martes, 20 de diciembre de 2011

La Memoria Inútil; por 'Umar

Artículo publicado en la revista francesa "Vers la Tradition", nº 62, enero-febrero de 1996.


En nuestro artículo sobre "La piedra cúbica en punta" [1], habíamos indicado que las observaciones sobre los símbolos son accesibles a todo "iniciado" sin exigir por su parte una "cultura" cualquiera, sea ésta religiosa, científica, semántica o teológica. El presente artículo se propone desarrollar esta afirmación y demostrar su fundamento y su veracidad, basándonos en lo que nos dice René Guénon sobre la metafísica y, más particularmente, en su conferencia titulada "La Metafísica oriental", de la cual extraemos las citas que seguirán a continuación.

Intentaremos así hacer comprender que la "realización" se obtiene a través de la progresiva supresión de los "conceptos", y no por la acumulación, por racional que sea, de lo que los modernos, erróneamente, acostumbran a llamar "conocimientos".

Ciertamente, Aristóteles nos enseña que "el alma es todo lo que conoce". La lectura superficial de esta afirmación está en la base de toda la enseñanza actual, que consiste en acumular "conocimientos" sobre todos los temas posibles, y más específicamente los conocimientos llamados filosóficos, históricos, científicos, lingüísticos, tecnológicos, etc., según la idea primaria de que "cuanto más se sabe, más rico es este saber".

Ahora bien, se observará que esta "culturización" exige, sin excepción alguna posible, la posesión (o la adquisición mediante las técnicas apropiadas) de una memoria muy sólida. Por otra parte, son innumerables los "institutos" que proponen métodos de adquisición o de fortificación de la memoria, e incluso "métodos de lectura rápida".

E incluso en el seno de las propias organizaciones iniciáticas esta idea está de tal forma admitida que se exige a la mayoría de los candidatos a la iniciación una "cultura" previa a su admisión, pudiendo llegar hasta una preferencia por los "universitarios", y esto tanto más cuanto que tales organizaciones creen absurdamente haber pasado de lo operativo a lo más puramente especulativo.

De hecho, si juzgamos según la proliferación de los "diccionarios de los símbolos", o según la multiplicidad a menudo anárquica de términos hebreos, desviados o no, en los rituales de los Talleres llamados "superiores", no se podría acordar un prejuicio favorable al candidato cuya memoria de conocimientos profanos o exotéricos no alcance un nivel mínimo.

¿No se llega incluso a pedir al postulante, según el "tinte" característico del taller, el conocimiento actualizado del salario mínimo interprofesional, de las organizaciones sindicales en vigor, de la historia de la revolución francesa o de los filósofos más recientes, cuando no de los escritores más discutibles, al estilo de Sartre, Teilhard de Chardin, Aragon, Marcuse, Marx, Freud, Jung y tantos otros?

Así, aquel cuya memoria no haya sido solamente mantenida, sino también desarrollada, no tendría posibilidad alguna de acceder a la "realización metafísica", que es, no obstante, el objetivo último de la iniciación.

Ahora bien, Aristóteles dijo que "el alma es todo lo que conoce", y no "todo lo que sabe". Esta deformación de la idea de "conocimiento", indebidamente asimilada al "saber", conduce incluso a los más aptos a la desilusión y a la renuncia, y no dejar subsistir, en las altas esferas de la Franc-Masonería, más que a universitarios, para los cuales, evidentemente, las posibilidades de realización están, muy a menudo, en razón inversa a sus numerosas cualificaciones profanas. Y ello porque esta aptitud para la memorización de los datos o hechos más diversos y a menudo más disparatados es un verdadero obstáculo en la vía del conocimiento metafísico, que es, como nos dice René Guénon, "el conocimiento supra-racional, intuitivo e inmediato" de lo que "está más allá de la naturaleza", es decir, de lo "sobrenatural".

Tal como está aquí enunciado, este conocimiento aparece como la antítesis de la memoria, definida ésta como "la facultad que consiste en conservar los estados de conciencia pasados y los conocimientos adquiridos, y de poder evocarlos a voluntad".

Incluso si se admite generalmente que la memoria es evolutiva y que se modifica en función de la naturaleza de las cosas memorizadas, no es menos cierto que todo el saber moderno está condicionado por la buena conservación de los conceptos y de los hechos registrados.

La definición de la memoria precisa que se trata, ya de estados de conciencia, ya de conocimientos adquiridos: y esto es evidente, puesto que lo que debe ser conservado proviene necesariamente del exterior. Se habla incluso de "almacenar" los datos conceptuales, sean compatibles entre sí o no.

Ciertamente, René Guénon admite que "…los medios de la realización metafísica… deben estar al alcance del hombre", y que " …es en las formas que pertenecen a este mundo, donde se sitúa su manifestación presente, que el ser tomará un punto de apoyo para elevarse por encima de este mundo; palabras, signos simbólicos o procedimientos preparatorios cualesquiera no tienen otra razón de ser ni otra función… son soportes, y nada más".

Así, se podría creer, como muchos piensan, que cuantos más símbolos, palabras y signos conoce un iniciado, derivados de las lenguas sagradas antiguas o actuales, más oportunidades tendrá de acceder al conocimiento metafísico. Abundan así los "trabajos" llenos de citas en sánscrito, en hebreo, en árabe, con el loable aunque a menudo estéril objetivo de enriquecer e ilustrar los conceptos desarrollados. Si a veces ocurre que estas citas tienen como efecto el poner de relieve la universalidad de un concepto, a menudo el resultado obtenido consiste en dispensar al lector de profundizar por sí mismo su propia reflexión sobre los símbolos.

Ahora bien, Guénon nos pone inmediatamente en guardia a este respecto al precisar que "…no confundamos un simple medio con una causa en el verdadero sentido de la palabra", y que "no debemos entender la realización metafísica como un efecto cualquiera de algo, porque no se trata de la producción de algo que no exista todavía, sino de la toma de conciencia de lo que está, de manera permanente e inmutable, fuera de toda sucesión temporal o de otro tipo, pues todos los estados del ser, considerados en su principio, están en perfecta simultaneidad, en el eterno presente".

Lo que es permanente e inmutable no tiene evidentemente ninguna necesidad de ser memorizado ni conservado. Mientras que la memoria supone un conocimiento cronológico de los hechos memorizados, el conocimiento puro exige, por el contrario, una abolición de las condiciones temporales, y quien está en la vía debe primeramente franquear las limitaciones de las condiciones temporales, a fin de que la aparente sucesión de las cosas pueda transmutarse en simultaneidad y pueda nacer en él "el sentido de la eternidad, facultad ésta desconocida por el hombre ordinario".

E insiste: "Esto es de una extrema importancia, pues quien no pueda escapar del punto de vista de la sucesión temporal y considerar todas las cosas de modo simultáneo es incapaz de la menor concepción de orden metafísico. Lo primero que debe hacer quien verdaderamente quiere llegar al conocimiento metafísico es situarse fuera del tiempo, diríamos incluso situarse en  el no-tiempo".

Se podría objetar que la memoria permite, precisamente, restituir en un instante dado hechos que están registrados en el tiempo, incluso en épocas muy alejadas unas de otras, y que sería así una herramienta al servicio del no-tiempo, o que podría dar una buena imagen de éste.

Esto sería olvidar que la memoria está totalmente sometida a la cronología, ya que es la "conservadora" por excelencia. Hay entonces un verdadero abismo entre el eterno presente, o no-tiempo, y el recuerdo de acontecimientos que no pueden ser memorizados sino en el tiempo.

Es ésta la razón de que tal distinción sea de una extrema importancia, pues es a causa del aparente mecanismo de la memoria que el hombre experimenta grandes dificultades para evadirse de la condición temporal. Cuando Sri Nisargadatta Maharaj nos ofrece el ejemplo del niño que dice "yo" y, convertido en anciano, continúa diciendo "yo", nos hace entrever el no-tiempo del "Sí", absolutamente independiente de la memoria. Precisa incluso que nuestros miedos son el producto del recuerdo de nuestros dolores, y que nuestros deseos nacen del recuerdo de nuestros placeres.

Así, quienes entran en la iniciación deben comprender que la metodología ritual que practican, lejos de beneficiarse de sus adquisiciones profanas, tiende, por el contrario, a ponerlas en duda.

Ciertamente, como dice Guénon, "estos medios podrán, en el punto de partida, ser casi indefinidamente variados, pues, para cada individuo, deberán ser apropiados a su naturaleza especial, conforme a sus aptitudes y sus disposiciones particulares".

Pero añade que "no hay ninguna dificultad en reconocer que no existe medida común entre la realización metafísica y los medios que conducen a ella, o, si se prefiere, que la preparan. Ésta es por otra parte la razón de que ninguno de estos medios sea necesario, de una necesidad absoluta; o, al menos, no hay sino una sola preparación verdaderamente indispensable, y es el conocimiento teórico".

Observamos así inmediatamente que el conocimiento teórico no precisa de la ayuda de la memoria, puesto que se apoya en principios inmutables y no en la sucesión aparente de los efectos que pueden ocasionarse y que, por otra parte, son lo único que puede ser memorizado.

Incluso el conocimiento teórico, según nos dice Guénon, "no podría llegar muy lejos sin un medio al que debemos considerar como el que desempeñará el papel más importante y más constante: este medio es la concentración… Todos los demás no son sino secundarios con respecto a éste; sirven sobre todo para favorecer la concentración y para armonizar entre sí los diferentes elementos de la individualidad humana, a fin de preparar la comunicación efectiva entre esta individualidad y los estados superiores del ser".

