domingo, 1 de mayo de 2011

Santiago el Verde (El Jidr) fiesta cristiana del 1º de Mayo

Fragmento extraído de la obra de Julio Caro Baroja “La Estación de Amor. Fiestas populares de mayo a San Juan”, capítulo VIII.

[Nota Keystone: Aunque no podemos admitir las explicaciones dadas por Julio Caro Baroja en la introducción de su texto por estar elaboradas desde un punto de vista meramente profano y académico, las creemos oportunas a título documental para introducir lo que posteriormente va a ser el desarrollo, desde el ámbito de la Tradición, del tema que presentamos] 

Las Fiestas Cristianas de Mayo: Santiago el Verde.

Las fiestas cristianas más importantes de Mayo

Es evidente que la Iglesia en este caso, para sofocar las prácticas paganas, para desvirtuar las creencias, ha pretendido asimilarlas en lo posible, o que esta asimilación la ha querido hacer el pueblo conscientemente, como veremos ahora. Así, la “maya” pagana, cuyo origen se estudiará más adelante, pasó a ser, en casos, la “maya” que preside las mesas petitorias de la fiesta de la Cruz de Mayo; el viejo árbol se convirtió también en ocasiones en la cruz; al santo del primer día del mes lo convirtieron en “Santiago el Verde”; San Gregorio se convierte en el patrono de las aguas de mayo, cuando no lo es la cruz misma, y hay, además, otras santas y santos, como la muy española santa Quiteria, cuyas fiestas tiene un aire particular. La Virgen, hace de protectora de las doncellas, y a la que éstas ofrecen flores, se hacia la patrona de todo el mes.

Pero la “asimilación” no fue tan fuerte o perfecta como para que podamos equivocarnos. Y los poetas viejos notaron esto muy bien. Vamos, pues, a estudiar estas fiestas cristianas, que son: Santiago el Verde, el día uno de mayo, fecha trascendental en el folklore de Europa; la Cruz, el día tres; San Gregorio, el día nueve; Santa Quiteria es conmemorada, según el santoral de Toledo, el veintidós. Aquí seguiremos, naturalmente, el orden cronológico.

La fiesta de Santiago el Verde en Madrid

Hay una comedia de Lope de Vega que se llama Santiago el Verde, imitando la estación que hace Madrid el primer día de mayo al Soto, “donde el pobre Manzanares, adornado de tantos coches, no envidia las altas ruedas del Tajo, las naves del Guadalquivir ni los naranjos del Guadalaviar”, como dice en la dedicatoria a Baltasar Elisio de Medinilla.

En el acto I, Celia anuncia:

“Ya llega Santiago el Verde
estación que hace Madrid
a un soto…”

Y al acto II, Fabio le dice a uno:

“Bien parecéis forastero
pues no sabéis que se llama
Santiago el Verde este día
en que las hermosas damas
y las que no son hermosas
van con espantosas galas
al Soto de Manzanares”.

La descripción de los festejos se pone en boca de otro personaje Lucindo:

“Pues ¿no te deleita ver
tantos coches tan bizarros
tantos entoldados carros,
tanta gallarda mujer,
y más locas las riberas
que están los soberbios mares
con sus naves y galeras?
¿No ves entre estos pinos
cubiertos de blancas flores
tanta alfombra de colores
vistiendo rudos pollinos
que ayer con las aguaderas
traían el agua y hoy pasan
ninfas de Madrid que abrasan
las aguas de sus riberas?
¿No ves convirtiendo en lago
a Manzanares cruel
de los que pasan por él
y tanto macho y cuartango
que con el árbol de Alcides
les hace frenos y riendas,
y no ves tantas meriendas
en esas zarzas y vides;
tanta guitarra y pandero
tanto sombrerillo y pluma
tanto amante?

En las canciones de sabor popular que trae Lope en esta obra, Santiago el Verde es la fiesta de mayo por antonomasia y, en consecuencia, de la vegetación y el amor.

En el acto II, un músico canta:

“¡Oh mayo! Una hermosa maya
vaya sin vaya conmigo,
Quién dice que este no es
Santiago el Verde y sus flores,
no tengo dicha en amores,
cuéstele mucho interés
y no de arrayán alegre”.

Otra canción propia de la festividad es esta que cantan los músicos con pandero y baila una mujer:

“En Santiago el Verde me dieron celos.
Noche tiene el día; vengarme pienso.
Álamos del Soto, ¿dónde está mi amor?
Si se fue con otro, morirme yo”.

En La villana de Getafe, acto I, hay en boca de Pascuala, alabando al mozo Hernando, una descripción de las gracias aldeanas varoniles en esta forma:

“Media de punto, zapato
de cordobán, de tetilla
jubón, cuello de vainilla
a quien no es el rostro ingrato;
grigüesco y saya de raja,
sombrero y cordón de seda;
pues gracias ¿quién hay que pueda
llevar a Hernando ventaja
en saltar, correr, danzar,
llevar un carro enramado
por Santiago el Verde al prado?”.

De aquí se deduce que en Madrid, a finales del siglo XVI y comienzos del siguiente, la fiesta de Santiago el Verde pertenecía de lleno a las del ciclo anteriormente estudiado. En un soto arbolado, junto al río, las gentes se reunían en carros adornados con ramas y flores y el galanteo era ocupación principal.

El nombre de Santiago el Verde corresponde al de “Jack in the Green” usado en Inglaterra, con mucho sabor folklórico.



Icon Peregrini, Grabado hermético del s. XV.
El peregrino es un símbolo del Mercurio
alquímico. El simbolismo de la peregrinación
vincula a Santiago y  a Hermes.
Fragmento del artículo “El apóstol Santiago y la función de Hermes”, de Santiago de Vilanova, revista Letra y Espíritu nº 13, 2001.

Santiago y el Mundo Intermedio

Entre los discípulos directos de Cristo, hay tres apóstoles cuya intimidad con el Maestro es superior a todos los demás. Estos son Pedro, Juan y Jaime. Los tres que asisten a la Transfiguración, únicos a quienes se permite entrar en la habitación cuando la resurrección de la hija de Jairo, y aquellos que se quedan velando con Jesús en el Huerto de los Olivos, la noche de su Pasión. Constituyen, pues, un ternario sagrado claramente separado de los otros discípulos. Equivalen, evidentemente, a lo que en el esoterismo islámico se conoce como el Qutb y los dos Imam, o en el hinduismo, al Brahmatma, el Mahatma y el Mahanga: la tríada suprema de la jerarquía iniciática. San Pablo, en su Carta a los Gálatas (2, 9) refiere como Santiago, Pedro y Juan, a los que llama “columnas”, confirman su misión apostólica, testimoniando así de forma irrefutable el reconocimiento por la primitiva comunidad cristiana de los tres discípulos predilectos como su máxima jerarquía.

Ahora bien, si es clara la función de Pedro como representante supremo de la Iglesia dirigida a todos, es decir, del exoterismo cristiano, función que por la “sucesión apostólica” se perpetuará en la institución del Papado, no lo es menos el papel esotérico de Juan, “el discípulo al que Jesús amaba”, aquel que recuesta su cabeza sobre el Corazón sagrado y por cuya mediación conoce Pedro la identidad del discípulo traidor (Juan, 13, 24-25). Juan es el apóstol al que Cristo en su hora suprema, en la cruz, da a María por madre y a la que a partir de ese momento, como narran las Escrituras, “guardará en su casa” (Juan, 19, 26-77). Diversos autores han destacado el simbolismo de María, la Shejiná (Presencia real de la divinidad), como potencia del Verbo, autora de todas las teofanías y substancia de la santidad. Es por ello que a los iniciados se les llama “hijos de la Virgen”, y este es, precisamente, el apelativo que Cristo mismo concede a san Juan. Por otro lado, Juan es el apóstol profeta, autor del Apocalipsis y santo patrón de la organización iniciática de mayor rango en la Cristiandad medieval: la Orden del Temple, que le rendía un culto particular. Es de destacar que, incluso exotéricamente, la Iglesia reconoce a san Juan especiales privilegios y de un carácter “secreto”. Esto último se refleja claramente en la liturgia romana, cuando el oficio de maitines del 27 de diciembre, fiesta de san Juan, se canta: “Éste es Juan, aquel que durante la  Cena reposó sobre el pecho del Señor: ¡Feliz apóstol a quien le fueron revelados los secretos celestiales!

