lunes, 28 de diciembre de 2015

Cómo no ser Masón. Una guía iniciática para pasajeros en tránsito; por Abunnur Abdel Basit

Traemos aquí el Prefacio, Introducción y primer Capítulo de esta obra que destaca en el a menudo trillado y sesgado ámbito editorial español sobre Masonería por su originalidad, viveza y sentido de la orientación, tres cualidades que la permiten pasar con nota la aplomación de todo buscador sincero que dirija sus pasos en la intención que le marca su auténtica vocación, aquella que le hace ser un extranjero, Hijo de una Viuda, en viaje desde Oriente a Occidente, que busca la Palabra Perdida.

Prefacio

El maestro Mevlana Yelaladdin Rumí consagró un método de enseñanza basado en lo que hoy se conoce como sistema de los estímulos múltiples. Un sistema muy eficaz porque uno de los cometidos del maestro es presentar la información de manera que sea capaz de sortear los velos de la mente condicionada del estudiante. Velada por los prejuicios, por las frases hechas, las palabras equívocas, la desinformación, la ignorancia o las trampas del ego. Y porque los estímulos múltiples ayudan a engañar a esas barreras: si nuestros velos son impermeables a la comprensión de un texto escrito, por ejemplo, probemos entonces a escucharlo en voz alta. O en verso. O a bailarlo o cantarlo. A degustarlo u olerlo, a pensarlo o a soñarlo. O varias cosas a la vez.

Toda forma de Iniciación es completa y única en su pureza. No admite innovaciones, enmiendas, omisiones ni añadidos so pena de convertirse en una forma distinta. No son caballos de raza que cruzar ni es la puesta en escena de un ritual elástico personalizable a nuestra conveniencia. Todo cambio implica una nueva coherencia. Y toda nueva escuela debe ser sancionada por un Maestro iniciado en una cadena previa. De ahí que existan tantas vías como maestros fueron capa- 18 ces de codificar la suya propia para un contexto o un tiempo diferentes.

Sin embargo la Iniciación en su esencia no puede ser más que una. Nunca cambia.

Pero es ley del aprendizaje que el estímulo, a fuerza de repetirse, merme su respuesta y su eficacia. Y es gaje de lo metafórico que la figura viva, envejezca y muera arrastrando los significados consigo al pozo de los enigmas insondables.

El presente trabajo propone mirarnos en el espejo de otras formas de Iniciación con el propósito de recuperar alguno de aquellos significados perdidos, aclarar varios de los malentendidos, afianzar los debilitados y subrayar la fortaleza de los indelebles.

Comprendernos a nosotros mismos a través del otro.

En la convicción de que, como enseña Ibn ‘Arabi, no se trata solo de tolerar al otro en el sentido de superar la molestia que el otro nos provoca en su diferencia, sino de ir mucho más allá: entender la necesidad que tenemos del otro para conocer al Uno. Porque al Uno solo se le conoce desde la multiplicidad. Y solo después, al final del camino, desde el Uno mismo.


Introducción

Si alguien formado en la Masonería afirmase que el masón debe aspirar a dejar de serlo, todo lector sensato pensaría que quien así se expresa lo hace desde la desilusión o el desencanto. Y tendría razón. Sin embargo, a lo largo de estas páginas descubrirá que el objeto de esa desilusión no era el que podría suponerse en un principio y que, además, aquella afirmación es la única posible: el masón debe aspirar a no ser masón.

También algunos detractores reprocharán a la Masonería su heterogeneidad, su profunda desunión, sus cismas irreconciliables, sus puntos de vista paradójicos, sus anacronismos aparentes o sus arbitrariedades flagrantes. Y también estarán en lo cierto, pero otra vez por motivos muy diferentes a los que se suelen presuponer. Porque aunque es cierto que existen tantas formas de entender la Masonería como masones hay, también lo es que no podría ser de otra manera por la naturaleza misma de las cosas. Este libro es una de esas formas posibles.

No obstante, si preguntasen al que escribe esto si recomendaría entrar en Masonería a su mejor amigo de concurrir en él o ella las condiciones necesarias, la respuesta sería que sí, sin género de duda, pero con cierta información previa sobre lo que cabe esperar y lo que no.

