lunes, 28 de diciembre de 2015

Cómo no ser Masón. Una guía iniciática para pasajeros en tránsito; por Abunnur Abdel Basit

Traemos aquí el Prefacio, Introducción y primer Capítulo de esta obra que destaca en el a menudo trillado y sesgado ámbito editorial español sobre Masonería por su originalidad, viveza y sentido de la orientación, tres cualidades que la permiten pasar con nota la aplomación de todo buscador sincero que dirija sus pasos en la intención que le marca su auténtica vocación, aquella que le hace ser un extranjero, Hijo de una Viuda, en viaje desde Oriente a Occidente, que busca la Palabra Perdida.

Prefacio

El maestro Mevlana Yelaladdin Rumí consagró un método de enseñanza basado en lo que hoy se conoce como sistema de los estímulos múltiples. Un sistema muy eficaz porque uno de los cometidos del maestro es presentar la información de manera que sea capaz de sortear los velos de la mente condicionada del estudiante. Velada por los prejuicios, por las frases hechas, las palabras equívocas, la desinformación, la ignorancia o las trampas del ego. Y porque los estímulos múltiples ayudan a engañar a esas barreras: si nuestros velos son impermeables a la comprensión de un texto escrito, por ejemplo, probemos entonces a escucharlo en voz alta. O en verso. O a bailarlo o cantarlo. A degustarlo u olerlo, a pensarlo o a soñarlo. O varias cosas a la vez.

Toda forma de Iniciación es completa y única en su pureza. No admite innovaciones, enmiendas, omisiones ni añadidos so pena de convertirse en una forma distinta. No son caballos de raza que cruzar ni es la puesta en escena de un ritual elástico personalizable a nuestra conveniencia. Todo cambio implica una nueva coherencia. Y toda nueva escuela debe ser sancionada por un Maestro iniciado en una cadena previa. De ahí que existan tantas vías como maestros fueron capa- 18 ces de codificar la suya propia para un contexto o un tiempo diferentes.

Sin embargo la Iniciación en su esencia no puede ser más que una. Nunca cambia.

Pero es ley del aprendizaje que el estímulo, a fuerza de repetirse, merme su respuesta y su eficacia. Y es gaje de lo metafórico que la figura viva, envejezca y muera arrastrando los significados consigo al pozo de los enigmas insondables.

El presente trabajo propone mirarnos en el espejo de otras formas de Iniciación con el propósito de recuperar alguno de aquellos significados perdidos, aclarar varios de los malentendidos, afianzar los debilitados y subrayar la fortaleza de los indelebles.

Comprendernos a nosotros mismos a través del otro.

En la convicción de que, como enseña Ibn ‘Arabi, no se trata solo de tolerar al otro en el sentido de superar la molestia que el otro nos provoca en su diferencia, sino de ir mucho más allá: entender la necesidad que tenemos del otro para conocer al Uno. Porque al Uno solo se le conoce desde la multiplicidad. Y solo después, al final del camino, desde el Uno mismo.


Introducción

Si alguien formado en la Masonería afirmase que el masón debe aspirar a dejar de serlo, todo lector sensato pensaría que quien así se expresa lo hace desde la desilusión o el desencanto. Y tendría razón. Sin embargo, a lo largo de estas páginas descubrirá que el objeto de esa desilusión no era el que podría suponerse en un principio y que, además, aquella afirmación es la única posible: el masón debe aspirar a no ser masón.

También algunos detractores reprocharán a la Masonería su heterogeneidad, su profunda desunión, sus cismas irreconciliables, sus puntos de vista paradójicos, sus anacronismos aparentes o sus arbitrariedades flagrantes. Y también estarán en lo cierto, pero otra vez por motivos muy diferentes a los que se suelen presuponer. Porque aunque es cierto que existen tantas formas de entender la Masonería como masones hay, también lo es que no podría ser de otra manera por la naturaleza misma de las cosas. Este libro es una de esas formas posibles.

No obstante, si preguntasen al que escribe esto si recomendaría entrar en Masonería a su mejor amigo de concurrir en él o ella las condiciones necesarias, la respuesta sería que sí, sin género de duda, pero con cierta información previa sobre lo que cabe esperar y lo que no.

¿Por qué entonces el título de este libro? Bueno, para terminar de complicar el asunto también hay que decir que ninguna parte del texto reproduce la enseñanza que el lector tomará de él, si es que está en su ánimo tomar alguna. Pero, por favor, no lo devuelva aún a la estantería, no hasta haber leído la breve historia que sigue a continuación. Créame, vale la pena.

Una noche de verano el maestro Nasrudín se encontraba rodeado de sus aprendices en el patio de la madrasa. Al final de la charla, uno de ellos preguntó: «Maestro, ¿por qué no nos das un libro con todas tus sabidurías?». Y contestó Nasrudín: «Porque si os diera un libro en blanco pensaríais que estoy loco o que creo que lo estáis vosotros; si os diera uno lleno de datos, reglas y consejos diríais que es formidable pero continuaríais viendo solo el exterior; si os diese una enciclopedia de treinta volúmenes diríais que soy un pretencioso que se atribuye el esfuerzo de muchos; si fuese un librito pequeño diríais que mi ciencia es igualmente pequeña y ahuyentaríais de mi lado a los buscadores sinceros; por último, si os diera un libro donde llamase a las cosas por su nombre diríais que es críptico y enloqueceríais tratando de descifrar secretos que no contiene. Por todo ello me conformaría con que meditaseis sobre estas cinco posibilidades durante el tiempo suficiente».

En efecto, si reflexionásemos lo bastante sobre cada una de estas alternativas podríamos ahorrarnos la lectura de este y muchos otros libros más. Porque todo está ya dicho. Lo único que hace falta es escucharlo de la manera en que cada cual es capaz de comprenderlo a través de sus propios velos. La Iniciación es el idioma de esa forma de conocimiento, como la notación musical es el de la armonía o las pruebas de afecto el del amor.

Quien tenga curiosidad o interés por los textos sobre Masonería quizá se habrá topado con la afirmación de que en pleno siglo XXI ya no se puede hablar de Masonería sino de masonerías, en plural. Pero una vez que se haya comprendido la esencia de la experiencia iniciática, aquella afirmación devendrá un mero disparate que solo contribuye a propagar la incomprensión de quien lo difunde.

Muchos masones sinceros han dedicado años de sus vidas a intentar reconstruir la historia masónica, desde las guildas de constructores medievales y mucho más atrás, hasta sus sucesivas refundaciones en tabernas londinenses o salones versallescos, sus cismas, sus alianzas y todos los pormenores de los respectivos linajes. Centenares de miles de masones se han formado en unas u otras Obediencias a las que han ido transformando a su vez en reflejo de sus propias capacidades y límites, de sus contextos diversos y de sus aspiraciones de toda índole. Algunas de esas Obediencias han sido ejemplares en el ejercicio de la solidaridad y de la caridad entre iguales. Otras, en el estudio y la perseverancia. Otras, en la implementación de los Derechos Humanos. Otras, también, no merecen sino la reprobación de todos. Tan diferentes como las sociedades de las que surgen, todas las Obediencias son perfecta e igualmente legítimas siempre que antepongan la virtud y la ley a cualquier otro interés. Pero eso no significa que todas ellas sean capaces de proporcionar una formación iniciática en el sentido genuino del término. Ni que en consecuencia las diferencias entre unas y otras se reduzcan a una mera disparidad de criterios subjetivos u opinables. No son orillas distintas de un mismo río. Porque la Iniciación consiste precisamente en evitar esa clase de orillas y periferias, y en zambullirnos en ese río, fundirnos en él y dejarnos arrastrar dócilmente hasta la Fuente Original.

Hay Obediencias incluso que afirman no proporcionar iniciación sino recepción. Y aunque es de agradecer su sinceridad al plantear sin tapujos sus propias reglas de juego, no lo es tanto que quieran hacerlas extensivas al conjunto de una Masonería que no han entendido en toda su dimensión. Si desconocen la Iniciación no es porque la Iniciación no exista, sino simplemente porque no han tenido la oportunidad de que un verdadero Maestro pudiera dársela a conocer. O porque, sin más, no están dotados para ello, igual que no todos lo estamos para el razonamiento matemático, la halterofilia o el ajedrez, sin que ello suponga nada más que eso. Otras Obediencias, en cambio, proclaman garantías de una Iniciación ortodoxa o regular que en la práctica son incapaces de transmitir por razones muy parecidas.

Para quien tenga curiosidad existen excelentes estudios sobre el desarrollo de todas las estirpes masónicas, con todo lujo de detalles, que la satisfarán con creces. Pero para quien desee acercarse a la realidad iniciática, el verdadero patrimonio y singularidad de la Masonería como Vía Tradicional, esos estudios le serán de tanto provecho como el censo de Beirut. Porque el hombre aprende del hombre, no de los libros. No obstante, tendremos mucho gusto en compartir a lo largo de este escrito algunas de nuestras experiencias bibliográficas recomendables para el buscador paciente y laborioso.