Transfiguración en el Monte Tabor
Así pues, tenemos en Pedro al representante de la tradición exotérica, y en Juan a la autoridad esotérica, remarcada por su cualidad profética. ¿Qué representa entonces el apóstol Santiago? Recordemos que Santiago y Juan son presentados en el Evangelio como hermanos, hijos de Zebedeo, ambos llamados “hijos del trueno [1], es decir, el rayo [2], y, como relata la “Leyenda Áurea”, semejantes en todo: “Iguales en su celo por vengar al Señor cuando estimaron que los samaritanos le habían desairado negándose a escucharle; en tal ocasión uno y otro preguntaron a Cristo: ¿Quieres que recemos para que descienda fuego del cielo y los abrase? Iguales en sus afanes: los dos mostraron más interés que los otros apóstoles porque el Maestro les anticipara noticias relativas al día del juicio y a determinados acontecimientos futuros. Iguales en las aspiraciones: ambos pretendieron ocupar en el reino de los cielos los puestos más inmediatos del Señor y sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”. Juan y Santiago se presentan, pues, como el desdoblamiento de un principio único considerado bajo dos aspectos distintos, Juan corresponde especialmente al punto de vista metafísico, mientras que Jaime se refiere más bien al punto de vista de las ciencias tradicionales o, más generalmente, al dominio de la manifestación sutil, complementando de esta manera el ternario arquetípico, análogo a los tres mundos (espiritual, psíquico y corpóreo) o a la constitución humana (intelecto, alma y cuerpo).

Por otra parte, la tradición medieval identificó a los dos apóstoles llamados Santiago: el Mayor, hijo de Zebedeo y hermano de Juan, y el Menor, hijo de Alfeo y “hermano del Señor”; este segundo Santiago, llamado también el Justo, fue el primer obispo de Jerusalén y representa en el esoterismo cristiano un aspecto metafísico complementario al de san Juan [3]. Destaquemos a este respecto que, así como existen en el Evangelio dos san Jaime, así hallamos también dos san Juan, relacionados igualmente con los aspectos metafísico (el Evangelista, cuya fiesta se celebra durante el solsticio de invierno, asociado a la “Puerta de los dioses” o “Deva-yana”, por donde se sale del mundo manifestado) y cosmológico (el Bautista, cuya fiesta se celebra durante el solsticio de verano, asociado a la “Puerta de los ancestros” o “Pitri-yana”, por donde se vuelve a la manifestación); en este sentido, la “Leyenda Áurea” pone en relación a Santiago el Mayor con san Juan Bautista al hacer mención de la potencia de su voz, cualidad que asigna a ambos. De forma análoga, Hermes es el dios de la voz más vigorosa, maestro del lenguaje, que otorga la voz a Pandora. Pues bien, en el esoterismo islámico, Idris-Henoc (Hermes), “Polo del mundo humano”, se manifiesta mediante una pareja de complementarios representados por Jidr, el misterioso “compañero” al que Moisés solicita la enseñanza del “recto sendero” [4], y Elías, profetas siempre vivientes [5] a quienes Ibn Arabi pone en correspondencia, respectivamente, con las nociones de bast (distensión) y de qabd (contracción), términos que designan en el esoterismo islámico las dos corrientes ascendente y descendente de la fuerza cósmica y, más particularmente, el solve y el coagula herméticos. Estos dos aspectos pueden atribuirse perfectamente a Santiago el Mayor y a san Juan Bautista, el primero representa la fase ascendente o disolución, como ahora veremos Santiago asume la función de Psicopompo en la Cristiandad medieval, y el segundo la fase descendente o coagulación, el Bautista actúa como hermeneutes anunciando la venida de Cristo, y es el mismo Cristo quien lo asocia a Elías: “Yo os digo, Elías ha venido ya y no lo han reconocido” (Mateo, 17, 11-20) [6]

Notas:

[1] Se dice que Hermes era hijo de Zeus, dios del trueno, y de Maia, a quienes los romanos consagraron el mes de Mayo y que, en la Cristiandad, será transferido al culto de la VirgenMaría. Santiago, además de “hijo del trueno”, es hijo de María, puesto que se hermano de Juan. 
[2] El rayo es un símbolo del “eje del mundo” en su aspecto iluminador de las posibilidades de la manifestación; el rayo discrimina, hace visibles los seres y las cosas, en medios del caos de la tormenta. En su vertiente iniciática representa la iluminación espiritual, el acceso a la intuición intelectual que hace posible el conocimiento directo, opuesto al conocimiento indirecto propio de la razón discursiva. Un ejemplo de cómo el proceso iniciático realiza, en el nivel microcósmico, la génesis del universo. Tradicionalmente, el rayo simboliza el doble poder de generación y destrucción; “es lo que representan también algunas armas de doble filo, especialmente, en el simbolismo de la Grecia arcaica, la doble hacha, cuyo significado además puede ponerse en relación con el caduceo” (“La Gran Tríada”, cap. IV) En efecto, la doble hacha aparece en numerosas representaciones griegas junto al caduceo en las imágenes de Hermes. El complementario del rayo, en la tradición hindú, es la caracola, símbolo de la “Sabiduría transcendente”, mientras el rayo lo es del “Método” o “Vía”. Todo ello se vincula directamente con el simbolismo de Santiago, puesto que su “camino” (rayo) lleva hasta la caracola, signo distintivo de los que habían logrado llegar a Compostela y que no se podía obtener legalmente, según las disposiciones papales, más que en aquella ciudad. Volveremos en otra ocasión sobre el simbolismo de la caracola y la venera en relación con Santiago. 
[3] A Santiago el Menor, se le llamaba “hermano del Señor”. Clemente de Alejandría ya contaba la tradición apostólica de su extraordinario parecido corporal con Cristo, hasta el punto de que se los podía tener por gemelos. El “Evangelio según Tomás” llega a atribuir a Jesús las palabras siguientes: “allí donde vayáis os dirigiréis a casa de Santiago el Justo, a causa del cual el Cielo y la Tierra han sido hecho”. Tenemos así idéntico símbolo al de los Dióscuros, ya que Santiago es el gemelo mortal y Cristo el inmortal. En realidad, la identificación de los dos Santiago se corresponde con lo que hemos más arriba sobre la transposición analógica de los términos Cielo y Tierra y, en general, entre los ámbitos cosmológico y metafísico o, desde un punto de vista iniciático, con los Misterios Menores y los Misterios Mayores; aquí el ámbito cosmológico se asocia a Santiago hijo de Zebedeo y el ámbito metafísico a Santiago el Menor, “hermano (gemelo) del Señor. Así, existen varias representaciones medievales de Santiago como Pantocrator, que tienden a confundirlo con Cristo mismo (también se le atribuye la “primacía celeste” entre los apóstoles, por haber sido el primero entre ellos en recibir el martirio, martirio que se celebraba en los mismos día y hora que la Pasión de Cristo) y, al contrario, imágenes de Cristo como “peregrino jacobeo”. De la misma manera, Henoc, se corresponde con loas ciencias intermedias, pero, según la tradición cabalística, Henoc (arrebatado al Cielo en cuerpo y alma) es transformado en el ángel Metatrón, polo celeste de la Manifestación y paredro de la Shejiná. Igualmente, en los textos herméticos se vinculan claramente las entidades cósmicas con el dominio de los Principios, estos pasajes no son el objeto propio de la enseñanza, sino recuerdos de las nociones principiales (Véanse las citas en Jean Reyor. “Etudes et recherches traditionnelles”, págs. 252, ss.). Por último, es significativo señalar que las primeras representaciones de Cristo como “Buen Pastor” copiaban las de Hermes Crióforo (“portador del carnero”). 
[4] Jidr, cuyo nombre significa “el que verdece”, aparece en el Corán (XVIII, 59-81) en la sura de La Caverna. Su vinculación con el Hermetismo y la iniciación mariana o de los afrad ha sido señalada por Martín Garcia en su “Apreciaciones sobre la iniciación mariana” en “Esoterismo hoy” (Encarte Editorial / Arola Editors, Tarragona, 2000). Carácterísticas simbólicas de Jidr, aparte de su color verde, son su procedencia caballeresca (según Ibn Arabi fue un guerrero que encontró la fuente de inmortalidad) y sus apariciones inusitadas en los caminos a los buscadores, el nombre que utiliza el Corán para definirlo es el “compañero”. También Santiago se relaciona con el color verde, que simboliza la “Naturaleza original”, puesto que la Esperanza, virtud teologal a la que se asocia, se representa con tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, respectivamente, y así lo explicita Dante a lo largo de la “Divina Comedia”); numerosas miniaturas medievales lo figuran vestido de verde o con los cabellos de este color y hubo incluso en España una población con el nombre de Santiago el Verde. Su relación con la caballería y sus apariciones en el camino de verán más adelante. 
[5] El Centro supremo de la jerarquía iniciática se representa en el Islam por el cuaternario de los profetas “vivientes”, es decir, aquellos que no han conocido la muerte corporal: Isa, Idris, Elías y Jidr. Este cuaternario simboliza los cuatro pilares que sostiene el templo de la Tradición primordial, es decir, el centro del mundo o estado primordial. 
[6] De forma análoga, podemos decir que Santiago el Menor y san Juan Evangelista representan los grados correspondientes al Ser en su plenitud manifestada o Brahma saguna (cualificado) en la tradición hindú, y al No-ser o Posibilidad universal, Brahma nirguna (no cualificado) del Hinduismo. En el proceso iniciático, pueden asimilarse a la “realización ascendente” y a la “realización descendente”.


