sábado, 28 de febrero de 2015

El Espacio Sagrado y la Sacralización del Mundo (Fragmentos); por Mircea Eliade.

   
Capítulo I de Lo Profano y Lo Sagrado, Paidós, Barcelona, 1998 [Le sacré et le profane, Gallimard, Paris, 1983], basado, como señala Patrick Geay en Misterios y Significaciones del Templo Masónico (Introducción, nota 41), en la obra de René Guénon, aunque no lo cite.


"Nuestro Mundo" se sitúa siempre en el centro.

De todo cuanto precede resulta que el "verdadero mundo" se encuentra siempre en el "medio", en el "centro", pues allí se da una ruptura de nivel, una comunicación entre las dos zonas cósmicas. Siempre se trata de un cosmos perfecto, cualquiera que sea su extensión. Un país entero (por ejemplo, Palestina), una ciudad (Jerusalén), un santuario (el Templo de Jerusalén) representan indiferentemente una imago mundi. Flavio Josefo escribía, a propósito del simbolismo del Templo, que el atrio representaba el "mar" (es decir, las regiones inferiores); el santuario, la Tierra, y el Santo de los Santos, el cielo (Ant. Iud., III, VII, 7). Se comprueba, pues, que tanto la imago mundi como el "centro" se repiten en el interior del mundo habitado. Palestina, Jerusalén y el Templo de Jerusalén representan cada uno de ellos de por sí, y simultáneamente, la imagen del universo y del Centro del Mundo. Esta multiplicidad de "centros" y esta reiteración de la imagen del mundo a escalas cada vez más modestas constituyen una de las notas específicas de las sociedades tradicionales.

Nos parece que se impone una conclusión: el hombre de las sociedades premodernas aspira a vivir lo más cerca posible del Centro del mundo. Sabe que supaís se encuentra efectivamente en medio de la Tierra; que su ciudad constituye el ombligo del universo, y, sobre todo, que el templo o el palacio son verdaderos centros del mundo: pero quiere también que su propia casa se sitúen el centro y sea una imago mundi. Y, como vamos a ver, se piensa que las habitaciones se encuentran en el Centro del mundo, el hombre de las sociedades tradicionales no podía vivir más que en un espacio "abierto" hacia lo "transcendente", era posible ritualmente. Bien entendido, el santuario, el "centro" por excelencia, estaba ahí, al alcance de su mano en su ciudad, y para comunicar con el mundo de los dioses le bastaba con penetrar en el templo. Pero el homo religiosus sentía la necesidad de vivir siempre en el centro, al igual que los achipla, los cuales, como hemos visto, llevaban siempre con ellos el poste sagrado, el axis mundi, para no alejarse del centro y permanecer en comunicación con el centro del mundo supraterrestre. En una palabra: cualerquiera que sean las dimensiones de su espacio familiar -su país, su ciudad, su pueblo, su casa-, el hombre de las sociedades tradicionales experimenta la necesidad de existir contantemente en un mundo total y organizado, en un cosmos.

Un universo toma su origen de su centro, se extiende desde un punto central que le es como el "ombligo". Así es, según el Rig Veda (X, 149), como nace y se desarrolla el universo: a partir de un núcleo, de un punto central. La tradición judía es todavía más explícita: "El Santísimo ha creado el mundo como un embrión. Así como el embrión crece a partir del ombligo, Dios ha empezado a crear el mundo por el ombligo, y de ahí se ha extendido en todas las direcciones." Y, habida cuenta de que el "ombligo de la Tierra", el Centro del mundo, es la Tierra Santa, Yoma afirma: "El mundo ha sido crado por Sión. [14] El rabino ben Gorión decía a propósito de la roca de Jerusalén: "Se llama la piedra de la base de la Tierra, es decir, el ombligo de la Tierra, porque a partir de ella se ha desplegado la Tierra entera" [15]. Por otra parte, puesto que la creación del hombre es una réplica de la cosmogonía, el primer hombre fue formado en el "ombligo de la Tierra" (tradición mestopotámica), en el Centro del mundo (tradición irania), en el paraíso situado en el "ombligo de la Tierra" o en Jerusalén (tradiciones judeocristianas). Y no podía ser de otro modo, puesto que el centro es precisamente el lugar enel que se efectúa una ruptura de nivel, donde el espacio se hace sagrado, real, por excelencia. Una creación implica superabundancia de realidad; dicho de otro modo: la irrupción de lo sagrado en el mundo.

Síguese de ello que toda construcción o fabricación tiene como modelo ejemplar la cosmogonía. La creación del mundo se convierte en el arquetipo de todo gesto humano creador cualquiera que sea su plano de referencia. Hemos visto que la instalación en un territorio reitera su cosmogonía. Después de haber colegido el valor del centro y se extiende hacia los cuatro puntos cardinales, la ciudad se constituye a partir de una encrucijada. En Bali, al igual que en ciertas regiones de Asia, cuando se preparan las gentes a construir un pueblo nuevo, buscan una encrucijada natural en la que se corten perpendicularmente dos caminos. El cuadrado construido a partir del punto central es una imago mundi. La división del pueblo en cuatro sectores, que implica por lo demás una partición paralela de la comunidad, correspondiente a la división del universo en cuatro horizontes. En medio del pueblo se deja con frecuencia un espacio vacío: allí se elevará más tarde una casa cultual, cuyo techo representa simbólicamente el cielo (a veces indicado por la cima de un árbol o por la imagen de una montaña). Sobre el mismo eje perpendicular se encuentra, en el otro extremo, el mundo de los muertos, simbolizado por cierto animales (serpiente, cocodrilo, etc.,) o por los ideogramas de la tinieblas [16].

El simbolismo cósmico del pueblo lo recoge la estructura del santuario o de la casa cultual. En Waropen, Guinea, la "casa de los hombres" se encuentra en medio del pueblo: su techo representa la bóveda celeste, las cuatro paredes corresponden a las cuatro direcciones del espacio. En Ceram, la piedra sagrada del pueblo simboliza el cielo, y las cuatro columnas de piedra que la sostienen encarnan los cuatro pilares que sostienen el cielo [17]. Reencuéntrase concepciones análogas en las tribus algonquinas y sioux: la cabaña sagrada donde tienen lugar las iniciaciones representa el universo. Su techo simboliza la bóveda celeste, el suelo representa la Tierra, las cuatro paredes las cuatro direcciones del espacio cósmico. La construcción ritual del espacio queda subrayada por un triple simbolismo: las cuatro puertas, las cuatro ventanas y los cuatro colores significan los cuatro puntos cardinales. La construcción de la cabaña sagrada repite, pues, la cosmogonía [18].

No causa asombre reencontrar una concepción semejante en la Italia antigua y entre los antiguos germanos. Se trata, en suma, de una idea arcaica y muy difundida: a partir de un centro se proyectan los cuatro horizontes en las cuatro direcciones cardinales. El mundus romano era una fosa circular dividida en cuatro: era a la vez imagen del cosmos y el modelo ejemplar del habitat humano. Se ha sugerido con razón que la Roma quadrata debe ser entendida no en el sentido de que hubiera la forma de un cuadrado, sino en el de que estaba dividida en cuatro partes [19]. El mundus se asimila evidentemente al omphalos, al ombligo de la Tierra: la ciudad (urbs) se situaba en medio del orbis terrarum. Se ha podido mostrar que ideas similares explican la estructura de los pueblos y las ciudades germánicas [20] En contextos culturales muy diversos volvemos a encontrar siempre el mismo esquema cosmológico y el mismo escenario ritual: la instalación en un territorio equivale a la fundación de un mundo.


Ciudad-Cosmos

Si es verdad que "nuestro mundo" es un cosmos, todo ataque exterior amenaza con transformarlo en "caos". Y puesto que "nuestro mundo" se ha fundado a imitación de la obra ejemplar de los dioses, la cosmogonía, los adversarios que lo atacan se asimilan a los enemigos de los dioses, a los demonios y sobre todo al archidemonio, al dragón primordial vencido por los dioses al comienzo de los tiempos. El ataque contra "nuestro mundo" es la revancha del dragón mítico que se rebela contra la obra de los dioses, el cosmos, y trata de reducirla a la nada. Los enemigos se alinean entre las potencias del caos. Toda destrucción de una ciudad equivale a una regresión al caos. Toda victoria contra el atacante reitera la victoria ejemplar del dios contra el dragón (contra el "caos").

Por esta razón el faraón era asimilado al dios Râ, vencedor del dragón Apofis, en tanto que sus enemigos se identificaban con ese dragón mítico. Darío se tenía por un nuevo Thraetaona, héroe mítico iranio que había matado un dragón de tres cabezas. En la tradición judaica, los reyes paganos eran presentados bajo los rasgos del dragón: así, Nabucodonosor descrito por Jeremías (51,34) o Pompeyo en los Salmos de Salomón (9, 29).

