.
[7] Julius Evola, El Misterio del Grial, cap. XXVII.
[8] Idem.
[9] Philippe Langlet, Des Rits maçonniques (I), Éditions Dervy, Paris, 2004, p. 149.
[10] Idem, p. 150.
[11]Jean Pierre Schnetzler, La Francmaçonnerie comme voie spirituelle, Éditons Dervy, 1999, p. 138.
[12] Idem, pp. 204-205.

[13] Idem, p. 205.