El-Jidr
Fragmento de “Apreciaciones sobre la iniciación mariana”, de Martín García. "Esoterismo hoy". Monográfico I de la revista Letra y Espíritu, Encarte Editorial / Arola Editors,Tarragona, 2000.

El Jidr, maestro de los Afrad

En el esoterismo islámico, el maestro de los Afrad es Seyidna El-Jidr, según Ibn Arabi el número de los Afrad es ilimitado y vía queda fuera de la jurisdicción del Polo, la máxima autoridad iniciática, que gobierna solamente las vías regulares de la iniciación. La indeterminación del número de los Afrad obedece a su desvinculación de las funciones iniciáticas definidas y delimitadas por las organizaciones esotéricas. Guénon lo explicaba con esta comparación: Un príncipe, incluso si no ejerce ninguna función, no es menos, por sí mismo superior a un ministro (a menos que éste no sea también él príncipe, lo que puede ocurrir; pero en ningún modo es necesario); en el orden espiritual los Afrad son análogos a los príncipes y los Aqtab a los ministros: quede bien entendido que esto no es más que una comparación, que ayuda de alguna forma a comprender la relación entre unos y otros [1]. Esta “independencia” de los Afrad los libera de las funciones que pertenecen al dominio esotérico de la realización personal y los relaciona con el dominio que, en el esoterismo islámico, se denomina Tassarruf o gobierno esotérico de los asuntos del mundo, como luego veremos.

El Jidr, cuyo nombre significa el que verdece”, aparece en el Corán (XVIII, 59-81) como un misterioso compañero de Moisés; este patriarca desea su compañía espiritual y la enseñanza del “recto camino”, Jidr accede sometiéndolo a tres pruebas en las que Moisés fracasa a causa de su impaciencia ante el extraño comportamiento singular de Jidr. El comportamiento extraño de Jidr es legendario, aparentemente en su actuación ignora las normas establecidas, lo que en realidad obedece al estado de aquellos que han accedido al más alto grado de realización espiritual que, en el esoterismo islámico, corresponde a la “estación de proximidad”; éstos son gobernados por Al-Fard (el Sin Semejante). Según Iban Arabí en esta estación el ser humano se une al Pleroma supremo, y aquellos que debe ser gratificados reciben la elección divina. La estación proviene de la adquisición, aunque también puede ser obtenida por elección, por eso se dice que la misión de enviado es una elección pura. [2] Esta clasificación del Sheij al-akbar es a retener, pues, como luego veremos, el estatuto del Al-Jidr es de una “santidad profética”, independientemente de la esfera legislativa, que proviene de la naturaleza del conocimiento que ha adquirido de Dios mismo: “la ciencia de entre Nosotros”, dice literalmente el Corán.

Ibn Arabí relata que Jidr era un soldado que “casualmente” encontró la fuente de la inmortalidad; el color verde que se le atribuye simboliza la Potencia divina. Fuente de vida representada en el mundo natural por la savia que vigoriza y verdea la vegetación. Recordemos que las plantas de hoja perenne (siempre verdes) como la palma o el laurel, que se entregaban como trofeo a los vencedores en juegos y torneos, simbolizan la inmortalidad (por el mismo motivo que el pueblo de Jerusalén recibe a Cristo con palmas y ramos de olivo). En latín, viridis, se emparenta, por su raíz vir, con virilidad (fuerza física), virtud (fuerza moral), verdad (fuerza espiritual): vincit Omnia veritas) y virtualidad (potencia). El verde es también el color de la Esperanza, virtud teologal que corresponde a la Fuerza en Masonería. La esmeralda, piedra verde, es extremadamente dura y, según las antiguas obras médicas atribuidas a Orfeo, devuelve la memoria, fortifica la vista y potencia las “virtudes viriles”; esta piedra preciosa está consagrada en el simbolismo medieval al apóstol san Juan, al que los iconógrafos suelen pintar de verde. Como se puede apreciar todas estas imágenes apuntan hacia una viriditas primordial, la energía natural o cósmica que todas las tradiciones identifican con la Voluntad creadora divina, la Shakti del Hinduismo. [3]

En sanscrito es el Virya que da su nombre al vira-marga o vía del héroe, se trata del “camino del guerrero”, realización espiritual más activa que contemplativa en la que el iniciado se sitúa al lado de la “potencia” más que del conocimiento. Es curioso observar como en otras tradiciones se conjugan estos mismo elementos; hemos visto que, según Iba Arabi, Jidr era un soldado; pues bien, en la antigua tradición grecolatina el personaje que se corresponde con la misma función es Glauco (“verde grisáceo”), otro guerrero (combatió con los argonautas) que, al beber “casualmente” en una fuente, se transforma en un dios marino, inmortal por lo tanto, cuya parte inferior se convirtió en una poderosa cola de pez [4], sus mejillas se poblaron de una barba de reflejos verdes y recibió el don de profetizar; Virgilio lo presenta como el padre de la Sibila de Cumas, que era también profetisa. En el Cristianismo es San Jorge, el “caballero verde”, patrón de numerosas órdenes militares y caballero cristiano por excelencia: Santiago de la Vorágine, en su “Leyenda Áurea”, explica la etimología de su nombre: Georgius vendría de Geos (tierra) y orge (cultivo), significa entonces cultivador de la tierra. Lo que nos devuelve al simbolismo de la Shakti. El autor de la “Leyenda Áurea” nos ofrece otras derivaciones etimológicas a las que volveremos en su momento, por ahora nos detendremos en indicar un aspecto de la famosa leyenda de la lucha de san Jorge con el dragón que parece enlazar con la tradición judaica. Es sabido que este combate se produce con objeto de liberar a un doncella que iba a ser sacrificada por el monstruo, esta doncella es llamada Elya, nombre prácticamente idéntico a Elías, el profeta que en el Judaísmo se identifica con el mismo principio [5].

Todo este simbolismo se relaciona con el Centro del mundo, lugar donde se produce la manifestación de la Presencia divina en nuestro grado de existencia, punto por el que pasa el “eje del mundo” y sede de la jerarquía iniciática suprema, conocido en todas las tradiciones: en el Hinduismo se corresponde con Agartha, en el Budismo tibetano con Shambala, y en el Cristianismo medieval se conocía como Reino del Preste Juan [6]. En el simbolismo temporal se refiere al estado primordial, el estado puramente espiritual de los orígenes que se identifica con el Paraíso del Edén en las tradiciones abrahámicas y con la Edad de Oro de las antiguas tradiciones occidentales y orientales. Estación espiritual en la que, como relata el Génesis, se posee la inmortalidad y se vive en un “verde” jardín en cuyo centro brota la “Fuente de la vida”. Este estado, que se perdió con la caída de Adán y Eva pero que permanece siempre accesible para algunos, se figura en todas las tradiciones como una montaña sagrada donde, precisamente, se dice que habita Elías.

El Centro Supremo de la jerarquía iniciática se representa en el sufismo por el cuaternario de los profetas “vivientes”, es decir, aquellos que no han conocido la muerte corporal: Isa (Jesús), Idris (Enoc), Ilyas (Elías) y Jidr. Este cuaternario simboliza los cuatro pilares que sostienen el Templo de la Tradición primordial, asimilado por analogía a la Kaaba de la Meca. Cómo se sabe, estos cuatro pilares son la manifestación diferenciada de un principio único, identificado con el Islam con el profeta Muhammad; relacionados con los cuatros elementos componentes de la manifestación corporal, cuyo principio indiferenciado es el éter, el quinto elemento o quintaesencia del Hermetismo occidental. Según un texto de Ibn Arabí, tres de estos pilares del centro supremo se corresponden con el Qtub (Polo de la tradición islámica) y los dos Imam, análogos al Brahmatma, Mahatma y Mahanga del Hinduismo, que representan respectivamente al principio supremo o profético, con la autoridad espiritual y el poder temporal. Lógicamente el cuarto pilar, al que “el más grande de los maestros” no designa correspondencia en la jerarquía iniciática, debe identificarse con el Jidr.

Es de notar que, si bien la jerarquía iniciática humana está compuesta en su máxima expresión por el Polo y sus dos Imam, la jerarquía espiritual suprema se representa en el Islam por cuatro profetas; es una paradoja, propia de la Ley de analogía en la que se fundamenta todo simbolismo, por la que el número tres que simboliza el Espíritu pertenece a la jerarquía humana, mientras que el número cuatro que signa la manifestación universal se asocia a la jerarquía espiritual. En consecuencia, las funciones suprema, sacerdotal y real se cumplen directamente por representantes humanos, pero la función específica de Jidr que se relaciona con la “expresión maternal” de la Shajiná o Naturaleza original, se cumple sin intermediario físico lo que explica la peculiar iniciación de los Afrad y que no se encuentren bajo la jurisdicción del Polo.