Como tendremos ocasión de volver a decir, el dragón es la figura ejemplar del monstruo marino, del la serpiente primordial, símbolo de las aguas cósmicas, de las tinieblas, de la noche  de la muerte; en una palabra: de lo amorfo y de lo virtual, de todo lo que no tiene aún una "forma". El dragón ha tenido que ser vencido y despedazado por el dios para que el cosmos pudiera crearse. Así, del cuerpo del mostruo marino, Tiamat, Marduk, creó el mundo. Yahvé creó el universo después de su victoria contra el monstruo primordial Rahab. Pero, como se ha de ver, esta victoria del dios sobre el dragón debe repetirse simbólicamente cada año, pues cada año el mundo ha de ser creado de nuevo. Igualmente, la victoria de los dioses contra las fuerzas de las tinieblas, de la muerte y del caos se repite en cada victoria de la ciudad contra sus invasores.

Es muy probable que las defensas de los lugares habitados y de las ciudades fueran en su origen defensas mágicas; estas defensas -fosos, laberintos, murallas, etc.- estaban destinadas más bien para impedir la invasión de los demonios y de las almas de los muertos que para rechazar el ataque de los humanos. En el norte de la India, en tiempos de la epidemia, se describe alrededor del pueblo un círculo para impedir a los demonios de la enfermedad puedan penetrar en el recinto [21]. En el Occidente medieval, los muros de las ciudades se consagran ritualmente como una defensa contra el demonio, la enfermedad y la muerte. Por otra parte, el pensamiento simbólico no halla dificultad alguna en asimilar el enemigo humano al demonio y a la muerte. A fin de cuentas, el resultado de sus ataques, sean estos demoníacos o militares, es siempre el mismo: la ruina, la desintegración, la muerte.

Las mismas imágenes se siguen utilizando en nuestros días cuando se trata de formular los peligros que amenazan a un cierto tipo de civilización: se habla especialmente de "caos", de "desorden", de "tinieblas", en las que se hundirá "nuestro mundo". Todas esas expresiones significan la abolición de un orden, de un cosmos, de una estructura orgánica y la reinmersión de un estado fluido, amorfo; en una palabra: caótico. Prueba esto, a nuestro parecer, que las imágenes ejemplares perviven todavía en el lenguaje y en los tópicos del hombre moderno. Algo de la concepción tradicional del mundo perdura aún en su comportamiento, aunque no siempre se tenga conciencia de esta herencia inmemorial.

Asumir la Creación del Mundo

De momento, subrayemos la diferencia radical que se percibe en los dos comportamientos -"tradicional" y "moderno"- con respecto a la morada humana. Superfluo es insistir en el valor y en la función de la habitación en las sociedades preindustriales; son de sobra conocidos. Según la fórmula de un célebre arquitecto contemporáneo. Le Corbusier, la casa es una "máquina de residir". Se alinea, pues, entre las innumerables máquinas producidas en serie en las sociedades industriales. La casa ideal del mundo moderno debe ser, ante todo, funcional, es decir, debe permitir a los hombres trabajar y descansar para asegurar su trabajo. Se puede cambiar de "máquina de residir" con tanta frecuencia como se cambia de bicicleta, de nevera o de automóvil. Asimismo, se puede abandonar el pueblo o la provincia natal sin otro inconveniente que el derivado del cambio de clima.

No entra en nuestro tema escribe la historia de la lenta desacralización de la morada humana. Este proceso forma parte integrante de la gigantesca transformación del mundo que se ha verificado en las sociedades preindustriales y que ha sido posible gracias a la desacralización del cosmos bajo la acción del pensamiento científico y, sobre todo, de los sensacionales descubrimientos de la física y la química. Tendremos más adelante ocasión de preguntarnos si esta secularización de la naturaleza es realmente definitiva y si el hombre moderno no tiene posibilidad ninguna de reencontrar la dimensión sagrada de la existencia en el mundo. Como acabamos de ver, y como habremos de ver mejor aún en lo que sigue, ciertas imágenes tradicionales, ciertos vestigios de la conducta del hombre perduran aún en estado de "superviviencias" incluso en las sociedades más industrializadas. Pero lo que nos interesa de momento es mostrar en su estado puro el comportamiento tradicional con respecto a la morada e inferir la Weltanschauung (cosmovisión) que implica.

Instalarse en un territorio, edificar una morada exige, lo hemos visto, una decisión vital, tanto para la comunicación entera como para el individuo, ya que se trata de asumir la creación del "mundo" que se ha escogido para habitar. Es preciso, por tanto, imitar la obra de los dioses, la cosmogonía. Esto no es fácil, pues existen también cosmogonías trágicas, sangrientas: imitador de los actos divinos, el hombre debe reiterarlos. Si los dioses han tenido que abatir y despedazar un monstruo marino o un ser primordial para poder sacar de él el mundo, el hombre, a su vez, ha de imitarlos cuando se construye su mundo, si ciudad o su casa. De ahí la necesidad de sacrificios sangrientos o simbólicos con motivo de las construcciones, sobre los cuales habremos de decir algunas palabras.

Cualquiera que se la estructura de una sociedad tradicional -ya sea una sociedad de cazadores, pastores o agricultores o una que esté ya en el estadio de la civilización urbana-, la morada se santifica siempre por el hecho de construir una imago mundi y de ser el mundo una creación divina. Pero existen varias formas de equiparar la morada al cosmos, precisamente porque existen varios tipos de cosmogonías. Para nuestro propósito nos basta con distinguir dos medios de transformar ritualmente la morada (tanto el territorio como la casa) en cosmos, de conferir el valor de imago mundi.

a) asimilándola al cosmos por la proyección de los cuatro horizontes a partir de un punto central, cuando se trata de un pueblo, o por la instalación simbólica del axis mundi, cuando se trata de la habitación familiar.

b) repitiendo por un ritual de construcción el acto ejemplar de los dioses, gracias al cual el mundo ha nacido del cuerpo de un dragón marino o del de un gigante primordial.

No tenemos que insistir aquí sobre la radical diferencia de Weltanshauungen implícitamente en esos dos medios de santificar la morada ni sobre sus presupuestos histórico-culturales. Digamos tan sólo que el primer medio -"cosmizar" un espacio por la proyección de los horizontes o por la instalación del axis mundi- está atestiguado ya en los estadios más arcaicos de cultura (véase el poste kauwa-auwa de los achilipa australianos), en tanto que el segundo medio parece haberse instaurado con la cultura de los cultivadores arcaicos. Lo que interesa a nuestra investigación es el hecho de que, en todas las culturas tradicionales, la habitación comporta un aspecto sagrado y que por esto mismo refleja el mundo. En efecto, la morada de los pueblos primitivos árticos, norteamericanos y norteasiáticos, presenta un poste central que se asimila al axis mundi, al pilar cósmico o árbol del mundo, que, como hemos visto, unen la Tierra al Cielo.

En otros términos: ser percibe en la estructura misma de la habitación el simbolismo cósmico. La casa es una imago mundi. El cielo se concibe como una inmensa tienda sostenida por un pilar central; la estaca de la tienda o el poste central de la casa se asimilan a los pilares del mundo y se designan por este nombre. Al pie del poste central tienen lugar los sacrificios en honor del ser supremo celeste; esto da una idea de la importancia de su función ritual. El mismo simbolismo se conserva entre los pastores ganadores del Asia Central, pero la habitación de techo cónico de pilar central está sustituida aquí por la yurta, la función mítico-ritual del pilar se ha transferido a la apertura superior de evacuación del humo. Lo mismo que el poste (=axis mundi), el árbol desramado cuya punta sale por la apertura superior de la yurta (y que simboliza el árbol cósmico) se concibe como una escalera que lleva al cielo: los chamanes trepan por él en su viaje celestial, y es por la abertura superior por donde salen volando [22]. Encuéntrase también el pilar sagrado erigido en medio de la habitación en África, entre los pueblos pastores hamitas y hamitoides [23].

En resumen, toda morada se sitúa cerca del axis mundi, pues el hombre religioso desea vivir sólo en el "Centro del mundo"; dicho de otro modo: en la realidad absoluta, en lo real.

Cosmogonía y Sacrificio en la Construcción

Una cosmogonía similar reaparece en una cultura tan altamente desarrollada como la de la India, pero aquí se manifiesta también el otro modo de equiparar la casa al cosmos, del que hemos dicho algunas palabras anteriormente. Antes que los alañiles coloquen la primera piedra, el astrólogo les indica el punto de los cimientos, que se encuentra encima de la serpiente que sostiene el mundo. El maestro albañil clava una estaca y la clava en el suelo, exactamente en el punto designado, el objeto de fijar bien la cabeza de la serpiente. Acto seguido, se coloca una piedra de base encima del pivote. La piedra angular se encuentra así exactamente en el "Centro del mundo". [24] Pero, por otra parte, el acto de la fundación repite el acto cosmogónicos: clavar la estaca en la cabeza de la serpiente y "fijarla" es imitar el gesto primordial de Soma o de Indra, que, de acuerdo con el Rig Veda, "golpeo a la serpiente en su guarida" (VI, XVII, 9) y le "cortó la cabeza con su relámpago (I, LII, 10). Como hemos dicho ya, la serpiente simboliza el caos, lo amorfo, lo no manifiesto. Decapitarla equivale a un acto de creación, al tránsito de lo virtual y lo amorfo a lo formal. Recuérdese que fue del cuerpo de un monstruo marino primordial. Tiamat, de lo que el dios Marduk formó el mundo. Esta renovaba el mundo. Pero el acto ejemplar de la victoria divina se repetía igualmente con motivo de toda construcción, pues toda nueva construcción reproducía la creación del mundo.

