lunes, 25 de marzo de 2013

A propósito de las relaciones entre la Iglesia y la Masonería; por Denys Roman


    Capítulo VI de René Guénon et les Destines de la Franc-Maçonnerie, París, 1982, 1995.


     Sabemos que, en Francia, en el siglo XVIII, la Logias masónicas contaban con un numero considerable de católicos e, incluso, de eclesiásticos. El clero regular, estaba también abundantemente representado. Según Albert Lantoine, todas las Órdenes religiosas, tenían algunos de sus miembros bajo las columnas de los Templos, a excepción de los Jesuitas, siendo la Orden con más miembros en las Logias la de los Bernardinos, designación que se aplicaba, en el siglo XVIII a los Cistercienses, la Orden de San Bernardo. De este hecho curioso se ha dado la siguiente explicación. En virtud de lo que ha dado en llamarse “las libertades de la Iglesia galicana”, las decisiones del Papado debían, para ser aplicadas en Francia, estar aprobadas por el Parlamento. Ahora bien, el Parlamento rechazó siempre sancionar las bulas de Clemente XII y de Bonifacio XIV que contuvieran condenas a la Masonería. Los católicos franceses podían, entonces, pretender ignorar dichas condenas. Pero ¿las ignoraban, en realidad? Lo dudamos mucho. Numerosos obispos franceses, en efecto, fulminaban contra la Orden en sus mandatos[1]. Por otra parte, los Masones franceses, con ocasión de los viajes y también de las guerras, tuvieron acceso a las Logias extranjeras y podían informarse de las prohibiciones romanas.

   La explicación dada normalmente, en cuanto a la presencia de católicos en las Logias francesas, es, entonces, insuficiente. Además se olvida siempre, con relación a esto, que el más ilustre y el más católico de todos los Masones católicos de esta época, Joseph de Maistre, no era francés, sino piamontés; y, el Piamonte, evidentemente, no se beneficiaba de las libertades de la Iglesia galicana. En torno a Joseph de Maistre, en la Logia “La Sinceridad” de Chambéry y en muchas otras Logias piamontesas, la casi totalidad de miembros eran católicos. Su presencia no puede explicarse por el comportamiento del Parlamento de París.

    Ciertos adversarios de la Francmasonería calificaron como malos padres y malos religiosos, a aquellos que frecuentaban así las Logias[2]. A veces incluso, se ha insinuado que aportaban ideas subversivas, que extendían luego por la Iglesia y por el mundo. Tales calumnias no merecen ser refutadas. Los padres y los religiosos Franc­masones, no eran menos fervientes que aquellos de sus cofrades que permanecían ajenos a la Orden. Nada impedía incluso que las Logias hayan abrigado, con más frecuencia de la que se piensa, a católicos y sacerdotes llegados al grado más alto de santidad.

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Hacia finales de los sesenta, esta cuestión de las relaciones entre la Iglesia y la Masonería, fue objeto de una obra titulada Les Franc-Maçons[3], escrita por Jean Baylot y Michel Riquet. El primero, era un alto dignatario de la Gran Logia Nacional Francesa y, el segundo, un reputado predicador de la Compañía de Jesús. Bajo forma de diálogo, su libro intenta refutar algunos de los perjuicios contra la Masonería que son corrientes en Francia, sobre todo en los medios católicos. Numerosos hechos menores muestran que, incluso bajo el Segundo Imperio, las condenas pontificias permanecían con frecuencia como letra muerta[4]. Se ha visto también hasta qué punto es errónea, la aserción según la cual, la Masonería -sobre todo en Francia- ha sido siempre considerada como solidaria con las ideas llamadas “de izquierdas”[5]. Entendiéndolo desde el punto de vista estrictamente tradicional, sería preferible siempre que un Masón, como todo iniciado, se abstuviera de la acción política, sea de “derechas” o de “izquierdas”. Pero es bueno recordar que, la Masonería, bien lejos de haber fomentado la Revolución, fue, al contrario, “su primera víctima”[6].

     Pero volvamos a la cuestión religiosa. Un caso privilegiado, entre todos, será suficiente para ilustrar las altas virtudes de fe y de coraje que supieron manifestar, a veces, en la prueba de la tormenta revolucionaria, estos sacerdotes Francmasones del siglo XVIII. “La Logia de Laval contaba, en 1786, en vísperas de la Revolución, con cinco sacerdotes entre veintidós miembros. Y, de estos cinco padres, todos han sido refractarios a la Constitución civil del clero; cuatro fueron deportados, el quinto, Jean-Marie Gallot, fue guillotinado en Laval, el 21 de Enero de 1794” (p. 21).

     El R. P. Riquet ha omitido añadir[7] que Jean-Marie Gallot fue beatificado en 1955 por el Soberano Pontífice, Pío XII. A lo largo del proceso de beatificación, el “promotor de la fe” (ese dignatario eclesiástico, familiarmente conocido como “el abogado del diablo”, cuyo papel es buscar y someter a juicio de valor, todo aquello que, en la causa a instruir, no lleve el sello de la santidad) ¿tenía conocimiento de la cualidad masónica de Jean-Marie Gallot? Es probable que no[8]. Sea lo que fuere, “Roma locuta est, causa audita es”. Pío XII ha situado en los altares, como mártir de la fe, a un sacerdote Francmasón[9].

¡Como nos gustaría conocer, para cada Logia de Francia en esta época terrible, la actitud de los clérigos que formaban parte de ellas con respecto a la Constitución civil del clero! Esta Constitución, recordémoslo, apuntaba esencialmente a sustraer al clero francés de la autoridad del Papa, considerado como un soberano extranjero[10]. Obsérvese bien. Los cinco sacerdotes masones de Laval y todos aquellos que, en las demás diócesis, debieron actuar como ellos, no obedecieron al Papa cuando les prohibía pertenecer a la Masonería; y estaban dispuestos a morir por él cuando un poder temporal, más o menos legítimo, imponía su mano sobre las prerrogativas de la autoridad espiritual.

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Respecto a la actitud actual de la Iglesia Católica, frente a la Masonería, el R. P. Riquet expone que está regida por el canon 2335[*] del Código de Derecho Canónico, que se expresa en estos términos:

“Aquellos que den su nombre a una secta masónica, u otras asociaciones del mismo género, que se dediquen a maquinar contra la Iglesia o sus poderes civiles legítimos, incurren ipso facto en la excomunión simplemente reservada a la Sede apostólica”.

El P. Riquet interpreta este canon de la siguiente forma: “El delito está esencialmente constituido por el hecho de adherirse a un grupo ‘que maquine contra la Iglesia o sus poderes civiles legítimos’. Como la Masonería inglesa y todas las Masonerías que están en correspondencia con ella, se abstienen siempre de conspirar contra la Iglesia y contra sus poderes establecidos, se deduce, según el R. P. Riquet, que estas Masonerías no se encuentran bajo las condenas pontificias”.

Una declaración así, viniendo de un eminente miembro de una Compañía renombrada por su absoluta devoción a las directrices de la Santa Sede, es evidentemente de gran peso. Desgraciadamente otras autoridades católicas, también muy bien situadas, dan a las prescripciones canónicas una muy distinta interpretación. El libro de Baylot y Riquet, ha sido acabado de imprimir en septiembre de 1968. Ahora bien, el 18 de Marzo de 1968, Le Figaro (diario en el que el R. P. Riquet ha ofrecido numerosos artículos sobre la Masonería “espiritualista”), publicaba la información siguiente:

“Città del Vaticano, 17 de Marzo. -La Iglesia no considera modificar las disposiciones canónicas en vigor referentes a la Francmasonería. Un comunicado del servicio de prensa de la Santa-Sede, se dice, en efecto, autorizado por el dicasterio competente, en este caso la Congregación para la doctrina de la fe, para declarar que son sin fundamento las informaciones aparecidas, tanto en Italia como en el extranjero, según las cuales estaría permitido a personas convertidas al catolicismo, en algunos países, permanecer en el seno de la Francmasonería, y que la Santa Sede se propondría modificar profundamente las disposiciones canónicas en vigor, referentes a esta última. Se sabe que de estas disposiciones prevén la excomunión de los católicos que formaran parte de la Francmasonería”.

Para apreciar en su justo valor esta información, conviene dar la precisión siguiente: Los “algunos países” de los que se trata son los escandinavos y, en particular, Suecia; ahora bien, tal como lo recuerda el R. P. Riquet, “es bien conocido que, en Suecia, el Gran Maestro de la Gran Logia es el mismo rey” (p. 47), y que, en consecuencia, la Masonería sueca no conspira contra la autoridad política de su país[11]. Vemos entonces, que, a ojos de un dicasterio romano cuyo Prefecto, recordémoslo, es el Soberano Pontífice[2*] en persona, los miembros de esta Masonería son excomulgados igual que los miembros de Obediencias latinas que han caído en los trágicos errores de la politización y del anticlericalismo.

     Los Masones de los países latinos, al menos aquellos que querrían ardientemente practicar en toda su plenitud el exoterismo religioso normal en su país, es decir, el catolicismo, tienen motivos para encontrarse confusos. ¿Qué deben creer? Su desconcierto es comprensible. Se puede decir que, en esta materia, las autoridades católicas, carecen de una doctrina verdaderamente “universal”. Entre las que pretenden que los Masones de tipo inglés no son alcanzados por las condenas, y aquellas que pretenden que todo Masón está excomulgado, ¿quién tiene razón?

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   Si volvemos ahora a la Masonería francesa del siglo XVIII, podemos decir que sus miembros se comportaban como si tuvieran el “sentimiento” de que la autoridad romana, condenando su Orden, había salido de los límites asignados a su jurisdicción y se había aventurado en un dominio que sobrepasa su competencia[12]. En todo caso, esto explicaría la presencia en las Logias de señalados católicos, que parecen no haber puesto jamás en duda la legitimidad de su manera de obrar[13].

     Tras la Revolución y a lo largo del siglo XIX, los católicos fueron cada vez menos numerosos en los Templos masónicos. Los fervientes se abstenían. Correlativamente, como la Iglesia prohibía a los Masones la recepción de los sacramentos, éstos empezaron a abandonar todo rito religioso, incluido el más elemental y más indispensable de todos: la oración, que ninguna decisión pontifical podía prohibirles la práctica y los beneficios. También, en los países latinos y, sobre todo, en Francia, en Bélgica y en Italia, ciertas organizaciones masónicas, a finales del siglo XIX y a principios del XX, acabaron por tomar una actitud anticlerical y, a veces, antirreligiosa.