Esta doctrina islámica se encuentra, igualmente, en las tradiciones judía y cristiana. Nos parece que los tres “pilares” de Jerusalén, como eran llamados san Pedro, san Juan y Santiago en los principios del Cristianismo, manifestaban evidentemente las tres funciones supremas [7], mientras que el cuarto pilar podría asociarse a san Pablo, cuya “conversión”, a raíz de su encuentro con Cristo “ascendido” en el camino de Damasco, y su función en la exoterización y difusión del cristianismo en Occidente, son característicos al respecto [8]. En el judaísmo, esta doctrina se basa en el relato bíblico (Zac. 2, 3): YHVH me hizo ver cuatro herreros; los maestros del Talmud lo comentan así: ¿Quiénes son esos cuatro herreros? Rabí Hana bar Bizna dijo en nombre de Rabí Simón Hasida que estos cuatro herreros son el Mesías hijo de David, el Mesías hijo de José, Elías y el Sacerdote de Justicia [9]. Elías es considerado como el maestro oculto de Israel que se identifica con el ángel Eliahu, el escriba celeste que inscribe a todos los judíos en el momento de su circuncisión y que, de alguna manera decide, en las cuestiones del matrimonio, es decir, en la “posteridad” del pueblo elegido. Los cuatro herreros son los liberadores que se oponen al arte maldito de los ángeles caídos que, como relato el “Libro de Enoc”, enseñaron a los hombres las artes tenebrosas (de la metalurgia). En el comentario que Rashi redactó sobre este pasaje talmúdico, los asocia a los artesanos constructores del Templo de Jerusalén; particularmente Elías es tallador de piedra puesto que él mismo construyó el altar sobre el monte Carmelo (1 Reyes, 18, 31-32). El Sacerdote de Justicia se relaciona con Sem, hijo de Noé, y es de notar que en algunas leyendas del Islam, Jidr es descendiente de este mismo patriarca, lo que le relaciona con la tradición atlante [10].

El Mercurio campestre (1947) Louis Cattiaux 
Conviene indicar ahora la identificación que en el Islam se establece corrientemente entre Elías y Jidr, el primero es citado expresamente en el Corán como perteneciendo también a la posteridad de Noé: entre aquellos que forman parte de las descendencia de Noé: Zacarías, Juan, Jesús y Elías (Corán 6, 85). En la Cábala, Elías es el maestro por excelencia; este profeta, según la Escritura (2 Reyes 2, 11), no muere sino que asciende a los cielos en un carro de fuego y, según algunos relatos, deja su cuerpo en el mundo sutil para volver a descender cuando ello es necesario; esto ocurre cuando se precisa alguna aclaración doctrinal y, especialmente, en las adaptaciones cíclicas requeridas por la tradición, presentándose a los sabios bajo apariencias distintas, lo que sitúa claramente su función en el dominio que pertenece a Jidr en el esoterismo islámico: el Tassarruf. Igualmente, en la literatura alquímica del Renacimiento es conocido el papel de iniciador del misterioso “Elías artista” [11]. Por otra parte, Ibn Arabi asimila a Elías con Enoc [12], al que designa como el “Polo del Mundo humano”; lo que ocurre también en la tradición “profética” occidental que los representa como los dos testigos que vendrán al final de los tiempos citados en el Apocalipsis de san Juan [13]. Como indica Charles A. Gilis: Por relación a la función central y polar de Idris, Jidr e Ilyas representan una pareja de complementarios que Ibn Arabi, en su “Kitab al-istilahat”, pone en correspondencia respectivamente con las nociones de “bast” (distensión) y "qabd" (contracción). Estos dos términos nos designan precisamente, en el esoterismo islámico, el “solve et coagula” hermético, fórmula de la que René Guénon decía que “se considera contiene en cierta manera todo el secreto de la ‘Gran Obra’, en tanto que ésta reproduce el proceso de la manifestación universal con estas dos fases inversas [14]. Éstos son también los dos aspectos de Misericordia y Rigor de la Shejiná hebraica, Presencia divina en nuestro mundo que, en el Cristianismo y en el Islam, se asocia a la Virgen María.


Notas:
[1] R. Guénon, “Apéndice al cap. V”, en Initiation et Réalisation Spirituelle. Éditions Traditionnelles, París.
[2] “Futuhat” II, 41. Cap. 73. Extraemos la cita y la información de Frederic Tessier, “René Guénon et Al Khird2, en “La Règle d’Abraham” nº 87.
[3] En el Hermetismo, el color verde revista una importancia especial y se relaciona con el elemento Agua y con el planeta Venus; según Frédéric du Portal (“El simbolismo de los colores”, José J. Olañeta, Palma de Mallorca) representa una de las tres esferas celestes que se reencuentran en la antigua iniciación; el verde corresponde igualmente al último de los tres renacimientos de los que habla Eckartshausen: el renacimiento corporal.
[4] Véase R. Guénon. “Algunos aspectos del simbolismo del pez”, en “Simbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada”, Paidós, Barcelona. El pez se relaciona con el Principio divino conservador del mundo, es la forma que toma la manifestación de Matsya-avatara, la primera de todas las manifestaciones de Vishnú, la que se sitúa al comienzo del mismo ciclo actual y por lo tanto en relación inmediata con el punto de partida de la Tradición primordial. El medio natural del pez, el agua, corresponde en uno de sus aspectos al mundo sútil, mundo de las mutaciones y “madre de las formas”. Comentando este simbolismo en su artículo “Khwaja Khadir et la Fontaine de vie dans la tradition des arts persan et mongol”, publicado en “La Règle d’Abraham” nº 3, Ananda K. Coomaraswamy señala este otro aspecto: el vehículo del “pez” significa que la divinidad considerada (Varuna) no está sometida a las condiciones del movimiento local, en el Océano ilimitado de la Posibilidad universal, de la misma forma que las alas indican una independencia análoga y “angélica” en los mundos manifestados.
[5] La explicación etimológica de Santiago de la Vorágine, como algunos han señalado, proviene de un método iniciático conocido en la tradición hindú con el nombre de nirukta, las relaciones que se establecen mediante este método no tiene porqué basarse en las derivaciones de las raíces gramaticales sino en su homofonía, lo que se puede aplicar a nuestra correspondencia con respecto al nombre de Elya. Como luego se verá, san Jorge y Elya representan dos aspectos del mismo principio, principio que en la tradición islámica se asocia con Elías y Jidr.
[6] Véase R. Guénon, “El Rey del Mundo”, Ed. Paidós, Barcelona.
[7] Aquí Jerusalén es tomada como figurando el Centro del mundo, lugar de manifestación del Verbo.
[8] Véase Charles A. Gilis, “Los orígenes de la religión cristiana”, en “Letra y Espíritu” nº 2. Existen otras circunstancias en la vida de san Pablo que inducen a pensar en su relación con la “iniciación mariana”. Citemos como ejemplo su asunción al tercer cielo que él mismo nos relata, que corresponde astrológicamente al cielo de Venus, planeta que representa al Naturaleza original.
[9] Véase Nicolas Séd, “L’Alchimie juive et la science sacrée des lettres”, en Alchimie: art, histoire et mythes”. Arché, Milán.
[10] Véase René Guénon, “Formas tradicionales y ciclos cósmicos”. Obelisco, Barcelona. Añadiremos que la “Leyenda Áurea” hace a san Jorge originario de Capadocia, país donde se sitúa el monte Ararat, lugar en el que, según la tradición, embarrancó el arca de Noé. Este dato se relaciona con lo que después diremos sobre la vinculación que existe entre la iniciación mariana y el Hermetismo. Se sabe que este último nos ha llegado desde la Atlántida, vía Egipto; pero sus características parecen ligarlo directamente a la Tradición Primordial.
[11] Nicolas Séd, en su artículo ya citado, refiere cómo este personaje aparece a menudo entre los textos de los alquimistas y médicos espagíricos “paralcesianos”, notablemente durante la guerra de los treinta años cuando, precisamente, se dice que la orden Rosacruz abandona Occidente. Helvetius, en su “Vitulus Aureus” (1667), relata su encuentro con un visitante extranjero al que identifica con “Elías artista”. Es curioso notar el juego de palabras que estos autores hacían con el nombre de Elías artista y la “salia artis”, la sal del arte, que en alquimia se relaciona con el compuesto sutil-corporal que conforma la individualidad.
[12] Esta asimilación es conocida en el Judaísmo. Según Moisés Cordovero, Enoc es el profeta cuya función se corresponde en nuestro mundo con el ángel Metatron y Elías con la del ángel Sandalfon, estos ángeles de la Cábala son considerados como hermanos inseparables. Véase Alexis Hatman, “Ángeles, hombres y demonios I”, en Letra y Espíritu nº 4.
[13] Véase nuestro artículo “Nostradamus y la tradición profética occidental”, en Letra y Espíritu nº 3, donde se señala su relación con el Gran Monarca y el Santo Papa de numerosas predicciones europeas.
[14] Véase Ch. A. Gilis, “Ibn Arabî. Le chaton d’une Sagesse intime dans un Verbe d’Ilyâs”, en “Vers la Tradition” nº 71.