Ahora bien, esta "concentración", que puede ser identificada con la "meditación", es la actitud opuesta al acto de memorización, que es la expresión misma de la exteriorización de las cosas individuales memorizadas.

Y para volver de nuevo a nuestro anterior artículo, no se puede, "geométricamente", situar mejor y simbolizar esta "concentración" sino en la Punta de la Piedra cúbica, donde no puede subsistir ningún acto de memorización.

Observemos, por lo demás, que la memoria no está sometida sólo a las condiciones temporales: ella comprende igualmente las condiciones espaciales, en la medida en que lo que tiende a conservar pertenece también al dominio de la forma. Ya se trate de fórmulas matemáticas, de conceptos sobre la materia, de cosmología, de imágenes del pasado o incluso de reglas gramaticales, todos nuestros recuerdos revisten, más o menos, una cierta forma espacial que contribuye, por su propia naturaleza, a facilitar la memorización. Y, quizá, reflexionando un poco, descubramos que es ésta la condición necesaria de la memorización.

Ahora bien, nos dice Guénon que la segunda fase de la realización metafísica "se refiere a los estados supra-individuales, pero todavía condicionados, aunque sus condiciones sean distintas a las del estado humano… Lo que se supera es el mundo de las formas en su acepción más general, comprendiendo aquí todos los estados individuales, sean cuales sean, pues la forma es la condición común a todos estos estados, aquella por la que se define la individualidad como tal. El ser que ya no puede ser llamado humano ha escapado a la "corriente de las formas", según la expresión extremo-oriental".

Así, la vía de realización metafísica impone, desde su inicio, el abandono de las condiciones a la vez temporales y espaciales, que son, precisamente, las condiciones de la existencia, del ejercicio y del aprovechamiento de la memoria. Se comprenderá entonces no solamente la inutilidad de ésta en la búsqueda metafísica, sino igualmente su verdadera nocividad con respecto al esfuerzo de superación que esta búsqueda exige.

Pero hay más. Tras haber expuesto las dos principales fases de la progresión en el verdadero conocimiento, René Guénon precisa que "por elevados que sean estos estados con respecto al estado humano, por alejados que estén de éste, no son aún sino relativos, y ello es verdad incluso del más alto de ellos, el que corresponde al principio de toda manifestación. Su posesión no es entonces más que un resultado transitorio, que no debe ser confundido con el objetivo último de la realización metafísica; es más allá del ser donde reside este objetivo, con respecto al cual todo el resto no es más que encauzamiento y preparación. Este objetivo supremo es el estado absolutamente incondicionado, liberado de toda limitación".

Incluso para el debutante que se atiene todavía a la "letra" de lo que dice René Guénon aparece totalmente evidente que en este camino toda utilización de la memoria está absolutamente excluida, no pudiendo ésta en modo alguno franquear las condiciones limitativas que la justifican necesariamente, como por definición.

Se comprende así que la "vía masónica", a la que consideramos como esencialmente metafísica, no podría consistir en acumular "conocimientos", con la ayuda no solamente del intelecto, sino también de la memoria. Pues esta vía simbólica de "constructores" es, por la inversión normal de los símbolos, una vía de "destrucción de las ilusiones" en vistas a la comprensión de lo "Real".

Como dice René Guénon, "incluso todo lo que se puede expresar no es literalmente nada con respecto a lo que supera toda expresión, al igual que lo finito, sea cual sea su magnitud, es nulo frente a lo Infinito".

Por lo demás, la extrema punta de la flecha de las catedrales no es para la memoria sino las "piedras" que ella sintetiza.

Notas:
[1] "Vers la Tradition", nº 60, junio-julio-agosto de 1995.



jueves, 27 de octubre de 2011

Ciencia Masónica y Ciencia Profana; por Pietro Nutrizio

Las 7 Artes Liberales

Publicado en la Rivista di Studi Tradizionali, nº 49, junio-diciembre de 1978.

En un estrato de adherentes a la organización masónica que parece ser bastante extenso, se puede notar hoy una conducta respecto a la institución que, pese a testimoniar una mentalidad ya menos grosera que aquella de quienes no alcanzan a concebir el fin de la Masonería sino como un apoyo mutuo que sus adherentes deberían profesarse, o como una acción que la organización debe ejercitar en el campo político o social, no está sin embargo capacitada para hacerles dejar una perspectiva muy exterior, y en todo caso, desviada, respecto a la dirección mental que debería caracterizar a los iniciados.

En pocas palabras, de parte de estos Masones se reconoce, como finalidad de la organización, el conocimiento, pero éste resulta identificado con el fruto de la ciencia que los Masones pueden encontrar en torno suyo en el ámbito de su vida ordinaria (en particular, en los ambientes académicos de los cuales tal vez forman parte), cuando no hasta en aquella ciencia menos fiable, construida sincréticamente como soporte de las asociaciones pseudo-tradicionales que hoy pululan un poco en todas partes.

Quien ha tenido la fortuna de darse una preparación tradicional teórica fundada sobre una doctrina que se puede afirmar ortodoxa, o bien basada sobre principios intelectuales verdaderos, no puede dejar de ver cuán peligrosa es esta tendencia, incluso, tal vez, más que aquellas otras que señalábamos en primer lugar, mayoritariamente groseras y sentimentales, pero también menos capacitadas para contaminar a quienes posean un horizonte intelectual menos limitado. Aunque, a falta de un preparación semejante, algunas consideraciones de simple orden lógico, y diremos, a propósito en este caso, de puro sentido común, deberían ser suficientes para arrojar luz sobre aquellos malentendidos en los cuales se apoyan quienes comparten esta opinión, que podríamos llamar cientificista.

Como decíamos, estos son de hecho Masones; esto es, han querido y obtenido una iniciación, y periódicamente ponen en obra, en aquel ambiente particular que es una Logia masónica, un ritual constituido por gestos y expresiones que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo que conocen. Por lo tanto, están capacitados para percibir, aunque no sea sino de un modo nebuloso, que tales elementos son de naturaleza fundamentalmente distinta de aquella de todos los elementos que, en cambio, intervienen en los procedimientos según los cuales son construidas y asimiladas ciencias como, por ejemplo, la física moderna, la fisiología o la historia académica. ¿Qué podrían añadir estos elementos a los datos racionales que constituyen tales ciencias, o, también, al efecto que se quiere provocar sobre quien afronta el problema de la asimilación de una ciencia?. Y entonces, si las ciencias académicas no hacen intervenir nada análogo en su metodología y sin embargo obtienen los resultados prácticos de los cuales se jactan, ¿no existirá, en cambio, una ciencia puramente masónica de la cual tales elementos sean parte integrante, esto es, una ciencia que proceda de otros principios cuyos resultados no son alcanzables sino haciendo intervenir justamente aquellos elementos rituales y simbólicos, que en caso contrario no deberían ser calificados sino como pura superstición o simple demostración exterior, destinada solamente a satisfacer la propensión a un ceremonialismo que, claramente, no tiene nada que ver con el conocimiento?

Son estos, pensamos, algunos de los interrogantes que, antes que nada, podrían hacerse, para ser coherentes consigo mismos, estos Constructores Libres que en el interior de la institución dan crédito exclusivo a las ciencias profanas y pretenden servirse de ellas para alcanzar el conocimiento [1]. Si tras habérselos formulado continuaran sosteniendo que su deseo de saber será satisfecho por los contenidos de la ciencia profana, deberían considerar pensando así, quiéranlo o no, que en tal caso la Masonería sería solamente un nombre o una apariencia exterior; que los ritos cumplidos no tienen ninguna razón de ser y que por ello, al menos en el nivel de su consciencia actual, la iniciación recibida en el momento de su entrada en la Orden se resume en poco más que un simple acto burocrático sin gran alcance, a no ser desde un punto de vista psicológico.

Si en cambio consideraran que, en verdad, lo que hacen como Constructores Libres los distingue de todo aquello que en el mundo exterior se puede encontrar en forma de ciencia y de saber, entonces deberían comenzar a reflexionar, siempre por pura coherencia, que en el curso de los trabajos masónicos son fundamentalmente inútiles las referencias a datos y criterios de las ciencias académicas y que su verdadero trabajo se debe fundar únicamente sobre el patrimonio sapiencial que se encuentra en el interior de la organización masónica.

Habiendo llegado a este punto, tal vez tomarían consciencia de que el conjunto de las enseñanzas, de los ritos y de los símbolos de la Masonería representan un método para operar en el campo de una ciencia (o de un oficio, recordando el dicho medieval según el cual ars sine scientia nihil) que antiguamente debía ser, y debe por ello serlo todavía de manera virtual -mientras los ritos y los símbolos se hayan mantenido inalterados-, profundamente distinta de las ciencias tal como son conocidas hoy en el mundo profano. Trataremos en breves palabras de exponer aquí algunas de las razones por las cuales las cosas son verdaderamente así.

Aquello que debe admitirse ante todo es que una ciencia puede distinguirse de otra no solamente por su objeto (y en este caso la cuestión nos parece evidente), sino también por los puntos de vista desde los cuales un mismo objeto puede ser tomado en consideración. Si se examina en su operatoria el arte de construir, que constituye el fundamento del oficio de los Masones, y se lo compara, para hacerlo más fácilmente comprensible, no a cualquier otra ciencia moderna (para lo cual deberían ser hechas otras y más completas consideraciones, que tornarían el discurso más extenso y complejo) sino con las actuales técnicas de construir ¿cuál sería la diferencia esencial que las distingue y separa profundamente?

