jueves, 24 de junio de 2010

Logia de San Juan

Entrada del Diccionario Masónico. Simbolismo y Aspectos Históricos según la Tradición. Alexis Hatman. Asociación Cultural Meru. Barcelona, 2007.

Los dos San Juan (invierno y verano) representan los dos solsticios en la tradición cristiana. En la antigüedad, estas dos fiestas solsticiales, en las corporaciones de artesanos o collegia fabrorum, se celebran en honor de su patrón, el dios Janus, el «Señor de las dos vías», en relación con las puertas solsticiales pitr-yana y devayana, y con el ciclo zodiacal (1, caps. XVIII y XXXVII).

La Logia de San Juan es una imagen del Cosmos, cuyos límites están representados por los dos solsticios (literalmente, puntos de detención del Sol), figurados por los dos San Juan, San Juan Evangelista, el de invierno, da comienzo al ciclo ascendente solar del año, es el «Juan que ríe» en la expresión popular, mientras que San Juan Bautista es el «Juan que llora», el penitente, e inicia el ciclo descendente. Este doble significado se expresa también en la etimología hebrea del nombre Juan (Yahanán) que puede significar ‘misercordia de Dios’ (descendente) y ‘alabanza a Dios’ (ascendente).

En el símbolo del círculo con un punto en el centro y dos tangentes verticales, éstas representan a los dos San Juan, marcando los puntos tangenciales el eje solsticial, aquí situado horizontalmente aunque es vertical con respecto al equinoccial, por la asociación de las tangentes con las dos columnas del Templo (1, cap. XXXVIII).




También se dice (instrucción de Aprendiz en el Rito de Emulación) que estas líneas representan a Moisés (Norte) –aspecto legislativo- y al Rey Salomón (Sur) –aspecto sapiencial— (30, p.250-251; 255). Sobre la parte superior del círculo descansa el Volumen de la Ley Sagrada, que sostiene la Escalera de Jacob, cuyo cima alcanza los cielos. También se señala que las Logias, de entrada dedicadas al Rey Salomón, lo estuvieron a continuación a San Juan Bautista «hasta el reinado del emperador Vespasiano», en que pasaron a estarlo a San Juan Evangelista (26, p. 21; 30, p. 250-251; 255).

Las referencias a los dos San Juan sólo aparecen en versiones tardías de los Old Charges (a partir del s. XVIII), y probablemente son de origen escocés o del norte de Inglaterra (30, p. 154)

El Bautista cierra la antigua Ley y anuncia la Revelación cristiana. El Evangelista cierra la revelación evangélica y anuncia el Apocalipsis, la segunda venida de Cristo. Para un cristiano delimitan las fronteras temporales y cosmológicas y la extensión espiritual del mensaje de Cristo. San Juan Bautista aparece al comienzo, bautiza con agua e insiste sobre la horizontal: «Preparad el camino del Señor, Allanad los senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina abajada» (Lucas III, 4). Es el Maestro del segundo nacimiento por el agua. San Juan Evangelista se refiere al fuego y a la luz; y a la vertical, pues ha desempeñado su papel sobre las montañas sagradas de la transfiguración, los olivos y el calvario; su símbolo tradicional es el águila, pájaro de las alturas. Preside el tercer nacimiento por el fuego (Lucas III, 16-17).

San Juan Bautista se encuentra en estrecha relación con la búsqueda de la Palabra Perdida. Su padre, Zacarías (זכריה), queda mudo al no creer el nacimiento de un hijo, anunciado por Gabriel (Lucas I, 20). Pero Zacar (זכר, raíz con el significado de purificar, limpiar; también da lugar al significado de macho, varón, pene, en conexión con la idea de jaculatoria) es el equivalente hebreo del árabe Dhikr, ambos con el significado de recuerdo, reminiscencia, invocación; y יה (Iah) es un Nombre Divino, abreviación del Tetragrama, con lo que tenemos que, literalmente, Zacarías se traduce por «invocación, rememoración de Iah». Al nacer el niño y escribir en la pizarra «Juan es su nombre», recuperó el habla y «bendecía a Díos» (Lucas I, 63-64). Bajo este prisma, Juan Bautista es el que hace recobrar la Palabra Perdida (30, p. 524).

En una vidriera de la iglesia de Saint Rémy aparece un San Juan sintético, en el que se fusionan las dos figuras del Bautista y el Evangelista, fusión subrayada por la presencia, por encima de la cabeza, de dos parasoles dirigidos en sentidos opuestos (solsticios); en suma una especie de Janus cristiano (30, p. 254-255).

Según Tourniac, la figura I que simboliza a David y Salomón con sus tangentes, lleva implícita la representación del patriarca Jacob en el diámetro. (36, p. 37)

Los dos «testigos» Henoch y Elías que deben reaparecer antes del fin de los tiempos, se «prolongan» en los dos San Juan –se recordará que en el Bautista habitaba la «virtud de Elías»- estando uno y otro en correspondencia con las columnas J y B, igual que uno y otro presiden la transmisión de la iniciación, ya sea bajo su forma orgánica, ya bajo su forma extra-orgánica y «salvaje» (36, 89-90).

Los nombres de los santos tienen por iniciales las letras J y B (Juan Bautista y Juan Boanerges), inscritas sobre las dos columnas de las logias masónicas (40, p. 122).

Los dos San Juan son hijos, uno de Zacarías y el otro del Zabedeo, siendo la Z el jeroglífico del rayo (40. p. 122).

Oraciones masónicas asocian a San Juan Bautista con Henoch, presente de modo destacado en los grados 13 y 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado (40, p. 121; 23-24).

El eje solsticial es el «eje vertical» del ciclo anual, que en simbolismo espacial corresponde al «eje del mundo», representado por el vajra, símbolo que tiene a la vez la naturaleza del rayo («luz celeste») y del diamante (pureza y dureza). La tradición cristiana ha atribuido siempre a los dos San Juan la pureza absoluta, bajo la forma de la virginidad. En cuanto a la dureza, o más bien la estabilidad, atributo esencial del eje del mundo, el Arcángel Gabriel anuncia a Zacarías que su hijo «unirá el corazón de los padres al corazón de los hijos», lo que, simbólicamente, hace referencia a los estados sucesivos del ser. Respecto al hijo del Zebedeo, Jesús ha dicho de él: «Yo quiero que permanezca hasta que yo venga» (40. p. 129).

René Guénon estaba muy atento a que, en los rituales, la expresión «Respetable Logia» estuviera siempre completada por las palabras «de San Juan». Es conocida la importancia de las dos fiestas solsticiales en la Masonería. Y en algunos Ritos, particularmente en lengua española, los trabajos se abren y cierran, y los grados son conferidos «en el nombre de Dios y de San Juan». Los masones de lengua inglesa suelen denominarse entre ellos como John’s Brothers (Hermanos de Juan). (48, p. 253)


Referencias:
1 René Guénon, “Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada”, EUDEBA, 1988.
26 Richard Carlile, “Manual of Freemasonry”, Kessinger Publishing Company, Montana, U.S.A.
30 Jean Pierre Schnetzler, “La Franc-Maçonnerie comme voie spirituelle”, Éditions Dervy, 1999.
36 Jean Tourniac, “Les Tracés de Lumière”, Éditions Dervy, 1987, París.
40 Denys Roman, “René Guénon et les Destins de la Franc-Maçonnerie”, Éditions Traditionnnelles, 1995, París.
48 Denys Roman, “Réflexions d’un Chrétien sur la Franc-maçonnerie”, Éditions Traditionnelles, 1995, Paris.




sábado, 19 de junio de 2010

Medida y Manifestación por René Guénon

Capítulo III de El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos.


Si estimamos preferible evitar el empleo de la palabra «materia» mientras no tengamos que examinar especialmente las concepciones modernas, debe entenderse bien que la razón de ello está en las confusiones que hace nacer inevitablemente, ya que es imposible que no evoque ante todo, y eso incluso en aquellos que conocen el sentido diferente que tenía para los escolásticos, la idea de lo que los físicos modernos designan así, puesto que esta acepción reciente es la única que se asocia a esta palabra en el lenguaje corriente. Ahora bien, esta idea, como ya lo hemos dicho, no se encuentra en ninguna doctrina tradicional, ya sea oriental u occidental; eso muestra al menos que, incluso en la medida en que sería posible admitirla legítimamente desembarazándola de algunos elementos heteróclitos o incluso claramente contradictorios, una tal idea no tiene nada de verdaderamente esencial y no se refiere en realidad más que a una manera muy particular de considerar las cosas. Al mismo tiempo, puesto que en eso no se trata sino de una idea muy reciente, no hay que decir que esa idea no está implícita en la palabra misma, que le es muy anterior, y cuya significación original debe por consiguiente serle enteramente independiente; pero, por lo demás, es menester reconocer que esta palabra es de aquellas cuya verdadera derivación etimológica es muy difícil de determinar exactamente, como si una obscuridad más o menos impenetrable debiera decididamente envolver todo lo que se refiere a la «materia», y apenas es posible, a este respecto, hacer otra cosa que discernir algunas ideas que están asociadas a su raíz, lo que, por lo demás, no deja de presentar un cierto interés, incluso si no puede precisarse cuál es, entre esas ideas, la que está más cerca del sentido primitivo.

La asociación que parece haberse observado más frecuentemente es la que vincula materia a mater, y eso conviene bien en efecto a la substancia, en tanto que ésta es un principio pasivo, o simbólicamente «femenino»: se puede decir que Prakriti desempeña el papel «maternal» en relación a la manifestación, del mismo modo que Purusha desempeña el papel «paternal»; y ello es igualmente así en todos los grados en los que se puede considerar analógicamente una correlación de esencia y de substancia [1]. Por otra parte, es posible también vincular la misma palabra materia al verbo latino metiri, «medir» (y vamos a ver que existe en sánscrito una forma que está más próxima de ella aún); pero quien dice «medida» dice por eso mismo determinación, y esto ya no se aplica a la absoluta indeterminación de la substancia universal o de la materia prima, sino que debe referirse más bien a alguna otra significación más restringida; ese es precisamente el punto que nos proponemos examinar ahora de una manera particular.