Para abundar en el significado universal (católico) de El-Jidr, se recomienda visitar el siguiente enlace del Blog Un viaje espiritual. Estudios sobre Irfan / Tasawuf desde una perspectiva tradicional.




viernes, 22 de abril de 2011

Emblema XLIV de los secretos de la naturaleza; por Michael Maier


EMBLEMA XLIV DE SECRETIS NATURAE
EMBLEMA XLIV DE LOS SECRETOS DE LA NATURALEZA

Dolo Typhon Osyridem trucidat, artusque illus hinc inde dissipat, sed hos collegit Isis inclyta
Tifón mata a Osiris a traición y dispersa sus miembros pero la augusta Isis los reúne.






Epigrama XLIV

Syria Adonidem habet, Dionysum Graecia, Osirim
Aegyptus, qui sunt nil nisi SOL Sophiae:
ISIS adest soror et conjunx ac mater Osiris,
Cujus membra Typhon dissecat, illa ligat.
Defluit at pudibunda mari pars, sparsa per undas,
Sulphur enim, SULPHUR quod generavit, abest.

Epigrama XLIV

Dionisio en Grecia, en Siria, Adonis,
en Egipto, Osiris, son el SOL de los Sabios.
ISIS, esposa, hermana y madre de Osiris,
junta sus miembros santos desgarrados por Tifón.
Pero el falo se pierde arrastrado por las olas;
el azufre que generó el AZUFRE ya no está allí.


Emblema XLIV de la Fuga de Atalanta (1617), de Michael Maier.

jueves, 21 de abril de 2011

Reunir lo disperso; por René Guénon

Capítulo XLVI de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Publicado originalmente como artículo en la Revista Études Traditionelles, octubre-noviembre de 1946,


En una de nuestras obras [1], con motivo del Ming-tang y el Tien-ti Hui, hemos citado una fórmula masónica según la cual la tarea de los Maestros consiste en “difundir la luz y reunir lo disperso”. En realidad, la vinculación que entonces establecíamos se refería solo a la primera parte de esta fórmula[2]; en cuanto a la segunda parte, que puede parecer más enigmática, como tiene conexiones muy notables en el simbolismo tradicional, nos parece interesante ofrecer a ese respecto algunas indicaciones que no habían tenido lugar en aquella ocasión.

Para comprender del modo más completo posible aquello de que se trata, conviene referirse ante todo a la tradición védica, más particularmente explícita a este respecto: según ella, “lo disperso” son los miembros del Púrusha primordial, que fue dividido en el primer sacrificio realizado por los Deva al comienzo, y del cual nacieron, por esa división misma, todos los seres manifestados[3]. Es evidente que se trata de una descripción simbólica del paso de la unidad a la multiplicidad, sin el cual, efectivamente, no podría haber manifestación alguna; y ya puede advertirse que la “reunión de lo disperso”, o la reconstitución del Púrusha tal como era “antes del comienzo”, si cabe expresarse así, o sea en el estado de no-manifestación, no es otra cosa que el retorno a la unidad principial. Ese Púrusha es idéntico a Prajàpati, el “Señor de los seres producidos”, todos ellos surgidos de él y por consiguiente considerados en cierto sentido, como su “progenitura”[4]; es también Vishvakarma, o sea el “Gran Arquitecto del Universo”, y, en cuanto tal, él mismo realiza el sacrificio del cual es la víctima[5]; y, si se dice que es sacrificado por los Deva esto no constituye en realidad ninguna diferencia, pues los Deva no son en suma sino las “potencias” que porta en sí mismo[6].

Hemos dicho ya, en diversas ocasiones, que todo sacrificio ritual debe considerarse como una imagen de ese primer sacrificio cosmogónico; y, también, en todo sacrificio, según ha señalado A. K. Coomaraswamy, “la víctima, como lo muestran con evidencia los Bràhmana, es una representación del sacrificador, o, como lo expresan los textos, es el sacrificador mismo; de acuerdo con la ley universal según la cual la iniciación (dîkshâ) es una muerte y un renacimiento, es manifiesto que “el iniciado es la oblación” (Tattirîya-Sámhitâ, VI, 1, 4, 5), “la víctima es sustancialmente el sacrificador mismo” (Aitareya-Bràhmana, II, 11)”[7]. Esto nos reconduce directamente al simbolismo masónico del grado de Maestro, en el cual el iniciado se identifica, en efecto, con la víctima; por otra parte, se ha insistido a menudo sobre las relaciones de la leyenda de Hiram con el mito de Osiris, de modo que, cuando se trata de “reunir lo disperso”, puede pensarse inmediatamente en Isis cuando reunía los miembros dispersos de Osiris; pero, precisamente, en el fondo, la dispersión de los miembros de Osiris es lo mismo que la de los miembros de Púrusha o de Prajàpati: no son, podría decirse, sino dos versiones de la descripción del mismo proceso cosmogónico en dos formas tradicionales diferentes. Cierto que, en el caso de Osiris y en el de Hiram, no se trata ya de un sacrificio, al menos explícitamente, sino de un asesinato; pero esto mismo no introduce ningún cambio esencial, pues es realmente una misma cosa encarada así en dos aspectos complementarios: como un sacrificio, en su aspecto “dévico”, y como un asesinato, en su aspecto “asúrico”[8]; nos limitamos a señalar este punto incidentalmente, pues no podríamos insistir en él sin entrar en largos desarrollos, ajenos a nuestro tema actual.

De la misma manera, en la Cábala hebrea, aunque ya no se trate propiamente de sacrificio ni de asesinato, sino más bien de una suerte de “desintegración” —cuyas consecuencias, por lo demás, son las mismas—, de la fragmentación del cuerpo del Adam Qadmòn fue formado el Universo con todos los seres que contiene, de modo que éstos son como parcelas de ese cuerpo, y la “reintegración” de ellos a la unidad aparece como la reconstitución misma del Adam Qadmòn. Éste es el “Hombre Universal”, y Púrusha, según uno de los sentidos del término, es también el “Hombre” por excelencia; se trata en todo eso, pues, exactamente de la misma cosa. Agreguemos, antes de ir más lejos, que, como el grado de Maestro representa, virtualmente por lo menos, el término de los “pequeños misterios”, lo que hay que considerar en este caso es propiamente la reintegración al centro del estado humano; pero sabido es que todo simbolismo es siempre aplicable a distintos niveles, en virtud de las correspondencias que existen entre éstos[9], de modo que puede referírselo sea a un mundo determinado, sea al conjunto de la manifestación universal; y la reintegración al “estado primordial”, que por otra parte es también “adámico”, constituye como una figura de la reintegración total y final, aunque en realidad no sea aún sino una etapa en la vía que conduce a ésta.

En el estudio antes citado, A. Coomaraswamy dice que “lo esencial, en el sacrificio, es en primer lugar dividir, y en segundo lugar reunir”; comporta, pues, dos fases complementarias, de “desintegración” y “reintegración”, que constituyen el conjunto del proceso cósmico: el Púrusha, “siendo uno, se hace muchos, y siendo muchos, torna a ser uno”. La reconstitución del Púrusha se opera simbólicamente, en particular, en la construcción del altar védico, que comprende en sus diversas partes una representación de todos los mundos[10]; y el sacrificio, para realizarse correctamente, exige una cooperación de todas las artes, lo que asimila al sacrificador al mismo Vishvakarma[11]. Por otra parte, como toda acción ritual, es decir, en suma, toda acción verdaderamente normal y conforme al orden (rta), puede considerarse como dotada en cierto modo de un carácter “sacrificial”, según el sentido etimológico de este término (sacrum facere), lo que es válido para el altar védico lo es también, de alguna manera y en algún grado, para toda construcción edificada, conforme a las reglas tradicionales, las cuales proceden siempre, en realidad, de un mismo “modelo cósmico”, según lo hemos explicado en otras ocasiones[12]. Se ve que esto se encuentra en relación directa con un simbolismo “constructivo” como el de la masonería; y, por otra parte, inclusive en el sentido más inmediato, el constructor efectivamente reúne los materiales dispersos para formar un edificio que, si es verdaderamente lo que debe ser, tendrá una unidad “orgánica”’ comparable a la de un ser viviente, si se adopta el punto de vista “microcósmico”, o a la de un mundo, si se adopta el punto de vista “macrocósmico”.
Virgen de la Granada de S. Botticelli, 1487 (detalle)

Nos falta aún decir unas palabras, para terminar, acerca de un simbolismo de otro género, que puede parecer muy diferente en cuanto a las apariencias exteriores, pero que sin embargo no deja de tener, en el fondo, un significado equivalente: se trata de la reconstitución de una palabra a partir de sus elementos literales tomados separadamente[13]. Para comprenderlo, hay que recordar que el verdadero nombre de un ser no es otra cosa, desde el punto de vista tradicional, que la expresión de su esencia misma; la reconstitución del nombre es, pues, simbólicamente, lo mismo que la de ese ser. Sabido es también el papel que desempeñan las letras, en simbolismos como el de la Cábala, en lo que concierne a la creación o la manifestación universal; podría decirse que ésta está formada por las letras separadas, que corresponden a la multiplicidad de los elementos, y que reuniendo esas letras se la reduce por eso mismo a su Principio, con tal que esa reunión se opere de modo de reconstituir el nombre del Principio efectivamente[14]. Desde este punto de vista, “reunir lo disperso” es lo mismo que “recobrar la Palabra perdida”, pues en realidad, y en su sentido más profundo, esa “Palabra perdida” no es sino el verdadero nombre del “Gran Arquitecto del Universo”.