     Hoy en día, se han intentado esfuerzos desde diversos sectores, para remediar un estado de hecho tanto o más difícil de modificar cuanto que, en realidad, el “divorcio” entre Catolicismo y esoterismo, que remonta mucho más allá que la condena de 1738[14]. No se puede ciertamente decir que la Iglesia romana practique el “odio por el secreto”. Pero, en todo caso, aquellos que hablan en su nombre tienen el temor del secreto, y esto porque suponen que el secreto ha de ser hostil a la fe y un peligro para el dogma[15]. Para hablar simbólicamente, diríamos de buena gana que Pedro y Juan, que ambos sin embargo “siguen a Cristo”, no podrán verosímilmente verdaderamente encontrarse y mirarse cara a cara más que “en el más profundo de los valles, que es el valle de Josafat”[16].

     ¿Qué será de las tentativas hechas actualmente, tanto por los Masones, como los no-Masones? ¿Obtendrán que la Iglesia acabe con sus condenas? Algunos ya han dejado de esperar. Yves Marsaudon, tras una acción proseguida durante largos años, y que había esperado mucho del concilio “Vaticano II”[17], ha terminado por desanimarse y ha abrazado la ortodoxia bizantina[18]. Sin embargo, la Iglesia sufre actualmente tal mutación, que todos los “giros” son posibles[19]. Algunos Masones de espíritu tradicional (en el sentido que damos aquí a estas palabras), se inquietan, a veces, ante la perspectiva de que los católicos del aggiornamento, puedan muy pronto solicitar, en masa, su iniciación en las Logias[20]. Nosotros pensamos que estos Masones no tienen quizás suficiente confianza en la “robustez” de su institución, que, “fundada sobre la Fuerza”[21], ha conocido a lo largo de los tiempos muy distintas peripecias. La Masonería tiene en Occidente una función “providencial”. De origen precristiano[22], ha “recogido, desde la Edad Media, la herencia de múltiples organizaciones”. ¿Qué hay que decir, sino que ha recogido una notable parte del esoterismo cristiano? Ante un “brebaje” tan precioso, hace falta una copa tallada en la más dura de las piedras preciosas. Sin duda no es sin motivo por lo que, en el Evangelio joánico, la misma fórmula, por así decir ritual subraya los dos episodios del corazón atravesado, de donde brotan la sangre y el agua, y de la promesa de “perpetuidad” hecha a la "herencia" de San Juan[23].

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     Volvamos sobre un punto bastante curioso de la tesis de los Sres. Baylot y Riquet: según ellos, los Masones de obediencia anglosajona o emparentadas, escaparían desde ahora a las excomuniones lanzadas por Roma. Es muy difícil seguirlos. Si Roma no ha pretendido más que condenar a las Obediencias “que se libran a maquinaciones contra la Iglesia” (según la fórmula del derecho canónico[3*], reproducida anteriormente), entonces ninguna Obediencia actual está condenada, incluido el Gran Oriente de Francia. Pero, por otra parte, es bien evidente, cuando se leen los textos oficiales de la Iglesia, que jamás ninguna distinción ha sido hecha entre Masones deístas y Masones más o menos increyentes[24].

     Hay Masones para los cuales, como prueba de “tradicionalidad” auténtica, sólo cuenta una cosa: la creencia en Dios. Estos Masones se escandalizan cuando perciben que René Guénon, hablando del Gran Oriente de Francia, no abrumaba a esta Obediencia e, incluso, en ocasiones, la defendía[25]. Esta actitud de Guénon es fácil de explicar. Su “función” estaba en relación con los caracteres particulares de su época, que era aquella en que la “segunda etapa” de la acción anti-tradicional, comenzaba a sustituir a la primera. Desde entonces, ya no eran el ateísmo, el materialismo o el racionalismo, los grandes enemigos de la iniciación en Occidente. Sino que otros temibles iban a revelarse como nuevas “perversiones” del espíritu moderno, aparentemente compatibles con el “espiritualismo”, y que, de este hecho, comenzarían ya a “investir” a ciertas fracciones del exoterismo occidental. Como, por otra parte, las tendencias “racionalizantes” de la Masonería francesa, no habían alterado la validez de sus rituales, la actitud de Guénon y su rechazo a pronunciamientos exclusivos en uno u otro sentido, se explica perfectamente[26].
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     Una cosa bastante sorprendente, es que, leyendo la obra precitada, se podría creer que los dos interlocutores no ven en la Masonería más que un medio de entablar relaciones, y la asemejan, en consecuencia, a los Rotary-clubs, a los Leones y a los Kiwanis. Estas organizaciones totalmente recientes y estrechamente limitadas a lo se llama “mundo de los negocios”, carecen de ritual, todavía menos simbolismo y, evidentemente, no tienen secreto alguno. Compararlas al Arte Real, es absolutamente inadmisible[27]. Pero, por otra parte, ¿qué es pues la Masonería? ¿De dónde viene y a dónde va? Nadie, antes de René Guénon, había dado a estas preguntas, por otra parte muy naturales, una respuesta satisfactoria. Los dos autores del Libro que acabamos de analizar, no parecen tener mucha simpatía hacia Guénon. ¿Han hecho algún esfuerzo para comprenderlo? Podemos dudarlo, al leer un determinado pasaje del libro[28]. No importa. La obra de Jean Baylot y Michel Riquet constituye, a su manera, un homenaje a René Guénon, pues acaba con una bibliografía masónica muy sucinta. Sobre dieciséis autores citados, destacamos nombres que, sin ser en absoluto guénonianos, han dedicado a veces alguna de sus obras “A la memoria de René Guénon” o incluso han considerado como una promesa de porvenir la penetración de las ideas guenonianas en los medios masónicos de Francia y de Italia. Demos gracias a Jean Baylot y Michel Riquet por haber dejado sitio a tales autores en su bibliografía: han mostrado de esta forma que, en adelante, no es ya posible en Francia tratar seriamente la Masonería pasando bajo silencio la obra de René Guénon.

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     No podríamos terminar este capítulo sin recordar que, para Guénon, “cuanto menos el exoterismo se ocupe del esoterismo, mucho mejor” Ahora bien, hay algo que siempre nos ha chocado. De Clemente XII a León XIII, todos los Papas han renovado, por encíclica, la condenación dirigida contra la Masonería en 1738. Pero el sucesor de León XIII, San Pío X, no renovó las condenas anteriores y, los pontífices que le siguieron, le imitaron. Ciertamente, el artículo 2335 del derecho canónico, sigue existiendo[4*], pero hemos visto que su texto deja el campo libre a una interpretación “laxista”, y los religiosos que han sostenido esta interpretación no han sido censurados por la jerarquía. ¿Es realmente deseable que la Iglesia vaya aún más lejos? Y la situación actual, con los sinsabores pero también las ventajas que comporta toda ambigüedad, ¿no corresponde, en suma, al deseo expresado por Guénon?