Desde un punto de vista tradicional, que es aquel al cual buscamos siempre atenernos, tal diferencia consistirá en cómo es entendido por el constructor el hombre que habitará o frecuentará la construcción. Si el hombre es concebido como un ser completo y, por así decir, cerrado en sí mismo, algo que comienza y concluye con su existencia corpórea (aun con todas las implicaciones psicológicas que se quieran), la construcción que lo hospedará podrá, o mejor dicho, deberá, no tomar en cuenta sino sus necesidades relacionadas con la corporeidad: el calor, el frío, la humedad, la necesidad de reparo de la curiosidad ajena, y demás; y es esto lo que hacen las modernas técnicas de construir.

Si en cambio el hombre es concebido como algo que no tiene su explicación en sí mismo, en cuanto manifestación fenoménica, sino como el receptáculo (o tal vez fuese mejor decir el soporte) de una razón de ser que no está condicionada por los sentidos, sino más bien manifestada sensiblemente por los elementos corpóreos y psíquicos que la hospedan transitoriamente, esta será la primera realidad que deberá tener en cuenta la construcción. Esto no se traducirá, como algunos podrían creer, en consideraciones morales y sentimentales que se sumarán a la realización de una manufactura entendida, bien o mal, como la única cosa que cuenta o a la que ilustran a posteriori, sino que se pondrán en juego, desde el momento mismo de la concepción del plano constructivo, y posteriormente en cada fase de la obra de erección del edificio, datos rigurosamente científicos en el sentido más pleno del término, esto es, referidos al mundo de los principios y de las causas de aquello que, considerado en sí mismo, es solamente transitorio. No porque escapen a las limitadas facultades de comprensión de los hombres de hoy estos elementos principiales no operarán, sin embargo, según leyes rigurosas. De ellos, además de naturalmente todos los otros, tenía conciencia el antiguo arte constructivo.

Es ésta también la principal razón por la cual es absolutamente imposible admitir, desde un punto de vista verdaderamente tradicional, que la actual ciencia de la construcción (o cualquiera que sea el nombre que tenga hoy el arte de construir) esté capacitada para proyectar, e incluso probablemente para elevar materialmente, por ejemplo, edificios como las catedrales de Colonia, de Rouen o el mismo "duomo de Milán".

Hemos escuchado afirmar, siempre por los Masones, que, aun cuando las cosas sean de este modo, ello no es un mal tan grande porque hoy los edificios del género ya no son necesarios; pero incluso admitiendo que esto sea actualmente una realidad, debemos añadir que, pese a todo, ello sería una realidad bien triste, porque corresponde a una situación de inutilidad de hecho -y no de derecho- que el mismo hombre moderno ha provocado al no reconocer ya la necesidad de armonizarse con las leyes universales. Identificándose cada vez más con los elementos de su modalidad más exterior, el hombre moderno ha llegado, en efecto, a perder de vista el ligamen profundo con las modalidades superiores de su ser, las cuales son, sin embargo, las que confieren al individuo humano toda la realidad de la cual es susceptible.

Además, las catedrales medievales no eran sino construcciones ejecutadas según criterios que permitían concentrar en un lugar determinado (y no elegido por casualidad) las influencias espirituales para beneficio de las comunidades humanas entendidas según su verdadera razón de ser; ¿cómo se podría reconstruirlas, o construir otras, cuando ya ni siquiera se concibe cual sería la eficacia de tales influencias, o hasta cuando no se sospecha siquiera que puedan responder a alguna realidad?

La verdad es que sin ellas (y la incapacidad de construir templos justos y perfectos es el dramático signo exterior de su gradual desaparición del mundo occidental, al menos a través de este tipo particular de vehículo), aquello que permanece del hombre, o mejor, aquello a lo que el hombre, de algún modo por autocondena, se halla reducido a ser, cambiando la libertad por un número cada vez mayor de vínculos, es solamente un caparazón vacío, una ilusión cuya inanidad la misma naturaleza, inexorablemente, pone en evidencia, al menos una vez en su ciclo de existencia. Esta desgracia ocurre justamente cuando él no puede hacer nada más para modificar su situación, y coincide con el momento en el cual tales vínculos, en los cuales ha puesto toda su confianza y su esperanza y hacia los cuales se dirige -dispensándole- toda su potencia, se desatan, y se encuentra empujado hacia unas tinieblas que podrían ser una luz, pero que ha rechazado como tal

Nota:
[1] Está claro que cuanto aquí decimos no tiene nada que ver con los resultados contingentes que tales ciencias han demostrado poder obtener en el campo circunscrito por las aplicaciones prácticas a la vida ordinaria. Estos resultados, nadie lo pone en duda, pueden ser legítimamente usufructuados sin contradicción, incluso por parte de quienes -como nosotros- ven claramente sus limitaciones, para resolver problemas específicos ligados a las condiciones de manifestación del hombre en cuánto ser individual corpóreo. Aquello que le negamos es su idoneidad para constituir una prueba de la relevancia de la ciencia que las ha originado en el campo puramente cognoscitivo, cuando se entiende por conocimiento -como lo haremos notar más adelante- algo verdaderamente explicativo de la razón de ser del hombre entendido en su integralidad.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Acotaciones al "Lapis Reprobatus Secretum Custoditum"; por Bernardo Jacobino

Nota Keystone: Con motivo de la publicación, el pasado 16 de Julio, de la noticia que hace referencia a la edición del Ritual de matriz escocesa "Lapis Reprobatus Secretum Custoditum", hemos recibido la siguiente comunicación de Bernardo Jacobino que procedemos a publicar aquí, como nueva entrada, dado su interés, agradeciendo la deferencia a su autor.
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Noticia original referida al "Lapis Reprobatus Secretum Cusdoditum".

                A principios del siglo XIX, una curiosa obra clandestina apareció con el título Le Régulateur du Maçon: este volumen publicaba de hecho los Rituales del Rito Francés fijados por el Grand Orient de France en el 1785. Un impresor sin escrúpulos difundió así los Cuadernos oficiales del Grand Orient de France, ¡que eran remitidos tras el pago de una fuerte suma sólo a aquellas Logias de la Obediencia que lo pedían por escrito! La viva condena del Gran Orient de France, que intentó vigorosamente limitar la difusión del libro sacrílego, es un signo seguro de la fidelidad e importancia del texto. El Rito Francés es practicado casi exclusivamente en Francia y en los países de influencia francesa, en particular en el Grand Orient de France y la Grande Loge Unie de France. Este rito ha sufrido modificaciones con el paso del tiempo y raramente se encuentra bajo la misma forma en las diferentes Logias en las que se viene practicando. La Masonería especulativa fue introducida en Francia alrededor del 1725 por exiliados Jacobitas y los rituales practicados en aquel tiempo eran uniformes y conformes a aquellos practicados en la Premier Grand Lodge of England (constituida en 1717), llamados “Modernos” por la Antient Grand Lodge of England (creada en el 1751). El Rito Francés se formó progresivamente, con fuertes diferencias entre las Logias, y sucede al Rito Moderno en oposición al Rito Escocés derivado de los Altos Grados. Después de la escisión de la Grande Loge de France en el 1766, y con el fin de garantizar una dimensión nacional a la Obediencia, el Gran Orient de France organizó en el 1782 la estandarización de los ritos "Modernos". En el 1785, el sistema fue fijado para los tres primeros grados, es decir, los grados simbólicos de las Logias Azules, tomando en ese momento el nombre de Rito Francés.

                La Guide des Maçons Ecossais, escrita presumiblemente alrededor de 1810 después de la creación del Suprême Conseil de France en el 1804, e impresa en el 1820, fue el primer Ritual impreso para los tres Grados simbólicos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en Francia.
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                Recientemente estos dos rituales han devenido de dominio profano a causa de la publicación de una edición crítica del Régulateur du Maçon a cargo de P. Mollier, con una reproducción en facsímil del original, en la Éd. Á l'Orient, Orleans, 2004, y de una edición crítica de la Guide des Maçons Ecossais a cargo de Pierre Noël, con una reproducción en facsímil de la edición de 1829, en la Éd. À l'Orient, Orleans, 2006.

                La preparación de estos dos rituales toma su punto de partida, cómo hemos observado, en la misma voluntad de estandarización que el Grand Orient de France y el Suprêm Conseil de France mostraron hacia las logias de inspiración francesa y escocesa respectivamente y que es una tendencia típicamente moderna, mientras que los Antiguos siempre se han limitado a recordar los Old Charges que se inspiran, sin poder ser identificados, en los llamados landmarks, reglas que nunca fueron escritas y a las que no es posible asignar un origen histórico definido. Una Logia que operase en el respeto de los Old Charges y en consecuencia de los Landmarks sería regular por ello mismo, incluso aunque practicase un rito no "oficial". Del mismo modo ocurriría con una Logia que operase en el respeto a los elementos esenciales que caracterizan a la matriz escocesa, tanto más en cuanto que la integración en los Altos Grados de elementos de otras iniciaciones occidentales (para evitar su pérdida definitiva cuando éstas se encontraban a punto de desaparecer) y la impronta de estos elementos en los tres Grados Simbólicos, nos enseñan que en Masonería todo debe buscarse excepto la estandarización.