Este segundo tipo de cosmogonía es mucho más completo, y no haremos sino describirlo someramente aquí. Pero no se podría pasar sin mencionarlo, puesto que, en última instancia, de una cosmogonía semejante son solidarias las innumerables formas del sacrificio de construcción, que en suma, no es sino una imitación, a menudo simbólica, la del sacrificio primordial, que ha dado origen al mundo. En efecto, a partir de un cierto tipo de cultura, el mito cosmogónico explica la creación por la muerte de un Gigante (Ymir en la mitología germánica. Purusha en la mitología india. P'an-ku en China): sus órganos dan origen a las diferentes regiones cósmicas. Según otros grupos de mitos, no sólo es el cosmos el que nace a continuación de la inmolación de un ser primordial y de su propia sustancia, sino también las plantas alimenticias, las razas humanas o las diferentes clases sociales. Es de este tipo de mitos cosmogónicos de los que dependen los sacrificios de la construcción. Para que dure una construcción (casa, templo, obra técnica, etc.) ha de estar animada, debe recibir a la vez una vida y un alma. La "transferencia" del alma sólo es posible por medio de un sacrificio sangriento. La historia de las religiones, la etnología, el folklore, conocen innumerables formas de sacrificios de construcción, de sacrificios sangrientos o simbólicos en beneficio de una construcción [25]. En el sudeste de Europa, estos ritos y creencias han dado origen a admirables baladas populares que escenifican al sacrificio de la esposa del maestro albañil, a fin de que una construcción pueda terminarse (por ejemplo, las baladas del puente de Arte en Grecia, del monasterio de Argesh en Rumania, de la ciudad de Scutari en Yugoslavia, etc.).

Hemos dicho ya los suficiente sobre la significación religiosa de la morada humana para que ciertas conclusiones se impongan por si mismas: como la ciudad o el santuario, la casa está santificada, en parte o en su totalidad, por un simbolismo o un ritual cosmogónico. Por esta razón, instalarse, en cualquier parte, construir un pueblo o simplemente una casa, representa una grave decisión, pues la existencia misma del hombre se compromete con ello: se trata, en suma, de crearse su propio "mundo" y de asumir la responsabilidad de mantenerlo y renovarlo. No se cambia la morada con ligeraza, porque no es fácil abandonar el propio "mundo". La habitación no es un objeto, un "maquina de residir": es el universo que el hombre se construye imitando la creación ejemplar de los dioses, la cosmogonía. Toda construcción y toda inauguración de una nueva morada equivale en cierto modo a un nuevo comienzo, a nueva vida. Y todo comienzo repite ese comienza primordial en que el universo vio la luz por primera vez. Incluso en las sociedades modernas tan grandemente desacralizadas, las fiestas y regocijos que acompañan a la instalación de una nueva morada conservan todavía la reminiscencia de las ruidosas festividades que señalaban antaño el incipit vita nova. Puesto que la morada constituye una imago mundi, se sitúa simbólicamente en el "Centro del mundo".

La multiplicidad, o infinidad, de centros del mundo no causa ninguna dificultad al pensamiento religioso. Pues no se trata del espacio geométrico, sino del espacio existencial y sagrado que presenta una estructura radicalmente distinta, que es susceptible de una infinidad de rupturas y, por tanto, de comunicaciones con lo transcendente. Se ha visto la significación cosmológica y el papel ritual de culturas esas significaciones cosmológicas y estas funciones rituales se han transferido a la chimenea (orificio de salida del humo) y a la parte del techo que se encuentra encima del "ángulo sagrado" y que se arranca o incluso se rompe en caso de agonía prolongada. A propósito de la equiparación comos-casa-cuerpo humano, tendremos ocasión de señalar la profunda significación de esta "ruptura de techo". De momento recordemos que los santuarios más antiguo eran hipetros o presentaban una abertura en el techo: se trataba del "ojo de la cúpula" que simbolizaba la ruptura de niveles en la comunicación con lo transcedente.

La arquitectura sagrado no ha hecho sino recoger y desarrollar el simbolismo cosmológico presente ya en la estructura de las habitaciones primitivas. A su vez, la habitación humana había sido precedida cronólogicamente por el "lugar santo" provisional, por el espacio consagrado cosmizado provisionalmente (por ejemplo, en el caso de los achilpa australiano). Dicho de otro modo, todos los símbolos y los rituales concernientes a los templos, las ciudades y las casas derivan, en última instancia, de la experiencia primaria del espacio sagrado.


Templo, Basílica, Catedral

En la grandes civilizaciones orientales -desde Mesopotamia y Egipto hasta China y a la India-, el templo ha conocido una nueva e importante valoración: no es solo una imago mundi, es asimismo la reproducción terrestre de un modelo transcendente. El judaísmo ha heredado esta concepción paleoriental del templo como copia de un arquetipo celeste. Esta idea es probablemente una de las últimas interpretaciones que el hombre religioso ha dado a la experiencia primaria del espacio sagrado por oposición al espacio profano. Hemos de insistir algo sobre las perspectivas abiertas por estas nueva concepción religiosa.

Recordemos lo esencial del problema: si el templo constituye una imago mundi es porque el mundo, en tanto que es obra de los dioses, es sagrado. Pero la estructura cosmológica del templo trae consigo una nueva valoración religiosa: lugar santo por excelencia casa de los dioses, el templo resantifica continuamente el mundo porque lo representa y al mismo tiempo lo contiene. En definitiva, gracias al templo, el mundo se resantifica en su totalidad. Cualquiera que sea su grado de impureza, el mundo está siendo continuamente purificado por la santidad de los santuarios.

Otra idea se deja ver a partir de esta diferencia ontológica que se impone cada vez más en el cosmos y su imagen santificada, el templo: la de que la santidad del templo está al socaire de toda corrupción terrestre, y esto por el hecho de que el plano arquitectónico del templo es obra de los dioses y, por consiguiente, se encuentra muy próximo a los dioses, al cielo. Los modelos transcendentes de los templos gozan de una existencia espiritual, incorruptible, celeste. Por la gracia de los dioses, el hombre accede a la visión fulgurante de esos modelos y se esfuerza, acto seguido, por reproducirlos en la Tierra. El rey babilonio Gudea vio en sueños a la diosa Nidaba mostrándole una tabla en la que se mencionaban las estrellas benéficas y un dios le reveló el plano del templo. Senaquerib construyó en Nínive según "el proyecto establecido desde tiempos muy antiguos en la configuración del cielo." [26] Esto no quiere decir que la "geometría celeste" haya hecho posible las primeras construcciones, sino ante todo que los modelos arquitectónicos, por encontrarse en el cielo, participan de la sacralidad urania.

Para el pueblo de Israel, los modelos del tabernáculo, de todos los utensilios sagrados del Templo fueron creados por Yavhé desde la eternidad, y fue Yavhé quien los reveló a sus elegidos para que fueran reproducidos en la Tierra. Se dirige a Moisés en estos términos: "Construiréis el tabernáculo con todos los utensilios, exactamente según el modelo que te voy a enseñar" (Éxodo, 25, 8-9); "Mira y fabrica todos estos objetos según el modelo que se te ha enseñado en la montaña" (Éxodo, 25, 40). Cuando David dio a su hijo Salomón el plano de las edificaciones del templo, del tabernáculo y de todos los utensilios, le asegura que "todo esto... se encuentra expuesto en un escrito de mano del Eterno que me ha dado la inteligencia" (1 Crónicas 28, 19). Ha visto, pues, el modelo celeste creado por Yahvé al comienzo de los tiempos. Es esto lo que proclama Salomón.

Tú me has ordenado construir el Templo en tu santísimo nombre,
así como un altar en la ciudad donde tú habitas,
según el modelo de la muy santa tienda.
que habría preparado desde el principio (Sabiduría 9, 8).

La Jerusalén celestial ha sido creada por Dios al mismo tiempo que el paraíso; por tanto, in aeternum. La ciudad de Jerusalén no era sino la reproducción aproximada del modelo transcedente: podía ser mancillado por el hombre, por su modelo era incorruptible, no estaba implicado en el tiempo. "La construcción que se encuentra actualmente en medio de vosotros no es la que ha sido revelada por mí, la que estaba dispuesta desde el tiempo en que me decidí a crear el paraíso y que he mostrado a Adán antes de su pecado" (Apocalipsis de Baruc II, IV, 3-7).

