lunes, 30 de diciembre de 2013

Aventuras iniciáticas; por Frédérick Tristan

Palazzo del Sant'Uffizio en Roma, antigua sede de la Inquisición Romana,
hoy de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
El presente texto corresponde a la traducción del capítulo 56 de la obra del escritor francés Frédérick Tristan, titulada Réfugié de nulle part. Mémoires, Librerie Arthème Fayar, 2010, Paris. El motivo de su publicación en Keystone se debe sobre todo a la noticia que da el autor del encuentro habido entre el Gran Maestro de la GNLF, el R. P. Riquet S. J., y él mismo, con el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto para la Doctrina de la Fe, a la sazón años después Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana con el nombre de Benedicto XVI. Episodio que se inscribe dentro de un interés quizás relativo, íntimo e intrahistórico, pero bastante significativo de las difíciles relaciones mantenidas entre Masonería e Iglesia Católica en los últimos tiempos.


Había entrado en masonería impulsado por mi necesidad de reencontrar un equilibrio psicológico tras mis tribulaciones de todo tipo, entre mis obligaciones textiles, mis estancias en Extremo Oriente y mi separación de mi primera compañera. René Guilly, como he dicho, era un excepcional instructor. Con él aprendí el valor de los diferentes ritos y de su historia. Me inculcó así el gusto de la erudición masónica. También, cuando en 1972 me adherí a la Gran Logia Nacional Francesa, me encontré listo para dirigir los Cahiers de Villard de Honnecourt provenientes de la logia de investigación de esta obediencia, reconocida por la Gran Logia Unida de Inglaterra. La logia Quatuor Coronati de Londres y, en particular, el muy sabio Cyril Batham, me ayudaron, en compañía de un puñado de amigos franceses eruditos (Politécnicos o Normaliens [1]), para constituir una suma científica sobre los más antiguos textos conocidos tales como el Regius de 1390 o los Statuts Schaw de 1598. Se trataba, de hecho, de restituir a la Masonería francesa el zócalo espiritual que había perdido en el siglo XIX y comienzos del XX por culpa de los sombríos asuntos políticos y especuladores adornados de ateísmo militante. Los trabajos de René Guénon nos secundaban en esta andadura. Por otra parte, a fin de remarcar bien nuestra identidad, organizamos en 1982 una exposición Spiritualité et Franc-Maçonnerie en la Bibliothèque Nationale de la calle Richelieu. Yo prologué el catálogo.

Frédérick Tristan
En 1986, un discreto encuentro tuvo lugar entre el Gran Maestro de la GLNF, Jean Mons, y el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Joseph Ratzinger. Esta audiencia había sido organizada por el R. P. Paul Riquet, jesuita, antiguo miembro de la Resistencia, predicador en Notre-Dame, persuadido de la calidad espiritual de la acción masónica tal y como nosotros la poníamos en práctica. Jean Mons me había pedido acompañarle. Llegamos pues al lugar que nos había sido indicado, una sala de la Procura general en el Arzobispado de París. Allí fuimos recibidos por tres prelados con sotana negra ribeteada de morado. El cardenal se había sentado tras una larga mesa, flanqueado por sus dos asesores. Uno de ellos nos hizo la señal de tomar asiento en unas sillas instaladas de cara a lo que, al principio, me parecía un pequeño tribunal. El R. P. Riquet deseaba pronunciar algunas palabras. Ratzinger extendió la mano para imponer silencio y, todo sonriente, declaró con acento teutón pero en excelente francés que él conocía la razón de nuestra venida. No había aceptado el encuentro sino por respeto a nuestro Jesuita. Había estudiado un poco la masonería alemana y no dudaba que la francesa reposaba sobre los mismos principios. Sin embargo, estaba completamente dispuesto a escucharnos. El  R. P. Riquet tomó entonces la palabra. Explicó que diversas organizaciones masónicas existían en Francia pero que sólo una no admitía en su seno sino creyentes en Dios y su voluntad revelada. Esta obediencia había merecido el nombre de fraternidad. Por otra parte, los trabajos que se desarrollaban no podía ser sospechosos de lucha contra la Iglesia. Así pues no podía caer bajo el golpe del Canon de excomunión promulgado en 1915 por Benedicto XV. Es lo que pensaban los cardenales Krol, Koenig et Seper [2] que habían estudiado particularmente la cuestión. Al enunciar estos nombres una sonrisa vino a distraer los finos labios de Ratzinger: «Reverendo Padre, no dudo ni de su fe ni de su buena fe, pero, dígame, ¿la organización que usted defiende con talento no está ligada a una sociedad inglesa de confesión anglicana? Judíos, musulmanes y luteranos, ¿no frecuentan lo que usted llama logias? Un laxismo religioso, ¿no se inmiscuye bajo la capa de la tolerancia? Lo que se denomina como el Gran Arquitecto del Universo, ¿no es el Gran Relojero del francés Voltaire, un notorio deísta? Reverendo Padre, ¡no osaría pensar que usted confunde deísmo y teísmo! Me temo que muchos se dejan abusar por una maldad tanto más temible cuanto que avanza bajo la máscara de la fraternidad».