                No es la primera vez en la historia reciente de la Masonería que asistimos a una restitución de elementos vitales, eminentemente simbólicos, que la ignorancia de los estandarizadores o la consciente voluntad de aquellos que quieren empobrecer la vía iniciática representada por la organización masónica, habían buscado socavar. Baste pensar como ejemplo en la acción fuertemente disgregadora de Anderson y Desaguliers, acción a la que los Antient hicieron un remiendo con el Ahiman Rezon, al igual que el despertar de la operatividad masónica de la que también en los tiempos actuales tenemos múltiples indicios. Estas intervenciones providenciales de rectificación no son obras literarias que presentan en modo crítico y comparativo lemas científicos, sino que penetran en la sabiduría masónica cuyo patrimonio simbólico está siempre a disposición, de un modo transparente e incorrupto, de quien tenga la cualificación para despertarlo y utilizarlo en sus ilimitadas posibilidades.

                En este momento nos parece poder reconocer en el ritual "Lapis Reprobatus Secretum Custoditum" una matriz escocesa indudable, sin necesidad alguna de hacer o dejar de hacer un paralelo crítico con la Guide des Maçons Ecossais. Es evidente que lo que emerge de su estudio simbólico y no literario son sobre todo dos elementos:

                                -La restitución de una gran profundidad al Grado de Compañero, tan deseada por muchas voces autorizadas vista la estrecha insignificancia que en los rituales modernos se reserva a este Grado respecto a la que había tenido entre los operativos; el simbolismo geométrico-pitagórico (citamos la Tétraktys sobre todo) y las fases operativas (simbolizadas por los viajes) del Grado se encuentran finalmente desarrollados.

                                -La vitalidad de un simbolismo sonoro (nos referimos a los golpes de Mallete) en el que con poco esfuerzo se entrevé la apertura de los operativos.

                Agradecemos la hospitalidad concedida a este comentario y gustosamente quedamos a disposición de quien quiera profundizar con algunos comentarios interesantes los símbolos arriba evidenciados. No queremos finalizar nuestra aportación sin señalar el atento cuidado mostrado por Librería Pardes, editora del Ritual, por garantizar la difusión del mismo únicamente entre M.·. M.·., máxime en una época en la que la vulgarización ha devenido el "estándar" casi obligado.

domingo, 4 de septiembre de 2011

La Construcción Ilusoria del Templo de Salomón; por Antonio Bonet Correa


Artículo del Diario "ABC", aparecido el 30 de noviembre de 1991, con motivo de la publicación en facsímil por la Editorial Siruela de la colección de libros El Templo de Salomón según Juan Bautista Villalpando, El Templo de Salomón según Jerónimo de Prado, y Dios Arquitecto VV. AA. 

     A finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, en los años 1596 y 1604, se publicaron en Roma los tres colosales volúmenes que acerca del templo de Salomón, según la visión del profeta Ezequiel, habían escrito los jesuitas españoles Jerónimo de Prado y Juan Bautista Villalpando. Felipe II, monarca que, por su sabiduría y prudencia, era calificado por sus contemporáneos de «nuevo Salomón», fue quien patrocinó tan magnífica y curiosa edición romana. El padre Prado, teólogo y escultor, y, sobre todo, Villalpando, matemático andaluz discípulo de Juan de Herrera, el artífice de El Escorial, llevaron a cabo, tras una labor que duró casi toda su vida, la tarea de reconstrucción hipotética de aquel edificio desaparecido. El Templo de Salomón, por su planta y alzado, tal como lo imaginaron, ofrece gran paralelismo con el monasterio-palacio-panteón construido por Felipe II en la sierra madrileña. El clasicismo herreriano de las ilustraciones diseñadas por Villalpando es la prueba palmaria de la identificación ideal de ambas excelsas construcciones, conceptualmente consideradas como emanaciones de una idea absoluta de lo arquitectónico.

     Las plantas de la ciudad de Jerusalén y del Templo de Salomón tenían la forma cuadrada. De igual figura geométrica es el tomo de estudios que, coordinados por el profesor Juan Antonio Ramírez, acompaña, en volumen aparte, esta nueva impresión del libro de los jesuitas realizada sin escatimar medios y un lujo poco frecuente por Ediciones Siruela. Los especialistas del tema, además de Ramírez, el español Antonio Martínez Ripolí, el inglés René Taylor, el holandés Robert Jan Van Pelt y el suizo André Corboz, analizan, respectivamente, las diversas facetas de un tema de tan variados y complejos aspectos. A sus aportaciones científicas hay que añadir la gran novedad bibliográfica de un «disquete» con el programa informático de términos y conceptos usados en el texto teológico-arquitectónico de los jesuitas. Idea del profesor de la Universidad de Roma Eugenio Battisti, que no pudo realizaría a causa de su fallecimiento, este «disquet» es obra de la profesora de la Universidad de Murcia Cristina Gutiérrez Cortina.

    Verdadero laberinto de espejos, tal como acertadamente lo calificó Juan Antonio Ramírez, a quien se debe la exhumación y recuperación de este importantísimo libro, el tercer tomo, obra exclusiva de Villalpando, resulta difícil de comprender sin el hilo conductor de la erudición. Construcción ilusoria y arquitectura descrita, su genealogía es la de los edificios soñados. No es extraño que interese a los aficionados a las utopías y las fantasías arquitectónicas, los cuales saben unir a la abstracta precisión intelectual la realidad onírica y peregrina de la imaginación. Villalpando, que eludió la reconstrucción del templo de acuerdo con los datos históricos de la Biblia, encontró a causa de ello la oposición de los escrituristas que, como Arias Montano, basaban sus conocimientos en las fuentes fidedignas que describían el templo real, no imaginario, construido por Salomón. La polémica era lógica. Para Villalpando, el tema tenía una única dimensión especulativa. El origen divino de la arquitectura domina su texto. Dios era el artífice máximo, el supremo arquitecto del universo, quien había proporcionado a los constructores los planos del templo. El Arca de la Alianza, primero; los planos del Tabernáculo, después, y, por último, los del Templo, procedían de su imaginación divina. Los hombres sólo fueron los encargados de darles la forma concreta. La arquitectura sagrada se deriva, pues, del modelo diseñado por Dios para el pueblo escogido.

Tienda de la Presencia rodeada por las 12 tribus de Israel
según J. B. Villalpando
    Si la máxima perfección arquitectónica procede de la máxima sabiduría divina, esta premisa es razón suficiente para que la arquitectura clásica de los griegos y romanos sea una derivación de lo sagrado. Para Villalpando, los órdenes clásicos y Vitruvio tienen sus precedentes en el Templo de Salomón, cuyas columnas Yaquin y Boaz, a cada lado de la puerta, ostentaban un capitel que llama «mosaico». El famoso orden salomónico, tan usado en el barroco, tendría también su origen en estas fantásticas reconstrucciones. Villalpando, que en la cuestión de las proporciones sigue la concepción numérica de Pitágoras y que, en lo relativo a la armonía, sabe conciliar Platón con la Biblia, se convierte, gracias a sus especulaciones morfológicas, en el máximo teórico de la arquitectura de la Contrarreforma. Jesuita que ponía en práctica la «composición del lugar» y la «imagen mental» propugnadas por San Ignacio de Loyola en sus «Ejercicios Espirituales», fue también autor de una maqueta, hoy perdida. El estupor y la admiración que Juan de Herrera tuvo ante la visualización del templo llevada a cabo por Villalpando no resulta extraña en un arquitecto, autor del «Discurso del Cubo» y que estaba tan interesado por la filosofía de Raimundo Lulio y conocía tan a fondo la Kábala. De igual manera se justifica el interés de Felipe II, muy enterado de arquitectura y mecenas artístico, por un libro que era como el reflejo de la ideas fundamentales de El Escorial, Octava Maravilla del Mundo y remedo del Divino Templo de Salomón.

    Para Villalpando, en el Templo de Salomón «dejó Dios estampada con maravilloso arte la semejanza de todo cuanto existe bajo la inmensa cubierta del universo». Auténtico microcosmos, el templo encierra en sí mismo, no sólo el sentido simbólico, sino también analógico. La buenaventuranza, la elevación y el enajenamiento del alma que proporciona su contemplación entraña toda una Pansofía, es como un compendio de la sabiduría divina. La dimensión hermética del texto tiene que ver con el significado de un edificio-enigma que refleja la divinidad en su estructura arquitectónica y en la totalidad de su mobiliario y piezas litúrgicas. El oro y la riqueza de su conjunto son paradigmas del papel sagrado que le corresponde. El Templo de Salomón interpretado por Villalpando obsesionó a los arquitectos, teóricos y pensadores del barroco León Judá Hebreo, Fray Juan Rizi, Fischer von Erlach, Christopher Wren, Newton o John Wood, por citar a los más célebres. Su relación con las logias masónicas y las sinagogas holandesas, al igual que con los falansterios decimonónicos, es una muestra del interés que ha despertado tan apasionante y arcana especulación arquitectónica.

    Los cientos de páginas que tiene que leer aquel que quiera tener una idea de lo que fue el Templo de Salomón tiene al final su compensación indudable. Tras haber penetrado en la selva literaria del «delirio objetivo» de los padres jesuitas y haber seguido los textos eruditos de los especialistas, en los cuales, además del análisis del templo, se estudian otros edificios relacionados con su existencia, como el Santo Sepulcro, la cúpula de la Roca y su plataforma, además de los planos y vistas de la Jerusalén Celeste, acabará pensando que sólo el método paranoico crítico de Salvador Dalí podrá proporcionarle las claves para la interpretación del tema. Nadie debe desesperar. No se equivocaba Ramírez al calificar el libro de los jesuitas de un laberinto de espejos. Texto caleidoscópico, en el que se reflejan las mil facetas de sus páginas, tiene la fortuna de encontrarse ante el áureo y deslumbrante umbral de un secreto edificio al que sólo tienen acceso los iniciados. Penetrar en su interior es poseer la luz de la inteligencia, apresar el reflejo de la sabiduría divina.