Este trabajo no trata sobre la Masonería Iniciática entendida como una opción más entre las masonerías posibles. No habla de siglas ni desde ninguna sigla, aunque no faltará quien quiera distraerse buscando etiquetas. Ni dedicará una 25 sola página al siglo XVIII ni a ningún otro siglo particular, ni falta que hace. Este texto trata de la Iniciación. Y de cómo la Iniciación se sirve en el contexto cultural occidental de unas formas rituales que llamamos Masonería. Trata de la Masonería sin adjetivos. Porque solo desde el plano más inferior de la realidad podría hablarse de masonerías. Hablar de masonerías implica haberse resignado a la visión relativa de la multiplicidad y negarse el acceso a la Unicidad del Absoluto. No hay otra manera de decirlo. Como recuerda Cervantes, «la naturaleza tiene por norma que cada cosa engendre su semejante». De ahí que la Masonería no pueda ser sino una porque la Iniciación es solo una, aunque sus lenguajes externos sean forzosamente múltiples. Existe una jerarquía natural de las cosas y la Masonería es consecuencia de la Iniciación, no a la inversa. Pretender obviar el carácter iniciático de la Masonería es tan vano como negar nuestro propio hígado. E igualmente imposible, no importa si somos o no conscientes de él, ni si lo fueron tales o cuales colectivos masónicos en el XVIII.

De aquellos libros posibles que proponía el maestro Nasrudín, cuatro retratan a trazos sueltos otras tantas formas de entender la vía masónica vista desde su periferia. El quinto trata de su secreto, el último viaje del Compañero, el libro inédito de Nasrudín. Y es precisamente el que el lector tiene delante, basta con que prescinda de lo superfluo y se concentre en la parte en blanco.


I. Sobre el Imam

Ömer Tugrul Inancer es el vigésimo sexto Gran Maestro de la Orden Yerrahi. Con sede en el barrio de Karagümrük, en la ribera anatolia de Estambul, la Orden Yerrahi fue fundada hacia 1705, es la última de las grandes órdenes sufís y se define a sí misma como el Sello del Tasawuf o síntesis de la vía secular de conocimiento sufí. Y como no podía ser de otro modo, iniciática por su propia naturaleza, huelga decirlo.

El sheij Inancer anda cerca de los setenta años. Dirige un importante centro de estudios de música tradicional turca, en el lado europeo de la metrópoli, que da cobertura legal a las actividades de los yerrahis: las prácticas sufís fueron prohibidas en 1925 en aras de la modernización de Turquía que lideró el carismático Mustafá Kemal Atatürk. Inancer viste como un perfecto caballero occidental. Sus modales, en cambio, son los de un perfecto caballero oriental. Habla con voz grave y potente y el tono de su discurso, según el patrón musulmán, podría traslucir tintes de regañina a ojos del occidental no habituado. Pero ese dedo que dispara al cielo y esa vehemencia al enunciar los dogmas incontestables son solo un recurso expresivo. En el islam la amonestación ponderada —fraternal, paternal, filial o reflexiva— es una caridad del creyente 28 para con su hermano en Dios. Y la humildad necesaria para recibirla, consecuencia de la sumisión general a la voluntad de Allah. Un Maestro no habla desde el ego. Ni el creyente escucha desde él.

Dos salones más allá, una formación de músicos tradicionales ensaya un taksim para el concierto de mañana. El ney, el saz, el kanún y sus bellísimas e interminables frases musicales al unísono subrayan el sabor otomano del edificio. Y la ciencia de los veintiséis sheijs yerrahis también unísonos que hablan por boca de Inancer.

La charla ha ido repasando temas diversos. Hacia el tercer vaso de té negro sale a colación lo que el islam considera harán, prohibido. ¿Es que la otra media humanidad vive contaminada por seguir según qué dieta o vestir según qué largo de mangas? ¿Podría depender la virtud de cosas así? ¿Iba el mismo Dios a prohibir a unos pueblos lo que permite a otros? Llegados a este punto, el sheij Inancer y sus veinticinco maestros yerrahis hablando tras él se aprestaron para interpretar a capella su versión de uno de los himnos fundamentales de la vía iniciática: el imam, la fe obtenida por el Conocimiento, la fe del gnóstico, la del conocedor, capaz de conducir a la certeza de la Causa Suprema:
Si atendiéramos solo a lo que es aparentemente beneficioso o no —dijo Inancer— acudiríamos constantemente a los laboratorios para saber en qué hemos de creer según la evidencia científica, que avanza y se desdice a cada nuevo descubrimiento. El imam —la fe por el Conocimiento— no puede depender de polémicas en publicaciones técnicas o entre escuelas filosóficas. Si fuera así, los quirófanos serían nuestros templos; los académicos, profetas; y los modistas, sacerdotes.

Vaya, exactamente lo que sucede en la sociedad occidental moderna.

Y es que el exceso de racionalismo que impera en Occidente desde el Renacimiento induce a pensar que todo aquello que no cabe en la razón no existe, no sirve o no cuenta. Compte, Bergson o Descartes acuñaron una peculiar definición de inteligencia, restringida a la capacidad de producir útiles con los que producir más útiles para servirnos de los recursos naturales con mayor provecho y menor esfuerzo. Para los racionalistas, más aristotélicos que Aristóteles mismo, la Naturaleza constituye el fin último de las ciencias; y su aprovechamiento, el objeto final de la inteligencia humana.

El desarrollo de las aplicaciones de los combustibles fósiles, el salto exponencial que supusieron la máquina de vapor, la Revolución Industrial y la capacidad de producción masiva han marcado a fuego esa idea occidental de progreso. Los sorprendentes hallazgos de Charles Darwin y las conclusiones que extrajo de ellos teñidas de esa misma inercia desarrollista contribuyeron a trazar un mapa humano donde la Antigüedad se percibe como la niñez de la humanidad; las enseñanzas de los antiguos, como meros balbuceos o intuiciones previas de lo que no llegará a ser verdadera Ciencia hasta la edad contemporánea; y el modelo de civilización occidental, como el único posible y rasero del progreso de las demás. Como si solo existiera una vía de desarrollo homologada y cada cultura estuviera en un peldaño superior o inferior de esa vía única y lineal.

Tal como señala Schuon, el sentimentalismo con el que el mundo moderno reviste a las virtudes facilita su falsificación. La perversión materialista de la caridad, de hecho, pretende aportar la prueba de que se puede prescindir de Dios. Y todos 30 estos ingredientes juntos, endémicos en el mundo de hoy, han propiciado un cóctel donde el agnosticismo se considera un valor y el ateísmo se exhibe como una medalla a la independencia intelectual. La pérdida de referentes de orden superior ha deificado un humanismo mal entendido donde el placer sentimental, el estado del bienestar y la moral aspiran a suplantar a la felicidad, a la realización personal y a la virtud.

Y aunque es de celebrar que haya en nuestro siglo más democracias y menos guerras que nunca en la Historia, la evidencia revela que las burbujas narcóticas de aquella fiesta desarrollista del siglo XX hace tiempo que se han disipado y que las ideologías, los ismos, cuyo ámbito natural es el logro y garantía de la justicia y las libertades, no están en disposición de ofrecer unos recursos de realización personal para la que no fueron concebidos. De ahí la resaca consiguiente y la búsqueda de remedios espirituales para esas carencias, que se demandan al mismo supermercado global que todo lo demás, que se consumen como píldoras para después de las comidas y que pretenden elevar al rango de maestros a simples personal trainers del coaching espiritual.

Cualquier occidental moderno y muchos orientales igualmente modernos expresarán sin pestañear su convicción real o convencional sobre la existencia de un Big Bang, causa del universo y de cuanto es. Si se insiste incluso acabarán por aceptar que no solo de allí proviene la materia de nuestros músculos, huesos o neurotransmisores, sino también la de nuestros propios sentimientos, el beso de nuestros hijos y nuestras cartas de amor adolescente, que habían de existir forzosamente en aquel punto primigenio un instante antes del mayor estallido que pueda concebirse. En aquel minúsculo pozo oscuro que contenía el universo entero, esa amalgama de antimateria de densidad tal que atrae de vuelta a su seno a cuantas formas de radiación pretenden evadirlo.

No obstante, esas mismas personas se mostrarán reacias a afirmar la existencia de un Principio Supremo previo al Big Bang, ajeno al tiempo y al espacio, y no sujeto a las leyes físicas sino enunciador de todas ellas.

Y en buena medida esto es así porque el espíritu de la Ilustración, que tanto impulsó el desarrollo de la Masonería, reaccionó sin paliativos contra los excesos de los administradores de las religiones históricas, cuya autoridad moral se encontraba bajo mínimos, y contribuyó a los graves daños colaterales propios de toda contienda. Según lo expresa muy gráficamente Luis Racionero: «Hemos tirado al niño con el agua de la bañera: hemos acabado con los abusos de la religión pero a costa de perder la espiritualidad».

Y si bien ya son pocos los que creen en un dios antropomorfo, varón, vestido con chilaba azul celeste, que no acata los derechos humanos, permite injusticias, hambrunas y desastres naturales, son menos aún los que creen en un Principio Superior que escapa a la comprensión humana, como si probar el Big Bang fuera más sencillo. El orgullo científico nunca aceptaría la humillación de un Principio Supremo que excede su capacidad y todo límite.