Notas:
[1] Citaremos como ejemplo al obispo de Marsella, M. De Belzuce, el mismo que destacó por sus desvelos cuando la peste asoló su sede episcopal.
[2] Citaremos por ejemplo a un redactor de la Revue Internationale des Sociètes Secrétés que, bajo el nombre de Hiram, publicó una obra sobre Willermoz y el Rito Templario al Oriente de Lyon. Los canónigos del noble cabildo de la catedral de Saint-Jean y el mismo Willermoz, han sido tratados de falsos católicos e, incluso, ¡acusados de satanismo!
[3] Béauchesne, París.
[4] El Gran Maestro del Gran Oriente de Francia, el mariscal Magnan, tuvo en la Madeleine, en 1862, unas solemnes exequias, celebradas con la dignidad correspondiente a su cargo. Sobre el catafalco, figuraban, junto a su bastón y condecoraciones, sus insignias de Gran Maestro de la Orden (pg. 20).
[5] Citemos simplemente dos hechos recordados por los autores. El principal artesano de la fundación del Gran Oriente de Francia en 1773, fue el duque de Luxemburgo, Masón, devoto a su Orden más allá de toda expresión. “Ahora bien, el duque de Luxemburgo ha sido el presidente de la nobleza de los Estados Generales; ha sido el único noble en rechazar toda reunión de las Ordenes y, cuando fracasó, fue el primero de los emigrados” (pg. 36). -Se ignora generalmente que el duque de Berry, hijo de Carlos X, y padre del último pretendiente legalista, Enrique V (el conde de Chambord, llamado, “el niño del milagro”), era Masón y hubiera sido Gran Maestro del Gran Oriente si no hubiera sido asesinado en 1820.
[6] Cf. Études sur la Franc-Maçonnerie et le  Compagnonnage, t. I, p. 110.
[7] Esta omisión ha sido reparada en una conferencia radiofónica el 26 de Febrero de 1969, en la que participaban igualmente, Jean Baylot, Alec Mellor y Pierre Mariel.
[8] El relato de la actividad masónica y del martirio de Jean-Marie Gallot, ha sido reflejado en La Historia de la Francmasonería en la Mayenne, por A. Bouton y M. Lepage.
[9] La situación es más picante aún. Él único miembro de la Masonería (especulativa) que puede ser invocado litúrgicamente ¡es un Francmasón del Gran Oriente de Francia!
[10] Era una de las manifestaciones de ese nacionalismo exacerbado de los revolucionarios, que recordó Guénon. Se sabe que, lo que conllevó a la caída definitiva de Luis XVI, fue el veto que opuso hasta el final a las medidas tomadas contra los sacerdotes refractarios. Sus enemigos, aprovecharon para acusarlo de no ser patriota....
[*] Nota del T.: Al publicarse este libro en primera edición, estaba vigente el Código de 1917. En el Código promulgado en 1983, el canon relacionado con el asunto es el nº 1374, que dice así: "Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho".
[11] La Masonería sueca practica un Rito particular que no carece de analogía con el de la Estricta Observancia. El último grado de este Rito, “Vicario de Salomón”, no puede tener más que un solo titular: el Rey.
[2*] Nota del T.:  El autor sufre aquí un lapsus, pues el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no era el Papa en aquel momento, ni tampoco desde entonces lo ha sido.
[12] Tal forma de ver, podría estar justificada por la falta de seriedad de ciertas decisiones pontificias anti­masónicas. El caso más extraordinario, es el de León XIII que, en el momento del asunto Taxil, condenó, sin más ni menos, a la Masonería y a asociaciones bastante inofensivas como los Old-Fellows, los “Chevaliers de Pythias” y los “Hijos de la Templanza”.
[13] Otro caso que sería interesante examinar, es el de Irlanda. La “Isla de los Santos” tenía una Masonería operativa muy próspera, que parece haber estado en relación con los "Culdeos". Poco después de 1717 se efectuó la transformación especulativa, y se sabe que los Masones irlandeses promovieron en Inglaterra la fundación de la Gran Logia de los Antiguos en 1751. Los católicos y, en particular, los numerosos animadores de los movimientos de Independencia, como los Sinn-fein, continuaron frecuentando las Logias hasta la bula Humanum genus de León XIII.
[14] Es bastante curioso que el reciente recuerdo de las condenas pontificias, a que hemos hecho referencia, estén datadas en 17 de Marzo de 1968. Y el 17 de Marzo es dado frecuentemente como la fecha del suplicio de Jaques de Molay. ¿La coincidencia ha sido querida o hay que mirarla sólo simbólicamente, como la fecha del arresto de Cagliostro, el 27 de Septiembre de 1768? —A este respecto, hagamos otra indicación que no tiene relación con la Masonería, pero que, sin duda, sí la tiene con los Templarios. La carta de Gargantúa a su hijo (Pantagruel, cap. VIII), considerada por los críticos profanos, como prueba que la novela de Rabelais (como Le Roman de la Rose) “es una obra profunda con apariencias triviales”, está fechada  “De Utopía, este décimo-séptimo día del mes de Marzo”.
[15] Es cierto que, si la Masonería renunciara al secreto o, incluso, declarara que su secreto no cubre ninguna realidad profunda, la Iglesia no vería ningún inconveniente en revocar las condenas. Pero una organización masónica que tomara una iniciativa así, se excluiría, por sí misma, del seno de la Masonería universal, el secreto, siendo el más “intangible” de todos los Landmarks, e identificándose, en cierto modo, con el “vínculo” iniciático y la misma Masonería, tal como podemos verlo especialmente en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en el que la apertura de los trabajos comienza diciendo: “Hermano Primer Vigilante, ¿cual es el lazo que nos une? — Un secreto. -¿Cuál es este secreto? -La Francmasonería”. Para dar a estas expresiones el alcance que verdaderamente tienen y que no sospechan la mayoría de quienes las repiten, es bueno referirse a una de las notas de La Grande Triade (cap. II) de Guénon, relativa a las relaciones del cable tow con el “vínculo iniciático”. Recordemos igualmente un hecho mencionado por Luigi Valli: entre los “Fieles de Amor”, ciertos símbolos designaban, a la vez, el rito iniciático, la doctrina esotérica y la organización depositaria. Esta triple equivalencia corresponde rigurosamente a la equivalencia (atestiguada por las fórmulas “escocesas” a que hemos hecho referencia anteriormente) entre el “lazo”, el “secreto” y la “Francmasonería”.
[16] Todo lo que los Evangelios aportan respecto del Apóstol Juan, es susceptible de interpretaciones esotéricas, a menudo muy interesantes. Uno de los episodios más enigmáticos es el que se denomina “la demanda de la madre de los hijos de Zebedeo” (Mateo, XX, 20-28); demanda que, por su carácter de exageración, levanta indignas protestas por parte de los otros diez Apóstoles. Es necesario remarcar que la exorbitante solicitud de María-Salomé no fue rechazada formalmente por Cristo, que responde evasivamente y se limita a emitir algunas dudas sobre la conciencia que, los dos hermanos y su madre, podían tener sobre el verdadero alcance de semejante asunto. En cuanto a la copa que Santiago y Juan pretendían poder beber como Cristo, declaración que éste, por lo demás, confirma, es muy difícil admitir la explicación que se da habitualmente, a saber que los dos Boanerges debían, como Cristo, beber, en la “copa de la amargura”, los sufrimientos de la Pasión. En efecto, de todos los Apóstoles, son Santiago y Juan quienes tuvieron el final menos doloroso. Mientras que Pedro y Andrés fueron crucificados y que otros fueron desollados vivos, lapidados o atravesados por flechas, Santiago fue “simplemente” decapitado; en cuanto a Juan, murió apaciblemente, a una edad muy avanzada, en Éfeso. Había sido, según la tradición, sumergido en Roma en una cuba de aceite hirviendo, pero no llegó a sentir ningún daño. La copa prometida por Cristo, debía, pues, significar algo muy distinto a los tormentos. Pensamos que se trata, en realidad, de la copa del perfecto Conocimiento, y se sabe que las representaciones tradicionales de San Juan, lo muestran con una copa en la mano. Pues es Juan y no Santiago, quien fue favorecido plenamente por la promesa hecha por su Maestro, piénsese en el comportamiento del discípulo bienamado durante la Cena y también al pie de la Cruz con María. En suma, si la demanda de la madre de los hijos de Zebedeo no fue aceptada en su integridad, es que Cristo, cuando vuelva, en su gloria, en su segunda venida, no podría estar rodeado por Santiago y Juan, sino más bien por Pedro y Juan, representantes respectivos del exoterismo y el esoterismo cristianos.
[17] En el “Vaticano II”, uno de los Padres se levantó un día en el aula conciliar, para sugerir que la Iglesia revocara las bulas de excomunión. Era el obispo de Cuernavaca, en México. (Esta misma ciudad de Cuernavaca debía, poco después de la clausura del concilio, convertirse en el teatro de una extraño asunto: el monasterio benedictino del lugar añadía, a los ejercicios prescritos por su Regla, otros ejercicios tomados... del psicoanálisis. Era San Benito “mejorado” ¡por Sigmund Freud! El escándalo fue mayúsculo y el obispo fue convocado a Roma. Finalmente el Abad de este monasterio, verdaderamente “en la punta del progreso”, fue “reducido al estado laical” ). -Pues bien, el obispo de Cuernavaca había dicho a sus hermanos: “La Francmasonería espera un gesto de vosotros”. Tal manera de ver las cosas es defectuosa. La Masonería, Orden iniciática, no espera nada de la Iglesia, que es una organización puramente exotérica. A su respecto no está ni “arrepentida, ni, incluso, “demandante”. Todo cuanto puede decirse es que muchos Masones de países latinos desean que la Iglesia les permita vivir integralmente su “fe”.
[18] Existe publicada una obra titulada: De la Iniciación Masónica a la Ortodoxia Cristiana (Dervy, París), que reproduce en apéndice algunas cartas intercambiadas entre el autor y Alec Mellor.
[19] El cuatro de Abril de 1969, día de Viernes Santo, un teólogo eminente de la Compañía de Jesús, creado, algunos días más tarde, cardenal, respondía, radiofónicamente, a las preguntas que los oyentes le planteaban por teléfono. La última pregunta fue; “¿Qué espera la Iglesia para modificar su actitud hacia los Francmasones?” El interpelado respondió que no podía hablar de la Masonería como de un bloque y que existían católicos Francmasones. Parece entonces que algunos de los más altos dignatarios de la Iglesia sean favorables a la tesis del R. P. Riquet. Pero, evidentemente, no pueden hablar más que a título personal y no en nombre de la Iglesia, como lo ha hecho la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.
[20] Fue este, quizás, el caso de uno de los más notables colaboradores de Le Symbolisme, François Ménard. En uno de sus últimos escritos, reseñaba la obra de un Masón belga, L. J. Piérol, obra titulada Le Cowan, y dirigida contra Alec Mellor (Editions Vitiano, París). Ménard ha señalado excelentemente las insuficiencias flagrantes de esta obra. Nosotros añadiremos esto: el término masónico inglés cowan, designa, hoy en día, a un profano que escucha a las puestas de una Logia, y que, en consecuencia, intenta conocer ilegítimamente el “secreto”. Esto no podría aplicarse a Alec Mellor del que pueden no compartirse las ideas, pero del que hay que convenir que su información sobre la Orden (que era grande, incluso, cuando no era Masón), no fue obtenida por fraude y se encuentra a la disposición de todo profano que se tome el trabajo de adquirirla.
[21] Hacemos aquí alusión a un aspecto del significado conjunto de las “palabras sagradas” de los dos primeros grados.
[22] Esta verdad, a veces contestada, es fácil de establecer tanto por las pruebas de orden ritual, como por pruebas resultantes del atento examen de los OId Charges.
[23] La incorporación del esoterismo cristiano a la Masonería se ha hecho, entiéndase bien, en modo simbólico, y, sobre todo, en los altos grados. La presencia de estos altos grados dificulta considerablemente la aproximación con la Iglesia; Albert  Lantoine ya lo había comprobado.
[3*] Anterior a 1983. Nota del T.
[24] Nunca se repetirá lo bastante: en tiempos de Clemente XII, de Benito XIV y de otros Pontífices que fulminaron excomuniones contra la Masonería, todas las Obediencias eran “deístas”. La primera en tomar una actitud “no-deísta” (no decimos atea) fue el Gran Oriente de Francia (cf. El capítulo titulado: “1877”, que aparecerá en nuestra próxima obra): pero la Masonería estaba excomulgada desde mucho antes. No discutiremos por el momento otra tesis de uno de los autores, Jean Baylot, que identifica, pura y simplemente, la “regularidad” de una Obediencia, con su reconocimiento por la Gran Logia Unida de Inglaterra. La regularidad, en el sentido en que la entendía René Guénon, depende esencialmente del mantenimiento de los ritos tradicionales.
[25] Cuando fue publicado el segundo tomo de Estudios sobre la Franc-Masonería y el Compañerazgo, un crítico, por otra parte, muy bien informado y competente, emitió ciertas reservas sobre la oportunidad de haber reproducido artículos masónicos ofrecidos por Palingenius a La Gnose; artículos, donde se hablaba del Gran Oriente con simpatía. No compartimos los puntos de vista de esta crítica, y desearíamos incluso, que, con ocasión de una reedición ulterior de la obra en cuestión, se hicieran también figurar otros artículos escritos por “Le Sphinx” en La France Antimaçonnique. 
[26] Esta actitud, ha tenido, por otra parte, un doble resultado práctico. Los Masones deístas no han perdonado a Guénon lo que ellos llaman su “debilidad” por las Obediencias “no-deístas”; y estos últimos no le han perdonado su evidente simpatía por ciertos aspectos de la Masonería anglosajona. Guénon, por otra parte, parece bastante poco afectado por la incomprensión que le testimoniaron la gran mayoría de los altos dignatarios de la Orden. No amaba las Obediencias, que consideraba como un “mal necesario”. La Obediencias se lo han devuelto....
[27] Reproduzcamos, a titulo de curiosidad, el siguiente pasaje. Jean Baylot: “He aquí, creo, lo que podemos decir de la Masonería. Es en apariencia, si así lo queréis, una especie de club, como el resto de clubes que existen en el mundo...” — R. P. Riquet: "El Rotary, el Lions’Club...” — Jean Baylot: “Que conocéis bien por haber hablado con frecuencia, e, incluso creo para ser .... miembro de honor”. -Jean Baylot: “...Hay una nueva cadena de clubes funcionando, que se llaman los “Kiwanis”; es un término tomado del vocabulario indio. Y estos clubes internacionales, universales, se desarrollan a una velocidad tal, que me parece que respondan a una necesidad...” (pp. 65 y 66).
[28] He aquí este pasaje bastante enigmático (p. 60). Habla Jean Baylot: “Nuestra época pulula de imágenes, a buen seguro frágiles, pues está tentada por las modas. La Masonería ha evitado este escollo, ha evitado el escollo de querer, como lo ha hecho, en un momento de su vida, René Guénon, vincularse, incorporarse a una tradición particular, adoptar su estilo... El R. P. Riquet dice entonces: "como Oswald Wirth”. Y Jean Baylot responde: “Oswald Wirth, no se ha desvinculado de nuestras tradiciones, pero fue ocultista a comienzos de su vida”.
[4*] Hasta 1983. Nota del Traductor


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José Antonio Ferrer Benimeli, S.J. (video 4/4 minuto 7 y ss): En 1972, el Cardenal Seper, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antecesor en el cargo al Cardenal Ratzinger), eximió de la pena de excomunión que figuraba en aquel momento en el Código de Derecho Canónico, a los masones católicos de los países escandinavos que formasen parte de Obediencias masónicas que no fuesen contra los principios o dogmas de la Iglesia Católica.



