miércoles, 22 de febrero de 2012

Catecismo anexo al ritual del Lapis Reprobatus Secretum Custoditum

Nota Keystone: Ponemos en conocimiento de nuestros lectores la siguiente información que nos ha facilitado la Editorial Librería Pardes:

Noticia original referida al "Lapis Reprobatus Secretum Custoditum".


La Editorial Librería Pardes acaba de poner a disposición de los Maestros Masones al precio de 3 € el Catecismo que, hasta ahora se entregaba conjuntamente con el ritual Lapis Reprobatus Secretum Custoditum de la misma editorial.

Los autores han buscado reflejar en este texto sintético de 100 preguntas y respuestas (33 de Aprendiz, 33 de Compañero y 33 + 1 de Maestro) los aspectos esenciales de la doctrina masónica escocesa, recogida en más de un centenar de Old Charges, a partir de los cuales se declinan aplicaciones más concretas y prácticas, como pueden ser los códigos morales masónicos.

Escrito desde el máximo respeto a la Tradición, constituye una pequeña joya que refleja fielmente el más genuino espíritu escocista.

Más información en:


info@libreriapardes.com
www.lapisreprobatus.com

martes, 21 de febrero de 2012

Palabra

Las Tres Grandes Luces
Entrada del "Diccionario Masónico. Simbolismo y Aspectos Históricos según la Tradición", Alexis Hatman, Revista Letra y Espíritu, Barcelona, 2007.

El Aprendiz y el Compañero sólo pueden «deletrear» sus palabras sagradas; únicamente el Maestro puede, a partir de sus elementos literales tomados separadamente, reconstruir la Palabra, es decir, «recobrar la Palabra Perdida», que, en su sentido más profundo, es el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·.; dado que el nombre verdadero de un ser es la expresión de su esencia misma, la reconstitución del nombres es, pues, simbólicamente, lo mismo que la de ese ser.

Mientras se permanece en la multiplicidad de la manifestación sólo se puede deletrear el nombre del Principio discerniendo el reflejo de sus atributos en las criaturas, expresándose de modo fragmentario y disperso. [1]

La «palabra sagrada» del grado de Maestro es manifiestamente una «palabra substituída», por otro lado deformada de varios modos, hasta el punto de haber dado lugar a dos palabras supuestamente distintas, una «palabra sagrada» y una «palabra de pase», intercambiables según los distintos ritos, y que en realidad no son más que una. Si se restituye la forma correcta de esta «palabra substituída», se ve que en realidad es una pregunta, y la respuesta a la cuestión planteada sería la verdadera «palabra sagrada» o «palabra sagrada», es decir, el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·. [2]

La «palabra sagrada» es identificada simbólicamente al Tetragrama. [3]

Según la leyenda, la «palabra» de los Maestros estaba en posesión de tres personajes que tenían el poder de comunicarla: Salomón, Hiram, rey de Tiro, e Hiram Abi, como para comunicarla regularmente y en forma ritual, era necesario el concurso de los «tres primeros Grandes Maestros», al morir Hiram-Abi, esta comunicación se hizo imposible. [4]

 La silaba es el elemento realmente indivisible de la palabra pronunciada; es de señalar que hasta la «palabra substituída», siempre está compuesta por tres sílabas, que son enunciadas separadamente en su pronunciación ritual. [5]

El identificar simbólicamente el Tetragrama con la «palabra perdida» apunta a una pronunciación trisilábica del mismo; el estar formado por cuatro letras, se puede decir que es expresión de su aspecto «substancial», mientras que la pronunciación, con la voz mediante tres sílabas hace referencia a su aspecto «esencial». [6]

En la India, la Shakti (=Shejinah: la Presencia divina) está explícitamente identificada con la diosa Vach (la Palabra). [7]

La forma fragmentada en que se transmite la palabra sagrada forma parte de una técnica muy antigua para el aprendizaje de la lectura, que de entrada se hacia letra a letra, después sílaba a sílaba, acabando con la memorización de la palabra entera. Esta técnica permitía anclar la palabra a la memoria como una imagen, o como un grupo de imágenes (letras, sílabas) lo que permitía jugar con ellas y establecer nuevas relaciones de sentidos. [8]

Ciertamente es paradójico constatar que aquello que tiene relación con el mundo de la completitud no puede ser transmitido más que en forma fragmentada. [9]

Un ritual americano propone una variante interesante en la transmisión de la palabra de primera grado, deletreándose ABOZ, aunque se lea B--- [10]

Los Ritos Antiguos (Rito Escocés Antiguo y Aceptado y anglosajones) tienen B--- como palabra sagrada de Aprendiz y J---- como de Compañero, pero la situación se invierte en los Ritos Modernos, que además tienen una palabra de pase para el Grado de Aprendiz. Una palabra de pase es coherente en la lógica de paso de un Grado a otro. En efecto, se comunica muy poco antes de que un candidato a otro Grado sea aceptado para dar el paso. No es el caso del candidato profano que no posee nada en el dominio iniciático [11]

Si se restituye la forma correcta a la «palabra sagrada» del grado de Maestro, uno se da cuenta de que su sentido es completamente distinto de aquellos que le son atribuidos: esta palabra en realidad no es sino una pregunta, y la respuesta a esta pregunta sería la verdadera «palabra sagrada» o la «palabra perdida», es decir, el verdadero nombre del G.·.A.·.D.·.U.·. [12]

Según Guénon, esta «pregunta» se lee mejor aún en árabe que en hebreo; añade Tourniac que está designada por las dos letras hebreas que sellan el mandil del Maestro Masón en algunos ritos, dos letras de valor numérico total 42, es decir, 3 x 4. [13]

Notas:
[1] René Guénon, “Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada”, EUDEBA, 1988, cap. XLVI.
[2] René Guénon, “Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage” vol. II, Editions Traditionnelles, 1995, Paris, pp. 36-37
[3] Idem, p. 38
[4] Idem, p. 45
[5] Idem, p. 46
[6] Idem, p. 48-49.
[7] Patrick Geay, “Mystères et significations du Temple maçonnique”, Éditions Dervy, Paris, 2000, p. 126.
[8] Philippe Langlet, “Des Rits maçonniques” vol. I, Éditions Dervy, Paris, 2004, p 356.
[9] Idem, p. 360.
[10] Idem, p 354.
[11] Idem, pp. 402-403.
[12] René Guénon, “Études sur la Francmaçonnerie et le Compagnonnage” vol. II, Editions Traditionnelles, 1995, Paris, p 37.
[13] Jean Tourniac, “Les Tracés de Lumière”, Éditions Dervy, 1987, Paris, p. 37.