Definir la energía como la masa por la velocidad de la luz al cuadrado es una forma convencional de cuantificarla, no de cualificarla. E=mc2 no explica qué es la energía, solo la mide, la compara con otras dimensiones convencionales.

Los estadísticos ya calcularon hace tiempo que es mucho más probable que un terremoto pueda construir un avión 32 capaz de despegar por sí solo, que el hecho de que una célula elemental se genere aleatoriamente. Pero si el intelecto moderno es reacio a admitir un Principio Supremo, cómo iba a admitir una Causa Suprema, la capacidad creadora como atributo de una divinidad que negamos. Es obvio que la evidencia científica es tan insuficiente para afirmar la Creación y su Causa como para lo contrario. De ahí que el acceso a la comprensión del Absoluto requiera otras formas de razonamiento que no son solo la razón. La buena noticia es que también está en nuestra naturaleza esa otra forma de conocimiento. Y mediante el adecuado balance entre razón e intuición, elevarnos al mayor grado de comprensión posible. Conocerse a uno mismo es conocer la esencia divina que llevamos en nuestro interior.

En consecuencia, aquellas corrientes masónicas o pretendidamente iniciáticas que no reconocen ese Principio Supremo y para las que el Gran Arquitecto del Universo no es más que una figura poética, no dispondrán de un lugar al que elevarse desde su condición profana. En palabras de Raimon Arola: «¿Quién ha enseñado a una semilla a hacerse árbol? ¿Y quién ha enseñado al hombre a conocer a Dios? La gente dice yo creo en Dios, yo no creo... Pero perdón, señor, ¿cómo puede usted decir que cree o que no cree en algo que no sabe lo que es? La Iniciación enseña precisamente a saber qué es ese Uno, qué es esa Unidad, qué es Dios. Incluso pudiendo pensar que puede ser la Nada, el Ayn Sof original cabalístico, podría ser muchas cosas. Pero incluso eso se debe aprender».

Y es que precisamente se trata de eso. De profesar imam, esa suerte de fe fruto del aprendizaje sin la que todo intento de trayecto iniciático carece de porvenir alguno. La Iniciación enseña cómo adquirir ese imam. La fe del gnóstico.

Pero no se preocupe el lector. Podrá continuar teniéndose por creyente, ateo o agnóstico cuanto desee, aunque esos términos cobrarán, según avance en la senda, un sentido mucho más completo y desde luego mucho más satisfactorio. Completamente satisfactorio. La Iniciación le proporcionará las herramientas para ello: el cálamo y la página blanca.

Con esos cálamo y papel el persa Omar Jayán lo expresó en términos difícilmente más hermosos: «Beso el vino de mi copa y los rizos de mi amada, tranquilo, porque sé que al final me espera la Nada o la Misericordia».


La Iniciación invita a degustar ese vino y ese mechón, esa tranquilidad sincera, el verdadero sabor de la Nada y la grandeza sin medida de la Misericordia.

martes, 22 de diciembre de 2015

Número 39 de la Revista Letra y Espíritu.

Acaba de salir el número 39 de Diciembre de 2015 de la revista de estudios tradicionales Letra y Espíritu. Dejamos a continuación el editorial de este número:

El presente número de la revista, continuando el anterior, está dedicado a profundizar en el papel de la discriminación durante el recorrido iniciático, con particular atención a su relación con el horizonte intelectual. El artículo de fondo de nuestro colaborador Albano Martín de la Scala, con abundantes claves para el lector, introduce el tema y evidencia cómo el horizonte intelectual señala el punto de encuentro entre lo terrestre y lo celeste, allí donde lo racional "empujado a sus límites superiores, viene a encontrar el puro intelecto".  

El argumento de la importancia del conocimiento de sí mismo viene examinado en los tres textos siguientes, los artículos Conócete a ti mismo de René Guénon, donde se indica cómo el hombre puede encontrar el verdadero conocimiento únicamente en sí mismo ya que "todo conocimiento no puede ser adquirido más que mediante una comprensión personal", y La "E " en Delfos de Ananda K. Coomaraswamy, distinto del célebre tratado de Plutarco La E de Delfos.

Sigue la segunda parte del Tratado Ill del Convivio, donde Dante Alighieri explica cómo la filosofia es la perfección de la razón y cómo no puede darse la verdadera felicidad sin sabiduría.

Los extractos de la Ética Nicomáquea de Aristóteles que publicamos tratan de la diferencia entre conocimiento y sabiduría y de las relaciones que la comprensión y la indulgencia tienen con el intelecto.

En este número presentamos un segundo artículo de René Guénon, Corazón y cerebro, que trata magistralmente los aspectos simbólicos en relación a estos dos elementos constitutivos del ser humano y de sus retaiones recíprocas.


El discernimiento en el Cristianismo es un trabajo propuesto por nuestro colaborador Jacopo Ammi en el cual, después de una breve introducción, se presentan extractos de las obras de Diadoco de Foticé, San Juan Clírnaco, y San Bernardo de Claraval.


jueves, 3 de diciembre de 2015

Historia del Cisma Masónico Inglés de 1717; por Jean Barles.

  asd  asaasnexo.

Traducción del Anexo 2º Reflexiones de René Guénon sobre los “Archivos de Trans-en-Provence”, revista donde se publicaron primero los artículos que constituyen el presente libro: Historia del cisma masónico inglés de 1717, Éditions de la Maisnie, París, 1990. Edizioni PiZeta, San Donato (MI), 2000. El índice del libro aparecerá al término del presente anexo.

René Guénon (1886-1951), uno de nuestros mejores intérpretes de la Tradición y del simbolismo, citó frecuentemente los trabajos de Jean Barles. Me parece importante reproducir estas reseñas que completan la rica documentación de los Archives de Trans-en-Provence. Los artículos de René Guénon fueron publicados en la revista Le Voile d´Isis, que en 1937 se convierte en Études Traditionnelles [1]. Fueron recopilados en su obra Études sur la Franc-Maçonnerie e le Compagnonnage Vol. I, Editions Traditionnelles, 1973: aquí son reproducidos en su integridad (de la Introducción de Jean Pierre Bayard)

Études Traditionnelles, París, julio de 1936

Los Archives de Trans-en-Provence publican, desde 1931 (pero sólo hemos tenido conocimiento de ello muy recientemente), interesantísimos estudios sobre los orígenes de la Masonería moderna, debidos a su director, Sr. J. Barles; éste ha emprendido esas investigaciones de una manera enteramente independiente y sin ningún apriorismo, y sin duda por eso, en muchos puntos, se aproxima a la verdad mucho más que todos los historiadores más o menos “oficiales”. Para él, la verdadera Masonería no es ciertamente, como dicen algunos, “la institución nacida en 1717”; él ve más bien esta última como el cisma que fue en realidad. En cuanto a las razones de ese cisma, encontramos que hay una tendencia (por lo demás explicable por el hecho de que ése fue el punto de partida de sus investigaciones) a exagerar el papel que han podido desempeñar los protestantes franceses refugiados en Inglaterra tras la revocación del edicto de Nantes; en efecto, con la sola excepción de Désaguliers, no se ve que hayan tomado una parte activa en la organización de la Gran Logia. Ello no cambia nada, por otra parte, en cuanto al fondo de las cosas: los fundadores de la Gran Logia, cualquiera que haya sido su origen, eran en todo caso incontestablemente “orangistas”; y había ahí una intrusión de la política a la cual los Masones fieles al antiguo espíritu iniciático de su Orden no eran menos opuestos que a las diversas innovaciones que se siguieron. Barles hace observar muy justamente que las Logias que se unieron en 1717 eran todas de formación muy reciente, y también que, por otro lado, había todavía en esa época muchas más Logias operativas en activo de lo que se dice ordinariamente. Un punto sobre el cual nos permitiremos no ser de su opinión, sin embargo, es el que concierne al incendio de los archivos de la Logia de San Pablo: según toda verosimilitud, los responsables de ello no fueron en absoluto Masones tradicionales temerosos de que se publicaran los Old Charges, cosa de la que nadie hubiese tenido seriamente la intención, sino, muy al contrario, los innovadores mismos, que precisamente no habían reunido esos antiguos documentos más que para hacerlos desaparecer tras haberlos utilizado como les convenía, a fin de que no hubiera pruebas de los cambios que ellos habían introducido. Es fastidioso también que el autor haya creído que “especulativo” quería decir simplemente “no-profesional”; al respecto, remitiremos al artículo que se podrá leer en otra parte, y en el cual explicamos el verdadero sentido de las palabras “operativo” y “especulativo”. En ese mismo artículo, damos también la explicación de los términos “Masones libres y aceptados”, sobre los cuales ha errado igualmente, a falta de conocer la interpretación tradicional, que, por lo demás, nunca ha dado lugar a ninguna divergencia. Él no parece conocer tampoco las relaciones simbólicas por las cuales se explica el papel de los dos san Juan en la Masonería, ni el origen antiguo de las “fiestas solsticiales”; pero, después de todo, esas diversas lagunas son muy excusables en alguien que, evidentemente, nunca ha hecho de esas cuestiones un estudio especial. Señalemos por otra parte que el Sr. Barles ha reencontrado por sí mismo algo que se relaciona con un secreto “operativo” muy olvidado hoy: se trata de la correspondencia “psíquica” de los signos y toques, es decir, en suma, de su correspondencia con la “localización” de los centros sutiles del ser humano, a la cual nosotros mismos hemos hecho algunas alusiones; y él concluye, cono mucho razón, que hay ahí la indicación de un lazo directo con las grandes iniciaciones de la antigüedad. Tendremos ciertamente, a continuación, y a medida de su publicación, que volver sobre esos trabajos, de los que debemos repetir aún todo el mérito e interés que encierran.