La basilica cristiana y después la catedral recogen y continúan todos estos simbolismos. Por una parte, la iglesia es concebida como imitación de la Jerusalén celestial, y esto ya desde la antigüedad cristiana; por otra, reproduce el paraíso o el mundo celestial. Pero la estructura cosmológica del edificio sagrado perdura todavía en la conciencia de la cristiandad: es evidente, por ejemplo, en la iglesia bizantina. "Las cuatro partes del interior de la iglesia simbolizan las cuatro direcciones cardinales. El interior de la iglesia es el universo. El altar es el paraíso, que se encuentra al Este. La puerta imperial del santuario propiamente dicho se llama también la "Puerta del paraíso". Durante la semana pascual, esta puerta permanece abierta durante todo el servicio; el sentido de esta costumbre se explica claramente en el canon pascual; Cristo ha resucitado de la tumba y nos ha abierto las puertas del paraíso. El Oeste, al contrario, es la región de las tinieblas, de la aflicción, de la muerte, de las moradas eternas de los muertos que esperan la resurrección de los muertos y el juicio final. La parte de en medio del edificio es la Tierra. Según las concepciones de Kosmas Indicopleustes, la Tierra es rectangular y está limitada por cuatro paredes que están recubiertas por una cúpula. Las cuatro partes del interior de una iglesia simbolizan las cuatro direcciones cardinales" [27] En cuanto que es imagen del cosmos, la iglesia bizantina encarna y a la vez el mundo.


Notas:

[14] Véanse las referencias en ibíd., pág. 36.
[15] W. H. Roscher, Neue Omphalosstudien (Abh. d. Königl. Sächs. Ges. d. Wiss., Phil. Klasse), XXXI, I, 1995, pág. 16.
[16] Véase C. T. Bertling, Vierzahl, Kreuz und Mandala in Asien, Amsterdam, 1954, págs. 8 y sigs.
[17] Véanse las referencias en Bertling, op. cit., págs. 4-5
[18] Véanse los materiales agrupados e interpretados por Werner Müller, Die blaue Hütte, Wiesbaden, 1954, págs. 60 y sigs.
[19] F. Altheim, enWerner Müller, Kreis und Kreuz, Berlin,1938, págs. 60 y sigs.
[20] Ibid., págs. 65 y sigs. Véase también W. Müller, Die heilige Stadt, Stuttgart, 1961. Volvemos sobre este problema en una obra en preparación: Cosmos, templo, casa.
[21] M. Eliade, Traité d'histoire des religions, pág. 318.
[22] M. Eliade, Le chamanisme et les téchniques archaïques de l'extase, París, 1951, págs. 238 y sigs.
[23] Wilhelm Schmidt. "Der heilige Mittelpfahl des Hauses", Anthropos XXXV-XXXVI, 1940-1941, pág. 967.
[24] S. Stevenson, The Rites of the Twice-Born. Oxford, 1920, pág. 354
[25] Véase Paul Sartori. "Über das Bauopfer", Zeitschrifh für Ethnologie, XXX, 1989, págs. 1-54; M. Eliade, "Manole et le Monastère d'Argesh", Revue des Études roumaines, III-IV, París, 1955-1956, págs. 7-28.
[26] Véase Le mythe de l'éternel retour, pág. 23.
[27] Hans Sedlmayr, Die Entstehung der Kathedrale, Zurich, 1950, pág. 119; W. Wolska, La topographie chrétienne de Cosmos Indicopleustes, París, 1962, pág 131 y passim.

sábado, 3 de enero de 2015

Liber de Causis y comentarios de Santo Tomás de Aquino.

Clave de bóveda de la sacristía de la Catedral de Troyes
El original del Liber de Causis fue escrito en árabe por un neoplatónico musulmán cuyo nombre se desconoce, y de su versión latina no demasiado complicada en lo fundamental, traducimos aquí narratio como « afirmación », y cogitatio como « razón », siguiendo en esto la explicación de Santo Tomás. El Liber de causis se basa en los Elementos de Teología de Proclo, como el mismo Santo Tomás declara en el proemio a su comentario. Hablando de la scientia divina, o ciencia de la primera causa, indica que in Graeco quidem invenitur sic traditus liber Procli Platonici, continens CCXI propositiones, qui intitulantur elementatio theologica ; in Arabico vero invenitur hic liber qui apud Latinos de causis dicitur (…) unde videtur ab aliquo philosophorum Arabum ex praedicto libro Procli excerptus, praesertim qui omnia quae in hoc libro continentur, multo plenius et diffusius continentyr in illo. Para Aquino se trata, pues, y sin descartar otras posibles influencias (neo)platónicas, de un epítome árabe de Proclo. Aquino lo relaciona también, en su comentario, con la teología « negativa » de Dionisio.

 Añadimos también un comentario de Santo Tomás acerca de la filosofía (neo)platónica que ayudan a disipar algunas prevenciones superficiales hacia su figura y oposiciones fáciles entre aristotelismo-platonismo. 

1)

Liber de causis (circa 850)


V (VI)

57. Causa prima superior est omni narratione. Et non deficiunt linguae a narratione eius nisi propter narrationem esse ipsum, quoniam ipsa est supra omnem causam et non narratur nisi per causas secundas quae illuminatur a lumine causae primae.

57. La causa primera es superior a toda afirmación. Y el lenguaje no puede afirmar nada de ella porque ella misma es afirmación, porque está por encima de todas las causas, y nada puede afirmarse si no es mediante causas segundas, que son iluminadas por la luz de la causa primera. 

58. Quod est quoniam causa prima non cessat illuminare causatum suum et ipsa non illuminatur a lumine alio, quoniam ipsa est lumen purum supra quod non est lumen.

58. Pues la causa primera no cesa de iluminar a su causado, mientras que ella no es iluminada por ninguna otra luz, pues ella es la pura luz sobre la que no hay más luz.

59. Ex illo ergo facta est prima sola cuius deficit narratio, et non est ita nisi quia supra ipsam non est causa per quam cognoscatur,

59. Por eso es la única causa de la que nada puede afirmarse, pues por encima de ella no hay otra causa por la que pueda ser conocida,

60. quia omnis quidem res non cognoscitur et narratur nisi ex causa sua. Cum ergo res est causa tantum et non est causatum, non scitur per causam primam, neque narratur quoniam est superior narratione, neque consequitur eam loquela.

60. porque de nada cabe conocimiento ni afirmación si no es por causa suya. Y cuando una cosa es sólo causa y no causado, no puede saberse de ella mediante la causa primera, ni puede afirmarse nada de ella porque es superior a toda afirmación, ni las palabras pueden aprehenderla. 

61. Quod est quia narratio non fit nisi per loquelam, et loquela per intelligentiam, et intelligentiam per cogitationem, et cogitatio per meditationem, et meditatio per sensum. Causa autem prima est supra res omnes, quoniam est causa eis ; propter illud ergo fit quod ipsa non cadit sub sensu et meditatione et cogitatione et intelligentia et loquela ; non est ergo narrabilis.  

61. Pues la afirmación sólo puede hacerse mediante palabras, y las palabras mediante la inteligencia, y la inteligencia mediante la razón, y la razón mediante el pensamiento, y el pensamiento mediante los sentidos. La causa primera está por encima de todas las cosas, porque es causa de éstas ; y es por ésto que no puede aprehenderse con los sentidos, ni con el pensamiento, ni con la razón, ni con la inteligencia, ni con las palabras ; no puede, por tanto, afirmarse nada de ella. 


2)

Super De causis  (Comentario de Santo Tomás de Aquino)

Lectio 6

De causa autem prima hoc est quod potissime scire possumus quod omnem scientiam et locutionem nostram excedit (…) Unde Dionysius dicit I capitulo mysticae theologiae, quod homo secundum melius suae cognitionis unitur Deo sicut omnino ignoto, eo quod nihil de eo cognoscit, cognoscens ipsum esse supra omnem mentem. Et ad hoc ostendendum inducitur haec propositio : causa prima superior est narratione. Per narrationem autem oportet affirmationem intelligi, quia quidquid de Deo affirmamus non convenit ei secundum quod a nobis significatur ; nomina enim a nobis imposita significant per modum quo nos intelligimus, quem quidem modum esse divinum trascendit. Unde Dionysius dicit II capitulo caelestis hierarchiae quod negationes in divinis sunt verae, affirmationes vero incompactae vel inconvenientes.

De la causa primera esto es lo que con mayor certeza podemos decir: que excede a toda nuestra ciencia y a nuestro lenguaje. (…) Por lo cual Dionisio dice en el cap. I de la Teología mística que el hombre como mejor se une a Dios es como a algo del todo desconocido, de quien él nada conoce, conociendo solamente que está por encima de toda mente humana. Y para indicárnoslo (el autor del Liber de causis) trae esta frase: la causa primera está por encima de toda afirmación (narración). Por « narración » debemos entender « afirmación », pues aquello que sea que afirmamos de Dios no le conviene según el significado que nosotros le damos; los nombres que nosotros le damos significan del modo como nosotros entendemos, modo que el Ser divino trasciende. Por lo que Dionisio dice en el cap. II de la Jerarquía celeste que las negaciones sobre lo divino son verdaderas, las afirmaciones en verdad inadecuadas o inconvenientes.