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domingo, 29 de enero de 2012

Emir ‘Abd al-Qâdir, maestro sufí y masón.

Diploma de la Iniciación a la Franc-Masonería
a nombre del Emir 'Abd al-Qâdir


'Abd al-Qâdir al-Yaza’iri ibn Muhy al-Din, también conocido como Abdelkáder o Abdel Kader, cuyo nombre significa “Servidor del Todopoderoso”, fue emir de Argelia y actualmente es considerado héroe de la resistencia contra la ocupación francesa y origen del Estado argelino moderno. Nació en Mascara (Argelia) el 6 de septiembre de 1808 y murió en Damasco (Siria) en mayo de 1883.

Su padre, Sidi Muhy al-Din, fue sheij de la orden sufí Qadiri y autor del Kitab irsah al-muridin, destinado a los novicios en la gnosis. Su madre, una mujer cultivada, era hija del sheij Sidi Buduma, jefe de una importante zauiya. Mientras que para algunos historiadores el emir ‘Abd el-Kader sería descendiente de una parte de la tribu berber de los Banu Ifren, es tenido al mismo tiempo como descendiente del profeta Mahoma.

Niño precoz, podía leer y escribir con 5 años, es autorizado a comentar el Corán y las tradiciones proféticas a los 12, y dos años más tarde, lleva el título de “Hafiz”, destinado a aquellos que saben por entero el Corán de corazón. Con 8 años peregrina por primera vez a la Meca en compañía de su padre, continuando después su educación religiosa con su tío paterno en el estudio del Corán, con el que al tiempo aprende los principios de la geometría, la astronomía, la ciencia física, la moral, equitación y el uso de las armas. A los 18 años se traslada a Orán donde aprende política con Ahmed ben-Kodya. Se le recuerda además por su hábil inteligencia y prodigiosa memoria que hacia que pudiera citar a muchos filósofos griegos y árabes, así como disertar sobre Platón, Pitágoras, Aristóteles, o narrar hechos de historia antigua y moderna, así como otros conocimientos sobre filología, geografía e incluso medicina.

El emir ‘Abd al-Qâdir fue además de jefe militar, político, poeta, filósofo, teólogo y maestro sufí de la rama darqawi de la tariqa Shadhiliyya. Como jefe militar resistió durante quince años (1832-1847) a las tropas de África del cuerpo expedicionario francés después de la conquista de Argelia, iniciando el levantamiento contra los franceses mediante un llamamiento a la Guerra Santa y sitiando Orán en 1832. Ese mismo año es proclamado príncipe de los creyentes.  En 1837, después de varios años de guerra, se le concede el control de la provincia de Orán y parte de la de Argel mediante el Tratado de Tafna. En 1839 es derrotado por las tropas francesas que en 1843 ocupan por entero Argelia. Refugiado en Marruecos, se alía al sultán marroquí ‘Abd al-Rahman que es derrotado en la battalla de Isly en 1844, lo cual le obliga a entregarse a los franceses en 1847. En Francia se le mantiene como prisionero en Toulon y en Pau hasta que en 1852 se le concede la libertad con honores. Una vez libre marcha a Bursa (Turquía) en 1853, aunque un terremoto que destruye la ciudad, hace que se traslade por un tiempo a Estambul; después de conseguir los permisos del gobierno francés y turco viaja a Damasco donde reside desde 1855 hasta su muerte. Allí enseñará teología en la mezquita de los Omeyas y crea en su residencia una vasta biblioteca haciendo acopio de numerosos libros y manuscritos provenientes de múltiples países, entre los cuales se encuentra la Futûhât al-Makkiyya de Ibn ‘Arabî.

El Emir Abd al-Qâdir
En 1860, los enfrentamientos entre las comunidades del Líbano se extienden hasta Damasco, donde drusos y fanáticos sunnitas atacan los barrios cristianos de la ciudad. El emir ‘Abd al-Qâdir interviene como jefe militar en los enfrentamientos para proteger a la comunidad cristiana que se refugia en el barrio argelino, hecho por el cual la República Francesa le concede la gran cruz de la Legión de Honor, además de recibir otros reconocimientos por parte del emperador de Prusia, del Zar de Rusia o del Papa que le concede la Orden de Pío IX. Entre estos reconocimientos figuran el de varias Logias masónicas, de una de las cuales, la R.·.L.·. Henri IV del GOF, partirá una propuesta para recibir la Luz. Tras la batalla se retira varios días a la tumba de Ibn ‘Arabî para rezar, meditar y ayunar. Consagra el resto de su vida a obras de beneficencia, al estudio de textos científicos y sagrados, y a la meditación. Al morir es enterrado junto a la tumba de su maestro Ibn ‘Arabî, aunque sus restos fueron trasladados a Argelia en 1966 a petición del gobierno argelino.

Aunque los historiadores se han centrado principalmente en su vida política y militar, el emir ‘Abd al-Qâdir fue un reconocido maestro sufí. Su vinculación le venía ya desde su padre, sheij de la tariqa Qadiriyya en Argelia, donde participó. En la peregrinación a la Meca (el-Hajj) de joven junto a su padre conoció en Damasco al gran maestro Jalid al-Bagdadi, de la orden Naqshbandi. Una vez exiliado, realizó de nuevo la peregrinación donde se vincula al maestro shadilî Muhammad al-Fasi al-Shadili (m. 1289 h.) de quien obtiene la instrucción espiritual y con quien recibe la apertura espiritual de la Meca. En su vida también destaca una especial relación espiritual con Ibn ‘Arabî, al que él reconoce como su maestro en varios de sus escritos, así como en diferentes episodios que marcan esta elección, tal y como en su llegada a Damasco donde, antes de ser recibido oficialmente, se desvía para visitar la tumba de Ibn ‘Arabî, maestro sufí andalusí, o el que se le concede para residir la misma casa donde Ibn ‘Arabî residió en el casco antiguo de Damasco, en el barrio de sayda Ruqayya, y el que su obra más importante, Kitab al-Mawaqif, recoge, a petición de sus discípulos, sus comentarios a las obras de Ibn ‘Arabî. Dentro del sufismo, ocupa hoy, un lugar destacado, pues además de ser el reintroductor de la obra de Ibn ‘Arabî en Siria, fue el introductor de la rama darqawi de la Shadhiliyya en la tierra de Sham.