Como dice sobre este tema Ananda K. Coomaraswamy, «para todo lo que puede ser concebido o percibido (en el mundo manifestado), el sánscrito tiene solo la expresión nâma-rûpa, cuyos dos términos corresponden a lo “inteligible” y a lo “sensible” (considerados como dos aspectos complementarios que se refieren respectivamente a la esencia y a la substancia de las cosas) [2]. Es verdad que la palabra mâtrâ, que significa literalmente «medida», es el equivalente etimológico de materia; pero lo que es así “medido”, no es la “materia” de los físicos, sino las posibilidades de manifestación que son inherentes al espíritu (Âtmâ[3]. Esta idea de «medida», puesta así en relación directa con la manifestación misma, es muy importante, y por lo demás está muy lejos de ser exclusivamente propia únicamente a la tradición hindú, que el Sr. Coomaraswamy ha tenido aquí más especialmente en vista; de hecho, se podría decir que se encuentra bajo una forma u otra, en todas las doctrinas tradicionales, y, aunque naturalmente no podamos tener la pretensión de indicar al presente todas las concordancias que se podrían destacar a este respecto, trataremos no obstante de decir suficientes como para justificar esta aserción, aclarando igualmente, tanto como nos sea posible hacerlo, este simbolismo de la «medida» que tiene concretamente un lugar enorme en algunas formas iniciáticas.

Entendida en su sentido literal, la medida se refiere principalmente al dominio de la cantidad continua, es decir, de la manera más directa, a las cosas que poseen un carácter espacial (ya que el tiempo mismo, aunque igualmente continuo, no puede ser medido más que indirectamente, relacionándole en cierto modo al espacio por la intermediación del movimiento que establece una relación entre el uno y el otro); eso equivale a decir que la medida se refiere en suma, ya sea a la extensión misma, o ya sea a lo que se ha convenido en llamar la «materia corporal», en razón del carácter extenso que ésta posee necesariamente, lo que, por lo demás, no quiere decir que su naturaleza, como lo ha pretendido Descartes, se reduzca pura y simplemente a la extensión. En el primer caso, la medida es más propiamente «geométrica»; en el segundo, se la podría llamar más bien «física», en el sentido ordinario de esta palabra, pero, en realidad, este segundo caso se reduce al primero, puesto que es en tanto que se sitúan en la extensión y en tanto que ocupan una cierta porción definida de ella como los cuerpos son inmediatamente mensurables, mientras que sus demás propiedades no son susceptibles de medida sino en tanto que pueden ser referidas de una cierta manera a la extensión. Como lo habíamos previsto, aquí estamos muy lejos de la materia prima, que en efecto, en su «indistinción» absoluta, no puede ser medida de ninguna manera ni servir para medir nada; pero debemos preguntarnos si esta noción de la medida no se liga más o menos estrechamente a lo que constituye la materia secunda de nuestro mundo, y, efectivamente, este lazo existe por el hecho de que ésta es signata quantitate. En efecto, si la medida concierne directamente a la extensión y a lo que está contenido en ella, es por el aspecto cuantitativo de esta extensión como la medida se hace posible; pero la cantidad continua no es, como lo hemos explicado, más que un modo derivado de la cantidad, es decir, que no es propiamente cantidad más que por su participación en la cantidad pura, que, ella sí es inherente a la materia secunda del mundo corporal; y, agregaremos, es porque lo continuo no es la cantidad pura por lo que la medida presenta siempre una cierta imperfección en su expresión numérica, ya que la discontinuidad del número hace imposible su aplicación adecuada a la determinación de las magnitudes continuas.

En efecto, el número es verdaderamente la base de toda medida, pero, en tanto que no se considera más que el número, no se puede hablar de medida, puesto que ésta es la aplicación del número a alguna otra cosa, aplicación que es siempre posible, en ciertos límites, es decir, teniendo en cuenta la «inadecuación» que acabamos de indicar, para todo lo que está sometido a la condición cuantitativa, o, en otros términos, para todo lo que pertenece al dominio de la manifestación corporal. Solamente, y aquí volvemos a la idea expresada por A. Coomaraswamy, es menester tener cuidado de que, en realidad, y a pesar de algunos abusos del lenguaje ordinario, la cantidad no es lo que se mide, sino, antes al contrario, aquello por lo que las cosas son medidas; y, además, se puede decir que la medida es, en relación al número, en sentido inversamente analógico, lo que es la manifestación en relación a su principio esencial.

Ahora, entiéndase bien que, para extender la idea de la medida más allá del mundo corporal, es necesario transponerla analógicamente: puesto que el espacio es el lugar de la manifestación de las posibilidades de orden corporal, uno podrá servirse de él para representar todo el dominio de la manifestación universal, que de otro modo no sería «representable»; y así, la idea de medida, aplicada a éste, pertenece esencialmente a este simbolismo espacial del que tenemos que señalar ejemplos tan frecuentemente. En el fondo, la medida es entonces una «asignación» o una «determinación», implicada necesariamente por toda manifestación, en cualquier orden y bajo cualquier modo que sea; esta determinación es naturalmente conforme a las condiciones de cada estado de existencia, e incluso, en un cierto sentido, se identifica a esas condiciones mismas; ella no es verdaderamente cuantitativa más que en nuestro mundo, puesto que la cantidad no es en definitiva, así como el espacio y el tiempo, más que una de las condiciones especiales de la existencia corporal. Pero, en todos los mundos, hay una determinación que puede ser simbolizada para nosotros por esta determinación cuantitativa que es la medida, puesto que ella es lo que se le corresponde en ellos teniendo en cuenta la diferencia de las condiciones; y se puede decir que es por esta determinación como esos mundos, con todo lo que contienen, son realizados o «actualizados» como tales, puesto que ella no forma más que uno con el proceso mismo de la manifestación. El Sr. Coomaraswamy destaca que «el concepto platónico y neoplatónico de “medida” (μετρον) concuerda con el concepto indio: lo “no-medido” es lo que todavía no ha sido definido; lo “medido” es el contenido definido o finito del “cosmos”, es decir, del universo “ordenado”; lo “no mensurable” es el Infinito, que es a la vez la fuente de lo indefinido y de lo finito, y que permanece inafectado por la definición de lo que es definible», es decir, por la realización de las posibilidades de manifestación que lleva en él.

Se ve aquí que la idea de medida está en conexión íntima con la de «orden» (en sánscrito rita), que se refiere a la producción del universo manifestado, siendo ésta, según el sentido etimológico de la palabra griega κόσμος, una producción del «orden» a partir del «caos»; éste último es lo indefinido, en el sentido platónico, y el «cosmos» es lo definido [4]. Esta producción es asimilada también por todas las tradiciones a una «iluminación» (El Fiat Lux del Génesis), puesto que el «caos» es identificado simbólicamente a las «tinieblas»: el «caos» es la potencialidad a partir de la cual se «actualizará» la manifestación, es decir, en suma el lado substancial del mundo, que se describe así como el polo tenebroso de la existencia, mientras que la esencia es su polo luminoso, puesto que es su influencia la que efectivamente ilumina ese «caos» para sacar de él el «cosmos»; y, por otra parte, esto concuerda con la aproximación de los diferentes significados implicados en sánscrito en la palabra srishti, que designa la producción de la manifestación, y que contiene a la vez las ideas de «expresión», de «concepción» y de «irradiación luminosa» [5]. Los rayos solares hacen aparecer las cosas que iluminan, haciéndolas visibles, y, por consiguiente, puede decirse simbólicamente que las «manifiestan»; si se considera un punto central en el espacio y los rayos emanados de ese centro, se podrá decir también que esos rayos «realizan» el espacio, haciéndole pasar de la virtualidad a la actualidad, y que su extensión efectiva es, en cada instante, la medida del espacio realizado. Estos rayos corresponden a las direcciones del espacio propiamente dicho (direcciones que se representan frecuentemente por el simbolismo de los «cabellos», el cual se refiere al mismo tiempo a los rayos solares); el espacio es definido y medido por la cruz de tres dimensiones, y, en el simbolismo tradicional de los «siete rayos solares», seis de estos rayos, opuestos dos a dos, forman esta cruz, mientras que el «séptimo rayo», el que pasa a través de la «puerta solar», no puede ser representado gráficamente más que por el centro mismo. Todo eso es pues perfectamente coherente y se encadena de la manera más rigurosa; y agregaremos también que, en la tradición hindú, los «tres pasos» de Vishnu, cuyo carácter «solar» es bien conocido, miden los «tres mundos», lo que equivale a decir que «efectúan» la totalidad de la manifestación universal. Se sabe, por otra parte, que los tres elementos que constituyen el monosílabo sagrado Om son designados por el término mâtrâ, lo que indica que representan también la medida respectiva de los «tres mundos»; y, por la meditación de estos mâtrâs, el ser realiza en sí mismo los estados o grados correspondientes de la existencia universal y deviene así él mismo la «medida de todas las cosas» [6].

La palabra sánscrita mâtrâ tiene por equivalente exacto en hebreo la palabra middah; ahora, en la Kabbala, los middoth se asimilan a los atributos divinos, y se dice que es por ellos como Dios ha creado los mundos, lo que, además, se pone en relación precisamente con el simbolismo del punto central y de las direcciones del espacio [7]. A este propósito, se podría recordar también la palabra bíblica según la cual Dios ha «dispuesto todas las cosas en medida, número y peso» [8]; esta enumeración, que se refiere manifiestamente a modos diversos de la cantidad, no es aplicable literalmente, como tal, más que al mundo corporal solo, pero, por una transposición apropiada, se puede ver en ella también una expresión del «orden» universal. Por lo demás, ocurre lo mismo con los números pitagóricos; pero, entre todos los modos de la cantidad, es aquel al que corresponde propiamente la medida, es decir, la extensión, el que se pone más frecuentemente y más directamente en relación con el proceso mismo de la manifestación, en virtud de una cierta predominancia natural del simbolismo espacial a este respecto, que resulta del hecho de que es el espacio el que constituye el «campo» (en el sentido del sánscrito kshêtra) en el que se desarrolla la manifestación corporal, tomada ella misma forzosamente como símbolo de toda la manifestación universal.