3)

In librum B. Dionysii De divinis nominibus expositio (Santo Tomás de Aquino)  

Prooemium

(…) Haec igitur Platonicorum ratio fidei non consonat nec veritati, quantum ad hoc quod continet de speciebus naturalibus separatis, sed quantum ad id quod dicebant de primo rerum principio, verissima est eorum opinio et fidei Christianae consona.

(…) Por ello el pensamiento de los platónicos no concuerda con la fe ni con la verdad, en lo que se refiere a las especies naturales separadas, pero en cuanto a lo que decían del primer principio de las cosas, su opinión es la más verdadera y acorde con la fe cristiana.



miércoles, 31 de diciembre de 2014

La Catedral, Piedra viva; por Christian Jacq y François Brunier

Arbotante, Catedral de Milán.
Cap. IX de "El mensaje de los constructores de catedrales", Barcelona, Plaza & Janés, 1976.

Ciudad feliz, Jerusalén, tu nombre es visión de paz, tú que te elevas en los cielos, tú hecha de piedras vivas... Del cielo desciendes, prometida esposa del Señor. El cimiento, la piedra angular, es Jesucristo, enviado del Padre. ¡Oh, ciudad! Al juntar tus muros, Jesucristo unió la Ciudad santa y el creyente que lo recibe descubre en su Dios su morada.

(ANALECTA HYMNICA, LI, n.º 102).

Quiéralo o no el hombre, el mundo sigue edificándose cada día; el Universo es un lugar de perpetuas mutaciones, de transformaciones incesantes que en su mayoría se nos evaden. El tiempo que transcurre nos permite comprobarlo, en parte, en nuestra propia existencia, ya que nuestra apariencia física se modifica igual que nuestra visión personal de la vida. En el fondo de ese movimiento existe algo inmutable, un punto central: la raza "Hombre" se encuentra en cada individuo, el Universo permanece en equilibrio y nos impregna con su radiación.

Para la Edad Media es esencial conciliar el movimiento y lo inmutable. De lo contrario, el hombre permanece estático o se convierte en la presa fácil de las circunstancias y de los acontecimientos fugaces. Entonces es cuando se impone la idea de una doble ciudad: la de los dioses, segura en su eternidad que nada será capaz de corromper, y la de la tierra, que las civilizaciones van construyendo sucesivamente hasta la extinción de la Humanidad. El arte del maestro de obras consiste en armonizarlas y hacerlas coincidir con el mayor rigor.

La catedral perfecta del Universo es la ciudad de Dios. Todo está ordenado en ella de acuerdo con unos ritmos que no varían nunca. Los planetas cumplen su revolución con una tranquila constancia, el sol se levanta cada mañana por el Este y las fases de la luna se repiten cada mes. Es posible prever, por la observación y el cálculo, el desplazamiento de los astros y comprender las leyes celestes que aplica el arquitecto soberano de los mundos, sin fallar un solo instante. Si el cielo es el lugar donde se expresan magnificas verdades, la organización de la Tierra ha de hacerse a su imagen. Así, pues, los maestros de obras tienen el deber de volver a crear la morada divina en el suelo de Occidente con el fin de que todos los hombres tengan ante sus ojos una imagen de la arquitectura secreta del paraíso, una imagen que les permitirá perfeccionarse y edificar el templo en sí mismos.

Así puede reconstituirse la gestión de los creadores de catedrales. En primer lugar, reconocer la armonía del Universo y de sus leyes, seguidamente manifestarla en una construcción de piedra y, por último, ofrecerla al hombre como ejemplo a seguir. El ciclo del visitante contemporáneo es absolutamente inverso: al contemplar Saint-Sernin, de Toulouse, ve primero una iglesia, luego percibe la belleza como elemento esencial de su propia nobleza. De una manera más o menos consciente siente en él el espíritu de la catedral concreta. Seguidamente observa la perfección de las líneas y las curvas, la coherencia de los muros, la precisión de los detalles esculpidos. Adquiere conciencia de que se encuentra situado de nuevo dentro de un orden en el que los juegos de luz desempeñan el principal papel. Y de un modo completamente natural se interroga sobre la fuente de esta luz y sobre el origen de esta arquitectura, y vuelve a encontrar la comunión perdida con el Universo entero.

Para la Edad Media, el destino humano está claro: venimos de Dios y vamos hacia Dios. No hemos elegido el día de nuestro nacimiento y tampoco elegiremos el de nuestra muerte. Nuestra aventura se desarrolla entre esos dos limites, tan misterioso uno como el otro y somos responsables de la orientación que adoptemos: negarnos a aceptar el misterio, hundiéndonos en la ignorancia o aceptarlo tal como es y avanzar hacia el Conocimiento. El milagro de las catedrales es uno de los pocos que nos da el medio de progresar por esta última vía. Ellas son otros tantos hitos indicadores en el bosque de los símbolos, otras tantas brújulas que mantienen el sentido de la vida.

Además, la catedral aúna a los seres pasados, presentes y por venir. Desde el origen, el espíritu humano trata de penetrar los secretos de la Naturaleza. La gruta prehistórica, los primeros templos de madera, los vastos edificios de piedra son resultados de una misma intención y surgieron del mismo ideal. Por esto, todos los constructores de todos los tiempos se han reunido en la catedral medieval. Los justos que han ocupado un lugar en los cielos junto al Señor dirigen el pensamiento de los maestros de obras y se encuentran presentes entre nosotros al afirmarse un arte sagrado. Es frecuente en las leyendas de la Edad Media que unos personajes del más allá vuelvan a la tierra y pidan al arquitecto que erija una iglesia en un lugar designado por ellos.

En el interior de las catedrales se celebraba, a cada instante, la unión entre el hombre y el Creador. Esas mansiones sagradas, alcanzando a la vez la mayor altura y la más lejana profundidad, integran el cuerpo inmortal de la Sabiduría al cuerpo mortal del individuo y de esta alianza surge el hombre nuevo que habla todas las lenguas.

El símbolo de la ciudad celeste era ya conocido por las civilizaciones más remotas. Por ejemplo, la Babilonia terrena tenía su modelo en la Babilonia de las alturas. En Egipto, los casos son numerosos. De la inmensa ciudad de Tebas, donde hoy día se admiran los templos de Karnak y Luxor, se nos ha dicho que se llama el orbe de la Tierra entera y que sus piedras angulares están colocadas en los cuatro pilares. Están, pues, con todos los vientos y sujetan el firmamento de Aquel que está oculto. En Roma, el Panteón representaba también la esfera celeste.

En el momento en que se impone el Cristianismo, la noción de Iglesia tiene dos sentidos complementarios. Por una parte, es la comunidad local dirigida por el Antiguo, y por otra, la sociedad universal de fieles. Volvemos a encontrar estas dos dimensiones en la catedral de la Edad Media. Es, a la vez, el faro de una ciudad de características bien señaladas y el emblema de la totalidad de los peregrinos. Ciudades tan modestas como Chartres o 5aint-Bertrand-de-Comminges consagraron todos sus esfuerzos a la construcción de sus grandes iglesias, porque se consideraban como reinos completos donde debían realizarse todos los elementos de la vida espiritual magnificados por la catedral.

Al visitar el Sacré-Coeur, nos sentimos limitados por una época y por un lugar exacto. Ese monumento artificial, hecho de piedras inertes, apenas despierta nuestro interés. Por el contrario, al franquear el umbral de una catedral nos sentimos acogidos por piedras vivas. En el templo, nuestros pensamientos se entretejen con la imagen de las nervaduras, nuestros sentimientos se ennoblecen y se yerguen siguiendo la línea de los pilares y nuestra mirada se colma con el color inmaterial de las vidrieras. Para el hombre de la Edad Media, la catedral es, de una manera tangible, la Jerusalén celeste. Sabe que la palabra de las piedras le revela las virtudes que necesita y le pone en guardia contra los errores fatales; sabe que la cripta comunica directamente con nuestra Madre la Tierra y que la ventana circular de la bóveda se abre ante nuestro Padre el Cielo. En la catedral ya no es un caminante, un forastero inquieto por el mañana, sino un invitado colmado de las más valiosas riquezas, un hijo que Nuestra Señora recibe en su palacio. Sin embargo, lo que le espera es el trabajo y no el reposo. Y también sabe que ese trabajo es un don porque transforma el mundo en plegaria y el alma en luz.