Ídem, Diciembre de 1936

En los Archives de Trans (nº de agosto-septiembre), el Sr. J. Barles, continuando los estudios sobre El cisma masónico inglés de 1717 del cual ya hemos hablado, completa las indicaciones que había dado anteriormente sobre la biografía de Désaguliers. Por otra parte, publica un documento que, piensa él, permite por su naturaleza resolver afirmativamente la cuestión controvertida de la iniciación masónica de Napoleón I: es el acta de una ceremonia que tuvo lugar en la Logia de Alessandria (Italia) en 1805, y, efectivamente, Napoleón es calificado ahí de Masón en varias ocasiones; pero conocemos ya otros diversos documentos del mismo género, y sabemos que no bastan para convencer a ciertos historiadores... –En el nº de octubre, J. Barles, reproduciendo nuestra reseña precedente, levanta objeciones sobre dos puntos a las cuales debemos responder. Primero, es muy exacto que numerosos protestantes franceses estaban refugiados en Londres a principios  del siglo XVIII, pero, a excepción de Désaguliers, nada indica que hayan sido nunca Masones, y no se ve en qué la presencia de millares de profanos, cualquiera que sea por lo demás su situación social, podría influir directamente sobre acontecimientos que conciernen propiamente al dominio iniciático. Después, en lo que concierne al incendio de la Logia de San Pablo, es verosímil que la responsabilidad no deba atribuirse a Payne, ni quizás incluso a Désaguliers; pero ¿puede decirse otro tanto de Anderson, personaje mucho más sujeto a caución desde muchos puntos de vista?

Ídem, junio de 1937

-En los Archives de Trans (nº de marzo), el Sr. J. Barles aborda la cuestión de las relaciones de la Masonería con los Rosa-Cruz, pero desgraciadamente con informaciones muy insuficientes e incluso de dudosa calidad; se refiere, en efecto,  a la Histoire des Rose-Croix teosofista de F. Wittemans, e incluso da cuenta de una aserción de fantasía del Imperator de la A. M. O. R. C. Por lo demás, no hay que confundir Rosa-Cruz y Rosacrucianos, y, entre estos últimos, habría aún muchas distinciones que hacer; pero lo que es cierto en todo caso, es que, si hubo en la Masonería inglesa Rosacrucianos auténticos y no degenerados, no es del lado “especulativo” donde pudieron encontrarse. Señalemos también que conviene desconfiar de la leyenda, que se busca acreditar actualmente por razones poco claras, según la cual Newton habría jugado un papel en la Masonería, únicamente so pretexto de que estuvo en relaciones personales con Descartes; ésa es una suposición totalmente gratuita, y además no vemos verdaderamente en qué un “gran hombre” desde el punto de vista profano, debería forzosamente tener una importancia cualquiera en el orden iniciático.


Ídem, septiembre de 1937

-En los Archives de Trans (mayo, junio y julio), el Sr. Barles, prosiguiendo sus investigaciones sobre el origen de la Gran Logia de Inglaterra, examina más particularmente ciertos detalles de la biografía de Désaguliers: sus obras científicas y otros aspectos de su actividad profana, la recepción que se le hizo en la Logia de Edimburgo en 1721 (señalemos de pasada que deacon es”diácono”, y no “decano”, que se dice en inglés dean), y su visita a la Logia de Bussy, en París, en 1735. Quizás no hay que buscar el sacar de todo eso consecuencias excesivas; sobre todo, el saber profano y las asociaciones destinadas a desarrollarlo o a expandirlo proceden de un dominio enteramente diferente de aquel donde se sitúan las cuestiones de orden propiamente masónico, y, aparte el hecho de que las mismas individualidades pueden a veces encontrarse de un lado y del otro, lo que no compromete evidentemente más que a ellas, no vemos qué relación más o menos directa puede haber entre esas dos cosas. En cuanto al sentido real de los términos “operativo” y “especulativo”, sobre lo cual el Sr. Barles parece todavía perplejo, no podemos hacer nada mejor, para ayudarle a dilucidar esta importante cuestión, que rogarle tenga a bien remitirse a las explicaciones precisas que hemos dado aquí sobre el asunto, al cual hemos dedicado incluso un artículo especial. 

Ídem, diciembre de 1937

-En los Archives de Trans (nº de agosto-septiembre), el Sr. J. Barles estudia la preparación del libro de las Constituciones de la Gran Logia de Inglaterra; habría mucho que decir sobre la manera especial como los Old Charges fueron utilizados en ello... y deformados tendenciosamente. Nos limitaremos a hacer destacar que, desde el punto de vista iniciático, los innovadores estaban muy lejos de constituir una “élite”, cualquiera que fuese su “cultura” profana, y que, en lugar de “elevar el nivel intelectual de la antigua Masonería”, dieron prueba sobre todo de ignorancia y de incomprehensión con respecto a su tradición; no conocían además todos los grados, lo que explica muchas cosas; ellos no podían ciertamente pertenecer a la “Orden de los Rosa-Cruz”, tanto más cuanto que tal nombre jamás ha sido llevado auténticamente por ninguna organización.

Enero de 1938

-En los Archives de Trans (nº de octubre), el Sr. J. Barles continua su examen de la redacción del libro de las Constituciones por James Anderson; éste, en el relato insertado en la edición de 1738, ha presentado, naturalmente, como una revisión necesaria lo que fue en realidad un trabajo de alteración querida de los Old Charges; señalemos además que, en ese mismo relato, todos los hechos concernientes a la fundación y los principios de la Gran Logia de Inglaterra están tendenciosamente deformados, como resulta de un estudio histórico publicado en el Grand Lodge Bulletin d´Iowa y del cual hemos dado cuenta a su tiempo. Nos permitimos atraer sobre éste la atención del Sr. Barles, que se limita a decir, siguiendo a Monseñor Jouin, que “está permitido preguntarse si la elección de Anderson, que no estaba motivada por ninguna otra razón, fuese de las más juiciosas”; ¿es tan seguro que no había, al contrario, serias razones para que las cosas fuesen “arregladas” de esta manera totalmente especial, para lo cual Anderson estaba quizás realmente más cualificado que otros  a quienes ciertos escrúpulos habrían podido retener?

Febrero de 1938

-En los Archives de Trans (nº de noviembre), el Sr. J. Barles llega esta vez a la Gran Maestría del duque de Wharton, del que ya hemos hablado en nuestras últimas reseñas, a propósito de un artículo de la Revue Internationale des Sociétés Secrètes. Este tema es también de los que parecen más difíciles de aclarar: el duque de Wharton habría sido primero elegido irregularmente en 1722, pero seguidamente, para evitar disensiones, su predecesor, el duque de Montagu, dimitió en su favor el  3 de enero de 1723, y la instalación regular tuvo lugar el 17 de enero; Désaguliers fue entonces nombrado Diputado Gran Maestro. Las Constituciones de Anderson fueron presentadas a la Gran Logia en 1723,  aprobadas y firmadas por el duque de Wharton y Désaguliers; pero lo que es más singular, es que esta aprobación no lleva fecha; la ratificación ¿tuvo lugar en la asamblea del 17 de enero, como piensa Mons. Jouin, citado por Barles, o solamente el 25 de marzo como lo dice Thory (Acta Latomorum, T. I, p. 20), que, por otra parte, por un error evidente, inscribe esos acontecimientos en la data de 1722? Como quiera que sea, no nos explicamos que Barles considere como posible una identificación de dos personajes totalmente diferentes: Philippe, duque de Wharton, y  Francis, conde de Dalkeith; el segundo sucedió muy normalmente al primero como Gran Maestro, el 24 de junio de 1723; ahí al menos, nada hay oscuro. Lo que sí lo es, es la continuación de la carrera del duque de Wharton: en 1724, se adhiere a una especie de falsificación de la Masonería, conocida con el nombre de Gorgomones; el mismo año, llegado al continente, se convierte al catolicismo y se adhiere abiertamente al partido de los Estuardo; después, en 1728, constituye una Logia en Madrid, lo que indica que en realidad no había renunciado a la Masonería; al fin, murió en Tarragona en 1731. Las precisiones sobre lo que hizo entre 1724 y 1728 parecen faltar por completo, y eso es tanto más lamentable cuanto que ese punto podría presentar un interés particular en conexión con la cuestión de los orígenes de la Masonería francesa: en efecto, si no existían todavía Logias en Francia en 1723, y si, por tanto, el duque de Wharton no pudo ser su Gran Maestro por el hecho mismo de que era por entonces Gran Maestro de la Gran Logia de Inglaterra de la cual aquellas Logias dependieron primero, no pudo recibir esta cualidad más que durante el período de que se trata, y en el curso del cual es muy posible que haya residido efectivamente en Francia; luego en tal dirección deberían impulsarse sobre todo las investigaciones de aquellos que quisieran dilucidar más completamente esta cuestión.