La idea de la medida entraña inmediatamente la de la «geometría», ya que no solo toda medida es esencialmente «geométrica» como ya lo hemos visto, sino que se podría decir que la geometría no es otra cosa que la ciencia misma de la medida; pero no hay que decir que aquí se trata de una geometría entendida ante todo en el sentido simbólico e iniciático, una geometría de la que la geometría profana no es más que un simple vestigio degenerado, privado de la significación profunda que tenía en el origen y que está enteramente perdida para los matemáticos modernos. Es en esto en lo que se basan esencialmente todas las concepciones que asimilan la actividad divina, en tanto que productora y ordenadora de los mundos, a la «geometría», y también, por consiguiente, a la «arquitectura», que es inseparable de ésta [9]; y se sabe que estas concepciones se han conservado y transmitido, de una manera ininterrumpida, desde el Pitagorismo (que, por lo demás, no fue más que una «adaptación» y no un verdadero «origen») hasta lo que subsiste todavía de las organizaciones iniciáticas occidentales, por poco conscientes que sean actualmente en estas últimas. Es a esto a lo que se refiere concretamente la palabra de Platón: «Dios geometriza siempre» άεὶ ὁ Θεòς γεωμέτρει (estamos obligados, para traducir exactamente, a recurrir a un neologismo, en ausencia de un verbo usual en francés para designar la operación del geómetra), palabra a la cual respondía la inscripción que había hecho colocar, se dice, sobre la puerta de su escuela: «Que nadie entre aquí si no es geómetra», lo que implicaba que su enseñanza, en su aspecto esotérico al menos, no podía ser comprendida verdadera y efectivamente más que por una «imitación» de la actividad divina misma. Se encuentra como un último eco de esto, en la filosofía moderna (en cuanto a la fecha al menos, pero, a decir verdad, en reacción contra las ideas específicamente modernas), en Leibnitz, cuando dice que, «mientras Dios calcula y ejerce su cogitación (es decir, establece planes), el mundo se hace» (dum Deus calculat et cogitationem exercet, fit mundus); pero, para los antiguos, había en eso un sentido mucho más preciso, ya que, en la tradición griega, el «Dios geómetra» era propiamente el Apolo hiperbóreo, lo que nos conduce también al simbolismo «solar», y al mismo tiempo a una derivación bastante directa de la tradición primordial; pero eso es otra cuestión, que no podríamos desarrollar aquí sin salir enteramente de nuestro tema, y debemos contentarnos con dar, a medida que se presente la ocasión de ello, algunas apercepciones de estos conocimientos tradicionales tan completamente olvidados por nuestros contemporáneos [10].


Notas:
[1] Esto concuerda también con el sentido original del término ὕλη, que hemos indicado más atrás: el vegetal es por así decir la «madre» del fruto que sale de él y que alimenta con su substancia, pero que no se desarrolla y madura más que bajo la influencia vivificante del sol, el cual es así en cierto modo el «padre»; y, por consiguiente, el fruto mismo se asimila simbólicamente al sol por «coesencialidad», si es permisible expresarse así, como se puede ver en lo que hemos dicho en otra parte sobre el tema del simbolismo de los Âdityas y de otras diversas nociones tradicionales similares.
[2] Éstos dos términos de «inteligible» y de «sensible», empleados así correlativamente, pertenecen propiamente al lenguaje platónico; se sabe que el «mundo inteligible» es, para Platón, el dominio de las «ideas» o de los «arquetipos», que, como ya lo hemos visto, son efectivamente las esencias en el sentido propio de esta palabra; y, en relación a este mundo inteligible, el mundo sensible, que es el dominio de los elementos corporales y de lo que procede de sus combinaciones, está del lado substancial de la manifestación.
[3] Notes on the Katha-Upanishad, 2ª parte.
[4] La palabra sánscrita rita está emparentada por su raíz misma al latín ordo, y apenas hay necesidad de hacer destacar que lo está más estrechamente todavía a la palabra «rito»: el «rito» es, etimológicamente, lo que se cumple conformemente al «orden», y que, por consiguiente, imita o reproduce a su nivel el proceso mismo de la manifestación; y es por eso por lo que, en una civilización estrictamente tradicional todo acto, cualquiera que sea, reviste un carácter esencialmente ritual.
[5] Cf. A. K. Coomaraswamy, ibid.
[6] Cf. El Hombre y su devenir según el Vêdânta, cap. XVII.
[7] Cf. El Simbolismo de la Cruz, cap. IV.
[8] «Omnia in mensura, numero et pondere disposuisti» (Sabiduría, XI, 20).
[9] En árabe, la palabra hindesah, cuyo sentido primero es el de «medida», sirve para designar a la vez la geometría y la arquitectura, puesto que la segunda es en suma una aplicación de la primera.
[10] A. K. Coomaraswamy nos ha señalado un curioso dibujo simbólico de Willian Blake, que representa al «Antiguo de los Días» que aparece en el orbe solar, desde donde extiende hacia el exterior un compás que tiene en la mano, lo que es como una ilustración de esta palabra del Rig-Vêda (VIII, 25, 18): «Con su rayo, él ha medido (o determinado) los límites del Cielo y de la Tierra» (y entre los símbolos de algunos grados masónicos se encuentra un compás cuya cabeza está formada por un sol radiante). Aquí, se trata manifiestamente de una figuración de ese aspecto del Principio que las iniciaciones occidentales llaman el «Gran Arquitecto del Universo», que deviene también, en algunos casos, el «Gran Geómetra del Universo», y que es idéntico al Vishwakarma de la tradición hindú, el «Espíritu de la Construcción universal»; sus representantes terrestres, es decir, los que «encarnan» en cierto modo este Espíritu al respecto de las diferentes formas tradicionales, son los que hemos designado más atrás, por esta razón misma, como los «Grandes Arquitectos de Oriente y Occidente».

miércoles, 9 de junio de 2010

Estudios Sobre la Masonería y el Compañerazgo

Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, René Guénon, editorial Sanz y Torres, colección Ignitus, Madrid, 2009.

En reiteradas ocasiones René Guénon advirtió que la masonería no era ni "un club político ni una asociación de socorros mutuos" y que "si se quiere realmente emprender la revivificación de la Masonería no se puede, en suma, más que buscar la restauración de lo que en otro tiempo fue en tanto que Masonería operativa; todo lo demás no sería sino fantasía y se correría el riesgo, al alterar su carácter propio, de hacerle perder el valor iniciático que conserva a pesar de todo" aunque sea virtualmente. Y frente a quienes pretenden ver en el método iniciático un sistema de orden esencialmente moral compendiado en símbolos específicos, Guénon aclaraba que si el simbolismo masónico no representa más que ideas morales, "la Masonería no contendría nada que no fuera bien conocido por todo no-masón", de modo que "la simple asociación de esas ideas con los útiles de la construcción no sería más que un juego de niños".


Para Guénon, dado que la conquista de la Luz divina es la única esencia de toda espiritualidad, en el caso de la Masonería operativa, en cuanto organización iniciática, ver la Luz o encontrar la Palabra perdida "implica la renuncia a la mente, es decir, a toda facultad discursiva que en adelante ha devenido impotente, puesto que no podía rebasar los límites que le impone la naturaleza misma". En caso contrario; "Aquel que se aferra al razonamiento y no se libra de él en el momento requerido, permanece prisionero de la forma, que es la limitación por la que se define el estado individual". Por eso, en rigor, "Todo conocimiento que se puede llamar verdaderamente iniciático resulta de una comunicación establecida conscientemente con los estados superiores" (supraindividuales).

Índice:

I.- ¿Colonia o Estrasburgo?
II.- Acerca de los Constructores de la Edad Media
III.- Un proyecto de Joseph de Maistre para la Unión de los Pueblos.
IV.- El Compañerazgo y los Gitanos.
V.- Un nuevo libro sobre la Orden de los Eligios Cohen.
VI.- Acerca de los "Rosa-Cruz de Lyon"
VII.- A propósito de las peregrinaciones.
VIII.- El Enigma de Martinès de Pasqually
IX.- Masones y Carpinteros.
X.- Heredom.
XI.- Iniciación femenina e iniciaciones de oficio.
XII.- Palabra Perdida y Nombres Sustitutivos.
XIII.- El Crismón y el Corazón en las antiguas marcas corporativas.
XIV.- A propósito de los signos corporativos y de su sentido original.
XV.- La iniciación y los oficios.
XVI.- Notas en The Speculative Mason.
RESEÑAS DE LIBROS: Años 1929-1950.
RESEÑAS DE ARTÍCULOS DE REVISTAS: Años 1929-1950.
FRAGMENTOS DE CARTAS
ANEXO DOCUMENTAL:
- La Estricta de Observación y los Superiores Incógnitos.
- Acerca de los Superiores Incógnitos y del astral.
- Algunos documentos inéditos sobre la Orden de los Elegidos Cohen
- La Gnosis y la Francmasonería
- La Ortodoxia Masónica.
- Los Altos Grados Masónicos.
- Acerca del Gran Arquitecto del Universo.
- Concepciones científicos e ideal masónico.
- Reseña de By-ways of Freemasonry

martes, 11 de mayo de 2010

La geometría en los Antiguos Deberes, por Pere Sánchez Ferré

Artículo aparecido en la revista Axis Mundi, 2ª Epoca, nº 7, 1999.

El hombre es la medida de todas las cosas. Protágoras.

Los Antiguos Deberes.

Las llamadas Old Charges o «Antiguos Deberes» constituyen los códigos por los que se regían las asociaciones medievales de constructores de la Gran Bretaña. Los más antiguos que se conocen son el manuscrito Regius, fechado aproximadamente en 1390, y el Cooke, perteneciente a la primera década del siglo XIV [1]. En la actualidad, se tiene noticia de más de cincuenta textos de parecidas características, aunque todos son posteriores a los dos citados. Por su importancia destacan el manuscrito Grand Lodge nº 1, de 1583, así como el Status Schaw, de 1589 y 1599, de origen escocés. Los códigos posteriores al siglo XVI que han llegado hasta nosotros son numerosos: destaquemos los ms. Watson (1687), Sloan (1700) y Trinity College, de fecha cercana al anterior. Estos tres son probablemente los más importantes, pues junto con el Regius y el Cook (I y II) están en el origen directo de las Constituciones masónicas de 1723, redactadas por el pastor presbiteriano James Anderson y J. T. Désaguliers, pastor anglicano, que es la carta fundacional de la masonería practicada en la actualidad [*].

Todos los Antiguos Deberes están formados por tres partes bien diferenciadas: la primera comienza con una invocación a Dios, a la Virgen y a los santos, lo que revela un origen católico incontestable [2]. La segunda parte relata la historia legendaria del arte de construir, asimilado siempre a la geometría; la tercera es de carácter deontológico.

El Regius es un poema compuesto de 794 versos, e incluye una apartado dedicado al «Arte de los cuatro coronados» [3]. En cuanto al Cooke, está escrito en prosa y está formado por dos partes heterogéneas, que son en realidad la unión de dos textos de diferente origen; por eso se habla del Cooke I y II. Tanto éste como el anterior, constituyen recensiones de una misma tradición que era en gran parte oral; conviene subrayar este punto. Las Old Charges posteriores conservaron lo esencial de la narración histórico legendaria y los deberes comunes a ambos manuscritos.