¿Por qué entonces el título de este libro? Bueno, para terminar de complicar el asunto también hay que decir que ninguna parte del texto reproduce la enseñanza que el lector tomará de él, si es que está en su ánimo tomar alguna. Pero, por favor, no lo devuelva aún a la estantería, no hasta haber leído la breve historia que sigue a continuación. Créame, vale la pena.

Una noche de verano el maestro Nasrudín se encontraba rodeado de sus aprendices en el patio de la madrasa. Al final de la charla, uno de ellos preguntó: «Maestro, ¿por qué no nos das un libro con todas tus sabidurías?». Y contestó Nasrudín: «Porque si os diera un libro en blanco pensaríais que estoy loco o que creo que lo estáis vosotros; si os diera uno lleno de datos, reglas y consejos diríais que es formidable pero continuaríais viendo solo el exterior; si os diese una enciclopedia de treinta volúmenes diríais que soy un pretencioso que se atribuye el esfuerzo de muchos; si fuese un librito pequeño diríais que mi ciencia es igualmente pequeña y ahuyentaríais de mi lado a los buscadores sinceros; por último, si os diera un libro donde llamase a las cosas por su nombre diríais que es críptico y enloqueceríais tratando de descifrar secretos que no contiene. Por todo ello me conformaría con que meditaseis sobre estas cinco posibilidades durante el tiempo suficiente».

En efecto, si reflexionásemos lo bastante sobre cada una de estas alternativas podríamos ahorrarnos la lectura de este y muchos otros libros más. Porque todo está ya dicho. Lo único que hace falta es escucharlo de la manera en que cada cual es capaz de comprenderlo a través de sus propios velos. La Iniciación es el idioma de esa forma de conocimiento, como la notación musical es el de la armonía o las pruebas de afecto el del amor.

Quien tenga curiosidad o interés por los textos sobre Masonería quizá se habrá topado con la afirmación de que en pleno siglo XXI ya no se puede hablar de Masonería sino de masonerías, en plural. Pero una vez que se haya comprendido la esencia de la experiencia iniciática, aquella afirmación devendrá un mero disparate que solo contribuye a propagar la incomprensión de quien lo difunde.

Muchos masones sinceros han dedicado años de sus vidas a intentar reconstruir la historia masónica, desde las guildas de constructores medievales y mucho más atrás, hasta sus sucesivas refundaciones en tabernas londinenses o salones versallescos, sus cismas, sus alianzas y todos los pormenores de los respectivos linajes. Centenares de miles de masones se han formado en unas u otras Obediencias a las que han ido transformando a su vez en reflejo de sus propias capacidades y límites, de sus contextos diversos y de sus aspiraciones de toda índole. Algunas de esas Obediencias han sido ejemplares en el ejercicio de la solidaridad y de la caridad entre iguales. Otras, en el estudio y la perseverancia. Otras, en la implementación de los Derechos Humanos. Otras, también, no merecen sino la reprobación de todos. Tan diferentes como las sociedades de las que surgen, todas las Obediencias son perfecta e igualmente legítimas siempre que antepongan la virtud y la ley a cualquier otro interés. Pero eso no significa que todas ellas sean capaces de proporcionar una formación iniciática en el sentido genuino del término. Ni que en consecuencia las diferencias entre unas y otras se reduzcan a una mera disparidad de criterios subjetivos u opinables. No son orillas distintas de un mismo río. Porque la Iniciación consiste precisamente en evitar esa clase de orillas y periferias, y en zambullirnos en ese río, fundirnos en él y dejarnos arrastrar dócilmente hasta la Fuente Original.

Hay Obediencias incluso que afirman no proporcionar iniciación sino recepción. Y aunque es de agradecer su sinceridad al plantear sin tapujos sus propias reglas de juego, no lo es tanto que quieran hacerlas extensivas al conjunto de una Masonería que no han entendido en toda su dimensión. Si desconocen la Iniciación no es porque la Iniciación no exista, sino simplemente porque no han tenido la oportunidad de que un verdadero Maestro pudiera dársela a conocer. O porque, sin más, no están dotados para ello, igual que no todos lo estamos para el razonamiento matemático, la halterofilia o el ajedrez, sin que ello suponga nada más que eso. Otras Obediencias, en cambio, proclaman garantías de una Iniciación ortodoxa o regular que en la práctica son incapaces de transmitir por razones muy parecidas.