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El Rito Sueco es un rito masónico practicado principalmente en los países escandinavos: Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia. La práctica de este rito exige que el francmasón se declare cristiano. De manera matizada, se trabaja también en Alemania y en algunas logias fuera de Escandinavia.

La historia de este rito está fuertemente vinculada a la implantación de la Estricta Observancia en la Francmasonería de la Europa del norte. Fue fundado sobre una base cristiana y templaria, instalada en Suecia en 1759 por Carl Friedrich Eckleff.

La Francmasonería fue introducida en Suecia por el conde Wrede-Spare, oficial de caballería que había sido recibido Aprendiz en París el 4 de mayo de 1731, Compañero el 16 de noviembre de 1731 y Maestro el 6 de mayo de 1733. La primera reunión de una logia con nombre propio tuvo lugar en casa del barón Gabriel Sack el 17 de marzo de 1735. El rey Federico I prohibió la Francmasonería por decreto el 21 de octubre de 1738, decreto anulado algunos años más tarde.

El 13 de enero de 1752, el conde Knut Carlsonn Posse fundó la logia “San Juan auxiliar”, que se declara Logia Madre de Suecia y, con este título, se autoriza a crear otras logias en el reino de Suecia. El año siguiente, el barón Charles-Frederic Scheffer, que había sido iniciado el 14 de mayo de 1737 en París en la logia Coustos-Villeroy, fue elegido su Gran Maestro. Obraba en posesión suya un documento fechado en 1737, que le fue enviado por el conde de Darwentwater y que se conserva actualmente en Estocolmo. Este documento parafrasea las Constituciones de 1723, pero afirmando que la Francmasonería tendría un carácter exclusivamente cristiano.

Los rituales franceses utilizados en los comienzos son revisados en 1756. En 1761, se funda la Gran Logia de Suecia. Es su primer Gran Maestro el barón Scheffer, y Carl Friedrich Eckleff asistente del Gran Maestro. El duque Carl Von Södermanland, miembro de la Estricta Observancia y futuro rey Carlos XIII de Suecia, se convertirá en Gran Maestro en 1774 y emprenderá la organización del Rito Sueco retomando las bases de un capítulo de altos grados masónicos fundado en Estocolmo por Eckleff el 25 de diciembre de 1759. Llevará a cabo revisiones del rito en 1780 y en 1800, fecha en que fue establecida la constitución fundamental de la Orden.

El Rito Sueco se declara fundamentalmente cristiano. Está impregnado de rosacrucismo, de cábala y de teosofía, y en algunos aspectos recuerda la doctrina de Swedenborg. Tras un informe de 1828, se asigna como objetivo el conocimiento de Dios por el reconocimiento del espíritu divino que lleva cada uno en sí, por la acogida de la dimensión trinitaria y por la fe en Jesucristo.

Se organiza en diez grados, distribuidos en una estructura de tríptico:

Grados de San Juan:

Aprendiz
Compañero
Maestro Masón.

Grados de San Andrés Escocés:

Aprendiz
Compañero
Maestro de San Andrés.

Grados de Capítulo:

Alto Ilustre Hermano (o Caballero del Este)
Muy Alto Ilustre Hermano (o Caballero del Oeste)
Hermano Iluminado
Alto Hermano Iluminado.

Tiene, además, grados administrativos:

Hermano Muy Alto Iluminado
Caballero Comendador de la Cruz Roja.

Hay aproximadamente 60 masones que tienen este grado actualmente.

En 1811 el Rey Karl estableció la orden real de King Karl XIII. Es una orden civil otorgada por el Rey, solamente a francmasones del grado XI con un número limitado a 33. No es, sin embargo, un grado masónico.


martes, 26 de febrero de 2013

Apuntes sobre los orígenes de la Masonería; por Amedeo Zorzi


Monumento funerario a Lucio Alfio, Maestro de Obra.
Aquila, Italia, s. III
 Artículo publicado en el nº 94 de la «Rivista di Studi Tradizionali»

   «Si consideramos la historia de la humanidad en conformidad con las leyes cíclicas, tal y como enseñan las doctrinas tradicionales, debemos decir que al principio, teniendo el hombre la plena posesión de su estado de existencia, poseía de manera natural las posibilidades correspondientes a todas las funciones, anteriormente a cualquier distinción de estas últimas. La división de estas funciones se produjo en un estadio ulterior, que constituía ya un estado inferior al "estado primordial", pero en donde cada ser humano, aunque no tuviese más que algunas posibilidades determinadas, poseía todavía espontáneamente la conciencia efectiva de esas posibilidades. Es sólo en un período de mayor oscurecimiento que esta conciencia vino a perderse; y, desde entonces, la iniciación se tornó necesaria para que el hombre pudiese recobrar, con esta conciencia, el estado anterior al cual ella es inherente; tal es en efecto el primero de sus objetivos, el que aquella se propone más inmediatamente. Esto, para ser posible, implica una transmisión remontante, a través de una "cadena" ininterrumpida, hasta el estado que se trata de restaurar, y así, progresivamente, hasta el "estado primordial" mismo; y aun así, la iniciación no deteniéndose ahí, y siendo los "pequeños misterios" la preparación para los "grandes misterios", es decir para la toma de posesión de los estados superiores del ser, hay que remontarse más allá aún de los orígenes de la humanidad. En efecto, no existe verdadera iniciación, inclusive al grado más inferior y elemental, sin la intervención de un elemento "no humano" que es, según cuanto hemos expuesto anteriormente en otros artículos, la "influencia espiritual" comunicada regularmente por medio del rito iniciático. Siendo así, no hay evidentemente motivos para buscar "históricamente" el origen de la iniciación, cuestión que resulta entonces desprovista de sentido, como así tampoco el origen de los oficios, de las artes y de las ciencias, considerados en su concepción tradicional y "legítima", pues todos, por medio de diferenciaciones y adaptaciones múltiples, pero secundarias, derivan igualmente del "estado primordial" que los contiene en principio, y de ese modo se relacionan con los otros órdenes de existencia, más allá de la humanidad misma, lo cual es por otra parte necesario para que puedan, cada uno en su nivel y según su medida, concurrir efectivamente a la realización del plan del Gran Arquitecto del Universo»[1]




Hemos reproducido esta página de René Guénon, que cierra el artículo «La iniciación y los oficios», pues ahí se hallan condensados los elementos fundamentales para una correcta comprensión y para una posterior profundización de todas las temáticas que se refieren al origen de las iniciaciones de oficio y a su auténtico significado. Por otra parte, la alusión final al «plan del Gran Arquitecto del Universo» muestra como este artículo está dedicado en particular a la forma tradicional masónica. La afirmación según la cual buscar «históricamente» el origen tanto de la iniciación como de los oficios tradicionales sería una cuestión carente de sentido, no significa que tales argumentos no deban ser profundizados, sino sólo que no tendría sentido tratar de hacerlo situándose desde un punto de vista exterior y meramente historiográfico. El mismo René Guénon demuestra la importancia de dichos asuntos con la cantidad de capítulos, artículos y reseñas que les dedica, y no deja de evidenciar tal importancia de manera explícita, por ejemplo, en una reseña de un artículo de Julius Evola, donde este último termina preguntándose si en la tradición masónica hubo una filiación continua o si no se verificó más bien una suerte de «subversión», si existió una transmisión regular de los elementos tradicionales o si en cambio se trata de simples copias; a tales insinuaciones R. Guénon responde: «Nosotros no podemos seguirlo sobre este punto, y deploramos que él se haya abstenido de estudiar más de cerca la cuestión de los orígenes, ya que así podría haberse dado cuenta de que se trata verdaderamente de una organización iniciática auténtica, que solamente ha experimentado un proceso de degeneración; esta decadencia arranca, como a menudo hemos dicho, de la transformación de la Masonería operativa en Masonería especulativa, pero aquí no es posible hablar de discontinuidad; a pesar de que hubo "cisma", la filiación no se vio interrumpida por ello y sigue siendo legítima contra viento y marea» [2] [la cursiva es nuestra].

   El estudio de la tradición masónica deberá incluir asimismo, en consecuencia, necesariamente la cuestión de los orígenes de la filiación iniciática; por otra parte, en todas las formas tradicionales existe también un aspecto que puede ser llamado «histórico», y que, aunque no sea el elemento más central y fundamental de tales tradiciones, reviste de cualquier modo importancia desde el punto de vista cosmológico, siendo inherente al desarrollo de las posibilidades de manifestación según la condición temporal. Lo que debemos tener bien presente, pues muchas veces lo olvidamos, es que tal aspecto «histórico», sea cual fuere, forma parte integrante de la enseñanza doctrinal, y que el significado simbólico de los acontecimientos narrados es mucho más importante que la así llamada «realidad histórica», entendida en el sentido más exterior. Este valor simbólico es sobre todo evidente ahí donde la «leyenda» toma la forma de un «drama ritual», drama que constituye el soporte para la ejecución de determinados ritos y para la transmisión de la influencia espiritual iniciática. Pero aun fuera de estos casos particulares, la historia sagrada para quien desee alcanzar una compresión de la realidad recóndita de las cosas en vez de contentarse con acumular de información sobre su apariencia exterior, debe ser vista como un método de enseñanza, tal como todo aquello que posee un carácter auténticamente tradicional.