Además de los mencionados, en la actualidad conocemos muchos otros reglamentos de corporaciones de constructores medievales, como los de Colonia, de 1212, Ginebra (1213 y 1229), París (1225), Bolonia (1248), Estraburgo (1275), Montpelier (1365) y Ratisbona, ya en el siglo XV (1459). Todos ellos contiene elementos muy próximos a las Old Charges británicas, y aunque no estén en el origen directo del texto redactado por Anderson y Désaguliers, su proximidad a la masonería actual es del todo manifiesta.

Estamos, sin duda, ante una tradición muy antigua, que podemos remontar a Egipto y a sus discípulos de la Grecia clásica. Roma desarrolló también sus propias formas iniciáticas, donde los collegia fabrorum pueden ser consideradas en parte el modelo de las corporaciones medievales de oficio. En ellas convivían dos realidades: la propia del oficio y la iniciática. En la Roma imperial, por ejemplo, las cofradías de constructores albergaban fraternidades dionisíacas que no creemos tuvieran por objetivo levantar templos de piedra vulgar.

Estas formas de organización perduraron en Europa a pesar de los avatares; en el siglo XV constatamos la existencia de asociaciones en las que se practican ceremonias de iniciación, algunos de cuyos elementos se han conservado en la masonería hasta la actualidad. El testimonio aportado por el abad Grandidier es un excelente ejemplo de lo que decimos. Este historiador de la catedral de Estrasburgo descubrió en sus archivos documentos antiguos del mayor interés, que demostraban la existencia de una realidad iniciática oculta en las corporaciones de constructores, a la que no tenían acceso la mayoría de obreros. Uno de estos documentos relata que en abril de 1459 se reunieron en Ratisbona los maestros de las logias de Alemania, con el objetivo de unificar los estatutos de todas ellas. Gracias a dicho manuscrito sabemos que en la ceremonia de iniciación se vestía al aspirante como un mendigo [4] y era despojado de sus armas y de todos los objetos metálicos. Se le descubría el pecho y el pie izquierdo y, con los ojos vendados, era conducido a una puerta que debía golpearse tres veces. Delate del maestro había una mesa con una escuadra, un compás y los Evangelios abiertos. El neófito juraba guardar el secreto y, retirándole la venda de los ojos, se le mostraba la triple gran luz. A continuación le daban a conocer la palabra de paso, el saludo y los toques propios de los aprendices. [5]

El documento citado demuestra con claridad que coexistieron dos saberes: el exterior, basado en el oficio, y el interior o iniciático. También pone en evidencia que la masonería no es sólo de origen inglés, sino que sería más adecuado hablar de un sustrato iniciático común en Europa, que la masonería actual ha conservado con más o menos fidelidad.

En cuanto a la admisión de personas ajenas al oficio de construir, todo indica que ésta era una práctica habitual desde mucho antes de la aparición de la masonería moderna o especulativa. Tenemos constancia de ello ya en el siglo XIII; si examinamos la lista de los miembros que componían la corporación de constructores en Bolonia, en el 1248, comprobamos que figuran como «maestros» personas que son notarios, panaderos, farmacéuticos, religiosos, filósofos e incluso un poeta [6]. Sin duda esos miembros eran «masones aceptados» o especulativos, y no acudían al gremio para recibir lecciones de arquitectura profana, sino de arquitectura filosófica.

Incluso la historiografía de la masonería inglesa, siempre tan reacia a admitir poluciones esotéricas en el pasado de la Orden, debe aceptar trabajos como el del historiador David Stevenson, quien ha demostrado que el hermetismo había impregnado completamente el cuerpo doctrinal de la masonería escocesa del siglo XVI (como también la medieval, añadimos nosotros). Y precisamente los contenidos herméticos sedujeron a muchas personas ajenas al arte de construir edificios [7]. La supervivencia de este patrimonio supone la transmisión ininterrumpida, a lo largo de varios siglos, de una tradición básicamente oral que, como pretendemos demostrar, estaba estrechamente vinculada al arte hermético.

Antes de continuar queremos hacer una precisión acerca de los masones llamados operativos. Tanto en la Edad Media como en épocas posteriores, la gran mayoría de los canteros, albañiles y obreros de otros oficios vinculados a la construcción, como los carpinteros, no participaron nunca en las organizaciones propiamente iniciáticas que cobijaban la asociaciones profesionales, puesto que la iniciación estaba reservada a una élite, muchos de cuyos miembros ni siquiera pertenecían al oficio de construir, como hemos visto. Por lo tanto debemos entender la «operatividad» en su sentido radical y hermético: el masón «operativo» era y es aquel que ha recibido la verdadera iniciación; gracias a ese don de Dios posee la Materia de la vida y puede construir el Templo del Hombre.

Por otra parte, noticias y documentos dispersos nos hacen entrever que existió siempre un mundo más o menos oculto –también fuera de las corporaciones de oficio— también fuera de las corporaciones de oficio donde se desarrollaron las sociedades iniciáticas, más allá de las épocas y las fronteras. Sirva como ejemplo el manuscrito Sloam, de 1700, donde se dice que los masones de España, Turquía y Francia se reconocían entre ellos por medio de un signo, que consistía en la genuflexión de la rodilla izquierda, al tiempo que levantaban la mano izquierda al sol [8]. En el siglo XIII, el arquitecto Villard de Honnecourt se expresa, al referirse a la geometría, en los mismos términos que los hace el ms. Regius, que es de finales del siglo XIV.

De hecho, la historia de nuestra civilización europea está penetrada, desde sus orígenes, por un hilo de la gnosis. En un río oculto que ha alimentado un gran número de sociedades secretas y discretas, de las que sabemos muy poco, como la de los Hermanos Moravios, los verdaderos Rosacruces o la Familia de Amor, que en el siglo XVI contaba con miembros en España, Países Bajos e Inglaterra [9]. El ideal caballeresco no respetó fronteras, como tampoco el neoplatonismo, durante los siglos XVI y XVII el vivo interés por la alquimia llegó a todos los rincones de Europa.

Es cierto que no sabemos gran cosa de las prácticas propiamente iniciáticas de tales sociedades, pues no se escribían actas de ciertas actividades. Téngase en cuenta que la inclinación a escribirlo todo –y después a publicarlo— es algo muy reciente. Conviene recordar la llamada Gran Carta de Platón, donde el filósofo griego –que entonces tenía setenta y cinco años— afirma lo siguiente: «Pues nuestra garantía más segura consiste en no escribir, sino en aprender de memoria (…) He aquí por qué yo jamás he escrito nada sobre esos temas…». [10]

¿A qué temas se refería Platón, que tantos libros había escrito? Nos lo dice en otra de sus cartas, en la que habla del saber que debe permanecer oculto: «desde luego yo no he escrito nada sobre estas cosas, y nunca lo escribiré: porque ese conocimiento no es en modo alguno comunicable, como lo son otros, puesto que es el resultado del establecimiento de un comercio repetido con lo que es la propia materia de ese saber, resultado de una existencia compartida con ella…». [11]


El Arte de la Geometría en las Old Charges

Desde el Regius, todos los Antiguos Deberes asimilan la masonería a la geometría; así pues, el francmasón [12] practica la geometría; veamos en qué consiste dicho arte, al arte, al que nos aproximaremos a partir de las definiciones que ofrecen los propios textos. Dice el Regius que, «gracias a la buena geometría, este honesto oficio, que es la buena masonería, fue así constituido y creado» (vv. 19-21). Notemos que habla de la buena geometría, y no de la vulgar, por eso la «noble ciencia de geometría» es «la base de todas las otras» y es por tanto el fundamento de todos los saberes (38 y 45-47). Dice también que practicar la geometría consiste en la «medición de la tierra» (86-88), interpretación que viene indicada por el significado mismo de la palabra «medición de la tierra» (98), del griego ge y metron, tierra y medida.

Suponemos que los constructores medievales poseedores de esta tradición habían tomado el sentido etimológico de la palabra de nuestro santo filólogo Isidoro de Sevilla, al que se cita en el ms. Cooke como fuente de autoridad. [13] El mismo manuscrito continúa refiriéndose a la naturaleza y cualidades del arte de geometría con estas palabras: «Pues la geometría es hasta tal punto la medición de la tierra que puedo decir que los hombres viven todos de geometría (…) Querría daros muchas otras pruebas de que la geometría es la ciencia que hace vivir a todos los hombres dotados de razón…» (120-122, 125-128).

Nos parece evidente el carácter hermético de este pasaje, pues el texto atribuye a la geometría propiedades que nada tienen en común con un arte vulgar. En el lenguaje hermético medir la tierra significa poner límites, corporificar al Dios del cielo, también llamado Alma del mundo, Isis, etc., porque medir supone siempre dar cuerpo a lo que carece de él: el cielo. Así, el masón operativo es quien corporifica la tierra celeste para unirla al cielo terrestre. Todos vivimos de geometría porque el Dios del cielo nutre la vida y la mantiene, y todos vivimos también del Dios que hemos sepultado en nostros a raíz de la caída. Es un Dios dormido, mal medido, insensible, que necesita la medida de la misericordia para convertirse en nuestro Señor y Salvador, es como un caballero que busca unirse a su dama para conocerse, para conocer su propia estatura [14].

El arte de la geometría posee también una «ciencia» que «vivir a todos los hombres dotados de razón». Todo vivimos de Dios, pero a algunos Dios les hace vivir: son los «dotados de razón». Tampoco aquí se habla de razón ordinaria, sino entendida en clave hermética. En la Vulgata, san Jerónimo traduce en muchas ocasiones Logos por Ratio, por lo que podemos interpretar que los dotados de razón poseen el Logos, o el don del Intelecto, en expresión de Dante, [15] pues existe una relación estrecha entre el verbo y la creación verdadera; Adán determina las cosas al darles un nombre, las crea mediante el Logos. El primer sentido del vocablo latino ratio es cálculo, operación, el segundo es razón e inteligencia; ración proviene de ratio. Vemos pues que esta palabra contiene la idea de proporción y medida. La identificación de la geometría con la medida y la corporificación del cielo no es un invento masónico, pues en la Tradición hermética todo ya ha sido dicho desde el principio; veremos a continuación que desde antiguo van unidos los conceptos de medida y geometría; he aquí algunos ejemplos.