Para quien tenga curiosidad existen excelentes estudios sobre el desarrollo de todas las estirpes masónicas, con todo lujo de detalles, que la satisfarán con creces. Pero para quien desee acercarse a la realidad iniciática, el verdadero patrimonio y singularidad de la Masonería como Vía Tradicional, esos estudios le serán de tanto provecho como el censo de Beirut. Porque el hombre aprende del hombre, no de los libros. No obstante, tendremos mucho gusto en compartir a lo largo de este escrito algunas de nuestras experiencias bibliográficas recomendables para el buscador paciente y laborioso.

Este trabajo no trata sobre la Masonería Iniciática entendida como una opción más entre las masonerías posibles. No habla de siglas ni desde ninguna sigla, aunque no faltará quien quiera distraerse buscando etiquetas. Ni dedicará una 25 sola página al siglo XVIII ni a ningún otro siglo particular, ni falta que hace. Este texto trata de la Iniciación. Y de cómo la Iniciación se sirve en el contexto cultural occidental de unas formas rituales que llamamos Masonería. Trata de la Masonería sin adjetivos. Porque solo desde el plano más inferior de la realidad podría hablarse de masonerías. Hablar de masonerías implica haberse resignado a la visión relativa de la multiplicidad y negarse el acceso a la Unicidad del Absoluto. No hay otra manera de decirlo. Como recuerda Cervantes, «la naturaleza tiene por norma que cada cosa engendre su semejante». De ahí que la Masonería no pueda ser sino una porque la Iniciación es solo una, aunque sus lenguajes externos sean forzosamente múltiples. Existe una jerarquía natural de las cosas y la Masonería es consecuencia de la Iniciación, no a la inversa. Pretender obviar el carácter iniciático de la Masonería es tan vano como negar nuestro propio hígado. E igualmente imposible, no importa si somos o no conscientes de él, ni si lo fueron tales o cuales colectivos masónicos en el XVIII.

De aquellos libros posibles que proponía el maestro Nasrudín, cuatro retratan a trazos sueltos otras tantas formas de entender la vía masónica vista desde su periferia. El quinto trata de su secreto, el último viaje del Compañero, el libro inédito de Nasrudín. Y es precisamente el que el lector tiene delante, basta con que prescinda de lo superfluo y se concentre en la parte en blanco.


I. Sobre el Imam

Ömer Tugrul Inancer es el vigésimo sexto Gran Maestro de la Orden Yerrahi. Con sede en el barrio de Karagümrük, en la ribera anatolia de Estambul, la Orden Yerrahi fue fundada hacia 1705, es la última de las grandes órdenes sufís y se define a sí misma como el Sello del Tasawuf o síntesis de la vía secular de conocimiento sufí. Y como no podía ser de otro modo, iniciática por su propia naturaleza, huelga decirlo.

El sheij Inancer anda cerca de los setenta años. Dirige un importante centro de estudios de música tradicional turca, en el lado europeo de la metrópoli, que da cobertura legal a las actividades de los yerrahis: las prácticas sufís fueron prohibidas en 1925 en aras de la modernización de Turquía que lideró el carismático Mustafá Kemal Atatürk. Inancer viste como un perfecto caballero occidental. Sus modales, en cambio, son los de un perfecto caballero oriental. Habla con voz grave y potente y el tono de su discurso, según el patrón musulmán, podría traslucir tintes de regañina a ojos del occidental no habituado. Pero ese dedo que dispara al cielo y esa vehemencia al enunciar los dogmas incontestables son solo un recurso expresivo. En el islam la amonestación ponderada —fraternal, paternal, filial o reflexiva— es una caridad del creyente 28 para con su hermano en Dios. Y la humildad necesaria para recibirla, consecuencia de la sumisión general a la voluntad de Allah. Un Maestro no habla desde el ego. Ni el creyente escucha desde él.

Dos salones más allá, una formación de músicos tradicionales ensaya un taksim para el concierto de mañana. El ney, el saz, el kanún y sus bellísimas e interminables frases musicales al unísono subrayan el sabor otomano del edificio. Y la ciencia de los veintiséis sheijs yerrahis también unísonos que hablan por boca de Inancer.