Notas:
[1] La Grande Triade, cap. XVI.
[2] La divisa de la Tien-ti Hui de que allí se trataba, es en efecto ésta:”Destruir la oscuridad” (tsing), restituir la luz (ming)”.
[3] Véase Rig-Veda, X, 90.
[4] La palabra sánscrita prâya es idéntica a la latina progenies.
[5] En la concepción cristiana del sacrificio, Cristo es también a la vez la víctima y el sacerdote por excelencia.
[6] Comentando el pasaje del himno del Rig-Veda que hemos mencionado, en el cual se dice que “por el sacrificio ofrecieron el sacrificio los Deva”. Sàyana señala que los Deva son las formas del hálito (prâna-rûpa) de Prajàpati [el ‘Señor de los seres producidos’, o sea el “Hombre universal”, determinación del Principio en cuanto formador del universo manifestado]. Véase lo que hemos dicho acerca de los ángeles en “Monothéisme et Angélologie” [E. T., octubre-noviembre de 1946. Estos son. en las tradiciones judaica, cristiana e islámica, el exacto equivalente de los Deva en la tradición hindú]. Es claro que, en todo esto, se trata siempre de aspectos del Verbo Divino, con el cual en última instancia se identifica el “Hombre universal”.
[7] "Atmâyajña: Self-sacrifice”, en el Harvard Journal of Asiatic Studies, número de febrero de 1942.
[8] Véase también, en los misterios griegos, la muerte y desmembramiento de Zagréus por los Titanes; sabido es que éstos constituyen el equivalente de los Ásura en la tradición hindú. Quizá no sea inútil señalar que, por otra parte, inclusive el lenguaje corriente aplica el término “víctima” tanto en los casos de sacrificio como en los de homicidio.
[9] De la misma manera, en el simbolismo alquímico hay correspondencia entre el proceso de la “obra al blanco” y el de la “obra al rojo”, de modo que el segundo reproduce en cierto modo al primero en un nivel superior.
[10] Ver “Ianua caeli”.
[11] Véase A. K. Coomaraswamy, Hinduism and Buddhism, p. 26.
[12] Los ritos de fundación de un edificio incluyen generalmente, por lo demás, un sacrificio o una oblación en el sentido estricto de estos términos. Inclusive en Occidente. cierta forma de oblación se ha mantenido hasta nuestros días en los casos en que la colocación de la primera piedra se cumple según los ritos masónicos.
[13] En el ritual masónico esto corresponde al modo de comunicación de las “palabras sagradas”.
[14] Mientras se permanece en la multiplicidad de la manifestación, no es posible sino “deletrear” el nombre del Principio discerniendo el reflejo de sus atributos en las criaturas, donde no se expresan sino de modo fragmentario y disperso. El masón que no ha llegado al grado de Maestro es aún incapaz de “reunir lo disperso”, y por eso “solo sabe deletrear”.

sábado, 2 de abril de 2011

La paz de la fe; por Nicolás de Cusa

Fragmentos de La paz de la fe (De pace fidei, 1453), de Nicolás de Cusa (1401-1464).

Pero sabes, Señor, que no puede haber una gran multitud sin mucha diversidad y que casi todos los hombres se ven obligados a llevar una vida llena de tribulaciones y miserias y a estar sometidos a los reyes que gobiernan. Son pocos los que gozan del ocio necesario para, en uso de su libertad, poder profundizar en el conocimiento propio. Se dejan absorver por las muchas preocupaciones corporales y otras obligaciones, de modo que no pueden buscarte a Ti, que eres Dios escondido. Por esta razón, pusiste al frente de tu pueblo a diferentes reyes y videntes, llamados profetas, la mayoría de los cuales en virtud de tu mandato han establecido en tu nombre el culto y las leyes e instruido al pueblo ignorante. Aceptaron estas leyes como si Tú mismo, Rey de reyes, hubieras hablado con ellos cara a cara, creyendo que no era a ellos sino a Ti a quien escuchaban. Enviastes a diferentes naciones diferentes profetas y maestros, según las diferentes épocas. Ahora bien, es propio de la condición terrena del hombre defender como verdaderas las costumbres practicadas desde antiguo, que han pasado a ser consideradas como parte de la naturaleza. Ésta es la razón de que sobrevengan no pocas disensiones cuando cada comunidad prefiere su propia fe a la ajena.


Nicolás de Cusa
Acude en nuestra ayuda, pues sólo Tú tienes poder. Por Ti, el único a quien se venera en todo aquello que todos parecen adorar, es por quien se mantiene esta rivalidad. En todo lo que cada uno parece apetecer no apetece otra cosa sino el bien, que eres Tú, y ninguna otra cosa busca en su esfuerzo intelectual sino lo verdadero, que eres Tú. ¿Qué busca el viviente, sino vivir, y el existente sino ser? Por tanto, Tú que das la vida y el ser, eres el que pareces ser buscado de modo diferente en los diversos ritos y nombrado con diferentes nombres, pues permaneces para todos desconocido e inefable en tu verdadero ser. Tú, que eres poder infinito, no eres sin embargo nada de lo que creaste, ni puede la criatura comprender tu infinitud, pues no hay proporción alguna de lo finito a lo infinito. Tú, omnipotente Dios, invisible a toda inteligencia, puedes hacerte visible a quien quieras, de modo que puedas ser comprendido. No permanezcas oculto por más tiempo, Señor; sé propicio y muestra tu rostro, para que se salven todos los pueblos y no puedan ya olvidar la fuente de la vida y la dulzura apenas pregustada. Porque sólo te abandona quien te ignora.

Si te dignas actuar así, cesarán las guerras, el odio y todo mal y todos conocerán que no hay más que una sola religión en la diversidad de los ritos. Si no es posible o conviene suprimir esta diferencia de ritos, para que la diversidad misma contribuya a aumentar la devoción, cuando cada nación ponga sus mejores cuidados en las ceremonias que son más gratas a ti, que eres el rey, al menos que, así como Tú eres uno, que haya una sola religión y un solo culto de latría. Apiádate, Señor, porque tu ira es piedad y tu justicia misericordia; perdona a tu débil criatura. Nosotros, tus enviados, a quienes has puesto como custodios de tu pueblo y a quienes aquí ves, lo suplicamos humildemente de tu majestad con todas las maneras posibles de oración.


Adenda: acerca de la tolerancia en la obra de René Guénon.

Y, si concede al punto de vista profano  igual validez que al punto de vista tradicional, en lugar de no ver ahí más que la degeneración que es en realidad, ¿qué ocurrencias podrá decir aún sobre la demasiado famosa “tolerancia”, actitud bien específicamente moderna y profana también, y que consiste, como se sabe, en conceder a no importa cuál error los mismos derechos que a la verdad? (Miscelánea, Tercera Parte, capítulo IV).


“En cuanto al supuesto «progreso moral», se trata de un asunto de sentimiento, y por consiguiente de apreciación individual pura y simple; desde este punto de vista, cada uno puede hacerse un «ideal» conforme a sus gustos, y el de los espiritistas y demás demócratas no conviene a todo el mundo; pero los «moralistas», en general, no lo entienden así, y, si tuvieran poder para ello, impondrían a todos su propia concepción, ya que nada es menos tolerante en la práctica que las gentes que sienten la necesidad de predicar la tolerancia y la fraternidad. Sea como fuere, la «perfección moral» del hombre, según la idea que se hacen de ella corrientemente, parece ser más «desmentida por la experiencia» antes que al contrario, pues muchos acontecimientos recientes desmienten aquí a Allan Kardec y a sus adláteres como para que sea útil insistir en ello” (El Error Espitirista, capítulo IX).


“Hay muchas insuficiencias en ciertos aspectos (y no hablamos solamente de las inevitables lagunas en semejante asunto), pues el autor quizá no acaba de darse cuenta de lo que es la verdadera iniciación, que implica algo muy distinto a esas ideas de "tolerancia" o de "libertad de conciencia"; pero, tal como es, este trabajo no deja de testimoniar ciertas preocupaciones que, dado su origen, son interesantes de señalar” (Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, reseñas de libros, junio de 1932, reseña del libro de Henri-Jean Bolle: Le Temple, Ordre initiatique du moyen âge).