Si el templo medieval representa el Universo, es el Libro el que nos permite interpretarlo. Sería vano creer en una posibilidad de lectura directa por medio de cualquier instrumento. Nuestra mirada es naturalmente imperfecta y debemos recurrir al texto sagrado que componen las piedras para comprender el lenguaje de Dios. Todo pasa como si cada uno de nosotros poseyera una letra, que sola, no es de utilidad alguna. Al unirlas en una sociedad profana, tampoco obtenemos un resultado más satisfactorio porque formamos palabras artificiales o las letras chocan entre sí carentes de toda coherencia. Por el contrario, los maestros de obras conocen la tradición y los símbolos y son capaces de redactar un libro inteligible en el que cada letra ocupa su lugar y en el que se inscriben las más altas verdades. A buen seguro, las páginas se encuentran dispersas por toda la tierra. Descubrimos una en Milly-la-Foret, otra en Bayona, una tercera en Colonia, una cuarta en Canterbury. A nosotros nos corresponde viajar y reconstituir el Libro inicial donde podremos escribir nuestra experiencia aportando la piedra nueva de nuestra conciencia.

"Lo que irradia aquí dentro, os lo presagia la puerta dorada -decía el texto grabado en la fachada de la iglesia abacial de Saint-Denis-. Por la belleza sensible, el alma adormecida se eleva a la belleza verdadera y de la tierra en la que yacía sumergida resucita al cielo al ver la luz de sus esplendores". Con ocasión de la consagración de una catedral se celebraba la bienaventurada ciudad de Jerusalén, esa visión de paz construida con piedras vivas en los cielos y rodeada de ángeles como el cortejo de una novia. Ella descendía de las alturas para que la esposa quedara unida al Señor y que cada hombre digno de Jesucristo fuera el testimonio de aquel casamiento. La iglesia desbordaba de melodías, de alabanzas y de cánticos mientras que el Dios triple y único abría las puertas. Implorando su clemencia, los elegidos que participaban en la celebración pedían "la revolución de los años hasta los tiempos más remotos", de manera que la obra realizada fuera eterna y animada por una constante alegría.

Mundo transfigurado, la catedral contiene una luz que no existe en parte alguna fuera de ella porque es fruto de un esfuerzo libremente realizado. El maestro de obras le confía aquello que su civilización tiene de más elevado con el fin de que ella lo distribuya sin restricciones a las generaciones futuras. La ofrenda hecha al templo se multiplica hasta el infinito y se transmite por los siglos de los siglos.

Estas concepciones simbólicas no tendrían más que un valor secundario si la catedral de la Edad Media no hubiera sido, ante todo, el centro vital de la ciudad donde se había establecido una comunidad humana. Los medievales no la admiraban como un monumento agradable por sus formas, sino como una referencia esencial de la vida social. La catedral es útil porque sacraliza la vida cotidiana. Si se comparara la ciudad a un torno de alfarero del que nacen las actividades de cada día, la catedral sería el eje invisible alrededor del cual se organiza todo.

El edificio ejerce una protección mágica. Su campanario ahuyenta a los demonios y provoca la llegada de los ángeles que ayudarán a los ciudadanos con sus consejos. Las gárgolas disipan las tempestades y las flechas atraen el influjo magnético que se extenderá sobre la población y la mantendrá en resonancia con los movimientos celestes. La construcción entera en un talismán gigantesco que pone a la comunidad al abrigo de las fuerzas hostiles; una ciudad privada de templo está expuesta a las peores calamidades.

Cada ciudadano ejerce un oficio en el cual se concentra olvidando en cierto modo las funciones
Arbotantes, Catedral de Milán.
que ejerce su prójimo. Cuando acude a la catedral se encuentra con los que tienen otra profesión y charlan sobre sus respectivos éxitos y fracasos para que el trabajo del individuo se convierta en bien de todos. Gracias al templo, los elementos dispersos del cuerpo social conquistan de nuevo su indispensable unidad. Además, los gremios habrán confiado sus denarios a los constructores y en el transcurso de los años siguen ofreciendo objetos litúrgicos, vidrieras y esculturas. El embellecimiento y la conservación de la iglesia no quedan abandonados a un administrador, sino que dependen de la responsabilidad colectiva. En el mismo interior de la catedral, la población tomaba las decisiones determinantes para su porvenir; se daban cursos, se representaba en la nave el repertorio del teatro sacro y se acudía a cosechar informaciones relativas a los asuntos del reino. La catedral permanecía abierta a todas las horas del día y de la noche. Campesinos, artesanos, caballeros y burgueses mantienen numerosas conversaciones antes y después de la celebración de la liturgia que les da un mismo hálito, un mismo ideal sin cesar avivado.

La Edad Media intentó crear comunidades, no multitudes. A la unidad de las piedras juntas respondía la unidad de la comunidad de hombres ligados por la veneración de un mundo sagrado. El "cuerpo místico" de Jesucristo se encarnaba, precisamente, en el alma de una población unida alrededor de su iglesia.

Las reuniones y las fiestas tenían un carácter espiritual muy importante, que con frecuencia ha sido mal comprendido. Las celebraciones calificadas de "licenciosas" en las que, por ejemplo, se veía entrar en la catedral un hombre y una mujer desnudos a lomos de un asno, fueron instauradas por la propia Iglesia, especialmente en las ciudades donde existía un capítulo importante de canónigos. Los eclesiásticos de la Edad Media tenían el sentido del juego de la vida, de lo precario de las jerarquías y sabían que, de vez en cuando, había que replantear los valores adquiridos. A través de la fiesta se liberaba una energía crítica, una oleada carnavalesca donde se representaba un mundo al revés cuya visión permitía apreciar el valor auténtico del mundo ordenado.

El maestro de obras y el abad pensaban que el hombre no soporta el aburrimiento ni la monotonía y que una tensión excesiva hacia lo absoluto "rompería" su alma. Gracias a la alternación del acto y de la meditación, de la seriedad y la risa, es posible alcanzar un equilibrio que no se hunda en la uniformidad. En el siglo XIV se rechazó este ritmo de la vida comunitaria y una corriente rigorista, acompañada además por los más abyectos crímenes, condenó las fiestas. Debemos citar aquí un párrafo de una carta circular de la Facultad parisiense de Teología, fechada en marzo de 1444. Los últimos sabios de la época medieval explicaban de una manera admirable el profundo sentido de la fiesta de los Locos:

"Nuestros predecesores, que eran unos grandes personajes, permitieron esta Fiesta. Vivamos como ellos y hagamos lo que ellos hicieron. No hagamos estas cosas con seriedad, sino tan sólo por juego y para divertirnos, siguiendo la antigua costumbre, a fin de que la locura que nos es natural y que parece nacida en nosotros desaparezca y se evada por ese canal, al menos una vez al año. Los toneles de vino estallarían si de vez en cuando no se les abriera la piquera o el bitoque para que penetrara el aire en ellos. Ahora bien, nosotros somos unos viejos bajeles o unos toneles con los sellos mal colocados que el vino de la Sabiduría haría estallar si lo dejásemos hervir de esa manera con una continua devoción al servicio divino. Hay que airearlo y aflojarlo por temor a que se pierda y se desparrame sin beneficio alguno". No se prestó oídos a la advertencia y la supresión de las fiestas privó a la sociedad de sus más cálidos colores.

El prodigio más grande llevado a cabo por la catedral fue el de reunir todas las expresiones artísticas cuya necesidad hemos señalado anteriormente. La palabra del obispo manifiesta el arte del Verbo, el pensamiento del maestro de obras el de la arquitectura, la mano del artesano el de la escultura, los Misterios el del teatro ritual y los cánticos el de la música. Con ellos se evita la dispersión tan temida que el diablo lanza en nuestro camino, y en el alma, que no es uniformidad, comulgan las aspiraciones más nobles. El templo es comparable al cáliz del Grial que contiene las respuestas a cualquier interrogante, crea los reyes y hace fructificar las mieses. El mal caballero, aquel que se aferra exclusivamente a su interés personal, no es capaz de verlo. Con el fin de evitar su fracaso, hay que operar una "conversión de la mirada" que franquea el obstáculo de los detalles materiales y nos conduce hasta el coro de la catedral.

Una de sus funciones más extraordinarias y de las menos conocidas es la de ser una central que emite y distribuye la energía cósmica. Este concepto es de origen egipcio ya que en los templos faraónicos se hacia la ofrenda a los dioses para que la creación se renueve y aporte su dinamismo a la Humanidad. No hay ninguna diferencia entre la energía espiritual y la que hace moverse la corteza celeste y agita los mares. Un número reducido de sacerdotes iniciados la acumula en el lugar santo y se ocupa de regularizarla. Como escribía Heer, nuestras antiguas iglesias son comparables a los trituradores atómicos, ya que en ellas se concentran los poderes benéficos, conservados constantemente por el recogimiento, la liturgia y los símbolos. En vez de disociar la materia y de jugar a aprendiz de brujo, el sabio medieval manejaba las fuerzas universales con respeto y lucidez. De este modo impedía la inevitable explosión que se produce cuando el hombre destruye los ciclos naturales que no llega a comprender a causa de su vanidad.