Si además, como en el caso del tema que estamos tratando, las consideraciones históricas se refieren a una cuestión como esa de la filiación iniciática, en la que entra en juego la transmisión de una influencia espiritual que, por su naturaleza, se escapa a cualquier observación exterior, resultan evidentes los límites inherentes a este tipo de investigación. Verificar que una forma tradicional, y en particular una iniciación, haya sido transmitida regularmente y se conserve actualmente viva y válida, es en todo caso algo que no podrá hacerse nunca «de fuera»; y a más de esto, que una tal verificación pueda ser efectuada con un instrumento «profano» como es el método histórico, llega a ser una idea hasta ridícula. Se puede considerar, a lo sumo, que el registro de ciertas noticias históricas puede servir para identificar el origen y los desarrollos de corrientes antitradicionales puesto que éstas, manifestándose al exterior, son inevitablemente referibles a determinadas individualidades.

No podemos, a buen seguro, repetir aquí todo lo que escribe R. Guénon sobre la profunda diferencia existente entre la historia, tal como se la entiende en el Occidente moderno y profano y la historia considerada como un aspecto de la ciencia sagrada, por lo que nos limitaremos a citar un pasaje sacado de El Reino de la cantidad y los signos de los tiempos: «existe un simbolismo geográfico tal como existe un simbolismo histórico y es el valor simbólico de las cosas lo que les da su significado profundo, ya que es por medio de esto que se establece su correspondencia con las realidades de orden superior; pero, para determinar efectivamente esta correspondencia, hay que ser de todas maneras capaces de percibir en las cosas mismas un reflejo de esas realidades. Es por eso por lo que existen lugares particularmente aptos para servir de "soporte" a la acción de las "influencias espirituales", y es sobre esto por lo que siempre se ha basado el establecimiento de ciertos "centros" tradicionales principales o secundarios de los cuales los "oráculos" de la antigüedad y los lugares de peregrinaje constituyen los ejemplos exteriormente más notorios» [3].

    Sobre los lejanos orígenes de la Masonería, escribe René Guénon [4]: «Ahora, si se quiere ir más allá de Salomón, podemos, con mucha mayor razón, remontarnos aún más lejos, hasta el mismo profeta Abraham; encontramos, en efecto, un indicio muy claro a este respecto en el hecho de que el Nombre divino invocado más particularmente por Abraham ha sido siempre conservado por la Masonería operativa; y esta conexión de Abraham con la Masonería es por lo demás fácilmente comprensible para quienquiera posea algún conocimiento de la tradición islámica, pues se encuentra en directa relación con la edificación de la Kaaba» [5]. El Nombre divino invocado por Abraham es El Shaddai, y sabemos que, en las logias de los Operativos, este Nombre era invocado por el hermano Jakin durante el rito de apertura de los trabajos. Según la tradición islámica, la primera casa edificada en la Tierra fue aquella construida por Adán, y se trató precisamente del templo de la Meca, que estaba hecho de rubíes [6]; posteriormente, durante el diluvio, dicho templo fue «trasladado al cielo»; fue reconstruido finalmente por el profeta Abraham y su hijo Ismael, como se lee en el Corán en la sura II, aleyas 125-127, y también en la sura III, aleyas 96 y 97:

El primer templo erigido para el género humano es el de Bakka, donde reside la bendición y el cual sirve de guía para la humanidad.
Encierra señales evidentes. Allí está la morada de Abraham [maqâm Ibrahîm]. Quienquiera se refugie en ella estará a salvo [...]

Según la tradición, Allâh le reveló al profeta Abraham los planos para la construcción del edificio y, durante el trabajo, Abraham dejó su pisada estampada en una piedra: se trata del «maqâm Ibrahîm» que se encuentra aún en el reciento de la Kaaba y que señala el punto a partir del cual los peregrinos comienzan los siete giros rituales alrededor del templo, que constituyen el momento crucial de la peregrinación. Recordamos que las huellas de pies en la piedra representan, simbólicamente, el vestigio de los estados superiores del ser en nuestro mundo; por consiguiente, el acontecer de un tal fenómeno, histórico y simbólico al mismo tiempo, cobra una importancia del todo especial en el momento del descenso de una revelación, y de la construcción de un templo que es una de las representaciones del «Centro del Mundo».

Podríamos también establecer una correlación simbólica entre la Kaaba, que tiene la forma de un cubo, y la «piedra cúbica» que en el simbolismo masónico representa al estado edénico, y asimismo con la «Jerusalén Celeste». Además, se puede establecer una correspondencia entre la Kaaba y la «piedra cúbica de punta», símbolo hermético y masónico, constituido por un cubo con una pirámide superpuesta sobre el mismo: en el esoterismo islámico se dice que la sede del Polo espiritual supremo está simbólicamente situada entre el cielo y la tierra, en un punto que se encuentra exactamente encima de la Kaaba; se puede considerar así una pirámide invisible porque de naturaleza puramente espiritual, elevándose por encima del templo, el cual resulta en cambio visible, puesto que, con su forma cúbica, representa el mundo elemental y corpóreo.

El templo de La Meca no recibió modificación alguna desde los tiempo de Abraham, hasta que las tribus de los Quraichíes decidieron, cuando el profeta Muhammad tenía treinta y cinco años de edad, demolerlo y reconstruirlo, a causa de tener que levantar el nivel del terreno. En la obra de reconstrucción surgió, entre las cuatro tribus de los Quraichíes, una disputa sobre quien debía tener el honor de instalar la «piedra negra» en la pared del edificio; entonces Muhammad, que a la sazón aún no había manifestado la misión profética, mas era muy estimado por todos, resolvió la disputa poniendo la piedra sobre su manto, el cual fue asido por cada una de sus cuatro puntas por un representante de cada tribu; así fue levantada la piedra y el mismo Muhammad fue elegido para instalarla en el lugar que debía ocupar. Podemos en consecuencia observar que, cuando está a punto de manifestarse una nueva misión profética, con una revelación que constituiría una importante readaptación de la tradición originaria, se procede la reconstrucción del templo que representa el centro del tal tradición, y podemos ver en esto otro ejemplo de cómo la realidad histórica pueda adquirir al mismo tiempo un valor simbólico.

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    Según la Biblia, la primera ciudad fue construida por Caín, hijo de Adán, quien le asignó a la ciudad el nombre de su hijo Henoch. Por lo que se hace a este origen del arte de construir y a la idea misma de un asentamiento humano que toma la forma de la ciudad, se debe tener en cuenta que Caín representa emblemáticamente a los pueblos sedentarios, mientras que Abel representa a los pueblos nómadas, categoría a la cual pertenecía la nación judía, por lo menos al comienzo. Como explica René Guénon, la historia de Caín y Abel, enfocada desde el punto de vista de los pueblos sedentarios, resultaría distinta y sería susceptible de otra interpretación; veremos, más adelante, que una cuestión del mismo tipo podrá ser considerada con respecto a la figura legendaria y bastante enigmática de Nemrod.

Los Old Charges (en este caso nos basaremos especialmente en el manuscrito Cooke), reproducen algunos puntos de la narración bíblica, agregándoles elementos específicos de la tradición masónica, y constatarnos así que, antes del Diluvio, Lamec tuvo tres hijos y una hija, quienes vienen puestos en relación con las principales ciencias y artes: Jabel, geometría y arquitectura; Jubal, música; Tubalcaín, metalúrgica; Noemá, tejeduría. Puesto que ellos no sabían si el inminente castigo divino vendría por medio del agua o del fuego, grabaron sus ciencias en dos columnas, una de las cuales estaba en condiciones de resistir al fuego y la otra de flotar el agua.

Y muchos años
después de este diluvio, según el cronista,
fueron encontrados las dos columnas.

y, según el Polychronicon
un gran sabio, de nombre Pictágoras,
descubrió una, y Hermes, el

filósofo, descubrió la otra. Y
ellos se dedicaron a enseñar las ciencias
que allí encontraron inscritas [7].

En este relato, que evidentemente no puede ser tomado en sentido meramente histórico, se puede observar cómo el Pitagorismo y el  Hermetismo son considerados la suma de todas las ciencias tradicionales, lo cual es muy cierto por lo que se refiere a la Masonería misma. Según otras versiones estas dos columnas son llamadas columnas de Henoch o de Seyidna Idris, y se dice que fueron erigidas una en Siria y la otra en Etiopía. Independientemente de los múltiples significados simbólicos que pueden tener estas dos columnas, ellas representan dos centros espirituales e iniciáticos que habían recibido el depósito del conocimiento primordial, a fin de conservarlo en el transcurso de las épocas sucesivas.

En esta leyenda simbólica, que expresa el concepto de la subsistencia allende el Diluvio de las ciencias tradicionales, se podría ver una indicación sobre la existencia en la tradición masónica de una herencia procedente del profeta Noé; pero no hay que confundir al Lamec perteneciente a la genealogía de Caín de que hablamos antes, con el Lamec padre de Noé, quien pertenece a la genealogía de Shet. De cualquier modo, varios factores llevan a considerar que entre los múltiples orígenes de la Masonería haya que incluir también una derivación atlante ligada al profeta Noé, y se puede entre otras cosas señalar que la Masonería inglesa ha conservado el simbolismo del «arca» en el grado de Maestro. El mismo Guénon, a propósito del simbolismo «noaquita», observa que «habría mucho para decir, además acerca de este misterioso "noaquismo", que viene seguramente de muy lejos, y del cual los Masones actuales parecen desconocer su significado; pero, incluso aquellos del siglo XVIII, cuando se sirvieron de esta palabra, ¿sabían mucho más sobre este asunto?». [8]

Mas, veamos todavía algunos otros fragmentos del mismo «manuscrito»

[...] Nembrod comenzó
la torre de Babilonia y
enseñó a sus obreros
el arte de la construcción y
tenía consigo muchos albañiles; más de
cuarenta mil. Y les concedió su afecto y protección. [9]

     Nemrod, tanto en la tradición islámica como en aquella cristiana, es visto como un personaje negativo: es el perseguidor del profeta Abraham, así como lo serán el Faraón para Moisés y Herodes para Jesús; no obstante, aquí viene considerado de manera completamente distinta y hasta es llamado, en el manuscrito Regius, «excelentísimo primer Gran Maestro». Esta contradicción podría ser explicada con el punto de vista particular de los pueblos sedentarios, diferente de aquel de los pueblos nómadas, como en el caso de de Caín, o bien podría referirse a dos épocas distintas de la historia de la civilización babilónica: un período primitivo correspondiente a la fundación de la ciudad y al origen de la misma civilización babilónica, y otro, bastante posterior, correspondiente a su decadencia. Por otra parte, Guénon observa que Bab-ilu significa «puerta del cielo», título que podría referirse a «Luz», y que también puede tener el sentido de «casa de Dios», como Beith-El. Pero, una vez perdida la tradición, Babel se vuelve entonces sinónimo de «confusión», el símbolo es invertido y la que era una «janua coeli» se convierte en «janua inferi».