La génesis del concepto de tolerancia


En el número de junio, Albert Lantoine expone “La génesis del concepto de tolerancia”, y parecería querer destacar que el “lanzamiento” de dicha idea no fue en suma más que un acto político de Guillermo de Hannover, pero que también este acto influyó bastante directamente en la constitución de la Masonería en su nueva forma “especulativa”. Lo cual confirma aún más lo que siempre pensamos del papel que desempañaron en dicha constitución las influencias profanas, que penetraron de esta modo en un dominio que debería normalmente estarles vedado. ¿Pero cómo puede ser que aquellos, cuyos estudios históricos conducen a semejantes constataciones, no puedan llegar a comprender que este mismo hecho representa la marca de una grave degeneración desde el punto de vista iniciático? (Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, reseñas sobre artículos de la revista Le Symbolisme, abril-mayo de 1947) .


La tolerancia, virtud iniciática
.
En el número de abril, el mismo autor considera “La tolerancia, virtud iniciática”, la cual nada tiene que ver con esa especie de indiferencia a la verdad y el error que comúnmente se designa con el mismo nombre. Desde el punto de vista iniciático quiere decir que hay que admitir como igualmente válidas todas las diferentes expresiones de la única Verdad, es decir en suma, que debe reconocerse la unidad fundamental de todas las tradiciones.

No obstante y considerando el tan frecuente sentido totalmente profano de la palabra “tolerancia”, la cual en sí misma evoca más bien la idea de soportar con una especie de condescendencia aquellas opiniones que no se comparten, ¿no sería mejor intentar hallar otra que no corriera el riesgo de prestarse a semejante confusión? (Estudios sobre la Masonería y el Compañerazgo, reseñas sobre artículos de la revista Le Symbolisme, Diciembre de 1949).



“La anarquía intelectual debía resultar de ello fatalmente: de ahí la multiplicidad indefinida de las sectas religiosas y pseudo religiosas, de los sistemas filosóficos que apuntan ante todo a la originalidad, de las teorías científicas tan efímeras como pretenciosas; caos inverosímil al que domina no obstante cierta unidad, puesto que existe un espíritu específicamente moderno del que procede todo eso, pero una unidad enteramente negativa en suma, puesto que es propiamente una ausencia de principio, que se traduce por esa indiferencia respecto a la verdad y al error que ha recibido, desde el siglo XVIII, el nombre de «tolerancia». Que se nos comprenda bien: no pretendemos censurar la tolerancia práctica, que se ejerce hacia los individuos, sino sólo la tolerancia teórica, que pretende ejercerse hacia las ideas y reconocerlas a todas los mismos derechos, lo que debería implicar lógicamente un escepticismo radical; y, por lo demás, no podemos impedirnos constatar que, como todos los propagandistas, los apóstoles de la tolerancia son muy frecuentemente, de hecho, los más intolerantes de los hombres. En efecto, se ha producido este hecho que es de una ironía singular: aquellos que han querido invertir todos los dogmas han creado para su uso, no diremos que un dogma nuevo, sino una caricatura de dogma, que han llegado a imponer a la generalidad del mundo occidental; así se han establecido, so pretexto de una «liberación del pensamiento», las creencias más quiméricas que se hayan visto nunca en ningún tiempo, bajo la forma de esos diversos ídolos de los que enumerábamos hace un momento algunos de los principales” (Oriente y Occidente, capítulo II).

jueves, 10 de marzo de 2011

Antiguos Documentos Masónicos. Introducción a la Historia de la Francmasonería.

De la contraportada: Manuel Corral Baciero y Angel Luis Encinas Moral nos ofrecen en este libro un estudio introductorio sobre la esencia, principios, historia y ritos de la Francmasonería universal, realizado a partir de sus principales fuentes y documentos directos. Con tal fin, en sus páginas se incluyen veintiséis de los textos masónicos más relevantes (constituciones, reglamentos y estatutos fundacionales) fechados entre el año 926 y 1875.

La edición se complementa con sendos trabajos de los autores que versan, respectivamente, sobre el estado actual de la Francmasonería en el mundo, con una referencia específica a España, y una explicación de los diferentes ritos masónicos existentes: Emulación, Escocés Antiguo y Aceptado, Escocés Rectificado, York, Francés, Menfis Mizraim, Sueco, Philalethes, Schröeder, etc; y sobre la historia de la Francmasonería desde la más remota Antigüedad (Mesopotamia, Oriente Medio, Grecia y Roma), pasando por la Edad Media y Moderna Europea, hasta la actualidad.

Una obra, pues, ajena a referencias bibliográficas y elementos extraños a la propia tradición masónica, que en general suelen tergiversar sus propósitos en pro de intereses personales, corporativos o políticos de todo tipo, cuya intención es presentar al lector las fuentes esenciales, directamente y sin intermediarios. Un enfoque, en suma, que aporta la información precisa para iniciar una reflexión estrictamente personal y objetiva sobre la Francmasonería, su ideario, sus prácticas y su papel en la historia de la humanidad, lejos de estériles generalizaciones y estereotipos.

Índice:

Prólogo:
La inexistente masonería, por Manuel Corral Baciero.

Introducción:
Apuntes sobre la historia de la Francmasonería, por Ángel Luis Encinas Moral de la Universidad Complutense de Madrid.

Documentos Masónicos Antiguos
Constitución de York (926)
Estatuto de los Canteros de Bolonia de 1248
El Manuscrito Regius (1390)
El Manuscrito Cooke (Entre el 14010 al 1420)
Las Constituciones de los Masones de Estrasburgo (1459)
Los Estatutos de Ratisbona (1498)- Estatutos de la Asociación de Talladores de Piedras y Albañiles
Constitución Definitiva de la Francmasonería Universal – Principios básicos constitutivos de la Francmasonería Universal aprobados en la Asamblea General de los Francmasones que se reunión en París en el año de 1523
El Manuscrito Grand Lodge Nº 1 (1583)
Los Estatutos de Schaw (1598)
Los Antiguos Deberes: El Manuscrito “Iñigo Jones” – La Antigua Constitución de los Libres y Aceptados Masones (1607)
Reglamento de 1663
El Manuscrito de Edimburgo (1696)
El Manuscrito Dumfries Nº 4 (1710)
El Manuscrito Kewan (1714-1720)
Constitución de Anderson (1723)
La Institución de los de los Francmasones (1725)
El Manuscrito Graham (1726)
Acta de Constitución de la Primera Logia en España “La Matritense” (1728)
La Masonería Disecada (1730)
La Masonería según las Escrituras (1737)
Las Modificaciones Inglesas de 1738 y de 1813 a las Constituciones de Anderson
Diálogo entre Simón y Felipe (1740)
El Manuscrito Essex (1750)
Los Landmarks de Mackey
Las Grandes Constituciones de 1786 concordadas con las que promulgó el Congreso Escocés de Lausana de 1875
Código Moral Masónico.


Nota 175 del libro al Manuscrito Regius (pág. 141 y s.)

Es en el seno de las antiguas corporaciones de constructores de la Edad Media europea donde tomó forma la corriente iniciática que hoy conocemos como Masonería. No quiere esto decir, en absoluto, que la tradición masónica, en tanto que transmisión de una influencia espiritual “no humana”, deba remitirse históricamente a una determinada época o circunstancia. En realidad, este error depende de una concepción de la iniciación como algo de orden simplemente “moral” y “social”, y semejante actitud es consecuencia de un punto vista esencialmente exterior y “profano”. Tampoco la tradición masónica –así como cualquier otra tradición iniciática legítima, en tanto que implica una transmisión regular- puede ser reducida a un sentido exclusivamente psicológico, de donde se derivaría su existencia como un simple producto del “espíritu humano”. Ciertamente, la Masonería sería impensable si no tenemos en cuenta la noción de la unidad tradicional primordial y las sucesivas adaptaciones de ésta a las circunstancias determinadas por el desarrollo cíclico de la manifestación y por las diferentes mentalidades de los pueblos a las que está dirigida. Decir que la Masonería “tomó forma” en las antiguas corporaciones medievales significa que éstas proporcionaron la base y el “molde” adecuado para su expresión en tanto que modelo iniciático de características propias, ligado a un oficio; este modelo no deja de ser una expresión de una verdad no histórica, y es así como debe entender su origen “from immemorial time”.

Por otra parte, la usual división de la Masonería en “operativa” y “especulativa”, entendiendo por la primera las corporaciones de constructores medievales y por la segunda la organización “filantrópica” y “filosófica” derivada del progresivo predominio en las logias de los “Masones aceptados”, y cuyo nacimiento data del siglo XVIII, no implica sino la fijación en el aspecto más exterior y superficial de la misma. Se pretende que la Masonería “especulativa”, al haber prescindido del oficio, si no evidentemente en sus símbolos y ritos, sí en sus aspectos formales, representaría un progreso en sentido “intelectual” y respondería a concepciones de un nivel más elevado. En realidad, el paso de lo “operativo” a los “especulativo” representa exactamente lo contrario de lo que la mentalidad moderna quiere ver ahí. Lejos de constituir un “progreso”, se trata más bien de un empobrecimiento y un olvido de lo que es la “realización” –y es esto lo que verdaderamente significa el término “operativo”— para no dejar subsistir más que una visión puramente teórica de la iniciación, una “especulación” que es un “reflejo”, es decir, un conocimiento indirecto, por oposición al conocimiento efectivo y directo. Tal conocimiento efectivo no es sino la realización iniciática.