Alzado del Templo de Salomón según J. B. Villalpando

domingo, 28 de agosto de 2011

Tres notas sobre la Masonería en India

Tomado de P. C. Chunder The Sons of Mistery (Jayanti, Calcuta 1973).

Carta de Gratitud de la Gran Logia de Inglaterra al Gran Maestre de la Gran Logia de Calcuta (1733)
                                           
(fragmento)

  "La Providencia ha fijado vuestra Logia cerca de esos indios instruidos que pretenden ser llamados Noécidas, los obervadores estrictos de sus Preceptos (de Noé), enseñados en esas partes por los dicípulos del gran Zoroastro, el instruido Archimago de Bactria o los Grandes Maestres de los Magos, cuya religión es en gran parte preservada en India (lo cual no nos preocupa) y también muchos de los Rituales de la antigua Fraternidad usados en su Tiempo, quizá más de lo que ellos son conscientes. Ahora, si es o fuera consecuente con otros Negocios descubrir en esas partes los Restos de la vieja Masonería y transmitírnoslos a nosotros, deberíamos estar del todo Agradecidos, pero especialmente los Hermanos instruidos que comprenden los nuevos Descubrimientos de las antiguas naciones que han sido renombradas por el Arte y la Ciencia y deben todavía tener entre ellas algunos valiosos restos".

                                               I. R.

                                      Secretario de la Gran Logia


Sobre la Admisión de hindúes y musulmanes en la Masonería

  "Leímos otra carta de la Gran Logia dando a entender que había sido decidido por unanimidad suspender la admisión de mahometanos e hindúes en la Orden de la Masonería hasta que se hicieran una investigación y un informe sobre el asunto (...) Se decidió convocar una reunión especial para considerar el tema.

En esa reunión, celebrada en Mayo, fue propuesto por el R. W. Master secundado por el Bro. W. White que los musulmanes son admisibles como masones bajo el principio de que “ningún hombre es excluido de la Orden, cualquiera que sea su religión y modo de adoración, una vez probada su creencia en el Gran Arquitecto del Cielo y la Tierra y que practica los sagrados deberes de la moralidad”.

La moción fue rechazada por la mayoría.

Una moción similar que sustituía hindúes por musulmanes fue también rechazada"  (W. K. Firminger y Guy D. Robinson The Second Lodge og Bengal in the Olden Times).

  Como puntualiza Gould, "El edicto de la Gran Logia Pronvincial de Bengala prohibiendo la entrada de asiáticos sin el permiso del Gran Maestre Provincial estuvo en vigor hasta el 12 de Mayo de 1871; y hubo al menos una creencia popular en existencia hasta tan tarde como 1860´. Nos informa después de que un asistente médico militar, de quien se informó que era un brahmán, fue iniciado en la Logia Meridian, 31st Foot, en 1860. La prensa masónica cuestionó la legalidad de esta iniciación. El P. M. de otra logia la defendió, declarando ´que el mismo sustrato de la fe brahmánica es la creencia en un Gran Ser Director´. El candidato, sin embargo, cerró al fin la controversia admitiendo que era cristiano. Príncipes musulmanes y maharajás sikhs fueron iniciados en los misterios de la Orden en 1775, 1842, 1850 y 1861. Los parsis de India Occidental, los confucianos y los musulmanes fueron iniciados en una Logia de Bombay en 1843 y 1844 [1]".

[1] El primer hindú iniciado en la Masonería de que se tiene constancia en una logia bengalí es Babu Prosonno Coomar Dutt, que ingresó en la Logia Anchor and Hope de Calcuta (la misma en que fue iniciado Swami Vivekananda) en 1872.


Decisión de la Gran Logia sobre una apelación
                                                
Iniciación de un hindú

"6 de Junio de 1866.- La Gran Logia de Distrito de Bengala tenía un edicto disponiendo que ningún asiático debía ser iniciado sin consulta especial al Gran Maestre de Distrito. En el caso traído ante la Gran Logia, el Worshipful Master inició a un candidato hindú sin esperar el resultado de dicha consulta. El Gran Maestre de Distrito destituyó al Worshipful Master..."



sábado, 16 de julio de 2011

Ritual de los Tres Grados Simbólicos denominado "Lapis Reprobatus Secretum Custoditum"

Imagen de la portada

Nota Keystone: Hemos recibido la siguiente noticia que publicamos por considerarla obra de notable interés.   

   La Editorial Librería Pardes ha venido a estar en posesión de un Ritual de matriz Escocesa para los tres Grados Simbólicos, obra de algunos afiliados a la Orden masónica, los cuales nos han propuesto su publicación a condición de que sea reservada exclusivamente a Maestros Masones.

   Los redactores se han basado en el conocido Ritual "Guía de los Masones Escoceses". Este texto, redactado presumiblemente alrededor de 1810 después de la creación del Supremo Consejo de Francia en el 1804 e impreso en 1820 (fue el primer Ritual impreso para los tres Grados Simbólicos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en Francia), había fijado los diferentes Rituales Escoceses en uso en la segunda mitad del siglo XVIII en Francia y tomó como soporte el enderezamiento operado por los "Ancients" en Inglaterra.

   El trabajo desarrollado ha supuesto una imponente labor de investigación sobre decenas de antiguos documentos (Rituales, Catecismos, Antiguos Deberes) para reinsertar en la estructura de la "Guía de los Masones Escoceses" numerosos elementos "perdidos" en el transcurso de los años y, al mismo tiempo, pulir y limpiar el lenguaje de varias incrustaciones, con el fin de hacer reaparecer el significado original.

   Una cierta competencia masónica permitirá reconocer fácilmente el carácter genuino de los elementos "reencontrados" y la pureza del lenguaje del Arte. El resultado, tras un atento examen, es sorprendente por la coherencia, profundidad y operatividad del simbolismo desvelado, y por la simplicidad de su ejecución.

   El Ritual es completo en los tres Grados Simbólicos y su puesta en acción se ve facilitada por la composición editorial, donde lo "hablado" se ve acompañado de lo "actuado", distinguiéndose ambos textos mediante una tipografía diferente.

   Finalmente, y para que el continente no desmerezca al contenido, la obra viene presentada en una cuidada edición de tirada numerada (101 ejemplares), tapa dura en imitación piel, encuadernación cosida y estampación en oro; el texto trilingüe Italiano-Francés-Español en frontal permite una fácil lectura simultánea en cualquiera de las citadas lenguas.

   Dado que, tal como hemos señalado, por condición expresa de los redactores, el texto sólo podrá entregarse a Maestros Masones, los interesados en el libro deberán acreditar su condición indicando Obediencia y número de matrícula. En caso de que usted no lo sea pero tenga conocimiento de algún miembro de la Orden masónica que pudiera estar interesado, le agradeceríamos le remitiese la información que acaba de recibir.

   El precio del libro es de 69 €, aunque para los suscriptores de la revista Letra y Espíritu se oferta a 60 €, siempre más los gastos de envío (6 euros para territorio español).

   Los datos de contacto para efectuar pedidos son los siguientes:

   EDITORIAL LIBRERÍA PARDES
   Telfs.: 647 537 262 / 93 117 34 64

   También se puede contactar en la siguiente dirección de correo: lyemeru@gmail.com.

  Agradeciéndole la atención prestada y esperando que la información sea de su interés, aprovechamos la ocasión para saludarle cordialmente.

  Alberto Gallardo
  Editorial Librería Pardes

sábado, 2 de julio de 2011

La palabra creadora en Masonería; por Pere Sánchez Ferré

Artículo publicado en la revista La Puerta. Retorno a las fuentes tradicionales, nº 65, julio 2006, Tarragona, Arola Editors., pp. 99-116.

La existencia de la masonería está estrechamente vinculada a la cábala hebrea, cuya presencia se hace evidente en el uso de palabras, de nombres de Dios que figuran en los rituales de los diferentes grados y en todos los Ritos y sistemas masónicos, tanto antiguos como modernos. A cada grado le corresponde una palabra sagrada y una de paso, aunque en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado el primer grado no tiene palabra de paso, de manera que el aprendiz utiliza la única palabra que ha recibido, la sagrada, para acceder al templo.

La mayoría de estas palabras son hebreas y han mantenido su fonética en esta lengua hasta la actualidad, aunque a veces se den alteraciones importantes, en muchos casos debido al desconocimiento del hebreo. Se conservan en su lengua original porque así mantienen su poder; no pueden traducirse sin que pierdan su eficacia, ya que no son de invención humana: pertenecen a una lengua sagrada [1]. Platón escribe que los nombres de los dioses son eternos, y son los correctos «por naturaleza y no por convención». Para el filósofo griego, el creador, el demiurgo universal, es también el «primerísimo onomaturgo[2], creador de los nombres», por es esa razón aquellos que se han encontrado con daimones o ángeles, «han aprendido de ellos nombres más ajustados a las cosas que cuantos vienen impuestos por los hombres»[3].

Court de Gebelin dirá que los nombres de Dios detentan su fuerza y poder en la lengua original que fueron revelados debido a que:

La justa relación entre los nombres y los objetos que designan es lo que confiere la fuerza y la energía a las palabras. […] hay aquí como un retrato que no puede ser arbitrario, sino que debe ser conforme a su modelo. [4]

Estas razones son suficientes para no alterar los nombres sagrados, como ha hecho la masonería.