Assur, que era pariente cercano de
Nembrod, se alejó del país de
Sennar y construyo la Ciudad
de Nínive y Plateas y
aún muchas otras [...]
Y Nembrod le envió
tres mil albañiles [10].

Cuando los envió, les impuso la siguiente obligación, que se encuentra mencionada en varios manuscritos y es conocida como «juramento de Memrod»:

Una vez ante este señor
cuidaos de ser leales con él
como lo seríais conmigo
y cumplid lealmente vuestro trabajo
y oficio. Recibid
un salario razonable
según vuestro mérito. Además
amaos como si fueseis
hermanos y manteneos unidos
lealmente. Que aquél que posee un gran saber
lo enseñe a su compañero.
Cuidaos de portaros bien con vuestro
señor y entre vosotros.
Pueda yo lograr así
renombre y gratitud
por haberos enviado y haberos
enseñado el oficio [11].

Más adelante, encontramos el relato que se refiere a Euclides, quien en otro de esos anacronismos que escandalizarían a los historiadores profanos, viene considerado discípulo de Abraham, y también anterior a los profetas David y Salomón, como veremos después:

Abraham [...] conocía todas
las siete ciencias y enseñó
a los egipcios la ciencia de la
Geometría. Ahora bien, nuestro
noble sabio Euclides era su
discípulo y recibió de él su ciencia;
y él fue quien le asignó por vez primera
el nombre de Geometría [12].

     Como resulta también de otros manuscritos, Euclides desarrolló el propio talento, superando a todos los artistas de su tiempo; para él no había nada que fuese demasiado arduo en el mensaje de las siete ciencias liberales, y así «del pueblo de Egipto hizo el pueblo más sabio de la tierra» [13]. En la cultura medieval, Euclides era considerado como la personificación de la Geometría: su figura encarnaba, por lo tanto, a dicha ciencia y se identificaba con el Arte de la construcción misma. Hacer de él un discípulo de Abraham significaba, por consiguiente, establecer una descendencia (en el sentido de «posteridad espiritual») de las ciencias tradicionales y de la Geometría en particular, a partir del profetas es considerado el «antepasado» por excelencia. Euclides le enseñaba a los jóvenes el arte de la construcción, pero les exige, como condición, un juramento de fidelidad y obediencia. Se puede observar cómo, en los relatos procedentes y asismismo en aquellos que seguirán, se trata de sucesivas adaptaciones que se atribuyen a un profeta, a un gran sabio, a un soberano o a un santo, y que comportan siempre la institución de reglas y la necesidad de un compromiso sacralizado, condiciones en las que se pueden reconocer claramente los caracteres fundamentales que distinguen el «pacto iniciático».

Por todo el tiempo en que los hijos
de Israel residieron
en Egipto ellos aprendieron
el arte de la construcción. Después
de que fueron guiados fuera
de Egipto ellos arribaron
a la tierra prometida. [14]

Con el Rey David, quien inicia la construcción del Templo de Jerusalén y le asigna a los constructores «instrucciones parecidas a las que existen actualmente», encontramos otra de las adaptaciones de la que antes hablábamos. Tales instrucciones, usos y costumbres, más tarde son confirmadas y reiteradas por el Rey Salomón, quien concluye la edificación del Templo. Inmediatamente después, se habla del paso de la Masonería a Europa, que  hace remontar el hecho a la Edad Media:

[...] y desde entonces
esta noble ciencia
fue introducida en Francia
y en muchas otras regiones:
existió tiempo ha
un noble rey de
Francia que se llamaba
Carolus secundus [...]
[se trataría del emperador Carlos II (832-877)]
este mismo rey
Carlos fue masón
antes de ser rey. Una vez
hecho rey él concedió a los
masones afecto y protección
.............................................
Y poco tiempo después llegó
San Adabel a Inglaterra
y convirtió a San Albán
al cristianismo. Y
San Albán amó mucho a los masones
y fue el primero que les dio
instrucciones y costumbres por
primera vez en Inglaterra.[15]

Encontramos de nuevo aquí un anacronismo, ya que San Albán era contemporáneo del emperador Diocleciano, y probablemente su obra, relacionada con las corporaciones de constructores en Britania, se reomonta a los años 287-290, antes de su martirio, infligido por ese mismo ejercito romano del cual formaba parte. Resulta, pues, evidente que, en este caso, la Masonería de la que se trata, debía ser la de los Collegia fabrorum romanos; por otra parte, en los ejércitos romanos había siempre muchos constructores, obreros y artesanos, lo cual sin duda contribuía a hacer conocer el Arte en las provincias del Imperio.

Existió
después en Inglaterra
un noble rey llamado
Athelstan, cuyo hijo más joven
amó mucho a la ciencia de la geometría [...]
tanto amó a la masonería y a los masones
que él mismo se hizo masón. [16]

     Con el rey Athelstan llegamos a la primera mitad del siglo décimo y la Masonería es aquella del Rito de York. Sin embargo, este rito habría existido en Inglaterra ya desde el siglo séptimo y, escribe René Guénon, «[...] es a este rito que se refieren los antiguos documentos masónicos llamados Old Charges, una copia de los cuales era, para las Logias operativas, el equivalente delo que es hoy para las Logias modernas una carta patente expedida por una Gran Logia» [17]. Y todavía, a propósito de esto mismo: «[...] el punto de vista de los historiadores modernos, que no quieren remontarse más lejos de la fundación de la Gran Logia de Inglaterra en 1717, es seguramente injustificable, aun teniendo en cuenta su idea preconcebida de no fundarse más que en documentos escritos, pues así y todo los hay anteriores a esa fecha, por raros que sean. Por otra parte, vale la pena observar que estos documentos se presentan, todos, como copias de otros muchos más antiguos, y que ahí la Masonería viene siempre considerada como preveniente de una antigüedad muy remota; que la organización masónica haya sido introducida en Inglaterra en el 926 o bien en el 627, como tales documentos afirman, esto no fue ya como una «novedad», sino como una continuación de organizaciones preexistentes en Italia, y sin duda en otras partes también; y así, aun cuando ciertas formas exteriores se han visto forzosamente modificadas según los países y las épocas, podemos decir que la Masonería existe verdaderamente from time immemorial o, en otras palabras, que ella no tiene un punto de partida históricamente asignable» [18].

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Volviendo a nuestra búsqueda de algún rastro relativo a los orígenes más antiguos, podemos citar escribe René Guénon en el artículo «La tierra del Sol», referiéndose a los contenidos de un libro de autor anónimo: «Glastonbury y la región lindante del Somerset habrían constituido, en una época muy lejana y que puede ser llamada "prehistórica", un inmenso "templo estelar", determinado por el trazo en el terreno de efigies gigantescas representantes de las constelaciones y dispuestas en una figura circular que es como una imagen de la bóveda celeste proyectada sobre la superficie de la tierra. [...] La disposición natural de los cursos de agua y de las colinas habría, por otra parte, podido sugerir el trazado, lo que indicaría que el sitio no fue elegido arbitrariamente, sino en virtud de una cierta "predeterminación"; aunque es verdad que para completar y perfeccionar la traza fue necesario lo que el autor llama "un arte fundado sobre los principios de la Geometría"». Y sobre esta última frase, en nota, agrega: «Esta expresión está visiblemente destinada a dar a entender que la tradición de la que dependía este arte se continuó en lo que se convirtió más tarde en la tradición masónica».

«Si estas figuras han podido conservarse de manera tal que todavía nuestros días son reconocibles, se supone que es porque hasta la época de la Reforma los monjes de Glastonbury las conservaron cuidadosamente, lo que implica que ellos debieron haber conservado el conocimiento de la tradición heredada de sus lejanos predecesores, los druidas, y sin duda de otros todavía antes de éstos, pues, si las deducciones sacadas de las posiciones de las constelaciones representadas son exactas, el origen de estas figurar se remontaría a poco más o  menos de tres mil años antes de la era cristina». Y en nota: «Parecería también, según varios indicios, que los Templarios hayan tenido una cierta parte en esta conservación, lo que sería conforme a su supuesta conexión con los "Caballeros de la Mesa redonda" y con el rol de "guardianes del Grial" que les ha sido atribuido. Hay que señalar, por otra parte, que los establecimientos de los Templarios parecen haber estado a menudo situados en las cercanías de los lugares donde se encuentran monumentos megalíticos u otros vestigios prehistóricos, y tal ven en esto haya que ver más que una simple coincidencia». [19]

A propósito de este mismo tema René Guénon escribe que, en la antigüedad, existía la que podríamos llamar una geografía sagrada o sacerdotal, y que el emplazamiento de las ciudades y templos, lejos de ser arbitrario, estaba determinado por leyes muy precisas, y se pueden barruntar así las relaciones que unían tanto el «arte sacerdotal» como el «arte real» al arte de los constructores.

     Hemos hecho mención ya de los Collegia frabrorum romanos, y sabemos que Guénon habla repetidamente de estas organizaciones y del simbolismo que de ahí ha derivado. Podemos afirmar que, aunque los orígenes de la Masonería actual, sean múltiples y bastante complejos, es precisamente en los Collegia fabrorum donde puede ser hallada la línea de ascendencia más directa, sobre todo por lo que se refiere a la filiación iniciática.

Desde el punto de vista doctrinal e iniciático, los Collegia eran esencialmente pitagóricos, así como por su parte el Pitagorismo se representa como una readaptación de los antiguos Misterios órficos: vemos, por ejemplo, que el «Dios geometra» del que habla Platón, se identifica con Apolo. Como escribe René Guénon, a propósito de los cambios que debieron intervenir entre el período más antiguo del helenismo y la más reciente época llamada «clásica», «[...] Alli hubo, al menos parcialmente, una readaptación efectuada en el orden tradicional, principalmente en el dominio de los "misterios"; y esto hay que relacionarlo con el Pitagorismo, que con una forma nueva fue sobre todo una restauración del Orfismo anterior, y cuyas evidentes conexiones con el culto délfico del Apolo hiperbóreo hasta nos permiten considerar una filiación continua y regular con una de las más antiguas tradiciones de la humanidad» [20].

Para mencionar algunos de los elementos derivados del Pitagorismo, aún hoy presentes en el patrimonio simbólico y ritual de la Masonería, podríamos decir ante todo que el Segundo Grado es esencialmente «pitagórico» (mientras el Tercero es «salomónico»). En La Gran Tríada, a propósito del triángulo rectángulo con sus lados proporcionales a los números 3, 4 y 5, se reafirma que aquí residía un secreto de la Masonería operativa, y que este triángulo el Pitagorismo atribuía una gran importancia; y además: «que una parte notable del simbolismo masónico derivó directamente del Pitagorismo, a través de una "cadena" ininterrumpida, que pasa por los Collegia fabrorum romanos y las corporaciones de constructores de la Edad Media; el triángulo de que aquí se trata se constituye un ejemplo de esto, y otro más lo tenemos en la Estrella flamígera, idéntica al Pentalfa que servía de "medio de reconocimiento" a los Pitagóricos» [21].