Ídem, abril de 1938

-En los Archives de Trans (nº de diciembre), el Sr. J. Barles examina la actividad de Désaguliers en 1723-1724: éste continuó ejerciendo las funciones de Gran Maestro Adjunto durante tal año, que fue el de la Gran Maestría de conde de Dalkeith. A este le sucedió, el 24 de junio de 1724, el duque de Richmond, que tomó como Gran Maestro Adjunto al caballero Martin Folkes (al que Thory, sin duda por error, cita con esta calificación para el año 1723). Añadamos que Désaguliers retomó las mismas funciones el año siguiente, bajo el conde de Abercorn: no vemos por tanto cómo puede decirse que “su colaboración con el duque de Wharton debió serle desfavorable”. Por otra parte, parece precisamente que el Sr. Barles continúa confundiendo, como en el anterior artículo, al conde de Dalkeith con su predecesor, duque de Wharton, cosa que altera evidentemente los hechos considerados.

Notas:
[1] La revista cambió de nombre en 1936, luego se publicaron todas las reseñas en Études Traditionnelles (Nota del Traductor).


SOMMARIO

MIO PADRE JEAN BARLES (1864-1943) E LA MASSONERIA

INTRODUZIONE DI JEAN-PlERRE BAYARD

PRIMA PARTE

  1. -Motivazioni dello studio
  2. -Documentazione di base

LE ORIGINI (1721-1772)

   3. -Origini oscure
   4. - Origini corporative
   5. -Nel campo delle incognite

APPENDICE ALLA PRIMA PARTE

   Segni, Gesti e Toccamenti

SECONDA PARTE

   6. -Lacune da colmare
   7. -Situazione interna nel 1715
   8.-Revoca dell'Editto di Nantes
   9. -Caratteri generali del provvedimento
  10. -Conseguenze specifiche
  11.- Dal punto di vista religioso
  12. -Altre conseguenze
  13. -Protestanti francesi a Londra

   APPENDICE ALLA SECONDA PARTE

   Risposta ad alcune lettere

   2* APPENDICE ALLA SECONDA PARTE
   Revoca dell'Editto di Nantes e Massoneria

TERZA PARTE

  14. -Rivoluzione massonica del 1717
  15. - Massoneria operativa o speculativa
  16. - La Massoneria speculativa in Scozia
  17. - Inghilterra: 1°. Elias Ashmole
  18.- Inghilterra: 2°. Locke
  19. - Inghilterra: 3°. Il regno di Elisabetta
  20.- Inghilterra: 4°. Plot (1686)
  21.- Inghilterra: 5°. Regolamento del 1663 Conclusione

QUARTA PARTE - LA GRAN LOGGIA DI LONDRA FRA IL 1717 E IL 1729

   22. -Anticipazione necessaria
   23. - Liste a stampa del 1723, 1725 e 1729

   APPENDICE ALLA QUARTA PARTE

QUINTA PARTE - L'INGHILTERRA NEL XVI E XVII SECOLO

   24.-I Tudor e gli Stuart
   25. -La Francia, paese di guerre di religione
   26. -L'Inghilterra, paese del libero pensiero
   27. - Sfavorevole posizione dei cattolici

SESTA PARTE - LA MASSONERIA INGLESE PRIMA E DOPO IL 717

   28. - La Massoneria inglese verso il 1700
   29. - La Massoneria e la rivoluzione del 1688

SETTIMA PARTE - I PROTESTANTI FRANCESI IN INGHILTERRA NEL XVII SECOLO

  1. - Alcune precisazioni
  2. -Osservazioni derivate da queste precisazioni
  3. -Registri della Compagnia dei Tessitori

   APPENDICE ALLA SETTIMA PARTE

OTTAVA PARTE - LA RIVOLUZIONE INGLESE DEL 1688 E LE SUE CONSEGUENZE

NONA PARTE - EFFEMERIDI  DI  EMMANUEL REBOLD

DECIMA PARTE - FONDAZIONE DELLA LOGGIA DI SAINT-PAUL (1691)

   1. -Data di fondazione
   2. -Riferimenti di origine massonica
   3. -Mire politiche

UNDICESIMA PARTE - RETTIFICA ALLA DECIMA PARTE

DODICESIMA PARTE - IL PASTORE JEAN DÉSAGULIERS

TREDICESIMA PARTE - GUGLIELMO III E I PROTESTANTI FRANCESI

   1. - Naturale alleanza fra Guglielmo III e i protestanti francesi
   2. - Concatenazione degli avvenimenti
   3. -Persecuzione ingiustificata dei protestanti
   4. - Guglielmo III di Nassau, principe di Orange
   5. - Occupazione di Grange (1660-1667)
   6. - Situazione dell'Olanda nel 1670-1671
   7. -Inizio della guerra di Olanda
   8. -Fine della guerra di Olanda
   9. - Lotta serrata fra Guglielmo III e Luigi XIV
   10.- Stretto vincolo fra Guglielmo III e i protestanti

   APPENDICE ALLA TREDICESIMA PARTE

    1.-Luigi XIV rifiuta le proposte degli Olandesi (1672)
    2. - Una clausola poco nota del trattato di Utrecht
    3. - Luigi XIV ingrossò la corrente di irreligione agli inizi del XVII secolo

QUATTORDICESIMA PARTE - L'INGHILTERRA E LA MASSONERIA INGLESE FRA IL 1688 E IL 1701

    1. -Prime medaglie
    2. -Il presagio di Orange
    3. -Altre medaglie
    4. -Inizio del regno di Guglielmo III
    5. - La Massoneria dal 1688 al 1701 Guglielmo III fu massone?

QUINDICESIMA PARTE - REGNO DELLA REGINA ANNA (1702-1714)

    1. -Attriti  fra Inglesi e stranieri
    2. - Situazione politica dal 1689 al 1707
    3. -Preludio alla caduta dei whigs

SEDICESIMA PARTE - VERSO LO SCISMA: COLLEGAMENTO FRA RIFUGIATI FRANCESI E WHIGS

    1. - Concatenazione degli avvenimenti
    2. - II ruolo dei protestanti francesi

DICIASSETTESIMA PARTE - DICHIARAZIONE DEL 1703

DICIOTTESIMA PARTE - LEGAME DEI RIFUGIATI CON GLI INTELLETTUALI

    1. - Fine del regno della regina AnnAvvento di Giorgio I
    2. -Élite intellettuale dei rifugiati
    3. -Abraham de Moivre
    4. - Jean-Théophile Désaguliers fra il 1698 e il 1712

 DICIANNOVESIMA PARTE - J.-THÉOPHILE DÉSAGULIERS A OXFORD E A LONDRA.

    1. - Jean-Théophile Désaguliers, studente a Oxford
    2. -Conferenze scientifiche ad Oxford
    3. -A Londra, in ChanneI Row

VENTESIMA PARTE - JEAN-THÉOPHILE DÉSAGULIERS FRA IL 1713 E IL 1717

    1. -Conferenze pubbliche
    2. - Désaguliers alla Royal Society
    3. - II beneficio di Stanton Parva e Lord Chandos
    4. -Figli di Jean-Théophile Désaguliers
    5. -Osservazioni

SITUAZIONE POLITICA FRA IL 1709 ED IL 1717

   1. - Fine della guerra di successione in Spagna
   2. -Lotta accanita fra tories e whigs
   3. - Ultimo periodo del regno della regina Anna
   4. -Primi anni del regno di Giorgio I
   5. -Ripercussioni sulla Massoneria
   6. -Rapporti franco-inglesi

VENTUNESIMA PARTE - PRIME RIGHE DEL RACCONTO DI ANDERSON

VENTTOUESIMA PARTE - INIZIO DEL RACCONTO DI ANDERSON

   1. -Nel 1717 c'erano a Londra più di quattro logge
   2. -Ragioni a sostegno dell'asserzione
   3.-«After thè Rebellion»
   4. -Le quattro logge fondatrici

VENTITREESIMA PARTE - SEGUITO DEL RACCONTO DI ANDERSON

   1. - Osservazione di un lettore
   3. -Seguito del documento: conciliaboli, risoluzioni
   4. - Scelta di un Gran Maestro

VENTIQUATTRESIMA PARTE - FINE DEL RACCONTO DI ANDERSON

   1. - Cosa occorre intendere per "Old Brothers"?
   2.- Perché San Giovanni Battista?
   3. - Cosa significa la parola "Libero" (Free)?
   4. - Nomina di un Gran Maestro

VENTICINQUESIMA PARTE - LA VITA DI JEAN THÉOPHILE DÉSAGULIERS SECONDO DAVID-C. A. AGNEW

VENTISEIESIMA PARTE - ROSA-CROCE E MASSONERIA

VENTISETTESIMA PARTE - OPERE DI DÉSAGULIERS

VENTOTTESIMA PARTE - ALTRE INFORMAZIONI SU DÉSAGULIERS

   1. -Désaguliers ingegnere
   2. -Estratto dalla Storia della Loggia di Edimburgo
   3. - Osservazioni suggerite da questa citazione
   4. - Quel che l'opera citata dice di Désaguliers
   5. –Esame dei dati biografici
   6. -Seguito della citazione
   7. -Osservazioni a proposito di questo brano