Finalmente, es necesario destacar, además de la mención que hemos realizado arriba de pasada, y motivo por el cual le dedicamos esta entrada, que el emir ‘Abd al-Qâdir, fue iniciado en la Masonería, después de recibir la invitación a recibir la  Luz, en la R.·.L.·. Henry IV, del GOF, por su defensa armada de la comunidad cristiana en Damasco durante los sucesos de julio de 1860. De esta recepción se muestra el correspondiente diploma en el encabezamiento de esta entrada.

(Enlace a la revista Oriente e Occidente, donde se dedica el número 15 por entero a glosar la figura del emir 'Abd al-Qâdir como masón. http://www.oriente-e-occidente.com/N04.html )

martes, 20 de diciembre de 2011

La Memoria Inútil; por 'Umar

Artículo publicado en la revista francesa "Vers la Tradition", nº 62, enero-febrero de 1996.


En nuestro artículo sobre "La piedra cúbica en punta" [1], habíamos indicado que las observaciones sobre los símbolos son accesibles a todo "iniciado" sin exigir por su parte una "cultura" cualquiera, sea ésta religiosa, científica, semántica o teológica. El presente artículo se propone desarrollar esta afirmación y demostrar su fundamento y su veracidad, basándonos en lo que nos dice René Guénon sobre la metafísica y, más particularmente, en su conferencia titulada "La Metafísica oriental", de la cual extraemos las citas que seguirán a continuación.

Intentaremos así hacer comprender que la "realización" se obtiene a través de la progresiva supresión de los "conceptos", y no por la acumulación, por racional que sea, de lo que los modernos, erróneamente, acostumbran a llamar "conocimientos".

Ciertamente, Aristóteles nos enseña que "el alma es todo lo que conoce". La lectura superficial de esta afirmación está en la base de toda la enseñanza actual, que consiste en acumular "conocimientos" sobre todos los temas posibles, y más específicamente los conocimientos llamados filosóficos, históricos, científicos, lingüísticos, tecnológicos, etc., según la idea primaria de que "cuanto más se sabe, más rico es este saber".

Ahora bien, se observará que esta "culturización" exige, sin excepción alguna posible, la posesión (o la adquisición mediante las técnicas apropiadas) de una memoria muy sólida. Por otra parte, son innumerables los "institutos" que proponen métodos de adquisición o de fortificación de la memoria, e incluso "métodos de lectura rápida".

E incluso en el seno de las propias organizaciones iniciáticas esta idea está de tal forma admitida que se exige a la mayoría de los candidatos a la iniciación una "cultura" previa a su admisión, pudiendo llegar hasta una preferencia por los "universitarios", y esto tanto más cuanto que tales organizaciones creen absurdamente haber pasado de lo operativo a lo más puramente especulativo.

De hecho, si juzgamos según la proliferación de los "diccionarios de los símbolos", o según la multiplicidad a menudo anárquica de términos hebreos, desviados o no, en los rituales de los Talleres llamados "superiores", no se podría acordar un prejuicio favorable al candidato cuya memoria de conocimientos profanos o exotéricos no alcance un nivel mínimo.

¿No se llega incluso a pedir al postulante, según el "tinte" característico del taller, el conocimiento actualizado del salario mínimo interprofesional, de las organizaciones sindicales en vigor, de la historia de la revolución francesa o de los filósofos más recientes, cuando no de los escritores más discutibles, al estilo de Sartre, Teilhard de Chardin, Aragon, Marcuse, Marx, Freud, Jung y tantos otros?

Así, aquel cuya memoria no haya sido solamente mantenida, sino también desarrollada, no tendría posibilidad alguna de acceder a la "realización metafísica", que es, no obstante, el objetivo último de la iniciación.

Ahora bien, Aristóteles dijo que "el alma es todo lo que conoce", y no "todo lo que sabe". Esta deformación de la idea de "conocimiento", indebidamente asimilada al "saber", conduce incluso a los más aptos a la desilusión y a la renuncia, y no dejar subsistir, en las altas esferas de la Franc-Masonería, más que a universitarios, para los cuales, evidentemente, las posibilidades de realización están, muy a menudo, en razón inversa a sus numerosas cualificaciones profanas. Y ello porque esta aptitud para la memorización de los datos o hechos más diversos y a menudo más disparatados es un verdadero obstáculo en la vía del conocimiento metafísico, que es, como nos dice René Guénon, "el conocimiento supra-racional, intuitivo e inmediato" de lo que "está más allá de la naturaleza", es decir, de lo "sobrenatural".

Tal como está aquí enunciado, este conocimiento aparece como la antítesis de la memoria, definida ésta como "la facultad que consiste en conservar los estados de conciencia pasados y los conocimientos adquiridos, y de poder evocarlos a voluntad".

Incluso si se admite generalmente que la memoria es evolutiva y que se modifica en función de la naturaleza de las cosas memorizadas, no es menos cierto que todo el saber moderno está condicionado por la buena conservación de los conceptos y de los hechos registrados.

La definición de la memoria precisa que se trata, ya de estados de conciencia, ya de conocimientos adquiridos: y esto es evidente, puesto que lo que debe ser conservado proviene necesariamente del exterior. Se habla incluso de "almacenar" los datos conceptuales, sean compatibles entre sí o no.

Ciertamente, René Guénon admite que "…los medios de la realización metafísica… deben estar al alcance del hombre", y que " …es en las formas que pertenecen a este mundo, donde se sitúa su manifestación presente, que el ser tomará un punto de apoyo para elevarse por encima de este mundo; palabras, signos simbólicos o procedimientos preparatorios cualesquiera no tienen otra razón de ser ni otra función… son soportes, y nada más".

Así, se podría creer, como muchos piensan, que cuantos más símbolos, palabras y signos conoce un iniciado, derivados de las lenguas sagradas antiguas o actuales, más oportunidades tendrá de acceder al conocimiento metafísico. Abundan así los "trabajos" llenos de citas en sánscrito, en hebreo, en árabe, con el loable aunque a menudo estéril objetivo de enriquecer e ilustrar los conceptos desarrollados. Si a veces ocurre que estas citas tienen como efecto el poner de relieve la universalidad de un concepto, a menudo el resultado obtenido consiste en dispensar al lector de profundizar por sí mismo su propia reflexión sobre los símbolos.

Ahora bien, Guénon nos pone inmediatamente en guardia a este respecto al precisar que "…no confundamos un simple medio con una causa en el verdadero sentido de la palabra", y que "no debemos entender la realización metafísica como un efecto cualquiera de algo, porque no se trata de la producción de algo que no exista todavía, sino de la toma de conciencia de lo que está, de manera permanente e inmutable, fuera de toda sucesión temporal o de otro tipo, pues todos los estados del ser, considerados en su principio, están en perfecta simultaneidad, en el eterno presente".