Aristófanes (siglo V-IV a. C.) afirma en boca de uno de sus personajes, que emula a Tales de Mileto: «Quiero medir geométricamente el aire (…) mido por medio de la regla recta, de modo que el círculo se convierte en un cuadrado…». [16] Cuadrar el círculo no es otra cosa que corporificar el cielo, o «o medir geométricamente el aire».

Jámblico dice que el alma «resulta ser de una dignidad igual a los dioses, da a ellos una parte de sí y a su vez recibe de ellos; impondrá a los seres superiores las medidas y será ella misma delimitada por ellos» [17].

Filolao, filósofo griego del siglo IV a. C., llama «medida de la naturaleza» al «fuego que hay en el medio, al que denomina también «hogar del universo, casa de Zeus (…) altar, cohesión…»». [18] El fuego en el hombre es el imán que puede suscitar la ayuda del cielo y corporificar el Alma del mundo, por tanto, podemos asimilar el fuego filosófico a la medida, como lo hace el erudito recopilador Don Penerty, cuando hablaba de «ese fuego que debe ser administrado geométricamente (…) o bien con peso y medida». [19]

Orígenes escribe que «si la potencia divina fuera ilimitada, no podría conocerse a sí misma (…) Efectivamente, aquello que es ilimitado es incompresible (…) En cambio, la medida se adapta consecuentemente a la materia corpórea, por lo cual debe creerse que Dios fabricó tanta materia como podía ordenar». [20]

Explica Plutarco que, contrariamente a Isis y Osiris, «todo lo que se halla falto de medida y regularidad» es atribuirle a Tifón [21] (Sobre Isis y Osiris, 64). Entre los pitagóricos, como entre los masones medievales, la geometría era considerada sagrada y sus verdades mantenidas en secreto. «Todo lo hemos creado con la medida», podemos leer en el Corán (sura 54, 59). En árabe se escribe igual medir y crear. Este pasaje del Libro de la Sabiduría (11, 20) es conocido: «Pero tú todo lo dispusiste con medida, número y peso». «Tú fijaste los límites de la tierra», dice el salmo, 74,17.

Crear es poseer «las reglas del cálculo del mundo» que, como dice un midrash hebreo, «Dios transmitió a Adán», [22] y éste a su descendencia. Dichas reglas de cálculo del mundo son el secreto de la geometría, puesto que calcular, contar, pesar o medir es corporificar. Como vemos, estamos ante una tradición milenaria cuya hermenéutica era conocida por los masones medievales y fue en parte recogida por J. Andersón y J. T. Désaguliers. Sus Constituciones de 1723 comienzan así: «Adán, nuestro primer Padre, creado a imagen de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, debió tener escritas en su corazón las ciencias liberales, particularmente la geometría (…) Indudablemente Adán enseño geometría a sus hijos…» [23]

En muchos grabados medievales se representa a Dios, el Geómetra, con un compás en la mano poniendo límites, creando el mundo, como «Gran Arquitecto de la Iglesia». Anderson y Désaguliers recogieron esta forma de designar a la Divinidad, tanto en su aspecto celeste como terrestre (humano), por eso las Constituciones emplean dos términos diferentes para diferenciarlos: El «Dios del Cielo, el Omnipotente Arquitecto del Universo» es el Dios celeste. Al Dios encarnado en el hombre se le denomina «Gran Arquitecto de la Iglesia». [24]

En la masonería de tradición se realizan todos los trabajos a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo. A nuestro entender, esta fórmula hace referencia al tema que nos ocupa, ya que «gloria» es un concepto sacado del Antiguo Testamento: la palabra hebrea es cobet y significa peso, gloria y honor; así, glorificar es dar peso, medir, corporificar en el hombre al Gran Arquitecto celeste a fin de que se convierta en nuestro Señor, Arquitecto de nuestro Templo, [25], gracias a la geometría. Puede colegirse de ello que todas las creaciones de Dios se hacen por medio de la geometría: así lo recoge el «Himno al Maestro» en las Constituciones de Anderson; «Adán, el primero hombre, creado por la geometría impresa en su mente superior (…) Noé, un masón divinamente instruido, quien por mandato de Dios construyó el Arca (…) según las reglas de la verdadera geometría…». [26] Agrippa escribe que «Dios mismo enseñó a Noé cómo fabricar el arca según la medida del cuerpo humano, como Él mismo fabrico toda la máquina del mundo según la simetría del cuerpo humano…». [27]

Por otra parte, todos los Antiguos Deberes afirman que el arte de la geometría nació en Egipto; al margen de consideraciones históricas más o menos ciertas, creemos que lo importante es que los antiguos masones, conocedores de la tradición hebrea, entendían que Egipto representa el hombre en el exilio de este mundo, [28] Este hombre tiene un tesoro porque posee un cuerpo, y gracias a él puede recibir el don de Dios.

El ms. Regius está encabezado por estas palabras: «Aquí comienzan los estatutos del arte de geometría según Euclides», el ms. Cook convierte al «noble clérigo Euclides» en discípulo de Abraham llamado tambien «sabio y gran clérigo», quien enseñó en Egipto la ciencia de la geometría (439-447) y la transmitió a Euclides. Éste «midió el país» (de Egipto) y enseñó allí «el arte de masonería, al que dio el nombre de geometría» (467-468 y 508-510).

La tradición masónica en torno a la geometría fue mantenida en todos los textos modernos, como en el ms. Dumfries de 1710, donde se dice que la geometría «enseña a medir los cielos materiales». [29] He aquí otra forma de decir que la geometría sagrada corporifica una materia de los cielos que se recibe en la iniciación. En definitiva, lo que un maestro transmite a un discípulo es la Materia de los Filósofos, con la que se construye el Templo en el hombre. Ésta es una historia de geómetras y de compañeros, según el decir de EH: «La palabras “compañeros”, en arameo haberaya, puede utilizarse para designar los miembros de una cofradía o de una orden de compañeros del maestro, que se transmiten su enseñanza y su vida. Pensamos naturalmente en algunos rituales de muerte y resurrección, al final de los cuales el maestro tiene que resucitaren su discípulo». [30] Aquí está expresado brevemente y con la mayor precisión el misterio central de las sociedades iniciáticas.

El ms. Graham, de 1726, dice claramente que la masonería o geometría es un don: «¿Por qué fue llamada franc-masonería? En primer lugar porque es un libre (franc) don de Dios a los hijos de los hombres, y es además un franca unión de hermanos de este santo secreto que debe durar para siempre.» [31]

Observemos también que los manuscritos antiguos se refieren continuamente a un concepto básico del hermetismo: la transmisión, por la que un maestro transmite el secreto de Dios a su discípulo que es también su hijo; el padre da la vida al hijo, y lo que puede el padre lo puede el hijo, que a su vez transmitirá a un nuevo discípulo. Así se tejen las filiaciones legítimas de quienes han nacido, no de la carne, sino del Espíritu. Por esa razón la mayoría de Antiguos Deberes, al igual que las Constituciones de Anderson, contienen una filiación, un árbol genealógico que tiene su origen en Adán, primer ser creado por Dios y padres de los hombres. [32] Es obvio que no hablan de realidades históricas; nuestros antepasados eran antiguos pero no tontos. Sin embargo, mucho eruditos subvaloran los relatos legendarios de los orígenes, sin darse cuenta de que los Antiguos Deberes se están refiriendo a una filiación divina, a una cadena ininterrumpida de maestros verdaderos.

Los Antiguos Deberes revelan –siempre de forma velada— el secreto de la geometría y así lo entendieron también los hermetistas posteriores. Citaremos al respecto el prefacio que John Dee escribió en 1570 para la primera edición inglesa de la Practica Geometriae, de Euclides, que era en realidad un manifiesto: [33] «Nuesra ciencia es de más vasto alcance que la medición de los planos, ya que lo que se propone es nada menos que medir la tierra (…) que no se ocupa de colina ni valles (…) sino que eleva el corazón por encima de los cielos por medio de hilos invisibles, al encuentro de la luz…». [34]

A continuación nos auxiliaremos de un texto alquímico del siglo XV atribuido Raimon Llull que muestra claras semejanzas con los Antiguos Deberes masónicos. Encontramos en él diez definiciones de la palabra medida, que concluyen con la afirmación de que «si no hay medida, de la piedra no saldrá provecho». Poco antes, el autor dice que la «propia geometría ha sido llamada medida». «Así pues, por saber, aquí te hemos dado con buena voluntad el arte de la medida, la cual hemos aportado del arte de geometría.» [35] Te «hemos dado», es decir, te hemos transmitidos el «arte de geometría». Es el mismo Llull quien, en su Testamentum, después de referirse a ciertas proporciones afirma que «ahí está la doctrina, por la que se hace toda la medida…» (cap. LXXIX), y que la Obra es fruto de «la ciencia y la medida del arte» (cap. XLVII).

No deja de sorprender que un texto alquímico corrobore una tradición oral de constructores ingleses medievales. No podemos dejar de creer que aquellos Antiguos Deberes tenían un contenido iniciático y hermético indiscutible y perseguían el mismo objetivo que la alquimia: la regeneración del hombre, puesto que nada es cognoscible fuera del hombre y éste es el objeto de la revelación. Por eso Isidoro de Sevilla afirma que todas la medidas se refieren siempre al hombre y «y se encuentran en el cuerpo (…) La única que es preciso “portar” es la “pértiga”: equivale a diez pies, a semejanza de la caña que, como se lee en Ezequiel 40, 3 midió el templo» (Etimologías, XV, 15, 3). «Medir» o «captar» el cielo para unirlo a la tierra, o «fijar el volátil» son términos propios del lenguaje alquímico; he aquí como lo expresa Louis Cattiaux, un hermetista contemporáneo: «Así, Apolo y las nueve Musas, el esposo y las vírgenes sabias, el cuerpo y las águilas, Cristo y los doce apóstoles, la mujer que rodea a un hombre, o bien el versículo 34 del Libro X, son expresiones diferentes de una misma operación que exige el conocimiento del peso, del número y de la medida de las sustancias celestes» [36].

«El hombre es la medida de todas las cosas», como dice Protágoras, aunque es evidente que no se refiere al hombre exterior, sino al Verbo encarnado, al Logos creador del nuevo mundo. Éste es, a nuestro entender, el verdadero humanismo que reivindicaron los renacentistas, y no el que dio paso a la Ilustración y a la Revolución francesa.