Otro de estos ejemplos es el de las fiestas de los dos San Juan, pero éste es un argumento demasiado conocido como para insistir sobre ello. Se dice que los Collegia fabrorum hayan sido instituidos por Numa, el rey legislador cuyo nombre es un anagrama de Manu, que en la tradición hindú representa al legislador universal. Como ya dijimos, estas organizaciones iniciáticas tuvieron la posibilidad de difundirse con las conquistas y la expansión de la civilización romana, y nos volveremos a topar con ellas cuando tocaremos el tema de los constructores Bizantinos.

Con las invasiones bárbaras, sobre todo en el siglo quinto cuando se verificaron dos saqueos de la ciudad de Roma y la caída del Imperio de Occidente, la subsistencia de los Collegia debió haberse vuelto extremadamente difícil, y es entonces que estas organizaciones se trasladaron a los alrededores del lago de Como donde establecieron su residencia principal por muchos siglos, diríamos al menos durante la Edad Media.

     Puede ser interesante observar que, en los años que van del 490 al 493, o sea inmediatamente después de la caída del imperio, en ese período que delimita el fin del mundo clásico y «pagano» y los primeros tiempos de la Edad Media, se produjeron en el sur de Italia y más exactamente en el Gargano, apariciones del Arcángel San Miguel. Según lo narra, en un lugar que se llamaba Monte Drion (en griego: roble), dentro de una caverna que en el pasado había sido dedicada al dios Mitra, se manifestó el Arcángel Miguel quien dejó estampada la huella de su pie en la roca; he aquí, pues, otro ejemplo de ese simbolismo de las huellas en la piedra de que hablábamos antes. Durante toda la Edad Media, este lugar constituirá una importante etapa para las peregrinaciones que atravesaban Italia y Francia, a fin de alcanzar el Monte Saint Michel en Normandía.

Pero, volviendo a los Collegia fabrorum, para ese entonces éstos ya habían sufrido una adaptación a la tradición cristiana, y es aceptado aun por los historiadores, que estas «Guildas» constituyen una fase de transición entre la antigüedad clásica de Roma y la civilización medieval; ellas tomaron el nombre de Magistri Comacini y con este nombre son mencionadas en el edicto de Rotario (643).

A menudo formaban parte de estar organizaciones también monjes, sobre todo Benedictinos. Cuando el monje Agustín (San Agustín de Canterbury) fue enviado en misión a Britania (596), el papa Gregorio I le asigno un acompañamiento de monjes constructores. Asimismo, cuando San Bonifacio (Winfird) fue a Germania como misionero (740), el papa Gregorio II envió con él un gran número de monjes expertos en el arte de construir y de cofrades que eran arquitectos, para asistirlos. En ambos casos se traba de Magistri Comacini, y a partir de estos dos ejemplos es posible deducir que la difusión del Catolicismo y de las construcciones religiosas en Britania y en Europa, a través de los eclesiásticos, constituye otra forma de transmisión del Arte masónico.

Para acentuar la importancia de las organizaciones de las que hemos hablado, recordamos que René Guénon afirma que: «[...] es lícito pensar que, de Pitágoras a Virgilio y de Virgilio a Dante, la "cadena de la tradición" sin dudas no se vio jamás interrumpida en tierra de Italia» [22].

En las épocas sucesivas, la Masonería parece desarrollase especialmente en Francia. Sobre todo en los siglos del gran florecimiento de la arquitectura gótica, los maîtres d'oevre franceses parecen haber tenido una parte preponderante en las construcciones de las grandes catedrales de los otros países. A partir de esto, algunos historiadores llegan a la conclusión de que la Masonería operativa debió de haber nacido en Francia. Si bien con alguna reserva, René Guénon admite que las Logias alemanas, inglesas y escocesas presentan ciertas similitudes que pueden justiciar las tesis de una derivación común de la Masonería operativa francesa; observa, entre otras cosas, que «[...] la exposición "legendaria" contenida en ciertos manuscritos ingleses de los Old Charges parecería sugerir algo por el estilo, [...]»; pero esto agrega: «[...] si admitimos que es de Francia que la Masonería operativa fue importada a Inglaterra y a Alemania, esto sin embargo no implicaba nada por lo que se refiere a su origen mismo, puesto que, según las mismas "leyendas", ella habría primeramente venido del Oriente a Francia, donde al parecer habría sido introducida por arquitectos bizantinos [...]». [23]

Esta última consideración nos lleva a examinar otros aspectos de la cuestión: el de la influencia de la tradición islámica y también el de la componente hermética en el período medieval. En su artículo «Influencia de la civilización islámica en Occidente», René Guénon observa que: «[...] se pueden descubrir indicios de la influencia islámica en arquitectura, y esto de una manera muy particular en la Edad Media; así, la crucería o crucero ojival, cuya característica se impuso a tal punto que llegó a designar un estilo arquitectónico, tiene indiscutiblemente su origen en la arquitectura islámica, a pesar de que numerosas teorías fantasiosas hayan sido inventadas para encubrir esta verdad. Estas teorías son desmentidas por la existencia de una tradición entre los mismos constructores, que afirma constantemente la transmisión de sus conocimientos a partir del Cercano Oriente. Dichos conocimientos revestían un carácter secreto y le deban a su arte un sentido simbólico; estaban estrechamente relacionados con la ciencia de los números y su origen primero ha sido atribuido siempre a quienes construyeron el Templo de Salomón. Sea cual fuere el lejano origen de esta ciencia, ella pudo haber sido transmitida a la Europa de la Edad Media solamente por intermedio del mundo musulmán [...]».

    A lo cual, una páginas más adelante, agrega: «[...] estos "Hermanos de la Rosa-Cruz" que se servían como "cobertura" de esas corporaciones de constructores de que hemos hablado, enseñaban alquimia y otras ciencias idénticas a las que se hallaban entonces en pleno florecimiento en el mundo del Islam [...]». [24]

En las relaciones de Occidente con la tradición islámica o, por mejor decir, con el Oriente, un rol muy importante había sido jugado por lo Templarios y, tras la destrucción de esta Orden, nacieron otras organizaciones iniciáticas: la «Fede Santa», el «Rosacrucismo» y la «Massenie du Saint Graal».

En El esoterismo de Dante, a propósito del grado 26 del Rito Escocés o «Principe de la Merced», René Guénon escribe que «el grado de que se trata, como casi todos los que se relacionan con la misma serie, presenta un significado claramente hermético; y lo que conviene notar sobre todo a este respecto, es la conexión del hermetismo de las Órdenes de Caballería. No es ésta la ocasión para indagar sobre los orígenes históricos de los altos grados del Escocismo, ni para discutir la teoría tan controvertida de su descendencia templaria; pero, que haya habido filiación real y directa o solamente reconstitución, lo cierto es que la mayoría de estos grados, y también de algunos de los que se encuentran en otros ritos, se presentan como los vestigios de organizaciones que tuvieron antaño una existencia independiente, y principalmente de estas antiguas Órdenes de caballería cuya fundación está ligada con la historia de las Cruzadas, esto es con una época donde no existieron solamente relaciones hostiles, como creen los que se atienen a las apariencias, sino también activos intercambios intelectuales entre Oriente y Occidente, intercambios que se realizaron sobre todo por medios de las Órdenes en cuestión.

¿Hay que convenir que fue de Oriente que éstas recibieron los datos herméticos que asimilaron, o no deberíamos pensar más bien que ellas poseían desde su mismo origen un esoterismo de este tipo, y que fue su específica iniciación la que les brindó la oportunidad de entrar en contacto sobre este terreno con los orientales? Esta es otra cuestión que nosotros no pretendemos resolver, pero la segunda hipótesis, aunque menos frecuentemente considerada que la primera, no tiene nada de inverosímil para quien reconoce la existencia, durante toda la Edad Media, de una tradición iniciática propiamente occidental; y lo que llevaría todavía a admitir dicha hipótesis, es que algunas Órdenes fundadas más tarde, y que no tuvieron jamás relaciones con el Oriente, fueron igualmente dotadas de un simbolismo hermético, como la del Toisón de oro, cuyo nombre mismo es una alusión, tan clara como seas posible, a este simbolismo. Sea lo que fuere, en la época de Dante, el hermetismo existía, con toda seguridad, en la Orden del Templo, como así también el conocimiento de ciertas doctrinas de origen seguramente árabe, que Dante mismo parece haber conocido bien, y que le fueron si duda transmitidas asimismo por este conducto». [25]

Dante comienza el canto XXXI del Paraíso con estos versos, en los que cabe reconocer sin lugar a dudas una alusión a la caballería templaria:

In forma dunque di candida rosa
mi si mostrava la milizia santa
che nel suo sangue Cristo fece sposa
[En forma pues de cándida rosa
se me mostraba la milicia santa
en cuya sangre Cristo desposó]

Según el sentido más fehaciente, la «cándida rosa» es una imagen de la reunión de los Templarios, como ya lo es precedentemente en el canto XXX, v. 129, el «convento delle bianche stole [asamblea de las blancas estolas]»; a lo cual se suma la afirmación de que Cristo quiso unir a la propia sangre de su crucifixión aquella vertida por los Templarios en el injusto suplicio que éstos debieron padecer. Sin embargo, la rosa blanca es también ésa que se encuentra en el símbolo de la rosa-cruz, y esta imagen de la «milicia santa» que se muestra de este modo, puede ser considerada como una confirmación, por parte del mismo Dante, de cómo el Templarismo, después de la aparente destrucción de la Orden, haya tomado la forma del Rosacrucismo.