Lo que es permanente e inmutable no tiene evidentemente ninguna necesidad de ser memorizado ni conservado. Mientras que la memoria supone un conocimiento cronológico de los hechos memorizados, el conocimiento puro exige, por el contrario, una abolición de las condiciones temporales, y quien está en la vía debe primeramente franquear las limitaciones de las condiciones temporales, a fin de que la aparente sucesión de las cosas pueda transmutarse en simultaneidad y pueda nacer en él "el sentido de la eternidad, facultad ésta desconocida por el hombre ordinario".

E insiste: "Esto es de una extrema importancia, pues quien no pueda escapar del punto de vista de la sucesión temporal y considerar todas las cosas de modo simultáneo es incapaz de la menor concepción de orden metafísico. Lo primero que debe hacer quien verdaderamente quiere llegar al conocimiento metafísico es situarse fuera del tiempo, diríamos incluso situarse en  el no-tiempo".

Se podría objetar que la memoria permite, precisamente, restituir en un instante dado hechos que están registrados en el tiempo, incluso en épocas muy alejadas unas de otras, y que sería así una herramienta al servicio del no-tiempo, o que podría dar una buena imagen de éste.

Esto sería olvidar que la memoria está totalmente sometida a la cronología, ya que es la "conservadora" por excelencia. Hay entonces un verdadero abismo entre el eterno presente, o no-tiempo, y el recuerdo de acontecimientos que no pueden ser memorizados sino en el tiempo.

Es ésta la razón de que tal distinción sea de una extrema importancia, pues es a causa del aparente mecanismo de la memoria que el hombre experimenta grandes dificultades para evadirse de la condición temporal. Cuando Sri Nisargadatta Maharaj nos ofrece el ejemplo del niño que dice "yo" y, convertido en anciano, continúa diciendo "yo", nos hace entrever el no-tiempo del "Sí", absolutamente independiente de la memoria. Precisa incluso que nuestros miedos son el producto del recuerdo de nuestros dolores, y que nuestros deseos nacen del recuerdo de nuestros placeres.

Así, quienes entran en la iniciación deben comprender que la metodología ritual que practican, lejos de beneficiarse de sus adquisiciones profanas, tiende, por el contrario, a ponerlas en duda.

Ciertamente, como dice Guénon, "estos medios podrán, en el punto de partida, ser casi indefinidamente variados, pues, para cada individuo, deberán ser apropiados a su naturaleza especial, conforme a sus aptitudes y sus disposiciones particulares".

Pero añade que "no hay ninguna dificultad en reconocer que no existe medida común entre la realización metafísica y los medios que conducen a ella, o, si se prefiere, que la preparan. Ésta es por otra parte la razón de que ninguno de estos medios sea necesario, de una necesidad absoluta; o, al menos, no hay sino una sola preparación verdaderamente indispensable, y es el conocimiento teórico".

Observamos así inmediatamente que el conocimiento teórico no precisa de la ayuda de la memoria, puesto que se apoya en principios inmutables y no en la sucesión aparente de los efectos que pueden ocasionarse y que, por otra parte, son lo único que puede ser memorizado.

Incluso el conocimiento teórico, según nos dice Guénon, "no podría llegar muy lejos sin un medio al que debemos considerar como el que desempeñará el papel más importante y más constante: este medio es la concentración… Todos los demás no son sino secundarios con respecto a éste; sirven sobre todo para favorecer la concentración y para armonizar entre sí los diferentes elementos de la individualidad humana, a fin de preparar la comunicación efectiva entre esta individualidad y los estados superiores del ser".

Ahora bien, esta "concentración", que puede ser identificada con la "meditación", es la actitud opuesta al acto de memorización, que es la expresión misma de la exteriorización de las cosas individuales memorizadas.

Y para volver de nuevo a nuestro anterior artículo, no se puede, "geométricamente", situar mejor y simbolizar esta "concentración" sino en la Punta de la Piedra cúbica, donde no puede subsistir ningún acto de memorización.

Observemos, por lo demás, que la memoria no está sometida sólo a las condiciones temporales: ella comprende igualmente las condiciones espaciales, en la medida en que lo que tiende a conservar pertenece también al dominio de la forma. Ya se trate de fórmulas matemáticas, de conceptos sobre la materia, de cosmología, de imágenes del pasado o incluso de reglas gramaticales, todos nuestros recuerdos revisten, más o menos, una cierta forma espacial que contribuye, por su propia naturaleza, a facilitar la memorización. Y, quizá, reflexionando un poco, descubramos que es ésta la condición necesaria de la memorización.

Ahora bien, nos dice Guénon que la segunda fase de la realización metafísica "se refiere a los estados supra-individuales, pero todavía condicionados, aunque sus condiciones sean distintas a las del estado humano… Lo que se supera es el mundo de las formas en su acepción más general, comprendiendo aquí todos los estados individuales, sean cuales sean, pues la forma es la condición común a todos estos estados, aquella por la que se define la individualidad como tal. El ser que ya no puede ser llamado humano ha escapado a la "corriente de las formas", según la expresión extremo-oriental".

Así, la vía de realización metafísica impone, desde su inicio, el abandono de las condiciones a la vez temporales y espaciales, que son, precisamente, las condiciones de la existencia, del ejercicio y del aprovechamiento de la memoria. Se comprenderá entonces no solamente la inutilidad de ésta en la búsqueda metafísica, sino igualmente su verdadera nocividad con respecto al esfuerzo de superación que esta búsqueda exige.

Pero hay más. Tras haber expuesto las dos principales fases de la progresión en el verdadero conocimiento, René Guénon precisa que "por elevados que sean estos estados con respecto al estado humano, por alejados que estén de éste, no son aún sino relativos, y ello es verdad incluso del más alto de ellos, el que corresponde al principio de toda manifestación. Su posesión no es entonces más que un resultado transitorio, que no debe ser confundido con el objetivo último de la realización metafísica; es más allá del ser donde reside este objetivo, con respecto al cual todo el resto no es más que encauzamiento y preparación. Este objetivo supremo es el estado absolutamente incondicionado, liberado de toda limitación".

Incluso para el debutante que se atiene todavía a la "letra" de lo que dice René Guénon aparece totalmente evidente que en este camino toda utilización de la memoria está absolutamente excluida, no pudiendo ésta en modo alguno franquear las condiciones limitativas que la justifican necesariamente, como por definición.