La charla ha ido repasando temas diversos. Hacia el tercer vaso de té negro sale a colación lo que el islam considera harán, prohibido. ¿Es que la otra media humanidad vive contaminada por seguir según qué dieta o vestir según qué largo de mangas? ¿Podría depender la virtud de cosas así? ¿Iba el mismo Dios a prohibir a unos pueblos lo que permite a otros? Llegados a este punto, el sheij Inancer y sus veinticinco maestros yerrahis hablando tras él se aprestaron para interpretar a capella su versión de uno de los himnos fundamentales de la vía iniciática: el imam, la fe obtenida por el Conocimiento, la fe del gnóstico, la del conocedor, capaz de conducir a la certeza de la Causa Suprema:
Si atendiéramos solo a lo que es aparentemente beneficioso o no —dijo Inancer— acudiríamos constantemente a los laboratorios para saber en qué hemos de creer según la evidencia científica, que avanza y se desdice a cada nuevo descubrimiento. El imam —la fe por el Conocimiento— no puede depender de polémicas en publicaciones técnicas o entre escuelas filosóficas. Si fuera así, los quirófanos serían nuestros templos; los académicos, profetas; y los modistas, sacerdotes.

Vaya, exactamente lo que sucede en la sociedad occidental moderna.

Y es que el exceso de racionalismo que impera en Occidente desde el Renacimiento induce a pensar que todo aquello que no cabe en la razón no existe, no sirve o no cuenta. Compte, Bergson o Descartes acuñaron una peculiar definición de inteligencia, restringida a la capacidad de producir útiles con los que producir más útiles para servirnos de los recursos naturales con mayor provecho y menor esfuerzo. Para los racionalistas, más aristotélicos que Aristóteles mismo, la Naturaleza constituye el fin último de las ciencias; y su aprovechamiento, el objeto final de la inteligencia humana.

El desarrollo de las aplicaciones de los combustibles fósiles, el salto exponencial que supusieron la máquina de vapor, la Revolución Industrial y la capacidad de producción masiva han marcado a fuego esa idea occidental de progreso. Los sorprendentes hallazgos de Charles Darwin y las conclusiones que extrajo de ellos teñidas de esa misma inercia desarrollista contribuyeron a trazar un mapa humano donde la Antigüedad se percibe como la niñez de la humanidad; las enseñanzas de los antiguos, como meros balbuceos o intuiciones previas de lo que no llegará a ser verdadera Ciencia hasta la edad contemporánea; y el modelo de civilización occidental, como el único posible y rasero del progreso de las demás. Como si solo existiera una vía de desarrollo homologada y cada cultura estuviera en un peldaño superior o inferior de esa vía única y lineal.

Tal como señala Schuon, el sentimentalismo con el que el mundo moderno reviste a las virtudes facilita su falsificación. La perversión materialista de la caridad, de hecho, pretende aportar la prueba de que se puede prescindir de Dios. Y todos 30 estos ingredientes juntos, endémicos en el mundo de hoy, han propiciado un cóctel donde el agnosticismo se considera un valor y el ateísmo se exhibe como una medalla a la independencia intelectual. La pérdida de referentes de orden superior ha deificado un humanismo mal entendido donde el placer sentimental, el estado del bienestar y la moral aspiran a suplantar a la felicidad, a la realización personal y a la virtud.

Y aunque es de celebrar que haya en nuestro siglo más democracias y menos guerras que nunca en la Historia, la evidencia revela que las burbujas narcóticas de aquella fiesta desarrollista del siglo XX hace tiempo que se han disipado y que las ideologías, los ismos, cuyo ámbito natural es el logro y garantía de la justicia y las libertades, no están en disposición de ofrecer unos recursos de realización personal para la que no fueron concebidos. De ahí la resaca consiguiente y la búsqueda de remedios espirituales para esas carencias, que se demandan al mismo supermercado global que todo lo demás, que se consumen como píldoras para después de las comidas y que pretenden elevar al rango de maestros a simples personal trainers del coaching espiritual.

Cualquier occidental moderno y muchos orientales igualmente modernos expresarán sin pestañear su convicción real o convencional sobre la existencia de un Big Bang, causa del universo y de cuanto es. Si se insiste incluso acabarán por aceptar que no solo de allí proviene la materia de nuestros músculos, huesos o neurotransmisores, sino también la de nuestros propios sentimientos, el beso de nuestros hijos y nuestras cartas de amor adolescente, que habían de existir forzosamente en aquel punto primigenio un instante antes del mayor estallido que pueda concebirse. En aquel minúsculo pozo oscuro que contenía el universo entero, esa amalgama de antimateria de densidad tal que atrae de vuelta a su seno a cuantas formas de radiación pretenden evadirlo.