Si la catedral es el guía por excelencia de nuestra vida interior, expresa su enseñanza con la mayor severidad. Después de haber abierto nuestro corazón, exige la abertura de nuestra conciencia. "Yo soy -nos dice- el Camino, la Verdad y la Vida, pero tú habrás de luchar contigo mismo para franquear el umbral y comprender el sentido de las figuras de piedra. No basta el más ferviente sentimiento; tienes que ponerte en orden, pensar tu vida y vivir tu pensamiento. Las piedras de los muros, pulidas y cuadradas representan los santos, es decir, los hombres purificados por la mano del Maestro de Obras supremo. Han permanecido entre nosotros para indicarnos el camino". Y Michelet escribía:

"Hombres vulgares que creéis que esas piedras sólo son piedras, que no sentís circular la savia, cristianos o no, reverenciad, besad el signo que contienen. Aquí hay algo grande, eterno".

Pasar por delante de la catedral sin verla sería perder para siempre esa realidad humana nacida de una unión sagrada entre el espíritu y la mano y manifestada en la tierra de Occidente. Y san Bernardo puntualiza:

"Es preciso que en nosotros se cumplan espiritualmente los ritos de que han sido objeto materialmente esas murallas. Lo que los obispos han hecho en este edificio, es lo que Jesucristo, el Pontífice de los bienes futuros, opera cada día en nosotros de una manera invisible... Entraremos en la casa que no ha sido erigida por la mano del hombre, en la morada eterna de los cielos. Se construyó con piedras vivas, que son los ángeles y los hombres".


Cuando la piedra habla, la materia se convierte en espíritu, el hombre y la catedral son una sola carne. Más allá de las edades, la piedra nos llama por nuestro verdadero nombre y podemos oír el eco de su palabra que resuena bajo las bóvedas y repercute de símbolo en símbolo.

martes, 30 de diciembre de 2014

Sobre la Lectura de los Libros Sagrados; por Denys Roman

Capítulo VII de René Guénon y los Destinos de la Francmasonería.

Es bien evidente que, para una comprensión correcta del Cristianismo y también de la Masonería de los países cristianos, una interpretación rigurosamente tradicional de la Biblia, es absolutamente necesaria. Desgraciadamente, los comentadores modernos tienen una fastidiosa tendencia a hacer caso omiso de los trabajos de sus antecesores, para adoptar las vías individuales, que no se apoyan en más justificación, que la “fe” ciega en el “dios” Progreso.

Tales excesos no dejan de provocar reacciones muy raras. Así apareció, a principios de 1973, un libro, publicado por un autor de religión judía, que firmaba como “Emmanuel” [1].

Esta gruesa obra de 400 páginas, “dividida simbólicamente en 613 parágrafos” (para representar el número de obligaciones de la Ley mosaica), está destinado a los Judíos que practican su religión y, en consecuencia, leen las escrituras con piedad y amor. Pero eso no significa que los no-Judíos y, particularmente, los cristianos, no encuentren en esta lectura mucho que aprender.

El autor advierte desde el principio, que su Libro “debe más al midrash [2] que a la ciencia, más a la reflexión que la búsqueda”. Escribe: La ciencia llamada bíblica es de reciente creación. Comenzó con el Renacimiento, cuando algunos hombres de las naciones [es decir, los no-Judíos] aprendieron algo de hebreo... trabajaron mucho y entendieron poco, pues no recibían ayuda ni de la tradición, ni del amor desinteresado por la Escritura... Los biblistas, en cada generación, borraban todo cuanto les precedía y recomenzaban una exégesis inútil y decepcionante... Le daban vueltas al texto sin penetrarlo y profundizarlo nunca, y acudían a una débil ciencia que no podía darles sino lo que ellos aportaban previamente... Más tarde, en el siglo que fue llamado el de las Luces, la Biblia no era considerada más que como un monumento literario. Son los hombres los que la han compuesto, ha llegado a decirse”.

Esta “crítica de los textos” aplicada a la Biblia, de la que la ciencia alemana especialmente debía dar toda la medida de su arrogancia y de su incomprehensión, es el origen de la famosa teoría de las dos “fuentes” del Génesis; fuentes calificadas por los doctos de “jahvista” y de “elohista”. He aquí lo que piensa Emmanuel: (Retorciendo el relato del diluvio a la medida de su muy fecunda imaginación), “un biblista concluyó que dos escritores diferentes habían redactado el mismo relato, en épocas distantes una de la otra. Y que un tercero vino después para fundir las dos versiones en una sola”. Tal fantasía está basada sobre el hecho de que, en el relato en cuestión, la divinidad es designada, tanto por el nombre tetragramático (que se expresa en las traducciones modernas por Jehová o Yahvé) como por el nombre de Elohim... “Pero esta hipótesis de las dos fuentes, más ingeniosa que sólida, estaba destinada al fracaso”. Nuevas teorías fueron levantadas. “Su abundancia, sus divergencias, sus exageraciones y, algunas veces, su extravagancia, prueban mejor que las estériles controversias su fragilidad y, a menudo, su puerilidad... Estas especulaciones fueron llamadas, al principio, hipótesis y teorías, y, más adelante, descubrimientos y certezas [3]. Llenaron vidas enteras, durante las cuales los biblistas que se daban a estas demostraciones, pudieron abstenerse de meditar la Escritura... el conjunto de la construcción de los biblistas, peca por su base. [El error de ellos proviene de su] radical incomprehensión del uso de los nombres divinos”.

El autor sigue: “El biblismo es una rueda que gira sin detenerse sobre sí misma, arrasando a sus celadores en un movimiento circular que no tiene salida.” Pero “si esta búsqueda es estéril, no está cerca de tener un fin. Tal es el vínculo del hombre a lo que llama estudio desinteresado... Son protestantes quienes comenzaron estos trabajos... pero los católicos les siguieron el paso, sobre todo después del segundo concilio del Vaticano. La mayoría de ellos creen firmemente en la divinidad de Jesús de Nazareth, en su milagroso nacimiento y en su resurrección. Y, sin embargo estos mantenedores del milagro, rechazan al milagro más indudable -el mismo que creía Jesús: que los cinco Libros de Moisés, fueron dictados al príncipe de los profetas, por Dios, en el monte Sinaí..., tal como viene dicho por una tradición milenaria” (§ 208).

No nos extenderemos en la demolición implacable que hace Emmanuel de las principales fabulaciones presentadas por los biblistas como sensacionales e irrefutables descubrimientos. Vuelve a situar perfectamente las cosas en su punto. Sus afirmaciones, escribe, “no resisten la simple lectura y todavía menos el estudio del texto” (§114). Todos sus argumentos son “inconsistentes” (§115) Se siente que el autor está justamente indignado viendo a los peores profanos, queremos decir los mantenedores de la famosa “crítica histórica”, meter una mano temeraria en los pasajes más admirables del Libro Sagrado.

Numerosos pasajes de Emmanuel, han debido chocar a los cristianos que han leído su Libro. En efecto, el autor, situándose estrictamente bajo la óptica del Judaísmo, critica con fuerza la interpretación cristiana del Antiguo Testamento, y, especialmente, la noción del pecado original, sobre la que reposa toda la economía de la teología cristiana. Escuchémosle: “La idea del pecado original que, en la conciencia cristiana, está tan íntimamente ligada a la historia de Adán y Eva, no tiene ninguna resonancia en la filosofía religiosa de Israel. Es extraño destacar que el nombre del primer hombre está, por así decirlo, ausente en la Escritura”. Fuera del Génesis, el nombre de Adán, no aparece más que una vez en el Antiguo Testamento, en el 1º Libro de las Crónicas, en cabeza de la lista de Patriarcas. “En cuanto a la historia de Adán y Eva, ninguna otra alusión se hace ni en la Thorá, ni en los Profetas, ni en los Escritos, pues, para el judaísmo, no tiene ningún alcance religioso... Es en la literatura sapiencial post-bíblica, donde aparecen, por primera vez, algunas alusiones a Adán, por otra parte favorables al primer hombre. Jamás se trata la cuestión de su susodicho pecado. Más bien al contrario, en el Libro de Ben Sira, [4] por ejemplo, el conocimiento del bien y del mal, es presentado como un beneficio concedido para el hombre por Dios. Un interés religioso no será conferido a éste episodio más que por el Cristianismo naciente y, más especialmente, por la obra del Apóstol Pablo” (§ 136).

Es bien sabido que la religión judía no admite la concepción del pecado original. Pero la obra de Emmanuel es útil, en cuanto acentúa el hecho de que tal actitud puede reivindicar la autoridad de la “letra” del Antiguo Testamento tomado en su totalidad. Los cristianos no podrían desatender el peso de una argumentación así. No pueden escapar a ella más que afirmando, con sus propias Escrituras (el Nuevo Testamento), que la Biblia debe ser leída según su sentido “espiritual” (es decir, simbólico). Pero los “hijos de la Promesa”, sobre todo éstos que, como Emmanuel, se reclaman del Judaísmo estrictamente exotérico[5], podrán responder siempre: Habláis del oro. Y estaríamos prestos a daros la razón si, en esta Biblia dictada por Dios a nuestro pueblo y en nuestra lengua, en los Profetas inspirados, y en ese Isaías mismo que consideráis un quinto Evangelista, pudierais mostrarnos un solo versículo en el que el libertador de Israel, tan prometido y siempre esperado, venga presentado con relación al pecado de Adán. ¿Querríais hacernos admitir que la Palabra dispensada durante dos milenios por el Esposo de Israel a su Esposa tiernamente amada, encerraba una trampa, como la palabra engañosa consagrada por el Salmista, de flechas aceradas y de carbones que consumen” [6]?