Se comprende así que la "vía masónica", a la que consideramos como esencialmente metafísica, no podría consistir en acumular "conocimientos", con la ayuda no solamente del intelecto, sino también de la memoria. Pues esta vía simbólica de "constructores" es, por la inversión normal de los símbolos, una vía de "destrucción de las ilusiones" en vistas a la comprensión de lo "Real".

Como dice René Guénon, "incluso todo lo que se puede expresar no es literalmente nada con respecto a lo que supera toda expresión, al igual que lo finito, sea cual sea su magnitud, es nulo frente a lo Infinito".

Por lo demás, la extrema punta de la flecha de las catedrales no es para la memoria sino las "piedras" que ella sintetiza.

Notas:
[1] "Vers la Tradition", nº 60, junio-julio-agosto de 1995.



jueves, 27 de octubre de 2011

Ciencia Masónica y Ciencia Profana; por Pietro Nutrizio

Las 7 Artes Liberales

Publicado en la Rivista di Studi Tradizionali, nº 49, junio-diciembre de 1978.

En un estrato de adherentes a la organización masónica que parece ser bastante extenso, se puede notar hoy una conducta respecto a la institución que, pese a testimoniar una mentalidad ya menos grosera que aquella de quienes no alcanzan a concebir el fin de la Masonería sino como un apoyo mutuo que sus adherentes deberían profesarse, o como una acción que la organización debe ejercitar en el campo político o social, no está sin embargo capacitada para hacerles dejar una perspectiva muy exterior, y en todo caso, desviada, respecto a la dirección mental que debería caracterizar a los iniciados.

En pocas palabras, de parte de estos Masones se reconoce, como finalidad de la organización, el conocimiento, pero éste resulta identificado con el fruto de la ciencia que los Masones pueden encontrar en torno suyo en el ámbito de su vida ordinaria (en particular, en los ambientes académicos de los cuales tal vez forman parte), cuando no hasta en aquella ciencia menos fiable, construida sincréticamente como soporte de las asociaciones pseudo-tradicionales que hoy pululan un poco en todas partes.

Quien ha tenido la fortuna de darse una preparación tradicional teórica fundada sobre una doctrina que se puede afirmar ortodoxa, o bien basada sobre principios intelectuales verdaderos, no puede dejar de ver cuán peligrosa es esta tendencia, incluso, tal vez, más que aquellas otras que señalábamos en primer lugar, mayoritariamente groseras y sentimentales, pero también menos capacitadas para contaminar a quienes posean un horizonte intelectual menos limitado. Aunque, a falta de un preparación semejante, algunas consideraciones de simple orden lógico, y diremos, a propósito en este caso, de puro sentido común, deberían ser suficientes para arrojar luz sobre aquellos malentendidos en los cuales se apoyan quienes comparten esta opinión, que podríamos llamar cientificista.

Como decíamos, estos son de hecho Masones; esto es, han querido y obtenido una iniciación, y periódicamente ponen en obra, en aquel ambiente particular que es una Logia masónica, un ritual constituido por gestos y expresiones que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo que conocen. Por lo tanto, están capacitados para percibir, aunque no sea sino de un modo nebuloso, que tales elementos son de naturaleza fundamentalmente distinta de aquella de todos los elementos que, en cambio, intervienen en los procedimientos según los cuales son construidas y asimiladas ciencias como, por ejemplo, la física moderna, la fisiología o la historia académica. ¿Qué podrían añadir estos elementos a los datos racionales que constituyen tales ciencias, o, también, al efecto que se quiere provocar sobre quien afronta el problema de la asimilación de una ciencia?. Y entonces, si las ciencias académicas no hacen intervenir nada análogo en su metodología y sin embargo obtienen los resultados prácticos de los cuales se jactan, ¿no existirá, en cambio, una ciencia puramente masónica de la cual tales elementos sean parte integrante, esto es, una ciencia que proceda de otros principios cuyos resultados no son alcanzables sino haciendo intervenir justamente aquellos elementos rituales y simbólicos, que en caso contrario no deberían ser calificados sino como pura superstición o simple demostración exterior, destinada solamente a satisfacer la propensión a un ceremonialismo que, claramente, no tiene nada que ver con el conocimiento?

Son estos, pensamos, algunos de los interrogantes que, antes que nada, podrían hacerse, para ser coherentes consigo mismos, estos Constructores Libres que en el interior de la institución dan crédito exclusivo a las ciencias profanas y pretenden servirse de ellas para alcanzar el conocimiento [1]. Si tras habérselos formulado continuaran sosteniendo que su deseo de saber será satisfecho por los contenidos de la ciencia profana, deberían considerar pensando así, quiéranlo o no, que en tal caso la Masonería sería solamente un nombre o una apariencia exterior; que los ritos cumplidos no tienen ninguna razón de ser y que por ello, al menos en el nivel de su consciencia actual, la iniciación recibida en el momento de su entrada en la Orden se resume en poco más que un simple acto burocrático sin gran alcance, a no ser desde un punto de vista psicológico.

Si en cambio consideraran que, en verdad, lo que hacen como Constructores Libres los distingue de todo aquello que en el mundo exterior se puede encontrar en forma de ciencia y de saber, entonces deberían comenzar a reflexionar, siempre por pura coherencia, que en el curso de los trabajos masónicos son fundamentalmente inútiles las referencias a datos y criterios de las ciencias académicas y que su verdadero trabajo se debe fundar únicamente sobre el patrimonio sapiencial que se encuentra en el interior de la organización masónica.

Habiendo llegado a este punto, tal vez tomarían consciencia de que el conjunto de las enseñanzas, de los ritos y de los símbolos de la Masonería representan un método para operar en el campo de una ciencia (o de un oficio, recordando el dicho medieval según el cual ars sine scientia nihil) que antiguamente debía ser, y debe por ello serlo todavía de manera virtual -mientras los ritos y los símbolos se hayan mantenido inalterados-, profundamente distinta de las ciencias tal como son conocidas hoy en el mundo profano. Trataremos en breves palabras de exponer aquí algunas de las razones por las cuales las cosas son verdaderamente así.

Aquello que debe admitirse ante todo es que una ciencia puede distinguirse de otra no solamente por su objeto (y en este caso la cuestión nos parece evidente), sino también por los puntos de vista desde los cuales un mismo objeto puede ser tomado en consideración. Si se examina en su operatoria el arte de construir, que constituye el fundamento del oficio de los Masones, y se lo compara, para hacerlo más fácilmente comprensible, no a cualquier otra ciencia moderna (para lo cual deberían ser hechas otras y más completas consideraciones, que tornarían el discurso más extenso y complejo) sino con las actuales técnicas de construir ¿cuál sería la diferencia esencial que las distingue y separa profundamente?