Así pues, creemos haber puesto de manifiesto que una parte importante de los Antiguos Deberes no fueron concebidos ni transmitidos para enseñar un oficio, sino la geometría sagrada, el Arte de medir, la misma ciencia que enseñó Platón, que hizo escribir en la entrada de su Academia: «Que no entre quien no sepa geometría». La geometría es el arte y la ciencia de Dios el geómetra; su creación ordena el caos, como reza una de las divisas masónicas fundamentales: Ordo ab Chao, orden en el caos; por lo tanto, quienes pertenecen a una orden están ordenados, han salido del caos gracias al don de geometría, transmitido en la iniciación. Si no preguntáramos cómo podemos acceder a tal don, probablemente debiéramos seguir la recomendación que nos hace el ms. Regius; hela aquí: «Que Cristo, por su gracia celeste, os dé el espíritu y el tiempo necesario para leer y comprender bien este libro, y obtener el cielo en recompensa» (vv. 789-792).

Podríamos decir: si deseas la gracia del cielo, lee bien y comprende bien, esto es, hazlo masónicamente, y no tropieces en las cortezas de la letra donde brilla el oro falso del sentido profano y vulgar. El tiempo apremia, no sigamos haciendo buena aquella preclara sentencia de Jorge Luis Borges: «Siempre somos moralistas raras veces geómetras.»


Notas:
[1] Los dos manuscritos fueron publicados, entre otros, por D. Knoop, G. P. Jones y D. Hamer: The Regius MS… The Cooke MS…, Manchester, 1938, reeditado en 1963.
[2] Así lo señaló en su tiempo René Guénon, como también el deseo de «protestantizar» la Orden por parte de aquellos masones ingleses: Études sur la Franc-maçonnerie et la Compagnonnage, París, Éditions Traditionelles, 1978, vol. II, págs. 72-73.
[3] Los Cuatro santos coronados eran los patrones constructores medievales, tradición que cita Beda el Venerable y que divulgó Santiago de la Vorágine en su obra La leyenda dorada, escrita hacia 1264 (hay edición española: Alianza Forma, Madrid, 1987, 2 vols., pág 717). Su culto se desarrolló en Gerona y en el Ampurdán a partir del primer tercio del siglo XIV, esto es, bastantes décadas ante el ms. Cooke, gracias al empeño de Arnau de Montrodón, obispo de Gerona, quien hizo construir en la catedral una capilla dedicada a los cuatros santos, abierta al culto ya en 1330. La devoción a los patronos de los constructores se extendió pronto Cataluña y Mallorca, véase P. Sánchez Ferré, «La presencia de los Cuatro santos coronados en Cataluña y Mallorca. Una variante del culto europeo. Siglos XIV-XIX», en Actes du Xe Colloque International de Glyptographie du Mont-Saint-Odile (France), Braine-le Château, Ed. de la Taille d’Aulme, 1997, págs. 487-517.
[4] Esta antigua tradición era también practicada en Gran Bretaña, como se constata en el ms. Graham, de 1726: «Le manuscrit Graham (1726)», presentación y taducción de G. Pasquier, en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, 6, 1983, pág. 145. El ritual que contiene este manuscrito está en el origen de los que se practican actualmente en la masonería de tradición. Sobre el significado mesiánico de este mendigo, véase Douzetemps, Le Mystère de la Croix, Sebastiani, París, 1975, págs. 221-222, y EH, “Los Tarots”, en La Puerta: Magia, Barcelona, Obelisco, 1993, págs. 114-116.
[5] Abbé Ph. A. Grandidier, Essais historiques et topographiques sur l’Eglise Cathédrale de Strasbourg, Estrasburgo, 1782, págs. 415 y sigs. Véase también, J. A. Ferrer Benimeli, «Église et maçonneire operative au Moyen-Age», en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, 15, GLNF, 1987, págs. 32-34.
[6] J. A. Ferrer Benimeli, «Les Status et Réglements de Bologne de 1248», en Travaux…, II, 1985, pág. 20.
[7] D. Stevenson, Les Origines de la Franc-Maçonnerie. Le siècle écossais 1590-1710, París, Télètes, 1993.
[8] La citada revista Travaux… ha publicado una versión francesa: 7, 1983, págs. 130 y sigs.
[9] Véase F. A. Yates. El Iluminismo Rosacruz, México, FCE, 1983, cap. XV.
[10] Cartas, II, 314b.
[11] Cartas, VII, 341c-d.
[12] La primera mención conocida del término francmasón es del año 1350.
[13] El significado de geometría se encuentra en sus Etimologías, III, 10, 3.
[14] Véase al respecto, EH, «Morir cuero y vivir loco», en La Puerta: Esoterismo en la España del Siglo de Oro, Barcelona, Obelisco, 1990, pág. 10. El caballo don Quijote también conoce la geometría, pues afirma que los «los caballeros andantes verdaderos (…) medimos toda la tierra con nuestros mismos pies» (El Quijote II 6). Asimílese un corazón humilde a los pues, lo más bajo.
[15] Véase Divina Comedia, «Infierno», 9, 61-63: «Oh vosotros, que tenéis el intelecto sano, considerad la doctrina que se esconde bajo el velo de los versos extraños». En el infierno reside la «gente condenada que perdió el bien del intelecto»: «Infierno», 3, 16-18. «La verdad es el bien del intelecto»: Convite, II, 13, 6.
[16] Aristófanes, Aves, 995-1009.
[17] Sobre los misterios egipcios, III, 21
[18] Referido por Aecio, autor cristiano del siglo V. Filolao identificaba los cuerpos geométricos con los dioses; para esta teología de la geometría, véanse las referencias que aporta F. Buffière, Les Mythes d’Homère et la pensée grecque, París, Les Belles Letres, 1956, págs. 98-100 y 591-592.
[19] A.-J. Pernety, Les Fables Égyptiennes et grecques dévoilées, París, La Table d’Éméraude, 1982, vol, I, pág, 273.
[20] Tratado de los Principios, II, 9, Ib, 5-15.
[21] Tifón personifica el mal principio del hombre caído. Su nombre procede del verbo griego tufô, ceguera y llenar de humo.
[22] Los Capítulos de Rabbí Eliezer, 8, 2, Valencia, Biblioteca Midrásica, 1984, pág. 92.
[23] La Constitución de 1723 proyectada por J. Anderson, Barcelona, Alta Fulla, 1998, págs, 31-32.
[24] Ibíd., pág. 47, nota y pág. 53, respectivamente.
[25] «Dios no es una hipótesis, es una nube incandescente, es una piedra translúcida, es una realidad viva para siempre» (L. Cattiaux, El mensaje reencontrado, Málaga, Sirio, 1996, XXVI, 27).
[26] Ibíd., págs. 115-116.
[27] Filosofía Oculta, Buenos Aires, Kier, 1982, págs, 189-190.
[28] Egipto es un hebreo Mizraím, vocablo que proviene de la raíz mzr, cuyo significado es limitar, angustia estrechez. Una de sus derivaciones, yetzer, significa volver consistente; otra, yetzirá, significa formación, creación.
[29] «Le manuscrit Dumfries nº 4 (ca. 1710», introducción y traducción de J.-F. Var, en Travaux… 7, 1983, pag. 43.
[30] E. H., «El Justo y su inmortalidad», en La Puerta, nº 51, 1997, p. 63.
[31] «Le manuscrit Graham (1726)», presentación y traducción de G. Pasquier, en Travaux… 6, 1983, pág. 145. Éste puede considerarse el primer ritual de la masonería que se practica en la actualidad.
[32] En Lucas 3, 23, la genealogía de Jesús comienza en Dios, padre de Adán.
[33] John Dee (1527-1607), matemático, hermetista y astrólogo de la reina Isabel I, es el autor de Monas Hieroglyphica (1564). Desarrolló sus actividades en ambientes cabalísticos y alquímicos, tanto en Gran Bretaña como en el continente. El prefacio a que aludimos es el manifiesto que inspiró un poderoso movimiento de carácter esotérico que pretendía regenerar la civilización cristiana. Su fruto más conocido es el fenómeno Rosacruz, cuyos manifiestos aparecieron pocos años después de su muerte.
[34] Reproducido por E. Mazet en «Euclide», en Travaux… 14, 1987, pág. 65.
[35] «Ars Magica de Ramon Llull», en La Puerta, 1993, págs. 98-99; traducción y presentación de J. M. Rotger. Véase asimismo la presentación de Charles d’Hooghvorst a la obra de Ramón Llull, La Práctica y la Magia Natural, Mataró, Atalanta, 1995, págs, 10-11.
[36] Louis Cattiaux, «Cartas», en Florilegio Catesiano, Tarragona, Arola Editors, 1999, Carta nº 329. Apolo, Cristo, el cuerpo y el hombre representan lo «fijo». El versículo 34 del Libro X se encuentra en su obra fundamental, El mensaje reencontrado, ya citada; el versículo en cuestión dice así: «El hombre puro y perfecto no recibirán más de nueve mujeres nítidas y no menos de tres».

viernes, 30 de abril de 2010

Sabiduría Geométrica, por Titus Burckhardt

Sabiduría Geométrica, capítulo IX de Chartres y el Nacimiento de la Catedral, de Titus Burckhardt, José J. Olañeta, Editor, 1999, Barcelona.

La ayuda espontánea de la población no representaba sino la parte más pequeña del trabajo necesario para la edificación de una catedral como la de Chartres. Para realizar la proeza de llevar a término esta construcción en aproximadamente cuarenta años (las obras empezaron en 1194 y las bóvedas fueron determinadas ya en 1220), hubo que reunir un verdadero ejército de obreros cualificados: canteros, albañiles, carpinteros, vidrieros y techadores, sin contar los carreteros (indispensables al lado de los voluntarios que transportaban las piedras en bruto desde las canteras de Berchères, la arena y la cal para el mortero y los troncos para el mortero y los troncos para los armazones); y, por último, los carpinteros de carros y los herreros, encargados de la reparación de los útiles.

Por lo que sabemos de los obreros constructores de finales de la Edad Media, podemos suponer que los que trabajaban a principios del siglo XIII ya estaban constituidos en corporaciones, que guardaban secretos del oficio y tenían una jurisdicción propia en materias profesionales.