VENTINOVESIMA PARTE - ALLA LOGGIA DI EDIMBURGO (AGOSTO 1721)

TRENTESIMA PARTE - DÉSAGULIERS A PARIGI (SETTEMBRE 1735)

TRENTUNESIMA PARTE - PREPARAZIONE DEL LIBRO DELLE COSTITUZIONI

    1. -Orientamenti della nuova Obbedienza
    2. - Necessità di una Costituzione. Documentazione
    3. - Storia del Libro delle Costituzioni
    4. -Il duca John Montagu

TRENTADUESIMA PARTE - PRIMA REDAZIONE E REVISIONE DEL LIBRO DELLE COSTITUZIONI

2. - Qualche parola su James Anderson
3. - Esame ed approvazione del Libro delle Costituzioni

TRENTATREESIMA PARTE

   1. -Chi fu il duca di Wharton
   2. - Curriculum massonico del duca di Wharton
   3. -Punti contestabili
   4. -La parte di Désaguliers nell'intrigo
   5. - Verbali della Gran Loggia

TRENTAQUATTRESIMA PARTE - DÉSAGULIERS NEL 1723-1724

A CONCLUSIONE - APPREZZAMENTI AL NOSTRO STUDIO

ALLEGATO 1

   1. -La Loggia di Alessandria
   2. -Verbale della riunione
   3. -Prospetto della Cerimonia
   4. -Verbale della Cerimonia
   5. -Discorso del Venerabile

ALLEGATO 2 - Riflessioni di Rene Guénon sugli "Archivi di Trans-en-Provence"..... 342

lunes, 30 de noviembre de 2015

La Ciudad; por Jean Hani

Cap. III Templo y Ciudad. 4. La Ciudad, en Mitos, Ritos y Símbolos, José J. Olañeta, Editor, 1999, Palma de Mallorca.

   La ciudad es una realidad ambigua, ora considerada fuente de las peores corrupciones, ora considerada factor principal de la civilización y la cultura. Está antítesis la encontramos ya en la Biblia, que hace remontar a Caín la creación de las ciudades (Gén., 4, 17); y sin embargo, por otra parte todo a lo largo de la historia, el pueblo judío veneró a su ciudad santa, Jerusalén, sin duda más que ningún otro pueblo la suya. Lo mismo ocurre en el Nuevo Testamento: el Apocalipsis radicaliza la antítesis al oponer la «Gran Babilonia», la prostituta, a la ciudad virgen y resplandeciente, la «Jerusalén celestial», que «desciende del cielo» (Ap., 21, 10). Pero la que triunfa es la Jerusalén celestial, y precisamente porque «desciende del cielo».

Esta expresión merece que nos detengamos en ella, pues nos introduce indirectamente en el centro del problema de la ciudad según las concepciones tradicionales. Y es que sin duda la imagen de la Jerusalén celestial tiene ante todo un sentido escatológico que simboliza el mundo futuro que nos devuelve a la pureza original; pero además tiene valor paradigmático para el mundo presente.

Si el Génesis, al atribuir a Caín la fundación de las ciudades, destaca su carácter maléfico, es porque las opone a la pureza de la naturaleza virgen del Paraíso perdido. Pero este carácter maléfico no es irremediable: puesto que existe una «ciudad celestial», modelo del paraíso terrenal, el hombre, incluso en el estado caído, puede construir en la tierra ciudades que no sean malditas ni maléficas y que reciban la luz de cierto reflejo del paraíso; a condición que estén edificadas a partir del modelo de la «Jerusalén celestial». Las ciudades de los hombres son benéficas o maléficas en la medida en que reflejan o no reflejan este arquetipo celestial.

Digamos enseguida, por lo demás, que a la expresión de «Jerusalén celestial» le damos el sentido más amplio, pues la realidad que traduce puede presentarse en imágenes muy diversas en los diferentes pueblos; porque, siempre y en todas partes en las sociedades tradicionales, las ciudades, en cierta manera y en grados variables, son ciudades santas [1], porque todas, para emplear los términos del Apocalipsis, «descienden del cielo a la tierra».

Y es que esta fórmula, si no se entiende en sentido escatológico, sino en sentido cosmológico, define perfectamente la manera de concebir la ciudad tradicional.

Para comprender bien esta manera de concebir, hay que recordar que el hombre tradicional, o sea el hombre normal, no puede vivir más que en un ambiente sagrado. En particular, no puede vivir más que en un espacio que ha sido consagrado; y esta consagración se lleva a cabo mediante un ritual basado en una doctrina cosmológica que es común a todos los pueblos y que afirma la analogía de lo que está Arriba y lo que está Abajo, y la influencia benéfica de lo primero sobre lo segundo, del Cielo sobre la Tierra; y el Cielo es el «lugar» simbólico de la Divinidad.

La ciudad, como por lo demás el templo o la casa, reproduce una imagen del mundo ordenada según esta jerarquía. Por esta imagen del mundo ordenada según esta jerarquía. Pero esta imagen no cobra valor más que si está centrada. Es en el centro donde percibe el hombre la presencia y la influencia de ese. Algo transcendente que desea recobrar como huella del Paraíso perdido. La transcendencia en el centro del mundo, en el punto por el que pasa el Axis Mundi, el Polo universal, representado a menudo por la Montaña sagrada situada debajo de la Estrella polar, y en torno al cual el universo lleva a cabo su revolución, lugar donde se comunican los tres niveles cósmicos, cielo, tierra e infiernos. Esta doctrina se basa en la percepción de que toda la creación comienza partir de un centro o un punto, como la circunferencia, engendrada por el punto central, como el ser orgánico a partir de la simiente infinitesimal, lugar en el que reside la fuerza recogida en sí misma y desde donde se difunde luego para manifestarse. De ahí el deseo del hombre de situarse permanentemente en ese centro, en ese punto-origen de donde brota la fuerza creadora.

Así, toda construcción de la ciudad, o de templo, o de casa, imita la creación del mundo, y con ello pone en armonía con el mundo. El pequeño mundo del hombre, su morada, se trazará por tanto conforme al plano que es el universo y que es igualmente el de su propia individualidad psicosomática.

El espacio se consagra mediante el propio ritual de fundación, ya se trata de una ciudad o de un templo. Conduciremos nuestro estudio a partir del ritual practicado para el templo porque, aunque es fundamentalmente el mismo que para la ciudad, es más elaborado y, a fin de cuentas, más conocido, y nos permitirá hacer sentir bien el carácter sagrado de la ciudad tradicional, que aparecerá así como prolongación o versión ampliada del templo.

La fundación del templo comienza con la orientación [2]: en el emplazamiento escogido para la construcción –elección determinada no sólo por razones de utilidad, sino también y ante todo por las cualidades sutiles del lugar, reveladas por la astrología y la geomancia—, se pone derecho un palo que servirá de gnomon para localizar los ejes Este-Oeste y Norte-Sur. A partir de este palo tomado como centro, se trazan los puntos extremos del curso del sol, lo que permite el eje Este-Oeste, la posición del sol en el zenit, y el eje Norte-Sur. Se obtiene así una figura orientada por la cruz de los ejes inscrita en el círculo. Esta figura sirve de módulo de base para los edificios de forma circular; en el caso de los templos de forma cuadrangular, el cuadrado de base que servirá para trazar la planta se obtiene mediante la operación denominada «cuadratura del círculo», que consiste simplemente en inscribir un cuadrado en el círculo primitivo: dos nuevos círculos centrado en los puntos cardinales del Eje Este-Oeste darán, por su intersección con la circunferencia primero, los ángulos del cuadrado. Esta cuadratura del círculo, en realidad, es la cuadratura del círculo celeste proyectado en tierra, en una primera operación, en el trazado inicial, e igualmente la proyección del «cuadrado celeste», o sea de la cruz de los ejes cardinales.

La figura geométrica que acabamos de describir contiene todo el simbolismo del templo; simbolismo a la vez cósmico y metafísico; es la unión del cielo (el círculo) con la tierra (el cuadrado), pero el cielo en sí es símbolos de la Esencia universal, y la tierra lo es de la Substancia. Ese es el significado de la figura en su aspecto estático. En su aspecto dinámico, representa el proceso de la creación, el influjo celeste que opera para crear: el círculo celeste engendra el ciclo temporal, pues las cuatro tradiciones del tiempo corresponden a los cuatro puntos cardinales, que califican el espacio. Por lo demás, el primer gesto del ritual, poner el palo, determina un eje vertical y un centro en tierra; este centro, al estar relacionado por la orientación con la estructura del mundo y el ritmo celeste, se identifica ritualmente con el Centro del mundo. Por lo demás, puesto que la distancia que separa todos los puntos de la tierra es prácticamente nula con respecto al Eje que va a parar a la Estrella polar, esta asimilación es real incluso físicamente.