R. P. Riquet, S. J.
El R. P. Riquet trató de retomar la palabra, pero la entrevista estaba visiblemente acabada ya que los tres prelados se habían levantado y después de una reverencia y una pequeña bendición con la mano nos habían dejado. Mons estaba estupefacto. El Padre apenado. En cuanto a mí, me entraron ganas de reír por esta comedia de poder, pero me habría reído menos si hubiera sabido que este cardenal Ratzinger llegaría a ser un día ¡el sucesor de Juan Pablo II! De hecho, la pretendida excomunión [3] apenas afectó a los masones católicos que continuaron visitando las logias como si nada hubiera pasado. Cuando revelé este suceso a mi corresponsal de Zaragoza, el R. P. Benimeli, jesuita y profesor universitario, historiador de la Franc-Masonería española [4], me confió que la administración romana era incapaz de comprender nada de la aventura interior de las consciencias.

En Londres, donde a menudo iba en compañía de mi viejo amigo Jean Tourniac, el autor de Tracés de Lumière, el discípulo [5] judéo-cristiano de René Guénon, tuve la dicha de asistir a unos oficios religiosos donde el oficiante era un obispo anglicano, gran oficial de la Gran Logia. Los fieles convocados vestían sus prendas y ornamentos. Al comienzo y al fin de la liturgia donde cada cual comulgó, se cantó el God Save The Queen. ¿Se puede uno imaginar que en la Francia católica se pueda asistir a una misa análoga con la Marsellesa? He aquí la diferencia esencial entre los países latinos y los anglosajones. No se entiende el Espíritu Santo de la misma manera.

S. E. R. Cardenal Ratzinger
Reconozco que me gustaron las Masonerías inglesa y escocesa. Ellas conjugan el teatro, el juego y el enigma, lo que me satisface mucho. He encontrado ahí amigos muy sinceros, entre los cuales está Jean Heineman que vivió en Oslo y que, cada mes, se desplazaba a Londres. Fue él quien me hizo entrar en el Club de los Escribanos, los escribanos públicos medievales, en la jerarquía de los Knight Templars que culmina en la tradición de Melquisedec, en la Orden Real de Escocia donde tuve el honor de ser recibido por Lord Elgin, descendiente del célebre proveedor de los tesoros egipcios del Museo Británico. Y fue gracias a Heineman, si me atrevo a decirlo, que estuve a punto de perecer en el accidente de avión a Glasgow, cuando fui al Arco Real de Edimburgo. La mitad de los pasajeros perdieron allí la vida. Corriendo sobre la pista de aterrizaje aún me escucho llamar a mi madre (¡oh sí!). Cuando se conoció el drama, me acogieron en logia como a un superviviente con el sonido de las gaitas y, durante el banquete, con triples vivas regados de un memorable ballet de Lagavulines y de Taliskeres [6].

Otro recuerdo conmovedor, una amistosa cena en el Hotel Rubens de Londres, en compañía de Marie-France, de Jean Tourniac y de Jean Heineman. Evocábamos nuestras infancias respectivas, yo por defecto, cuando de repente, sobre la alfombra de lana de este restaurante tan victoriano, vino a pasar un ratón blanco, en absoluto emocionado por nuestra presencia. El instante fue a la vez tan sorprendente y delicioso que, hasta mucho tiempo más tarde, cuando nos reencontramos, evocamos al pequeño ratón del Hotel Rubens que habíamos bautizado como Mélusine.