   Otras importantes informaciones y consideraciones a este respecto, podemos encontrarlas en el capítulo dedicado a «Dante y el Rosacrucismo» del libro de Guènon antes citado: «Esta doctrina esotérica, cualquier sea la designación particular que se le quiera asignar hasta la aparición del Rosacrucismo propiamente dicho (siempre que se considere necesario darle alguna), presentaba caracteres que permiten incluirla dentro lo que se llama, bastante generalmente el hermetismo. La historia de esta tradición hermética está íntimamente relacionada con la de las Órdenes de caballería; y, en la época que nos estamos ocupando, ella estaba conservada por algunas organizaciones iniciáticas como aquellas de la "Fede Santa" y de los "Fideli d'Amore", y también esa "Masssenie du Saint Graal", de la que el historiador Henri Martin habla en estos términos, precisamente a propósito de las novelas de caballería, que son una de las grandes manifestaciones literarias del esoterismo de la Edad Media: "En el Titurel, la leyenda del Grial alcanza su última y más espléndida transfiguración, bajo la influencia de ideas que Wolfram parecería haber adquirido en Francia, y particularmente entre los Templarios del Mediodía francés. Ya no es en la Isla de Bretaña, que el Grial está conservado. Un héroe llamado Titurel construye un templo para custodiar ahí el santo Vaso, y el profeta Merín quien dirige esta construcción misteriosa, iniciado como ha sido por José de Arimatea en persona al plan del Templo por excelencia, el Templo de Salomón. La Caballería del Grial se convierte aquí en la "Massenie", esto es una Francmasonería ascética, cuyos miembros se llaman Templistas, y podemos vislumbrar aquí la intención de vincular a un centro común, representado por este Templo ideal, la Orden de los Templarios y las numerosas corporaciones de constructores, que estaban renovando entonces la arquitectura de la Edad Media. Se entrevén en todo esto muchas aperturas sobre ésa que podríamos llamar la historia subterránea de aquellos tiempos, bastante más complejos de lo que generalmente se cree [...] Lo que es muy curioso y de lo cual no caben dudas, es que la Francmasonería moderna se remonta de grado en grado hasta la "Massenie du Saint Graal".

Sería tal vez imprudente adoptar de manera del todo exclusiva la opinión expresada de esta última frase, porque las relaciones de la Masonería moderna con las organizaciones anteriores resultan, en realidad, extremadamente complejas; pero no está mal tenerlo en cuenta, pues podemos ver ahí al menos la indicación de uno de los orígenes reales de la Masonería. Todo esto puede ser de ayuda para llegar a conocer, en alguna medida, los medios de transmisión de las doctrinas esotéricas en la Edad Media, lo mismo que la oscura filiación de las organizaciones iniciáticas en el transcurso de este mismo período, durante el cual ellas fueron verdaderamente secretas en la más completa acepción de esta palabra». [26]

A estas alturas se podría hacer una observación al margen, a propósito de ciertos sedicentes esoteristas que hacen referencia a la tradición islámica, los que manifiestan tendencias antimasónicas y acusan a Guénon de haber hecho, según ellos, una «conmistión de formas tradicionales» vinculándose tanto al esoterismo islámico como a la Masonería y aprobando la misma elección para algunas personas que le estaban más allegadas. Podríamos preguntarles a ésos qué opinan de los grandes sufíes que eran también alquimistas: en primer lugar Seyidnâ 'Alî, considerado uno de los padres de las turûq, que poseía, según se refiere, un conocimiento perfecto de la Alquimia desde todo punto de vista, y después el Sheij Abu Hassan Es-Shâdili, fundador de la tarîqah que lleva su nombre y que ha sido siempre la más difundida, de quien se sabe que transmutó metales viles en oro para el sultán en Egipto; y asimismo el Sheij Muhyiddîn ibn 'Arabî, conocido igualmente como «el más grande de los Maestros espirituales», quien escribió también tratados de alquimia. Y no se nos podría objetar que los grandes sufíes mencionados estaban más allá de la diversidad de las formas tradicionales, puesto que la función magistral consiste, en particular, en mostrar los medios que deben ser adoptados y en trazar el camino que los demás habrán de seguir. El hermetismo, al no estar vinculado con ningún exoterismo en particular, formó parte de diferentes tradiciones, de la egipcia a la islámica, a la cristiana de la Edad Media; pero se podría decir lo mismo del Pitagorismo y de las iniciaciones de oficio, es decir de toda esa gran categoría de iniciaciones de oficio que no eran exclusivas de una forma tradicional específica, sino que se apoyaban en la práctica de un oficio o en el desarrollo de una ciencia tradicional, de suerte que ellas se hallaban difundidas en todo el mundo antiguo, tanto en Oriente como en Occidente, y eran adoptadas por los iniciados pertenecientes a tradiciones diferentes y lejanas entre sí. Se ve, por lo tanto, como René Guénon, adoptando la iniciación masónica y aquella islámica al mismo tiempo, no hace más que confirmar una práctica que esa seguida y considerada perfectamente normal desde los tiempos más antiguos. [27]

    No tenemos, de seguro, la pretensión de adentrarnos en un tema tan complejo como el de las relaciones existentes entre el esoterismo islámico y los iniciados o reducidos círculos de iniciados occidentales que, en épocas diversas, podían estar vinculados a las organizaciones masónicas; por otro lado, se trata de cosas que, en gran parte, están destinadas a quedar envueltas en el misterio; no obstante, sin salirnos del tema, pensamos que sea oportuno cerrar esta serie de someras indicaciones, citando una respuesta de René Guénon a un lector de la revista inglesa «The Speculative mason», quien preguntaba si había existido o existían todavía, en Egipto, Guildas de Masones Operativos: «No cabe duda de que existieron, algunos siglos atrás, y no solamente en Egipto, sino también en otras partes del mundo musulmán, Guildas de Masones Operativos o de otros artesanos, estos Masones orientales utilizaban incluso marcas similares a ésas de sus colegas occidentales de la Edad Media y que eran llamadas en árabe, Khatt-el-Bannaïn (o sea "escritura de los constructores"); pero todo esto forma parte de un pasado ya bastante lejano. Por otro lado, en las turûq islámicas o cofradías iniciáticas (que efectivamente son asimismo operativas, pero evidentemente en un sentido mucho más profundo que aquel puramente "profesional"), han sido conservados algunos elementos que se asemejan, extrañamente, a aquellos usados por el Compañerazgo occidental, por ejemplo: la costumbre de llevar la cucarda; o aquella de empuñar un bastón que tiene exactamente la misma forma; y por lo que se refiere al simbolismo de estos bastones, habría mucho que decir con respecto a las ciencias secretas que le son especialmente atribuídas a Seyidna Suleymân [Salomón] (ya que cada uno de los grandes Profetas posee sus propias ciencias, caracterizadas por el "cielo" que preside). Hay, además, otros puntos de interés más específicamente masónicos: por ejemplo, en ciertas turûq, el dihkr no puede ser ejecutado ritualmente sin la participación de al menos siete hermanos; en la investidura un naqîb hay algo que lleva a pensar en el cable-tow, etc. Por otra parte, existe una interpretación simbólica de las letras árabes que forman el nombre de Allâh y que es puramente masónica, proviniendo probablemente de las Guildas en cuestión: el alif es la regla; los dos lâm, el compás y las escuadra; la ha, el triángulo (o el círculo según otra explicación, la diferencia entre las dos correspondiendo a aquella existente entre Square y Arch Masonry), el nombre completo era, pues, un símbolo del Espíritu de la Construcción Universal. Estas pocas noticias no son más que simples referencias a un asunto que conocemos por experiencia directa y por tradicional oral».


Notas:
[1] L'initation et les metiers, Mélanges, Ed. Gallimard, 1976
[2] Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, 1965, tomo I, reseña del artículo de J. Evola «Dall' "esoterimo" al sovversivismo masssonico», publicado en «Vita Italiana», abril de 1937.
[3] El Reino de la cantidad y los signos de los tiempos, cap. XIX
[4] Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, 1965, tomo II, pág. 165.
[5] El profeta Abraham no forma  personalmente parte del Judaísmo: por lo demás, el pueblo judío es unánimemente conocido con el nombre de «hijos de Israel», sobrenombre este último de Jacob; esto indica un origen más reciente respecto de la época abrahámica. En el texto coránico se dice que Abraham es un hanîf, término que tiene en sí el significado de «puro». En épocas presilámicas existió siempre, entre los árabes, al menos para un exigua minoría, aquella que se llamaba «eddîn el-hanif», que era considerada como la verdadera tradición monoteísta, idéntica a la religión de Abraham, y la continuidad de esta tradición fue mantenida por Ismael hasta el advenimiento del Islâm; el mismo Muhammad era hanîf, antes de su misión profética.
[6] El rubí, evidentemente, tiene aquí un sentido simbólico, pero recordemos además cuanto escribe René Guénon en El Reino de la cantidad y los signos de los tiempos, cap. XIX: «el propio mundo, como conjunto cósmico, era realmente diferente en su cualidad, porque una serie de posibilidades de otro orden se reflejaban en el dominio corporal y los "transfiguran" de algún modo. Es por eso por lo que cuando ciertas "leyendas" se refieren, por ejemplo, a un tiempo en el que las piedras preciosas eran tan comunes como lo son ahora los guijarros más ordinarios, quizás ello no debe entenderse sólo en un sentido puramente simbólico».
[7] Manuscrito M. Cooke, v. 318 y ss.
[8] Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, 1965, tomo I, pág. 199.
[9] Manuscrito M. Cooke, v. 342 y ss.
[10] Ibídem, v.356 y ss.
[11] Ibídem, v. 390 y ss.
[12] Ibídem, v, 439 y ss.
[13] Manuscrito Dumfries, Nº 4.
[14] Manuscrito M. Cooke, v. 342 y ss.
[15] Ibídem, v. 573 y ss.
[16] Ibídem, v. 612 y ss.
[17] Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, 1965, tomo I, pág. 287.
[18] Ibídem, pp. 304-5.
[19] Símbolos de la Ciencia Sagrada, cap. XII.
[20] La Crisis del Mundo Moderno, cap. I.
[21] La Grande Triade, cap. XXI, pág. 177, nota 1.
[22] El Esoterismo de Dante, cap. II.
[23] Études sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, 1965, tomo II, pág. 122.
[24] Apeçus sur l'ésotérisme islamique et le Taoïsme, cap. VIII, Ed. Gallimard, 1973.
[25] El Esoterismo de Dante, cap. III.
[26] Ibídem, cap. IV.
[27] Podríamos recordar, como ejemplo referible a una época más reciente, que el Sheij 'Abd-el-Qadîr al-Jaza'irî (1808-1883), conocido históricamente sobre todo por haber combatido valientemente contra los franceses por la independencia de Argelia, estuvo también vinculado a la Masonería. Todavía hoy, en el Grand Orient de France, en París, se conserva un retrato suyo donde aparecen en hábitos tradicionales árabes y con las insignias masónicas. El Sheij 'Abd-el-Qadîr fue un profundo conocedor de la obra de Muhyiddîn Ibn 'Arabî y pertenecía a la misma silsila o «cadena» iniciática de este último (akbariyya). Dejo numerosos escritos sobre el esoterismo islámico, reunidos en el Kitâb-el-Mawâqif (cf. Il Libro delle soste, ed. Rusconi, Milano, 1984).