Este Axis mundi es el centro inmóvil que manifiesta en lo creado el Principio divino, «motor inmóvil» y Realidad inmutable. Una vez terminado el trazado básico del templo, se quita el palo, pero sigue realmente presente en cuanto «pilar axial» en torno al cual se edifica toda la construcción, pese a permanecer invisible como el Principio con respecto a la creación. Este eje, que centra el templo, establece el contacto con las fuerzas siderales, que también son mediadoras del Poder divino; por eso es él el que condiciona fundamentalmente la fundación del templo, que es unir la tierra al cielo.

La fundación de una ciudad tradicional se hace conforme a un ritual análogo en lo esencial, es decir, mediante el establecimiento de un centro y de un círculo orientado. Algunas ciudades son circulares, otras son cuadradas, no importa: la operación siempre es la misma.

Ecbatana, la capital de los antiguos medos, nos dice Heródoto, estaba formada por siete recintos concéntricos; como la ciudad estaba edificada sobre una colina, los muros estaban construidos de manera que cada recinto no sobrepasase al inmediato más que en la altura de las almenas; la ciudad, por tanto, ofrecía a su vez aspecto de montaña. El séptimo recinto encerraba el palacio del rey, que se situaba así probablemente en el eje vertical del conjunto. Las almenas, nos dice también Heródoto, estaban pintadas de distintos colores: las del primer recinto, de blanco; las del segundo, de negro; las del tercero; de púrpura; las del cuarto, de azul; las del quinto, de rojo; las del sexto, de plata, y las del séptimo , de dorado [3]. Esta descripción debería abrir camino a estudios interesantes. Es prácticamente seguro, por ejemplo, que los siete recintos circulares reproducían los siete cielos planetarios, de suerte que la ciudad aparecía proyección del cielo en la tierra; podríamos estar totalmente seguros si todos los colores de las almenas correspondiesen a los colores tradicionales atribuidos a los planetas; la correspondencia es exacta en el caso de Saturno (2º recinto), Júpiter (4º recinto), Marte (5º recinto), Luna (6º recinto) y Sol (7º recinto); hay dificultades para Venus y Mercurio, que en la gamma corriente tienen respectivamente el verde y el multicolor.

Darabjird, capital del antiguo reino de los partos, tenía dos recintos circulares con calles radiales que iban del centro a las puertas; de éstas, las cuatro principales estaban orientadas según los puntos cardinales. Así era todavía Firuzaban, capital de los sasánidas, y más tarde Bagdad, fundada en el año 762 por el califa al-Masûr; Hiraqala, la ciudad de Harún al-Rashid, o Sabra, la del tercer califa fatimí, Ismâ’îl [4]. Es probable que las más antiguas ciudades egipcias tuviesen esa forma, pues el jeroglífico correspondiente a la palabra niut, «ciudad», no es otro que la figura crucicircular del esquema de fundación [5], es, en todo caso, uno de los indicios más asombrosos de la universalidad del rito que antes hemos descrito.

Plutarco y Ovidio nos dejaron una descripción precisa de la ejecución de este ritual para la fundación de Roma. Rómulo, nos dicen, empezó por abrir un foso circular, el mundus, en el que hizo un sacrificio y sobre el que levantó un altar; constituía así un centro asimilado al Centro del mundo, al Axis mundi, como nos asegura el propio Macrobio cuando dice que aquel mundus era el «lugar de intersección de los tres mundos». A partir de aquel centro, Rómulo trazó con arado una circunferencia que determinaba el contorno de las murallas; en el interior se construyó la Roma quadrata, la Roma cuadrada, o sea dividida en cuatro cuarteles delimitados por dos grandes arterias según el cardo, eje Norte-Sur, y el decumano, eje Este-Oeste [6].

La universalidad del rito de fundación está demostrada por una curiosa relación entre la fundación de Roma y la que antaño describiera Leo Frobenius de una ciudad del África occidental. Cuenta que el emplazamiento elegido fue señalado con estacas, en forma de círculo y de cuadrado con la situación de cuatro puertas en los cuatro puntos cardinales; se sacrificó luego un toro en el centro de aquel círculo, enterraron allí su verga y levantaron encima un altar [7].

Puede citarse también, muy lejos de allí, la población de Bororo, en el Brasil, de planta circular y dividida por los dos ejes orientados, en cuyo centro se levanta el santuario. Lo que es interesante señalar es que esta planta parece ser que reproduce la de la ciudad de Cuzco, en el Perú, antaño capital del imperio de los incas [8].

En la India, las antiguas ciudades tenían forma cuadrada o redonda, con –como en todas partes, podría decirse— cuatro puertas principales orientadas según los puntos cardinales; así ocurre en Pataliputra, capital de los emperadores Maurya. La planta tradicional de la ciudad india reproduce el zodíaco, de ahí ua asimilación de los cuatro barrios principales a las cuatro estaciones, de modo que cada barrio comprendía tres signos del Zodíaco. Cada casta ocupaba un punto cardinal: brahmanes al Norte, kshatriyas al Este, vaishyas al Sur y sudras al manes al Oeste. Esta repartición seguía el ciclo anual del sol y el sentido de la pradakshina, la circumambulación ritual. Finalmente, el eje Este-Oeste, denominado «Vía regia», conducía al palacio del soberano, que se levantaba en el centro de la ciudad, pues el príncipe se asimilaba simbólicamente al Eje del mundo, y gobernaba la ciudad y país como rige el universo el Principio divino. Además se decía que Pataliputra se había construido en el emplazamiento del Monte Meru, centro del mundo [9].

El mismo esquema crucicircular encontramos en Angkor Thom, capital del Imperio jmer, construida a partir de estos dos ejes cardinales; en su intersección, en el centro, está el templo del Bayón, también identificado en el Meru.

El simbolismo zodiacal de la ciudad evoca de forma impresionaste la Jerusalén celestial, de la que hablaremos enseguida, y la ciudad ideal de Platón. Ésta debía estar regida por los dioses y reflejar por su forma las realidades siderales, para que la ciudad participase en la armonía del universo. La ciudad es de planta circular; su centro está ocupado por la Acrópolis, morada de los dioses; está dividida en doce sectores, con lo que las leyes y proporciones del cosmos penetran en ella y los propios habitantes se encuentran bajo  la influencia de estas leyes cósmicas. «Debemos pensar -prosigue Platón— que cada parte es sagrada, porque es un don de Dios, y porque sigue el movimiento de los meses y revolución del Universo. Así, la ciudad entera está regulada por su relación con el Universo, que santifica sus partes» (Leyes, 745 ss). No puede definirse mejor el modo operatorio de la ciudad tradicional.

El mismo espíritu regía la organización de la ciudad en la China. La capital, como ámbito real, era cuadrada, con cuatro puertas principales en los cuatro puntos cardinales. En el centro de la ciudad residía el emperador, cuyo palacio-templo, el Ming tang, también era cuadrado, con tres puertas en cada lado, y el conjunto correspondía a los doce meses y a los doce signos del Zodíaco. A través de las puertas se difundía la «Virtud» real a la ciudad y al imperio según el ritmo del cielo.

No todas las ciudades tradicionales reproducían en detalle el mapa celeste, pero todas eran imagen del cielo y estaban situadas en el centro del mundo. Así ocurre en el cercano Oriente con Babilonia cuyo nombre, Bab ilani, significa «Puerta de los dioses», y que se consideraba que estaba construida sobre el bab apsi, la «Puerta del abismo», lo que equivale a decir que estaba situada sobre el Eje del mundo, que une los tres niveles cósmicos. Y lo mismo ocurre con la Meca, santificada por la Caaba, la «la Casa de Dios», que está en el cielo; es la cúspide de la tierra, dice Kisâ’î, porque la Estrella polar demuestra que se encuentra frente al cielo del cielo; y según Azraqui, existía antes de la Creación y es el punto a partir del cual fue establecida la tierra. La misma tradición existe respecto de Jerusalén. Según la Mishná, la roca del templo penetraba en el tehom, el mundo inferior, correspondiente el apsu babilonio, y tenía una abertura llamada «Boca del tehom». Por otra parte, se considera que Jerusalén y Sión están situadas en la cima de la Montaña cósmica, la que no es inundada por el diluvio: «Grande es el Señor –canta el Salmo 47—, e infinitamente digno de alabanzas, en la ciudad de nuestro Dios y en su monte santo; su famosa colina llena de gozo el universo: el Monte Sión, en el Confín Norte, es la ciudad del Gran Rey». Esta expresión, el Confin Norte, es totalmente característica para designar la cúspide de la tierra, cuya punta está dirigida a la Estrella polar; es el centro del mundo y el punto-origen de la Creación: «El mundo fue creado a partir de Sión», se lee en el tratado de Yoma [10].

No se sabe exactamente cuál era el plano de la más antigua Jerusalén, pero con toda probabilidad se construyó siguiendo más o menos el esquema del campamento de los hebreos. Este campamento estaba dividido en cuatro partes, y el pueblo estaba repartido en cuatro grupos de tres tribus, principal una de ellas: Judá al Este, Rubén al Sur, Efraín al Oeste y Dan al Norte. En el centro se alzaba el Tabernáculo, en torno al cual estaban establecidos los levitas, divididos en cuatro grupos orientados según los puntos cardinales. Y se sabe que, más tarde, la Tierra de Israel fue dividida de esta misma forma. Volvemos a encontrar aquí el duodenario, 3 x 4 = 12, cuyo simbolismo zodiacal es seguro, pues se sabe con seguridad que existía correspondencia entre las tribus y los signos de zodíaco.