En el pensamiento tradicional, las palabras aluden directamente a las cosas que designan. Un buen ejemplo de ello nos lo proporcionan los nombres de Dios que figuran en la Biblia, donde en la mayoría de casos a cada estado y función de la divinidad corresponde un nombre determinado, cuyo significado nos revela su naturaleza. Esta relación íntima sobre el nombre y lo que éste designa no es, evidentemente, patrimonio del judaísmo, sino que es propio de todo el pensamiento antiguo. Nada en la creación es fortuito, sino que todas sus partes y elementos guardan entre sí una relación, un vínculo natural establecido por el Creador, lo cual se manifiesta también el lenguaje.

La realidad era aprehensible porque las palabras y las cosas no estaban separadas [5] y el signo no era arbitrario, como piensa la modernidad, pues en cada cosa y en cada criatura estaba inscrita una señal que la hacía reconocible, identificable. Así, el mundo tenía significado, era inteligible gracias al lenguaje. Así, también el ser humano era y es cognoscible gracias a que también él posee un signo de identificación, que consiste en la partícula divina que contiene, es decir, Dios en el hombre, que es la palabra perdida en masonería; esta es su dignidad, en el sentido que lo afirmo Pico della Mirandola; gracias a esta palabra divina sepultada en la naturaleza humana, el hombre puede ser el rey de la creación y el centro del mundo.

Respecto a la relación verídica entre las palabras y las cosas, la tradición escrituraria hebrea (a la que hemos aludido) nos proporciona un ejemplo paradigmático, pues cada nombre de Dios designa las cualidades, funciones y estados que le son propios. He aquí algunos ejemplos: cuando el nombre alude a la fuerza de la divinidad celeste, se usa el término El (אל), que significa ‘fuerza’. El nombre de Elías representa al profeta que ha encarnado a Dios; en hebreo es Eliahú (אליהו), compuesto por dos nombres de Dios, el celeste, Elí (אלי), ‘mi Dios, mi Fuerza’ y Hu, (הו) el dios sepultado en el hombre, que se unen en el ser humano que ha sido bendecido.

Cuando Dios es el fuego del cielo, lleva el hombre de Uriel (uri, ‘mi fuego’ ‘de El’); cuando cura, Rafael (‘curación de El’); cuando, en el cristianismo, visita y fecunda a la Virgen pura, es llamado Gabriel (el ‘macho’, guever, de ‘Dios’, El).

En las palabras sagradas y de paso que emplea la masonería prevalece este mismo principio, aunque intervienen otros elementos que han modelado su uso con claves complementarias.

Nombrar, crear

La palabra es creadora, contiene una fuerza primigenia que nace del fondo del hombre, de su dios. Gracias a este origen divino, nombrar supone activar la sustancia misma de lo nombrado. Hablar es reanimar, actualizar fuerzas, cualidades y estados de la divinidad, donde ya no existe separación entre el nombre lo nombrado. Conocer el nombre de las cosas es acceder a su sustancia más íntima, a su naturaleza secreta. Pero es imposible conocer la divinidad sin unirnos a ella. Sin embargo, mientras esto no ocurre, podemos acercarnos al secreto de las palabras y de aquello que designan, encaminando nuestro estudio hacia el origen de los nombres, pues dirigirnos al origen es volvernos hacia nuestra simiente, y de ella al germen, donde reside toda su fuerza generadora. Así, por medio de la etimología emulamos el camino que deberemos seguir hacia nuestro propio principio, a fin de descubrir, por revelación, la palabra oculta en nosotros y ser reengendrados por el Espíritu.

Sin embargo, en la perspectiva de la nueva creación, no es el hombre exterior quien lee y escribe, quien construye el templo nuevo, sino el Gran Arquitecto del Universo, abriendo el libro, clarificando el espejo donde el cielo se leerá, se dirá y se reencontrará con su mitad humana. En términos de construcción y geometría equivale a convertir la piedra caótica, oscura y bruta (de latín brutus, ‘animal’) en piedra cúbica, apta para el templo reconstruido en la pureza.

Un antiguo ritual masónico dice que «los hombres pretenden construir, pero es en vano si el Gran Arquitecto del Universo no construye él mismo» [6].

La palabra sagrada

Ignoramos muchos de los nombres que se empleaban en la masonería medieval inglesa, pero sí sabemos que existían palabras de reconocimiento a fin de evitar que los albañiles y picapedreros no iniciados accedieran a las logias o templos en los que se celebraban las ceremonias masónicas. Sin embargo, gracias a los rituales de los siglos XVI y XVII que se han conservado, conocemos las diferentes palabras sagradas y de paso que utilizaban, y todos ellos concuerdan en que para acceder a la logia, al lugar en que se realizan los trabajos de la construcción sagrada, es necesario conocer o poseer una palabra de paso. Dichos rituales constituyen el testimonio de una tradición más antigua, básicamente oral, que sobrevivió hasta la época moderna.

Como indica su nombre, es una palabra de paso porque su posesión permite al iniciado pasar de lo profano a lo sagrado, simbolizado por la gloria. Se accede así el lugar de la nueva creación [7]. El aprendiz representa al verdadero iniciado que comienza la andadura hacia su propia regeneración, pero sólo está en los inicios de la Obra, ya que posee la palabra sagrada, pero –como dice el ritual— aún no sabe «leer ni escribir» dicha palabra, sólo puede deletrearla.

René Guénon observa que la «sílaba es el elemento indivisible de la palabra pronunciada» [8]. Por lo tanto, si relacionamos la letra, elemento primero de la escritura, con la silaba, primer elemento del lenguaje oral, ambas equivaldrían a la primera materia con la que se construye el templo.

El aprendiz sólo sabe deletrear, por lo tanto, no habla, es decir, el verbo interior aún no se ha manifestado en él. Por esa razón saluda con un signo llamado «gutural». Conoce los elementos básicos que componen la palabra, las letras, conoce la primera materia de la creación, pero aún no la ha llevado a su perfección.

Así el aprendiz ha de aprender a leerse y a decirse, puesto que es en su propia tierra donde la palabra está sepultada. Es su propio Dios, su Señor, quien está abandonado en los fundamentos del edificio en ruinas, también llamado piedra bruta [9].

Nuestra piedra bruta es un caos que debe ser ordenado o leído. También es el libro de la naturaleza que debe ser abierto, lo que corresponde al hombre regenerado, según decía Emmanuel d’Hooghvorst.

La hermenéutica tradicional enseña que leer y escribir aluden a fijar, a poner límites a lo ilimitado. El aprendiz ha recibido el don del cielo y este don se ha de realizar en él, pues es un proceso por el cual –dice la tradición hermética— el don inicial toma cuerpo y se solidifica hasta su completa pureza, para asumir después la fuerza verbal y gloriosa.

Misterios corporales.

Los misterios de la regeneración son corporales, puesto que son la sustancia y la esencia divinas en el hombre las que deben ser regeneradas, lo cual es enseñado en los antiguos textos de la masonería, donde la cábala hebrea no sólo está presente en las palabras sagradas y de paso, sino también, como ya hemos dicho, en los toques y signos masónicos, todos referidos al cuerpo humano.

En el manuscrito Dumphries se pregunta:

¿Dónde reposa la llave de vuestra logia?

Y se responde:

En una caja de hueso recubierta de pelo erizado. [10]

Aquí resultan obvias las referencias al sexo. Es un pelo «erizado» porque se trata de la naturaleza humana (el pelo animal) que aún no ha sido bendecida o suavizada. Enmanuel d’Hooghvorst cita al respecto un comentario de san Jerónimo sobre el pasaje del Cantar de los Cantares 1, 2:

[…] Si quieres buscar, busca y ven a vivir a mi lado en el bosque. En el mismo sitio, la Iglesia en llantos recibe la orden de gritar desde Seir, puesto que Seir se traduce por ‘velludo’ o ‘erizado’. Se trata de expresar el antiguo erizamiento de los gentiles.

Además de ser un topónimo, Seir (שעיר) significa ‘habitante del bosque’ y también ‘satiro’, ‘macho cabrio’, términos éstos de evidentes connotaciones sexuales. Como escribe el autor de El Hilo de Penélope, «los misterios del verbo son sexuales» [11].

El mismo manuscrito insiste más adelante en la cuestión:

¿Cuál es la longitud de vuestra cuerda?

Y se responde:

Es tan larga como la distancia que existe entre el lugar de mi ombligo y mis cabellos más cortos. [12]

En el manuscrito inglés del Trinity College (de finales del siglo XVII) se indica que los maestros se saludaban presionando la columna vertebral y colocando la rodilla entre las del otro hermano [13].

Otro texto de la masonería antigua explica que se daba la Palabra de Maestro de manera que dos hermanos se estrechaban mutuamente la mano derecha, mientras los dedos respectivos de la mano izquierda presionaban fuertemente las vértebras cervicales. [14].


En el toque del grado de aprendiz se relaciona la mano con nombres de Dios, de manera que a cada falange le corresponde una letra (véase figura), lo cual está tomado de la cábala hebrea. Dicho toque se realiza de manera que un hermano presiona con su pulgar derecho la primera falange del dedo índice de la mano derecha del aprendiz. Las letras que corresponden a estas dos falanges (del pulgar y del índice) son la pe (פ) y la he (ה), cuyos valores respectivos son 80 y 5. La suma, 85, es el valor numérico de la palabra sagrada del aprendiz, Boaz (בעז), siempre que se incluya la letra vav (ו), que está oculta, como observó Jaime González [Santiago de Vilanova] es un trabajo inédito sobre los nombres sagrados en la masonería [15].