Aunque el saber iniciático es propiamente una transmisión, y como tal tiene sus propios medios, diferentes por completo de la educación profana. La Masonería medieval y cristiana dejó algunos documentos escritos –hoy en día prácticamente desaparecidos— en los que se conservaron cuidadosamente algunas normas generales, leyes fundamentales e interpretaciones míticas, a los que genéricamente se denominan “Old Charges” (Antiguos Deberes). El más antiguo que se conoce es el “Manuscrito Regius”, del que aquí ofrecemos la traducción al castellano.

Según todas las informaciones al respecto, el Manuscrito Regius data de alrededor del año 1390, publicado en 1840 por James O. Halliwell, es mencionado en 1670 en un inventario de la biblioteca John Theyer. Éste fue vendido por Robert Scott (de donde aparece en un nuevo inventario realizado en 1678). El manuscrito perteneció después a la Biblioteca Real hasta 1757 (y de ahí su nombre de “Regius”), fecha en la cual el rey Jorge II lo donó al museo Británico.

El Regius se compone de las siguientes partes:

- Fundación de la Masonería en Egipto por Euclides.
- Introducción de la Masonería en Inglaterra bajo el reinado de Adelstonus (rey sajón, 925-939).
- Los Deberes: quince artículos
- Los Deberes: quince puntos.
- Relato de los Cuatro Coronados.
- Relato de la Torre de Babel.
- Las siete artes liberales.
- Exhortación sobre la misa y cómo conducirse en la iglesia.
- Introducción sobre las buenas maneras.

viernes, 4 de marzo de 2011

Doctrina Verdadera y Hombres Falsos, por Giovanni Ponte (Fragmento)


Tomado de http://elkorg-projects.blogspot.com/2008/05/giovanni-ponte-doctrina-verdadera-y.html

El presente artículo fue publicado originalmente en la Rivista di Studi Tradizionali

Como ya habíamos hecho observar, el punto de vista tradicional corresponde concretamente a posibilidades de realización y de expansión inmensamente más válidas que aquellas que ofrece la vida "profana".

Naturalmente, sin embargo, para que así ocurra, es necesario que el vínculo con elementos o doctrinas tradicionales no se limite a una adhesión meramente teórica. Habíamos tomado en consideración, en otro lugar, la importancia de tal adhesión teórica, que representa el punto de partida y el presupuesto indispensable; pero debe quedar bien claro que ella no conduce a nada válido si no es tan profunda como para implicar la tendencia a una participación más íntima y total del propio ser. Y el más brillante desarrollo mental, inclusive si se expresa y si se califica con términos tomados a préstamo de las doctrinas tradicionales, no alcanzará jamás a sustituir aquella correspondencia fundamental que puede provenir solamente del centro del propio ser, esto es, desde la sede de la verdadera intuición intelectual, representada simbólicamente por el Corazón en todas las tradiciones: no habrá por lo tanto remedio, hasta que el "Corazón" quede consolidado.

Esta relativa disociación entre la actitud mental y una profunda facultad intelectual es el origen de un fenómeno bastante singular. Personas que muestran estar ya notablemente cercanas al punto de vista tradicional, o por lo menos que se consideran persuadidas de cierta enunciación tradicional del orden más profundo y fundamental, encuentran después una barrera difícilmente superable cuando se trata de llevar las consecuencias más allá de un ámbito exclusivamente mental.

Indudablemente, romper un equilibrio ilusorio precedente, ir, por así decir, contra la corriente, construir algo que sea cualitativamente del todo diferente de aquello hacia lo cual empuja la sugestión dominante en la sociedad actual; producirá dificultades con el ambiente y consigo mismo y, para superarlas, cierto tiempo y una determinada maduración pueden ser indispensables. Pero puede ocurrir, tal vez, que estas dificultades resulten enormemente engrandecidas, casi justificando la ausencia de un empeño más serio. Circunstancias secundarias y más o menos insignificantes devienen así en pretextos para defenderse contra la eventualidad de tener que cambiar verdaderamente algo de sí mismo, convirtiéndose en el más grande de los peligros, casi como el peligro verdaderamente espantoso consistente en perseguir ciegamente la gran corriente de la vida "profana".

En algún caso, este estado de cosas puede ser agravado por una actitud de falsa seguridad que se refuerza apoyándose ente los aspectos más elevados de la doctrina tradicional, incluso la misma enunciación metafísica, mal entendida y peor aplicada. Así por ejemplo, con una extraña confusión de planos, la idea de inalterabilidad del "Sí" trascendente resulta de algún modo referida a la propia condición presente, alimentando una impresión cerebral de dominio y de auto suficiencia del todo ilusoria.

De este modo, a una presunta impotencia práctica, puesta delante de sí mismo a modo de propia justificación, se puede asociar muy bien cierto sentido de indiferente superioridad completamente contradictorio, pero, de hecho, también utilizable para el mismo objetivo de eximirse, de cualquier modo, de las incomodidades de la búsqueda de una realización que vaya más allá del mundo, en absoluto tranquilizante, en el cual está inmerso y en el cual se ha habituado a sufrir, con perseverante inconsciencia, toda suerte de determinaciones. Y esta posición es tanto más insostenible si se refleja en las condiciones de mayor responsabilidad de quien ha comenzado a comprender cierta cosa, y que no puede ya regresar a una situación de ignorancia pura y simple. Esta mayor responsabilidad, bien entendida, no se reduce a una condición "moral" distinta pero, pese a ello, el propio comportamiento queda de hecho mucho más empeñoso y, ciertamente, tampoco la inacción podría considerarse indiferente al juego de acciones y reacciones concordantes que determinan el devenir de un ser, cuando ella corresponde al rechazo de posibilidades espirituales que son perseguibles hasta un determinado momento y que podrían, seguidamente, no serlo más.

Sin embargo, la participación inicial en la metafísica tradicional, normalmente, debe y puede tener consecuencias bien diversas hasta asumir una importancia decisiva, incluso para personas extrañas a todo otro vínculo con la tradición. Cuando aquella participación no queda encerrada en el plano mental, cuando es tan sincera de tocar verdaderamente el "Corazón" del ser humano, ella, bien lejos de favorecer cómodos sofismas, obstruye el campo de las complicaciones imaginarias, y entonces hay una cuestión que no puede ser eludida: ¿por qué, no obstante la comprensión teórica de la metafísica, la propia realidad queda, de hecho, limitada y limitante, y tampoco se puede hacer, a menos de identificarse a ella, algo para alcanzar su resolución efectiva en la realidad metafísica, y, ante todo, algo para establecer un vínculo consciente, el cual por sí sólo, podrá dar, ya, un "sentido" a la propia existencia?

Por otra parte, el cambio de perspectiva permite ver también cómo el sentido profundo de la vida tradicional es justamente la respuesta a aquella cuestión fundamental. También las determinaciones particulares y limitativas ínsitas, inevitablemente, en toda forma de vida tradicional aparecen por consiguiente con una nueva luz, iluminada desde la consciencia del objetivo hacia el cual conducen, que es, precisamente, la realización de la realidad metafísica: y, usando una imagen, la balsa puede ser indispensable para atravesar la corriente, incluso cuando después de atravesada será un estorbo inútil que habrá que dejar atrás.

La vida tradicional es por lo tanto, en cierto modo, la "piedra de comparación" de la sinceridad de la adhesión a la doctrina metafísica. [1]

Se puede observar aun, a este respecto, que la activación de un vínculo consciente entre la propia condición de hecho y la realidad metafísica implica también, de un modo u otro, la toma de consciencia de un estado de subordinación y de sumisión: y, mientras haya dualidad, habrá también una relación de dependencia total hacia el Principio. La vida tradicional, la vida ritual, activan continuamente la consciencia de tal relación; y, justamente, esto puede conducir más allá de las formas múltiples del mundo humano, hacia la condición central de quien, precisamente, por estar en relación directa con la realidad principial, realiza perfectamente la propia "sumisión" consciente al Principio, base de toda realización trascendente: es éste, según la expresión taoísta, el estado del "hombre verdadero".

Aquellos que, en cambio, evitan afrontar las dificultades que comporta la asunción de una vida tradicional, permaneciendo debajo de su forma, encerrados en una participación exclusivamente mental con las doctrinas tradicionales, no pueden más que realizar de hecho una "sumisión" inconsciente a las ilusiones de la "vida ordinaria". Mientras permanezcan en este estado es inútil que busquen hacerse valer apoyándose en doctrinas verdaderas: son hombres falsos.

Nota Keystone:
[1] Para abundar y profundizar en el sentido de esta frase aconsejamos la lectura del artículo publicado en el nº 29 de la Revista Letra y Espíritu, La vida tradicional es la sinceridad, escrito por el Sheij Tâdilî.
http://www.gle-crd.com/en/noticias/letra-y-espiritu-n-29-revista-de-estudios-tradicionales