Se me preguntado alguna vez lo que la Franc-Masonería había podido verdaderamente aportarme. Sobre el plano material y mundano, estrictamente nada. Ninguno de mis empleadores o de mis editores fue o es masón. No he encontrado jamás un crítico literario que forme parte sea del Gran Oriente, sea de la Gran Logia. En este sentido, mi pertenencia a la Masonería me ha perjudicado más bien en la medida en que algunos desinformados han imaginado razones obscuras para mi compromiso. De hecho, siempre he pensado que dar es recibir. Sobre el plano práctico, he dado mucho de mi tiempo para no recibir sino la lección de una aventura interior - pero, ¿no es eso lo esencial? Por el contrario, sobre el plano de la escritura y de la ficción, el uso de los símbolos me ha abierto ciertamente el espíritu a una dimensión nueva. Siendo fiel a la vida más que a mi parte de sombra, he intentado hacer de mi arte una continuidad dinámica según los diversos niveles de mi consciencia. Una cierta desmesura devenía posible a condición de que fuera ritmada por una simbólica suficientemente asimilada y oculta. Esta desmesura era, en el fondo, el fruto del humor -lo que falta en la masonería latina- más allá de la desenvoltura, dentro de la seriedad. Pero lo que aprendí sobretodo de los ritos, fue la alegría a través de la celebración de una eterna renovación. Lo opuesto al tradicionalismo resecante, lo que se llama la Tradición, no es un pasadismo de la razón, sino un retorno cíclico al porvenir del corazón. Cara a la Modernidad que acepta y transciende, la Tradición es el gran salto en lo desconocido, la aceptación loca del misterio.

Había sido recibido en el extrarradio de Londres en lo que los Masones llaman un Capítulo. Bruscamente, me reencontré en una semi-obscuridad, empujado, tirado, agarrado mientras una voz me hablaba en una lengua que me era desconocida (aprendí más tarde que era gaélico). Dejé el mundo ocultarse bajo mis pies. Verdaderamente no me pertenecía más. ¿Qué hacía yo en este lugar? ¿Quién era yo? Una risa loca me tomó que no busqué reprimir. Agotado, desconcertado, desemboqué de repente en una luz viva. Me abrazaban. No comprendía nada de lo que acababa de pasarme, pero en mí una inmensa claridad había rasgado las tinieblas. Estaba feliz e igualmente dichoso, liberado de todas las opacidades que me recubrían. Entre los desconocidos que me felicitaban, en lo sucesivo sabía que no habría nunca más nada que comprender. Casarse con el misterio no es explicarlo, sino vivirlo en el estado receptivo de un niño.

Este tipo de experiencia iniciática se parece sin duda a las aventuras estupefacientes o alucinógenas que jamás he suscrito. No tengo casi necesidad de drogas para que mi imaginación se abra ella misma hacia horizontes nuevos. No importa. La Franc-Masonería espiritual me habrá permitido aguzar al extraño extranjero que está en mí.


Notas:
[1] La palabra francesa normalien designa a los estudiantes y egresados de las grandes écoles (como la Ecole Nórmale Supérieure). El título correspondiente es similar al universitario pero de mayor prestigio en el sistema francés de educación superior. [N. del T.]
       [2] El Cardenal Seper, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y antecesor en dicho cargo al Cardenal Ratzinger, eximió de la pena de excomunión que figuraba en aquel momento en el antiguo Código de Derecho Canónico, a los masones de los Países Escandinavos que formasen parte de Obediencias masónicas que no fuesen contra los principios o dogmas de la Iglesia Católica, refiriéndose con ello a los masones adscritos al Rito Sueco. En la entrada de Keystone titulada "A propósito de las relaciones entre Iglesia y Masonería" se pueden ver dos vídeos donde el profesor de la Universidad de Zaragoza, el sacerdote jesuita José Antonio Ferrer Benimeli, explica estos particulares; así mismo el propio texto de la entrada de Denys Roman da cuenta de ciertos detalles. [N. del T.]
      [3] La pena de excomunión que figuraba en el Código de Derecho Canónico de 1917 estuvo vigente hasta 1983, año de promulgación del nuevo y actualmente vigente Código de Derecho Canónico. La pena que marca el actual Código es la de entredicho para quien se inscriba en asociación que maquine contra la Iglesia Católica. Posteriormente, el Cardenal Ratzinger publicó una nota en la que aclaraba que todo fiel católico que se haga iniciar masón se encuentra en "pecado grave", quedando su absolución reservada a la Santa Sede y por tanto no pudiendo acceder a los Sacramentos administrados por la Iglesia Católica. El texto de la nota y sus consecuencias se pueden consultar en la entrada de Keystone titulada ¿Puede un católico ser masón? [N. del T.]
      [4] El autor se refiere al profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, José Antonio Ferrer Benimeli, jesuita y director del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española.
[5] El empleo de la palabra "discípulo" por el autor del texto se debe entender en sentido lato o figurado, ya que como es sabido René Guénon rechazó siempre tener discípulos formales. [N del T.]
[6] Lagavulin y Talisker son dos marcas de güisqui escocés. [N del T.]



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