Desde un punto de vista tradicional, que es aquel al cual buscamos siempre atenernos, tal diferencia consistirá en cómo es entendido por el constructor el hombre que habitará o frecuentará la construcción. Si el hombre es concebido como un ser completo y, por así decir, cerrado en sí mismo, algo que comienza y concluye con su existencia corpórea (aun con todas las implicaciones psicológicas que se quieran), la construcción que lo hospedará podrá, o mejor dicho, deberá, no tomar en cuenta sino sus necesidades relacionadas con la corporeidad: el calor, el frío, la humedad, la necesidad de reparo de la curiosidad ajena, y demás; y es esto lo que hacen las modernas técnicas de construir.

Si en cambio el hombre es concebido como algo que no tiene su explicación en sí mismo, en cuanto manifestación fenoménica, sino como el receptáculo (o tal vez fuese mejor decir el soporte) de una razón de ser que no está condicionada por los sentidos, sino más bien manifestada sensiblemente por los elementos corpóreos y psíquicos que la hospedan transitoriamente, esta será la primera realidad que deberá tener en cuenta la construcción. Esto no se traducirá, como algunos podrían creer, en consideraciones morales y sentimentales que se sumarán a la realización de una manufactura entendida, bien o mal, como la única cosa que cuenta o a la que ilustran a posteriori, sino que se pondrán en juego, desde el momento mismo de la concepción del plano constructivo, y posteriormente en cada fase de la obra de erección del edificio, datos rigurosamente científicos en el sentido más pleno del término, esto es, referidos al mundo de los principios y de las causas de aquello que, considerado en sí mismo, es solamente transitorio. No porque escapen a las limitadas facultades de comprensión de los hombres de hoy estos elementos principiales no operarán, sin embargo, según leyes rigurosas. De ellos, además de naturalmente todos los otros, tenía conciencia el antiguo arte constructivo.

Es ésta también la principal razón por la cual es absolutamente imposible admitir, desde un punto de vista verdaderamente tradicional, que la actual ciencia de la construcción (o cualquiera que sea el nombre que tenga hoy el arte de construir) esté capacitada para proyectar, e incluso probablemente para elevar materialmente, por ejemplo, edificios como las catedrales de Colonia, de Rouen o el mismo "duomo de Milán".

Hemos escuchado afirmar, siempre por los Masones, que, aun cuando las cosas sean de este modo, ello no es un mal tan grande porque hoy los edificios del género ya no son necesarios; pero incluso admitiendo que esto sea actualmente una realidad, debemos añadir que, pese a todo, ello sería una realidad bien triste, porque corresponde a una situación de inutilidad de hecho -y no de derecho- que el mismo hombre moderno ha provocado al no reconocer ya la necesidad de armonizarse con las leyes universales. Identificándose cada vez más con los elementos de su modalidad más exterior, el hombre moderno ha llegado, en efecto, a perder de vista el ligamen profundo con las modalidades superiores de su ser, las cuales son, sin embargo, las que confieren al individuo humano toda la realidad de la cual es susceptible.

Además, las catedrales medievales no eran sino construcciones ejecutadas según criterios que permitían concentrar en un lugar determinado (y no elegido por casualidad) las influencias espirituales para beneficio de las comunidades humanas entendidas según su verdadera razón de ser; ¿cómo se podría reconstruirlas, o construir otras, cuando ya ni siquiera se concibe cual sería la eficacia de tales influencias, o hasta cuando no se sospecha siquiera que puedan responder a alguna realidad?

La verdad es que sin ellas (y la incapacidad de construir templos justos y perfectos es el dramático signo exterior de su gradual desaparición del mundo occidental, al menos a través de este tipo particular de vehículo), aquello que permanece del hombre, o mejor, aquello a lo que el hombre, de algún modo por autocondena, se halla reducido a ser, cambiando la libertad por un número cada vez mayor de vínculos, es solamente un caparazón vacío, una ilusión cuya inanidad la misma naturaleza, inexorablemente, pone en evidencia, al menos una vez en su ciclo de existencia. Esta desgracia ocurre justamente cuando él no puede hacer nada más para modificar su situación, y coincide con el momento en el cual tales vínculos, en los cuales ha puesto toda su confianza y su esperanza y hacia los cuales se dirige -dispensándole- toda su potencia, se desatan, y se encuentra empujado hacia unas tinieblas que podrían ser una luz, pero que ha rechazado como tal

Nota:
[1] Está claro que cuanto aquí decimos no tiene nada que ver con los resultados contingentes que tales ciencias han demostrado poder obtener en el campo circunscrito por las aplicaciones prácticas a la vida ordinaria. Estos resultados, nadie lo pone en duda, pueden ser legítimamente usufructuados sin contradicción, incluso por parte de quienes -como nosotros- ven claramente sus limitaciones, para resolver problemas específicos ligados a las condiciones de manifestación del hombre en cuánto ser individual corpóreo. Aquello que le negamos es su idoneidad para constituir una prueba de la relevancia de la ciencia que las ha originado en el campo puramente cognoscitivo, cuando se entiende por conocimiento -como lo haremos notar más adelante- algo verdaderamente explicativo de la razón de ser del hombre entendido en su integralidad.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Acotaciones al "Lapis Reprobatus Secretum Custoditum"; por Bernardo Jacobino

Nota Keystone: Con motivo de la publicación, el pasado 16 de Julio, de la noticia que hace referencia a la edición del Ritual de matriz escocesa "Lapis Reprobatus Secretum Custoditum", hemos recibido la siguiente comunicación de Bernardo Jacobino que procedemos a publicar aquí, como nueva entrada, dado su interés, agradeciendo la deferencia a su autor.
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Noticia original referida al "Lapis Reprobatus Secretum Cusdoditum".