Conforme a esta planta, evidentemente, se describe la Jerusalén celestial, cuadrada, con sus doce puertas con el nombre de las doce tribus; en el centro, el Árbol de la Vida, símbolo del Eje universal.

Esta Jerusalén es el arquetipo, el modelo ideal de toda ciudad humana, al propio tiempo que icono del Paraíso. Toda ciudad, en su plano y suponiendo que lo demás no cambie, debería conformarse a este modelo para responder a su función, que no sólo es albergar y proteger al hombre, sino también ayudarlo, en su vida material, a realizar su destino.

Porque, hay que insistir en ello, el simbolismo arquitectónico de las ciudades, contrariamente a lo que pudieran pensar algunos, no es algo simplemente «literario» ni «artístico»: es operativo, como bien expresa Platón en el texto antes citado; opera lo que designa –como todo símbolo tradicional, por lo demás— a causa de la analogía que un con las formas cósmicas las formas arquitectónicas que hemos definido, y porque con el arquetipo «atrae» a éste y reactualiza a cada instante su influencia. Este simbolismo de la ciudad, como el del templo, ayuda al hombre en su progresión espiritual, al permitirle, en el curso de su vida cotidiana, relacionar incesantemente lo individual con lo universal, el hombre con Dios, su principio. La ciudad tradicional, como el templo, es un instrumento de comunicación con lo Invisible, que permite el descenso de las influencias del cielo hacia el hombre y que el hombre vuelva a subir hacia el cielo.

Este papel mediador alcanza evidentemente su mayor eficacia en el caso de las ciudades santas, las que están especialmente consagradas por una teofanía, y de las que Jerusalén ofrece sin duda el tipo más perfecto. Y esa es la razón que explica la peregrinación. Si los creyentes acuden diligentes a estas ciudades es para encontrar una vía de acceso privilegiada hacia lo Alto. El hombre tradicional está en el diálogo constante con lo Invisible, y la peregrinación es el medio de mantener o de reactivar este diálogo.

En las tres grandes fiestas anuales, entre ellas la Pascua, el israelita «subía» a Jerusalén, a la «Casa del Señor», como dice el salmista: «Qué alegría cuando me dijeron. “Vamos a la Casa del Señor”» (Sal 122). La peregrinación a la Meca, como se sabe, es una de las principales obligaciones del fiel del Islam, y el rito capital de esta peregrinación consiste en una circumambulación alrededor de la Caaba, la «Casa de Dios», porque, dicen los comentaristas, las vueltas que dan a su alrededor los peregrinos imitan la circumambulación de los Ángeles alrededor del Trono divino, que se encuentra en la «Casa de Dios» que está en el cielo [11].

Así, la peregrinación equivale a un viaje para alcanzar el Centro del mundo y allí, en cierto modo, «recargarse» en contacto con las fuerzas celestiales.

En el hinduismo y el budismo existe un rito análogo al del Islam, la pradakshina, que se practica alrededor del templo de la ciudad santa: en el templo de Barabudur o en el templo de Lhasa, el fiel que asciende, en espiral, los escalones del santuario, se acerca así a la «cima del mundo» y, ya en la terraza superior, penetra en la «Tierra pura», otro nombre del Paraíso o de la Jerusalén celestial.

La peregrinación a la ciudad santa es un medio de recordar al hombre el sentido de su existencia, que en la visión tradicional está concebida como peregrinación al Más Allá. Por esto se dice que Abraham permanecía bajo la tienda, como si estuviese en tierra extranjera, «porque esperaba la ciudad asentada sobre firmes cimiento cuyo Arquitecto y constructor es Dios» (Epístola a los Hebreos, 11, 10). Para el hombre tradicional, la ciudad terrenal no es más que la imagen de la ciudad  divina con miras a la cual se encuentra en estado de peregrino. El hombre que ha asumido plenamente la peregrinación de la existencia reconoce que esta «Ciudad divina», esta Brahma-pura, esta «Jerusalén celestial», no es otra cosa que el «Reino de Dios», que, según el Evangelio, «está dentro de nosotros». La verdadera peregrinación es la peregrinación interior, la que lleva al centro del ser, en el corazón, del que decía Ibn Arabí que es aún más noble que la Caaba.

Estas reflexiones sobre la peregrinación y el papel del corazón y del centro del ser nos invitan a volver, para terminar, al problema de la ciudad en general (de la ciudad tradicional, queremos decir) problema que esclarecen con nueva luz. En la tradición hindú, la «ciudad divina», la Brahma-pura, designa, en sentido estricto, el principio divino que reside en el corazón del ser; pero, en sentido más amplio, la expresión designa igualmente el ser entero con sus elementos constitutivos y sus facultades en relación jerárquica con el principio central; y estas facultades y elementos subordinados a su principio se comparan tradicionalmente  con una ciudad con su rey, que es su corazón, y sus súbditos. Finalmente, la expresión «Ciudad divina» designa el universo total que irradia a partir del «Corazón del mundo», del Centro divino [12].

Para cumplir verdaderamente su función, toda ciudad debería ser conforme a este modelo. En la ciudad así concebida, el hombre puede vivir armoniosamente, porque en ella se reencuentra con la estructura del mundo y su propia estructura, y ello a la inversa de lo que sucede en la ciudad moderna, que, por su carácter atípico (apartado de lo prototípico), es alienante y traumatizante.

Y sin duda, a este respecto, cabría reflexionar sobre la importancia del papel de las murallas, que en las ciudades antiguas no eran sólo una defensa contra los ataques guerreros: también protegían contra las influencias maléficas, como prueba al uso medieval de bendecir las murallas contra las insidias diabili, «contra las insidias del demonio». De todas formas, al materializar el «límite», la muralla mantenía la noción de espacio centrado, conservada la ciudad en su forma y en su simbolismo cósmico, le impedía diluirse en lo indefinido y la confusión, como puede verse en las ciudades «tentaculares», que se extienden incesantemente y terminan por caer en lo informe, y ello no sin una influencia cierta en el psiquismo humano. En cambio, en la ciudad construida conforme al modelo de su propio cuerpo a partir de un centro vital y mediante un crecimiento orgánico, como el del embrión, el hombre regresa a su propio origen y al mismo tiempo origen de todo lo creado, porque, en virtud de la analogía que une el microcosmo como el macrocosmo, analogía que se refleja igualmente en la estructura de dicha ciudad, siente que su propio origen del mundo se sitúan finalmente en el mismo punto central y divino. Comprende así intuitivamente la cosmogénesis y la ontogénesis, y alcanza con ello su propio centro y el Centro universal, lo cual es el objeto de su destino.

En la ciudad construida orgánicamente de este modo, el templo, erigido en el centro de la ciudad, materializa a los ojos del hombre el Centro cósmico y su propio centro: su torre, su campanario o su alminar son para él en todo momento imagen del Eje polar que apunta hacia Arriba y que acompasa todas las horas de su vida recordándose sin cesar el camino de la salvación, el camino que debe hacerle alcanzar lo Invisible [13].

Notas:
[1] H. Müller, Die Heilige Stadt, 1961
[2] Véase H. Niessen, Orientation, 1906-1910; J. Hani, El Simbolismo del Templo Cristiano, José J. de Olañeta, Editor, 1997.
[3] Heredoto I, 98
[4] H.-A. L’Orange, Studies in the Iconography of cosmic Kingship, Oslo, 1953.
[5] Drioton-Sottas, Introduction à l’étude des hiéroglyphes, p, 141.
[6] Plutarco, Rómulo, 11; Ovidio, Fastos, 4, 819. Sabemos por Catón, citado en Servio, Ad Æn nº 5, 755, que el ritual venía de los etruscos; cf. también Varrón, De lingua latina 5, 143 ss. Para Grecia, el ritual no es conocido más que en partes por los historiadores (por ejemplo Tucídides 3, 24; 5, 16) y Pausanías 4, 27, que cuenta la fundación de Mesene. La descripción más completa es la que, en forma cósmica, da Aristófanes en Las aves, 850 ss.: se trata de la fundación de una ciudad, Cucópolis de las Nubes. Toman un oráculo, hacen un sacrificio, una oración a Hestia, diosa del Hogar, en la que se enciende el fuego sagrado tras haber dado la vuelta alrededor asperjándolo con agua lustral.
[7] Este ritual es el del pueblo maude; en Mon. Africana, VI, Francfort, 1929, pp. 119-124; Histoire de la civilisation africaine, p. 155.
[8] Symbolisme cosmique et monuments religieux, Musée Guimet, 1953, I, pp. 53 y 59.
[9] R. Guénon, «Le zodiaque et le points cardinaux», en Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, pp. 120-124.
[10] M. Eliade, Tratado de historia de las religiones, capítulo 10.
[11] M. Hamidullah, «Le pèlegrinage à La Mecque» en Pèlerinages «Sources orientales», París, 1960, pp. 90-138.
[12] R. Guénon, «La cité divine», op. cit.
[13] Sobre este tema puede leerse el libro de Najm-ud-Dine Bammate, Cités d’Islam, Ed. Arthaud, 1987.