El obispo o el capítulo de la catedral encargaban las obras a los maestros de obras y a los contratistas. Un miembro del capítulo pagaba los salarios con los fondos de la caja alimentada por las donaciones y las limosnas. Un solo maestro de obras era responsable del conjunto de la obra; él establecía los planos siguiendo las directrices generales de sus comanditarios, realizaba una maqueta y, después de la aprobación de ésta por el capítulo, dibuja las diferentes partes del edificio, instalando una cabaña construida especialmente a este efecto. Siguiendo sus instrucciones y bajo su supervisión, los canteros labraban los sillares antes de que los albañiles los ensamblaran. Unas señales indicaban el lugar y la secuencia de los sillares, y unas marcas hechas con el cincel designaban al artesano responsable de tal o cual piedra de la iglesia. No existía ninguna diferencia fundamental entre el cantero y el escultor; incluso el maestro de obras principal, cuando era aprendiz, había cortado piedras en forma cúbica, en cuña, en imposta o en clave de bóveda, antes de elevarse en la jerarquía artística gracias a su experiencia y a sus dotes particulares. Sabemos, por los cuadernos de esbozos del arquitecto picardo contemporáneo Villard de Honnecourt, que el maestro de obras no sólo debía dominar el arte del albañil, del escultor y del carpintero, sino que también debía conocer a fondo la geometría, la estática y la mecánica. Era responsable de todo: desde la colocación de los andamiajes, grúas y otras máquinas para levantar pesos, hasta la ejecución de las estatuas y de los relieves esculpidos en las portadas. Para asegurar una formación técnica y artística de tal diversidad, tuvo que existir, en el seno de la corporación de constructores, un saber probado, transmitido de maestro a discípulo.

El cuerpo gigantesco de la catedral se desarrollaba en altura como un hormiguero: él mismo levantaba la estructura necesaria para su edificación. Unas crujías accesibles mediante escaleras de caracol, que circulaban tanto por el interior de cada piso como a lo largo de los canalones, facilitaban el transporte de los materiales y más tarde iban a permitir el mantenimiento del edificio. Los sillares más pesados se izaban con la ayuda de tornos o grúas instalados en los pisos ya terminados. Una vez que se acaban de levantar los muros laterales de la nave, se tenía la costumbre de cubrirlos con la armazón, cuya estructura servía para suspender las cimbras necesarias para la construcción de la bóveda; al mismo tiempo, las vigas transversales contenían el empuje lateral de las bóvedas. [1]
Cuando uno se representaba a qué escala debían agrandarse los planos y los alzados que el arquitecto había dibujado y presentado al principio (algunos de ellos se han conservado), comprende que una simple transposición de las medidas no era suficiente, dados los medios técnicos de la época. Hay que tener en cuenta que no se disponía de una escala contrastada lo bastante precisa para medir las más pequeñas fracciones de una toesa o un pie y transportarlas luego con certeza a unidades más grades; por lo tanto, era más seguro tomar un esquema geométrico como base del plano y de la construcción; por ejemplo la red constituida por cuadrados iguales, en las basílicas romanas y pregóticas, con la alternancia de los puntos de apoyo. Si se conocían las dimensiones de un cuadrado (en este caso las de un pequeño tramo), se podía marcar el suelo de la obra según esta estructura, y después dibujar los cimientos y el emplazamiento de los pilares. Los romanos no establecían de otro modo sus ciudades y sus campamentos fortificados, y los indios también dibujaban, en el suelo, el trazado de sus templos [2].

Se utilizaba también otro esquema, igualmente derivado del cuadrado, que explotaba proporciones más complejas y que permitía descomponer todas las dimensiones de una construcción, desde las más grandes hasta las más pequeñas, según una proporción en cierto modo orgánica, que no era perceptible en términos numéricos. Villard de Honnecourt recurrió a él para dibujar el plano de uno de los campanarios de la catedral de Laon [3]. Sus diferentes medidas vienen dadas por una serie de cuadrados que se inscriben unos en otros en diagonal; la relación entre una superficie y la otra es de uno a dos, pero la de sus lados es «irracional», es decir, no da lugar a un número finito. Algunos manuales de canteros del gótico tardío mencionan que los rectángulos establecidos de acuerdo con esta proporción están dibujados con arreglo a «la medida justa». En lugar de inscribir el cuadrado más pequeño en diagonal en el más grande, es posible dibujar el primero en un círculo y el segundo, alrededor de éste; es una solución a la que Villard de Honnecourt recurrió en el caso del plano de un claustro; sus muros exteriores correspondían al cuadro más grande, y el jardín, o el patio, al más pequeño. Asimismo, se pueden inscribir otros polígonos regulares unos en otros, de tal manera que sus lados o sus diámetros representan una progresión gradual.

Como las figuras directrices, además del cuadro, los arquitectos de la Edad Medie utilizaron el pentágono, el hexágono, el octógono y el decágono para representar, en forma de relaciones geométricas precisas, los planos o los alzados de sus construcciones. El cuadrado, así como el octógono, se consideraban formas perfectas, símbolos de ese estado último, que escapa a toda posibilidad de modificación, cuyo modelo era la Jerusalén celestial. Sin embargo la proporción más perfecta deriva del pentágono o del decágono: son ellos los que dan lugar a la relación «armónica», la «sección áurea», que se define por la regla de que la parte más pequeña es la más grande lo que ésta es la suma de las dos (o también, que la más grande es a la más pequeña lo que ésta es a la diferencia entre las dos); de este modo la proporción armoniosa, en todos sus aspectos y hasta el infinito.

Se concibe fácilmente que el recurso a formas geométricas directrices pueda dar a la estética del edificio un impacto particular; todas las medidas establecidas con este procedimiento es armoniosa, en todos sus aspectos y hasta el infinito.

Se concibe fácilmente que el recurso a formas geométricas directrices pueda dar a la estética del edificio un impacto particular; todas las medidas establecidas con este procedimiento se refieren a una unidad percibida por el espectador, pero sin que este último sospeche su fundamento geométrico; por el hecho de que no se deja captar de forma cuantitativa, esta unidad no-compuesta representa una unidad real.

Nada es más absurdo que la opinión según la cual el respeto a estas reglas geométricas pueda perjudicar a la creación artística. En este caso, y por lo que se refiere a la música, habría que calificar a los acordes naturales de obstáculos para la melodía. Existe, en efecto, una correspondencia entre las proporciones geométricas y los intervalos musicales. El hecho de elegir unas proporciones derivadas de un polígono regular encuentra su equivalencia sonora en la música modal, tal como la conocieron la Antigüedad y la Edad Media y tal como se practica todavía en las culturas orientales. A cada modo le corresponde una gama dada, construida sobre dos o tres acordes tipo que se refieren a una nota fundamental; esta gama confiere una atmósfera muy precisa a todas las melodías que permite. Apoyándose en el esquema de base del modo, el músico medieval improvisar y desarrollar sus figuras sonoras sin perder el hilo, al igual que el maestro de obras «enmarcado» por el orden geométrico que había elegido, podría permutar a voluntad los elementos, o modificarlos, sin poner en peligro la unidad del conjunto.

El recurso a una figura geométrica directriz o a un esquema modal –que no aparece de un modo evidente pero que tiene por efecto armonizar las diferentes partes de una obra— es la expresión de una concepción del mundo que Dante formuló así: «Todas las cosas del mundo tienen entre sí un orden; y este orden es la forma que hace que el universo sea la imagen de Dios» (Paraíso, I, 103-104).

No siempre es fácil descubrir la ley geométrica que rige una construcción medieval, pues se ignora qué dimensiones se tomaban, cada vez, en consideración: ¿era desde el centro de una columna hasta el centro de la siguiente, o el espacio entre los fustes, o la distancia entre el zócalo y el capitel, o desde el suelo a la imposta? Sea lo que fuere, si reconsigue reconocer el esquema de base, impresiona la maestría con la que fue aplicado: aun cuando las cuerdas que servían de compás y de reglas fueran más o menos extensibles, las medias son en general precisas con una diferencia de pocas pulgadas.

Se ha podido calcular recientemente [4] que el campanario sur de Chartres –uno de los raros campanarios perfectamente conservados de estilo gótico naciente y construidos de una sola vez— obedece en todas sus dimensiones a una estructura proporcional en forma de rosa, nacida de la alternancia regular de los octógonos inscritos unos en otros. Esta estructura octogonal, que se desarrolla en el piso superior del campanario para culminar en el «cristal» agudo de la cubierta, es igualmente la forma interior que determina todos los ritmos de la obra.

Otra forma directriz contribuyó al plano de la catedral: el pentágono o el decágono [5]. Esto parece tanto más sorprendente cuanto que el maestro, que concibió (y sin duda ejecutó) los planos de la nueva catedral, edificó este claro espacio gótico sobre los fundamentos de la nueva basílica románica del siglos XI. Ésta, cuya nave no estaba abovedada sino cubierta por un techo plano de madera, tenía como base el plano cuadrado. Además de los cimientos de los muros exteriores, que decidían en gran media el trazado del nuevo edificio, subsistían las criptas, que correspondían al deambulatorio y a las naves laterales antiguos y que determinaban la disposición de las arcadas de la nave central. El creador del nuevo edificio englobó las capillas radiantes del antiguo coro (independientes unas de otras) en el espacio común, donde se convirtieron en ábsides luminosos, más o menos profundos, en la pared este del coro. Esto dio origen a un nuevo deambulatorio exterior, a lo largo de las naves laterales, que fue prolongado hasta el nuevo transepto de tres naves. La basílica románica del siglo XI no tenía transepto; sólo durante el siglo XII se añadieron, a cada lado del coro, dos cruceros dotados de entradas. El arquitecto de la nueva iglesia estableció su transepto mucho más al oeste, en medio del edificio. Sobresale poco de cada lado pero, con la interpretación de sus naves y la nave central, abre como un vasto claro en el bosque de los pilares. En el anuncio de la nueva tendencia gótica de condensar el espacio en una concentración luminosa.

El crucero del transepto es más ancho que largo, en la misma relación que hay entre el lado de un pentágono y el radio del círculo en que se inscribe. El crucero manifiesta así la ley geométrica que rige tanto las proporciones del plano de base como las del alzado. Respetando la disposición de la iglesia románica, las naves laterales tienen la mitad de anchura que la nave central; esta relación simple de uno a dos concuerda con la proporción armónica presente en el crucero y da origen a una trama perfecta de tramos grandes y pequeños.

El maestro de obras de Chartres no hizo corresponder, como era el caso en las catedrales anteriores, dos tramos laterales con cada tramo de la nave central, los hizo avanzar a ambos con el mismo ritmo, dividiendo la nave central en tramos de poca profundidad pero muy estirados en anchura.