No obstante, esas mismas personas se mostrarán reacias a afirmar la existencia de un Principio Supremo previo al Big Bang, ajeno al tiempo y al espacio, y no sujeto a las leyes físicas sino enunciador de todas ellas.

Y en buena medida esto es así porque el espíritu de la Ilustración, que tanto impulsó el desarrollo de la Masonería, reaccionó sin paliativos contra los excesos de los administradores de las religiones históricas, cuya autoridad moral se encontraba bajo mínimos, y contribuyó a los graves daños colaterales propios de toda contienda. Según lo expresa muy gráficamente Luis Racionero: «Hemos tirado al niño con el agua de la bañera: hemos acabado con los abusos de la religión pero a costa de perder la espiritualidad».

Y si bien ya son pocos los que creen en un dios antropomorfo, varón, vestido con chilaba azul celeste, que no acata los derechos humanos, permite injusticias, hambrunas y desastres naturales, son menos aún los que creen en un Principio Superior que escapa a la comprensión humana, como si probar el Big Bang fuera más sencillo. El orgullo científico nunca aceptaría la humillación de un Principio Supremo que excede su capacidad y todo límite.

Definir la energía como la masa por la velocidad de la luz al cuadrado es una forma convencional de cuantificarla, no de cualificarla. E=mc2 no explica qué es la energía, solo la mide, la compara con otras dimensiones convencionales.

Los estadísticos ya calcularon hace tiempo que es mucho más probable que un terremoto pueda construir un avión 32 capaz de despegar por sí solo, que el hecho de que una célula elemental se genere aleatoriamente. Pero si el intelecto moderno es reacio a admitir un Principio Supremo, cómo iba a admitir una Causa Suprema, la capacidad creadora como atributo de una divinidad que negamos. Es obvio que la evidencia científica es tan insuficiente para afirmar la Creación y su Causa como para lo contrario. De ahí que el acceso a la comprensión del Absoluto requiera otras formas de razonamiento que no son solo la razón. La buena noticia es que también está en nuestra naturaleza esa otra forma de conocimiento. Y mediante el adecuado balance entre razón e intuición, elevarnos al mayor grado de comprensión posible. Conocerse a uno mismo es conocer la esencia divina que llevamos en nuestro interior.

En consecuencia, aquellas corrientes masónicas o pretendidamente iniciáticas que no reconocen ese Principio Supremo y para las que el Gran Arquitecto del Universo no es más que una figura poética, no dispondrán de un lugar al que elevarse desde su condición profana. En palabras de Raimon Arola: «¿Quién ha enseñado a una semilla a hacerse árbol? ¿Y quién ha enseñado al hombre a conocer a Dios? La gente dice yo creo en Dios, yo no creo... Pero perdón, señor, ¿cómo puede usted decir que cree o que no cree en algo que no sabe lo que es? La Iniciación enseña precisamente a saber qué es ese Uno, qué es esa Unidad, qué es Dios. Incluso pudiendo pensar que puede ser la Nada, el Ayn Sof original cabalístico, podría ser muchas cosas. Pero incluso eso se debe aprender».

Y es que precisamente se trata de eso. De profesar imam, esa suerte de fe fruto del aprendizaje sin la que todo intento de trayecto iniciático carece de porvenir alguno. La Iniciación enseña cómo adquirir ese imam. La fe del gnóstico.

Pero no se preocupe el lector. Podrá continuar teniéndose por creyente, ateo o agnóstico cuanto desee, aunque esos términos cobrarán, según avance en la senda, un sentido mucho más completo y desde luego mucho más satisfactorio. Completamente satisfactorio. La Iniciación le proporcionará las herramientas para ello: el cálamo y la página blanca.

Con esos cálamo y papel el persa Omar Jayán lo expresó en términos difícilmente más hermosos: «Beso el vino de mi copa y los rizos de mi amada, tranquilo, porque sé que al final me espera la Nada o la Misericordia».


La Iniciación invita a degustar ese vino y ese mechón, esa tranquilidad sincera, el verdadero sabor de la Nada y la grandeza sin medida de la Misericordia.

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