                A principios del siglo XIX, una curiosa obra clandestina apareció con el título Le Régulateur du Maçon: este volumen publicaba de hecho los Rituales del Rito Francés fijados por el Grand Orient de France en el 1785. Un impresor sin escrúpulos difundió así los Cuadernos oficiales del Grand Orient de France, ¡que eran remitidos tras el pago de una fuerte suma sólo a aquellas Logias de la Obediencia que lo pedían por escrito! La viva condena del Gran Orient de France, que intentó vigorosamente limitar la difusión del libro sacrílego, es un signo seguro de la fidelidad e importancia del texto. El Rito Francés es practicado casi exclusivamente en Francia y en los países de influencia francesa, en particular en el Grand Orient de France y la Grande Loge Unie de France. Este rito ha sufrido modificaciones con el paso del tiempo y raramente se encuentra bajo la misma forma en las diferentes Logias en las que se viene practicando. La Masonería especulativa fue introducida en Francia alrededor del 1725 por exiliados Jacobitas y los rituales practicados en aquel tiempo eran uniformes y conformes a aquellos practicados en la Premier Grand Lodge of England (constituida en 1717), llamados “Modernos” por la Antient Grand Lodge of England (creada en el 1751). El Rito Francés se formó progresivamente, con fuertes diferencias entre las Logias, y sucede al Rito Moderno en oposición al Rito Escocés derivado de los Altos Grados. Después de la escisión de la Grande Loge de France en el 1766, y con el fin de garantizar una dimensión nacional a la Obediencia, el Gran Orient de France organizó en el 1782 la estandarización de los ritos "Modernos". En el 1785, el sistema fue fijado para los tres primeros grados, es decir, los grados simbólicos de las Logias Azules, tomando en ese momento el nombre de Rito Francés.

                La Guide des Maçons Ecossais, escrita presumiblemente alrededor de 1810 después de la creación del Suprême Conseil de France en el 1804, e impresa en el 1820, fue el primer Ritual impreso para los tres Grados simbólicos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en Francia.
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                Recientemente estos dos rituales han devenido de dominio profano a causa de la publicación de una edición crítica del Régulateur du Maçon a cargo de P. Mollier, con una reproducción en facsímil del original, en la Éd. Á l'Orient, Orleans, 2004, y de una edición crítica de la Guide des Maçons Ecossais a cargo de Pierre Noël, con una reproducción en facsímil de la edición de 1829, en la Éd. À l'Orient, Orleans, 2006.

                La preparación de estos dos rituales toma su punto de partida, cómo hemos observado, en la misma voluntad de estandarización que el Grand Orient de France y el Suprêm Conseil de France mostraron hacia las logias de inspiración francesa y escocesa respectivamente y que es una tendencia típicamente moderna, mientras que los Antiguos siempre se han limitado a recordar los Old Charges que se inspiran, sin poder ser identificados, en los llamados landmarks, reglas que nunca fueron escritas y a las que no es posible asignar un origen histórico definido. Una Logia que operase en el respeto de los Old Charges y en consecuencia de los Landmarks sería regular por ello mismo, incluso aunque practicase un rito no "oficial". Del mismo modo ocurriría con una Logia que operase en el respeto a los elementos esenciales que caracterizan a la matriz escocesa, tanto más en cuanto que la integración en los Altos Grados de elementos de otras iniciaciones occidentales (para evitar su pérdida definitiva cuando éstas se encontraban a punto de desaparecer) y la impronta de estos elementos en los tres Grados Simbólicos, nos enseñan que en Masonería todo debe buscarse excepto la estandarización.

                No es la primera vez en la historia reciente de la Masonería que asistimos a una restitución de elementos vitales, eminentemente simbólicos, que la ignorancia de los estandarizadores o la consciente voluntad de aquellos que quieren empobrecer la vía iniciática representada por la organización masónica, habían buscado socavar. Baste pensar como ejemplo en la acción fuertemente disgregadora de Anderson y Desaguliers, acción a la que los Antient hicieron un remiendo con el Ahiman Rezon, al igual que el despertar de la operatividad masónica de la que también en los tiempos actuales tenemos múltiples indicios. Estas intervenciones providenciales de rectificación no son obras literarias que presentan en modo crítico y comparativo lemas científicos, sino que penetran en la sabiduría masónica cuyo patrimonio simbólico está siempre a disposición, de un modo transparente e incorrupto, de quien tenga la cualificación para despertarlo y utilizarlo en sus ilimitadas posibilidades.

                En este momento nos parece poder reconocer en el ritual "Lapis Reprobatus Secretum Custoditum" una matriz escocesa indudable, sin necesidad alguna de hacer o dejar de hacer un paralelo crítico con la Guide des Maçons Ecossais. Es evidente que lo que emerge de su estudio simbólico y no literario son sobre todo dos elementos:

                                -La restitución de una gran profundidad al Grado de Compañero, tan deseada por muchas voces autorizadas vista la estrecha insignificancia que en los rituales modernos se reserva a este Grado respecto a la que había tenido entre los operativos; el simbolismo geométrico-pitagórico (citamos la Tétraktys sobre todo) y las fases operativas (simbolizadas por los viajes) del Grado se encuentran finalmente desarrollados.

                                -La vitalidad de un simbolismo sonoro (nos referimos a los golpes de Mallete) en el que con poco esfuerzo se entrevé la apertura de los operativos.

                Agradecemos la hospitalidad concedida a este comentario y gustosamente quedamos a disposición de quien quiera profundizar con algunos comentarios interesantes los símbolos arriba evidenciados. No queremos finalizar nuestra aportación sin señalar el atento cuidado mostrado por Librería Pardes, editora del Ritual, por garantizar la difusión del mismo únicamente entre M.·. M.·., máxime en una época en la que la vulgarización ha devenido el "estándar" casi obligado.

domingo, 4 de septiembre de 2011

La Construcción Ilusoria del Templo de Salomón; por Antonio Bonet Correa


Artículo del Diario "ABC", aparecido el 30 de noviembre de 1991, con motivo de la publicación en facsímil por la Editorial Siruela de la colección de libros El Templo de Salomón según Juan Bautista Villalpando, El Templo de Salomón según Jerónimo de Prado, y Dios Arquitecto VV. AA. 

     A finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, en los años 1596 y 1604, se publicaron en Roma los tres colosales volúmenes que acerca del templo de Salomón, según la visión del profeta Ezequiel, habían escrito los jesuitas españoles Jerónimo de Prado y Juan Bautista Villalpando. Felipe II, monarca que, por su sabiduría y prudencia, era calificado por sus contemporáneos de «nuevo Salomón», fue quien patrocinó tan magnífica y curiosa edición romana. El padre Prado, teólogo y escultor, y, sobre todo, Villalpando, matemático andaluz discípulo de Juan de Herrera, el artífice de El Escorial, llevaron a cabo, tras una labor que duró casi toda su vida, la tarea de reconstrucción hipotética de aquel edificio desaparecido. El Templo de Salomón, por su planta y alzado, tal como lo imaginaron, ofrece gran paralelismo con el monasterio-palacio-panteón construido por Felipe II en la sierra madrileña. El clasicismo herreriano de las ilustraciones diseñadas por Villalpando es la prueba palmaria de la identificación ideal de ambas excelsas construcciones, conceptualmente consideradas como emanaciones de una idea absoluta de lo arquitectónico.