Se inspiró en el modelo de Sens y suprimió las tribunas, conservando sólo la galería del triforio como separación entre las arcadas y las ventanas altas. Lo aprovechó para hacer subir hasta muy arriba estas ventanas, más arriba de lo que ningún arquitecto se había atrevido a hacer hasta aquel momento, y liberó a los muros del empuje de las bóvedas, transfiriéndolo, por medio de los arbotantes en cuarto de círculo, a los pilares que rodean al edificio como delgadas torrecillas. Este descubrimiento permitió abrir la casi totalidad de los muros exteriores a las vidrieras, con la excepción de la zona ciega del triforio que correspondía al techo de las naves laterales –zona que más tarde, en las catedrales de Beauvais y de Colonia, también iba a abrir la luz—.

La nave está estructurada de forma clara y sin rigidez; en su longitud, por pilares en haz, y en altura, por simples cornisas. La cadencia de los pilares está ritmada por la alternancia de pilares redondos de columnas octogonales y pilares de ocho caras rodeados de columnas redondas. La disminución de los pisos del edificio es regular sin monotonía, pues sigue la armonía inherente al decágono regular, él mismo inscrito en el pentágono que rige la traza del conjunto. La longitud del crucero del transepto vuelve a encontrarse en la altura de los pilares entregados (desde las columnas de las arcadas hasta la base de las bóvedas), en la anchura de la nave (si se mide entre los pilares) y en la altura de la bóveda de las naves laterales. Si se buscan proporciones que correspondan a la sección áurea, se ve que la altura de la nave central, desde el suelo hasta lo más alto de la bóveda, tiene por parte pequeña la distancia entre el suelo y el inicio de la bóveda; la parte pequeña tomada luego en consideración a la altura de las columnas entregadas, desde las columnas de las arcadas hasta el inicio de la bóveda, después es la altura misma de estas columnas, desde el plinto hasta la punta de los arcos, y finalmente, la distancia entre estos últimos y la cornisa inferior. Esta cadencia armónica se asocia, como sobre el plano de base, a la relación simple de dos a uno, que manifestaba la posición de la cornisa superior del pilar entregado [6].

La cascada de proporciones se deduce de las medidas precisas efectuadas en las diferentes partes del edificio. Según Otto von Simson, dan la serie siguiente: 36, 40; 22, 46; 13, 85; 8, 61; 5, 35 metros. Sin embargo, es mediante la geometría como se pueden descubrir más relaciones armónicas, como lo muestra nuestro esquema (pág. 147).

Esta evidencia, este acorde perfecto, el espectador los percibe de forma inconsciente mucho más de lo que es capaz de verificarlos mediante el cálculo. Y esto tanto más cuanto que en los siglos XVII y XVIII (cuando «gótico» quería decir «bárbaro»), el cuerpo de piedra –de ritmo demasiado tenso— fue recubierto de estuco, disfrazado con grandes escenas a la antigua, de una legibilidad accesible a todo el mundo.

Sin embargo, ¿quién podría parar el impulso de estas bóvedas que nace en las columnas en haz de las arcadas y se apoya en los pilares entregados? Las bóvedas no están simplemente apoyadas en los pilares, como tampoco éstos están simplemente adosados a los muros. Todos los elementos, bóvedas, paredes y pilares, constituyen un conjunto orgánico semejante al cáliz de una flor, con sus nervaduras y sus membranas. En la ascensión abrupta del abanico de las bóvedas ya se anuncia el milagro del estilo gótico flamígero. Aun cuando el mismo núcleo de piedra, sus salientes y sus redondeces sean todavía materia bruta, su pesadez ha sido vencida. Las bóvedas, allí donde se unen la curva de las nervaduras, la punta aguda de los arcos perpiaños y la de los arcos formeros, se despliegan como hojas. Escoto Erígena [7] enseñaba que los estados inferiores de la existencia serían absorbidos, al final de los tiempos, en los estados superiores: el mundo mineral en el vegetal, el vegetal en el animal, el animal en el psíquico y este último en el espiritual puro; y ello no por una mezcla de las formas, sino al término de una reinmersión de la substancia más grosera en la más sutil. La formación misma del templo gótico parece prefigurar esta mutación.

«Como a los miembros de un cuerpo poderosos, Dios atribuyó a cada naturaleza, distinguiendo la situación y el nombre, la medida apropiada y el papel conveniente. Nada confuso había en Dios, ni informe, en ese tiempo precursor, pues la materia de las cosas, apenas creada, era formada enseguida según las especies correspondientes […]. Lo englobó todo, consolidó lo interior, protegió lo exterior, cuidó de lo alto y sostuvo a lo bajo, al tiempo que enlazaba los diferentes elementos con un arte insondable, reconciliando y uniendo los contrarios en un equilibrio maravilloso, haciendo fuerza sobre los ligeros para que no escaparan y sosteniendo a los pesados para que no se derrumbaran». Así es cómo, en el siglo XII, cuando vivía en Bonneval, cerca de Chartres, el abad Arnold describía la Creación [8]. Sus escritos nos dan una idea de lo que podía representar la construcción de una catedral para los hombres de esa época, y hasta qué punto su realización técnica ya era en sí misma una imagen de la creación.

Según la Biblia, Dios ordenó todas las cosas «según la medida, el número y el peso». Los filósofos de la Edad Media dedujeron de ello que medida, número y peso eran los diferentes aspectos de un único y mismo orden de las cosas. Encontraron la confirmación de este hecho en las leyes de la estática; según la ley de la palanca, por ejemplo, los pesos dispuestos a cada lado de un eje se equilibran en una relación inversamente proporcional a la longitud de la palanca: por esto la superficie, la cantidad y el peso se subordinan unos a otros según la ley de la proporción.

A principios del siglo XIII ya se enseñaban que el equilibrio de un cuerpo resultaba de la anulación recíproca de dos fuerzas antagónicas [9]. Este descubrimiento sin duda fue determinante en las decisiones de construcción de las catedrales góticas, en particular para la utilización de contrafuertes y arbotantes. De lo que podemos estar seguros es de que el maestro de obras gótico hacía de la unidad geométrica una exigencia no sólo de armonía sino también de estabilidad. El arquitecto Jean Mignot, al lanzar su célebre fórmula a los arquitectos de la catedral de Milán: ars sine scientia nihil est («el arte sin la ciencia no es nada»), les ponía en guardia contra el peligro de apartarse de las proporciones regidas por una figura directriz y el riesgo de ver derrumbarse el edificio. Los italianos, para quienes el gótico era en definitiva algo ajeno, replicaron que un elemento de construcción colocado a plomo no podían caer; no obstante, por seguridad y para asegurarse de desmentir la teoría de Mignot, reforzaron sus pilares con piezas de hierro [10]

Así pues, la figura geométrica directriz, en la que se inscribía el plano de una catedral y que a su vez se inscribía en un círculo, tenía también la función de asegurar la estabilidad del edificio, la cual no reside en tan sólo en la inercia de las masas, sino en el equilibrio de las fuerzas que se enfrentan. En efecto, el dibujo en sección de una catedral como Chartres, con sus arbotantes en cada lado, parece inscribirse en un círculo cuyo centro se sitúa aproximadamente a media altura de la nave central.

La forma entera de la catedral gótica parece proceder de la división armónica del círculo. Cómo para hacer manifiesto este principio también a los ojos de los ignorantes, el centro de la fachada de la iglesia está señalado por la rosa geométrica del gran rosetón.

En su Convite, Dante dice que la geometría se mueve entre dos magnitudes no mensurables: el punto, que está en el origen de toda figura pero carece él mismo de extensión, y el círculo (o la esfera), cuya forma no se deja agotar por ninguna subdivisión; ambos son símbolos de la unidad divina.

Dante vivió un siglo más tarde que los constructores de las primeras catedrales; su gran poema es, sin embargo, el perfecto contrapunto de éstas, pues expresa en verso una visión del mundo que se puede calificar de gótica. Si las grandes catedrales góticas hubieran nacido en Italia, tal vez no habría existido la Divina Comedia: es raro que aparezcan grandes sumas espirituales en el mismo momento en campos artísticos distintos.

Dante, al final de su Divina Comedia, recurre a un símbolo que da a la subdivisión del círculo (el alfa y el omega de la geometría arquitectónica gótica) y su significación suprema; en el ser divino, que se aparece al poeta en la forma de un triple círculo de luz, se dibuja el arquetipo del ser humano. «Como el geómetra, que se aplica a cuadrar el círculo y no encuentra, pensando, el principio que necesita, estaba yo ante aquella nueva visión; quería ver cómo se adaptaba la imagen al círculo y cómo se inscribía en él» (Paraíso, XXXIII, 133-138).

Saber dónde situar el compás para hacer derivar del círculo cierta forma o, inversamente, partiendo de una forma dada y de su figura directriz, saber encontrar la unidad del círculo, era para los constructores de la Edad Media el súmmum del arte. Esta técnica no podía aplicarse de manera esquemática, sino que debía adaptarse en cada caso a las variaciones de las condiciones materiales y geográficas, con discernimiento y sobre la base de una idea creadora. La plena posesión de esta técnica era una prueba irrefutable de maestría. Sensibilidad artística y conocimiento intuitivo debía debían unirse, pues encontrar el centro alrededor del cual todas las formas se ordenan es el símbolo –y también el eco— de la conciencia adquirida, en el interior del ser, del centro espiritual: esta referencia en el fondo del corazón, en función del cual se define nuestra existencia. Encontramos el eco de esto en los dichos de los canteros del gótico tardío [11]:

«Un punto que va a lo largo del círculo
Que se inscribe en un cuadrado y en un triángulo:
Lo encontráis, y lo tenéis todo.
Y habéis salido del sufrimiento, de la angustia y del peligro;
Y sois maestros del arte entero,
Si no se comprende, entonces es en vano…

Arte del compás y justicia,
Don que, sin Dios, nadie posee…»


Notas:
[1] John Fitchen, The Construction of Gothic Cathedrals, Oxford, 1961.
[2] Stella Kramrisch, The Hindu Temple, op. cit., cap. II.
[3] W. Ueberwasser, «Nach rechtem Mass», in Jahrbuch der preussischen Kunstsammlung, 56, 1935.
[4] Otto von Simson, The Gothic cathedral, op. cit., appendix by Érnst Levy.
[5] Otto von Simson, op. cit.
[6] Otto von Simson, op. cit.
[7] Escoto Erígena, Periphyseon.
[8] J. M. Parent, La doctrine…, op. cit.
[9] P. Duhem, Les Origines de la Statique, París, 1905.
[10] J. S. Ackermann, «Ars sine scientia nihil est, Gothic Theory of Architecture at the Cathedral of Milan», in Art Bulletin, XXXI, 1949
[11] C.Alhard von Drach. Das Húttengeheimis vom gerechten Steinmetzen – Grund, Marburgo, 1897.