En la cábala judaica, las manos unidas son una imagen del Tetragrama, pues a la mano derecha se le asigna las letras YH (יה), y a la izquierda, VH (וה), de manera que uniéndolas tenemos el Nombre de Dios reunificado: יהוה

La unión de la manos también es una alusión a la unificación del Nombre, pues las dos se convierten en una sola; la izquierda simboliza Elohim, el Rigor o Juicio (Din), y a la derecha, la Clemencia (Guedulah) o el Tetragrama. [16]

En los textos antiguos de la cábala se hacen otras alusiones al cuerpo humano en el Sefer ha-Bahir, donde se explica acerca de la séptima sefirá [17].

[…] suele decirse que es el Levante del mundo. Es de allí que viene la simiente de Israel, pues la columna vertebral se prolonga desde el cerebro hasta su miembro viril, por eso la simiente viene de arriba, tal como lo establece Isaías 43, 5: Del Levante traeré tu generación. [18]

De hecho, las alusiones a la anatomía sagrada del cuerpo humano se encuentran en todas las tradiciones; el hinduismo es prolífico al respecto. Véase también la carta número 19 del Tarot de Marsella (El Sol).

Los tres puntos

Además de los distintos nombres y palabras sagradas, la masonería utiliza con profusión un nombre de Dios de apariencia extremadamente simple, pero con un contenido muy rico y profundo.

Se trata de un símbolo omnipresente en los textos masónicos, tanto doctrinales como administrativos, que consiste en tres puntos ordenados en forma de triángulo.

Esta forma sucinta y geométrica de representar a Dios tal vez tenga su origen en los jeroglíficos egipcios. Según Reuchlin, para escribir el nombre de Dios sin profanarlo, los caldeos «usaron una figura de tres puntos unidos en forma de semicírculo o de triángulo» [19].

Los tres puntos son también una manera de representar la letra delta griega, que es una imagen geométrica de Dios. La letra delta o triángulo es también el símbolo del fuego y revestía gran importancia entre los pitagóricos, para quienes el tres era el número perfecto, asignado al Todo (Pan), lo cual recoge Aristóteles en su obra Sobre el Cielo (I, 1, 268 a):

«El número tres define al Todo y todas las cosas, pues es aquello que constituye la Tríada: fin, medio y comienzo, que también constituyen el Todo».

La triple voz

En la Orden francmasónica, lo triple reviste otros aspectos. Uno de ellos es la triple voz del grado de maestro, usando en épocas pretéritas.

En el manuscrito Graham, de 1726, se dice que no es posible enseñar la «noble manera de construir» sin que se pronuncie la «triple voz» [20]. En otros textos medievales se explica que una logia sólo podía ser abierta para llevar a cabo los trabajos de ritual con el concurso de tres maestros masones, cada uno de los cuales disponía de una varita; juntándolas, se obtenía un triángula rectángulo pitagórico. De igual modo, la palabra sagrada del maestro constaba de tres silabas, y cada uno de ellos pronunciaba una de las tres; entonces la palabra perdida era recuperada.

En algunos textos alquímicos medievales como Aurora consurgens, se habla de «tres palabras preciosas [Tria verba [21] pretiosa] en las que se halla oculta toda la ciencia que debe ser daba a los hombres piadosas».

También en el Liber trium verborum, atribuido al rey Calid, se encuentran dichas «tres preciosas palabras secretas y descubiertas, que no son dadas a los malvados, impíos e infieles, sino a los fieles y a los pobres, desde el primer día hasta el último» [22]

El Chadai y el Tetragrama

Uno de los nombres sagrados en la antigua masonería era el de Chadai (שרי). Estaba presente en las ceremonias de apertura y clausura de los trabajos en la logia, en los juramentos y en las obligaciones. Los trabajos de apertura en el grado de Aprendiz (del año 1663) comenzaban con Estas palabras: «Muy Santo y Glorioso El Chadai, Gran Arquitecto del cielo y de la tierra» [23].

Por lo tanto, el Gran Arquitecto del Universo no sólo era el equivalente al Tetragrama, sino también a El Chadai, lo cual tiene su razón de ser, puesto que en la cábala hebrea es él quien comienza la Obra [24].

Chadai o El Chadai es un nombre de Dios que, en el Antiguo Testamento, siempre está vinculado a la experiencia iniciática, si se lee el texto en clave cabalística; véase, por ejemplo, Génesis 17, 1.

Era Abram de noventa y nueve años de edad, cuando le apareció YHVH y le dijo: Yo soy El Chadai, anda delante de mí y sé perfecto. [25]

En la cábala, el nombre de El Chadai corresponde al Dios que bendice, como en el texto citado.

En Francia, antiguamente, el Nombre del grado de Maestro era el Tetragrama (יהוה ) [26], la Palabra completa.

En la masonería del siglos XVIII, cuando el masón recibía la Palabra de Maestro, Hiram era enderezado, resucitaba [27]. Este aspecto ritual procedía de la Edad Media e indica que hemos de ser erguidos o reconstruidos gracias al Nombre de Dios reunificado. Aquí Hiram puede asimilarse a Osiris y también a Cristo resucitado en el hombre.

Cuando en los antiguos rituales masónicos del tercer grado se dice que «un cadáver espera la resurrección» [28], se alude a esta palabra, a este Hiram u Osiris-Cristo en su tumba, que resucita para completar la creación verdadera, la obra de Dios, cuyos misterios se dramatizan magistralmente en los diferentes Ritos de la masonería.

En el manuscrito Dumphries, de c. 1710, leemos que Cristo muerto  y resucitado equivale al templo destruido y reconstruido. [29]

La piedra cúbica

La piedra cúbica, como la piedra bruta, siempre están presentes en la logia y simbolizan la obra de regeneración humana a la que aspira el masón. La piedra bruta debe ser extraída de nuestro caos y convertida en una piedra perfectamente cúbica. Después debe ser afinada o sutilizada a fin de que se vuelva piramidal. Quien da la medida de todo –enseñaba Emmanuel d’Hooghvorst— es la piedra angular, Cristo, de quien san Pablo escribió que era la piedra de ángulo (en Efesios 2, 19-20).

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra de ángulo Jesucristo mismo […]

Si trasladamos la doctrina masónica al lenguaje teológico y al alquímico, veremos que la piedra cúbica de fundación es llamada María, no porque sea necesariamente una mujer, sino porque es la primera parte de la obra alquímica de regeneración, el misterio femenino. Su culminación es Cristo, el estado masculino, el Verbo, la piedra piramidal.

Decir que la virgen María es la piedra cúbica no es un despropósito, pues si bien la iconografía cristiana no abunda en imágenes de vírgenes cúbicas, si lo hace la tradición griega con la diosa Cibeles.

Esta divinidad es llamada en los Himnos homéricos «madre de todos los dioses y de todos los hombres» [30]. Su nombre, Kybele (κυβέλη), procede de kybos laos (κύβος λαας), ‘cubo’ o ‘dado de piedra’, y el verbo kybitzô (κυβιζω) significa ‘formar un cubo’ [31].

La piedra bruta masónica, que es la propia del aprendiz, es lo que nos queda de Dios, y debe ser purgada, fecundada [32] y convertida en un cubo, trabajo que corresponde al grado de compañero. El hijo de esta virgen cúbica es el Verbo, la palabra perdida y reencontrada, o la piedra piramidal del maestro. Así, los tres grados masónicos contienen todo el misterio del cristianismo y de la regeneración alquímica. Tal vez sin saberlo, los masones han perpetuado hasta hoy día la tradición mariana del catolicismo.

Encontrar La Palabra, construir el templo

¿Cuál es el objetivo primordial, iniciático de la masonería? Todos los Ritos y sistemas afirman, bajo aspectos diferentes, que es la construcción o reconstrucción del Templo.

Veremos a continuación que dicho edificio se fundamenta en nombres de Dios, o en el Nombre de Dios. Más aún, pues podría decirse que es el propio Nombre de Dios el que debe ser reconstruido o reunificado, por esa razón la palabra perdida es uno de los temas esenciales y más rico en símbolos y alusiones herméticas que conserva aún la masonería.

¿Y cuál es el lugar donde se construye? En el edificio en ruinas de la humanidad. Hay que bajar a esas ruinas abandonadas para edificar de nuevo el templo, hay que visitar estos yacimientos para hallar la palabra abandonada. Esta palabra de Dios posee una fuerza particular que edifica cuerpos o templos nuevos, y es también un fuego que reconstruye. [33]

La lengua latina expresa claramente esta relación entre el nombre y la fuerza, pues nomen significa ‘nombre’, y numen ‘poder, voluntad divina, inspiración divina, providencia’. Nomen procede de nosco, ‘conocer, aprender’.

Louis Cattiaux escribió a un amigo que quien dispone de la luz concentrada puede «crear con Dios». «De otro modo –continúa— y en menor grado, es posible modelar la luz esparcida por resonancia, lo que se hace con los nombres secretos […]» [34]

En su Mensaje Reencontrado nos habla de los nombres creadores:

Estos Nombres divinos se escriben, se deletrean, se nombran y se cantan para dar las formas y para deshacerlas; es un secreto que Dios sólo confía a los renunciados que prefieren morir antes que matar. [35]

El sentido puro

Para construir un templo inmortal es preciso tener los sentidos purificados, por eso los masones trabajan con guantes blancos. La mano es el jeroglífico de los sentidos, o, para ser precisos, del sentido interior que se encuentra oculto y envilecido en el ser humano. Es el hombre viejo de San Pablo, y debe sufrir un proceso regenerador gracias a la bendición de Dios, que corresponde a la iniciación.