A todo esto, los cristianos pueden responder: En efecto, si Adán y su mujer, en desobediencia al único mandato que Dios les había dado, han cumplido un acto lícito, ¿por qué, después de esta acción, se han cubierto de vestiduras, en lugar de permanecer desnudos como fueron creados? ¿Por qué se ocultaron al oír la voz del Señor, que se paseaba por el jardín del Edén, a la brisa de la tarde? ¿Por qué fueron condenados a muerte? ¿Por qué Dios declaró la tierra maldita y destinada a producir espinas y zarzas, de forma que el hombre no pudiera obtener su pan, más que con el sudor de su frente? ¿Por qué, sobre todo, la pareja original fue expulsada del jardín de las delicias, en cuya puerta se situaron los Querubines armados con la espada flamígera “para guardar el acceso al Árbol de la Vida”? Por otra parte, no es cierto que el Antiguo Testamento no haya nunca presentado al Mesías como destinado a reparar las catástrofes provocadas por la falta de Adán. Isaías, precisamente, en el cuadro que nos da de la era mesiánica, insiste sobre el hecho de que en estos tiempos felices, las mismas bestias feroces se habrán librado de su ferocidad. Y esto ¿no evocaría el estado de perfecta armonía, en el que Adán vivía con los animales y con todas las criaturas?

Hay entonces, como mínimo, dos maneras (la judía y la cristiana) de leer exotéricamente la historia de Adán. Emmanuel no ha querido hablar de la lectura judía esotérica, que es la de la Kábala. En cuanto a los cristianos, pensamos que nadie mejor que Guénon le ha proporcionado de las claves necesarias para la profunda comprensión de los misterios que abundan en la historia de nuestros primeros padres. Las relaciones entre los árboles del paraíso y las tres cruces del Gólgota, el simbolismo de la serpiente enrollada en espiral en torno al Árbol, el significado de los ojos que se abren después de la falta, la naturaleza de las túnicas de piel que sirvieron más delante de “límite” a la pareja desposeída del estado primordial, la necesidad de recurrir a una intervención “no humana” para reencontrar el “Paraíso perdido”, a todo esto Guénon, desde su primer artículo escrito a la edad de 23 años, había dado el sentido superior, y precisaba que sus equivalencias se encuentran en todas las tradiciones auténticas.

Estas visiones están, evidentemente, muy lejanas a las de Emmanuel, cuya obra contiene muchas indicaciones interesantes, y que hacen pasar de los dardos frecuentemente lanzados a otras tradiciones, sobre todo al Cristianismo, a la religión greco latina, al Hinduismo. El fervor del autor por el Libro de los libros, le ha inspirado acentos de incontestable grandeza. Citaremos, como ejemplo, el pasaje siguiente (§ 208):

“Para mí, Emmanuel, judío de corazón y de espíritu, la escritura no es únicamente la historia de mis ancestros, de la que tanto place a los extraños ocuparse sin cesar; es también y sobre todo, el pan de mi alma, el sentido de mi vida, la luz de mis ojos, el amor más puro de mi espíritu, el objeto de mi estudio constante y la música litúrgica que acompaña mi evolución hasta mi muerte. Esta ley de Dios, la transmitiré a mis hijos y a mis descendientes, como la he recibido de mis padres y de mis ancianos. Las investigaciones de los biblistas no quitan en nada mi vínculo y no quebrantan en nada mi certeza y mi fidelidad. No recortan jamás las mías, se extravían en una dirección que yo no he escogido y que no seguiré jamás; aunque se prosigan durante siglos no conseguirán cambiar una frase, una palabra, una letra de la inmutable palabra que contiene el universo y que da la única explicación coherente”.

Sería deseable que todas las “gentes del Libro”, testimoniaran a sus Escrituras respectivas, la misma confianza y la misma fidelidad.


Notas:
[1] Emmanuel. Para comentar el Génesis (Payot editor, Paris)
[2] Es decir, al comentario rabínico de la Escritura.
[3] Emmanuel menciona aquí un proceder frecuentemente utilizado por los adversarios de la Tradición. Podrían citarse muchos otros ejemplos recientes e, incluso, actuales Es una “técnica” cuyo “rendimiento” está asegurado.
[4] Se trata del Libro cuyo original no está en hebreo, que los católicos llaman  Eclesiástico.
[5] La obra de la que hablamos, se refiere (tal como lo hemos dicho al principio) exclusivamente al midrash, y no a la Kábala.
[6] Hemos resumido muy libremente la argumentación del autor, esparcida en varios capítulos de su obra.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Conversaciones entre Julius Evola y René Guénon sobre Masonería.

Complementando la anterior entrada de Daniel Frot se traen aquí dos fragmentos de correspondencia entre Julius Évola y René Guénon sobre la Masonería. Ambos textos están recogidos del segundo volumen del Epistolario. Fragmentos de correspondencia, 1910-1950, publicado por la revista Letra y Espíritu (A. C. Meru) en 2009.


«[...] Cuando hablo de la Masonería sin especificar, me refiero a la Masonería propiamente dicha, que comprende exclusivamente los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro, a los cuales se pueden solamente añadir los grados ingleses de Mark y Royal Arch, grados totalmente desconocidos en la Masonería "continental". En cuanto a la multiplicidad de grados a la que alude, es evidente que las conexiones que se han querido establecer entre ellos son del todo artificiales. Cualquiera que sea el modo por el que han llegado, por así decir, a injertarse en torno a la Masonería, no forman parte integrante de ella. Otro punto sobre el que querría atraer su atención es que cuando dice que las logias que no se han adherido al "cisma" (que dio origen a la Masonería politizada e ideológica) no han hecho nada para detener o rectificar sus consecuencias, parece que no tienen en cuenta cosas de cierta importancia, como el restablecimiento del grado de Maestro, del todo ignorado por la Masonería de 1717, o la acción de la "Gran Logia de los Antiguos", cuya existencia independientemente continuó hasta 1813. Tengo la impresión que tiene únicamente en cuenta aquello en lo que se ha convertido la Masonería a partir de cierto periodo de Francia y en Italia y que no conoce todo lo referente a la Masonería anglosajona» René Guénon, fragmento de carta a Julius Evola de 13 de Junio de 1949.


«[...] Sobre el problema de la Masonería creo que es muy difícil entendernos. En lo que me dice al respecto hay algunas cosas que en cierto modo me dejan perplejo. Primeramente, me hace decir (sin ninguna restricción, mientas que yo he precisado he precisado que se trataba sólo de Occidente) que las únicas organizaciones iniciáticas existentes son el Compañerazgo y la Masonería. Parece que no tiene en cuenta las organizaciones iniciáticas orientales existentes, algunas de las cuales tienen miembros más o menos numerosos en la misma Europa. Otro punto: he dicho que en el mismo mundo occidental subsisten (además de la Masonería) ciertas organizaciones vinculadas con el esoterismo cristiano y procedentes del Medioevo. No he insistido sobre ellas porque son tan cerradas que la posibilidad de ser admitidos allí está prácticamente fuera de lugar (...). La fecha de 1717 no señala el origen de la Masonería, sino de su degeneración, lo que es muy distinto. Por otro lado, para poder hablar de la utilización de "residuos psíquicos" (de vestigios) en aquel periodo, habría que suponer que la Masonería operativa hubiese por entonces cesado de existir, cosa que no es cierta, porque existe todavía en diversos países, mientras que en Inglaterra en 1717 y 1813 interviene eficazmente para completar ciertas cosas y regular otras, al menos en la medida en que ello era posible en una Masonería reducida a no ser más que especulativa... Por otra parte, cuando hay una filiación regular y legítima la degeneración no interrumpe la transmisión iniciática, ésta reduce solamente su eficacia, al menos en general, porque a pesar de todo puede haber excepciones. En cuanto a la acción anti-tradicional de la Masonería de la que habla, habría que hacer algunas diferenciaciones, por ejemplo, entre la Masonería anglosajona y la latina, pero, en todo caso, ello sólo demuestra la incomprensión de los miembros de una u otra organización masónica: pura cuestión de hecho, y no de principio. En el fondo, lo que podría decir es que la Masonería ha sido víctima de infiltraciones del espíritu moderno, como en el orden exotérico la misma Iglesia católica lo es actualmente, y cada vez más. Entiéndase bien, no quiero buscar convencer a nadie, sino sólo mostrarle que el problema es bastante más complejo que cuanto parece creer» René Guénon, fragmento de carta a Julius Evola de 20 de Julio de 1949.