     Las plantas de la ciudad de Jerusalén y del Templo de Salomón tenían la forma cuadrada. De igual figura geométrica es el tomo de estudios que, coordinados por el profesor Juan Antonio Ramírez, acompaña, en volumen aparte, esta nueva impresión del libro de los jesuitas realizada sin escatimar medios y un lujo poco frecuente por Ediciones Siruela. Los especialistas del tema, además de Ramírez, el español Antonio Martínez Ripolí, el inglés René Taylor, el holandés Robert Jan Van Pelt y el suizo André Corboz, analizan, respectivamente, las diversas facetas de un tema de tan variados y complejos aspectos. A sus aportaciones científicas hay que añadir la gran novedad bibliográfica de un «disquete» con el programa informático de términos y conceptos usados en el texto teológico-arquitectónico de los jesuitas. Idea del profesor de la Universidad de Roma Eugenio Battisti, que no pudo realizaría a causa de su fallecimiento, este «disquet» es obra de la profesora de la Universidad de Murcia Cristina Gutiérrez Cortina.

    Verdadero laberinto de espejos, tal como acertadamente lo calificó Juan Antonio Ramírez, a quien se debe la exhumación y recuperación de este importantísimo libro, el tercer tomo, obra exclusiva de Villalpando, resulta difícil de comprender sin el hilo conductor de la erudición. Construcción ilusoria y arquitectura descrita, su genealogía es la de los edificios soñados. No es extraño que interese a los aficionados a las utopías y las fantasías arquitectónicas, los cuales saben unir a la abstracta precisión intelectual la realidad onírica y peregrina de la imaginación. Villalpando, que eludió la reconstrucción del templo de acuerdo con los datos históricos de la Biblia, encontró a causa de ello la oposición de los escrituristas que, como Arias Montano, basaban sus conocimientos en las fuentes fidedignas que describían el templo real, no imaginario, construido por Salomón. La polémica era lógica. Para Villalpando, el tema tenía una única dimensión especulativa. El origen divino de la arquitectura domina su texto. Dios era el artífice máximo, el supremo arquitecto del universo, quien había proporcionado a los constructores los planos del templo. El Arca de la Alianza, primero; los planos del Tabernáculo, después, y, por último, los del Templo, procedían de su imaginación divina. Los hombres sólo fueron los encargados de darles la forma concreta. La arquitectura sagrada se deriva, pues, del modelo diseñado por Dios para el pueblo escogido.

Tienda de la Presencia rodeada por las 12 tribus de Israel
según J. B. Villalpando
    Si la máxima perfección arquitectónica procede de la máxima sabiduría divina, esta premisa es razón suficiente para que la arquitectura clásica de los griegos y romanos sea una derivación de lo sagrado. Para Villalpando, los órdenes clásicos y Vitruvio tienen sus precedentes en el Templo de Salomón, cuyas columnas Yaquin y Boaz, a cada lado de la puerta, ostentaban un capitel que llama «mosaico». El famoso orden salomónico, tan usado en el barroco, tendría también su origen en estas fantásticas reconstrucciones. Villalpando, que en la cuestión de las proporciones sigue la concepción numérica de Pitágoras y que, en lo relativo a la armonía, sabe conciliar Platón con la Biblia, se convierte, gracias a sus especulaciones morfológicas, en el máximo teórico de la arquitectura de la Contrarreforma. Jesuita que ponía en práctica la «composición del lugar» y la «imagen mental» propugnadas por San Ignacio de Loyola en sus «Ejercicios Espirituales», fue también autor de una maqueta, hoy perdida. El estupor y la admiración que Juan de Herrera tuvo ante la visualización del templo llevada a cabo por Villalpando no resulta extraña en un arquitecto, autor del «Discurso del Cubo» y que estaba tan interesado por la filosofía de Raimundo Lulio y conocía tan a fondo la Kábala. De igual manera se justifica el interés de Felipe II, muy enterado de arquitectura y mecenas artístico, por un libro que era como el reflejo de la ideas fundamentales de El Escorial, Octava Maravilla del Mundo y remedo del Divino Templo de Salomón.

    Para Villalpando, en el Templo de Salomón «dejó Dios estampada con maravilloso arte la semejanza de todo cuanto existe bajo la inmensa cubierta del universo». Auténtico microcosmos, el templo encierra en sí mismo, no sólo el sentido simbólico, sino también analógico. La buenaventuranza, la elevación y el enajenamiento del alma que proporciona su contemplación entraña toda una Pansofía, es como un compendio de la sabiduría divina. La dimensión hermética del texto tiene que ver con el significado de un edificio-enigma que refleja la divinidad en su estructura arquitectónica y en la totalidad de su mobiliario y piezas litúrgicas. El oro y la riqueza de su conjunto son paradigmas del papel sagrado que le corresponde. El Templo de Salomón interpretado por Villalpando obsesionó a los arquitectos, teóricos y pensadores del barroco León Judá Hebreo, Fray Juan Rizi, Fischer von Erlach, Christopher Wren, Newton o John Wood, por citar a los más célebres. Su relación con las logias masónicas y las sinagogas holandesas, al igual que con los falansterios decimonónicos, es una muestra del interés que ha despertado tan apasionante y arcana especulación arquitectónica.

    Los cientos de páginas que tiene que leer aquel que quiera tener una idea de lo que fue el Templo de Salomón tiene al final su compensación indudable. Tras haber penetrado en la selva literaria del «delirio objetivo» de los padres jesuitas y haber seguido los textos eruditos de los especialistas, en los cuales, además del análisis del templo, se estudian otros edificios relacionados con su existencia, como el Santo Sepulcro, la cúpula de la Roca y su plataforma, además de los planos y vistas de la Jerusalén Celeste, acabará pensando que sólo el método paranoico crítico de Salvador Dalí podrá proporcionarle las claves para la interpretación del tema. Nadie debe desesperar. No se equivocaba Ramírez al calificar el libro de los jesuitas de un laberinto de espejos. Texto caleidoscópico, en el que se reflejan las mil facetas de sus páginas, tiene la fortuna de encontrarse ante el áureo y deslumbrante umbral de un secreto edificio al que sólo tienen acceso los iniciados. Penetrar en su interior es poseer la luz de la inteligencia, apresar el reflejo de la sabiduría divina.

Alzado del Templo de Salomón según J. B. Villalpando