En la tradición egipcia, una de las ceremonias más secretas de los misterios iniciáticos era la llamada «ceremonia de obertura de la boca», por la cual el muerto Osiris recuperaba (en el secreto interior del iniciado) el uso de sus miembros, dándole una nueva vida a fin de poder gozarla y ser divinizado. [36]

En el Antiguo Testamento, esta apertura del verdadero sentido interior es representada por la boca, que alude a la capacidad de hablar del verbo regenerado, y que en definitiva es la verdadera circuncisión que abre la puerta a la palabra profética y creadora: véase lo escrito en Éxodo 4, 10-12.

Entonces dijo Moisés a YHVH: […] soy tardo en el habla y torpe de lengua. […] Y YHVH le respondió: […] yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que hayas de hablar.

San Pablo se refiere al significado secreto de este misterio al escribir que lo importante no es el ritual que nos recuerda una circuncisión que desconocemos, sino la verdadera circuncisión, que es la del corazón: «Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; […] y la circuncisión es la del corazón» [37]

Este corazón es la carne de nuestro fundamento divino (el sentido) que debe ser circuncidada, lo cual corresponde a la segunda parte de la obra de regeneración, según la enseñanza de Emmanuel d’Hooghvorst.

En hebreo, ‘circuncidar’, mul (מול) tiene la misma raiz que hablar: malal (מלל) [38], lo cual nos indica que la circuncisión permite recuperar la palabra perdida. Es la lengua de los pájaros o de los ángeles, el verbo profético, pues el cielo se ha encarnado, se ha hecho Verbo y Dios habla en un hombre.

Escribe san Pablo en Gálatas 6, 11-18: «[…] porque yo traigo impresas en mi cuerpo las señales del Señor». Tal vez éstas correspondan a la elocuente herida de la que habla el autor de El Hilo de Penélope. [39]

Así, el masón que ha sido sometido a la purificación de su sentido interior conocerá el misterio del Verbo encarnado actuando en su secreto.

El Verbo es el Dios de los vivos. Los muertos no hablan, por eso en los rituales fúnebres de la masonería se escuchan sonidos mate.

Como hemos visto, el misterio de la palabra es corpóreo, pues Dios sólo puede ser conocido en el ser humano, y quien posee su palabra se conoce a sí mismo en el sentido platónico; ha resuelto el enigma y vivirá.

Todo ello es dramatizado en los rituales masónicos y sus elementos esenciales han sobrevivido a lo largo de los siglos como memento y enseñanza, como exhortación a la sabiduría y como acto mágico encaminado a actualizar el misterio de la palabra creadora en el masón.

La iniciación masónica verdadera (dramatizada en los rituales) da a conocer esta palabra que permite acceder al trabajo de reconstrucción del templo, o de recuperación de la palabra extraviada en la carne del mundo. Esta experiencia secreta conducirá al masón a reunificar la palabra de Dios y dar testimonio del misterio supremo de la regeneración humana, el misterio de la Unidad.

Notas:

[1] Jámblico advierte que si se traducen los nombres de Dios «no conservan por completo el mismo sentido, pues en cada pueblo hay características lingúísticas imposibles de ser expresadas en la lengua de otro pueblo; no obstante, incluso si se pueden traducir nombres, ya no conservan el mismo poder», Misterios de Egipto, 7, 4-5, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1997, pp. 199-200.
[2] Palabra compuesta de onoma, ‘nombre’ y theos –érgon, ‘obra de Dios’.
[3] Proclo, Lecturas del Crátilo de Platón, ed. Akal, Madrid, 1999, pp. 82 y 88.
[4] Court de Gebelin, Histoire naturelle de la Parole, París, 1776, pp. 7-8 y 15.
[5] Véase la obra de Michel Foucault, las palabras y las cosas, ed. Siglo XXI, Madrid, pp. 49-52, passim.
[6] Le Regulator du Maçon (obra de 1783), Les Éditions du Prieuré (F), 1994, pp. 243-244.
[7] En la obra masónica inglesa Ahiman Rezon, de 1778, ejemplo de una masonería aún muy cristiana, leemos que San Pedro es quien da: «la palabra de paso, el toque y el signo, / San Pedro nos abre, y así entramos / A un lugar preparado para los libres de pecado; A aquella logia celestial que está bien a cubierto / un lugar preparado para todo masón puro», N. Barker Cryer, «La descristianización de los grados de oficio», Libro de Trabajos, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 99.
[8] Études sur la Francmaçonerie et le Compagnonnage, Éditions Traditionnelles, París, 1978, vol. II, pp. 45.46.
[9] El texto en que se funda la masonería moderna de 1717, comienza con estas palabras: «Adán, nuestro primer padre, creado a imagen de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, debió de tener escritas en su corazón las Ciencias Liberales, particularmente la Geometría, porque aún después de la Caída, hallamos los Principios de ella en el corazón de su prole», La Constitución de 1723, ed. Alta Fulla, Barcelona, 1998, p. 31.
[10] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 54.
[11] Emmanuel d’Hooghvorst, El Hilo de Penélope, Arola editors, Tarragona, 2000, t. I, pp. 146 y 91, respectivamente.
[12] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 7, 1983, p. 60.
[13] Op. cit., p. 146.
[14] Op. cit., p. 142.
[15] Jaime González, fenecido hace dos años, debía publicar este trabajo como la segunda parte de «Palabras Sagradas y Qabbalah en la Masonería (I)», en la revista Letra y Espíritu (nº 19, abril de 2004, pp. 46-56), que fundó y dirigió.
[16] Véase Paul Villaud, La Kabbale juive, ed. d’aujourd’hui, Paris, s.a., vol. II, pp. 12-13.
[17] En el Sefer ha-Bahir corresponde a Yesod, ‘Fundamento’.
[18] El Libro de la Claridad, ed. Obelisco, Barcelona, 1985, CLV.
[19] De Verbo Mirifico, en Cristianismo y filosofía oculta, Colección La Puerta, nº 53, 1998, p. 28.
[20] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 149.
[21] En latin, verbum significa ‘palabra’ y también ‘voz’.
[22] Aurora consurgens, edición de Maria-Louise von Franz, ed. La Fontaine de Pierre, París, 1982, p. 155 y n. 79.
[23] Pierre Girad-Augry, «La Tradition du Nom chez les opératifs», en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 13, 1986, p. 69.
[24] El nombre de Chaday (שרי) se compone en ש , ‘que’ y  רי , ‘suficiente’, es decir, que con este nombre basta, es suficiente.
[25] Se suele traducir el término hebreo Chadday por «Dios Todopoderoso», siguiendo a San Jerónimo, que se sirvió de la expresión Deus omnipotens, lo cual no se ajusta a su sentido hebreo. Como hemos dicho, los nombres de Dios no son traducibles, deben conservarse en su lengua original, como ha hecho la masonería.
[26] Raoul Bertaux, La symbolique au grade de Maitre, Ed. EDIMAF, París, 1990, p. 84.
[27] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1984, p. 46.
[28] Arturo Reghini, Les Mots Sacrés et de Passe, ed. Arché, Milán, 1985, p. 104.
[29] Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, nº 6, 1983, p. 57.
[30] Himnos homéricos, ed. Gredos, Madrid, 1988, p. 234.
[31] Probablemente existe un origen común entre kybitzô y el vocablo hebreo qaba (קבע), la raíz hebraica de la Kabah de La Meca, cuyo significado es ‘dado, dar forma cúbica’, ‘joven púbera’ y ‘llenar un vaso’. En árabe, la kibbela es la dirección hacia La Meca, hacia donde se dirigen los musulmanes.
[32] Colección La Puerta, nº 64, p. 96-97.
[33] Así lo expresa El Mensaje Reencontrado (VIII, 54’): «El fuego de Dios edifica la vida. El de los hombres la consume. No obstante, la suavidad del segundo puede manifestarse la virtud del primero».
[34] Florilegio epistolar, Arola editors, Tarragona, 1999, p. 22. Es un comentario del versículo x, 63’ de El Mensaje Reencontrado.
[35] El Mensaje Reencontrado XXX, 41’. Por su parte, Proclo escribe que los dioses indican las cosas a los hombres «sin necesidad de instrumentos corporales, configurando el aire según su propia voluntad. Pues siendo más fácil de modelar que la cera (Platón. Rep. IX 588d1-2), el aire recibe de las más intelecciones divinas marcas que proceden de los dioses móviles, y que llegan hasta nosotros a través de ruido, sonido y modulación. Así, en efecto, decimos que se transmiten los oráculos de parte de los dioses».
[36] S. Mayassis, Mystères et Initiations de l’Égypte Ancienne, B.A.O.A., Atenas, 1957, p. 68.
[37] Véase también Colosenses, 2, 11 y Hechos 7, 51: «Duros de cerviz e incircuncisos de corazón»
[38] Malal, ‘hablar’, tiene en guematría el valor de 100, por eso Abraham tuvo un hijo a los cien años. Naturalmente, se trata de la generación mesiánica. En el ritual llama «Crata Repoa» se dice que en el séptimo y último grado se le circuncida la lengua, Michel Monereau, Les secrets hermétiques de la Franc-maçonnerie et les Rites de Misraim et Memphis, ed. Axis Mundi, Paris.
[39] Emmanuel d’Hooghvorst, op. cit. p. 19.